28.12.09

El Rey, el Papa y Mario Conde

Yo trabajaba de guionista en Antena 3 TV cuando la cadena pertenecía a Mario Conde. La consigna era que en nuestros sketches (nombre cosmopolita que les dábamos a nuestros sainetes y astracanadas) podíamos meternos con todo el mundo, “salvo con el Rey, el Papa y Mario Conde”. Bien mirado, era una selección impecable: el máximo representante estatal, el máximo representante religioso y el dueño de la empresa. En el transcurso de aquella temporada, un 28 de diciembre como hoy, cayó Conde, y a vuelta de vacaciones preguntamos si ya podíamos meternos también con él. No recuerdo la respuesta, pero sí que tuvimos piedad: no terminamos haciendo leña del dueño caído.

Han pasado dieciséis años y los tres han tenido su peripecia. Mario Conde ha experimentado la cárcel y ha salido de ella transformado en una mezcla de Paulo Coelho y el Lute. El anterior Papa murió y su hábito (aunque más cortito, y con zapatos rojos) lo ocupa otra persona. Por su parte, el Rey se ha ido desvaneciendo en su trono y han empezado a crecerle los enanos republicanos (el guionista chusco que sigo llevando dentro me empuja a precisar que nuestro primer antimonárquico de facto, Jiménez Losantos, es la excepción que no crece; a él, por cierto, Mario Conde lo echó de su radio, igual que ahora los representantes españoles del Papa).

Puede apreciarse que, a partir de la llegada de Zapatero al poder y de la muerte de Juan Pablo II, ha decrecido la presencia mediática del Rey y el (nuevo) Papa. Benedicto XVI, sin duda, es menos mediático que su predecesor; y menos mediático también que él mismo en su versión Ratzinger. La gran sorpresa de este papado (el gran milagro, podríamos decir) ha sido ver la sonrisilla bondadosa que el Guardián de la Fe ocultaba. En tal sentido, le ha pasado lo mismo que a Pepiño Blanco, que ahora es un hombre feliz como ministro de Fomento. En cuanto al Rey, le ha sucedido que el actual presidente del Gobierno tiende a ocupar su espacio mediático, exhibiéndose con el lirismo del viento y con ese atributo que la Constitución le reservaba al monarca: la irresponsabilidad.

Esta Navidad, sin embargo, el Rey y el Papa han sido noticia: el Rey, porque por primera vez se ha emitido su discurso por la televisión autonómica vasca; y el Papa, porque una perturbada lo tiró al suelo en la Misa del Gallo. Por su parte, Mario Conde vende como rosquillas sus Memorias de un preso, que se habrá regalado en abundancia. Mario Conde era un hombre serio y se ha convertido en un hombre más serio (puede apreciarse en la espléndida entrevista que le hizo mi compañero Jabois). Vale para simbolizar lo que ha pasado en estos años: de la tríada, se ha abierto la veda humorística con el Rey y el Papa; pero con los Mario Conde de turno, es decir, los dueños, se bromea menos que nunca.

Sobre lo primero, no conviene engañarse. Me parece higiénico que hayan proliferado los chistes sobre el Rey y el Papa (incluso cuando los hace el cargante Wyoming); pero sus respectivas vacantes han sido ocupadas por otros tabúes: la estatal, por el pesado imperio de la corrección política; y la religiosa, por el Islam (o el miedo al Islam). Algo de ambos se ha incorporado también a los dueños. Lo que en principio es mera propiedad, mero negocio, se ha ungido de ideología; de modo que el sectarismo que padecemos es una escenificación ideológica del reparto del pastel.

[Publicado en Frontera D]

21.12.09

¡Autor, autor!

No sé cómo se las ha apañado la SGAE para tener una imagen tan nefasta. Su tarea es cobrar, y los cobradores siempre resultan antipáticos; pero quizá resulten particularmente antipáticos si tienen la cara de Ramoncín. La SGAE, para su desgracia, ha terminado siendo identificada con Ramoncín y su troupe de autores sin talento y con dinero. El público ignora que por detrás hay otros muchos con talento y sin dinero, a los que la SGAE les salva la vida. Yo estoy (¡excusadme!) entre estos últimos. La SGAE es como mi madre, y cuando me acerco a su sede de pastel por la calle Fernando VI, se me caen los lagrimones. Qué calorcito desprende ese edificio espantoso. Uno entra allí como un mendigo y sale como un príncipe. Un príncipe provisional, naturalmente: hasta que la dura existencia del artista lo deje otra vez en calzoncillos.

Los artistas, pues, tienen (¡tenemos!) razón: hay que pagar. Yo me aprovecho de la piratería, como todo el mundo. Es lo más cómodo, es lo más barato. Pero sé que ése es el beso de la muerte. Todo el despliegue de Roma o Deadwood, por ejemplo, no me ha costado ni un céntimo. Horas y horas de felicidad absolutamente gratis. La consecuencia es que en el futuro no habrá más Romas ni Deadwoods. Ambas, de hecho, con ser dos de las series más entretenidas de los últimos tiempos, se dejaron de rodar porque no resultaban rentables. Quien piratee, que al menos lo sepa.

