12.6.08

Fórmulas de la longevidad

No sé si es que ahora se habla más de la longevidad, de las fórmulas para alcanzarla, o si yo estoy más pendiente de lo que se dice al respecto; pero el caso es que en este último mes he escuchado varias. La primera me la dijo Calonje: "Comer poco, dormir mucho y pasar frío". Luego leí la de Francisco Ayala (que tiene ya ciento dos años): "Un whisky y dos manzanas antes de acostarse" (hay la variante, más apetecible, de "dos whiskys y una manzana"). Y Arcadi Espada citó el sábado la del científico Reijo Pera: "Dieta, ejercicio y levantarse cada mañana con un propósito". Todas estas fórmulas parecen buenas, aunque da un poco de repelús lo del frío. Jünger, cuando aún no sospechaba que él mismo iba a llegar casi a los ciento tres, refirió en sus diarios de la Segunda Guerra Mundial la que le dijo en Francia un campesino centenario: "Una cagadita cada mañana, un polvete cada semana y una cogorza cada mes". Jünger le hizo el comentario cómplice de que una de esas tres cosas ya no la podría hacer, ¿no? A lo que el campesino respondió: "Ya, pero eso es porque ahora con la guerra no se encuentra aguardiente". Con el tiempo Jünger fue estableciendo su propia fórmula, que consistía, más o menos, en darse un baño de agua fría por la mañana y tomarse una copa de Burdeos por la tarde. Mi amigo Andújar se propuso una vez ser longevo con esa fórmula y lo primero que hizo fue comprarse una botella de Burdeos... que se bebió sin darse ni un solo baño frío. Aun así, le deseo larga vida. Como a mí. Como a todos. (Bueno, casi todos.)

[Publicado en El Malpensante]

11.6.08

Yo me acosté con la doctora Melfi

Últimamente están saliendo en este blog más tetas que botellines; pero bueno, qué le vamos a hacer (¡tampoco está tan mal!). Éstas son impepinables, porque a nadie le amarga un dulce, ni unas tetazas como las de Lorraine Bracco: ¡una fenomenal sorpresa! Me he encontrado el archivito ahora y, aunque parezca mentira, lo tenía olvidado. Lo cacé cuando vi la última temporada de Los Soprano, aquí en el portátil. Es una secuencia en que la doctora Melfi tiene un sueño erótico, creo que con Tony, y se mira en el espejo mientras se lo folla subida encima. Yo estaba absolutamente prendado de la Melfi antes de saber que era dueña de semejantes melones. Me bastaban sus caritas a bordo del sillón psicoterapéutico. Qué gran actriz Lorraine Bracco: aguanta toda la serie, capítulos y capítulos, en ese puesto tan poco lucido. A mí me pasó una cosa curiosa con ella, o con una que se le parecía. Fue una novia mía de hace unos años. Me gustaba, pero no me volvía loco. La cosa se fue apagando y lo dejamos, aunque seguimos siendo amigos. Entonces vi las primeras temporadas de la serie. Y descubrí cuánto se parecía esa chica a la doctora Melfi. Y la deseé como nunca la había deseado. Pero ya era tarde. Un día se lo dije: "¿Sabes que te pareces a la doctora Melfi?". Ella no estaba de acuerdo. Un rato después, sin embargo, se quedó pensativa. "¿Esa actriz estuvo casada con Edward James Olmos?", me preguntó. "Creo que sí...". Me dijo que unos años antes se encontraba cubriendo el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva (ella es periodista) y, en la fiesta de clausura, Edward James Olmos la sacó a bailar. "Eres igual que mi ex mujer", le dijo. Y sí. Era igual. Nos reímos... pero no volví a acostarme con ella.

12.5.08

La serie sombría

Lo mejor de Los Soprano es su pesimismo sin contemplaciones. No es maniquea, pero porque no hay buenos: los que parecen serlo, como la insufrible Carmela y casi todas las demás esposas de los mafiosos, simplemente se dan el lujo sentimental de no pensar en los crímenes de los que proviene su estatus. En buena medida, es una serie marxista: muestra las raíces turbias, descarnadamente económicas, de las que brotan las flores superestructurales de la familia, la religión, las tradiciones, los sentimientos. Pero en realidad es más schopenhaueriana que marxista: porque no ofrece esperanza y porque el mal es metafísico y se da de una pieza, sin trucos cristianizantes.

Hoy en día, en la industria cultural, no hay nada equivalente a las grandes series norteamericanas: ni en la literatura, ni en la música, ni en el arte, ni en el cine. Es el top de nuestro tiempo. Quizá porque las series de televisión son las únicas a las que les queda el número suficiente de espectadores. Y porque son la obra de arte total, como nunca logró serlo la ópera: una obra de arte que, además, tiene la ventaja de no estar sólo en manos de los artistas, sino también de los industriales (lo más parecido es la época dorada de Hollywood). La síntesis de Los Soprano es asombrosa. Por una parte, se inserta brillantemente en la tradición de las películas de mafiosos, pero con una vuelta posmoderna: los mafiosos de Los Soprano son mafiosos que ven películas de mafiosos, y hablan de ellas y las imitan. Por otra parte, es una perfecta serie familiar: con elementos de Los Walton, pero también de Los Simpson (Tony tiene mucho de Homer). La frase promocional de las primeras temporadas daba en el clavo al entrelazar los dos aspectos: "Family redefined". O, como se tradujo en España: "Un nuevo concepto de familia".

