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29.9.15

Nacionalismo abusón

No hay nada más divertido que ir archivando vídeos de la campaña y revisitarlos (¡cinéfilamente!) después, una vez conocido el recuento: casi todos los candidatos (es decir, los perdedores, que por definición son casi todos) parecen estar haciendo campaña contra sí mismos. Con una puntería suicida, tienen dicho en la grabación justo aquello que más les puede humillar. Así, por ejemplo, Pablo Iglesias, cuyo vídeo de Coleta Morada invita ahora a un combo de palomitas con fanta de naranja (esta última en homenaje a Ciudadanos, por supuesto; como la luna del eclipse). O la retahíla en blanco y negro de la cúpula del PP, con Rajoy y Soraya a la cabeza, balbuceando en catalán frases que quedarían ridículas hasta en español. Floriano declaró en su día que les había faltado "un poquito de piel". ¿Y para solucionarlo ponen espectros?

Pero para ridículos, los nacionalistas. Ridículos y sangrantes. Comparando los resultados (ese insuficiente) con las escenificaciones fascistoides de la campaña (que reclamaban unanimidades) la cosa ha quedado como un gatillazo del Duce. ¿Tanta propaganda, tanto llamamiento a la adhesión inquebrantable, tanta prensa (¡y televisión!) del movimiento para que obedezca menos de la mitad del electorado? ¡Ahora se entiende por qué en los regímenes fascistas no hay elecciones! ¡No vaya a ser que "los nacionales" no satisfagan el gusto de los sacerdotes de la nación!

En los vídeos aparecen los candidatos de Junts pel Sí ("la nueva Trinca", según Julio Tovar) hablando en nombre de "los catalanes"; en una abusiva primera persona del plural que hoy vemos que se corresponde con menos de la mitad del electorado. Para decirlo crudamente (haciendo algo que no se debe hacer con los nacionalistas, que es tomarlos en serio): para ellos, "los catalanes" son menos de la mitad de los ciudadanos de Cataluña. ¿Qué son, entonces, esos otros que numéricamente constituyen más de la mitad? ¿Esos que, puesto que no les han votado, no puede considerarse referentes de sus "los catalanes"? Parece claro que "no catalanes". O extranjeros. Es lo que pasa cuando "catalán" no es un gentilicio civil y neutro, sino una denominación ideológica. Entonces en ese "los catalanes" de los nacionalistas, como en ese "Cataluña" de los nacionalistas, unos caben y otros no. Es una apropiación excluyente de lo que es de todos.

El abuso del nacionalismo empieza por las palabras. Metáfora de los abusos que siguen, y seguirán.

* * *
PD. Esta es mi columna número 287 en Zoom News, y la última. Le agradezco el seguimiento al lector, y le invito a que me siga siguiendo. Gracias a la llamada de Rafael Latorre en noviembre de 2012 he podido hacerme el oficio de columnista. Ha sido un placer trabajar para él y para Agustín Valladolid. Y al lado de mis compañeros, a los que les deseo suerte y les doy también las gracias. Hasta pronto.

[Publicado en Zoom News]

25.9.15

Iceta, bailarín del Titanic

No es extraño que el baile de Miquel Iceta, el candidato del PSC en las elecciones catalanas del domingo, haya sido el acontecimiento más celebrado de la campaña: está mejor articulado que todo el discurso independentista de Junts pel Sí y de la CUP, y que el de Catalunya Sí que es Pot, e incluso que el discurso antiindependentista del PP, y que el del "jefe" en Madrit de Iceta, Pedro Sánchez (que además bailó peor). Si me apuran, se trata de un baile mejor articulado que el discurso del propio Iceta. (Ciudadanos se habría salido con la articulada Arrimadas soltándose un bailecito así).

Yo he visto el baile de Iceta con cariño y deleite, y con sensación agridulce. Como los bailes de fin de fiesta de las tragicomedias, cuando todo está perdido. La sonrisita tras el fracaso, con mensaje sobre el sentido de la vida, como el de Zorba el griego. Mientras bailaba Iceta, con soltura envidiable, con esa simpatía que a Elvira Lindo le "ha devuelto la esperanza en el ser humano" (además de Iceta lo peta otro grito de guerra ha sido El icetismo es un humanismo), yo no he podido evitar pensar en la grandísima responsabilidad que en este desastre tiene su partido, el PSC. Iceta resultaría, así, el bailarín de un Titanic que se hunde, cuyo iceberg ha sido el partido del que es candidato... Un iceberg que pilotaron los presidentes de la Generalitat que tendrían que haber marcado las diferencias con el nacionalismo y se entregaron a él: Maragall y Montilla (con la complicidad, desde Madrit, de Zapatero).

En relación con el nacionalismo catalán, la palabra Titanic evoca el artículo que Félix de Azúa publicó en mayo de 1982 en El País: "Barcelona es el Titanic". Hace treinta y tres años (y cuatro meses) y está escalofriantemente fresco: "Dentro de poco esta ciudad parecerá un colegio de monjas, regentado por un seminarista con libreta de hule y cuadratín de madera, a menos de que las capas más vivas de la ciudad salgan de su estupefacción". La regresión pueblerina y clerical del nacionalismo no ha hecho más que agravarse. Iceta, con su bailecito gay, mezcla de Landa y Zarrías pero con la gracia de Chiquito, y aligerado por esa gracia, ha escenificado un recuerdo de la Barcelona cosmopolita y viciosa, mestiza y libre, que el PSC contribuyó a hundir.

[Publicado en Zoom News (Montanoscopia)]

22.9.15

Las cosas del sentir

Cuando Fernando Trueba acudió el viernes a recoger el Premio Nacional de Cinematografía, llevaba sus deberes patrióticos ya hechos: los hizo el día en que decidió aceptarlo. Con ello mostró respeto institucional al Estado de todos, en contra de los pijos ideológicos que –ahora que gobierna el PP, al que al parecer le adjudican el Estado– han puesto de moda rechazar los premios nacionales, o mejor, presionar a los premiados para que los rechacen. Me consta, por un amigo común, que al pobre Rafael Chirbes, marxista pero sin pamplinas, lo tenían frito con esa presión. Pero se soltó de ella y también aceptó el premio. Lo hizo igualmente Juan Goytisolo con el Cervantes. Aquí, según me consta también, tuvo que "hacerle saber" al Gobierno que lo aceptaría. El Gobierno no se lo daba porque estaba convencido de que iba a rechazarlo.

Y es que aceptar los premios, contra lo que parece, no es tan fácil. Hay que tener personalidad. Thomas Bernhard decía que aceptar un premio era aceptar que se cagaran en tu cabeza. Añadía que había que aceptarlos siempre que estuviesen dotados económicamente y se tuviera menos de cuarenta años. En el caso se Trueba solo se cumplía la primera condición. Pero mi ejemplo favorito es el de Octavio Paz. A este le dieron un premio en México durante su época de la India, en que Paz andaba con las sabidurías orientales, y se le planteó el conflicto de si aceptarlo. Se lo consultó a un sabio hindú y este le dijo: "Sea humilde, acepte el premio". Es una cuestión, pues, de humildad.

Un escritor al que nunca le ofrecieron el Nobel, y que por tanto no tuvo que aceptarlo humildemente, fue Ernst Jünger. Lo traigo porque las críticas que ha recibido Trueba por declarar durante su discurso que no se siente español me han recordado a lo que dijo un alto mando alemán en la Segunda Guerra Mundial; y me lo han recordado en favor del alto mando alemán. Cuando, durante la ocupación de París, un emisario de Goebbels le exigió al coronel Speidel, bajo cuyas órdenes estaba Jünger, que forzase a este a que eliminase un pasaje de su libro Jardines y carreteras, Speidel se negó con este argumento: "Yo no mando en el espíritu de mis oficiales". A diferencia de Speidel, nuestros liberales –que, como de costumbre, resultan más conservadores que liberales–, parece que sí quieren mandar en los espíritus. Exigen que, si el Estado te da un premio y coges el cheque, además tienes que sentir.

