25.10.08

La pluma con gallinazos

Yo soy así, si Vargas Llosa es bueno, García Márquez es malo; me polarizo, y de ahí saco mi combustible. Pero no crean que no les doy oportunidades a mis detestados. Hace unos meses, por ejemplo, leí El amor en los tiempos del cólera, convencido de que ésa al menos sí me iba a gustar. ¡Menuda lata! El folletín era potable: pero quedaba ahogado en la narración relamida. (Algún tesinando debería ocuparse de los paralelismos entre García Márquez y Antonio Gala.) Poco después se estrenó la versión cinematográfica de la novela y los críticos repitieron lo de costumbre: "Gabo no tiene suerte con el cine". Pero yo, que tenía reciente el mazacote anestésico, caí en que ocurre justo al revés: es el cine el que no tiene suerte con Gabo. El sopor de las películas de Gabo se corresponde exactamente con el sopor de los libros de Gabo. Los cineastas han reflejado a la perfección el mundo de Gabo, y por eso sus películas son un coñazo. Un coñazo, por cierto, repleto de gallinazos: los que salen de la pluma de Gabo. Resulta irritante. Si el personaje abre una puerta, le salta a la cara un gallinazo. Si camina, tiene que ir esquivando los gallinazos que revolotean a sus pies. Si come, un gallinazo se sube a picotear a la mesa. Si habla con otro, no hay quien se entere por el jaleo que arman alrededor los gallinazos. De pronto, inusitado alivio: ¡ningún gallinazo a la vista! El personaje se dirige entonces al fondo de la estancia, saca de un arcón un par de alas enormes, se las coloca y dice que es un ángel... ¡pero lo que parece es otro gallinazo! En eso consiste el famoso Macondo: cuando al fin desaparecen los gallinazos, ¡va el protagonista y se disfraza de gallinazo!

Y frente a tal estolidez, ¡qué oxigenante Vargas Llosa! Ayer me releí esa pequeña obra maestra, Los cachorros. ¡Qué maravilla! ¡Cómo vive! ¡Cómo respira! ¡Ni un átomo de muerte o necrosis en sus páginas! ¡Salta en las manos como una culebra eléctrica! El otro día copié el final; hoy el principio:

Todavía llevaban pantalón corto ese año, aún no fumábamos, entre todos los deportes preferían el fútbol y estábamos aprendiendo a correr olas, a zambullirnos desde el segundo trampolín del Terrazas, y eran traviesos, lampiños, curiosos, muy ágiles, voraces. Ese año, cuando Cuéllar entró al Colegio Champagnat.

30.9.08

La clave

Sigo enredado en la Península, y este fin de semana, sin comerlo ni beberlo, me he visto en el Hay Festival de Segovia. La consigna de mis últimos viajes venía siendo, rabiosamente, "¡Nada cultural!"; pero en éste se ha impuesto la cultura (aunque en realidad fui por encontrarme con una amiga). No ha estado mal, después de todo. Ha sido uno de esos viajes de varios días en que la partida es un amanacer y el regreso un anochecer, de modo que esos días diversos terminan pareciendo uno solo (un día simbólico y argumental, una jornada, con intervalos nocturnos). El acueducto de Segovia, que ya vi en 2002 (¡una cifra acueductoide!), lo he encontrado de pronto duchampiano (como casi todo últimamente, para qué nos vamos a engañar): esos dos niveles, el masculino y el femenino, separados por una horizontal, las oquedades, las transparencias (puertas y ventanas, o entrepiernas, o agujeros corporales), los gases, las luces que pasan, y el canal para la conducción del líquido. El acueducto, pues, como gigantesca máquina sexual. Ahora, además, hay unas grúas verdes que lo completan: aparecen al fondo, entre los huecos, rompiendo el paisaje pastoril.

Segovia estaba a tope, muy incómoda para pasear por el centro. Muchos transeúntes eran escritores; sobre todo Antonio Colinas, con el que nos cruzamos varias veces. Hace poco me estuve leyendo su ensayo sobre la Vita nuova de Dante: muy flojo, aunque me resultó útil. También andaba por allí Andrés Sánchez Robayna. Su poesía nunca me ha gustado, pero sus diarios sí: mucho. En otro momento vi a Juan Goytisolo, y pensé que en ese momento nos encontrábamos en Segovia el cien por cien de los escritores españoles que actualmente vivimos en Marruecos. Al final conocimos los tres lugares en que había conferencias: el teatro Juan Bravo, la sede de Caja Segovia y la iglesia de San Juan de los Caballeros. En el teatro tenía su gracia que, para avisar al público, ponían por los altavoces la grabación de siempre: "Señoras y señores, el espectáculo va a comenzar". Y entonces salían los escritores... El mejor que ha habido en la ciudad estos días, por cierto, ha sido un lugareño anónimo que, al indicarme el camino, me describió así el edificio de Caja Segovia: "Es grande, es gris y es de piedra". ¡Ni Azorín, macho!

En cuanto a las conferencias, el domingo fue el plato fuerte, con el diálogo entre Mario Vargas Llosa y el director de El País, Javier Moreno. A Vargas Llosa, que es mi favorito del boom con diferencia, ya lo había visto otras veces, así que mi curiosidad estaba en ver a Moreno. Siempre me ha llamado la atención lo poco que aparece en los medios audiovisuales, teniendo el poder que tiene. Me gustó su presencia, y cómo hablaba. Sus maneras eran ligeramente curiles, pero no traspasaban el umbral de lo que es, simplemente, buena educación y control del comportamiento en público. Sobre el contenido, me remito a lo que señalaba ayer Arcadi Espada en su blog. Añadiendo quizá, como ejemplo, el tendencioso artículo que El País le dedicó la semana pasada a Albert Boadella (el tal Borja Hermoso, con sus especulaciones sobre el bufón, se ha destapado como un perfecto cortesano). La acusación de Moreno, naturalmente, es verdad. Pero, como vemos, no es toda la verdad. En esta España nuestra de los sectarismos, hay verdad para todos. Hay verdad para dar y tomar. (¡Qué cansancio!)