Como se ha repetido, es una serie adictiva. Todo es perfecto en ella: la interpretación de los actores, los diálogos, las tramas, el rodaje y el montaje de las secuencias, la fotografía, la música, y hasta las referencias filosófico-literarias (¡hay capítulos en que se cita a Nietzsche, a Flaubert, a Yeats!). Los diálogos, como digo, son buenísimos (¡tarantinianos muchas veces, con un carcajeante chisporroteo de incorrecciones políticas!); pero pocas series tienen, también, más silencios y reticencias. Pocas están menos sobre-explicadas ni albergan más elipsis. Otra arriesgada originalidad es su tendencia al anticlímax. Los que hemos trabajado escribiendo guiones de teleseries estamos hartos de la histérica consigna: "¡Que acabe en alto, que acabe en alto!". Los Soprano se la saltan casi sistemáticamente. Las secuencias suelen terminar en un silencio o en una acción anodina; por no hablar de la conclusión de los capítulos, que consiste por lo general en un apagamiento que enlaza con la música de los créditos finales.

El caso es que anoche vi el último episodio y tenía ganas de paladear la serie un poco más, escribiendo sobre ella. Leo ahora que en total son ochenta y seis capítulos. Las cuatro primeras temporadas las vi hace tres años en Madrid. Me estaba mudando y las liquidé en panzadas de muchas horas, con el apartamento desmantelado, lleno de cajas. Y ahora he visto la quinta y la sexta, justo cuando otra mudanza se aproxima.

26.4.08

Las tetas de Pe

Muy aburrida la película Elegy, de Isabel Coixet. Tiene momentos llevaderos y algunas parrafadas brillantes (supongo que son transcripciones de la novela original de Philip Roth), pero la cosa no funciona. Hasta Ben Kingsley, que es lo mejor, se hace pesado. En cuanto a Penélope Cruz: qué aborrecimiento ya de esta chica. La otra actriz, Patricia Clarkson, está estupenda; pero Pe es un lastre invencible. En cuanto aparece, uno se queda empachado con esa mezcla de Audrey Hepburn y Claudia Cardinale (ambas a la baja), y no se cree ya nada de lo que haga o diga. Muy buena tiene que ser la película para que uno venza esta aversión, y Elegy no es una buena película. En esas estaba cuando Pe desnuda sus tetas. Creo que han salido otras veces en estos años, pero yo no las veía desde Jamón, jamón. Siguen fantásticas. Son unas tetas rotundas, redondas, del tamaño perfecto y con los pezones perfectos (la imagen que he encontrado no los refleja en su punto de oscuridad). Por esas tetas, y no por la cara de patito pizpireto de Pe, se entiende la obsesión de Kingsley. Y al final (desmonto aquí la película: quien quiera verla, que no siga leyendo) son ellas las que se convierten en las protagonistas de la historia, cuando Pe reaparece con su cáncer de mama. La última tanda de top-less son melancólicos, en vísperas de la operación. Hubiera podido ser un gran momento cinematográfico, pero la película es mediocre y ni siquiera alza el vuelo ahí. Luego a la salida, sin embargo, me quedé pensando en el asunto. Con una tristeza, justamente elegíaca, por las tetas que han desaparecido y las que desaparecerán; pero también con el vigoroso convencimiento de que las tetas extirpadas siguen resplandeciendo en sus pechos, en sus huecos: porque las tetas, en verdad, son inmortales.

21.4.08

Prueba

Julie Ordon


En homenaje a Octavio Paz, que murió hace diez años, copio este poema de Árbol adentro titulado "Prueba", que recrea el argumento antiontológico del budista Dharmakirti:

La piel es azafrán al sol tostado,
son de gacela sus sedientos ojos.

—Ese dios que la hizo, ¿cómo pudo
dejar que lo dejase? ¿Estaba ciego?

—No es hechura de ciego este prodigio:
es mujer y es sinuosa enredadera.

La doctrina del Buda así se prueba:
nada en este universo fue creado.
Transcribo igualmente la nota relativa, y así homenajeo también al Octavio Paz ensayista. Los dos son admirables, luminosos:
En la antología de poesía sánscrita del monje budista Vidyakara (vivió a finales del siglo XI, en Bengala), traducida hace altún tiempo al inglés por el profesor David H. Ingalls (An Anthology of Sanskrit Court Poetry, Harvard Oriental Series, Vol. 44, Cambridge, Mass. 1965) aparecen muchos versos de un poeta llamado Dharmakirti, a veces precedido por esta mención: El Venerable. Al leer este nombre me froté los ojos: ¿sería posible que el autor de esos poemas eróticos fuese el severo lógico budista del mismo nombre? El profesor Ingalls disipó mis dudas: casi seguramente son una y la misma persona el poeta apasionado, sensual e irónico y el filósofo de mente afilada y razones estrictas. Ingalls señala que el estilo del poeta Dharmakirti —agudo, tajante, económico, ingenioso— presenta más de una afinidad con el estilo del lógico Dharmakirti. Pensar que el autor de tratados sobre la percepción y la dialéctica no pudo escribir poemas de amor sensual, dice Ingalls, es como negar que el teólogo John Donne fue también el poeta que escribió "I can love both faire and browne". Añado que en la India casi todos los filósofos de importancia también fueron poetas. Comparten la opinión de Ingalls sobre la identidad de Dharmakirti, otros eruditos como S. N. Dasgupta y S. K. De (History of Sanskrit Literature, Calcuta, 1947). La lectura del poema, por lo demás, desvanece las dudas: el filósofo Dharmakirti reduce al absurdo todos los razonamientos; el poeta Dharmakirti, ante un cuerpo de mujer, reduce al absurdo la dialéctica. El cuerpo que exalta el poeta es otra prueba, lógica viviente, de la negación universal... Conozco dos traducciones del poema, ambas al inglés. Una es la del profesor Ingalls y otra, preciosa y en metro, de John Brough (Poems from the Sanskrit, London, 1968).
.....Dharmakirti vivió a fines del siglo VII. Nació en Trimalaya, en el sur de la India, y estudió probablemente en el célebre monasterio y universidad de Nalanda. Dejó siete tratados de lógica, varios comentarios sobre los Sutras y un puñado de poemas, casi todos eróticos. Dharmakirti negó la autoridad de las escrituras budistas, no la del Buda; sostuvo que el hombre percibe la realidad pero que esa percepción es instantánea e inefable; con los restos de esas percepciones la mente construye entidades fantasmales que llamamos pasado y futuro, yo y tú.

