1.7.07

Caliche 17

Buenos Aires al atardecer


La prehistoria de mi personaje internético tuvo lugar en Starmedia, un portal que no sé si aún existe. A principios del 2000 desemboqué en él buscando fotos pornográficas de negras y latinas, que no encontré. A cambio, vi un listado de chats y me decidí a entrar por primera vez en uno, que frecuenté a partir de entonces: el de la sala Literatos, del apartado Bohemios. Allí solía juntarse una estomagante patulea de letraheridos mexicanos, colombianos, uruguayos, argentinos, chilenos y puertorriqueños. Yo era el único español, y presumo que por mi culpa se llevaron una impresión bastante averiada de los modernos habitantes de la Madre Patria.

Las (pocas) veces que entraba con una actitud no enteramente destructiva (constructiva no la tuve nunca), mi nick era el de Maestro Zen. Pero lo que me gustaba era entrar como un soez dinamitero, en fin, como el AS que todos conocéis —sólo que ignorante de que mi conducta ya estaba catalogada como de troll (saberlo me hizo perder la inocencia). Mis nicks en esas ocasiones eran, según mi ánimo, Micropene o Superpollón. Me daba igual presumir o humillarme, lo decisivo era la anormalidad del miembro, el impacto procaz que producía. Aquella sala era un lugar mucho más tierno y cursi que el Nickjournal: allí se hablaba ante todo de literatura y se ejercitaban sin pudor los buenos sentimientos. Para un provocador, no podía haber mejor público. Yo entraba como Micropene, por ejemplo, y lanzaba esta bombita fétida: "Todo eso está muy bien. Pero hablemos de un tema realmente poético, el único tema realmente poético, me atrevería a decir: mi micropene de 6 centímetros." O bien, si entraba como Superpollón: "Todo eso está muy bien. Pero hablemos de un tema realmente poético, el único tema realmente poético, me atrevería a decir: mi superpollón de 36 centímetros." Y ahí se liaba. ¿Os imagináis una sala llena de latinoamericanas hipersensibles (muchas de ellas castristas), cacareando escandalizadas? Yo me lo pasaba pipa, ciertamente. Fue por aquel entonces cuando me volví un adicto a internet: un psicótapa de las payasadas fáciles, un bufón ilustrado...

Pero lo que yo quería contar era lo que me ocurrió una noche en que entré como Micropene y sólo había una persona en la sala, que firmaba como Caliche 17. Como suelo hacer cuando el nick es ambiguo, le solté a modo de saludo: "Oye, Calichín, ¿tú que gastas, chocho o cipote?" Me dijo que era un chico, argentino, de 17 años (cómo no). Yo empecé a meterme con él, que si valiente cabronada del destino la de haberle hecho nacer en Argentina, que no es un país, sino una trampa (como decían en Martín Hache), que qué quería ser, si psicoanalista, dentista, o las dos cosas a la vez, que si Sabato era tonto, Borges impotente y Cortázar cursi, que qué bueno que los argentinos se hayan inventado la palabra "atorrante", porque así sabemos cómo definirlos... Yo estaba ya embalado con mi show cretino cuando el chaval, que no se había escandalizado, ni se había defendido, dijo sencillamente: "Voy a suicidarme."

Estuve a punto de lanzarme a hacer chistes sobre el suicidio, a recomendárselo muy vivamente ("un argentino menos", etc.), pero algo me contuvo. No sé, tal vez fuese una inesperada intuición por mi parte, yo que de intuición suelo andar flojo. El caso es que le pregunté el motivo. Y me vi embarcado de pronto en la triste historia de su vida, que me fue contando convincentemente a lo largo de varias horas y que resumiré por no alargar este escrito. Sus padres, de la alta burguesía de provincias, personas muy estrictas y creí deducir que afines a la extinta dictadura militar, lo habían mandado hacía varios años a Buenos Aires a estudiar el bachillerato. El primer año se aficionó al juego, en el que perdió mucho dinero, y no aprobó el curso. Pero mintió a sus padres diciéndoles que sí. Los siguientes años pasó lo mismo. Ahora creían que su hijo estaba a punto de entrar en la universidad, cuando ni siquiera tenía primero de bachillerato. A la vez, el muchacho había contraído tremendas deudas con prestamistas hampones... La mentira lo había aislado del mundo (había engañado también a sus amigos y a su novia; "soy mitómano", decía) y ahora sólo encontraba solución en el suicidio.

Me pasé, como digo, varias horas hablando con él. Le escuché, le di consejos. De vez en cuando caía en la cuenta de mi ridícula situación: yo allí vestido de Micropene intentando evitar que un chaval se suicidase en Argentina. También me preguntaba por el significado de su nick, que no me sonaba (me imaginaba que sería algún argentinismo). Poco a poco Caliche 17 fue entrando en razón, hasta que por fin me dio las gracias, me dijo que le había venido muy bien hablar conmigo, y se despidió. Apagué el ordenador, agotado. Antes de irme a dormir busqué en el diccionario el significado de la palabra, sin esperar nada llamativo, por simple curiosidad. Pero al leerlo vi a aquel chico: "CALICHE: Pequeña costra desprendida del enlucido de la pared".

[Publicado en Nickjournal]

26.6.07

Sociología de la caseta

Los libros me gustan en las librerías. A la Feria sólo voy, lo reconozco, para ver famosetes en sus casetas. Con la música me pasa igual: me gusta quietecita en sus grabaciones; si acudo a los conciertos es únicamente por sentir el fechitismo de los cantantes ao vivo (suelen ser de Brasil).

La acumulación de libros me marea. No soy de los que se concentran en el suyo, sino de los que no pueden dejar de pensar en todos los que no están leyendo mientras leen el suyo. Siempre he sido sensible a argumentos como los de Gabriel Zaid en Los demasiados libros, que es otro libro. La Feria del Libro la veo, en cierto modo, como una maldición. O como una erupción obscena en pleno parque. Estaban allí los tranquilos vegetales (limpiamente antibaudelerianos), y de pronto plantan las casetas con sus podridos frutos. Y algunas, las que yo busco, también con bicho. No recuerdo quién era el que lo decía (¿Manuel Vicent?), pero lo cierto es que la caseta con su escritor firmando es una caseta con bicho. Sólo ante ella me detengo.

No suelo decir nada. De hecho, jamás le he dicho nada a ningún escritor (salvo a Vargas Llosa, pero eso lo contaré otro día). Tan sólo me planto y observo. El escritor no tarda en darse cuenta. Y se pone nervioso: especialmente si está recibiendo los elogios (por lo general baratísimos) de algún fan. El caso que recuerdo con mayor regocijo fue el de Jiménez Losantos hace un lustro. Sus fans le soltaban enormidades que él recibía con cierto pudor, pero sin violentarse. Entonces advirtió que yo (un desconocido con cara de palo, para él) estaba siendo testigo. Vi cómo se avergonzaba.

A otros les falta ese pudor. A Antonio Gala, por ejemplo: siempre dispuesto a recibir su elogio y a lucirlo en la pechera de su jersey color pastel. Gala firma con el gesto del que pide pomada (que es lo que da en su prosa: quid pro quo). Al verlo tan encorvadillo, me acordé de un programa de Canal Sur en que presentó sus poemas hace unos meses. Antes de leer uno, avisó con voz quebrada: "Escúchenlo bien. Es conmovedorrr". Lo escuché bien, pero, naturalmente, la conmoción no se produjo: contraviniendo las premisas estéticas del siglo, el poetiso había puesto el carro por delante de los bueyes. (Gala es de los que siguen creyendo que una rosa puede conmover sólo porque es una rosa: en este sentido, no deja de tener su heroísmo trasnochado.) El día que lo vi estaba Carmen Posadas en el otro extremo de la caseta, y aquello parecía una competición para ver quién se había gastado más en cremitas para el cutis. Pero mientras que la cola de Gala era sólida, la de Posadas se reveló volátil. Terminó de firmarle su ejemplar a una chica, y todos los que iban detrás se retiraron: era una cola sólo de mirones.

