1.3.10

Tabarra andaluza

Supongo que es mi carácter y que si fuese brasileño detestaría Brasil. Pero el caso es que soy andaluz y detesto Andalucía (y amo Brasil, por cierto). Ahora está de moda que los nacionalistas acusen a los antinacionalistas de no amar su tierra, y de incluso odiarla (¡el famoso auto-odio!). Es mentira cochina, claro; como el 99% de lo que emiten los nacionalistas. Pero si a mí me lo dijeran, acertarían. Se me ha atravesado mi tierra: ¡qué le vamos a hacer!

No detesto ninguna idea etérea de Andalucía, ni ningún ser andaluz idealizado (esas monsergas me pueden caer hasta simpáticas, y además siempre salen patios, fuentecitas y tal): la Andalucía que detesto es la que hay. Esta Andalucía no abstracta sino concreta: la que es ya un resultado. El resultado –más allá (¡o más acá!) de su larga historia– de una política, una educación y una Radio Televisión Andaluza. Un resultado, principalmente, del PSOE andaluz; pero también el PP andaluz, y la Izquierda Unida andaluza, y el Partido Andalucista, y los gilismos varios: todos moviéndose de un modo muy profundo –para qué nos vamos a engañar– con las inercias mentales del franquismo. Repasar las jetas de los políticos andaluces puede ser lo más parecido a un paseo entre la estolidez y la muerte.

Dicho lo cual, añado que el pueblo está encantado: la comunión con sus políticos es absoluta. Cuando llega la Navidad y los parlamentarios andaluces se ponen a cantar villancicos, a mí se me revuelve el estómago. Pero a la gente le gusta. Lo mismo pasa con Canal Sur: es una cadena que se amolda sin roce al andaluz realmente existente. Yo manifiesto mi repulsión, pero tampoco quiero darme aires. Sé que soy yo el que sobra. Mi malestar es aislado y cenizo: no prolifera. La única esperanza (para que Andalucía empezara a dejar de desagradarme, en una o dos generaciones, a ) sería una buena enseñanza pública; pero la que existe es justo lo contrario: funciona, casi sin exageración, como una fábrica de espectadores de Canal Sur. El sistema se autoabastece.

El remate, como siempre, es la retórica. No basta con sufrir la tabarra andaluza de los hechos: también hay que tragarse los discursos. Este domingo, Día de Andalucía, ha caído un chaparrón extra. Aunque al final ha resultado instructivo. Estaba yo observando que todos nuestros políticos, sean del partido que sean, adoptan la manera de hablar de Antonio Burgos, prototipo del archicursi andaluz, cuando de pronto me he dado cuenta del sustrato antropológico. La devoción que hay por la Autonomía es igual que la que se tiene por las Vírgenes. Y entonces ha encajado todo. Nuestros políticos, que son unos capillitas y no hay nada que les guste más que salir en una procesión, han encontrado en Santa Autonomía a la Virgen que les faltaba. Lo demás: beatería e incienso (y algún eructo).

[Publicado en Frontera D]

22.2.10

La erudición de Ferré

El pasado lunes asistí a la presentación en Málaga de Providence, la novela con la que Juan Francisco Ferré ha quedado finalista del premio Herralde. El acto tuvo lugar en la sede del organismo cuyo nombre es sublime sin interrupción: Instituto Municipal del Libro. Había anochecido ya y llovía, con lo que la sala, que estaba llena, tenía algo de refugio, de catacumba. A lo largo de la velada se habló mucho de Lovecraft y a la salida, en que seguía lloviendo, la ciudad tenía un aspecto gótico. La plaza de Uncibay, en obras, parecía un campo de trincheras de la Primera Guerra Mundial. Estuvo bien que el paisaje estuviese tan desmalagueñizado, porque Ferré –que es uno de esos amigos con los que mantengo una relación afectuosa pero polémica, y que me resultan fecundos a la contra– cuenta entre sus virtudes la de ser tan poco malagueño. La de haber sobrevolado olímpicamente el pegajoso mundillo local.

Ferré es grande, guste más o guste menos. Mi temperamento va por otro lado y por eso no puedo apreciar del todo los aspectos cualitativos de su grandeza; pero sí los cuantitativos. Entre estos está su portentosa erudición. Es grande en términos objetivos y además aparece como grande, porque Ferré no se mide al exhibirla. Ferré es un Nacho Vidal de la erudición, y gusta de mostrar su miembro. Queda poco elegante: pero el efecto es tan abrumador, que termina resultando jocoso, dionisíaco. Ferré nos invita permanentemente a la fiesta de sus archivos mentales, muy bien organizados, y en perpetuo incendio (se trata de una organización incendiada).

Conocí su erudición el mismo día que lo conocí a él, y casi en el mismo segundo. Fue en la primavera de 2005. Recuerdo que paseaba por la Feria del Libro de Málaga con mi camiseta de Duchamp: una camiseta del Museo de Filadelfia con el Gran Vidrio estampado en el pecho y en la espalda. (Caigo ahora en que mi torso embutido entre ambos estampados era simbólicamente transparente; lo que confirma mi idea de que el Gran Vidrio, como Las Meninas, es un artefacto “para desaparecer dentro”.) Me paré a saludar a mi amigo Paco Torres, y éste me presentó a Ferré, que estaba a su lado. Creo que aún no nos habíamos soltado la mano, cuando Ferré exclamó, mirando mi camiseta: “¡Hooombre, Diiishom!” Y me soltó, literalmente, una conferencia sobre el artista. Yo entonces lo sabía todo de Duchamp, porque me había pasado los últimos meses leyendo cosas sobre él (cosas que, en su mayor parte, ya se me han olvidado: mi memoria es también incendio, pero de los propios archivos), y puedo certificar que su erudición duchampiana era certera, científica.

Desde entonces he asistido, siempre que he quedado con Ferré, al despliegue apabullante de su erudición. El efecto es el de una apisonadora. Me ha pasado más de una vez que he aportado a la charla la florecilla de alguna pequeña lectura mía y me la ha aplastado con sus toneladas de volúmenes. Yo me lo paso pipa, pero desde la vergüenza de ser tan ignorante y no haber leído ni el uno por mil de los libros que se ha leído (¡y almacenado y procesado: ojo!) Ferré. La más apoteósica fue la tarde en que se me ocurrió mencionar que me había gustado mucho un soneto que acababa de descubrir de Nerval. Me miró alarmado: “¿Pero cómo? ¿No habías leído a Nerval?”. Le dije que, aparte de ese soneto, sólo sus novelas, Aurélia, Sylvie... “¡Pero de Nerval hay que leerse la poesía, Les Chimères!”, sentenció. Para recomponerme un poco declaré que de quien sí me había leído la poesía era de Laforgue. “¡Pero de Laforgue hay que leerse la prosa! ¿No te has leído la prosa de Laforgue, Les Moralités légendaires?”. La respuesta era no. De manera que aquella tarde yo había llegado tan contento de haberme leído un soneto de Nerval, y salí chafado por no haberme leído todos los demás poemas de Nerval, ni los libros en prosa de Laforgue, ni decenas de títulos más, algunos autores que ni me sonaban, que salieron a lo largo de la conversación...

Por eso me hizo gracia la otra noche cuando, en el transcurso del acto, salió a colación un crítico que, en su reseña de Providence, había tenido la ingenuidad de afearle a Ferré que no hubiera leído a Hawthorne. Se me figuró uno de esos incautos romanos que se aproximan a Obélix; esta vez a un Obélix-Ubú. En efecto, Ferré desplegó una buena serie de mamporros verbales: no sólo se había leído a Hawthorne, sino que se había leído todo Hawthorne, La casa de los siete tejados, La letra escarlata... otra cosa es que no lo hubiera querido utilizar.

En el tiempo que llevo tratando a Ferré, sólo ha habido un autor que yo haya citado y que él no conociera: James Salter. Fue el verano pasado, caminando por el paseo marítimo. Me extrañó su desconocimiento, porque Salter es un autor prestigioso y más o menos conocido (ahora precisamente acaban de salir en España sus memorias, Quemar los días; y aquí en Frontera D apareció un poema suyo traducido por Eduardo Jordá). Con cierta malicia pensé en las trampas de la erudición ("desconoce justo al más sutil: es que no falla"), sin duda por vengarme de tantas humillaciones. Por lo demás, no me extrañaría nada que desde aquella misma noche Ferré se hubiera puesto a leer a Salter y a estas alturas no sólo se tenga leído ya todo Salter (cosa que yo aún no he hecho), sino que sepa de Salter más de lo que yo jamás sabré.

