1.6.09

Nuestro extraño amor

Después de la entrada en que hablé de los lectores que desdeñan mis brasileñismos, otros me dijeron que sí los apreciaban. Yo agradezco las visitas de unos y otros, pero ahora quisiera homenajear a los segundos: con "Nosso estranho amor", una de las canciones más hermosas de Caetano Veloso. Y con la traducción de su letra, que me solicitó Faustine:

No quiero sorber toda tu leche
ni quiero que te adornes con mi ser
sólo te pido que respetes
mi loco querer

No importa con quién te acuestes
que disfrutes con quien sea
sólo te pido que aceptes
mi extraño amor

Ah mamita! deja que lleguen los celos
deja que los celos pasen
y sigamos juntos
Ah negrita! déjame gustar de ti
más allá de mi corazón
no me digas nunca no

Tu cuerpo combina con mi gesto
hemos sido hechos el uno para el otro
no merece la pena dramatizar
sino lo que viene después

No vamos a ahondar en nuestros defectos
clavar en el pecho las uñas del rencor
peleemos, pero sólo por el derecho
a nuestro extraño amor.
Existe otra versión estupenda: la que hizo Marina con Caetano, aquí en vídeo tórrido (y cursilón). Y ahora he descubierto una reciente del propio Caetano para la película Romance: más profunda, releitura inédita.

20.5.09

Grados de tristeza

La otra tarde Curro me estuvo hablando, sentados en una terraza de la calle Alcazabilla, de su presión cerebral, de la presión de su pensamiento. "¿Por qué no escribes?", le sugerí. "El año pasado lo hice", me respondió. "Fue espantoso. No me sirve de nada. Sólo me salían frases bimembres y luego tenía que hacer de desratizador de mis propias frases bimembres. Me ponía a escribir, y sólo salían frases bimembres. Y a continuación tenía que dedicarme a exterminar mis propias frases bimembres. Era algo infecto, una locura." Hechizado por la palabra bimembre (¡una auténtica rata!), no me paré a considerar que en realidad estaba refiriéndose a oraciones con dos términos unidos por y, por los ejemplos que ponía. Nos enzarzamos entonces en hablar del pensamiento y la escritura. Curro decía que el ritmo de las frases escritas estropeaba el pensamiento y lo llevaba por otro camino; que era una lucha desagradable que no le compensaba. Recordé el poemita de Ricardo Reis: "Ponho na altiva mente o fixo esforço/ Da altura, e à sorte deixo,/ E as suas leis, o verso"; en que no había lucha, sino dominio del pensamiento, que tensa la sintaxis desde su cúspide y derrama, por decirlo así, el ritmo. Sobre la compensación, mencioné una idea mía de hace años. Que si yo, por ejemplo, tengo una tristeza de grado seis y logro expresarla, eso me produce una alegría de grado siete u ocho. Pero al repetirlo me di cuenta de que había dejado de ser así. He cambiado, se me ha acumulado experiencia: ya soy un adulto. Ahora, si tengo una tristeza de grado seis y logro expresarla, lo máximo que consigo es rebajarla un poco, y que pase a ser de grado tres o cuatro —quizá porque ahora la tristeza es mayor, o más seria, o de verdad. Pero no siempre está uno triste. Para Curro la imagen de la felicidad es Errol Flynn; y yo, aunque me gusta Errol Flynn, suelo meterme con Errol Flynn cuando estoy con Curro, para que haya controversia. Pero la otra tarde, cuando le quise expresar la alegría de escribir, le dije que es como si la página se convirtiese en uno de esos castillos de las películas de Errol Flynn, con espadachines hasta por las escaleras... A veces, sí, hay un espadachineo eléctrico. Y fuera está la vida.

11.5.09

Duchamp y los literatos



Me hace mucha gracia lo que cuenta Duchamp de Apollinaire –y de los "hombres de letras"– en sus Conversaciones con Cabanne (ed. Anagrama). Copio esto primero:

