13.9.09

Vampirización

Acabó mi verano heladero. ¡Ah esta vida de Bridget Jones masculino! Pero ojo: mi panza es metafísica. Crece cuando me atosigan las angustias o veo abrirse socavones en el suelo del ser. Yo no he tomado un ansiolítico en mi vida; sólo uso la anestesia del alcohol y las grasas. Me abochorna mi perfil combo, pero al mismo tiempo lo asumo con orgullo, porque sé a qué se debe. Del mismo modo que Cervantes presumía de no haber perdido su brazo en pendencias, sino "en la más alta ocasión que vieron los siglos", yo proclamo que mi sobrepeso fue ganado en un Lepanto existencial. Cuando me vean gordito, amigos, es que estoy heideggeriano.

Los kioscos son por lo tanto, para mí, cabinas de restauración filosófica. Allí se expende el bálsamo que me ayuda a sobrellevar las tardes. Para mí, todo kiosquero es Boecio, y Boecio le llamo. "Boecio, déme un drácula", le digo; aunque sea mujer la vendedora. Y Boecio me sirve. La consolación de los helados. Mucho tiempo he estado dándole al cornetto de vainilla, pero el año pasado me pasé al drácula (sólo consumo Frigo, lo demás lo desprecio). El drácula, que tomábamos de niños (recuerdo el primer anuncio: "¿la contraseña?", "¡de fresa y cola!") y largo tiempo desdeñamos. El verano pasado volvió, y éste se ha hecho indispensable. Setenta y cinco centimitos de nada. ¿Cuántos me habré tomado? Lo que sé es que el de hoy ha sido el último. Este otoño caerán las hojas, pero también las lorzas. Pienso llegar al turrón hecho un figurín. (¡Y atiborrarme entonces de turrón!)

Lo del drácula, por cierto, me ha supuesto estar, sin querer, a la moda vampírica. Y aquí quería yo llegar, pedantescamente. Porque hoy, tomándome mi último drácula, me he acordado de una modalidad de vampirización que caracterizaba Eugenio Trías en Meditación sobre el poder, capítulo séptimo:

Sucede con frecuencia que el artista se halla tiranizado por su propia creación, que termina convirtiéndose, al igual que muchos hijos con sus padres, en vampiro que absorbe todas las energías, toda la esencia y la sustancia, toda el alma del propio creador. En la modernidad, por razón del imperio del Capital, el artista, aun inconscientemente, tiende a reproducir en su interior esa alucinante figura del vampiro, convirtiéndose en alma plenamente "entregada" a su propia obra, en la que cifra de modo absoluto y tiránico su Identidad. Y ello sucede por razón de la hipoteca que deriva de toda búsqueda de Identidad.
.....De hecho, la relación del creador con su obra es en esencia (o "debería ser") de asistencia. Igualmente la de la obra con el creador. Ya que uno y otro son seres realmente distintos, sólo que en estrecha relación. Cuando la obra seduce al creador, éste termina por recrear su propia vida a imagen y semejanza de aquélla, constituyéndose muchas veces en eso que asimilamos a la figura, a veces un tanto ridícula, del artista romántico.
Me lo aplico cagando leches (¡desnatadas!). Porque hace ya la tira que estoy hecho todo un personaje...

13.6.09

Corrección del corrector

Lo que escribí la semana pasada sobre el 11-M no me dejó satisfecho ("¡son sólo pespuntes!", me recriminó Curro, con razón); pero al menos vale como atisbo de la complejidad de lo que sucedió entonces: la poza de infamias cruzadas que se acopló sobre la masacre. No es nada nuevo, por lo demás, ni soy el primero que lo dice: por fortuna, junto con las respectivas visiones sectarias, que son las que han abundado, ha persistido un hilillo de sensatez, nutrido por las reflexiones de los observadores imparciales, o que al menos han intentado serlo. Yo pensaba que una novela como El corrector, de Ricardo Menéndez Salmón, escrita con distancia y supongo que con un propósito de amplitud de miras, estaría en este último grupo. Me equivoqué. El corrector es una obra obtusamente parcial, tendenciosa, manipuladora. Como su tema central es justo ése —la parcialidad, la tendenciosidad, la manipulación—, constituye en sí misma un espectacular equívoco: es un ejemplo flagrante de lo que denuncia. Pese a ello, aún le quedaba una oportunidad artística: la de ser deliberadamente un artefacto autorrefutante, concebido para dejar en evidencia al lector. Algo que, por cierto, posibilitaban las citas de Thomas Bernhard que abren y cierran el volumen. Pero las declaraciones de Salmón, en las que ha hecho suyo el discurso político del narrador de su novela, han desbaratado tal salida. El corrector sigue siendo un artefacto autorrefutante: pero con Salmón dentro.