Al director Fernando Trueba le han dado un premio por las películas que ha dirigido, no para que haga a cambio una declaración de amor, ni una proclama patriótica. Tampoco para que se guarde, si le apetece sacarlos, sus conflictos con respecto a lo "nacional". Su actitud admite una crítica de costumbres acerca del "postureo" o el afán de fondo por la salvación personal, es decir, por el autoadorno narcisista; admite incluso una reflexión sobre el síntoma sociopolítico o cultural que constituye, en nuestro anómalo contexto (fruto de una historia anómala). Pero resulta improcedente saltar de ahí a las exigencias pseudopatrióticas sobre "las cosas del sentir". Como es improcedente mezclar con esas exigencias los juicios estéticos sobre sus películas. Estas serán buenas o malas, pero es otro cantar; como era otro cantar la calidad de las caricaturas de Charlie Hebdo. La discusión que importa en ambos casos es de otro orden. Y en ambos casos tiene que ver con la soberanía personal, y con el derecho a no acoplar el discurso a instancias que exijan unos determinados contenidos espirituales.

En cuanto a mí, no sé muy bien qué es "sentirse español". De momento bastante tengo ya con serlo. Que su trabajo tiene.

[Publicado en Zoom News]

18.9.15

Romeva, pájaro Dodó

Raül Romeva ya lo tenía claro el día que decidió trocear la tilde y hacerla diéresis en su nombre de pila: lo suyo era la división. Ahora el cabeza de lista (¡nunca mejor dicho!) de ese Tejero colectivo que es Junts pel Sí (¡menudo tricornio habría que apañarle!) lucha por la división no ya de España, sino de Cataluña misma. Están juntos contra sus demás conciudadanos. Hay que escapar de la lógica acomodaticia del nacionalismo y repetir una vez más que ante todo es contra los (otros) catalanes contra los que van los nacionalistas, como los falangistas iban contra los (otros) españoles.

Romeva, que sí ha juntado en su cara el aparato mandibular de Artur Mas y la calva de Duran i Lleida (¡algo de unió, después de todo!), resulta que empezó en Madrid, como San Agustín empezó en el pecado o Jiménez Losantos en el maoísmo. Su biografía es también, pues, un camino de purificación. En la capital de España nació, pues, Romeva en 1971, y no supo aprovechar esos cuatro años en que coincidió con Franco para matarlo antes de que se le muriese en la cama. ¡Niño malo!

Aún aguantó en Madrit hasta los nueve, y ahora que tengo fresca la clasificación de Freud (de moda otra vez por el libro de Elisabeth Roudinesco), puedo afirmar que Romeva vivió íntegramente en Madrit su fase oral, su fase anal y su fase fálica. En pleno periodo de latencia, se mudó a Cataluña, donde ya fue convidado a la vida al internarse en la fase genital, en la que en teoría sigue. Aunque el nacionalismo es purita regresión anal, en coherencia con su obsesión por el orden, de manera que... ¡bueno, el psicoanálisis que se lo haga su madre! Esa mujer que, como relata Emilia Landaluce, solo quiere que su hijo "no lo pase mal. Es una de esas personas que le llaman tonto y se pasa toda la noche sin dormir".

Por atención a la señora he tenido el impulso de bajar la voz, para que se le duerma el angelito; pero en seguida he comprendido que no hace falta: Romeva no nos lee. Un ser tan delicado debe de suministrarse solo prensa independentista del movimiento, a modo de somnífero: ovejas esteladas por las estepas mentales que a buen seguro se extienden bajo su cráneo... Sé que aquí me arriesgo, como se arriesgaba Pilar Urbano al postular los calcetines de Garzón sin haber estado en su cuarto; pero no puedo evitar pensar que la mente de Romeva es precisamente el calcetín de su calva vuelto del revés. Al fin y al cabo, los monoteísmos nacieron en el desierto, como el nacionalismo nace en las molleras peladas.

Pero eso que dice la madre, y el consecuente repliegue del hijo en pos del buen dormir (¡a este no hay quien lo despierte de su sueño dogmático!), es lo que explica la inoperancia de Romeva en su visita a la BBC. Acostumbrado a los masajes de la prensa que lee y de las televisiones a las que va, ha perdido sus recursos darwinistas de supervivencia, como le pasó al pájaro Dodó. Fuera de los combates que le amaña el nacionalismo, es un boxeador sonado. Lo pusieron de monigote y de monigote sigue. Al final no duerme cuando le llaman "tonto" porque se quedará pensando hasta las tantas si será verdad.

[Publicado en Zoom News (Montanoscopia)]

15.9.15

Salto a Barcelona

No había vuelto a Barcelona desde 2008 y la ciudad sigue espléndida. En la calle la normalidad es absoluta. O más que normalidad: naturalidad. La vida fluye a su ritmo, con la variedad y el nervio de las grandes ciudades. Siempre he visto Barcelona como un París con atmósfera mediterránea, malagueña; comparte un aire con otras ciudades portuarias que amo, como Lisboa o Río de Janeiro. Lo que se percibe es cosmopolitismo. Pegué el oído y cada cual hablaba en la lengua que quería sin problema. El uso del español era abundante. Y el catalán sonaba en un tono relajado que no es el que emplean los políticos nacionalistas. En las conversaciones había un acomodo sin roce en aras de la comunicación.

El problema está en las instituciones, y en los comercios en que el idioma se fosiliza institucionalmente. Allí hay una restricción: la pluralidad se simplifica. Estuve en la Fnac Triangle y toda la cartelería estaba solo en catalán. Los clientes hablaban entre sí en español o en catalán, y en la librería estaban todas las novedades en español y en catalán: pero la cartelería estaba solo en catalán. En la práctica no representa ningún problema, porque son idiomas parecidos. Pero en español tampoco representarían ningún problema y no están nunca en español: ese es el problema. No hay azar ni naturalidad ahí, sino una exclusión muy cuidada. Como en el instituto de un amigo profesor, al que el director le dijo que los exámenes solo podían hacerse en catalán porque "si no fuese obligatorio, doce de cada quince alumnos los harían en castellano". Una cruzada contra la realidad.

Es por estas cosas que pasan dentro por lo que las esteladas de fuera son signos amenazantes: como advertencias de curas, o de pueblerinos, contra los vicios de la gran ciudad. En el ambiente espontáneo de la calle cortaban el rollo. Una percepción bonita es que la senyera aparece ahora, por contraste, como pulcramente constitucional. Algo así como la bandera española sin aguilucho. No predominaban, con todo, las esteladas en los edificios: eran mellas minoritarias. No dejaban de ser una cortesía del habitante: la señal de que ahí vivía un tío tostonazo, puesta por él mismo. En una fachada vi algo que quise interpretar como sintomático. En el balcón del segundo había una estelada gastadísima, de un independentista que llevaría lustros con la tabarra. Mientras que en el balcón de abajo había una recién estrenada: como si el vecino del primero quisiera congraciarse con el de arriba de repente, por lo que pudiera pasar...