En cualquier caso, uno percibe a Gala y a Posadas como escritores flojitos, pero no como impostores. Los impostores son otros: concretamente los hautores de libros de autoayuda. Estos son libros que, por cierto, pueden prestar ayuda efectiva: pero eso depende al 99% de los lectores (como les ocurriría con los libros que no son de autoayuda). El primer autoayudista con el que me crucé fue Bernabé Tierno, que lucía su cara descolorida y asténica debajo de un cartelón con la portada de su libro: Optimismo vital, ilustrada con una corbata de pajarita roja. La imaginación de uno (que en verdad ama la alegría) vuela hacia la jeta de un Chencho Arias antes que a la del tierno besugo que tiene delante y que en este momento le está diciendo a una clienta: "Léelo bien, que te va a cambiar la vida". (El tuteo optimistozapateril expandiéndose como fórmula comercial homologada.) Más allá estaba otro predicador tristón de la felicidad: Enrique Rojas, con su Adiós, depresión. Y, por fin, mi tahur favorito: Jorge Bucay, el Jabalí de la Pampa. Le lancé una mirada de odio, por ver si la notaba; pero creo que el tilín tilín de su caja registradora le nublaba la vista. La puntilla se la dio una fan, involuntariamente, en otra caseta. Escuché que le pidió al dependiente: "Un libro de Bucay. Y si no tiene, uno de sudokus". (¡Esa sí que sabe lo que es la autoayuda!)

Rozando el género, aunque salvándose en el fondo porque lo que hace es ayudarse descaradamente a sí mismo, estaba Sánchez Dragó. Presentaba su libro Derechazos. Pero al lado, vendiéndolo a la vez, tenía otro antiguo: El sendero de la mano izquierda. Un target amplio, a diestra y siniestra, del que sólo quedan fuera los paladares literarios exquisitos, que son (¡somos!) una ruinosa minoría.

Entre caseta con bicho y caseta con bicho, suenan de vez en cuando los altavoces, anunciando más bichos. Esta vez me conquistó un nombre: Isabelo Herreros, que no sé qué ha escrito. ¡Isabelo! ¡A ese ya se lo escribieron todo en la pila bautismal! También llegan, como bofetadas, títulos imposibles. La fabulación del plectro, juraría que oí. (Si Dios tuviese malicia, su autor sería el mismísimo Isabelo Herreros, a pesar de la asonancia, y no el otro con cuyo nombre no me quedé.)

Me impresionó ver a César Vidal, enorme (¡y lampiño!) como hipopótamo en camisa de verano. Un amigo mío le llama, con irresistible mal gusto, "la gorda macho de la Cope". Más allá estaba también Cristina López Schlichting, que supongo que será la hembra (se lo tengo que preguntar a mi amigo). Firmaba el libro Hablando de sexo con Cristina, y yo mismo estaría gustoso de hacerlo: a mí esa mujer me va. Vidal tenía un guardia de seguridad filtrando la cola, y una que pasó dijo: "Con guardia de seguridad. ¿Por qué será?". Delante de la de Schlichting escuché esto otro: "No se morirá, hija de puta". De modo que existe, pues, la famosa crispación: sólo que lanzada desde los palacetes del talante. Creo que esos dos venían de la caseta con la fila más larga: la de Joaquín Sabina. De éste había leído un par de días antes una de esas frases folklóricas y autocomplacientes con que nuestros acomodados rebeldes se descuelgan de vez en cuando: "Almudena Grandes y yo tenemos el mejor público de España". Está claro que muchos habían picado y, numerosos en la cola, querían sentirse los mejores (facturándole al factótum).

Igual que en los salones de la alta sociedad, se dan también coincidencias odiosas (para los protagonistas). Como en una caseta donde estaban León Arsenal y un tal Jorge Magano (¡le apunté el nombre!), ambos con camisa negra y con perilla. Tipos originales y se supone que con muchísima personalidad, pero repetidos como burbujitas de Freixenet. En otra caseta estaban Ian Gibson y Benjamín Prado, tal vez espiándose de reojo para que el otro no le quitase cacho de la Guerra Civil. En ocasiones la caseta hace al monje, como la de Torremozas, con unas mujeres de armas tomar (¡había una con gafas negras atusándose el pelucón!). O la caseta católica, o la caseta comunista, o la caseta alternativa, o la caseta rockera, o la caseta zen: todas con bichos uniformados hasta en los gestos. Mario Luna vendía su Sex Code disfrazado de galán metrosexual (igualito que si Melville se pusiese a vender Moby Dick disfrazado de ballena blanca). Y el librero de la caseta donde el congoleño Miampika firmaba sus Voces africanas llevaba puesta una camiseta de Coronel Tapioca (¡lo juro!). Por cierto, que la de la Editorial Mundo Negro tenía un cartel que parecía un reclamo facha: anunciaba la revista Aguiluchos.

Luis Alberto de Cuenca llevaba una camisa que le hacía parecer un componente secreto del Dúo Dinámico (habría tomate entonces: un dúo que en realidad es trío... ¡más dinamismo aún!). Mercedes Abad producía ternura por ser una feílla con sombrerito, muy coquetamente puesto. Lucía Etxebarría, como siempre, estaba como al borde del estallido físicoemocional. Rafael Reig exhibía con excesiva desenvoltura su cubata, obediente a su fama de campechano. Y Marta Rivera de la Cruz miraba el río de lectores que pasaban de largo, con los codos apoyados en el mostrador y la cara encajada en las manos: ella sí tenía tiempo de pensar en su próxima entrega. Recordé lo que había dicho unos días antes en el programa de Sánchez Dragó. Este había entrevistado al tal F. M., con su parafernalia de iniciales y luces que dejan en sombra la cara, y después la escritora dijo (ya con focos): "Yo le diría a F. M. que no hace falta que se esconda tanto, porque nadie se fija en los escritores".

Y así es (descontando casos enfermizos como el mío). En realidad, someterse a los focos y a las entrevistas y dejarse encerrar en una caseta son gestos de humildad. La Feria del Libro es, pues, una Tebaida, con sus cuevas llenas de santitos: penitentes todos, triunfadores y fracasados. Y con sus guapas libreras, como vírgenes (¡pecadoras!) en sus hornacinas.

[Publicado en Kiliedro]

19.6.07

Homenaje (melancólico) al Fary

El Nickjournal como fuente de noticias. De noticias fúnebres, como esta de la muerte del Fary. Aquí me he enterado y aquí suspiro. La semana pasada estuve leyendo los Diarios 2001 de Arcadi Espada y ahí venían unas hermosas consideraciones sobre las necrológicas. La más emocionante: que la necrológica suele ser la última vez que se habla de una persona. Esta puede que sea la última vez que hable yo del Fary. (Me suelto en deshilachadas anotaciones:)

Ni me gustó ni me dejó de gustar. Era feo y nos acompañó treinta años. Nos reíamos de él, pero le teníamos cariño. Uno lo evoca y se le distiende el corazón. No fue un cabroncete.

El pueblo acuñó esta frase: "Eres más feo que El Fary chupando limón". A una profesora de la Universidad la habíamos apodado "El Fary", y sentíamos que era el peor mote que podía ponérsele a una mujer. Pero lo cierto es que se parecía muchísimo al Fary. Y tampoco era mala persona: con esa cara parece imposible ser mala persona.

Yo asistí en directo a la presentación del Fary, por la tele. Era en un programa de Íñigo en que se descubrían nuevos talentos, o talentos a los que la fama les había pasado de largo. De allí salió el rubio Iván, creo. Era un triunfito avant la lettre. Y también salió El Fary, con su furia de feo traspapelado. Se agarró a la fama como el jinete de un rodeo a su potro. Se le suponían muchas deudas y muchos hijos. Se le suponía una miseria que la fama taponaba. No se ocultaba, no se adornaba: quería comer, quería vivir bien. Los pobres suelen querer esas dos cosas. (Son los burgueses los que quieren cambiar el mundo.)

Una vez cantó en el programa de aquel presentador soso y amable, Pablo Lizcano. Después, se incorporó a la tertulia, que era de mujeres bravas. Hablaban de feminismo. Llegó el Fary y lo primero que dijo fue: "Ojú, cuántas mujeres. Es para echárselas todas al hombro". Le llovieron palos retóricos, insultos, improperios. Por la escena, así transcrita, puede parecer que se lo merecía. Pero en la tele se apreciaban los tonos: El Fary habló con dulzura (una dulzura, sí, algo ensuciada por una retórica vieja –pero de temperatura cariñosa), mientras que las feministas escupieron con hosquedad de machotes que ponen los cojones encima de la mesa (presas también de una retórica previsible).