El acto más divertido al que asistimos fue al del editor alemán Klaus Wagenbach (también especialista en Kafka) y Jorge Herralde, conducido por Malcolm Otero. Fue una conversación de amigos cómplices y algo achispados: muchas risas y simpáticas maldades relacionadas con el mundillo. Había un elemento cómico añadido: como la traducción iba algo retrasada, las risas del alemán o las provocadas por el alemán estallaban cuando ya se estaba diciendo otra cosa. Fue un encuentro encantador, y con unas manifestaciones de inteligencia difícilmente refutables. Algo diferente fue la conferencia de la australiana Germaine Greer, cuyo obra La mujer eunuco estuvo de moda en los setenta. La autora tenía una considerable empanada mental, pero muy bien elaborada. Es una fantástica oradora. No deja de sorprenderme la gente que suelta tópicos con tanta pasión y convicción. Tópicos y alguna que otra barbaridad, como cuando afirmó que "los españoles estuvieron a punto de conseguirlo en los años treinta". ¡En los años treinta! ¿Pero esa señora sabe lo que fueron nuestros años treinta? Ni siquiera el momento más gozoso, que fue el de la República, puede dejar de contemplarse hoy con impotencia y desolación. Aunque ella ni siquiera se refería a la "democracia formal" (donde la promesa, aun en el contexto de la siempre burda y brutal realidad española, tuvo al menos una cierta articulación pragmática), sino a los delirantes intentos revolucionarios de principios de la guerra. Su anarquismo feminista es muy emotivo (durante su discurso se golpeó varias veces el corazón), y en él puede contemplarse con notable transparencia el fundamento rousseauniano de todo anarquismo. Su fe en el buen salvaje le hizo hablar de "genes anarquistas" (en los españoles, nada menos) y de no sé qué impulso que le venía a ella de los aborígenes australianos. Germaine Greer, que participó en el Gran Hermano (supongo que Vip) inglés, puso como ejemplo de esos "genes anarquistas" españoles cierto plante de los concursantes del Gran Hermano español. En fin.

Pero el encuentro que más me hizo pensar fue el más aburrido: la entrevista de Manuel Rodríguez Rivero a Peter Schneider, autor de Lenz. La preguntas estuvieron bien, pero las respuestas fueron soporíferas. Por este motivo pude fijarme en el formato: la voz cansina del alemán, la traducción superpuesta (que escuchaba yo por los auriculares), igualmente cansina, y mecánica. Entonces algo hizo clic: recibí un magdalenazo que me llevó a los tiempos de mi adolescencia. Las noches de los viernes. Yo me empeñaba en que en la tele se pusiese la segunda cadena, y al final se quedaba sólo mi madre conmigo en el salón, haciendo punto en un extremo del sofá. Y yo veía la película y, sobre todo, el coloquio de La Clave. ¡La cultura! Salían alemanes como ese Schneider, con su hilo de voz en alemán y la voz mecánica del traductor encima. Eran, lo veo claramente, un coñazo. ¿Pero cuántas horas me tragué? Fue un viernes tras otro durante meses, durante años. Tipos hablando en alemán o en inglés o en francés (¡o en español, pero éstos ya sin traducción simultánea!) y yo escuchándolos aburridísimo, pero animado por la promesa de algo. Parecía que alguna luz iba a entreverse, de un momento a otro, por entre aquellos nubarrones grises... pero nunca ocurría nada. Lo más, alguna frase brillante por aquí, alguna observación curiosa por allá... Pero en lo sustancial todo permanecía oscuro. Muchas horas después llegaban las preguntas de los telespectadores, seleccionadas por un hombrecillo que aparecía en un recuadro. Merino se llamaba, lo recuerdo ahora. (Y el presentador, cómo no, Balbín.) El programa terminaba a las dos o a las tres. Mi madre hacía tiempo que se había ido a la cama. Yo me acostaba y a veces intentaba recordar algo del debate. Se me había olvidado todo. Quedaba sólo esa música monótona: la voz extranjera, la traducción superpuesta en español; ambas grises, prometiendo algo que no llegaba nunca. (El conocimiento, una luz, un bienestar.)

En el tren de vuelta tuve suerte: pusieron Melinda y Melinda de Woody Allen. Luego picoteé en Los pensamientos del té de Guido Ceronetti. (En el viaje de ida empecé En solitario de James Salter, y el viernes por la mañana compré en Madrid el Spinoza de Alain.) De entre los pocos aforismos de Ceronetti que pude leer (el Ave no dio para más), me quedo con este: "Carece de importancia que una mujer sea la puerta 'del paraíso'. Lo realmente importante es que sea una puerta. La angustia es el muro".

22.9.08

Woody Rebecca Almodóvar

Paréntesis peninsular. En el barco vine leyendo Del Rif al Yebala, el libro de Lorenzo Silva sobre Marruecos. Al hilo de su viaje actual, bien contado, con fluidas descripciones y atinadas observaciones, Silva evoca momentos de la guerra del Rif y algunas otras escaramuzas históricas. El resultado es magnífico: al paisaje presente se le abre un desván, que es el pasado (lleno de juguetes polvorientos, que basta frotar un poco para que vuelvan a relucir de emoción y de sangre). Al relato le añade calidez el vínculo de Silva con Marruecos: su abuelo paterno participó en aquella guerra, y el materno vivió sus últimos años en Rabat (donde el autor tiene familia). Aunque el itinerario no pasa por Asilah, se cuenta la historia de un personaje relacionado con la ciudad: el extravagante pirata Raisuni, cuyo palacio domina la muralla que da al océano. En el libro he descubierto las dimensiones de la guerra del Rif, que ignoraba: ¡menuda escabechina! Y me he llevado una sorpresa al saber que el origen de los pueblos blancos andaluces no siempre está en las medinas marroquíes, sino que en muchos casos es al revés: fueron los andalusíes expulsados de España los que le dieron ese aspecto que nos resulta familiar. (A propósito, he encontrado aquí buenas fotos de la medina de Asilah.) El barco estaba casi vacío la semana pasada, pero se me olvidó contar algo del viaje anterior: un joven airado marroquí leía (¡con gesto airado!) a Nietzsche. Tendría dieciséis o diecisiete años e iba absorto en una traducción francesa de La genealogía de la moral, rodeado por su familia. Me pareció un espectáculo sublime. En fin, sabía que mi regreso a España me permitiría ver las últimas etapas de la Vuelta, con las tomas aéreas de Madrid (siempre tan nostálgicas) y el triunfo de Contador; pero me pilló de sorpresa que el viernes se estrenara la película de Woody Allen. Fue estupendo, porque así pude cumplir con mi costumbre anual de asistir a la primera sesión del día de estreno.

