6.2.09

Calefacción parcial

A veces me pregunto qué hubiéramos hecho sin Savater, qué hubiera sido de nosotros sin Savater. Ayer salí a pasear con lluvia y viento. El paraguas se volteaba. Estuve por la zona que arrasó el tornado la otra noche y observaba con prevención las vallas, los árboles, las cornisas. Al mismo tiempo, me encontraba en la confortable sala de la Fundación Juan March escuchando la conferencia que pronunció Savater el pasado 20 de enero: justo el día de la toma de posesión de Obama. Luego me subí al autobús, sin quitarme el shuffle. Y seguí escuchando por el litoral lluvioso. Es una conferencia memorable. Su tema: "El librepensador". Al final, tras un grato recorrido por Voltaire y compañía, habla de qué significa hoy, en España, ser librepensador. Básicamente, el frío absoluto. Cada uno de los dos grandes bloques de poder, con sus cohortes (cortesanas), le hiela el corazón al españolito del bloque contrario; pero se lo calienta al del suyo. Muchos se quejan coquetamente de frío mientras disfrutan de este sistema de calefacción parcial. Al librepensador, en cambio, le hielan el corazón las dos Españas. Aunque, bien pensado, también dispone de una estufita: la del regocijo que le produce contar con Savater.

21.1.09

El gozne del tiempo

La fotografía que ha puesto hoy el amigo Francisco Luna en su blog me ha recordado una especie de revelación (o, más modestamente, intuición) que tuve acerca de la esencia del tiempo, hace años. Me encontraba en la mediana de la carretera del paseo marítimo, esperando una remisión en el tráfico, para cruzar. Vigilaba los vehículos que venían hacia mí; pero con el mismo golpe de vista abarcaba los que se alejaban de mí. Estos son como el pasado, pensé. Pero entonces me di cuenta de que los que vienen son como el futuro. Nosotros no vamos hacia el futuro, sino que es el futuro el que viene hacia nosotros: lanzado a toda pastilla, a estrellarse. De esa colisión (de ese estallido) surge el relámpago del presente. Nosotros somos esa colisión: el gozne del tiempo. En nosotros (en cada uno) el tiempo gira y sale rebotado: el pasado es ese rebote. El tiempo no es una carretera por la que caminamos, delante de la cual está el futuro y detrás el pasado. No tenemos que mover la mirada para ver ambas dimensiones del tiempo. No vale, pues, la figura de Jano; ni la del ángel de Walter Benjamin. Mirando al frente vemos tanto el pasado como el futuro. El cosquilleo del instante es el del gozne.

6.1.09

Carbón

¡Ah, qué maravilla! ¡Qué regalo me he hecho sin querer esta mañana! Tuve la idea de buscar unas frases de Thomas Bernhard contra los niños, para bajarles los humos hoy a nuestros perversos polimorfos, eufóricos con sus juguetes, despiadadamente felices en las casas y en las calles, echarles unas paletadas de carbón a estos implacables neroncitos y caligulitas, y de pronto, picoteando en el libro, me ha invadido a mí también la felicidad. Me he carcajeado a tope y me he sentido resucitado, como quien dice; con la sangre a cien por el scalextric de mis venas. Lo gracioso es que los pasajes que buscaba (el que decía "una mujer piensa que ha tenido un niño, pero ha tenido un octogenario que va meándose por las esquinas" y el que terminaba con lo de "y al final siempre aparece el niño con el dibujito") no los he encontrado, porque deben de estar en el otro libro de conversaciones con Bernhard, el de Kurt Hofmann en Anagrama, que yo no tengo. Ha sido el repaso al que tengo, el de Krista Fleischmann en Tusquets (Thomas Bernhard. Un encuentro: la mejor introducción posible e imposible a Bernhard, como ya aconsejé en mis "Instrucciones para leer a Bernhard"), el que me ha alegrado la mañana de Reyes. Copio algunos fragmentos, ensartados en gozosa chorizada (habla Bernhard):