En cuanto a Providence: es otro de los libros que él se ha leído y yo no. Pero lo haré. De la presentación del lunes salí ciertamente con ganas de hacerlo.

[Publicado en Frontera D]

* * *
(26.2.10) Es curioso, pero hace justo un año escribí, avant la lettre, por qué no soy un Ferré.

(4.11.12) Ferré ha ganado el premio Herralde 2012. ¡Me alegro!

16.2.10

Diez años on-line (y 3)

He descubierto que tengo un problema con los artículos seriados. Lo he descubierto sobre la marcha, que es como se descubren estas cosas. Llegaba el domingo y, a la obligación de escribir mi artículo, se unía la de hacerlo sobre el tema anunciado. He venido patinando desde entonces en mi conciencia de lunes, y hoy la escribo otra vez a toro pasado: en pleno martes. Pero esto tiene un enganche con el asunto que despediré hoy: esta la peculiaridad de las publicaciones on-line como Frontera D, que, aunque mantienen el ideal de la puntualidad (más que nada, por cortesía con el lector), no experimentan una catástrofe si alguno de sus articulistas se retrasa. La página electrónica, a diferencia de la de papel, se queda esperando al rezagado.

Ocurre además que mi artículo lo escribieron en parte dos admirados (¡y queridos!) articulistas, Elvira Lindo y Arcadi Espada, que trataron el domingo sobre las novedades aportadas por internet a, respectivamente, las cartas y el amor. Me queda hablar, pues, de la interacción a pelo; la multitudinaria.

El Cibercafé de Pombo es hoy un lugar desvencijado, y con su puerta de acceso escondida entre matorrales. Pero, si lo hubieran visitado ustedes cualquier noche (e incluso cualquier mañana, cualquier tarde) de 2001 ó 2002, se hubieran encontrado en un jacuzzi de chisporroteos. En el Taller Literario se colgaban textos y en La Tertulia se hablaba de ellos (no siempre halagadoramente) y de todas las demás cosas. Fue mi primera experiencia intensiva de chat. Recuerdo que, cuando se cumplió un año, mi memoria estaba rebosante. Era imposible que hubieran pasado tantas cosas en tan poco tiempo. La vida reducida a palabras (a palabras virtuales) semejaba la luz concentrada de una lupa. Luego llegaría a conocer también algunos de los cuerpos que había tras las palabras: pasé a las kddas y las citas. Hoy el Taller está vacío. La Tertulia sigue abierta, pero ya es como un bar en ruinas. A veces entro, miro un segundo y salgo sin decir nada: no es por nostalgia, sino porque me asombran sus escombros.

El Pombo fue, en escala pequeña, lo que luego sería el Nickjournal de Arcadi Espada; con su prolongación alejandrina en el actual Nickjournal. Mi experiencia me ha hecho ver que las webs cumplen el ciclo de las civilizaciones: periodo arcaico, periodo clásico y periodo alejandrino (de decadencia larga, cansada, hastiada, ociosa y dulce). Siempre aprecié aquel dictamen precisamente de Espada sobre Houellebecq: “confunde sus crepúsculos personales con crepúsculos colectivos”. Quizá el mencionado ciclo se corresponda más bien con la curva personal de la atención, el interés, la sorpresa. Pero también con su traducción colectiva: el periodo clásico sería la fase en la que hay una porción significativa de participantes subiendo.

Eso sucedió con el blog de Arcadi Espada en el milagroso año de 2005. El 2004 fue un prólogo, y el 2006 una continuación. ¡Pero ah, aquel 2005 en que el esplendor cuajó! Qué sensación de estar en el centro, donde se cocían los asuntos (retóricamente al menos). Si ha existido alguna vez un intelectual colectivo ha sido aquel. Lo era todo: el ágora, el patio de vecinas, el altar de los homenajes, el desolladero, la universidad, la tribuna poética, el más sofisticado y completo de los quioscos. Recuerdo las jornadas epilépticas metido en aquel berenjenal. Creo que mi cerebro nunca ha estado más desatado.

Pero todo se agota, y aquello también. No se puede ser eléctrico sin interrupción. Después ha venido el Facebook, que también ha sido divertido, pero en un plan más familiar: sólo con cómplices. No ha estado mal; pero anoche precisamente desactivé mi cuenta. Quizá lo hice para terminar con algo sólido este artículo retrasado. Tras diez años, necesito iniciar una etapa (no sé de cuánto tiempo) sin interacción: volver a la áspera soledad de la pantalla muda; restringir el burbujeo, tapar las goteras.

[Publicado en Frontera D]

15.2.10

Lunes maximalista

Es una lástima no poderme ver a mí mismo con la nitidez con la que veo ya a los demás. Me vendría de perlas poder calarme a mí mismo así.

*
Sobre todo, es gracioso detectar el tic de otra persona; cómo reacciona siempre igual ante determinado estímulo. A partir de entonces, la vemos como un triste autómata, al menos en esos gestos. Ya disponemos de sus hilos de marioneta y, siempre que lo deseamos, levanta el brazo o lo que corresponda. Para nada: sólo para divertirnos. (Diversión que flota, naturalmente, sobre la melancolía de fondo.)

*
Sí, hay gente a la que se la cala en lo esencial. Sobre todo, cuando lo esencial en ella es una gran mentira. La gente que vive en una gran mentira resulta supercalable. La que no, no tanto: porque suele ser más compleja e imprevisible.

8.2.10

Diez años on-line (2)

Como decíamos, no ayer, sino anteayer, tras los merodeos referidos metí internet en casa: me convertí en internauta en toda su desatada intensidad. Han pasado diez años y, como escribió Baudelaire, “albergo más recuerdos que si tuviera siglos”.

Hay una masa de voces en mi cabeza; un abigarrado hormiguero de frases, chispazos y también deambulaciones tediosas a golpe de clic. Han pasado muchísimas cosas, y casi todas virtuales. Las que han pasado fuera han tenido bastante que ver con las que pasaban dentro. Y además: después de pasar fuera, tenían su comentario dentro. La vida se ha desdoblado y da la impresión de que su espejo, como la sustancia de Spinoza, tiene infinitos atributos.

En las facilidades prácticas que internet ha aportado apenas voy a pararme, porque sería como hablar de la atmósfera que respiramos todos. La ayuda ingente de la información. Necesitar saber algo y tener la respuesta en seguida. Por ejemplo, cuando me encontraba traduciendo el libro Bossa Nova y apareció la palabra “Philco”. Muchos sabrán lo que es, pero yo no la había visto nunca. Gracias a Google lo supe, y así con todo. A nuestra generación de tránsito, o pionera, se nos ha puesto en el brete de tener que emitir frases de admiración como aquellas de las que se reía Flaubert en su Diccionario de tópicos, sobre la velocidad de los trenes y demás avances del progreso de hace dos siglos...

La chicha está en los chats, en los blogs, en los foros: en la interacción. También en los mails, que han supuesto una aténtica recuperación de la misiva, y de la notita. Hoy son más contemporáneos los billetitos que se mandan los personajes de Proust de lo que lo eran hace veinte años. El centro de gravedad de internet está en las relaciones humanas: en el aluvión de relaciones humanas. No es un medio frío, sino caliente. Quemante a veces. Si va camino de derrotar a la televisión (ya la tiene grogui, como mínimo) es, entre otras razones, por la temperatura.

Mi historia interactiva tiene estos hitos: Starmedia (2000), el Cibercafé de Pombo (2000-2004), el blog de Arcadi Espada (2004-2006), el Nickjournal (desde 2007) y ahora Facebook. Enmedio hubo además mucho Messenger, largas sesiones de Messenger: pero el Facebook acabó con el último rescoldo del Messenger (que fue muy grato, por lo demás; con mi amiga Francis). Sobre Starmedia escribí un texto en mi blog, “Caliche 17”, que cuenta mi primer acercamiento a un chat, así como el personaje que empecé a forjar a partir de entonces, impremeditadamente. Este personaje, que en Starmedia oscilaba entre los nicks Maestro Zen, Micropene y Superpollón, pasó a consolidarse en el Cibercafé de Pombo como Sr. Lobo (y más tarde Sheriff Lobo), que era ya casi el mismo que el Atleta Sexual que transitó por el blog de Arcadi Espada. Este ha sido, definitivamente, mi último nick: aparte de lo que se haya podido contagiar el Montano que me queda; de lo anickado que me haya vuelto yo también...