14.4.08

Narcisismo sin ego

Muy recomendable No Ficción, de Vicente Verdú, que acabé ayer. El hombre se mete a hablarnos sin remilgos de sus devaneos con el alcohol, la coca, las jovencitas, la acupuntura, los automóviles y los gelocatiles. Hace sociología de sí mismo, con instructivos resultados. La problemática relación con su cuerpo (o mejor dicho: la relación con su problemática salud) le agudiza el sentido para la reflexión fisiológica. A la vez, como considera que el cuerpo es una expresión de lo que se cuece en el espíritu, el discurso acerca de sus dolencias desemboca espontáneamente en un discurso sobre la culpa, la neurosis y la poca habilidad para vivir. El Vicente Verdú que aparece aquí es un poco menos inteligente, un poco más tonto, si se permite la franqueza, de como lo imaginábamos: pero no hay que perder de vista que esto es así porque él ha facilitado que se sepa; lo que realza el valor moral de su exposición. Y, en el fondo, es índice de una inteligencia de grado superior, por encima ya de ciertas batallas y presunciones. En este libro no hay ni exhibicionismo bukowskiano ni contrición julioalbertiana. Lo que hay es un narcisismo distanciado, por decirlo así: una suerte de narcisismo sin ego. Me ha recordado al Salvador Pániker de sus memorias. También estilísticamente: tiene una prosa sencilla pero un poco amanerada, con un esfuerzo metafórico centrado en términos abstractos y algo relamida cuando intenta atrapar sensaciones; en el caso particular de Verdú, no se puede dejar de señalar su uso nefasto de las comas (por omisión la mayoría de las veces). Es una escritura post-periodística, aunque se queda en pre-literaria. Le falta un hervor para que sea una obra con auténtico valor literario: pero es de esas que apetece leer más que, por ejemplo, otra novela al uso; y de las que se termina sacando más provecho (literario también).

Junto con el narcisismo con ego (que es lo habitual), y el narcisismo sin ego de Verdú o Pániker, está lo que podríamos llamar el ego sin narcisismo, que es el de la literatura autopunitiva, cuya manifestación más asfixiante y sórdida que conozco es el Auterretrato sin retoques de Jesús Pardo: una obra, ésta sí, de alto valor literario pero que no dudaría en calificar de infecta. Era un libro admirable pero desagradable; del que se salía sucio: la seca crueldad del autor para consigo mismo terminaba manchando al lector (y al mundo entero). Del de Verdú, en cambio, se sale reconciliado con la vida. Quizá con los humos bajados, pero con fuerza para seguir. Sus páginas son un buen ejemplo de asunción de imperfecciones: en este sentido, es una obra ejemplar. La lección de este libro es conocida y es sencilla, y la hemos leído mil veces en los manuales orientales. El propio Verdú la repitió este sábado en su artículo de El País: "Del mismo modo que llegamos a vivir mejor cuando atenuamos u olvidamos el ego, la vida sabe mejor, más genuinamente, cuando dejamos de buscarle sentido".

12.4.08

Un placer de tebeo

Esos ceporros que no pueden disfrutar con Bernhard piensan que uno lee a Bernhard por pedantería (como si no tuviera nada mejor que hacer). Ayer, a propósito de mis instrucciones para leer a Bernhard, me preguntó un Anónimo en el Nickjournal: "¿por qué su placer con Bernhard va a ser más placer que el de un ama de casa con Corín Tellado?". A lo que respondí esto:

Me siento en comunión, leyendo a Bernhard, con el ama de casa que lee a Corín Tellado. Si yo disfrutara como disfruto con Bernhard leyendo a Corín Tellado, leería sin duda (también, o quizá en exclusiva) a Corín Tellado. Yo estoy a favor del placer en la lectura. Si yo leo a Bernhard es porque disfruto con Bernhard. Yo leo a Bernhard porque ya no puedo disfrutar con Mortadelo y Filemón como disfrutaba con Mortadelo y Filemón de niño. De hecho, si leo a Bernhard es justo para disfrutar como disfrutaba con Mortadelo y Filemón de niño: porque ese placer (¡ése exactamente!) no lo obtengo ya con Mortadelo y Filemón sino con Bernhard.

Y no cito a Mortadelo y Filemón por boutade: es que la lectura de Bernhard me proporciona (¡exactamente!) un placer de tebeo. Bernhard tiene esa mecánica repetitiva de los tebeos, tiene ese engranaje repetitivo de los tebeos, que uno lee disfrutando y siempre pide más. Hay que citar una vez más la memorable frase de Ferlosio en su discurso del Cervantes: "El argumento se quedó parado y sobrevino la felicidad". Así Mortadelo y Filemón (así Corín Tellado). Así Bernhard.

11.4.08

Instrucciones para leer a Bernhard

Tras mis instrucciones para leer a Jünger, algunos amigos me han pedido otras para leer a Bernhard. Este es el orden que propongo:

1. Thomas Bernhard. Un encuentro, conversaciones con Krista Fleischmann (Tusquets). La mejor instroducción a Bernhard posible (¡e imposible!). Te descacharras de risa y, de paso, te metes en su mundo. [(17.11.09) ¡Y Mis premios!]

