24.3.08
11.3.08
Como un fan
Los columnistas de la derecha han hecho su agosto con los triunfos en días sucesivos, ambos por votación de los españoles, del Chikilicuatre y ZP. Pero estos columnistas suelen ponerse tan pomposos que terminan ocupando el lugar el auténtico friki del concurso, Uribarri. Esto lo ha visto perfectamente Rosa Belmonte en su blog, que para eso es la más lista de la clase. El Chikilicuatre va a hacer que este año nos lo pasemos muy bien en Eurovisión; pero entre los candidatos sí que había esta vez un verdadero artista: Guille Milkyway, con La Casa Azul, cuyo tema "La revolución sexual" quedó en el tercer puesto. Yo no suelo comprarme discos indies (ni casi discos en general, a estas alturas), pero escucho bastante Radio 3, así que estoy más o menos al día. Este Guille Milkyway es un talento: con sus juegos musicales y con sus letras pop, que tontean con la trivialidad pero son de una precisión absoluta. Él es el autor de aquella otra coña de hace dos años, "Amo a Laura", y también de "Superguay", que es un hit en el mundo indie. Pero mi tema favorito es "Como un fan": una preciosa canción de amor, que nuevamente con la envoltura de la trivialidad y de lo kitsch hace una actualización fresquísima del amor cortés (¡nada menos!), al presentar al enamorado como el fan de su amada: "Y mientras,/ yo me enamoraba como un fan/ de tu voz, de tus amigos, de tu ropa/ y de tu manera de mirar". Una delicia emocionante.
7.3.08
La cabina
El gran perdedor del debate del lunes fui yo, puesto que se me derramó una jarra de cerveza (¡sic!) en el teclado de mi portátil nuevo mientras lo comentaba en el Nickjournal. El accidente me sumió en un profundo estado de melancolía, y el resto del debate me llegó ya como un ruido de fondo de mi desolación, mientras desenchufaba el cacharro, lo vaciaba (¡sic!) y trataba de calibrar el estropicio. No pintaba bien: la ruda cerveza entre los sofisticados microchips debía de ser equivalente a una invasión vikinga en la casa de Bill Gates (algo así como el asalto al chalet pijo en La naranja mecánica). El final es infeliz: a la mañana siguiente, ya seco, el portátil no resucitó. Me pasé un par de días dando vueltas hasta que al final lo dejé en el taller y aún no me han dicho si tiene arreglo, ni cuánto me costará.
Cuento esto para que se conozca en qué estado de abatimiento he vivido este último tramo de la campaña electoral. Lo he percibido todo de un modo más calmado (o quizá cansado), pero también más pesimista. Un poco al borde de la rendición. El debate lo terminé recibiendo más aceradamente y el gran perjudicado (si es que necesitaba serlo más, a mis ojos) fue Zapatero. En verdad que este hombre encarna todo lo que yo detesto en un político: la falta de pragmatismo, la cursilería, la ramplonería, el engolamiento, el chantajismo emocional. Su llamado talante es un cerco: un intento de autoblindaje ventajista. Dice “yo no crispo, yo estoy por la simpatía”, mientras te mete el dedo en el ojo. Y si protestas, ya estás crispando y rompiendo el buen rollito... La campaña electoral del PSOE es peligrosísima. Está vendiendo, realmente, elementos que no tienen nada que ver con la política, sino con los manuales de atoayuda: la alegría, el optimismo, el “no ser cenizo”, el pertenecer a una mayoría feliz (“somos más”). Es ya un descarado abuso de la retórica publicitaria: pero ni siquiera de la propaganda política, sino de la estricta publicidad de los productos, que para venderte un perfume te habla de lo mucho que vas a follar con él. El PSOE no sólo está vendiendo cosas que no puede dar la política, sino que la política ni siquiera debería ofrecer. (A estas alturas de la Historia, no podemos ser inocentes a este respecto.)
