27.2.08

Biblioteca austrohúngara



La alusión austrohúngara la ha traído a la actualidad Francisco Sosa Wagner, en su estudio El Estado fragmentado. Modelo austro-húngaro y brote de naciones en España (Javier Caraballo lo reseñó convenientemente en su blog, y el prólogo de Joaquín Leguina puede leerse en Kiliedro). Por cierto, que los chicos de Astrud demostraron una vez más lo listos que son al ponerle a su sello discográfico precisamente ese nombre: Austrohúngaro. Los amigos del Nickjournal, al sacar yo el tema tras el debate electoral del lunes, fueron citando obras austrohúngaras, que he recogido en esta (pequeña) Biblioteca. Dicen los comentaristas que Zapatero y Rajoy no hablaron del futuro. Y eso es justo lo que está en estos libros: el futuro, nuestro futuro austrohúngaro.

1. Los últimos días de la humanidad, Karl Kraus (Tusquets).
2. El hombre sin atributos, Robert Musil (Seix Barral).
3. Las tribulaciones del estudiante Törless, Robert Musil (Seix Barral).
4. La marcha Radetzky, Joseph Roth (Edhasa).
5. La filial del infierno en la tierra, Joseph Roth (Acantilado).
6. El busto del emperador, Joseph Roth (Acantilado).
7. El mundo de ayer, Stefan Zweig (Acantilado).
8. Fouché: el genio tenebroso, Stefan Zweig (Debate).
9. La lucha contra el demonio: Hölderlin, Kleist, Nietzsche, Stefan Zweig (Acantilado).
10. La Viena de Wittgenstein, Allan S. Janik y Stephen E. Toulmin (Taurus).
11. Ludwig Wittgenstein, Ray Monk (Anagrama).
12. Memorias de un antisemita, Gregor von Rezzori (Anagrama).
13. Diarios (1910-1923), Franz Kafka (Tusquets).
14. El otro proceso de Kafka, Elias Canetti (Alianza).
15. La lengua absuelta, Elias Canetti (Alianza).
16. La antorcha al oído, Elias Canetti (Alianza).
17. El juego de ojos, Elias Canetti (Alianza).
18. El Danubio, Claudio Magris (Anagrama).
19. Las aventuras del valeroso soldado Schwejk, Jaroslav Hasek (Destino).
20. El palacio de Gripsholm, Kurt Tucholsky (Punto de Lectura).
21. Poesía lírica, seguida de "Carta de Lord Chandos", Hugo von Hofmannsthal (Igitur).
22. Un armiño en Chernopol, Gregor von Rezzori (Anagrama).
23. La lección de lengua muerta, Andrej Kusniewicz (Anagrama).
24. Nadie es perfecto, Billy Wilder, Hellmuth Karasek (Grijalbo).
25. Billy Wilder, Ed Sikov (Tusquets).
26. Pequeña pornografía húngara, Peter Esterhazy (Alfaguara).
27. Introducción al psicoanálisis, Sigmund Freud (Alianza).
28. El maleficio, Hermann Broch (Adriana Hidalgo).
29. Trastorno, Thomas Bernhard (Alfaguara).
30. Una soledad demasiado ruidosa, Bohumil Hrabal (Destino).
31. El tiempo de los regalos, Patrick Leigh Fermor (Península).
32. El último encuentro, Sándor Marai (Salamandra).
33. Divorcio de Buda, Sándor Marai (Salamandra).
34. La señorita Else, Arthur Schnitzler (Acantilado).
35. El regreso de Casanova, Arthur Schnitzler (Acantilado).
36. Relato soñado, Arthur Schnitzler (Acantilado).
37. Errata: el examen de una vida, George Steiner (Siruela).
38. Presencias reales, George Steiner (Destino).
39. Sexo y carácter, Otto Weininger (Losada).
40. Ornamento y delito, Adolf Loos (Gustavo Gili).
41. Quiero dar testimonio hasta el final (Diarios 1933-1945), Victor Klemperer (Galaxia Gutenberg).
42. La otra parte, Alfred Kubin (Siruela).
43. El Sanatorio de la Clepsidra, Bruno Schulz (Maldoror).
44. El país tenebroso, Bruno Schulz (Círculo de Bellas Artes).
45. Acontecimientos de la irrealidad inmediata / La guarida iluminada (diario de sanatorio), Max Blecher (Aletheia).
46. Sebastián en sueños, Georg Trakl (Pre-textos).
47. Mi Lvov, Josef Wittlin (Pre-textos).
48. Libro de Réquiems, Mauricio Wiesenthal (Edhasa).
49. El castillo alto, Stanislav Lem (Funambulista).
50. Cordero negro, halcón gris. Viaje al interior de Yugoslavia, Rebecca West (Ediciones B).

