18.3.07

El ángel pornográfico

Hay un escritor brasileño que es otro artista de la repetición, como Thomas Bernhard: Nelson Rodrigues (1912-1980). Que yo sepa, no está traducido en España. Andújar, que se ha entusiasmado con él, me ha traído de Brasil su biografía O anjo pornográfico, escrita por Ruy Castro, dos antologías con más de cien historias de A vida como ela é... y un estuche con la adaptación televisiva que de esta última realizó Daniel Filho para la cadena Globo, que incluye en los extras una deliciosa entrevista a Nelson Rodrigues hecha por Otto Lara Resende. Uno se sumerge en todo este material y sale con un nuevo ídolo literario.

Lo curioso es que hace seis años, en una librería de Río de Janeiro, tuve un ejemplar de El ángel pornográfico en mis manos. Lo hojeé y me interesó... y sólo me disuadió de comprarlo el recuerdo de mi maleta, ya cargada de libros y discos en la habitación de hotel a esas alturas del viaje. Al recibirlo ahora de Andújar, sin yo habérselo pedido, y sin que hubiésemos hablado nunca de él, he vuelto a pensar que algunas lecturas, precisamente las decisivas, están regidas por una gozosa fatalidad. Y ésta me ha llegado en el momento justo: hace seis años quizá era demasiado pronto. Es ahora cuando me interesa la literatura obsesiva, repetitiva, neurótica... aunque no toda, sino sólo la que no resulta pesada, la que es ligera. Ligereza en la repetición: he ahí la clave de este arte, en el que Nelson Rodrigues es maestro. El propio autor lo exhibió en un momento de autoconciencia: "Soy un columnista que se repite con un límpido impudor. No tengo el menor escrúpulo en usar doscientas, trescientas veces la misma metáfora". No sólo en los recursos estilísticos y en sus latiguillos, que se vuelven familiares y entrañables; también en sus temas se repetía. O, mejor dicho, en su tema, único y absorbente en toda su obra: el adulterio, la infidelidad. Alguien dijo con acierto que Nelson Rodrigues era una "flor de obsesión".

Para hacernos una idea de lo que supuso su figura, nada mejor que estas palabras del prólogo de Ruy Castro: "Durante muchos años, Nelson Rodrigues cargó con la fama de 'pervertido'. En sus años finales, con la de 'reaccionario'. Nadie fue más perseguido: la derecha, la izquierda, la censura, los críticos, los católicos (de todas las modalidades) y, muchas veces, los patios de butacas: todos, en algún momento, vieron en él al ángel del mal, un cáncer que debía ser extirpado de la sociedad brasileña. Y lo cierto es que casi lo consiguieron. Pero, a la vez que unos querían 'matarlo a palos, como a una rata preñada', había otros muchos a los que les parecía imposible poder admirar lo suficiente a Nelson Rodrigues. Ni sus peores enemigos le negaron el talento, y no eran pocos los que le consideraban un genio." Una de sus frases favoritas fue "toda unanimidad es boba", y se ajustó a ella desde el principio hasta el fin: irritando a su paso.

Su carrera comenzó a los trece años, cuando se puso a trabajar en la sección de sucesos del periódico que dirigía su padre. O quizá antes: cuando a los ocho escandalizó a la maestra con una redacción escolar que contenía su primera historia de adulterio (con muerte final de la infiel, a cuchilladas). A lo largo de su vida escribió miles de artículos periodísticos, diecisiete obras de teatro (es el creador del teatro brasileño moderno), nueve novelas (seis de ellas, folletines firmados con el pseudónimo de Suzana Flag), guiones de cine y televisión, varios libros de memorias (al último de los cuales le puso un título desafiante: El reaccionario) y las más de mil quinientas columnas-relatos de A vida como ela é... (que podría traducirse por Así es la vida, o quizá Como la vida misma). Su procedimiento era exacerbar el melodrama hasta unos extremos de delirante tremendismo, pero sin un propósito kitsch, sino catártico. Un crítico se entretuvo en enumerar los crímenes cometidos por los personajes de una de sus piezas: "homicidios con agravantes, inducción a la lascivia, tres infanticidios, adulterio, corrupción de menores, lesiones corporales graves, estupro y secuestro"... para concluir que el autor había pretendido "concentrar en tres actos todos los delitos previstos en el Código Penal". Carla Guimarães hace otra relación parecida: "sus obras, plagadas de padres que se acuestan con sus hijas, hermanos que se matan o se amputan el pene, medeas que ahogan sus bebés, hijos enamorados de sus madres, hermanas enamoradas de un mismo hombre, infidelidad, prostitución, violaciones, homosexualidad, marginalidad y muertes, muchas muertes, sean asesinatos, suicidios o accidentes...".

El propio Nelson Rodrigues calificaba su teatro de desagradable, y añadía que escribía "obras pestilentes, fétidas, capaces, por sí solas, de desatar el tifus y la malaria en el auditorio". Tuvo frecuentes problemas, primero con la censura conservadora y después con la intelectualidad de izquierdas, que tachó su obra (a lo Lukács) de desesperómetro desactivador. Pero el autor respondía a las críticas (a veces, gritándole al auditorio desde el mismo escenario): "¿Morbidez? ¿Sensacionalismo? No. Y lo explico: la ficción, para ser purificadora, necesita ser atroz. El personaje es vil, para que no lo seamos. Él ejecuta la miseria inconfesable de cada uno de nosotros. Desde el momento en que Ana Karenina, o la Bovary, es infiel, muchas esposas de la vida real dejarán de serlo. En Crimen y castigo, Raskolnikov mata a una vieja y, en el mismo instante, el odio social que fermenta en nosotros queda disminuido y aplacado. Él mató por todos. Y, en el teatro, que es más plástico, más directo, y de un impacto más puro, ese fenómeno de transferencia resulta más efectivo. Para salvar al auditorio, es necesario llenar el escenario de asesinos, de adúlteros, de locos y, en suma, de un aluvión de monstruos. Son nuestros propios monstruos, de los cuales nos liberamos provisionalmente... para volverlos a reproducir después." Lo que late por debajo de este despliegue de horrores, como señala Ruy Castro, es una honda nostalgia de la pureza. El pornógrafo es, en el fondo, un ángel. Sus frases, a veces, son deliciosamente cínicas: "El dinero lo compra todo, hasta el amor verdadero". Otras, de una profunda gravedad sentimental: "El amor es eterno; y si se acaba, es que no era amor".

En la entrevista con Otto Lara Resende (que, por cierto, está colgada en YouTube), el Nelson Rodrigues de 1977 se califica ya a sí mismo de momia, no sin satisfacción. Hace balance del siglo XX y dice que ha sido el siglo en que se ha impuesto "el cretino fundamental": ese mediocre que durante toda la Historia ha ido con la cabeza gacha, avergonzado, y que en el siglo XX se ha adueñado del escenario para exhibirse sin pudor. En esas estamos todavía en el XXI. Pero en ocasiones, volviendo la vista atrás, uno encuentra a hombres como Nelson Rodrigues.

