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12.5.15

Su tierra

"Esto es surrealista y empieza a rozar el ridículo", dijo al salir de la votación del viernes Susana Díaz, asombrosamente refiriéndose a otros: a los que le dieron en el parlamento andaluz el último no, que este jueves puede pasar a ser el penúltimo. Díaz tiene prisa por convertirse en la presidenta de la legislatura en que el PSOE cumplirá en Andalucía un franquismo en el poder.

Estos casi cuarenta años han tendido a segregar maneras ciertamente poco aseadas. Considero que, de acuerdo con los resultados de las recientes elecciones autonómicas, el PSOE debe seguir gobernando. Considero también –con pesimismo, quizá discutible– que con el PP andaluz en el poder las cosas no mejorarían mucho. Pero la tendencia del PSOE a abusar resulta inquietante: su impulso es monopolizar Andalucía, emitiendo signos visibles de exclusión cuando no se cumple su voluntad.

La identificación de un partido con un territorio es otra cosa mala de los nacionalistas que se ha propagado, porque constituye un instrumento muy barato de poder. Hace tiempo que las críticas al PSOE andaluz son consideradas críticas (e incluso ataques) a Andalucía. En la última campaña Díaz abusó del recurso. Ahora está pasando igual con el tortuoso proceso de investidura.

Tras la mencionada votación del viernes, Díaz dijo también que el no del PP recuerda al del 28 de febrero de 1980, "el no a Andalucía y los andaluces". En el propio debate de investidura observé este procedimiento de apropiación de Andalucía por parte del PSOE (de Susana Díaz en este caso) frente al PP.

En las actas de las sesiones del 4 de mayo y del 5 de mayo se puede leer cómo Susana Díaz habla abundantemente de "nuestra tierra", hasta que al discutir con Moreno Bonilla, el líder del PP, cambia nuestra por mi: "mi tierra". Lo hace por primera vez en la página 67 de las actas del 5 de mayo, en estos términos: "Y, además –perdone que le haga un inciso aquí–, yo vengo aquí a defender siempre a Andalucía, no tengo que consensuar con nadie la defensa de los intereses de mi tierra, nadie me ha puesto a dedo aquí, nadie me ha mandado a Andalucía, y soy lo suficientemente responsable para saber que mi tierra está por encima de mi partido".

En parte es escenificación. En parte, sin duda, es inconsciente. Pero ahí está el daño de lo dicho, una mala siembra. Así se transmutan los desacuerdos políticos, sobre los que se puede discutir, en exclusiones que lo primero que excluyen es la discusión.

[Publicado en Zoom News]

8.5.15

Hermida y las maneras

Jesús Hermida era "el Raphael del periodismo", como ha acuñado con precisión Arcadi Espada. Y los que tenemos un problema con Raphael tenemos (teníamos) el mismo problema con Hermida. En ambos el manierismo se da (se daba) con una cierta pomposidad, con un cierto empalago. Pero no hay nada más frío ni más vacío que un escenario o una pantalla sin alguien que los llene, y hasta los renuentes como yo les reconocemos esa capacidad a Raphael y a Hermida. Por otra parte, no somos tan finos: tampoco nosotros hemos podido apartar la mirada cuando estaban ellos.

Pero Hermida era, por decirlo así, un manierista transitivo. Sus maneras iban solas en sus monólogos y en sus parlamentos, pero estos (aunque se hicieran larguitos) no eran muchos: con Hermida solía haber gente; y era un buen vehículo para esa gente. Yo lo recuerdo sobre todo, más que por sus magazines, con la sobresaturación de las "chicas Hermida", por sus dos grandes programas de la Transición (periodo, ciertamente, perfecto para su transitividad): De cerca y Su turno. Con Balbín, lo pienso ahora, y con Tola y Milá, además de con el gran Íñigo, implantó la costumbre de que la gente hablara y de que la escucháramos.

Mis mejores recuerdos son de De cerca. Yo tenía catorce o quince años y fui poniéndome al día con los que venían de atrás, que ya se conocían entre sí. Aquellas complicidades hechas me parecían curiosas. Había un mundo que se me había escapado (por mi simple edad) y que yo quería conocer. Entre ellos estaban personajes que luego se me han vuelto muy pesados, pero que se beneficiaron entonces del momento inaugural. Hermida preguntaba, y callaba, y ponía algún gesto, y lograba, en fin, que la conversación fuese de cerca. Luego el programa siguió sin Hermida, pero no le sustituyó nadie: cada entrevistado era el entrevistador del programa siguiente, por lo general amigo, formándose así una cadena que era pura transición (y Transición).

En Su turno se montaban ya buenos guirigáis, precursores de las tertulias de hoy, pero sin llegar a tanto y con gente de más nivel. Por la columna de David Trueba en El País he recordado que Hermida terminaba el programa dirigiéndose al espectador: "Ahora, verdaderamente, empieza su turno". Mi tertuliano favorito era Fernán Gómez, a quien justo David Trueba puso a hablar en La silla de Fernando. Su momento cumbre, que siempre cuento, fue una tertulia en la que no dijo nada. "Pero don Fernando, está usted muy callado esta noche", le azuzó Hermida. Y Fernán Gómez dijo, con cara de perplejidad: "Es que me encuentro desconcertado. He escuchado atentamente a todos los que me han precedido, que han dicho cosas contrarias entre sí, pero resulta que yo estoy de acuerdo con todas".

Años después tuve a Hermida de paisaje laboral. Yo trabajaba en Antena 3 Televisión en un programa, como guionista, y enfrente de nuestra redacción estaba la de Hermida. Me lo crucé mucho aquel año, aunque solo me habló una vez. En los servicios. Cuando yo entré él estaba ante el lavabo. No había nadie más. Mirando su imagen en el espejo dijo, con las maneras de Hermida: "¿Con qué mano abrir el grifo... con la derecha... con la izquierda? ¡Esa... es... la cuestión!". Yo no sabía si me había visto. Mi gran duda, naturalmente, era saber si Hermida siempre hablaba así o solo cuando tenía público. Pensé que había cazado una gran primicia: Hermida hablando solo. Pero entonces se volvió hacia mí y repitió, creo que imitando con guasa a un imitador de Hermida: "Esssa... esss... la cues... tión". Y salió.

[Publicado en Zoom News (Montanoscopia)]

5.5.15

Cordones sanitarios

Qué mal cuerpo se me ha quedado después de que la ministra Fátima Báñez haya recurrido a la munición electoral barata de decir que hay "un nuevo pacto del Tinell de todos contra el PP", señalando al PSOE pero también a los "partidos emergentes". Los que en su día nos desgañitamos (no en artículos sino en foros y blogs: sitios donde desgañitarse) contra aquella bellaquería contra su partido podemos hoy manifestar, sin complejos, nuestro desprecio. Qué mal debe de andar el PP, para caer tan bajo. Rebañar en algo que fue muy grave a cambio, ahora, de no se sabe qué migajas.

