17.11.09

Bernhard como dandy

Nos tienen engañados con este libro. No es un "libro menor": ¡es una delicia! Una cosita leve y maravillosa: ¡una gozada! Por cada premio que le han dado a Bernhard, él nos da uno a nosotros: el de su relato. En Mis premios hay nueve, más tres discursos y una carta de dimisión. Es un Bernhard en plena forma: algo más accesible y explicativo, un pelín rebajado con agua, pero Bernhard en lo esencial. Lo esencial está ahí: lo esencial de Bernhard, lo esencial de todo Bernhard. La gracia, la mala uva, el desparpajo, el espanto, la maestría. Un Bernhard en ejercicio dandístico, un Bernhard dandy, que se compra un traje, una casa, un coche y da la nota, hace el ganso, gana dinero, pasa penuria, se presenta con su tía, epata, muerde, oscila entre el derrumbe y la felicidad. Sí, hay felicidad en este libro. Y hay humor (yo me he tronchado de risa varias veces). Y hay heterodoxia libre, ligera, nada programática, y por eso mismo contradictoria y sin miedo: sin miedo de incurrir en la ortodoxia. (En las antípodas, por tanto, de nuestros aplicados apóstoles del hormigonado heterodóxico.)

Desde hoy, lo recomiendo como libro perfecto para iniciarse en Bernhard. En mis "Instrucciones para leer a Bernhard" citaba en primer lugar las conversaciones con Krista Fleischmann. Ahora pongo Mis premios a su lado.

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(2018) Hay ya edición en bolsillo.

11.11.09

El muro surrealista

Pero nuestro muro fue de libertad: no el de Berlín, sino el muro surrealista. Del mismo modo que hoy tenemos el hotel La Barracuda como santuario de Bernhard, entonces teníamos el muro surrealista como santuario de Breton. Adorábamos a Breton; lo seguimos adorando. Su melena leonina, sus ademanes (que nos proyectábamos en la mente), su autoridad magnética. El siglo XX tiene pocos personajes intachables: Breton es uno de ellos. Antiestalinista cuando nadie lo era. Pulcro casi hasta la ridiculez. Ahora la editorial Turner va a sacar La vida de André Breton, de Mark Polizzotti, que ya he tenido ocasión de leer, y lo que admira, considerado desde hoy, es que no se colocó nunca. Vivió en la pobreza de principio a fin. En el último periodo se le ofreció alguna prebenda: la rechazó. Tenía en su casa una millonada en arte, pero no vendía. Su integridad hasta resulta embarazosa. Resucitó el romanticismo del único modo que podía hacerse: como movimiento post-dadaísta; de pasión antisentimental. Siempre cito lo que escribió sobre él Camus en El hombre rebelde: "En su perro tiempo, y no se puede olvidar esto, es el único que ha hablado profundamente del amor. El amor es la moral angustiada que ha servido como patria a este exiliado."

Mi amigo Curro y yo, pues, éramos devotos de Breton. Si hubiéramos leído "La confesión desdeñosa" en su época, habríamos corrido a ponernos a su servicio. Su llamada atravesó decenios; pero no encontramos el camino para cumplirla. A cambio, teníamos ese trozo de Málaga que nos señaló impremeditadamente: el de la fotografía "Vista de Málaga", aparecida en el número 5 (15 de octubre de 1925) de La Révolution Surréaliste. La conocíamos porque la habían usado de portada en una revista malagueña de los ochenta, Puertaoscura. La fotografía la sacó el poeta José María Hinojosa, que sería asesinado como Lorca al comienzo de la Guerra Civil, pero por lo republicanos. Ignoramos cómo llegó a la revista. Probablemente Hinojosa la mandó. Nos imaginábamos a Breton escogiéndola, y por lo tanto designándonos, mediante un acto de azar objetivo, nuestro lugar. A nosotros, sin conocernos; a nosotros, cuarenta y un años antes de que naciéramos. No teníamos ninguna otra información aparte del título de la foto; pero el sitio parecía claro: el muro de contención que hay por detrás del Ayuntamiento, y que sujeta al monte donde está la Alcazaba. Sólo que ese muro tiene seis o siete metros de altura y unos doscientos o más de longitud. A pesar de ello, nos propusimos localizar el trozo exacto. Ya no estaba la farola como referencia. Y las marcas, que recordaban el dibujo de un panal, se repetían casi iguales por toda la superficie. Una tarde, con la fotografía en la mano, no la de Puertaoscura, que no poseíamos, sino la que venía en un libro de Santos Torroella sobre el surrealismo, fuimos recorriendo el muro palmo a palmo, comparando minuciosamente las marcas, hasta que dimos con las mismas. Ese tramo se convirtió para nosotros en una puerta, que empezamos a frecuentar desde aquel instante: nos obligábamos a pasar por allí en nuestros paseos, o nos citábamos encima, donde están los jardines y desde cuya balaustrada de remate podíamos asomarnos al muro, con una perspectiva en picado. Luego leímos un texto en que Breton celebrababa el método de Leonardo da Vinci de contemplar, abandonándose, las manchas de la pared, para que le sugiriesen formas y dimensiones. Nosotros lo hacíamos con el muro surrealista: nuestro pedazo de París, nuestro disparadero.