8.3.07

Por el culo se la hinca

Yo también padezco ese tic, como muy bien saben mis resignados amigos. Pavlovianamente ya aprendieron (¡a golpes de ripio soez!) que no deben decir en mi presencia Tele 5 (porque por el culo se la hinco), ni que el copiloto de Carlos Sáinz se llamaba Luis Moya (porque me chupan la polla), ni que el presidente andaluz del abaniquito era Pepote (porque me agarran el cipote), ni que la tienda más barata es el Caprabo (porque me trincan el nabo). Es un dispositivo automático del que, en realidad, yo soy tan víctima como ellos. O mejor dicho: yo soy la auténtica víctima. Funciona como una mina que mi interlocutor pone y que, al yo pisarla, estalla: ante la palabra "cinco", yo no puedo hacer otra cosa que responder "por el culo te la hinco". Aunque, bueno, eso quizá fue al principio: cuando yo era un buen salvaje en la fase auroral del descubrimiento de mi tic. Luego me fui maleando (siempre es igual: uno nace rousseauniano y se hace hobbesiano; en la cuna somos inocentes ZPs, pero luego nos vamos volviendo airados taxistas —menos ZP, que sigue siendo siempre ZP, incluso después de perder la inocencia). O sea, que no sólo tenía el tic, sino también el impulso (sádico, masoquista) de ejercerlo. Así que con frecuencia he tratado de llevar las conversaciones al punto en que mi interlocutor tuviese que incurrir en una palabra terminada en -inco, o en -olla, o en -ote, o en -abo (o en -otas, o en -ones, etc., etc.). En ese caso era yo el que ponía la mina, el que conducía los pasos de la víctima hacia ella... y también el que estallaba. Es un juego infantil (¡infantiloide!), pero les aseguro que he llegado a un cierto grado de sofisticación. Tras el periodo clásico, siempre viene uno manierista. Justo en ese es en el que me encuentro ahora. Mi mayor placer actual es llevar a mi interlocutor a que pise en la palabra "Minesota", por ejemplo. Y entonces yo, ante su sorpresa, lo que hago estallar no es un "tócame las pelotas", sino un "tríncame el nabo". Para resaltar la barrabasada, lo que suelo hacer es repetir su palabra antes de mi estallido: "¿Minesota? ¡Tríncame el nabo!". Normalmente, llegados a ese extremo, soy yo solo ya el que se troncha: pero es que el manierismo tiene una esencia onanista. Las manieras permanecen incomunicadas: son mónadas de humor impenetrables, incompartibles. Automamadas humorísticas, por decirlo así.

Todo esto viene por las revelaciones que pudimos leer hace una semana y pico en El País acerca de Alejandro Agag: también él tenía ese tic rimador. Me permito reproducir el párrafo entero, porque me dejó encandilado (ese es el periodismo de investigación que a mí me gusta):

Durante seis años [Agag] funcionó como una extensión de Aznar. Se hicieron amigos. Una misión complicada con el adusto presidente. Alejandro sabía llevarle. 'No es difícil, porque nunca está de buen o mal humor, no tiene humor', dijo sobre su jefe. Cuando era su ayudante, jugaban juntos al pádel. Incluso se permitía hacerle bromas. Ante el pasmo de los funcionarios de Moncloa. La cuestión era que el jefe dijera cinco para que Agag saltara: 'Por el culo te la hinco'. Aznar se tronchaba.
Bien, podemos apreciar dos cosas. Una: que Agag se encuentra (o se encontraba por aquel entonces) en pleno periodo clásico del tic, aquel en que priman la coherencia ("cinco" se acopla con "hinco") y la comunicabilidad (el interlocutor también "se tronchaba"). Y dos: el tal interlocutor tenía en este caso un morbo especial, puesto que se trataba nada menos que del presidente del gobierno.

Adonde yo quiero llegar es a Freud, por supuesto. Al denostado Freud, que tan buenos momentos nos da. Un presidente del gobierno es el Padre por antonomasia. No es lo mismo hacerle pasar a él por la prueba del cinco, que a un simple amiguete. Bueno, supongo que hacerlo con un amiguete también tendrá su almendra psicoanalítica: dejo en manos de mis lectores que me tumben en el diván y hagan la autopsia de mi subconsciente (no sin sugerirles que se agarren, porque vendrían curvas). Pero ahora soy yo el que está erguido en el circunspecto sillón, con Agag a mi merced, completa e irremisiblemente divanizado. El hecho es que este hombre con sonrisa de Peter Sellers le decía al presidente del gobierno que por el culo se la hincaba. Este hombre le decía al Padre que por el culo se la hincaba. El se reía, Aznar también se reía: el ambiente parecía jocoso, pero hay un insoslayable componente de tragedia griega en todo esto. Componente que fue advertido por los testigos ajenos al juego. Recordemos la acotación: "Ante el pasmo de los funcionarios de Moncloa". Esos funcionarios, desindividualizados en su funcionariedad y atónitos ante el ejercicio de la hybris, ¿no constituyen un genuino coro griego? Un coro espantado por el espectáculo de un Edipo invertido, en la línea de mi poemita "Edipo gay", que decía así en sus dos únicos y esplendorosos versos: "Mata a la madre y / se folla al padre".

En fin, todo son hipótesis, naturalmente... pero los hechos que siguieron casi no dejan lugar a dudas. Agag se casó con la hija de Aznar, que era la persona casadera más parecida a Aznar que encontró (y con la ventaja añadida de que no gastaba bigote, con lo que la evocación de Charles Chaplin quedaba muy rebajada: ¡aunque quizá no la de Geraldine Chaplin!). Podría entenderse que la boda de Agag con Anita no fue más que un modo de llevar demasiado lejos el tic, pero el tomate psicoanalítico no se desvanece por ello. En cuanto a Aznar... creo que todo esto explicaría su afán por que el casamiento se celebrase en El Escorial. En efecto: ¿por qué un gobernante iba a querer montar una boda imperial si él no era el gran protagonista? La respuesta es obvia: lo era, o se sentía así. Aquel otro movimiento que hizo en aquella época, el de visitar el Monasterio de Yuste donde se retiró Carlos V, apunta en la misma dirección. Si Aznar estaba en plan Carlos V, ¿por qué no iba a estar en plan Felipe II? Se celebró, pues, la boda. Y gracias a la Historia, que siguió avanzando, sabemos ya también que aquella pomposa celebración fue el principio de la decadencia política de Aznar. A partir de entonces, los hados empezaron a serle adversos. Aquella boda fue, por lo tanto, una Muerte simbólica. ¿Agag también estaba matando al Padre? En ese caso, el "hincamiento" (¡simbólico!) hubiese sido también un "empalamiento" (¡simbólico!). Pero lo más sustancioso es cuando volvemos a mirar la foto y nos fijamos en Aznar, transido. No es sólo emoción por la hija, ni tan siquiera emoción imperial: es que se encontraba en plena muerte (¡de amor!) de Isolda.

[Publicado en Nickjournal]

19.2.07

La venganza de los aduladores

Con motivo de la reciente ceremonia de los Premios Goya (que este año no ha estado tan mal, después de todo, con el gamberro de Corbacho), me he vuelto a acordar de la mítica frase de José Luis Cuerda: "El cine español naufraga en océanos de autocomplacencia provocados por la cocaína". Pocas veces he leído un diagnóstico tan certero. Hasta el punto de que si la revista Fotogramas se dedicara sólo al cine español, debería llamarse Fotogramos. Sí, sé que es un mal chiste: es mi particular homenaje al cine español, tan abundante en ellos. Pero en el resto del artículo no hablaré más de cocaína, sino de autocomplacencia: me da igual su causa.

Es curioso, pero de ningún otro arte se indica, hoy en España, la nacionalidad como reclamo (al menos, fuera de los delirantes ámbitos de las, así llamadas, "nacionalidades históricas"). Nunca se dice "ve a ver esa exposición, es una exposicion de pintura española", ni "escucha ese disco, es un disco de música española", ni "lee esa novela, es una novela de literatura española". Los pintores, los músicos y los novelistas triunfan o fracasan por sí solos: no se subraya si son españoles o no. Se tiene en cuenta, por supuesto: pero no se destaca especialmente. Y, sobre todo, no se establece una relación directa entre la nacionalidad y la calidad. No se considera que ser pintor, músico o novelista español sea particularmente bueno; pero, quizá por eso mismo, tampoco se considera que sea particularmente malo. Con el cine ocurre justo al revés. Se dan, simultáneamente, los dos movimientos: la propaganda acerca de su gran calidad por parte de quienes lo hacen (y de la mayoría de los críticos), y la aversión escarmentada que han ido desarrollando los espectadores. Estos, como se han sentido estafados tantas veces, no han tenido más remedio que segregar (en defensa propia) el prejuicio de que la nacionalidad española de una película supone un hándicap: prejuicio que suele verse reforzado por la realidad.

