21.9.11

El autor y la escritura



Hoy he recibido un regalo lujoso: el ejemplar de un libro de Jünger firmado por Jünger. Observo y toco los trazos con incredulidad, casi como si fueran de Goethe. Jünger tenía entonces noventa y cuatro años, e iba a vivir otros ocho. Pero el lujo salta de renglón: el "Bilbao 19-Octubre-1989" de abajo está escrito por Iñaki Uriarte, que ha sido quien me lo ha mandado.

No deja de tener su gracia: como la lectura de los diarios de Uriarte me abortó la lectura de los diarios de Jünger, este ejemplar autografiado parece la piel del león que cazó Uriarte y que ahora me envía, hemingwayanamente, como trofeo.

El libro posee además otro valor: es un libro que sale en otro libro. Por supuesto, en los Diarios de Uriarte. En la página 173 del recién publicado segundo volumen, tras haber comentado (con sorna) una entrada de Pasados los setenta en que Jünger refiere una visita de Borges, concluye Uriarte:

Jünger me pone de malhumor. Saco muy poco en limpio. Es un tío rarísimo al que he leído mucho y no sé por qué.

Una de las pocas frases de Jünger que recuerdo es: "¿En qué consiste el éxito de un diario? En el monólogo bien logrado". Creo que él lo logra muy bien, aunque yo no lo entienda mucho.

La frase está en El autor y la escritura, un libro del que tengo en casa dos ejemplares. Uno muy manoseado y subrayado, y el otro sin usar, impoluto, aunque con el papel ya un poco viejo, firmado por Jünger.

Jünger estuvo en Bilbao hace muchos años para recibir un Doctorado Honoris Causa por la Universidad del País Vasco y asistí a la comida de celebración. Olvidé llevar alguno de sus libros para que me lo firmara y alguien me dio un ejemplar de El autor y la escritura. Es el que sigue sin usar, aunque da la impresión de hallarse más envejecido que el que hojeo a veces. Cuanto más lees un libro y más se le deteriora el físico, más vivo parece.
En el primer volumen de sus diarios, Uriarte contaba los entresijos de aquel extraño nombramiento de Jünger. He ido a buscarlo ahora y veo que ya aparecía allí (p. 64) este ejemplar.

15.9.11

La barraca de las cañas

Estoy esperando el momento de escribir como es debido sobre el segundo volumen (2004-2007) de los Diarios de Iñaki Uriarte, pero adelantaré dos cosas: 1) son excelentes, yo diría que mejor aún que el primero si no se entendiera que este es peor; y 2) su lectura me ha hecho abandonar la de los diarios de Jünger. Cuando me llegó el libro, Jünger acababa de meterse en la barraca de las cañas (17-XII-1939). Como escribe el traductor Sánchez Pascual en el prólogo:

Al mando de una compañía, es enviado al Muro Occidental, a orillas del Rin. Las abstractas y mecánicas casamatas de hierro y cemento provocan en él una repugnancia incluso física, y pronto se hace construir una barraca de cañas, barro y madera donde pasa sus días y sus noches.
Pensé que era un buen sitio para dejarlo mientras leía a Uriarte. Mi idea era retomarlo en ese punto. Ha sido imposible. Después de la soltura y naturalidad de Uriarte, volver a Jünger era como someterse a la disciplina del uniforme alemán en el invierno bélico tras haber pasado un puente al sol con ropa cómoda. Así que ahí lo dejo sine die: en la barraca de las cañas. Sin embargo, no voy a regresar tampoco a Montaigne, que sería lo suyo; ando un poco crispado, y voy a buscar lecturas que satisfagan mi crispación.

* * *
Mientras tanto, sobre estos Diarios II ha escrito Muñoz Molina.

(21-IX) Y también García Martín: "Ejercicios de inteligencia".

6.9.11

La piel en estratos

Hace ya varios años que solo piso el cine para ver los estrenos de Woody Allen y Almodóvar, por costumbre entrañable; el resto de mi consumo cinéfilo (que no es excesivo) lo hago en casa. La consecuencia es que esas pocas veces entro en la sala con una cierta melancolía y un toque sentimental; como quien ejecuta acciones de otro tiempo. El lugar de ayer colaboraba, porque fue en el decadente Centro Rosaleda. Lunes de septiembre además, con el otoño encaramado.