El contexto –las declaraciones se hicieron este fin de semana en Cádiz– fue el posible consentimiento de Ciudadanos al gobierno andaluz de Susana Díaz si esta acepta sus exigencias. Muchos, no solo del PP, se han rasgado las vestiduras respecto a esto. No sin razón. Aunque tampoco con razón del todo. Llega el momento difícil de Ciudadanos: el de bregar con la realidad. No puede mantenerse en su castillo de pureza, sino descender a los hechos. Con el riesgo de equivocarse. La clave está en cómo lo haga.

A mí lo de Andalucía no me parece mal, si no es a cambio de poder (como hizo IU) sino de principios. El posibilismo de (intentar) mejorar lo que hay, por más pesimista que lo que hay nos suscite. Aunque confieso que con el PSOE andaluz, con sus décadas en el poder y el régimen que ha instaurado, me invade a veces la solución nihilista de Borges, cuando dijo a propósito de cierta página que le dieron a leer que "solo podría ser mejorada mediante su destrucción". El problema en Andalucía es que el PP no es una alternativa real. Sobre el PP-A casi podría emitirse la misma sentencia borgiana que sobre el PSOE-A.

El eurodiputado de Ciudadanos, Juan Carlos Girauta, escribió en Twitter: "C's no pone cordones sanitarios". Me parece una actitud higiénica en la buena dirección. No hay que excluir al PSOE ni al PP: sino adecentarlos. Para ello un partido como Ciudadanos puede ser útil, como exigencia exterior a los dos partidos grandes. En realidad sí deberían tener un cordón sanitario: pero en torno a sí mismos, para que cada uno volviera adonde debe.

[Publicado en Zoom News]

1.5.15

Rajoy, oráculo hueco

Me hubiera gustado ser Mariano Rajoy la noche electoral del 9 de marzo de 2008, en la derrota, solo por tener a su mujer (¡que entonces sería la mía!) al lado. Cómo lo miraba Viri en el balcón de Génova, con qué cariño. Ahí tendría que haberse terminado la biografía de Rajoy, así hubiese querido yo que se terminase la mía, si fuera él: con una mujer guapa recogiendo mis cascotes y desapareciendo con ella tras el telón. Después, la posbiografía: días sin nada, solo con ella.

Pero Rajoy quiso seguir, y logró seguir, y terminó de presidente del gobierno. Estas vidas de la política, en manojos de cuatro años que pasan como un suspiro. Ha tenido mérito, pero al final ha sido peor. Su rescate de la economía ha sido al precio de dejar todo lo demás manga por hombro, incluido el PP. Tenía fácil elevarse sobre su predecesor, Zapatero. Y se ha elevado, aunque poquito: este tiempo será recordado como una "década ominosa" de esas de los libros de historia. El zapaterismo no es un periodo aislado: es ya una secuencia de zapaterismo-rajoyismo; un baile a dos en el que los pisotones nos los hemos llevado los ciudadanos.

Hay otro Rajoy posible, al que ya nunca conoceremos: el que, sin los atentados del 11 de marzo de 2004, hubiese alcanzado la presidencia entonces. Me imagino años apacibles, hasta desembocar en la crisis internacional de cuatro años después, que sin duda hubiésemos capeado mejor. Aunque con la podredumbre que llevaba dentro la política española y el sostenimiento de nuestra economía en la burbuja, quién sabe. A cambio hemos tenido una experiencia filosófica: la verdad desagradable ha asomado.

Rajoy no ha sido una buena "figura presidencial": no ha ayudado en la digestión de esa verdad ni ha sabido aliviar, con su presencia y con sus palabras, las penalidades de los españoles. Ha trabajado en la sombra, pero hemos ido atisbando (como en el caso de Cataluña) que era una sombra en buena parte vacía. Su famosa pasividad no era solo hacia el exterior, sino también hacia el interior. Se trataba de un oráculo hueco.

Esta semana, al anunciarse como candidato para la temporada electoral de otoño (antes viene la de primavera), ha dicho "confíen en mí". Pero lo ha dicho con su mirada huidiza y su voz titubeante. Lo que transmite es desconfianza. Y lo único que lo salva, de momento, es que nuestra confianza tampoco es excesiva en los demás.

[Publicado en Zoom News (primera Montanoscopia)]

28.4.15

El nacionalismo es lo peor

Me equivoqué en mi anterior columna al utilizar un término comparativo ("los mejores") sin prestar atención a aquello otro a lo que remite. ¿Mejores que quiénes? Yo pensaba, naturalmente, en los nacionalistas, que son los peores sin remisión (¡qué le vamos a hacer!). Pero mi amiga Ana Nuño me escribió para recordarme "sin acrimonia, solo con tristeza" a los que son antinacionalistas pero no se pueden marchar, porque sus medios no se lo permiten. Me acordé de otros amigos catalanes que tengo en esas condiciones. Y de que ellos, en realidad, son los primeros perjudicados de este embrollo. En general, tendrán que quedarse allí.

Nos olvidamos de ellos en cuanto bajamos la guardia. El documental de Arcadi Espada, Gente que vive fuera, tendría una lectura añadida: la de la "gente que vive dentro" (Espada incluido, como apuntábamos), sufriendo en presente lo que los protagonistas del documental contaban en pasado. En esa oposición, por otra parte, se cifran las esperanzas. Como señalaba Losantos en el documental, el problema de Cataluña es en realidad el problema de España: es decir, el de la inoperancia del gobierno central, y también de la opinión pública española, en este asunto. Los catalanes refractarios, pues, tendrán que sacudirse el yugo. Desde mi cómodo asiento de columnista de batín, yo solo puedo echarles una manilla.

El nacionalismo, sí, es lo peor. Selecciona a los peores. En una sociedad como la catalana, cribada por el nacionalismo, los peores son los de arriba. Y cuando hay alguien que no es malo, y que es incluso bueno, saca de él lo peor. Pongo un ejemplo triste, del que me he enterado estos días: el del gran poeta Joan Margarit. Un hombre sin duda bondadoso y sensible, que transmite sentido común. Hay un recital suyo precioso en la Fundación Juan March que es impecablemente civilizado: recita poemas en catalán y en su traducción castellana y todo fluye con dulzura, sin roce, como debe ser. Son poemas ejemplares, en especial el dedicado a su hija Joana, "Els ulls del retrovisor" ("Los ojos del retrovisor", minuto 7:40 del audio).