Me sorprende que esté pasando por ser una novela valiente. A mí me ha parecido cobarde y adocenada: cobarde por adocenada. Es decir, creo que es cobarde no porque el autor haya carecido de valor, sino porque ha sido incapaz de mirar la realidad con limpieza y con hondura. Su libro se ajusta, con docilidad pasmosa, a una de las dos versiones ya catalogadas: exactamente, a la del Gobierno actual. Esto no le impide emitir frases tan campanudas como: "Un gran libro es siempre una mala noticia para el poder". (Por supuesto, el poder son los otros.) Las consideraciones generales que contiene el libro no están mal, sobre todo las referidas a la literatura y al amor. Pecan de cierto engolamiento para mi gusto, pero tienen dignidad artística. Ahora bien, las concreciones políticas son infectas. Para empezar, los asesinos apenas aparecen, y cuando lo hacen es de un modo muy difuso. El gran malo de la historia, el gran culpable, es Aznar (lo que regocijó a Rioyo). A los socialistas, ni se les menciona: no aparece ninguno en la novela. Tampoco se dice (incomprensiblemente) que los atentados ocurrieron tres días antes de las elecciones. Y hay un momento particularmente abyecto, en el que el narrador confiesa sentir "alivio" de que la causante no haya sido ETA. El relato del corrector flota en un estólido magma de irrealidad, prejuicios ideológicos, sufrimiento falso (vanidoso, estético) y autocomplacencia moral. Sin duda, hay que leer El corrector: es una de esas obras (escasean, no se crean) que resultan instructivas por lo malo.

6.6.09

Busquen el limón

Daba melancolía pensar que David Carradine tuvo un suicidio melancólico en un cuarto de hotel de Bangkok. Saber que se ha tratado de un "accidente sexual" nos alivia y nos salva. Precisamente acababa de ver yo un episodio de A dos metros bajo tierra (el séptimo de la segunda temporada) que empieza con una muerte similar. El personaje, un ejecutivo, mete el cuello en un cinturón atado a un aparato de gimnasia, pone una película porno y empieza a masturbarse. Antes, se había colocado en la boca una rodaja de limón, que en el curso del pajote se le cae. Luego nos enteramos de que eso fue fatal: cuando le llega la asfixia orgásmica, el sujeto debe morder el limón para volver en sí. Por eso le recomiendo a la policía tailandesa (y espero que no se ofendan sus oídos orientales): ¡busquen el limón!

También me he quedado pensando en qué accidente sexual podría acabar con mi vida. Tras un repaso pormenorizado, he concluido que, hoy por hoy, sólo uno: morir aplastado en un sesenta y nueve.

¡Y he evocado al Kung Fu de mi infancia, por supuesto! ¿Cómo no? Aquellos planos polvorientos, de seres solitarios y (¡sí!) melancólicos... En la barbería del barrio, puesto que el barbero más joven le llamaba al mayor "maestro", mi padre y yo nos referíamos a él como "el pequeño saltamontes"; volvíamos a casa y mi madre nos preguntaba "¿hoy quién os ha pelado, el maestro o el pequeño saltamontes?". Sí, Kung Fu vagando, forastero perpetuo (aquella palabra: forastero); y los extraños recuerdos de su juventud shaolín. En un capítulo (supongo que el primero, donde recibe el apodo) van por el campo y el maestro le pide que se detenga. "Vas a pisar un saltamontes". Kung Fu mira y, en efecto, había un saltamontes.
.....—Maestro, ¿cómo lo sabía, si no puede verlo?
.....—Lo he oído.
.....—Pero maestro, ¿cómo ha podido oírlo?
.....—Y tú, ¿cómo has podido no oírlo?
Oh sí, la policía tailandesa tiene que encontrar un limón. No puede no encontrar un limón. Señores agentes de la policía tailandesa: David Carradine no quiso suicidarse; ¿cómo pueden no ver el limón?

