25.4.12

El cogote cinéfilo

Los seguidores de Qué grande es el cine coincidíamos en dos cosas: en despreciar a Garci y en admirar a Miguel Marías. En medio estaban los demás tertulianos, más o menos despreciables (¡Lamet, Giménez-Rico, Tébar!), más o menos admirables (¡Cobos, Torres-Dulce, Oti!); pero los que marcaban los extremos eran ellos. A Garci, con todo, le agradecíamos aquel programa, que le redimía en parte de ser Garci y de dirigir las películas de Garci. Películas que, por fortuna, estaban excluidas de Qué grande es el cine. Aquí ponían solo peliculones. Y después la tertulia cinéfila. Cómo destacaba en ella Miguel Marías. Siempre con su tono serio y ligeramente vacilón, su discurso asido de la pipa apagada. Admirábamos a Miguel Marías y nos acostumbramos a ver las películas sintiéndonos Miguel Marías. Adoptábamos su pose y su voz, nos comprábamos pipas, nos dejábamos bigotín, nos sometíamos a bestiales dietas para quedarnos en los huesos y nos fumigábamos el pelo por ver si se nos caía. Con esto se comprenderá mi conmoción cuando, en un viaje a Madrid, me encontré con Miguel Marías en la Filmoteca.

Era una película japonesa. Concretamente del cine mudo japonés de los años treinta. Nada más entrar y verlo en el ambigú quise salir (dominguínicamente) para contárselo a mis amigos. Pero me contuve. Miguel Marías era aún más delgado que en la tele: resulta que esta engorda incluso a Miguel Marías. Era un palillo con mijitas de carne por aquí y por allá; apenas una percha con ojos para ver cine. Lo seguí por el patio de butacas y me senté justo detrás. Nunca me había sentido tan excitado en una sala que no fuera X. Se apagaron las luces. Empezó la película. No recuerdo nada (ni una imagen, nada); solo que, francamente, me estaba aburriendo. Me distraje observando el cogote de Miguel Marías. Era un cogote escueto, tenso, que también atendía a la película, solo que en la dirección equivocada. Pensé en el drama de los cogotes de los cinéfilos, orientados siempre hacia donde no está la pantalla. Empezaba a invadirme la melancolía, cuando advertí en él un ligero temblor y supe que era el reflejo de una emoción cinéfila. La película, pues, era una maravilla. Mientras yo me aburría, Miguel Marías estaba en comunión con aquello que unos japoneses habían rodado, sin voz, en la década de 1930. A partir de ese momento seguí la película con un ojo, mientras con el otro vigilaba el cogote de Miguel Marías. Este me indicaba, con su temblorcillo, dónde me debía emocionar: y me emocionaba de veras. Era un cogote infalible: un sismógrafo de la calidad cinematográfica, o una varilla de zahorí capaz de reconocer los acuíferos sepultados del talento. Japón, país de terremotos, había enviado su mariposa en una dirección opuesta a la del famoso efecto, y terminaba su viaje agitando las patitas en aquel cogote.

Salí felicísimo, aunque lamentando que en Qué grande es el cine no hubiera una cámara enfocando permanentemente el cogote de Miguel Marías. El cogote de Miguel Marías, con sus temblores ex cathedra, habría sido así otro de los tertulianos. Habría sido, de hecho, el más elocuente de los tertulianos; solo por detrás, como es lógico, de Miguel Marías.

[Publicado en Jot Down]

15.4.12

La bicicleta patafísica



Leí ayer en El País, en el artículo de Manuel Rodríguez Rivero, que ha salido una "brevísima antología" de escritos de Alfred Jarry "en torno al velocípedo":
Ubú en bicicleta. Escribe Rodríguez Rivero:

Quién me iba a decir que entre ellos encontraría el hilarante cuentecillo La Pasión considerada como una carretera de montaña (¡publicado en 1903!) en el que se describe el trayecto, a bordo de una bicicleta, que habría seguido Jesús desde el palacio de Pilato hasta el Gólgota. Incluyendo sus tres aparatosas caídas y el momento en que la reportera Verónica, con su cámara Kodak, le toma una instantánea que daría la vuelta al mundo. Todavía reverbera en las paredes de mi casa el eco poco santo de mis carcajadas.
Ese "cuentecillo", según contaba Juan Antonio Ramírez en su Duchamp. El amor y la muerte, incluso, está "seguramente" en el origen del dibujo del que tomé el nombre de este sitio. Escribía Ramírez (venía hablando del ready-made de la rueda de bicicleta):
No olvidemos que la bicicleta y el pedaleo han estado tradicionalmente vinculados a la condición masculina. En el catálogo Armes et cycles de Saint-Etienne figuraban grabados con exhibiciones de la resistencia de las bicicletas que parecen parodias de algunas ilustraciones sadianas, y no sería raro que pudiera verse un eco burlesco de todo ello en la famosa foto (con escalera y bicicleta) de los dadaístas parisinos en 1921. Está además el dibujo de Duchamp Avoir l'apprenti dans le soleil, incluido en la Caja de 1914, y que es seguramente una evocación de las Spéculations de Jarry: "De la Pasión, considerada como una carrera cuesta arriba".
La "famosa foto" de los dadaístas parisinos en 1921 es la que he puesto arriba, junto a la del mismísimo Alfred Jarry en bicicleta (a la izquierda). En el libro de Ramírez, la foto va con este pie:
Los dadaístas parisinos se divierten con una escalera-pedestal y una bicicleta. De izquierda a derecha: Hilsun, Péret, Charchoune, Soupault (en lo alto), Rigaud (colgado) y Breton, en una foto de 1921.
¡Ah, esa preciosa complicidad, a distancia, de Breton con Jarry! Uno de los textos más memorables de Los pasos perdidos es justo el que le dedica, y cuyo comienzo siempre me emociona:
Alfred Jarry se veía convertido en el futuro en un señor gordo y grave al que, ya alcalde de una pequeña ciudad, los bomberos le regalarían jarrones de Sèvres. Yo soy de uno esos jóvenes que supuestamente debían abominarle. Si vengo, después –y antes– que otros más autorizados, a rendir homenaje a su memoria, es porque los aspectos bajo los que he conseguido representármelo –yo que no le conocí– me parecen los únicos indelebles...
Las melancólicas vanguardias: van cumpliendo el siglo ya.

14.4.12

El formato es el mensaje

Con los depósitos audiovisuales de la red uno puede montarse historias instructivas en un rato. Historias a las que podría haber asistido en su tempo normal, de haber estado pendiente, pero que la compresión refuerza. Yo el jueves me armé una, con piezas que se emitieron el lunes. El protagonista fue Javier Sardá, uno de los individuos que más ha contribuido al envilecimiento de este país (con gran satisfacción de este país). Ahora escribe libros. El nuevo se titula Mierda de infancia y en él refiere los difíciles primeros años de su vida, creo que hasta los treinta. Me enteré por el primero de los dos elementos audiovisuales de esta historia: la entrevista que le hicieron en la Ser Gemma Nierga y Juan Carlos Ortega (este último, por cierto, no un envilecedor, sino un ennoblecedor de todo lo que toca: no hay hoy humorista más fino –ni más culto– que él; su descubrimiento por Sardá hay que restarlo de la labor envilecedora de Sardá). La entrevista es emocionante. Sardá, cobijado por Nierga y Ortega, y por el formato tranquilo, cuenta sus desgracias infantiles, que fueron muchas; aunque sin caer en el lamento: destacando también lo bueno que hubo, sobreponiéndose. Ortega lee un párrafo del libro, cuya escritura es flojita pero que describe una imagen impresionante: el niño Sardá está en un tiovivo; ha perdido a su madre a los ocho años y siente angustia de perder también a su padre; el tiovivo da vueltas y a cada vuelta el niño piensa que el padre no va a estar... Bien, la entrevista termina. Nosotros, oyentes, estamos conmovidos (al fin y al cabo, la historia es verdadera; al fin y al cabo, Sardá es "un gran comunicador"). Sabemos lo importante que este libro es para Sardá. En el curso de la entrevista, este ha contado que se encuentra en Madrid porque esa noche va a estar en la tele, en El hormiguero. Así que después del podcast radiofónico me busco el YouTube televisivo.