Por eso, yo pensaba que este hombre estaba libre de la bazofia mental del nacionalismo. Pero no. Un amigo me ha mandado la entrevista que le hizo Antonio Lucas en El Mundo el 2 de abril y no doy crédito. La entrevista es magnífica, naturalmente, y Margarit dice cosas magníficas y sensatas. Pero al final suelta: "Soy independentista porque estoy hargo de culturas restrictivas. Harto de ese tío que me dice cómo debo de educar a mis hijos, en qué lengua hablarles. Es una barbaridad. Me moriré convencido de que en este asunto, como en tantos, hay un exceso de mala gente que apesta la Tierra". Ante esto, ¿qué decir? Solo cabe el pesimismo antropológico.

[Publicado en Zoom News]

24.4.15

Se van los mejores

Cuando el martes, en el Festival de Cine Español de Málaga, terminó la proyección de Gente que vive fuera, su director, Arcadi Espada, y Albert Boadella, uno de los cuatro protagonistas (los otros tres son Félix de Azúa, Federico Jiménez Losantos y Xavier Pericay), bajaron al escenario para responder las preguntas del público. Hubo dos significativas. La primera, la de un señor que dijo sentirse extrañado de que en la película no hubiese victimismo, "con lo victimistas que sois los catalanes". La segunda, la de una periodista de Madrid, de las que se encuentran en el festival, que contó cómo se sintió rechazada por tres periodistas catalanas a las que les dijo que iba a ver Gente que vive fuera. "Me pareció muy raro, pero después del documental me lo explico".

Ni Espada ni sus cuatro amigos son victimistas porque, en Cataluña, los victimistas no son los que se tienen que ir, ni los que viven incómodos, sino justo los otros: los que los echan o incomodan. La lógica desquiciada del nacionalismo empieza por ahí: los que retóricamente van de víctimas son los verdugos efectivos. El victimismo es en ellos la coartada para, como hacía el padre Ubú (que Boadella transformó en Ubú president), meterles el palitroque por la oreja a los no nacionalistas. En cuanto a las tres periodistas catalanas del festival, seguro que son muy modernas y muy del cine, sin darse cuenta de que el adoctrinamiento las ha convertido en monjitas escandalizables: beatas de un catecismo férreo (y ramplón).

Sobre los aspectos estólidamente clericales del catalanismo incide Azúa en la película, con malevolencia de viejo nietzscheano. "Es como si el monasterio de Montserrat se hubiese hecho con el control de Cataluña". Habla con sorna de la actual proliferación de monjas, entre las que, junto a Forcades y Caram, incluye a Rahola, Colau e incluso a Artur Mas (lo que está muy bien visto). Los clérigos del nacionalismo se han cargado la Barcelona cosmopolita de los años sesenta y setenta, que era una capital libre porque, como dice Losantos, la libertad la llevaban los que iban allí buscando libertad. Ahora se van por la misma razón: para buscar libertad en otro sitio.

En el documental hay rabia, hay reflexión, hay recuerdo, hay denuncia, hay también pasmo ante lo insólito (lo alucinatorio) de la situación. La melancolía de las frases y de los interludios contemplativos, con planos apacibles de la ciudad, se incrementa cuando pensamos que se van los mejores. Son los más cultos, los más civilizados, los que mejor hablan, los que mejor piensan. También los que más gracia tienen. Por eso oírles hablar en Gente que vive fuera, con todo, es una delicia.

El que sigue viviendo en Barcelona es Espada, y también se lo preguntaron. Dijo que en Barcelona se vive muy bien (y se come muy bien) y que él, en cualquier caso, se mueve en una zona muy delimitada, "uno de cuyos caminos conduce a la estación".

[Publicado en Zoom News]

21.4.15

El candidato del establishment

Hacía tiempo que no asistíamos en la tele a un chaparrón de sensatez como el de Albert Rivera, líder de Ciudadanos, en La Sexta Noche. De pronto parecía que estábamos en Europa, y a ráfagas incluso en Estados Unidos. Como si España fuese un país serio. Aunque esta sensación tiene truco: Rivera destaca justamente por lo raro que resulta. En un país normal sería normal. Su gran virtud está en los defectos de los otros. Su centrismo es excéntrico.

Lo que dicen los políticos ("los políticos") ya sabemos lo que es, y el valor que tiene. Pero entre tanto es mejor que digan cosas sensatas. Estas en sí mismas, con su sola presencia, producen efectos positivos: fomentan un tejido de sensatez. La insensatez produce justo lo contrario, como conocemos de primera mano, por ejemplo, por los nacionalistas: políticos que han empeorado y envilecido el ambiente.

En espera, pues, de que Rivera se equivoque o se tuerza en la acción política, quizá de gobierno, lo que dice va saneando la atmósfera. Tiene un carisma suave, que inspira más simpatía que mesianismo. Transmite la complejidad y la dificultad de los asuntos. Y sobre todo da muy bien en pantalla. A diferencia de Pedro Sánchez, Pablo Iglesias e incluso Toni Cantó, Rivera es un actor cuya actuación no se nota. Habla con naturalidad y posee una firmeza sin énfasis. (El presidente Rajoy, por su parte, no parece un actor; pero porque no parece nada: va a lo suyo y ni siquiera se molesta en fingir).

El diputado Gorriarán, que se ha pasado meses con el berbiquí abriendo boquetes en su propio barco (UPyD), dijo que Rivera era "el candidato del establishment". Nuestros marxistas, esos entrañables tunos ideológicos, piensan lo mismo: Ciudadanos ha salido de lo que Gramsci llamaba "la caja de herramientas del sistema". Debe de ser verdad, y por eso el PP, ese partido anti-establishment y anti-sistema está tan fastidiado con el ascenso de Ciudadanos. Al final Rajoy e Iglesias, que tanto se necesitaban mutuamente, van juntos a por el lampiño.

Lo cierto es que sí: Rivera es el candidato del establishment. El del "establishment" democrático y constitucional, que tiene que ser corregido y mejorado, sí, pero desde dentro: porque fuera hay otra cosa que no es la democracia. Y el "sistema" del que con tanta suficiencia hablan nuestros revolucionatas es nada menos que el Estado de Derecho, cuyas corrupciones y todo lo demás no se han hecho desde él, sino contra él: violando su ley. Entre tantas irresponsabilidades y romanticismos, no está mal que cuente con su candidato.

[Publicado en Zoom News]

16.4.15

La Transición de Pablo Iglesias

No sé si Pablo Iglesias sigue despreciando la Transición, pero en su biografía la está reproduciendo: su viaje desde el boicot falangista a Rosa Díez, hace apenas cinco años, hasta el civilizado saludo de ayer a Felipe VI es el mismo que hizo España. Quizá sea solo por estrategia, pero a la civilización no es imprescindible creérsela: basta con imitarla. Así que de momento nos vale. Por su parte, IU, ICV, ERC y Bildu sí se escabulleron del rey, como buenos súbditos del folclore antimonárquico.