El viaje lo hice (desde Madrid) con la editora de Turner, Pilar Álvarez, para asistir a la presentación de la Historia mínima de Cataluña que ha escrito Jordi Canal. El libro es una síntesis pulcra, racional, que por simple pulcritud y racionalidad va desmontando al paso los mitos y leyendas del nacionalismo. En la presentación se recordó una frase del prólogo: "Cataluña es una sociedad enferma de pasado". Pertenece a Ricardo García Cárcel, que participó en el acto junto a Francesc de Carreras, Valentí Puig y el autor. Todo fue bien, las intervenciones fueron buenas; pero se coló el monstruo un momentín. La editora y García Cárcel hablaron en castellano. A continuación Puig y Carreras hablaron en catalán. Por último tomó la palabra el autor, que, tras decir unas frases en catalán, pasó al castellano. Una transición suave, como habían sido las anteriores. Pero entonces alguien a mis espaldas refunfuñó: "¿Es extranjero o qué?". Era un hombre como de sesenta años, malencarado y canoso. "Es de Olot", le respondió la editora, que estaba cerca. "¿Pues entonces por qué no habla en catalán?". La cosa no fue a más (el hombre desistió, regañado por el público), pero ahí estaba el monstruo: la máquina de fabricar extranjeros que es el nacionalismo.

Esa es la paradoja: el nacionalismo tiene el empeño de convertir en extranjeros a los que, justo por no padecer la tara del nacionalismo, encarnan mejor el espíritu abierto de la ciudad. Comí con cuatro amigos barceloneses (dos de nacimiento, Albert de Paco y Gispert; y dos de adopción, Hernández Busto y Lapuerta) y la conversación resultó deliciosa; se ajustaba a lo que Gabriel Ferrater le pedía a una poesía: que fuese "clara, sensata, lúcida y apasionada; en una palabra, divertida". A la copa se incorporaron Pablo Planas y Oriol Trillas; este, tras despotricar maravillosamente contra el nacionalismo de su ciudad, se puso a hacerlo contra la feria de la mía, donde había estado este verano: "¡Pero qué guarrada habéis montado en Málaga, es impresentable! ¿No os da vergüenza? ¡Sois unos cochinos!". Le di toda la razón, partido de risa.

Por la noche, tras la presentación, estuvimos con amigos cubanos de Hernández Busto, que también llevaban mucho viviendo en Barcelona y veían la situación con pesimismo. Baqueteados por la historia, guardaban pocas esperanzas, aunque de momento predominaba el humor (un humor punzante, sarcástico). Permanecía callada la de más edad, Mónica Sorín. Cuando se le pedía opinión, era Casandra: lo peor se cumpliría. Es autora del libro Cuba, tres exilios. Memorias indóciles. Se está temiendo el cuarto.

Al día siguiente fue la Diada. Nos íbamos de Barcelona por la tarde, de manera que solo pudimos ver los ribetes de la gran marcha: unos habitantes de la ciudad manifestándose no ya contra "España", sino contra los otros habitantes de la ciudad. Ya estábamos en campaña y los candidatos de Junts pel Sí lucían en los carteles como remozados: en tonos claros, juveniles, dispuestos a arruinar el país con cara amigable. Ramblas abajo el ambiente era festivo, siempre que nadie se saliese del tiesto. Nadie se salió. Había paquistaníes vendiendo banderas, como el día anterior vendían paraguas cuando se puso a diluviar.

[Publicado en Zoom News]

11.9.15

Ruiz-Mateos, carnaval darwinista

Hay una canción del brasileño Arnaldo Antunes en que pide socorro porque no siente nada y quiere sentir algo, lo que sea: "qualquer coisa que se sinta". Con la muerte de José María Ruiz-Mateos me ha pasado eso: no he sentido absolutamente nada. Me ha venido la idea de que se ha acabado una vida sobrante, una vida estropeada, una vida que ha sido mal vivida y nada más. Por supuesto, tampoco me he alegrado por su muerte: eso hubiera sido sentir algo. Ni me he reído rememorando sus momentos histriónicos, que nunca me hicieron gracia; aunque, como todo el mundo, alguna vez he imitado el "que te pego, leche"...

Recordando a Boyer sí he tenido un atisbo de emoción filosófica, por el pensamiento de la muerte igualadora, que ya se ha llevado a los dos protagonistas de la escena. Una discordia apagada, desaparecida; cuya carcasa queda en el vídeo: la pelea de dos que ya no existen. Pero ni siquiera esto le ha otorgado dignidad.

Ruiz-Mateos era una mezcla de empresario del desarrollismo franquista, inevitablemente del Opus, y de rico loco americano tipo Donald Trump. La expropiación de Rumasa sacó a la abeja de sus casillas. La gama teatral de Ruiz-Mateos, que hasta entonces había sido la del hombre de negocios con efectismos de especulador, se enriqueció con gestos y disfraces insospechados. En su biografía no estaba previsto que tuviese que huir con gabardina y barba postiza, ni que un día se exhibiera con traje de Superman. Pero eran jocosidades que transmitían amargura: volutas de un hombre destruido.

He estado repasando su trayectoria empresarial y la impresión es que en sí misma también fue una carnavalada, incluso antes del desquiciamiento. Lo que montaba no eran tanto colmenas organizadas, geométricas, como entramados góticos. Al cabo, se expresó con esas creaciones, que reflejaban su personalidad.

Pero de pronto mis reflexiones sobre su fracaso se han visto cortadas en seco por una evidencia de triunfo, de triunfo darwinista: deja trece hijos y cincuenta y dos nietos (así era la cuenta al menos en 2011). Últimamente he venido pensando en los hombres que mueren sin descendencia: esos "hijos sin hijos", como los llama Vila-Matas, en que acaba una línea evolutiva completa: terminales de la especie. La simiente de Ruiz-Mateos, en cambio, sigue. Tanto, que su primera noticia póstuma es la de una posible nueva paternidad...

Después de todo, de acuerdo con la fría Naturaleza, por debajo de la representación y del ridículo, Ruiz-Mateos lo hizo bien.

[Publicado en Zoom News (Montanoscopia)]

8.9.15

El PSOE que no

Hay, o podría haber, un PSOE que sí; pero el que tenemos es el que no. Lo mejor será resignarse a ello. Y, mientras siga en su extravío, no votarlo. Atendiendo a criterios estrictamente socialdemócratas. Josep Borrell, el del PSOE que pudo haber sido, definió el socialismo como "la pasión por la igualdad". El PSOE de Pedro Sánchez no lo tiene tan claro, y menos aún lo tenía el de Zapatero. De boquilla sí, por supuesto: la cantinela no la abandonan. Pero en la práctica han estado tonteando con una de las más míseras desigualdades: la que propugna el nacionalismo. Abiertamente Zapatero y de un modo más confuso Sánchez. Una confusión que, en este momento complicado, no ayuda a la igualdad de todos los españoles.

Lo último del actual secretario general del PSOE ha sido la petición, antisocialdemócrata, de que se reconozca "la singularidad catalana". Lo penúltimo fue decir que "ni España es Rajoy, ni Cataluña es Mas". Como si resultaran equiparables. El filósofo Félix Ovejero reaccionó al leeerlo así: "De vergüenza ajena. Definitivamente, el problema del nacionalismo es el PSOE". Es verdad: el nacionalismo es un problema grave por el PSOE; sin la complicidad y la confusión del PSOE, el problema del nacionalismo no habría alcanzado la envergadura que hoy tiene.

Entre nuestros socialistas ha habido fogonazos de lucidez, pero pueden contarse con los dedos de una mano: el de Alfonso Guerra denuciando que Artur Mas está dando "una suerte de golpe de Estado a cámara lenta"; los ya habituales de Joaquín Leguina y Nicolás Redondo Terreros; o el del propio Borrell en sus implacables declaraciones a la Ser a propósito del libro Las cuentas y los cuentos de la independencia, que son de una claridad absoluta.

Con ellos estuvo Felipe González durante cinco días, los que fueron de su carta "A los catalanes" en El País a la entrevista en La Vanguardia. Su entrevistador, Enric Juliana, había dicho de la carta que sus alusiones al fascismo y al nazismo eran una mancha de aceite en el periódico. Se conoce que con ese mismo aceite aprovechó para masajearlo y obtener una respuesta del gusto de los nacionalistas. (De la carta de Mas "A los españoles" no se espera que diga nada parecido; desde luego, no que sea una mancha propia de lo que, más que escrito, está excretado).