El día del debate había descartado prestarle mi voto al PP, en favor de UPyD y/o Ciutadans. Ahora vuelvo a no estar seguro. Es mi zozobra de toda esta legislatura: el PP no ha hecho nada por ganarse el voto útil, e incluso parece haber estado haciendo esfuerzos por espantarlo. Pero me parecería tan catastrófica otra victoria de Zapatero, que no termino de descartar la idea. Yo me identifico con las propuestas de UPyD y Ciutadans (y quizá me identificaría, en realidad, con un PSOE que fuese decente). ¿Pero sirve de algo votar a estos partidos, en una circunscripción como la mía? Es una duda que ya sé que me acompañará hasta la cabina del colegio electoral. Este año pienso meterme en ella unos minutos, para pensar y tomar la decisión definitiva. En realidad, para el elector zozobrante, que está contra Zapatero, pero no le perdona al PP que lo haya hecho tan mal, la cabina electoral será algo así como la cabina telefónica aquella en la que se metía López Vázquez y ya no podía salir, en su colapso de terror. Yo me meteré pasado mañana en la cabina, emitiré mi voto y saldré igualmente insatisfecho, porque, vote lo que vote, sabré cuál es el fallo y dónde está la fragilidad.
En cualquier caso, vote o no vote al PP el domingo, algo he aprendido en esta legislatura: que votar a este partido no te hace “de derechas”. Puede que, tal y como están las cosas, ocurra justo lo contrario. La más abyecta estrategia del PSOE durante estos cuatro años ha sido la de demonizar al PP, que es lo mismo que demonizar a media España. Se ha puesto de moda la acusación de “facha”. A cualquiera que ha disentido del Gobierno se le ha acusado de facha. Se ha extendido, entre determinados sectores, un miedo a ser acusado de facha que es equivalente al miedo a la impureza de sangre en nuestro siglo XVII. Pero el mecanismo es tan soez, que muchos progresistas nos hemos curado en esta legislatura precisamente de ese miedo: y no sólo hemos perdido el miedo a que nos acusen de fachas, sino que hemos llegado a pensar que hoy en día no puede ser auténticamente progresista aquel que no esté dispuesto a correr el riesgo de ser llamado facha. Los supuestos progresistas que se refugian en la tribu y en esa cursilona “trinchera de la alegría” no son más que cortesanos al servicio del Poder.
Históricamente se ha visto algo muy triste en España: triste y preocupante. Cuando ganó el PP sus primeras elecciones, en 1996, me alegré porque consideré que con eso se consolidaba la Transición. Ésta tenía que pasar la prueba de que la derecha gobernase democráticamente, y la pasó. Pero fue entonces cuando empezó a ocurrir algo que no me esperaba: la no aceptación de este hecho por parte de la izquierda. El primer atisbo de tal actitud se produjo cuando Felipe González sacó el famoso dóberman en las elecciones de 1993. En el último tramo del Gobierno de Aznar, dicha actitud de la izquierda se desbocó, con las movidas del chapapote y la guerra de Irak. Lo que en principio eran protestas legítimas, derivaban en acusaciones al PP de partido antidemocrático o de extrema derecha. Durante esta legislatura esa actitud se ha convertido en norma. Mi conclusión es pesimista. Parece que finalmente la Transición se ha detenido o quebrado en este punto: en la incapacidad de la izquierda para aceptar (para considerar legítimo) un gobierno democrático de la derecha. Si no se resuelve esto, no acabaremos bien.
A diferencia de López Vázquez, los electores podremos salir de nuestras cabinas el domingo. Lo que no sabemos es qué país nos encontraremos fuera. Ojalá no echemos de menos habernos quedado encerrados, por no ver lo que se avecinaba.
[Publicado en Nickjournal]
27.2.08
Biblioteca austrohúngara

La alusión austrohúngara la ha traído a la actualidad Francisco Sosa Wagner, en su estudio El Estado fragmentado. Modelo austro-húngaro y brote de naciones en España (Javier Caraballo lo reseñó convenientemente en su blog, y el prólogo de Joaquín Leguina puede leerse en Kiliedro). Por cierto, que los chicos de Astrud demostraron una vez más lo listos que son al ponerle a su sello discográfico precisamente ese nombre: Austrohúngaro. Los amigos del Nickjournal, al sacar yo el tema tras el debate electoral del lunes, fueron citando obras austrohúngaras, que he recogido en esta (pequeña) Biblioteca. Dicen los comentaristas que Zapatero y Rajoy no hablaron del futuro. Y eso es justo lo que está en estos libros: el futuro, nuestro futuro austrohúngaro.