Da más pena IU, heredera de aquel Carrillo al que el rey Juan Carlos le acercó un cenicero y que hoy se aparta de la iconografía que vale. El que la proporciona es Iglesias, con su presencia y con el regalo de Juego de tronos. Jabois anunció que en el encuentro el campechano iba a ser Iglesias y acertó. Aunque la suma de campechanía más paternalismo que ofreció el líder de Podemos puede que no le trajese recuerdos ideales a don Felipe.

La escena fue importante para apreciar el momento en que nos encontramos. Hay elementos de época: el cenicero de entonces, inconcebible hoy en un contexto oficial; la serie de ayer, regalada con esa ironía moralizadora tan actual ("le aportará claves para entender la política española") y en DVD, que entonces ni existía. Pero lo significativo es otra cosa: en la Transición fue el rey el que tuvo un gesto con el político de izquierdas; ayer fue el político de izquierdas el que tuvo un gesto con el rey.

En ambos casos, han sido gestos beneficiosos para la democracia. El de la Transición, porque fue una muestra de cordialidad por parte de un Jefe del Estado cuyos orígenes estaban en el franquismo (cuestiones dinásticas al margen) hacia el líder de un partido prohibido durante la dictadura. El de ayer, porque con un signo de respeto hacia nuestro rey constitucional por parte de alguien con dudosas filiaciones democráticas.

El momento en que nos encontramos es ese: el de una democracia afianzada (más allá de sus crisis) en la que los gestos democratizantes tendrán que hacerlos quienes parecen haber estado jugando a otra cosa. Al final no hay que despreciar la Transición, sino incorporarse a ella.

[Publicado en Zoom News]

14.4.15

Horrach en mi agenda

El otro día me preguntó una periodista en Madrid si yo, que escribo habitualmente sobre política, cuento con contactos entre los políticos. Le dije la verdad: que no. Carezco de agenda, y por lo tanto no tengo acceso a las fuentes, ni puedo dar primicias, ni hago análisis a partir de información privilegiada. Mi perspectiva no es propiamente la de un periodista, sino la de un lector de periódicos que además escribe en ellos. Los datos de los que dispongo son los del ciudadano "normal" (que, por otra parte, suele ser más complicado de lo que piensa Rajoy). Una virtud preventiva es la de ser consciente de esta limitación.

Pero la actualidad, siempre juguetona, ha tardado cuatro días en desmentirme. De pronto sí tengo en mi agenda a un político que es noticia: Juan Antonio Horrach. Aunque yo no lo tenía como político, sino como viejo colega del añorado blog de Arcadi Espada y como filósofo. Escribe su propio blog (de nivel), una selección de cuyos textos se publicó bajo el título acertadísimo de Disecciones (ed. Sloper). En cuanto a la política: ha sido hasta este fin de semana el candidato de UPyD a las autonómicas de Baleares y ahora le está cayendo un chaparrón.

"¡Ese Horrach de Baleares!", bramaba Losantos en la radio. Es la primera vez que oigo hablar así, públicamente, de un amigo mío. Me he quedado impresionado, y reconozco que también paralizado. No sé qué estaría pensando yo ahora sobre Horrach si no lo conociera. Puede que estuviese arremetiendo contra él, como he arremetido, por ejemplo, contra Irene Lozano. Recuerdo que el experimentado Félix Bayón, que participaba también en el blog de Espada, creía que para escribir sobre los políticos era mejor no conocerlos. Ahora noto en mí la interferencia.

Ciudadanos, o Ciutadans, nació en buena medida de aquel blog, en 2006. Bayón iba a apoyarlo en Málaga, pero se murió. Horrach fue uno de los fundadores en Baleares. En 2007 surgió UPyD, y Horrach se pasó a este partido porque lo consideraba, me cuenta, de un alcance nacional más sólido. Para entonces Ciudadanos había decidido centrarse en Cataluña. Pasado el tiempo, Horrach ha cometido el error de entrar en las refriegas entre UPyD y Ciudadanos; que tienen como origen (por decirlo con rimbombancia filosófica) el hecho de que existan dos partidos prácticamente para lo mismo.

Pero al margen de esta torpeza a la hora de maniobrar (torpeza propia del intelectual que se mete en política), sé que Horrach estaba en esto por las ideas: porque lo consideraba una manera ilustrada de luchar contra las tinieblas sobre las que tanto ha reflexionado en sus escritos. No ha sacado dinero de su aventura. Y además él ya sabía que el candidato de Ciudadanos por Baleares iba a ser Xavier Pericay: amigo y maestro suyo, al que no se iba a enfrentar. De cerca las cosas se suelen ver más sucias. En este caso yo las veo más limpias. Aunque también aquí soy consciente de mi limitación.

[Publicado en Zoom News]

9.4.15

Fofas las filas

La conclusión es que un partido político, en nuestro sistema personalista, viene a ser como la mascota del que manda. Y como toda buena mascota, se acaba pareciendo a su dueño. El PP es hoy, pues, un partido de mirada huidiza, titubeante pero obstinado (o sea, obstinado sobre una especie de niebla) y con el tinte solo arriba, en la economía: en lo demás canoso. La gran virtud de Mariano Rajoy, a ojos ilustrados, que era la de no tener carisma, la ha convertido en un defecto. Quizá, después de todo, nuestro sistema personalista exija carisma. (Rajoy, o el personalismo sin personalidad. Rajoy, o la determinación obtusa).

El presidente, por otra parte, no deja de tener razón: ¿disensiones ahora para qué? El mal ya está hecho. Las dos cosas: está y hecho. Su estrategia tenía solo dos patas: la mejora económica y el miedo a Podemos. Esta segunda pata se ha quebrado (porque Podemos se desinfla y Ciudadanos se infla) y la estrategia cojea. No se tenía ninguna otra cosa preparada, y ya no da tiempo.

El martes, los cerca de seiscientos dirigentes y parlamentarios del PP que acudieron a la Junta Directiva Nacional llevaban aprendidísima la consigna de Alfonso Guerra: "el que se mueve no sale en la foto". Menos Cayetana Álvarez de Toledo, todos la siguieron. Lo malo es que es la propia foto la que se mueve, por esa cojera. Me imagino que ya se ha usado la frase "el silencio de los peperos" (busco en Google y sí: ya se ha usado), pero es justo eso. En este caso no es solo miedo ante la crudeza del mundo: también ante el pastor.