12.2.08

Una muerte educada

La semana pasada (me da por contarlo ahora, de pronto) se produjo un suicidio en mi familia. Era una prima lejana, de mi edad, con la que yo apenas había tenido trato: pero me ha impresionado su manera pulcra y educada de matarse... Vivía sola. Sus familiares más cercanos (sus padres y su hermano) habían ido muriendo en el curso de los últimos años. Ella dejó encima de la mesa del salón todos los papeles: títulos de propiedad, números de cuentas bancarias, carnets, tarjetas, todo lo que hubiera tenido que buscarse. Ella lo dejaba allí a la mano, ordenadito. Luego pidió una pizza. En la mesa estaba también el estuche de la pizza y el ticket. A la pizza le faltaba sólo un trocito: lo último que comió en su vida. Luego se metió en la cama, se inyectó morfina (era enfermera), se tapó con la manta y se murió. Yo, como digo, apenas la había tratado: pero la he visto siempre, desde niño, allá al fondo en alguna esporádica ocasión familiar. Era amable sin exceso, reticente aunque no callada. Detecto ahora un fondo de melancolía en su sonrisa. Me emociona que lo hubiese dejado todo dispuesto en la mesa: en un último intento por no causar molestias más allá de las inevitables... La inevitable que fue recoger su cadáver y llevarla al cementerio. Y aún tuvo una elegancia última: la de que su ausencia tampoco pese demasiado. (Me emociona eso: su elegancia, su transparencia, su levedad.)

9.1.08

¿Por dónde se la mete Deza a la joven Pérez Nuix?

Concuerdo con Manuel Rodríguez Rivero, en su artículo de debut en Babelia, en que la mejor novela española de 2007 ha sido la de Javier Marías (aunque yo no es que no las haya leído todas, sino que creo que sólo he leído esa). Lo que no comparto es su decepción por el polvo entre Deza y la joven Pérez Nuix. ¡Pero si es un polvo magnífico! Un polvo, en verdad, innovador y sorprendente, que abre brecha en el género: la del polvo atildado. Quizá Rodríguez Rivero esperaba algo más bukowskiano o henrymilleriano, o jadeos y refocilaciones telúricas a lo García Márquez. Pero el polvo que le echa Deza a la joven Pérez Nuix es el que mejor le va a su personalidad desvaída y algo esquinada. El polvo, por lo demás, no puede desgajarse del calentón previo de la faldita y la media que se va desgarrando, y que sí que es más universalmente memorable...

Pero esta decepción de Rodríguez Rivero me ha sorprendido menos que algo que llevo leído ya en varios foros: que Deza se la mete a la joven Pérez Nuix por el culo. Afirmación que muestra, más que nada, la indigencia erótica de los que la profieren, a los que ni siquiera se les ha pasado por la cabeza que se puede meter la polla en el coño desde atrás (con los dos tendidos de costado, la mujer delante del hombre, se entiende). Yo daba esto ya por sabido. Pero parece que ni las toneladas y toneladas de pornografía consumidas a estas alturas le han aligerado del todo al españolito medio su ancestral anquilosamiento católico.

19.12.07

El crepúsculo celta

Sabía que Cyril Connolly había frecuentado Málaga, y recuerdo haber visto una foto suya en Torremolinos. Pero ignoraba lo que me contó la semana pasada Jordá: que su lugar de residencia era La Cónsula, que pertenecía a la familia de su primera mujer. Aquella finca es hoy una prestigiosa escuela de hostelería. Y lo asombroso es que en su jardín están las cenizas de Félix Bayón. Fueron enterradas allí por motivos gastronómicos, y resulta que había también motivos literarios. No sé si Bayón leyó a Connolly, pero sin duda suscribiría esta frase: "El escritor debe ser un detector de mentiras que exponga las falacias en las palabras y los ideales antes de que maten a medio mundo". Pertenece a Enemigos de la promesa, donde se encuentra este otro párrafo intachable:

Es la sobremesa de un día sofocante. El almuerzo ha consistido en una tortilla, vichy y melocotones. La mesa está a la sombra de un plátano, y un gramófono suena en la habitación contigua. Siempre procuro escribir por la tarde, pues corre suficiente sangre irlandesa por mis venas para que tema el temperamento irlandés. La forma literaria que éste adopta, conocida como el crepúsculo celta, consiste en una adicción a la melancolía y un uso exagerado de palabras, y los buenos escritores irlandeses exorcizan al demonio disciplinándose en una cultura extranjera y más rigurosa. Yeats traducía del griego, mientras que Joyce, Synge y George Moore huyeron a París. En cuanto a mí, el latín de Augusto y el inglés neoclásico me parecen los mejores correctivos, pero no siempre dan el resultado apetecido y, si escribo cuando oscurece, las sombras del crepúsculo esparcen sus tonos purpúreos desde el principio hasta el fin de mi prosa.