La autocomplacencia es el gran cáncer. Lo es para todo artista, pero resulta más visible (y devastador) en el cineasta. Supongo que tiene que ver con el hecho de que el cine necesita toda una industria para su ejecución. Eso hace, por un lado, que muchos cineastas de talento, que quizá estarían mejor blindados contra la autocomplacencia, no han sabido ganarse los favores de la industria y se han quedado sin la ejecución de su arte. Y, por otro, que los que lo han conseguido tienden a una megalomanía no sólo artística, sino también industrial. Un escritor podrá ser megalomaníaco (y lo es con frecuencia), pero al fin y al cabo no es más que un tipo que se sienta a rellenar páginas. Un director, en cambio, es alguien al mando de un despliegue wagneriano de medios, por intimista que sea su película. La tragedia del cine español es que los que han pasado la criba de la industria suelen ser ineficaces también como industriales. Lo cual no deja de resultar un misterio económico: ¿por qué cunde tanto la autocomplacencia si ésta es también perjudicial para la industria? En la tele, por ejemplo, no ocurre: por eso hoy en día hay más profesionalidad en las teleseries españolas que en las películas españolas. Las teleseries españolas, por cierto, también se han ido abriendo paso por sí solas: sin una machacona campaña resaltando su nacionalidad.

No sé, ciertamente, qué podría hacerse "en favor del cine español". Pero sí sé cuál es uno de los requisitos para que mejore: acabar con la mentira. No se puede elogiar una mierda como Alatriste sólo por lo mucho que "la industria" ha invertido en ella, ni por lo bien que caiga Díaz Yanes. El peor negocio es estafar con el producto, haya costado lo que haya costado, y caiga el director lo bien que caiga. ¿Cuántos espectadores volverán a estar mucho tiempo sin ver "cine español" por haber picado con Alatriste? A un director puede salirle mal una película y no pasa nada. Díaz Yanes ya lo hizo bien una vez y quizá vuelva a hacerlo bien en el futuro. Lo que no se puede es promocionarlo en su fracaso. Lo suicida, para el arte y para la industria, es toda la propaganda que conduce al espectador hasta la sala de cine sin que haya habido una sola voz que le advierta de que lo que va a ver es un bodrio. Esa soledad en la sala ante un bodrio del cine español, mientras en la prensa todo son elogios, es una de las sensaciones más desagradables que puede experimentar un amante del cine.

Yo lo he experimentado muchas veces (no escarmiento), pero quizá la más dolorosa fue con Perdita Durango. Creo que nunca he ido con más ganas a ver una película, ni con más confianza de que iba a pasármelo bien, sin reservas. La anterior de Álex de la Iglesia, El día de la bestia, me había encantado (aquello sí que era un prodigio de película "de cine español", una bocanada de aire fresco, impecable) y estaba convencido de que Perdita Durango iba a ser mejor aún. Nada en la prensa (ni en los anuncios) hacía pensar que no fuese a ser así. Por eso la decepción resultó tan espectacular. Quizá no haya dolor más agrio que el provocado por el desmoronamiento de un placer que dábamos por seguro. Pero lo peor en estos casos es que, ya fuera del cine, uno sigue asistiendo a la promoción pública de la película y a los elogios hacia el director, con las consiguientes exhibiciones de autocomplacencia del mismo: espectáculo que ya es percibido como farsa.

Las demás películas de Álex de la Iglesia también me han ido pareciendo mediocres (Muertos de risa, La comunidad, Crimen ferpecto -de 800 balas me libré), unas mejores que otras, y algunas incluso con buenas ideas y buenos momentos, pero ninguna redonda como El día de la bestia. ¿El talento había abandonado de pronto al director? En cierta ocasión asistí a una escena que lo explicaba todo. Yo me encontraba en un Kentucky Fried Chicken (no sólo soy un gourmet de escándalos, también lo soy de franquicias), cuando entró Álex de la Iglesia comandando su séquito. Empleo esta palabra con propiedad: eran diez o doce acompañantes en actitud de inferioridad jerárquica, a medio camino entre sirvientes y bufones. Juntaron varias mesas y el director se sentó con pompa en un extremo, ocupando mucho espacio, mientras los demás se apelotonaban en los laterales. Componían una estampa medieval. Durante la comida, De la Iglesia se dedicaba a deglutir sus trozos de pollo, sumido en un silencio autista y mirando únicamente su bandeja. Los del séquito no cesaban de decir chistes e ingeniosidades, aparentemente los unos para los otros, pero mirando de reojo al director. Este, cada cierto tiempo, celebraba escuetamente alguno. Entonces su emisor se henchía de satisfacción, al tiempo que los demás se encendían de envidia. Aquel subyugante espectáculo me hizo comprender qué había pasado con el cine de Álex de la Iglesia, y con todo el cine español en general. La adulación, el elogio acrítico, endiosa al artista, lo eleva, pero a la vez lo envuelve en una campana hermética que termina matando su arte y arruinándole el talento. Es la venganza de los aduladores.

[Publicado en Kiliedro]

* * *
(25.1.11) Esta entrada había quedado conceptualmente redonda; pero, por fortuna, la realidad se mueve: se resiste (se opone) a toda fijación. Es de justicia transcribir aquí un pasaje del artículo que publica hoy Álex de la Iglesia en El País:

Soy un tipo con el genio fácil y dado a la respuesta rápida y poco meditada. Esta gente me dio una lección. Es cómodo hablar con los que te siguen la corriente: te reafirmas en tus ideas, te sientes parte de un grupo, protegido, frente al resto de locos que se equivocan. Por vez primera, aprendí que dialogar con personas que te llevan la contraria es mucho más interesante. Puede resultar incómodo al principio, sobre todo si eres soberbio, como yo. Pero cuando aprendes a encajar, la cosa fluye, y las ideas entran.

10.2.07

El escándalo no ha muerto

Finalmente no se ha confirmado una de las frases más melancólicas del pasado siglo. Aquella que le dijo André Breton a Luis Buñuel: "El escándalo ha muerto". Quizá sí haya muerto en sus variantes primitivas, pero no en las sofisticadas. Quienes ya no escandalizan son los niños y los tunos: pero los adultos aún pueden hacerlo. Ya no basta con la voluntad de escandalizar, sino que se requiere un poco de inteligencia. Para que brote hoy el chorro negro del escándalo hay que hacer prospecciones como cuando se va a sacar petróleo. Es necesario un estudio minucioso del contexto (¡del grupo!), y sólo después pasar a la acción con la treta adecuada. Aquí en el Nickjournal, mi querido delfín Adrede lo ha entendido muy bien. En este contexto predominantemente antisocialdemócrata, él ha sabido sacarle notas de escándalo a un filón inesperado: la defensa de la socialdemocracia. Aquí, un "ZP es el Kennedy español" provoca más revuelo que un "Aznar fue un gran estadista" o el clásico "caca, culo, pedo, pis". Y yo, como gourmet de escándalos, me quito el sombrero (y hasta el cráneo si es preciso).

Pero la teología que domina ahí fuera suele ser la contraria. Al menos por los ámbitos culturales, que son por los que me muevo con mayor asiduidad. Tuve ocasión de comprobarlo otra vez la semana pasada, cuando mi amiga Berta me llamó para asistir a unas jornadas sobre "La Poesía del Rock" que se celebraban en el Instituto Municipal del Libro. Este nombre, por cierto, siempre ha despertado en mí evocaciones kafkianas, aunque en apretada competencia con otro organismo de la zona: el Centro Cultural Provincial. Una ciudad con un Instituto Municipal del Libro y un Centro Cultural Provincial es una ciudad que no se anda con chiquitas en estos asuntos (intimida un poco). Camino del acto ya se anticipó, en plan semillita wagneriana, el tema de este escrito. Berta me contó que había leído en el blog de Javier Rioyo unos lamentos de éste por la imposibilidad de provocar hoy en día. La concurrencia parecía estar de acuerdo. Ella preguntó, en un comentario, que qué pensaban que estaban haciendo en Cataluña Boadella y Ciutadans, por ejemplo. Supongo que Rioyo y los demás se arrebujaron en sus babuchas, porque nadie dijo ni mu. Eso me hizo recordar que uno de los artículos más abyectos contra el Todas putas de Hernán Migoya lo escribió alguien del cogollito: Juan José Millás. En aquella ocasión, quienes se escandalizaron con el pornógrafo fueron los clérigos de la socialdemocracia.

