28.3.10

El Cristo del Samba

Desde que dejé de ser creyente, algo que en mí se produjo sin trauma (la religión se me desprendió con naturalidad, con los años infantiles), me he emocionado cuatro veces con Cristo. La primera con un cuadro que solía ir a visitar al Museo del Prado durante mi época de estudiante: El descendimiento de la cruz, de Roger Van der Weyden. La segunda con el limpio poema que le dedicó Borges en Los conjurados: “Cristo en la cruz”. La tercera con el final de Ordet (La palabra), de Dreyer. Y la cuarta una tarde de Semana Santa en que tenía una cita que me obligaba a atravesar el centro, zona que procuro eludir en estas fechas desde hace mucho. Para protegerme acústicamente del estruendo de las procesiones, me puse los auriculares con música brasileña, sambas de Noel Rosa. Recuerdo la alegría primaveral y la levedad de aquellos años ligeros; años que no eran aún petrolíferos. Cuando entré en el fragor, los tambores y las cornetas, atenuados, se metieron por debajo de mi música. El efecto era agradable: se incorporaban a la batucada, apenas con un leve desajuste. Y más allá asomaba la imagen de un Cristo atado y de rojo, con esa oscilación que a mí siempre me ha recordado a la de los ciclistas cuando escalan un gran puerto, y que también es la de un baile, un baile agónico. La mezcla era feliz; y se me ocurrió bautizar al Cristo de aquel momento, sólo al de aquel momento, como "el Cristo del Samba".

[Publicado en Frontera D]

22.3.10

El hombre más odiado de Valladolid

“Por fin estoy en Facebook”, me escribió hace unos días, resignado, Eduardo Jordá. Sus amigos facebookeros llevábamos tiempo intentando convencerle de que se registrara, pero no había manera. Y aún seguía resistiéndose a la succión de este nuevo Maelstrom, cuando Facebook le ha caído encima. A una tal Pilar Bedate le molestó el artículo que Jordá publicó en el Diario de Mallorca a la muerte de Delibes, “Un mundo en extinción”, y creó un grupo de Facebook llamado “Todos contra el artículo de Eduardo Jordá sobre Miguel Delibes y Valladolid”. En el momento en que escribo estas líneas, el grupo cuenta con 4.759 miembros. Mi amigo Jordá, el bondadoso Jordá (¡el delibescamente compasivo Jordá!), es hoy el hombre más odiado de Valladolid.

El espectáculo es deprimente y regocijante al mismo tiempo. Deprimente, porque siempre lo es la exhibición de la chusma, el corro de rebuznos autoconvencidos y desatados. Regocijante, porque le da plenamente la razón a Jordá. Lo que se está diciendo en ese grupo convierte casi en elogio la leve desgana que manifestaba hacia Valladolid en su artículo. A juzgar por esos 4.759 vallisoletanos, Valladolid es peor: mucho peor. Una ciudad con 4.759 habitantes como esos no puede ser sino opresiva y sórdida. (Lo cual, dicho sea de paso, centuplica el mérito de Delibes: por haber logrado crear una obra grande y filantrópica enmedio de un material humano tan deleznable.)

¡Ah, Castilla! En este país de bobos en que se va convirtiendo España (todavía está fresca la que se montó con “los gallegos”), los castellanos parecían mantenerse limpios, aparte. Me ha gustado Castilla cuando la he visitado. Me he encontrado cómodo en sus ciudades, en sus pueblos; he apreciado sus campos. De los poemas de Antonio Machado, seguía recreándome en los paisajísticos y elogiosos. Los que criticaban Castilla, en cambio, no los entendía muy bien. Ese “desprecia cuanto ignora” parecía haber perdido su sentido. Pero de pronto rebrota el corazón cazurro y polvoriento de la Península, para que el mapa de nuestra estolidez quede también rellenado por el centro.

Antes he dicho chusma, pero no soy elitista. Hablo de chusma no porque considere que haya (ni deba haber) una minoría por encima, sino porque la masa se ha desplomado estrepitosamente. No puede decirse que exista demasiado nivel entre los, así llamados, profesionales de los medios; pero basta con que se abran los canales al público para que afluya algo peor aún: algo peor dicho, más soez, más sectario, peor hilado, más estomacal. Supongo que con ello tendrá que ver el desmantelamiento del bachillerato, que es lo que define el tono cultural medio. Y también, por supuesto, el asfixiante localismo que se va adueñando cada vez más de este país de todos los demonios.

* * *
PS. Un amigo de Valladolid escribe en su blog "De la vida provinciana".