Lo mejor de la carta de González en su jornada como estadista fue, como señaló Andrea Mármol, su oposición a la equidistancia "entre los que se atienen a la ley y los que tratan de romperla". O sea, a una equidistancia entre Rajoy y Mas como la que mantiene (¡con negligencia antisocialdemócrata!) Pedro Sánchez, secretario general del PSOE que no.

[Publicado en Zoom News]

4.9.15

Mi día con Herrera

Ha vuelto Carlos Herrera a las ondas, ya no en la Onda, sino en (la) Cope. Falta Barbeito, con el que tanto me metí y por eso tanto echaré de menos, pero está nuestro Jorge Bustos, columnista de El Mundo que lo fue de Zoom News y que ha publicado su primer libro este año, La granja humana, un repaso afilado a los animales del zoo político. Felicité a Bustos el martes por su debut y le dije que tenía que contarle mi día con Herrrera, porque tuvo su gracia. Al final he pensado que entre columnistas lo mejor es contarse las cosas por columna. Y así se enteran también los lectores.

Hace justo veinte años (¡es un soplo la vida!) yo fui a hacer una prueba como guionista para su nuevo programa de televisión en Canal Sur. Una antigua compañera mía en Antena 3, Irene Domínguez, era amiga de Mariló Montero, que también iba a trabajar en el programa de su marido, y cuando esta le dijo que buscaban un guionista, Irene le habló de mí. Mariló me llamó y fui a Sevilla. La redacción se encontraba en un polígono industrial de San Juan de Aznalfarache, y aún la estaban montando. Había cajas por todas partes, ajetreo, pocos sitios en los que estar. Me recibió afectuosamente Mariló (fue también mi día con ella), me dijo que Carlos estaba en la radio y me presentó al director del programa, Paco Cervantes, que me explicó lo que tenía que hacer.

Se trataba de escribir tres páginas de monólogo para Herrera, con frases ingeniosas y chistes de actualidad, según el esquema clásico del talk show, que entonces no era tan clásico en España. Cervantes me pidió una muestra... pero no había ningún sitio donde me pudiera poner. "Mira –me dijo–, como Carlos no viene hasta la tarde, métete en su despacho y hazlo allí". El despacho de Herrera, en efecto, era el único sitio que ya estaba montado. Me senté en el sillón reclinable y, no sin cierta impresión por la circunstancia, escribí mis tres folios. Un detalle a efectos sociológicos: no recuerdo si lo hice en una máquina de escribir o en un ordenador; entonces cabían las dos posibilidades.

Cervantes leyó la prueba y me dijo: "Estás dentro. A Carlos le va a encantar. Ya solo hay que esperar a Carlos". Me relajé, felicísimo. Era un chollo, de los que ya no se ven ahora: mi trabajo iba a consistir en escribir tres folios a la semana, por los que iba a ganar (cada semana) lo que ahora gano en varios meses como columnista. Ya solo había que esperar a Carlos.

Era la hora de comer. Mariló me dijo que me fuera con ella "y las chicas" (dos redactoras) a un restaurante del polígono. Fue una comida agradable, con muchas risas e historietas del mundo de la tele. Yo les conté que trabajar con Pepe Navarro había sido "la mili del guionista", y que cuando nos encontrábamos dos exguionistas de Navarro, aunque no hubiésemos coincidido, teníamos anécdotas comunes. A las redactoras no las recuerdo, pero Mariló me dejó la impresión de que era culta, inteligente y lista. Por eso, a propósito de las chanzas de los últimos años, más de una vez he pensado si no será ella la que se está riendo del público... Al fin y al cabo, logró volver a la televisión nacional y tener presencia: algo no tan fácil.

Regresamos a la redacción con el sopor de la siesta. Era un día muy caluroso. Yo había madrugado para viajar a Sevilla, y entre la tensión del principio, la concentración para escribir el monólogo, la euforia de después y la comida (con alcohol), estaba muerto. Ellas se fueron a sus tareas. Cervantes no estaba. El único sitio donde sentarme un poco era el despacho de Carlos... y allí fui. Puse el asiento reclinable casi en horizontal, con la idea de echar una cabezadita de diez minutos (era lo único que necesitaba) y salir. No llevaba ni un minuto acomodado, con las manos en la nuca como el que acaba de echar un polvo, cuando se abrió la puerta. "Así que tú eres el famoso José Antonio". Era Carlos.

Me levanté con torpeza, le di la mano, cruzamos unas frases, las mías tímidas, las suyas frías, y me dijo que tenía que reunirse con Cervantes. Yo esperé entre las cajas y el ajetreo de la redacción, hasta que salió Cervantes y me dijo la frase que sustituye a "no" en el mundillo: "Ya te llamaremos". Más tarde me dijo Irene por teléfono que Mariló le había dicho que nada, que llegó Carlos, ella le contó lo simpático que yo era, que habíamos comido juntos y que era divertidísimo y genial, que era perfecto para escribirle los monólogos, y luego Carlos entró en su despacho, me vio en su sillón y en fin.

Supongo que venía también de un mal día. Espero que todos los que le aguardan en la Cope sean buenos. Y los de nuestro Bustos también.

[Publicado en Zoom News (Montanoscopia)]

1.9.15

Lo quieren todo

Ahora que se acaban las vacaciones (para quienes las han tenido), les confieso que me he pasado todas las que no he tenido (¡he estado entre esos!) intentando no hablar de las de Manuela Carmena. Ha sido uno de los temas columnísticos del verano y yo lo he dejado pasar, porque me ha parecido muy bien que la nueva alcaldesa de Madrid se fuese de vacaciones. Algo que se inscribía en la normalidad democrática de esta especie de infierno capitalista en el que, según sus socios políticos, estamos...

Pero al final me ha pasado lo que a aquel concursante –ya recordado aquí– que no lograba estar un minuto sin imitar a Chiquito de la Calzada. Lo intentaba, entre contorsiones, pero en el segundo 59 desistía: "¡No puídor, no puídorrrr!". He aguantado hasta el mismísimo final de agosto.

Cuando Carmena estuvo en Zahara de los Atunes no la critiqué; es más, critiqué a los que la criticaban. Cuando se fue a Buenos Aires no critiqué el viaje, pero sí su afectuoso encuentro con la presidenta Cristina Kirchner. Los seguidores del periodista argentino Jorge Lanata sabemos bien que los Kirchner han sido, en términos de corrupción, unos Gil y Gil (vaya por los dos, y contraviniendo lo de "el que no afana es un gil") peronistas. Pero además está la sospechosa muerte del fiscal Nisman en enero, justo cuando investigaba a la presidenta: algo por lo que una exjueza debería haber mostrado un poco de sensibilidad.

Pero mis críticas, como digo, no eran por su viaje ni por sus vacaciones, sino por su ominoso encuentro. Ha sido a su vuelta, al filo ya de septiembre, cuando he saltado. Me encontraba ya sensibilizado por el exhibicionismo moral de Ada Colau, que emitió un escrito sobre el drama de los refugiados en las fronteras de Europa que lo que expresaba ante todo es lo mucho que ella sufría (y quizá también lo cómodos que son los "grandes asuntos" para descansar de las responsabilidades municipales). Vi entonces a Carmena en el telediario diciendo sobre el mismo drama, en tono de prédica y con un quiebro en la voz: "No podemos estar tranquilos". Ella que hasta el día antes estaba tranquilísimamente de vacaciones.

Lo quieren todo: las vacaciones y la buena conciencia. Y ambas a tope, sin cuestionamiento, sin resquicios, sin grietas, sin ironía, como pasteles íntegros que se comen y nos tenemos que comer (nosotros, con patatas). Esa es la cuestión.