2. Corrección (Alianza). La obra maestra de Bernhard. Hay que empezar por Corrección, sin ninguna duda. Es una obra perfecta, sublime, pero áspera, sin concesiones. Muchos lectores saldrán rebotados: pero esos lectores, entonces, es que no se merecían a Bernhard y hacen muy bien en irse a tomar por culo. Uno siempre tiene que empezar por leer Corrección, para poner a Bernhard en un altar y tenerle el máximo respeto de ahí en adelante.

3. Tala (Alianza). La novela más divertida y corrosiva de Bernhard. No deja títere con cabeza en el mundillo cultural vienés: que es, entendámonos, como todos los mundillos culturales posibles e imposibles.

4. Hormigón (Alfaguara). Tras Correccion y Tala, viene perfecto este delicioso canapé que es Hormigón. Un librito despojado, contenido: que sigue siendo puro Bernhard. (¡Y sale Mallorca!)

5. El malogrado (Alfaguara). Ahora sí que entra El malogrado. Muchos cometen el error de leer El malogrado para empezar y no: si se empieza por El malogrado, El malogrado sabe a poco. Hay que leer El malogrado cuando uno ya está bernhardizado a tope. (¡Y sale Madrid!)

6. Llegó el momento de leer los relatos de Bernhard. Pueden leerse estos tres libros enteros, o bien exclusivamente el relato que señalo de cada uno de ellos (los tres en Alianza Editorial): El carpintero y otros relatos, “La gorra”; Relatos, “Jugar al watten”; Acontecimientos y relatos, “Goethe se mmmuere”. [(22.9.12) En el nuevo libro editado de Bernhard, Goethe se muere, hay otra obra maestra, superior incluso a la anterior que da título –aunque con poda de emes– al volumen: "Reencuentro".]

7. El imitador de voces (Alfaguara). Ahora, los microrrelatos de Bernhard: una deliciosa bandeja de minicanapés. Bernhard en su propio Bulli, Bernhard autoferranadrianizado.

8. Hay que meterse ya en la pentalogía autobiográfica (Anagrama): lo mejor en términos absolutos, junto con Corrección. Podría empezarse a leer a Bernhard por la pentalogía autobiográfica. Podría, incluso, leerse de Bernhard exclusivamente la pentalogía autobiográfica y con ello ya se iría bien servido. Pero para el que quiera leer más Bernhard, lo mejor es leerla aquí, cuando ya está bien entrado en Bernhard. Leerla aquí quintuplica y decuplica sus efectos. Y hay que leerla, naturalmente, según su orden de publicación (nada de empezar por Un niño): El origen, El sótano, El aliento, El frío y (ahora sí) Un niño.

9. Tres canapés más, a gusto del consumidor: El sobrino de Wittgenstein (Anagrama), (Anagrama) y Los comebarato (Cátedra). Tras le lectura de la pentalogía autobiográfica, no está mal leerse la introducción de esta última (la única no traducida, ay, por Miguel Sáenz).

10. Maestros antiguos (Alianza). Otra obra con empaque, y a la vez divertidísima (aquí están las famosas andanadas contra Stifter y Heidegger).

11. Llegado a este punto, el bernhardiano debe repescar sus otras grandes obras: Trastorno (Alfaguara), Helada (Alianza), La Calera (Alianza); y terminar con Extinción (Alfaguara) .

12. El teatro. Está casi todo editado en Hiru. Recomiendo especialmente Heldenplatz (Plaza de los héroes), Immanuel Kant y los dramolettes.

13. La poesía. No es lo mejor, pero se lee bien: In hora mortis (DVD), Bajo el hierro de la luna (DVD) y Ave Virgilio (Península). [(2014) En La Uña Rota se ha publicado en un volumen único, espléndido, Así en la tierra como en el infierno. Los locos. Los reclusos. Ave Virgilio].

14. Y, por último, unos libros más sobre Bernhard, con entrevistas y declaraciones: Tinieblas (Gedisa) y Conversaciones con Thomas Bernhard, por Kurt Hofmann (Anagrama). El Thomas Bernhard. Una biografía (Siruela) de Miguel Sáenz no vale gran cosa, aunque tiene valor informativo. No así las traducciones de Miguel Sáenz (todas las aquí citadas, menos Los comebarato), que son inmejorables.

* * *
Pero para abrir boca, nada mejor que el comienzo de Helada:

Al fin y al cabo, un período de prácticas no consiste sólo en asistir a operaciones de intestino complicadas, abrir peritoneos, grapar lóbulos pulmonares y serrar pies, no consiste sólo realmente en cerrarles los ojos a los muertos y en sacar niños al mundo. Un período de prácticas no es sólo eso: arrojar por encima del hombro a un cubo esmaltado piernas y brazos enteros o serrados por la mitad. Tampoco consiste en desplazarse continuamente de un lado a otro detrás del Jefe y del Ayudante y del ayudante del Ayudante, en estar a la cola en la visita médica. Tampoco puede consistir un período de prácticas únicamente en tratar de hacer creer hechos falsos, en decir: "El pus se le disolverá sencillamente en la sangre y usted se curará". Ni en cientos de otras mentiras. No sólo en decir: "¡Ya se le pasará!"... cuando nada se le va a pasar. Un período de prácticas no es, al fin y al cabo, sólo un lugar para aprender a cortar y coser, hacer ligaduras y aguantar. Un período de prácticas tiene que contar también con hechos y posibilidades extracorporales.