[Publicado en Frontera D]

15.3.10

Los dueños de la expresión

La obscenidad de quienes hablan de libertad de expresión a la vez que defienden la dictadura cubana nunca se ha mostrado de un modo tan transparente como en el breve audio de Belén Gopegui que hay en YouTube. Me permito transcribir sus palabras:

Quienes defendemos a Cuba contra la agresión tenemos en nuestros países que atender a otra clase de agresión: el uso de la mentira de los grandes medios de comunicación. Cuando tanto se habla de libertad de expresión, algún día debiera empezar a decirse que la libertad real de expresión consiste como mínimo en poder replicar en el mismo medio y con el mismo espacio a cada mentira que haya sido publicada. Porque defendiendo a Cuba nos defendemos. Porque si abandonáramos la revolución cubana nos abandonaríamos a nosotros mismos.
¿Qué se puede decir ante eso? Es pura basura verbal. Puro excremento religioso. Es un párrafo tan pétreamente falso, que resulta inatacable. Esa defensa de la “libertad de expresión” (desde un país en que se encuentra conculcada) es una vía muerta, ante la cual no puede haber diálogo posible. Es un extravío de la razón y de la realidad: un lenguaje de locos ante el que no se puede hacer nada, salvo denunciarlo. O soltar una carcajada.

Con lo de Willy Toledo ha pasado estos días lo mismo. El individuo, desde su doble condición privilegiada de hijo de la alta burguesía madrileña y de actor de éxito, se permite llamar delincuente a la víctima de una dictadura, que además era albañil. Dan hasta ganas de rescatar al viejo Marx para determinar cuáles son las emanaciones ideológicas de las respectivas clases sociales: alta burguesía madrileña, castrismo; proletariado cubano, anticastrismo.

Contra la bellaquería de Willy Toledo se han escrito, por fortuna, bastantes artículos, el último de los cuales ha sido el de anteayer de Antonio Muñoz Molina: “La costumbre de la infamia”. Ahí está dicho todo, de un modo que suscribo plenamente. Queda mencionar el asunto colateral de la “libertad de expresión”: mejor dicho, de la parodia del término en boca de Willy Toledo y el grupo de actores que firmó un manifiesto en su defensa.

Sintomática la maniobra: quejarse de falta de libertad de expresión... justo después de haberla ejercido. Más allá de la conocida estrategia de intentar ocupar la posición de la víctima, ¿qué se trasluce de ello? ¿De qué se quejaba Willy Toledo realmente? De haber sido criticado: es decir, de que otros hayan ejercido su libertad de expresión contra él. Para Willy Toledo y sus cómplices, la libertad de expresión es poder decir lo que quieran (cualquier burrada), pero sin que nadie les replique. Quieren tener la última palabra. Quieren ser los dueños de la expresión. Exactamente como los tiranos con los que simpatizan.

[Publicado en Frontera D]

11.3.10

Otro 11-M

Sexto aniversario del 11-M. No tenía pensado escribir más sobre el asunto, pero es que la otra tarde se me ocurrió una nueva idea interpretativa: la de que el 11-M fue, en realidad, el último episodio de nuestra Guerra Civil. Lo fue no porque lo fuera realmente, sino porque se vivió como tal. Los hechos son que, sobre una masa de cadáveres descuartizados y sanguinolentos, los españoles se dedicaron a llamarse asesinos los unos a los otros (según las dos fases que conjeturé en "Asimetrías y simetrías del 11-M"). Un paisaje estrictamente guerracivilista: como si la sangre hubiese desatado la furia de embestir.

* * *
PS. Me escribe un amigo: "según mi recuerdo de esos días, unos españoles llamaban asesinos a otros". Le he dicho que lea bien mi nota: en ella pongo que la reciprocidad se completó en dos fases, según la hipótesis de mi artículo enlazado. Fase 1, durante aquellos días: la Izquierda llama asesina a la Derecha. Fase 2, durante el proceso conspiranoico de los años siguientes: la Derecha llama asesina a la Izquierda. Fue una especie de escenificación en dos tiempos. Como una danza macabra.

8.3.10

El bigote de un hombre sin bigote

Durante un mes he llevado bigote y ha sido una experiencia interesante. He aprendido que el bigote de un hombre sin bigote se convierte en el elemento principal de ese hombre. Y cuando se lo afeita (es mi sospecha de ahora) puede que ese hombre se haya quedado en nada. El bigote era de pronto un instrumento de afirmación ontológica. Hay bigotes de hombres que se desvanecen, como los de Pessoa y Walter Benjamin; pero ahora que conozco la diferencia entre llevar y no llevar bigote, advierto lo que tenían de ancla esos bigotes. Sin ellos, Pessoa y Walter Benjamin estarían más borrados.