Pero me he plantado en el final de la página con casi todo aún por contar. El próximo lunes, pues, seguiré: espero que ya sin eclipse y con puntualidad. (¡No quiero convertirme en el Curro Romero del articulismo español!)

[Publicado en Frontera D]

[Sigue: Diez años on-line (y 3)]

7.2.10

Arte contemporáneo

Este año me han seleccionado para Arco, con una obra yo creo que notablemente duchampiana. No la puedo mostrar aún, pero sí describir. Consiste en una reproducción del famoso cuadro del Greco, El caballero de la mano en el pecho; aunque alterada: en mi obra, la mano del caballero no se posa en el pecho, sino que lo hace en la entrepierna. Como el cuadro sólo muestra hasta la cintura, el espectador debe imaginar el resto. Pero la obra adquiere su plena significación con el título, que es de lo que estoy más satisfecho (y feliz como unas castañuelas, para qué negarlo): El caballero de la mano en el chocho.

* * *
PS. Lowon me envía su versión.

30.1.10

La historia de un corazón quebrado

Llegué tarde a Salinger pero llegué bien: justo en el momento. La mujer de la que estaba a punto de enamorarme era salingeriana y quise hacer los deberes. Yo había leído en su día El guardián entre el centeno, pero no me marcó. Me pareció algo así como un Principito sofisticado. Ella era más de los que me faltaban por leer: Franny y Zooey, Nueve cuentos y el doble Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: Una Introducción. Empecé aquel año leyéndolos; más que como literatura, como un jeroglífico: trataba de descifrar en ellos el alma de ella. Una tarea absurda, salingeriana.

En nuestras primera citas hablamos de Salinger. La primera vez que estuve en su casa me prestó En busca de J. D. Salinger, de Ian Hamilton. Ella era bananafish. Me hablaba de la mitología salingeriana. Cómo entre ellos, por ejemplo, era un honor recibir una carta de advertencia del abogado de Salinger por haber hecho un uso indebido de sus textos. Estaba, sobre todo, la mitología de sus cuentos proscritos: aquellos que llegaron a publicarse en revistas pero que Salinger había mandado quitar de la circulación. Una tarde en que me encontraba en mi apartamento de Torremolinos di con todos en internet. Me los fui bajando uno a uno (el proceso era lento entonces) en un estado de excitación. Recuerdo bien aquella tarde. Era marzo y tenía puesto un disco de Nana Caymmi, Desejo. Lo hábil hubiera sido guardarlos y darle la sorpresa en Madrid; pero no pude contenerme y la llamé para adelantarle la noticia. Debí de comprender que estaba enamorado de verdad, porque aquella misma tarde me puse a repasar los mails que me había cruzado con ella, desde hacía meses, y a guardarlos, a salvarlos.

Ella tradujo algunos de aquellos cuentos inéditos, pero tiempo después: cuando ya se había acabado nuestra historia. Me los dio a leer y así hubo un epílogo de Salinger, melancólico. Por cierto, con otro disco brasileño como música de fondo en aquellas jornadas mías post-crepusculares (hoscas, sin sol): Ney Matogrosso interpreta Cartola.

La operación de Salinger, básicamente, consiste en colocar cerebros superdotados en temperamentos menesterosos. En sus cuentos narra los roces de una inteligencia sin asideros. Una inteligencia que es pura herida. Salinger le da voz a la monstruosidad de la adolescencia; nos muestra a adolescentes con lucidez de su situación y con la capacidad de manifestarlo. Entra una cosa y otra, todo aquello me provocó una brutal regresión adolescente. Me vi, avanzada la treintena, ahogado en un lamentable existencialismo de teenager. Fue una desgracia, pero tuvo su gracia. (Aunque no sé por qué hablo en pasado; quizá por coquetería.)

[Publicado en Penúltimos Días]

29.1.10

La vida de Montano

'La vida de Montano' se publicó desde el 3 de diciembre de 2009 hasta el 28 de enero de 2010 en 'Factual', el periódico digital que dirigió Arcadi Espada. Aquí van todos los textos, salvo tres o cuatro que no me terminaban de convencer.

*
¡A ver si me la encuentro!

Empiezo a contar la vida de Montano. ¡A ver si me la encuentro!

Mi principal novedad autobiográfica es esa: que he empezado a usar el twitter.

Uno adquiere complejo de salchichón: no me ofreceré entero, sino en rodajas. (¡Cortadas muy finitas!)

Llevo un minuto de autobiografía twitteada y ya he aprendido la lección fundamental: el twitter es el mensaje.

*
Heroína contemporánea

En la cola del Supersol una vieja se ha cagado encima. Menudo pestazo. Se ha quedado paralizada, mirando al suelo: recogida en su vergüenza.

Pero ha intervenido esa heroína contemporánea, la cajera: “A tu madre la limpias en tu casa, que el otro día dejó el wáter tó perdío”.

Dicen que el pueblo español es mayoritariamente de izquierdas. Yo lo encuentro más bien fascistoide, sólo que se ve guapo de izquierdas.

*
La Biblia de mi nueva vida

Desayuno releyendo el contrato de Factual, a modo de Biblia de mi nueva vida (que es la de siempre, pero contada en twitter).

De acuerdo: no mentiré, describiré el mal (¡yo, el mundo!), mostraré mi trazabilidad y, sobre todo, seré un objeto bello, singular y cálido.

Bueno, sobre esto último no descarto dar alguna que otra vez la nota "en la dirección opuesta".

*
Un parado esquiando

Sierra Nevada ofrece descuentos a los parados. Un parado esquiando. Se me queda esa imagen.

Gastarse el subsidio en esquíes. Para deslizarse por un suelo que sea como sus horas: blancas, frías.

O para aproximarse al precipicio. Quizá en la oferta va incluido el precipicio.

*
Charcutería

Vaya, resulta que en casa ha tocado un jamón. Parece que en cuanto me propongo ser autobiográfico, caigo en la charcutería.

El jamón en la pared: cosa inquietante. (Mon semblable, mon frère!)

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La epiquilla del invierno

Anoche me encontré en la calle con un viejo conocido: el frío. Después de nueve meses, ya lo daba por muerto.

Este año el verano ha durado en Málaga lo que un embarazo. Ha resultado agradable: el calentamiento global es un útero cojonudo.

Y ahora, a saborear la epiquilla del invierno. (Aquí nada es serio: el invierno tampoco.)

El invierno: primavera de las bufandas.

*
Perfume

Me fijo en el nombre de mi perfume: “Truth”. Fue un regalo de hace tres o cuatro años y aún voy por la mitad. Lo he usado poco.

¿La verdad está en la cosa o se le pone a la cosa? Lo cierto es que huele bien.

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Rosquillas

Feria del Dulce de Convento, en Torremolinos. La organizadora: "Se van a vender como rosquillas". No cae en que son justo eso: rosquillas.

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Errores

Sin puente. Trabajo en casa.

Ahora me dedico a hacer correcciones para una editorial, y a escribir.

O sea: a eliminar los errores de los otros, y a añadir los míos.

*
Por si acaso

Crujido extraño del ascensor poco antes de llegar. Decido subir a pie, por si acaso.

Una vez arriba, lo llamo. Me intriga saber “qué hubiera pasado”. Alcanza mi piso sin contratiempos. Decepción.

¿Y si no se ha descolgado porque iba sin carga? Me espero a que lo use alguien. Necesito saber si he sobrevivido de milagro.

*
Huevos a la vida

El ascensor no se ha desplomado todavía. Entré en casa y he pasado la mañana trabajando. Pero con el oído puesto.

Los vecinos ignoran el riesgo que corren.

Luego tendré que bajar. Aún no sé si por las escaleras, o echándole huevos a la vida.

