12.6.12

La voz de Billy Wilder

Billy Wilder se puso de moda en España por Fernando Trueba, pero en mí no se puso de moda por eso (¡yo no le consiento a ningún Trueba que me ponga de moda nada!), sino por un artículo de Muñoz Molina del que me impresionó este comentario:

Nació, como proclamaba de sí mismo Rafael Alberti, con el cine: que se acuerde de los tiempos en que las películas eran atracciones de feria es como si Graham Greene hubiera podido acordarse en su vejez de la primera publicación del Quijote. El cine ha tenido una historia tan veloz, un proceso tan rápido de invención, clasicismo, amaneramiento y decadencia que un solo hombre ha podido ser testigo de su nacimiento, maestro de su plenitud y superviviente de sus mejores días. Billy Wilder vio dirigir películas a Erich von Stroheim y escribió guiones para Ernst Lubitch. No habría sido más alucinante que Francis Bacon hubiera trabajado como aprendiz en el taller de Velázquez.
El artículo, "La voz de Billy Wilder", era a propósito del libro de Hellmuth Karasek Nadie es perfecto, que acababa de aparecer y que me leí pronto, como todo lo que fue saliendo sobre Wilder aquellos años, que fue un montón. Hubo una época en que prácticamente solo me dedicaba a leer libros sobre Billy Wilder y a ver películas de Billy Wilder. Una época feliz, como se puede sospechar. Las anécdotas eran siempre las mismas, pero no cansaban. El colofón fue la grandiosa biografía de Ed Sikov. Ya no salió nada más, y el wilderismo se aplacó un poco. He seguido revisitando sus películas y citando frases suyas a mansalva; pero manteniendo un poco apartado al personaje. Ahora le he dejado volver, gracias a un estupendo reportaje-entrevista que hay en YouTube: Billy Wilder, un hombre perfecto al 60%. Con respecto a aquellas entrevistas en libro, hay aquí dos extras: el de los paisajes de su oficina, su casa y su chalet frente al mar ("vengo los fines de semana, sobre todo en verano, para recuperarme de lo mucho que he sufrido"), y el de la propia voz de Billy Wilder.

9.6.12

Extranjero

Para quienes no vivimos bajo el radio de acción directo de los nacionalistas, ese “foco achicharrante” del que hablaba Arcadi Espada, sus monsergas casi se han extinguido con la crisis. Ellos siguen, pero nosotros no les hacemos caso. Tenemos cosas más importantes en las que pensar; es decir, tenemos cosas importantes en las que pensar. Sin embargo, el otro día leí en Twitter (¡últimamente todo pasa en Twitter!) una ristra de catetadas nacionalistas que me volvieron a poner enfermo. Y me recordaron que los nacionalistas son lo más lamentable intelectual y estéticamente que tenemos en España. Una rémora que nos hace perder el tiempo en estupideces como las de este artículo.

Las catetadas se referían esta vez al Primavera Sound, el festival de música indie que tuvo lugar la semana pasada en Barcelona. Copio una muestra (omitiendo autores):

Senyors del #PrimaveraSound: a Catalunya les coses van així. I si no us agrada, calavera, pinta i la ratlla al mig.

què vols d’un festival que patrocina una cervessa amb nom espanyol i d’orígen filipí #primaverasound #SanMiguel

Com subvencionar música estrangera i ignorar la catalana, la nostra cultura.

Com cada any el més típic del #primaverasound és l’odi anticatalà dels pseudogrogrers postmoderns que l’organitzen amb subvencions catalanes

autoodi disfressat de modernor. tot un clàssic...
La explosión tuvo lugar –he sabido luego– después de que uno de los directores del festival, Gabi Ruiz, llamara retarded (retrasado) y retirara la acreditación al crítico Jordi Bianciotto, que había lamentado el poco énfasis catalanista del Primavera Sound. Represalias como las de retirar la acreditación al que critica son, por supuesto, absolutamente improcedentes; y, aunque el festival rectificó, ahí se queda la mancha. Pero más allá de esto, lo que me interesa es el tufo retrógrado, netamente franquista, de los citados tuits. Tufo que también exhalaba el artículo de Bianciotto en cuestión, algo más articulado y matizado, pero retrógrado también. Por este artículo he llegado a otro de Xavier Bru de Sala en el que se acuña la expresión, celebrada por Bianciotto, de “cosmopolitismo excluyente”.