Esta vez fue en el multicines Larios, a las cuatro y media. Las tardes de otoño con Woody se las arreglan siempre para ser un poco melancólicas, por más que este año haya caído técnicamente en verano y a la salida me diese un paseo por la playa. Mi ritual se parece un poco al de Savater en Epsom: sólo que, en vez de caballos, voy a ver actores; y, en lugar del hipódromo (con su ineludible curva de Tattenham), rincones de ciudades que en otras ocasiones fueron Nueva York o Londres, y en ésta Oviedo y Barcelona. La película me parece que es mala, pero lo pasé muy bien. No sé si es que ya voy predispuesto absolutamente a favor... La analizo ahora y no se sostiene por ningún lado. Es risible y tópica en muchos aspectos. Contiene frases de vergüenza ajena. Y, sin embargo, funciona. Entretiene en todo momento, y emociona a ratos. Y es ligera y encantadora.

Es una película, curiosamente, muy almodovariana. La España de postal que sale, de colores nítidos y fuertes, es heredera de la España para extranjeros que saca Almodóvar (y que a mí, dicho sea de paso, me gusta). La banda sonora de guitarra también. Es más: el concierto en el patio nocturno es un calco del de Caetano Veloso con la dichosa canción del cucurrucucú. Y es Almodóvar puro la historia, con esas pasiones y ese trío... Aunque Allen aporta un mayor refinamiento, más capacidad para el matiz. La cosa tiene miga, en realidad. Porque, al mismo tiempo que contiene esa sofisticación neoyorquina, la película a veces remonta el curso almodovariano y desemboca en el landismo. Un landismo de macho hispánico exitoso, en que Javier Bardem aprovecha para recuperar su personaje de Jamón, jamón. Esto tiene una regocijante lectura en clave de política local. Al pobre Woody le ha colado el magnate Roures esa estolidez de que Vicky esté haciendo un máster "en identidad catalana" (sic). Los nacionalistas nunca son conscientes del ridículo que hacen. Pero en este caso, además del ridículo en sí de la denominación, se produce un ridículo argumental. En efecto: la chica que estudia "identidad catalana" es justo la más pizpireta y puritana, la de mentalidad más convencional. Eso, de partida. Porque, gracias al contacto con el macho hispánico (que no es catalán, sino asturiano), la chica descubre la pasión y salta, siquiera por una noche, las bardas de su moral burguesa. De este modo, Vicky Cristina Barcelona se convierte en una involuntaria actualización de Últimas tardes con Teresa, con Bardem de nuevo Pijoaparte (dándole un buen pollazo a la "identidad catalana").

Por último, los actores. Penélope Cruz, digan lo que digan los críticos, está horrenda (¡esa mujer se me ha atravesado ya irreversiblemente!). Bardem, por contra, está insuperable. Su único defecto, que es su voz, queda corregido en la versión doblada (¡que es la que hay que ver, digan lo que digan los críticos!). Scarlett Johansson está tiernísima, cada vez menos diosa y más mujer adorable y (¿será locura decirlo?) accesible. Patricia Clarkson da otra lección de interpretación, como en Elegy. Pero la gran sensación es Rebecca Hall: ¡qué maravilla! Cae mal al principio, pero poco a poco te va conquistando (quizá en la medida en que va desprendiéndosele la costra de su máster) y al final sale uno enamorado, del personaje y de la actriz. Esa es la diferencia con las películas de Almodóvar. Uno nunca sale enamoriscado de sus chicas: en mi caso, sólo me pasó con Leonor Watling en Hable con ella. Con Woody Allen, en cambio, sí. Quizá por eso las tardes con Woody terminan siempre melancólicas.

Por cierto, que he empezado a leer otro libro de James Salter, Anochecer, y el primer relato también está ambientado en Barcelona. Grande Salter: "Barcelona al amanecer. Los hoteles están a oscuras. Todas las grandes avenidas apuntan hacia el mar".

20.9.08

Antes del estreno

Soy un admirador de Jaime Rosales y he defendido fervientemente su cine. La primera vez, por cierto, en un entorno hostil: un pase de prensa de Las horas del día . Yo había asistido por acompañar a una amiga periodista, sin saber nada de la película. Pero me atrapó. Me conquistó su originalidad, su ritmo minucioso, su compleja sencillez, su cotidianidad rota por los crímenes, a los que sucedía de nuevo la cotidianidad... A la salida, los críticos se reían ramplonamente: “Que esto lo haga un francés, vale. ¡Pero un español!”. Frente a ellos, elogié al director. Me hizo gracia percibir cómo les desconcertaba un juicio contrario. La crítica no está acostumbrada a la crítica. Después les he leído a algunos elogiar también a Rosales, cuando la corriente selecta iba en esa dirección.

Tras Las horas del día, me deslumbró La soledad. Las declaraciones del director que he ido leyendo o escuchando acerca de su arte me han parecido a su vez sabias, exactas, profundas. Eran las palabras de un artista cerebral, sensato, que concibe el arte como una búsqueda expresiva arriesgada, encaminada a la emoción. Una actitud intachable. Por eso, cuando supe de su proyecto sobre el terrorismo etarra, di por descontado que era un paso valiente, una osadía más en su trayectoria: que iba a agarrar con limpieza (artística y moral) el sucio asunto. Ahora en cambio, sin haber visto la película, estoy empezando a temer que no vaya a ser así. El primer mal síntoma ha sido la selección de Tiro en la cabeza por el festival de cine de San Sebastián, un festival que tradicionalmente ha oscilado entre la ambigüedad y la cobardía ante el terrorismo. El segundo, una alarmante entrevista que escuché la otra tarde en la cadena Ser.

