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25.7.18

Tratado del esfuerzo puro

Hace dos semanas entré por primera vez en El Escorial y me fui corriendo a la Biblioteca a ver el retrato del Montano bueno, es decir, de Arias Montano, su creador. Un amigo me había avisado de su existencia, pero en la fotito que me mandó no vi el detalle significativo. Junto a la cabeza del sabio hay una pluma y una palabra: "Scribe". Me la tomé a la española, como un imperativo. El día anterior, paseando por el adyacente Jardín de los Frailes, que tiene puerta aparte, encontré y recogí una pluma del suelo, de unos veintitrés centímetros. La puse en Twitter y me dijeron que seguramente sería de cigüeña blanca. Mi pluma era negra, pero negras son las plumas de los extremos de la cigüeña blanca.

Sin duda exagero en mis asociaciones, pero estas no son un trabajo periodístico, sino un trabajo del espíritu. La realidad es la palanca de la imaginación, que tiende puentes. En el viaje de vuelta me puse la conferencia de Juan Pablo Fusi sobre El Escorial, que formará parte de un libro titulado Paisajes prometidos. Fusi se detiene en cuatro momentos: El Escorial como paisaje imperial (Felipe II), como paisaje filosófico (Ortega y Gasset), como paisaje intimista (Azaña) y como paisaje falangista. Este último estropea la progresión, y es lo que hace que El Escorial nos resulte antipático. Aunque la construcción vecina del Valle de los Caídos actuó como desagüe: toda la porquería se fue para allá.

A mí me interesan las palabras que le dedica Ortega, porque convierten El Escorial (aquí mi asociación) nada menos que en el ciclista ético de Duchamp. Fusi cita varios textos de Ortega, el más específico de los cuales es el artículo "Meditación del Escorial", de 1915. Se refiere al Escorial con sintagmas campanudos como "nuestra gran piedra lírica" o "la piedra máxima". Pero lo que me ha evocado al ciclismo es su caracterización como "tratado del esfuerzo puro". Un esfuerzo, así Ortega, así Fusi, "consagrado a un ideal". Además de esfuerzo: querer, voluntad, ansia, ímpetu. Ortega relaciona El Escorial (y España) con el Quijote: "un gran esfuerzo sin propósito cuya consecuencia no puede ser otra que la amargura y la tristeza", y "la vida como naufragio". Ese doble movimiento, en el emblema del Mont Ventoux: ascensión física y desmoronamiento moral. Subir a lo hondo.

Al Escorial fui con la intención de entrar el día en que cumplí veinte años; pero era lunes, día en que cierran los museos: me enteré entonces, a lo grande. Me quedé mirándolo por fuera, con mis propósitos de grandeza achicados. Otras veces he pasado por las carreteras de las inmediaciones y lo he visto al fondo, como paisaje prometido, propiamente. El año pasado estuve con una amiga, una calurosísima tarde de agosto, pero tampoco entramos. Nos quedamos mirando el cisne del estanque y nos asomamos al Jardín, que más allá de los soportales quemaba.

En Madrid sí he pasado mucho por su réplica, el poco aerodinámico Ministerio del Aire, cuyo arquitecto, según dice Fusi, ideó a su vez el edificio negro de la Unión y el Fénix. Jünger estuvo en El Escorial a sus cien años: en 1995 y en julio, que es el mes del Tour. Creo que fue Escohotado el que hizo la crónica. Debían atravesar la gran explanada y le propusieron a Jünger ir bordeando por la sombra. Pero Jünger dijo "¡Soy amigo del sol!" y se lanzó en línea recta.

He recopilado algunas metáforas más sobre El Escorial: “Jardín metafísico” (el de los Frailes), “pedernal gigantesco”, “imagen mental”, “tautología arquitectónica”, “parrilla de granito”, “caverna escolástica” (estas dos últimas de Unamuno), “error grandioso”, “voluntad de piedra” (Cernuda). Me he quedado tocado por El Escorial –por esta parte simbólica, no por la religiosa– y he empezado a pedirme libros sobre El Escorial. Ya tengo el verano resuelto.

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En The Objective.



10.7.18

El sotánico Setién

La muerte de José María Setién, el obispo de ETA, me ha pillado leyendo el Eclesiastés, el libro de la Biblia que dice: "Vanidad de vanidades y todo es vanidad". Ahora también él descansa, sobre todo de sí mismo y de su miseria. Su gran suerte es que no existe su Dios y no deberá rendirle cuentas. La Nada le absuelve, como nos absolverá a todos. En la Tierra deja, eso sí, una memoria pestífera.

Su existencia nos vino bien, por lo demás, a los jóvenes nietzscheanos de la Transición: para reafirmarnos en nuestro nietzscheanismo. Por él vimos cómo la Iglesia podía entremezclarse con el Mal, y ser dulce con los asesinos y amarga con las víctimas; cómo operaba el resentimiento, provocando pequeñez, abortando toda posibilidad de grandeza. Setién fue muy pequeño. Un personaje turbio (¡sotánico!) como los de las novelas y las películas. Plenamente franquista en todo menos en la bandera.

Se va quedando ya atrás en la memoria, pero, como dije sobre Otegi, era insufrible el suplemento de abyección que muchos ofrecían tras cada asesinato. Y lo sufríamos en nuestra casa, sin el desahogo de internet o las columnas, dándonos cabezazos en las paredes, escupiéndole al televisor o despotricando luego con los amigos en los largos paseos junto al mar. Solo unos días después llegaba el alivio de algún articulista que ponía las cosas en su sitio; y ese articulista solía ser Savater.

El anticlericalismo se me ha ido apaciguando con el tiempo, entre otras cosas porque el anticlericalismo programático es también clerical a su manera. Su aplicación automática incurre necesariamente en injusticias. Pero sujetos como Setién lo explicaban. Un clérigo frío, viscoso, despiadado, causante de un dolor objetivo. Pecador de su propia religión, aunque en el pecado llevaría la penitencia.

Descanse en paz. Es decir, ahora que ya no es.

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En The Objective.