Cabanne: Apollinaire escribió que usted era el único pintor de la escuela moderna que se preocupa actualmente –lo dijo durante el otoño de 1912– del desnudo.
Duchamp: ¿Sabe una cosa? Apollinaire escribía lo que le pasaba por la cabeza. De todas formas me gusta lo que hizo porque carece del aspecto formal de ciertos críticos.
[...]
Cabanne: En esa época aparecen Los pintores cubistas de Apollinaire, donde se incluye esta sorprendende frase: "Tal vez le estará reservado a un artista tan carente de preocupaciones estéticas, tan lleno de energía como Marcel Duchamp reconciliar Arte y Pueblo".
Duchamp: Ya se lo he dicho: decía cualquier cosa. Nada podía impulsarle a escribir esa frase. Pongamos que algunas veces adivinó lo que yo iba a hacer, pero "reconciliar Arte y Pueblo" es una buena broma. Es algo típico de Apollinaire. En ese momento yo no era muy importante en el grupo y pensó: "Debo escribir algo sobre él, sobre su amistad con Picabia".Y escribió cualquier cosa; sin duda, en su forma de ver las cosas, era algo poético, pero en ello no había nada veraz ni de análisis correcto. Apollinaire tenía don de gentes, veía cosas, se imaginaba otras que están muy bien, pero ésa es una afirmación suya y no mía.
Pero lo mejor viene antes en el libro, y ahí se aprecia la actitud exacta que tenía Duchamp hacia los literatos (¡entre los que me incluyo, naturalmente!):
Cabanne: ¿Conoció usted a Apollinaire?
Duchamp: No mucho. Por otra parte, exceptuando a las personas que tenían más intimidad con él, era muy difícil conocerle. Era una mariposa. Si estaba con nosotros hablaba de cubismo y después, al día siguiente, leía a Victor Hugo en un salón. Lo divertido de los hombres de letras de esa época es que cuando uno los encontraba con otros dos hombres de letras no se podía pronunciar ni una palabra. Era toda una serie de fuegos artificiales, mentiras, todo ello insuperable, porque estaba dicho con un estilo que uno era incapaz de utilizar; así que uno se callaba. Un día fui con Picabia a comer con Max Jacob y Apollinaire. Fue algo increíble; nuestro espíritu dudaba entre la angustia y unas enormes ganas de estallar en carcajadas. Los dos seres vivían con la óptica de los hombres de letras de la época simbolista de la década de 1880.
A continuación, por cierto, se habla de la primera vez que expuso Duchamp, que fue en 1909: ¡hace ya cien años! Asumo mi situación: miro con desconfianza a los nocillas, mientras me refugio en lo que era novedad hace un siglo; pero eso es lo que hay (por el momento: mi actitud no es deliberada, ni programática; me limito a constatar). Una de las cosas más apabullantes que suele decirles Vicente Luis Mora a los que entran a gamberrear en su blog es: "¡Criticar es muy fácil! ¡Pero muestra tu discurso! ¿Dónde está tu discurso?". Yo participé algunas veces al principio, pero al encontrar esa frase (aunque no dirigida a mí) me quedé acojonado. ¿Cuál es mi discurso? ¿Dónde está mi discurso? Soy, me temo, una apollineriana mariposa –huyendo de Nabokov.

2.4.09

Amor pasión

No sé por qué le tengo tanto cariño a Hable con ella. Supongo que porque la vi en una buena época. ¿Cuándo se estrenó, en la primavera del 2002; en marzo o abril? Sí recuerdo que fue en los cines Princesa, el primer viernes a las cuatro de la tarde. Yo había ido solo pero a mi lado, cuando ya se habían apagado las luces, se sentó una chica con el pelo largo y rizado. No le vi la cara pero su melena olía a húmedo. En el primer chiste del guión ella soltó una carcajada. Nadie más lo hizo. Así que yo solté una carcajada de apoyo: artificiosa pero efectiva. Noté que a ella le gustó. Esa ha sido la relación más rápida (y feliz) que he tenido; en cuanto terminó la película me fui sin quererla mirar, porque yo entonces estaba enamorado de otra. Y la verdad es que ella, su melena, su manera de reír, me recordaba a la otra. (Mi carcajada de apoyo fue, en realidad, un homenaje a la otra: por protegerla de un cine en silencio mientras se reía; camuflar su risa, que era la buena, con otra risa, por que se pudiera reír a gusto.)

Hable con ella se me ha quedado como una historia, intensa, trágica, de amor pasión. Una de las últimas que se han rodado con esa limpieza. En consecuencia, es una de las que se tienen por más sucias. "Apología de la violación", se ha dicho. "El maricón follándose a la tía en coma". Puede ser. Sin duda, es un delito. Y el personaje que interpreta Javier Cámara, de hecho, acaba en la cárcel: lo cual está muy bien. Pero precisamente ese confín en el que se ve desterrado es la clave de su tragedia. Nadie le comprende. La soledad es el precio de su pasión. Su pluma, su apocamiento; su desamparo sin queja en el presidio... A mí me parece una historia desolada y hermosísima.

La película es, por otra parte, un compendio de los miedos y deseos de un homosexual con respecto a una mujer: el amor (el sexo) hacia el cuerpo inerte, sin resistencia, dócil, por un lado; y por otro, el regreso al útero materno por la vía más veloz y física, la vaginal, como ocurre en la fantasía del amante menguante (o "La giganta"). Alomodóvar hizo ahí un striptease espectacular. Todo es precioso y doloroso en la película. Quizá por eso ha sido tan detestada.

26.3.09

Moscas de Cadaqués

Terminado el sugerente Duchamp en España, de Pilar Parcerisas. La autora repasa la relación de Marcel Duchamp con España, pero centrándose (con acierto, porque hace que el libro gane profundidad y significación) en el comentario de las obras surgidas o culminadas aquí; sobre todo, With My Tongue in My Cheek, Sculpture-morte, Torture-morte, Étant donnés y la chimenea final (¡anaglifa!). Había olvidado que el Nu descendant un escalier se expuso en Barcelona en 1912; y me ha gustado recordarlo porque fue en Barcelona donde vi el verano pasado mi primera gran exposición sobre Duchamp (donde se encontraba casi todo, entre originales y copias certificadas, menos curiosamente ese desnudo). También me he enterado de que Duchamp pasó por Málaga en su viaje de 1929 junto a Katherine Dreier. De hecho, Málaga fue la primera población española que visitaron, procedentes de Gibraltar. Aquella vez estuvo también en Granada, Ronda, Sevilla, Toledo y Madrid. Regresó en 1933, a Cadaqués. Y en Cadaqués pasó con su esposa Teeny los últimos once veranos de su vida, de 1958 a 1968. Duchamp decía que venía a ser "un artista en la sombra", lo que incluía (muy duchampianamente) su sentido literal: "Permanezco en la sombra. Es maravilloso. Todo el mundo, por el contrario, toma el sol para broncearse; es algo que me horroriza". Es casi lo mismo que escribió Cioran durante su estancia en Ibiza en 1966: "He venido aquí por el sol, y no puedo soportar el sol. Todo el mundo está bronceado; yo debo mantenerme blanco, pálido". Duchamp sale en un par de fotos con un sombrero de ala anchísima y en otra aparece bajo una enorme sombrilla, que él mismo lleva al hombro. Es preciso dejar constancia de ello en una bitácora que está bajo la advocación de su aprendiz al sol.