1. Los últimos días de la humanidad, Karl Kraus (Tusquets).
2. El hombre sin atributos, Robert Musil (Seix Barral).
3. Las tribulaciones del estudiante Törless, Robert Musil (Seix Barral).
4. La marcha Radetzky, Joseph Roth (Edhasa).
5. La filial del infierno en la tierra, Joseph Roth (Acantilado).
6. El busto del emperador, Joseph Roth (Acantilado).
7. El mundo de ayer, Stefan Zweig (Acantilado).
8. Fouché: el genio tenebroso, Stefan Zweig (Debate).
9. La lucha contra el demonio: Hölderlin, Kleist, Nietzsche, Stefan Zweig (Acantilado).
10. La Viena de Wittgenstein, Allan S. Janik y Stephen E. Toulmin (Taurus).
11. Ludwig Wittgenstein, Ray Monk (Anagrama).
12. Memorias de un antisemita, Gregor von Rezzori (Anagrama).
13. Diarios (1910-1923), Franz Kafka (Tusquets).
14. El otro proceso de Kafka, Elias Canetti (Alianza).
15. La lengua absuelta, Elias Canetti (Alianza).
16. La antorcha al oído, Elias Canetti (Alianza).
17. El juego de ojos, Elias Canetti (Alianza).
18. El Danubio, Claudio Magris (Anagrama).
19. Las aventuras del valeroso soldado Schwejk, Jaroslav Hasek (Destino).
20. El palacio de Gripsholm, Kurt Tucholsky (Punto de Lectura).
21. Poesía lírica, seguida de "Carta de Lord Chandos", Hugo von Hofmannsthal (Igitur).
22. Un armiño en Chernopol, Gregor von Rezzori (Anagrama).
23. La lección de lengua muerta, Andrej Kusniewicz (Anagrama).
24. Nadie es perfecto, Billy Wilder, Hellmuth Karasek (Grijalbo).
25. Billy Wilder, Ed Sikov (Tusquets).
26. Pequeña pornografía húngara, Peter Esterhazy (Alfaguara).
27. Introducción al psicoanálisis, Sigmund Freud (Alianza).
28. El maleficio, Hermann Broch (Adriana Hidalgo).
29. Trastorno, Thomas Bernhard (Alfaguara).
30. Una soledad demasiado ruidosa, Bohumil Hrabal (Destino).
31. El tiempo de los regalos, Patrick Leigh Fermor (Península).
32. El último encuentro, Sándor Marai (Salamandra).
33. Divorcio de Buda, Sándor Marai (Salamandra).
34. La señorita Else, Arthur Schnitzler (Acantilado).
35. El regreso de Casanova, Arthur Schnitzler (Acantilado).
36. Relato soñado, Arthur Schnitzler (Acantilado).
37. Errata: el examen de una vida, George Steiner (Siruela).
38. Presencias reales, George Steiner (Destino).
39. Sexo y carácter, Otto Weininger (Losada).
40. Ornamento y delito, Adolf Loos (Gustavo Gili).
41. Quiero dar testimonio hasta el final (Diarios 1933-1945), Victor Klemperer (Galaxia Gutenberg).
42. La otra parte, Alfred Kubin (Siruela).
43. El Sanatorio de la Clepsidra, Bruno Schulz (Maldoror).
44. El país tenebroso, Bruno Schulz (Círculo de Bellas Artes).
45. Acontecimientos de la irrealidad inmediata / La guarida iluminada (diario de sanatorio), Max Blecher (Aletheia).
46. Sebastián en sueños, Georg Trakl (Pre-textos).
47. Mi Lvov, Josef Wittlin (Pre-textos).
48. Libro de Réquiems, Mauricio Wiesenthal (Edhasa).
49. El castillo alto, Stanislav Lem (Funambulista).
50. Cordero negro, halcón gris. Viaje al interior de Yugoslavia, Rebecca West (Ediciones B).
12.2.08
Una muerte educada
9.1.08
¿Por dónde se la mete Deza a la joven Pérez Nuix?