27.6.18

Otegi en Twitter

Que Twitter es y será una porquería ya lo sabemos. Discépolo lo clavó, avant la lettre: “Vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseaos”. Sí, Twitter es un cambalache en el que están, estamos, todos; entre ellos, con mucha voz, los impresentables. Trato de evitarlos, pero me llegan rebotados. No haberlos bloqueado antes es siempre el error.

El que más me irrita (¡me inrita, crucificándome!) es Arnaldo Otegi, miserable donde los haya. Jesús Nieto ya manifestó aquí su molestia, que hago mía. El tipo se siente uno más, con una autoestima del calado de su miseria, y resulta insufrible cuando te caen sus comentarios sobre la actualidad. Siempre de una necedad incomparable; pero aunque fuesen inteligentes: ¿qué nos importa lo que diga un sujeto que suscribió las bombas, los secuestros y los tiros en la nuca?

Me acuerdo de cuando salía en la tele tras cada atentado de ETA, con su cara de piedra pómez; más insensible y siniestro aún que el obispo Setién. Excusando los crímenes, amenazando con ellos, con una retórica babosa y repulsiva. Y ahora ese hombre está entre nosotros. Empuercándonos con su mera presencia. Y muchos dejándose. Muchos, incluso, agasajándole. Esto es lo preocupante, lo deprimente, en realidad: cómo en ciertos sectores han decidido incorporarlo.

El último mojón suyo que me ha caído es el que soltó cuando dejaron en libertad provisional a los de La Manada: “Nuestro pueblo no se merece vivir en un Estado que ampare agresiones contra las mujeres”. Ya se le recordó el mimo con que su ETA trató a las mujeres. Aunque no habría ni que habérselo recordado.

El único asunto aquí es el de la psicopatía ideológica. Espontáneamente tiendo a descartar el cinismo, incluso en Otegi. No me parece que Otegi sea cínico, sino algo peor: un tipo auténtico en su vileza. Un psicópata ideológico para el que lo que existe es una ideología abstracta, desligada del mundo y de los hombres (¡y las mujeres!). Una ideología que utilizará el crimen cuando lo considere necesario. Y esto no es algo que vaya a pasar, sino que ya pasó. Otegi estuvo ahí. Y ahora está, abyectamente, entre nosotros.

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En The Objective.

21.6.18

Y ahora, lo importante

Esta es mi recomendación entre las "Lecturas para el verano" que ha recopilado Ana Laya en The Objective:

Beatriz Navas Valdés
Y ahora, lo importante
Caballo de Troya (2018)


Un libro impresionante y delicioso, ligero, sencillo, sin pretensiones, pero que contiene una época y está ligado a la vida. Son los diarios de una chica madrileña de catorce años en 1992 (y en la parte final de quince en 1993; más un epílogo escrito en 2017): una chica deslumbrantemente lista que vive con intensidad (la intensidad que da la adolescencia) y sabe contarlo, con reflexiones al paso. Tuvo el acierto de ir copiando cada día las noticias de prensa más importantes, lo que ofrece un contexto público de su vida privada. El resultado es encantador, emocionante y admirable. Sociológicamente tiene además interés porque, como ha dicho la autora en una entrevista, “fuimos la última generación de adolescentes para la que el mundo estaba en la calle”.

20.6.18

Duelo de empoderadas

Lo dejamos ayer en que Feijóo había tomado al fin la decisión de decidirse y su decisión ha sido la más cobardona; o sea, tal como está el patio pepero, la mejor. Se quedará en el terruño, dedicado a sus labores regionales. Los nuevos hombres somos así: somos nosotros los aquejados por el síndrome de la vicepresidenta, mientras las mujeres de nuestro alrededor salen a dar la batalla. En el caso de las mujeres del PP, a muerte, encarnizadamente, sin piedad. Puede que la sangre salpique hasta las rías.

En Twitter, donde gustan las peleas más que en el pueblo irlandés de ‘El hombre tranquilo’, todo es expectación y saliveo ante el próximo congreso del PP. Aunque la pelea no va a ser naif como en la película de Ford, sino que va a parecer una de Tarantino. ‘Kill Bill’, concretamente. Nos vamos a enterar de lo que son dos mujeres empoderadas luchando por el poder.

Los que están en el tomate saben que la enemistad feroz entre Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal (¡qué dos nombres de novela decimonónica!) ha articulado la política del PP, y por extensión la política nacional, en los últimos años. Pero ha sido una enemistad soterrada, que quizá –descontando algunas imágenes en que se las veía un poco tensas– no hubiésemos percibido sin la indicación de analistas y tertulianos. Ahora esa enemistad sale a la palestra y nos vamos a enterar. Después de haber presentado sus candidaturas, ambas le han quitado hierro al duelo. O sea, que van a matarse.

No sé si esta hegeliana lucha a muerte terminará beneficiando a alguno de los hombres (como el joven Casado) que pasaban por allí... pero en el planteamiento las fuertes son ellas y ellos unos alfeñiques. El problema es que, como escribe Berta González de Vega (¡otro nombre a la par!), eso no contará para el feminismo sectario, que no toma a las mujeres en conjunto sino que distingue entre buenas y malas. (Lo de siempre, vamos: solo que ahora el juicio moral no lo da la Iglesia sino la ideología, la verdadera religión actual).

Nuestro torturado imaginario –en parte real, en parte ficticio– dice que las mujeres, cuando se ponen, son más crueles que los hombres. Parte del morbo ante el duelo entre Sáenz de Santamaría y Cospedal viene de ahí. No podemos evitar que ese imaginario nos afecte, y aun nos arrastre a no perdernos ni un tic del duelo. Pero en la página fría hay que resaltar lo importante: dos mujeres van a competir por la presidencia de uno de los dos grandes partidos de España, y puede que una de ellas por la presidencia del gobierno en el futuro.

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En The Objective.

19.6.18

Pablo Casado sale de la cuna

Parece que Pablo Casado, al verse tan joven y guaperas como Sánchez, se ha dicho: “¿Por qué no me hago un Sánchez?”. Y ha procedido. Falta comprobar si la suerte también premia a los audaces en el PP. Por lo pronto, está claro que ha llegado la hora del cambio generacional en todo el espectro político. Los insultantemente jóvenes se han propuesto destapar el tapón.