Con el ciclista ético podría asociarse también Torture-morte, que ilustra esta entrada: la planta del pie es justo lo que pedalea. Ese pie es un molde del del propio Duchamp, que completó así el recorrido artístico-corporal empezado por su coronilla. Las moscas tienen un papel justamente estelar en este libro, al igual que Salvador Dalí. De éste se reproduce un pasaje genial de Je mange Gala [Me como a Gala], que evoca una excursión al Cabo de Creus con Gala y Duchamp en 1933. De aquella experiencia surgieron obras como Cisnes reflejando elefantes, en la que está Duchamp, al parecer orinando en las rocas de la izquierda. En cuanto a las moscas: para Dalí son "las musas del Mediterráneo que llevaban la inspiración a los filósofos griegos que pasaban las horas muertas, tumbados al sol, cubiertos de moscas". "En un pueblo como Cadaqués", escribe Luis Romero, "escaso de agua y abundante de pescado que se limpiaba a la orilla misma del mar o a la puerta de las casas, las moscas eran una presencia obsesionante". Y el biógrafo Tomkins: "El apartamento que ocuparon los Duchamp aquel primer verano se encontraba justo encima de un establo de burros. No tenía vistas al mar ni agua corriente, pero sí una cocina económica, colchones de paja y muchas moscas (de los burros), pero Teeny estaba encantada". De modo que Duchamp tomó las moscas y las puso en su obra (en su planta muerta): siempre cazando al vuelo.

15.3.09

Idus de marzo



Cuando terminé de ver Roma, hace unas semanas, releí la parte de la Historia de Roma de Indro Montanelli correspondiente al periodo que abarca la serie. Volví a maravillarme con el libro: ahí está todo. Ése es el verdadero "fin de la Historia" de Fukuyama: no hay nada más. Como mucho, repeticiones sofisticadas. Esta vez me fijé en la pincelada periodística de Montanelli. Tiene mucho efecto encontrar esa pincelada en el relato de un suceso de hace más de dos mil años. Así cuenta, por ejemplo, lo que pasó justo después del asesinato de César:

Cayó cosido a puñaladas al pie de la estatua de Pompeyo que él mismo había hecho colocar allí, y ante la que solía inclinarse al pasar. El golpe dejó asustados y vacilantes a los mismos que lo habían dado. Agitando el puñal ensangrentado, Bruto lanzó un retumbante vítor a Cicerón llamándolo "Padre de la Patria", e invitándole a pronunciar un discurso. Aterrado ante la idea de verse mezclado en aquel suceso y advirtiendo la inoportunidad de toda retórica, el gran abogado quedóse, por primera vez en su vida, sin habla. Marco Antonio entró en la sala, vio el cadáver tendido en el suelo y todos esperaron de él un estallido de ira vengadora. En cambio, el "fidelísimo" calló y salió silenciosamente. Fuera, la muchedumbre se apiñaba inquieta por la noticia que ya había comenzado a circular. Atemorizados, los conjurados se situaron en el portón y alguno de ellos trató de explicar lo ocurrido justificándolo como un triunfo de la libertad. Pero la palabra no ejercía ya ninguna fascinación sobre los romanos, que la acogieron con amenazadores murmullos. Los conjurados se retiraron, atrincherándose en el Capitolio y poniendo de guardia a sus esclavos armados; luego, mandaron un mensaje a Marco Antonio para que acudiese a sacarles del apuro.
Hay también finísimas observaciones psicológicas. Esto dice sobre César antes de la conspiración:
Tal vez en esta magnanimidad había también un poco de desprecio por los hombres: característica que casi siempre acompaña a la grandeza. Y tal vez en ese desprecio reside también la razón de su absoluta indiferencia por los peligros que le amenazaban. No podía ignorar que en torno a él se complotaba y que la generosidad es un estimulante, no un sedante, del odio. Pero no consideraba lo bastante valerosos a sus enemigos para atreverse.
De lo que no habla Montanelli es de esa sugerente secuencia en que una nodriza amamanta a César muerto (imágenes que capturé y he colgado arriba: la teta sobre el cadáver; la leche en la comisura.).

13.3.09

Anestesista Maeso

Hablando de multitudes, creo que fue el ministro Sebastián (o quizá haya que ir diciendo el pre-ex-ministro Sebastián) quien sugirió que con todas las estatuas de Franco que se están retirando podría montarse un ejército como el de los soldados chinos de terracota. Me parecería la mejor salida para el stock; y de paso el mejor monumento antifranquista posible: el dictador ridiculizado mediante su repetición ad nauseam. Quizá hasta podría patrocinarlo Naturhouse: un regimiento de gorditos camino de la dieta (¡del régimen!).

