6.9.06

Tres 'Apostrophes'

Hay amenidades que nunca se agradecen tanto como en las aplastantes tardes de agosto. Recuerdo por ejemplo, hace años, aquel ciclo televisivo de Sherlock Holmes con el gran Basil Rathbone, de cuya capacidad refrigeradora se beneficiaba directamente el cerebro. Era como ir a la playa sin moverse del sillón. Ahora he disfrutado de una diversión equivalente, aunque quizá más prestigiosa (o puede que sólo más pedante): los Apostrophes de Bernard Pivot, de los que han caído en mis manos los vídeos de Vladimir Nabokov, Albert Cohen y Georges Simenon. Ha sido una gozada. En tres tardes consecutivas, he tenido en casa a esos invitados ilustres, además de al propio Pivot (que se hace entrañable) y a algún que otro especialista con unas pintas intelectuales que ya no se ven. La primera impresión es que todos ellos eran más agrestes y menos domesticados que nosotros. Algo similar sentí al ver Buenas noches, y buena suerte: hoy no toleraríamos tanta nicotina, pero quizá sí a un McCarthy. En las últimas décadas Occidente se ha dedicado a ducharse: y por el sumidero se ha ido no sólo suciedad, sino también sustancia. El puritanismo se nos ha pegado con el jabón.

Los tres autores vivían en Suiza (Nabokov en Montreux, Cohen en Ginebra y Simenon en Lausana) y ninguno escribía en la misma postura: Nabokov lo hacía de pie y a mano en un atril, “con un lápiz de afilada punta”, Cohen dictándole a su mujer y Simenon mecanografiando en furiosas sentadas de las que salía empapado en sudor. Tampoco reciben a Pivot con el mismo atuendo: Nabokov lo hace con chaqueta y corbata convencionales, Simenon en camisa blanca con fino lazo vaquero y Cohen en bata y camiseta (sic). Es común a los tres el cosmopolitismo, lo pausada y musicalmente que hablan el francés y su interés por hablar de asuntos incestuosos: Nabokov de los hermanos amantes de Ada o el ardor, Cohen de cuánto amaba a su madre y Simenon de cuánto era amado por su hija. Los tres tenían en esos últimos años a una devota mujer detrás y, los que se pronuncian al respecto (Simenon y Cohen), despotrican contra sus experiencias de amor pasión y alaban la serenidad de ese amor definitivo. Nacidos a finales del siglo XIX o a principios del XX, eran ya hombres de otra época; pero se les veneraba. Existía todavía el culto a la literatura; y ésta, a su vez, se sentía importante. Hoy, cualquiera que hablara en ese tono sería tachado de impostor: y seguramente lo sería. Tras la entrevista, a Nabokov le quedaban dos años de vida, a Cohen cuatro y a Simenon ocho.

La de Nabokov es la única entrevista que se emite en directo desde el estudio (las otras dos están grabadas en las casas de los escritores). El autor de Lolita aparece tras una aparatosa barricada de libros y pronto descubrimos que lee sus respuestas. Lo hace disimulando teatralmente, de un modo muy retórico y redicho, con ironía, sin duda deseoso de que el espectador le descubra el truco, pero al mismo tiempo manteniéndose en la convención del disimulo, con cara juguetona. La situación es francamente divertida. El juego alcanza un momento de máximo refinamiento cuando Nabokov se refiere a su absoluta incapacidad para hablar en público y cómo, cuando tenía que dar clases, se lo llevaba todo escrito en notas que colocaba sobre el pupitre “en una posición no muy evidente para los alumnos”... y lo cuenta como algo pasado, sin confesar que es lo está haciendo igualmente en ese preciso instante. La transparencia como guiño socarrón. También hay muchas risas con el té. He leído luego que lo que contiene la tetera de la que le sirve Pivot es whisky. Por eso Nabokov se recogija siempre que le rellenan el vaso, soltando alguna que otra gansada: “¡Este té es un poco fuerte!”, o “¡Ahora me parece café!”. Habla de los espejos, de la magia, de las mariposas, de su experiencia de exiliado, de lo caro que resultaría resucitar su infancia (“para recuperar el sabor del chocolate suizo de 1910 habría que construir otras fábricas como aquellas”), y sobre todo de literatura y de palabras. De entre todas sus intervenciones, me quedo con esta: “No aprecio al escritor que no ve las maravillas de este siglo, las pequeñas cosas, la ropa masculina informal, el cuarto de baño que substituye al lavabo inmundo. Las grandes cosas como la sublime libertad de pensamiento en nuestro doble occidente. ¡Y la luna! Recuerdo con qué escalofrío delicioso, envidia y angustia, miraba yo en la televisión los primeros pasos flotantes del hombre sobre el talco de nuestro satélite y cómo despreciaba a quienes decían que no valía la pena gastar tantos dólares para pisar el polvo de un mundo muerto. Detesto pues a los divulgadores comprometidos, a los escritores sin misterio, a los infelices que se alimentan con los elixires del charlatán vienés. Aquellos que aprecio saben que sólo el verbo es el valor real de la obra maestra. Principio tan antiguo como verdadero...” Chapeau!