La piel que habito habla de transformaciones, y el espectador (el espectador Montano) experimenta una transformación con el metraje. Las primeras noticias de la película no animaban: por la presencia de Banderas (el malagueño es un lobo para el malagueño; pero es que Banderas me parece muy malo) y por el look como de Kika, que es la peor de Almodóvar. Sin embargo, Josepepe fue a verla, en la envidiable Bélgica, y la situó en el centro de su ranking. Eso me decidió a no faltar a mi cita.

Llegué en el estado de receptividad antes descrito; en él, soy un espectador fácilmente conquistable. Pero apareció Banderas y me quedé colgando; y me descolgué del todo cuando llegó ese espantoso personaje disfrazado de tigre, que es de no dar crédito. Me acordé de Josepepe. ¿En el centro? La piel que habito es la tercera por la cola, y solo porque La mala educación y Kika son difícilmente empeorables.

Por fortuna, no tarda en desaparecer el tigre e ingresamos en la parte central de la historia. Elena Anaya y los demás actores cumplen su cometido. Banderas mejora. La visualidad de Almodóvar, su simbología, seducen, abren vetas. La película va dejándose ver. No obstante, sigo fuera, porque el daño causado es irreparable. Así lo continúo pensando; hasta que, de pronto, me doy cuenta de que estoy dentro. Esta es la transformación a que me refería. Todos los elementos en juego de repente funcionan, a tiempo para que la secuencia final resulte un prodigio.

Así que La piel que habito no admite un juicio global, sino varios, por estratos; como si ella sola fuese una escenificación del ranking completo de Josepepe y escalara posiciones dentro de sí misma: patética en su primer tramo, aceptable en el central, buena en el último, y excepcional en la secuencia con que termina.

Este final es oro puro cinematográfico. No desvelaré nada, pero sí anotaré, desde fuera, cómo Almodóvar ha logrado conducir a su personaje a una situación de extrañamiento del mundo. Abismal, y a la vez compasiva. Como la del enfermero que encarnaba Javier Cámara en Hable con ella. Hay muchas risitas con Almodóvar, y bastantes de esas risitas se las merece. Pero en ocasiones lo consigue; y, como su apuesta es grande, el resultado es grande.

2.9.11

El runrún

Acaba de salir el segundo volumen de los Diarios de Iñaki Uriarte, también en Pepitas de Calabaza. Mi ejemplar viene en camino, pero Txani Rodríguez y Manuel Jabois ya tienen el suyo y ha comenzado el runrún: los primeros movimientos de un río que crecerá en los próximos meses. Así nacen los clásicos. Txani copió ayer en el Facebook algunas frases del libro y Jabois escribe hoy en Jot Down el artículo inaugural. Solo con lo que han citado ambos ya tenemos una miniantología de excelencia:

En algunos momentos pienso que cinco años tomando notas me han curado de la necesidad de tomar notas. De todos modos, espero seguir con estos archivos, a los que vuelvo a veces como quien vuelve a casa, y soy yo mismo el que me abro la puerta y me recibo y me doy conversación.

Esencia del pensamiento conservador: creer en las elites, creer que hay personas mejores que otras y que se merecen más. Y lo que suele ser risible: creer que tú eres una de ellas.

Justificación de la envidia: no es infrecuente que las personas a las que les sucede algo bueno se pongan insoportables.

Quería reconciliarse con un escritor del que se hallaba distanciado. Me encargó la misión: "Dile que me ha gustado mucho lo último que escribió. Dile solo eso".

Hay rostros con un fondo de tristeza que son como una prueba viviente de que la felicidad existe y de que la conocieron.

Todos mis antepasados tuvieron hijos. No deja de asombrarme que yo vaya a ser el último de esa larguísima fila que comenzó en algún lugar de África hace muchos miles de años. Y de asustarme. Da la impresión de que uno no tiene derecho a volver la mirada hacia atrás y decir: "Hasta aquí hemos llegado".
Empecé la lectura de Montaigne, y he empezado la relectura de Jünger, sabiendo que haría una pausa en cuanto me llegara el libro. Diré campanudamente (porque en sentido estricto es pronto para decir estas cosas) que será una pausa sin bajar las escaleras.