Al llegar al Instituto Municipal del Libro (nunca me cansaré de repetir su nombre), me encontré dos gratas sorpresas. Primero, que las conferencias las organizaba Silvia Grijalba. Segundo, que la inaugural era de Sabino Méndez. Con ambos crucé unas palabras después, en el intermedio. Berta me presentó a Grijalba, que precisamente me había escrito unos días antes para pedirme excusas por el lapsus (leve) de su Dios salve a la Movida, que conté aquí. A Méndez me acerqué mientras se estaba dejando fotografiar junto a unos fans y nos abrazamos con la efusividad de viejos nicks que se encuentran por vez primera fuera de internet. Aunque lo cierto es que yo me hubiera hecho otra foto de fan: ya escribí hace tiempo que me gustó mucho su Corre, rocker, y que encontraba en sus canciones la misma precisión y encanto que en los poemas de Jaime Gil de Biedma (buena "poesía del rock", ciertamente.)

Luego había una mesa redonda con Julián Hernández (de Siniestro Total), Javier Ojeda (de Danza Invisible) y Javier Díez (subdirector de Radio 3), además del propio Sabino Méndez. Entre el público, por cierto, estaba el poeta beat John Giorno, que tenía un recital-performance al día siguiente. El hombre, un anciano vigoroso, permanecía atento sin entender nada (no habla español), con una beatífica sonrisa zen. Me hizo gracia que, en el descanso, los de la organización se decían con alivio: "Qué bien está aguantando John, John está aguantando estupendamente". Y la verdad es que a mí también me hubiera gustado ser John, para no entender una de las frases que se dijeron en la mesa redonda.

Habían hablado ya todos, con inteligencia, con chispa, con originalidad, cuando le tocó el turno a Javier Ojeda. Este, como tenía poco que decir, se lanzó a ejercitar su gracejo. Era el eterno Malaguita de todas las milis. Y lo cierto es que tenía gracia: su gracejo funcionaba. Contó, por ejemplo, su momento de gloria académica: cómo una vez le intentó rebatir algo sobre el Mío Cid a su profesor de Hispánicas y éste contraatacó diciéndole que Danza Invisible eran unos Spandau Ballet de Torremolinos. La gente se echó a reír, y yo me eché a reír con la gente. La velada estaba siendo entretenida. Pero unas frases después, Ojeda, sin abandonar el tono simpaticote, soltó eso que Arcadi Espada llamaría un sanguinolento animalito: "Porque claro", dijo, "aquí si no llega a pasar lo del 11-M, gana otra vez el PP". Me quedé de piedra. Miré a Berta y ella tampoco daba crédito. Pero en torno, en la mesa y entre el público, todo seguía igual: buen rollito, risas. Anoté la frase para que no se me olvidara. Y después, en el turno de preguntas, alcé la mano. El último interviniente había dicho algo sobre sexo, y yo aproveché para enlazar: "Simplemente quisiera repetir la frase más pornográfica que se ha pronunciado aquí esta noche". La leí en mi papelito, sin ni siquiera mencionar a Ojeda. No era el tema del encuentro y yo sólo pretendía subrayar la frase, sin más: para que constara. Pero Ojeda saltó, con la inocencia de los pánfilos. Como era previsible, no tenía ni idea de lo que significaba la frase que él mismo había dicho. Le sugerí que se la anotara y la leyera y releyera, a ver si se daba cuenta. Pero soy pesimista al respecto. Ojeda, por supuesto, no es culpable de nada, es sólo un síntoma. No es, desde luego, un malvado: entre otras cosas, porque carece de la osadía maléfica que se requiere para asumir desnudamente lo que decía su frase. En cuanto pudo articularlo, dijo que él no deseaba que se hubiera producido ningún atentado, por favor. Y le creo. Ojeda tan sólo estaba montado en el magma mental imperante y se dejaba llevar. Es sólo una inercia, pero una inercia agresiva, avasalladora: implacable con los que se resisten.

Yo me caliento en exceso en estas trifulcas y no estuve elegante. No me estaba gustando mi manera de decir las cosas, pero al menos tenía el alivio moral de saber que yo era el hereje ahí, y ellos los inquisidores. O las monjitas que se ruborizan con las obscenidades. Me pareció especialmente significativa la mirada que me lanzó Julián Hernández. No llegó a intervenir, pero su mirada se me quedó grabada. Era (no puedo asegurarlo, pero lo apostaría) una mirada de odio. Una mirada (¡sí!) de escándalo. Luego en casa, rememorando, caí en ello y me sonreí: haber logrado escandalizar al inolvidable autor de "Mata hippies en las Cíes", "Ayatola no me toques la pirola" o "Me pica un huevo" (al que, si escarbamos, tanto le debe el personaje de AS) era algo con lo que yo, ciertamente, no contaba en la vida.

[Publicado en Nickjournal]

22.1.07

La auténticas punkies

Esta mañana he salido a esperar el anunciado desplome de la temperatura y los coletazos últimos del huracán por Europa. Quería recibir el frío a porta gayola, con el capote de mi bufanda; pero, una vez más, el toro ha salido afeitado. En vistas de que seguíamos en primavera, he dado la fiesta del invierno por concluida (¡ahora esperamos el invierno como Cavafis a los bárbaros!) y me he metido en la librería del Corte Inglés a hojear las (estas sí que heladas) novedades. Y entonces, morrocotuda sorpresa, me he encontrado con un párrafo mío. Lo reproduce la apollineriana pelirroja Silvia Grijalba en su Dios salve a la Movida, exactamente en la página 60. Ella se lo atribuye a Arcadi Espada, porque fue publicado en su blog... pero una periodista de vanguardia debería saber que una cosa es la cubierta del capitán y otra las hondonadas donde reman (o remaban) los galeotes. Este es el párrafo en cuestión:

Pero tanto Ana Rosa como María Teresa odian a su público: saben que ellas se parecen demasiado a él. El único que supo amar a las marujas fue Almodóvar, en Qué he hecho yo para merecer esto. Algún día se reconocerá el gran mérito estético y moral que tuvo Almodóvar al detectar, en plena Movida, que las marujas eran las auténticas punkies.

Es una idea, o una indicación, que mis fans conocen bien, porque la he repetido más veces. Las líneas que cita Grijalba corresponden al post [302] Escrito por: Atleta Sexual - 14 Septiembre 2005 12:16 PM. Añado, para redondear, otras del [361] Escrito por: Atleta Sexual - 1 Febrero 2006 12:19 AM.:

Por poner un ejemplo de su genialidad (y esto ya lo mencioné en este blog hace meses): Almodóvar supo ver, en plena Movida, que las auténticas punkies eran las amas de casa, con sus pastillas, sus chupitos y sus "no futures"... Cualquiera que se haya puesto a currar en esto de la creación sabe que ese tipo de descubrimientos (y su elaboración correspondiente) tiene mucho, pero muchísimo, mérito.

Aquí queda, para que conste. (Y Silvia, amor: exígele a tu documentalista que afine un poquito más en las referencias.)