Concuerdo con Manuel Rodríguez Rivero, en su artículo de debut en Babelia, en que la mejor novela española de 2007 ha sido la de Javier Marías (aunque yo no es que no las haya leído todas, sino que creo que sólo he leído esa). Lo que no comparto es su decepción por el polvo entre Deza y la joven Pérez Nuix. ¡Pero si es un polvo magnífico! Un polvo, en verdad, innovador y sorprendente, que abre brecha en el género: la del polvo atildado. Quizá Rodríguez Rivero esperaba algo más bukowskiano o henrymilleriano, o jadeos y refocilaciones telúricas a lo García Márquez. Pero el polvo que le echa Deza a la joven Pérez Nuix es el que mejor le va a su personalidad desvaída y algo esquinada. El polvo, por lo demás, no puede desgajarse del calentón previo de la faldita y la media que se va desgarrando, y que sí que es más universalmente memorable...
Pero esta decepción de Rodríguez Rivero me ha sorprendido menos que algo que llevo leído ya en varios foros: que Deza se la mete a la joven Pérez Nuix por el culo. Afirmación que muestra, más que nada, la indigencia erótica de los que la profieren, a los que ni siquiera se les ha pasado por la cabeza que se puede meter la polla en el coño desde atrás (con los dos tendidos de costado, la mujer delante del hombre, se entiende). Yo daba esto ya por sabido. Pero parece que ni las toneladas y toneladas de pornografía consumidas a estas alturas le han aligerado del todo al españolito medio su ancestral anquilosamiento católico.
19.12.07
El crepúsculo celta
Sabía que Cyril Connolly había frecuentado Málaga, y recuerdo haber visto una foto suya en Torremolinos. Pero ignoraba lo que me contó la semana pasada Jordá: que su lugar de residencia era La Cónsula, que pertenecía a la familia de su primera mujer. Aquella finca es hoy una prestigiosa escuela de hostelería. Y lo asombroso es que en su jardín están las cenizas de Félix Bayón. Fueron enterradas allí por motivos gastronómicos, y resulta que había también motivos literarios. No sé si Bayón leyó a Connolly, pero sin duda suscribiría esta frase: "El escritor debe ser un detector de mentiras que exponga las falacias en las palabras y los ideales antes de que maten a medio mundo". Pertenece a Enemigos de la promesa, donde se encuentra este otro párrafo intachable:
Es la sobremesa de un día sofocante. El almuerzo ha consistido en una tortilla, vichy y melocotones. La mesa está a la sombra de un plátano, y un gramófono suena en la habitación contigua. Siempre procuro escribir por la tarde, pues corre suficiente sangre irlandesa por mis venas para que tema el temperamento irlandés. La forma literaria que éste adopta, conocida como el crepúsculo celta, consiste en una adicción a la melancolía y un uso exagerado de palabras, y los buenos escritores irlandeses exorcizan al demonio disciplinándose en una cultura extranjera y más rigurosa. Yeats traducía del griego, mientras que Joyce, Synge y George Moore huyeron a París. En cuanto a mí, el latín de Augusto y el inglés neoclásico me parecen los mejores correctivos, pero no siempre dan el resultado apetecido y, si escribo cuando oscurece, las sombras del crepúsculo esparcen sus tonos purpúreos desde el principio hasta el fin de mi prosa.