Yo mismo me río a veces con ganas, pienso, bueno, es para partirse de risa. Pero a veces es la gente la que, cuando yo me río a carcajadas —ya mientras escribo, o también luego, al leer las pruebas, me río a carcajadas—, encuentra que no hay motivo para reírse. La verdad es que no lo comprendo. Si se lee Helada, por ejemplo, ya desde el principio doy continuamente materia cómica. En realidad es, a cada instante, para soltar la carcajada. Pero no sé, ¿es que la gente no tiene sentido del humor o qué? No lo sé. A mí siempre me ha hecho reír, me hace reír todavía. Cuando me aburro o cuando, por alguna razón, atravieso un periodo trágico, abro un libro mío y eso es lo que más me hace reír. ¿O no comprende que ocurra así?... Eso no quiere decir que no haya escrito también frases serias, para unir las cómicas. Es el aglutinante. Lo serio es el aglutinante del programa cómico. Aunque, naturalmente, se puede decir también que se trata de un programa cómico-filosófico, que de algún modo inauguré hace veinte años, cuando empecé a escribir. [...] Todo es exageración, pero sin exageración no se puede decir nada, porque, sólo con que levante un poco la voz, en realidad se trata ya de una exageración; si no, ¿por qué la levanta? Cuando se dice algo, es ya una exageración. Aunque sólo se diga: no quiero exagerar, eso es ya una exageración. [...] Un día no se puede medir. Si uno mismo se siente como si sólo le quedara un día por vivir, le da completamente igual que alguien se lo diga, y entonces estará contento cuando el día haya terminado. Puede ser. Cuando duermo bien y me siento bien en la cama, no me irrito. Pero estar echado no es agradable ni sano, hay que levantarse enseguida porque si no, se tienen pensamientos estúpidos..., de carácter físico o espiritual, ¿no? Hay que saltar inmediatamente de la cama. [...] El dominio de sí mismo es algo muy hermoso, creo, algo muy importante. Porque si uno no se domina en absoluto, está perdido en cualquier caso, y eso viene a añadirse además. Si uno se deja llevar, está listo, como suele decirse, es lo mismo que un carro que va hacia el abismo sin conductor: es de prever que terminará destrozado. [...] Soy muy religioso, pero sin creer en nada. Eso es posible. La religión no está ligada necesariamente a una creencia. Eso sólo ocurre con las verdaderas religiones, que están patentadas. La asociación de religiones patentadas trabaja con creencias, pero yo no las necesito. No necesito que me registren con un número. Ése es el Dios fabricado con licencia, ¿no? Pero no tiene por qué ser así. [...] Bueno, la inteligencia no vale nada mientras no se convierte en palabra, porque inteligencia hay por todas partes. El mundo entero se ahoga casi de inteligencia. Pero la inteligencia sólo vale algo cuando se convierte en palabra, y más bien en palabra hablada, porque vive. [...] Con el calor tan agradable que hace en Palma. Lo que más sentido tiene aquí es el calor en noviembre, ¿no?, por eso vienen todos esos viejos. Yo también me siento viejísimo. Soy un escritor clásico, viejísimo, por eso vengo aquí..., a la cálida estufa del Mediterráneo. [...] Sí, porque el estilo del libro [Tala] es también un tanto excitado, musicalmente hablando; por razón del contenido no se escribe algo así con tranquilidad sino en un estado de cierta excitación. No se puede escribir eso con tranquilidad, como una prosa clásica, sino que, en cuanto se sienta uno, se siente ya excitado por la idea y, cuando empieza a escribir, el estilo lo excita ya a uno. Está escrito en un estilo excitado... [...] La excitación es un estado agradable, hace circular la sangre estancada, palpita, aviva y entonces hace libros. Sin excitación no hay nada, lo mismo da que se quede uno en la cama. En la cama (se ríe) es una diversión excitarse, ¿no?, y en un libro ocurre lo mismo. Escribir un libro es también una especie de acto sexual, mucho más cómodo que antes, cuando, naturalmente, se hacían esas cosas; mucho más agradable que irse a la cama con alguien. [...] Los niños son malvados, los seres más malvados que existen. El viejo, se dice, vuelve a ser niño; así pues, recobra la maldad de la niñez y tiene además la terrible maldad de la vejez, que es el mayor atractivo de las personas. Los viejos sin maldad son insoportables, lo mismo que los niños sin maldad. Un niño bueno es para estrangularlo y un viejo lo mismo. [...] Voy entrando lentamente en la maldad de la vejez. Ése es también el atractivo de mis libros, que sin duda serán cada vez más malvados. Espero vivir todavía algunos episodios. Quedan episodios todavía más importantes, que podría describir y que quiero describir. [...] Como soy curioso, y malvado, y, en el fondo, un trampero, sólo puedo aspirar a ser lo más viejo posible, y lo más malvado posible, y a escribir lo mejor posible. Pero eso no plantea ninguna dificultad, porque si se hace lo mismo durante treinta años, se vuelve uno siempre mejor. Es como los pianistas... como los violinistas no, porque se les debilita el brazo..., pero a un escritor no se le debilita por lo general el cerebro. [...] Los niños quieren tender trampas a todos, ¿no? En ese sentido sigo siendo niño, de manera que tiendo trampas y la gente cae en ellas a tientas y, si se quiere, eso es la gran juerga. ¿O es que conoce a alguien (se ríe) a quien no divierta eso, cuando puede y tiene ocasión? [...] Me gusta mucho vivir, no conozco a casi nadie a quien le guste vivir más que a mí y esté también tan lleno de maldad, de trampas, de falta de nobleza, y se alegre todos los días de vivir y desee a todos los demás que sean así también y que vivan. Pero si la gente no hace eso y se cubre con el manto de la hipocresía y de la falta de nobleza, es cosa suya. [...] Todo ser humano necesita mantos, porque si no, se muere de frío, y el mundo es una especie de invierno. [...] A mí me interesa escribir, hacerlo, que no se pierda y que me den un dinero. [...] Todo lo que se aprende tiene, naturalmente, una gran influencia en lo que se hace. También he estudiado comercio, y eso ha desempeñado siempre un gran papel. Y he aprendido también jardinería, y he aprendido a conducir camiones, de esa forma he conocido también a las personas. Así se cierra el famoso círculo, y entonces se escriben libros relativamente buenos... Yo no pertenezco a los escritores, y nunca me he sentido tampoco como tal. [...] Siempre he sido, en el fondo, un hombre real. Esa clase de escribiduría a la que usted se refiere, creación o como se llame, tiene poco que ver con la realidad y carece de todo valor. Eso se ve en cuanto se abren los libros. Se escriben casi exclusivamente cosas sin valor, por personas que están en alguna parte en una vivienda de protección oficial, tienen una pensión y allí están con sus pantuflas, y tienen sus ficheros y hacen libros como cosen las costureras. [...] Siempre he sido una persona libre, no tengo ninguna pensión y escribo mis libros de una forma totalmente natural, de acuerdo con el curso de mi vida, que le aseguro es distinto del curso de la vida de todas esas personas. Sólo quien es de veras independiente puede realmente, en el fondo, escribir bien. Porque cuando uno depende de lo que sea, se nota en cada una de sus frases. La dependencia paraliza cada frase que se escribe. Por eso no hay más que frases paralíticas, páginas paralíticas, libros paralíticos, sencillamente porque la gente es dependiente: una esposa, una familia, tres hijos, el divorcio, un Estado, una empresa, un seguro, el jefe. Ya pueden escribir lo que quieran, la dependencia se nota siempre, y por eso es malo, está paralizado, paralítico. [...] A los artistas hay que cerrarles y prohibirles por completo las puertas que quieran atravesar. No se les debe dar nada, sino ponerlos en la calle. Eso no se hace, y por eso hay aquí un arte malo y una literatura mala. [...] ¡Ningún patrocinio de las actividades artísticas! Todo tiene que mantenerse por sí mismo. Tampoco se debe subvencionar a las grandes instituciones. Hay que seguir el principio mercantil de "devora o muere". Por eso aquí todo lo cultural está destruido, porque se subvenciona todo. Por muy grande que sea la idiotez que uno haga, le lloverán las subvenciones y lo echarán a perder. [...] Eso es lo bello de mis libros, que no se describe en absoluto lo bello, y por eso surge por sí mismo. Y, en el caso de los que sólo describen cosas bellas, los libros son todos feos y horribles. Así veo yo la literatura. [...] Habría que suprimirlo todo, toda subvención. Cada uno debe hacer lo que pueda y dejar en paz al Estado. Hay que suprimir las ayudas. Lo que no funciona, no funciona. La gente sólo se vuelve perezosa y débil si se le da algo. Si tienen que trabajárselo, entonces son fuertes. Es como los músculos, se aflojan por completo. [...] Lo deliberado nunca acierta. Podría ser un proverbio de Angelus Silesius: "No te detengas, vengas de donde vengas". "Lo deliberado nunca acierta." Lo mejor es no querer nada y hacer algo para sí mismo, en lo posible. Cuando se hace algo para los otros, se trata de una hipocresía o de un momento de debilidad. [...] El mundo consiste en golpear. Si alguna vez, en algún sitio, no se golpea, uno se convierte en partículas de polvo y ya no está allí. Y precisamente los que hablan siempre de que hay que tener consideración y no hacer nada son los que golpean con especial placer. Desde luego, por atrás. Esa gente tiene un gigantesco martillo, pero detrás del telón. Por delante pone un rostro amable, y por detrás golpea. [...] El que existe tiene que golpear en algún momento. Hay que defenderse ya de niño. Te lanzan al cochecito algún juguete y, si no se los tiras a la cara con suficiente frecuencia a tu madre o tu padre, a las personas que te molestan, ya de niño de hundes, te vuelves raquítico y se acabó. Eso lo conservamos como método. [...] Siempre me alegra cuando me golpean, porque entonces puedo devolver triplicados los golpes, y eso lo hace a uno fuerte. Si no, los músculos desaparecerían por completo. [...] Continuamente hay cosas que me chocan. Lea mis libros: son una colección de millones de choques. Se trata de alinear no sólo frases sino choques recibidos. Un libro debe ser un choque, un choque que no puede verse por fuera. [...] Si uno piensa que escribe un libro, y que escribe un libro sólo para sí, y que luego lo leerá su abuela y su abuelo y algún estúpido germanista, eso resulta demasiado poco. Irradiar y no sólo al mundo entero, sino universalmente. Cada palabra es un acierto, cada capítulo una acusación al mundo y todo junto una revolución mundial total hasta la extinción total. Pero ¿qué quiere decir extinción? Renacimiento de lo nuevo. Eso lo sabe usted. Donde hay un fin, como se dice siempre, hay también un principio. [...] Lo áspero y lo severo me han resultado siempre agradables. Siempre me ha gustado tener a mi alrededor personas ásperas y severas. Para que contrastaran conmigo, porque yo he sido siempre cualquier cosa menos áspero y severo. Siempre hay que ir a donde hay un contraste. Yo soy más bien ligero y natural, superficial la mayor parte del tiempo, porque si no, no aguantaría, o casi siempre superficial, aunque a veces se vea uno forzado a la profundidad, pero no hay que preocuparse.