* * *
(11-VI) Una expresión más jugosa aún que "accidente sexual": "accidente masturbatorio".

5.6.09

Asimetrías y simetrías del 11-M


Ilustraciones: Errabundo

La idea de este artículo (que expondré sin desarrollo: en sus alambres) se me ocurrió hace meses. Entonces el 11-M había desaparecido de las portadas; ahora vuelve a ellas. Me da igual, porque no voy a hablar del atentado, sino de lo que pasó después: un después que abarcó toda la legislatura siguiente y se prolonga hasta nuestros días. La política española está empuercada, y en buena medida se debe a aquel nefasto momento inaugural. La masacre puso en evidencia el sectarismo ramplón en que llevábamos ya bastante tiempo instalados: cuando la Izquierda y la Derecha debieron dar lo mejor, lo que hicieron fue dar lo peor. Aquellas bombas también reventaron los disimulos: desde entonces la Izquierda y la Derecha van con las tripas fuera, atufando. (Empleo Izquierda y Derecha como términos alegóricos: entiéndase por ellos a los dos grandes polos políticos del país, compuestos por sus respectivos partidos, medios periodísticos afines y electorado devoto.)

Mi tesis (¡mi hipótesis!) es que lo ocurrido a partir del 11-M estuvo gobernado por una suerte de “demonio estructural”. Como en las viejas teorías estructuralistas, fue la “dinámica de la estructura” lo que imperó sobre los individuos y lo que, de algún modo, les dictó sus conductas. No por ello dejaron de ser inicuos. Hay un verso de José Moreno Villa que considero de perfecta aplicación para el caso: “He descubierto en la simetría la raíz de mucha iniquidad”.

Hasta el momento del atentado, la situación era de un equilibrio tenso: polarizada, pero sin que se sobrepasaran ciertos límites. El atentado destruyó ese equilibrio. El hecho de que se produjese a tres días de las elecciones lo cargó de significado político. Se sabía qué beneficiaba electoralmente a cada cual: a la Derecha, que la culpable hubiera sido ETA; a la Izquierda, que el terrorismo islamista. Cada una de estas opciones iba asociada, sórdida metáfora, a un explosivo: Titadine o Goma 2 Eco. Por decirlo con crudeza: la Derecha quería que hubiera sido Titadine; la Izquierda, que Goma 2 Eco. Reconocido eso, pudieron haberse comportado con nobleza y haberse estado quietas. No fue así: cada una hizo lo que pudo por imponer, marrulleramente, la opción que le beneficiaba.

Aquí se rompe la simetría. Debido a la diferente posición de cada una, la Derecha y la Izquierda tenían un modo diferente de maniobrar en favor de sus opciones. A la Derecha, en el poder y con responsabilidades institucionales, prácticamente lo único que le cabía era manejar la información. Y lo hizo en tanto le fue posible. A la Izquierda, en la oposición, la acción que le cabía era más potente, y también más sucia. Consistía en responsabilizar del atentado a la Derecha: en llamarla, como se hizo explícitamente, asesina. El mensaje caló. Y la Izquierda ganó las elecciones.

La nueva legislatura se inició, pues, con una asimetría brutal. Con la Izquierda en el poder, a raíz de una jugada sucia; y con la Derecha fuera del poder, y acusada de asesina. Creo que la legislatura 2004-2008 se comprende bien si se la observa bajo este prisma: su eje fueron los movimientos estructurales por la restauración de la simetría.

Desde la Derecha, por medio de la llamada teoría conspiranoica. Los conspiranoicos no lo dicen explícitamente, pero lo insinúan; yo no soy político ni periodista, así que puedo verbalizar lo que se calla tras las insinuaciones: que la que estuvo detrás del atentado fue la Izquierda. De este modo la Derecha pretende restablecer la simetría: devolviéndole a la Izquierda la acusación de asesina. (Como anotación al margen, merece la pena observar la significativa inversión que se da de la hegeliana “lucha a muerte”: aquí la autoafirmación no se busca mediante el asesinato del rival, sino mediante la acusación de que el rival es un asesino.)