[Publicado en Zoom News]

28.8.15

Benegas y los socialistas

Se acaba una época. Van a cumplirse cuarenta años de la muerte de Franco y ya van muriendo también los políticos que le siguieron: los de la Transición. Las evocaciones se presentan dobles para este otoño. Casi no queda nadie a quien darle las gracias. Es más, los adanes de moda tienden a considerar a los pocos que quedan unos desgraciados. Pero el Tiempo es un lector impaciente: también ellos serán pasados de página.

Ahora le ha tocado a Txiki Benegas, del que he sabido estos días que no le gustaba que le llamaran Txiki y que era el diputado más veterano que quedaba en el Congreso, tras la retirada de Alfonso Guerra. Ambos entraron en 1977. Por aquel tiempo oí su nombre por primera vez y vi su figura en el escaño. Yo estaba en primaria, tenía que hacer un trabajo manual (la construcción de una casa de tiza, con bombillitas dentro) y en la tele había un largo debate parlamentario. Felipe González dijo algo de Txiki Benegas, lo defendía de algo relacionado con el País Vasco, y la cámara enfocó a aquel hombre con gafitas, creo recordar que emocionado.

Luego fue uno de los rostros del socialismo triunfante. Se dice pronto, pero los gobiernos de González fueron de mis dieciséis a mis treinta años. Acabé harto, como acabé harto de mi propia juventud inoperante, de la que los socialistas fueron el paisaje de fondo institucional. Pero recuerdo que tuve un brote de nostalgia un mes antes de las elecciones de 2004. Era un día soleado de mediados de febrero y me crucé por el Paseo de Rosales con Carlos Solchaga. Me vinieron entonces, en conjunto, "los socialistas": como unos gobernantes que tenían un toque propio, distinto a los de Aznar, de los que para entonces estaba harto también.

Me doy cuenta ahora de que en 2004 no volvieron en realidad "los socialistas", aunque Rubalcaba (que era de los de entonces) estuviese con Zapatero. Este prolongó el socavón producido por los atentados del 11 de marzo. El país ya era otro: peor. La imagen de Benegas que aparecía a veces, demasiado gordo (no sé si por abandono o por enfermedad), era un emblema adecuado de los socialistas de antes: desplazados ya, como senadores de una Roma pasada; atónitos (e impotentes) ante el Calígula del buenismo.

En 1991, Benegas estuvo en las portadas de los periódicos por aquellas conversaciones por el Motorola (artilugio modernísimo entonces y hoy trasto de época) en que llamaba a González "el One". Dio la casualidad de que unos años después trabajé para uno de sus interlocutores, Germán Álvarez Blanco, creador y productor de la serie La casa de los líos, que siempre me ha tratado muy bien y al que guardo un cariño especial. Sabía que seguían siendo amigos y ahora veo que le ha dedicado una despedida emotiva.

Una tarde, sería en torno al año 2000, un compañero guionista y yo fuimos a una fiesta que organizaba Germán en su chalet. Una de nuestras curiosidades era conocer a Benegas. Al entrar, nos recibió el anfitrión, abriéndose paso entre las bandejas del catering de postín, con una de sus bromas: "¡Camarero, platito de cocido, que llegaron los guionistas!". El que no llegó fue Benegas, así que no lo conocimos. Es lo de siempre: ahora recordaría el momento que fue, pero el que recuerdo es el que no fue.

[Publicado en Zoom News (Montanoscopia)]

25.8.15

Ángeles improbables

Ha sido de película, y por eso la prensa nos ha brindado una pausa. Ha ocurrido en la realidad, pero no lo parecía. Por azar, iban a morir asesinados muchos pasajeros (el número ya no lo sabremos nunca) del tren Ámsterdam-París. Pero esta vez el azar se topó con otro azar: en el vagón iban unos improbables ángeles de la guarda, disfrazados –como si los hubiese puesto un guionista– de marines de vacaciones.

No se suelen superponer las suertes extremas en la vida; pero en esta ocasión, a la malísima suerte de que en ese tren hubiera un terrorista, se superpuso la buenísima suerte de que hubiera también quienes lo parasen. El premio al final ha sido que no pasara nada: a los pasajeros les ha tocado, pese a que llevaban la bola negra, la lotería de la normalidad. Esa normalidad que está hecha por definición con lo probable y que esa tarde se pudo alcanzar solo pasando por una arriesgada pasarela de improbabilidad.

La euforia tras la noticia se debe a que ha proyectado, o reavivado en nosotros, el sueño de la invulnerabilidad. De él se alimentan los cuentos, los mitos, las novelas, los cómics, las películas o la misma idea del ángel de la guarda, precisamente porque somos vulnerables. Y se trata, justo, de un sueño: era improbable que se produjese, y es aún más improbable que se vuelva a producir. Aunque la celebración de esta excepción feliz sea protectora a su manera –en la medida en que fortalece la actitud–, no podemos dejar de ser conscientes de que en último extremo, por debajo de todas las capas, estamos desprotegidos.

"Si la vida fuera como el cine", añoraba Woody Allen en la escena de Annie Hall en que saca a McLuhan (así lo decía en la versión doblada). Pero a lo mejor lo que le da singularidad a la película de nuestra propia vida es que no sea como el cine. Eso le da encanto y tragedia... y hace que en nuestra película sean necesarias las películas.

Al final no tendremos ángeles salvadores. Después de visitar a un amigo en coma en el hospital, escribe Iñaki Uriarte en sus Diarios: "Esto empieza a ser de verdad escalofriante. Nadie debería lamentarse por llevar una vida gris y sin grandes emociones. Que espere un poco. A partir de cierta edad todos llegamos al Far West. Silban las balas".

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21.8.15

Suso inaprensible

Ha vuelto Suso de Toro, el consejero áulico de Zapatero, el intelectual orgánico del gobierno que nos arruinó, resucitó el guerracivilismo y nos metió en el fregado institucional del que aún no sabemos cómo vamos a salir (ni si vamos a salir). La imagen de Rajoy es confusa, menesterosa, patética también a su manera; pero se rehabilita en cuanto reaparecen Zapatero y Suso. Él, al fin y al cabo, no es ellos: lo cual no es poca virtud.

Suso de Toro ha seguido estos años –llamémosles póstumos– en el periódico de Ignacio Escolar, otro de los cortesanos del zapaterismo; pero hasta ahora no había escrito nada comparable a aquel "Razón y sinrazón de Cataluña" de 2007 en El País. El artículo estaba en este enlace, pero desapareció hace tiempo, no sabemos si por un fallo informático o porque a la hemeroteca le resultaba abrasivo contener la cosa que empezaba: "Existimos las personas pero también las colectividades, con voluntad y vida psíquica propia". Y seguía: "Cataluña existe y está viviendo un momento de confusión, se siente despreciada y humillada. Cree que España no la reconoce, la niega y la encierra ahogándola. Pero también se siente insegura, la imagen que tenía de sí misma se ha resquebrajado completamente y desconfía de sus propias capacidades".

Esta abstrusa prosa de abstracciones joseantonianas, que es la salsa de Suso, alcanza, como digo, otra apoteosis en el artículo nuevo, titulado "La mitad de Catalunya no está loca (la otra mitad tampoco)". Como algunos hemos dicho que lo del nacionalismo catalán es un delirio, ahora viene Suso a refutarlo, con su mano en el pecho y un embudo en la cabeza. Ya el comienzo, desde la perspectiva global del siglo XXI, es pura alucinación: "Como no vivo en Catalunya, cuando busco información u opinión me encuentro expuesto a los medios de comunicación no catalanes que estos días más que nunca no paran de hablar de los catalanes".