31.12.08

El desastre anual

Alcazarquivir.— Alcazarquivir es el nombre de una derrota, el final de un periplo que empezó en Arcila: desaparecieron el capitán Aldana y el rey don Sebastián; comenzó el sebastianismo. También algo de mí ha desaparecido allí. Marruecos y los fracasos personales. El de Rick, en Casablanca, también. (Estos días se ha estrenado una película sobre los bajos fondos de esa ciudad: Casanegra.) El desastre de Annual: el desastre anual. (Aunque estoy contento: he perdido brillo, y quizá también brío; pero me he aquilatado, he quemado hojarasca —y le he quitado polvo a mi brújula.)

Otra estación.— Volví a Asilah el viernes 26, tres meses después de lo que pensaba al partir. Dejé la ciudad a finales del verano y la reencontré a principios del invierno. Me perdí el otoño, pero detecté sus signos: el apartamento olía a humedad (más fuerte en el cuarto, por las mantas), los palillos de tender estaban herrumbrosos, la miel de Agadir se había cuajado; las fachadas atlánticas de la medina se habían vuelto sucias, con chorreones amarillentos (entendí que las encalan cada primavera); la puesta de sol ya no podía verse desde la muralla, sino que tenía lugar más al sudoeste (estos días la esperé desde el baluarte y el malecón, pero siempre hubo nubes totales o parciales).

Los días no fumados.— Pero la huella más palpable de estos meses se encontraba en mis puritos: los de la caja que me había dejado empezada estaban como mojados, fríos, blanduzcos. Esos puritos, y los de las cajas sin abrir, iban a servirme para contabilizar mis jornadas en Asilah. Eran, pues, literalmente, el cadáver del tiempo que no pasé allí: las momias de mis días no fumados. (Me los voy fumando ahora y tienen sabor a destiempo: insípidos aunque con un regusto rancio; pero arden con gloria, aliviados de ser al fin brasa y humo, ceniza.)

Beneficios morales de la barba.—. Antes de partir pensé afeitarme la barba que me he ido dejando crecer por indolencia. Pero mi hermana me dijo que entre los musulmanes la barba es indicio de nobleza y bondad. Así que viajé con ella, por aprovecharme de sus ventajas morales. No sé si ha sido por la barba o porque ya me conocían del verano, pero el caso es que los dueños de las terrazas que más frecuentaba (las de Al Manar y el café de la Medina) se han estado sentando conmigo estos días a charlar. Ha sido muy agradable y he descubierto que al final sí hubiera hecho amigos allí. La noche del sábado fue la mejor. En mi mesa de Al Manar estaban el dueño y un camarero y fueron agregándose conocidos de ellos que pasaban. Al final me vi en medio de un grupo de siete u ocho marroquíes hablándose en árabe (con el dueño y el camarero dirigiéndome alguna que otra frase en español), yo allí con mi té y mi barba moral.

Oro puro.—. En este viaje he recurrido por primera vez en mi vida a los servicios de dos personajes arquetípicos: un limpiabotas y un porteador. Los dos resultaron ser maestros en su oficio. Lo del limpiabotas empezó por la palabra portuguesa que lo designa: engraxate. Me la había encontrado recientemente en un texto y no recordaba su significado. Me vino en Asilah, al verlo. Eso hizo que me fijara en él. En la terraza del café de la Medina le estaba limpiando los zapatos, con virtuosismo de violinista, a un francés. Mientras lo hacía miró mis pies, vio que conmigo no había nada que hacer, porque llevaba zapatillas deportivas, y se encogió de hombros con una sonrisa. Cuando terminó con el francés, se ofreció a la mujer que lo acompañaba, una dama bastante atractiva, con algo de Simone de Beauvoir, que llevaba (me fijé entonces) unos elegantes zapatos de tacón. Contuve el aliento, porque estaba a punto de producirse una escena de alta temperatura erótica (me acordé de mi amigo Losada, al que enamoran estos fetichismos), pero la francesa dijo non. Al día siguiente salí con mis zapatos de cuero negro, por si me volvía a encontrar al limpiabotas. Así fue. Me reconoció, se le iluminaron los ojillos al ver mi calzado, le dije que sí y asistí a su interpretación con una sonrisa maravillada. Todos sus movimientos eran precisos y estaban tocados por la gracia. Me acordé, mientras lo observaba, de la Señora Gorda de Salinger. Pensé también que un limpiabotas ha de ser bajito y ágil, como un jockey. Los zapatos quedaron perfectos. Duraron poco así, porque una hora después cayó un chaparrón que me los dejó embarrados: pero durante esa hora yo fui el individuo con los zapatos más limpios y relucientes del mundo. Al porteador lo contraté ayer, en el viaje de regreso. Se me acercó en cuanto bajé del taxi en el puerto de Tánger y tuve suerte: era el mejor. Su aspecto me recordaba al de uno de los forzudos de la banda de Robin Hood: el hombretón fuerte y noble de las historias de aventuras. Cargó mis bultos en su carretilla y los llevó en volandas hasta el muelle, subiendo y bajando rampas, recorriendo centenares de metros. Los descargó en el puesto 4, pero había una duda: el ferry podía atracar también en el 5, que estaba doscientos metros más allá. Faltaba una hora para que llegase, pero me aseguró que, si atracaba en el 5, volvería. Aunque yo ya le había pagado, le creí. Podía percibirse que a ese hombre le resultaba orgánicamente imposible la traición. Pasó la hora. El ferry se acercaba al puesto 5. Miré al muelle, y por allí venía corriendo con su carretilla el porteador. Me emocionó su nobleza: esa sustancia humana (oro puro) que escasea en los hombres, pero que justifica la especie.

Últimas lecturas del año.— Mis lecturas de Asilah han sido las últimas de este año. El único libro (librito) que he leído entero ha sido Nostalgia del Absoluto de George Steiner. Pero además he estado picoteando en El mundo de ayer de Stefan Zweig, Del inconveniente de haber nacido de Cioran y las odas de Ricardo Reis. Éstas las venía repasando desde principios de diciembre. Otras lecturas del mes: Dos mujeres en Praga de Juan José Millás (flojita, hecha sólo con los tics del autor), Ya sólo habla de amor de Ray Loriga (un bodrio), En Grand Central Station me senté y lloré de Elizabeth Smart (una joyita, que me mandó Cristina en fotocopias) y Ellas solas de Virginia Nicholson. Éste es un libro (editado por Turner) magnífico y tristísimo: uno de los más tristes que he leído en mi vida. Habla de las solteronas británicas de entreguerras y lo peor es que he debido de hacer una lectura adolescente (según la clasificación de Bértolo) porque mi identificación ha sido total: ¡yo soy una de esas solteronas! Me imagino los titulares: “Atleta Sexual es una solterona británica”. En fin. Pero esta noche, antes de las uvas y los cohetes, todavía leeré algunas páginas de un libro en el que me vengo deleitando desde hace tiempo: O óbvio ululante del inimitable Nelson Rodrigues, una recopilación de artículos memorialísticos publicados en Brasil entre 1966 y 1967, escritos con precisión, soltura, encanto y una pasmosa originalidad. La voz ideal para despedir el año.