En cuanto a las modalidades del cobro, reconozco que me extravío en los procedimientos. No sé qué es lo justo, no sé qué se debe hacer. Ignoro cómo ha de ser la ley. Por su parte, la tendencia propiciada por la tecnología parece irreversible. Lo que sí observo, al margen de las argumentaciones, es que en las cabecitas de nuestros conciudadanos existe el sustrato de que el autor carece de relevancia. No ya de relevancia social, que es otro asunto, sino de relevancia como artífice mismo de su obra. Se piensa que las obras surgen solas; no se tiene conciencia del trabajo. Esto pudo apreciarse claramente el pasado verano con las manifestaciones de los catetos de Fuenteovejuna, convencidos de que era Lope de Vega quien se lo debía todo a ellos...

Resulta instructiva, a propósito, la anécdota de Santiago Rusiñol que contaba Vallejo-Nágera en Locos egregios. El pintor y un amigo sacaban cada día unas sillas al campo y se sentaban a ver el atardecer. En cuanto el sol se ponía, ellos se levantaban a aplaudir enfervorizados, gritando: “¡Autor, autor!”. El crepúsculo es un ejemplo estupendo de espectáculo por el que no hay que pagar, pues la obra del Altísimo es gratis. El problema es que a los seres humanos no suele bastarles el entretenimiento a pelo con la Naturaleza, sino que necesitan algo más elaborado. Para lo cual ya se requiere a un artista: alguien que, a diferencia del Altísimo, tiene la enojosa costumbre de comer.

[Publicado en Frontera D]

14.12.09

Historia personal del 'boom'

Siempre he tenido ganas de leer Historia personal del ‘boom’, de José Donoso, pero nunca lo he encontrado. Lo comenté en el blog de mi amigo Josepepe y se ofreció a mandarme un ejemplar. Josepepe es chileno y su blog ejemplifica la maravillosa definición que en ese mismo libro da Donoso de Chile: “país ordenado e irónico”.

Qué buena tarde del sábado pasé leyéndolo. Hacía meses, además, que no leía varias horas seguidas. Ha sido un año de pasar demasiado tiempo en la pantalla, deambulando por internet. De esas jornadas sale uno estragado; internet produce un chisporroteo eléctrico que resulta estimulante, pero que se disipa rápido. En cambio, la lectura prolongada le da densidad a la cabeza. De ella se sale feliz, con algo benéfico enraizado; y con la sensación de no haber tirado los minutos. Con este libro, encima, tal disposición se acoplaba al tema, porque me traía a la memoria (cerebral y corporal) las largas sesiones dedicadas en su día a leer a los autores hispanoamericanos. Ellos fueron los maestros literarios en nuestro idioma para los españoles de mi generación: la nacida justo en la década del boom, la de 1960. Así, lo que sucede en sus páginas es algo que iba a determinar nuestras vidas: mientras jugábamos de niños, los autores latinoamericanos estaban escribiendo las obras que íbamos a devorar en la adolescencia y en la primera juventud.

Donoso lo cuenta estupendamente. Me ha interesado la época previa a la explosión, por las penurias, el aislamiento, el horizonte inconcebible del triunfo internacional; y por el mensaje involuntario que se desliza para la España actual de los particularismos (retrógrados, asfixiantes, artificiosos):

Mientras el mundo de los jóvenes se expandía mediante lecturas y compromisos que tendían sobre todo a borrar las fronteras, los criollistas, regionalistas y costumbristas, atareados como hormigas, intentaban al contrario reforzar esas fronteras entre región y región, entre país y país, de hacerlas inexpugnables, herméticas, para que así nuestra identidad, que evidentemente ellos veían como algo frágil o borroso, no se quebrara o se escurriera.
Pero triunfó el cosmopolitismo, y la literatura se enriqueció. Como cuenta Donoso, lo fundamental no era ser fiel a las regiones, sino, aun hablando de ellas, elaborar obras lo suficientemente potentes desde el punto de vista literario como para que pudieran leerse fuera: fuera de cada país hispanoamericano, y también en España y en el resto del mundo. Curiosamente, España desempeñó un papel importante en el conocimiento de los diferentes autores entre sí, por medio de la editorial Seix Barral, dirigida por Carlos Barral, que los publicó y los prestigió con el premio Biblioteca Breve. Como bien señala Donoso, el beneficio fue mutuo: también esos autores prestigiaron a la editorial, en especial Vargas Llosa, con el primer Biblioteca Breve, el de 1962, que fue para La ciudad y los perros. Hay un comentario llamativo sobre la supuesta estrategia de los miembros catalanes del jurado del Biblioteca Breve, que eran nada menos que Castellet, Clotas, Azúa y el propio Barral:
(...) intentaron disolver la novela castellana premiando una y otra vez a las novelas latinoamericanas escritas a veces en variantes bastante curiosas del castellano, para eliminar definitivamente la tiranía del castellano de Valladolid y las novelas escritas en ese odiado idioma.
Si eso es cierto, el gran damnificado en mi experiencia particular de lector fue el barcelonés Juan Goytisolo, de quien leí Señas de identidad entre un autor latinoamericano y otro autor latinoamericano, y cuya escritura apenas pude digerir, por pedregosa, al tener en el paladar la colorida y líquida de los otros.