Algunas de sus canciones tenían su punto. La del "torito bravo", que "va p'a semental", el que "tiene botines y no va descalzo". Y otra que pasó más inadvertida pero que era todo un ideario estéticomoral. "Categoría" se titulaba, y era una extraña canción de exposición abstracta de un concepto. Nos hacía pensar que el pueblo llano no hubiera desentonado en clase de Heidegger (cosa que sí haría el 99% de nuestros filósofos).

En su serie televisiva recuerdo una escena ciertamente inolvidable. El Fary se acerca a la barra de un bar. Hay un grandullón que no le deja sitio. El Fary intenta meterse, pero el grandullón le dice: "¿Adónde vas, enano?". A lo que responde el Fary, antes de lanzarse a pegarle: "Enano no, ¡recortaíto!".

Desapareció unos años, y ahora ha muerto.

2.6.07

Beneficios ópticos del follar

Accidente (Ponce de León)
Normalmente uno folla y luego se queda retozando. Pero la otra noche, por circunstancias de la vida (¡que no pienso explicitar!) follé y luego tomé el vehículo... para regresar a mi casa. Esto último es lo de menos (invéntense las historias que quieran). Lo importante, de lo que yo quiero hablar aquí hoy, es del trayecto, del trayecto vehicular y conductoril con los testículos bien descargados y aliviados (¡sí, de cintura para abajo mi corazón es infiel!) y los aromas del cuerpo ajeno todavía impregnando el propio (¡hipócrita lector sin bable y sin fritura!) sobre el sillón.

Durante el trayecto, pues, en esa tesitura del gozo recién satisfecho, el mundo se presenta diáfano al volante. El mundo que es noche en este caso: recalcada noche en sus perfiles nítidos. Asombrosamente, es noche iluminada por el sol que destellan los ojos (alonseados reflectores). Un mirón es entonces menda: un mirón no ya de cuerpos, sino del cuerpo del mundo; como si la autopista siguiese siendo la cama, con los sentidos potenciados. La cabeza está en el centro, con despejamiento zen. Hay una pulcritud de cuerpo recogido (¡sin lucha!) en su límite. La mano al volante, los pies en los pedales y una musiquilla sonando (recomendable que sea bossa nova). El hombre es mejor así, después de haber follado. El deseo-acicate provoca un estado de perturbación. Es mejor el de luego. La reconciliación con el mundo: entre otras cosas, óptica.

El miope acelera porque ya ve bien. La vista cansada se convierte en vista pujante. La mirada vuelve a ser la mirada limpia del niño, que ve en la piel del mundo un campo (¡preciso!) de juegos. Y no son metáforas: el cartel que uno no lograba leer a la ida, puede leerlo a la vuelta. Objetivamente se ha producido una mejora óptica. Por eso en este mundo de conductores, en este mundo asentado en una moral de conductores, deberían saberse y proclamarse los beneficios ópticos del follar. Incluso gubernativamente.

Señor Director General de Tráfico, ya que lo suyo son los obscenos números, la celebración de los muertos si quedan por debajo del tope, descabalgue también a la moral en este caso. No podéis conducir por mí, pero sí invitarme a putas cada vez que vaya a coger el vehículo. Y en los grandes paneles electrónicos, en vez de la contabilidad de los fiambres y de las reiteraciones cansinas sobre los límites de velocidad y la distancia prudente, debería venir este otro recordatorio: "¿Has follado ya?". Y deberían acuñarse nuevos eslóganes: "Si no follas, no conduzcas". Y en los controles, junto con el inevitable alcoholismo, debería analizarse también el roce residente en penes y vaginas. Y que se reserve la expresión "Ese va follado" para catalogar el buen conductor, al conductor ejemplar. Y que en los recuentos semanales, del mismo modo que se recalca "el 67% de los fallecidos no llevaba cinturón", se diga: "el 54% iba sin follar".

[Publicado en Nickjournal]

19.5.07

Un poncho sin Ortega

Ya saben por qué dejé de leer a Francisco Umbral: porque en un desdichado momento escribió que Octavio Paz, a quien yo admiraba, era "un Ortega con poncho". Veinte años después me doy cuenta de que, si invertimos los términos de ese insulto, obtenemos una definición exacta del propio Umbral. En efecto: Umbral es un poncho sin Ortega. Es decir, un armazón (inflado) sin filósofo dentro.

Mi relación con Umbral, desde entonces, es la de no leerlo. En su tiempo me sedujo y me apasionó. Recuerdo bien el flechazo. Primero fue la atracción de un título: Memorias de un niño de derechas. En seguida, la dedicatoria, una de las primeras encarnaciones de la Literatura ante mis ojos: "A los desvencijados niños de la guerra, que comieron conmigo el pan negro de salvados y la tajada del miedo". Yo quería ser Umbral, naturalmente, y leí todo lo que había escrito hasta entonces. Su novedad de aquella temporada fue Las giganteas, que me encantó. Y en El País tenía diariamente su Spleen de Madrid. Me divertía escucharlo en las entrevistas: esa pose ególatra y cortante, mientras en sus libros aparecía como un hipersensible, un sentimental. En aquel tiempo leí el librito de Luis Antonio de Villena sobre los dandys, Corsarios de guante amarillo, y Umbral me parecía un buen modelo. En los artículos que yo escribía para la revista del instituto lo imitaba. Y mi amigo Nadales, conocedor de mi devoción, me regaló un foulard rosa el día que cumplí diecinueve años.

Aguanté hasta La belleza convulsa, que es una de sus obras que prefiero. Pero recuerdo que ya entonces tuve que dejar pasar que ese libro saliese a la vez que aquel otro infecto, de infecto título: Pío XII, la escolta mora y un general sin un ojo. En las entrevistas Umbral se ponía ciniquillo. Declaraba que la editorial le dejaba publicar aquella otra, presumiblemente deficitaria, a cambio de ésta, que parecía rentable (había sido finalista del Planeta, además). Pero yo, como fan de Umbral, no le reía ya esos apaños.

El caso es que la actitud cínica tiene su fin en el aficionado. Un día se extingue. Y la actitud esteticista también. Y la egotista. El cinismo, el esteticismo y el egotismo, llevados con garbo, suelen ser seductores. Captan adeptos. El seducido se lee todo lo publicado hasta esa época por el autor en cuestión. Y lo disfruta. Si el autor está muerto, la seducción se mantiene íntegra, sin ocasión para desmentidos. El problema es cuando el autor vive. El propio Umbral dijo que una desgracia frecuente es que "la vida suele ser más larga que la biografía". A Umbral le pasó eso. Al menos en lo que respecta a la biografía que acuñó mi afición. Simplemente, un día Umbral se murió para mí: pero siguió publicando. A veces pienso que Umbral es nuestro mejor escritor muerto.

Otro autor al que sigo desde la misma época es Savater. Y esta afición, en cambio, se ha mantenido. A Savater lo leo hoy con el mismo interés que en 1982, y con más incluso. La clave está en que es un autor con ideas. El autor con ideas que vive en nuestra misma época es eso que el propio Savater usaba para definir a Octavio Paz precisamente: "un contemporáneo esencial". Sus ideas le abren al mundo, quizá porque son el fruto de esa apertura al mundo. El mundo, naturalmente, es histórico, es cambiante. Por eso lo que nos va diciendo el autor con ideas no se agota. No depende enteramente de la seducción de un estilo (fundamentado en la hipertrofia de un ego). El cincuenta por ciento puede darlo su estilo, sí; pero el otro cincuenta por ciento lo da la realidad. Podría decirse que en el autor con ideas, el estilo es un reflector que ilumina la realidad. En el autor únicamente retórico, en cambio, el estilo no es más que el foco de su escaparate.