25.10.08

La pluma con gallinazos

Yo soy así, si Vargas Llosa es bueno, García Márquez es malo; me polarizo, y de ahí saco mi combustible. Pero no crean que no les doy oportunidades a mis detestados. Hace unos meses, por ejemplo, leí El amor en los tiempos del cólera, convencido de que ésa al menos sí me iba a gustar. ¡Menuda lata! El folletín era potable: pero quedaba ahogado en la narración relamida. (Algún tesinando debería ocuparse de los paralelismos entre García Márquez y Antonio Gala.) Poco después se estrenó la versión cinematográfica de la novela y los críticos repitieron lo de costumbre: "Gabo no tiene suerte con el cine". Pero yo, que tenía reciente el mazacote anestésico, caí en que ocurre justo al revés: es el cine el que no tiene suerte con Gabo. El sopor de las películas de Gabo se corresponde exactamente con el sopor de los libros de Gabo. Los cineastas han reflejado a la perfección el mundo de Gabo, y por eso sus películas son un coñazo. Un coñazo, por cierto, repleto de gallinazos: los que salen de la pluma de Gabo. Resulta irritante. Si el personaje abre una puerta, le salta a la cara un gallinazo. Si camina, tiene que ir esquivando los gallinazos que revolotean a sus pies. Si come, un gallinazo se sube a picotear a la mesa. Si habla con otro, no hay quien se entere por el jaleo que arman alrededor los gallinazos. De pronto, inusitado alivio: ¡ningún gallinazo a la vista! El personaje se dirige entonces al fondo de la estancia, saca de un arcón un par de alas enormes, se las coloca y dice que es un ángel... ¡pero lo que parece es otro gallinazo! En eso consiste el famoso Macondo: cuando al fin desaparecen los gallinazos, ¡va el protagonista y se disfraza de gallinazo!

Y frente a tal estolidez, ¡qué oxigenante Vargas Llosa! Ayer me releí esa pequeña obra maestra, Los cachorros. ¡Qué maravilla! ¡Cómo vive! ¡Cómo respira! ¡Ni un átomo de muerte o necrosis en sus páginas! ¡Salta en las manos como una culebra eléctrica! El otro día copié el final; hoy el principio:

Todavía llevaban pantalón corto ese año, aún no fumábamos, entre todos los deportes preferían el fútbol y estábamos aprendiendo a correr olas, a zambullirnos desde el segundo trampolín del Terrazas, y eran traviesos, lampiños, curiosos, muy ágiles, voraces. Ese año, cuando Cuéllar entró al Colegio Champagnat.

30.9.08

La clave

Sigo enredado en la Península, y este fin de semana, sin comerlo ni beberlo, me he visto en el Hay Festival de Segovia. La consigna de mis últimos viajes venía siendo, rabiosamente, "¡Nada cultural!"; pero en éste se ha impuesto la cultura (aunque en realidad fui por encontrarme con una amiga). No ha estado mal, después de todo. Ha sido uno de esos viajes de varios días en que la partida es un amanacer y el regreso un anochecer, de modo que esos días diversos terminan pareciendo uno solo (un día simbólico y argumental, una jornada, con intervalos nocturnos). El acueducto de Segovia, que ya vi en 2002 (¡una cifra acueductoide!), lo he encontrado de pronto duchampiano (como casi todo últimamente, para qué nos vamos a engañar): esos dos niveles, el masculino y el femenino, separados por una horizontal, las oquedades, las transparencias (puertas y ventanas, o entrepiernas, o agujeros corporales), los gases, las luces que pasan, y el canal para la conducción del líquido. El acueducto, pues, como gigantesca máquina sexual. Ahora, además, hay unas grúas verdes que lo completan: aparecen al fondo, entre los huecos, rompiendo el paisaje pastoril.

Segovia estaba a tope, muy incómoda para pasear por el centro. Muchos transeúntes eran escritores; sobre todo Antonio Colinas, con el que nos cruzamos varias veces. Hace poco me estuve leyendo su ensayo sobre la Vita nuova de Dante: muy flojo, aunque me resultó útil. También andaba por allí Andrés Sánchez Robayna. Su poesía nunca me ha gustado, pero sus diarios sí: mucho. En otro momento vi a Juan Goytisolo, y pensé que en ese momento nos encontrábamos en Segovia el cien por cien de los escritores españoles que actualmente vivimos en Marruecos. Al final conocimos los tres lugares en que había conferencias: el teatro Juan Bravo, la sede de Caja Segovia y la iglesia de San Juan de los Caballeros. En el teatro tenía su gracia que, para avisar al público, ponían por los altavoces la grabación de siempre: "Señoras y señores, el espectáculo va a comenzar". Y entonces salían los escritores... El mejor que ha habido en la ciudad estos días, por cierto, ha sido un lugareño anónimo que, al indicarme el camino, me describió así el edificio de Caja Segovia: "Es grande, es gris y es de piedra". ¡Ni Azorín, macho!

En cuanto a las conferencias, el domingo fue el plato fuerte, con el diálogo entre Mario Vargas Llosa y el director de El País, Javier Moreno. A Vargas Llosa, que es mi favorito del boom con diferencia, ya lo había visto otras veces, así que mi curiosidad estaba en ver a Moreno. Siempre me ha llamado la atención lo poco que aparece en los medios audiovisuales, teniendo el poder que tiene. Me gustó su presencia, y cómo hablaba. Sus maneras eran ligeramente curiles, pero no traspasaban el umbral de lo que es, simplemente, buena educación y control del comportamiento en público. Sobre el contenido, me remito a lo que señalaba ayer Arcadi Espada en su blog. Añadiendo quizá, como ejemplo, el tendencioso artículo que El País le dedicó la semana pasada a Albert Boadella (el tal Borja Hermoso, con sus especulaciones sobre el bufón, se ha destapado como un perfecto cortesano). La acusación de Moreno, naturalmente, es verdad. Pero, como vemos, no es toda la verdad. En esta España nuestra de los sectarismos, hay verdad para todos. Hay verdad para dar y tomar. (¡Qué cansancio!)

El acto más divertido al que asistimos fue al del editor alemán Klaus Wagenbach (también especialista en Kafka) y Jorge Herralde, conducido por Malcolm Otero. Fue una conversación de amigos cómplices y algo achispados: muchas risas y simpáticas maldades relacionadas con el mundillo. Había un elemento cómico añadido: como la traducción iba algo retrasada, las risas del alemán o las provocadas por el alemán estallaban cuando ya se estaba diciendo otra cosa. Fue un encuentro encantador, y con unas manifestaciones de inteligencia difícilmente refutables. Algo diferente fue la conferencia de la australiana Germaine Greer, cuyo obra La mujer eunuco estuvo de moda en los setenta. La autora tenía una considerable empanada mental, pero muy bien elaborada. Es una fantástica oradora. No deja de sorprenderme la gente que suelta tópicos con tanta pasión y convicción. Tópicos y alguna que otra barbaridad, como cuando afirmó que "los españoles estuvieron a punto de conseguirlo en los años treinta". ¡En los años treinta! ¿Pero esa señora sabe lo que fueron nuestros años treinta? Ni siquiera el momento más gozoso, que fue el de la República, puede dejar de contemplarse hoy con impotencia y desolación. Aunque ella ni siquiera se refería a la "democracia formal" (donde la promesa, aun en el contexto de la siempre burda y brutal realidad española, tuvo al menos una cierta articulación pragmática), sino a los delirantes intentos revolucionarios de principios de la guerra. Su anarquismo feminista es muy emotivo (durante su discurso se golpeó varias veces el corazón), y en él puede contemplarse con notable transparencia el fundamento rousseauniano de todo anarquismo. Su fe en el buen salvaje le hizo hablar de "genes anarquistas" (en los españoles, nada menos) y de no sé qué impulso que le venía a ella de los aborígenes australianos. Germaine Greer, que participó en el Gran Hermano (supongo que Vip) inglés, puso como ejemplo de esos "genes anarquistas" españoles cierto plante de los concursantes del Gran Hermano español. En fin.