31.8.11

La radio horrísona

Qué suplicio este fin de semana. El sábado, en la playa, a la hora de la Vuelta, busqué en la radio la retransmisión de la Vuelta, pero no había Vuelta: en todas las emisoras (¡en todas!), locutores chamuscados porque no les dejaban entrar en los campos de fútbol. Ahora les piden que paguen por la narración de los partidos, y ponían toda su artillería verbal en criticar la exigencia. Tenían razón, naturalmente: los equipos solo aportan sus mastuerzos con la pelotita; a partir de ahí, es el rapsoda radiofónico el que hace la épica, el que lo hace todo. Elabora un estadio paralelo que se sostiene solo en sus palabras, y es en ese estadio –y solo en ese– en el que pasan cosas. Pero a mí el fútbol me importa un pimiento: yo buscaba la Vuelta y no había Vuelta. Al final la dejaron asomar apenas en el sprint.

La melancolía por el eclipse del ciclismo daría para otro artículo –para otra andanada–, pero hoy sigo bajo los efectos de mi exposición radiofónica. El recorrido por el dial me hacía caer, a cada tramo, en boquetes gritones. El más espeluznante fue el de la Ser, con la tralla que le han puesto a Carrusel deportivo, en un intento explícitamente desesperado por reflotarlo. Había un tal Ponseti (¡Ponseti!) con un optimismo a prueba de bombas; pero él mismo era una bomba. Al tercer berrido, ya anhelaba yo extirparme los tímpanos, para impedir toda posibilidad futura de Ponsetis. Es la escuela de Pepe Domingo Castaño –“¡anima Pepe Domingo Castaño!” es un grito que siempre me ha dejado el ánimo hecho trizas–, que se pasó a la Cope con los demás excarruseles. Se ve que la temporada pasada el duelo se saldó con el fracaso de los otros, que ahora intentan triunfar metiendo más ruido. Probablemente lo consigan.

Digámoslo sin tapujos: el fútbol es lo peor. Es la cloaca de la sociedad, y lo que lo rodea es lo peor de cada sector de la sociedad: sus dirigentes son los peores facinerosos –por usar la expresión favorita del mayor facineroso que hubo–, sus deportistas y entrenadores son los más horteras y descerebrados, su público es el más zafio, y los periodistas que lo cubren son los únicos que están por debajo de los del corazón. Cuando llega el fútbol, se termina todo. Y en la radio es donde mejor se aprecia. Una cadena más o menos elegante como la Ser, pierde los estribos en cuanto aparece el fútbol. Esta temporada además, con la diseminación de los encuentros, la devastación se ha diseminado también: por morbo, seguí ya sintonizando y hubo fútbol el domingo por la mañana, el domingo por la tarde-noche –“¡Ponseti, hoy nos toca estar hasta las doce, Ponseti!”, gritaba su colega a las tres– e incluso el lunes. Ponías la radio a cualquier hora, y solo había jaleo.

Ciertos intelectuales –curiosamente, todos de izquierda y castristas: Vázquez Montalbán, Benedetti, Galeano...– lograron prestigiar el fútbol. Supongo que, como no había pan en los regímenes que propugnaban, querían dejar al menos el circo. Ya va siendo hora de iniciar una reacción elitista. Hay que recuperar, como alguna vez ha propuesto Savater, el insulto que profiere Shakespeare en El rey Lear (acto I, escena 4): “¡Vil futbolista!”; extendiéndola, por supuesto, a los locutores futbolísticos. Hay que reconstruir Europa (¡el mundo entero!) a partir de ese insulto.