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(14.3.10) El muro surrealista en 2004.

9.11.09

Mejor el fuego

[Cuelgo aquí el artículo que, como anuncié, he publicado en la revista Boronía, dirigida por mi amigo Hervás. Ya he tenido ocasión de verla en papel: espléndida. Me ha emocionado ver mi texto impreso; aunque he tenido la sensación de que funcionaba peor que en pantalla. Por otra parte, caigo ahora en que, en esa condición, podría verse físicamente presa del fuego mencionado. Lo escribí a principios de septiembre.]

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No sé cuánto llevan con la matraca del 2016 en Málaga, mi ciudad; pero cuando Hervás me invitó a participar en Boronía, pensé que una venganza perfecta sería defender la capitalidad cultural de Córdoba. Al fin y al cabo, la matraca cordobesa no me toca a mí. Y si le dan la capitalidad a Córdoba, es algo de lo que nos habremos librado los malagueños. Málaga, por lo demás, no debería permitirse lujos culturales: todo excedente presupuestario tendría que destinarlo en exclusiva a la contratación de barrenderos y basureros; más barrenderos y basureros. No hay ciudad más sucia que Málaga. Si merece un título, es el de capital europea de la basura (y, ya puestos, también de los escombros).

En ésas estaba, recreándome en el juego de la traición, cuando una amiga segoviana me dijo que Segovia optaba a su vez a la capitalidad cultural del 2016. Divertido, se lo conté a una amiga asturiana, quien me indicó que Asturias se presentaba igualmente, con una candidatura conjunta de Gijón, Oviedo y Avilés. No me lo podía creer. Fui al Google para confirmarlo, ¡y salieron diez más: Alcalá de Henares, Burgos, Cáceres, Cuenca, Palma de Mallorca, Pamplona, San Sebastián, Santander, Tarragona y Zaragoza! Esto era el camarote de los hermanos Marx de las capitalidades culturales...

El asunto, pese a lo risible, dejaba de ser una broma: se ponía en verdad interesante. Para empezar, lo obvio: el espectáculo grotesco de que casi todas las ciudades del país más cazurro de Europa (el de los bajísimos índices de lectura y el desastre educativo) se postulen como capitales europeas de la cultura... Con esto está dicho todo, pero se puede decir más. De puertas para adentro, nos encontramos ante un síntoma gordo de uno de nuestros males crecientes: el localismo. Había catorce candidaturas, pero yo sólo conocía dos: las que me pillaban más cerca; y si conocí otras dos, fue por boca de amigas de esas ciudades. Lo de la “capitalidad europea de la cultura”, por lo tanto, con lo cosmopolita que suena, es principalmente un ropaje para el consumo interno, para la autopropaganda local. Cada ciudad se repite a sí misma que merece ser la capital cultural de Europa, siquiera por la temporada asignada. Se echa mano de lo que se tiene —Picassos, Mezquitas, Acueductos— para ensalzarlo hasta la extenuación, en una suerte de apoteosis del narcisismo provinciano.

Está además el impagable espectáculo de las firmas. Las webs habilitadas, los pliegos. Es una invitación, naturalmente: sólo que, por unánime y ubicua, resulta intimidatoria (“una oferta que no se podrá rechazar”). No se llega al extremo de las amenazas (la cultura no da para tanto), pero, por ejemplo, conozco el caso de que a los participantes en un acto celebrado en una de las ciudades candidatas, se les pasó el pliego de firmas antes de serles entregados los cheques que les correspondían por su intervención. Es algo así de suave, sin violencia; y por supuesto que uno firma: ¿por qué no iba a hacerlo? Pero es en estas ocasiones amables donde mejor puede apreciarse la coacción. Una coacción que, por otra parte, resulta innecesaria: los artistas y “gentes de la cultura” de cada ciudad apoyan sin fisuras su 2016, por si les cae algo (que seguramente les caerá). Es un interés legítimo, aunque estéticamente un tanto deplorable. Y la ausencia de crítica hace que la propuesta se convierta en dogma.