La entrevista la hizo Gemma Nierga en La ventana, y los invitados eran el director Jaime Rosales y el protagonista Ion Arretxe. El discurso de ambos, obviamente, era pacífico y humanista. No justificaban el terrorismo en absoluto. Lo condenaban. Pero en sus palabras ya se había introducido el virus. Por eso escribo esto. Hace ya mucho tiempo que la lucha contra el crimen viene siendo también un asunto de palabras. No se puede dejar pasar ni una: nos va la vida en ello.

Lo de menos es lo de exponer “el lado humano” del terrorista. Al fin y al cabo, en Las horas del día también se mostraba “el lado humano” del asesino psicópata. Pero resulta un poco mosqueante. Como es mosqueante el presentar la cuestión en términos de azar más o menos mecanicista: el desgraciado encuentro entre los guardias civiles y los terroristas, a raíz del cual éstos tuvieron que matar a los guardias civiles... con lo que también les sacude a ellos la tragedia, etcétera. Las dos cosas, como digo, son mosqueantes. Pero añado que estéticamente me parecen plausibles. Y estoy seguro de que el director lo habrá resuelto con dignidad. Para emitir un juicio definitivo, habrá que ver la película. Lo que no admite plazo es la crítica de ciertos elementos que aparecieron en la conversación. La sistemática referencia al “conflicto”, a “las dos partes” y toda esa parafernalia retórica que usan los cómodos conciliadores que no quieren ver que su amable conciliación está escorada hacia uno de los “dos lados”: el del crimen. La situación en el País Vasco es diáfana, tan diáfana que ciega a muchos: existe una ley (¡una ley democrática!) y existen delincuentes que la violan por medio del crimen, el secuestro, el chantaje, la coacción y la amenaza. Todo lo demás es retórica: retórica que favorece a los delincuentes. En un momento dado, Rosales dijo en la entrevista que confía que “el conflicto” se resuelva algún día, “porque yo tengo amigos en todos los partidos políticos, del PP, del PSOE, de HB, y al fin y al cabo a todos nos gusta tomar cañas”. Claro que sí, querido. ¿Pero quién demonios le amarga las cañas a quién en el País Vasco, mi vida? ¿Quién y sólo quién?

Gemma Nierga parecía regocijada con el discurso de Rosales: “Sabes que te van a llover las críticas desde ciertos sectores, ¿no?”. Él pensaba que no. Y yo espero que por la película, en efecto, no: pero porque no haya razón para ello. Para lo que dijo la otra tarde, en cambio, va a ser que sí: aquí le dejo mis gotas. Porque no se puede dejar pasar ni una: ni siquiera a los directores a los que admiramos. Nos va la vida en ello.

[Publicado en Nickjournal]

14.7.08

Bossa nova: felicidad sin fin

Buenas tardes. Estoy muy contento de presentar este libro en Barcelona, porque aquí fue donde vi por primera vez a João Gilberto, en uno de los dos conciertos que dio en el Grec en julio del año 2000. Seguro que algunos de ustedes también fueron a verlo entonces. Yo asistí a la primera de las dos veladas. Y, además de la emoción en sí del acontecimiento, aquella noche tuve el primer atisbo de la importancia de João Gilberto como guitarrista: algo que yo desconocía.

Yo soy un gran aficionado a la música brasileña, y he pasado muchas horas de emoción y de felicidad escuchándola. Pero carezco de conocimientos musicales, y mi percepción es algo tosca. Me voy enterando de los matices un poco por insistencia y un poco por azar. A quienes primero escuché fue a los artistas de la generación posterior a la de João Gilberto: Caetano Veloso, Chico Buarque, Gal Costa, Gilberto Gil... Pronto escuché también a João Gilberto, naturalmente, y me gustó, pero no lo tenía en el altar de ahora. Y tampoco era consciente de su importancia. Esto cambió con mi lectura del libro de Caetano Veloso, Verdade tropical. Ahí aprendí a valorar a João Gilberto como cantante, y como artista (artista sintetizador e innovador) en general. Poco después, con Noites tropicais, de Nelson Motta, me quedé fascinado con el João Gilberto personaje. Pero, quizá porque no lo resaltaban, o porque yo no me fijé en ello, seguí ignorando que la mayor originalidad de João Gilberto estaba en la guitarra.

A aquel primer concierto de Barcelona fui con la aprensión del que conoce los históricos desplantes de João Gilberto, que es una especie de Curro Romero de la música brasileña. Sabía que el artista podía no aparecer. Y que, aunque apareciera, podía interrumpir su actuación en cualquier momento, a la menor contrariedad. Elvira Lindo habló de una aprensión parecida en su artículo sobre el reciente concierto de João Gilberto en el Carnegie Hall. En Barcelona, João Gilberto empezó y, cuando iba por la mitad de la primera canción, alguien del público gritó: "¡Más fuerte la guitarra!". Yo me dije: "Ya está, aquí hemos terminado". Pero, ante mi sorpresa, João Gilberto miró al técnico de sonido y le dijo: "Mais forte! Mais forte!". Ahí me enteré de la relevancia que el artista le daba también a su instrumento.

Y eso es algo que queda claro en este libro. La búsqueda, y el hallazgo, por parte de João Gilberto de su famosa batida de guitarra es una de las historias que se cuentan en Bossa Nova. La historia y las historias. Que culmina, significativamente, en la exigencia que hace João Gilberto de dos micrófonos en la grabación de "Chega de saudade": uno para su voz y otro para su guitarra. Para su manera de cantar, "bajito", como se decía entonces, y con su original fraseo, tenía maestros, dentro y fuera de Brasil: Orlando Silva, Lúcio Alves, Dick Farney, Chet Baker, Frank Sinatra... Pero para su manera de tocar la guitarra sólo había precedentes en otros instrumentos: el piano de Johnny Alf y el acordeón de João Donato. João Gilberto hizo la gran síntesis de su tiempo. Y Ruy Castro, en su libro, ha hecho algo parecido: después de leerlo, recomponemos nuestro mapa de la bossa nova y de la música brasileña en general. Sabemos de dónde viene y dónde está cada elemento. Y sabemos también por qué obtuvo repercusión internacional, que es lo mismo que saber por qué nos hemos aficionado a la música brasileña en algún momento de nuestra vida, en Europa, y por qué estamos aquí esta tarde.