El bigote es un instrumento de identidad. Recuerdo lo que decía Francisco Umbral en Las ninfas: “Yo era la ausencia de mi bigote”. Había también una película de Manuel Summers, sobre la adolescencia impaciente, titulada Me hace falta un bigote. Contaba la historia de un chico enamorado de una chica que a su vez estaba enamorada del bigotudo Jorge Negrete; la brecha amorosa era fisiológica: a él aún no le había nacido el bigote. Un amor imposible, pues (¡también en lo fálico!). El bigote ofrece ejemplos de desesperada búsqueda de la identidad. Desesperada porque no repara en la paradoja de esa identidad por imitación. Se parece un poco al anuncio aquel de whisky J. B. que me tanta gracia me hacía: “J. B., el típico ser único”. Uno de ellos era justamente un J. B., Juan Benet, que se dejó un bigote que le puso cara de Faulkner. Otro caso pasmoso es el de Tabucchi y su bigote de Pessoa. Y un bigote con más adeptos todavía: el de Nietzsche. Hay toda una generación de filósofos nacidos en la década de 1940 que han cultivado el bigote nietzscheano: Eugenio Trías, Miguel Morey, Julio Quesada y hasta Sloterdijk. Lo curioso es que funciona: el lector es receptivo a esos bigotes que ya se admiraron en un ídolo. De los citados, el caso más llamativo es el de Tabucchi, que no pareciéndose en nada a Pessoa y siendo infinitamente inferior a Pessoa, se ha hecho con el público de Pessoa...

El bigote del hombre sin bigote tiene algo de mascota que se saca a pasear. Los amigos, los familiares, le hablan de su bigote; los sobrinos piden acariciar el bigote. Las novias (¡las amantes!) quieren probarlo. Algunas se ponen tiquismiquis con que si roza o araña; pero he observado que les gusta tener a alguien nuevo haciéndoles cositas. Nuevo sin coste, por decirlo así: como un amante que ya se tiene y que se ha multiplicado. Mi bigote ha coincidido con el carnaval, de modo que se ha sumado jocosamente al baile de máscaras. En lo que a mí mismo respecta, he redescubierto el cunnilingus como a mí me gusta: es decir, con pelo. La moda de la depilación me lo había hecho olvidar. Aunque hay algo triste en el sustitutivo. Ahora el romanticismo del pelo que sale de la garganta al día siguiente tiene, inevitablemente, algo de onanista.

Me dejé el bigote por pereza. Estaba afeitándome una barba de dos semanas cuando, de repente, me dio por plantarme en el bigote. Su existencia no ha sido fácil ni ha estado asegurada en ningún momento. En su mes de vida he estado a punto de asesinarlo dos veces, y las dos lo he salvado en el último instante, cuando ya lo tenía amortajado con la espuma y con la cuchilla encima. El problema es que ha crecido y ya no he sabido cómo apañármelas con él. Definitivamente, no sé cuidar un bigote. La biografía de estos bigotes ocasionales acaba siempre igual: con una furtiva simulación de Hitler. El hombre sin bigote que se afeita su bigote, no puede evitar la tentación de asomarse un poquito al Hitler que lleva dentro; es decir, fuera: como posibilidad (flotante) de su cara. Se recorta los extremos, como se mordisquea un donut en dirección al vacío (su agujero como abismo y Maelstrom; hacia el núcleo inhumano del hombre) y ahí aparece, familiar, Adolf. Somos nosotros, con un mínimo aditamento. Luego uno ataca también ese reducto y aquí no ha pasado nada.

[Publicado en Frontera D]

6.3.10

La mala suerte de Johnny Alf

Ha muerto Johnny Alf, nombre artístico de Alfredo José da Silva. Había nacido en 1929 y fue, quizás, el gran precursor de la bossa nova: de su piano salieron primero las innovaciones que desembocarían en el movimiento. Pero tuvo mala suerte: cuando ya lo había dejado todo listo para que la bossa nova explotase en Río, se mudó a São Paulo. Su nombre, por eso, permaneció en la sombra durante los años dorados. Aunque luego se le fue recuperando y reconociendo como se merecía. Para los aficionados sin demasiada erudición, Johnny Alf era apenas el nombre que firmaba una de las canciones más bellas de la música brasileña: "Eu e a brisa" (cuyas interpretaciones de João Gilberto —aquí—, Tim Maia y Caetano Veloso —abajo— acompañan este post, a modo de homenaje). Pero en el libro que traduje, Bossa Nova. La historia y las historias, Ruy Castro contaba, entre las otras, la historia de Johnny Alf. Copio algunos pasajes:

En cuanto a Johnny Alf, con veinte años entonces [1949], era él quien necesitaba un piano. En comparación con otros socios [del Sinatra-Farney Fan Club], al joven Alf —en realidad, Alfredo José da Silva— se le podía considerar pobre. Su padre era un cabo del Ejército al que movilizaron para luchar en la Revolución de 1932 y murió en combate en el valle del Paraíba, cuando él tenía tres años. Su madre, empleada doméstica, fue atrabajar a Tijuca en una casa de buena familia, y se llevó a Alfredo con ella. La señora de la casa, a la que le gustaba la música, se encariñó con el chico y lo matriculó en el IBEU, que fue donde le pusieron el mote, y le hizo estudiar piano clásico con la profesora Geni Bálsamo. Pero Alf, como tenía que compartir el instrumento con los demás miembros de la familia, se pasaba más horas escuchando los discos del King Cole Trio o del pianista inglés George Shearing que practicando. Cuando supo que en el Sinatra-Farney había un piano libre la mayor parte del tiempo, venció su impresionante timidez y se apuntó. Fue fácil aceptarlo: bastó con que Alf abriese el piano y recorriese el teclado con sus dedos durante quince segundos.
[...]
Alf era [en 1954] el pianista de la boîte del hotel Plaza, en la avenida Princesa Isabel de Copacabana. Tocaba sus propias composiciones, como "Rapaz de bem", "Céu e mar", "Estamos sós" y "É só olhar", que tenía de tiempo atrás y que iban a ser las hermanas mayores de la futura bossa nova. Alf tocaba también todo tipo de temas de jazz que hubieran llegado a Río con el sello de George Shearing o Lennie Tristano; y algunas cosas de los cantantes y músicos que peregrinaban para escucharlo: Tom Jobim, João Donato, João Gilberto, Lúcio Alves, Dick Farney, Dolores Duran, Ed Lincoln, Paulo Moura, Baden Powell y una bandada de chiquillos que apenas tenían edad para frecuentar boîtes, como Luizinho Eça, Carlinhos Lyra, Sylvinha Telles, Candinho, Durval Ferreira y Maurício Einhorn. Los más jóvenes lo admiraban porque tocaba "por cifra", cosa infrecuente en la época. / ¿Quiere esto decir que Johnny Alf había alcanzado el éxito? No. El Plaza tenía mala fama y no lo frecuentaba casi nadie, pero para los músicos modernos de 1954 era el lugar, porque a falta de clientes podían tocar lo que quisieran.
[...]
lo que explica que aquellos muchachos lo siguieran como los ratones al flautista de Hamelín. / En los dos años siguientes intentaron acompañar a Johnny Alf por las sucesivas boîtes en las que trabajaba, pero a veces lo contrataban en sitios un poco caros para el bolsillo del grupo, como el Monte Carlo, en Gávea, o el propio Clube da Chave. Hasta que Alf regresó a Leme, comenzando por el Mandarim, en la calle Gustavo Sampaio; más tarde el Drink, en la misma Princesa Isabel; para terminar cruzando la calle y estableciéndose en el Plaza, en 1954. Con tantos talentos jóvenes reunidos, casi todas las osadías rítmicas y armónicas que desembocarían en la bossa nova se incubaban ya en aquellas madrugadas perdidas en la boîte. Milton Banana, que tocaba música para bailar en el Drink de Djalma Ferreira, al otro extremo de la calle, aprovechaba sus descansos para ir a tocar con ellos.
[...]
durante más de un año, hasta mediados de 1955, se cocinaron allí los experimentos que en breve darían resultado. Pero justo cuando el plato estaba ya casi listo para servir, Johnny Alf aceptó la oferta del empresario de la noche de São Paulo, Heraldo Funaro, y se mudó a esa ciudad para inaugurar un local llamado Baiúca. / Sus jóvenes discípulos cariocas se sintieron súbitamente huérfanos, porque São Paulo, en aquel tiempo, parecía más remoto que el Congo Belga. Pero en São Paulo pagaban mejor que en Río. Convencidos de que Alf no volvería jamás, los chicos tuvieron que empezar a apañárselas por su cuenta.

Puede verse también un documental sobre Johnny Alf: Um rapaz de bem (en dos partes: una y dos).

