11.4.08

Instrucciones para leer a Bernhard

Tras mis instrucciones para leer a Jünger, algunos amigos me han pedido otras para leer a Bernhard. Este es el orden que propongo:

1. Thomas Bernhard. Un encuentro, conversaciones con Krista Fleischmann (Tusquets). La mejor instroducción a Bernhard posible (¡e imposible!). Te descacharras de risa y, de paso, te metes en su mundo. [(17.11.09) ¡Y Mis premios!]

2. Corrección (Alianza). La obra maestra de Bernhard. Hay que empezar por Corrección, sin ninguna duda. Es una obra perfecta, sublime, pero áspera, sin concesiones. Muchos lectores saldrán rebotados: pero esos lectores, entonces, es que no se merecían a Bernhard y hacen muy bien en irse a tomar por culo. Uno siempre tiene que empezar por leer Corrección, para poner a Bernhard en un altar y tenerle el máximo respeto de ahí en adelante.

3. Tala (Alianza). La novela más divertida y corrosiva de Bernhard. No deja títere con cabeza en el mundillo cultural vienés: que es, entendámonos, como todos los mundillos culturales posibles e imposibles.

4. Hormigón (Alfaguara). Tras Correccion y Tala, viene perfecto este delicioso canapé que es Hormigón. Un librito despojado, contenido: que sigue siendo puro Bernhard. (¡Y sale Mallorca!)

5. El malogrado (Alfaguara). Ahora sí que entra El malogrado. Muchos cometen el error de leer El malogrado para empezar y no: si se empieza por El malogrado, El malogrado sabe a poco. Hay que leer El malogrado cuando uno ya está bernhardizado a tope. (¡Y sale Madrid!)

6. Llegó el momento de leer los relatos de Bernhard. Pueden leerse estos tres libros enteros, o bien exclusivamente el relato que señalo de cada uno de ellos (los tres en Alianza Editorial): El carpintero y otros relatos, “La gorra”; Relatos, “Jugar al watten”; Acontecimientos y relatos, “Goethe se mmmuere”. [(22.9.12) En el nuevo libro editado de Bernhard, Goethe se muere, hay otra obra maestra, superior incluso a la anterior que da título –aunque con poda de emes– al volumen: "Reencuentro".]

7. El imitador de voces (Alfaguara). Ahora, los microrrelatos de Bernhard: una deliciosa bandeja de minicanapés. Bernhard en su propio Bulli, Bernhard autoferranadrianizado.

8. Hay que meterse ya en la pentalogía autobiográfica (Anagrama): lo mejor en términos absolutos, junto con Corrección. Podría empezarse a leer a Bernhard por la pentalogía autobiográfica. Podría, incluso, leerse de Bernhard exclusivamente la pentalogía autobiográfica y con ello ya se iría bien servido. Pero para el que quiera leer más Bernhard, lo mejor es leerla aquí, cuando ya está bien entrado en Bernhard. Leerla aquí quintuplica y decuplica sus efectos. Y hay que leerla, naturalmente, según su orden de publicación (nada de empezar por Un niño): El origen, El sótano, El aliento, El frío y (ahora sí) Un niño.

9. Tres canapés más, a gusto del consumidor: El sobrino de Wittgenstein (Anagrama), (Anagrama) y Los comebarato (Cátedra). Tras le lectura de la pentalogía autobiográfica, no está mal leerse la introducción de esta última (la única no traducida, ay, por Miguel Sáenz).

10. Maestros antiguos (Alianza). Otra obra con empaque, y a la vez divertidísima (aquí están las famosas andanadas contra Stifter y Heidegger).

11. Llegado a este punto, el bernhardiano debe repescar sus otras grandes obras: Trastorno (Alfaguara), Helada (Alianza), La Calera (Alianza); y terminar con Extinción (Alfaguara) .

12. El teatro. Está casi todo editado en Hiru. Recomiendo especialmente Heldenplatz (Plaza de los héroes), Immanuel Kant y los dramolettes.

13. La poesía. No es lo mejor, pero se lee bien: In hora mortis (DVD), Bajo el hierro de la luna (DVD) y Ave Virgilio (Península). [(2014) En La Uña Rota se ha publicado en un volumen único, espléndido, Así en la tierra como en el infierno. Los locos. Los reclusos. Ave Virgilio].

14. Y, por último, unos libros más sobre Bernhard, con entrevistas y declaraciones: Tinieblas (Gedisa) y Conversaciones con Thomas Bernhard, por Kurt Hofmann (Anagrama). El Thomas Bernhard. Una biografía (Siruela) de Miguel Sáenz no vale gran cosa, aunque tiene valor informativo. No así las traducciones de Miguel Sáenz (todas las aquí citadas, menos Los comebarato), que son inmejorables.

* * *
Pero para abrir boca, nada mejor que el comienzo de Helada:

Al fin y al cabo, un período de prácticas no consiste sólo en asistir a operaciones de intestino complicadas, abrir peritoneos, grapar lóbulos pulmonares y serrar pies, no consiste sólo realmente en cerrarles los ojos a los muertos y en sacar niños al mundo. Un período de prácticas no es sólo eso: arrojar por encima del hombro a un cubo esmaltado piernas y brazos enteros o serrados por la mitad. Tampoco consiste en desplazarse continuamente de un lado a otro detrás del Jefe y del Ayudante y del ayudante del Ayudante, en estar a la cola en la visita médica. Tampoco puede consistir un período de prácticas únicamente en tratar de hacer creer hechos falsos, en decir: "El pus se le disolverá sencillamente en la sangre y usted se curará". Ni en cientos de otras mentiras. No sólo en decir: "¡Ya se le pasará!"... cuando nada se le va a pasar. Un período de prácticas no es, al fin y al cabo, sólo un lugar para aprender a cortar y coser, hacer ligaduras y aguantar. Un período de prácticas tiene que contar también con hechos y posibilidades extracorporales.