En autores como Umbral la realidad hace ya mucho tiempo que se ha esfumado, si es que ha estado en ellos alguna vez. Esa puede que sea la cuestión: esos autores son dispensadores de irrealidades, aposentadas enteramente en su capacidad seductora. Cuando la seducción muere, mueren también el autor y sus irrealidades. Recuerdo lo que escribió una vez Arcadi Espada sobre Josep Pla: "Construyó una lengua con la que finalmente era posible decir la verdad." Umbral, en cambio, ha construido una lengua en la que es imposible decir la verdad. Con la lengua de Umbral se pueden hacer muy buenas frases y muy buenas metáforas. Salen páginas espléndidas... pero sin una sola idea ni una sola verdad. La lengua de Umbral es una lengua construida estrictamente para marear la perdiz. O lo que es lo mismo: para el lucimiento retórico. Es una máquina de emitir papel moneda verbal inflacionario, sin oro de lo real que lo respalde. Llegados a este punto, no está de más citar a Gil de Biedma: "Además de un medio de arte, la prosa es un bien utilitario, un instrumento social de comunicación y de precisión racionalizadora, y no se puede jugar con ella impunemente en la poesía, durante años y años, sin enrarecer aún más la cultura del país –una cultura sometida a graves tensiones, lastrada por el peso de una casi invencible e inveterada insensatez– y sin que la vida intelectual y moral de sus clases ilustradas se deteriore".

El poncho de la retórica, pues, no basta. Es necesario que dentro haya un filósofo. Aunque sea Ortega.

[Publicado en Kiliedro]

1.5.07

La cagona (un cuento moral)

Ultimamente sólo leo y releo bibliografía acerca de la mujer ctónica. Ya saben: Sexo y carácter de Otto Weininger, La evolución del deseo de David M. Buss, Sexual Personae de Camille Paglia y, sobre todo, los escritos de nuestro filósofo de cámara Horrach. Por eso me interesó muchísimo algo que soltó un tipo hace unas noches en un chat. Me pareció que cifraba a la perfección el concepto de mujer ctónica: ilustraba eso sobre lo que ya se acumula la teoría. Lo mejor que puedo hacer esta vez en mi turno del Nickjournal es copiar sin más las parrafadas del tipo (me he limitado a ajustar la ortografía, a solventar algún que otro anacoluto propio de la escritura rápida y a juntar todas sus intervenciones, eliminando las de los otros). Considero que lo que van a leer a continuación es una historia de género: lo que se narra sólo podía haber sido ejecutado por una mujer (aunque quizá no por toda mujer). Les dejo sin más con el nick narrador:

* * *
¿Sabéis lo que me pasó hace poco? Fue la hostia. Yo estaba en mi casa un día como hoy, un sábado a la una y pico de la madrugada. Suena el portero electrónico. Es mi ex, que dice que pasaba por la zona y llama por si estoy despierto. Que si puede subir. Claro, claro, le digo... Yo hacía meses que no la veía ni tenía noticias suyas. Mi zona está apartada y ella sabía perfectamente que me seguía gustando, así que di por hecho que venía a follar. Es lo lógico, ¿no? Si una ex que sabe que tú la sigues deseando llama a tu casa a la una y media de la madrugada de un sábado es porque viene a follar. ¿Me equivoco? Yo al menos, que soy un romántico, lo pienso así. Total, que arreglo como puedo la casa, me cepillo los dientes, me pongo calzoncillos nuevos, etc., hasta que suena ya el timbre, le abro y entra... Sin darme siquiera un beso de saludo, me dice: "Perdona, ¿puedo ir al baño?". Y allá que se mete... Yo aprovecho para seguir arreglando la casa todo lo que puedo: los ceniceros, los restos de pizzas, los cojines del sofá... Pero de pronto me doy cuenta de que está tardando demasiado. Y escucho pedos y sonidos inequívocos de defecación. Me digo: "No puede ser que esté cagando. Yo a esta mujer la he querido. Y ahora viene a mi casa y se pone a cagar..." En fin, la espera se hizo interminable... Aquello, más que un reloj de arena, era como un reloj de mierda. Yo contaba los minutos con sus imaginarios mojones cayendo en mi wáter... Hasta que al fin suena la cadena. Se abre la puerta, sale ella... y con ella un pestazo de la hostia. ¡El pestazo aquel de mi ex, tan conocido por mí! Yo trato de justificarla mentalmente, a pesar de todo: tendría un apretón, no pasa nada. Ahora es cuando empieza lo bueno: el revival sexual! Incluso me viene a la cabeza un verso de Yeats para restaurar la poesía del sabadete: "el amor es el lugar del excremento"... Pero nada, ella lo único que me dice es que tiene que irse, etc., y se va... Yo me quedo a solas en mi casa, con el pestazo de mi ex. Y con una idea despiadada abriéndose paso en mi cabeza... una idea nítida pero que me resisto a formular descarnadamente: ¡Esta tía ha venido a mi casa sólo a cagar!

[Publicado en Nickjournal]

25.4.07

Cambio radical

Hace dos domingos estaba en mi casa solo, aburrido, y le di una oportunidad al estólido zapping. Tras un breve tránsito por céspedes polémicos, di en Cambio radical. Me espantó. Me espantó principalmente Teresa Viejo: esa mujer ha conseguido dejar a la Gemio en un segundo puesto en el ránking de la horrorabilidad. Teresa Viejo. La autora de Hombres. Modo de empleo. Yo conocí a su pareja de entonces: el hombre empleado. Era digno de ella; tal vez no tanto de la de entonces como de la de ahora. Se precipitaron en la separación.

En la pantalla, acababa de salir un tipo del cambio radical y traía un aspecto como de chulo de discoteca, con una dentadura reluciente (sin duda a cuenta del programa) que iba como dos metros por delante de su morro. Le habían puesto también una bufandita blanca. Parecía un suplente del Alavés ataviado para la comida de Navidad del club.

Iba a largarme de allí cagando leches, cuando apareció la siguiente en ser cambiada. Era una tía de Gijón, de treinta y nueve años, sosa, melancólica, pero que no estaba mal del todo. Aparecía caminando por la playa de San Lorenzo con unos pantalones anchotes, con bolsillos, y una camisa de pana marrón oscuro. Tenía algo de hosquedad norteña, de mujer caída en un agujero existencial... pero a mí me parecía potable. Ella, en cambio, se detestaba. Contó que a los diecisiete años había sufrido una decepción de la que aún no se había recuperado: se había dedicado a follar con uno, a ella le gustaba mucho el chaval, y ella estaba convencida de que al chaval también le gustaba ella... Hasta que un día descubrió que el menda la iba criticando por ahí, motejándola de fea por todas partes, y que lo único que le gustaba de ella era precisamente que se la dejaba meter. Se imagina uno las lúgubres noches gijonesas, llenas de historias así.

Total, que la tipa es elegida por Cambio Radical y da saltos de alegría. Sus amigotes (¡y amigotas!) lo celebran. Es como si le hubiera tocado el gordo. Empieza a visitar a los cirujanos del programa. Son entrevistas curiosas: la chica deposita ilusiones espirituales en detalles físicos muy concretos, un poquito menos de nariz aquí, esas patas de gallo fuera, más tetas y más firmes esas tetas, las cartucheras de los muslos fuera... El cirujano da su opinión técnica, de albañil del cuerpo, y ella la recibe como la creyente que va a recibir la comunión. Ojos de éxtasis por librarse de las grasas: como si fuesen el lastre que impidiese la elevación de su globo aerostático.

Empiezan las operaciones. Durante un tiempo sólo la vemos a ella con veladuras ópticas, y vendada. Es una momia que camina. Por entre los esparadrapos del rostro, su boca sigue hablando de ilusión. En fin, ahorrémonos el proceso: le cambian todo lo que le tenían que cambiar, ella al principio pasa una crisis, piensa que va a quedar más fea, se arrepiente "de haber entrado"; pero al final, ya sin vendajes, le ponen delante un espejo y ella se ve más guapa, alucina con sus tetas nuevas, con su dentadura nueva, con su nariz nueva. Da grititos histéricos de alegría. En un momento dado manifiesta su satisfacción por haber largado a "la bruja" (se llama así) que era antes. Los espectadores no hemos visto esos cambios todavía. Ni su familia tampoco. Eso será en directo y en el plató.

Antes, los últimos arreglitos (podríamos llamarlos de postproducción): un asesor gay la lleva de compras a Serrano, le enseña escaparates, entran en tiendas, le prohíbe seguir usando "pantalones con bolsillos" (sic, cómo está el mundo gay) y le receta faldas. Luego pasan por peluquería, por manicura, por maquillaje... Al fin llegamos al momento actual. Ella se encuentra al otro lado del portón luminoso, con una pasarela por delante que la traerá, guapísima, hacia todos nosotros. Tachán tachán, se abre el portón... y sale un horripilante espantajo de mujer. Está cinco, diez, veinte veces más fea que antes. Pero ella bota de alegría, todos aplauden, sus familiares se emocionan, Teresa Viejo imposta una exultante felicidad. Gracias a Cambio radical hay una chica melancólica menos en Gijón, no guapa pero tampoco fea, y hay una nueva petarda, espantosa al cien por cien. Y lo que es peor: con autoestima. Creo que es el programa más obsceno que he visto jamás.