1.3.10

Tabarra andaluza

Supongo que es mi carácter y que si fuese brasileño detestaría Brasil. Pero el caso es que soy andaluz y detesto Andalucía (y amo Brasil, por cierto). Ahora está de moda que los nacionalistas acusen a los antinacionalistas de no amar su tierra, y de incluso odiarla (¡el famoso auto-odio!). Es mentira cochina, claro; como el 99% de lo que emiten los nacionalistas. Pero si a mí me lo dijeran, acertarían. Se me ha atravesado mi tierra: ¡qué le vamos a hacer!

No detesto ninguna idea etérea de Andalucía, ni ningún ser andaluz idealizado (esas monsergas me pueden caer hasta simpáticas, y además siempre salen patios, fuentecitas y tal): la Andalucía que detesto es la que hay. Esta Andalucía no abstracta sino concreta: la que es ya un resultado. El resultado –más allá (¡o más acá!) de su larga historia– de una política, una educación y una Radio Televisión Andaluza. Un resultado, principalmente, del PSOE andaluz; pero también el PP andaluz, y la Izquierda Unida andaluza, y el Partido Andalucista, y los gilismos varios: todos moviéndose de un modo muy profundo –para qué nos vamos a engañar– con las inercias mentales del franquismo. Repasar las jetas de los políticos andaluces puede ser lo más parecido a un paseo entre la estolidez y la muerte.

Dicho lo cual, añado que el pueblo está encantado: la comunión con sus políticos es absoluta. Cuando llega la Navidad y los parlamentarios andaluces se ponen a cantar villancicos, a mí se me revuelve el estómago. Pero a la gente le gusta. Lo mismo pasa con Canal Sur: es una cadena que se amolda sin roce al andaluz realmente existente. Yo manifiesto mi repulsión, pero tampoco quiero darme aires. Sé que soy yo el que sobra. Mi malestar es aislado y cenizo: no prolifera. La única esperanza (para que Andalucía empezara a dejar de desagradarme, en una o dos generaciones, a ) sería una buena enseñanza pública; pero la que existe es justo lo contrario: funciona, casi sin exageración, como una fábrica de espectadores de Canal Sur. El sistema se autoabastece.

El remate, como siempre, es la retórica. No basta con sufrir la tabarra andaluza de los hechos: también hay que tragarse los discursos. Este domingo, Día de Andalucía, ha caído un chaparrón extra. Aunque al final ha resultado instructivo. Estaba yo observando que todos nuestros políticos, sean del partido que sean, adoptan la manera de hablar de Antonio Burgos, prototipo del archicursi andaluz, cuando de pronto me he dado cuenta del sustrato antropológico. La devoción que hay por la Autonomía es igual que la que se tiene por las Vírgenes. Y entonces ha encajado todo. Nuestros políticos, que son unos capillitas y no hay nada que les guste más que salir en una procesión, han encontrado en Santa Autonomía a la Virgen que les faltaba. Lo demás: beatería e incienso (y algún eructo).

[Publicado en Frontera D]

22.2.10

La erudición de Ferré

El pasado lunes asistí a la presentación en Málaga de Providence, la novela con la que Juan Francisco Ferré ha quedado finalista del premio Herralde. El acto tuvo lugar en la sede del organismo cuyo nombre es sublime sin interrupción: Instituto Municipal del Libro. Había anochecido ya y llovía, con lo que la sala, que estaba llena, tenía algo de refugio, de catacumba. A lo largo de la velada se habló mucho de Lovecraft y a la salida, en que seguía lloviendo, la ciudad tenía un aspecto gótico. La plaza de Uncibay, en obras, parecía un campo de trincheras de la Primera Guerra Mundial. Estuvo bien que el paisaje estuviese tan desmalagueñizado, porque Ferré –que es uno de esos amigos con los que mantengo una relación afectuosa pero polémica, y que me resultan fecundos a la contra– cuenta entre sus virtudes la de ser tan poco malagueño. La de haber sobrevolado olímpicamente el pegajoso mundillo local.

Ferré es grande, guste más o guste menos. Mi temperamento va por otro lado y por eso no puedo apreciar del todo los aspectos cualitativos de su grandeza; pero sí los cuantitativos. Entre estos está su portentosa erudición. Es grande en términos objetivos y además aparece como grande, porque Ferré no se mide al exhibirla. Ferré es un Nacho Vidal de la erudición, y gusta de mostrar su miembro. Queda poco elegante: pero el efecto es tan abrumador, que termina resultando jocoso, dionisíaco. Ferré nos invita permanentemente a la fiesta de sus archivos mentales, muy bien organizados, y en perpetuo incendio (se trata de una organización incendiada).