9.4.08

Popurrí nietzscheano

El Congreso Nietzsche me ha dejado en la cabeza un gustoso revoltillo de ideas. En tres días se crea un ambiente de intimidad con el mecanismo, y uno podría pasarse ya semanas así: sentado en la butaca y escuchando hablar del entrañable filósofo bigotudo, como en un maratón cinematográfico. Tenía también algo de festival de música, con las actuaciones sucediéndose. Y hasta el impresentable "control de firmas" podía tomarse positivamente, como guiño ciclístico. Mientras los profesores soltaban sus peroratas, todos aseados, bien vestidos, con esa felicidad íntima del que está viajando, comiendo y durmiendo gratis (en una ciudad soleada, encima), me asaltaba de vez en cuando el pensamiento de que cualquiera de ellos le saca más dinero a Nietzsche en un año del que el propio Nietzsche pudo sacarse en toda su vida. Pero mi pensamiento no era quejumbroso, sino de aceptación. En efecto: así fue y así debió ser... para que Nietzsche fuera Nietzsche (y los ponentes no lo fueran).

La conferencia inaugural la dio Eugenio Trías. En mis tiempos universitarios asistí a otra suya en el Paraninfo de Letras de la Complutense, y fue tan deslumbrante que de allí salí disparado a una librería a atiborrarme de sus obras. Mientras lo presentaba Manuel Barrios (con una buena frase, por cierto: la de que Nietzsche es "un inmenso pensador platónico"), Trías se quitaba el reloj de la muñeca y se lo ponía a la vista, se acercaba el botellín de agua, se lo servía en el vaso... gestos del conferenciante profesional. Cuando empezó a hablar me sorprendió que su voz se había debilitado y estaba próxima a ser la de un viejecito (recordé entonces que ha estado enfermo en los últimos años, creo que de la garganta). La conferencia la dio con esa voz, y tosiendo de vez en cuando: pero fue espléndida. Sin la pujanza juvenil, su pensamiento era más divagatorio, menos cerrado, como si la fisiología le hubiese templado la mente. Pensé en la edad como un don: gracias a ella, van graduándose nuestras manifestaciones en el mundo. Recordé también las páginas que ha dedicado el propio Trías a la idea de variación (de lo musical a lo ontológico). Precisamente su exposición tuvo que ver con esto: el "eterno retorno de lo igual", sin variación, sin enseñanza; sin que surja la compasión en el transcurso. A mí, que tan aficionado soy a las arremetidas, me interesó un comentario adyacente: el de que Nietzsche "jibarizaba al adversario", lo reducía y minusvaloraba para que la crítica fluyese "de manera natural". Sobre la ausencia de compasión, Trías citó unas palabras de Zaratustra: "el otro es un trasmundo" (es decir, que "no hay afuera"). Trías criticó que Nietzsche hubiese separado Atenas y Jerusalén, y despreciado la sensibilidad de esta última para con las injusticias; defendió la compasión y afirmó que "el otro no es un trasmundo".

Después de una pausa que pasé al solecito (había ambiente de recreo universitario), vino la ponencia de Remedios Ávila, una de esas estupendas mujeres maduras cuyo atractivo se mantiene incólume gracias a su vivacidad. Empezó preguntándose si Nietzsche es ya un escritor para nuestro tiempo, si no sigue siendo un intempestivo también para nosotros... Y pasó a analizar La genealogía de la moral a partir de esta frase de Más allá del bien y del mal: "La moral es un lenguaje mímico de los afectos". A mí me gustó mucho su ponencia, pero luego me encontré a Curro, que había estado asistiendo, y se puso a despotricar: "¡Lo único que ha hecho ha sido resumir La genealogía de la moral!".

Tras ella intervino el italiano Paolo D'Iorio, que ha puesto en marcha en la red el proyecto HyperNietzsche. Es un conferenciante de última generación: hablaba ante un portátil en el que pinchaba para que se vieran ilustraciones en una pantalla y para que se escucharan pasajes musicales. Analizó la relación de Nietzsche con la Carmen de Bizet, a partir de sus anotaciones en los márgenes de la partitura. Lo sorprendente fue que algunos de los fragmentos menos conocidos de la ópera, pinchados por D'Iorio, aparecían con una indudable atmósfera wagneriana (como el duetto, con arpa, de Micaela y don José); sin olvidar la escena final de la muerte en pareja. Concluyó con la última frase de Nietzsche en el libreto, todo un programa de acción: "Mediterraneizar la música... y la filosofía".

La tarde fue cansina, espesa, y ya estaba yo con esa idea melancólica de que sería necesaria una quinta intempestiva "Contra los nietzscheanos mortecinos", cuando tuvo lugar la deliciosa ponencia de Antonio Morillas sobre ciertos aspectos del Epistolario de Nietzsche (él es uno de los que están preparando la edición de Trotta), que incluía una inesperada defensa de la hermana del filósofo. Por ejemplo, que ella instaló el archivo Nietzsche en Weimar porque consideraba que su hermano estaba a la altura de Goethe; y también que siempre le defendió de la acusación de antisemita. Fue visible cómo Marco Parmeggiani, que antes había estado soltando las habituales críticas contra la hermana, se puso como un tomate.