La presentación de su candidatura ha tenido algo de anti-Rajoy y anti-Feijóo: ha dicho un sí inequívoco (“yo sí quiero presidir el PP”) que deja en evidencia a los dos titubeantes gallegos, quienes encarnan el tópico como si hiciesen de ello una cuestión personal. Pero este súbito brote de personalidad en Casado no ha dejado de resultar sorprendente, porque hasta ahora era un chico de partido, cuya cara joven ponían justo para preservar la de los viejos, a modo de cortafuegos de la corrupción.

La juventud de Casado es insultante también en eso: no es corrupto, siquiera sea porque no le ha dado tiempo. Solo tiene lo de los estudios, que no es lo ideal pero al menos encaja en la órbita juvenil. Quizá el que se apresurara a decirlo cuando pillaron a Cifuentes le salve, porque ya estamos casi en la mentalidad norteamericana de primar la confesión sobre las acciones. Aunque quién sabe si habrá por ahí algún vídeo del chico Casado robando golosinas...

Pensando en él ya como posible líder, la verdad es que está en la gama de Sánchez y Rivera. Guapos con percha. Al lado de ellos, Iglesias sí que podrá representar algo distinto, más en la línea del españolito tradicional. Aunque Casado tiene un toque singular: su aspecto es el de los chicos de derechas que se ven por Madrid. Si bien, como buen madrileño, no nació en Madrid sino en otro sitio (Palencia). Y hasta tuvo la cortesía de hacerlo antes del golpe del 23-F (exactamente veintidós días antes), brindándoles así la oportunidad a sus rivales de la izquierda antifranquista de insinuar que estuvo implicado en la conspiración.

En la puerta de Génova, tras su sí asertivo, ha dicho que estos últimos años ha estado dando explicaciones por corruptos del PP (“traidores”, los ha llamado) a los que no ha conocido. Y eso ha sido, como suele decirse, ciertamente un “marrón”. Me he acordado del soneto de Quevedo “La vida empieza en lágrimas y caca…”. Casado ha debido de considerar que ya iba siendo tiempo de salir de esa complicada cuna.

Queda por saber si su decisión lo empujará a él mismo o si servirá solo para empujar a Feijóo, de quien mientras escribo estas líneas dicen que al fin ha tomado la decisión de decidirse.

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En The Objective.

13.6.18

PPP

Con el nuevo Gobierno, rutilante, entusiasmante (adorable adjetivo que empleaban los socialistas en los fastos de 1992), ¡qué viejos se han quedado el PP y Podemos! Y qué nitidísimamente se ve ahora cómo se necesitaban el uno al otro. Ya se sabía, pero la novedad es esa: la nitidez con que se percibe.

Reconozco que lo que he llamado “dulce interregno socialdemócrata” se irá deshaciendo en la medida en que este Gobierno perfecto que aún no ha hecho nada (y perfecto porque aún no ha hecho nada) empiece a hacer cosas: la perfección no puede trasladarse del terreno de la ilusión al de la realidad. Pero lo incuestionable, de momento, es el nuevo régimen de percepción.

Hemos salido de la bronca entre el PP y Podemos. Una bronca en la que el PP tenía razón, pero dentro de la lógica de esa bronca: por eso la alimentaba. Y el PSOE se situaba en ella en la medida en que se inclinaba hacia Podemos e incurría en su retórica falaz. Por fortuna, las encuestas hicieron bajar a Podemos y subir a Ciudadanos. Y el PSOE tomó la sabia decisión de seguir la estela del que subía. El Gobierno que Sánchez ha hecho –permítanme que lo formule de un modo oracular– es el que hubiera hecho Rivera si Rivera fuese Sánchez. Podemos lo atacará también, pero para esos ataques el objetivo ideal era el PP. Dirigidos al PSOE, pierden punch.

Los militantes de Ciudadanos están fastidiados porque se han quedado sin el poder que acariciaban. Los meros simpatizantes, en cambio, estamos contentos: nunca vimos a Ciudadanos como un partido de poder, sino como un partido instrumental para que mejorara el (descarriado) bipartidismo. Y es lo que ha propiciado. Por ahora.

Para las próximas elecciones, sean ya cuando sean, el PSOE depende de sí mismo. Ciudadanos, del fallo del PSOE. El PP, del fallo consecutivo del PSOE y de Ciudadanos (salvo que, como apuntan las primeras encuestas, los votantes de derecha acudan en auxilio del PP, en cuyo caso este solo dependería del fallo del PSOE). En cuanto a Podemos: descenso matemático.

Esta última es una mala noticia para el PP. O una buena: si eso le empuja a regenerarse, a falta del recurso tan fácil que tenía de apostarlo todo al miedo a Podemos mientras se mantenía degenerado. En cualquier caso, y pese a que persiste el atorrante problemón catalán, que sigue siendo el más grave que tenemos, algo hemos ganado: hemos salido del bucle PPP.

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En The Objective.

30.5.18

La vida buena

Se acaba de publicar una joyita: La hazaña secreta, de Ismael Grasa (Turner). Un libro pequeño que uno puede llevar en el bolsillo como si llevase los principios de la civilización. El autor lo define como “una reflexión ética y cívica disfrazada de manual de urbanidad”.

Es un libro finísimo, auténtico pero con cierta coña a su vez: con unos particularismos que el autor eleva a consejos universales; aunque de un modo nada impositivo, sutilmente juguetón. Hay mucho del espíritu de Montaigne, y al cabo lo que alienta es el ejemplo de su trazo: cada cual puede hacer de la vida cotidiana su reino, disponiendo sus elementos afines.

Ha querido la suerte que me leyese justo antes un excelente ensayo de filosofía moral que publicó en el año 2000 Juan Antonio Rivera: El gobierno de la fortuna (Crítica). Entre sus muchos estímulos, resalto la idea de que el sujeto puede concebirse como una serie de “yoes sucesivos”, y para la vida buena conviene que el yo presente piense también en los futuros. La mortalidad actuaría como imperativo: “Solo porque el tiempo de vida es irremediablemente limitado tiene caso ser racional, es decir, atinar para tratar de llevar la mejor vida de entre las posibles”.