Conocí su erudición el mismo día que lo conocí a él, y casi en el mismo segundo. Fue en la primavera de 2005. Recuerdo que paseaba por la Feria del Libro de Málaga con mi camiseta de Duchamp: una camiseta del Museo de Filadelfia con el Gran Vidrio estampado en el pecho y en la espalda. (Caigo ahora en que mi torso embutido entre ambos estampados era simbólicamente transparente; lo que confirma mi idea de que el Gran Vidrio, como Las Meninas, es un artefacto “para desaparecer dentro”.) Me paré a saludar a mi amigo Paco Torres, y éste me presentó a Ferré, que estaba a su lado. Creo que aún no nos habíamos soltado la mano, cuando Ferré exclamó, mirando mi camiseta: “¡Hooombre, Diiishom!” Y me soltó, literalmente, una conferencia sobre el artista. Yo entonces lo sabía todo de Duchamp, porque me había pasado los últimos meses leyendo cosas sobre él (cosas que, en su mayor parte, ya se me han olvidado: mi memoria es también incendio, pero de los propios archivos), y puedo certificar que su erudición duchampiana era certera, científica.

Desde entonces he asistido, siempre que he quedado con Ferré, al despliegue apabullante de su erudición. El efecto es el de una apisonadora. Me ha pasado más de una vez que he aportado a la charla la florecilla de alguna pequeña lectura mía y me la ha aplastado con sus toneladas de volúmenes. Yo me lo paso pipa, pero desde la vergüenza de ser tan ignorante y no haber leído ni el uno por mil de los libros que se ha leído (¡y almacenado y procesado: ojo!) Ferré. La más apoteósica fue la tarde en que se me ocurrió mencionar que me había gustado mucho un soneto que acababa de descubrir de Nerval. Me miró alarmado: “¿Pero cómo? ¿No habías leído a Nerval?”. Le dije que, aparte de ese soneto, sólo sus novelas, Aurélia, Sylvie... “¡Pero de Nerval hay que leerse la poesía, Les Chimères!”, sentenció. Para recomponerme un poco declaré que de quien sí me había leído la poesía era de Laforgue. “¡Pero de Laforgue hay que leerse la prosa! ¿No te has leído la prosa de Laforgue, Les Moralités légendaires?”. La respuesta era no. De manera que aquella tarde yo había llegado tan contento de haberme leído un soneto de Nerval, y salí chafado por no haberme leído todos los demás poemas de Nerval, ni los libros en prosa de Laforgue, ni decenas de títulos más, algunos autores que ni me sonaban, que salieron a lo largo de la conversación...

Por eso me hizo gracia la otra noche cuando, en el transcurso del acto, salió a colación un crítico que, en su reseña de Providence, había tenido la ingenuidad de afearle a Ferré que no hubiera leído a Hawthorne. Se me figuró uno de esos incautos romanos que se aproximan a Obélix; esta vez a un Obélix-Ubú. En efecto, Ferré desplegó una buena serie de mamporros verbales: no sólo se había leído a Hawthorne, sino que se había leído todo Hawthorne, La casa de los siete tejados, La letra escarlata... otra cosa es que no lo hubiera querido utilizar.

En el tiempo que llevo tratando a Ferré, sólo ha habido un autor que yo haya citado y que él no conociera: James Salter. Fue el verano pasado, caminando por el paseo marítimo. Me extrañó su desconocimiento, porque Salter es un autor prestigioso y más o menos conocido (ahora precisamente acaban de salir en España sus memorias, Quemar los días; y aquí en Frontera D apareció un poema suyo traducido por Eduardo Jordá). Con cierta malicia pensé en las trampas de la erudición ("desconoce justo al más sutil: es que no falla"), sin duda por vengarme de tantas humillaciones. Por lo demás, no me extrañaría nada que desde aquella misma noche Ferré se hubiera puesto a leer a Salter y a estas alturas no sólo se tenga leído ya todo Salter (cosa que yo aún no he hecho), sino que sepa de Salter más de lo que yo jamás sabré.

En cuanto a Providence: es otro de los libros que él se ha leído y yo no. Pero lo haré. De la presentación del lunes salí ciertamente con ganas de hacerlo.

[Publicado en Frontera D]

* * *
(26.2.10) Es curioso, pero hace justo un año escribí, avant la lettre, por qué no soy un Ferré.

(4.11.12) Ferré ha ganado el premio Herralde 2012. ¡Me alegro!