*
La mujer en los treinta

¡Ah la mujer en los treinta! Anoche me crucé con una en un semáforo: caminaba altiva, con paso firme.

Se dejó atrás un foulard y la llamé: "Oiga, se le ha caído...". Me interrumpió enérgica: "¡No! ¡Lo he tirado!". Ni se paró.

Me alejé armando este tweet en la cabeza. Y envidiando al que la tiene en el bolsillo.

*
Jubilados

Debo de llevar vida de jubilado, porque me los encuentro siempre.

Paseando por los mismos sitios a las mismas horas, tomando el solecito, hojeando los periódicos en el OpenCor...

El tiempo que dedican al parchís, es el que yo dedico al intelecto.

*
Susto en la noria

Lo de “lo he tirado” me ha recordado aquel susto en la noria gigante.

Me subí con mi amigo Curro. Su perfil no resultaba el más tranquilizador para una atracción de riesgo: era devoto de Panero y Artaud.

Con la noria parada arriba, le entró un ataque de pánico. Le dije: "Calma, no vas a caerte".

Su respuesta me provocó el pánico a mí: “¡No tengo miedo de caerme! ¡Tengo miedo de tirarme!”.

*
Miedo para su edad

Una vez, pagando en la librería del Corte Inglés, me fijé en un niño que esperaba su turno. Tendría ocho años, con gafitas. Iba solo.

Cuando le tocó, preguntó al dependiente, muy educadito: "Disculpe, ¿libros de miedo para mi edad?".

*
Loncha de vida

Salgo a hacer una gestión y aprovecho para cortar alguna loncha de vida...

¡Allí! Una anciana se aproxima en su silla de ruedas, empujada por una mulatita guapa y aburrida.

La anciana en cambio está feliz. Viene royendo un pastel, sujetándolo con las dos manos, como un monito.

Al pasar a su altura descubro que no era un pastel, sino su dentadura postiza.

*
El culo de las cajeras

Un misterio de este mundo es el culo de las cajeras.

Puede pasar años sin que se levanten.

Hoy lo ha hecho la simpática de los escotes.

Me quedo con sus tetas.

*
Eros y Tánatos

Como iba con prisa, me he lanzado a cruzar con el semáforo en rojo.

De pronto, la visión de una tía en pelotas: una revista en la calzada.

He dudado un segundo si agacharme y justo entonces me ha pasado rozando un coche.

Es el amor el que va con la muerte. El sexo, con la vida.

*
Algo sucio

Ese gesto de taparse con la mano al hablar por el móvil.

Me recuerda al de quienes lo hacen en el restaurante para hurgarse con el palillo.

Comparten lo mismo: algo sucio en la boca.

*
Sábado noche

En el Supersol veo lo que no quiero ver: dos chicos llenando sus mochilas de botellas. Ven que les he visto.

No sé cómo hacerles comprender que no los voy a denunciar. (¿Tengo ya el aspecto del señor que denuncia?)

En la cola me he olvidado de ellos. Suena la alarma. Carreras. Vuelven con uno. "Ahora todos los sábados igual, para el botellón..."

El atrapado es bajito. Más que miedo, se le ve pereza por lo que va a suceder.

*
No es la guerra

Las palomas son tontas, como la paz.

Se ponen a picotear en la calzada y las aplastan los coches.

A veces, aún mueven las alas.

(No es la guerra: es la vida.)

*
Frío siberiano

Llega el frío siberiano.

El malagueño es muy mal ruso.

El verano que nunca se acababa, ahora lo tenemos que pagar.

*
Peligros de la simetría

Se ve que la idea de mi padre era tener dos canarios.

Por eso, cuando amaneció muerto uno, mató al otro.

*
Bengalas

En un jardín del extrarradio juegan dos chicas, andarán por los catorce.

Tratan de encender una bengala. No les sale. Risas. Al fin lo consiguen y admiran el chisporroteo que se eleva.

Pienso: en pocos años recrearán este juego, con otro tipo de bengalas.

*
Ombligos

Con este frío se agradecen los ombligos.

Hoy todavía una lo llevaba al aire.

El calentamiento global, concentrado en un punto.

*
Sismógrafo

Noche turbulenta. Agitación en la cama, sin poder dormir.

Otro año arruinado.

Por la mañana las sábanas revueltas son el sismógrafo del insomnio.

*
Un artista del aparcar

He vuelto a ver al gorrilla aquel canoso. Iba sin barba, bebido. ¿Habrá estado en la cárcel todos estos años?

Solía mentirme: "Es usted un artista del aparcar". Yo le daba con gusto la propina.

Una mañana vi su foto en el periódico. Había matado a otro gorrilla, machacándole la cabeza con una señal de tráfico.

*
Cuando estaba contigo

“No sería para tanto. Estos años no te he visto tan mal.”

Es de esas frases que no se responden, aunque se tiene la respuesta exacta:

“Porque sólo me has visto cuando estaba contigo.”

*
Los días de la basura

Estos son ya los días de la basura.

Hay dos misiles apuntando a cualquier proyecto: la Nochebuena y la Nochevieja.

Dejarse caer hasta la uvas, y luego renacer. (Con el cuerpo emporcado.)

*
Escenario de mi cobardía

El ascensor: escenario de mi cobardía.

Esa jugada de meterse rápido y pulsar el botón, cuando se aproximan los pasos de un vecino.

Ahora, con las puertas automáticas, hay suspense hasta el último segundo.

Me escondo en el ángulo muerto y lo mejor es la carrera y el suspiro final de decepción, por la ranura.

*
Sólo la puntita

Invierno intermitente: ayer de nuevo sol, hoy lluvia.

Así no hay forma de que arraigue el espíritu del norte.

El pensamiento nos mete sólo la puntita.

*
¡Duchamp funciona!

Voy a mear y es el urinario el que me mea.

Unos gamberros le han dado la vuelta al grifito fotoeléctrico.

Me miro la polla mojada buscando la firma de Duchamp.

*
Mi Bulli es este malestar

Twittear medio dormido, con resaca.

Mi Bulli es este malestar: dolor de cabeza, picor de ojos, neuronas torpes, con espumilla.

Transcribo desde mi mesa (de auto-autopsia): deconstrucción de Montano.

*
Asco bajo la lluvia

¡El romanticismo de los paraguas! Una pareja (veinteañeros de barrio) se besa bajo el suyo.

Nada interesante para el twitter. Pero ella se separa abruptamente.

“Lo haces como con asco. ¿Llamaste a la negrita?”

*
Solsticio en la ducha

Celebro la entrada del solsticio en la ducha.

Agua hirviendo, achicharrando la piel.

A mí el clima no me chulea.

*
Doble calcetín

Signo del invierno en Málaga: el doble calcetín.

Es lo más lejos que está el pie de la arena de la playa.

*
Dentífrico infantil

Se ha terminado el dentífrico. Uso el que tienen en casa mis sobrinos, con sabor a golosina.

Dentífrico infantil: el dentífrico de cuando decíamos "dentrífico".

Toda la mañana paladeando el tiempo en que la Navidad no era un coñazo.

*
Diminutivo cariñoso

"No le pegue usted". Una voz de anciana, en tono de lástima. Se lo ha dicho a otra que va con un perro.

"No, si yo le pego sólo a la correílla. Mire, mire." Le da con su bastón a la correa.

Me llama la atención el desplazamiento del cariño: "correílla". Al fin y al cabo es ella la que se lleva los golpes.

*
Lotería

He tenido suerte: no me ha tocado la lotería.

A estas alturas, me habría dado rabia.

Demasiado tarde.

*
Qué pereza

Una familia gitana. La madre empujando un carro de supermercado lleno de bultos (no de supermercado). El padre con el niño. Se dirige a mí.

"¿No tendrá usté fuego p'a la bengala del niño?". "Pero si es un petardo". "No, esto no explota". Lo enciende, lo arroja un metro y explota.

Mientras me alejo, escucho una y otra vez, hasta que dejo de oírle: "Pero niiiiño, ¿no me habías dicho que era una bengaaaala?".

Qué pereza el paripé. Son siglos de marginación, pero qué pereza.

*
Descripción del mal

El crac cuando se pisa, sin querer, un caracol.

No miramos abajo, pero sabemos lo que hay.