Al final, no nos engañemos, el invento de la capitalidad cultural no es más que la construcción de un escenario al que el político se aupará para exhibirse. De ahí el énfasis, y de ahí lo arriesgado de la disidencia. Cuando vemos que hay cosas necesarias que no se hacen, mientras que hay otras innecesarias que sí se hacen, el criterio que suele aclararlo todo es el de la posibilidad que ofrecen para el lucimiento del político. El dinero que se va a gastar en la capitalidad cultural del 2016 resultaría mucho más provechoso, desde el punto de vista estrictamente cultural, si se destinase a la construcción de bibliotecas, o a becas, o al simple adecentamiento de las escuelas: pero daría para menos fotos. Cada año, cuando llegan los incendios, se repite la misma lamentación: “los incendios del verano empiezan a apagarse en el invierno”. Es en los trabajos poco lucidos del invierno donde está la clave: pero no se ejecutan, porque no son glamourosos. Siempre me acuerdo de lo que decía Félix Bayón: que lo más útil para prevenir el fuego son los rebaños de cabras por el monte, para que se coman los rastrojos; y que una de las causas de la proliferación de los incendios es que los políticos no se ven inaugurando rebaños de cabras...

Los incendios, la cultura. Las imágenes de este verano del fuego cercando la Acrópolis de Atenas. Precisamente esos días escuchaba yo conferencias sobre la Grecia clásica, de las que hay disponibles en la web (maravillosa) de la Fundación Juan March. Los conferenciantes, Rodríguez Adrados, García Gual, Lledó, insisten todos en lo mismo: que el fundamento de la democracia ateniense era la educación, la paideia. Sin paideia, literalmente, no hay democracia. La metáfora es fácil, pero exacta: la Acrópolis a punto de arder porque se ha descuidado lo esencial, el trabajo oscuro del invierno. Sin paideia, las capitalidades culturales son un mero festejo de verano: una pantomima.

La cultura, los incendios. Quizá lo que se merece una cultura que ha abandonado la educación y que, en consecuencia, se ha convertido en hojarasca, es eso: arder. Escribe Jünger: “La etapa museística es la etapa previa al mundo del fuego”. Las capitalidades culturales como algo esencialmente museístico. En su poema “Limbo” , Luis Cernuda cuenta la visita a una casa burguesa donde diletantes adinerados hablan y presumen entre obras de arte ya desactivadas. El poeta se siente extraño, aborrecido, y reflexiona sobre el artista que las creó: “Su vida ya puede excusarse, / Porque ha muerto del todo; / Su trabajo ahora cuenta, / Domesticado para el mundo de ellos, / Como otro objeto vano, / Otro ornamento inútil”. Me da la impresión de que el 2016, sea cual sea la ciudad elegida, va a ser eso: otro ornamento inútil. Como la Semana Santa, la Feria o los Juegos Olímpicos que se celebrarán ese mismo año y que otro político anhela como escenario para su exhibicionismo faraónico. El poema de Cernuda termina con este verso memorable: “Mejor la destrucción, el fuego”. No se trata de quemar ningún museo, ni ninguna ciudad convertida en museo: entre otras cosas, porque la quema de museos (el vanguardismo mecánico) es ya también un acto museístico. Pero queda el anhelo, la imaginación purificadora. Sólo en mi mente: sí, mejor el fuego.

8.10.09

La malthusiana dinamita

Son las once. El Nobel lo dan a la una. Tampoco está esta vez Salinger en las quinielas, a sus noventa años. Cualquiera que se mueva en el mundillo literario sabe el mérito, el inmenso mérito, que tiene eso. Estar descartado de antemano, como lo estuvo también Jünger, hasta después de sus cien. Que los suecos, con su finísimo olfato, detecten ahí un indicio de miasma... En cambio, sí vuelve a estar Dylan: el Ramoncín de la armónica. El día que le den el Nobel de Literatura a Dylan será como cuando a nuestras calles, en vez de nombres de ilustres abogados y estadistas muertos, empezaron a ponerles nombres de folklóricas vivitas (dentro de las cuotas de vida que una folklórica pueda tener) y coleando: Juanita Reina, Marifé de Triana, Isabel Pantoja, Rocío Jurado (ésta, antes de que se muriese de verdad)...

En cuanto a nosotros los escritores, los principales beneficiarios del Premio: somos una especie tan estólida que todos, aunque hayamos escrito sólo tres folios (¡tal es mi caso!), tenemos ya esbozado, en uno de esos tres folios, nuestro discursito de renuncia o aceptación. El mío de renuncia ("Señores de la Academia Sueca, no se hagan los suecos. Borges...", empezaba) lo estuve puliendo durante toda mi adolescencia. Hasta que decidí que no quería parecerme a Sartre, y que si me daban el Nobel, lo aceptaría. Sólo que dando la nota. La nota intelectual, me refiero, y no por medio del enfundamiento en liquiliqui ni nada parecido (Gabo, ahora que lo pienso, fue la primera folklórica que recibió el Nobel —Carmen Miranda, le llamaba el gran Cabrera Infante: otro que siempre estuvo entre los predescartados).