Cohen, de piel muy blanca y ojos sensibles, humedecidos, habla con ese trasfondo de tristeza inevitable en un judío del siglo XX. Y con su humor. Recuerda algo que ya le había leído en esa obrita intensa, triste y divertida que es El libro de mi madre: que ella pensaba que las Tablas de la Ley eran obra de Moisés, pero que éste había decidido contar lo de la revelación divina porque, conociendo a su pueblo, sabía que lo tomarían en serio sólo si se daba importancia. Cuenta también dos episodios de su propia niñez en Marsella a principios de siglo (escritos en Oh vosotros, hermanos humanos), que revelan cómo el nazismo no fue más que la concentración de algo que ya existía por toda Europa y desde hacía mucho tiempo. El de la monja angelical que una vez, mientras le acariciaba la cabeza con cariño, suspiró: “¡Qué pena!”, pensando sin duda en su origen. Y el del charlatán callejero al que se había detenido a escuchar con fascinación y que, para su asombro, lo expulsó al grito de “cerdo judío”. Apostilla Cohen: “Fue un progrom pequeñito, pero luego los mejorarían mucho”. También relaciona con la temática judía el donjuanismo de su gran personaje Solal: “Lo que hace es entrar en el reino no antisemita de las mujeres. Cuando una mujer está enamorada, se vuelve filosemita”. Pero su visión de la pasión es amarga. Se habla mucho de ello. Pivot cita un par de pasajes sublimes de Bella del Señor, en el que se suceden las efusiones líricas y prosaísmos del tipo “el beso no es más que la soldadura de dos esófagos”. Y el propio autor refiere esta idea desprestigiadora: “Si el día que Ana Karenina conoció a Vronski, éste se hubiese roto los dos dientes delanteros, ¿se habría enamorado de él? No. De manera que el grandioso amor de Ana Karenina pesa dos miligramos. Eso es todo”. Al final de la entrevista, Pivot le pregunta por qué va vestido con bata y camiseta. A lo que responde Cohen: “Es el uniforme nacional de mi casa”.

El encuentro con Simenon es con motivo de la publicación de sus Memorias íntimas, que escribió a raíz del suicidio de su hija. Se refiere a este asunto de un modo crudo, conmovedor. No oculta los escabrosos detalles del amor edípico que su hija sentía por él. Por ejemplo, cuando él quiso regalarle un anillo y ella pidió uno igual al de la alianza matrimonial de su padre. Al interrogarle Pivot por la brutal sinceridad de sus declaraciones, Simenon dice que le gusta la verdad cruda, sin maquillaje: “Prefiero que me critiquen o incluso que me odien por lo que de verdad soy, a que me quieran o me admiren por lo que no soy”. Sus ideas sobre el arte de escribir resultan muy saludables. Para él es una tarea artesanal, no intelectual sino física, instintiva: “El arte en el fondo no es sino una necesidad. El arte verdadero, el del creador, es una necesidad. Yo nunca he escrito con intenciones morales, ni filosóficas, ni estéticas, sino para salir de mí mismo.” Distingue entre sus novelas policíacas y las que no son policíacas, que llama “novelas duras”, o “novelas novelas”. Habla de su curiosidad por conocerlo todo, por “conocer al hombre”: “Buscaba al hombre, y lo encontré en la mujer”. Los momentos más picantes (y deliciosos) son, naturalmente, los referidos a su relación con las mujeres: las cuatro con las que vivió y las diez mil con las que se acostó. Y lo cuenta, aunque parezca imposible, con sobriedad. Sencillamente, él siempre ha tenido la necesidad de follar tres veces al día. Habla con ternura de sus esposas y también de la criada que fue su amante, y de las putas. Se ríe un poco luego de la Academia y también del Premio Nobel: “No quiero medallas. No soy un animal de feria”. Y entonces le vienen a uno a la cabeza algunos de nuestros animales de feria contemporáneos (principalmente portugueses), ostentosos con sus medallas y enseñoreándose por un mundo ya muy distinto del de Nabokov, Cohen y Simenon.

[Publicado en Kiliedro]

24.8.06

El árbol de Poe

No creo que haya habido en Málaga una librería tan peculiar como El Árbol de Poe. Situada en calle Frailes, se accedía a ella subiendo un par de escalones y empujando una puerta con cristal que casi siempre estaba atrancada y que, al abrirse al fin, armaba un gran estrépito. Uno se encontraba entonces, de sopetón, frente al dueño, que solía estar en su mostradorcito con la mirada perdida, sin inmutarse nunca: ni siquiera cuando uno entraba. Me habían dicho que era poeta y que se llamaba Paco Cumpián. Pero jamás me atreví a hablar con él: su aspecto melancólico me intimidaba.

La librería siempre estaba vacía. Era pequeña y sus estanterías, como artesanales, me recordaban a las de una casa particular. Para salir del campo de visión (de visión perdida) de Cumpián había que dar dos pasos a la derecha, lo cual resultaba escabroso, puesto que el suelo era de madera y crujía como un ataúd. Con el tiempo, aprendí a administrar mis pasos dentro del local, tratando de que fueran los menos posibles. Tres hasta la primera estantería, dos más para abarcarla (que me servían también para echarle un vistazo a la mesa central, dándome la vuelta pero sin levantar los pies del suelo), otros tres para la segunda estantería, cuatro para ir al mostrador a pagar y tres más para salir (peleando otra vez con la puerta): quince pasos en total, todos crujientes.

Lo diminuto del sitio era inversamente proporcional a la cantidad de libros interesantes que contenía. A ninguna otra librería, por ejemplo, llegaban antes las novedades poéticas, ni en ninguna era posible encontrar ciertos libros y revistas ya descatalogados. El Árbol de Poe funcionaba también como imprenta, y por aquí y por allí se exponían sus coquetas ediciones. Pero precisamente esa exquisitez me fue inoculando la obsesión de que yo no podía decepcionar a Cumpián con mis compras, ni irme nunca con las manos vacías. Pasaba horas esforzándome por hacer la elección adecuada, paralizado para no romper el espeso silencio con ningún paso adicional.