El gran elemento aunador, según Donoso, fue el apoyo a la revolución cubana. Y las disensiones a raíz del caso Padilla, en 1971, marcaron el fin del boom como movimiento. También a mí como lector, qué le voy a hacer, me ha terminado afectando el tema. Con el tiempo, se me han atravesado los autores castristas del boom. A García Márquez, por ejemplo, no lo soporto ya; pese a que con él descubrí la literatura. Mis favoritos son Vargas Llosa y Cabrera Infante. A Carlos Fuentes no lo he leído. Con Cortázar tengo intermitencias. Lo sigo apreciando (por sus cuentos y por El perseguidor, nunca por Rayuela), pero no puedo con el personaje cuando leo cosas como esta que viene en "El 'boom' doméstico", el apéndice escrito por la mujer de Donoso, María Pilar Serrano:
Políticamente Cortázar es un apasionado que como los caballos con anteojeras no quiere ver más que el camino que tiene por delante. En Polonia una vez, su traductora, que volvía de Praga donde había presenciado la entrada de los tanques rusos, se lo comentó dolorida. Él se negó a escucharla porque, le dijo, necesitaba mantener su fe revolucionaria pura ‘para poder vivir’.
Hay otro castrista, en cambio, al que sí perdono: Bryce Echenique, porque escribió La vida exagerada de Martín Romaña. También (¡al final son varios!) a Ribeyro y a Monterroso. Y aparte está uno cuyo castrismo hay que comerse con patatas, porque es un genio: Juan Rulfo. En realidad, una vez que se ha atenuado el boom, me parece que son mayores, más sólidos, más profundos, con más esencia, algunos autores de antes. Los del boom brillaron y abrieron las puertas con su brillantez, y son por lo general buenos. Pero los de verdad grandes son Rulfo, Onetti y, por supuesto, Borges.

[Publicado en Frontera D]

7.12.09

Acabemos con esta charlotada

Cuando a una Constitución se le ha perdido el respeto, ya no hay nada que hacer. Los dos jóvenes del vídeo, el larguirucho supuestamente de derechas y el de las gafitas supuestamente de izquierdas, la usan como papel higiénico. Naturalmente, sólo imitan lo que vienen viendo hacer a sus mayores. Esa vicepresidenta del Gobierno regañando en público a la presidenta del Tribunal Constitucional. Ese Tribunal Constitucional que no se respeta a sí mismo. Esos políticos pinchando y cortando y presionando sin pausa. Esos Estatutos barrocos, horteras y, sí, digan lo que digan los amanuenses, dudosamente constitucionales. El viernes se murió Jordi Solé Tura. Es el segundo “padre de la Constitución” que nos deja. Al ver juntos, el sábado, los nombres de los demás, me dio la impresión de que estaban en una de esas películas de miedo, en que la van palmando uno tras otro. ¿Quién será el siguiente? Pero ahora se añade un elemento de intriga: a alguno a lo mejor le toca ver cómo la palma antes la propia Constitución. Yo he sido siempre, desde mis catorce años, constitucionalista. Es normal: la primera vez que me fijé en la política fue a raíz del golpe del 23-F. Los primeros periódicos que compré fueron los de los días que siguieron. La proclama, la consigna, era la defensa de la Constitución. Me volví sensible a aquella retórica, a aquella épica. Me volví un puntilloso del, así llamado, formalismo democrático. Mis primeras broncas políticas fueron contra los niñatos tejeristas del instituto. Luego también me tocó abroncarme con algún trotskista. Yo me consideraba de izquierdas, pero mi convicción más arraigada, que mantengo, es que lo fundamental son las formas: el sistema democrático. Si impera verdaderamente el estado de derecho, da un poco igual el partido que gobierne. Podrán ser mejores o peores entre ellos, pero ninguno, por bueno que sea, puede dar más libertad (¡ni decencia!) que el que ofrece el marco democrático en sí mismo. No es la mayoría lo esencial de la democracia: eso es lo segundo más importante. Lo primero es la preservación de los derechos y de la legalidad. En una palabra: la limitación del poder; incluso del poder de las mayorías. Éstas, si quieren hacer algo, ha de ser sin violar los derechos; y ateniéndose estrictamente a la ley. Por eso me dan ganas de vomitar cuando ahora no hago más que oír hablar de mayorías (¡y de mayorías sentimentales, encima!) que “no pueden” ser “ignoradas” por el Tribunal Constitucional. De pronto, muchos de nuestros políticos y muchísimos de nuestros periodistas (¡y hasta algún que otro constitucionalista!) parecen no haber leído jamás a Montesquieu. Qué bien les vendría seguir un curso intensivo (¡forzoso!) de Educación para la Ciudadanía. Esas mayorías, si de verdad son tales, lo único que pueden hacer, constitucionalmente, es cambiar la Constitución. O incluso derogarla entera. Es algo legítimo: pero ha emprenderse por los cauces constitucionales. Por los cauces constitucionales, y de manera explícita. Si se cambia la Constitución, que se sepa que se ha cambiado. Lo que no se puede es mantenerla de nombre, pero desvirtuándola en la práctica. Eso sería lo peor; y eso (lo peor) es justo lo que nos está empezando a pasar y hacia donde, me temo, nos dirigimos desaforadamente. Si se tiene que cambiar, que se cambie. Y si no se cambia, que se cumpla. Pero ya está bien, por favor. Acabemos con esta charlotada. [Publicado en Frontera D]

30.11.09

Conciencia de lunes

Hoy ha empezado Conciencia de lunes, mi colaboración semanal en Frontera D. El primer articulito me ha salido flojo; habrá que esperar al próximo lunes.