18.11.07
Amor de chapapote
Somos hijos del desastre. Somos hijos, en verdad, de todo, incluido el desastre. Las operaciones puritanas por liquidar el pasado, o endulzarlo, o por cuartear lo que nos ha conducido hasta aquí, tienen un fondo enfermo. O, como mínimo, de autoilusión. Pudo apreciarse esta semana en un caso particular. Se cumplían los cinco años del chapapote y en la Ser entrevistaron a una pareja que se conoció allí. Él era de Muxía, uno de los pueblecitos manchados por el alquitrán, y ella una voluntaria de Barcelona. Se enamoraron, se casaron y tuvieron una hija. Ambos son prototipos de ecologistas buenazos. La locutora le pidió a él que contara qué le había enamorado de ella: "Es muy buena, muy ecologista". Ella, hablando del cambio climático, se echó a llorar: ciertamente, le duele el Planeta como a Unamuno le dolía España (y está loquita por Gore). Uno se imagina al Amor, como figura alegórica, emergiendo del alquitrán y adhiriéndose a sus monos ennegrecidos en aquellas jornadas: el chapapote fue el flujo en que se encontraron sus flujos. La Catástrofe Ecológica les colocó el colchón, y ellos se revolcaron en él (aquellas noches habría olor a petróleo entre los sudores y los jadeos: follarían con la habitación perfumada de aquello contra lo que estaban luchando). Ella se quedó a vivir allí. Hace dos años y medio nació Lucía y la quieren como a nada en el mundo. Una hija que no existiría de no haber existido el chapapote, como tampoco hubiera existido ese amor. La vida que llevan hoy los dos, los tres, se la deben al chapapote. La locutora les preguntó si no eran conscientes de ello; pero no entendieron la dimensión (¡atroz!) de la pregunta. La mujer se fue de nuevo por los cerros pánfilos de Rousseau: "Claro, eso demuestra que, en esta sociedad individualista, cuando das, recibes más de lo que das. Yo fui a dar mi tiempo para luchar contra el chapapote, y a cambio recibí más: mi amor, mi hija". La pregunta tendría que haber sido formulada así, a ver si se enteraban: "¿Preferirían ustedes, hoy, que no se hubiera producido el chapapote, con lo que no se hubiesen enamorado, ni hubiese nacido su hija?" Esa era la pregunta. Demasiado para un ecologista: con sólo atisbarla, probablemente hubiesen estallado en directo.
8.11.07
El rinoceronte
El joven Wittgenstein llega a Cambridge arrollando. En las discusiones Bertrand Russell se desespera, porque no consigue que su discípulo reconozca que "no hay un rinoceronte en la habitación". Así se lo repite por carta a su amante Ottoline (al principio Russell piensa que Wittgenstein es alemán):
Mi ingeniero alemán es muy discutidor y agotador. No admitiría que es cierto que no hay un rinoceronte en la habitación... Volvió y no dejó de discutir mientras me estaba vistiendo. // Mi ingeniero alemán, creo, es un necio. Cree que nada empírico es cognoscible..., le pedí que admitiera que no había ningún rinoceronte en la habitación, pero no lo hizo.
Y añade el biógrafo Monk:
En una época posterior de su vida, Russell insistió mucho en estas discusiones, y afirmó que había mirado debajo de las mesas y de las sillas del aula en un esfuerzo por convencer a Wittgenstein de que no había presente ningún rinoceronte.
Leo todo esto tronchándome de risa. Hasta que descubro que sí que había un rinoceronte en la habitación: Wittgenstein.
24.10.07
El canon de Montano
Me he animado a rellenar yo también el cuestionario que el 4 de octubre le pasó Arcadi Espada a Martín de Riquer en el suplemento cultural de El Mundo para que estableciera (o esbozara) su canon literario. He decidido (por nada, sólo por aligerarme de compromisos) cancelar mi colaboración con Kiliedro, y ésta me parece una buena forma de despedida. Sólo he cambiado de orden las dos últimas preguntas, para concluir con la memorable frase de Cervantes.
1. Mejor libro de caballerías. Los únicos que he leído (exceptuando el Quijote) son los libros de caballerías de Fernando Savater: El juego de los caballos y A caballo entre milenios. Los he disfrutado muchísimo, a pesar de que no me gusta la hípica. Me parecen particularmente deliciosas las crónicas del Derby de Epsom.
2. Mejor poema de amor. Diré cinco: "La unión libre" de André Breton (que incluye el verso "Mi mujer de sexo de algas y de bombones antiguos"); "Pilares" de Octavio Paz (que incluye "Yo me pierdo en tus ojos/ y al perderme te miro/ en mis ojos perdida" y "con los ojos cerrados,/ con mi tacto y mi lengua,/ deletreo en tu cuerpo/ la escritura del mundo"); el soneto XII del Cancionero de Petrarca (el que empieza "Si del tormento áspero mi vida"); el "Poema leído en la boda de André Salmon" de Apollinaire (que incluye el adorable "el Amor hoy quiere que mi amigo André Salmon se case"); y "A una transeúnte" de Baudelaire ("Fugitiva belleza / cuya mirada me hizo, de un golpe, renacer").
3. Mejor poema épico. En la tradición escrita: las crónicas ciclísticas de Carlos Arribas en El País. En la tradición oral: las retransmisiones radiofónicas de Javier Ares. Un ejemplo de estas últimas: "¡Ataca Pantani! ¡El Elefantito! ¡El Divino Caaalvo!".