La hora de pagar también tenía su épica (o su comedia). Cumpián nunca tenía suelto para los cambios demasiado cuantiosos, de modo que cuando pagabas un libro barato con un billete grande, le embargaba el nerviosismo. Sacaba su carterilla de cuero y hurgaba en ella como si esperase encontrar el surtido de una caja registradora, inútilmente. Poco a poco aprendí también a adquirir sólo libros cuyos precios se ajustasen lo más posible al efectivo que yo llevara encima.

Salía agotado, con gran desgaste psíquico. Por eso llegó un momento en que dejé de entrar. Tiempo después vi que había cerrado y pensé, con terror propio de Poe, que yo había sido su único cliente.

22.8.06

Tejiendo la mañana

Traduzco ahora mi poema favorito del gran João Cabral de Melo Neto: "Tecendo a manhã", de La educación por la piedra (1966).

* * *
Tejiendo la mañana

1
Un gallo solo no teje una mañana:
precisará siempre de otros gallos.
De uno que recoja el grito que él
y lo lance a otro; de otro gallo
que recoja el grito del gallo anterior
y lo lance a otro; y de otros gallos
que con otros muchos gallos se crucen
los hilos de sol de sus gritos de gallo,
para que la mañana, con una tela tenue,
vaya siendo tejida, entre todos los gallos.

2
Y tomando cuerpo en tela, entre todos,
erigiéndose en tienda, donde entren todos,
entretendiéndose para todos, en el toldo
(la mañana) que planea libre de armazón.
La mañana, toldo de un tejido tan aéreo
que, tejido, se eleva de por sí: luz globo.

15.8.06

Un poema de Manuel Bandeira

Traduzco "Evocação do Recife" (1925), del poeta brasileño Manuel Bandeira (1886-1968). Solo una nota: el Capiberibe es un río de Pernambuco, el estado cuya capital es Recife. En este poema la palabra resuena algo así como "Rosebud" en Ciudadano Kane.

* * *
Evocación de Recife

Recife
No la Venecia americana
No la Mauritsstad de los armadores de las Indias Occidentales
No el Recife de los Mascates
Ni siquiera el Recife que aprendí a amar después
—Recife de las revoluciones libertarias
Sino el Recife sin historia ni literatura
Recife sin más nada
Recife de mi infancia
La calle de la Unión donde yo jugaba al caliente y frío
y rompía las cristales de la casa de doña Aninha Viegas
Totônio Rodrigues era muy viejo y se ponía los anteojos
en la punta de la nariz
Después de cenar las familias tomaban la acera con sillas
chismorreos noviazgos risas
Jugábamos en medio de la calle
Los niños gritaban:
¡Sal conejo!
¡No salgas!

A distancia las voces suaves de las niñas cantaban a coro:
Rosal dame una rosa
Clavel dame un capullo

(De aquellas rosas muchas rosas
habrán muerto sin florecer...)
De repente
en lo profundo de la noche
una campana
Un adulto decía:
¡Fuego en San Antonio!
Otro discrepaba: ¡San José!
Totônio Rodrigues pensaba siempre que era en San José.
Los hombres se ponían el sombrero salían echando humo
Y yo tenía rabia de ser un niño porque no podía ir a ver el fuego.

Calle de la Unión...
Qué bonitos eran los nombres de las calles de mi infancia
Calle del Sol
(Tengo miedo de que hoy se llame del Dr. Fulano de Tal)
Detrás de casa quedaba la calle de la Añoranza...
...adonde se iba a fumar a escondidas
En el otro lado estaba el muelle de la calle de la Aurora...
...adonde se iba a pescar a escondidas
Capiberibe
—Capiberibe
Allá lejos el pequeño sertón de Caxangá
Retretes de paja
Un día vi a una muchacha desnuda en el retrete
Me quedé inmóvil el corazón batiendo
Ella se rió
Fue mi primer deslumbramiento
¡Inundación! ¡Las inundaciones! Barro buey muerto árboles destrozos remolino desapareció
Y entre los pilares del puente del tren de hierro
los intrépidos caboclos en balsas de hojas de banano

Novenas
Caballadas
Y yo me recosté en el regazo de la niña y ella se puso
a pasar la mano por mis cabellos
Capiberibe
—Capiberibe
Calle de la Unión donde todas las tardes pasaba la negra de los plátanos
Con su vistoso chal de paño de la Costa
Y el vendedor de cañadú
El de cacahuetes
que se llamaban midubines y no eran tostados eran cocidos
Me acuerdo de todos los pregones:
Huevos frescos y baratos
Diez huevos por un peso
Tanto tiempo hace ya...
La vida no me llegaba por los periódicos ni por los libros
Venía de la boca del pueblo en la lengua equivodada del pueblo
Lengua acertada del pueblo
Porque él es el que habla sabroso el portugués de Brasil
Mientras que nosotros
Lo que hacemos
Es remedar cuales monos
La sintaxis lusa
La vida con una buena porción de cosas que yo no entendía bien
Tierras que no sabía por dónde quedaban
Recife...
Calle de la Unión...
La casa de mi abuelo...
¡Nunca pensé que fuese a acabarse!
Todo allí parecía impregnado de eternidad
Recife...
Mi abuelo muerto.
Recife muerto, Recife bueno, Recife brasileño
como la casa de mi abuelo.