La argamasa de un cuerpo aplastado, con los cascotes de su casa.

*
Correcciones

Fealdad y belleza: en el autobús de la costa, las suites de Bach.

Horrores urbanísticos corregidos por el iPod.

Atravesar el lodazal en una barca de oro.

*
Arreglos con la verdad

¡No sé mentir! Y cuando lo hago, termino en un arreglo con la verdad, a posteriori.

Ayer me escapé de su casa con la excusa de que tenía que pasarme por la Fnac.

No tenía previsto pasarme por la Fnac, pero al final di un rodeo para pasarme por la Fnac.

*
Los globos se escapan

El niño no se lo puede creer: el globo se le ha escapado de la mano.

Mira para arriba, a la vez que desciende el rostro de su madre. Por las rendijas de los besos, el niño todavía le echa un vistazo al globo.

Pronto se olvida. Conserva un resto de estupor, pero ya vuelve a sonreír.

Esta vez la herida ha sido suturada a tiempo.

*
Mapamundi horario

Noche en vela, trabajando.

Amanece y mi cabeza se derrumba.

Miro el mapamundi horario, para ver por dónde se está poniendo el sol.

Japón: me acogeré a su noche.

*
Metafísica

Me cruzo con mi viejo profesor de metafísica.

Ese tiempo que él desdeñaba, en aras del Ser, lo ha triturado.

*
Día de los Inocentes

Ya no se ven los monigotes aquellos, de tebeo, en las espaldas.

Pero es porque no nos fijamos bien: somos nosotros, en las espaldas del mundo.

Siempre recuerdo la humorada de Juan de Mairena, que anunció a Cioran: "Un pedagogo hubo: se llamaba Herodes".

*
Cañones

Me fijo en las botellas de champán en el supermercado: horizontales, apuntando como cañones.

A la señal convenida, le dispararán al nuevo año.

Y lo hundirán.

*
Ya sabía que no

Una mujer pasea a su hija paralítica. Hace sol. La criatura disfruta con su racioncita de sensualidad.

La madre es alegre. Se para a hablar con el matrimonio que está a mi lado en el banco. Asuntos cotidianos, banales.

Se despide. Su ánimo ha hecho que la tarde vuelva a parecer grata. Si guardaran silencio los de mi lado...

Pero ya sabía que no: "Pobrecilla mujer la que le ha caído".

*
Celebración del desayuno

Frente a los viscosos sueños, el desayuno.

Ninguna fantasía comparable al pan con aceite y el café.

Se va la noche con sus fantasmas. Llega el día.

Es el cuerpo vacío el que produce monstruos.

*
Pasados de moda

Ha remitido (¡al fin!) la plaga de los papa noeles en las fachadas.

El año pasado una niña quiso tocar el de su balcón y cayó al vacío.

Los que quedan parecen viejos hippies: canosos, barrigudos, pasados de moda.

*
Perversos polimorfos

Siempre se me olvida que con los niños hay que ser serios.

Mis sobrinos me lo recuerdan: “Tito, no hagas tonterías”.

“¡Pero si os reís! ¿No os gusta?”. “Sí, pero no tanto tiempo”.

*
Curiosidad malsana

Del año nuevo se puede decir lo que decía Borges de la mañana: "depara la ilusión de un principio".

Mi primera curiosidad del año es siempre la misma: qué día de enero fracasaré en mis propósitos. No suele tener dos cifras.

*
Casanova

Nunca he sido muy ligón, por pereza. Pero un año sí lo fui: la desesperación se impuso a la pereza.

Fui consumiendo amantes como rosquillas. En Nochevieja todas me mandaron un sms de felicitación. Me alegré. Pensé: "lo he hecho bien".

No se ha vuelto a repetir. Por pereza.

*
Campanadas

Decidido: tomaremos las uvas con Belén Esteban. Es decir: pisando el fango.

Protección teórica: la Nochevieja pertenece aún al 2009, así que no ensuciamos el año nuevo.

El 1 de enero no lo dan las campanadas, sino el sol: con su primer amanecer.

*
Realismo

Entre las masas navideñas, cazo una frase al vuelo: “Es una casa sombría. A las cinco ya es de noche”.

El realismo es el esfuerzo de la gente por hablar como hablan en las novelas.

*
Sol

Tortilla de patatas: un sol en la sartén.

Hoy no tiene rival. Afuera llueve.

*
L'amour!

No sé en qué momento me di cuenta de que yo le gustaba. Como despachaba patatas asadas en aquel sitio, la conocíamos por "la de la patata".

Se agobiaba porque estaba en la peor posición para gustar: con su gorrito ridículo, su cara sudorosa, las prisas de ese trabajo sin brillo.

Yo no sabía cómo decirle que me parecía una princesa así, que no tenía que hacer más, que mi distancia era porque estaba enamorado de otra.

*
Vita nuova

Los manjares navideños contribuyen, después de todo, a una cierta renovación.

Lo que arrojo en el retrete tiene más colorido: marrones veteados, algún que otro verde oscuro, etc.

Algo es algo.

*
Primeros muertos

En el periódico leo los nombres de los primeros muertos del año.

Sorprende ver 2010 como cifra de cierre.

Se abrió hace cinco días y ya ha atrapado a varios. El cepo.

*
Petardos

La insufrible moda de los petardos.

La vida se desarrolla estos días con un fondo de disparos y explosiones.

Así deben de ser las guerras civiles: niñatos a sus anchas.

*
Noche de Reyes

A partir de cierta edad, los Reyes sólo traen carbón: el carbón de los años.

¿Qué les pediría? Que fueran reinas y se metieran en mi cama.

El sexo, parafraseando a Brassens, es el último regalo de los Reyes.

Nos saca de la infancia, pero nos deja con ese juguetito.

*
Alianza de civilizaciones

Entro en una tienda de chinos justo cuando la dependienta está despachándole dos botellas de whisky a un magrebí.

La china me sonríe, pero él está incómodo, como cuando a un adolescente lo pillan comprando preservativos.

A mí me entran ganas de darle un abrazo. O de poner un billete en el mostrador, diciendo: "Invita Occidente".

*
La buena siesta

La buena siesta es la siesta con baba.

El día se vence y emite su zumillo.

Es como la eyaculación del cansancio.

Media hora y otra vez como nuevos.

*
Desconfianza

Un grano en el párpado. Lo miro con desconfianza.

Estos sarpullidos ya no son de primavera.

Pueden venir para quedarse.

*
Vivir pericolosamente

A veces, verdaderamente, no me la encuentro: no me encuentro la vida.

Toda la mañana pensando qué poner y nada.

Se me adelgaza tanto, que no da ni para un tweet.

Sólo me queda eso: decirlo.

*
Vivir pericolosamente (2)

Cartel en la puerta de un restaurante italiano: "Tenemos cocinero italiano. NO SOMOS FRANQUICIA".

No entiendo qué tienen contra las franquicias. Yo soy un gran enamorado de las franquicias.

Mis amigos suelen preguntarme: "¿En qué franquicia comes hoy?".

*
Vivir pericolosamente (y 3)

Un poco de actividad: decido afeitarme.

La cercanía de la carne y la cuchilla tiene su aquel. Podría forzar un final melodramático.

Bah. ¿Qué voy a hacerle a este tipo con cara embadurnada de espuma?

*
El postre del invierno

Esa combinación chic: tomar helados con bufanda.

Yo soy el que mantiene la industria heladera en los meses de frío.

Quizá es porque al invierno de Málaga le falta el postre: la nieve.

*
Las ciudades con río

Sí tenemos ese espectáculo ocasional: el río con agua. (¡Oh, la higiene de las ciudades con río!)

Por lo general el cauce lo gobierna Parménides. Nos bañamos mil veces en el mismo río seco.

Sólo con las lluvias vuelve Heráclito. Pero por poco tiempo: no le da tiempo a llevarse todas las miasmas que paralizan la ciudad.

*
El bien de Montano

A veces me preguntan si mi Montano es el de Vila-Matas. La respuesta es: no.

Mi Montano es el de la "Epístola a Arias Montano" del capitán Aldana, que ensalzó Cernuda:

"Pienso torcer de la común carrera / que sigue el vulgo, y caminar derecho / jornada de mi patria verdadera..." (¿He dicho algo?)