Mi nota intelectual, pues, que también ya tengo esbozada, sería un discurso en favor de la dinamita. Hay que convencer a los suecos de que a Mr. Nobel no le hace falta ninguna expiación; de que la dinamita que inventó ya constituye, en sí, suficiente beneficio para la humanidad. Es un objeto bonito (cuando va en cilíndrico cartucho) y filantrópico, debido a sus encomiables propiedades malthusianas... Yo, por lo tanto, le haría una rigurosa oda intelectual a la dinamita. Y quizá llevara en mi antiliquiliquílico frac un cartucho para lanzarlo al jurado, a modo de demostración y también a modo de intertextualidad (con lo que corroboraría de paso, in situ, por qué me habían dado el Nobel). La intertexualidad sería con La tarea del héroe de Savater (segunda vez que cito este libro en dos días: un libro que leí mucho, que me formó —del modo un tanto excéntrico que pueden ustedes apreciar): no encuentro mi ejemplar, pero era aquel momento del prólogo en que un examinando de Ética le lanzaba una bomba al tribunal que le había propuesto el dilema del pulmón de acero...

Por lo demás, ¿qué se puede decir de un premio que se lo han dado a Saramago y no (como empezaba a decir en mi discurso de rechazo) a Borges, Jünger, Bernhard o Cioran? Ya puestos, a mí me gustaría que se lo dieran a Vargas Llosa, aunque sé muy bien que se lo estarían dando a un cadáver (al menos novelístico: como ensayista y articulista todavía vive). A veces ocurre eso con los escritores: se mueren, pasan muchos años desde que escribieron La ciudad y los perros, La casa verde, Los cachorros, Conversación en La Catedral, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor, La guerra del fin del mundo... pero resulta que su cuerpo seguía aquí entre nosotros, con lo que la Fundación Nobel tiene la ocasión de recompensarles aún por aquellos libros. Por desgracia, otros escritores como Bernhard, cuando se murieron, se murieron de verdad: no se dejaron ni un solo mes póstumo, mientras vivían.

2.10.09

¡Aristóteles!

Nunca pensé que pudiera citar a Aristóteles. Yo, como todos los artistas, he sido platónico (y antiplatónico: pero con la referencia siempre en Platón). Ahora, en cambio, he escuchado una frase portentosa de Aristóteles; por lo demás, de filiación platónica (por ese engendrar con la obra que suele resaltar Eugenio Trías, enlazando a Platón con Nietzsche). Ha sido en un diálogo que mantuvieron en 1994 Emilio Lledó y Pedro Cerezo en la Fundación Juan March, para presentar el libro del primero Memoria de la ética. El diálogo en sí es interesante: un poco relamido a veces, con un cierto tono de predicación; pero provechoso. Y, sobre todo, con el relámpago (¡fecundador!) de la cita de Aristóteles, que transcribo del audio:

Todos aman su propia obra más de lo que su obra les amaría a ellos, si llegara a ser animada. Quizá ocurre con los poetas que aman extraordinariamente sus propias obras y las quieren como a hijos. La causa es que el ser es para todos objeto de predilección, y somos por nuestra actividad [por vivir y actuar]; y la obra es en cierto modo su creador en acto [en energeia, actuando]; y el creador ama su propia obra más que a sí mismo porque ama el ser.
Escúchese del minuto 69:30 al 71:25 (la cita más los comentarios). La referencia bibliográfica que da Lledó es: Ética nicomáquea, 1167b y siguientes.

13.9.09

Vampirización

Acabó mi verano heladero. ¡Ah esta vida de Bridget Jones masculino! Pero ojo: mi panza es metafísica. Crece cuando me atosigan las angustias o veo abrirse socavones en el suelo del ser. Yo no he tomado un ansiolítico en mi vida; sólo uso la anestesia del alcohol y las grasas. Me abochorna mi perfil combo, pero al mismo tiempo lo asumo con orgullo, porque sé a qué se debe. Del mismo modo que Cervantes presumía de no haber perdido su brazo en pendencias, sino "en la más alta ocasión que vieron los siglos", yo proclamo que mi sobrepeso fue ganado en un Lepanto existencial. Cuando me vean gordito, amigos, es que estoy heideggeriano.