Desde la Izquierda, la simetría se intenta restablecer, paradójicamente, por medio de una huida hacia delante. La legitimidad del poder de la Izquierda dependía, en último extremo, de la perversidad de la Derecha. Por eso durante toda la legislatura se insistió sin respiro en ello. La demonización de la Derecha, su aislamiento y exclusión, fue el modo que la Izquierda tuvo para saldar su propia asimetría.

1.6.09

Nuestro extraño amor

Después de la entrada en que hablé de los lectores que desdeñan mis brasileñismos, otros me dijeron que sí los apreciaban. Yo agradezco las visitas de unos y otros, pero ahora quisiera homenajear a los segundos: con "Nosso estranho amor", una de las canciones más hermosas de Caetano Veloso. Y con la traducción de su letra, que me solicitó Faustine:

No quiero sorber toda tu leche
ni quiero que te adornes con mi ser
sólo te pido que respetes
mi loco querer

No importa con quién te acuestes
que disfrutes con quien sea
sólo te pido que aceptes
mi extraño amor

Ah mamita! deja que lleguen los celos
deja que los celos pasen
y sigamos juntos
Ah negrita! déjame gustar de ti
más allá de mi corazón
no me digas nunca no

Tu cuerpo combina con mi gesto
hemos sido hechos el uno para el otro
no merece la pena dramatizar
sino lo que viene después

No vamos a ahondar en nuestros defectos
clavar en el pecho las uñas del rencor
peleemos, pero sólo por el derecho
a nuestro extraño amor.
Existe otra versión estupenda: la que hizo Marina con Caetano, aquí en vídeo tórrido (y cursilón). Y ahora he descubierto una reciente del propio Caetano para la película Romance: más profunda, releitura inédita.

20.5.09

Grados de tristeza

La otra tarde Curro me estuvo hablando, sentados en una terraza de la calle Alcazabilla, de su presión cerebral, de la presión de su pensamiento. "¿Por qué no escribes?", le sugerí. "El año pasado lo hice", me respondió. "Fue espantoso. No me sirve de nada. Sólo me salían frases bimembres y luego tenía que hacer de desratizador de mis propias frases bimembres. Me ponía a escribir, y sólo salían frases bimembres. Y a continuación tenía que dedicarme a exterminar mis propias frases bimembres. Era algo infecto, una locura." Hechizado por la palabra bimembre (¡una auténtica rata!), no me paré a considerar que en realidad estaba refiriéndose a oraciones con dos términos unidos por y, por los ejemplos que ponía. Nos enzarzamos entonces en hablar del pensamiento y la escritura. Curro decía que el ritmo de las frases escritas estropeaba el pensamiento y lo llevaba por otro camino; que era una lucha desagradable que no le compensaba. Recordé el poemita de Ricardo Reis: "Ponho na altiva mente o fixo esforço/ Da altura, e à sorte deixo,/ E as suas leis, o verso"; en que no había lucha, sino dominio del pensamiento, que tensa la sintaxis desde su cúspide y derrama, por decirlo así, el ritmo. Sobre la compensación, mencioné una idea mía de hace años. Que si yo, por ejemplo, tengo una tristeza de grado seis y logro expresarla, eso me produce una alegría de grado siete u ocho. Pero al repetirlo me di cuenta de que había dejado de ser así. He cambiado, se me ha acumulado experiencia: ya soy un adulto. Ahora, si tengo una tristeza de grado seis y logro expresarla, lo máximo que consigo es rebajarla un poco, y que pase a ser de grado tres o cuatro —quizá porque ahora la tristeza es mayor, o más seria, o de verdad. Pero no siempre está uno triste. Para Curro la imagen de la felicidad es Errol Flynn; y yo, aunque me gusta Errol Flynn, suelo meterme con Errol Flynn cuando estoy con Curro, para que haya controversia. Pero la otra tarde, cuando le quise expresar la alegría de escribir, le dije que es como si la página se convirtiese en uno de esos castillos de las películas de Errol Flynn, con espadachines hasta por las escaleras... A veces, sí, hay un espadachineo eléctrico. Y fuera está la vida.