*
Perro de artista

Un animal lo pasa peor que el toro: el perro de los, así llamados, perroflautas.

A diferencia de los transeúntes, no pueden escapar del “arte” de su dueño.

En cada esquina reproducen la tragedia de Troilo.

*
Comprometido trámite

Para ver El cónsul de Sodoma hay que pasar antes por taquilla y decir: "Una para El cónsul de Sodoma".

Comprometido trámite para el intelectual solitario.

En la sala el público es sólo de varones: dispuestos a distancia, como en los antiguos cines X.

Lo escabroso no es el tema homosexual, sino la poesía. Nos falta un Día del Orgullo Poético.

*
Elegancia moral

Un hombre le escupe a una mujer en la cara. Lo extraño es que ella ha permanecido impasible. Siguen caminando juntos.

Conforme se acercan veo que ella no es su pareja, sino su madre. Y que él es un disminuido psíquico.

Admiro la elegancia de la mujer: su elegancia moral. Se limpia con el kleenex sin aspaviendo, sin reproche. Erguida. Él nunca sabrá su lujo.

*
No acostarse, caminar

No soy hipocondríaco, pero me ha alarmado un zumbido que he sentido dentro del cerebro. Una presión sostenida que se deslizaba con lentitud.

Han sido sólo unos segundos, pero he pensado: ¿obstrucción, rotura? ¿El famoso aneurisma? Me he quedado observando posibles consecuencias.

No he notado nada, pero instintivamente he decidido que no debo acostarme, sino caminar. Y que ha de ser un lema para siempre.

*
Patinadoras

Por el paseo marítimo me envuelve una nube de patinadoras: siete u ocho chicas, que me adelantan.

Se alejan. Son patosas. Están aprendiendo. Los patines han debido de traérselos los Reyes, por haber sido buenas.

O quizá malas. Más adelante paso de nuevo ante ellas, que se han parado a descansar, y oigo: "Tía, tendría que haberme depilado".

*
Aperitivo

Ahora lo que veo procuro traducirlo a twitter.

Paso la realidad por el rallador de mi cerebro, y con las hebras armo el aperitivo que les sirvo a ustedes.

El plato principal lo tienen fuera: en el mundo.

*
Los numeritos de la Naturaleza

¿Sabia la naturaleza? Más bien entre listilla y abusona.

Y qué pesada. Los elementos pasan de uno en uno, hacen su numerito y se van.

Ya estuvieron la lluvia, la nieve, el sol y hoy le toca al viento.

Lo único tierno es el empeño que pone, su histrionismo snob: como si la obra fuese nueva.

*
Tirar la toalla

El momento exacto en que un hombre tira la toalla.

Era profesor de instituto. Nunca pudo con sus alumnos, pero se pasó años intentándolo.

Una mañana, en cuanto se sentó a su mesa, uno de nosotros dijo: "¡Gilipollas!".

Esta vez no replicó. Sólo agachó la cabeza y musitó: "Jo, macho".

*
Pharmacie

Hay una farmacéutica que me gusta y ahora voy a comprarle medicinas. Aunque mi medicina sería ella.

Otras veces la miro, alejado, por el escaparate. Su bata blanca, sus gafitas. Tiene algo también de panadera. La Virgen de la Curación.

Se parece muchísimo a otra mujer. Aquella que arruinó mi salud.

*
La perfección del 69

Ya no saldré jamás de esa postura.

Nada se desperdicia. Scalextric del placer.

*
Situaciones invertidas

Hace unos meses un inmigrante africano me preguntó por la comisaría: quería entregarse para que lo deportaran a su país.

El sábado me excusé ante un mendigo: "No llevo nada". Y él me señaló con una risotada, compadeciéndose: "Uhhh, mala cosa".

Con la crisis se invierten las situaciones, quizá en dirección a la verdad.

*
Domingos deportivos

Tarde frente al mar. Leo feliz, al solecito, cuando en un banco próximo una anciana enciende un transistor.

Trastea hasta sintonizar "Carrusel deportivo". Maldigo para mis adentros. Pero la veo hacer un movimiento extraño.

Ha sacado la fotografía de un anciano, la ha juntado al transistor y, sin apagarlo, ha guardado las dos cosas en el bolso.

*
Reparación

He ido a reparar la bicicleta. Mañana la vuelvo a coger.

(Mi propia reparación la haré pedaleando.)

*
Atlas

Mezclados entre los transeúntes de calle Larios, hay ancianos que caminan con dificultad.

Arrastran los pies y hunden los hombros, como si llevaran un enorme peso encima.

Y lo llevan: el de la ciudad que ya sólo existe en su memoria.

*
Primera salida

La metáfora del caballito de acero hay que actualizarla: caballito de titanio.

Salgo y circulo por el carril bici. Ahora es larguísimo, nuevo, de color teja.

Lo del Plan E era un regalo para mí: me estaban poniendo una alfombra.

*
Guiñol

La niña del edificio de enfrente. Me fijé por primera vez este verano, porque se pasaba el día cantando y hablando sola en su terraza.

Andará por los nueve. Cuando empezó el curso y vi que no iba a la escuela, entendí que le debía de pasar algo.

Se asoma siempre con la cortina cerrada por detrás. Parece una figura de guiñol; pero perdida en el escenario, sin nadie.

*
El reverso de la postal

Accidente en el paseo marítimo. Una moto tirada y policías, sanitarios, un grupo de curiosos en torno a la camilla del suelo.

Me acerco sólo hasta el punto en que se ve que la víctima es masculina, pero no si está viva o muerta. Debe de estar viva, por los cuidados.

En el cristal de atrás de la ambulancia se refleja el atardecer naranja, con palmeras. El accidente parece entonces el reverso de la postal.

*
Uniforme del espíritu

El secreto mejor guardado de los escritores es que pasamos el 90% del tiempo en chándal.

El chándal es el uniforme del espíritu.

Toda la literatura desde la Segunda Guerra Mundial ha sido escrita en chándal.

Cambia la calidad de los libros, no el uniforme del escritor.

*
El mínimo esfuerzo

El alma andaluza (¡si existe!) se revela en las escaleras mecánicas.

El andaluz no da un paso si la máquina lo da por él.

Ni se le ocurre que podría juntar las dos fuerzas.

Hay cierta sabiduría en ello. Pero cansa.

*
Malagueña antisalerosa

En la cola del Supersol, la cajera y una clienta hablan de sujetadores. Lo hacen con desparpajo. Exactamente como si yo no estuviera.

Considero que debo integrarme con alguna frase cómplice. Sonrío y me lanzo: "Bueno, aquí estoy asistiendo a una conversación femenina...".

La clienta me mira con desprecio y me dice, áspera y antisensual como sólo saben ser las malagueñas: "Se irá a escandalizar usted".

*
Parque temático

Siento debilidad por Torremolinos. Como no nay nada bello, las fealdades se neutralizan entre sí y no molestan.

Lo asombroso no es que mantenga esa estética de los años setenta, sino que sus visitantes también la mantienen.

Los observo y pienso que Torremolinos es el único parque temático cuyos personajes son los propios turistas.

*
La lección de Dante

El amor moverá al sol y a las demás estrellas... pero no a la amada.

Es un sentimiento individual, aislado. Impotente en sí mismo. Más aún: despotenciador. (Una traba literaria.)

El amor en sí no enamora. Cuando dos se aman, no es por el amor de cada uno hacia el otro. Será por lo que sea; jamás por el amor.

*
A la tercera

Cena con amigos. A todos se les ha suicidado alguien recientemente.

Me quedo con el caso de uno que falló en dos ocasiones: con el corte en las venas y las pastillas.

A la tercera se ahorcó del balcón, hacia fuera. Para mostrarle al mundo que lo había conseguido.

*
La caída del Imperio Romano

Es un hecho: hace más de un año que no pongo la televisión.

Quién lo iba a decir hace una década, cuando su imperio parecía invencible.

La Pantalla se ha resquebrajado. Estamos estrenando la bendita barbarie.

*
El teatro de la vida

Me siento en un banco de la plaza a fumar un purito mientras llega mi amiga.

Por detrás, hacia mi izquierda, escucho la voz desgarrada de una mujer: "Es mi vida, es mi historia, es mi Paco".