¡Cosmopolitismo excluyente! ¡Qué maravilla! Teniendo en cuenta que el nacionalismo es, por usar otra expresión frecuentada por Espada, “un achique de espacios”, lo que teme Bru de Sala es que lo excluyan del corral y lo encierren en el ancho mundo. Los nacionalistas siempre se lo ponen fácil al columnista: con una transparencia abrumadora, lo que Bru de Sala reivindica frente al “cosmopolitismo excluyente” son nada menos que los trajes regionales. Se ve que en Cataluña una cosa es ser indie y otra independentista. Los primeros deben ir sabiendo qué tipo de festivales alternativos al Primavera Sound les tienen preparados los segundos. Algo así como esta especie de Sardana Sound que describe Bru de Sala: “en Amposta hacen una fiesta solo para ampostinos que consiste en pasear por la calle, al atardecer, ataviados a la antigua usanza y dar vueltas por una feria de productos artesanos y oficios que no se han perdido”. Anhelo que se complementa a la perfección con aquel bucolismo sin internet con que soñaba Otegui en La pelota vasca...

Ha dado la casualidad de que estos días he regresado a un viejo disco de Caetano Veloso, Estrangeiro. Y he vuelto a pensar en cómo la música brasileña me salvó la vida. Precisamente porque me convertía en extranjero: me sacaba del tostón ambiente y me llevaba a un sitio por el que corría el aire.

[Publicado en Jot Down]

1.6.12

Necesita 'cash'

La baronesa necesita cash y va a vender justo el cuadro al que yo le tenía puesto el ojo. En uno de mis proyectos (¡a ver cuándo lo escribo!) La esclusa ocupa un lugar importante. Por lo tanto (¡así lo sostengo!) se revalorizará. La baronesa (¡alguien debería avisárselo!) va a perder dinero (¡impepinablemente!) con esta subasta. Y el comprador va a hacer el negocio (¡artisticoeconómico!) del siglo. Mi interpretación del cuadro (¡cada loco con su tema!) es duchampiana: dos niveles (¡hidráulicos!), retención, portón, corriente, palanquita (¡la cosa manual!), etcétera. Guillermo Solana, director del Thyssen, indica en su conferencia sobre la obra que el centro es la mano que acciona la palanca. Y en una pirueta (¡que aplaudo!) sugiere que de esa palanca dependería el movimiento de todo el paisaje. En tal sentido (¡añado yo!) se tiende un puente con el famoso cuadro de Richard Dadd. Y esta obra (¡señores!) es la que vamos a perder.

* * *
(3.7) Más madera: "Tormenta en el Museo Thyssen...".

(4.7) 24,8 millones de euros: ¡Adjudicado!

(5.7) Sigue la movida.

(9.12.15) Subasta en Sotheby's.

31.5.12

Vaya mañanita

Del Apocalipsis solo sabemos una cosa: que nos pillará tuiteando. Sin duda hay quienes no tienen Twitter, pero a esos el Apocalipsis les ha llegado ya: estarán en el Infierno, o quizá en el Paraíso; aunque sin Twitter no puede haber Paraíso en absoluto.

Qué bien lo pasamos. Del tostón de la vida nos salva el Twitter. Ahora no entendemos cómo pudimos vivir sin él, tragarlo todo sin él. Los debates electorales, los Goya, Eurovisión, incluso las emocionantes finales deportivas: si, como ya sabemos, solo son digeribles con Twitter, ¿cómo no nos indigestábamos antes? Quizá teníamos entonces (hace nada, dos años) un dispositivo darwinista que nos permitía sobrevivir sin Twitter. Pero ese dispositivo se la volatilizado ya, y como nos quiten Twitter ya no aguantamos nada: ni una final del Mundial, nada.

Ni siquiera el Apocalipsis. Me imagino lo de ayer sin Twitter. Todos acojonados en nuestro rincón, cambiando de canal, atentos a los transistores. En manos de los profesionales de la información, inevitablemente barriendo para casa, es decir, para la catástrofe: a río revuelto, ganancia de informadores. ¡Y sin bromas! Pero ayer los informadores no eran mucho más que los cantantes de Eurovisión. Iban soltándonos las noticias, como quien suelta Vitorinos, y nosotros, en Twitter, las toreábamos que daba gusto. Lo que pudo haber sido una miríada de dramas individuales, lo convertimos en un gran festín colectivo.