14.8.06

El tamaño sí importa

Después de la primera aparición pública de Raúl Castro en tanto Comandante Vicario, ya no cabe ninguna duda: el tamaño sí importa. El hombre, sencillamente, no da. Ni siquiera provoca miedo, como el Hermano Lobo, sino más bien risa. Es una lástima que papá y mamá Castro no diesen otro ejemplar equiparable. Acertaron con la Revolución al producir un barbudo corpulento; histriónico y dañino, sí, pero al fin y al cabo con ciertos toques físicos que le distinguían (un poquito) de los demás dictadores latinoamericanos. Este Raúl Castro, en cambio, podría figurar, sin alterar el conjunto, en la comitiva de Pinochet, Ríos Montt, Videla o incluso Franco (si consideramos a Franco un dictador latinoamericano más, pero sin sabrosura). Con ese aspecto de oficial chusco peruano, y esa cara a medio camino entre Bryce Echenique y Fujimori, uno podría imaginarse perfectamente a Raúl Castro quemando ejemplares de La ciudad y los perros en el patio del Colegio Militar Leoncio Prado. No creo yo que los cubanos puedan tomárselo muy en serio. Hoy he estado mirándole bien el uniforme, porque estoy convencido de que la causa de su tardanza en aparecer está en los trabajos de ajuste que han tenido que hacer los sastres de palacio. De repente, han debido reducir de tamaño los uniformes presidenciales, y eso ha llevado su tiempo. Estos trabajos explicarían también por qué Fidel se ha fotografiado en chándal y no en uniforme: sencillamente, ya no le queda ninguno de su talla. Todos han sido dispuestos, quizá precipitadamente, para la sucesión. Pero yo creo que detrás de ese chándal está la CIA. De otro modo, no se explica. En las fotos a color, con esas franjas rojas y blancas, Fidel tiene el aspecto de un veterano del Atlético de Madrid que se quiere hacer la ilusión de que aún forma parte del equipo. Pero en las de blanco y negro, parecía exactamente un presidiario de película de serie B. Lo más gracioso es que también Fidel recordaba a un peruano: en este caso, a Abimael Guzmán exhibido entre rejas. Pero la comedia bufa acabará tarde o temprano. Aunque sobreviva esta vez el dictador, acabará muriendo. Porque el Tiempo, tan cabrón con frecuencia, tiene algo simpático: que es un infalible tiranicida. (Dejemos para otra ocasión el hecho de que también se encarga de todos los tiranizados.)

[Publicado en Penúltimos Días]

9.8.06

George Duke y el Pan de Azúcar

Para calmar la saudade, que sigue, me he puesto a leer también O Rio de todos os Brasis, del economista Carlos Lessa. El Río de todos los Brasiles. La fecha es esta vez la del 9-III-2001. Se conserva la etiqueta de Sodiler, que era la librería del aeropuerto. Sí, lo recuerdo: compré ese libro poco antes de embarcar. Pensaba que volvería pronto y ya han pasado cinco años y cinco meses. Justo hoy. Pero ahora sólo quiero anotar una sensación. Mi tema favorito de A Brazilian love affair, el disco de George Duke que conocí por Losada, es "Sugar Loaf Mountain". Tiene un ritmo trepidante, perfecto para conducir; de hecho, le da un aire a la sintonía de Starsky y Hutch. Lo que yo no entendía es qué diablos tenía que ver con el Pan de Azúcar. Hasta que conocí los autobuses de Río de Janeiro. Viajar en ônibus es una de las experiencias más intensas que puede vivirse en la ciudad. Hay un trayecto irresistible, el que va de Ipanema a la Barra da Tijuca, con el autobús a toda pastilla por el borde de los acantilados de la Avenida Niemeyer, que es una locura de montaña rusa a pelo, sin raíles. Uno sale con la adrenalina a tope, maravillado. Sin duda, con la alegría del superviviente. Pero hay otro trayecto más sentimental: el de Copacabana al Centro. Resulta igualmente trepidante, pero la ausencia de acantilados le resta un poco de montañarrusismo. Se me olvidaba indicar que las frenadas secas, en las paradas y semáforos, y los abruptos acelerones para reanudar la marcha (que dejan tambaleándose en el pasillo a los pasajeros que acaban de entrar) son un ingrediente indispensable en la diversión. Diversión que yo no dudaría en calificar de dionisíaca. El caso es que el autobús ha dejado atrás Leme y el túnel y ha desembocado en la Bahía de Guanabara. Ya tenemos ahí el Pan de Azúcar. A lo largo de Botafogo y de Flamengo, le veremos bailar entre los trompicones. Aparecerá, desaparecerá, resurgirá entero, se quebrará, se exhibirá con perspectiva, esquinado, recatado, obsceno, de frente, de perfil, en calma, nervioso, doméstico, salvaje... y ni medio minuto seguido retendremos la misma visión. Es una postal caleidoscópica y sincopada, y si uno escucha entonces el tema de George Duke, comprobará que encaja a la perfección —en sus encajes y desencajes.

28.7.06

Bernhard como antídoto

Hay dos cosas que se han vuelto a poner de moda: la literatura en la que “pasan cosas” y el optimismo. Frente a ambas, desoladoras, hay un antídoto implacable: Thomas Bernhard.