Grasa parte de esta misma noción –que es una noción clásica– para su propuesta de apuntalamiento de la vida: “El fin es ser un hombre. Porque la dignidad empieza en la consciencia de la muerte y en cierta clase de desesperación. Y así es como buscamos la felicidad”. La gran idea que cruza La hazaña secreta es que “lo interior se sujeta en lo exterior, y no al revés. No existe lo profundo desvinculado de las cosas, de los gestos, de las rutinas”. Por ello, “todo lo que uno hace, en la medida en que está bien hecho, tiene algo de ceremonial”.

Las instrucciones de este prontuario para la vida diaria me han recordado a las de El turista accidental, y Grasa no deja de tomarse la jornada como una especie de aventura turística menor. Grasa, de hecho, ha tomado su título de esta frase de Gómez de la Serna: “No hay más que la hazaña secreta, la aventura del atardecido”. Me ha gustado especialmente cuando a ese turista de lo cotidiano le sobrevienen ráfagas morales, algo nihilistas (o neuróticas) pero serenas. Como en este párrafo: “Uno tiene que ir al peluquero, tiene que ir al dentista, tiene que cortarse las uñas. Cuando ha acabado, uno se sienta en una silla y deja que se repose un rato sobre él toda la tristeza del mundo. Quizá acuda también, como una racha de viento, cierta clase de entusiasmo. Después uno se levanta y continúa con lo que queda del día”.

Pero mi momento preferido de La hazaña secreta quizá sea este, que acaba con la misma palabra que el anterior (un palabra clave): “De joven me dijeron que debía hacerme la cama al levantarme, y lo mismo he dicho luego a otros. Si uno no tiene ninguna tarea, si uno está triste, quizá deba sentarse en la cama que acaba de hacer y respetar así la estructura del día”.

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En The Objective.

16.5.18

El día tal como era

Por la noche me autodiagnostiqué estrés electrónico. Apagué el iphone y lo arrojé al cajón de la mesilla. Me había llevado un libro a la cama, El hilo de la verdad de Eugenio Trías, pero no leí nada: me enredé una vez más en internet, en Twitter; hasta que, estragado, corté. Tomé la decisión de desintoxicarme. No fue racional, sino por puro asco.

Al día siguiente me dejé el iphone en casa y salí con un casio en la muñeca. Retrocedí tecnológicamente veinte años y reapareció la entrañable mascota que todos teníamos entonces: el día tal como era, hecho de horas y momentos muertos, un animal grande, tranquilo, algo inquietante pero cariñoso.

Pude leer por fin a Trías y encontré su asombrosa consideración del tiempo. Para él el presente es también inaccesible, como el futuro y el pasado. Son tres eternidades, y las tres “componen la orla anular del tiempo”. Pero existe un cuarto término, que es el que proporciona el gozne con el que se articulan los otros tres: “Ese cuarto término, que con demasiada frecuencia se asimila, erróneamente, a la dimensión presente, lo constituye el Instante. [...] A través del Instante el tiempo ‘entreabre sus pestañas’ desde el límite, desde el Horizonte [...]; a través del Instante el tiempo pestañea”.

Sin el instante, el tiempo es una abstracción. Solo el instante “le da sustancia, carne y posibilidad de experiencia a la temporalidad”. Sin el instante no hay experiencia. El tiempo del tedio, su eterno presente, es un tiempo sin instantes. Como lo es el tiempo acribillado a pseudoinstantes de internet. Al menos, para el que padece estrés electrónico.

No he logrado volver a salir sin el iphone, pero lo haré. El día tal como era sigue ahí. Solo hay que desconectarse, que desintoxicarse. Pero da miedo aquella mascota.

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En The Objective.

2.5.18

Pepe Botella

El mejor sitio de la plaza del Dos de Mayo de Madrid es el bar Pepe Botella, donde tantas horas he pasado. Fumando puritos (antes de la ley que lo prohíbe), leyendo, escribiendo incluso, mirando, escuchando y charlando con amigos o alguna amiga. Me recuerdo allí con Corrección de Thomas Bernhard y El largo adiós de Raymond Chandler. Y qué felicidad cuando se pillaba una de las ventanitas que dan a la plaza o, si miras al frente, al espejo en cuyas manchas como de cobre el propio rostro desaparece a tramos (otro motivo de felicidad).

No es casual que el sitio más civilizado de la plaza que conmemora aquel día castizo tenga el nombre del francés que iba a representar a los afrancesados. A estos hay que conmemorarlos hoy, y a José Bonaparte. Propongo hacerlo mediante la audición de una documentada conferencia impartida en la Fundación Juan March por el historiador Manuel Moreno Alonso, que lo pone todo al revés con credibilidad: “José I y los afrancesados”.

Pese al desprecio que se le ha profesado, José I fue nuestro primer rey constitucional, un "rey republicano"; y los afrancesados, quizá, lo mejor que hemos tenido. La saña contra ellos, ejercida desde la España ceporra, es prueba suficiente. Hay una imagen que lo resume todo: en las partidas de guerrilleros –esos patriotas antifranceses– algunos llevaban a caballo la guitarra, claveteada con estampitas de santos.

Fuera del casticismo, y contra el casticismo, en el Pepe Botella somos personajes de una película francesa.

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En The Objective.

19.4.18

El árbol de la vida

He terminado El árbol de la vida, el libro de memorias que Eugenio Trías escribió en 1999 y publicó 2003. Yo lo leí entonces y me decepcionó, y esa decepción significó el enfriamiento de mi pasión de casi veinte años por Trías. Ahora, en cambio, me ha encantado y mi pasión renace. Quizá porque Trías ya está muerto, lo que ha acentuado en el libro su intención testamentaria, y porque en estos años yo me he hecho más receptivo a lo que el libro tenía que decir, que decirme. Este, y no aquel, era el momento.

Su tema es la vocación; la aventura de una vida encaminándose a la vocación y, una vez desvelada, abriéndose paso con ella. Una aventura con tropiezos y con regresiones pero que, al cabo, traza una línea con apariencia de fatalidad (de fatalidad gozosa). Igual que en el azar objetivo de los surrealistas, el azar de los hechos puede leerse después como necesidad. La vida, al fin, como novela, como poema. Tiene que ver con lo que se propuso Goethe, uno de los autores predilectos de Trías, cuando contó también su vida en Poesía y Verdad.