En Bossa Nova se describe muy bien en qué consiste un movimiento artístico. Desde el punto de vista de hoy, sorprende la resistencia con que se encontró al principio. Y sorprende que esta música que hoy nos suena tan natural, fuese tenida en su tiempo por extraña y "desafinada". En el libro se cuentan, además, muchísimas historias personales. La narración sigue dos grandes líneas: por un lado, la trayectoria de João Gilberto; por el otro, las trayectorias de los demás. Ruy Castro cuenta que, cuando empezó a trabajar en el libro, no sabía si el protagonista era João Gilberto o Antonio Carlos Jobim. Pero no tardó en descubrirlo: João Gilberto no sólo es el catalizador del movimiento, desde un punto de vista artístico, sino también la figura más original y atractiva. En Verdade tropical, Caetano Veloso dice algo interesante. Cuenta que los autores de "O astronauta", Pingarilho y Vasconcellos, le llevaron a él primero su canción; pero no vio nada de particular en ella y la dejó pasar. Tiempo después se quedó sorprendido, y maravillado, al escucharla en el disco João Gilberto en México. Según Caetano Veloso, João Gilberto no había transformado "O astronauta" en una obra maestra, sino que había sabido revelar la obra maestra que ya era. Pues bien, considero que eso mismo hizo João Gilberto con los músicos de su generación, y con muchos de los de la siguiente. Antonio Carlos Jobim, por ejemplo, ya había hecho cosas muy buenas. Estaba considerado "el Gershwin brasileño". Pero gracias a João Gilberto se convirtió en algo mejor que "el Gershwin brasileño": en Antonio Carlos Jobim. Jobim ya era grande, sin necesidad de João Gilberto; pero João Gilberto le permitió ser Jobim. Les ocurrió lo mismo a Roberto Menescal, Carlos Lyra, Ronaldo Bôscoli, Nara Leão... Y también a Caetano Veloso, Chico Buarque, Gilberto Gil... En las biografías de todos ellos hay un momento decisivo: aquel en el que escucharon por primera vez a João Gilberto, sobre todo su interpretación de "Chega de saudade". Maria Bethânia dijo una frase muy expresiva después de pasar una tarde ensayando junto a João Gilberto para la grabación que hicieron juntos en el disco Brasil: "Me fui presentada a mí misma".

En Bossa Nova están perfectamente consignados todos estos aspectos artísticos, entremezclados con anécdotas jugosas. Hay, además, un riguroso trabajo de investigación, gracias al cual quedan desmentidas o rectificadas algunas de las leyendas del movimiento. Por ejemplo: qué ocurrió realmente en el despacho de los directivos de la Odeon en São Paulo cuando les llegó el sencillo de "Chega de saudade"; o cómo y cuándo Vinicius de Moraes conoció a Jobim y a Baden Powell; o si fue realmente espontánea la intervención de Astrud Gilberto cantando "Garota de Ipanema" en inglés en el disco Getz/Gilberto... Ruy Castro tuvo el acierto de escribir la primera versión de este libro en 1990, cuando la mayoría de los protagonistas de la bossa nova estaban vivos y podían hablar. Su documentación, por lo tanto, es rigurosa y de primera mano. Gracias a ella, Ruy Castro resucita toda una época: la del Brasil (en especial, el Río de Janeiro) de las décadas de 1950 y 1960. Creo que el mejor modo de definir este libro es diciendo que es un vivaz reportaje de quinientas páginas.

Ruy Castro tiene dotes de narrador: "la historia y las historias" de Bossa Nova están contadas con mucha eficacia y con mucha gracia. Gracia en sus dos sentidos: talento y humor. Yo encontré el original brasileño, titulado Chega de saudade. A história e as histórias da Bossa Nova, en una librería de Río de Janeiro en 2001. Y su lectura ha sido una de las más placenteras de mi vida. Con pocos libros me lo he pasado mejor. Por eso, mi principal propósito como traductor ha sido el de que su lectura en español resulte tan placentera como en portugués. Para ello, además del trabajo con cada frase para que sonase lo más natural y fluida posible, me propuse que el libro no llevase ninguna nota al pie de página. Y así es: el libro va sin una sola de las famosas "N. del T.". Yo no asomo mi cabecita. Las aclaraciones imprescindibles están en el propio texto, entre paréntesis o entre corchetes, o en leves adiciones que no interrumpen la lectura. Por ejemplo, si en un determinado momento se habla en el original de "las válvulas de las Philco", yo he preferido no poner una "N. del T." indicando que Philco era una marca de aparatos de radio de la época, como averigüé (gracias, por cierto, a San Google), sino traducir directamente: "las válvulas de las radios Philco".

En este empeño por traducir en favor del, como decía Borges, "lector hedónico", he contado en todo momento con la ayuda y la complicidad de la editora de Turner, Pilar Álvarez, que antes que editora es una gran lectora. A ella además le corresponde el mérito de que el castellano cuente al fin con esta obra en su bibliografía, después de que ya existieran ediciones en inglés, alemán, italiano o japonés. Me gustaría mencionar un detalle curioso: la primera vez que vi a Pilar fue en un concierto en Madrid de la hija de João Gilberto, Bebel. O sea, que es como si la propia bossa nova hubiese estado conspirando desde el principio en favor de esta traducción...

Lo cual sería un signo más del carácter poderoso y feliz del movimiento. En la solapa del libro se dice que "la bossa nova es lo más parecido que hay a una 'sintonía de la felicidad', y su historia es también la historia de una felicidad". Y así es. Básicamente, es la historia de unos muchachos brasileños que en 1949 tienen como ídolos a determinados artistas norteamericanos, inalcanzables para ellos: Stan Kenton, Barney Kessel o Frank Sinatra... Y cómo, en el curso de poco más de una década, estos artistas están tocando las composiciones de aquellos muchachos, y actuando con ellos. Es, en suma, la historia de un amor correspondido. En la canción "A felicidade" se dice esto tan conocido de: "Tristeza não tem fim,/ felicidade sim". Y sí, quizá fuese cierto antes de la bossa nova, pero no después: porque, gracias a la bossa nova, la felicidad tampoco tiene fin. O, por lo menos, dura ya cincuenta años... El libro de Ruy Castro es también un libro feliz: por lo que cuenta y por cómo lo cuenta, es una máquina de producir felicidad. Y con esta edición hemos procurado ante todo que lo siga siendo. Muchas gracias.