4. El mejor verso. Van diez: "cesó todo y dejéme" (San Juan de la Cruz); "entre las azucenas olvidado" (ídem); "Só mornos ao sol quente" [sólo tibios al sol caliente] (Ricardo Reis); "que el viento mueve, esparce y desordena" (Garcilaso de la Vega); "en nuestros labios, de chupar cansados" (Francisco de Aldana); "El mar, y nada más" (Luis Cernuda); "I have measured out my life with coffee spoons" [He medido mi vida con cucharillas de café] (T. S. Eliot); "en la mutilación de la metralla" (Ramón López Velarde); "Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos" (Pere Gimferrer); "No basta ser cruel. Eres el último" (Jorge Luis Borges).
5. La mejor traducción. Las que hizo Andrés Sánchez Pascual de Nietzsche y de Jünger, y las que hizo Miguel Sáenz de Thomas Bernhard. Ya dije alguna vez que me parecen obras maestras del español.
6. Mejor cuento infantil. Sin duda, Pinocho. Me impresionó especialmente una versión televisiva que emitieron a mediados de los setenta. Era muy descarnada, casi traumática, hecha con actores de carne y hueso (a Pinocho lo interpretaba un niño peloncete llamado Andrea: me inquietó que un niño tuviese nombre de niña). Hace poco reviví el cuento gracias a las reflexiones que le dedica Paul Auster en La invención de la soledad.
7. La mejor novela policíaca. Las de mis dos detectives favoritos: Sherlock Holmes y Hércules Poirot. Más otra de Agatha Christie sin Poirot: Diez negritos.
8. La mejor biografía. Don Ramón María del Valle-Inclán de Gómez de la Serna, Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía de Safranski, Gustave Flaubert de Herbert Lottman, Noel Rosa: uma biografia de João Máximo y Carlos Didier, y O anjo pornográfico: a vida de Nelson Rodrigues de Ruy Castro.
9. La mejor novela de aventuras. La línea de sombra de Joseph Conrad, que cuenta la aventura del paso de la primera juventud a la (primera) madurez. El eje es la lucha contra un enemigo insondable e insidioso: la calma chicha en alta mar. Y otra de Conrad: El espejo del mar (en la traducción de Javier Marías), que habla de la aventura del mar a pelo, sin novela.
10. Las mejores memorias. Las de Nietzsche: Ecce homo. Un libro injustamente calificado de ególatra, cuando es un puro chisporroteo humorístico. Nietzsche se nos muestra más entrañable que nunca, y su autoironía es total. Incluye además unas sublimes páginas sobre la inspiración y el símbolo, a propósito de Así habló Zaratustra. En esa línea juguetonamente petulante siempre he adorado "La confesión desdeñosa" de André Breton (incluida en Los pasos perdidos). Otras memorias excelentes, y cuya escritura constituye un ejemplo de castellano diáfano, son las de Luis Cernuda: Historial de un libro. Y, por supuesto, la pentalogía autobiográfica de Thomas Bernhard. ¡Y el Mira por dónde de Savater!
11. El mejor himno. El "Himno a la Luna" de Leopoldo Lugones (incluido en Lunario sentimental). Si hubiera que escoger el de algún país, el brasileño, que dice la palabra "retumbante": "Ouviram do Ipiranga às margens plácidas/ de um povo heróico o brado retumbante". Ivan Lins tiene una versión del himno. Aunque él mismo compuso un himno mucho mejor, la canción "Meu país": "Aqui é o meu país/ nos seios da minha amada". ("Seios" significa, patrióticamente, "senos").
12. La mejor crónica o reportaje. La Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, en cuyo prólogo hace la siguiente declaración: "y a esta causa, digo y afirmo que lo que en este libro se contiene es muy verdadero, que como testigo de vista me hallé en todas las batallas y reencuentros de guerra; y no son cuentos viejos, ni Historias de Romanos de más de setecientos años, porque a manera de decir, ayer pasó lo que verán en mi historia, y cómo y cuándo, y de qué manera". Destaco también el informe que escribió Vargas Llosa sobre la matanza de Uchuraccay, en los Andes (que leí en uno de los tomos de Contra viento y marea). Y la historia de la bossa nova escrita por Ruy Castro, Chega de saudade. História e histórias da Bossa Nova: un magnífico reportaje de cuatrocientas páginas.