Pero el encuentro que más me hizo pensar fue el más aburrido: la entrevista de Manuel Rodríguez Rivero a Peter Schneider, autor de Lenz. La preguntas estuvieron bien, pero las respuestas fueron soporíferas. Por este motivo pude fijarme en el formato: la voz cansina del alemán, la traducción superpuesta (que escuchaba yo por los auriculares), igualmente cansina, y mecánica. Entonces algo hizo clic: recibí un magdalenazo que me llevó a los tiempos de mi adolescencia. Las noches de los viernes. Yo me empeñaba en que en la tele se pusiese la segunda cadena, y al final se quedaba sólo mi madre conmigo en el salón, haciendo punto en un extremo del sofá. Y yo veía la película y, sobre todo, el coloquio de La Clave. ¡La cultura! Salían alemanes como ese Schneider, con su hilo de voz en alemán y la voz mecánica del traductor encima. Eran, lo veo claramente, un coñazo. ¿Pero cuántas horas me tragué? Fue un viernes tras otro durante meses, durante años. Tipos hablando en alemán o en inglés o en francés (¡o en español, pero éstos ya sin traducción simultánea!) y yo escuchándolos aburridísimo, pero animado por la promesa de algo. Parecía que alguna luz iba a entreverse, de un momento a otro, por entre aquellos nubarrones grises... pero nunca ocurría nada. Lo más, alguna frase brillante por aquí, alguna observación curiosa por allá... Pero en lo sustancial todo permanecía oscuro. Muchas horas después llegaban las preguntas de los telespectadores, seleccionadas por un hombrecillo que aparecía en un recuadro. Merino se llamaba, lo recuerdo ahora. (Y el presentador, cómo no, Balbín.) El programa terminaba a las dos o a las tres. Mi madre hacía tiempo que se había ido a la cama. Yo me acostaba y a veces intentaba recordar algo del debate. Se me había olvidado todo. Quedaba sólo esa música monótona: la voz extranjera, la traducción superpuesta en español; ambas grises, prometiendo algo que no llegaba nunca. (El conocimiento, una luz, un bienestar.)

En el tren de vuelta tuve suerte: pusieron Melinda y Melinda de Woody Allen. Luego picoteé en Los pensamientos del té de Guido Ceronetti. (En el viaje de ida empecé En solitario de James Salter, y el viernes por la mañana compré en Madrid el Spinoza de Alain.) De entre los pocos aforismos de Ceronetti que pude leer (el Ave no dio para más), me quedo con este: "Carece de importancia que una mujer sea la puerta 'del paraíso'. Lo realmente importante es que sea una puerta. La angustia es el muro".

22.9.08

Woody Rebecca Almodóvar

Paréntesis peninsular. En el barco vine leyendo Del Rif al Yebala, el libro de Lorenzo Silva sobre Marruecos. Al hilo de su viaje actual, bien contado, con fluidas descripciones y atinadas observaciones, Silva evoca momentos de la guerra del Rif y algunas otras escaramuzas históricas. El resultado es magnífico: al paisaje presente se le abre un desván, que es el pasado (lleno de juguetes polvorientos, que basta frotar un poco para que vuelvan a relucir de emoción y de sangre). Al relato le añade calidez el vínculo de Silva con Marruecos: su abuelo paterno participó en aquella guerra, y el materno vivió sus últimos años en Rabat (donde el autor tiene familia). Aunque el itinerario no pasa por Asilah, se cuenta la historia de un personaje relacionado con la ciudad: el extravagante pirata Raisuni, cuyo palacio domina la muralla que da al océano. En el libro he descubierto las dimensiones de la guerra del Rif, que ignoraba: ¡menuda escabechina! Y me he llevado una sorpresa al saber que el origen de los pueblos blancos andaluces no siempre está en las medinas marroquíes, sino que en muchos casos es al revés: fueron los andalusíes expulsados de España los que le dieron ese aspecto que nos resulta familiar. (A propósito, he encontrado aquí buenas fotos de la medina de Asilah.) El barco estaba casi vacío la semana pasada, pero se me olvidó contar algo del viaje anterior: un joven airado marroquí leía (¡con gesto airado!) a Nietzsche. Tendría dieciséis o diecisiete años e iba absorto en una traducción francesa de La genealogía de la moral, rodeado por su familia. Me pareció un espectáculo sublime. En fin, sabía que mi regreso a España me permitiría ver las últimas etapas de la Vuelta, con las tomas aéreas de Madrid (siempre tan nostálgicas) y el triunfo de Contador; pero me pilló de sorpresa que el viernes se estrenara la película de Woody Allen. Fue estupendo, porque así pude cumplir con mi costumbre anual de asistir a la primera sesión del día de estreno.

Esta vez fue en el multicines Larios, a las cuatro y media. Las tardes de otoño con Woody se las arreglan siempre para ser un poco melancólicas, por más que este año haya caído técnicamente en verano y a la salida me diese un paseo por la playa. Mi ritual se parece un poco al de Savater en Epsom: sólo que, en vez de caballos, voy a ver actores; y, en lugar del hipódromo (con su ineludible curva de Tattenham), rincones de ciudades que en otras ocasiones fueron Nueva York o Londres, y en ésta Oviedo y Barcelona. La película me parece que es mala, pero lo pasé muy bien. No sé si es que ya voy predispuesto absolutamente a favor... La analizo ahora y no se sostiene por ningún lado. Es risible y tópica en muchos aspectos. Contiene frases de vergüenza ajena. Y, sin embargo, funciona. Entretiene en todo momento, y emociona a ratos. Y es ligera y encantadora.

Es una película, curiosamente, muy almodovariana. La España de postal que sale, de colores nítidos y fuertes, es heredera de la España para extranjeros que saca Almodóvar (y que a mí, dicho sea de paso, me gusta). La banda sonora de guitarra también. Es más: el concierto en el patio nocturno es un calco del de Caetano Veloso con la dichosa canción del cucurrucucú. Y es Almodóvar puro la historia, con esas pasiones y ese trío... Aunque Allen aporta un mayor refinamiento, más capacidad para el matiz. La cosa tiene miga, en realidad. Porque, al mismo tiempo que contiene esa sofisticación neoyorquina, la película a veces remonta el curso almodovariano y desemboca en el landismo. Un landismo de macho hispánico exitoso, en que Javier Bardem aprovecha para recuperar su personaje de Jamón, jamón. Esto tiene una regocijante lectura en clave de política local. Al pobre Woody le ha colado el magnate Roures esa estolidez de que Vicky esté haciendo un máster "en identidad catalana" (sic). Los nacionalistas nunca son conscientes del ridículo que hacen. Pero en este caso, además del ridículo en sí de la denominación, se produce un ridículo argumental. En efecto: la chica que estudia "identidad catalana" es justo la más pizpireta y puritana, la de mentalidad más convencional. Eso, de partida. Porque, gracias al contacto con el macho hispánico (que no es catalán, sino asturiano), la chica descubre la pasión y salta, siquiera por una noche, las bardas de su moral burguesa. De este modo, Vicky Cristina Barcelona se convierte en una involuntaria actualización de Últimas tardes con Teresa, con Bardem de nuevo Pijoaparte (dándole un buen pollazo a la "identidad catalana").

Por último, los actores. Penélope Cruz, digan lo que digan los críticos, está horrenda (¡esa mujer se me ha atravesado ya irreversiblemente!). Bardem, por contra, está insuperable. Su único defecto, que es su voz, queda corregido en la versión doblada (¡que es la que hay que ver, digan lo que digan los críticos!). Scarlett Johansson está tiernísima, cada vez menos diosa y más mujer adorable y (¿será locura decirlo?) accesible. Patricia Clarkson da otra lección de interpretación, como en Elegy. Pero la gran sensación es Rebecca Hall: ¡qué maravilla! Cae mal al principio, pero poco a poco te va conquistando (quizá en la medida en que va desprendiéndosele la costra de su máster) y al final sale uno enamorado, del personaje y de la actriz. Esa es la diferencia con las películas de Almodóvar. Uno nunca sale enamoriscado de sus chicas: en mi caso, sólo me pasó con Leonor Watling en Hable con ella. Con Woody Allen, en cambio, sí. Quizá por eso las tardes con Woody terminan siempre melancólicas.