18.11.07

Amor de chapapote

Somos hijos del desastre. Somos hijos, en verdad, de todo, incluido el desastre. Las operaciones puritanas por liquidar el pasado, o endulzarlo, o por cuartear lo que nos ha conducido hasta aquí, tienen un fondo enfermo. O, como mínimo, de autoilusión. Pudo apreciarse esta semana en un caso particular. Se cumplían los cinco años del chapapote y en la Ser entrevistaron a una pareja que se conoció allí. Él era de Muxía, uno de los pueblecitos manchados por el alquitrán, y ella una voluntaria de Barcelona. Se enamoraron, se casaron y tuvieron una hija. Ambos son prototipos de ecologistas buenazos. La locutora le pidió a él que contara qué le había enamorado de ella: "Es muy buena, muy ecologista". Ella, hablando del cambio climático, se echó a llorar: ciertamente, le duele el Planeta como a Unamuno le dolía España (y está loquita por Gore). Uno se imagina al Amor, como figura alegórica, emergiendo del alquitrán y adhiriéndose a sus monos ennegrecidos en aquellas jornadas: el chapapote fue el flujo en que se encontraron sus flujos. La Catástrofe Ecológica les colocó el colchón, y ellos se revolcaron en él (aquellas noches habría olor a petróleo entre los sudores y los jadeos: follarían con la habitación perfumada de aquello contra lo que estaban luchando). Ella se quedó a vivir allí. Hace dos años y medio nació Lucía y la quieren como a nada en el mundo. Una hija que no existiría de no haber existido el chapapote, como tampoco hubiera existido ese amor. La vida que llevan hoy los dos, los tres, se la deben al chapapote. La locutora les preguntó si no eran conscientes de ello; pero no entendieron la dimensión (¡atroz!) de la pregunta. La mujer se fue de nuevo por los cerros pánfilos de Rousseau: "Claro, eso demuestra que, en esta sociedad individualista, cuando das, recibes más de lo que das. Yo fui a dar mi tiempo para luchar contra el chapapote, y a cambio recibí más: mi amor, mi hija". La pregunta tendría que haber sido formulada así, a ver si se enteraban: "¿Preferirían ustedes, hoy, que no se hubiera producido el chapapote, con lo que no se hubiesen enamorado, ni hubiese nacido su hija?" Esa era la pregunta. Demasiado para un ecologista: con sólo atisbarla, probablemente hubiesen estallado en directo.

8.11.07

El rinoceronte

El joven Wittgenstein llega a Cambridge arrollando. En las discusiones Bertrand Russell se desespera, porque no consigue que su discípulo reconozca que "no hay un rinoceronte en la habitación". Así se lo repite por carta a su amante Ottoline (al principio Russell piensa que Wittgenstein es alemán):

Mi ingeniero alemán es muy discutidor y agotador. No admitiría que es cierto que no hay un rinoceronte en la habitación... Volvió y no dejó de discutir mientras me estaba vistiendo. // Mi ingeniero alemán, creo, es un necio. Cree que nada empírico es cognoscible..., le pedí que admitiera que no había ningún rinoceronte en la habitación, pero no lo hizo.

Y añade el biógrafo Monk:

En una época posterior de su vida, Russell insistió mucho en estas discusiones, y afirmó que había mirado debajo de las mesas y de las sillas del aula en un esfuerzo por convencer a Wittgenstein de que no había presente ningún rinoceronte.

Leo todo esto tronchándome de risa. Hasta que descubro que sí que había un rinoceronte en la habitación: Wittgenstein.

24.10.07

El canon de Montano

Me he animado a rellenar yo también el cuestionario que el 4 de octubre le pasó Arcadi Espada a Martín de Riquer en el suplemento cultural de El Mundo para que estableciera (o esbozara) su canon literario. He decidido (por nada, sólo por aligerarme de compromisos) cancelar mi colaboración con Kiliedro, y ésta me parece una buena forma de despedida. Sólo he cambiado de orden las dos últimas preguntas, para concluir con la memorable frase de Cervantes.

1. Mejor libro de caballerías. Los únicos que he leído (exceptuando el Quijote) son los libros de caballerías de Fernando Savater: El juego de los caballos y A caballo entre milenios. Los he disfrutado muchísimo, a pesar de que no me gusta la hípica. Me parecen particularmente deliciosas las crónicas del Derby de Epsom.

2. Mejor poema de amor. Diré cinco: "La unión libre" de André Breton (que incluye el verso "Mi mujer de sexo de algas y de bombones antiguos"); "Pilares" de Octavio Paz (que incluye "Yo me pierdo en tus ojos/ y al perderme te miro/ en mis ojos perdida" y "con los ojos cerrados,/ con mi tacto y mi lengua,/ deletreo en tu cuerpo/ la escritura del mundo"); el soneto XII del Cancionero de Petrarca (el que empieza "Si del tormento áspero mi vida"); el "Poema leído en la boda de André Salmon" de Apollinaire (que incluye el adorable "el Amor hoy quiere que mi amigo André Salmon se case"); y "A una transeúnte" de Baudelaire ("Fugitiva belleza / cuya mirada me hizo, de un golpe, renacer").

3. Mejor poema épico. En la tradición escrita: las crónicas ciclísticas de Carlos Arribas en El País. En la tradición oral: las retransmisiones radiofónicas de Javier Ares. Un ejemplo de estas últimas: "¡Ataca Pantani! ¡El Elefantito! ¡El Divino Caaalvo!".

4. El mejor verso. Van diez: "cesó todo y dejéme" (San Juan de la Cruz); "entre las azucenas olvidado" (ídem); "Só mornos ao sol quente" [sólo tibios al sol caliente] (Ricardo Reis); "que el viento mueve, esparce y desordena" (Garcilaso de la Vega); "en nuestros labios, de chupar cansados" (Francisco de Aldana); "El mar, y nada más" (Luis Cernuda); "I have measured out my life with coffee spoons" [He medido mi vida con cucharillas de café] (T. S. Eliot); "en la mutilación de la metralla" (Ramón López Velarde); "Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos" (Pere Gimferrer); "No basta ser cruel. Eres el último" (Jorge Luis Borges).

5. La mejor traducción. Las que hizo Andrés Sánchez Pascual de Nietzsche y de Jünger, y las que hizo Miguel Sáenz de Thomas Bernhard. Ya dije alguna vez que me parecen obras maestras del español.