Lo suyo sería hacer un análisis ilustrado de cada frase, reprimiendo los sarcasmos. Pero excuso la tarea. Alguien más analítico y paciente que yo, como es Tsevanrabtan, lo intentó en su día con el otro. Se propuso "contestar con razones y no con gracietas o exabruptos", pero resultó imposible (me imagino que su propósito era irónico, en plan primera gracieta o exabrupto).

Y aquí es adonde yo quería llegar hoy, en realidad. Todos los chistes, los sarcasmos, las gracietas y los exabruptos están ya hechos. Seguiremos en la rueda porque no hay manera de salirse. Pero, como escribí en mi columna sobre este delirio, lo que predomina cada vez más es la melancolía. ¿Qué se le va a decir a Suso de Toro? ¿Se puede, realmente, dialogar con él? Emite retahílas verbales que son un simulacro de racionalidad, pero sin asideros ni con la razón ni con lo real mismo. Su discurso es inaprensible: tomárselo en serio sería otra locura.

* * *
PD. Tsevanrabtan, mientras yo escribía esto, no ha descansado.

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18.8.15

¿Ha muerto un escritor?

No he leído nada de Rafael Chirbes, aunque de los elogios que se le han prodigado en los últimos años me ha quedado la idea de que debo leerlo. En mi caso (un caso que doy por perdido), no siempre es así: a veces de los elogios que se le prodigan a un autor me queda la idea de que no debo leerlo. A Chirbes, como digo, sí. Aunque las necrológicas de estos días han sido un tanto deprimentes: ¿ha muerto un escritor? Pareciera que hubiese muerto un político...

Los gusanos ideológicos son los primeros que le salen ahora a un cadáver. Es una apropiación fulminante, que ya quisieran alcanzar los buitres (o quisieran haber alcanzado los curas). Ya solo se habla de los escritores por cosas que no tienen que ver con sus libros. El etiquetado ideológico es una de ellas. El escritor crítico, que pretende hacer una literatura crítica de verdad –es decir, compleja–, verá reducido el calado de su obra por las lecturas sectarias. Entre las plañideras de Chirbes están quienes le criticaron el año pasado por haber aceptado el Premio Nacional de Narrativa. O sea: quienes le criticaron por haberse negado a seguir la moda (impuesta por los pijos ideológicos) de rechazarlo. Ni esa complejidad alcanzaban.

Tampoco me quiero apropiar yo de Chirbes, ni reducirlo a mi manera. Tenía una visión ideológica, creo que marxista (desde luego de izquierdas), del mundo. Pero no era dogmático. El filósofo y librero Santiago Gerchunoff ha contado que, antes de la presentación de su última novela publicada, En la orilla, le preguntó por los escritores de izquierdas y la "memoria histórica", y Chirbes le respondió: "Ah, los beatos, qué malos son, qué malos". Me vienen maliciosamente algunos de esos sacristanes de los que se espera que escriban "la gran novela de la crisis", como si esa novela solo pudiese escribirse desde la fe... Y como si no la hubiese escrito ya, según dicen sus mejores lectores, Rafael Chirbes.

Por cosas como esta, y porque vivía apartado con sus perros e iba a lo suyo, concentrado en su oficio, leeré a Chirbes algún día. Ha muerto un escritor.

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14.8.15

El Zurdo con canas

Aunque luego he visto que hay fotos y vídeos por ahí, yo no me había encontrado con las canas de Fernando Márquez, El Zurdo, hasta la entrevista de esta semana en Abc, hecha por Julio Tovar y Javier Villuendas. Ha sido como un salto en el tiempo desde el jovencito de La Mode, de pelo muy negro y saltarín, hasta el hombre de cerca de sesenta que está sentado en el café Comercial, pocos días antes de su cierre: como si le persiguiesen las ruinas. El efecto, tras la sorpresa, ha sido sin embargo feliz. Me ha parecido digno: ennoblecía su edad. Un poco lo contrario de lo que pasa, por ejemplo, con Pedro Almodóvar.

De pronto, los que prolongaron su triunfo de la generación de la Movida han envejecido mal. Alaska sería otro caso. Muchos murieron jóvenes. Y entre los supervivientes que se han mantenido en los márgenes, hay individuos que componen una especie de orden de caballería sin alardes, que son un lujo (ya no muy divulgado) para la sociedad. Un ejemplo sería Alejo Alberdi, que formó parte de la banda más sorprendente de entonces, Derribos Arias, y con el que he tenido la suerte de hablar varias veces este útimo año. Alegran su cultura, su finura, su capacidad para la conversación y su espíritu crítico. Es, en sentido estricto, un ilustrado, un librepensador. Como también lo es, a su estilo, El Zurdo.

No es de extrañar que lo que ofrecieran al panorama cultural español, apelmazado siempre, fuese divertido y sofisticado, moderno (o posmoderno), cosmopolita, liberador. La Transición en la cultura se hizo con la Movida. Ahora que, gracias a los antifranquistas sobrevenidos, Franco ha resucitado como si nuestro 2015 fuese un libro de Vizcaíno Casas, se percibe mejor cómo a principios de los ochenta sí que se logró matar a Franco, después de todo. Su presencia era cero: se pasaba olímpicamente de él. Y hasta el mariposeo del Zurdo con la Falange quedó a la postre (aunque él se lo creyese y para su carrera tuviera consecuencias) como cuando el cantante de Glutamato Ye-Yé salía con el bigotín de Hitler.

El primero de mi clase del instituto que se aficionó a los grupos de la Movida fue Rojas, que también fue el primero en morir, dos años después, en un accidente de coche. Tenía diecinueve. Recuerdo el día en que llegó hundido por la noticia de que El Zurdo tenía que dejar de cantar por problemas de salud. Fue ahí cuando le empecé a prestar atención a La Mode, a cuya música me aficioné con un cierto aire póstumo ya. Ahora han pasado más de treinta años de pronto, y en las canas de El Zurdo está también mi amigo, que no pudo tenerlas. Su manera de llevarlas es otra buena canción.

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11.8.15

El sueño del 'seny' produce monstruos

Decía Arcadi Espada el otro día que a Cataluña no había que mandar tanques, sino ambulancias. Ambulancias de psiquiátrico, naturalmente. El manicomio catalán, tituló Ramón de España un libro, utilizando una frase que ya circulaba... Y ambos son catalanes: no es Madrit aquí el que está llamando loca a esa región. Una región que presumía justo de lo contrario: de seny, es decir, de sensatez, de cordura.

No sé lo que ha pasado ni cómo ha pasado, no conozco las interioridades de Cataluña lo suficiente. Sé el resultado, porque es palpable: el delirio. Y que los responsables únicos son los nacionalistas. El recurso a la equidistancia –"la culpa es tanto de los nacionalistas como de Rajoy" (o de eso que llaman "el inmovilismo del PP"), algo en lo que incurre hasta uno que sí ha mantenido el seny, como Ignasi Guardans– es en el fondo una resistencia biempensante. Se intenta introducir una lógica ("los nacionalistas no hacen más que reaccionar contra algo o contra alguien, tan culpable como ellos") donde no la hay: unos (los nacionalistas) han perdido la cabeza y punto. Esto es terrible, claro. Pero es que lo que ha pasado (lo que está pasando) es terrible. Literalmente alucinante.

El seny se ha dormido y el campo lo han ocupado los monstruos. Que una región europea, próspera, homologable, lo más parecido a Francia que había en España, tenga una élite política bandolera, que amenaza con saltarse la Constitución democrática vigente y se arrejunta en una lista esperpéntica como la de Junts pel Sí, es algo con lo que no se puede transigir en términos racionales. Sea cual sea el momento en que se cale el melón catalanista, siempre salen bichos. Esta semana ha sido Enric Vila diciendo: "Tendríamos que convertir Cataluña en un Vietnam para los españoles". O el segundo de Ada Colau, el argentino Pisarello (que se dice no nacionalista, pero que tiene los tics del nacionalismo), declarando que el bombardeo de Barcelona durante la Guerra Civil fue como el de Hiroshima (y manteniendo implícitamente que la bombardeó Madrit, como si la capital no hubiese sido bombardeada por los fascistas también). Otro bicho de estos días es el ridículo (¡y tercermundista!) SuperCat. El amigo Hughes ha dado quizá con la clave en su columna de Abc: el método paranoico-jurídico, por el que Artur Mas ha logrado desbancar a Boadella como discípulo de Dalí.