11.5.09

Duchamp y los literatos



Me hace mucha gracia lo que cuenta Duchamp de Apollinaire –y de los "hombres de letras"– en sus Conversaciones con Cabanne (ed. Anagrama). Copio esto primero:

Cabanne: Apollinaire escribió que usted era el único pintor de la escuela moderna que se preocupa actualmente –lo dijo durante el otoño de 1912– del desnudo.
Duchamp: ¿Sabe una cosa? Apollinaire escribía lo que le pasaba por la cabeza. De todas formas me gusta lo que hizo porque carece del aspecto formal de ciertos críticos.
[...]
Cabanne: En esa época aparecen Los pintores cubistas de Apollinaire, donde se incluye esta sorprendende frase: "Tal vez le estará reservado a un artista tan carente de preocupaciones estéticas, tan lleno de energía como Marcel Duchamp reconciliar Arte y Pueblo".
Duchamp: Ya se lo he dicho: decía cualquier cosa. Nada podía impulsarle a escribir esa frase. Pongamos que algunas veces adivinó lo que yo iba a hacer, pero "reconciliar Arte y Pueblo" es una buena broma. Es algo típico de Apollinaire. En ese momento yo no era muy importante en el grupo y pensó: "Debo escribir algo sobre él, sobre su amistad con Picabia".Y escribió cualquier cosa; sin duda, en su forma de ver las cosas, era algo poético, pero en ello no había nada veraz ni de análisis correcto. Apollinaire tenía don de gentes, veía cosas, se imaginaba otras que están muy bien, pero ésa es una afirmación suya y no mía.
Pero lo mejor viene antes en el libro, y ahí se aprecia la actitud exacta que tenía Duchamp hacia los literatos (¡entre los que me incluyo, naturalmente!):
Cabanne: ¿Conoció usted a Apollinaire?
Duchamp: No mucho. Por otra parte, exceptuando a las personas que tenían más intimidad con él, era muy difícil conocerle. Era una mariposa. Si estaba con nosotros hablaba de cubismo y después, al día siguiente, leía a Victor Hugo en un salón. Lo divertido de los hombres de letras de esa época es que cuando uno los encontraba con otros dos hombres de letras no se podía pronunciar ni una palabra. Era toda una serie de fuegos artificiales, mentiras, todo ello insuperable, porque estaba dicho con un estilo que uno era incapaz de utilizar; así que uno se callaba. Un día fui con Picabia a comer con Max Jacob y Apollinaire. Fue algo increíble; nuestro espíritu dudaba entre la angustia y unas enormes ganas de estallar en carcajadas. Los dos seres vivían con la óptica de los hombres de letras de la época simbolista de la década de 1880.
A continuación, por cierto, se habla de la primera vez que expuso Duchamp, que fue en 1909: ¡hace ya cien años! Asumo mi situación: miro con desconfianza a los nocillas, mientras me refugio en lo que era novedad hace un siglo; pero eso es lo que hay (por el momento: mi actitud no es deliberada, ni programática; me limito a constatar). Una de las cosas más apabullantes que suele decirles Vicente Luis Mora a los que entran a gamberrear en su blog es: "¡Criticar es muy fácil! ¡Pero muestra tu discurso! ¿Dónde está tu discurso?". Yo participé algunas veces al principio, pero al encontrar esa frase (aunque no dirigida a mí) me quedé acojonado. ¿Cuál es mi discurso? ¿Dónde está mi discurso? Soy, me temo, una apollineriana mariposa –huyendo de Nabokov.

2.4.09

Amor pasión

No sé por qué le tengo tanto cariño a Hable con ella. Supongo que porque la vi en una buena época. ¿Cuándo se estrenó, en la primavera del 2002; en marzo o abril? Sí recuerdo que fue en los cines Princesa, el primer viernes a las cuatro de la tarde. Yo había ido solo pero a mi lado, cuando ya se habían apagado las luces, se sentó una chica con el pelo largo y rizado. No le vi la cara pero su melena olía a húmedo. En el primer chiste del guión ella soltó una carcajada. Nadie más lo hizo. Así que yo solté una carcajada de apoyo: artificiosa pero efectiva. Noté que a ella le gustó. Esa ha sido la relación más rápida (y feliz) que he tenido; en cuanto terminó la película me fui sin quererla mirar, porque yo entonces estaba enamorado de otra. Y la verdad es que ella, su melena, su manera de reír, me recordaba a la otra. (Mi carcajada de apoyo fue, en realidad, un homenaje a la otra: por protegerla de un cine en silencio mientras se reía; camuflar su risa, que era la buena, con otra risa, por que se pudiera reír a gusto.)