La vocación que descubre y a la que se entrega Trías es la filosofía. Le tentaba ser poeta, novelista, músico, director de cine, pero se impuso la filosofía: la indagación en “el enigma de nuestra propia existencia”, con una voluntad metafísica que no era ya de su tiempo (pero que Trías inserta en su tiempo). Su instrumento fue la escritura en su forma ensayística (sí fue, plenamente, escritor): “Yo entiendo el ensayo como un ejercicio de tiento y experimentación con la escritura en su búsqueda de las claves más secretas de nuestra experiencia; o de ese dato que se nos da bajo la forma de la existencia”.

Lo mejor de El árbol de la vida es que nos permite conocer el trasunto vital de su filosofía, que tan intensamente ha influido en la vida de sus lectores. Es como ir de la vida de los lectores de Trías a la vida de Trías. La filosofía es la mediación. Así operó en el propio Trías. En su momento descubre, y decide: “Fue entonces, también, cuando comprendí una verdad que estaba latente en lo que llevaba escribiendo, pero que no había asumido en toda su radicalidad y verdad: que la única fuente auténtica de la filosofía, o de lo que a partir de entonces sería mi filosofía, solo podía hallarla en el manantial, entonces inagotable, de mi propia experiencia de vida”. Y esto lo llevaría a cabo, dada su opción por el ensayo filosófico, así: “Mi filosofía sería, desde entonces, una especie de espejo transferencial, aparentemente ‘objetivo’ (y lleno de ‘efectos distanciadores’ brechtianos) de mis propios ciclos o episodios de vida”.

Esa tensión (esa energía, esa pasión) que fundaba su filosofía se cumplió en mí como lector.

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En The Objective.

4.4.18

El agravio de la edad

Hablaba un hombre en la tele, curtido, con la barba canosa. Su expresión era rígida. No lo reconocí. Era Sergi Bruguera. Después de saberlo, seguí sin encontrar en sus rasgos al chico de los partidos de tenis de principios de los noventa. Los años de Indurain en el ciclismo. Su Roland Garros se solapaba con el Giro. Años felices.

Me ha pasado como con tantos antiguos compañeros de colegio a los que he buscado por internet y he visto. Algunos siguen ahí, conservan detalles que recuerdan al niño que fueron. Pero muchos ya no están: sepultados en el hombre. ¿Habrá pasado lo mismo conmigo?

También he buscado, por supuesto, a mi amor de los dieciséis años. Platónico, cómo no. Hoy es una señora a la que le gusta Paulo Coelho y se hace fotos turísticas en Venecia. Y mi amor de los veintiuno es la esposa de un diplomático y aparece enjoyada en las recepciones de países más o menos exóticos. (A la primera yo me la imaginaba como Isabel Freire cuando leía a Garcilaso; y a la segunda me la evocaba el Idilio de Sigfrido de Wagner).

En Un andar solitario entre la gente, Antonio Muñoz Molina dedica una página muy bonita (la 55) a la edad de la amada. Una página celebratoria. Y es verdad. La amada (no la examada) se salva. Los seres queridos se salvan. El amor absuelve; sin esfuerzo ni impostura: lo que ve resplandece.

Aunque uno no necesariamente se cuenta. Como escribió Guillaume Apollinaire en Cortejo, un poema emocionante: “Un día me esperaba a mí mismo / Me decía Guillaume ya es tiempo de que vengas / Con un lírico paso llegaban los que amo / Y yo no estaba entre ellos”.

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En The Objective.

21.3.18

Revisitando a Almodóvar

He estado este marzo lluvioso revisitando películas de Pedro Almodóvar. Uso revisitar porque me gusta el modismo: es moloncete. Y tiene sus enemigos puntillosos, que es lo que le da vidilla al molar. Aquí viene especialmente a cuento, porque me gusta Almodóvar por algo parecido.

He visto (¡revisitado!) ocho, por este orden: La flor de mi secreto (1995), Kika (1993), Todo sobre mi madre (1999), Carne trémula (1997), Los abrazos rotos (2009), Hable con ella (2002), Volver (2006) y La piel que habito (2011).

Menos Kika, que es irrecuperable, todas han mejorado con el tiempo. Incluso dos que me gustaron menos en su día: Carne trémula y Los abrazos rotos. Y La piel que habito, que me pareció deplorable en su primera parte (pero que iba mejorando hasta llegar a ser muy buena), me parece ahora buena entera. Casi perfecta. Como Todo sobre mi madre y Volver. Las perfectas, sin casi, son Hable con ella y La flor de mi secreto.

Cuando un amigo me dijo que mi gusto por Almodóvar era generacional, caí en que siempre han estado ahí sus detractores, incluso en los ochenta. Mi afición ha tenido un trasfondo de risitas. Sus detractores de ahora no descubren nada. Lo que no sé (eso lo reconozco) es si habrá almodovarianos nuevos...

Vistas ahora, con la época ya en contra, se han vuelto un poco raras; yo creo que con ganancia artística (para quienes las sepan mirar). Destilan una subversión sutil, y no hacia esas gentes de derechas que las rechazaron y que tampoco van a acogerlas hoy. Es una subversión hacia cierto progresismo, en el que Almodóvar nominalmente se inserta. Por eso es un artista libre.

Su mundo es el de un “laberinto de pasiones” sin corrección política. Utiliza el arte a la vieja usanza, para conjurar demonios. Sus mujeres, las famosas mujeres de Almodóvar, son fuertes (y frágiles), intensas, torturadas, pasionales, rebeldes, algo guarras y gamberras: se toman unas licencias que hoy estarían mal vistas. Como sus gays (y sus lesbianas y sus transexuales).

En su día nos descubrieron un mundo. Nos mostraron una cierta cotidianeidad desvalida, hipersensible. Era nuevo para España. Esa Marisa Paredes que baja a la calle a que alguien le quite los botines, esos botines que le aprietan y que se ha puesto por amor, ¿dónde la habíamos visto antes?

Un hombre de La Mancha salió de su pueblo a enseñarnos un modo de vivir en la ciudad; y lo que es más bonito, un modo también de regresar al pueblo.

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The The Objective.