La literatura en la que “pasan cosas” suele ser un coñazo que no hay quien lo aguante. Esa literatura se dice hecha para la diversión, pero en realidad sólo está hecha para que el autor recaude unos euros. Exactamente como pasa con los tunos. La tuna, que es, literalmente, el cachondeo por obligación, no divierte a nadie y su única función acaba siendo que los estólidos tunos se lleven su propina. Lo mismo ocurre con la literatura en la que, al parecer, “pasan cosas”, y en la que, realmente, lo único que pasa es que el autor se lleva unos euros. Ese es el único elemento susceptible de sorpresa y novedad: ¿cuántos euros va a llevarse el autor (¡y el editor!)? ¿A qué cantidad va a ascender su propina? El resto, el contenido de esa literatura en sí, es de lo más aburrido y previsible: y los códigos del viento, las catedrales de sábanas, los pintores de cruasanes y hasta los cursos de literatura para da vincis no son más que cansinas variaciones del “clavelito, clavelito”. Desengañémonos: en España, el único al que se puede leer realmente es a Javier Marías. Y, a nivel internacional (y ya póstumo), aunque traducido al español (¡por Miguel Sáenz!), a Thomas Bernhard. En sus novelas puede que no “pasen cosas”, pero sí que pasa algo: la literatura. Que es, por cierto, el único acontecimiento digno que puede pasar en una página.

Por otro lado está toda esa patulea de optimistas oficiales que responden a los ominosos nombres de Bucay, Coelho o Rojas Marcos y que, con su optimismo oficial, están conduciendo a la humanidad al borde del suicidio. Nada hay más deprimiente e invitador al suicidio que un blando optimista oficial. Salimos de la conferencia de un blando optimista oficial, por ejemplo del gordinflón vestido de negro con toque sport Bucay, y el primer impulso es correr al otorrino para suplicarle una extirpación de oídos que nos impida ser ya susceptibles de volver a escuchar en ninguna otra ocasión futura al gordinflón vestido de negro con toque sport Bucay. Bucay, Coelho y Rojas Marcos atufan el mundo con eso que yo llamo optimismo deprimente. En el lado opuesto estaría Thomas Bernhard, que perfuma el mundo con eso que yo llamo pesimismo exaltante. Una vez propuse un experimento, y cualquier antropólogo que quiera probar científicamente esta división mía no tiene más que llevarlo a la práctica. Se trataría de meter en dos chalets iguales a sendos grupos equivalentes de personas y mantenerlas encerradas en ellos durante, digamos, cien días. A los habitantes del chalet A se les daría como única lectura libros de Bucay, Coelho y Rojas Marcos. A los del chalet B, sólo libros de Thomas Bernhard. Pues bien: afirmo que el índice de suicidios, al cabo de los cien días, sería infinitamente superior en el chalet A. Los habitantes del chalet A andarían pegándose cabezazos contra las paredes, y arrojándose los unos a los otros los libros de Bucay, Coelho y Rojas Marcos, de hecho no cesarían de torturarse y descalabrarse los unos a los otros con los libros de Bucay, Coelho y Rojas Marcos, y los más afortunados lograrían desarrollar un método para suicidarse autogolpeándose certeramente en la nuca con un libro de Bucay, Coelho o Rojas Marcos, y así poderse librar definitivamente de los libros de Bucay, Coelho y Rojas Marcos. Por el contrario, los habitantes del chalet B habrían formado una comunidad carcajeante que comentaría y se intercambiaría con gusto y avidez los libros de Thomas Bernhard, y no querrían que el encierro se acabase nunca, al menos no en tanto a cada uno le quedase todavía algún libro de Thomas Bernhard por leer, y cuando finalmente llegase la hora de salir, lo harían como unas motos y con ganas de comerse el mundo...

Porque este es el secreto; este es, como diría Salinger, el maldito secreto: los libros que nos exaltan no son los que acumulan banalidades con apariencia de acontecimientos, y que no son sino síntomas de una incapacidad cerval para la diversión, sino aquellos en los que el principal acontecimiento es la literatura, que es un acontecimiento que nos divierte muchísimo; no aquellos libros que nos sustituyen la vida por un sucedáneo para que la podamos digerir blandamente, sino los que nos arrojan a la cara, o nos meten por la boca, la indigestibilidad esencial de la vida, para que comprobemos cómo, a pesar de todo, nos la podemos comer, y la digerimos, y hasta nos gusta, y nos carcajeamos por ello, y aprendemos entonces con orgullo que esto que decimos amar ardientemente no es un potito bledine (¡un potito Bucay!), sino un jabalí crudo (¡un jabalí Bernhard!) que sí que merece el nombre de vida.

[Publicado en Kiliedro]

26.7.06

La rebelión de la batuta

Una vez, al caer con el zapping (¡juro que no fui voluntariamente!) en un concierto de Luis Cobos, creí percibir algo. Fue fugaz, pero decidí seguir el rastro. Así que grabé el concierto, y luego lo analicé pormenorizadamente. Desde entonces, he hecho más grabaciones de conciertos y actuaciones de Luis Cobos y en todas se confirma mi intuición primera. Paso a exponer los resultados de mis análisis:

La batuta quiere cruzarle la cara a Luis Cobos. La batuta, en tanto representante de la Música, odia a Luis Cobos (en tanto representante de la Antimúsica) y en todo momento quiere cruzarle la cara. Todo concierto de Luis Cobos es una denodada lucha entre Luis Cobos, en tanto productor y ejecutor de Antimúsica, y su batuta, que, en tanto amante y representante de la Música, quiere cruzarle la cara a Luis Cobos. Por desgracia, la batuta es un utensilio con muy poca fuerza física. Por eso jamás hasta hoy ha conseguido cruzarle la cara a Luis Cobos. Pero lo intenta. Fíjense a partir de ahora: la batuta, en manos de Luis Cobos, intenta siempre alzarse hacia su jeta y cruzársela, incluso a veces intenta, en tanto amante y representante de la Música, saltarle un ojo al director, a ese director, en tanto productor y ejecutor de Antimúsica, y hasta clavarse en sus carrillos, y picotear en ellos tal pájaro carpintero en corteza de árbol. La batuta, aunque es de palo, tiene más alma y más sensibilidad que Luis Cobos con su jeta de palo insensible y sin alma (¡y su melenita estólida!). Por eso el gran sueño de la batuta de Luis Cobos, y todos los que amamos la Música apoyamos su sueño, es lograr un día cruzarle la cara a ese infame productor y ejecutor de Antimúsica, o saltarle un ojo, o clavársele en los carrillos y acuchillárselos (¡al fin!) musicalmente.