Son, por lo demás, corderos que llevan dentro lobos cobardes: en cuanto el pastor flaquee, se lo comerán. Y con saña, porque con él se comerán (se tratarán de comer) su propia vergüenza. Las política española tiene algo de azteca, y todos nuestros partidos son en potencia un PRI. Lo que nunca entenderé es ese esfuerzo en un teatro que nadie se cree. Rajoy dice: "¡prietas las filas!", y todos se ponen como prietos, y se sienten prietos. Pero la verdad es que se les ve fofos.

[Publicado en Zoom News]

7.4.15

Después de la muerte de UPyD

El Domingo de Resurrección ha enterrado a UPyD en las encuestas. El partido es ahora como el protagonista de Buried y yace en un ataúd bajo toneladas de indiferencia electoral. Se le ha colado un vivo, en todos los sentidos, también el menos bueno, que es Ciudadanos. Pero la responsabilidad de estar así es de UPyD. La fosa se la ha abierto su propia cúpula a paletadas, entre las que cabe contabilizar también las inefables coces (por lo general en Twitter) de Gorriarán: un hombre que está dejando pequeños al padre Ubú, Ignatius Reilly y Homer Simpson, todos juntos.

Cuando, en el Consejo Político del partido, Rosa Díez habló de Dinamarca como país ideal para UPyD, no debió de ser muy consciente de las implicaciones. Aunque su subconsciente sin duda sí, y el subconsciente, como sabemos desde Freud, nunca se equivoca. Dinamarca, entre otras cosas, evoca a Hamlet, con su "algo huele a podrido en Dinamarca" (citado ya por columnistas) y el monólogo de "ser o no ser": que, más que de angustia existencial, habla de la conveniencia de suicidarse o no. Pero Hamlet habla del futuro, mientras que Díez parecía una historiadora de su propio partido: puesto que el suicidio de este ya se ha consumado. Teatralmente tenía su truculencia: era como si el monólogo lo estuviese dando la mismísima calavera de Yorick.

Jaime Gil de Biedma publicó estando vivo su libro Poemas póstumos. Uno de los poemas más conocidos (y celebrados) es "Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma", donde, dirigiéndose a su otro yo, el que ya ha muerto, le dice: "De los dos, eras tú quien mejor escribía". A mí, de UPyD y Ciudadanos, era UPyD el que más me gustaba. Estos cantos a su muerte no son alegres. Sí sarcásticos y rabiosos, pero no alegres. Al fin y al cabo, la cúpula de UPyD se ha cargado el partido que yo votaba. Lo construyeron ellos, sí, y si lo voté fue por ellos (y porque Savater lo fundó). Pero después se lo han cargado.

[Publicado en Zoom News]

2.4.15

Un benefactor puro

Cuando murió Juan Claudio Cifuentes, Cifu, me puse el disco de jazz que tenía más a mano, que resultó ser Bill Evans at Town Hall (1966), y con él he seguido estas dos semanas; embelesándome sobre todo con "I should care" y "Make someone happy". Y con el Cifu de fondo, y el beneficio del Cifu: pensando en que ha sido un benefactor puro. Ha pasado por la vida dejando solo bien: un bien público, al alcance de quien quisiera (de quien quisiera elevarse). Tiene mérito que piensen en uno y solo haya en ese pensamiento música de jazz y una voz y una imagen armosiosas con esa música: dignas de su pasión. Así Cifu.

Yo estoy entre quienes lo descubrieron un poco tarde, en la tele. Recuerdo la primera noche de Jazz entre amigos, de la segunda cadena de TVE. Fue en 1984, el año de una de las grandes decepciones de mi vida: la de la universidad española, por la que sigo teniendo un desprecio que ya no me va a curar nada. Yo venía de un excelente bachillerato (público), y si menciono esa decepción es porque solo otros aspectos de lo público la compensaban: como Jazz entre amigos y los programas culturales de la segunda cadena en general, y Radio 3 y Radio 2 (hoy Clásica). A quienes carecíamos de otros accesos, tener esas ventanas nos salvó.

En aquel primer programa Cifu empezó por donde había que empezar: explicando qué era el swing. Y su manera de hablar tenía algo de swing también. Había en los entendidos de jazz, que Cifu encarnaba a la perfección, una suerte de erudición tranquila, exhaustiva pero acogedora, que invitaba a entrar en la casa y no a salir huyendo, como ocurre con otro tipo de erudiciones. De alguna manera se parecían, se parecía, a mis mejores profesores del instituto: el de matemáticas, la de historia, los de literatura, los de filosofía, que hablaban de sus materias como Cifu hablaba de jazz, y hacian audible el swing de esas materias, que salía de la clase y se incorporaba a la vida.

No ha dejado de sorprenderme en la biografía de Cifu, en la que solo me he fijado tras su muerte, que su programa de radio Jazz porque sí lo tuvo en varias emisoras privadas antes de entrar en 1998 en RNE. Yo lo recuerdo siempre en la radio pública, quizá porque él representaba como pocos ese ideal. Mi seguimiento no era fiel, pero reconfortaba la idea de que él estuviera ahí para cuando hiciera falta. Para escuchar su voz, sus informaciones, su música y su despedida inolvidable, capaz de curar ella sola los insomnios: "Besos, abrazos, carantoñas y achuchones múltiples para todos".

En los archivos de RTVE siguen sus programas. Caballero me recomienda precisamente el que le dedicó a Bill Evans en 2010. Vaya para un Jueves Santo alternativo, un poco melancólico pero antipenitencial.

[Publicado en Zoom News]

31.3.15

Guerra de posiciones

Ha sido como una escena de cine cómico. Los que estábamos criticando a la cúpula de UPyD, con el punto de mira en Rosa Díez, Carlos Martínez Gorriarán e Irene Lozano, nos hemos visto de pronto con esta última al lado criticando a la cúpula de UPyD. Han dado ganas de decirle, a lo Gila: "Oiga, pero vuelva usted allí, que la estábamos criticando". Me ha recordado, no sé por qué, a lo que le pasó a un amigo mío con su asesor fiscal. Este le había marcado en la declaración, sin consultárselo, la casilla de la Iglesia. Cuando lo vio mi amigo y le preguntó, la respuesta del asesor fue: "Yo lo pongo, y si cuela, cuela".

Lo de Lozano, por ahora, no cuela: ella es una de las responsables de la crisis de UPyD y la queremos entre los criticados, no entre los críticos. Pero su movimiento, realizado con tanto desparpajo, indica que nos encontramos en plena guerra de posiciones. Los actores del gran drama electoral en curso, del que solo llevamos un acto, quieren estar bien colocados para que no se los lleve el viento del telón. Otra cosa es que para algunos (¡o algunas!) el telón haya caído ya y no lo sepan. O lo saben y les da igual, explicación siempre convincente ante los casos de contumacia.