Los kioscos son por lo tanto, para mí, cabinas de restauración filosófica. Allí se expende el bálsamo que me ayuda a sobrellevar las tardes. Para mí, todo kiosquero es Boecio, y Boecio le llamo. "Boecio, déme un drácula", le digo; aunque sea mujer la vendedora. Y Boecio me sirve. La consolación de los helados. Mucho tiempo he estado dándole al cornetto de vainilla, pero el año pasado me pasé al drácula (sólo consumo Frigo, lo demás lo desprecio). El drácula, que tomábamos de niños (recuerdo el primer anuncio: "¿la contraseña?", "¡de fresa y cola!") y largo tiempo desdeñamos. El verano pasado volvió, y éste se ha hecho indispensable. Setenta y cinco centimitos de nada. ¿Cuántos me habré tomado? Lo que sé es que el de hoy ha sido el último. Este otoño caerán las hojas, pero también las lorzas. Pienso llegar al turrón hecho un figurín. (¡Y atiborrarme entonces de turrón!)

Lo del drácula, por cierto, me ha supuesto estar, sin querer, a la moda vampírica. Y aquí quería yo llegar, pedantescamente. Porque hoy, tomándome mi último drácula, me he acordado de una modalidad de vampirización que caracterizaba Eugenio Trías en Meditación sobre el poder, capítulo séptimo:

Sucede con frecuencia que el artista se halla tiranizado por su propia creación, que termina convirtiéndose, al igual que muchos hijos con sus padres, en vampiro que absorbe todas las energías, toda la esencia y la sustancia, toda el alma del propio creador. En la modernidad, por razón del imperio del Capital, el artista, aun inconscientemente, tiende a reproducir en su interior esa alucinante figura del vampiro, convirtiéndose en alma plenamente "entregada" a su propia obra, en la que cifra de modo absoluto y tiránico su Identidad. Y ello sucede por razón de la hipoteca que deriva de toda búsqueda de Identidad.
.....De hecho, la relación del creador con su obra es en esencia (o "debería ser") de asistencia. Igualmente la de la obra con el creador. Ya que uno y otro son seres realmente distintos, sólo que en estrecha relación. Cuando la obra seduce al creador, éste termina por recrear su propia vida a imagen y semejanza de aquélla, constituyéndose muchas veces en eso que asimilamos a la figura, a veces un tanto ridícula, del artista romántico.
Me lo aplico cagando leches (¡desnatadas!). Porque hace ya la tira que estoy hecho todo un personaje...

13.6.09

Corrección del corrector

Lo que escribí la semana pasada sobre el 11-M no me dejó satisfecho ("¡son sólo pespuntes!", me recriminó Curro, con razón); pero al menos vale como atisbo de la complejidad de lo que sucedió entonces: la poza de infamias cruzadas que se acopló sobre la masacre. No es nada nuevo, por lo demás, ni soy el primero que lo dice: por fortuna, junto con las respectivas visiones sectarias, que son las que han abundado, ha persistido un hilillo de sensatez, nutrido por las reflexiones de los observadores imparciales, o que al menos han intentado serlo. Yo pensaba que una novela como El corrector, de Ricardo Menéndez Salmón, escrita con distancia y supongo que con un propósito de amplitud de miras, estaría en este último grupo. Me equivoqué. El corrector es una obra obtusamente parcial, tendenciosa, manipuladora. Como su tema central es justo ése —la parcialidad, la tendenciosidad, la manipulación—, constituye en sí misma un espectacular equívoco: es un ejemplo flagrante de lo que denuncia. Pese a ello, aún le quedaba una oportunidad artística: la de ser deliberadamente un artefacto autorrefutante, concebido para dejar en evidencia al lector. Algo que, por cierto, posibilitaban las citas de Thomas Bernhard que abren y cierran el volumen. Pero las declaraciones de Salmón, en las que ha hecho suyo el discurso político del narrador de su novela, han desbaratado tal salida. El corrector sigue siendo un artefacto autorrefutante: pero con Salmón dentro.

Me sorprende que esté pasando por ser una novela valiente. A mí me ha parecido cobarde y adocenada: cobarde por adocenada. Es decir, creo que es cobarde no porque el autor haya carecido de valor, sino porque ha sido incapaz de mirar la realidad con limpieza y con hondura. Su libro se ajusta, con docilidad pasmosa, a una de las dos versiones ya catalogadas: exactamente, a la del Gobierno actual. Esto no le impide emitir frases tan campanudas como: "Un gran libro es siempre una mala noticia para el poder". (Por supuesto, el poder son los otros.) Las consideraciones generales que contiene el libro no están mal, sobre todo las referidas a la literatura y al amor. Pecan de cierto engolamiento para mi gusto, pero tienen dignidad artística. Ahora bien, las concreciones políticas son infectas. Para empezar, los asesinos apenas aparecen, y cuando lo hacen es de un modo muy difuso. El gran malo de la historia, el gran culpable, es Aznar (lo que regocijó a Rioyo). A los socialistas, ni se les menciona: no aparece ninguno en la novela. Tampoco se dice (incomprensiblemente) que los atentados ocurrieron tres días antes de las elecciones. Y hay un momento particularmente abyecto, en el que el narrador confiesa sentir "alivio" de que la causante no haya sido ETA. El relato del corrector flota en un estólido magma de irrealidad, prejuicios ideológicos, sufrimiento falso (vanidoso, estético) y autocomplacencia moral. Sin duda, hay que leer El corrector: es una de esas obras (escasean, no se crean) que resultan instructivas por lo malo.