* * *
Presentación de Bossa Nova. La historia y las historias de Ruy Castro (Turner) en Casa Amèrica Catalunya. Barcelona, 9-VII-2008.

11.7.08

Bossa Nova y Duchamp



Nada más bajar del avión en Barcelona el miércoles, fui a la exposición Duchamp, Man Ray, Picabia, en el Museu Nacional d'Art de Catalunya (¿se darán cuenta alguna vez los nacionalistas de lo palurdos que resultan en determinados contextos?). La exposición fue un festín: no sólo estaba el Gran Vidrio (la copia supervisada de Hamilton), sino también un montón de obras de Duchamp que no me esperaba. Me emocioné ante sus cuadros Novia, El paso de virgen a novia y Dulcinea (especialmente el primero). Había más cuadros, y bastantes ready-mades, incluidos el urinario y la rueda de bicicleta, y la Monalisa bigotuda, y los rotorrelieves (girando), y la Boîte-en-valise, y algunos manuscritos, y muchas fotografías... La mayoría de éstas, naturalmente, de Man Ray. Por las que no eran sobre Duchamp y por sus cuadros y objetos, así como por los de Picabia, pasé volando: me gustaron, pero para mí no eran más que un (buen) acompañamiento de los de Duchamp. Sólo me detuve ante una pequeña fotografía de Ray en que aparece Lee Miller haciéndose una pompa de jabón encima de la teta: un pecho sutil de transparencia sobre el de carne, desnudo. En cuanto al Gran Vidrio: ¡glorioso! Impone respeto, y a la vez inspira levedad. ¡Qué obra más limpia y diáfana! En la exposición había dos rincones impotentes, pero aun así de agradecer por los duchampianos: una pequeña fotografía, ya que no podía estar el cuadro, del Desnudo bajando una escalera, y un remedo electrónico de Etant Donnés: sobre una pared se proyectaba la puerta, por cuyos dos agujeritos podía verse el maniquí. Precisamente hace unos días, revisando libretas viejas, me encontré una asociación que hice hace tiempo: el brazo de la chica que sostiene la lámpara traza una línea similar a la de la cuesta del ciclista ético (y la lámpara misma podría ser el sol que hay encima de la montaña). Me gustó, por cierto, que la exposición estuviera en un monte con tradición ciclística: Montjuïc. Desde allí, antes y después, estuve deleitándome con las fabulosas vistas de Barcelona. Y bajando luego la escalinata se produjo un momento duchampiano-landista. Me di la vuelta para mirarle el culo a una espectacular chica que subía, y entonces venía bajando otra al trote con sus dos tetas botando. No iba desnuda, ni lo necesitaba. Casi toco la cuarta dimensión.

Solté mi mochila en el hotel y fui al almuerzo con la facción barcelonesa del Nickjournal. Un encuentro la mar de agradable. Cuando nos despedimos, pasadas las cinco, me entró el miedo escénico y me fui a mi habitación a repasar mi intervención en Casa Amèrica (la presentación de Bossa Nova era a las siete). No temía quedarme en blanco, pero sí estar demasiado rígido, como me pasó la última vez que hablé en público (que conté aquí). Al final la cosa salió más o menos natural, aunque me dejé algunas cosas en el tintero. Sí dije lo esencial de lo que pretendía: que me alegraba que el acto fuese en Barcelona, porque en Barcelona fue donde vi por primera vez a João Gilberto; y que mi propósito al traducir el libro fue que en español resultara tan placentero de leer como en portugués. La presentación la hizo (muy bien) la editora de Turner, Pilar Álvarez, e intervino para concluir Alfredo Lorenzo, de Tangará. Éste nos dio un notición: que João Gilberto acaba de tener otro hijo, a sus setenta y siete años. João Gilberto y Duchamp: tienen más cosas en común de lo que pudiera parecer. El amor por la transparencia y la nitidez, por ejemplo. Su incansable insistencia en lo mismo, con sutiles variaciones. Y, sobre todo, que han sido dos artistas libres, siempre a su aire. Ahora, para mí, están unidos también por Barcelona.

* * *
(1.9.12) El director del MNAC se da cuenta del palurdismo. Me ha llevado a la noticia este correo catalán de Arcadi Espada.

1.7.08

El antiopositor

Mi fiebre por Spinoza (caliente) tuvo un origen frío. Este año, a última hora, decidí presentarme a las oposiciones para profesor de instituto de Filosofía. (De vez en cuando me entra la tentación del sueldecito fijo.) Tenía poco tiempo y decidí estudiarme sólo a diez o doce autores. Empecé por Spinoza... y en él me quedé. Me apasioné y me he dedicado a leer sólo a Spinoza y sobre Spinoza (ahora estoy con la biografía de Steven Nadler: estupenda). Total, que llegó el día del examen, hace un par de domingos, y sólo me llevaba un tema preparado: el de Spinoza, que era el número 56. Su título: "El sujeto ético-político en Spinoza". Mi apuesta era límpida: Spinoza o nada. Rodó el bombito de bingo infantil que rige el destino de los opositores y no salió la bolita 56. Aun así, acaricié la idea de hablar de Spinoza. Al fin y al cabo, ¿por qué hablar de otros autores, si se puede hablar de Spinoza? Estoy seguro de que el tribunal filosófico, si de veras era filosófico, lo hubiera entendido a la perfección. Todo tribunal filosófico posible e imposible sabe que no hay que hablar de otros autores, si se puede hablar de Spinoza. Miré uno por uno a los miembros del tribunal y pensé endilgarles páginas y páginas sobre Spinoza, por más que no hubiera salido el tema de Spinoza. Como estrategia no era descabellada: en las calurosas y soporíferas horas de la corrección, ¡qué aire fresco les supondría encontrarse de pronto, entre los demás estólidos autores preguntados, un examen sobre Spinoza, aunque no hubiera sido preguntado! Pero me dije que con ello corría el serio peligro de aprobar, y yo no quería aprobar. No ahora, al menos. Así que entregué el examen en blanco y me fui. Para seguir leyendo a Spinoza.