9.4.08

Popurrí nietzscheano

El Congreso Nietzsche me ha dejado en la cabeza un gustoso revoltillo de ideas. En tres días se crea un ambiente de intimidad con el mecanismo, y uno podría pasarse ya semanas así: sentado en la butaca y escuchando hablar del entrañable filósofo bigotudo, como en un maratón cinematográfico. Tenía también algo de festival de música, con las actuaciones sucediéndose. Y hasta el impresentable "control de firmas" podía tomarse positivamente, como guiño ciclístico. Mientras los profesores soltaban sus peroratas, todos aseados, bien vestidos, con esa felicidad íntima del que está viajando, comiendo y durmiendo gratis (en una ciudad soleada, encima), me asaltaba de vez en cuando el pensamiento de que cualquiera de ellos le saca más dinero a Nietzsche en un año del que el propio Nietzsche pudo sacarse en toda su vida. Pero mi pensamiento no era quejumbroso, sino de aceptación. En efecto: así fue y así debió ser... para que Nietzsche fuera Nietzsche (y los ponentes no lo fueran).

La conferencia inaugural la dio Eugenio Trías. En mis tiempos universitarios asistí a otra suya en el Paraninfo de Letras de la Complutense, y fue tan deslumbrante que de allí salí disparado a una librería a atiborrarme de sus obras. Mientras lo presentaba Manuel Barrios (con una buena frase, por cierto: la de que Nietzsche es "un inmenso pensador platónico"), Trías se quitaba el reloj de la muñeca y se lo ponía a la vista, se acercaba el botellín de agua, se lo servía en el vaso... gestos del conferenciante profesional. Cuando empezó a hablar me sorprendió que su voz se había debilitado y estaba próxima a ser la de un viejecito (recordé entonces que ha estado enfermo en los últimos años, creo que de la garganta). La conferencia la dio con esa voz, y tosiendo de vez en cuando: pero fue espléndida. Sin la pujanza juvenil, su pensamiento era más divagatorio, menos cerrado, como si la fisiología le hubiese templado la mente. Pensé en la edad como un don: gracias a ella, van graduándose nuestras manifestaciones en el mundo. Recordé también las páginas que ha dedicado el propio Trías a la idea de variación (de lo musical a lo ontológico). Precisamente su exposición tuvo que ver con esto: el "eterno retorno de lo igual", sin variación, sin enseñanza; sin que surja la compasión en el transcurso. A mí, que tan aficionado soy a las arremetidas, me interesó un comentario adyacente: el de que Nietzsche "jibarizaba al adversario", lo reducía y minusvaloraba para que la crítica fluyese "de manera natural". Sobre la ausencia de compasión, Trías citó unas palabras de Zaratustra: "el otro es un trasmundo" (es decir, que "no hay afuera"). Trías criticó que Nietzsche hubiese separado Atenas y Jerusalén, y despreciado la sensibilidad de esta última para con las injusticias; defendió la compasión y afirmó que "el otro no es un trasmundo".

Después de una pausa que pasé al solecito (había ambiente de recreo universitario), vino la ponencia de Remedios Ávila, una de esas estupendas mujeres maduras cuyo atractivo se mantiene incólume gracias a su vivacidad. Empezó preguntándose si Nietzsche es ya un escritor para nuestro tiempo, si no sigue siendo un intempestivo también para nosotros... Y pasó a analizar La genealogía de la moral a partir de esta frase de Más allá del bien y del mal: "La moral es un lenguaje mímico de los afectos". A mí me gustó mucho su ponencia, pero luego me encontré a Curro, que había estado asistiendo, y se puso a despotricar: "¡Lo único que ha hecho ha sido resumir La genealogía de la moral!".

Tras ella intervino el italiano Paolo D'Iorio, que ha puesto en marcha en la red el proyecto HyperNietzsche. Es un conferenciante de última generación: hablaba ante un portátil en el que pinchaba para que se vieran ilustraciones en una pantalla y para que se escucharan pasajes musicales. Analizó la relación de Nietzsche con la Carmen de Bizet, a partir de sus anotaciones en los márgenes de la partitura. Lo sorprendente fue que algunos de los fragmentos menos conocidos de la ópera, pinchados por D'Iorio, aparecían con una indudable atmósfera wagneriana (como el duetto, con arpa, de Micaela y don José); sin olvidar la escena final de la muerte en pareja. Concluyó con la última frase de Nietzsche en el libreto, todo un programa de acción: "Mediterraneizar la música... y la filosofía".

La tarde fue cansina, espesa, y ya estaba yo con esa idea melancólica de que sería necesaria una quinta intempestiva "Contra los nietzscheanos mortecinos", cuando tuvo lugar la deliciosa ponencia de Antonio Morillas sobre ciertos aspectos del Epistolario de Nietzsche (él es uno de los que están preparando la edición de Trotta), que incluía una inesperada defensa de la hermana del filósofo. Por ejemplo, que ella instaló el archivo Nietzsche en Weimar porque consideraba que su hermano estaba a la altura de Goethe; y también que siempre le defendió de la acusación de antisemita. Fue visible cómo Marco Parmeggiani, que antes había estado soltando las habituales críticas contra la hermana, se puso como un tomate.

La segunda jornada la empezó magníficamente Miguel Morey. Éste es un autor cuyos libros no me han terminado de conquistar: pero disertando sí logró crear una temperatura adecuada para el pensamiento. Dijo que lo fundamental en la biografía filosófica de Nietzsche fue el hecho de que abandonase la enseñanza. Sin ese abandono, dijo Morey, ¿hubiese pensado Nietzsche lo que pensó? ¿Nos seguiría interrogando? El genuino filósofo surgió cuando dejó de ser un profesor que se dirige al alumno para ser un escritor que se dirige al lector. (Se les cortó un poco la respiración a los profesores asistentes; y en el propio conferenciante Morey se atisbaba una cierta culpa profesoral.) El inicio de ese cambio lo establece Morey en el texto de 1872 "Cinco prólogos para cinco libros no escritos"; y su culminación en los "cinco nuevos prólogos a cinco libros sí escritos", los que escribió Nietzsche en 1886 para Humano, demasiado humano I y II, El nacimiento de la tragedia, Aurora y La gaya ciencia. Dijo también Morey: "Saber que el conocimiento no da consuelo es también un conocimiento; y quizá sea un conocimiento salvífico, en el que se puede ahondar". Y recomendó, como deberes, leer dos textos de La gaya ciencia limpiamente, desde nuestra soledad de lectores: "Conciencia de la apariencia" y uno sobre el eterno retorno que empieza así: "Si una noche un demonio se acercara a tu soledad más última y te dijera..." (parágrafos 54 y 341).