19.4.07

El arte es un bebé

Al ir a escribir sobre arte siento la presión de los miles de libros de estética que no he leído. Reconozco que, en el fondo, estoy condenado a la frivolidad. Pero también me acuerdo de la relación física que tenía André Breton con las obras: su criterio estaba fundado en el airecillo que le corría por las sienes, o en la ausencia de ese airecillo. Desde hace años deambulo por los museos y las exposiciones con el gesto de un amante hastiado, difícil de erotizar. Suelo percibir sólo retórica y muerte (hojarasca y parálisis), y admito que el cincuenta por ciento como mínimo puede corresponderme a mí: a mi incapacidad para descifrar un lenguaje, o de atisbar vida. Por eso quizá no está mal que hable cuando me he emocionado. Lo que no sé de arte forma también parte de mi emoción.

Ha ocurrido con la exposición de Ron Mueck en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga. Las fotos de prensa ya resultaban llamativas. También los titulares que hablaban de "un bebé de cinco metros". Mi amigo Hervás estuvo en la ciudad los días de la inauguración y una mañana fuimos a verla. Antes de entrar en la sala, nos paramos a desayunar en la cafetería del propio CAC. Era Domingo de Ramos. Había mucha gente entrando y saliendo. Un póster del enorme bebé presidía los desayunos. Ahí leí por vez primera que se trataba de una niña: "A girl". Lo que en las fotos yo había interpretado (sin fijarme mucho) como pene era el cordón umbilical. Hervás dijo de pronto que no quería entrar, que le iba a dar grima. Yo tampoco entré entonces. Me quedé sintiendo la obra desde fuera. Había algo en el ambiente: un magnetismo, una perturbación. Recordé las palabras que le dijo Picasso a Jünger, según consigna éste en su diario: "Mis cuadros causarían el mismo efecto si, una vez acabados, los envolviese y sellase, sin mostrarlos. Se trata de manifestaciones de índole directa". También pensé que yo nunca he sentido nada en los alrededores del Museo Picasso; ni apenas dentro.

Al bebé lo vi unos días más tarde. Concretamente el Viernes Santo (esta vez en compañía de Sonia, que sí entró). El hecho de que estuviésemos en Semana Santa añadió simbolismo, sin duda. La noche anterior di en el zapping con los momentos finales de La Pasión de Cristo de Mel Gibson. Yo desprecio profundamente a Mel Gibson. El plano cenital de Braveheart sigue siendo el momento más bochornoso de la historia del cine. La agonía en la cruz también era efectista, hecha de brillos baratos. Pero hubo algo que me impresionó: aquel Cristo herido y barbudo, gruñendo en arameo, tenía algo de hombre de neandertal. De repente se había colado un zarpazo de rotundidad antropológica. Y esa rotundidad la advertí también en el bebé. Era una niña, pero también podía ser el Cristo del "Viaje de los Magos" de Eliot, acerca del cual el narrador se pregunta: "¿se nos llevó tan lejos a buscar / Nacimiento o Muerte?". En el Niño ya está el Crucificado. Lo que nace, muere; pero lo que muere es porque ha nacido. Ante el bebé de cinco metros uno se da cuenta de que lo decisivo es nacer.

Uno se encuentra en la sala con algo arrojado, como el ser-ahí (el hombre) de Heidegger. Es enorme pero está tendido, desvalido: queda por debajo de nosotros. En realidad queda a nuestra misma altura, porque no tiene pedestal (sólo un delgado soporte que hace más bien de suelo). El pasmo con que lo miramos proviene de que lo reconocemos como uno de los nuestros. Somos nosotros mismos, despojados de todo, hasta de la vida vivida, de la experiencia. En ese ser, nacido hace unos minutos, sólo hay presente frágil y futuro incierto. Nos recreamos en su situación con una suerte de narcisismo existencial. Advertimos la herida, pero también la fuerza. Más que en Heidegger y su "ser para la muerte", el bebé nos hace pensar en la filosofía de la natividad de Hannah Arendt: "El milagro, que interrumpe siempre de nuevo la marcha del mundo y el curso de las cosas humanas, salvando de la perdición..., es en definitiva el hecho de la natalidad, el haber nacido... El milagro consiste en que en general los hombres nacen y a la vez nace el nuevo comienzo que, gracias al nacimiento, ellos pueden realizar por la acción". En este sentido, el que el bebé sea una hembra le añade potencia a la obra (la redondea conceptualmente): es un bebé del que podrá nacer otro bebé.

Entre el público predomina la sorpresa: la sorpresa ante lo que todos conocemos, ante lo que todos hemos visto y hemos sido. Se admira el realismo (el hiperrealismo) del artefacto: con qué prodigio están reproducidos los detalles (la postura, la expresión, la humedad de la piel, los restos de sangre, los pelos, las uñas...). Pero perturba el tamaño. Algunos esgrimen críticas: ese rosa es como de muñeco, de Nancy o Barriguitas; parece un ninot de las fallas; ¿qué mérito artístico tiene eso?; da bastante asco. Otros establecen asociaciones: tiene cara de boxeador machacado; su cabeza parece olmeca; podría ser la mujer del Etant Donnés de Duchamp, tendida igual; esa es la cara de los viejos de Brueghel; es una extraña mezcla de estatua clásica y expresionista. Los niños lo miran como mirarían a una cría de King-Kong. Pero lo más destacable es que todos lo entienden. Es un arte inmediatamente comprensible, tanto para los que lo aceptan como para los que lo rechazan. En unos produce un deleite superficial (por el parecido, por el mérito artesano), en otros inquietud metafísica, en otros alegría y ganas de vivir, en otros repulsión. No sé por qué, me viene la expresión arte popular, y pienso en un arte sin retórica entorpecedora, un arte transparente, que permite ver lo que hay más allá del artificio: la claridad, la oscuridad; la vida.

Esta obra me ha reafirmado en algo de lo que cada vez estoy más convencido: de que el arte tiene que ver menos con la belleza (y con la bondad) que con la verdad. Aunque lo cierto es que podría rescatarse la tríada platónica bondad-belleza-verdad si el criterio de determinación de las dos primeras lo depositásemos en la última. Es decir: es la verdad lo que otorga belleza y bondad. Sería una suerte de platonismo terrible fundamentado, nietzscheanamente, en la inocencia del devenir. El bebé de Mueck (que somos nosotros y es el arte) nos ilumina en este camino. Y también Bernhard, mi matraca, en las frases con que termina El sótano: "Nos hemos vuelto capaces de resistir, y no se nos puede derribar ya, no nos aferramos ya a la vida, pero tampoco la vendemos demasiado barata, quise decir, pero no lo dije. A veces levantamos la cabeza y creemos que tenemos que decir la verdad o la aparente verdad, y la volvemos a bajar. Eso es todo".

[Publicado en Kiliedro]

3.4.07

España como coñazo

El relamido Godoy
Nos pensábamos que íbamos a ser la primera generación de españoles en librarnos del tema de España. Pero no, aquí está otra vez, renacido: ¡menudo coñazo! Yo recuerdo que, entre los vapores de la Transición, me resultaba imposible comprender cómo este país se había estado matando cuarenta años atrás. Ahora lo comprendo perfectísimamente. Ahora lo comprendo (¡lo visualizo!) de putísima madre. Al menos tenemos esa ventaja gnoseológica. Durante la Transición, que nos pilló terminando la escuela y luego a lo largo del instituto, todos esos impresentables bufones de la Historia de España (¡El Conde-Duque de Olivares, Carlos II el Hechizado, Fernando VII, el relamido Godoy, el Espadón de Loja, Alfonso XIII, hasta Franco ya!) se nos aparecían como extraterrestres (recuerden a Tejero: era literalmente un marciano bajado al planeta Tierra). Leíamos a Quevedo, a Larra, a Unamuno, a Machado, y nos decíamos: "cómo han sufrido los pobres, qué país les tocó" —dando por descontado que ya no era el nuestro. Leíamos a Gil de Biedma ("de todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España") y pensábamos: "a éste aún le alcanzó de refilón, pero al menos va a tener una madurez potable". Y nos veíamos tan felices: ¡no nos lo podíamos creer! Era como si El coloso en llamas se hubiese transformado de repente, y sin mudarnos de butaca, en Las verdes praderas (o La matanza de Texas en El lago azul). Leíamos todas esas discusiones sobre "el tema de España", "España invertebrada", "el problema de España" o "España como problema" y nos sonaban a chino: parecían peleas bizantinas de remotos (¡e incomprensibles!) efectos sanguinarios, algo así como sudokus sobre la carnicería del cerdo. Pero nosotros ya nos habíamos librado de esa matraca. Ya respirábamos. Ya podíamos pensar en otras cosas. Esto nos permitía vivir, naturalmente; ser europeos, ser cosmopolitas; ser en España (¡al fin!) “hombres de nuestra época” (¡a ver si aún podíamos engancharnos a la jodida Ilustración!).