El nacionalismo, que en un momento dado podía tomarse como instrumento del seny, en la medida en que permitía negociar, comerciar, sacar tajada, se ha destapado en toda su obscenidad oscurantista. Yo me lo paso bien en las peleas (verbales) en nombre de la Ilustración, y cuando me salta un sparring nacionalista no dejo de disfrutar con el pugilato. Pero la sensación es la de estar enfangados con enfermos. Están metidos en una campana autocomplaciente, sin dispositivos críticos, con la que resulta imposible toda comunicación, ni siquiera dialéctica. En realidad, como apunté una vez, han creado ellos solos una situación de lo más embarazosa. ¿Y qué se puede hacer ya? ¿Pasar también un poco por locos para que no parezca que ellos son los únicos locos?

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7.8.15

Mas, fabricante de extranjeros

El nacionalismo es tan viscoso que tiende a inocular su propia lógica en los discursos, incluso en los no nacionalistas. En cuanto uno se descuida, está refiriéndose a "España y Cataluña", y entrando en discusiones en las que pareciera que el único problema es que Cataluña se separe de España; casi se da por hecho que, aunque los efectos serían ruinosos (en todos los sentidos) para ambas, se trataría de trazar una frontera limpia y punto. Pero ese, en realidad, no es el único problema. Ni el más grave. Hay otro: la extranjerización de la mitad, o más de la mitad, de la población catalana.

Artur Mas es el jefe de las tropas invasoras de su propio país. Pese a esa invocación atolondrada de la guerra que lleva meses haciendo, con una negligencia propia de los gobernantes que llevaron a Europa a la destrucción en 1914, es él mismo, Mas, el que está al mando de los tanques auténticos. Por ahora, no se ve a otro Miláns del Bosch que él en lontananza, dispuesto a cargarse la Constitución en la que caben todos.

No está de más recordar la frase del historiador John Lukacs a propósito de los nacionalismos europeos de la primera mitad del siglo XX: "Cuando el nacionalismo sustituyó a las versiones antiguas del patriotismo, se buscó enemigos entre los conciudadanos". Para hacer eso hace cien años hacía falta una mezcla de abyección e inconsciencia. Para hacerlo hoy, después de dos guerras mundiales y en el contexto al fin de una España y una Europa democráticas, hace falta también necedad. En este sentido, me temo que el president Mas era el hombre adecuado.

Con su aspecto de jefe de planta de El Corte Inglés, Mas quiere establecer el corte catalán. De consumarse, al resto de los españoles nos afectaría en términos de pobreza, como digo (también cultural); pero a los catalanes no nacionalistas les rompería la vida. El lunes, con nocturnidad y alevosía, como señaló Arcadi Espada, Mas firmó la convocatoria de las elecciones plebiscitarias que no osan decir su nombre. Los lectores de Ernst Jünger sabemos qué expresión usa este cuando habla de una dictadura: "democracia plebiscitaria". El escenario de la firma parecía, por lo demás, el decorado de una de esas teleseries históricas forzadas, anacrónicas, a las que se les ve el cartón piedra. Era también, pues, el escenario adecuado.

Ahora uno de esos historiadores orgánicos del catalanismo ha proclamado que Artur Mas desciende de Cristóbal Colón. Debe de ser el primer paso para sustituir la estatua del famoso monumento de Barcelona y poner a Mas señalando, no a América, sino fuera. Que se vayan no ya los catalanes no nacionalistas, sino la Cataluña viva también: para que quede solo la embalsamada, la de cartón piedra de sus delirios de todos los demonios.

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4.8.15

Entre Darwin y Disney

La noticia no es el cierre del café Comercial, sino la saña con que algunos lo han despedido. Los más brillantes han sido mis queridos Hughes y David Gistau, que desde las páginas del conservador Abc han decidido no caer en la melancolía por el siglo y cuarto que se ha dejado de conservar, sino ejercer, a lo Léon Bloy, de "empresarios de demoliciones". La melancolía ha venido a ponerla en ese diario el "comunista muerto" (según definición propia) Gabriel Albiac, que no se ha recuperado todavía de que su maestro Althusser estrangulara a su mujer. Pero la suya es una melancolía desatada, que se proyecta del Comercial a toda España y a la existencia misma.

Hughes y Gistau tienen razón, naturalmente, al ridiculizar a esos Esproncedas del churro que le rezan a Carmena y a esos cúrsiles que han llenado el escaparate de corazoncitos. Pero en realidad esa ridiculización está demasiado determinada por el panfilismo del que se ríe, y es una ridiculización un tanto asfixiante, porque no deja sitio en medio; a su vez, los pánfilos parecen estar clamando por esa ridiculización, que sirven en bandeja. Ha pasado un poco lo mismo con la muerte del león Cecil, que ha dado lugar o bien a un cinismo de cazadores de guardarropía, apostados en Twitter, o bien a la sentimentalización del animal hasta convertirlo en un peluche gigante. Parece que en esta España de los hunos y los hotros (¡es la que tenemos!) solo se puede estar o con el Darwin tergiversado del "darwinismo social" o con el dulzón Walt Disney. La melancolía de Albiac, por cierto, yo la asociaría a este último, pues sus proyecciones desoladas son de nada algodonosa.

Se descarta de antemano que pueda existir una melancolía adulta, que no piense que el fin del Comercial es el fin de todo, ni le rece a Carmena, ni ponga corazoncitos, ni considere que los madrileños le tengan que pagar sus cafés. Acepto la muerte del Comercial, como acepto que se tiene que morir todo lo que ha vivido. Lo que no acepto es estar de duelo con risitas de fondo.

No ponían el mejor café, pero yo iba al Comercial a que me diese la luz de los ventanales. Muchas veces solo, y otras con amigos o amigas. Si tenía que hacer tiempo para una cita posterior por la zona, ese tiempo lo pasaba en el Comercial. Qué bien transcurrían allí las horas, quizá porque nadaban en aquella pecera de más de un siglo. El primer recuerdo es de mis veinte años. Fui con unos amigos al estreno de Principiantes, una película olvidada con música inolvidable de David Bowie, y a la salida entramos en el café. Se nos pasó la tarde en un deleite de conversación y compañía, de minutos hospitalarios.

Aquella canción se convirtió en mi banda sonora particular del sitio, y me ha estado sonando en la cabeza estos días con los recuerdos. Lástima que entre ellos no esté el de alguna tarde allí con Hughes y Gistau, y ya puestos Albiac. Ahora me acordaría también de nuestras risas por los Esproncedas del churro.

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31.7.15

Albiol, un facha a medida

El PP está fatal. Después de su último despliegue para cambiar de imagen y hacerla más juvenil y sofis, con esos Casado, Maroto y Levy, que les ponías un abanico y eran Locomía, se sacan ahora a Xavier García Albiol, que es como sacar a Bertín Osborne para compensar en testosterona. En las fotos con Mariano Rajoy en su presentación como candidato a la Generalitat, a Albiol –dos metros, camisa y pantalón vaquero– solo le faltó el sombrero y ponerse a cantar rancheras; tampoco hubiese desentonado que se llevara la mano al paquete. El que Andrea Levy, la chica del intento cosmético, sea su número dos no hace sino subrayar la esquizofrenia del partido.