7.3.18

Un libro para bernhardianos

Acaba de salir un libro notable, ideal para bernhardianos: Thomas Bernhard, Viena y yo, de Antonio Ríos Rojas (ed. Nausicaä). Vale también para quienes se quieran introducir en Bernhard, de un modo entre teórico y práctico. Es un libro insólito, muy personal, surgido de una convicción genuina y algo desmesurada, como la que suelen tener los personajes de Bernhard. De hecho, el narrador es como un personaje de Bernhard pero con algo que se sale de ahí, original de su autor. El efecto es ciertamente subyugante.

Thomas Bernhard, Viena y yo mezcla lo autobiográfico y narrativo con lo ensayístico y filosófico, en buena prosa siempre. La autobiografía lleva mucho de exageración bernhardiana, con una cierta distancia que le permite al autor sus desvíos de la realidad. El autor, en verdad, se presenta como el receptor del manuscrito de un amigo que se ha instalado en Viena. El libro lo constituye propiamente este manuscrito. Aunque en el epílogo el autor visita a su amigo, e incluso aparece fotografiado junto a la tumba de Thomas Bernhard: la última de las muchas fotos (casi todas de Bernhard) que contiene la obra. Como dando a entender que el amigo es él, pero bernhardianizado.

El narrador deja su Ceuta natal y se instala en Viena, por dos razones: el estudio del alemán y el amor a la música. Viena es la otra gran protagonista, junto con Bernhard y el yo narrativo, como recoge el título con precisión. Pero hay una razón más, que el narrador formula de un modo que insinúa su personalidad: “Había un tercer motivo añadido que me impulsaba a vivir en Viena, y era el deseo de entrar en una vida completamente nueva desde la que darme a mí mismo la oportunidad de lograr algo de sociabilidad y apertura a mi carácter, aspectos en los que había fracasado de continuo”.

Naturalmente, vuelve a fracasar. Y aquí es donde el recurso a Bernhard queda justificado. Escribe el narrador en la presentación: “Eso [‘no estás solo’] ha venido a decirme Thomas Bernhard en todos estos años en Viena. Sus libros habrán de ser para ciertos extranjeros e incluso para ciertos vieneses condenados a vivir entre sus vecinos, singularísimos libros de autoayuda. Es más, yo diría que para estas personas son los únicos libros de autoayuda”. Concluye el párrafo con una estupenda tiradita bernhardiana: “Afirmando que la obra de Bernhard ayuda a vivir en Viena, declaro ya abiertamente que concibo la vida como supervivencia, y niego por ello el fin de la literatura de autoayuda, pues pretendidamente ésta ayuda a vivir y no a sobrevivir. Pero no existe el vivir, sino sólo el sobrevivir, y por ello quiero contar cómo he sobrevivido –vivido– en Viena con la ayuda de Thomas Bernhard”.

Poco después dice algo igualmente definitorio de las páginas que seguirán: “Este libro no sólo toma partido en favor de Thomas Bernhard, sino también en su contra, y es que resulta insoportable que alguien tenga la fuerza de llegar a ser un guía permanente de supervivencia. Y Bernhard, por más que él mismo lo niegue, ha querido poseer al lector –en este caso a mí– con una fuerza diabólica, penetrando en el lector como un cuchillo en mantequilla. Me revuelvo no pocas veces contra las insistencias de mi maestro, pues yo mismo quiero ser independiente, quiero vivir sin él, y a veces intento que se retire de mí, que no me asfixie y que me deje ser yo mismo. Pero siempre me respondo que es imposible ser uno mismo, no existe ningún ser humano que sea sí mismo”.

En esta tensión probernhardiana y antibernhardiana (en un momento el narrador llama a Bernhard “canalla” al leer sus chanzas contra Mahler, para afirmar más adelante: “Es Bernhard y no Mahler quien me libera de mi miedo a la muerte”) se desarrolla Thomas Bernhard, Viena y yo, con fotos y citas de Bernhard, comentarios sobre Bernhard, historias sobre Viena y los vieneses, anécdotas y reflexiones autobiográficas, pensamientos sobre la existencia, filosofía de la música y hasta un capítulo memorable en torno al idioma alemán.

Ahora que ya no hay más libros de Bernhard, los bernhardianos podemos leer este libro probernhardiano y antibernhardiano, que le hubiese encantado a Bernhard.

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En The Objective.

21.2.18

Veinte años sin Jünger

Se han cumplido veinte años de la muerte de Ernst Jünger. Murió el 17 de febrero de 1998, cuando le faltaban cuarenta días para alcanzar la edad de ciento tres. Los jüngerianos aún queríamos que hubiese vivido al menos hasta el 2000 y pisase así los tres siglos. Creo que fue W. H. Auden quien dijo que año tras año vamos pasando por el aniversario de nuestra muerte. He repasado los tomos que tengo de Radiaciones a ver qué anotaciones hay de Jünger en ese aniversario suyo.

Son escasas, pero significativas. Justo por esa fecha inicia o concluye sus apartados: el 18 de febrero de 1941 empieza el Primer diario de París; el 17 de febrero de 1943 termina sus Anotaciones del Cáucaso, y dos días después inicia el Segundo diario de París. Las tres únicas anotaciones del 17 de febrero son las de los años 1942, 1943 y 1968.

En la de 1942 es donde se hace esta conocida e importante afirmación: “En lo más hondo el estilo se basa precisamente en la justicia. Solo el hombre justo es capaz también de saber cómo hay que sopesar la palabra, cómo hay que sopesar la frase. Por esta razón a las mejores plumas no se las verá nunca al servicio de una mala causa”.

La de 1943 empieza: “Tras varias semanas de tiempo borrascoso y lluvioso hoy brilla esplendorosamente el sol”. Y termina con aquella emocionante reflexión sobre la conservación de los manuscritos: “Cuando se piensa en lo muy difícil que resulta encontrar un escondite adecuado, causan asombro las cantidades de documentos antiguos que han llegado hasta nosotros a través de las mudanzas de los tiempos”.