Pero esta liberación tan saludable tenía un problema de orden sentimental: nos despegaba de nuestros abuelos. Nos cortaba todo acceso mental (y emocional) a nuestros antepasados. Era como si una hornada de hombres civilizados se hubiese asentado en un antiguo territorio de bárbaros de los que ya no quedaban restos. Leíamos la Historia de España y nos parecía la historia de Ceilán (¡o Transilvania!). Pero no. Nos equivocamos. La España eterna seguía ahí, escondida, y otra vez la tenemos de frente, dispuesta a partirnos la boca y a helarnos (en sus dos subdivisiones) el corazón. ¿Cómo ha podido suceder? Yo creo que ha ocurrido como con la cultura clásica, que durante la Edad Media sobrevivió gracias a los copistas de los monasterios. Aquí las esencias (¡obtusas!) de España habían sobrevivido en los retrógrados monasterios del nacionalismo vasco y catalán, cuyos esquemas mentales (por debajo de los ligeros colorines del folklore) son estrictamente, como ya se ha repetido, los de la España negra. Mientras España parecía civilizarse, el cáncer de la otra España sobrevivió allí, se mantuvo en esas cepas, y de ahí ha comenzado a expandirse nuevamente por todo el cuerpo. Han bastado unas chispas para que todos sintamos rebullir nuevamente nuestras esencias cavernarias. Ya estamos otra vez divididos entre hunos y hotros. España vuelve a ser un inmenso taxi de sectarios al volante (“tú me llamas, amor, y yo vuelvo a coger el taxi del sectarismo”). Esta vez, por fortuna, no va producirse otra guerra civil: están las leyes europeas y está también la acomodación benditamente burguesa del personal, que intuye que matar, al fin y al cabo, cuesta esfuerzo (¡y ensucia!). Pero la mentalidad embrutecida ya está otra vez ahí. Y, sobre todo, ya están ahí otra vez, ocupando el escenario, nuestros entrañables bufones: el relamido Godoy ZP (¡Príncipe de la Paz!), el Carod-Duque de Olivares, Ibarretxe II el Hechizado, Otegui Astray, Polanco VII, Doña Urraca Fernández de la Vega, Aznar I de Génova y V de las Azores, Rajoy XIII, Acebarias Navarro, el Zaplanón de Loja... Ya podemos leer otra vez lo del "intratable pueblo de cabreros" y verles las caras. Nuestra Literatura, nuestra Historia, sigue siendo nuestro espejo.

[Publicado en Nickjournal]

18.3.07

El ángel pornográfico

Hay un escritor brasileño que es otro artista de la repetición, como Thomas Bernhard: Nelson Rodrigues (1912-1980). Que yo sepa, no está traducido en España. Andújar, que se ha entusiasmado con él, me ha traído de Brasil su biografía O anjo pornográfico, escrita por Ruy Castro, dos antologías con más de cien historias de A vida como ela é... y un estuche con la adaptación televisiva que de esta última realizó Daniel Filho para la cadena Globo, que incluye en los extras una deliciosa entrevista a Nelson Rodrigues hecha por Otto Lara Resende. Uno se sumerge en todo este material y sale con un nuevo ídolo literario.

Lo curioso es que hace seis años, en una librería de Río de Janeiro, tuve un ejemplar de El ángel pornográfico en mis manos. Lo hojeé y me interesó... y sólo me disuadió de comprarlo el recuerdo de mi maleta, ya cargada de libros y discos en la habitación de hotel a esas alturas del viaje. Al recibirlo ahora de Andújar, sin yo habérselo pedido, y sin que hubiésemos hablado nunca de él, he vuelto a pensar que algunas lecturas, precisamente las decisivas, están regidas por una gozosa fatalidad. Y ésta me ha llegado en el momento justo: hace seis años quizá era demasiado pronto. Es ahora cuando me interesa la literatura obsesiva, repetitiva, neurótica... aunque no toda, sino sólo la que no resulta pesada, la que es ligera. Ligereza en la repetición: he ahí la clave de este arte, en el que Nelson Rodrigues es maestro. El propio autor lo exhibió en un momento de autoconciencia: "Soy un columnista que se repite con un límpido impudor. No tengo el menor escrúpulo en usar doscientas, trescientas veces la misma metáfora". No sólo en los recursos estilísticos y en sus latiguillos, que se vuelven familiares y entrañables; también en sus temas se repetía. O, mejor dicho, en su tema, único y absorbente en toda su obra: el adulterio, la infidelidad. Alguien dijo con acierto que Nelson Rodrigues era una "flor de obsesión".

Para hacernos una idea de lo que supuso su figura, nada mejor que estas palabras del prólogo de Ruy Castro: "Durante muchos años, Nelson Rodrigues cargó con la fama de 'pervertido'. En sus años finales, con la de 'reaccionario'. Nadie fue más perseguido: la derecha, la izquierda, la censura, los críticos, los católicos (de todas las modalidades) y, muchas veces, los patios de butacas: todos, en algún momento, vieron en él al ángel del mal, un cáncer que debía ser extirpado de la sociedad brasileña. Y lo cierto es que casi lo consiguieron. Pero, a la vez que unos querían 'matarlo a palos, como a una rata preñada', había otros muchos a los que les parecía imposible poder admirar lo suficiente a Nelson Rodrigues. Ni sus peores enemigos le negaron el talento, y no eran pocos los que le consideraban un genio." Una de sus frases favoritas fue "toda unanimidad es boba", y se ajustó a ella desde el principio hasta el fin: irritando a su paso.

Su carrera comenzó a los trece años, cuando se puso a trabajar en la sección de sucesos del periódico que dirigía su padre. O quizá antes: cuando a los ocho escandalizó a la maestra con una redacción escolar que contenía su primera historia de adulterio (con muerte final de la infiel, a cuchilladas). A lo largo de su vida escribió miles de artículos periodísticos, diecisiete obras de teatro (es el creador del teatro brasileño moderno), nueve novelas (seis de ellas, folletines firmados con el pseudónimo de Suzana Flag), guiones de cine y televisión, varios libros de memorias (al último de los cuales le puso un título desafiante: El reaccionario) y las más de mil quinientas columnas-relatos de A vida como ela é... (que podría traducirse por Así es la vida, o quizá Como la vida misma). Su procedimiento era exacerbar el melodrama hasta unos extremos de delirante tremendismo, pero sin un propósito kitsch, sino catártico. Un crítico se entretuvo en enumerar los crímenes cometidos por los personajes de una de sus piezas: "homicidios con agravantes, inducción a la lascivia, tres infanticidios, adulterio, corrupción de menores, lesiones corporales graves, estupro y secuestro"... para concluir que el autor había pretendido "concentrar en tres actos todos los delitos previstos en el Código Penal". Carla Guimarães hace otra relación parecida: "sus obras, plagadas de padres que se acuestan con sus hijas, hermanos que se matan o se amputan el pene, medeas que ahogan sus bebés, hijos enamorados de sus madres, hermanas enamoradas de un mismo hombre, infidelidad, prostitución, violaciones, homosexualidad, marginalidad y muertes, muchas muertes, sean asesinatos, suicidios o accidentes...".