La segunda jornada la empezó magníficamente Miguel Morey. Éste es un autor cuyos libros no me han terminado de conquistar: pero disertando sí logró crear una temperatura adecuada para el pensamiento. Dijo que lo fundamental en la biografía filosófica de Nietzsche fue el hecho de que abandonase la enseñanza. Sin ese abandono, dijo Morey, ¿hubiese pensado Nietzsche lo que pensó? ¿Nos seguiría interrogando? El genuino filósofo surgió cuando dejó de ser un profesor que se dirige al alumno para ser un escritor que se dirige al lector. (Se les cortó un poco la respiración a los profesores asistentes; y en el propio conferenciante Morey se atisbaba una cierta culpa profesoral.) El inicio de ese cambio lo establece Morey en el texto de 1872 "Cinco prólogos para cinco libros no escritos"; y su culminación en los "cinco nuevos prólogos a cinco libros sí escritos", los que escribió Nietzsche en 1886 para Humano, demasiado humano I y II, El nacimiento de la tragedia, Aurora y La gaya ciencia. Dijo también Morey: "Saber que el conocimiento no da consuelo es también un conocimiento; y quizá sea un conocimiento salvífico, en el que se puede ahondar". Y recomendó, como deberes, leer dos textos de La gaya ciencia limpiamente, desde nuestra soledad de lectores: "Conciencia de la apariencia" y uno sobre el eterno retorno que empieza así: "Si una noche un demonio se acercara a tu soledad más última y te dijera..." (parágrafos 54 y 341).

Después dio una preciosa conferencia la profesora mexicana Paulina Rivero, sobre el concepto nietzscheano de la amistad: el verdadero amigo como amigo-enemigo, que no ofrece consuelo sino que estimula el crecimiento. Como el sol: que hace madurar el fruto, pero manteniendo la distancia. Citó la profesora unas reflexiones de Emerson sobre el tema, que sin duda Nietzsche conocía. En mi moleskine anoté estas palabras literales: "El amor no correspondido se verá como una desgracia; pero el verdadero amor no puede ser correspondido". Para concluir, Paulina Rivero criticó también, "como buena discípula", el empecinamiento nietzscheano contra la compasión. Se apoyó, para rescatar el sentimiento, en el propio método que emplea Nietzsche en La genealogía de la moral, e ilustró su postura con La muerte de Ivan Ilich de Tolstoi. Fueron intachables y saludables sus argumentos. Pero yo no dejaba de pensar en un aforismo que muestra que en Nietzsche también hay compasión: "A un niño que está muriéndose se le da todo lo que quiere, terrones de azúcar — ¿qué importa que se estropee el estómago? — ¿y no nos encontramos todos nosotros en la situación de ese niño?".

Navarro Cordón tuvo el último turno de la mañana, pero se alargó demasiado y al final sus disquisiciones sobre "libertad y nihilismo" tuvieron que batallar contra el rugir de los estómagos. Su ponencia fue en realidad una clase, vigorosa, al estilo heideggeriano, con muchas expresiones en alemán; pero casi todas sus tiradas de ideas concluían con uno de estos tres latiguillos: "¿eh, eh?", "¿no verdad?" o "¿no verdad, eh?". Pintó un cuadro implacable del nihilismo; pero al final, tras varias vueltas, terminó con una conclusión llamativa y estimulante: "quizá el nihilismo podría ser una manera divina de pensar".

La tarde se hizo un poco larga (¡como este post!), pero no estuvo mal. Los profesores Llinares y Aspiunza hablaron, respectivamente, de Dostoyevski y Kertész (en relación con Nietzsche, como es natural; Llinares citó además a Turguénev y a Gottfried Benn). Y por último hubo una mesa redonda sobre los Fragmentos póstumos, a propósito de la edición de Tecnos, con Sánchez Meca (relamido y didáctico, un Andrés Amorós de la filosofía), Manuel Barrios y Juan Luis Vermal. Curro estaba a mi lado y, cuando acabó este último, me dijo: "¡Qué diferencia! ¡Ha sido el único que ha dicho en todo momento los fragmentos póstumos! ¿Te has fijado? ¡Los demás sólo decían los póstumos! ¿Pero qué familiaridad es esa? ¿Qué es eso de los póstumos? ¡Eso es como los que a Lorca le llaman Federico!".

Pero de la tarde me quedó un endecasílabo perfecto que le salió a Mónica Cragnolini en una pregunta a Aspiunza sobre Kertész. Hablaban del kadish judío y del Yom Kippur, y entonces surgió, en una frase más larga: "perdón por las promesas no cumplidas".

5.4.08

Retumbante de Nietzsche

Vengo con la cabeza retumbante de Nietzsche, tras el congreso que acaba de clausurarse en Málaga. No ha estado mal. Había momentos en que me ponía a segregar la idea de escribir una quinta intempestiva, "Contra los nietzscheanos mortecinos"... pero siempre terminaba apareciendo uno que salvaba la jornada. El balance ha sido bueno. Me lo he pasado pipa. He refrescado a Nietzsche. Les he puesto cara a varios nombres de las bibliografías nietzscheano-nihilistas (Manuel Barrios, Sánchez Meca...) y también al autor del manual de filosofía de Cou: Navarro Cordón. Y ha habido algo llamativo: el esplendor mamario de bastantes congresistas, que me ha hecho feliz en más de un momento.

Quizá mañana o pasado escriba de las ideas y los ponentes de estas jornadas. Por ahora cuento sólo el momento más divertido, que se produjo en el acto de inauguración. Allí estaban representantes de los organismos patrocinadores. Uno de ellos era la UNED, cuya jefa en Málaga es una hermana de Magdalena Álvarez, puesta al parecer por enchufe. Su aspecto desentonaba ampliamente con el de los demás (¡y las demás!): parecía haberse encopetado para una merienda con doña Carmen Polo de Franco (pese a que era por la mañana) más que para un congreso de Filosofía. Tras saludar y prevenirnos de que ella era economista, se puso a leer unos folios sobre el filósofo. No parecía que los hubiera escrito ella. Además, eran bastante malos. Y los leía fatal. Como quien no quiere la cosa, acercó un poquito a Nietzsche a la Alianza de Civilizaciones, al citar un pasaje elogioso sobre los moriscos. También dio unas pinceladas de ciertas concomitancias del pensamiento nietzscheano con el marxista. De haber tenido más tiempo, seguro que su Nietzsche se hubiera transmutado en Pepiño Blanco. Pero por fortuna acabó pronto. No sin cometer antes dos simpáticos errores de pronunciación. El primero fue al citar a Max Stirner, que en boca de la hermanísima fue Max Estímer. Pero lo mejor fue el modo en que dijo el nombre del tétrico György Lukács: George Lucas. Ahí ya hubo risas por lo bajini; aunque flojitas, que el público era muy educado y hasta la aplaudió al final.