6.6.09

Busquen el limón

Daba melancolía pensar que David Carradine tuvo un suicidio melancólico en un cuarto de hotel de Bangkok. Saber que se ha tratado de un "accidente sexual" nos alivia y nos salva. Precisamente acababa de ver yo un episodio de A dos metros bajo tierra (el séptimo de la segunda temporada) que empieza con una muerte similar. El personaje, un ejecutivo, mete el cuello en un cinturón atado a un aparato de gimnasia, pone una película porno y empieza a masturbarse. Antes, se había colocado en la boca una rodaja de limón, que en el curso del pajote se le cae. Luego nos enteramos de que eso fue fatal: cuando le llega la asfixia orgásmica, el sujeto debe morder el limón para volver en sí. Por eso le recomiendo a la policía tailandesa (y espero que no se ofendan sus oídos orientales): ¡busquen el limón!

También me he quedado pensando en qué accidente sexual podría acabar con mi vida. Tras un repaso pormenorizado, he concluido que, hoy por hoy, sólo uno: morir aplastado en un sesenta y nueve.

¡Y he evocado al Kung Fu de mi infancia, por supuesto! ¿Cómo no? Aquellos planos polvorientos, de seres solitarios y (¡sí!) melancólicos... En la barbería del barrio, puesto que el barbero más joven le llamaba al mayor "maestro", mi padre y yo nos referíamos a él como "el pequeño saltamontes"; volvíamos a casa y mi madre nos preguntaba "¿hoy quién os ha pelado, el maestro o el pequeño saltamontes?". Sí, Kung Fu vagando, forastero perpetuo (aquella palabra: forastero); y los extraños recuerdos de su juventud shaolín. En un capítulo (supongo que el primero, donde recibe el apodo) van por el campo y el maestro le pide que se detenga. "Vas a pisar un saltamontes". Kung Fu mira y, en efecto, había un saltamontes.
.....—Maestro, ¿cómo lo sabía, si no puede verlo?
.....—Lo he oído.
.....—Pero maestro, ¿cómo ha podido oírlo?
.....—Y tú, ¿cómo has podido no oírlo?
Oh sí, la policía tailandesa tiene que encontrar un limón. No puede no encontrar un limón. Señores agentes de la policía tailandesa: David Carradine no quiso suicidarse; ¿cómo pueden no ver el limón?

* * *
(11-VI) Una expresión más jugosa aún que "accidente sexual": "accidente masturbatorio".

5.6.09

Asimetrías y simetrías del 11-M


Ilustraciones: Errabundo

La idea de este artículo (que expondré sin desarrollo: en sus alambres) se me ocurrió hace meses. Entonces el 11-M había desaparecido de las portadas; ahora vuelve a ellas. Me da igual, porque no voy a hablar del atentado, sino de lo que pasó después: un después que abarcó toda la legislatura siguiente y se prolonga hasta nuestros días. La política española está empuercada, y en buena medida se debe a aquel nefasto momento inaugural. La masacre puso en evidencia el sectarismo ramplón en que llevábamos ya bastante tiempo instalados: cuando la Izquierda y la Derecha debieron dar lo mejor, lo que hicieron fue dar lo peor. Aquellas bombas también reventaron los disimulos: desde entonces la Izquierda y la Derecha van con las tripas fuera, atufando. (Empleo Izquierda y Derecha como términos alegóricos: entiéndase por ellos a los dos grandes polos políticos del país, compuestos por sus respectivos partidos, medios periodísticos afines y electorado devoto.)

Mi tesis (¡mi hipótesis!) es que lo ocurrido a partir del 11-M estuvo gobernado por una suerte de “demonio estructural”. Como en las viejas teorías estructuralistas, fue la “dinámica de la estructura” lo que imperó sobre los individuos y lo que, de algún modo, les dictó sus conductas. No por ello dejaron de ser inicuos. Hay un verso de José Moreno Villa que considero de perfecta aplicación para el caso: “He descubierto en la simetría la raíz de mucha iniquidad”.

Hasta el momento del atentado, la situación era de un equilibrio tenso: polarizada, pero sin que se sobrepasaran ciertos límites. El atentado destruyó ese equilibrio. El hecho de que se produjese a tres días de las elecciones lo cargó de significado político. Se sabía qué beneficiaba electoralmente a cada cual: a la Derecha, que la culpable hubiera sido ETA; a la Izquierda, que el terrorismo islamista. Cada una de estas opciones iba asociada, sórdida metáfora, a un explosivo: Titadine o Goma 2 Eco. Por decirlo con crudeza: la Derecha quería que hubiera sido Titadine; la Izquierda, que Goma 2 Eco. Reconocido eso, pudieron haberse comportado con nobleza y haberse estado quietas. No fue así: cada una hizo lo que pudo por imponer, marrulleramente, la opción que le beneficiaba.