Después dio una preciosa conferencia la profesora mexicana Paulina Rivero, sobre el concepto nietzscheano de la amistad: el verdadero amigo como amigo-enemigo, que no ofrece consuelo sino que estimula el crecimiento. Como el sol: que hace madurar el fruto, pero manteniendo la distancia. Citó la profesora unas reflexiones de Emerson sobre el tema, que sin duda Nietzsche conocía. En mi moleskine anoté estas palabras literales: "El amor no correspondido se verá como una desgracia; pero el verdadero amor no puede ser correspondido". Para concluir, Paulina Rivero criticó también, "como buena discípula", el empecinamiento nietzscheano contra la compasión. Se apoyó, para rescatar el sentimiento, en el propio método que emplea Nietzsche en La genealogía de la moral, e ilustró su postura con La muerte de Ivan Ilich de Tolstoi. Fueron intachables y saludables sus argumentos. Pero yo no dejaba de pensar en un aforismo que muestra que en Nietzsche también hay compasión: "A un niño que está muriéndose se le da todo lo que quiere, terrones de azúcar — ¿qué importa que se estropee el estómago? — ¿y no nos encontramos todos nosotros en la situación de ese niño?".

Navarro Cordón tuvo el último turno de la mañana, pero se alargó demasiado y al final sus disquisiciones sobre "libertad y nihilismo" tuvieron que batallar contra el rugir de los estómagos. Su ponencia fue en realidad una clase, vigorosa, al estilo heideggeriano, con muchas expresiones en alemán; pero casi todas sus tiradas de ideas concluían con uno de estos tres latiguillos: "¿eh, eh?", "¿no verdad?" o "¿no verdad, eh?". Pintó un cuadro implacable del nihilismo; pero al final, tras varias vueltas, terminó con una conclusión llamativa y estimulante: "quizá el nihilismo podría ser una manera divina de pensar".

La tarde se hizo un poco larga (¡como este post!), pero no estuvo mal. Los profesores Llinares y Aspiunza hablaron, respectivamente, de Dostoyevski y Kertész (en relación con Nietzsche, como es natural; Llinares citó además a Turguénev y a Gottfried Benn). Y por último hubo una mesa redonda sobre los Fragmentos póstumos, a propósito de la edición de Tecnos, con Sánchez Meca (relamido y didáctico, un Andrés Amorós de la filosofía), Manuel Barrios y Juan Luis Vermal. Curro estaba a mi lado y, cuando acabó este último, me dijo: "¡Qué diferencia! ¡Ha sido el único que ha dicho en todo momento los fragmentos póstumos! ¿Te has fijado? ¡Los demás sólo decían los póstumos! ¿Pero qué familiaridad es esa? ¿Qué es eso de los póstumos? ¡Eso es como los que a Lorca le llaman Federico!".

Pero de la tarde me quedó un endecasílabo perfecto que le salió a Mónica Cragnolini en una pregunta a Aspiunza sobre Kertész. Hablaban del kadish judío y del Yom Kippur, y entonces surgió, en una frase más larga: "perdón por las promesas no cumplidas".

5.4.08

Retumbante de Nietzsche

Vengo con la cabeza retumbante de Nietzsche, tras el congreso que acaba de clausurarse en Málaga. No ha estado mal. Había momentos en que me ponía a segregar la idea de escribir una quinta intempestiva, "Contra los nietzscheanos mortecinos"... pero siempre terminaba apareciendo uno que salvaba la jornada. El balance ha sido bueno. Me lo he pasado pipa. He refrescado a Nietzsche. Les he puesto cara a varios nombres de las bibliografías nietzscheano-nihilistas (Manuel Barrios, Sánchez Meca...) y también al autor del manual de filosofía de Cou: Navarro Cordón. Y ha habido algo llamativo: el esplendor mamario de bastantes congresistas, que me ha hecho feliz en más de un momento.

Quizá mañana o pasado escriba de las ideas y los ponentes de estas jornadas. Por ahora cuento sólo el momento más divertido, que se produjo en el acto de inauguración. Allí estaban representantes de los organismos patrocinadores. Uno de ellos era la UNED, cuya jefa en Málaga es una hermana de Magdalena Álvarez, puesta al parecer por enchufe. Su aspecto desentonaba ampliamente con el de los demás (¡y las demás!): parecía haberse encopetado para una merienda con doña Carmen Polo de Franco (pese a que era por la mañana) más que para un congreso de Filosofía. Tras saludar y prevenirnos de que ella era economista, se puso a leer unos folios sobre el filósofo. No parecía que los hubiera escrito ella. Además, eran bastante malos. Y los leía fatal. Como quien no quiere la cosa, acercó un poquito a Nietzsche a la Alianza de Civilizaciones, al citar un pasaje elogioso sobre los moriscos. También dio unas pinceladas de ciertas concomitancias del pensamiento nietzscheano con el marxista. De haber tenido más tiempo, seguro que su Nietzsche se hubiera transmutado en Pepiño Blanco. Pero por fortuna acabó pronto. No sin cometer antes dos simpáticos errores de pronunciación. El primero fue al citar a Max Stirner, que en boca de la hermanísima fue Max Estímer. Pero lo mejor fue el modo en que dijo el nombre del tétrico György Lukács: George Lucas. Ahí ya hubo risas por lo bajini; aunque flojitas, que el público era muy educado y hasta la aplaudió al final.