Por último, en la anotación de 1968 Jünger refiere un sueño en que es quemado por la Inquisición y anhela que, para presenciar el acontecimiento, se reúna mucha gente, “también fotógrafos y periodistas de revistas sensacionalistas”. Una vez despierto, asiste durante esa jornada a una exposición sobre la Danza de la muerte, y para terminar recuerda un canto de Johann Timotheus Hermes que dice así: “Desde lejos, Señor, / he divisado tu trono...”. En una nota a pie de página, el traductor nos remite a otra anotación anterior, donde Jünger reflexiona sobre este mismo canto y cita algunos más de sus versos: “Desde lejos, Señor, / he divisado tu trono, / y me hubiera gustado / enviar por delante mi corazón, / y me hubiera gustado entregarte a ti, / creador de los espíritus, mi cansada vida”.

Mientras buscaba estos pasajes, me ha estremecido pensar que al autor de diarios le está vedado espigar su obra de este modo.

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En The Objective.

7.2.18

Las tetas de Marisol

Ha cerrado definitivamente Interviú y han vuelto las tetas de Marisol. Al verlas en la portada le he dicho: “¿Qué hace una chica tan limpia como tú en un país tan turbio como este?”. Sí, era limpieza, turbadora limpieza, lo que percibí aquel septiembre de 1976.

Yo tenía diez años. Había ido al quiosco a comprar el Don Miki, como todas las semanas, y allí estaban. La sorpresa fue considerable. Sus películas de niña prodigio solo me habían gustado en la primera infancia, por “Corre, corre, caballito”, pero sentíamos cercana a Marisol no ya por ser malagueña, sino porque su abuela vivía en mi barrio de entonces. A veces corría el rumor de que estaba de visita, pero yo nunca la llegué a ver. Que apareciera allí de pronto, tan bella, con aquel desnudo tan turbador y tan limpio, parecía increíble. Y empleo este adjetivo manoseado a propósito: aquello se salía de la realidad. Pero también se iba imponiendo lo que era verdaderamente: que la realidad daba más juego de lo que nos habíamos creído.

El hecho de que aquel primer desnudo fuese de una mujer que habíamos visto antes vestida, a la que conocíamos incluso desde que era niña, le daba morbo pero sobre todo naturalidad. Y sí, se aceptaba con naturalidad. Había comentarios reprobatorios de algunas mujeres, de las madres; pero eran más bien suaves y con un fondo, me atrevería a decir, de regocijo: insertado en la escalada del “hasta dónde estamos llegando”. Había esa ligera reprobación, pero también curiosidad, asombro.

Visto desde ahora, alcancé a asistir a un momento intermedio en el camino de la liberación de las mujeres españolas. 1975 había sido el Año Internacional de la Mujer, y recuerdo en especial los chistes (por ejemplo, de Pepe da Rosa). Pero aquella guasa de resistencia masculina era a la vez de rendición; o sea, de un comienzo de aceptación.

Cuando yo era niño era todavía raro ver a una mujer fumando o conduciendo. Y las mujeres de la generación de mi abuela (que era de pueblo) llevaban el pelo recogido en un coco. Las que fumaban y conducían y se ponían bikini (o se desataban botones de la blusa para mostrar el canalillo) abrían brecha. Las otras mujeres les decían, entre la censura y la celebración: “Mira qué moderna”. Poco a poco se iba contagiando el júbilo de la libertad. Las pioneras, en verdad, eran admiradas.

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En The Objective.

PD. Un lector perspicaz me ha avisado de que el primer Don Miki apareció en octubre de 1976: ¡justo un mes después! Aquel día de septiembre iría entonces a por el TP o el Pronto, que me mandaban comprar entonces para toda la familia. Un vez que apareció el Don Miki, ya pediría comprarlo para mí, en aquel mismo quiosco. Así va ensamblando sus elementos la memoria...

24.1.18

Lo que han perdido

Me hizo gracia el otro día un amigo: “¡Y nosotros ahí buscando libros de Salvat-Papasseit! ¡Entrando en las librerías a preguntar qué tenían de Salvat-Papasseit!”. Esa era, en efecto, una vivencia cotidiana de los aficionados a la poesía españoles de mi generación: no hacíamos más que buscar libros de Salvat-Papasseit. Y de Josep Vicenç Foix, y de Josep Carner, y de Carles Riba, y de Marià Manent, y de Pere Quart, y de Joan Vinyoli, y de Joan Brossa, y de Gabriel Ferrater, y de Pere Gimferrer. ¡Hasta de Salvador Espriu, con eso lo digo todo!

La sensación de estafa ahora es descomunal. Y no es porque sean ahora peores poetas. Hablo solo de sentimientos. ¿El asunto no eran los sentimientos? Pues el sentimiento es que antes tenían el aprecio y ahora no tanto como el desprecio, pero sí desde luego el hartazgo. La salvación ahora es estrictamente individual: puedo coger Sol, i de dol, de Foix, o Poemes civils, de Brossa, y disfrutarlos. Pero aisladamente: ya no se benefician de ese viento general que (desde la Transición) los empujaba a todos.

Los nacionalistas se han cargado lo que habían conseguido los poetas. Se habla ahora de seducción. Los poetas catalanes nos sedujeron, y en su día consideré seriamente ponerme a estudiar el catalán. No lo hice porque se interpuso el portugués, pero en mi cabeza estuvo hacerlo. Hoy no me lo habría planteado ni de coña. Por cada verso de Salvat-Papasseit hay un millón de rebuznos de Puigdemont.

Lo que han perdido es la simpatía previa que les teníamos y ese dar por hecho su inteligencia, una inteligencia que no solo presumíamos mayor sino también más refinada. Ahora tendrán que ir demostrándolas de uno en uno, y partiendo del socavón en que los nacionalistas los han situado a todos.

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En The Objective.

10.1.18

Grande Pessoa

Pasó algo precioso el otro día, con Pessoa. Me dio por poner en Twitter la siguiente encuesta: “Sobre esta frase que circula de Oscar Wilde: ‘Sé tú mismo. Los demás puestos ya están ocupados’. ¿Qué creen que diría Fernando Pessoa? ‘Mi propio puesto está...’”. Ofrecía dos opciones: “vacante” y “superpoblado”. Lo precioso fue que casi empatan las dos. Se mantuvieron durante muchas horas al 50%, y al final ganó “vacante” con un 52%.