[Publicado en Jot Down]

18.8.11

Jeanne Duval y el Papa

La última vez que el Papa fue a Madrid yo vivía en Madrid. Evité sus hordas, obviamente. Esa invasión histérica de felicidad: una especie de tuna-boy scout compuesta por quinientos mil cantautores, todos con la cara de Milikito. Era en mayo de 2003 y pinché en la tele por ver, más que nada, el aspecto de mi querida plaza de Colón. Me regocijaba que a no más de cien metros se encontraba (no sé si se encuentra todavía) el mayor burdel de Madrid: el Hot Girls, en el local de la antigua discoteca Bocaccio. Por la época había salido una columna (bastante papal, por cierto) de Manuel Vicent lamentando la deriva de aquel sitio mítico de la noche progresista madrileña: cómo ahora iban a follar allí los ejecutivos, donde antes había reinado la intelectualidad. Como si la intelectualidad no hubiera ido allí exactamente a lo mismo; como si lo que ellos daban a cambio de follar (disfrazado de teorías e ingeniosidades) no fuera también dinero.

El caso es que mi regocijo pudo ser completado, porque unos días después, todavía con los restos del escenario en la plaza, acompañé a un amigo al Hot Girls. Y digo acompañé porque yo (también bastante papalmente) no quise recurrir a los servicios de ninguna cortesana. Era mi amigo el que iba a lo que iba. Nos tomamos una copa, luego mi amigo entró con una chica y yo me quedé esperándolo, entretenido con el paisaje. De algún modo me pareció más limpio aquel trasiego de ejecutivos y putas que imaginarme a Vicent o a Umbral babeando ante una poetisa engatusada con la Visa Oro de ellos, que en aquel tiempo era el carnet de El País. Pero yo (¡ay!) pertenezco a ese deleznable sector intelectual. Por eso, cuando se me acercaba alguna a proponerme “travesuras sanas”, yo le respondía con boutades, como si me encontrase en el mismísimo Bocaccio. Me dio por soltarles que si aquellos días habían recibido visitas de las autoridades eclesiásticas, ávidas de pecar un poco antes de confesarse; si habían ido por allí obispos, cardenales... e incluso Su Santidad. La reacción de las putas era indefectiblemente la misma: el escándalo. Me regañaban y me daban la espalda, sus culitos de lencería. Me acordé de la Jeanne Duval de Baudelaire, la cortesana negra que se escandalizaba cuando el poeta la llevaba a ver los desnudos del Louvre.

De vuelta ya con mi amigo por la noche madrileña pensé con ternura en las chicas del Hot Girls. Seguro que algunas (eso se me olvidó preguntarlo) habían salido a ver al Papa. Se mezclarían con los histéricos boy scouts, con las hordas de fervorosos Milikitos: todos gritando hacia el escenario sin saber que a su lado estaba la salvación.

[Publicado en Jot Down]

11.8.11

Como la seda

Al fin llegó Irse a Madrid a Málaga, y su tortuoso viaje me ha recordado al que había que hacer para irse a Madrid a mediados de los ochenta: en aquel expreso Costa del Sol que se tiraba toda la noche para recorrer la mitad de la península. Siempre pasaba lo mismo: de madrugada ya no podías más, pero el tren llegaba a la siguiente estación y era Linares-Baeza. Todavía Linares-Baeza. La buena noticia para Manuel Jabois es que no es tan fácil salir de la provincia. Aquella primera vez los que nos escapábamos de Málaga éramos dos, mi compañero de Filosofía y de vocación literaria Cristóbal Ruiz y yo. Nos pasamos la noche hablando de Nietzsche, Baudelaire, Rimbaud, los dadaístas, William Beckford, Cioran: queríamos dar en Madrid con una buena nomenclatura iconoclasta. En el compartimento había un señor que nos miraba, y nosotros reforzábamos nuestras alusiones para epatarlo. Por la mañana, cuando el tren llegaba a Madrid y ya aguardábamos en el pasillo con las maletas, prestos para el abordaje, el señor se atrevió a preguntarnos: "¿A qué seminario vais? Porque sois seminaristas, ¿no?". El buen hombre supo ver lo que realmente éramos: clercs. No, no es tan fácil salir de la provincia...