Pero la medida antifranquista más inquietante, por lo sutil, es la que han tomado en Sevilla. Resulta que a la calle José María Pemán le han puesto ahora calle Escritor José María Pemán. ¡Ahí ha habido un cerebro, alguien capaz de captar que la indicación del oficio del homenajeado supone una degradación! Al tiempo que se le homenajea, se transmite el mensaje de que nadie sabe, en realidad, quién diablos es. Hacer eso con alguien como Pemán, del que, aunque ya no se le lea, todavía se recuerda su profesión, es, literalmente, embalsamarlo en la plaquita... Pero cuando ni siquiera se sabe quién es el homenajeado, el efecto es atroz: ahí queda el cascarón, la carcasa del nombre, después de que su obra se haya perdido. De Málaga la calle que más me conmueve es Cómico Riquelme. Cada vez que puedo, paso por la calle Cómico Riquelme, que atravieso siempre aplastado por la melancolía: es una calle fea y la impregna una sombra de payaso triste y de penuria. Hay otra que conozco desde niño, la calle Compositor Lehnberg Ruiz, sin haber pensado jamás que, realmente, tales apellidos correspondían a uno que componía música. Por eso me sobresalté la otra tarde al escucharlos en Radio 2, donde emitieron una de sus composiciones (que no me pareció recordable). Al cabo, creo que sería más compasivo poner el nombre a secas: que el transeúnte sepa que fracasaste, pero no en qué.

En cambio otros sí deberían ir por siempre asociados a su oficio, como un baldón. Por ejemplo: calle Showman Milikito. O calle Caricato Wyoming. O calle Cantante Melódico Dyango. O calle Cantautor Víctor Manuel. O calle Rockero Mike Ríos. O calle Periodista Buruaga. O calle Superviviente Urdazi. O calle Intelectual De Toro. O calle Presentador Pepe Navarro. O calle Director de Cine Médem. O calle Escultor Lorenzo Quinn... Pero lo que más me gustaría sería una calle Anestesista Maeso. De hecho, debería haber en cada ciudad española una calle Anestesista Maeso. El Anestesista Maeso es, de hecho, el español más sintomático de nuestros días: un tristón panfilote que, por dejadez, por comodidad, por pereza, va y te mata. ¡Pido una calle Anestesista Maeso ya! ¡Hay que crear, una, mil calles Anestesista Maeso! ¡Que ninguna localidad española, por pequeña que sea, se quede sin su calle Anestesista Maeso! Y ya, de paso, que le erijan montones de estatuas (ecuestres o no), con vistas a retirarlas todas en el futuro y formar un ejército de Anestesistas Maesos de terracota... ¡El ejército de la muerte lacia!

3.3.09

Carácter es destino

Qué injusto fue Cernuda con quienes lo apreciaban. Y qué imprescindible fue esa injusticia. No por ella en sí, sino porque era el efecto de las tensiones del poeta. Y porque lo preservaba. (La amabilidad, muchas veces, se come al amable.) Después de escuchar el curso del profesor Philip W. Silver en la fundación Juan March, hojeo su estudio Luis Cernuda: el poeta en su leyenda. Al final viene un apéndice con "nueve cartas y una postal" de Cernuda al profesor (tesinando entonces). Todas responden a lo que expresó Gil de Biedma: "Aun más que en sus poemas, en las breves / cartas que me escribiera / se retrataba esa reserva suya / voluntariosa, y a la vez atenta". Menos la última, fechada el 13 de julio de 1962, que es descortés:

.....Muy señor mío:
.....Para autorizar la publicación de alguna traducción es necesario saber qué se va a traducir y en donde se va a publicar la traducción. Pero no se moleste en informarme de ambas cosas, porque no permito esa traducción ni publicación.
.....En modo alguno estoy dispuesto a tolerar que nadie se permita publicar de nuevo cosas viejas y estúpidas que yo no he recogido ni pienso recoger en libro. Eso se lo debía haber dicho su cacumen, si no su tacto y discreción.
.....Veo que su trabajo parece centrarse en snooping en torno al mío. No le felicito, ya que snooping es tarea bastante baja. Y además es, en este caso, de resultado pobre e incompleto.
Su vida imposible, sin embargo, le ha hecho perdurar. Qué por debajo quedan ya sus demás "compañeros de generación", con la excepción de Lorca. Sólo ellos dos fueron poetas necesarios. (Definición de necesario: o eso, o se morían.) En la biografía de Cernuda que salió el año pasado uno se quedaba helado con su soledad ontológica. Alberti aparece siempre con ganas de jarana, en plan tuno. Cernuda, ineludiblemente, esquinado y recluido. "No eches de menos un destino más fácil", se decía en un poema. A veces sí que se echa de menos ese destino más fácil. Pero no hay arreglo: carácter es destino.

6.2.09

Calefacción parcial

A veces me pregunto qué hubiéramos hecho sin Savater, qué hubiera sido de nosotros sin Savater. Ayer salí a pasear con lluvia y viento. El paraguas se volteaba. Estuve por la zona que arrasó el tornado la otra noche y observaba con prevención las vallas, los árboles, las cornisas. Al mismo tiempo, me encontraba en la confortable sala de la Fundación Juan March escuchando la conferencia que pronunció Savater el pasado 20 de enero: justo el día de la toma de posesión de Obama. Luego me subí al autobús, sin quitarme el shuffle. Y seguí escuchando por el litoral lluvioso. Es una conferencia memorable. Su tema: "El librepensador". Al final, tras un grato recorrido por Voltaire y compañía, habla de qué significa hoy, en España, ser librepensador. Básicamente, el frío absoluto. Cada uno de los dos grandes bloques de poder, con sus cohortes (cortesanas), le hiela el corazón al españolito del bloque contrario; pero se lo calienta al del suyo. Muchos se quejan coquetamente de frío mientras disfrutan de este sistema de calefacción parcial. Al librepensador, en cambio, le hielan el corazón las dos Españas. Aunque, bien pensado, también dispone de una estufita: la del regocijo que le produce contar con Savater.