28.3.08

Goytisolo y Papuchi

A raíz de la mención de ayer, he indagado en mis archivos (¡qué mal síntoma!) para recuperar los mencionados textos sobre Goytisolo y Papuchi (¡el azar ha querido juntarlos!), que yo apenas recordaba. Están ya un poco descontextualizados (la inocencia del devenir se lleva incesantemente los contextos río abajo: el tiempo, gran descontextualizador)... ¡pero resisten la relectura!

* * *
En la muerte de Papuchi
(19-XII-2005)

Yo me solidarizo con Tammouhi, firmo el manifiesto de Peregrín, apadrino un niño y todo lo que haga falta... pero ustedes comprenderán que para mí la noticia de la jornada es la muerte de Papuchi. Hace sólo dos días dijeron que estaba esperando otro hijo. Me fui al cuarto de baño y me saqué la polla. Traté de imaginármela con 90 años. Hice un ejercicio de concentración y traté de meterme en la piel (¡en el pellejo!) de un nonagenario. Empecé a tocármela mientras me imaginaba escenas lúbricas con las hermanas Williams: ¡bingo! ¡Tiesa como de costumbre! ¡Estoy preparado para llegar a los 90, o a los 100 si hace falta! ¡Eso, qué menos para un jüngeriano que llegar a los cien! Salí silbando a la calle y fue un día muy feliz. Y ahora va y se muere. ¡Papuchi, con la polla calentita! Debería ser donada a la ciencia, y que la coloquen junto a los ojos de Haro Tecglen. Con los ojos de Haro y la picha de Papuchi podría hacerse una buena tortilla. ¡Y si el Comité de Damas no me felicita por este post, es que no sabe ver mi lirismo cuando más recóndito se presenta!

* * *
Conferencia de Juan Goytisolo
(23-XII-2005)
Anoche me encontraba en Málaga (me sigo encontrando aún), y ya había agotado los canales porno del hotel (incontables mis emulsiones) cuando un acontecimiento cultural vino a salvarme: vi en el periódico que había una conferencia de Juan Goytisolo a las 20.30. Miré el reloj: las 20.10. ¡Tenía tiempo de sobra, incluso para ducharme y quitarme de la barriga todas esas costras blancas, memoria crustácea del placer!

En la antesala del salón de actos ya había ese ambiente operístico, de gala, que se da en las ciudades de provincia cuando llega un prohombre: señoronas con pieles (¡estupenda la coartada del frío!), pijos con sus novias putillas, profesores y profesoras de instituto y, sobre todo, argulloles a punta pala, es decir, intelectualetas locales de entre 30-50 años disfrazados todos de Rafael Argullol: jersey oscuro (preferentemente de cuello alto), chaquetilla y melenita de hippy que pasa por la peluquería. Fui a mear. Mi polla estaba muy encogida: como un galápago agotado por todos los vaivenes de la jornada. Pero yo no pedía de ella, en ese momento, otra cosa que no fuese arrojar el áureo chorro, y cumplió. Me fui a lavar las manos y entonces, frente a mí, reflejado en el espejo, veo a Juan Goytisolo. El efecto era como el de Amor a quemarropa, cuando Slater ve en el espejo a Elvis, que era su mayor devoción. Pero mi mayor devoción no es Juan Goytisolo (¡ni ningún Goytisolo!), así que me sequé y salí, no sin antes comprobar, al pasar a su lado, que era muy pequeñito. Iba vestido como uno de esos jubilados que van por el parque comiendo pipas. Eso me gustó. Ninguna argullolidad en su vestimenta.

La sala estaba llena, pero encontré un hueco en la quinta fila. Miré a mi alrededor: pensé que estaba rodeado de intelectuales malagueños. Pero no. Escuché hablar a uno: "Que no se torvide que tenemo que comprá lajasitunita". Otro llevaba un libro en el bolsillo del abrigo. Me fijé: un Bucay. En fin, menuda tropa (pensé desde la atalaya de mi superioridad intelectual y el nivelón de mis lecturas, que van todas de Heidegger p'arriba). Llegó la hora y los intervinientes fueron ocupando sus sitios en el estrado. En la amplia mesa los tres elementos habituales: los botellines de agua, los micrófonos y los folios. "El bodegón de la cultura", pensé. En el centro se sentaba el alcalde. Tenía cara de gustar de los mariscos. "¿Este qué es, del PSOE?", le pregunté al de Bucay. "No, no, niño, der PP". En fin, por adelantar: de izquierda a derecha estaban Juan Francisco Ferré (el escritor local que presentaba: recordé que su libro La fiesta del asno llevaba un prólogo de -¿adivinan?- Juan Goytisolo), el propio Goytisolo, el alcalde del PP, un capitoste del empresariado que financiaba el evento y un funcionario del Instituto Municipal del Libro, que lo organizaba. Me encantó ese nombre: Instituto Municipal del Libro. Callejeando esa mañana me había encontrado con un edificio que se llamaba Centro Cultural Provincial. No se andan con chiquitas en Málaga a la hora de bautizar sus organismos culturales...