Esto se hunde, no lo voy a negar. Pero los cascotes tendrán que acostumbrarse a convivir con nuestras risas. La orquesta del Titánic somos nosotros mismos: descojonándonos mientras nos hundimos, la sinfonía del jajaja. Podrían habernos enlatado las risas para mil años de teleseries. De pronto saltó un titular maravilloso: “La prima de riesgo llena de nervios los pasillos del Congreso”. Y nos imaginábamos a la dichosa prima con un arnés, persiguiendo a nuestras utilísimas señorías (¡queriendo dar placer por dolor, y luego dicen que la prima es mala!).

Las sensaciones son eléctricas (¡electrónicas!). Con los dedos pegados al teclado mientras nos bombardean los alemanes. Los tiburones nos muerden por todas partes, pero nosotros no apartamos la vista de la pantalla. No es exactamente evasión, puesto que estamos al tanto de lo que pasa; compulsivamente al tanto incluso. Se trata más bien de procesarlo a toda leche. Por un sofisticadísimo proceso alquímico, las desgracias se transmutan (tras pasar por nuestros alambiques neuronales) en gracietas. Lo que va a venir será sin duda tremendo, pero nos lo tomaremos a guasa. Con el agua en la barbilla, aún soltaremos un último chistecito. Siempre que el cacharro no se haya mojado y podamos tuitear.

[Publicado en Jot Down]

26.5.12

Cualquier cosa


Qualquer coisa
(Caetano Veloso)

Esse papo já tá qualquer coisa
Ya estamos diciendo cualquier cosa
Você já tá pra lá de Marraqueche
tú ya estás más allá de Marrakech
Mexe qualquer coisa dentro, doida
metes dentro y agitas cualquier cosa, loca
Já qualquer coisa doida, dentro, mexe
ya cualquier cosa loca, dentro, y la agitas
Não se avexe não, baião de dois
No te cortes, no, baião de dos
Deixe de manha, deixe de manha
déjate de mañas, déjate de mañas
Pois, sem essa aranha, sem essa aranha, sem essa aranha
pues, sin esa araña, sin esa araña, sin esa araña
Nem a sanha arranha o carro
ni la saña araña el carro
Nem o sarro arranha a Espanha
ni el sarro araña a España
Meça tamanha, meça tamanha
tamaña medida, tamaña medida
Esse papo seu já tá de manhã
hablando ya te ha dado la mañana
Berro pelo aterro, pelo desterro
Berreo por el suelo, por el destierro
Berro por seu berro, pelo seu erro
berreo por tu berrido, por tu error
Quero que você ganhe, que você me apanhe
quiero que conquistes, que me tomes
Sou o seu bezerro gritando mamãe
soy tu becerro gritando mamá
Esse papo meu tá qualquer coisa e você tá pra lá de Teerã
Digo cualquier cosa y tú estás más allá de Teherán.

* * *
La de arriba es una traducción imposible, y se mantendrá en marcha. La canción "Qualquer coisa" es del disco Qualquer coisa (1975) de Caetano Veloso. Ayer encontré una nueva grabación (la que pongo al final) y me quedé enganchado. Aunque no me entero de lo que dice la letra; ni siquiera después de mi (esbozo de) traducción. Sospecho que está llena de alusiones sexuales en gíria (en jerga), pero no lo sé. Voy a pedir ayuda a mis amigos brasileñistas Josepepe y JollyRoger, y, con lo que me vayan diciendo, iré modificando la traducción. Mientras tanto, disfruten de la música (incluida, naturalmente, la esplendorosa música verbal).

(29.5.12) Ya introduje en la traducción algunas correcciones que me sugirió Josepepe. JollyRoger, por su parte, me cuenta: "Esa letra tiene intríngulis, claro, aunque no tanto como parece. Hay mucha aliteración sin más, tampoco es que oculte mucho significado real. La clave está al inicio: esse papo já tá qualquer coisa. Ya estamos hablando tonterías, hablando sin ton ni son. Estar pra lá de Marrakesh es una expresión muy años setenta, originalmente de la jerga grifota: se te ha ido la cabeza a la otra punta del mundo; se ta ha ido la olla, vamos. Al final cambia Marrakesh por Teherán por juego de palabras. No sé si conoces la expresión tirar sarro de alguém; significa burlarse, criticar, despellejar incluso. Tá tirando sarro na minha cara, né?  No sé qué podía ocurrir en aquella época, mediados los 70, para que Caetano dijese literalmente que ni las críticas afectan a España. Aunque ya te digo que el móvil principal para mí es aliterativo y rítmico. Mexe cualquer coisa dentro doida, para mí se refiere a la conversa, que já está cualquer coisa, y puedes meter lo que sea y agitarlo que da igual".