21.1.09

El gozne del tiempo

La fotografía que ha puesto hoy el amigo Francisco Luna en su blog me ha recordado una especie de revelación (o, más modestamente, intuición) que tuve acerca de la esencia del tiempo, hace años. Me encontraba en la mediana de la carretera del paseo marítimo, esperando una remisión en el tráfico, para cruzar. Vigilaba los vehículos que venían hacia mí; pero con el mismo golpe de vista abarcaba los que se alejaban de mí. Estos son como el pasado, pensé. Pero entonces me di cuenta de que los que vienen son como el futuro. Nosotros no vamos hacia el futuro, sino que es el futuro el que viene hacia nosotros: lanzado a toda pastilla, a estrellarse. De esa colisión (de ese estallido) surge el relámpago del presente. Nosotros somos esa colisión: el gozne del tiempo. En nosotros (en cada uno) el tiempo gira y sale rebotado: el pasado es ese rebote. El tiempo no es una carretera por la que caminamos, delante de la cual está el futuro y detrás el pasado. No tenemos que mover la mirada para ver ambas dimensiones del tiempo. No vale, pues, la figura de Jano; ni la del ángel de Walter Benjamin. Mirando al frente vemos tanto el pasado como el futuro. El cosquilleo del instante es el del gozne.

6.1.09

Carbón

¡Ah, qué maravilla! ¡Qué regalo me he hecho sin querer esta mañana! Tuve la idea de buscar unas frases de Thomas Bernhard contra los niños, para bajarles los humos hoy a nuestros perversos polimorfos, eufóricos con sus juguetes, despiadadamente felices en las casas y en las calles, echarles unas paletadas de carbón a estos implacables neroncitos y caligulitas, y de pronto, picoteando en el libro, me ha invadido a mí también la felicidad. Me he carcajeado a tope y me he sentido resucitado, como quien dice; con la sangre a cien por el scalextric de mis venas. Lo gracioso es que los pasajes que buscaba (el que decía "una mujer piensa que ha tenido un niño, pero ha tenido un octogenario que va meándose por las esquinas" y el que terminaba con lo de "y al final siempre aparece el niño con el dibujito") no los he encontrado, porque deben de estar en el otro libro de conversaciones con Bernhard, el de Kurt Hofmann en Anagrama, que yo no tengo. Ha sido el repaso al que tengo, el de Krista Fleischmann en Tusquets (Thomas Bernhard. Un encuentro: la mejor introducción posible e imposible a Bernhard, como ya aconsejé en mis "Instrucciones para leer a Bernhard"), el que me ha alegrado la mañana de Reyes. Copio algunos fragmentos, ensartados en gozosa chorizada (habla Bernhard):