Ni Sardá ni el libro son tomados en serio en ningún momento. Dominan el estruendo, el grito, la crispación lumínica, el vaivén. Domina, exactamente, el envilecimiento que entre nosotros hizo triunfar Sardá (tras el pionerismo algo patético, y chapucero, de Pepe Navarro). El resultado es algo así como cuando a un terrorista le explota la bomba que llevaba: de pronto Sardá se da de bruces con su formato. Acude con su libro emotivo y el formato lo tritura. Motos enseña la portada, con la carita del niño Sardá, y el público se ríe. Luego hablan de pedos. Sardá, naturalmente, no se deja apabullar: conoce (¡cómo no!) el medio y se pone gallito, trata de autoironizar, se muestra dinámico, sport; se enrolla. Pero, como acabamos de escucharlo en la radio, sabemos cuál es en ese instante su realidad: la del payaso triste que cuenta sus desgracias y el público se descojona. Mierda de formato.

[Publicado en Jot Down]

11.4.12

Tal para cual

Nuestros dos grandes partidos, cuyos nombres no voy a decir para no darles publicidad, no van a pactar por una razón muy sencilla: porque son iguales. Quitando un par de elementos folclóricos e intrascendentes, y quizá un remoto maticillo cromático, solo tienen un genuino rasgo diferenciador: no ser el otro. Entre ambos constituyen un paradigma binario cuyos elementos (vacíos) se definen exclusivamente por oposición. Por eso en nuestro Parlamento no hay un partido en el gobierno y un partido en la oposición, sino dos partidos en la oposición (uno de los cuales da la casualidad de que además gobierna). Que el partido A esté aquí no significa nada: solo que el partido B está allí. Y al revés. Si la diferencia entre ambos no fuera solo posicional, sino real, podrían llegar a un acuerdo y seguir siendo cada uno, dentro de ese acuerdo, diferente. Pero como son iguales no podrán pactar nunca: si lo hicieran perderían el único rasgo genuino que tienen y entonces pasarían a no ser nada. Es decir, dejarían de facturar.

6.4.12

Año petrarquista

El año cuyo 6 de abril cae en Viernes Santo debería ser considerado año petrarquista. El 6 de abril de 1327, Viernes Santo, Francesco Petrarca cuenta que vio por vez primera, en la iglesa de Santa Clara de Aviñón, a la mujer a la que llamó Laura. "Si este era su nombre", escribe Ángel Crespo, "es algo que no podemos saber. Sí es seguro, en cambio, que la inspiradora del Cancionero no es un ente de ficción". A aquel día Petrarca le dedica su soneto III:

Fue el día en que del sol palidecieron
los rayos, de su autor compadecido,
cuando, hallándome yo desprevenido,
vuestros ojos, señora, me prendieron.

En tal tiempo, los míos no entendieron
defenderse de Amor: que protegido
me juzgaba; y mi pena y mi gemido
principio en el común dolor tuvieron.

Amor me halló del todo desarmado
y abierto al corazón encontró el paso
de mis ojos, del llanto puerta y barco,

pero, a mi parecer, no quedó honrado
hiriéndome la flecha en aquel caso
y a vos, armada, no mostrando el arco.
Según las notas de Crespo al pie de su traducción: Cristo es el autor del sol, y este está compadecido por su muerte en Viernes Santo; el común dolor es el de los cristianos en este día; barco está en su acepción de "barranco profundo". La otra traducción que tengo es la de Jacobo Cortines, que copio después del original:
Era il giorno ch'al sol si scoloraro
per la pietà del suo factore i rai,
quando i' fui preso, et non me ne guardai,
ché i be' vostr'occhi, donna, mi legaro.

Tempo non me parea da far riparo
contra colpi d'Amor: però m'andai
secur, senza sospetto; onde i miei guai
nel commune dolor s'incominciaro.

Trovommi Amor del tutto disarmato
et aperta la via per gli occhi al core,
che di lagrime son fatti uscio et varco:

però al mio parer non li fu honore
ferir me de saetta in quello stato,
e voi armata non mostrar pur l'arco.


* * *

Era el día en que al sol se le nublaron
por la piedad de su hacedor los rayos,
cuando fui prisionero sin guardarme,
pues me ataron, señora, vuestros ojos.

No creí que fuera tiempo de reparos
contra golpes de Amor, por ello andaba
seguro y sin sospecha; así mis penas
en el dolor común se originaron.