30.6.06

Melancolía darwinista

La expresión me vino hace unas cuantas tardes, y creo que define bien las sensaciones que le asaltan al hombre que ha cumplido cuarenta años sin haber alcanzado una posición de poder ni haber fundado una familia, quizá porque ni siquiera ha luchado por ello: melancolía darwinista.

Sí, ante todo no ha luchado por ello. En algún momento de la adolescencia, o a lo mejor antes, cristalizó una cierta predisposición a la ineficacia. A partir de entonces, el tiempo iba a quedar conjurado para el lirismo o para la metafísica; no para el pragmatismo. Se trata justamente, de manera peculiar, de un encantamiento. De pronto el mundo es un lugar para otras cosas, y no para la batalla por la supervivencia y la reproducción ni por la expansión del poder. Hay formulaciones que adquieren una connotación negativa: “escalafón”, “el jefe”, “sueldecito”, “plantilla”, “hipoteca”, “mi mujer y mis niños”, “una colocación”, “mandar”. Esto no indica, como es lógico, que la guerra haya cesado. Sólo que uno ha dimitido de ella. Y si en adelante, por cualquier causa, acaricia la idea de asomarse a dar tiros, uno descubre que no sabe encontrar el frente ni qué diablos hay que hacer para intervenir. Se encuentra desconcertado como Fabrizio del Dongo en la batalla de Waterloo.

Hay también algo que podríamos llamar fidelidad a ciertas lecturas. Un prurito de nobleza sin duda puritano y cuya germinación es el signo de que, realmente, uno ya estaba perdido para la lucha darwinista. Por ejemplo, cuando llegaron a nuestras manos Pessoa o Cioran. Supusieron una conmoción; se creó (literalmente) una relación amorosa, o quizás de vasallaje. Y no es que uno se hiciese el propósito mecánico de serles fieles; es que sencillamente, dada esa veneración, encontraba que había conductas incompatibles con el Libro del desasosiego o con este aforismo de Cioran: “Mirad la jeta de quien ha triunfado, de quien se ha esforzado, no importa en qué campo. No descubriréis en ella la menor huella de piedad. Tiene madera de enemigo”. (Sobre la reproducción hay otro: “Fundar una familia. Creo que me hubiera sido más fácil fundar un imperio”.)

Con ese bagaje, uno sólo ha podido pasar por los empleos, cuando por fin se ha decidido a tenerlos, de un modo irónico y, en el fondo, autosaboteador. La escenificación era, por supuesto, la del cinismo mercenario. El cual ha conducido siempre, con mayor o menor dilación, a la ruina. Uno se identificaba en esa actitud con la de un amigo guionista que decía: “A mí lo mismo me da escribir Torrente 3 que El Séptimo Sello 2, con tal de que me paguen”. La consecuencia es que uno acaba siendo escupido por el mercado. El distanciamiento no se perdona: no se encuentra una sola mierda en exposición sin una miríada de egos aupándola por detrás y empringados en el paripé de que “se lo creen”. O quizá la falla está en que el cinismo que consiente en transparentarse es, en verdad, una variante de la candidez.

Lo que se pide es una especie de método Stanislavski para la vida. En el trabajo (y en el amor) hay que exhibirse como ser emotivo. Nuestros mercaderes (prototípicamente encarnados en Milikito) no se atreven a hacer ningún negocio sin el subrayado de una emoción. Son samurais de mesacamilla, gente que combina El arte de la guerra de Sun Tzu con las blandosidades de Paulo Coelho. Resulta una combinación sintomática: quieren calentar la frialdad del capital con cerillas de sentimentalismo barato. Y la mezcla funciona: los Milikitos suelen estar forrados y tener, encima, un millón de amigos.

Con respecto al amor, resulta muy clarificadora la lectura de La evolución del deseo, de David M. Buss. El hombre sensible o poco pragmático que lo lee (llamémosle antidarwinista) cae en estado de shock. De pronto comprende que el que lleva haciéndolo bien toda la vida es el macarra del barrio o alguien como Bertín Osborne. Y si algún ejemplar del libro cae en manos de una mujer (uno ha tenido ocasión de comprobarlo personalmente con su amiga Vázquez), ésta se limita a hojearlo sin sorpresa y a decir que todo eso ya se lo tienen ellas sabido desde los siete años. Dice la estimulante Camille Paglia, esa especie de Otto Weininger femenino (y lésbico) que me descubrió Horrach: “Clitemnestra, Medea, Lady Macbeth y Hedda Gabler, implacables conspiradoras y portadoras de la muerte, son las antepasadas de la mujer moderna”. Esa afirmación sería del todo cierta si el acento se pusiera no en la muerte sino en la reproducción. Las mujeres son, las pasadas y las presentes, auténticas princesas darwinistas.