* * *
La batalla de la realidad

La gran frase de la semana la dijo mi amigo Curro. Lo vi el jueves, día del editorial conjunto de la prensa catalana del movimiento, y me soltó: “¡La realidad es una batalla perdida!”. Se acababa de comprar un libro de Étienne Gilson, El espíritu de la Edad Media, con la intención de refugiarse en él y pasar del resto. Me pareció un plan encomiable; pero esta derrota de la realidad en todos los frentes es un espectáculo mucho más divertido. Lo pienso seguir desde aquí en primera fila. El ser humano es un bicho prodigioso: con lo sencillitas que son las cosas, y en los líos que se mete. Definitivamente, le va la marcha. (Con respecto a los famosos doce periódicos, lo risible no fue la conjunción, claro, sino la obediencia; esa sonrisita agradecida de Montilla.)

Quiero mezclar en esta página el jolgorio y la adustez. A eso responde el título. Lo he tomado de una autodefinición de Wallace Stevens que hizo suya Jaime Gil de Biedma: “Soy un poeta de domingo con conciencia de lunes”. Yo seré un articulista (un bloguero) de domingo con conciencia de lunes. El efecto inmediato de mi nueva obligación será arruinarme el fin de semana; pero lo doy por bueno. Si, como dijo el propio Gil de Biedma, “tienen razón los días laborables”, esa razón se extenderá a mis domingos.

Lo que observo es que predomina la tendencia opuesta: el espíritu festivo que se desborda por el lunes y llega al viernes, convirtiendo la semana entera en una ondulación insensata. La población trabaja (salvo la que está en el paro), pero detecto unas generalizadas vacaciones mentales.

Detecto también un exceso de buena conciencia. Todo el mundo parece satisfechísimo de lo que es y de lo que hace. Se ha perdido la figura del hombre apesadumbrado. Sobre todo, se ha perdido la figura del hombre apesadumbrado de izquierdas. Aquel tic moral tan saludable, la mala conciencia, ha desaparecido por completo. El resultado es que el personal se exhibe sin ningún pudor.

Debe de estar bien El espíritu de la Edad Media. Aunque yo tampoco me quedo manco en lecturas. He empezado la Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides, que no es una evasión de la realidad sino todo lo contrario. Menudas perlas: “Muchos fueron los horrores que sufrieron las ciudades en las revoluciones, horrores que suceden y sucederán siempre, mientras sea la misma la naturaleza humana”. Sí, me temo que por el momento la naturaleza humana seguirá siendo la misma. El espectáculo está garantizado.

25.11.09

El libro sobre Poe



Acaba de publicarse el libro colectivo sobre Edgar Allan Poe en el que participo con mi artículo "La muerte en Poe". Se titula Misterio e imaginación: Edgar Allan Poe, de la literatura al cine, lo edita el Cedma junto con la Universidad de Málaga y el Festival de Cine Fantástico, y lo han coordinado Juan Antonio Perles Rochel y Sara Robles Ávila. Los autores, además de los coordinadores y de mí mismo, son: Antonio Nadales, Lorenzo Silva, Juan Antonio Vigar, Jean-Pierre Castellani, Antonio Ballesteros, Alicia Hernández, Eduardo Jordá, Raquel Ruiz, Miguel Ángel Oeste y Álvaro García. Ayer lo presentamos en el Rectorado y después tuvimos una agradable cena. Eso de hablar en público lo voy sobrellevando: es cuestión de rodaje. Pero lo cierto es que, baudelerianamente, dije una cosa que me había propuesto no decir, y no dije algunas otras que me había propuesto decir. Además, me alargué un poco. Queda el libro, de hermosa factura. Las ilustraciones de cubierta y contracubierta se han hecho a partir del daguerrotipo "Última Thule", con duplicación simétrica de cada lado del rostro: salen dos Poes. Les confesaré que una de las gracias de mi ensayito –que, por lo demás, me resultó un tanto penoso de escribir– fue el empleo de las notas al pie, bibliográficas, un recurso que no es de mi predilección pero en el que me apliqué en esta ocasión para no desentonar en el carnaval universitario.