Hallóme Amor del todo desarmado,
con vía libre al pecho por los ojos,
que de llorar se han vuelto puerta y paso;

pero, a mi parecer, no puede honrarle
herirme en ese estado con el dardo,
y a vos armada el arco ni mostraros.
El Viernes Santo de aquel año en realidad resulta que cayó en 10. Pero nos quedamos con la fecha petrarquista, con la falsa.

14.3.12

La voz de una oculta

Acaba de aparecer un libro espléndido, que no puede pasar inadvertido: Las ocultas, firmado por Marta Elisa de León y publicado por Turner. Afirma Cyril Connolly que la palabra de un escritor es “papel moneda cuyo valor depende de las reservas de mente y corazón que lo respaldan”. En tal sentido Las ocultas es un libro rebosante de valor.

Lo sostiene una voz perfectamente armada que cuenta su experiencia; y la cuenta narrándola y desentrañándola, con soltura, capacidad de observación y lucidez. Se trata, como anuncia el subtítulo, de una experiencia de la prostitución. Es un asunto por lo general muy sobrecargado retóricamente y que mueve mucho al prejuicio y la visceralidad, puesto que en él se entrelazan dos potencias universales: la del sexo y la del dinero. La autora lo afronta sin adornos: como una prueba vital que ha tratado de entender y de la que ha sacado sus enseñanzas. Ha sido un esfuerzo, propiamente, de desocultación. El velo que resta, el del seudónimo, no delata una debilidad de la autora, sino de la sociedad: esta, en efecto, no podría resistirse a la tentación de destruir a una mujer que se expone como lo hace la de Las ocultas.

El libro es agua fresca en numerosos sentidos: es fluido, articulado, directo, libre, anticonvencional. Desconcierta. Refuta tópicos. Y habla de primera mano de un tema del que muchos hablan sin saber, enturbiados (¡y enturbiadas!) por el moralismo o la ideología. La prostitución ha sido usada como munición en el enfrentamiento entre los sexos. De una parte, por feministas con una percepción sesgada de la realidad y por marxistas que ven explotación en todo menos en los regímenes que apoyan; de otra, por machistas como Chamfort, que escribió la máxima: “En la guerra de las mujeres con los hombres estos llevan ventaja, puesto que tienen a las putas de su lado”. La autora escapa de esta trampa, porque, sin ignorar las diferencias y tensiones entre hombres y mujeres, no culpabiliza a los unos ni victimiza (e infantiliza) a las otras. Tiende a la comprensión y a la reconciliación.

No por ello su mirada es complaciente. Al contrario: el mundo que describe es duro, áspero, desagradecido. Ella se inició (voluntariamente, siendo universitaria) a los veintiún años y anduvo enredada, con entradas y salidas, a lo largo de diez. El libro da cuenta con precisión del desgaste físico y psíquico, espiritual también, de la prostitución. Esta es uno de los rompientes de la fuerza erótica, con frecuencia en su versión oscura, y la puta se lleva la peor parte. El dinero que ingresa tiene, entre sus contraprestaciones, el de una tremenda pérdida de energía, que reduce (y aniquila, casi siempre) las posibilidades de escapar.

Pero la autora de Las ocultas escapa, y su libro es también la crónica de esa liberación. En el camino le ayudan la amistad, el amor, la maternidad y, sobre todo, su poderosa razón: una razón que incorpora sin delirio elementos oníricos e incluso mágicos, un poco al modo del psicoanálisis de estirpe junguiana. El lector asiste a un proceso de autoanálisis radical, que desenmascara a su vez a la sociedad de la cual la prostitución es sombra.

[Publicado en Jot Down]

* * *
Pueden leerse extractos en la web de la editorial y en El País. Y una entrevista con la autora en AllegraMag.

3.3.12

El primer americanismo

El primer americanismo de nuestra lengua fue canoa. Es una información que le aparece enseguida a quien se interese por el tema, pero yo me he enterado esta semana. Lo emplea Colón en su diario el 26 de octubre de 1492, dos semanas después del descubrimiento. Es una maravilla, y supongo que ya se ha abusado de las asociaciones: carabelas y canoas; que dos continentes separados por el océano se envíen sus embarcaciones respectivas; que la canoa, para cruzar el Atlántico, se embarque en la lengua que le llegó... En las historias del descubrimiento siempre me ha interesado la perspectiva del indio: la del que recibe al otro continente en casa; el extranjero que le cambia a uno su mundo, o se lo trastorna, y le hace viajar sin moverse. Y también la perspectiva del negro: la del que llega como esclavo; el descubrimiento entre barrotes. Mi propio mundo lo cambiaron (para bien) personas que llegaron de América. Y luego yo mismo fui a América. La pisé en Brasil.