28.3.08

Goytisolo y Papuchi

A raíz de la mención de ayer, he indagado en mis archivos (¡qué mal síntoma!) para recuperar los mencionados textos sobre Goytisolo y Papuchi (¡el azar ha querido juntarlos!), que yo apenas recordaba. Están ya un poco descontextualizados (la inocencia del devenir se lleva incesantemente los contextos río abajo: el tiempo, gran descontextualizador)... ¡pero resisten la relectura!

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En la muerte de Papuchi
(19-XII-2005)

Yo me solidarizo con Tammouhi, firmo el manifiesto de Peregrín, apadrino un niño y todo lo que haga falta... pero ustedes comprenderán que para mí la noticia de la jornada es la muerte de Papuchi. Hace sólo dos días dijeron que estaba esperando otro hijo. Me fui al cuarto de baño y me saqué la polla. Traté de imaginármela con 90 años. Hice un ejercicio de concentración y traté de meterme en la piel (¡en el pellejo!) de un nonagenario. Empecé a tocármela mientras me imaginaba escenas lúbricas con las hermanas Williams: ¡bingo! ¡Tiesa como de costumbre! ¡Estoy preparado para llegar a los 90, o a los 100 si hace falta! ¡Eso, qué menos para un jüngeriano que llegar a los cien! Salí silbando a la calle y fue un día muy feliz. Y ahora va y se muere. ¡Papuchi, con la polla calentita! Debería ser donada a la ciencia, y que la coloquen junto a los ojos de Haro Tecglen. Con los ojos de Haro y la picha de Papuchi podría hacerse una buena tortilla. ¡Y si el Comité de Damas no me felicita por este post, es que no sabe ver mi lirismo cuando más recóndito se presenta!

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Conferencia de Juan Goytisolo
(23-XII-2005)
Anoche me encontraba en Málaga (me sigo encontrando aún), y ya había agotado los canales porno del hotel (incontables mis emulsiones) cuando un acontecimiento cultural vino a salvarme: vi en el periódico que había una conferencia de Juan Goytisolo a las 20.30. Miré el reloj: las 20.10. ¡Tenía tiempo de sobra, incluso para ducharme y quitarme de la barriga todas esas costras blancas, memoria crustácea del placer!

En la antesala del salón de actos ya había ese ambiente operístico, de gala, que se da en las ciudades de provincia cuando llega un prohombre: señoronas con pieles (¡estupenda la coartada del frío!), pijos con sus novias putillas, profesores y profesoras de instituto y, sobre todo, argulloles a punta pala, es decir, intelectualetas locales de entre 30-50 años disfrazados todos de Rafael Argullol: jersey oscuro (preferentemente de cuello alto), chaquetilla y melenita de hippy que pasa por la peluquería. Fui a mear. Mi polla estaba muy encogida: como un galápago agotado por todos los vaivenes de la jornada. Pero yo no pedía de ella, en ese momento, otra cosa que no fuese arrojar el áureo chorro, y cumplió. Me fui a lavar las manos y entonces, frente a mí, reflejado en el espejo, veo a Juan Goytisolo. El efecto era como el de Amor a quemarropa, cuando Slater ve en el espejo a Elvis, que era su mayor devoción. Pero mi mayor devoción no es Juan Goytisolo (¡ni ningún Goytisolo!), así que me sequé y salí, no sin antes comprobar, al pasar a su lado, que era muy pequeñito. Iba vestido como uno de esos jubilados que van por el parque comiendo pipas. Eso me gustó. Ninguna argullolidad en su vestimenta.

La sala estaba llena, pero encontré un hueco en la quinta fila. Miré a mi alrededor: pensé que estaba rodeado de intelectuales malagueños. Pero no. Escuché hablar a uno: "Que no se torvide que tenemo que comprá lajasitunita". Otro llevaba un libro en el bolsillo del abrigo. Me fijé: un Bucay. En fin, menuda tropa (pensé desde la atalaya de mi superioridad intelectual y el nivelón de mis lecturas, que van todas de Heidegger p'arriba). Llegó la hora y los intervinientes fueron ocupando sus sitios en el estrado. En la amplia mesa los tres elementos habituales: los botellines de agua, los micrófonos y los folios. "El bodegón de la cultura", pensé. En el centro se sentaba el alcalde. Tenía cara de gustar de los mariscos. "¿Este qué es, del PSOE?", le pregunté al de Bucay. "No, no, niño, der PP". En fin, por adelantar: de izquierda a derecha estaban Juan Francisco Ferré (el escritor local que presentaba: recordé que su libro La fiesta del asno llevaba un prólogo de -¿adivinan?- Juan Goytisolo), el propio Goytisolo, el alcalde del PP, un capitoste del empresariado que financiaba el evento y un funcionario del Instituto Municipal del Libro, que lo organizaba. Me encantó ese nombre: Instituto Municipal del Libro. Callejeando esa mañana me había encontrado con un edificio que se llamaba Centro Cultural Provincial. No se andan con chiquitas en Málaga a la hora de bautizar sus organismos culturales...