¿Qué otro escritor hay así? Lo de “superpoblado”, como apuntaron algunos, le pegaba más a Walt Whitman, el que dijo lo de “contengo multitudes”. Pero el autor del Canto a mí mismo –al que tomaron como maestro dos de los heterónimos de Pessoa, Alberto Caeiro y Álvaro de Campos– no hubiera podido compaginar lo de estar superpoblado con lo de estar vacante. La grandeza de Pessoa está en esa compaginación.

Vacante, con el yo difuso, dubitativo, borroso, fantasmal, y al mismo superpoblado de heterónimos. Despersonalizado e impersonado –y lo uno como condición de lo otro. La obra entera de Pessoa es, como él dijo, un “drama en gente”. Un drama no dividido en actos, sino en personas, en pessoas: en máscaras.

Me acuerdo de lo que decía Antonio Carlos Jobim (adaptador, por cierto, de dos poemas de Pessoa, “O rio da minha aldeia” y “Cavaleiro monge”) al ver que los únicos que tenían más canciones que él en las listas eran los Beatles: “Pero ellos son cuatro y yo solo uno”. Pessoa fue uno y cuatro (y más de cuatro). Y a la vez no fue nadie.

(La frase de Wilde, por otra parte, resulta que es apócrifa. De sus frases verdaderas mi favorita es: “Uno debería ser siempre un poco improbable”. Aunque, para que quedase redonda, tendría que haberle puesto un añadido pessoano: o no ser).

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En The Objective.

Novedad (en portugués): Archivo digital del Libro del desasosiego.

27.12.17

El niño como guinda

“¿Qué les pasa a estos tíos con los niños?”, me escribe un amigo a propósito de una de las muchas fotos de niños catalanes envueltos en la estelada junto a adultos independentistas. “Hasta hace pocos años este uso de los niños hubiera sido inconcebible en este país. A cualquiera se le hubiera caído la cara de vergüenza. Todo empezó con los castellers: ¡el niño como guinda!”.

Es verdad. Y no podemos permitir que por su insistencia deje de escandalizarnos. No me cuesta reconocerles a esos adultos, para salvarles la intención, que piensan que hacen lo mejor para sus niños: que los engañan porque se engañan (vuelve el “nuestros padres mintieron, eso es todo”). Pero esto no sería más que otro indicio –espeluznante– del delirio en que viven. Y que si algo no tiene ya es justamente engaño: se ha demostrado suicida.

Lo último ha sido el uso lacrimógeno de los niños que no podrán pasar las navidades con sus padres presos... Los llevan al precipicio, los embuten en banderas y pancartas, pero lo que lamentan es que no cuadre la foto navideña.

Cuando esos niños crezcan y se den cuenta de lo que han estado haciendo con ellos, despreciarán a sus padres. Esto, en el mejor de los casos. En el peor, serán como ellos. Pero si no son todavía los hijos, serán los hijos de los hijos, o los hijos de los hijos de los hijos. Hasta que llegue la generación correcta, la no engañada y libre. Porque llegará.

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En The Objective.

13.12.17

Mi primera franquicia

Cuando vivía en Madrid y comía fuera todos los días, un amigo me preguntaba: “¿En qué franquicia comes hoy?”. He sido un enamorado de las franquicias, esa zona de confort de la gastronomía en que todo es gratamente previsible: vas a lo que vas, sin lírica ni épica. Y sin cocineros dándote la tabarra con su recitado, moscones en sus propias sopas. He pasado muchas horas en las franquicias y he sido dichoso.

La primera de todas fue el Vips, que de algún modo ha contagiado en mis afectos –positivamente – a las demás. El Vips ha sido mi primer amor franquiciado, esa novia primera que será, como cantaba Brassens, la última que olvidemos... Pero ahora van a quitar sus tiendas, complemento indispensable: el Vips era el restaurante más la tienda; sin esta será otra cosa. Desaparecerán en 2018 y de ese año que aún no ha empezado ya tenemos la primera baja.

Jorge San Miguen ha contado su crónica sentimental del Vips y he pensado en la mía. Cuando no he vivido en Madrid, el Vips era Madrid. Ir al Vips era sentirse en Madrid. En realidad, el minipack que me montaba: el cine Alphaville y el Vips (el de la plaza de los Cubos, naturalmente). Y si la película era de Rohmer, mejor que mejor. Luego viví años al lado del Vips de Alberto Aguilera y era mi segunda casa. Era la franquicia en la comía más veces. Yo solo, con alguna amiga o con los amigos que, recién llegados, querían sentirse en Madrid.

En los Vips se quedaba porque el que llegaba antes podía entretenerse hojeando los periódicos o los libros. Mi amigo Losada, artista, era un devoto de sus libros de arte. Y estaba el lujo, hoy con internet incomprensible, de poder leer a medianoche el periódico del día siguiente: era nítida la impresión de que uno se estaba adelantando un día. (Aunque el reverso era un cierto desvalimiento, un vacío, de la mañana posterior).

Viví también algunos meses junto al Vips de Velázquez (el que los madrileños llaman de Ortega y Gasset, o Lista). Allí coincidía a veces (2007) con la ministra Salgado, comiendo sus hojitas. Un domingo un señor llevaba un montón de periódicos con sus suplementos y los soltó en el mostrador. El cajero le preguntó abrumado: “¿Cuáles son?”. “¡Todos menos El País!”. Pero El País era el que yo llevaba, así que le neutralicé la estadística.

Recuerdo largas sobremesas en el Vips, y algunas madrugadas. Lectura (escritura incluso), charla, contemplación indolente; tenía una calidez como desangelada en la que me sentía a gusto... Aunque es cierto que últimamente entraba poco. Solo, de tarde en tarde, para recobrar las viejas sensaciones, coger algún periódico (sin mirarlo mucho) y tomarme un salteado de pollo oriental.

Curiosamente, le debo al Vips llevar casi veinte años desayunando pan con aceite. Yo, que soy un descastado, lo despreciaba. Pero un día en que estaba de visita mi amigo Weil me dijo: “¿No somos andaluces? Pues pidamos el desayuno andaluz”. Así, como desayuno andaluz venía consignado en la carta. Lo pedimos por broma, por acoplarnos a una retórica, y me encantó. Desde entonces es lo que desayuno en todas partes: no por Andalucía, sino por el Vips.

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En The Objective.