* * *
(27-VI-2018) Me dicen que en las oposiciones de 2018 ha caído Spinoza. ¡Con diez años de retraso!

12.6.08

Fórmulas de la longevidad

No sé si es que ahora se habla más de la longevidad, de las fórmulas para alcanzarla, o si yo estoy más pendiente de lo que se dice al respecto; pero el caso es que en este último mes he escuchado varias. La primera me la dijo Calonje: "Comer poco, dormir mucho y pasar frío". Luego leí la de Francisco Ayala (que tiene ya ciento dos años): "Un whisky y dos manzanas antes de acostarse" (hay la variante, más apetecible, de "dos whiskys y una manzana"). Y Arcadi Espada citó el sábado la del científico Reijo Pera: "Dieta, ejercicio y levantarse cada mañana con un propósito". Todas estas fórmulas parecen buenas, aunque da un poco de repelús lo del frío. Jünger, cuando aún no sospechaba que él mismo iba a llegar casi a los ciento tres, refirió en sus diarios de la Segunda Guerra Mundial la que le dijo en Francia un campesino centenario: "Una cagadita cada mañana, un polvete cada semana y una cogorza cada mes". Jünger le hizo el comentario cómplice de que una de esas tres cosas ya no la podría hacer, ¿no? A lo que el campesino respondió: "Ya, pero eso es porque ahora con la guerra no se encuentra aguardiente". Con el tiempo Jünger fue estableciendo su propia fórmula, que consistía, más o menos, en darse un baño de agua fría por la mañana y tomarse una copa de Burdeos por la tarde. Mi amigo Andújar se propuso una vez ser longevo con esa fórmula y lo primero que hizo fue comprarse una botella de Burdeos... que se bebió sin darse ni un solo baño frío. Aun así, le deseo larga vida. Como a mí. Como a todos. (Bueno, casi todos.)

[Publicado en El Malpensante]

11.6.08

Yo me acosté con la doctora Melfi

Últimamente están saliendo en este blog más tetas que botellines; pero bueno, qué le vamos a hacer (¡tampoco está tan mal!). Éstas son impepinables, porque a nadie le amarga un dulce, ni unas tetazas como las de Lorraine Bracco: ¡una fenomenal sorpresa! Me he encontrado el archivito ahora y, aunque parezca mentira, lo tenía olvidado. Lo cacé cuando vi la última temporada de Los Soprano, aquí en el portátil. Es una secuencia en que la doctora Melfi tiene un sueño erótico, creo que con Tony, y se mira en el espejo mientras se lo folla subida encima. Yo estaba absolutamente prendado de la Melfi antes de saber que era dueña de semejantes melones. Me bastaban sus caritas a bordo del sillón psicoterapéutico. Qué gran actriz Lorraine Bracco: aguanta toda la serie, capítulos y capítulos, en ese puesto tan poco lucido. A mí me pasó una cosa curiosa con ella, o con una que se le parecía. Fue una novia mía de hace unos años. Me gustaba, pero no me volvía loco. La cosa se fue apagando y lo dejamos, aunque seguimos siendo amigos. Entonces vi las primeras temporadas de la serie. Y descubrí cuánto se parecía esa chica a la doctora Melfi. Y la deseé como nunca la había deseado. Pero ya era tarde. Un día se lo dije: "¿Sabes que te pareces a la doctora Melfi?". Ella no estaba de acuerdo. Un rato después, sin embargo, se quedó pensativa. "¿Esa actriz estuvo casada con Edward James Olmos?", me preguntó. "Creo que sí...". Me dijo que unos años antes se encontraba cubriendo el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva (ella es periodista) y, en la fiesta de clausura, Edward James Olmos la sacó a bailar. "Eres igual que mi ex mujer", le dijo. Y sí. Era igual. Nos reímos... pero no volví a acostarme con ella.

12.5.08

La serie sombría

Lo mejor de Los Soprano es su pesimismo sin contemplaciones. No es maniquea, pero porque no hay buenos: los que parecen serlo, como la insufrible Carmela y casi todas las demás esposas de los mafiosos, simplemente se dan el lujo sentimental de no pensar en los crímenes de los que proviene su estatus. En buena medida, es una serie marxista: muestra las raíces turbias, descarnadamente económicas, de las que brotan las flores superestructurales de la familia, la religión, las tradiciones, los sentimientos. Pero en realidad es más schopenhaueriana que marxista: porque no ofrece esperanza y porque el mal es metafísico y se da de una pieza, sin trucos cristianizantes.

Hoy en día, en la industria cultural, no hay nada equivalente a las grandes series norteamericanas: ni en la literatura, ni en la música, ni en el arte, ni en el cine. Es el top de nuestro tiempo. Quizá porque las series de televisión son las únicas a las que les queda el número suficiente de espectadores. Y porque son la obra de arte total, como nunca logró serlo la ópera: una obra de arte que, además, tiene la ventaja de no estar sólo en manos de los artistas, sino también de los industriales (lo más parecido es la época dorada de Hollywood). La síntesis de Los Soprano es asombrosa. Por una parte, se inserta brillantemente en la tradición de las películas de mafiosos, pero con una vuelta posmoderna: los mafiosos de Los Soprano son mafiosos que ven películas de mafiosos, y hablan de ellas y las imitan. Por otra parte, es una perfecta serie familiar: con elementos de Los Walton, pero también de Los Simpson (Tony tiene mucho de Homer). La frase promocional de las primeras temporadas daba en el clavo al entrelazar los dos aspectos: "Family redefined". O, como se tradujo en España: "Un nuevo concepto de familia".