Voy a volverme para verle la cara cuando, por otro motivo, el hombre que estaba sentado a mi derecha rompe a llorar.

Me veo literalmente cercado por las emociones. Pero me quedo frío. Mi impresión es la de estar entre actores malos ensayando una obra mala.

*
Quiniela

Sensación electoral el sábado cuando fui a echar la quiniela.

Pero hay tres diferencias de los apostantes con respecto a los electores:

1) No se ocultan en cabinas para escoger su voto.

2) Lo estudian mejor.

y 3) Todos apoyan el mismo programa: el de la riqueza personal.

*
Emociones turísticas

Los turistas estudian el mapa como si fueran las instrucciones de la ciudad.

Comprueban en la calle que cada pieza está en su sitio.

Si lo hacen bien, se pondrá en marcha la máquina de emociones turísticas.

*
La chispa de la vida

Canas prematuras: la espuma del pensamiento.

El intelectual canoso es como la coca-cola: las burbujas negras de su cerebro se transforman en espuma blanca.

La chispa de la vida: ese es el quid de la cuestión.

*
Sartenazo

Anoche fui el individuo más ridículo de Europa. Me di a mí mismo un sartenazo. Como suena.

Trasteando en el mueble de la cocina, se me encanchó en la manga el asa de una sartén y, al retirar el brazo, la propulsé hacia mi cabeza.

La sensación de ridículo fue menos poderosa que la de que me lo merecía. El día tenía que acabar así. ¡Clonc!

*
Una odisea del espacio

Cerca de casa hay una escuela y por la mañana veo a las madres apresuradas con sus niños.

Ahora en invierno ellos van con sus abrigos gruesos y sus capuchas. Como pequeños astronautas.

Pronto los soltará la nave nodriza.

*
Multa lingüística

Entre parejas esporádicas hay un acuerdo tácito: si te lo como, me la chupas. Y viceversa.

Entre las parejas consolidadas, sin embargo, interfieren otros asuntos exteriores a la cama.

El que se ha portado mal suele pagarlo con una multa lingüística.

*
Musas de barrio

Ah las musas de barrio: estropeaditas.

En su belleza están expuestos, no escondidos, los indicios de la corrupción.

Condenadas a ser la sombra de lo que hubieran podido ser.

O mejor: alumbradas por el esplendor que imaginamos.

*
Humano, demasiado humano

Me autocapturé ayer un gesto humano, demasiado humano.

Saliendo del lujoso hotel Alfonso XIII de Sevilla (habíamos entrado a tomar una caña) quise darme un aire casual, como si me alojase allí.

El resentimiento social: qué entrañable motorcillo.

*
Lumbalgia

Sensación de ser una silla desplegable que no se puede desplegar.

Una silla que debe sentarse, en cualquier caso: el trabajo manda.

Luego me levanto doblado, y con el culo en pompa. Doy pasitos de pato.

Sé que no es día para usar a Primo Levi fuera de contexto, pero: "si esto es un hombre..."

*
Epitafio

Aquí me quedo pinzado en mi lumbalgia.

Repliegue.

18.1.10

Conferencias caminadas

Hay webs que son un lujo, y una de ellas es la de la Fundación Juan March. Contiene los audios de 2092 conferencias, hasta hoy: la primera es del 31 de enero de 1975 y la última del martes pasado. Llevo meses poniéndomelas en mi iPod shuffle, en un extraño estado de felicidad. En mi época de estudiante yo era muy aficionado a las conferencias. Me gustaba el ritual: buscar la convocatoria en el periódico, acudir al sitio, camuflarme entre el público, escuchar al conferenciante, regresar al colegio mayor rumiando el acto... Llegué a Madrid, desde mi provincia, en octubre de 1985, y fui una especie de Paco Martínez Soria de las conferencias. Me identificaba con el célebre dicho: “En Madrid, a las siete de la tarde, o das una conferencia o te la dan”. Yo iba a que me la dieran, con mucho gusto. Luego dejé de hacerlo: resultó ser un pecado (o un vicio) de juventud. La alegría de ahora consiste en haber vuelto a ellas y, además, hacerlo caminando.

La técnica ha permitido ese encuentro que parecía imposible: el de la sala de conferencias y la calle. Algunas empiezan con el conferenciante, entre cortés y vanidoso, agradeciendo al público su asistencia “con la tarde tan buena que está haciendo en Madrid”. Yo entrecierro los ojos tratando de imaginar qué tarde haría, por ejemplo, tal o cual día de mayo de 1982. Pero a la vez disfruto de mi tarde soleada de hoy, porque a ese conferenciante lo estoy escuchando mientras camino por el paseo marítimo. Es una tontería, pero me regocija esta reflexión. Escuchar conferencias de este modo me parece un placer deliciosamente sofisticado.

Me acuerdo de Nietzsche, que era un gran andarín y escribió que sólo se fiaba de los “pensamientos caminados”. Yo camino pensando a cuenta de otros; a veces absorto en lo que voy oyendo, otras negociando entre la conferencia y el flujo de la ciudad. Un efecto interesante es que luego se recuerda tal o cual momento del discurso y va asociado al punto del paseo en que sonó. Quizá a algo así se refería el escurridizo concepto que describió Chatwin en Songlines, que se tradujo como Los trazos de la canción. Si yo no conociera la ciudad, podría identificar sus lugares así: según los trazos de la conferencia.

Les invito a que exploren el inagotable archivo: un auténtico cofre del tesoro. De las muchas que he escuchado este año, recomiendo especialmente las de Rodríguez Adrados sobre Grecia, las de García Gual, las de Lledó, las de Martínez-Lage sobre Johnson y Boswell, las de Philip Silver sobre Cernuda, las de Canavaggio sobre Cervantes, las de Francisco Rico sobre historia de la literatura española, las de Savater, las de Muñoz Molina, las de Javier Marías, las de Vargas Llosa, las de Eduardo Mendoza, las de Chirbes, las de Llop, las de Gómez Pin, las de Trapiello, las de Argullol, las del ciclo sobre Hannah Arendt, las de “Querellas literarias”, las de “Españoles eminentes”, la de Azúa sobre el dandy...

De entre todas ellas, hay una que me emociona de un modo particular, porque fue la única a la que asistí. Ahora, al ver la lista, no entiendo por qué no fui a más aquellos años. Frecuenté las del ICI, las de la Biblioteca Nacional, las de las de las facultades (sobre todo la de Letras), las de los colegios mayores... y de vez en cuando me desplazaba a sitios nuevos, buscando cada dirección. Por lo que fuera, a la Fundación Juan March sólo acudí una tarde de diciembre de 1986. Hablaba Torrente Ballester sobre “Jardiel y el humor del absurdo”. Me la pongo y en el silencio que arropa a su voz estoy yo, con veinte años.

[Publicado en Frontera D]

12.1.10

La belleza es amarga

Eric Rohmer solía situar sus historias en las vacaciones, para que los personajes se ocuparan de otros asuntos más interesantes que el trabajo. Yo, por culpa del trabajo, no puedo ocuparme de Rohmer como me gustaría, ahora que ha muerto. Era mi director de cine favorito, junto con Billy Wilder. A veces soñé que el director ideal sería aquel que combinara la levedad de Rohmer y la precisión de Wilder; aún no había visto la comedia de Rohmer que se aproxima: El amigo de mi amiga (que tiene además algo de Lubitsch). Creo que me di cuenta de lo mucho que me gustaba durante la secuencia del seguimiento (que ocupa media película) de La mujer del aviador. Luego, en aquellos viajes a Madrid entre mis estancias, era una fiesta si en el Alphaville había alguna de Rohmer. Fue en Málaga, sin embargo, donde vi por primera vez mi preferida, Cuento de invierno. Y El rayo verde. De La rodilla de Clara recuerdo la imagen del barco alejándose por el lago: un petardeo que hacía que uno se imaginara que estaba allí (porque estaba, ciertamente, en el mundo). En el cine se nos colaban aquellas vacaciones, con charlas (¡en francés!) y francesitas; aquellas disquisiciones dieciochescas sobre Eros, cuya gramática tanto tiempo he tardado en comprender (la destilación de sus matices, con un resto de amargura). Eran jóvenes madames en salones luminosos. Bellezas de la calle; cotidianas, del extrarradio. La vida en los barrios periféricos. Playas, casas de campo. Autobuses, metros, trenes de cercanías. Pieles, gestos, voces; y a veces, pechitos. Escribe Rohmer (Cahiers, abril de 1970):

Ciertamente, como obra de arte, la película es una interpretación del mundo. Pero, entre todas las artes, el cine, y ésta es la paradoja, es aquel en el que la cosa filmada tiene la mayor importancia, la 'interpretación' desaparece incluso. Éste es el milagro de las primeras películas de Lumière. Su impresión es que nos hacen ver el mundo con ojos diferentes y admirar, como dijo Pascal, cosas que no sabíamos admirar en el original: personas que caminan por la calle, niños que juegan, trenes que marchan. Nada más banal.
Era dueño del don que más admiro, el más cortés: la ligereza.