18.2.12

El apocalipsis es solo una melancolía



Pocos lectores de este blog no lo serán también del de Arcadi Espada y ya habrán visto enlazada allí la conferencia. La pongo para los despistados; y porque la conferencia lo merece. Quizá Espada sea, pese a sus Sebrelis, nuestro único periodista efectivamente nietzscheano; pues nietzscheano es –no en la retórica, sino en lo que vale– aquel capaz de combinar la frase con que he titulado el post con esta cita de Ferlosio:

Aristóteles, en su defensa del argumento, percibe claramente el achaque de la historia: su deficiencia en conexiones lógicas; pero al preferir el tipo de argumento que aporta la ficción, siempre mejor o peor trabado, y apagar la contingencia, parece buscar la paz del alma, eligiendo, frente a la turbadora turbulencia de los hechos, la limpia e inteligible consecuencia lógica. El amor a la consecuencia o congruencia se revela como un sedante estético: al estridente, rayante, chirriante, incomprensible, zumbido y frenesí de un mundo malo, todos prefieren la música.
Es decir, aquel capaz de combinar la conciencia del sinsentido con la acción; o con una actividad intelectual que no sea meramente estética o dadaísta. Aquel que no es aplastado, en un mundo así, y sin engañarse, ni por la melancolía ni por el apocalipsis. La pregunta que me acucia es: ¿puede conseguirse sin estar metido en el batiscafo del narcisismo? (Y que empleo una metáfora.)

Pero al final de la conferencia viene un sorpresón para nosotros, los espadistas: un guiño new age, el primero que le recuerdo. Espada se refiere al mindfulness sin tacharlo de magufo. E incluso haciendo suyos, para "el periodista moderno", sus propósitos:
La conciencia plena de nuestro lugar en el mundo. El conocimiento de los hechos que ocurran a nuestro alrededor sin juzgarlos. Y el dejar que las emociones que nos provocan esos hechos atraviesen nuestro cuerpo sin dañarlo demasiado.
Aquí se tiende un puente implícito, y curiosamente soslayado, con el primer intelectual (el primero de estos últimos tiempos españoles) que nos señaló la ciencia: Salvador Pániker. Se me abren un montón de asuntos que no tengo ganas de anotar ahora; lo haré otro día. Vuelvo al hilo, pero solo para terminar. Espada añade que no practica el mindfulness: pero puede que esa meditación (como otras de su género) sea el camino –deliberado, quizá esforzado– hacia lo que el narcisismo da de gracia.

* * *
(19.2) Hay respuesta de Arcadi Espada. Buen botín: declaración de neurastenia por parte del maestro y vía expedita para nosotros, los espadistas, hacia una técnica orientalizante.

16.2.12

Una rubia entre nosotros

Nadie se parece menos al bruto de Camilo José Cela que la delicada Christina Rosenvinge, y sin embargo es de una frase de Cela de la que me he acordado al escuchar la entrevista a Rosenvinge en Disco Grande: "En España, quien resiste gana". Ahí hemos tenido a la rubia todo este tiempo, artística y discreta, haciendo su carrera elegante: aguantando. Y ahora algunos tratamos de olvidar que estuvimos entre quienes se mofaban de su reinvención, tras el "Chas". Puede que le hayan perjudicado sus novios: no a ella, sino a la imagen que teníamos de ella. Pero así funciona este mundo cruel. El caso es que ha resistido lo suficiente como para que nos dé vergüenza y reconozcamos nuestra estulticia. Lo asombroso (puestos a rectificar) es que ya estaba divina en el "Chas", como he comprobado en este vídeo (ofrezco además su canción del año):





* * *
(17.2) Más Rosenvinge, en Hoy empieza todo.