6. Mejor cuento infantil. Sin duda, Pinocho. Me impresionó especialmente una versión televisiva que emitieron a mediados de los setenta. Era muy descarnada, casi traumática, hecha con actores de carne y hueso (a Pinocho lo interpretaba un niño peloncete llamado Andrea: me inquietó que un niño tuviese nombre de niña). Hace poco reviví el cuento gracias a las reflexiones que le dedica Paul Auster en La invención de la soledad.

7. La mejor novela policíaca. Las de mis dos detectives favoritos: Sherlock Holmes y Hércules Poirot. Más otra de Agatha Christie sin Poirot: Diez negritos.

8. La mejor biografía. Don Ramón María del Valle-Inclán de Gómez de la Serna, Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía de Safranski, Gustave Flaubert de Herbert Lottman, Noel Rosa: uma biografia de João Máximo y Carlos Didier, y O anjo pornográfico: a vida de Nelson Rodrigues de Ruy Castro.

9. La mejor novela de aventuras. La línea de sombra de Joseph Conrad, que cuenta la aventura del paso de la primera juventud a la (primera) madurez. El eje es la lucha contra un enemigo insondable e insidioso: la calma chicha en alta mar. Y otra de Conrad: El espejo del mar (en la traducción de Javier Marías), que habla de la aventura del mar a pelo, sin novela.

10. Las mejores memorias. Las de Nietzsche: Ecce homo. Un libro injustamente calificado de ególatra, cuando es un puro chisporroteo humorístico. Nietzsche se nos muestra más entrañable que nunca, y su autoironía es total. Incluye además unas sublimes páginas sobre la inspiración y el símbolo, a propósito de Así habló Zaratustra. En esa línea juguetonamente petulante siempre he adorado "La confesión desdeñosa" de André Breton (incluida en Los pasos perdidos). Otras memorias excelentes, y cuya escritura constituye un ejemplo de castellano diáfano, son las de Luis Cernuda: Historial de un libro. Y, por supuesto, la pentalogía autobiográfica de Thomas Bernhard. ¡Y el Mira por dónde de Savater!

11. El mejor himno. El "Himno a la Luna" de Leopoldo Lugones (incluido en Lunario sentimental). Si hubiera que escoger el de algún país, el brasileño, que dice la palabra "retumbante": "Ouviram do Ipiranga às margens plácidas/ de um povo heróico o brado retumbante". Ivan Lins tiene una versión del himno. Aunque él mismo compuso un himno mucho mejor, la canción "Meu país": "Aqui é o meu país/ nos seios da minha amada". ("Seios" significa, patrióticamente, "senos").

12. La mejor crónica o reportaje. La Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, en cuyo prólogo hace la siguiente declaración: "y a esta causa, digo y afirmo que lo que en este libro se contiene es muy verdadero, que como testigo de vista me hallé en todas las batallas y reencuentros de guerra; y no son cuentos viejos, ni Historias de Romanos de más de setecientos años, porque a manera de decir, ayer pasó lo que verán en mi historia, y cómo y cuándo, y de qué manera". Destaco también el informe que escribió Vargas Llosa sobre la matanza de Uchuraccay, en los Andes (que leí en uno de los tomos de Contra viento y marea). Y la historia de la bossa nova escrita por Ruy Castro, Chega de saudade. História e histórias da Bossa Nova: un magnífico reportaje de cuatrocientas páginas.

13. La mejor obra sobre Barcelona. Sin duda, los poemas de Jaime Gil de Biedma. En especial "Barcelona ja no és bona", con sus irresistibles pasajes: "Oh mundo de mi infancia, cuya mitología/ se asocia -bien lo veo-/ con el capitalismo de empresa familiar!". Y si tuviese que decir la mejor sobre Málaga: El otro reino de la muerte, titulado en otra edición Málaga en llamas, de Gamel Woolsey (que era muchísimo mejor escritora que su marido Gerald Brenan).

14. El libro más útil. Apariencia desnuda de Octavio Paz y Duchamp. El amor y la muerte, incluso de Juan Antonio Ramírez: ambos son utilísimos para aproximarse a la comprensión de una de las cosas fundamentales de esta vida, como es el Gran Vidrio de Marcel Duchamp.

15. La mejor novela psicológica. Por el camino de Swann, de Marcel Proust, que es el único tomo que he leído (¡por ahora!) de En busca del tiempo perdido: por las evocaciones de su infancia, las reflexiones sobre la magdalenesca memoria y el estudio, más que sobre los celos, sobre el amor no correspondido; con aquella inolvidable conclusión: "¡Y pensar que he malgastado los mejores años de mi vida por una mujer que no era mi tipo!". Aunque mi mayor descubrimiento literario relacionado con la psicología no me lo dio una novela, sino el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa: en él encontré que podía escribirse sobre la intimidad de un modo que yo jamás había sospechado.

16. La mejor fantasía. Las de Borges, en Ficciones y El Aleph. Y los cuatro primeros libros (hasta Relatos de poder inclusive: ni uno más) de Carlos Castaneda.

17. El mejor drama. Escogeré dos guiones de cine, y sus películas: Breve encuentro de David Lean y El apartamento de Billy Wilder. Las dos están relacionadas: cuando Wilder vio Breve encuentro, se fijó en el personaje que le presta el apartamento a la pareja de amantes. ¿Qué hará él mientras tanto?, pensó. Y ese fue el origen de su futura película. En Breve encuentro, por cierto, hay una frase memorable, cuando el protagonista le dice a la protagonista, para animarla a que acepte su invitación: "Vamos, la mediana edad sólo se vive una vez". (El drama, o la tragedia, es la disyuntiva entre el Orden y la Aventura.)