11.1.10

Embarazoso huésped

Tenía que ir a ver El cónsul de Sodoma, no sólo porque Jaime Gil de Biedma es uno de mis poetas más queridos y admirados, ni porque la biografía de Miguel Dalmau me pareció excelente (la semana pasada la elegí entre “los treinta libros de mi década”), ni porque, en verdad, me picaba el morbo; sino también porque, al fin y al cabo, esta página está bajo su advocación. En la película me he encontrado luego con que se dice la frase: “Soy un poeta de domingo con conciencia de lunes”. Y se dice además la que sacó Jabois del poema "Contra Jaime Gil de Biedma": “Si no fueses tan puta”. Así que El cónsul de Sodoma es en parte una promo de Frontera D.

La película no está tan mal como me esperaba; pero es que me esperaba algo terrorífico. Antes de ir al cine, tenía anotado otro título para este comentario: “La inteligencia interpretada por la estomagancia”. Sí, confieso que le tengo manía a Jordi Mollà; pero su trabajo aquí es digno: un poquito afectado quizá, con un pelín de pluma y con asomos de emotividades más propias de un Antonio Gala; pero, por usar una frase que se cita en la película, “se detiene a tiempo”, y resulta al cabo aceptable. Sí hay un pequeño desajuste. En la biografía de Dalmau se asegura que el poeta poseía una notable herramienta; la de Mollà, en cambio, en el plano de su desnudo integral, no le responde al método Stanislavski.

El problema de El cónsul de Sodoma es que, para el público interesado, resulta imposible de ver. Y el otro no creo que vaya a verla. Me temo, por tanto, que la película no tendrá ningún espectador limpio: ningún espectador que no conozca ya el “argumento de la obra”. Yo no sé exactamente lo que he visto, ni en qué medida exacta ha contribuido mi conocimiento a lo que sucedía en la pantalla. Ha sido un visionado por superposición (en comparación constante). Me he entretenido, e incluso me he emocionado en los momentos en que se recitaban sus poemas; pero sospecho que la película no se sostiene por sí sola.

Algo cargante es que los escritores son demasiado escritores. Gil de Biedma, Barral y Marsé me han dado la impresión de ser como los hombres-libro de Farenheit 451, hablando con frases sacadas de sus obras. Queda forzado, aunque las de Gil de Biedma brillan siempre, porque son brillantes en sí. Lo que chirría es cuando se usan versos en la conversación. La interpretación de Barral está muy bien; un tanto papanatas, pero como era papanatas Barral (también con encanto). Marsé, en cambio, falla: demasiado artificioso y como inocentón. Es la segunda vez que el productor Andrés Vicente Gómez se la juega a Marsé: la primera fue cuando le quitó el proyecto de El embrujo de Shangai a Erice para dárselo a Trueba. Quizá Marsé está que trina más por esto que por cómo han tratado a su amigo. En cuanto a Bimba, no está bien pero reconozco que tampoco está mal (como se ve, esta película ha supuesto un paréntesis en mis detestaciones).

A Gil de Biedma, por supuesto, no le hubiera gustado nada El cónsul de Sodoma: a él, que escribió lo de “la humillación imperdonable / de la excesiva intimidad”. No sé si habría llegado a pensar que Mollà es un “memo vestido con sus trajes”; pero sin duda sí un “embarazoso huésped”. Lo que no entiendo es el movimiento de escándalo de lo que queda de la gauche divine en lo concerniente al sexo: parece como si se arrepintieran de lo único realmente bueno que hicieron, que fue follar. (Lo otro, lo que no fue follar, ha terminado teniendo a Montilla como su producto más acabado.) Lo importante, en cualquier caso, es que la película no mata a Gil de Biedma; lo enturbia en parte, por la cariturización y la sentimentalización: pero se sale con ganas de volverlo a leer, si es que en algún momento habíamos dejado de hacerlo.

[Publicado en Frontera D]

4.1.10

Defensa del propósito

A estas alturas, no formulamos nuestros propósitos sin acompañarlos de una gracieta autoirónica. Los hemos visto naufragar cada año y no nos fiamos de nosotros mismos. Pero lo cierto es que el propósito es útil. Lo llevemos o no a cabo, funciona al menos como detector de carencias. En el listado anual figuran siempre los de hacer dieta, practicar deporte y aprender inglés. Nos reímos, pero la verdad es que comemos demasiado, estamos hechos una piltrafa y nuestro inglés es una birria.

En año nuevo, junto con los propósitos, se formulan las predicciones. Ambos muestran el eje de nuestra relación con el tiempo, con el mundo (hecho de masa y tiempo). Con la predicción tratamos de atisbar la ola que se nos viene encima. Con el propósito, nos ponemos una tabla de surf para intentar sortearla. En el fondo se trata de la división de Maquiavelo entre la virtud (el desempeño propio) y la fortuna (que es ajena). El fracaso de la voluntad es el pasmo ante la ola. Los años van acumulándose hasta constituir un tsunami que nos traga del todo.

Otra metáfora es la del boxeador grogui. Cada 31 de diciembre es un puñetazo en la mandíbula. El 1 de enero adviene un atisbo de conciencia: “debería hacer algo”. Ejecutamos algún amago para salir de la situación; pero entonces nos llega un puñetazo en la otra mandíbula: es, de nuevo, el 31 de diciembre. Del boxeo está sacada precisamente la expresión “tirar la toalla”. El DRAE da dos definiciones, que son la misma. La directa: “Dicho del cuidador de un púgil: Lanzarla a la vista del árbitro del combate para, dada la inferioridad de su pupilo, dar por terminada la pelea”. Y la metafórica: “Darse por vencido, desistir de un empeño”. La formulación del propósito, aunque nos exponga a las carcajadas (sobre todo a las amargas y sarcásticas de nosotros mismos), tiene también ese significado, para que lo sepan los demás y para hacérnoslo saber a nosotros mismos: no, aún no tiramos la toalla.

El problema está en salvar esa brecha entre el propósito y la acción. Entre las confesiones de propósitos con los amigos, que es uno de los hobbies de estas jornadas, me he quedado pensando en el de Hervás: “ser verdaderamente egoísta”. Quizá sea ésa la almendra de todo propósito: ser egoísta y serlo verdaderamente; es decir, actuar según lo que de verdad nos conviene. Me he acordado de lo que decía Fernando Savater en su Ética como amor propio:

Podría definirse el ideal del amor propio como el trato que el yo quiere para sí mismo. [...] Como todo ideal, es algo que reclamamos y algo que nos reclama, no simplemente algo que asumimos tal como se nos da. En cuanto que es algo que reclamamos, nunca puede ser identificado con nuestro yo actual, tal como sucede en la perversión maníaca; en cuanto que nos reclama, debe concedernos la posibilidad de avanzar hacia él y no la simple aniquilación de lo que ya somos, como sucede en el padecimiento melancólico. El ideal del amor propio es el trato que yo quiero para mí mismo, como se ha dicho, no el culto que yo me rindo a mí mismo ni la inmolación a la omnipotencia de lo real que me ha derrocado de mi trono infantil.
Ahí me parece que está la clave: en acercar la voluntad a la realidad, y alejarla del delirio maníaco-depresivo. La pregunta, claro, es cómo. Para cumplir el propósito no se requiere sólo decisión: también inteligencia; inteligencia práctica.

[Publicado en Frontera D]