Hable con ella se me ha quedado como una historia, intensa, trágica, de amor pasión. Una de las últimas que se han rodado con esa limpieza. En consecuencia, es una de las que se tienen por más sucias. "Apología de la violación", se ha dicho. "El maricón follándose a la tía en coma". Puede ser. Sin duda, es un delito. Y el personaje que interpreta Javier Cámara, de hecho, acaba en la cárcel: lo cual está muy bien. Pero precisamente ese confín en el que se ve desterrado es la clave de su tragedia. Nadie le comprende. La soledad es el precio de su pasión. Su pluma, su apocamiento; su desamparo sin queja en el presidio... A mí me parece una historia desolada y hermosísima.

La película es, por otra parte, un compendio de los miedos y deseos de un homosexual con respecto a una mujer: el amor (el sexo) hacia el cuerpo inerte, sin resistencia, dócil, por un lado; y por otro, el regreso al útero materno por la vía más veloz y física, la vaginal, como ocurre en la fantasía del amante menguante (o "La giganta"). Alomodóvar hizo ahí un striptease espectacular. Todo es precioso y doloroso en la película. Quizá por eso ha sido tan detestada.

26.3.09

Moscas de Cadaqués

Terminado el sugerente Duchamp en España, de Pilar Parcerisas. La autora repasa la relación de Marcel Duchamp con España, pero centrándose (con acierto, porque hace que el libro gane profundidad y significación) en el comentario de las obras surgidas o culminadas aquí; sobre todo, With My Tongue in My Cheek, Sculpture-morte, Torture-morte, Étant donnés y la chimenea final (¡anaglifa!). Había olvidado que el Nu descendant un escalier se expuso en Barcelona en 1912; y me ha gustado recordarlo porque fue en Barcelona donde vi el verano pasado mi primera gran exposición sobre Duchamp (donde se encontraba casi todo, entre originales y copias certificadas, menos curiosamente ese desnudo). También me he enterado de que Duchamp pasó por Málaga en su viaje de 1929 junto a Katherine Dreier. De hecho, Málaga fue la primera población española que visitaron, procedentes de Gibraltar. Aquella vez estuvo también en Granada, Ronda, Sevilla, Toledo y Madrid. Regresó en 1933, a Cadaqués. Y en Cadaqués pasó con su esposa Teeny los últimos once veranos de su vida, de 1958 a 1968. Duchamp decía que venía a ser "un artista en la sombra", lo que incluía (muy duchampianamente) su sentido literal: "Permanezco en la sombra. Es maravilloso. Todo el mundo, por el contrario, toma el sol para broncearse; es algo que me horroriza". Es casi lo mismo que escribió Cioran durante su estancia en Ibiza en 1966: "He venido aquí por el sol, y no puedo soportar el sol. Todo el mundo está bronceado; yo debo mantenerme blanco, pálido". Duchamp sale en un par de fotos con un sombrero de ala anchísima y en otra aparece bajo una enorme sombrilla, que él mismo lleva al hombro. Es preciso dejar constancia de ello en una bitácora que está bajo la advocación de su aprendiz al sol.

Con el ciclista ético podría asociarse también Torture-morte, que ilustra esta entrada: la planta del pie es justo lo que pedalea. Ese pie es un molde del del propio Duchamp, que completó así el recorrido artístico-corporal empezado por su coronilla. Las moscas tienen un papel justamente estelar en este libro, al igual que Salvador Dalí. De éste se reproduce un pasaje genial de Je mange Gala [Me como a Gala], que evoca una excursión al Cabo de Creus con Gala y Duchamp en 1933. De aquella experiencia surgieron obras como Cisnes reflejando elefantes, en la que está Duchamp, al parecer orinando en las rocas de la izquierda. En cuanto a las moscas: para Dalí son "las musas del Mediterráneo que llevaban la inspiración a los filósofos griegos que pasaban las horas muertas, tumbados al sol, cubiertos de moscas". "En un pueblo como Cadaqués", escribe Luis Romero, "escaso de agua y abundante de pescado que se limpiaba a la orilla misma del mar o a la puerta de las casas, las moscas eran una presencia obsesionante". Y el biógrafo Tomkins: "El apartamento que ocuparon los Duchamp aquel primer verano se encontraba justo encima de un establo de burros. No tenía vistas al mar ni agua corriente, pero sí una cocina económica, colchones de paja y muchas moscas (de los burros), pero Teeny estaba encantada". De modo que Duchamp tomó las moscas y las puso en su obra (en su planta muerta): siempre cazando al vuelo.