Lo gracioso hoy es que la peor posición para cada cual –en casi todos los partidos– parece ser aquella en la que ha estado. Casi todos querrían no haber estado ahí, justo donde estuvieron; que es lo que les recuerdan sus adversarios al tiempo que tratan de autoescamotearse. Susana Díaz, con su instinto electoral, lo entendió en las andaluzas, borró de su cartel el logotipo del PSOE y le ha ido bien. El presidente Rajoy, que es más lento (no se sabe si sube o si baja, pero sí que lo hace tarde), se paseó mucho por Andalucía, diciendo "PP" y enseñando el dedo que había nombrado al candidato Juanma. Consecuencia: para las próximas ya se anuncia que Rajoy va a aparecer poquito.

"En tiempos de tribulación, no hacer mudanza", aconsejan los jesuitas. Aunque en estos en concreto lo que interesa es mudarse de donde se estuvo. La posición ideal es aquella en que no lo asocien a uno demasiado con uno mismo. Y si cuela, cuela.

[Publicado en Zoom News]

26.3.15

Buitres

Que la ideología es el gran sustitutivo de la religión se ve con nitidez en lo referido al antiguo negociado de esta última: el de los cadáveres calientes. Antes los curas revoloteaban (como buitres, sí) en torno al moribundo ateo por si le podían sacar una conversión de última hora. Con fe o buena fe, pero, en fin de cuentas, utilizando a un ser concreto en aras de algo abstracto. Para alimentarse con él, en tanto que con él reforzaba su propio bastión mental, su creencia.

Con nuestros sacerdotes de la ideología pasa lo mismo. La vida es instrumental para ellos; mejor dicho: es instrumental para ellos lo concreto. Me gustaba mucho la expresión que prefería utilizar Eugenio Trías en vez de "individuo" (noción esta que para él contenía ya un principio de abstracción, de uniformización hacia dentro): ser singular sensible en devenir. Una caracterización sinuosa, revoltosa, con la que es difícil hacer negocios; sobre todo negocios religiosos o ideológicos.

Para su utilización hay reducir al ser singular a moneda, a moneda de cambio. Eso hacen los sacerdotes (¡y los monaguillos!) de la ideología. Con los cadáveres aún calientes se precipitan a instrumentalizarlos para su fe, que puede ser buena en su conciencia, pero que de raíz es mala. Volvió a pasar anteayer con el accidente aéreo de Los Alpes. Desde el minuto uno había nacionalistas catalanes dirimiendo si los cadáveres eran "españoles" o "catalanes"; y nacionalistas españoles (esta vez con precisa utilización del término) "alegrándose" de que en el avión hubiese catalanes; y anticapitalistas rebañando para su anticapitalismo; y hasta charcuteras echando sobre los cadáveres los hígados de la hepatitis C (de los que, por supuesto, solo le importa su instrumentalización partidista).

Muy pronto los cadáveres quedaron sepultados por las mencionadas abyecciones; y también por los que nos peleábamos contra ellas. Un amigo mío decía que el ego es como el pene: cuanto más se toca, más crece. Hasta los esfuerzos por reducirlo (hablo del ego) lo que hacen es incrementarlo, por el simple manoseamiento. Con la ideología pasa igual: como uno se meta en su fango, aunque sea para combatirla, acaba propiamente enfangado. Esta columna, lo reconozco, es un coletazo de lo mismo que critica. Me resigno a ello.

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24.3.15

El voto sentimental

Parece que el gran misterio es de dónde salen los votos del PSOE en Andalucía. Yo lo sé. Mi padre votaba siempre al PSOE. Mi madre lo siguió votando el domingo, en las primeras elecciones sin mi padre. Enfermo, todavía fue a votar en las europeas. Al PSOE. Siempre al PSOE.

Yo nunca he votado al PSOE. Lo habría hecho en 1982, como todo el mundo, pero era menor de edad. Creo que lo habría hecho también en 2004 (equivocándome), pero me encontraba fuera de mi circunscripción y ni siquiera había solicitado el voto por correo (mi costumbre entonces era abstenerme). En homenaje a mi padre, me había propuesto votar por primera vez al PSOE este año: un voto aislado, sentimental; para que no se notase en el cómputo su ausencia. Pero lo decidí pensando que iba a ser en las municipales, que el PSOE tiene pocas posibilidades de ganar aquí en Málaga. (Y aunque las ganara: habría en mi voto un eco del gran alcalde del PSOE que fue Pedro Aparicio, que murió también el año pasado).

Pero se han interpuesto las elecciones a la Junta y ahí ya sí que no. Imposible el voto sentimental para un partido que, como recuerda mi amiga Berta González de Vega, cumplirá durante esta legislatura "un franquismo" en el poder. Berta, por cierto, que viene de familia de profesionales ilustrados (su padre es un gran cirujano), es de las que dice que no conoce a nadie que vote al PSOE. Por estas cosas veo que está bien puesto el "desclasado" con el que me autodenomino ahí arriba. Me medio salí de mi clase, pero sin entrar en la otra, con la que sin embargo me comunico. Esta situación es inestable, incómoda, ruinosa en último extremo; pero al menos mi perspectiva es variada. Para escribir sirve.

Para mis padres, que venían del pueblo y se trasladaron a la ciudad cuando se casaron (trabajos agrícolas, sus labores, en la construcción, en la fábrica), el gran acontecimiento fue votar. Él nació en 1933, ella en 1940. Conocieron el hambre y la pobreza. La explotación. El abuso de los señoritos. Sufrieron también el poder y la impunidad de la dictadura. Después no les fue mal del todo, fueron a la par con el país: conocieron el desarrollismo de los sesenta, el médico "del seguro" y la enseñanza pública para sus hijos (yo soy el primer universitario de mi rama familiar), que ya no pasamos necesidades.

Por alguna razón, votar y votar al PSOE fue lo mismo para ellos desde el principio: lo hacían con la misma alegría, con el mismo alivio, con el mismo orgullo y supongo que con la misma venganza. No había tradición política en la familia: ningún antepasado del PSOE, ni del PCE. Si escogieron el PSOE fue porque se trataba de la izquierda moderada: una izquierda sin estropicio; y este anhelo indudable de estabilidad es el que, al cabo, se probó con la estabilidad de ellos en ese voto.

Hay, sin duda, herencia de la falta de cultura democrática. Como si la democracia hubiese ofrecido la posibilidad de apoyar a un partido y, una vez escogido el partido en cuestión, ya no moverse de ahí. Hiciesen lo que hiciesen sus gobernantes, y permaneciese en el poder los años que permaneciese. Se me ocurre que fue una especie de pacto matrimonial trasladado al terreno electoral. Tras la consumación de la primera vez que votaron al PSOE, se trataba de ser fiel, con un lejano temblor placentero de la noche de bodas.