17.11.09

Bernhard como dandy

Nos tienen engañados con este libro. No es un "libro menor": ¡es una delicia! Una cosita leve y maravillosa: ¡una gozada! Por cada premio que le han dado a Bernhard, él nos da uno a nosotros: el de su relato. En Mis premios hay nueve, más tres discursos y una carta de dimisión. Es un Bernhard en plena forma: algo más accesible y explicativo, un pelín rebajado con agua, pero Bernhard en lo esencial. Lo esencial está ahí: lo esencial de Bernhard, lo esencial de todo Bernhard. La gracia, la mala uva, el desparpajo, el espanto, la maestría. Un Bernhard en ejercicio dandístico, un Bernhard dandy, que se compra un traje, una casa, un coche y da la nota, hace el ganso, gana dinero, pasa penuria, se presenta con su tía, epata, muerde, oscila entre el derrumbe y la felicidad. Sí, hay felicidad en este libro. Y hay humor (yo me he tronchado de risa varias veces). Y hay heterodoxia libre, ligera, nada programática, y por eso mismo contradictoria y sin miedo: sin miedo de incurrir en la ortodoxia. (En las antípodas, por tanto, de nuestros aplicados apóstoles del hormigonado heterodóxico.)

Desde hoy, lo recomiendo como libro perfecto para iniciarse en Bernhard. En mis "Instrucciones para leer a Bernhard" citaba en primer lugar las conversaciones con Krista Fleischmann. Ahora pongo Mis premios a su lado.

* * *
(2018) Hay ya edición en bolsillo.

11.11.09

El muro surrealista

Pero nuestro muro fue de libertad: no el de Berlín, sino el muro surrealista. Del mismo modo que hoy tenemos el hotel La Barracuda como santuario de Bernhard, entonces teníamos el muro surrealista como santuario de Breton. Adorábamos a Breton; lo seguimos adorando. Su melena leonina, sus ademanes (que nos proyectábamos en la mente), su autoridad magnética. El siglo XX tiene pocos personajes intachables: Breton es uno de ellos. Antiestalinista cuando nadie lo era. Pulcro casi hasta la ridiculez. Ahora la editorial Turner va a sacar La vida de André Breton, de Mark Polizzotti, que ya he tenido ocasión de leer, y lo que admira, considerado desde hoy, es que no se colocó nunca. Vivió en la pobreza de principio a fin. En el último periodo se le ofreció alguna prebenda: la rechazó. Tenía en su casa una millonada en arte, pero no vendía. Su integridad hasta resulta embarazosa. Resucitó el romanticismo del único modo que podía hacerse: como movimiento post-dadaísta; de pasión antisentimental. Siempre cito lo que escribió sobre él Camus en El hombre rebelde: "En su perro tiempo, y no se puede olvidar esto, es el único que ha hablado profundamente del amor. El amor es la moral angustiada que ha servido como patria a este exiliado."

Mi amigo Curro y yo, pues, éramos devotos de Breton. Si hubiéramos leído "La confesión desdeñosa" en su época, habríamos corrido a ponernos a su servicio. Su llamada atravesó decenios; pero no encontramos el camino para cumplirla. A cambio, teníamos ese trozo de Málaga que nos señaló impremeditadamente: el de la fotografía "Vista de Málaga", aparecida en el número 5 (15 de octubre de 1925) de La Révolution Surréaliste. La conocíamos porque la habían usado de portada en una revista malagueña de los ochenta, Puertaoscura. La fotografía la sacó el poeta José María Hinojosa, que sería asesinado como Lorca al comienzo de la Guerra Civil, pero por lo republicanos. Ignoramos cómo llegó a la revista. Probablemente Hinojosa la mandó. Nos imaginábamos a Breton escogiéndola, y por lo tanto designándonos, mediante un acto de azar objetivo, nuestro lugar. A nosotros, sin conocernos; a nosotros, cuarenta y un años antes de que naciéramos. No teníamos ninguna otra información aparte del título de la foto; pero el sitio parecía claro: el muro de contención que hay por detrás del Ayuntamiento, y que sujeta al monte donde está la Alcazaba. Sólo que ese muro tiene seis o siete metros de altura y unos doscientos o más de longitud. A pesar de ello, nos propusimos localizar el trozo exacto. Ya no estaba la farola como referencia. Y las marcas, que recordaban el dibujo de un panal, se repetían casi iguales por toda la superficie. Una tarde, con la fotografía en la mano, no la de Puertaoscura, que no poseíamos, sino la que venía en un libro de Santos Torroella sobre el surrealismo, fuimos recorriendo el muro palmo a palmo, comparando minuciosamente las marcas, hasta que dimos con las mismas. Ese tramo se convirtió para nosotros en una puerta, que empezamos a frecuentar desde aquel instante: nos obligábamos a pasar por allí en nuestros paseos, o nos citábamos encima, donde están los jardines y desde cuya balaustrada de remate podíamos asomarnos al muro, con una perspectiva en picado. Luego leímos un texto en que Breton celebrababa el método de Leonardo da Vinci de contemplar, abandonándose, las manchas de la pared, para que le sugiriesen formas y dimensiones. Nosotros lo hacíamos con el muro surrealista: nuestro pedazo de París, nuestro disparadero.

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(14.3.10) El muro surrealista en 2004.

9.11.09

Mejor el fuego

[Cuelgo aquí el artículo que, como anuncié, he publicado en la revista Boronía, dirigida por mi amigo Hervás. Ya he tenido ocasión de verla en papel: espléndida. Me ha emocionado ver mi texto impreso; aunque he tenido la sensación de que funcionaba peor que en pantalla. Por otra parte, caigo ahora en que, en esa condición, podría verse físicamente presa del fuego mencionado. Lo escribí a principios de septiembre.]