El propio Nelson Rodrigues calificaba su teatro de desagradable, y añadía que escribía "obras pestilentes, fétidas, capaces, por sí solas, de desatar el tifus y la malaria en el auditorio". Tuvo frecuentes problemas, primero con la censura conservadora y después con la intelectualidad de izquierdas, que tachó su obra (a lo Lukács) de desesperómetro desactivador. Pero el autor respondía a las críticas (a veces, gritándole al auditorio desde el mismo escenario): "¿Morbidez? ¿Sensacionalismo? No. Y lo explico: la ficción, para ser purificadora, necesita ser atroz. El personaje es vil, para que no lo seamos. Él ejecuta la miseria inconfesable de cada uno de nosotros. Desde el momento en que Ana Karenina, o la Bovary, es infiel, muchas esposas de la vida real dejarán de serlo. En Crimen y castigo, Raskolnikov mata a una vieja y, en el mismo instante, el odio social que fermenta en nosotros queda disminuido y aplacado. Él mató por todos. Y, en el teatro, que es más plástico, más directo, y de un impacto más puro, ese fenómeno de transferencia resulta más efectivo. Para salvar al auditorio, es necesario llenar el escenario de asesinos, de adúlteros, de locos y, en suma, de un aluvión de monstruos. Son nuestros propios monstruos, de los cuales nos liberamos provisionalmente... para volverlos a reproducir después." Lo que late por debajo de este despliegue de horrores, como señala Ruy Castro, es una honda nostalgia de la pureza. El pornógrafo es, en el fondo, un ángel. Sus frases, a veces, son deliciosamente cínicas: "El dinero lo compra todo, hasta el amor verdadero". Otras, de una profunda gravedad sentimental: "El amor es eterno; y si se acaba, es que no era amor".

En la entrevista con Otto Lara Resende (que, por cierto, está colgada en YouTube), el Nelson Rodrigues de 1977 se califica ya a sí mismo de momia, no sin satisfacción. Hace balance del siglo XX y dice que ha sido el siglo en que se ha impuesto "el cretino fundamental": ese mediocre que durante toda la Historia ha ido con la cabeza gacha, avergonzado, y que en el siglo XX se ha adueñado del escenario para exhibirse sin pudor. En esas estamos todavía en el XXI. Pero en ocasiones, volviendo la vista atrás, uno encuentra a hombres como Nelson Rodrigues.

8.3.07

Por el culo se la hinca

Yo también padezco ese tic, como muy bien saben mis resignados amigos. Pavlovianamente ya aprendieron (¡a golpes de ripio soez!) que no deben decir en mi presencia Tele 5 (porque por el culo se la hinco), ni que el copiloto de Carlos Sáinz se llamaba Luis Moya (porque me chupan la polla), ni que el presidente andaluz del abaniquito era Pepote (porque me agarran el cipote), ni que la tienda más barata es el Caprabo (porque me trincan el nabo). Es un dispositivo automático del que, en realidad, yo soy tan víctima como ellos. O mejor dicho: yo soy la auténtica víctima. Funciona como una mina que mi interlocutor pone y que, al yo pisarla, estalla: ante la palabra "cinco", yo no puedo hacer otra cosa que responder "por el culo te la hinco". Aunque, bueno, eso quizá fue al principio: cuando yo era un buen salvaje en la fase auroral del descubrimiento de mi tic. Luego me fui maleando (siempre es igual: uno nace rousseauniano y se hace hobbesiano; en la cuna somos inocentes ZPs, pero luego nos vamos volviendo airados taxistas —menos ZP, que sigue siendo siempre ZP, incluso después de perder la inocencia). O sea, que no sólo tenía el tic, sino también el impulso (sádico, masoquista) de ejercerlo. Así que con frecuencia he tratado de llevar las conversaciones al punto en que mi interlocutor tuviese que incurrir en una palabra terminada en -inco, o en -olla, o en -ote, o en -abo (o en -otas, o en -ones, etc., etc.). En ese caso era yo el que ponía la mina, el que conducía los pasos de la víctima hacia ella... y también el que estallaba. Es un juego infantil (¡infantiloide!), pero les aseguro que he llegado a un cierto grado de sofisticación. Tras el periodo clásico, siempre viene uno manierista. Justo en ese es en el que me encuentro ahora. Mi mayor placer actual es llevar a mi interlocutor a que pise en la palabra "Minesota", por ejemplo. Y entonces yo, ante su sorpresa, lo que hago estallar no es un "tócame las pelotas", sino un "tríncame el nabo". Para resaltar la barrabasada, lo que suelo hacer es repetir su palabra antes de mi estallido: "¿Minesota? ¡Tríncame el nabo!". Normalmente, llegados a ese extremo, soy yo solo ya el que se troncha: pero es que el manierismo tiene una esencia onanista. Las manieras permanecen incomunicadas: son mónadas de humor impenetrables, incompartibles. Automamadas humorísticas, por decirlo así.

Todo esto viene por las revelaciones que pudimos leer hace una semana y pico en El País acerca de Alejandro Agag: también él tenía ese tic rimador. Me permito reproducir el párrafo entero, porque me dejó encandilado (ese es el periodismo de investigación que a mí me gusta):

Durante seis años [Agag] funcionó como una extensión de Aznar. Se hicieron amigos. Una misión complicada con el adusto presidente. Alejandro sabía llevarle. 'No es difícil, porque nunca está de buen o mal humor, no tiene humor', dijo sobre su jefe. Cuando era su ayudante, jugaban juntos al pádel. Incluso se permitía hacerle bromas. Ante el pasmo de los funcionarios de Moncloa. La cuestión era que el jefe dijera cinco para que Agag saltara: 'Por el culo te la hinco'. Aznar se tronchaba.
Bien, podemos apreciar dos cosas. Una: que Agag se encuentra (o se encontraba por aquel entonces) en pleno periodo clásico del tic, aquel en que priman la coherencia ("cinco" se acopla con "hinco") y la comunicabilidad (el interlocutor también "se tronchaba"). Y dos: el tal interlocutor tenía en este caso un morbo especial, puesto que se trataba nada menos que del presidente del gobierno.

Adonde yo quiero llegar es a Freud, por supuesto. Al denostado Freud, que tan buenos momentos nos da. Un presidente del gobierno es el Padre por antonomasia. No es lo mismo hacerle pasar a él por la prueba del cinco, que a un simple amiguete. Bueno, supongo que hacerlo con un amiguete también tendrá su almendra psicoanalítica: dejo en manos de mis lectores que me tumben en el diván y hagan la autopsia de mi subconsciente (no sin sugerirles que se agarren, porque vendrían curvas). Pero ahora soy yo el que está erguido en el circunspecto sillón, con Agag a mi merced, completa e irremisiblemente divanizado. El hecho es que este hombre con sonrisa de Peter Sellers le decía al presidente del gobierno que por el culo se la hincaba. Este hombre le decía al Padre que por el culo se la hincaba. El se reía, Aznar también se reía: el ambiente parecía jocoso, pero hay un insoslayable componente de tragedia griega en todo esto. Componente que fue advertido por los testigos ajenos al juego. Recordemos la acotación: "Ante el pasmo de los funcionarios de Moncloa". Esos funcionarios, desindividualizados en su funcionariedad y atónitos ante el ejercicio de la hybris, ¿no constituyen un genuino coro griego? Un coro espantado por el espectáculo de un Edipo invertido, en la línea de mi poemita "Edipo gay", que decía así en sus dos únicos y esplendorosos versos: "Mata a la madre y / se folla al padre".

En fin, todo son hipótesis, naturalmente... pero los hechos que siguieron casi no dejan lugar a dudas. Agag se casó con la hija de Aznar, que era la persona casadera más parecida a Aznar que encontró (y con la ventaja añadida de que no gastaba bigote, con lo que la evocación de Charles Chaplin quedaba muy rebajada: ¡aunque quizá no la de Geraldine Chaplin!). Podría entenderse que la boda de Agag con Anita no fue más que un modo de llevar demasiado lejos el tic, pero el tomate psicoanalítico no se desvanece por ello. En cuanto a Aznar... creo que todo esto explicaría su afán por que el casamiento se celebrase en El Escorial. En efecto: ¿por qué un gobernante iba a querer montar una boda imperial si él no era el gran protagonista? La respuesta es obvia: lo era, o se sentía así. Aquel otro movimiento que hizo en aquella época, el de visitar el Monasterio de Yuste donde se retiró Carlos V, apunta en la misma dirección. Si Aznar estaba en plan Carlos V, ¿por qué no iba a estar en plan Felipe II? Se celebró, pues, la boda. Y gracias a la Historia, que siguió avanzando, sabemos ya también que aquella pomposa celebración fue el principio de la decadencia política de Aznar. A partir de entonces, los hados empezaron a serle adversos. Aquella boda fue, por lo tanto, una Muerte simbólica. ¿Agag también estaba matando al Padre? En ese caso, el "hincamiento" (¡simbólico!) hubiese sido también un "empalamiento" (¡simbólico!). Pero lo más sustancioso es cuando volvemos a mirar la foto y nos fijamos en Aznar, transido. No es sólo emoción por la hija, ni tan siquiera emoción imperial: es que se encontraba en plena muerte (¡de amor!) de Isolda.