Por cierto, que he empezado a leer otro libro de James Salter, Anochecer, y el primer relato también está ambientado en Barcelona. Grande Salter: "Barcelona al amanecer. Los hoteles están a oscuras. Todas las grandes avenidas apuntan hacia el mar".

20.9.08

Antes del estreno

Soy un admirador de Jaime Rosales y he defendido fervientemente su cine. La primera vez, por cierto, en un entorno hostil: un pase de prensa de Las horas del día . Yo había asistido por acompañar a una amiga periodista, sin saber nada de la película. Pero me atrapó. Me conquistó su originalidad, su ritmo minucioso, su compleja sencillez, su cotidianidad rota por los crímenes, a los que sucedía de nuevo la cotidianidad... A la salida, los críticos se reían ramplonamente: “Que esto lo haga un francés, vale. ¡Pero un español!”. Frente a ellos, elogié al director. Me hizo gracia percibir cómo les desconcertaba un juicio contrario. La crítica no está acostumbrada a la crítica. Después les he leído a algunos elogiar también a Rosales, cuando la corriente selecta iba en esa dirección.

Tras Las horas del día, me deslumbró La soledad. Las declaraciones del director que he ido leyendo o escuchando acerca de su arte me han parecido a su vez sabias, exactas, profundas. Eran las palabras de un artista cerebral, sensato, que concibe el arte como una búsqueda expresiva arriesgada, encaminada a la emoción. Una actitud intachable. Por eso, cuando supe de su proyecto sobre el terrorismo etarra, di por descontado que era un paso valiente, una osadía más en su trayectoria: que iba a agarrar con limpieza (artística y moral) el sucio asunto. Ahora en cambio, sin haber visto la película, estoy empezando a temer que no vaya a ser así. El primer mal síntoma ha sido la selección de Tiro en la cabeza por el festival de cine de San Sebastián, un festival que tradicionalmente ha oscilado entre la ambigüedad y la cobardía ante el terrorismo. El segundo, una alarmante entrevista que escuché la otra tarde en la cadena Ser.

La entrevista la hizo Gemma Nierga en La ventana, y los invitados eran el director Jaime Rosales y el protagonista Ion Arretxe. El discurso de ambos, obviamente, era pacífico y humanista. No justificaban el terrorismo en absoluto. Lo condenaban. Pero en sus palabras ya se había introducido el virus. Por eso escribo esto. Hace ya mucho tiempo que la lucha contra el crimen viene siendo también un asunto de palabras. No se puede dejar pasar ni una: nos va la vida en ello.

Lo de menos es lo de exponer “el lado humano” del terrorista. Al fin y al cabo, en Las horas del día también se mostraba “el lado humano” del asesino psicópata. Pero resulta un poco mosqueante. Como es mosqueante el presentar la cuestión en términos de azar más o menos mecanicista: el desgraciado encuentro entre los guardias civiles y los terroristas, a raíz del cual éstos tuvieron que matar a los guardias civiles... con lo que también les sacude a ellos la tragedia, etcétera. Las dos cosas, como digo, son mosqueantes. Pero añado que estéticamente me parecen plausibles. Y estoy seguro de que el director lo habrá resuelto con dignidad. Para emitir un juicio definitivo, habrá que ver la película. Lo que no admite plazo es la crítica de ciertos elementos que aparecieron en la conversación. La sistemática referencia al “conflicto”, a “las dos partes” y toda esa parafernalia retórica que usan los cómodos conciliadores que no quieren ver que su amable conciliación está escorada hacia uno de los “dos lados”: el del crimen. La situación en el País Vasco es diáfana, tan diáfana que ciega a muchos: existe una ley (¡una ley democrática!) y existen delincuentes que la violan por medio del crimen, el secuestro, el chantaje, la coacción y la amenaza. Todo lo demás es retórica: retórica que favorece a los delincuentes. En un momento dado, Rosales dijo en la entrevista que confía que “el conflicto” se resuelva algún día, “porque yo tengo amigos en todos los partidos políticos, del PP, del PSOE, de HB, y al fin y al cabo a todos nos gusta tomar cañas”. Claro que sí, querido. ¿Pero quién demonios le amarga las cañas a quién en el País Vasco, mi vida? ¿Quién y sólo quién?

Gemma Nierga parecía regocijada con el discurso de Rosales: “Sabes que te van a llover las críticas desde ciertos sectores, ¿no?”. Él pensaba que no. Y yo espero que por la película, en efecto, no: pero porque no haya razón para ello. Para lo que dijo la otra tarde, en cambio, va a ser que sí: aquí le dejo mis gotas. Porque no se puede dejar pasar ni una: ni siquiera a los directores a los que admiramos. Nos va la vida en ello.

[Publicado en Nickjournal]

14.7.08

Bossa nova: felicidad sin fin

Buenas tardes. Estoy muy contento de presentar este libro en Barcelona, porque aquí fue donde vi por primera vez a João Gilberto, en uno de los dos conciertos que dio en el Grec en julio del año 2000. Seguro que algunos de ustedes también fueron a verlo entonces. Yo asistí a la primera de las dos veladas. Y, además de la emoción en sí del acontecimiento, aquella noche tuve el primer atisbo de la importancia de João Gilberto como guitarrista: algo que yo desconocía.

Yo soy un gran aficionado a la música brasileña, y he pasado muchas horas de emoción y de felicidad escuchándola. Pero carezco de conocimientos musicales, y mi percepción es algo tosca. Me voy enterando de los matices un poco por insistencia y un poco por azar. A quienes primero escuché fue a los artistas de la generación posterior a la de João Gilberto: Caetano Veloso, Chico Buarque, Gal Costa, Gilberto Gil... Pronto escuché también a João Gilberto, naturalmente, y me gustó, pero no lo tenía en el altar de ahora. Y tampoco era consciente de su importancia. Esto cambió con mi lectura del libro de Caetano Veloso, Verdade tropical. Ahí aprendí a valorar a João Gilberto como cantante, y como artista (artista sintetizador e innovador) en general. Poco después, con Noites tropicais, de Nelson Motta, me quedé fascinado con el João Gilberto personaje. Pero, quizá porque no lo resaltaban, o porque yo no me fijé en ello, seguí ignorando que la mayor originalidad de João Gilberto estaba en la guitarra.

A aquel primer concierto de Barcelona fui con la aprensión del que conoce los históricos desplantes de João Gilberto, que es una especie de Curro Romero de la música brasileña. Sabía que el artista podía no aparecer. Y que, aunque apareciera, podía interrumpir su actuación en cualquier momento, a la menor contrariedad. Elvira Lindo habló de una aprensión parecida en su artículo sobre el reciente concierto de João Gilberto en el Carnegie Hall. En Barcelona, João Gilberto empezó y, cuando iba por la mitad de la primera canción, alguien del público gritó: "¡Más fuerte la guitarra!". Yo me dije: "Ya está, aquí hemos terminado". Pero, ante mi sorpresa, João Gilberto miró al técnico de sonido y le dijo: "Mais forte! Mais forte!". Ahí me enteré de la relevancia que el artista le daba también a su instrumento.