(26.7.15) Ernesto Hernández Busto me indica que "quero que me apanhe" significa "quiero que me tomes" (con connotación erótica). También se habla –me indica Busto– de otros aspectos eróticos (muy duchampianos; también son duchampianas las asociaciones verbales de la canción) aquí.

25.5.12

Un tuit por Madrid

Madrid es hoy la única ciudad de España a la que se puede insultar sin que pase nada. Por eso Madrid es hoy nuestra única ciudad respirable.

23.5.12

Un gin-tonic azul

Me parece que este chico (¡servidor!) está demasiado aislado. Hace mucho que no salgo, o salgo solo por las tardes, en paseos más bien introspectivos. Así, no me había enterado de la moda del gin-tonic. He llegado a él por mi cuenta, un poco al azar, y me lo he encontrado lleno de gente. Aunque de gente que se está marchando: porque resulta que la moda ya se acaba y viene el vodka. (En el gin-tonic, pues, proseguirá mi aislamiento...)

Yo siempre he sido del whisky. ¡El medicinal JB en los crepúsculos de invierno! Esa lengua de miel líquida por las noches, de miel algo áspera, que abre el pulmón. El balsámico y farmacéutico whisky, ligeramente anestesiante: liquidador del entorno, porque lo vuelve líquido. Con el whisky la tarde se deslíe (¡se deslía!) como si fuese un caramelo. O el whisky sensual de después de los besos y las horadaciones, como una prolongación del abrazo. “Tu piel es un bourbon”, canta Djavan: pero es más un whisky.

Pero el pasado otoño pedí un gin-tonic y me pareció adecuado. Deja más en pie la tarde que el whisky, quizá porque no permite que olvidemos su amargura: el whisky endulza más, el gin-tonic deja más posibilidad para la filosofía. Es una protección que opera sin sensualidad, manteniendo los contornos. La acomodación se produce por fortalecimiento del observador, no por ablandamiento de lo observado. El whisky nos da una manta cálida; el gin-tonic una armadura, aunque de cristal.

El sábado, por primera vez, me lo tomé azul. Había estado toda la mañana trabajando y por la tarde me di una vuelta por la costa. Estaba todo muy vacío, hacía viento y mucha luz. Me encontraba bajísimo de ánimo cuando entré en el chiringuito. La razón de mi ánimo puede expresarse sencillamente: era el día de mi cumpleaños. Nunca lo he celebrado y siempre me ha dado igual, pero desde hace unos cuantos acuso el golpe. Se acumula una autoconciencia que me atonta (tontamente).

El chiringuito tenía velas marinas a modo de cortinajes, y como hacía viento crujían con esplendor. Me senté ante un hueco por el que se veía el mar y me pedí un gin-tonic. Me lo trajeron con una tónica azul. Al verla me mejoró el ánimo, y al vaciarla en el vaso me invadió, decididamente, la alegría. Una alegría extraña e imparable. De pronto la solución estaba allí delante: hay que beber cosas azules, naturalmente. Sea lo que sea, pero azul. En Brasil dicen tudo azul cuando todo va bien. Y también dicen tudo jóia, todo joya: como la joya de mi gin-tonic azul. Autoayudísticamente puedo afirmar que “las cosas buenas de la vida” estaban resumidas en aquel gin-tonic, y que esto es una maravilla porque tales momentos son posibles: una bebida azul por la tarde, con sus burbujitas azules frente al mar azul, y con su limoncito (¡amarillo!), y con el viento en las velas.

Después, sí, al proclamarlo, me he enterado de la moda del gin-tonic, y que se acaba. Y te sale el snob que te cuenta los horrores de la tónica azul, y que el limón no va así y que es mejor otra ginebra. Llego tan contento y resulta que soy un parvenu, o un epígono. Y es verdad. El lunes regresé al chiringuito y comprobé que el sabor, en efecto, tiene algo que no cuadra. Pero mi sensibilidad es primitiva: a mí lo que me alegra es el azul.