[Publicado en Nickjournal]

19.2.07

La venganza de los aduladores

Con motivo de la reciente ceremonia de los Premios Goya (que este año no ha estado tan mal, después de todo, con el gamberro de Corbacho), me he vuelto a acordar de la mítica frase de José Luis Cuerda: "El cine español naufraga en océanos de autocomplacencia provocados por la cocaína". Pocas veces he leído un diagnóstico tan certero. Hasta el punto de que si la revista Fotogramas se dedicara sólo al cine español, debería llamarse Fotogramos. Sí, sé que es un mal chiste: es mi particular homenaje al cine español, tan abundante en ellos. Pero en el resto del artículo no hablaré más de cocaína, sino de autocomplacencia: me da igual su causa.

Es curioso, pero de ningún otro arte se indica, hoy en España, la nacionalidad como reclamo (al menos, fuera de los delirantes ámbitos de las, así llamadas, "nacionalidades históricas"). Nunca se dice "ve a ver esa exposición, es una exposicion de pintura española", ni "escucha ese disco, es un disco de música española", ni "lee esa novela, es una novela de literatura española". Los pintores, los músicos y los novelistas triunfan o fracasan por sí solos: no se subraya si son españoles o no. Se tiene en cuenta, por supuesto: pero no se destaca especialmente. Y, sobre todo, no se establece una relación directa entre la nacionalidad y la calidad. No se considera que ser pintor, músico o novelista español sea particularmente bueno; pero, quizá por eso mismo, tampoco se considera que sea particularmente malo. Con el cine ocurre justo al revés. Se dan, simultáneamente, los dos movimientos: la propaganda acerca de su gran calidad por parte de quienes lo hacen (y de la mayoría de los críticos), y la aversión escarmentada que han ido desarrollando los espectadores. Estos, como se han sentido estafados tantas veces, no han tenido más remedio que segregar (en defensa propia) el prejuicio de que la nacionalidad española de una película supone un hándicap: prejuicio que suele verse reforzado por la realidad.

La autocomplacencia es el gran cáncer. Lo es para todo artista, pero resulta más visible (y devastador) en el cineasta. Supongo que tiene que ver con el hecho de que el cine necesita toda una industria para su ejecución. Eso hace, por un lado, que muchos cineastas de talento, que quizá estarían mejor blindados contra la autocomplacencia, no han sabido ganarse los favores de la industria y se han quedado sin la ejecución de su arte. Y, por otro, que los que lo han conseguido tienden a una megalomanía no sólo artística, sino también industrial. Un escritor podrá ser megalomaníaco (y lo es con frecuencia), pero al fin y al cabo no es más que un tipo que se sienta a rellenar páginas. Un director, en cambio, es alguien al mando de un despliegue wagneriano de medios, por intimista que sea su película. La tragedia del cine español es que los que han pasado la criba de la industria suelen ser ineficaces también como industriales. Lo cual no deja de resultar un misterio económico: ¿por qué cunde tanto la autocomplacencia si ésta es también perjudicial para la industria? En la tele, por ejemplo, no ocurre: por eso hoy en día hay más profesionalidad en las teleseries españolas que en las películas españolas. Las teleseries españolas, por cierto, también se han ido abriendo paso por sí solas: sin una machacona campaña resaltando su nacionalidad.

No sé, ciertamente, qué podría hacerse "en favor del cine español". Pero sí sé cuál es uno de los requisitos para que mejore: acabar con la mentira. No se puede elogiar una mierda como Alatriste sólo por lo mucho que "la industria" ha invertido en ella, ni por lo bien que caiga Díaz Yanes. El peor negocio es estafar con el producto, haya costado lo que haya costado, y caiga el director lo bien que caiga. ¿Cuántos espectadores volverán a estar mucho tiempo sin ver "cine español" por haber picado con Alatriste? A un director puede salirle mal una película y no pasa nada. Díaz Yanes ya lo hizo bien una vez y quizá vuelva a hacerlo bien en el futuro. Lo que no se puede es promocionarlo en su fracaso. Lo suicida, para el arte y para la industria, es toda la propaganda que conduce al espectador hasta la sala de cine sin que haya habido una sola voz que le advierta de que lo que va a ver es un bodrio. Esa soledad en la sala ante un bodrio del cine español, mientras en la prensa todo son elogios, es una de las sensaciones más desagradables que puede experimentar un amante del cine.

Yo lo he experimentado muchas veces (no escarmiento), pero quizá la más dolorosa fue con Perdita Durango. Creo que nunca he ido con más ganas a ver una película, ni con más confianza de que iba a pasármelo bien, sin reservas. La anterior de Álex de la Iglesia, El día de la bestia, me había encantado (aquello sí que era un prodigio de película "de cine español", una bocanada de aire fresco, impecable) y estaba convencido de que Perdita Durango iba a ser mejor aún. Nada en la prensa (ni en los anuncios) hacía pensar que no fuese a ser así. Por eso la decepción resultó tan espectacular. Quizá no haya dolor más agrio que el provocado por el desmoronamiento de un placer que dábamos por seguro. Pero lo peor en estos casos es que, ya fuera del cine, uno sigue asistiendo a la promoción pública de la película y a los elogios hacia el director, con las consiguientes exhibiciones de autocomplacencia del mismo: espectáculo que ya es percibido como farsa.

Las demás películas de Álex de la Iglesia también me han ido pareciendo mediocres (Muertos de risa, La comunidad, Crimen ferpecto -de 800 balas me libré), unas mejores que otras, y algunas incluso con buenas ideas y buenos momentos, pero ninguna redonda como El día de la bestia. ¿El talento había abandonado de pronto al director? En cierta ocasión asistí a una escena que lo explicaba todo. Yo me encontraba en un Kentucky Fried Chicken (no sólo soy un gourmet de escándalos, también lo soy de franquicias), cuando entró Álex de la Iglesia comandando su séquito. Empleo esta palabra con propiedad: eran diez o doce acompañantes en actitud de inferioridad jerárquica, a medio camino entre sirvientes y bufones. Juntaron varias mesas y el director se sentó con pompa en un extremo, ocupando mucho espacio, mientras los demás se apelotonaban en los laterales. Componían una estampa medieval. Durante la comida, De la Iglesia se dedicaba a deglutir sus trozos de pollo, sumido en un silencio autista y mirando únicamente su bandeja. Los del séquito no cesaban de decir chistes e ingeniosidades, aparentemente los unos para los otros, pero mirando de reojo al director. Este, cada cierto tiempo, celebraba escuetamente alguno. Entonces su emisor se henchía de satisfacción, al tiempo que los demás se encendían de envidia. Aquel subyugante espectáculo me hizo comprender qué había pasado con el cine de Álex de la Iglesia, y con todo el cine español en general. La adulación, el elogio acrítico, endiosa al artista, lo eleva, pero a la vez lo envuelve en una campana hermética que termina matando su arte y arruinándole el talento. Es la venganza de los aduladores.

[Publicado en Kiliedro]

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(25.1.11) Esta entrada había quedado conceptualmente redonda; pero, por fortuna, la realidad se mueve: se resiste (se opone) a toda fijación. Es de justicia transcribir aquí un pasaje del artículo que publica hoy Álex de la Iglesia en El País:

Soy un tipo con el genio fácil y dado a la respuesta rápida y poco meditada. Esta gente me dio una lección. Es cómodo hablar con los que te siguen la corriente: te reafirmas en tus ideas, te sientes parte de un grupo, protegido, frente al resto de locos que se equivocan. Por vez primera, aprendí que dialogar con personas que te llevan la contraria es mucho más interesante. Puede resultar incómodo al principio, sobre todo si eres soberbio, como yo. Pero cuando aprendes a encajar, la cosa fluye, y las ideas entran.