13. La mejor obra sobre Barcelona. Sin duda, los poemas de Jaime Gil de Biedma. En especial "Barcelona ja no és bona", con sus irresistibles pasajes: "Oh mundo de mi infancia, cuya mitología/ se asocia -bien lo veo-/ con el capitalismo de empresa familiar!". Y si tuviese que decir la mejor sobre Málaga: El otro reino de la muerte, titulado en otra edición Málaga en llamas, de Gamel Woolsey (que era muchísimo mejor escritora que su marido Gerald Brenan).
14. El libro más útil. Apariencia desnuda de Octavio Paz y Duchamp. El amor y la muerte, incluso de Juan Antonio Ramírez: ambos son utilísimos para aproximarse a la comprensión de una de las cosas fundamentales de esta vida, como es el Gran Vidrio de Marcel Duchamp.
15. La mejor novela psicológica. Por el camino de Swann, de Marcel Proust, que es el único tomo que he leído (¡por ahora!) de En busca del tiempo perdido: por las evocaciones de su infancia, las reflexiones sobre la magdalenesca memoria y el estudio, más que sobre los celos, sobre el amor no correspondido; con aquella inolvidable conclusión: "¡Y pensar que he malgastado los mejores años de mi vida por una mujer que no era mi tipo!". Aunque mi mayor descubrimiento literario relacionado con la psicología no me lo dio una novela, sino el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa: en él encontré que podía escribirse sobre la intimidad de un modo que yo jamás había sospechado.
16. La mejor fantasía. Las de Borges, en Ficciones y El Aleph. Y los cuatro primeros libros (hasta Relatos de poder inclusive: ni uno más) de Carlos Castaneda.
17. El mejor drama. Escogeré dos guiones de cine, y sus películas: Breve encuentro de David Lean y El apartamento de Billy Wilder. Las dos están relacionadas: cuando Wilder vio Breve encuentro, se fijó en el personaje que le presta el apartamento a la pareja de amantes. ¿Qué hará él mientras tanto?, pensó. Y ese fue el origen de su futura película. En Breve encuentro, por cierto, hay una frase memorable, cuando el protagonista le dice a la protagonista, para animarla a que acepte su invitación: "Vamos, la mediana edad sólo se vive una vez". (El drama, o la tragedia, es la disyuntiva entre el Orden y la Aventura.)
18. El mejor libro científico. La evolución del deseo de David M. Buss, que es como una operación de cataratas románticas para el corazón. También experimenté un gran placer científico con el desenmarañamiento que hace Dámaso Alonso del Polifemo de Góngora. Añado un ensayito de ciencia psicoanalítica: "Duelo y melancolía" de Freud (incluido en El malestar en la cultura).
19. El mejor tratado político. La Historia de Roma de Indro Montanelli: ahí está todo, pasado, presente y porvenir. Y también Jünger: Radiaciones (sólo los tomos de la Segunda Guerra Mundial) y La emboscadura.
20. La mejor obra cómica. Leyendo me he sonreído muchas veces, pero apenas me han salido carcajadas. Éstas se han producido, por ejemplo, con Pantaleón y las visitadoras de Vargas Llosa, La vida exagerada de Martín Romaña de Bryce Echenique y casi todos los libros de Thomas Bernhard (en especial Tala, El imitador de voces y los pasajes contra Stifter y Heidegger de Maestros antiguos).
21. La mejor frase de Cervantes. Esta del admirable prólogo del Quijote, tan justamente repetida: "procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo, pintando, en todo lo que alcanzáredes y fuere posible, vuestra intención; dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos y escurecerlos". (Vale.)
[Publicado en Kiliedro]
19.10.07
La mejor novela de Tabucchi
El año de la muerte de Ricardo Reis es la mejor novela de Tabucchi... sólo que, para desgracia de Tabucchi, no la escribió Tabucchi, sino Saramago. Es por eso por lo que Tabucchi odia encarnizadamente a Saramago: por haberle escrito su mejor novela (ausente, pues, de la bibliografía de Tabucchi). Pero Tabucchi no debería deprimirse: al fin y al cabo, vistos los paquetes que ha solido escribir Saramago, el que El año de la muerte de Ricardo Reis sea tan buena se debe precisamente a que no es de Saramago, sino de Tabucchi (por más que la haya escrito Saramago).