18. El mejor libro científico. La evolución del deseo de David M. Buss, que es como una operación de cataratas románticas para el corazón. También experimenté un gran placer científico con el desenmarañamiento que hace Dámaso Alonso del Polifemo de Góngora. Añado un ensayito de ciencia psicoanalítica: "Duelo y melancolía" de Freud (incluido en El malestar en la cultura).

19. El mejor tratado político. La Historia de Roma de Indro Montanelli: ahí está todo, pasado, presente y porvenir. Y también Jünger: Radiaciones (sólo los tomos de la Segunda Guerra Mundial) y La emboscadura.

20. La mejor obra cómica. Leyendo me he sonreído muchas veces, pero apenas me han salido carcajadas. Éstas se han producido, por ejemplo, con Pantaleón y las visitadoras de Vargas Llosa, La vida exagerada de Martín Romaña de Bryce Echenique y casi todos los libros de Thomas Bernhard (en especial Tala, El imitador de voces y los pasajes contra Stifter y Heidegger de Maestros antiguos).

21. La mejor frase de Cervantes. Esta del admirable prólogo del Quijote, tan justamente repetida: "procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo, pintando, en todo lo que alcanzáredes y fuere posible, vuestra intención; dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos y escurecerlos". (Vale.)

[Publicado en Kiliedro]

19.10.07

La mejor novela de Tabucchi

El año de la muerte de Ricardo Reis es la mejor novela de Tabucchi... sólo que, para desgracia de Tabucchi, no la escribió Tabucchi, sino Saramago. Es por eso por lo que Tabucchi odia encarnizadamente a Saramago: por haberle escrito su mejor novela (ausente, pues, de la bibliografía de Tabucchi). Pero Tabucchi no debería deprimirse: al fin y al cabo, vistos los paquetes que ha solido escribir Saramago, el que El año de la muerte de Ricardo Reis sea tan buena se debe precisamente a que no es de Saramago, sino de Tabucchi (por más que la haya escrito Saramago).

9.10.07

El empujoncito

Acaba de empezar el curso y mis amigos profesores ya están que trinan. Al parecer, este año los alumnos vienen peor que nunca. Se suceden las anécdotas. El alumno de último curso de bachillerato que lee torpemente en voz alta, silabeando (y, por supuesto, sin enterarse de lo que lee). Una clase en la que ningún alumno sabe ordenar cronológicamente estas épocas: "Renacimiento, Antigüedad, Edad Media, Ilustración". La profesora que ve a un alumno con una camiseta del Ché Guevara, le pregunta de quién es esa imagen, el alumno se la mira sin mucha atención y dice: "¿Yo qué sé? ¡Un moro!". El profesor que emplea la primera clase en hablar de las optativas del curso siguiente. Una alumna le pregunta: "¿Qué es la Sociología?". El profesor empieza a responder: "La Sociología es la ciencia que estudia...". En ese punto le interrumpe la alumna: "Ah, ¿que hay que estudiar? ¡Entonces pido Educación Física!". Pero la mejor es una de los exámenes de septiembre. Un alumno de último curso que, según el profesor, es un auténtico ceporro que no da ni golpe, vuelve a suspender. Cuando ve su nota, corre a lloriquearle al profesor. Entre sus argumentos destaca este: "Anda, profe, dame un empujoncito. Si ya estoy a punto de acabar. Dame un empujoncito, anda, como han hecho los otros".

Ahí lo tenemos: el empujoncito. Nuestro sistema educativo se ha convertido en eso: una cadena de empujoncitos, por medio del cual se va aupando a los alumnos de curso en curso hasta el final. Sin que hayan necesitado hacer ningún esfuerzo. Nuestro sistema educativo es una escalera mecánica por medio de la cual el alumno puede entrar en primaria y salir en secundaria sin haberse tomado el trabajo de subir por sí mismo ni un solo escalón. La metáfora también vale para los alumnos que quisieran subirlos: no pueden, porque la escalera está atestada por los que se han apalancado en ella, constituyendo una barrera que obliga a todos a ir al cansino ritmo automático.

Escucho a mis amigos profesores como si fuesen videntes que tienen ya un pie en el futuro. Porque, de hecho, es así: ellos ya están viendo en los institutos cómo va a ser la sociedad de aquí a diez o quince años. Sus alumnos son la avanzadilla: es el inicio de la ola que luego romperá en la sociedad. Aunque, en realidad, ya ha roto. La catastrófica Logse ya lleva expelidas unas cuantas promociones. En todos los sectores puede atisbarse el bajonazo del nivel. Ya hasta hay alumnos logse que son profesores logse: los profesores más ceporros que se han visto jamás en España. Hace quince años se distinguían claramente los profesores de instituto de los de universidad: los de institutos eran, de lejos, muchísimo mejores. Hoy esa distancia ya no existe. La igualación se ha producido a la baja.