16.2.10

Diez años on-line (y 3)

He descubierto que tengo un problema con los artículos seriados. Lo he descubierto sobre la marcha, que es como se descubren estas cosas. Llegaba el domingo y, a la obligación de escribir mi artículo, se unía la de hacerlo sobre el tema anunciado. He venido patinando desde entonces en mi conciencia de lunes, y hoy la escribo otra vez a toro pasado: en pleno martes. Pero esto tiene un enganche con el asunto que despediré hoy: esta la peculiaridad de las publicaciones on-line como Frontera D, que, aunque mantienen el ideal de la puntualidad (más que nada, por cortesía con el lector), no experimentan una catástrofe si alguno de sus articulistas se retrasa. La página electrónica, a diferencia de la de papel, se queda esperando al rezagado.

Ocurre además que mi artículo lo escribieron en parte dos admirados (¡y queridos!) articulistas, Elvira Lindo y Arcadi Espada, que trataron el domingo sobre las novedades aportadas por internet a, respectivamente, las cartas y el amor. Me queda hablar, pues, de la interacción a pelo; la multitudinaria.

El Cibercafé de Pombo es hoy un lugar desvencijado, y con su puerta de acceso escondida entre matorrales. Pero, si lo hubieran visitado ustedes cualquier noche (e incluso cualquier mañana, cualquier tarde) de 2001 ó 2002, se hubieran encontrado en un jacuzzi de chisporroteos. En el Taller Literario se colgaban textos y en La Tertulia se hablaba de ellos (no siempre halagadoramente) y de todas las demás cosas. Fue mi primera experiencia intensiva de chat. Recuerdo que, cuando se cumplió un año, mi memoria estaba rebosante. Era imposible que hubieran pasado tantas cosas en tan poco tiempo. La vida reducida a palabras (a palabras virtuales) semejaba la luz concentrada de una lupa. Luego llegaría a conocer también algunos de los cuerpos que había tras las palabras: pasé a las kddas y las citas. Hoy el Taller está vacío. La Tertulia sigue abierta, pero ya es como un bar en ruinas. A veces entro, miro un segundo y salgo sin decir nada: no es por nostalgia, sino porque me asombran sus escombros.

El Pombo fue, en escala pequeña, lo que luego sería el Nickjournal de Arcadi Espada; con su prolongación alejandrina en el actual Nickjournal. Mi experiencia me ha hecho ver que las webs cumplen el ciclo de las civilizaciones: periodo arcaico, periodo clásico y periodo alejandrino (de decadencia larga, cansada, hastiada, ociosa y dulce). Siempre aprecié aquel dictamen precisamente de Espada sobre Houellebecq: “confunde sus crepúsculos personales con crepúsculos colectivos”. Quizá el mencionado ciclo se corresponda más bien con la curva personal de la atención, el interés, la sorpresa. Pero también con su traducción colectiva: el periodo clásico sería la fase en la que hay una porción significativa de participantes subiendo.

Eso sucedió con el blog de Arcadi Espada en el milagroso año de 2005. El 2004 fue un prólogo, y el 2006 una continuación. ¡Pero ah, aquel 2005 en que el esplendor cuajó! Qué sensación de estar en el centro, donde se cocían los asuntos (retóricamente al menos). Si ha existido alguna vez un intelectual colectivo ha sido aquel. Lo era todo: el ágora, el patio de vecinas, el altar de los homenajes, el desolladero, la universidad, la tribuna poética, el más sofisticado y completo de los quioscos. Recuerdo las jornadas epilépticas metido en aquel berenjenal. Creo que mi cerebro nunca ha estado más desatado.

Pero todo se agota, y aquello también. No se puede ser eléctrico sin interrupción. Después ha venido el Facebook, que también ha sido divertido, pero en un plan más familiar: sólo con cómplices. No ha estado mal; pero anoche precisamente desactivé mi cuenta. Quizá lo hice para terminar con algo sólido este artículo retrasado. Tras diez años, necesito iniciar una etapa (no sé de cuánto tiempo) sin interacción: volver a la áspera soledad de la pantalla muda; restringir el burbujeo, tapar las goteras.

[Publicado en Frontera D]

15.2.10

Lunes maximalista

Es una lástima no poderme ver a mí mismo con la nitidez con la que veo ya a los demás. Me vendría de perlas poder calarme a mí mismo así.