* * *
No sé cuánto llevan con la matraca del 2016 en Málaga, mi ciudad; pero cuando Hervás me invitó a participar en Boronía, pensé que una venganza perfecta sería defender la capitalidad cultural de Córdoba. Al fin y al cabo, la matraca cordobesa no me toca a mí. Y si le dan la capitalidad a Córdoba, es algo de lo que nos habremos librado los malagueños. Málaga, por lo demás, no debería permitirse lujos culturales: todo excedente presupuestario tendría que destinarlo en exclusiva a la contratación de barrenderos y basureros; más barrenderos y basureros. No hay ciudad más sucia que Málaga. Si merece un título, es el de capital europea de la basura (y, ya puestos, también de los escombros).

En ésas estaba, recreándome en el juego de la traición, cuando una amiga segoviana me dijo que Segovia optaba a su vez a la capitalidad cultural del 2016. Divertido, se lo conté a una amiga asturiana, quien me indicó que Asturias se presentaba igualmente, con una candidatura conjunta de Gijón, Oviedo y Avilés. No me lo podía creer. Fui al Google para confirmarlo, ¡y salieron diez más: Alcalá de Henares, Burgos, Cáceres, Cuenca, Palma de Mallorca, Pamplona, San Sebastián, Santander, Tarragona y Zaragoza! Esto era el camarote de los hermanos Marx de las capitalidades culturales...

El asunto, pese a lo risible, dejaba de ser una broma: se ponía en verdad interesante. Para empezar, lo obvio: el espectáculo grotesco de que casi todas las ciudades del país más cazurro de Europa (el de los bajísimos índices de lectura y el desastre educativo) se postulen como capitales europeas de la cultura... Con esto está dicho todo, pero se puede decir más. De puertas para adentro, nos encontramos ante un síntoma gordo de uno de nuestros males crecientes: el localismo. Había catorce candidaturas, pero yo sólo conocía dos: las que me pillaban más cerca; y si conocí otras dos, fue por boca de amigas de esas ciudades. Lo de la “capitalidad europea de la cultura”, por lo tanto, con lo cosmopolita que suena, es principalmente un ropaje para el consumo interno, para la autopropaganda local. Cada ciudad se repite a sí misma que merece ser la capital cultural de Europa, siquiera por la temporada asignada. Se echa mano de lo que se tiene —Picassos, Mezquitas, Acueductos— para ensalzarlo hasta la extenuación, en una suerte de apoteosis del narcisismo provinciano.

Está además el impagable espectáculo de las firmas. Las webs habilitadas, los pliegos. Es una invitación, naturalmente: sólo que, por unánime y ubicua, resulta intimidatoria (“una oferta que no se podrá rechazar”). No se llega al extremo de las amenazas (la cultura no da para tanto), pero, por ejemplo, conozco el caso de que a los participantes en un acto celebrado en una de las ciudades candidatas, se les pasó el pliego de firmas antes de serles entregados los cheques que les correspondían por su intervención. Es algo así de suave, sin violencia; y por supuesto que uno firma: ¿por qué no iba a hacerlo? Pero es en estas ocasiones amables donde mejor puede apreciarse la coacción. Una coacción que, por otra parte, resulta innecesaria: los artistas y “gentes de la cultura” de cada ciudad apoyan sin fisuras su 2016, por si les cae algo (que seguramente les caerá). Es un interés legítimo, aunque estéticamente un tanto deplorable. Y la ausencia de crítica hace que la propuesta se convierta en dogma.

Al final, no nos engañemos, el invento de la capitalidad cultural no es más que la construcción de un escenario al que el político se aupará para exhibirse. De ahí el énfasis, y de ahí lo arriesgado de la disidencia. Cuando vemos que hay cosas necesarias que no se hacen, mientras que hay otras innecesarias que sí se hacen, el criterio que suele aclararlo todo es el de la posibilidad que ofrecen para el lucimiento del político. El dinero que se va a gastar en la capitalidad cultural del 2016 resultaría mucho más provechoso, desde el punto de vista estrictamente cultural, si se destinase a la construcción de bibliotecas, o a becas, o al simple adecentamiento de las escuelas: pero daría para menos fotos. Cada año, cuando llegan los incendios, se repite la misma lamentación: “los incendios del verano empiezan a apagarse en el invierno”. Es en los trabajos poco lucidos del invierno donde está la clave: pero no se ejecutan, porque no son glamourosos. Siempre me acuerdo de lo que decía Félix Bayón: que lo más útil para prevenir el fuego son los rebaños de cabras por el monte, para que se coman los rastrojos; y que una de las causas de la proliferación de los incendios es que los políticos no se ven inaugurando rebaños de cabras...