9.10.07
El empujoncito
Acaba de empezar el curso y mis amigos profesores ya están que trinan. Al parecer, este año los alumnos vienen peor que nunca. Se suceden las anécdotas. El alumno de último curso de bachillerato que lee torpemente en voz alta, silabeando (y, por supuesto, sin enterarse de lo que lee). Una clase en la que ningún alumno sabe ordenar cronológicamente estas épocas: "Renacimiento, Antigüedad, Edad Media, Ilustración". La profesora que ve a un alumno con una camiseta del Ché Guevara, le pregunta de quién es esa imagen, el alumno se la mira sin mucha atención y dice: "¿Yo qué sé? ¡Un moro!". El profesor que emplea la primera clase en hablar de las optativas del curso siguiente. Una alumna le pregunta: "¿Qué es la Sociología?". El profesor empieza a responder: "La Sociología es la ciencia que estudia...". En ese punto le interrumpe la alumna: "Ah, ¿que hay que estudiar? ¡Entonces pido Educación Física!". Pero la mejor es una de los exámenes de septiembre. Un alumno de último curso que, según el profesor, es un auténtico ceporro que no da ni golpe, vuelve a suspender. Cuando ve su nota, corre a lloriquearle al profesor. Entre sus argumentos destaca este: "Anda, profe, dame un empujoncito. Si ya estoy a punto de acabar. Dame un empujoncito, anda, como han hecho los otros".
Ahí lo tenemos: el empujoncito. Nuestro sistema educativo se ha convertido en eso: una cadena de empujoncitos, por medio del cual se va aupando a los alumnos de curso en curso hasta el final. Sin que hayan necesitado hacer ningún esfuerzo. Nuestro sistema educativo es una escalera mecánica por medio de la cual el alumno puede entrar en primaria y salir en secundaria sin haberse tomado el trabajo de subir por sí mismo ni un solo escalón. La metáfora también vale para los alumnos que quisieran subirlos: no pueden, porque la escalera está atestada por los que se han apalancado en ella, constituyendo una barrera que obliga a todos a ir al cansino ritmo automático.
Escucho a mis amigos profesores como si fuesen videntes que tienen ya un pie en el futuro. Porque, de hecho, es así: ellos ya están viendo en los institutos cómo va a ser la sociedad de aquí a diez o quince años. Sus alumnos son la avanzadilla: es el inicio de la ola que luego romperá en la sociedad. Aunque, en realidad, ya ha roto. La catastrófica Logse ya lleva expelidas unas cuantas promociones. En todos los sectores puede atisbarse el bajonazo del nivel. Ya hasta hay alumnos logse que son profesores logse: los profesores más ceporros que se han visto jamás en España. Hace quince años se distinguían claramente los profesores de instituto de los de universidad: los de institutos eran, de lejos, muchísimo mejores. Hoy esa distancia ya no existe. La igualación se ha producido a la baja.
La última pieza que le han añadido a la escalera mecánica es la de que se puede pasar de curso con cuatro suspensos. El político sólo conseguirá con ello camuflar las estadísticas. Literalmente, esa medida abarata aún más los títulos. Se trata de una política inflacionaria en lo que a educación se refiere: los títulos van perdiendo respaldo, son puro papel. Lo salvaje es que, tras la escalera mecánica, se encuentra la pared vertical, a pelo, de la vida laboral (y de la realidad a secas). Entonces el alumno que ni siquiera ha sido enseñado a subir escalones, es obligado a escalar. Nunca se ha dado un contraste tan sangrante entre el paternalismo consentidor del sistema educativo y el carácter navajero e implacablemente darwinista del sistema laboral en el que desemboca. Al final de la cadena de empujoncitos lo que le espera al alumno, en cuanto asoma por el agujero, es a un cretino con el bate de béisbol reventándole la cara. (Obviamente, estoy hablando sólo de los pobres: los ricos tienen otro paisaje, empezando por los hijos de los que aniquilaron nuestro bachillerato.)
[Publicado en Nickjournal]