Tras la presentación de Ferré, hiperbólica, cortesana (aunque bien llevada: brillante), pasó a hablar el Escritor. Estaba muy agradable, muy viejecita. Me recordó un poco al Dragó del otro día: la edad les ha conducido a una especie de confortabilidad física que les ha vuelto muy grato el discurso. El formato del acto era como esas entrevistas que se montan en el Círculo de Bellas Artes los de Alfaguara (Juan Cruz haciéndole preguntas a Javier Marías, etc.): Ferré preguntaba brevemente y Goytisolo respondía largamente. Todo lo que dijo estaba muy bien: Goytisolo siempre ha sido un gran crítico, un gran pensador cultural. Un hombre fundamentalmente honesto, con "voluntad de verdad"... sólo que ésta, en lo que se refiere a sí mismo, queda refrenada por el narcisismo congénito del autor, que le impide rasgar más los velos en lo que a su propia intimidad se refiere. De modo que lo que suele ser atinado juicio sobre lo exterior a él (¡la Cultura! ¡la Política incluso!), se convierte en parodia de indagación cuando vuelve la vista al interior. Así, el hombre que tan acertadamente había reivindicado al Arcipreste de Hita, a Francisco Delicado, a Blanco White y toda su cohorte de heterodoxos habituales, es capaz de presumir de ser muy autocrítico y luego decir que de Reivindicación del conde don Julián no cambiaría ni una sola coma, por ejemplo. O de soltar frases como "me adelanté a mi tiempo", o "mi contemporáneo es Cervantes, no los escritores actuales", etc., etc. Pero, eso sí, todo le quedaba muy entrañable. Se le tomó cariño.

El problema estuvo al final: cuando el autor pasó a leer un pasaje de su propia obra. Ahí ya se vio lo que le ha pasado siempre a Juan Goytisolo: que no tiene talento. Como escritor es un plomo, un soberano coñazo. Lo que escribe es, sí, exigente, osado, con una firme voluntad de aportar una voz nueva, etc.: pero ha nacido muerto. La obra de Juan Goytisolo es un inmenso y complejísimo cadáver del que jamás ha podido disfrutar un solo lector; aunque sí, desde luego, los filólogos y los hispanistas. Éstos encuentran excusas para endilgar miles y miles de páginas académicas, porque la obra de Goytisolo ofrece innumerables elementos para ello: es una obra para profesores. Antes de leer sus propias páginas (sacadas de Telón de boca), Goytisolo leyó un pasaje de La Celestina. ¡Qué diferencia! ¡Todo era vida allí! ¡Todo seguía siendo vida allí! ¡Un lenguaje vivo y acerado! ¡Crujiente! ¡Suelto! ¡Doloroso! De pronto una ráfaga viva del siglo XV invadió la sala. Y después Goytisolo nos soltó sus palabras muertas del XX. Y en ese tramo de cierre se vio lo que es Goytisolo: un excelente indicador cultural, que nos ha devuelto todo un continente sumergido de nuestra historia literaria, pero un escritor incapacitado, él mismo, para la creación. Por cierto, que una de esas indicaciones culturales estuvo referida a unas chocarreras Coplas a mi madrastra que Jorge Manrique escribió al mismo tiempo que las Coplas a la muerte de mi padre. Y me acordé del Comité de Damas, que no comprende que un mismo Atleta Sexual pueda escribir la necrológica de Julián Marías y la de Papuchi. "Contienes multitudes, Atleta", me dijo una. Claro que sí: como todo el mundo, a poco que se dejara.

La última pregunta fue sobre King-Kong. Goytisolo contó que hace años montaron un King-Kong hinchable encima del Empire State Building de Nueva York, y que Néstor Almendros le hizo a él una foto en la que se veía ese King-Kong detrás. Pero al poco, el fuerte viento lo desenganchó y King-Kong salió volando, tal Supermán peludo. Sonreímos, aplaudimos y salimos a la ciudad, también con viento.

25.3.08

Instrucciones para leer a Jünger

Ayer en el Nickjournal, entre las chanzas sobre el tamaño de mi cabeza infantil y sobre si al pequeño aprendiz al sol no se le debería llamar más bien "pequeño ruiseñor al sol" (mis enemigos tienen nivel: y bien que me los he currado), un Anónimo me hizo la siguiente consulta:

Estoy interesado en leer el trabajo memorialístico de Jünger, pero dudo si comenzar con sus dos primeros volúmenes de Radiaciones (ya sabe, los de la Guerra Mundial), o irme directamente al volumen III (Pasados los setenta). ¿Qué me recomienda que haga y por qué?

Respondí con estas instrucciones, que pongo aquí (algo reescritas) porque pueden serle de utilidad a cualquiera que desee iniciarse en Ernst Jünger:

1. Cómprese el primer volumen de Radiaciones, el que incluye "Jardines y carreteras", "Primer diario de París" y "Anotaciones del Cáucaso".

2. De este tomo, léase primero la "Nota introductoria" del traductor Sánchez Pascual. A continuación el "Prólogo" de Jünger. Y empiece a leer los diarios por el "Primer diario de París". Siga hasta el final del libro (incluyendo "Anotaciones del Cáucaso") y posteriormente léase "Jardines y carreteras".

3. Si le gusta, cómprese el segundo volumen de Radiaciones (que contiene "Segundo diario de París", "Hojas de Kirchhorst" y "La cabaña en la viña") y léaselo entero, sin modificar su orden.

4. Si tiene más ganas de Jünger, no se compre Radiaciones III: "Pasados los setenta" no están mal, pero son un muermo considerable. Lo que tiene que comprarse y leerse (varias veces, incluso) es La emboscadura. Y quizá La tijera.

5. Si sigue teniendo ganas de Jünger, cómprese Tempestades de acero. Pero de este volumen empiece por "El Bosquecillo 125", que es lo mejor, y después lea lo demás.

6. Si aún quiere más Jünger, le recomiendo que pruebe algunas de sus novelitas: Juegos africanos, El problema de Aladino, Un encuentro peligroso, Visita a Godenholm y En los acantilados de mármol. Sus novelas gordas (Eumeswil, Heliópolis) no las recomiendo: son bastante abrasivas. Abejas de cristal, que es de tamaño medio, no está mal. Pero las mejores son las breves que he mencionado al principio.