Como se ha repetido, es una serie adictiva. Todo es perfecto en ella: la interpretación de los actores, los diálogos, las tramas, el rodaje y el montaje de las secuencias, la fotografía, la música, y hasta las referencias filosófico-literarias (¡hay capítulos en que se cita a Nietzsche, a Flaubert, a Yeats!). Los diálogos, como digo, son buenísimos (¡tarantinianos muchas veces, con un carcajeante chisporroteo de incorrecciones políticas!); pero pocas series tienen, también, más silencios y reticencias. Pocas están menos sobre-explicadas ni albergan más elipsis. Otra arriesgada originalidad es su tendencia al anticlímax. Los que hemos trabajado escribiendo guiones de teleseries estamos hartos de la histérica consigna: "¡Que acabe en alto, que acabe en alto!". Los Soprano se la saltan casi sistemáticamente. Las secuencias suelen terminar en un silencio o en una acción anodina; por no hablar de la conclusión de los capítulos, que consiste por lo general en un apagamiento que enlaza con la música de los créditos finales.

El caso es que anoche vi el último episodio y tenía ganas de paladear la serie un poco más, escribiendo sobre ella. Leo ahora que en total son ochenta y seis capítulos. Las cuatro primeras temporadas las vi hace tres años en Madrid. Me estaba mudando y las liquidé en panzadas de muchas horas, con el apartamento desmantelado, lleno de cajas. Y ahora he visto la quinta y la sexta, justo cuando otra mudanza se aproxima.

26.4.08

Las tetas de Pe

Muy aburrida la película Elegy, de Isabel Coixet. Tiene momentos llevaderos y algunas parrafadas brillantes (supongo que son transcripciones de la novela original de Philip Roth), pero la cosa no funciona. Hasta Ben Kingsley, que es lo mejor, se hace pesado. En cuanto a Penélope Cruz: qué aborrecimiento ya de esta chica. La otra actriz, Patricia Clarkson, está estupenda; pero Pe es un lastre invencible. En cuanto aparece, uno se queda empachado con esa mezcla de Audrey Hepburn y Claudia Cardinale (ambas a la baja), y no se cree ya nada de lo que haga o diga. Muy buena tiene que ser la película para que uno venza esta aversión, y Elegy no es una buena película. En esas estaba cuando Pe desnuda sus tetas. Creo que han salido otras veces en estos años, pero yo no las veía desde Jamón, jamón. Siguen fantásticas. Son unas tetas rotundas, redondas, del tamaño perfecto y con los pezones perfectos (la imagen que he encontrado no los refleja en su punto de oscuridad). Por esas tetas, y no por la cara de patito pizpireto de Pe, se entiende la obsesión de Kingsley. Y al final (desmonto aquí la película: quien quiera verla, que no siga leyendo) son ellas las que se convierten en las protagonistas de la historia, cuando Pe reaparece con su cáncer de mama. La última tanda de top-less son melancólicos, en vísperas de la operación. Hubiera podido ser un gran momento cinematográfico, pero la película es mediocre y ni siquiera alza el vuelo ahí. Luego a la salida, sin embargo, me quedé pensando en el asunto. Con una tristeza, justamente elegíaca, por las tetas que han desaparecido y las que desaparecerán; pero también con el vigoroso convencimiento de que las tetas extirpadas siguen resplandeciendo en sus pechos, en sus huecos: porque las tetas, en verdad, son inmortales.

21.4.08

Prueba

Julie Ordon


En homenaje a Octavio Paz, que murió hace diez años, copio este poema de Árbol adentro titulado "Prueba", que recrea el argumento antiontológico del budista Dharmakirti:

La piel es azafrán al sol tostado,
son de gacela sus sedientos ojos.

—Ese dios que la hizo, ¿cómo pudo
dejar que lo dejase? ¿Estaba ciego?

—No es hechura de ciego este prodigio:
es mujer y es sinuosa enredadera.

La doctrina del Buda así se prueba:
nada en este universo fue creado.
Transcribo igualmente la nota relativa, y así homenajeo también al Octavio Paz ensayista. Los dos son admirables, luminosos:
En la antología de poesía sánscrita del monje budista Vidyakara (vivió a finales del siglo XI, en Bengala), traducida hace altún tiempo al inglés por el profesor David H. Ingalls (An Anthology of Sanskrit Court Poetry, Harvard Oriental Series, Vol. 44, Cambridge, Mass. 1965) aparecen muchos versos de un poeta llamado Dharmakirti, a veces precedido por esta mención: El Venerable. Al leer este nombre me froté los ojos: ¿sería posible que el autor de esos poemas eróticos fuese el severo lógico budista del mismo nombre? El profesor Ingalls disipó mis dudas: casi seguramente son una y la misma persona el poeta apasionado, sensual e irónico y el filósofo de mente afilada y razones estrictas. Ingalls señala que el estilo del poeta Dharmakirti —agudo, tajante, económico, ingenioso— presenta más de una afinidad con el estilo del lógico Dharmakirti. Pensar que el autor de tratados sobre la percepción y la dialéctica no pudo escribir poemas de amor sensual, dice Ingalls, es como negar que el teólogo John Donne fue también el poeta que escribió "I can love both faire and browne". Añado que en la India casi todos los filósofos de importancia también fueron poetas. Comparten la opinión de Ingalls sobre la identidad de Dharmakirti, otros eruditos como S. N. Dasgupta y S. K. De (History of Sanskrit Literature, Calcuta, 1947). La lectura del poema, por lo demás, desvanece las dudas: el filósofo Dharmakirti reduce al absurdo todos los razonamientos; el poeta Dharmakirti, ante un cuerpo de mujer, reduce al absurdo la dialéctica. El cuerpo que exalta el poeta es otra prueba, lógica viviente, de la negación universal... Conozco dos traducciones del poema, ambas al inglés. Una es la del profesor Ingalls y otra, preciosa y en metro, de John Brough (Poems from the Sanskrit, London, 1968).
.....Dharmakirti vivió a fines del siglo VII. Nació en Trimalaya, en el sur de la India, y estudió probablemente en el célebre monasterio y universidad de Nalanda. Dejó siete tratados de lógica, varios comentarios sobre los Sutras y un puñado de poemas, casi todos eróticos. Dharmakirti negó la autoridad de las escrituras budistas, no la del Buda; sostuvo que el hombre percibe la realidad pero que esa percepción es instantánea e inefable; con los restos de esas percepciones la mente construye entidades fantasmales que llamamos pasado y futuro, yo y tú.