Los incendios, la cultura. Las imágenes de este verano del fuego cercando la Acrópolis de Atenas. Precisamente esos días escuchaba yo conferencias sobre la Grecia clásica, de las que hay disponibles en la web (maravillosa) de la Fundación Juan March. Los conferenciantes, Rodríguez Adrados, García Gual, Lledó, insisten todos en lo mismo: que el fundamento de la democracia ateniense era la educación, la paideia. Sin paideia, literalmente, no hay democracia. La metáfora es fácil, pero exacta: la Acrópolis a punto de arder porque se ha descuidado lo esencial, el trabajo oscuro del invierno. Sin paideia, las capitalidades culturales son un mero festejo de verano: una pantomima.

La cultura, los incendios. Quizá lo que se merece una cultura que ha abandonado la educación y que, en consecuencia, se ha convertido en hojarasca, es eso: arder. Escribe Jünger: “La etapa museística es la etapa previa al mundo del fuego”. Las capitalidades culturales como algo esencialmente museístico. En su poema “Limbo” , Luis Cernuda cuenta la visita a una casa burguesa donde diletantes adinerados hablan y presumen entre obras de arte ya desactivadas. El poeta se siente extraño, aborrecido, y reflexiona sobre el artista que las creó: “Su vida ya puede excusarse, / Porque ha muerto del todo; / Su trabajo ahora cuenta, / Domesticado para el mundo de ellos, / Como otro objeto vano, / Otro ornamento inútil”. Me da la impresión de que el 2016, sea cual sea la ciudad elegida, va a ser eso: otro ornamento inútil. Como la Semana Santa, la Feria o los Juegos Olímpicos que se celebrarán ese mismo año y que otro político anhela como escenario para su exhibicionismo faraónico. El poema de Cernuda termina con este verso memorable: “Mejor la destrucción, el fuego”. No se trata de quemar ningún museo, ni ninguna ciudad convertida en museo: entre otras cosas, porque la quema de museos (el vanguardismo mecánico) es ya también un acto museístico. Pero queda el anhelo, la imaginación purificadora. Sólo en mi mente: sí, mejor el fuego.

8.10.09

La malthusiana dinamita

Son las once. El Nobel lo dan a la una. Tampoco está esta vez Salinger en las quinielas, a sus noventa años. Cualquiera que se mueva en el mundillo literario sabe el mérito, el inmenso mérito, que tiene eso. Estar descartado de antemano, como lo estuvo también Jünger, hasta después de sus cien. Que los suecos, con su finísimo olfato, detecten ahí un indicio de miasma... En cambio, sí vuelve a estar Dylan: el Ramoncín de la armónica. El día que le den el Nobel de Literatura a Dylan será como cuando a nuestras calles, en vez de nombres de ilustres abogados y estadistas muertos, empezaron a ponerles nombres de folklóricas vivitas (dentro de las cuotas de vida que una folklórica pueda tener) y coleando: Juanita Reina, Marifé de Triana, Isabel Pantoja, Rocío Jurado (ésta, antes de que se muriese de verdad)...

En cuanto a nosotros los escritores, los principales beneficiarios del Premio: somos una especie tan estólida que todos, aunque hayamos escrito sólo tres folios (¡tal es mi caso!), tenemos ya esbozado, en uno de esos tres folios, nuestro discursito de renuncia o aceptación. El mío de renuncia ("Señores de la Academia Sueca, no se hagan los suecos. Borges...", empezaba) lo estuve puliendo durante toda mi adolescencia. Hasta que decidí que no quería parecerme a Sartre, y que si me daban el Nobel, lo aceptaría. Sólo que dando la nota. La nota intelectual, me refiero, y no por medio del enfundamiento en liquiliqui ni nada parecido (Gabo, ahora que lo pienso, fue la primera folklórica que recibió el Nobel —Carmen Miranda, le llamaba el gran Cabrera Infante: otro que siempre estuvo entre los predescartados).

Mi nota intelectual, pues, que también ya tengo esbozada, sería un discurso en favor de la dinamita. Hay que convencer a los suecos de que a Mr. Nobel no le hace falta ninguna expiación; de que la dinamita que inventó ya constituye, en sí, suficiente beneficio para la humanidad. Es un objeto bonito (cuando va en cilíndrico cartucho) y filantrópico, debido a sus encomiables propiedades malthusianas... Yo, por lo tanto, le haría una rigurosa oda intelectual a la dinamita. Y quizá llevara en mi antiliquiliquílico frac un cartucho para lanzarlo al jurado, a modo de demostración y también a modo de intertextualidad (con lo que corroboraría de paso, in situ, por qué me habían dado el Nobel). La intertexualidad sería con La tarea del héroe de Savater (segunda vez que cito este libro en dos días: un libro que leí mucho, que me formó —del modo un tanto excéntrico que pueden ustedes apreciar): no encuentro mi ejemplar, pero era aquel momento del prólogo en que un examinando de Ética le lanzaba una bomba al tribunal que le había propuesto el dilema del pulmón de acero...