La extrema derecha en Cataluña, naturalmente, es la nacionalista, con su apelación a instancias turbias a las que "no pararán tribunales ni constituciones" (democráticos y democráticas), como proclamó Artur Mas. Su coartada para que el ultraderechismo le saliera gratis ha sido presentarse como antifranquista (con lo franquista que es, banderas aparte) y, sobre todo, acusar de franquistas, de fachas, a sus críticos, sin discriminación. Muchos se han acobardado ante esta estrategia pasivo-agresiva de ir de víctimas cuando en realidad eran verdugos, y han llegado hasta casi la desaparición con tal de no ser acusados de "fachas". Así el PSC y el propio PP de Cataluña, ante cuyo acobardamiento tuvo que surgir Ciudadanos.

El gran mérito de Albert Rivera ha sido mantener un discurso ilustrado, con una defensa de la unidad de España y de la Constitución de 1978 fundada en el concepto racional de ciudadanía. Por supuesto, ha sido bombardeado con el calificativo de facha; sin que, por fortuna, variara su conducta ni su discurso (hubo una excepción pasajera: sus alianzas en las elecciones europeas de 2009, justamente criticadas; pero se corrigió a tiempo). Y ahora el PP, que ha sido incapaz de mantener una postura firme a la vez que sensata en Cataluña, va y reacciona –asustado por las encuestas– poniendo a un candidato que parece diseñado por sus enemigos.

Albiol es un facha a la medida del nacionalismo. Y es probablemente lo que votarían los votantes del nacionalismo si no hubiera nacionalismo. No deja de ser sintomático que lo más parecido a Le Pen que ha tenido éxito electoral en España (me refiero al éxito de Albiol en Badalona) lo haya hecho en Cataluña, donde campa la vileza de sus élites políticas, periodísticas y mediáticas y se ha extendido el desprecio por la Constitución.

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28.7.15

El Tour es el Tour

Ahora es cuando empieza la parte cruda del verano: el verano post-Tour, el verano sin nada. El verano para descansar, qué remedio. El verano para crisparse en el descanso. Aunque algunos nos quedamos trabajando, crispados también. Y afilando los cuchillos (y afianzando los escudos) para el otoño que se avecina.

Pero antes de que nos aplaste agosto, queremos sentir todavía el latigazo del Alpe d'Huez, aún casi físicamente. Qué hora intensa la del sábado. Hacía años que no se vivía una emoción así, de las que nos recuerdan por qué nos apasiona el ciclismo. O el Tour específicamente: por qué nos apasiona el Tour. Si Nairo Quintana llega a conquistar el maillot amarillo, habría sido una etapa histórica de verdad. Pero sirvió para darle quilates al de Chris Froome, que resistió con mérito. En la meta se había acabado todo y permanecía, permanece, el eco de la tensión: el último calambre de julio.

Sí, es el Tour, más que el ciclismo. El Tour que configura tres semanas y dos días, que giran en torno a él como la rueda de Duchamp. El Giro y la Vuelta están bien, pero carecen de esa capacidad de ser el centro mientras duran. No todos los días son intensos; de hecho, la intensidad escasea: pero todos los días son de Tour. Se establece esa rutina de la siesta con el sol a plomo en la calle y los ciclistas en la pantalla; o, si uno está fuera, la de la búsqueda de un televisor. Paisajes franceses, civilizados, y ariscos puertos. Los campos, los embalses, los ríos, las costas, las laderas, los castillos, las casas y el público.

Este año había pocas banderas proetarras, pero a cambio han proliferado otros espectadores patanes que escupían, arrojaban orina o encendían bengalas. Como si la cuota de necios hubiese que mantenerla de un modo u otro. Y los ciclistas, por en medio, en lo suyo: la carretera, la carrera. Centrados, pese a las molestias, en la abstracción de su sentido: esa simplificación que los hace seres alegóricos.

En la cima del Alpe d'Huez, Alejandro Valverde se echó a llorar. Había alcanzado al fin, a sus treinta y cinco años, un sitio en el pódium del Tour. Pero no lloraba por eso: lloraba porque se había entregado a su compañero Quintana, sin mezquindad, y aun así iba a conservar su tercera posición. Había estado dispuesto a entregarla, y la había mantenido. Hubo risitas entre los locutores, porque fue un llanto un poco ridículo. Pero yo me acordaba de estos versos de Pessoa sobre las hazañas (y los naufragios) de los marinos portugueses: "Valeu a pena? Tudo vale a pena / se a alma não é pequena".

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24.7.15

Caetano ascendente

Unos años antes de que se publicase el libro Verdad tropical en España, me trajeron de Brasil el original de Caetano Veloso, Verdade tropical, que leí con entusiasmo y fui prestando a mis amigos brasileñistas. Uno me dijo: "Qué cosa más extraña, es una autobiografía ascendente". Es cierto. Al contrario de lo que suele pasar, no se sume en melancolías ni autocomplacencias, ni se enreda en agravios, ni desemboca en un colchón: se mantiene vibrante, evolucionando con elegancia, refinándose y abriéndose; al final hay más vitalidad aún que al principio. Caetano la escribió cuando tenía cincuenta y cinco años. Ahora, con setenta y tres, ha actuado en Madrid junto a su amigo Gilberto Gil, de su edad. Celebran que hace cincuenta años que se dedican a la música: un siglo entre los dos, como han titulado la gira.

Yo ya los había visto juntos en el carnaval de Bahía, en febrero de 2001, pero el martes por la noche, en el Teatro Real, me acordaba sobre todo de los otros conciertos de Caetano Veloso en Madrid en los que estuve: los de 2000, 2002 (sobre todo los de 2002) y 2003, en el ambiente más veraniego del Conde-Duque. El aire de aquellas otras noches de julio entró también en el teatro, por mi cabeza, y la música sonaba en una suerte de estéreo temporal. Las entradas eran muy caras. Al final fui porque una amiga me semi-invitó. Aun así, pagué mucho. Pero en un momento me dije: ¿cuánto les debo yo a estos dos hombres? El bien que le han hecho a mi vida, y la belleza y la alegría que le han aportado, no tiene precio, ciertamente. Me hace gracia ahora que la primera canción que Caetano Veloso que escuché, cuando me aficioné en 1989, fuese la de "dinheiro não, beleza pura"...

Hace algo más de un año, Caetano escribió un importante artículo en el diario O Globo, "Só e sozinho", en el que les recordaba a los brasileños las conquistas de la ligereza y la alegría (la alegría ligera: comparten raíz) que aportó la bossa nova, y que se andaba malbaratando en las vísperas del Mundial de fútbol por el esnobismo ideológico (la expresión la pongo yo). Celebraba dos canciones fundacionales, sobre todo la segunda esta vez (de la primera ya había hablado mucho): "Chega de saudade" y "Chora tua tristeza". Ese chega brasileño significa basta: basta de nostalgia. En esta música se despide a la saudade y a la tristeza al mismo tiempo que se la acoge y se la mantiene. Son canciones vitalistas con un aroma de añoranza. Por eso la alegría brasileña es la más resistente: porque lleva dentro la tristeza. Como cantan Caetano Veloso y Gilberto Gil en "Desde que o samba é samba": "el samba es padre del placer / el samba es hijo del dolor...".

El gran André Breton, fundador del surrealismo –movimiento al que siempre le he visto concomitancias con el tropicalismo– defendió en Signo ascendente las analogías que elevaban contra las que rebajaban. Ponía un ejemplo zen: "Por bondad budista, Basho modificó un día, con ingenio, un haiku cruel compuesto por su discípulo Kikakú. Este había dicho: 'Una libélula roja, / arrancadle las alas: / un pimiento'. Basho lo sustituyó por esto: 'Un pimiento, / ponedle alas: / una libélula roja". Así la música brasileña. Así Gilberto Gil y Caetano Veloso.

[Publicado en Zoom News (Montanoscopia)]