Y eso es algo que queda claro en este libro. La búsqueda, y el hallazgo, por parte de João Gilberto de su famosa batida de guitarra es una de las historias que se cuentan en Bossa Nova. La historia y las historias. Que culmina, significativamente, en la exigencia que hace João Gilberto de dos micrófonos en la grabación de "Chega de saudade": uno para su voz y otro para su guitarra. Para su manera de cantar, "bajito", como se decía entonces, y con su original fraseo, tenía maestros, dentro y fuera de Brasil: Orlando Silva, Lúcio Alves, Dick Farney, Chet Baker, Frank Sinatra... Pero para su manera de tocar la guitarra sólo había precedentes en otros instrumentos: el piano de Johnny Alf y el acordeón de João Donato. João Gilberto hizo la gran síntesis de su tiempo. Y Ruy Castro, en su libro, ha hecho algo parecido: después de leerlo, recomponemos nuestro mapa de la bossa nova y de la música brasileña en general. Sabemos de dónde viene y dónde está cada elemento. Y sabemos también por qué obtuvo repercusión internacional, que es lo mismo que saber por qué nos hemos aficionado a la música brasileña en algún momento de nuestra vida, en Europa, y por qué estamos aquí esta tarde.

En Bossa Nova se describe muy bien en qué consiste un movimiento artístico. Desde el punto de vista de hoy, sorprende la resistencia con que se encontró al principio. Y sorprende que esta música que hoy nos suena tan natural, fuese tenida en su tiempo por extraña y "desafinada". En el libro se cuentan, además, muchísimas historias personales. La narración sigue dos grandes líneas: por un lado, la trayectoria de João Gilberto; por el otro, las trayectorias de los demás. Ruy Castro cuenta que, cuando empezó a trabajar en el libro, no sabía si el protagonista era João Gilberto o Antonio Carlos Jobim. Pero no tardó en descubrirlo: João Gilberto no sólo es el catalizador del movimiento, desde un punto de vista artístico, sino también la figura más original y atractiva. En Verdade tropical, Caetano Veloso dice algo interesante. Cuenta que los autores de "O astronauta", Pingarilho y Vasconcellos, le llevaron a él primero su canción; pero no vio nada de particular en ella y la dejó pasar. Tiempo después se quedó sorprendido, y maravillado, al escucharla en el disco João Gilberto en México. Según Caetano Veloso, João Gilberto no había transformado "O astronauta" en una obra maestra, sino que había sabido revelar la obra maestra que ya era. Pues bien, considero que eso mismo hizo João Gilberto con los músicos de su generación, y con muchos de los de la siguiente. Antonio Carlos Jobim, por ejemplo, ya había hecho cosas muy buenas. Estaba considerado "el Gershwin brasileño". Pero gracias a João Gilberto se convirtió en algo mejor que "el Gershwin brasileño": en Antonio Carlos Jobim. Jobim ya era grande, sin necesidad de João Gilberto; pero João Gilberto le permitió ser Jobim. Les ocurrió lo mismo a Roberto Menescal, Carlos Lyra, Ronaldo Bôscoli, Nara Leão... Y también a Caetano Veloso, Chico Buarque, Gilberto Gil... En las biografías de todos ellos hay un momento decisivo: aquel en el que escucharon por primera vez a João Gilberto, sobre todo su interpretación de "Chega de saudade". Maria Bethânia dijo una frase muy expresiva después de pasar una tarde ensayando junto a João Gilberto para la grabación que hicieron juntos en el disco Brasil: "Me fui presentada a mí misma".

En Bossa Nova están perfectamente consignados todos estos aspectos artísticos, entremezclados con anécdotas jugosas. Hay, además, un riguroso trabajo de investigación, gracias al cual quedan desmentidas o rectificadas algunas de las leyendas del movimiento. Por ejemplo: qué ocurrió realmente en el despacho de los directivos de la Odeon en São Paulo cuando les llegó el sencillo de "Chega de saudade"; o cómo y cuándo Vinicius de Moraes conoció a Jobim y a Baden Powell; o si fue realmente espontánea la intervención de Astrud Gilberto cantando "Garota de Ipanema" en inglés en el disco Getz/Gilberto... Ruy Castro tuvo el acierto de escribir la primera versión de este libro en 1990, cuando la mayoría de los protagonistas de la bossa nova estaban vivos y podían hablar. Su documentación, por lo tanto, es rigurosa y de primera mano. Gracias a ella, Ruy Castro resucita toda una época: la del Brasil (en especial, el Río de Janeiro) de las décadas de 1950 y 1960. Creo que el mejor modo de definir este libro es diciendo que es un vivaz reportaje de quinientas páginas.

Ruy Castro tiene dotes de narrador: "la historia y las historias" de Bossa Nova están contadas con mucha eficacia y con mucha gracia. Gracia en sus dos sentidos: talento y humor. Yo encontré el original brasileño, titulado Chega de saudade. A história e as histórias da Bossa Nova, en una librería de Río de Janeiro en 2001. Y su lectura ha sido una de las más placenteras de mi vida. Con pocos libros me lo he pasado mejor. Por eso, mi principal propósito como traductor ha sido el de que su lectura en español resulte tan placentera como en portugués. Para ello, además del trabajo con cada frase para que sonase lo más natural y fluida posible, me propuse que el libro no llevase ninguna nota al pie de página. Y así es: el libro va sin una sola de las famosas "N. del T.". Yo no asomo mi cabecita. Las aclaraciones imprescindibles están en el propio texto, entre paréntesis o entre corchetes, o en leves adiciones que no interrumpen la lectura. Por ejemplo, si en un determinado momento se habla en el original de "las válvulas de las Philco", yo he preferido no poner una "N. del T." indicando que Philco era una marca de aparatos de radio de la época, como averigüé (gracias, por cierto, a San Google), sino traducir directamente: "las válvulas de las radios Philco".

En este empeño por traducir en favor del, como decía Borges, "lector hedónico", he contado en todo momento con la ayuda y la complicidad de la editora de Turner, Pilar Álvarez, que antes que editora es una gran lectora. A ella además le corresponde el mérito de que el castellano cuente al fin con esta obra en su bibliografía, después de que ya existieran ediciones en inglés, alemán, italiano o japonés. Me gustaría mencionar un detalle curioso: la primera vez que vi a Pilar fue en un concierto en Madrid de la hija de João Gilberto, Bebel. O sea, que es como si la propia bossa nova hubiese estado conspirando desde el principio en favor de esta traducción...

Lo cual sería un signo más del carácter poderoso y feliz del movimiento. En la solapa del libro se dice que "la bossa nova es lo más parecido que hay a una 'sintonía de la felicidad', y su historia es también la historia de una felicidad". Y así es. Básicamente, es la historia de unos muchachos brasileños que en 1949 tienen como ídolos a determinados artistas norteamericanos, inalcanzables para ellos: Stan Kenton, Barney Kessel o Frank Sinatra... Y cómo, en el curso de poco más de una década, estos artistas están tocando las composiciones de aquellos muchachos, y actuando con ellos. Es, en suma, la historia de un amor correspondido. En la canción "A felicidade" se dice esto tan conocido de: "Tristeza não tem fim,/ felicidade sim". Y sí, quizá fuese cierto antes de la bossa nova, pero no después: porque, gracias a la bossa nova, la felicidad tampoco tiene fin. O, por lo menos, dura ya cincuenta años... El libro de Ruy Castro es también un libro feliz: por lo que cuenta y por cómo lo cuenta, es una máquina de producir felicidad. Y con esta edición hemos procurado ante todo que lo siga siendo. Muchas gracias.

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Presentación de Bossa Nova. La historia y las historias de Ruy Castro (Turner) en Casa Amèrica Catalunya. Barcelona, 9-VII-2008.