Yo me he enfadado mucho con ellos, naturalmente. Me cabreaba que no supiesen ver que, hoy en día, son los socialistas andaluces los que ocupan en muchos terrenos el lugar de los señoritos. Y cómo han usado, y con qué falta de respeto han tratado, a los votantes incondicionales que son como mis padres. Pero en realidad basta mirar al PP andaluz para entenderlo casi todo. ¿Cómo iban a votar al PP andaluz? El que quiera saber por qué hay gente que vota al PSOE en Andalucía, que no mire al PSOE, sino al PP. Es mi consejo de desclasado.

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19.3.15

Chistes desde el poder

Soy partidario del humor, naturalmente; por sus virtudes desengrasadoras y civilizatorias, y –más allá de los motivos edificantes– por el gusto que en sí mismo produce. Pero cuando es el poder el que se pone chistoso, me sobreviene un malestar que me convierte casi en un moralista. Como el fraile que oponía a la risa en El nombre de la rosa. Decía Cioran que todas las religiones son, en su esencia, "cruzadas contra el humor". Y algo de cruzado antihumorístico tengo cuando me cruzo con los chistecitos de quien manda...

A veces son chistes buenos, como los que decía de vicepresidente Alfonso Guerra. Pero incluso en ese caso la sonrisa me sale incómoda: a la gracia del chiste se le superpone la poca gracia de que haya sido dicho desde el poder. Nuestras dos últimas graciosas son mujeres: Susana Díaz, que estuvo muy dicharachera en el debate electoral del lunes, y Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta como Guerra (el cargo parece el club de la comedia), que ha hecho una escenificación comparando a los que no son del PP con los que se paran a mirar las obras. Una escenificación que yo calificaría de desafortunada; aunque, por no hacerle un feo a su presidente Rajoy, afecto al término, voy a llamarla patética.

El PP está nervioso. Lo tenía todo perfecto para el chantaje: o PP o Podemos. Un chantaje impresentable pero razonable: desde luego, antes PP que Podemos. Pero ahora se ha interpuesto Ciudadanos y la estrategia se le ha hundido. La opción más razonable ya no es el PP. Y ha empezado a aflorar la risa floja. Que si Siudatans, como dijo Floriano; que si Naranjito, como dijo Hernando; que si Albert, como dijo Sanz; o que si mirones de obras, como dice ahora Soraya...

La legislatura empezó con la virulencia de Rajoy contra Rosa Díez en el debate de investidura y acaba con los chistes contra Ciudadanos. Este ha recogido el testigo de UPyD. Y enfrente, el Gobierno atacando en cada momento la opción que más le exigía entrar en razón y adecentarse. De risa.

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17.3.15

Énfasis andaluces

He pasado diez días en Madrid y no me he dado cuenta del privilegio hasta que no he regresado a Andalucía. Nada más entrar en Málaga, el sábado, vi los cartelones de los candidatos colgados de las farolas. Podrían parecer ahorcados, como aquellos ahorcados cuya presencia anunciaba la cercanía de una ciudad; pero estos estaban demasiado vivos. Parecían más bien pájaros, o saltimbanquis. O las flores de una primavera forzada: naciendo del metal. Mi impresión espontánea es que se ha optado más que nunca por la infantilización. Algo cómodo para unos candidatos con el nivel por los suelos. (Susana, Juanma: ¡vamos a jugar!).

En los días siguientes me he sometido al suplicio de las cadenas locales, o de las "desconexiones locales" de las cadenas nacionales: raciones de zurrapa mucho más abuntantes de las que pillaba en Madrid. Uno está acostumbrado a la inanidad de los mítines y no les pide nada, pero los fragmentos que he escuchado me han parecido particularmente ofensivos. ¿Tan poco respeto les tienen los políticos a los electores como para hablarles así? En esto no hacen excepción los, así llamados, "partidos nuevos". Por lo que se atisba, el futuro Parlamento de Andalucía será disperso y áspero, pero parace que ninguno va a desentonar en Canal Sur.

La televisión regional parece la norma: la que marca el canon estético al que todos se atienen. Para él no hay oposición. En ese canon tiene mucha importancia el habla. A mí me gusta el acento andaluz, el deje andaluz (aunque el mío en concreto no salga bien, como le corresponde a un descastado). El andaluz popular me gusta, y me gusta también el andaluz culto. Lo que no me gusta es esa manera de hablar andaluz de los andaluces profesionales: el de esos que delimitan su negocio hablando así, como para evitar que se les cuelen otros "de fuera". El "andaluz batúa", como lo llama mi amigo Fray Josepho, es una estricta demarcación de casta (a la que la candidata de Podemos se ha sumado, naturalmente).

Sus dos variables más cargantes son la folclórica y la humorística. La primera está encarnada por Susana Díaz, cuya manera de hablar está entre María del Monte y la Pantoja, aunque si que la cosa desemboque en canción (lo cual puede que sea de agradecer). La segunda variable es la de Moreno Bonilla, con su andaluz de humorista o graciosete, entre de Paco Gandía y Jesulín, que habla como preparando un chiste que no termina nunca de llegar (aunque con sus resultados electorales sí que nos reiremos). En ambos, y en todos los demás, predomina el énfasis. Como si no tuvieran otra virtud que la de ser andaluces.

En Madrid, por los días en que empezaba la campaña, hablé con un editor especializado en novelas: el género más leído. Me dijo que Andalucía está entre los sitios donde menos vende de toda España, y que cuando publica a un escritor andaluz sabe que no va a contar con un apoyo significativo de lectores de su región, lo que en la práctica es casi un lastre. En esas estamos, por detrás de la campaña, antes y después. Al fin y al cabo es a ese elector al que se dirigen los candidatos, con sus énfasis vacíos e infantilistas: al elector que no es lector. Como ellos mismos, por lo demás. Carne de Canal Sur.

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12.3.15

La generosidad de UPyD

El partido cuyo lema es "Lo que nos une" lleva meses obcecado en resaltar lo que lo separa: lo que lo separa de Ciudadanos, lo que lo separa de sus votantes y lo que lo separa, en consecuencia, de sí mismo. Ciudadanos es el partido al que más se parece. Y las diferencias que sí que se encuentran entre ambos, si se buscan, desaparecen considerablemente en lo que concierne a sus votantes. En efecto, lo que une a UPyD y Ciudadanos, por encima de lo que los separa, es lo que hacía a esos votantes dudar en cada elección si votaba a uno o a otro.

Un votante de UPyD se parece tanto a un votante de Ciudadanos que con frecuencia es el mismo votante: que va oscilando entre uno y otro partido en cada convocatoria electoral. Por el matiz de la separación no merecía la pena la desgarradura, que electoralmente hablando era un desagüe por el que se perdían votos. Este desperdicio se atenuaba cuando en la práctica parecía darse un reparto territorial: Ciudadanos (Ciutadans) en Cataluña y UPyD en el resto de España. Algo que no va a ocurrir en las reñidas elecciones que se avecinan.