7. Si, tras esto, se mantiene usted insaciado de Jünger, léase ya todo lo que caiga en sus manos (inclusive "Pasados los setenta"). Y si se encuentra con energía, embárquese en El trabajador.

11.3.08

Como un fan

Los columnistas de la derecha han hecho su agosto con los triunfos en días sucesivos, ambos por votación de los españoles, del Chikilicuatre y ZP. Pero estos columnistas suelen ponerse tan pomposos que terminan ocupando el lugar el auténtico friki del concurso, Uribarri. Esto lo ha visto perfectamente Rosa Belmonte en su blog, que para eso es la más lista de la clase. El Chikilicuatre va a hacer que este año nos lo pasemos muy bien en Eurovisión; pero entre los candidatos sí que había esta vez un verdadero artista: Guille Milkyway, con La Casa Azul, cuyo tema "La revolución sexual" quedó en el tercer puesto. Yo no suelo comprarme discos indies (ni casi discos en general, a estas alturas), pero escucho bastante Radio 3, así que estoy más o menos al día. Este Guille Milkyway es un talento: con sus juegos musicales y con sus letras pop, que tontean con la trivialidad pero son de una precisión absoluta. Él es el autor de aquella otra coña de hace dos años, "Amo a Laura", y también de "Superguay", que es un hit en el mundo indie. Pero mi tema favorito es "Como un fan": una preciosa canción de amor, que nuevamente con la envoltura de la trivialidad y de lo kitsch hace una actualización fresquísima del amor cortés (¡nada menos!), al presentar al enamorado como el fan de su amada: "Y mientras,/ yo me enamoraba como un fan/ de tu voz, de tus amigos, de tu ropa/ y de tu manera de mirar". Una delicia emocionante.

7.3.08

La cabina

El gran perdedor del debate del lunes fui yo, puesto que se me derramó una jarra de cerveza (¡sic!) en el teclado de mi portátil nuevo mientras lo comentaba en el Nickjournal. El accidente me sumió en un profundo estado de melancolía, y el resto del debate me llegó ya como un ruido de fondo de mi desolación, mientras desenchufaba el cacharro, lo vaciaba (¡sic!) y trataba de calibrar el estropicio. No pintaba bien: la ruda cerveza entre los sofisticados microchips debía de ser equivalente a una invasión vikinga en la casa de Bill Gates (algo así como el asalto al chalet pijo en La naranja mecánica). El final es infeliz: a la mañana siguiente, ya seco, el portátil no resucitó. Me pasé un par de días dando vueltas hasta que al final lo dejé en el taller y aún no me han dicho si tiene arreglo, ni cuánto me costará.

Cuento esto para que se conozca en qué estado de abatimiento he vivido este último tramo de la campaña electoral. Lo he percibido todo de un modo más calmado (o quizá cansado), pero también más pesimista. Un poco al borde de la rendición. El debate lo terminé recibiendo más aceradamente y el gran perjudicado (si es que necesitaba serlo más, a mis ojos) fue Zapatero. En verdad que este hombre encarna todo lo que yo detesto en un político: la falta de pragmatismo, la cursilería, la ramplonería, el engolamiento, el chantajismo emocional. Su llamado talante es un cerco: un intento de autoblindaje ventajista. Dice “yo no crispo, yo estoy por la simpatía”, mientras te mete el dedo en el ojo. Y si protestas, ya estás crispando y rompiendo el buen rollito... La campaña electoral del PSOE es peligrosísima. Está vendiendo, realmente, elementos que no tienen nada que ver con la política, sino con los manuales de atoayuda: la alegría, el optimismo, el “no ser cenizo”, el pertenecer a una mayoría feliz (“somos más”). Es ya un descarado abuso de la retórica publicitaria: pero ni siquiera de la propaganda política, sino de la estricta publicidad de los productos, que para venderte un perfume te habla de lo mucho que vas a follar con él. El PSOE no sólo está vendiendo cosas que no puede dar la política, sino que la política ni siquiera debería ofrecer. (A estas alturas de la Historia, no podemos ser inocentes a este respecto.)

El día del debate había descartado prestarle mi voto al PP, en favor de UPyD y/o Ciutadans. Ahora vuelvo a no estar seguro. Es mi zozobra de toda esta legislatura: el PP no ha hecho nada por ganarse el voto útil, e incluso parece haber estado haciendo esfuerzos por espantarlo. Pero me parecería tan catastrófica otra victoria de Zapatero, que no termino de descartar la idea. Yo me identifico con las propuestas de UPyD y Ciutadans (y quizá me identificaría, en realidad, con un PSOE que fuese decente). ¿Pero sirve de algo votar a estos partidos, en una circunscripción como la mía? Es una duda que ya sé que me acompañará hasta la cabina del colegio electoral. Este año pienso meterme en ella unos minutos, para pensar y tomar la decisión definitiva. En realidad, para el elector zozobrante, que está contra Zapatero, pero no le perdona al PP que lo haya hecho tan mal, la cabina electoral será algo así como la cabina telefónica aquella en la que se metía López Vázquez y ya no podía salir, en su colapso de terror. Yo me meteré pasado mañana en la cabina, emitiré mi voto y saldré igualmente insatisfecho, porque, vote lo que vote, sabré cuál es el fallo y dónde está la fragilidad.