Aunque Jabois, ciertamente, no necesita Madrid para nada. Para que le leamos no, desde luego: porque, además de este libro, está su blog, que es nuestra capital columnística. En cuanto a las vivencias: las que yo buscaba, que eran las de Martín Romaña, a mí no me pasaron en Madrid; pero a Jabois sí le han pasado en Pontevedra. Si hago balance, lo mejor fue cuando en la primera librería pedimos La vida exagerada de Martín Romaña, para que la leyera mi amigo, y el dependiente gritó: "¿Tenemos La vida exagerada, de Martín Romaña?". Aquella súbita corporeización del personaje creó un efecto precioso, que es el que tenemos desde el principio con Irse a Madrid, de Manuel Jabois.

El libro ha sido ya abundantemente comentado (*), por lo que no lo desmenuzaré. Sí quiero destacar lo que me parece más admirable: la calidad de la prosa. Su prodigio podría caracterizarse así: eufonía sin sonajero. Estamos acostumbrados a que se le llame "escribir bien" a los sobrecargados mazacotes que escriben, por tomar un ejemplo de cada lado ideológico, Montero Glez o Juan Manuel de Prada. Esas tiradas prosísticas atiborradas de alfajores. Mérito tienen, desde luego; pero es el esforzado mérito de la bollería pesada. Para mí el canon del "escribir bien" es el que marca una prosa como la de Jabois, que resulta eufónica sin que se note y posee las tres cualidades más corteses: la ligereza, la precisión y la fluidez. Es una prosa que va como la seda, tersa, sin una arruga. Despertando a su paso la sonrisa (y la carcajada), la melancolía, el destello lúcido, el quiebro o la emoción.

Leyendo Irse a Madrid de corrido (y casi corriéndome) he pensado que en él se cumple lo que le pedía Baudelaire a un libro de poemas en prosa: “¿Quién de nosotros, en sus días de ambición, no hubo de soñar el milagro de una prosa poética, musical, sin ritmo y sin rima, flexible y sacudida lo bastante para ceñirse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del ensueño, a los sobresaltos de la conciencia?”. El propio Baudelaire lo logró en su Spleen de París. El problema es que pronto pasó por "prosa poética" lo que no era más que una exacerbación del "escribir bien" que mencioné antes, con el resultado de que casi todos los libros de poemas en prosa posteriores han sido indigestos. Irse a Madrid sería un libro de poemas en prosa en el sentido original de Baudelaire: sus textos son poemas preservados por el hecho de que son artículos; son poemas en tanto que son artículos.

* * *
(*) Entre otros, por Arcadi Espada, Elvira Lindo, Txani Rodríguez (hacia el minuto 41), Conde-Duque o Guille Ortiz. (Este último dice la que quizá sea la frase más penetrante sobre Jabois: "Cuando escribe, no está pensando en más consecuencias que las estéticas". Estéticas en el sentido noble, por supuesto: que es el inmoralista.)

11.6.11

Indignado

El hecho es que mi escritor favorito, Fernando Savater, hace años que tiene que llevar escolta y hay días, muchos días, en que no me lo recuerdo. Hoy sí: ha llegado a alcalde de su ciudad un amigo de los que lo amenazan. Los donostiarras lo han votado, haciendo gala de abyección. Resulta incómodo pensar que uno se da un agradabilísimo paseo por San Sebastián y se está cruzando con un montón de nazis, disfrazados de sonrientes transeúntes. Pocas ciudades hay más bonitas que esta mezcla de París y Río vigorizada por el Cantábrico. Pero está podrida. Yo pasé en ella dos días maravillosos, en el verano de 2002. En la cabeza tenía a Savater, cuyo libro sobre San Sebastián llevaba encima, y el ciclista por el que más pasión he sentido, Pello Ruiz Cabestany (pasión de una magnitud inversamente proporcional a las alegrías que me dio). Al minuto uno de pisarla ya aprendí, por impregnación, que quienes no se metían en líos vivían de putísima madre. Y casi todos vivían de putísima madre. Yo mismo, de ser de allí, probablemente viviría de putísima madre. Me di mis buenos paseos, con gran disfrute; pero no quise quitarme de dentro ese resquemor.