Luchando por el mismo electorado, ambos partidos estaban condenados a perder. Y hablo en pasado porque UPyD ha tenido la generosidad de autosabotearse para no ser un estorbo. Todavía le restará votos a Ciudadanos, pero serán pocos y seguramente por última vez (o penúltima, como mucho).

Dos partidos para la misma franja de votantes son demasiados partidos. Que existieran los dos era un inconveniente. Consumada la inconveniencia, solo quedaba restañarla con el pacto. Abortado el pacto, no restaba otra solución que la desaparición o la inutilización (la reducción a la insignificancia) de uno de ellos. Parecía que iba a ser un proceso penoso y feo, pero UPyD ha tenido el detalle de abreviarlo (aunque no de embellecerlo), gracias a su cúpula. No está mal como último (o penúltimo) servicio del partido.

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10.3.15

Pitanza electoral

No sé si este 2015 va a ser un año de mudanza, pero desde luego sí de pitanza. Y los andaluces estamos invitados a pinchar y cortar los primeros. Bueno, los segundos: los primeros han sido los propios partidos, que nos han dejado la mesa electoral llena de muñones, orejas, ojos, lenguas y hasta cabezas (sin mucho seso). El panorama electoral español es pura casquería. El andaluz también, aunque con una peculiaridad: la casquería nos viene embalsamada. Aquí, más que casquería hay charcutería. Una vez vi un rutilante cartel en un escaparate de comestibles: "Tenemos chóped puro". A eso es a lo máximo a lo que puede aspirar Andalucía, electoralmente hablando: a la pureza de su chóped.

Es en Madrid donde está la carne fresca, con los cadáveres (políticos) de Tomás Gómez e Ignacio González todavía chorreantes, y el de Tania Sánchez en plena transmigración. En vista de la escabechina que va a hacer el electorado con los partidos, estos han querido probar antes, a ver qué se siente. Nuestros partitocráticos no les permiten primicias a los votantes, ni siquiera la de acabar con ellos...

Hay algo preocupante: la falta de democracia interna. No hay costumbre de debate, y cuando surgen discrepancias se resuelven a navajazos. Las discrepancias, por lo demás, rara vez son de ideas, y ni siquiera ideológicas (es decir, de ideas en su versión raquítica). Responden al "quítate tú para ponerme yo". En este sentido, ciertamente, el navajazo era la única solución. El reverso de los personalismos son las cabezas cortadas de los personalistas que no han sabido imponer su persona.

Una tendencia que he empezado a observar es la del "voto por penilla". Sobre todo, por penilla al PSOE y a IU. Quizá por ello el instinto de estos partidos les ha llevado a poner como candidatos en Madrid a un filósofo y a un poeta, respectivamente: maestros en el arte de llorar que solo podrían ser batidos por un cantautor. Pero en Andalucía no tenemos ni eso. Mi sensación como votante es que solo tengo para meter en el sobre rodajas de mortadela. (He de decir, porque no voy a votarlo, que el menos mortadelesco de todos me parece Maíllo, el de IU).

El panorama mortecino regional hace que mucho voto se conciba con ambición nacional. Los meses y meses que llevamos de zarandeo político al fin se encuentran con unas urnas, y resulta que son las de los andaluces. Vamos a ser los primeros en hincarle el diente a lo que nos han dejado los partidos.

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5.3.15

Ejercicio de admiración

Manifestar admiración por Iñaki Uriarte es algo que no combina, por enfático, con el tono de sus Diarios: tan elegante es la distancia que ha sabido proponer en ellos. Pero uno, después de todo, no es Uriarte, sino un aprendiz de Uriarte, por lo que puede permitirse (aún) esta enfática inelegancia de proclamar su admiración; y de paso, empujar al lector a que lo lea. Me refiero, naturalmente, al lector que aún no conoce a Uriarte: pero el que lo conoce no está leyendo esta columna, sino sus Diarios, cuyo tercer tomo acaba de salir ahora (como los anteriores, en la editorial Pepitas de Calabaza).

Lo recomiendo desde una columna de actualidad porque de tarde en tarde hay que sacar la pierna de su bocado rabioso. Contra la rabiosa actualidad, en efecto, nada como estas páginas en que uno gana perspectiva y puede ganarse, por tanto, a sí mismo. En una de las entradas, un amigo le dice a Uriarte, tras haber estado charlando con él: "Qué paz, me voy como recién duchado". Y comenta Uriarte: "Si de alguna cosa pudiera preciarme en esta vida es de esos momentos en que he tenido y podido contagiar un poco de calma a mi alrededor. A diferencia de aquel que quería ser dinamita, a mí me parece bien cumplir la función de valium".

En los Diarios, con todo, asoma la actualidad. Abarcan el periodo de 2008 a 2010 y ahí están la crisis económica, Obama, el alto el fuego de ETA o el medio ambiente nacionalista (del que Uriarte anda desligado). Hay también algunos vistazos a la historia: Mayo del 68, la cárcel en el franquismo, los GAL (con una inquietante aparición de Amedo), o la emigración y el exilio vasco en Nueva York, de donde él procede. Como dice la escueta nota biográfica: "nació en Nueva York (1946), es de San Sebastián y vive en Bilbao". Pero sobre todo está la vida –en lo bueno, en lo malo y en lo regular–, filtrada por una percepción educada en Montaigne; y están las lecturas.

Quizá la clave de su arte ("el arte de Uriarte", como dice mi amigo Josepepe) esté en que es más un lector que un escritor. Esto no le supone escribir peor, porque de hecho escribe mejor, sino librarse de los vicios (y las brasas) de los escritores. Como dice en otra entrada: "Esos que escriben como si en la literatura se tratara de escribir y no de leer". El resultado es que estos Diarios son un regalo para el lector. Desde que empezaron a publicarse en 2010 (el lector Uriarte se convirtió en el autor Uriarte con sesenta y tres añitos), se hicieron con lectores agradecidos por pasárselo tan bien leyendo.

El gato de Uriarte se llama Borges. Y al otro Borges, que aparece con frecuencia en los Diarios (casi tanto como el gato y como Montaigne), le dedicó Cioran unas líneas en sus Ejercicios de admiración que yo le aplicaría a Uriarte: "podría convertirse en el símbolo de una humanidad sin dogmas ni sistemas, y si existe una utopía a la cual yo me adheriría con gusto, sería aquella en la que todo el mundo le imitara a él, a uno de los espíritus menos graves que han existido, al último delicado".

[Publicado en Zoom News]