En cualquier caso, vote o no vote al PP el domingo, algo he aprendido en esta legislatura: que votar a este partido no te hace “de derechas”. Puede que, tal y como están las cosas, ocurra justo lo contrario. La más abyecta estrategia del PSOE durante estos cuatro años ha sido la de demonizar al PP, que es lo mismo que demonizar a media España. Se ha puesto de moda la acusación de “facha”. A cualquiera que ha disentido del Gobierno se le ha acusado de facha. Se ha extendido, entre determinados sectores, un miedo a ser acusado de facha que es equivalente al miedo a la impureza de sangre en nuestro siglo XVII. Pero el mecanismo es tan soez, que muchos progresistas nos hemos curado en esta legislatura precisamente de ese miedo: y no sólo hemos perdido el miedo a que nos acusen de fachas, sino que hemos llegado a pensar que hoy en día no puede ser auténticamente progresista aquel que no esté dispuesto a correr el riesgo de ser llamado facha. Los supuestos progresistas que se refugian en la tribu y en esa cursilona “trinchera de la alegría” no son más que cortesanos al servicio del Poder.

Históricamente se ha visto algo muy triste en España: triste y preocupante. Cuando ganó el PP sus primeras elecciones, en 1996, me alegré porque consideré que con eso se consolidaba la Transición. Ésta tenía que pasar la prueba de que la derecha gobernase democráticamente, y la pasó. Pero fue entonces cuando empezó a ocurrir algo que no me esperaba: la no aceptación de este hecho por parte de la izquierda. El primer atisbo de tal actitud se produjo cuando Felipe González sacó el famoso dóberman en las elecciones de 1993. En el último tramo del Gobierno de Aznar, dicha actitud de la izquierda se desbocó, con las movidas del chapapote y la guerra de Irak. Lo que en principio eran protestas legítimas, derivaban en acusaciones al PP de partido antidemocrático o de extrema derecha. Durante esta legislatura esa actitud se ha convertido en norma. Mi conclusión es pesimista. Parece que finalmente la Transición se ha detenido o quebrado en este punto: en la incapacidad de la izquierda para aceptar (para considerar legítimo) un gobierno democrático de la derecha. Si no se resuelve esto, no acabaremos bien.

A diferencia de López Vázquez, los electores podremos salir de nuestras cabinas el domingo. Lo que no sabemos es qué país nos encontraremos fuera. Ojalá no echemos de menos habernos quedado encerrados, por no ver lo que se avecinaba.

[Publicado en Nickjournal]

27.2.08

Biblioteca austrohúngara



La alusión austrohúngara la ha traído a la actualidad Francisco Sosa Wagner, en su estudio El Estado fragmentado. Modelo austro-húngaro y brote de naciones en España (Javier Caraballo lo reseñó convenientemente en su blog, y el prólogo de Joaquín Leguina puede leerse en Kiliedro). Por cierto, que los chicos de Astrud demostraron una vez más lo listos que son al ponerle a su sello discográfico precisamente ese nombre: Austrohúngaro. Los amigos del Nickjournal, al sacar yo el tema tras el debate electoral del lunes, fueron citando obras austrohúngaras, que he recogido en esta (pequeña) Biblioteca. Dicen los comentaristas que Zapatero y Rajoy no hablaron del futuro. Y eso es justo lo que está en estos libros: el futuro, nuestro futuro austrohúngaro.

1. Los últimos días de la humanidad, Karl Kraus (Tusquets).
2. El hombre sin atributos, Robert Musil (Seix Barral).
3. Las tribulaciones del estudiante Törless, Robert Musil (Seix Barral).
4. La marcha Radetzky, Joseph Roth (Edhasa).
5. La filial del infierno en la tierra, Joseph Roth (Acantilado).
6. El busto del emperador, Joseph Roth (Acantilado).
7. El mundo de ayer, Stefan Zweig (Acantilado).
8. Fouché: el genio tenebroso, Stefan Zweig (Debate).
9. La lucha contra el demonio: Hölderlin, Kleist, Nietzsche, Stefan Zweig (Acantilado).
10. La Viena de Wittgenstein, Allan S. Janik y Stephen E. Toulmin (Taurus).
11. Ludwig Wittgenstein, Ray Monk (Anagrama).
12. Memorias de un antisemita, Gregor von Rezzori (Anagrama).
13. Diarios (1910-1923), Franz Kafka (Tusquets).
14. El otro proceso de Kafka, Elias Canetti (Alianza).
15. La lengua absuelta, Elias Canetti (Alianza).
16. La antorcha al oído, Elias Canetti (Alianza).
17. El juego de ojos, Elias Canetti (Alianza).
18. El Danubio, Claudio Magris (Anagrama).
19. Las aventuras del valeroso soldado Schwejk, Jaroslav Hasek (Destino).
20. El palacio de Gripsholm, Kurt Tucholsky (Punto de Lectura).
21. Poesía lírica, seguida de "Carta de Lord Chandos", Hugo von Hofmannsthal (Igitur).
22. Un armiño en Chernopol, Gregor von Rezzori (Anagrama).
23. La lección de lengua muerta, Andrej Kusniewicz (Anagrama).
24. Nadie es perfecto, Billy Wilder, Hellmuth Karasek (Grijalbo).
25. Billy Wilder, Ed Sikov (Tusquets).
26. Pequeña pornografía húngara, Peter Esterhazy (Alfaguara).
27. Introducción al psicoanálisis, Sigmund Freud (Alianza).
28. El maleficio, Hermann Broch (Adriana Hidalgo).
29. Trastorno, Thomas Bernhard (Alfaguara).
30. Una soledad demasiado ruidosa, Bohumil Hrabal (Destino).
31. El tiempo de los regalos, Patrick Leigh Fermor (Península).
32. El último encuentro, Sándor Marai (Salamandra).
33. Divorcio de Buda, Sándor Marai (Salamandra).
34. La señorita Else, Arthur Schnitzler (Acantilado).
35. El regreso de Casanova, Arthur Schnitzler (Acantilado).
36. Relato soñado, Arthur Schnitzler (Acantilado).
37. Errata: el examen de una vida, George Steiner (Siruela).
38. Presencias reales, George Steiner (Destino).
39. Sexo y carácter, Otto Weininger (Losada).
40. Ornamento y delito, Adolf Loos (Gustavo Gili).
41. Quiero dar testimonio hasta el final (Diarios 1933-1945), Victor Klemperer (Galaxia Gutenberg).
42. La otra parte, Alfred Kubin (Siruela).
43. El Sanatorio de la Clepsidra, Bruno Schulz (Maldoror).
44. El país tenebroso, Bruno Schulz (Círculo de Bellas Artes).
45. Acontecimientos de la irrealidad inmediata / La guarida iluminada (diario de sanatorio), Max Blecher (Aletheia).
46. Sebastián en sueños, Georg Trakl (Pre-textos).
47. Mi Lvov, Josef Wittlin (Pre-textos).
48. Libro de Réquiems, Mauricio Wiesenthal (Edhasa).
49. El castillo alto, Stanislav Lem (Funambulista).
50. Cordero negro, halcón gris. Viaje al interior de Yugoslavia, Rebecca West (Ediciones B).