Aquí se rompe la simetría. Debido a la diferente posición de cada una, la Derecha y la Izquierda tenían un modo diferente de maniobrar en favor de sus opciones. A la Derecha, en el poder y con responsabilidades institucionales, prácticamente lo único que le cabía era manejar la información. Y lo hizo en tanto le fue posible. A la Izquierda, en la oposición, la acción que le cabía era más potente, y también más sucia. Consistía en responsabilizar del atentado a la Derecha: en llamarla, como se hizo explícitamente, asesina. El mensaje caló. Y la Izquierda ganó las elecciones.

La nueva legislatura se inició, pues, con una asimetría brutal. Con la Izquierda en el poder, a raíz de una jugada sucia; y con la Derecha fuera del poder, y acusada de asesina. Creo que la legislatura 2004-2008 se comprende bien si se la observa bajo este prisma: su eje fueron los movimientos estructurales por la restauración de la simetría.

Desde la Derecha, por medio de la llamada teoría conspiranoica. Los conspiranoicos no lo dicen explícitamente, pero lo insinúan; yo no soy político ni periodista, así que puedo verbalizar lo que se calla tras las insinuaciones: que la que estuvo detrás del atentado fue la Izquierda. De este modo la Derecha pretende restablecer la simetría: devolviéndole a la Izquierda la acusación de asesina. (Como anotación al margen, merece la pena observar la significativa inversión que se da de la hegeliana “lucha a muerte”: aquí la autoafirmación no se busca mediante el asesinato del rival, sino mediante la acusación de que el rival es un asesino.)

Desde la Izquierda, la simetría se intenta restablecer, paradójicamente, por medio de una huida hacia delante. La legitimidad del poder de la Izquierda dependía, en último extremo, de la perversidad de la Derecha. Por eso durante toda la legislatura se insistió sin respiro en ello. La demonización de la Derecha, su aislamiento y exclusión, fue el modo que la Izquierda tuvo para saldar su propia asimetría.

1.6.09

Nuestro extraño amor

Después de la entrada en que hablé de los lectores que desdeñan mis brasileñismos, otros me dijeron que sí los apreciaban. Yo agradezco las visitas de unos y otros, pero ahora quisiera homenajear a los segundos: con "Nosso estranho amor", una de las canciones más hermosas de Caetano Veloso. Y con la traducción de su letra, que me solicitó Faustine:

No quiero sorber toda tu leche
ni quiero que te adornes con mi ser
sólo te pido que respetes
mi loco querer

No importa con quién te acuestes
que disfrutes con quien sea
sólo te pido que aceptes
mi extraño amor

Ah mamita! deja que lleguen los celos
deja que los celos pasen
y sigamos juntos
Ah negrita! déjame gustar de ti
más allá de mi corazón
no me digas nunca no

Tu cuerpo combina con mi gesto
hemos sido hechos el uno para el otro
no merece la pena dramatizar
sino lo que viene después

No vamos a ahondar en nuestros defectos
clavar en el pecho las uñas del rencor
peleemos, pero sólo por el derecho
a nuestro extraño amor.
Existe otra versión estupenda: la que hizo Marina con Caetano, aquí en vídeo tórrido (y cursilón). Y ahora he descubierto una reciente del propio Caetano para la película Romance: más profunda, releitura inédita.