La última pieza que le han añadido a la escalera mecánica es la de que se puede pasar de curso con cuatro suspensos. El político sólo conseguirá con ello camuflar las estadísticas. Literalmente, esa medida abarata aún más los títulos. Se trata de una política inflacionaria en lo que a educación se refiere: los títulos van perdiendo respaldo, son puro papel. Lo salvaje es que, tras la escalera mecánica, se encuentra la pared vertical, a pelo, de la vida laboral (y de la realidad a secas). Entonces el alumno que ni siquiera ha sido enseñado a subir escalones, es obligado a escalar. Nunca se ha dado un contraste tan sangrante entre el paternalismo consentidor del sistema educativo y el carácter navajero e implacablemente darwinista del sistema laboral en el que desemboca. Al final de la cadena de empujoncitos lo que le espera al alumno, en cuanto asoma por el agujero, es a un cretino con el bate de béisbol reventándole la cara. (Obviamente, estoy hablando sólo de los pobres: los ricos tienen otro paisaje, empezando por los hijos de los que aniquilaron nuestro bachillerato.)

[Publicado en Nickjournal]

27.9.07

John Donne en Brasil

En el disco Cinema transcendental de Caetano Veloso, de 1979, hay una joyita cultureta: unos versos de John Donne traducidos (adaptados más bien) por Augusto de Campos y musicados por Péricles Cavalcanti. No sé si en Inglaterra se ha hecho algo parecido. En Brasil ya vemos que sí: sofisticaciones del extrarradio. La canción se titula "Elegia" y contiene un fragmento de la elegía XIX de John Donne: "To His Mistress Going to Bed". Aquí está entera, en su versión original y en la traducción al portugués de Augusto de Campos. Yo copio y traduzco la letra de la canción, tal como viene en el disco:

Deixa que minha mão errante adentre
Atrás, na frente, em cima, embaixo, entre
Minha América, minha terra à vista
Reino de paz, se um homem só a conquista
Minha mina preciosa, meu império
Feliz de quem penetre o teu mistério
Liberto-me ficando teu escravo
Onde cai minha mão meu selo gravo
Nudez total: todo prazer provém do corpo
(Como a alma sem corpo) sem vestes.
Como encadernação vistosa,
Feita para iletrados, a mulher se enfeita
Mas ela é um livro místico e somente
A alguns a que tal graça se consente
É dado lê-la.
Eu sou um que sabe.


[Deja que mi mano errante se adentre
por detrás, por delante, por encima, por debajo, entre
mi América, mi tierra a la vista
reino de paz, si sólo un hombre la conquista
mi mina preciosa, mi imperio
feliz el que penetre en tu misterio
me libero siendo tu esclavo
donde cae mi mano, mi sello grabo
desnudez total: todo placer proviene del cuerpo
(como alma sin cuerpo) desvestido.
Como encuadernación vistosa,
hecha para iletrados, la mujer se adorna
pero ella es un libro místico y solamente
a algunos a los que tal gracia se consiente
les es dado leerla.
Yo soy de los que saben.]
* * *
(24.9.2009) Me manda Ernesto Hernández-Busto esta traducción de Octavio Paz:
Deja correr mis manos vagabundas
Atrás, arriba, enfrente, abajo y entre,
Mi América encontrada: Terranova,
Reino sólo por mí poblado,
Mi venero precioso, mi dominio.
Goces, descubrimientos,
Mi libertad alcanzo entre tus lazos:
Lo que toco mis manos lo han sellado.
La plena desnudez es goce entero:
Para gozar la gloria las almas desencarnan,
Los cuerpos se desvisten.
Las joyas que te cubren
Son como las pelotas de Atalanta:
Brillan, roban la vista de los tontos.
La mujer es secreta:
Apariencia pintada,
Como libro de estampas para indoctos
Que esconde un texto místico, tan sólo
Revelado a los ojos que traspasan
Adornos y atavíos.
Quiero saber quién eres tú: descúbrete,
Sé natural como en el parto,
Más allá de la pena y la inocencia
Deja caer esa camisa blanca,
Mírame, ven, ¿qué mejor manta
Para tu desnudez, que yo, desnudo?
(20.1.2017) Por Péricles Cavalcanti:

22.9.07

El cantante de las multitudes

La primera vez que vi el nombre de Orlando Silva fue en Verdade tropical, el libro de Caetano Veloso. Allí supe que fue el primer cantante moderno de Brasil y que João Gilberto lo consideraba "el mayor de todos los tiempos". Ahora me he leído la biografía de Jorge Aguiar: Nada além. A vida de Orlando Silva; lectura que he acompañado con la audición de sus grabaciones de los años treinta, que tenía en un disco de la colección Revivendo, con su aroma a gramófono. El efecto ha sido emocionante. Ya lo hice hace años con la monumental biografía de Noel Rosa, de quien también tengo varios discos de esa colección. Uno lee las circunstancias que rodean una grabación del año 1935, y todas las cosas que le están pasando al personaje en esos momentos, y después pone la canción: de pronto aparece la época en el cuarto, con su trastorno fantasmal, ordenado en música. Son especialmente brillantes los primeros capítulos del libro: aquellos que describen la pobreza y la marginación del mulato de la Zona Norte de Río de Janeiro. Esa pobreza que empapa y que resta ser al que la lleva: una pobreza que ensucia y corroe la intimidad, y que provoca irreversibles daños metafísicos. Hace poco, leyendo A hora da estrela de Clarice Lispector, ya la encontré en su protagonista, la inerme Macabéa, para quien la existencia es "como beberse un café frío". Por cierto, quiso la casualidad que ese mismo día cayese en mis manos la entrevista de Diego Manrique a Manu Chao, ese "amigo de los pobres" que, comparado con Macabéa, y comparado con la comprensión que de Macabéa y de la pobreza tiene Clarice Lispector, me pareció un insufrible pijo. Tomé notas para un artículo que luego dejé pasar. Iba a titularse "Clases privilegiadas" y mi intención era hablar de la pobreza en términos de ser. Cómo todas las prédicas marxistas dejan intacta esa cuestión, y cómo todos los líderes, aunque digan defender al pobre, pertenecen (¡metafísicamente!) a las "clases privilegiadas".