[Publicado en Jot Down]

3.5.12

Contra los almidonados

Ahora estoy en fase cervantina: terminé de leer (¡de releer!) el Quijote y me he puesto con las Novelas ejemplares. ¿Qué decir sin caer en el ridículo, sin repetir lo ya dicho mil veces? Lo dejaré en una exclamación: ¡qué gustazo! Y en que emociona la parte de tragedia griega en la biografía: un país triturando a un hombre para exprimirle su zumo, que resulta ser dulce. Cervantes tiene orgullo y tiene tics, pero sobre todo tiene (¡y aquí repito!) amor a la libertad. Pienso también en los días madrileños en que el Quijote estaba a medio escribir: los papeles en la mesa o en el cajón, y los ruidos por la calle, ruidos de principios del siglo XVII. Hay que dinamizar los pensamientos. Todo estuvo por hacer entonces. Todo sigue estando por hacer. (Aunque da igual que no se haga.)

Al final del prólogo de las Novelas ejemplares Cervantes pide "paciencia para llevar bien el mal que han de decir de mí más de cuatro sotiles y almidonados". Sigue habiendo almidonados y muchos se dicen cervantinos. En los días en que yo terminaba el Quijote vino a recoger el Cervantes el nieto de Nicanor Parra, mientras el premiado se mantenía ajeno a todo almidonamiento. Aunque este puede ser en ocasiones, todo hay que decirlo, un buen disfraz en el que emboscarse. A tal propósito recuerdo un aforismo de Nietzsche que, visto ahora, es plenamente cervantino:

Un oficio es algo bueno: lo interponemos entre nosotros y los demás y así tenemos un escondite tranquilo y artero y podemos hacer y decir lo que todo el mundo considera que tiene derecho a aguardar de nosotros. También puede utilizarse de ese modo una fama precoz: presuponiendo que, detrás de ella, pueda nuestro yo, sin que se lo oiga, volver a jugar libremente consigo y a reírse de sí mismo.
"Jugar libremente consigo y reírse de sí mismo" sería lo cervantino (¡y montaigneano!) ahí. Pero divago. También estoy volviendo a escuchar las cuatro admirables conferencias sobre Cervantes de Francisco Márquez Villanueva. Ya hablé de él (y de ellas) en su día; pero han cambiado el formato de los enlaces en la Fundación y se han volado. Vuelvo a enlazarlas aquí, de una en una:
1. Cervantes, libertador literario.
2. La cultura del Cervantes pensador.
3. El mundo moral de las novelas ejemplares.
4. El testamento literario de Cervantes.
Hoy en el desayuno (y saboreando con él la mañana, "que depara la ilusión de un principio") me tocaba el final de la segunda. Y tiene su encanto. Gracias a los podcasts puede uno contraprogramar las tertulias radiofónicas, y meterse en sosegadas reflexiones como las de esa conferencia que digo –a partir del minuto 38:30 (aprox.)– sobre los beneficios (¡biológicos!) del entretenimiento.

25.4.12

El cogote cinéfilo

Los seguidores de Qué grande es el cine coincidíamos en dos cosas: en despreciar a Garci y en admirar a Miguel Marías. En medio estaban los demás tertulianos, más o menos despreciables (¡Lamet, Giménez-Rico, Tébar!), más o menos admirables (¡Cobos, Torres-Dulce, Oti!); pero los que marcaban los extremos eran ellos. A Garci, con todo, le agradecíamos aquel programa, que le redimía en parte de ser Garci y de dirigir las películas de Garci. Películas que, por fortuna, estaban excluidas de Qué grande es el cine. Aquí ponían solo peliculones. Y después la tertulia cinéfila. Cómo destacaba en ella Miguel Marías. Siempre con su tono serio y ligeramente vacilón, su discurso asido de la pipa apagada. Admirábamos a Miguel Marías y nos acostumbramos a ver las películas sintiéndonos Miguel Marías. Adoptábamos su pose y su voz, nos comprábamos pipas, nos dejábamos bigotín, nos sometíamos a bestiales dietas para quedarnos en los huesos y nos fumigábamos el pelo por ver si se nos caía. Con esto se comprenderá mi conmoción cuando, en un viaje a Madrid, me encontré con Miguel Marías en la Filmoteca.