19.1.07

Top-less con melodrama

Llegó la hora de hablar del gran tema de estas dos semanas: ¡la gallega de Cancún! Es curioso y sumamente morboso el modo en que Interviú (nunca dejaré de envidiar el apellido de su director: Cerdán, toda una declaración de principios) nos ha ido ofreciendo las fotos. En la primera entrega, tuvimos a una gallega artificiosa y pasada a tope por el photoshop: era como el elefantito de silicona, pero con tetas (no de silicona). En esta segunda, ya hay detalles naturalistas: ciertas irregularidades en el color de la piel, alguna insidiosa verruguita... Pero lo que en ambos lotes predomina es el melodrama del rostro. Ese rostro compungido no es un poema, sino justamente eso: un melodrama. Uno puede asomarse a una película de Berlanga por él (se trata, sí, de un melodrama castizo). Las estrecheces económicas de la peluquera y el marido (¡con lo imposibles que están las hipotecas!). La inesperada oferta de Interviú, que cae como una genuina "proposición indecente". Los debates de mesacamilla dentro del lecho conyugal. Las (sospechamos) poco convincentes reticencias iniciales del marido y el (sospechamos igualmente) secreto alivio cuando comprueba que su esposa está dispuesta a inmolarse tal Juana de Arco del top-less en la hoguera de la mirada pública... Y luego los incómodos flecos prácticos: la sesión fotográfica (¡el maquillaje, los focos, el fotógrafo de la melenita!), el cheque, la frialdad del cheque, la llegada a los kioskos de la revista y el eterno crepitar de las llamas durante la semana entera... Si no recuerdo mal, se fueron a Cancún a pasar la luna de miel. Pero me da a mí que estas fotos son ya el comienzo del divorcio. Lo malo es que ni siquiera habrá película: ¡se lo comerá todo la televisión!

[Publicado en Nickjournal]

16.1.07

El año de Radio 3

No se me ocurre mejor justificación del Estado que la existencia de Radio 3. Podría aducirse también la Sanidad, y la verdad es que yo me enternezco cada vez que visito un hospital público y veo a los enfermos allí acumulados bajo el cuidado estatal; cutre y deficiente con frecuencia, pero también cálido. Veo las sabanitas o esas bandejitas de plástico con el soso menú y me emociono. Siempre trato de visualizar ese gasto a la hora de pagar mis impuestos. Porque si lo que visualizo son los coches oficiales o los dispendios de autopromoción política, me deprimo. Con la Educación tengo un problema. Soy partidario (¡republicanamente!) de la Instrucción Pública. Pero el rebanamiento cerebral que ha provocado la Logse me hace pensar que podríamos suprimir esa partida presupuestaria. A cambio, naturalmente, habría que incrementar la de la Policía: el vaciamiento de las aulas causaría hoy mayores desórdenes callejeros que el vaciamiento de las cárceles. No es justo que los inermes profesores deban seguir ocupándose de esas hordas de delincuentes que son nuestros alumnos: auténticos lobos hobbesianos nacidos de pedagogos con el cerebro rebosante de mermelada Rousseau. Esos que aún no han aprendido que el buen salvaje no nace: se hace. Si se le deja hacer, se convierte en caníbal.

Pero volvamos a Radio 3. Conforme más lo pienso, más milagrosa me parece su existencia. ¿Cómo es posible que exista, en España, y pagada por el Estado, una maravilla así? ¿Cómo se ha colado una maravilla así? Cada mañana la sintonizo con el temor de que voy a encontrar un chisporroteo de nieve. Pero no: el milagro se renueva. Me siento como esos antiguos que temían que cualquier día dejase de salir el sol. Radio 3 lleva ya un montón de años, ¿pero cuántos más durará? Si algo me ha enseñado la vida es que hay que disfrutar del momento, porque cualquier rinconcito agradable, cualquier retícula por la que circule un poco de aire fresco, acaba siendo cerrada inevitablemente. En esto, como en tantas otras cosas, soy muy de Cioran, quien decía: "La vida es un infierno, cada instante del cual es un milagro". Y, por ahora, el milagro diario de Radio 3 se sucede.

Yo la escuché mucho en los ochenta, pero desde entonces no había vuelto a enchufarme a ella con la fruición con que lo he hecho en este recién acabado 2006. Me he pasado el año haciendo vida de gabinete, en que mis únicos esparcimientos (aparte de los eróticos) han sido los paseos por la playa y la música. La música también en la playa, por los cascos, rivalizando con el mar; y, por supuesto, en mi gabinete, a manera de mar sonoro. Creo recordar que Trías, en una de esas clasificaciones de las Artes que hace en sus libros, colocaba a la Arquitectura y a la Música como las dos artes esenciales, creadoras de habitabilidad. La Arquitectura, de habitabilidad del espacio; la Música, de habitabilidad del tiempo. Cuando uno pone música en la habitación, se le abre un desván de materia sutil. Aparece una ola invisible: literalmente, un mar de sensaciones (esta expresión le encantará a Antonio Gala, mas no por ello voy a reprimírmela). Los que estamos en este esforzado y áspero oficio de la escritura, no cesamos de envidiar a los músicos: nuestro público ha de hacer una pausa en la vida para atendernos; el de los músicos puede atenderlos en el curso de la propia vida -caminando, mientras conducen o follan, cuando se adormilan... incluso cuando leen. Sin literatura la vida sería posible. Sin música no. Y, si lo fuera, resultaría nefasta: un error, como señalaba Nietzsche.

Lo que uno descubre escuchando Radio 3 es la riquísima variedad de belleza y de talento que burbujea por el mundo. Hay miles (¡millones!) de personas haciendo las cosas bien. Toda esta riqueza apenas llega a las masas, que por esto son pobres. La maquinaria de los grandes medios de difusión emite sin cesar un grumo estólido que es el que configura la atmósfera estética que nos cubre (¡pegajosamente!). En realidad, esta atmósfera estética es ya un cielo sin capa de ozono, perpetuamente achicharrante. El paisaje general está perdido: sólo caben refugios. En este sentido, Radio 3 es un inagotable surtidor de sombrillas. Lo llamativo es que todos esos músicos actuales están metidos hasta las cachas en nuestro tiempo: su sensibilidad está conformada por la pluralidad de incitaciones que ofrece el mundo capitalista. Son sus mejores intérpretes, los que mejor saben gozarlo y surfearlo (y también sufrirlo de un modo fértil). Y a la vez ese mundo capitalista les cierra el Mercado, quiere ahogarlos y exterminarlos... pero al final, sorprendentemente, es el Estado el que nos permite enterarnos de la existencia de esos músicos y disfrutar de sus obras. Es una paradoja sólo aparente: el Mercado es también totalitario. El enemigo no es, pues, el Mercado en concreto ni el Estado en concreto, sino la perversa inercia que ambos tienen de configurar masas incapacitadas para una percepción estética singular. Por muy optimistas que nos pongamos, no podemos dejar de considerar que Radio 3 es una estricta excepción que nada contracorriente.

Pero las cosas también están estupendamente así -siempre y cuando uno haya caído del lado de los happy few. No se trata de elitismo, ni mucho menos: basta echarles un vistazo a nuestras, así llamadas, élites para comprobar en qué grado de embrutecimiento sensitivo y mental viven. Se trata más bien de una invitación a la aristocracia puesta al alcance de todos -de todos los que quieran merecerla. Hablo, como siempre, de aristocracia espiritual. La del oyente de clase media-baja, o de clase baja, que puede poner la radio y recibir la música de Paul Mounsey, por ejemplo, mientras los más afamados banqueros del país bailan estólidas sevillanas. Tiene su morbo, de hecho, que el paisaje sonoro sean las sevillanas y que uno pueda abrirse una catacumba en que suene Paul Mounsey. Es una variedad estética de la emboscadura de Jünger. Por eso poner Radio 3 me produce siempre regocijo.

[Publicado en Kiliedro]

16.12.06

El morbo de las listillas

Eso es algo que va a perderse con las cuotas: el morbo de las listillas. Esas mujeres adorables que mandaban por méritos propios. Habían tenido que esforzarse más que los hombres (del mismo modo que las de cuota tendrán que esforzarse menos), pero precisamente por ello constituían una auténtica aristocracia. Algunas no tuvieron más remedio que virilizarse en exceso, y son las que menos me gustaban. ¡Pero ah, las que se habían mantenido femeninas en medio de la jungla o el mar de tiburones! ¡Qué mujeres maravillosas! ¡Y se las veía tan contentas! Ahora mis queridas listillas, que pisaban con paso firme y tenían una autoestima a prueba de bombas, porque daban por hecho que su puesto era una expresión suficiente de su valía, se verán expuestas con las demás a la insidiosa pregunta: "¿Pero ésa, es de las de cuota?". La conjura de los necios sigue su curso...