Pero volvamos al hombre de cuarenta años y a su melancolía. ¿A qué se debe esta irrupción? ¿Es una última treta de la Naturaleza por ponerle en el camino adecuado? ¿Este desasosiego es algo equivalente al famoso, así llamado, reloj biológico femenino? ¿Una alerta de que uno se ha quedado confinado en el mono pessoano y cioranesco, sin poder evolucionar hacia el hombre (macarra de barrio, Bertín Osborne o Milikito)? Lo que está claro es que al que lleva viviendo en la metafísica desde los veinte años no puede asaltarle una crisis como la que narra Martin Amis en La información. Eso sí que lo tenía ya sabido: esa crisis (que es, en realidad, la crisis de los cuarenta más extendida) es la del que lleva toda la vida metido en el fregado darwinista y a esa edad descubre que es mortal. Pero para entonces su tarea darwinista ya suele estar cumplida. Quizá ahí esté la clave: la presuposición fisiológica de la inmortalidad; la inconsciencia que se requiere para procrear y para luchar por el poder, que es un lugar vacío. Es la ceguera de la voluntad de que hablaba Schopenhauer.

Lo que descubre el mono pessoano y cioranesco (o schopenhaueriano) es que ha desactivado demasiado pronto la ilusión del mundo. Se ha quedado, sí, como un actor ya sin papel pero aún encima del escenario. Pero atisba también que la obra es más compleja. Y que tiene su gracia. En realidad, no es sino ahora cuando empieza a comprender el mundo. El lirismo y la metafísica habían sido su velo de maya que le impedía percibir (e incluso apreciar) el velo de maya. Se trata de algo subyugante. Nada menos que el estupor ante la aparición de un mundo nuevo: precisamente este mundo. El mundo que el hombre de cuarenta años lleva cuarenta años pisando como una Atlántida sumergida. Y de pronto ese Atlántida emerge y resulta que estaba donde siempre había estado: bajo sus pies.

[Publicado en Kiliedro]

23.6.06

El filósofo decepcionante

Corría el año 85 y yo era demasiado joven (pongamos que tenía diecinueve). Fernando Savater daba una conferencia en Benalmádena. Mi amigo Macías y yo emprendimos una de esas miniodiseas provinciales para escucharlo: tomamos el autobús hasta Benalmádena-Costa, pero resultó que la conferencia era arriba, en Arroyo de la Miel, así que tuvimos que subir una interminable cuesta, en medio de la cual nos recogió un automovilista que nos condujo hasta el pórtico del edificio correspondiente. La conferencia estaba ya empezada. Savater hablaba en la sala oscura, alumbrado (sic) por un flexo. La imagen inmediata era la de un detenido confesando ante los focos de la policía. Nos sentamos y nos pusimos a escuchar. El tema era el origen filosófico de los Derechos Humanos o algo así. Para mí, que me había acercado a Savater por mi nietzscheanismo encendido (y que su Conocer Nietzsche y su obra impulsó), se trataba de un asunto un poco blando. A mis espaldas, alguien le susurraba a su acompañante: "Es una pena. Desde Panfleto contra el Todo no ha investigado nada". Después llegó el turno de preguntas. Yo alcé la mano y le dije envaradamente si no le parecía que los Derechos Humanos apestaban demasiado a cristianismo. El contestó con paciencia que tales Derechos tenían en el cristianismo uno de sus más sólidos orígenes. Decepción. Mi amigo, que políticamente era bastante extremista (luego aprobó unas oposiciones y se dedicó a la pesca con caña) intervino también: atacó su connivencia con el "sistema". No recuerdo qué respondió, pero mi amigo se sintió igualmente decepcionado. Luego una señora le abroncó por estar "a favor de las drogas", porque tenía una hija yonqui, etcétera. La respuesta del filósofo, en favor de la despenalización, la decepcionó también. Otro le regañó por creer que era posible la libertad. Nueva decepción. Uno tras otro íbamos quedando decepcionados por sus respuestas, sin excepción alguna. La última la hizo un andaluz campechano y fue, sin duda, la más relajada: "Don Fernando, ¿nos puede decir qué libros está leyendo ahora?". Pero Savater citó a autores raros, que nadie conocía, y recuerdo que eso consiguió decepcionarnos, definitivamente, a todos de una vez. Salimos de aquella conferencia decepcionados e insatisfechos. Savater no nos dio a ninguno lo que buscábamos, ni nos dijo lo que queríamos oír. Nos paró los pies de niños consentidos y nos dejó una semilla incómoda en la cabeza. Más de veinte años después, en que no hemos dejado de leerlo ni nos hemos tomado ni una sola temporada, como con otros tantos autores, "vacaciones de Savater", uno no puede sino recordar con asombro y admiración su tarea y su ejemplo. Una vez escribí una versión personal del Otro poema de los dones de Borges y esta es una de las pocas líneas que me siguen gustando: "Por el valor y la felicidad de Fernando Savater". Ha sido el auténtico maestro de mi generación: sin él, seríamos sin duda peores. Esta nota debería haberse titulado, nietzscheanamente: Savater, educador.