15.3.09

Idus de marzo



Cuando terminé de ver Roma, hace unas semanas, releí la parte de la Historia de Roma de Indro Montanelli correspondiente al periodo que abarca la serie. Volví a maravillarme con el libro: ahí está todo. Ése es el verdadero "fin de la Historia" de Fukuyama: no hay nada más. Como mucho, repeticiones sofisticadas. Esta vez me fijé en la pincelada periodística de Montanelli. Tiene mucho efecto encontrar esa pincelada en el relato de un suceso de hace más de dos mil años. Así cuenta, por ejemplo, lo que pasó justo después del asesinato de César:

Cayó cosido a puñaladas al pie de la estatua de Pompeyo que él mismo había hecho colocar allí, y ante la que solía inclinarse al pasar. El golpe dejó asustados y vacilantes a los mismos que lo habían dado. Agitando el puñal ensangrentado, Bruto lanzó un retumbante vítor a Cicerón llamándolo "Padre de la Patria", e invitándole a pronunciar un discurso. Aterrado ante la idea de verse mezclado en aquel suceso y advirtiendo la inoportunidad de toda retórica, el gran abogado quedóse, por primera vez en su vida, sin habla. Marco Antonio entró en la sala, vio el cadáver tendido en el suelo y todos esperaron de él un estallido de ira vengadora. En cambio, el "fidelísimo" calló y salió silenciosamente. Fuera, la muchedumbre se apiñaba inquieta por la noticia que ya había comenzado a circular. Atemorizados, los conjurados se situaron en el portón y alguno de ellos trató de explicar lo ocurrido justificándolo como un triunfo de la libertad. Pero la palabra no ejercía ya ninguna fascinación sobre los romanos, que la acogieron con amenazadores murmullos. Los conjurados se retiraron, atrincherándose en el Capitolio y poniendo de guardia a sus esclavos armados; luego, mandaron un mensaje a Marco Antonio para que acudiese a sacarles del apuro.
Hay también finísimas observaciones psicológicas. Esto dice sobre César antes de la conspiración:
Tal vez en esta magnanimidad había también un poco de desprecio por los hombres: característica que casi siempre acompaña a la grandeza. Y tal vez en ese desprecio reside también la razón de su absoluta indiferencia por los peligros que le amenazaban. No podía ignorar que en torno a él se complotaba y que la generosidad es un estimulante, no un sedante, del odio. Pero no consideraba lo bastante valerosos a sus enemigos para atreverse.
De lo que no habla Montanelli es de esa sugerente secuencia en que una nodriza amamanta a César muerto (imágenes que capturé y he colgado arriba: la teta sobre el cadáver; la leche en la comisura.).

13.3.09

Anestesista Maeso

Hablando de multitudes, creo que fue el ministro Sebastián (o quizá haya que ir diciendo el pre-ex-ministro Sebastián) quien sugirió que con todas las estatuas de Franco que se están retirando podría montarse un ejército como el de los soldados chinos de terracota. Me parecería la mejor salida para el stock; y de paso el mejor monumento antifranquista posible: el dictador ridiculizado mediante su repetición ad nauseam. Quizá hasta podría patrocinarlo Naturhouse: un regimiento de gorditos camino de la dieta (¡del régimen!).