15.12.06

Ideas empezadas

Lo primero que llama la atención en las columnas de Arcadi Espada es que comienzan in medias res. In medias res intelectual: con las ideas empezadas. No las vemos surgir ni arrancar pesadamente, sino que vienen ya en marcha, lanzadas a una enorme velocidad: como meteoritos que enseguida se estrellan en nuestro cerebro. Y lo hacen repetidas veces, en un juguetón chisporroteo: creo que Arcadi Espada es, hoy por hoy, el único periodista español capaz de producir orgasmos múltiples (también intelectuales, claro está).

Es conocida la frase de Ortega de que "la claridad es la cortesía del filósofo". Ahora esa cortesía se ha vuelto un lujo, porque lo es la sintaxis: para el filósofo, para el periodista, para el escritor y para cualquiera que trabaje con palabras. Es más necesaria que nunca, pero no basta. Se impone una cortesía mayor: lo que podríamos denominar el gasto neuronal. El índice de ideas que el escritor tiene a bien ofrecernos por página. Por ceñirnos al periodismo, resultaría interesante hacer la prueba de recolectar un montón de columnas del día y tratar de averiguar cuántas ideas contienen. Nos llamaría la atención la poca cortesía de nuestros columnistas, al punto de que ya nos daríamos con un canto en los dientes si encontrásemos una sola idea por columna. Y en estos casos, aún debemos resignarnos a seguir el cansino ritual: la presentación de la idea, su justificación a propósito de algún asunto de actualidad, sus esbozos de formulación, su estiramiento, sus coletazos y secuelas e incluso su defunción (por lo general, dentro de la misma columna). Al periodismo español le pasa lo que a las teleseries españolas (pongamos las de Milikito): su mecánica consiste en un estiramiento inane con el único objeto de rellenar un espacio, que normalmente sale muerto y sin electricidad. Uno puede dormitar durante la emisión o ausentarse para hacer sus necesidades (incluidas las amorosas), que nunca perderá el hilo. El hilo sigue siempre allí, parmenídeo, rocoso, indestructible durante la hora entera; sólo animado, si acaso, por la interrupción oxigenadora de los anuncios. Tomemos, en cambio, un capítulo de Los Simpson: traten de llevar la cuenta de las ideas que surgen a cada segundo y perderán (esta vez sí) el hilo famoso. Pues bien: Arcadi Espada, sin llegar a esos niveles epilépticos de intensidad, está más cerca de Los Simpson que de Milikito. La diferencia resalta de un modo casi ofensivo: es el que tiene dos ojos en el país de los tuertos (en el que también, ay, abundan los ciegos).

Las columnas de Arcadi Espada, así como las anotaciones de su blog, son un vibrante río de Heráclito. O mejor dicho: son el puente por el que nos asomamos al río de su pensamiento. Como dije al principio, se trata de un pensamiento que ya viene activado, y que atraviesa la página sin que le veamos nacer y morir: como un torrente. La metáfora acuática no deja de tener su pertinencia, incluso física: el propio Arcadi Espada contaba en el prólogo de sus Diarios 2004 que la meditación acerca de lo que va a escribir se produce "bajo la ducha". Nietzsche, al que sólo le parecían saludables los "pensamientos caminados" (y que detectaba nihilismo en las muchas horas que Flaubert pasaba sentado en su escritorio), tendría algo que decir al respecto. Por los resultados, podemos suponer que esa ducha asea y dinamiza la mirada de Arcadi Espada sobre la actualidad. Después, no sabemos si aún en albornoz (habría que ser Pilar Urbano para saberlo), se impone la "escritura rápida".

La originalidad de su punto de vista es un hecho: nadie dice lo que él dice, ni señala los matices que él señala. Salvo excepciones, los columnistas no dicen nada. Cuando dicen algo, suele ser un tópico (partidista). Y cuando no es un tópico, es porque ofrecen nueva munición contra el enemigo (igualmente partidista). Estos últimos son los más brillantes: pero siguen dejando mucho que desear. Un columnista como Arcadi Espada es todo un acontecimiento en el periódico. Un acontecimiento intelectual, pero también climatológico: despeja la atmósfera y refresca el ambiente. Baste echarle un vistazo a sus tres últimas columnas de El Mundo (en el momento en que escribo): nos encontramos con una razonada crítica a la mirada que María San Gil le dedicó al terrorista Txapote en un juicio (cuando todos la celebraban), una reflexión sobre la comida rápida a propósito de las intenciones gubernamentales contra una hamburguesa (bueno, hay que reconocer que aquí es más original el Gobierno) y una defensa atea de la Navidad.

La variada y matizada singularidad de su discurso tiene como referente inmediato la variada y matizada singularidad de la realidad. Una tarea como la suya tiene dos momentos: la captación de lo real y su encauzamiento intelectual mediante el lenguaje; lo que a su vez requiere dos higienes previas: una higiene de la mirada y una higiene de la expresión. Entre las dedicaciones de Arcadi Espada se encuentran por ello la reflexión sobre lo que impide la visión correcta de la realidad y la reflexión sobre las taras de la expresión que falsean el lenguaje. Resulta llamativo cómo ha rescatado para el periodismo, con desparpajo, esos elementos que la filosofía y la literatura habían manoseado hasta dejarlos inservibles. Y ha tenido además la astucia, para que su empeño sea moderno, de buscar la alianza con la ciencia y las nuevas tecnologías (fundamentalmente internet). De este modo algunos, leyendo a Arcadi Espada, nos hemos reencontrado inesperadamente con esas dos viejas conocidas que dábamos por muertas: la realidad y la capacidad del lenguaje para decir la verdad.

Y de paso se han vuelto más acuciantes nuestras duchas: porque estamos deseando salir de ellas para ver qué nuevas ideas nos ha puesto hoy por delante Arcadi Espada.

[Publicado en Kiliedro]

17.11.06

El éxito de Paul Auster

William Hurt en 'Smoke'
No he leído aún Brooklyn Follies y no sé si esa será la novela redonda que los austerianos esperamos de Auster. La última ha sido La noche del oráculo, y hay un momento en que parece que el autor va a lograrlo al fin. Pero otra vez naufraga. En esta ocasión aguanta un poco más, hasta los dos tercios en vez de hasta la mitad como nos tiene acostumbrados; pero de nuevo se le acaba desmoronando el edificio. El de esta novela es particularmente complejo. De hecho, ya es un prodigio haberlo conseguido armar y habernos mantenido durante tanto tiempo el interés; el salto desde ahí quizá ya sólo estaba al alcance de un genio. Y Paul Auster no es un genio.

Tampoco creo que sea, en realidad, un gran novelista, sino más bien un novelista menor: pero en el sentido no derogatorio en que se dice de un poeta que es un poeta menor (el famoso minor poet de los ingleses). Pertenece a ese género de artistas que no alcanzan el gran arte, pero sí atisbos, y que, en cualquier caso, muchas veces los preferimos a los otros; porque poseen esa cualidad que, a decir de Stevenson, resulta imprescindible para que las demás no se apaguen: el encanto. Uno entra en los libros de Auster y desde el primer renglón se reencuentra con el placer de la lectura. Auster consigue despertar la ingenuidad en lectores que ya han leído muchas novelas y que están, incluso, cansados de novelas. Esto, unido a que él mismo cae bien como persona y a que ha conseguido encarnar una imagen amable del escritor contemporáneo, hace que se le conceda un valor que siempre está unos grados por encima del que se merece. Auster es un buen escritor, pero no tan bueno como todos (yo inclusive) hemos decidido que es.