Por lo demás, ¿qué se puede decir de un premio que se lo han dado a Saramago y no (como empezaba a decir en mi discurso de rechazo) a Borges, Jünger, Bernhard o Cioran? Ya puestos, a mí me gustaría que se lo dieran a Vargas Llosa, aunque sé muy bien que se lo estarían dando a un cadáver (al menos novelístico: como ensayista y articulista todavía vive). A veces ocurre eso con los escritores: se mueren, pasan muchos años desde que escribieron La ciudad y los perros, La casa verde, Los cachorros, Conversación en La Catedral, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor, La guerra del fin del mundo... pero resulta que su cuerpo seguía aquí entre nosotros, con lo que la Fundación Nobel tiene la ocasión de recompensarles aún por aquellos libros. Por desgracia, otros escritores como Bernhard, cuando se murieron, se murieron de verdad: no se dejaron ni un solo mes póstumo, mientras vivían.

2.10.09

¡Aristóteles!

Nunca pensé que pudiera citar a Aristóteles. Yo, como todos los artistas, he sido platónico (y antiplatónico: pero con la referencia siempre en Platón). Ahora, en cambio, he escuchado una frase portentosa de Aristóteles; por lo demás, de filiación platónica (por ese engendrar con la obra que suele resaltar Eugenio Trías, enlazando a Platón con Nietzsche). Ha sido en un diálogo que mantuvieron en 1994 Emilio Lledó y Pedro Cerezo en la Fundación Juan March, para presentar el libro del primero Memoria de la ética. El diálogo en sí es interesante: un poco relamido a veces, con un cierto tono de predicación; pero provechoso. Y, sobre todo, con el relámpago (¡fecundador!) de la cita de Aristóteles, que transcribo del audio:

Todos aman su propia obra más de lo que su obra les amaría a ellos, si llegara a ser animada. Quizá ocurre con los poetas que aman extraordinariamente sus propias obras y las quieren como a hijos. La causa es que el ser es para todos objeto de predilección, y somos por nuestra actividad [por vivir y actuar]; y la obra es en cierto modo su creador en acto [en energeia, actuando]; y el creador ama su propia obra más que a sí mismo porque ama el ser.
Escúchese del minuto 69:30 al 71:25 (la cita más los comentarios). La referencia bibliográfica que da Lledó es: Ética nicomáquea, 1167b y siguientes.

13.9.09

Vampirización

Acabó mi verano heladero. ¡Ah esta vida de Bridget Jones masculino! Pero ojo: mi panza es metafísica. Crece cuando me atosigan las angustias o veo abrirse socavones en el suelo del ser. Yo no he tomado un ansiolítico en mi vida; sólo uso la anestesia del alcohol y las grasas. Me abochorna mi perfil combo, pero al mismo tiempo lo asumo con orgullo, porque sé a qué se debe. Del mismo modo que Cervantes presumía de no haber perdido su brazo en pendencias, sino "en la más alta ocasión que vieron los siglos", yo proclamo que mi sobrepeso fue ganado en un Lepanto existencial. Cuando me vean gordito, amigos, es que estoy heideggeriano.

Los kioscos son por lo tanto, para mí, cabinas de restauración filosófica. Allí se expende el bálsamo que me ayuda a sobrellevar las tardes. Para mí, todo kiosquero es Boecio, y Boecio le llamo. "Boecio, déme un drácula", le digo; aunque sea mujer la vendedora. Y Boecio me sirve. La consolación de los helados. Mucho tiempo he estado dándole al cornetto de vainilla, pero el año pasado me pasé al drácula (sólo consumo Frigo, lo demás lo desprecio). El drácula, que tomábamos de niños (recuerdo el primer anuncio: "¿la contraseña?", "¡de fresa y cola!") y largo tiempo desdeñamos. El verano pasado volvió, y éste se ha hecho indispensable. Setenta y cinco centimitos de nada. ¿Cuántos me habré tomado? Lo que sé es que el de hoy ha sido el último. Este otoño caerán las hojas, pero también las lorzas. Pienso llegar al turrón hecho un figurín. (¡Y atiborrarme entonces de turrón!)

Lo del drácula, por cierto, me ha supuesto estar, sin querer, a la moda vampírica. Y aquí quería yo llegar, pedantescamente. Porque hoy, tomándome mi último drácula, me he acordado de una modalidad de vampirización que caracterizaba Eugenio Trías en Meditación sobre el poder, capítulo séptimo:

Sucede con frecuencia que el artista se halla tiranizado por su propia creación, que termina convirtiéndose, al igual que muchos hijos con sus padres, en vampiro que absorbe todas las energías, toda la esencia y la sustancia, toda el alma del propio creador. En la modernidad, por razón del imperio del Capital, el artista, aun inconscientemente, tiende a reproducir en su interior esa alucinante figura del vampiro, convirtiéndose en alma plenamente "entregada" a su propia obra, en la que cifra de modo absoluto y tiránico su Identidad. Y ello sucede por razón de la hipoteca que deriva de toda búsqueda de Identidad.
.....De hecho, la relación del creador con su obra es en esencia (o "debería ser") de asistencia. Igualmente la de la obra con el creador. Ya que uno y otro son seres realmente distintos, sólo que en estrecha relación. Cuando la obra seduce al creador, éste termina por recrear su propia vida a imagen y semejanza de aquélla, constituyéndose muchas veces en eso que asimilamos a la figura, a veces un tanto ridícula, del artista romántico.
Me lo aplico cagando leches (¡desnatadas!). Porque hace ya la tira que estoy hecho todo un personaje...