A Orlando Silva le esperaba un destino como el de Macabéa... de no haber llegado a poseer un don: su voz. En la biografía se describe vívidamente su primera prueba en la radio, cómo se interesó por él el compositor Bororó, quien a su vez lo llevó a la máxima estrella de entonces, el cantante Francisco Alves. Éste se quedó fascinado desde el primer momento con Orlando y se encariñó paternalmente con él. Resulta conmovedor el relato de su generosidad, que queda resumido en este párrafo:

Todos los sueños de realización artística de aquel aspirante a cantante habrían sucumbido de no haber sido por la generosidad de aquel hombre. La dedicación desinteresada de Francisco Alves, que se entregó a la formación profesional del joven Orlando Silva, constituye uno de los más hermosos capítulos de la historia de la música popular brasileña.

Generosidad que nunca se volvió mezquina, ni siquiera cuando el discípulo superó en popularidad al maestro. El éxito de Orlando Silva resultó espectacular. Fue el primer cantante brasileño al que aclamaron las masas (y en un grado que no se ha vuelto a repetir), que llenaba los teatros y colapsaba las calles en sus giras, por lo que recibió el apelativo de O Cantor das Multidões. Pero nunca fue feliz: la fama y el dinero no consiguieron repararle el daño anterior. Como escribe Jorge Aguiar: "No logró sobrevivir sin secuelas a la miseria".

Su esplendor vocal duró sólo siete años: de 1935 a 1942 (Orlando Silva había nacido en 1915). Entonces empezó a perder la voz. Siguió grabando discos más o menos decadentes, hasta que murió en 1978. Vuelvo, para terminar, a Caetano Veloso, a lo primero que leí sobre "el cantante de las multitudes":

Fue así como entré en contacto con las grabaciones de Orlando Silva de los años treinta, que habían sido la base de la formación de João Gilberto y constituían su más entusiasta admiración musical. A Bethânia y a mí, desde Salvador, nos gustaba muchísimo el elepé Carinhoso, que Orlando Silva había sacado en los años cincuenta, con grabaciones nuevas de sus antiguos éxitos. Pero apenas conocíamos las famosas grabaciones de la primera época, en comparación con las cuales, para nuestra inicial incredulidad, una unanimidad de opiniones consideraba que no tenía ningún valor el disco que conocíamos. Nunca acepté la desvalorización excesiva del elepé de los años cincuenta, pero realmente fue todo un acontecimiento en mi vida escuchar con atención la celestial suavidad del joven Orlando, su fraseo inventivo y su milagrosa naturalidad musical. La ligazón subterránea con el estilo de João Gilberto se hizo más perceptible.

19.9.07

La infancia recobrada

Uso el título que le recomendó Gil de Biedma a Savater en lugar de La infancia recuperada. El filósofo, sin embargo, mantuvo el suyo, que viene de una traducción de Georges Bataille ("la literatura es la infancia al fin recuperada", de La literatura y el mal), por motivos sentimentales. Los motivos sentimentales nos desvían a veces de la mejor opción literaria.

Yo no fui un niño lector. Luego, cuando me aficioné a la literatura en la adolescencia, lo eché de menos. Y lo eché aún más de menos, con sentimiento de culpa incluso, cuando leí La infancia recuperada. Ese libro, que es una celebración del placer, para mí fue fuente de sufrimiento. Exagero un poco con la palabra: dejémoslo en desazón. Desazón melancólica. Era un desasosiego provocado por un placer no vivido y ya imposible de vivir. Ese insidioso sentimiento de pérdida de lo que no se ha tenido. Traté de repararla, a destiempo, y un verano entré concienzudamente en los libros de Guillermo Brown. Tenía algo de quijotesco, de ridículamente quijotesco, mi empeño; sólo que al revés: del mismo modo que Alonso Quijano sale de sus lecturas antiguas al mundo moderno, yo salía del mundo moderno a unas lecturas antiguas... y en busca de una infancia más antigua aún que la mía (y que, además, no era la mía). Si Guillermo y sus amigos me hubieran cazado leyéndolos, se hubiesen tronchado igual que los venteros de don Quijote.