Yo mismo me río a veces con ganas, pienso, bueno, es para partirse de risa. Pero a veces es la gente la que, cuando yo me río a carcajadas —ya mientras escribo, o también luego, al leer las pruebas, me río a carcajadas—, encuentra que no hay motivo para reírse. La verdad es que no lo comprendo. Si se lee Helada, por ejemplo, ya desde el principio doy continuamente materia cómica. En realidad es, a cada instante, para soltar la carcajada. Pero no sé, ¿es que la gente no tiene sentido del humor o qué? No lo sé. A mí siempre me ha hecho reír, me hace reír todavía. Cuando me aburro o cuando, por alguna razón, atravieso un periodo trágico, abro un libro mío y eso es lo que más me hace reír. ¿O no comprende que ocurra así?... Eso no quiere decir que no haya escrito también frases serias, para unir las cómicas. Es el aglutinante. Lo serio es el aglutinante del programa cómico. Aunque, naturalmente, se puede decir también que se trata de un programa cómico-filosófico, que de algún modo inauguré hace veinte años, cuando empecé a escribir. [...] Todo es exageración, pero sin exageración no se puede decir nada, porque, sólo con que levante un poco la voz, en realidad se trata ya de una exageración; si no, ¿por qué la levanta? Cuando se dice algo, es ya una exageración. Aunque sólo se diga: no quiero exagerar, eso es ya una exageración. [...] Un día no se puede medir. Si uno mismo se siente como si sólo le quedara un día por vivir, le da completamente igual que alguien se lo diga, y entonces estará contento cuando el día haya terminado. Puede ser. Cuando duermo bien y me siento bien en la cama, no me irrito. Pero estar echado no es agradable ni sano, hay que levantarse enseguida porque si no, se tienen pensamientos estúpidos..., de carácter físico o espiritual, ¿no? Hay que saltar inmediatamente de la cama. [...] El dominio de sí mismo es algo muy hermoso, creo, algo muy importante. Porque si uno no se domina en absoluto, está perdido en cualquier caso, y eso viene a añadirse además. Si uno se deja llevar, está listo, como suele decirse, es lo mismo que un carro que va hacia el abismo sin conductor: es de prever que terminará destrozado. [...] Soy muy religioso, pero sin creer en nada. Eso es posible. La religión no está ligada necesariamente a una creencia. Eso sólo ocurre con las verdaderas religiones, que están patentadas. La asociación de religiones patentadas trabaja con creencias, pero yo no las necesito. No necesito que me registren con un número. Ése es el Dios fabricado con licencia, ¿no? Pero no tiene por qué ser así. [...] Bueno, la inteligencia no vale nada mientras no se convierte en palabra, porque inteligencia hay por todas partes. El mundo entero se ahoga casi de inteligencia. Pero la inteligencia sólo vale algo cuando se convierte en palabra, y más bien en palabra hablada, porque vive. [...] Con el calor tan agradable que hace en Palma. Lo que más sentido tiene aquí es el calor en noviembre, ¿no?, por eso vienen todos esos viejos. Yo también me siento viejísimo. Soy un escritor clásico, viejísimo, por eso vengo aquí..., a la cálida estufa del Mediterráneo. [...] Sí, porque el estilo del libro [Tala] es también un tanto excitado, musicalmente hablando; por razón del contenido no se escribe algo así con tranquilidad sino en un estado de cierta excitación. No se puede escribir eso con tranquilidad, como una prosa clásica, sino que, en cuanto se sienta uno, se siente ya excitado por la idea y, cuando empieza a escribir, el estilo lo excita ya a uno. Está escrito en un estilo excitado... [...] La excitación es un estado agradable, hace circular la sangre estancada, palpita, aviva y entonces hace libros. Sin excitación no hay nada, lo mismo da que se quede uno en la cama. En la cama (se ríe) es una diversión excitarse, ¿no?, y en un libro ocurre lo mismo. Escribir un libro es también una especie de acto sexual, mucho más cómodo que antes, cuando, naturalmente, se hacían esas cosas; mucho más agradable que irse a la cama con alguien. [...] Los niños son malvados, los seres más malvados que existen. El viejo, se dice, vuelve a ser niño; así pues, recobra la maldad de la niñez y tiene además la terrible maldad de la vejez, que es el mayor atractivo de las personas. Los viejos sin maldad son insoportables, lo mismo que los niños sin maldad. Un niño bueno es para estrangularlo y un viejo lo mismo. [...] Voy entrando lentamente en la maldad de la vejez. Ése es también el atractivo de mis libros, que sin duda serán cada vez más malvados. Espero vivir todavía algunos episodios. Quedan episodios todavía más importantes, que podría describir y que quiero describir. [...] Como soy curioso, y malvado, y, en el fondo, un trampero, sólo puedo aspirar a ser lo más viejo posible, y lo más malvado posible, y a escribir lo mejor posible. Pero eso no plantea ninguna dificultad, porque si se hace lo mismo durante treinta años, se vuelve uno siempre mejor. Es como los pianistas... como los violinistas no, porque se les debilita el brazo..., pero a un escritor no se le debilita por lo general el cerebro. [...] Los niños quieren tender trampas a todos, ¿no? En ese sentido sigo siendo niño, de manera que tiendo trampas y la gente cae en ellas a tientas y, si se quiere, eso es la gran juerga. ¿O es que conoce a alguien (se ríe) a quien no divierta eso, cuando puede y tiene ocasión? [...] Me gusta mucho vivir, no conozco a casi nadie a quien le guste vivir más que a mí y esté también tan lleno de maldad, de trampas, de falta de nobleza, y se alegre todos los días de vivir y desee a todos los demás que sean así también y que vivan. Pero si la gente no hace eso y se cubre con el manto de la hipocresía y de la falta de nobleza, es cosa suya. [...] Todo ser humano necesita mantos, porque si no, se muere de frío, y el mundo es una especie de invierno. [...] A mí me interesa escribir, hacerlo, que no se pierda y que me den un dinero. [...] Todo lo que se aprende tiene, naturalmente, una gran influencia en lo que se hace. También he estudiado comercio, y eso ha desempeñado siempre un gran papel. Y he aprendido también jardinería, y he aprendido a conducir camiones, de esa forma he conocido también a las personas. Así se cierra el famoso círculo, y entonces se escriben libros relativamente buenos... Yo no pertenezco a los escritores, y nunca me he sentido tampoco como tal. [...] Siempre he sido, en el fondo, un hombre real. Esa clase de escribiduría a la que usted se refiere, creación o como se llame, tiene poco que ver con la realidad y carece de todo valor. Eso se ve en cuanto se abren los libros. Se escriben casi exclusivamente cosas sin valor, por personas que están en alguna parte en una vivienda de protección oficial, tienen una pensión y allí están con sus pantuflas, y tienen sus ficheros y hacen libros como cosen las costureras. [...] Siempre he sido una persona libre, no tengo ninguna pensión y escribo mis libros de una forma totalmente natural, de acuerdo con el curso de mi vida, que le aseguro es distinto del curso de la vida de todas esas personas. Sólo quien es de veras independiente puede realmente, en el fondo, escribir bien. Porque cuando uno depende de lo que sea, se nota en cada una de sus frases. La dependencia paraliza cada frase que se escribe. Por eso no hay más que frases paralíticas, páginas paralíticas, libros paralíticos, sencillamente porque la gente es dependiente: una esposa, una familia, tres hijos, el divorcio, un Estado, una empresa, un seguro, el jefe. Ya pueden escribir lo que quieran, la dependencia se nota siempre, y por eso es malo, está paralizado, paralítico. [...] A los artistas hay que cerrarles y prohibirles por completo las puertas que quieran atravesar. No se les debe dar nada, sino ponerlos en la calle. Eso no se hace, y por eso hay aquí un arte malo y una literatura mala. [...] ¡Ningún patrocinio de las actividades artísticas! Todo tiene que mantenerse por sí mismo. Tampoco se debe subvencionar a las grandes instituciones. Hay que seguir el principio mercantil de "devora o muere". Por eso aquí todo lo cultural está destruido, porque se subvenciona todo. Por muy grande que sea la idiotez que uno haga, le lloverán las subvenciones y lo echarán a perder. [...] Eso es lo bello de mis libros, que no se describe en absoluto lo bello, y por eso surge por sí mismo. Y, en el caso de los que sólo describen cosas bellas, los libros son todos feos y horribles. Así veo yo la literatura. [...] Habría que suprimirlo todo, toda subvención. Cada uno debe hacer lo que pueda y dejar en paz al Estado. Hay que suprimir las ayudas. Lo que no funciona, no funciona. La gente sólo se vuelve perezosa y débil si se le da algo. Si tienen que trabajárselo, entonces son fuertes. Es como los músculos, se aflojan por completo. [...] Lo deliberado nunca acierta. Podría ser un proverbio de Angelus Silesius: "No te detengas, vengas de donde vengas". "Lo deliberado nunca acierta." Lo mejor es no querer nada y hacer algo para sí mismo, en lo posible. Cuando se hace algo para los otros, se trata de una hipocresía o de un momento de debilidad. [...] El mundo consiste en golpear. Si alguna vez, en algún sitio, no se golpea, uno se convierte en partículas de polvo y ya no está allí. Y precisamente los que hablan siempre de que hay que tener consideración y no hacer nada son los que golpean con especial placer. Desde luego, por atrás. Esa gente tiene un gigantesco martillo, pero detrás del telón. Por delante pone un rostro amable, y por detrás golpea. [...] El que existe tiene que golpear en algún momento. Hay que defenderse ya de niño. Te lanzan al cochecito algún juguete y, si no se los tiras a la cara con suficiente frecuencia a tu madre o tu padre, a las personas que te molestan, ya de niño de hundes, te vuelves raquítico y se acabó. Eso lo conservamos como método. [...] Siempre me alegra cuando me golpean, porque entonces puedo devolver triplicados los golpes, y eso lo hace a uno fuerte. Si no, los músculos desaparecerían por completo. [...] Continuamente hay cosas que me chocan. Lea mis libros: son una colección de millones de choques. Se trata de alinear no sólo frases sino choques recibidos. Un libro debe ser un choque, un choque que no puede verse por fuera. [...] Si uno piensa que escribe un libro, y que escribe un libro sólo para sí, y que luego lo leerá su abuela y su abuelo y algún estúpido germanista, eso resulta demasiado poco. Irradiar y no sólo al mundo entero, sino universalmente. Cada palabra es un acierto, cada capítulo una acusación al mundo y todo junto una revolución mundial total hasta la extinción total. Pero ¿qué quiere decir extinción? Renacimiento de lo nuevo. Eso lo sabe usted. Donde hay un fin, como se dice siempre, hay también un principio. [...] Lo áspero y lo severo me han resultado siempre agradables. Siempre me ha gustado tener a mi alrededor personas ásperas y severas. Para que contrastaran conmigo, porque yo he sido siempre cualquier cosa menos áspero y severo. Siempre hay que ir a donde hay un contraste. Yo soy más bien ligero y natural, superficial la mayor parte del tiempo, porque si no, no aguantaría, o casi siempre superficial, aunque a veces se vea uno forzado a la profundidad, pero no hay que preocuparse.