Era una película japonesa. Concretamente del cine mudo japonés de los años treinta. Nada más entrar y verlo en el ambigú quise salir (dominguínicamente) para contárselo a mis amigos. Pero me contuve. Miguel Marías era aún más delgado que en la tele: resulta que esta engorda incluso a Miguel Marías. Era un palillo con mijitas de carne por aquí y por allá; apenas una percha con ojos para ver cine. Lo seguí por el patio de butacas y me senté justo detrás. Nunca me había sentido tan excitado en una sala que no fuera X. Se apagaron las luces. Empezó la película. No recuerdo nada (ni una imagen, nada); solo que, francamente, me estaba aburriendo. Me distraje observando el cogote de Miguel Marías. Era un cogote escueto, tenso, que también atendía a la película, solo que en la dirección equivocada. Pensé en el drama de los cogotes de los cinéfilos, orientados siempre hacia donde no está la pantalla. Empezaba a invadirme la melancolía, cuando advertí en él un ligero temblor y supe que era el reflejo de una emoción cinéfila. La película, pues, era una maravilla. Mientras yo me aburría, Miguel Marías estaba en comunión con aquello que unos japoneses habían rodado, sin voz, en la década de 1930. A partir de ese momento seguí la película con un ojo, mientras con el otro vigilaba el cogote de Miguel Marías. Este me indicaba, con su temblorcillo, dónde me debía emocionar: y me emocionaba de veras. Era un cogote infalible: un sismógrafo de la calidad cinematográfica, o una varilla de zahorí capaz de reconocer los acuíferos sepultados del talento. Japón, país de terremotos, había enviado su mariposa en una dirección opuesta a la del famoso efecto, y terminaba su viaje agitando las patitas en aquel cogote.

Salí felicísimo, aunque lamentando que en Qué grande es el cine no hubiera una cámara enfocando permanentemente el cogote de Miguel Marías. El cogote de Miguel Marías, con sus temblores ex cathedra, habría sido así otro de los tertulianos. Habría sido, de hecho, el más elocuente de los tertulianos; solo por detrás, como es lógico, de Miguel Marías.

[Publicado en Jot Down]

15.4.12

La bicicleta patafísica



Leí ayer en El País, en el artículo de Manuel Rodríguez Rivero, que ha salido una "brevísima antología" de escritos de Alfred Jarry "en torno al velocípedo":
Ubú en bicicleta. Escribe Rodríguez Rivero:

Quién me iba a decir que entre ellos encontraría el hilarante cuentecillo La Pasión considerada como una carretera de montaña (¡publicado en 1903!) en el que se describe el trayecto, a bordo de una bicicleta, que habría seguido Jesús desde el palacio de Pilato hasta el Gólgota. Incluyendo sus tres aparatosas caídas y el momento en que la reportera Verónica, con su cámara Kodak, le toma una instantánea que daría la vuelta al mundo. Todavía reverbera en las paredes de mi casa el eco poco santo de mis carcajadas.
Ese "cuentecillo", según contaba Juan Antonio Ramírez en su Duchamp. El amor y la muerte, incluso, está "seguramente" en el origen del dibujo del que tomé el nombre de este sitio. Escribía Ramírez (venía hablando del ready-made de la rueda de bicicleta):
No olvidemos que la bicicleta y el pedaleo han estado tradicionalmente vinculados a la condición masculina. En el catálogo Armes et cycles de Saint-Etienne figuraban grabados con exhibiciones de la resistencia de las bicicletas que parecen parodias de algunas ilustraciones sadianas, y no sería raro que pudiera verse un eco burlesco de todo ello en la famosa foto (con escalera y bicicleta) de los dadaístas parisinos en 1921. Está además el dibujo de Duchamp Avoir l'apprenti dans le soleil, incluido en la Caja de 1914, y que es seguramente una evocación de las Spéculations de Jarry: "De la Pasión, considerada como una carrera cuesta arriba".
La "famosa foto" de los dadaístas parisinos en 1921 es la que he puesto arriba, junto a la del mismísimo Alfred Jarry en bicicleta (a la izquierda). En el libro de Ramírez, la foto va con este pie:
Los dadaístas parisinos se divierten con una escalera-pedestal y una bicicleta. De izquierda a derecha: Hilsun, Péret, Charchoune, Soupault (en lo alto), Rigaud (colgado) y Breton, en una foto de 1921.
¡Ah, esa preciosa complicidad, a distancia, de Breton con Jarry! Uno de los textos más memorables de Los pasos perdidos es justo el que le dedica, y cuyo comienzo siempre me emociona:
Alfred Jarry se veía convertido en el futuro en un señor gordo y grave al que, ya alcalde de una pequeña ciudad, los bomberos le regalarían jarrones de Sèvres. Yo soy de uno esos jóvenes que supuestamente debían abominarle. Si vengo, después –y antes– que otros más autorizados, a rendir homenaje a su memoria, es porque los aspectos bajo los que he conseguido representármelo –yo que no le conocí– me parecen los únicos indelebles...
Las melancólicas vanguardias: van cumpliendo el siglo ya.