Tras la presentación de Ferré, hiperbólica, cortesana (aunque bien llevada: brillante), pasó a hablar el Escritor. Estaba muy agradable, muy viejecita. Me recordó un poco al Dragó del otro día: la edad les ha conducido a una especie de confortabilidad física que les ha vuelto muy grato el discurso. El formato del acto era como esas entrevistas que se montan en el Círculo de Bellas Artes los de Alfaguara (Juan Cruz haciéndole preguntas a Javier Marías, etc.): Ferré preguntaba brevemente y Goytisolo respondía largamente. Todo lo que dijo estaba muy bien: Goytisolo siempre ha sido un gran crítico, un gran pensador cultural. Un hombre fundamentalmente honesto, con "voluntad de verdad"... sólo que ésta, en lo que se refiere a sí mismo, queda refrenada por el narcisismo congénito del autor, que le impide rasgar más los velos en lo que a su propia intimidad se refiere. De modo que lo que suele ser atinado juicio sobre lo exterior a él (¡la Cultura! ¡la Política incluso!), se convierte en parodia de indagación cuando vuelve la vista al interior. Así, el hombre que tan acertadamente había reivindicado al Arcipreste de Hita, a Francisco Delicado, a Blanco White y toda su cohorte de heterodoxos habituales, es capaz de presumir de ser muy autocrítico y luego decir que de Reivindicación del conde don Julián no cambiaría ni una sola coma, por ejemplo. O de soltar frases como "me adelanté a mi tiempo", o "mi contemporáneo es Cervantes, no los escritores actuales", etc., etc. Pero, eso sí, todo le quedaba muy entrañable. Se le tomó cariño.

El problema estuvo al final: cuando el autor pasó a leer un pasaje de su propia obra. Ahí ya se vio lo que le ha pasado siempre a Juan Goytisolo: que no tiene talento. Como escritor es un plomo, un soberano coñazo. Lo que escribe es, sí, exigente, osado, con una firme voluntad de aportar una voz nueva, etc.: pero ha nacido muerto. La obra de Juan Goytisolo es un inmenso y complejísimo cadáver del que jamás ha podido disfrutar un solo lector; aunque sí, desde luego, los filólogos y los hispanistas. Éstos encuentran excusas para endilgar miles y miles de páginas académicas, porque la obra de Goytisolo ofrece innumerables elementos para ello: es una obra para profesores. Antes de leer sus propias páginas (sacadas de Telón de boca), Goytisolo leyó un pasaje de La Celestina. ¡Qué diferencia! ¡Todo era vida allí! ¡Todo seguía siendo vida allí! ¡Un lenguaje vivo y acerado! ¡Crujiente! ¡Suelto! ¡Doloroso! De pronto una ráfaga viva del siglo XV invadió la sala. Y después Goytisolo nos soltó sus palabras muertas del XX. Y en ese tramo de cierre se vio lo que es Goytisolo: un excelente indicador cultural, que nos ha devuelto todo un continente sumergido de nuestra historia literaria, pero un escritor incapacitado, él mismo, para la creación. Por cierto, que una de esas indicaciones culturales estuvo referida a unas chocarreras Coplas a mi madrastra que Jorge Manrique escribió al mismo tiempo que las Coplas a la muerte de mi padre. Y me acordé del Comité de Damas, que no comprende que un mismo Atleta Sexual pueda escribir la necrológica de Julián Marías y la de Papuchi. "Contienes multitudes, Atleta", me dijo una. Claro que sí: como todo el mundo, a poco que se dejara.

La última pregunta fue sobre King-Kong. Goytisolo contó que hace años montaron un King-Kong hinchable encima del Empire State Building de Nueva York, y que Néstor Almendros le hizo a él una foto en la que se veía ese King-Kong detrás. Pero al poco, el fuerte viento lo desenganchó y King-Kong salió volando, tal Supermán peludo. Sonreímos, aplaudimos y salimos a la ciudad, también con viento.

25.3.08

Instrucciones para leer a Jünger

Ayer en el Nickjournal, entre las chanzas sobre el tamaño de mi cabeza infantil y sobre si al pequeño aprendiz al sol no se le debería llamar más bien "pequeño ruiseñor al sol" (mis enemigos tienen nivel: y bien que me los he currado), un Anónimo me hizo la siguiente consulta:

Estoy interesado en leer el trabajo memorialístico de Jünger, pero dudo si comenzar con sus dos primeros volúmenes de Radiaciones (ya sabe, los de la Guerra Mundial), o irme directamente al volumen III (Pasados los setenta). ¿Qué me recomienda que haga y por qué?

Respondí con estas instrucciones, que pongo aquí (algo reescritas) porque pueden serle de utilidad a cualquiera que desee iniciarse en Ernst Jünger:

1. Cómprese el primer volumen de Radiaciones, el que incluye "Jardines y carreteras", "Primer diario de París" y "Anotaciones del Cáucaso".

2. De este tomo, léase primero la "Nota introductoria" del traductor Sánchez Pascual. A continuación el "Prólogo" de Jünger. Y empiece a leer los diarios por el "Primer diario de París". Siga hasta el final del libro (incluyendo "Anotaciones del Cáucaso") y posteriormente léase "Jardines y carreteras".

3. Si le gusta, cómprese el segundo volumen de Radiaciones (que contiene "Segundo diario de París", "Hojas de Kirchhorst" y "La cabaña en la viña") y léaselo entero, sin modificar su orden.

4. Si tiene más ganas de Jünger, no se compre Radiaciones III: "Pasados los setenta" no están mal, pero son un muermo considerable. Lo que tiene que comprarse y leerse (varias veces, incluso) es La emboscadura. Y quizá La tijera.

5. Si sigue teniendo ganas de Jünger, cómprese Tempestades de acero. Pero de este volumen empiece por "El Bosquecillo 125", que es lo mejor, y después lea lo demás.

6. Si aún quiere más Jünger, le recomiendo que pruebe algunas de sus novelitas: Juegos africanos, El problema de Aladino, Un encuentro peligroso, Visita a Godenholm y En los acantilados de mármol. Sus novelas gordas (Eumeswil, Heliópolis) no las recomiendo: son bastante abrasivas. Abejas de cristal, que es de tamaño medio, no está mal. Pero las mejores son las breves que he mencionado al principio.

7. Si, tras esto, se mantiene usted insaciado de Jünger, léase ya todo lo que caiga en sus manos (inclusive "Pasados los setenta"). Y si se encuentra con energía, embárquese en El trabajador.