31.12.08

El desastre anual

Alcazarquivir.— Alcazarquivir es el nombre de una derrota, el final de un periplo que empezó en Arcila: desaparecieron el capitán Aldana y el rey don Sebastián; comenzó el sebastianismo. También algo de mí ha desaparecido allí. Marruecos y los fracasos personales. El de Rick, en Casablanca, también. (Estos días se ha estrenado una película sobre los bajos fondos de esa ciudad: Casanegra.) El desastre de Annual: el desastre anual. (Aunque estoy contento: he perdido brillo, y quizá también brío; pero me he aquilatado, he quemado hojarasca —y le he quitado polvo a mi brújula.)

Otra estación.— Volví a Asilah el viernes 26, tres meses después de lo que pensaba al partir. Dejé la ciudad a finales del verano y la reencontré a principios del invierno. Me perdí el otoño, pero detecté sus signos: el apartamento olía a humedad (más fuerte en el cuarto, por las mantas), los palillos de tender estaban herrumbrosos, la miel de Agadir se había cuajado; las fachadas atlánticas de la medina se habían vuelto sucias, con chorreones amarillentos (entendí que las encalan cada primavera); la puesta de sol ya no podía verse desde la muralla, sino que tenía lugar más al sudoeste (estos días la esperé desde el baluarte y el malecón, pero siempre hubo nubes totales o parciales).

Los días no fumados.— Pero la huella más palpable de estos meses se encontraba en mis puritos: los de la caja que me había dejado empezada estaban como mojados, fríos, blanduzcos. Esos puritos, y los de las cajas sin abrir, iban a servirme para contabilizar mis jornadas en Asilah. Eran, pues, literalmente, el cadáver del tiempo que no pasé allí: las momias de mis días no fumados. (Me los voy fumando ahora y tienen sabor a destiempo: insípidos aunque con un regusto rancio; pero arden con gloria, aliviados de ser al fin brasa y humo, ceniza.)