14.4.12

El formato es el mensaje

Con los depósitos audiovisuales de la red uno puede montarse historias instructivas en un rato. Historias a las que podría haber asistido en su tempo normal, de haber estado pendiente, pero que la compresión refuerza. Yo el jueves me armé una, con piezas que se emitieron el lunes. El protagonista fue Javier Sardá, uno de los individuos que más ha contribuido al envilecimiento de este país (con gran satisfacción de este país). Ahora escribe libros. El nuevo se titula Mierda de infancia y en él refiere los difíciles primeros años de su vida, creo que hasta los treinta. Me enteré por el primero de los dos elementos audiovisuales de esta historia: la entrevista que le hicieron en la Ser Gemma Nierga y Juan Carlos Ortega (este último, por cierto, no un envilecedor, sino un ennoblecedor de todo lo que toca: no hay hoy humorista más fino –ni más culto– que él; su descubrimiento por Sardá hay que restarlo de la labor envilecedora de Sardá). La entrevista es emocionante. Sardá, cobijado por Nierga y Ortega, y por el formato tranquilo, cuenta sus desgracias infantiles, que fueron muchas; aunque sin caer en el lamento: destacando también lo bueno que hubo, sobreponiéndose. Ortega lee un párrafo del libro, cuya escritura es flojita pero que describe una imagen impresionante: el niño Sardá está en un tiovivo; ha perdido a su madre a los ocho años y siente angustia de perder también a su padre; el tiovivo da vueltas y a cada vuelta el niño piensa que el padre no va a estar... Bien, la entrevista termina. Nosotros, oyentes, estamos conmovidos (al fin y al cabo, la historia es verdadera; al fin y al cabo, Sardá es "un gran comunicador"). Sabemos lo importante que este libro es para Sardá. En el curso de la entrevista, este ha contado que se encuentra en Madrid porque esa noche va a estar en la tele, en El hormiguero. Así que después del podcast radiofónico me busco el YouTube televisivo.

Ni Sardá ni el libro son tomados en serio en ningún momento. Dominan el estruendo, el grito, la crispación lumínica, el vaivén. Domina, exactamente, el envilecimiento que entre nosotros hizo triunfar Sardá (tras el pionerismo algo patético, y chapucero, de Pepe Navarro). El resultado es algo así como cuando a un terrorista le explota la bomba que llevaba: de pronto Sardá se da de bruces con su formato. Acude con su libro emotivo y el formato lo tritura. Motos enseña la portada, con la carita del niño Sardá, y el público se ríe. Luego hablan de pedos. Sardá, naturalmente, no se deja apabullar: conoce (¡cómo no!) el medio y se pone gallito, trata de autoironizar, se muestra dinámico, sport; se enrolla. Pero, como acabamos de escucharlo en la radio, sabemos cuál es en ese instante su realidad: la del payaso triste que cuenta sus desgracias y el público se descojona. Mierda de formato.

[Publicado en Jot Down]

11.4.12

Tal para cual

Nuestros dos grandes partidos, cuyos nombres no voy a decir para no darles publicidad, no van a pactar por una razón muy sencilla: porque son iguales. Quitando un par de elementos folclóricos e intrascendentes, y quizá un remoto maticillo cromático, solo tienen un genuino rasgo diferenciador: no ser el otro. Entre ambos constituyen un paradigma binario cuyos elementos (vacíos) se definen exclusivamente por oposición. Por eso en nuestro Parlamento no hay un partido en el gobierno y un partido en la oposición, sino dos partidos en la oposición (uno de los cuales da la casualidad de que además gobierna). Que el partido A esté aquí no significa nada: solo que el partido B está allí. Y al revés. Si la diferencia entre ambos no fuera solo posicional, sino real, podrían llegar a un acuerdo y seguir siendo cada uno, dentro de ese acuerdo, diferente. Pero como son iguales no podrán pactar nunca: si lo hicieran perderían el único rasgo genuino que tienen y entonces pasarían a no ser nada. Es decir, dejarían de facturar.