*
Sobre todo, es gracioso detectar el tic de otra persona; cómo reacciona siempre igual ante determinado estímulo. A partir de entonces, la vemos como un triste autómata, al menos en esos gestos. Ya disponemos de sus hilos de marioneta y, siempre que lo deseamos, levanta el brazo o lo que corresponda. Para nada: sólo para divertirnos. (Diversión que flota, naturalmente, sobre la melancolía de fondo.)

*
Sí, hay gente a la que se la cala en lo esencial. Sobre todo, cuando lo esencial en ella es una gran mentira. La gente que vive en una gran mentira resulta supercalable. La que no, no tanto: porque suele ser más compleja e imprevisible.

8.2.10

Diez años on-line (2)

Como decíamos, no ayer, sino anteayer, tras los merodeos referidos metí internet en casa: me convertí en internauta en toda su desatada intensidad. Han pasado diez años y, como escribió Baudelaire, “albergo más recuerdos que si tuviera siglos”.

Hay una masa de voces en mi cabeza; un abigarrado hormiguero de frases, chispazos y también deambulaciones tediosas a golpe de clic. Han pasado muchísimas cosas, y casi todas virtuales. Las que han pasado fuera han tenido bastante que ver con las que pasaban dentro. Y además: después de pasar fuera, tenían su comentario dentro. La vida se ha desdoblado y da la impresión de que su espejo, como la sustancia de Spinoza, tiene infinitos atributos.

En las facilidades prácticas que internet ha aportado apenas voy a pararme, porque sería como hablar de la atmósfera que respiramos todos. La ayuda ingente de la información. Necesitar saber algo y tener la respuesta en seguida. Por ejemplo, cuando me encontraba traduciendo el libro Bossa Nova y apareció la palabra “Philco”. Muchos sabrán lo que es, pero yo no la había visto nunca. Gracias a Google lo supe, y así con todo. A nuestra generación de tránsito, o pionera, se nos ha puesto en el brete de tener que emitir frases de admiración como aquellas de las que se reía Flaubert en su Diccionario de tópicos, sobre la velocidad de los trenes y demás avances del progreso de hace dos siglos...

La chicha está en los chats, en los blogs, en los foros: en la interacción. También en los mails, que han supuesto una aténtica recuperación de la misiva, y de la notita. Hoy son más contemporáneos los billetitos que se mandan los personajes de Proust de lo que lo eran hace veinte años. El centro de gravedad de internet está en las relaciones humanas: en el aluvión de relaciones humanas. No es un medio frío, sino caliente. Quemante a veces. Si va camino de derrotar a la televisión (ya la tiene grogui, como mínimo) es, entre otras razones, por la temperatura.

Mi historia interactiva tiene estos hitos: Starmedia (2000), el Cibercafé de Pombo (2000-2004), el blog de Arcadi Espada (2004-2006), el Nickjournal (desde 2007) y ahora Facebook. Enmedio hubo además mucho Messenger, largas sesiones de Messenger: pero el Facebook acabó con el último rescoldo del Messenger (que fue muy grato, por lo demás; con mi amiga Francis). Sobre Starmedia escribí un texto en mi blog, “Caliche 17”, que cuenta mi primer acercamiento a un chat, así como el personaje que empecé a forjar a partir de entonces, impremeditadamente. Este personaje, que en Starmedia oscilaba entre los nicks Maestro Zen, Micropene y Superpollón, pasó a consolidarse en el Cibercafé de Pombo como Sr. Lobo (y más tarde Sheriff Lobo), que era ya casi el mismo que el Atleta Sexual que transitó por el blog de Arcadi Espada. Este ha sido, definitivamente, mi último nick: aparte de lo que se haya podido contagiar el Montano que me queda; de lo anickado que me haya vuelto yo también...

Pero me he plantado en el final de la página con casi todo aún por contar. El próximo lunes, pues, seguiré: espero que ya sin eclipse y con puntualidad. (¡No quiero convertirme en el Curro Romero del articulismo español!)

[Publicado en Frontera D]

[Sigue: Diez años on-line (y 3)]

7.2.10

Arte contemporáneo

Este año me han seleccionado para Arco, con una obra yo creo que notablemente duchampiana. No la puedo mostrar aún, pero sí describir. Consiste en una reproducción del famoso cuadro del Greco, El caballero de la mano en el pecho; aunque alterada: en mi obra, la mano del caballero no se posa en el pecho, sino que lo hace en la entrepierna. Como el cuadro sólo muestra hasta la cintura, el espectador debe imaginar el resto. Pero la obra adquiere su plena significación con el título, que es de lo que estoy más satisfecho (y feliz como unas castañuelas, para qué negarlo): El caballero de la mano en el chocho.

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PS. Lowon me envía su versión.