Beneficios morales de la barba.—. Antes de partir pensé afeitarme la barba que me he ido dejando crecer por indolencia. Pero mi hermana me dijo que entre los musulmanes la barba es indicio de nobleza y bondad. Así que viajé con ella, por aprovecharme de sus ventajas morales. No sé si ha sido por la barba o porque ya me conocían del verano, pero el caso es que los dueños de las terrazas que más frecuentaba (las de Al Manar y el café de la Medina) se han estado sentando conmigo estos días a charlar. Ha sido muy agradable y he descubierto que al final sí hubiera hecho amigos allí. La noche del sábado fue la mejor. En mi mesa de Al Manar estaban el dueño y un camarero y fueron agregándose conocidos de ellos que pasaban. Al final me vi en medio de un grupo de siete u ocho marroquíes hablándose en árabe (con el dueño y el camarero dirigiéndome alguna que otra frase en español), yo allí con mi té y mi barba moral.

Oro puro.—. En este viaje he recurrido por primera vez en mi vida a los servicios de dos personajes arquetípicos: un limpiabotas y un porteador. Los dos resultaron ser maestros en su oficio. Lo del limpiabotas empezó por la palabra portuguesa que lo designa: engraxate. Me la había encontrado recientemente en un texto y no recordaba su significado. Me vino en Asilah, al verlo. Eso hizo que me fijara en él. En la terraza del café de la Medina le estaba limpiando los zapatos, con virtuosismo de violinista, a un francés. Mientras lo hacía miró mis pies, vio que conmigo no había nada que hacer, porque llevaba zapatillas deportivas, y se encogió de hombros con una sonrisa. Cuando terminó con el francés, se ofreció a la mujer que lo acompañaba, una dama bastante atractiva, con algo de Simone de Beauvoir, que llevaba (me fijé entonces) unos elegantes zapatos de tacón. Contuve el aliento, porque estaba a punto de producirse una escena de alta temperatura erótica (me acordé de mi amigo Losada, al que enamoran estos fetichismos), pero la francesa dijo non. Al día siguiente salí con mis zapatos de cuero negro, por si me volvía a encontrar al limpiabotas. Así fue. Me reconoció, se le iluminaron los ojillos al ver mi calzado, le dije que sí y asistí a su interpretación con una sonrisa maravillada. Todos sus movimientos eran precisos y estaban tocados por la gracia. Me acordé, mientras lo observaba, de la Señora Gorda de Salinger. Pensé también que un limpiabotas ha de ser bajito y ágil, como un jockey. Los zapatos quedaron perfectos. Duraron poco así, porque una hora después cayó un chaparrón que me los dejó embarrados: pero durante esa hora yo fui el individuo con los zapatos más limpios y relucientes del mundo. Al porteador lo contraté ayer, en el viaje de regreso. Se me acercó en cuanto bajé del taxi en el puerto de Tánger y tuve suerte: era el mejor. Su aspecto me recordaba al de uno de los forzudos de la banda de Robin Hood: el hombretón fuerte y noble de las historias de aventuras. Cargó mis bultos en su carretilla y los llevó en volandas hasta el muelle, subiendo y bajando rampas, recorriendo centenares de metros. Los descargó en el puesto 4, pero había una duda: el ferry podía atracar también en el 5, que estaba doscientos metros más allá. Faltaba una hora para que llegase, pero me aseguró que, si atracaba en el 5, volvería. Aunque yo ya le había pagado, le creí. Podía percibirse que a ese hombre le resultaba orgánicamente imposible la traición. Pasó la hora. El ferry se acercaba al puesto 5. Miré al muelle, y por allí venía corriendo con su carretilla el porteador. Me emocionó su nobleza: esa sustancia humana (oro puro) que escasea en los hombres, pero que justifica la especie.

Últimas lecturas del año.— Mis lecturas de Asilah han sido las últimas de este año. El único libro (librito) que he leído entero ha sido Nostalgia del Absoluto de George Steiner. Pero además he estado picoteando en El mundo de ayer de Stefan Zweig, Del inconveniente de haber nacido de Cioran y las odas de Ricardo Reis. Éstas las venía repasando desde principios de diciembre. Otras lecturas del mes: Dos mujeres en Praga de Juan José Millás (flojita, hecha sólo con los tics del autor), Ya sólo habla de amor de Ray Loriga (un bodrio), En Grand Central Station me senté y lloré de Elizabeth Smart (una joyita, que me mandó Cristina en fotocopias) y Ellas solas de Virginia Nicholson. Éste es un libro (editado por Turner) magnífico y tristísimo: uno de los más tristes que he leído en mi vida. Habla de las solteronas británicas de entreguerras y lo peor es que he debido de hacer una lectura adolescente (según la clasificación de Bértolo) porque mi identificación ha sido total: ¡yo soy una de esas solteronas! Me imagino los titulares: “Atleta Sexual es una solterona británica”. En fin. Pero esta noche, antes de las uvas y los cohetes, todavía leeré algunas páginas de un libro en el que me vengo deleitando desde hace tiempo: O óbvio ululante del inimitable Nelson Rodrigues, una recopilación de artículos memorialísticos publicados en Brasil entre 1966 y 1967, escritos con precisión, soltura, encanto y una pasmosa originalidad. La voz ideal para despedir el año.