27.1.12

La indignación obediente

El fenómeno moral de nuestro tiempo no es la indignación, sino la indignación obediente. Es una indignación adiestrada como un dóberman, que solo le ladra a quien le tiene que ladrar. El adiestramiento, naturalmente, es ideológico. O cromático. Es una indignación que no atiende tanto a los hechos como a los colores; aunque, como esto queda feo, finge que atiende a los hechos. Un azul nunca dirá: “Me indigno porque eres rojo”, sino “Me indigno porque has hecho tal cosa”. Pero, si repasamos el catálogo de las indignaciones de ese azul, comprobaremos cómo todas son hacia algún rojo. Y viceversa. El mismo hecho indignará o no indignará a unos u otros (¡hunos u hotros!) en función de su color: como niños que han aprendido muy bien a colorear y no se salen nunca de la raya.

Pero a mí me fascina el énfasis. Ese prodigioso espectáculo humano. Que el que entonces calló, ahora salte de pronto. Con una furibundez que no se explica cómo la pudo contener entonces. La visceralidad con que la ejerce parece incompatible con su rigurosa obediencia del semáforo. Que ese movimiento en el que parece estar implicado el cuerpo entero, esté regulado de un modo tan preciso por un frío dispositivo cerebral.

Hoy, sin embargo, me siento generoso y quiero ver un indicio de orientación moral en ello. El sujeto obedientemente indignado sabe que entonces hizo mal en callarse: y esa carencia trata ahora de suplirla indignándose el doble. Las ovejas que entonces dejó dispersas por la montaña, las mete hoy también en el corral. Se suele hacer una lectura frívola de la famosa máxima de La Rochefoucauld: “La hipocresía es el homenaje que el vicio le rinde a la virtud”. Pero, como buena máxima, tiene mucha miga. El hipócrita, para serlo, debe conocer la virtud; ha de tener abierto un conducto, siquiera de conocimiento, a la fuente moral.

Su sobreactuación debemos considerarla, pues, una autocrítica. En el berrinche del rojo hacia el azul, leemos también el berrinche del rojo hacia sí mismo: hacia su cobardía, su docilidad y su consentimiento ante los mismos hechos que ahora le indignan, cuando eran de su color. Y viceversa.

[Publicado en Jot Down]

18.1.12

Sucia grandeza

He empezado el año tapando huecos: después de la Odisea leí el Ulises y ahora me he puesto con las tragedias de Esquilo. Este 2012 va a ser una mierda, pero mis lecturas no.

¿Qué decir del Ulises? Se ha escrito ya mucho y no voy a reseñar la novela. Pero sí consignar lo que me ha entusiasmado: esa zambullida en lo material; incluyendo en lo material las palabras, las ideas incluso. El magma íntegro, en torrente. Quizá la recurrencia más sintomática sea la de Leopold Bloom por saber si las estatuas griegas tienen agujero en el culo. Y eso hace Joyce con su libro: abrirle un agujero en el culo al mármol de la Literatura. Así lo convierte en carne: con todos sus flujos y pulsiones; sus oscuridades, sus luces. El Ulises es un libro sucio y grande: es una suerte de irrupción medieval en plena modernidad. Destaco del prólogo del traductor Valverde este comentario de Harry Levin: "en el caso de Ulises no existe el tradicional dilema entre la literatura como tranche de vie y la literatura como art pour l'art". En efecto, se trata de un arte montado en la vida: una copulación (o un refriegue), con todo su aparato fisiológico.

17.1.12

La bandera de la República

Me comen los demonios cada vez que veo a nuestros, así llamados, izquierdistas ondear la bandera de la República. Sí, a mí también me gusta más esta bandera; pero la constitucional es la que representa, hoy aquí, la democracia. Y jugar con la democracia es una irresponsabilidad. Lo sangrante es que cuando la República lo necesitaba no estaban con su bandera, sino con otra cosa. Leyendo La defensa de Madrid, del gran Chaves Nogales, me encuentro con esta perlita (p. 158):

Esta lucha entre anarquistas y comunistas es constante, lo mismo en la retaguardia que en los frentes. Se lucha tanto o más por la preponderancia dentro de la República, que por el triunfo de ésta. La bandera republicana ha sido sustituida en todas partes por la bandera roja de los comunistas o la bandera rojinegra de lo anarcosindicalistas.
Siempre, entonces como ahora, ondeando la quimera frente a la realidad. Con la consecuencia que vimos.