12.2.08

Una muerte educada

La semana pasada (me da por contarlo ahora, de pronto) se produjo un suicidio en mi familia. Era una prima lejana, de mi edad, con la que yo apenas había tenido trato: pero me ha impresionado su manera pulcra y educada de matarse... Vivía sola. Sus familiares más cercanos (sus padres y su hermano) habían ido muriendo en el curso de los últimos años. Ella dejó encima de la mesa del salón todos los papeles: títulos de propiedad, números de cuentas bancarias, carnets, tarjetas, todo lo que hubiera tenido que buscarse. Ella lo dejaba allí a la mano, ordenadito. Luego pidió una pizza. En la mesa estaba también el estuche de la pizza y el ticket. A la pizza le faltaba sólo un trocito: lo último que comió en su vida. Luego se metió en la cama, se inyectó morfina (era enfermera), se tapó con la manta y se murió. Yo, como digo, apenas la había tratado: pero la he visto siempre, desde niño, allá al fondo en alguna esporádica ocasión familiar. Era amable sin exceso, reticente aunque no callada. Detecto ahora un fondo de melancolía en su sonrisa. Me emociona que lo hubiese dejado todo dispuesto en la mesa: en un último intento por no causar molestias más allá de las inevitables... La inevitable que fue recoger su cadáver y llevarla al cementerio. Y aún tuvo una elegancia última: la de que su ausencia tampoco pese demasiado. (Me emociona eso: su elegancia, su transparencia, su levedad.)

9.1.08

¿Por dónde se la mete Deza a la joven Pérez Nuix?

Concuerdo con Manuel Rodríguez Rivero, en su artículo de debut en Babelia, en que la mejor novela española de 2007 ha sido la de Javier Marías (aunque yo no es que no las haya leído todas, sino que creo que sólo he leído esa). Lo que no comparto es su decepción por el polvo entre Deza y la joven Pérez Nuix. ¡Pero si es un polvo magnífico! Un polvo, en verdad, innovador y sorprendente, que abre brecha en el género: la del polvo atildado. Quizá Rodríguez Rivero esperaba algo más bukowskiano o henrymilleriano, o jadeos y refocilaciones telúricas a lo García Márquez. Pero el polvo que le echa Deza a la joven Pérez Nuix es el que mejor le va a su personalidad desvaída y algo esquinada. El polvo, por lo demás, no puede desgajarse del calentón previo de la faldita y la media que se va desgarrando, y que sí que es más universalmente memorable...

Pero esta decepción de Rodríguez Rivero me ha sorprendido menos que algo que llevo leído ya en varios foros: que Deza se la mete a la joven Pérez Nuix por el culo. Afirmación que muestra, más que nada, la indigencia erótica de los que la profieren, a los que ni siquiera se les ha pasado por la cabeza que se puede meter la polla en el coño desde atrás (con los dos tendidos de costado, la mujer delante del hombre, se entiende). Yo daba esto ya por sabido. Pero parece que ni las toneladas y toneladas de pornografía consumidas a estas alturas le han aligerado del todo al españolito medio su ancestral anquilosamiento católico.

19.12.07

El crepúsculo celta

Sabía que Cyril Connolly había frecuentado Málaga, y recuerdo haber visto una foto suya en Torremolinos. Pero ignoraba lo que me contó la semana pasada Jordá: que su lugar de residencia era La Cónsula, que pertenecía a la familia de su primera mujer. Aquella finca es hoy una prestigiosa escuela de hostelería. Y lo asombroso es que en su jardín están las cenizas de Félix Bayón. Fueron enterradas allí por motivos gastronómicos, y resulta que había también motivos literarios. No sé si Bayón leyó a Connolly, pero sin duda suscribiría esta frase: "El escritor debe ser un detector de mentiras que exponga las falacias en las palabras y los ideales antes de que maten a medio mundo". Pertenece a Enemigos de la promesa, donde se encuentra este otro párrafo intachable:

Es la sobremesa de un día sofocante. El almuerzo ha consistido en una tortilla, vichy y melocotones. La mesa está a la sombra de un plátano, y un gramófono suena en la habitación contigua. Siempre procuro escribir por la tarde, pues corre suficiente sangre irlandesa por mis venas para que tema el temperamento irlandés. La forma literaria que éste adopta, conocida como el crepúsculo celta, consiste en una adicción a la melancolía y un uso exagerado de palabras, y los buenos escritores irlandeses exorcizan al demonio disciplinándose en una cultura extranjera y más rigurosa. Yeats traducía del griego, mientras que Joyce, Synge y George Moore huyeron a París. En cuanto a mí, el latín de Augusto y el inglés neoclásico me parecen los mejores correctivos, pero no siempre dan el resultado apetecido y, si escribo cuando oscurece, las sombras del crepúsculo esparcen sus tonos purpúreos desde el principio hasta el fin de mi prosa.