También leí, cómo no, La isla del tesoro. Me gustó, pero no a esos extremos celebrados en La infancia recuperada. Creo que es al final de Apología del sofista donde Savater describe a Jim Hawkins escuchando un eco de las carcajadas de John Silver alejándose con el tesoro. Cuando leí ese pasaje, sentí que el tesoro que se había llevado el pirata era el de la infancia lectora que no tuve. Pero el propio Savater me sacó de ese estado melancólico poco tiempo después. Fue en una conferencia, en que habló de las tribulaciones de su traductora al inglés por encontrar la cita que el filósofo había puesto al comienzo del capítulo sobre La isla del tesoro de La infancia recuperada: "Mis ojos se extasiaron ante el mar infinito". La traductora se había releído minuciosamente la novela de Stevenson y no había encontrado esa frase. Entonces Savater recordó que no era del libro, sino de una adaptación radiofónica, que fue como escuchó la historia de niño por primera vez. Y yo comprendí ahí, de sopetón, el ridículo de esos años míos de nostalgia adolescente por la infancia perdida. Ceporramente me había enroscado (sería el famoso bucle melancólico) en la palabra lectura, referida a libros exclusivamente: sin haber tenido en cuenta la cantidad de tebeos que yo leí. Ni las toneladas industriales de dibujos animados, películas y series de la televisión. Incluida una maravillosa adaptación de La isla del tesoro que habían emitido en varios capítulos los sábados por la mañana, cuando yo tenía ocho o nueve años.

De pronto, con incredulidad, volví a sentir mi infancia llena. Por aquel entonces era aún pronto para la nostalgia generacional, pero unos años más tarde ya empezaría a ser frecuente entrar en trance con los amigos recordando la mitología infantil común (de la que no tardarían en aparecer memorias alusivas, como Los niños de los Chiripitifláuticos de Ignacio Elguero). Por volver a Gil de Biedma, al final todo adulto puede repetir, recordando su niñez, estos versos suyos: "De mi pequeño reino afortunado / me queda esta costumbre de calor / y una imposible propensión al mito".

Me río al recordar la profusión de personajes, y de locuras, de la televisión de entonces. Y me asombro al comprobar que ocurría algo que hoy parece imposible: cómo, entre los dibujos animados, las marionetas, las pipis y los locomotoros, nos bebíamos con la misma delicia peliculones de John Ford, Howard Hawks o Raoul Walsh. Una amiga, que debió de ser una niña bastante aplicada, me confesó una vez que los sábados por la tarde, mientras emitían la película de Primera sesión, se encerraba en su cuarto a leer los Episodios nacionales de Galdós. A mí me hubiese encantado, desde luego, leer de niño los Episodios nacionales... pero no los cambio por aquellas tardes en que salíamos, tras el "The End", a prolongar la película en la calle, dando alaridos como pequeños arrapahoes. Aquellos fueron (volviendo a Savater) nuestros genuinos episodios pasionales.

Y, junto con la televisión, los tebeos. Recuerdo el primero que leí. Por casa había ya unos cuantos, que yo había repasado muchas veces pero fijándome sólo en los dibujos, sin leerlos: sencillamente, no se me había ocurrido. Uno de esos tebeos era un álbum de Mortadelo y Filemón: El otro "yo" del profesor Bacterio, título que mi hermana y yo llevábamos tiempo leyendo así: "El otro, yo, del profesor Bacterio". Una tarde, o una noche, me encontraba solo en el cuarto mientras el resto de la familia veía la tele en el salón. Me veo sentado en la cabecera de la cama, con el álbum de Mortadelo y Filemón en las manos y decidiendo, de un modo confuso, hacer con la primera viñeta eso que hacíamos en la escuela: leer. Me asombró notar que los personajes hablaban, como en los dibujos animados. Y me asombró aún más ver cómo la historia iba avanzando, de una viñeta a otra, de una página a otra... ¡como en una película! Era algo que nunca me hubiera imaginado. Me veo cerrando la última página con una sensación de incredulidad y de gozo. Me veo saliendo al salón y observando a mis padres y mi hermana en el sofá, extrañado de que sus gestos siguiesen siendo cotidianos. Algo había cambiado ya, sin que yo me diese mucha cuenta de ello. Había descubierto que existía otro mundo.

A partir de entonces leí y leí tebeos, de todo tipo y de toda extensión. Aunque, quizá a causa de aquel momento inaugural, siempre preferí las historias largas y, a ser posible, los álbumes con pasta dura: Mortadelo y Filemón, por supuesto, y Astérix, Tintín, Lucky Lucke o el Teniente Blueberry. También los Clásicos Bruguera (mucho Verne y Dickens y Walter Scott, aunque en tebeo); y biografías dibujadas de personajes célebres. Los primeros libros "sólo de letras" que leí fueron dos de Salgari: En las fronteras del Far West y La ciudad del rey leproso. Me gustaron, pero no tanto como para leer más: seguí prefiriendo los tebeos. Mi primera pasión libresca llegó con Agatha Christie. Estuve casi dos años leyéndola sólo a ella (me niego a contar las lecturas escolares, obligatorias). Hasta que, ya con dieciséis, cayeron en mis manos tres libros que me hicieron descubrir la literatura, en lo que a "placer del texto" se refiere (placer que podía suplir la ausencia de asesino y de investigación): Cien años de soledad de García Márquez, La guerra del fin del mundo de Vargas Llosa y Memorias de un niño de derechas de Francisco Umbral. Poco después llegaría también Savater. A él me encanta leerle sobre autores a los que no leeré nunca, o que nunca disfrutaré como él. Pero mi placer particular consiste en recrearlos sólo un momento, cuando él los cuenta. Con Borges me ocurre igual. Soy un lector con muchos defectos, pero que sabe disfrutar con las lecturas de otros: soy un buen lector de buenos lectores.

[Publicado en Kiliedro]