20.5.09

Grados de tristeza

La otra tarde Curro me estuvo hablando, sentados en una terraza de la calle Alcazabilla, de su presión cerebral, de la presión de su pensamiento. "¿Por qué no escribes?", le sugerí. "El año pasado lo hice", me respondió. "Fue espantoso. No me sirve de nada. Sólo me salían frases bimembres y luego tenía que hacer de desratizador de mis propias frases bimembres. Me ponía a escribir, y sólo salían frases bimembres. Y a continuación tenía que dedicarme a exterminar mis propias frases bimembres. Era algo infecto, una locura." Hechizado por la palabra bimembre (¡una auténtica rata!), no me paré a considerar que en realidad estaba refiriéndose a oraciones con dos términos unidos por y, por los ejemplos que ponía. Nos enzarzamos entonces en hablar del pensamiento y la escritura. Curro decía que el ritmo de las frases escritas estropeaba el pensamiento y lo llevaba por otro camino; que era una lucha desagradable que no le compensaba. Recordé el poemita de Ricardo Reis: "Ponho na altiva mente o fixo esforço/ Da altura, e à sorte deixo,/ E as suas leis, o verso"; en que no había lucha, sino dominio del pensamiento, que tensa la sintaxis desde su cúspide y derrama, por decirlo así, el ritmo. Sobre la compensación, mencioné una idea mía de hace años. Que si yo, por ejemplo, tengo una tristeza de grado seis y logro expresarla, eso me produce una alegría de grado siete u ocho. Pero al repetirlo me di cuenta de que había dejado de ser así. He cambiado, se me ha acumulado experiencia: ya soy un adulto. Ahora, si tengo una tristeza de grado seis y logro expresarla, lo máximo que consigo es rebajarla un poco, y que pase a ser de grado tres o cuatro —quizá porque ahora la tristeza es mayor, o más seria, o de verdad. Pero no siempre está uno triste. Para Curro la imagen de la felicidad es Errol Flynn; y yo, aunque me gusta Errol Flynn, suelo meterme con Errol Flynn cuando estoy con Curro, para que haya controversia. Pero la otra tarde, cuando le quise expresar la alegría de escribir, le dije que es como si la página se convirtiese en uno de esos castillos de las películas de Errol Flynn, con espadachines hasta por las escaleras... A veces, sí, hay un espadachineo eléctrico. Y fuera está la vida.

11.5.09

Duchamp y los literatos



Me hace mucha gracia lo que cuenta Duchamp de Apollinaire –y de los "hombres de letras"– en sus Conversaciones con Cabanne (ed. Anagrama). Copio esto primero:

Cabanne: Apollinaire escribió que usted era el único pintor de la escuela moderna que se preocupa actualmente –lo dijo durante el otoño de 1912– del desnudo.
Duchamp: ¿Sabe una cosa? Apollinaire escribía lo que le pasaba por la cabeza. De todas formas me gusta lo que hizo porque carece del aspecto formal de ciertos críticos.
[...]
Cabanne: En esa época aparecen Los pintores cubistas de Apollinaire, donde se incluye esta sorprendende frase: "Tal vez le estará reservado a un artista tan carente de preocupaciones estéticas, tan lleno de energía como Marcel Duchamp reconciliar Arte y Pueblo".
Duchamp: Ya se lo he dicho: decía cualquier cosa. Nada podía impulsarle a escribir esa frase. Pongamos que algunas veces adivinó lo que yo iba a hacer, pero "reconciliar Arte y Pueblo" es una buena broma. Es algo típico de Apollinaire. En ese momento yo no era muy importante en el grupo y pensó: "Debo escribir algo sobre él, sobre su amistad con Picabia".Y escribió cualquier cosa; sin duda, en su forma de ver las cosas, era algo poético, pero en ello no había nada veraz ni de análisis correcto. Apollinaire tenía don de gentes, veía cosas, se imaginaba otras que están muy bien, pero ésa es una afirmación suya y no mía.
Pero lo mejor viene antes en el libro, y ahí se aprecia la actitud exacta que tenía Duchamp hacia los literatos (¡entre los que me incluyo, naturalmente!):
Cabanne: ¿Conoció usted a Apollinaire?
Duchamp: No mucho. Por otra parte, exceptuando a las personas que tenían más intimidad con él, era muy difícil conocerle. Era una mariposa. Si estaba con nosotros hablaba de cubismo y después, al día siguiente, leía a Victor Hugo en un salón. Lo divertido de los hombres de letras de esa época es que cuando uno los encontraba con otros dos hombres de letras no se podía pronunciar ni una palabra. Era toda una serie de fuegos artificiales, mentiras, todo ello insuperable, porque estaba dicho con un estilo que uno era incapaz de utilizar; así que uno se callaba. Un día fui con Picabia a comer con Max Jacob y Apollinaire. Fue algo increíble; nuestro espíritu dudaba entre la angustia y unas enormes ganas de estallar en carcajadas. Los dos seres vivían con la óptica de los hombres de letras de la época simbolista de la década de 1880.
A continuación, por cierto, se habla de la primera vez que expuso Duchamp, que fue en 1909: ¡hace ya cien años! Asumo mi situación: miro con desconfianza a los nocillas, mientras me refugio en lo que era novedad hace un siglo; pero eso es lo que hay (por el momento: mi actitud no es deliberada, ni programática; me limito a constatar). Una de las cosas más apabullantes que suele decirles Vicente Luis Mora a los que entran a gamberrear en su blog es: "¡Criticar es muy fácil! ¡Pero muestra tu discurso! ¿Dónde está tu discurso?". Yo participé algunas veces al principio, pero al encontrar esa frase (aunque no dirigida a mí) me quedé acojonado. ¿Cuál es mi discurso? ¿Dónde está mi discurso? Soy, me temo, una apollineriana mariposa –huyendo de Nabokov.