4.6.11

El que se mueve no sale en el daguerrotipo



El primer daguerrotipo con presencia humana es este del Boulevard du Temple de París, realizado en 1838. Es conocido, pero yo me lo he encontrado ahora por primera vez, en el blog de Ramón Buenaventura. En la parte inferior izquierda aparecen dos hombres: un limpiabotas con su cliente (en detalle aquí). No eran los únicos que estaban en el bulevar: pero sí los que permanecieron en su sitio el tiempo imprescindible de exposición, que entonces era de diez minutos. Los que se movían en esa franja era como si no hubiesen estado. La fotografía empezó, pues, igual que la filosofía: desdeñando el devenir; saltando por encima.

Hace poco ha sido noticia el primer daguerrotipo de Madrid, datado entre 1840 y 1850. Y este otro es el primero de Barcelona, hecho en 1848. Aquí no se ve a nadie. Se movieron y se perdieron. Pero hay una majestuosa belleza en esa ciudad sin accidentes.

1.6.11

El artista

En Arcadi Espada –al que sigo admirando, y por eso lo observo y analizo (despecho aparte)– he detectado otro elemento del sumo interés (como diría Arcadi Espada, cuando se pone redicho).

Su denostación de lo irracional y lo romántico (¡en sentido alemán, no me abajen!), que le hace trazar esa línea puritana de carácter neopositivista, es una defensa, obviamente, contra su propia sombra. Es “la sombra de la filosofía”, señalada por el “semáforo del saber”, de que hablaba Eugenio Trías en sus dos primeros libros (La filosofía y su sombra y Metodología del pensamiento mágico). Pero esto es viejo.

Lo nuevo que he detectado en el maestro es lo siguiente: el sujeto de su neopositivismo habría de ser un individuo gris y aplacado, analítico sin ínfulas, modoso. Una especie de funcionario de la verdad. Nuestro Espada, por el contrario, se comporta aspaventosamente, con las maneras de un divo. El sujeto Espada es un artista romántico: individualista, caprichoso, intuitivo, lanzador de grandes (y brillantes) síntesis. No es una hormiguita de los datos, sino una cigarra (laboriosa, eso sí) que canta a partir de ellos y que hace buenos manojos con ellos. El histrionismo, el desplante, la venganza: rasgos todos del sujeto artístico.

Con lo que parece claro el conflicto que lo alimenta: su cerco neopositivista no es sólo a sus sombras emocionales (irracionales), sino también al artista que hay en él. No quiere desbocarse por ahí. Es un artista con catecismo antiartístico.

El resultado me parece fascinante. Es un sujeto en tensión. Y lo que hay de admirable en él se debe a esos dos polos, que son los que producen su electricidad.

28.5.11

La institución familiar

Hay un momento en la biografía de Luis Cernuda que sólo podemos degustarlo nosotros, desde la posteridad. Es cuando en Londres, en 1946, Leopoldo Panero le ruega durante una velada que lea en voz alta algún poema. Panero ha sido enviado por el Gobierno franquista para que se ocupe del Instituto de España y, aunque a lo largo de aquellos meses iría estrechando su amistad con Cernuda, ésta se encontraba aún en sus inicios. Cernuda se resiste. Panero, que se ha bebido él solo una botella de coñac, sigue insistiendo; hasta que Cernuda al fin cede. Le pide al anfitrión, Rafael Martínez Nadal, un poema que le ha pasado hace poco. Resulta ser "La familia", uno de los grandes poemas de Cernuda, durísimo contra la institución familiar. A mitad de lectura, Leopoldo Panero estalla. Transcribo el relato de Martínez Nadal que cita el biógrafo Taravillo:

Leopoldo dio un palmetazo en la mesa y se puso en pie con algo de enfurecido don Quijote en defensa de Melisendra:
.....—¡Basta! No lo admito. La familia es lo más sagrado y tú la denigras. Buscas la popularidad con malas mañas.
.....Y se sentó en guardia, como gallo de pelea.
.....Pandemónium de silencios, valga la contradicción. Tras larga pausa, Luis se levantó, lívido:
.....—Rafael, lo siento, pero no puedo permanecer aquí.
.....Le acompañé y retuve en el salón del piso de abajo. Temblaba de ira y de desprecio:
.....—La culpa la tengo yo por haber cedido; ésa es la España de Franco: sacristanes, hipócritas, cursis y pueblerinos.
Cuánto le hubiera regocijado en aquel momento a Cernuda conocer el destino familiar que le aguardaba al otro. Panero moriría un año antes y no sé si Cernuda llegaría a leer su autoepitafio ("Ha muerto, / acribillado por los besos de sus hijos..."); pero ambos se perdieron lo mejor, que es la película. Mi secuencia favorita de El desencanto es la conversación entre Leopoldo María, Michi y la madre, en la que los hijos llaman "el Conejito Blanco" al padre muerto. En especial el momento en que, después de que la madre haya evocado una vez más su "amor" por Cernuda (asunto que se trata en el libro), le suelta Leopoldo María: "Lo que nunca te perdonaré, mamá, es que habiendo podido ser yo hijo de Cernuda, me tuvieses con el Conejito Blanco". Me hubiera gustado poner el vídeo, pero no lo encuentro. Sí está el de mi segunda secuencia favorita, con Michi y Juan Luis:

27.5.11

Integridad

Sobre lo que escribí ayer tiene que ver la cita de José Emilio Pacheco que encabeza este segundo tomo de la biografía de Luis Cernuda:

En guerra contra el mundo, sin otros poderes que los de la poesía, Cernuda demostró algo que jamás aprenderemos: una de las formas de grandeza alcanzables por el escritor es quedar mal con todos, hacer las cosas para que no le gusten a nadie. De este modo, Cernuda vivió en una arisca soledad, cercada de rencor por todas partes: legítima defensa de un ser vulnerable en extremo, de un caído en el infierno que acepta el mal y, al expresarlo, lo conjura.
Cernuda es un republicano desilusionado de los comunistas, que lee Retour de l'URSS de André Gide cuando otros aplaudían a Stalin (y lo seguirían aplaudiendo durante lustros, para luego hacerse los tontos). Cuando hoy tenemos que tragarnos tanta basura sobre la, así llamada, memoria histórica, Cernuda ya posee en el verano de 1938 la mentalidad que, cuarenta años después, propiciaría la transición. Ese verano surge el rumor de que un pacto entre los combatientes va a terminar con la guerra civil, y Cernuda le escribe a su amigo Rafael Martínez Nadal:
Mi querido Rafael: ¿Has leído las declaraciones de Franco? No sé si los periódicos de ahí reproducirían unas declaraciones de Vayo a un periodista de L'Oeuvre. Chico, creo que el pacto está en puertas. Tengo una alegría enorme. Creo que pronto podremos volver a España. Lo horrible es pensar en los muertos, para después llegar a lo mismo aún alegrándonos de volver a lo mismo, porque ésa es la única solución posible. Y Federico... Cuando me acuerdo de esto siento remordimientos por alegrarme del fin de la guerra y de la vuelta a España. [...] Si este pacto que se vislumbra es cosa segura, yo regresaría sin perder tiempo.
Esa es la actitud limpia: vital y trágica; no las monsergas puritanas de hoy, efectuadas normalmente por los sucios. Ese anhelo de pacto no es incompatible, sino justo lo contrario, con la integridad: son dos ramas del mismo tronco. En la biografía hemos asistido a las penurias de Cernuda por Inglaterra y París, cómo busca pequeños trabajos de supervivencia. Martínez Nadal al fin le consigue algo: una colaboracion mensual en la revista Blackfriars, de los dominicos de Oxford. Pero Cernuda la rechaza:
Lo que no podría decidirme a aceptar sería la publicación en esa revista. No por ser católica, en modo alguno, sino por tener un partido en la guerra de España. ¿Comprendes lo que siento? No soy capaz de odio hacia otros españoles, pero por eso mismo quisiera mantenerme fuera de cualquier bando. Aparte de que si aceptara, muchos podrían interpretarlo como un intento mío de abandonar a los casi vencidos por los vencedores. Bastante he sufrido en España y pocos o ningunos miramientos debo allí a nadie; al contrario, injusticias es lo que les debo. Pero está demasiado cerca mi salida de España, y los republicanos en demasiada mala situación para que esa colaboración pareciera poco generosa de parte mía.
Como decía Breton: "Parece ser que hay un modo más o menos digno de conducirse, y basta".