No empecé a pensar en este asunto hasta que leí un artículo de Elvira Lindo en que relataba la extrañeza de unos amigos neoyorquinos ante el éxito de Paul Auster en España, cuando en Estados Unidos no pasaba de ser un autor de tantos. Como si se hubiera pinchado una burbuja, sólo entonces me atreví a reconocerme a mí mismo que las novelas de Paul Auster habían terminado aburriéndome todas. Sin yo percibirlo, me había dejado llevar también por la ola de la estimación incondicional hacia Paul Auster. Es una de esas extrañas unanimidades que se forman en el mundo de la cultura. Los lectores necesitan a un determinado autor y, si no existe, se lo inventan: escogen a uno que vaya en la dirección anhelada y completan sus carencias con proyecciones propias. En el caso de Paul Auster, me parece que se ha buscado a un autor que escriba novelas modernas que se lean como antiguas; un autor que escriba novelas para adultos que puedan leerse con pasión adolescente. En España, además, hemos sucumbido al cosmopolitismo de su mundo norteamericano, y a la mitología particular de Brooklyn: quizá por respirar un poco de aire exterior en medio de nuestras estólidas "realidades nacionales".

El lector español habitual no repara en que Auster sólo cumple a medias esa promesa: únicamente en el tramo en que logra mantener en pie sus narraciones. Luego éstas se hunden, o se precipitan, o se deshilachan, o se pierden en vías muertas... Pero, paradójicamente, puede que en este fracaso esté la prueba de su éxito artístico; o, al menos, de su honestidad como escritor.

En el que es, sin duda, su mejor libro, el único que me parece redondo y sin tacha, La invención de la soledad (y que, significativamente, no es una novela), Auster traza un mapa minucioso de sus obsesiones: la memoria, la casualidad, la paternidad, la identidad, la ficción de la realidad y la realidad de la ficción, la habitación como lugar de aislamiento y de regeneración, la habitación como lugar de la soledad del escritor... Las asociaciones que va estableciendo al hilo de esto último son de alto voltaje: la habitación del escritor – la frase de Pascal referente a que la infelicidad del hombre se basa en que es incapaz de quedarse quieto en su habitación – la habitación donde Ana Frank esperó la muerte – la habitación donde Hölderlin vivió sus cuarenta últimos años de locura – la habitación donde Emily Dickinson escribió toda su obra – la habitación de Van Gogh – la habitación en la que están solas las mujeres de Vermeer – Robinson Crusoe en su isla – Jonás en el vientre de la ballena – Pinocho y Gepetto en el vientre del tiburón – Pinocho salvando a su padre – Eneas salvando a su padre – Mallarmé velando a su hijo muerto – el hijo de Auster aislado en una cámara de oxígeno para salvar la vida – Scherezade salvando su vida mediante la narración de historias... La invención de la soledad es el libro en el que Auster encuentra (o forja) su voz. Todas sus novelas posteriores se desprenden del semillero que es ese libro. Y la paradoja apuntada en el párrafo anterior consiste en esto: para ser fiel a su libro fundacional, Auster no ha podido escribir sino novelas fracasadas.

El propio autor lo indica: "En un trabajo de ficción, se da por sentado que hay una mente consciente detrás de las palabras de una página; pero ante los acontecimientos del así llamado mundo real, nadie supone nada. La historia inventada está formada por entero de significados, mientras que la historia de los hechos reales carece de cualquier significación más allá de sí misma". En sus novelas, Auster reproduce como escritor lo que suelen hacer sus personajes: perseguir una obsesión, internarse por caminos que pronto se revelan como laberintos que conducen a la soledad... Los personajes de Auster suelen perderse o toparse con un muro más allá del cual no hay nada. Y al escritor Auster le pasa lo mismo: llega un momento en que sus novelas pierden fuelle y sustancia, y la narración se acartona. El lector crítico lo lamenta y echa de menos la perfección. Pero ¿y si ese fracaso narrativo fuese el efecto estético que a esas novelas les corresponde? Algo así como la decepción que le produce al lector que se interna con ánimo romántico en La educación sentimental de Flaubert. O aquel pensamiento tan sutil de Duchamp acerca del tedio que producían los happenings: "Es una forma de ennui, de hastío, y cuanto más te aburras más happening es. Aburrimiento no es la palabra adecuada, pero en un happening las cosas pasan, sin más, como pasarían en cualquier otra parte. Es una forma agradable de indiferencia".

El caso es que el éxito acrítico que Paul Auster tiene en España le hurta su auténtico valor artístico: el que anida en esa segunda mitad fracasada de cada novela (o en el último tercio, en La noche del oráculo), en ese aburrimiento y desasosiego que desprende y que termina convirtiendo al lector que lo percibe en un personaje de Paul Auster.

[Publicado en Kiliedro]

28.10.06

Otra tarde con Woody

Ayer fui a ver la nueva película de Woody Allen: como todos los años, a la primera sesión del viernes de estreno. Para mí es una declaración de principios. No ignoro que comparto esta costumbre con sectores particularmente desagradables de la población (v. g. la familia Trueba); pero mi personalidad y mi amor a Woody son tan fuertes, que surfeo olímpicamente la incómoda coincidencia.

Pero ayer cometí un error. Llegué con diez minutos de retraso y tuve que esperar a la sesión siguiente. Me encontraba en uno de esos Shoppings que incluyen el inevitable Multicines Imax. A las cuatro y diez de la tarde, aquello no es más que un prepararse para la agitada noche: camareritas limpiando mesas, mozos barriendo o colocando sillas, heladeras desangeladas... Fue en ese tiempo de espera cuando me asaltó el otoño este año. Hasta ayer yo había seguido viviendo más o menos en el verano, con este calor que persiste hasta en los días de lluvia. Pero tener que pasarse una hora y cincuenta minutos en un Shopping le hace a uno madurar. Deambulé un rato. Miré a un puñado de adolescentes que se terminaban sus hamburguesas en el MacDonald's. Observé los chorros de una fuente que bailoteaban para nadie. Cuando me aburrí, entré en una librería de segunda mano de esas que venden saldos mezclados con chucherías... Entre los libros encontré La invención de la soledad, de Paul Auster. Yo lo tengo en casa, pero a veces trae cuenta pagar cinco euros por llenar una hora. Me senté a repasarlo en la terraza de un Gambrinus (esto de las franquicias, en verdad, son como el sol: te acompañan en cualquier parte del planeta). Abrí al azar y encontré esta frase: "Para él el mundo se ha reducido al tamaño de esta habitación y debe permanecer en ella hasta que logre comprenderlo. Sólo una cosa resulta clara: no podrá estar en otro sitio hasta que no haya estado aquí. Y si no logra encontrar este lugar, sería absurdo que se propusiera buscar otro." A las seis menos diez me levanté y fui al Multicines. Pero el chico que pica las entradas me dijo que aún no se podía pasar. Había habido un contratiempo al comienzo de la primera sesión y la proyección se retrasó quince o veinte minutos. La siguiente empezaría no a las seis, sino a las seis y veinte. En compensación, y para amenizar la espera, ofrecían una sesión gratis en la Sala Imax. Me dio unas gafas enormes, de plástico, y me indicó la puerta. Mientras me dirigía a ella traté de digerir sentimentalmente el hecho de que la película de Woody me había estado esperando... y a mí ni se me ocurrió preguntar.

En la Sala Imax éramos todos, desde luego, personajes de Woody Allen. Habíamos acudido un viernes por la tarde a ver a Woody y nos encontrábamos allí, con nuestras gafas gigantes, viendo en tres dimensiones carreras de coches con acelerones y accidentes, helicópteros sobrevolando el Gran Cañón del Colorado y el mundo microscópico de las hormigas aumentado a un tamaño de cincuenta metros. Era, ciertamente, una vida rutilante: la vida rutilante que habíamos decidido no vivir. Al fin se encendieron las luces y pasamos a la sala buena. Y allí nos recibió, un año más, Woody. Scoop fue muy bien definida ayer en la prensa: se trata de una comedia menor. Una comedia menor y absolutamente deliciosa. Un Woody Allen envejecido, canoso, ya cansado... y en estado de gracia una vez más. Un argumento simplote pero encantador, de una previsibilidad alada y enternecedora. Y Woody más payasete y más chistoso de lo que nos tenía acostumbrados últimamente, quizá porque le inspira ser un neoyorquino en el Londres del príncipe Carlos. Y así se fue pasando la sesión: agrado, felicidad y, de vez en cuando, la conciencia del asiento de la derecha (o quizá el de la izquierda) vacío. Poco antes de las ocho, en los aparcamientos al aire libre del Shopping, un cielo recién anochecido, azul cobalto, que combinaba con el hilo musical. Y después encuentros y risas, y puede que sexo. Y luego una noche más, menos oscura: porque era la noche de otra tarde con Woody.