11.7.08

Bossa Nova y Duchamp



Nada más bajar del avión en Barcelona el miércoles, fui a la exposición Duchamp, Man Ray, Picabia, en el Museu Nacional d'Art de Catalunya (¿se darán cuenta alguna vez los nacionalistas de lo palurdos que resultan en determinados contextos?). La exposición fue un festín: no sólo estaba el Gran Vidrio (la copia supervisada de Hamilton), sino también un montón de obras de Duchamp que no me esperaba. Me emocioné ante sus cuadros Novia, El paso de virgen a novia y Dulcinea (especialmente el primero). Había más cuadros, y bastantes ready-mades, incluidos el urinario y la rueda de bicicleta, y la Monalisa bigotuda, y los rotorrelieves (girando), y la Boîte-en-valise, y algunos manuscritos, y muchas fotografías... La mayoría de éstas, naturalmente, de Man Ray. Por las que no eran sobre Duchamp y por sus cuadros y objetos, así como por los de Picabia, pasé volando: me gustaron, pero para mí no eran más que un (buen) acompañamiento de los de Duchamp. Sólo me detuve ante una pequeña fotografía de Ray en que aparece Lee Miller haciéndose una pompa de jabón encima de la teta: un pecho sutil de transparencia sobre el de carne, desnudo. En cuanto al Gran Vidrio: ¡glorioso! Impone respeto, y a la vez inspira levedad. ¡Qué obra más limpia y diáfana! En la exposición había dos rincones impotentes, pero aun así de agradecer por los duchampianos: una pequeña fotografía, ya que no podía estar el cuadro, del Desnudo bajando una escalera, y un remedo electrónico de Etant Donnés: sobre una pared se proyectaba la puerta, por cuyos dos agujeritos podía verse el maniquí. Precisamente hace unos días, revisando libretas viejas, me encontré una asociación que hice hace tiempo: el brazo de la chica que sostiene la lámpara traza una línea similar a la de la cuesta del ciclista ético (y la lámpara misma podría ser el sol que hay encima de la montaña). Me gustó, por cierto, que la exposición estuviera en un monte con tradición ciclística: Montjuïc. Desde allí, antes y después, estuve deleitándome con las fabulosas vistas de Barcelona. Y bajando luego la escalinata se produjo un momento duchampiano-landista. Me di la vuelta para mirarle el culo a una espectacular chica que subía, y entonces venía bajando otra al trote con sus dos tetas botando. No iba desnuda, ni lo necesitaba. Casi toco la cuarta dimensión.

Solté mi mochila en el hotel y fui al almuerzo con la facción barcelonesa del Nickjournal. Un encuentro la mar de agradable. Cuando nos despedimos, pasadas las cinco, me entró el miedo escénico y me fui a mi habitación a repasar mi intervención en Casa Amèrica (la presentación de Bossa Nova era a las siete). No temía quedarme en blanco, pero sí estar demasiado rígido, como me pasó la última vez que hablé en público (que conté aquí). Al final la cosa salió más o menos natural, aunque me dejé algunas cosas en el tintero. Sí dije lo esencial de lo que pretendía: que me alegraba que el acto fuese en Barcelona, porque en Barcelona fue donde vi por primera vez a João Gilberto; y que mi propósito al traducir el libro fue que en español resultara tan placentero de leer como en portugués. La presentación la hizo (muy bien) la editora de Turner, Pilar Álvarez, e intervino para concluir Alfredo Lorenzo, de Tangará. Éste nos dio un notición: que João Gilberto acaba de tener otro hijo, a sus setenta y siete años. João Gilberto y Duchamp: tienen más cosas en común de lo que pudiera parecer. El amor por la transparencia y la nitidez, por ejemplo. Su incansable insistencia en lo mismo, con sutiles variaciones. Y, sobre todo, que han sido dos artistas libres, siempre a su aire. Ahora, para mí, están unidos también por Barcelona.

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(1.9.12) El director del MNAC se da cuenta del palurdismo. Me ha llevado a la noticia este correo catalán de Arcadi Espada.

1.7.08

El antiopositor

Mi fiebre por Spinoza (caliente) tuvo un origen frío. Este año, a última hora, decidí presentarme a las oposiciones para profesor de instituto de Filosofía. (De vez en cuando me entra la tentación del sueldecito fijo.) Tenía poco tiempo y decidí estudiarme sólo a diez o doce autores. Empecé por Spinoza... y en él me quedé. Me apasioné y me he dedicado a leer sólo a Spinoza y sobre Spinoza (ahora estoy con la biografía de Steven Nadler: estupenda). Total, que llegó el día del examen, hace un par de domingos, y sólo me llevaba un tema preparado: el de Spinoza, que era el número 56. Su título: "El sujeto ético-político en Spinoza". Mi apuesta era límpida: Spinoza o nada. Rodó el bombito de bingo infantil que rige el destino de los opositores y no salió la bolita 56. Aun así, acaricié la idea de hablar de Spinoza. Al fin y al cabo, ¿por qué hablar de otros autores, si se puede hablar de Spinoza? Estoy seguro de que el tribunal filosófico, si de veras era filosófico, lo hubiera entendido a la perfección. Todo tribunal filosófico posible e imposible sabe que no hay que hablar de otros autores, si se puede hablar de Spinoza. Miré uno por uno a los miembros del tribunal y pensé endilgarles páginas y páginas sobre Spinoza, por más que no hubiera salido el tema de Spinoza. Como estrategia no era descabellada: en las calurosas y soporíferas horas de la corrección, ¡qué aire fresco les supondría encontrarse de pronto, entre los demás estólidos autores preguntados, un examen sobre Spinoza, aunque no hubiera sido preguntado! Pero me dije que con ello corría el serio peligro de aprobar, y yo no quería aprobar. No ahora, al menos. Así que entregué el examen en blanco y me fui. Para seguir leyendo a Spinoza.

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(27-VI-2018) Me dicen que en las oposiciones de 2018 ha caído Spinoza. ¡Con diez años de retraso!

12.6.08

Fórmulas de la longevidad

No sé si es que ahora se habla más de la longevidad, de las fórmulas para alcanzarla, o si yo estoy más pendiente de lo que se dice al respecto; pero el caso es que en este último mes he escuchado varias. La primera me la dijo Calonje: "Comer poco, dormir mucho y pasar frío". Luego leí la de Francisco Ayala (que tiene ya ciento dos años): "Un whisky y dos manzanas antes de acostarse" (hay la variante, más apetecible, de "dos whiskys y una manzana"). Y Arcadi Espada citó el sábado la del científico Reijo Pera: "Dieta, ejercicio y levantarse cada mañana con un propósito". Todas estas fórmulas parecen buenas, aunque da un poco de repelús lo del frío. Jünger, cuando aún no sospechaba que él mismo iba a llegar casi a los ciento tres, refirió en sus diarios de la Segunda Guerra Mundial la que le dijo en Francia un campesino centenario: "Una cagadita cada mañana, un polvete cada semana y una cogorza cada mes". Jünger le hizo el comentario cómplice de que una de esas tres cosas ya no la podría hacer, ¿no? A lo que el campesino respondió: "Ya, pero eso es porque ahora con la guerra no se encuentra aguardiente". Con el tiempo Jünger fue estableciendo su propia fórmula, que consistía, más o menos, en darse un baño de agua fría por la mañana y tomarse una copa de Burdeos por la tarde. Mi amigo Andújar se propuso una vez ser longevo con esa fórmula y lo primero que hizo fue comprarse una botella de Burdeos... que se bebió sin darse ni un solo baño frío. Aun así, le deseo larga vida. Como a mí. Como a todos. (Bueno, casi todos.)

[Publicado en El Malpensante]