22.6.06

El siglo de Billy Wilder

Recuerdo que Billy Wilder murió un Viernes Santo, y le dije a una amiga: "Si verdaderamente es Dios, resucitará el Domingo". El Domingo estuvimos pendientes. No pensábamos que en verdad fuese a resucitar, pero sí, quizá, que se produjera algún tipo de pirotecnia guasona por los cielos. No vimos nada. Ahora pienso que deberíamos haber estado pendientes de la tierra, porque Wilder no era Dios pero sí un diablo. Me gustaba esa frase que se decía de él: "Tiene el cerebro lleno de cuchillas de afeitar". La incómoda inteligencia. El que se acerca mucho, sale triturado. Y su propio poseedor recibe sus cortes (aunque desde dentro resultan algo más estimulantes). Quevedo fue su precursor, aunque Wilder ni lo conocería. Sus herederos, claramente, son Los Simpson. Y yo diría que el 90% de las buenas sit-coms. En el cine no ha dejado herencia, pero sí en la tele. Yo tengo para mí que otro espíritu afín a Wilder es el gran Noel Rosa, el cantante y compositor brasileño que murió en 1937 con veintiseis años. También tenía el cerebro lleno de cuchillas de afeitar. Ahora que lo pienso, tal vez sería mejor decirlo así en español: "poblado de navajas". Billy Wilder tenía el cerebro poblado de navajas. O: le salían navajazos del cerebro. O: al idiota, lo navajeaba. O: a los estúpidos, los hacía papilla. O: se le acercaba un panfilote, y salía hecho lonchas.

Como es lógico, Billy Wilder, el cínico, se comportó con integridad en los momentos de su vida en que hubo que hacerlo. A las almas cándidas suele ocurrirles justo lo contrario: se pasan toda la vida predicando, pero en cuanto la cosa se pone cruda, son los primeros en rajarse. Una de esas ocasiones de integridad wilderiana fue cuando su productor le pidió que los carceleros del campo de concentración de Traidor en el infierno pasasen a ser polacos en vez de alemanes para la comercialización de la película en Alemania. "Vete a la mierda", creo que le dijo Wilder, y se cambió de productora. Le enseñó a trabajar Lubitsch, quien, según contaba Wilder, les hacía corregir una y otra vez los guiones. Al final Lubitsch leía la enésima versión. Por primera vez parecía satisfecho. Sonreía un par de veces durante la lectura. Y nada más acabar, decía con entusiasmo: "¡Perfecto! ¡Ahora vamos a mejorarlo!".

Hay muchos momentos memorables en las películas de Wilder. Cientos, miles de momentos. Bastaría cualquiera de ellos para que el famoso extraterrestre que debe bajar a la Tierra dentro de mil años certificase que, en efecto, había habido vida inteligente en el planeta. Vida, incluso, muy inteligente. Pero yo me quedo con un momento pesimista y tierno: el final de La vida privada de Sherlock Holmes. El detective ha perdido el primer caso de su vida porque cometió el desliz de enamorarse. Antes, durante la película, hemos visto cómo Watson, cansado de regañarle a Holmes por su adicción a la morfina sin que éste le haga caso, le ha escondido la jeringuilla y el resto del instrumental. Pero estamos ya en los últimos minutos. Holmes, fracasado, ha vuelto a casa. Recibe una carta y la lee de pie junto a la ventana, mientras Watson lo observa, también melancólico, desde el sillón. Ahora no recuerdo qué dice esa carta, si es ella misma confesándole que todo fue una treta o alguien comunicándole que la dama ha muerto... El caso es que la tristeza se hace insoportable. Holmes suelta la carta sobre la mesa. Mira a Watson y le dice: "¿Dónde está?". Y Watson, con una dignidad médica que jamás podrá comprender nuestra Pitita Salgado, le indica un cajón. Holmes abre, levanta unas carpetas y allí está su jeringuilla. La recoge, se encierra en su cuarto y la película acaba.

Hoy Billy Wilder hubiese cumplido cien años.

16.6.06

Julián Marías y la Sra. Muir

Gene Tierney en 'El fantasma y la Sra. Muir'


En El fantasma y la Sra. Muir, esa maravillosa película de Mankiewicz que Javier Marías nos enseñó a mirar tan bien, ocurre algo inédito en la historia del cine: el espectador desea que se muera la protagonista, porque sólo ese puede ser el final feliz (final feliz asegurado, por otra parte; como dice Jünger: "A un hombre podrán fallarle todas las citas que tenga previstas a lo largo de su vida –menos una: la cita con la muerte"). La Sra. Muir se ha enamorado del fantasma del capitán, pero éste se ha desvanecido definitivamente y la Sra. Muir sólo podrá reunirse con él cuando muera.

Con el padre de Javier Marías, don Julián, ha pasado lo mismo. Desde que murió su mujer en 1977 se limitó a ser (como dice hoy Eduardo Jordá en un precioso artículo) "un superviviente". Recuerdo un programa radiofónico del Loco de la Colina de principios de los ochenta: Julián Marías se puso a llorar mientras recordaba a su esposa. Durante unos interminables segundos sólo pudimos escuchar los gemidos de dolor de ese hombre. Fue algo intenso, verdadero: lo contrario de los lloriqueos fraudulentos que vendrían después con la televisión basura. No sé por qué, pero aquella noche se me quedó grabada. Luego he venido contemplando a Julián Marías, respetando su limpio cristianismo desde mi estrépito nietzscheano. Un hombre digno que no se vendió nunca, y que por eso proponía la reconciliación en medio de la abyección guerracivilista de los ex-grapo que ahora son neofranquistas, por un lado, y los ex-falangistas reconvertidos en socialdemócratas, por el otro. Frente a ambos, la integridad moral: la decencia. Y por debajo de todo, su duelo amoroso que sólo ha terminado con la muerte. Siempre me acordé, pensando en Julián Marías, de estas hermosas palabras que le dedicó Camus a Breton: "En su perro tiempo, y no se puede olvidar esto, es el único que ha hablado profundamente del amor. El amor es la moral angustiada que ha servido como patria a este exiliado".

Pero alegrémonos: la Sra. Muir ya está otra vez junto al fantasma.

[17-XII-2005]