9.10.06

Mi historia con Marisa Monte

Marisa Monte en Madrid, 13-IX-2006


Este septiembre he faltado por primera vez a mi cita con Marisa Monte, en su gira española, desde 1994. Quizá he entrado en la fase en que la presencia es algo secundario y lo principal se vuelca hacia dentro, hacia lo que se abre o se descuelga por la imaginación. El universo ya está entero en uno mismo: sólo hay que sacar filones. Ponerse la escafandra y hundirse en las aguas calientes.

A Marisa Monte la empecé a escuchar hace exactamente doce otoños. Su nombre me sonaba del programa de Carlos Galilea en Radio 3, Cuando los elefantes sueñan con la música, pero no me había fijado especialmente en ella. El día inaugural fue el 21 de septiembre de 1994, y empezó con una pista falsa. Leí un artículo de Antonio Muñoz Molina sobre el disco que acababa de sacar Eric Clapton, From the cradle, y sentí la necesidad urgente de ir a comprarlo. Era ya mediodía. Todo estaba cerrado menos la tienda de discos de El Corte Inglés, en la época en que aún era un lugar suntuoso y no un despojo como ahora. El de Clapton no estaba, pero yo había salido a comprar un disco (esas ansiedades del consumismo cultural) y fui a elegir otro a la sección de Música Brasileña. Bueno, en realidad esa sección no existía, sino la de Música Latinoamericana en general, que ha sido una fuente constante de irritaciones en mi vida. Pocas cosas detesto más que ir en busca de Caetano Veloso, Chico Buarque, Antonio Carlos Jobim o Adriana Calcanhotto y que me salgan al paso Quilapayún, Lucho Gatica o los Calchakis; y todavía escapa uno con suerte si se ha librado del adocenado Víctor Jara, cuyo "Te recuerdo, Amanda" es probablemente el mayor canto a la alienación del obrero que se ha escrito nunca (menos mal que ahora han hecho una versión los Astrud y han liberado el lirismo que había por debajo de ese ladrillo kitsch). En fin: vi el primer disco de Marisa Monte, titulado sólo con su nombre, y lo compré. Llegué a casa. Lo puse. No sé decir qué sentí, porque en realidad no sé decir qué sentía antes de haberlo escuchado. En mi memoria, "1994" y "otoño" son ya ese disco. Hay un eco de tiempo en él: no es que Marisa Monte esté en 1994, sino que 1994 está en Marisa Monte; aquel año y mi vida como subproductos de esa música. "Bem que se quis", "Chocolate" y, por encima de todas, "Preciso me encontrar"... Fue, sí, enamoramiento. La música era inseparable de la mujer. También esa cosa encantadoramente patética de los fans, que yo sólo he sentido con Marisa Monte.

En las semanas siguientes conseguí también Mais y Cor de rosa e carvão, que era su novedad de aquella temporada. Al poco me enteré de que iba a venir a España a presentarlo, en noviembre. Aquel otoño estuvo imantado por aquel acontecimiento. Encargué a Hervás, en Madrid, que comprara las entradas con mucha anticipación (¡toda anticipación era poca!), y el día del concierto partí de Málaga con Weil, en su viejo Ford. El viaje fue una tópica odisea, pero no por tópica dejamos de arriesgar auténticamente nuestras vidas. Ocurrió que se nos echó encima el tiempo, que se desató una tormenta por La Mancha y que tuvimos que avanzar a toda velocidad por una cortina de niebla y lluvia que apenas nos dejaba entrever un palmo por delante. Fue una genuina peregrinación: nos impulsaba la idea de que muchos kilómetros detrás de la atmósfera opaca había una mujer tropical.

Llegamos a tiempo, pero el espectáculo se retrasó. En el mismo escenario del Teatro Monumental habían estado grabando un concierto de la Orquesta de RTVE y tardaron mucho en montar el equipo de Marisa Monte y su grupo. Lo hicieron mal, además, porque el sonido resultó ser horrible. Musicalmente fue imposible sacarle placer al acontecimiento. Pero quedaba la mujer, que era además lo nuevo: la música ya la teníamos en los discos. Recuerdo que salió vestida con un traje negro que recordaba a Rita Hayworth en Gilda, con los hombros desnudos, de piel blanquísima, y unos guantes largos que llegaban hasta más arriba del codo y que se quitó luego (pero, ay, sin numerito de strip-tease). Sus ademanes eran todavía rígidos, solemnes, más de diva de ópera que de estrella del pop. Yo saqué mis prismáticos y me puse a observarla. Descubrí lunares. Gestos íntimos de los ojos y los labios. Minúsculas tensiones del cuello y los brazos. Como decía Luis Antonio de Villena en uno de sus poemas: "Hechizo de presencia viva". Sentía también el trastorno de encomendarme a esa Virgen que se inventó Pessoa, según le leí a José María Alvarez: "Nuestra Señora de las Cosas Imposibles Que Anhelamos En Vano". A pesar de ello, mi memoria de aquella velada se ha quedado como suspendida en irrealidad. Se había anunciado que el concierto iban a emitirlo unas semanas después por televisión, y eso hizo que mi atención se quedase liberada de la pulsión de fijar. Fue como un aplazamiento mental: dejé para ese momento posterior el momento presente. Pero sucedió que el concierto nunca llegó a emitirse, sin duda por la mala calidad del sonido. Así que ahora debo tratar de resucitar en mi memoria los momentos que viví aplazándolos.

Después he ido a tres más, siempre en años pares y en otoño: Granada 1996, Málaga 1998, Madrid 2000; y me he ido comprando los cinco discos siguientes: Barulhinho bom, Memórias, crônicas e declarações de amor, Tribalistas (con Carlinhos Brown y Arnaldo Antunes) y los dos de esta temporada, Universo ao meu redor e Infinito particular. Los conciertos de Granada y Málaga, en teatros, sonaron perfectamente. Marisa Monte ya había cobrado aplomo y a la vez soltura. Su apoteosis pop fue en el de Madrid en octubre del 2000, en que apareció tocada con un pelucón a lo María Antonieta, que se quitaba luego de un manotazo que era como saltar del siglo XVIII al XXI, en plan mujer moderna. Por desgracia, el concierto fue en La Riviera y sonó mal, como ocurre siempre en esa máquina atroz de triturar música. Aparte de la pésima acústica, a La Riviera le pasa como al Calle 54: los dueños quieren que todos sepan lo mucho que facturan, por eso les encargan a los camareros que hagan todo el ruido posible con las botellas, los vasos y la caja registradora.

Pero la emoción estuvo esta vez antes y después del concierto. Yo me había sacado, como siempre, la entrada con mucha antelación. Pero cuando faltaban pocos días, perdí la cartera con ella dentro. Corrí como loco a la Fnac a comprar una nueva, con miedo de que ya no quedasen. Por fortuna, el amor hacia Marisa Monte no es universal y conseguí otra. Recuerdo que luego, en la denuncia de Comisaría, me recreé escribiendo el nombre de Marisa Monte en la relación de lo perdido, como un toque de color en aquel informe gris. El caso es que encontré mi cartera el día después del concierto. No se me había perdido en la calle, sino en un rincón de mi casa. Y allí estaba la entrada, ya por siempre sin usar. La miré conmovido por su pequeña tragedia. Una entrada es un trozo de papel que lleva escrito un nombre, y ese nombre es su destino. Si lleva el nombre de "Marisa Monte", significa que ese trozo de papel se acercará un día físicamente a Marisa Monte (un día que también lleva escrito). Aquella entrada mía se lo perdió; se quedó entera y sin destino. Y pienso ahora si mi ausencia del concierto de Marisa Monte este 2006 no habrá sido por serle fiel a aquella entrada.

[Publicado en Kiliedro]