Pero la medida antifranquista más inquietante, por lo sutil, es la que han tomado en Sevilla. Resulta que a la calle José María Pemán le han puesto ahora calle Escritor José María Pemán. ¡Ahí ha habido un cerebro, alguien capaz de captar que la indicación del oficio del homenajeado supone una degradación! Al tiempo que se le homenajea, se transmite el mensaje de que nadie sabe, en realidad, quién diablos es. Hacer eso con alguien como Pemán, del que, aunque ya no se le lea, todavía se recuerda su profesión, es, literalmente, embalsamarlo en la plaquita... Pero cuando ni siquiera se sabe quién es el homenajeado, el efecto es atroz: ahí queda el cascarón, la carcasa del nombre, después de que su obra se haya perdido. De Málaga la calle que más me conmueve es Cómico Riquelme. Cada vez que puedo, paso por la calle Cómico Riquelme, que atravieso siempre aplastado por la melancolía: es una calle fea y la impregna una sombra de payaso triste y de penuria. Hay otra que conozco desde niño, la calle Compositor Lehnberg Ruiz, sin haber pensado jamás que, realmente, tales apellidos correspondían a uno que componía música. Por eso me sobresalté la otra tarde al escucharlos en Radio 2, donde emitieron una de sus composiciones (que no me pareció recordable). Al cabo, creo que sería más compasivo poner el nombre a secas: que el transeúnte sepa que fracasaste, pero no en qué.

En cambio otros sí deberían ir por siempre asociados a su oficio, como un baldón. Por ejemplo: calle Showman Milikito. O calle Caricato Wyoming. O calle Cantante Melódico Dyango. O calle Cantautor Víctor Manuel. O calle Rockero Mike Ríos. O calle Periodista Buruaga. O calle Superviviente Urdazi. O calle Intelectual De Toro. O calle Presentador Pepe Navarro. O calle Director de Cine Médem. O calle Escultor Lorenzo Quinn... Pero lo que más me gustaría sería una calle Anestesista Maeso. De hecho, debería haber en cada ciudad española una calle Anestesista Maeso. El Anestesista Maeso es, de hecho, el español más sintomático de nuestros días: un tristón panfilote que, por dejadez, por comodidad, por pereza, va y te mata. ¡Pido una calle Anestesista Maeso ya! ¡Hay que crear, una, mil calles Anestesista Maeso! ¡Que ninguna localidad española, por pequeña que sea, se quede sin su calle Anestesista Maeso! Y ya, de paso, que le erijan montones de estatuas (ecuestres o no), con vistas a retirarlas todas en el futuro y formar un ejército de Anestesistas Maesos de terracota... ¡El ejército de la muerte lacia!

3.3.09

Carácter es destino

Qué injusto fue Cernuda con quienes lo apreciaban. Y qué imprescindible fue esa injusticia. No por ella en sí, sino porque era el efecto de las tensiones del poeta. Y porque lo preservaba. (La amabilidad, muchas veces, se come al amable.) Después de escuchar el curso del profesor Philip W. Silver en la fundación Juan March, hojeo su estudio Luis Cernuda: el poeta en su leyenda. Al final viene un apéndice con "nueve cartas y una postal" de Cernuda al profesor (tesinando entonces). Todas responden a lo que expresó Gil de Biedma: "Aun más que en sus poemas, en las breves / cartas que me escribiera / se retrataba esa reserva suya / voluntariosa, y a la vez atenta". Menos la última, fechada el 13 de julio de 1962, que es descortés:

.....Muy señor mío:
.....Para autorizar la publicación de alguna traducción es necesario saber qué se va a traducir y en donde se va a publicar la traducción. Pero no se moleste en informarme de ambas cosas, porque no permito esa traducción ni publicación.
.....En modo alguno estoy dispuesto a tolerar que nadie se permita publicar de nuevo cosas viejas y estúpidas que yo no he recogido ni pienso recoger en libro. Eso se lo debía haber dicho su cacumen, si no su tacto y discreción.
.....Veo que su trabajo parece centrarse en snooping en torno al mío. No le felicito, ya que snooping es tarea bastante baja. Y además es, en este caso, de resultado pobre e incompleto.
Su vida imposible, sin embargo, le ha hecho perdurar. Qué por debajo quedan ya sus demás "compañeros de generación", con la excepción de Lorca. Sólo ellos dos fueron poetas necesarios. (Definición de necesario: o eso, o se morían.) En la biografía de Cernuda que salió el año pasado uno se quedaba helado con su soledad ontológica. Alberti aparece siempre con ganas de jarana, en plan tuno. Cernuda, ineludiblemente, esquinado y recluido. "No eches de menos un destino más fácil", se decía en un poema. A veces sí que se echa de menos ese destino más fácil. Pero no hay arreglo: carácter es destino.