20.6.12

Filosofía histórica

He leído ahora un librito que publicó Turner el año pasado y que es una delicia: El futuro de la Historia, de John Lukacs. Pese a su origen húngaro y a su apellido, creo que no es familia del ceñudo filósofo marxista György Lukács, el que se inventó aquello del "Gran Hotel del Abismo" para meter a Schopenhauer (y meterse con él). John Lukacs nació en 1924, emigró a Estados Unidos en 1946 y es, a todos los efectos, un historiador estadounidense; solo que con la mirada excéntrica (y fecunda) del que llegó de fuera. Turner le había traducido ya otros libros, propiamente de historia; este es de la segunda rama que cultiva: la filosofía histórica, que él opone a la tradicional filosofía de la historia. Tal oposición, por cierto, determina el género: la filosofía de la historia pide el tratado sesudo, articulado con idéntico determinismo al de la historia que propugna; mientras que la filosofía histórica de Lukacs invita al ensayo divagatorio del estilo de Montaigne, abierto al tiempo y la digresión. Digresión que, por lo demás, es siempre enjuta: señalizaciones, apuntes, aperturas de posibilidades y no brazos churriguerescos.

El tema, propiamente, es la historia, la profesión de la historia. El historiador, a sus ochenta y seis años, hace recuento de su oficio y trata de vislumbrar lo que le aguarda. Al paso, va emitiendo ideas (que se abren). Lo encantador es que son ideas por las que no lucha, ni sobre las que trata de convencer (como haría un tratadista), sino que las va dejando (en los dos sentidos de dejar). Pero el lector que las recoja se encontrará con un buen manojo, más osado de lo que por el tono amable parece: la historia como hermana de la literatura (que no de la ficción); las ideas como superestructura de la vida económica (marcando a su vez las distancias con el idealismo); la historia como curso impredecible (que no marcha mecánica ni pendularmente); o la importancia para todo (empezando por el pensamiento) del cuándo. Los historiadores que privilegia son Tocqueville, Burckhardt y Huizinga, y Tucídides y Gibbon. Y suelta algunos mandobles: al historiador E. H. Carr y al novelista Philip Roth, y también a esos colegas suyos contemporáneos que se dedican a escribir estudios como "Pelos con volumen: una historia del consumo en la Francia del siglo XVIII a través de las pelucas" (sic: es un título de 2006).

Para que se aprecie su estilo, copio un pasaje (páginas 94-95; magníficamente traducido por María Sierra):

El valor de cada cosa, tanto material como intelectual o espiritual, es el que nosotros le demos. Esto siempre ha sido así, hasta cierto punto al menos, pero no tanto como hoy. (A esto es a lo que he osado llamar una intrusión mental en la estructura de los hechos; podemos llegar incluso al punto de calificarlo de espiritualización [y abstracción] de la materia). Por supuesto, esto choca de frente contra la creencia de que ahora vivimos en un mundo abrumadoramente materialista, de personas abrumadoramente materialistas. Sin embargo, lo que piensan esas personas –sea como individuos o como masa– constituye la esencia fundamental de lo que sucede en este mundo: los productos y las instituciones no son sino sus consecuencias, sus superestructuras. Y lo que piensan y creen las personas –y lo que pensaron y creyeron– es un tema (sí: un tema) que, por muchas pruebas documentales que se nos brinden, resulta difícil de investigar. (Además, puede que sea mejor que, para analizar este tema, nos dejemos guiar por la literatura y no por la ciencia).
.....No estoy haciendo con esto una declaración de idealismo categórico. Las ideas y las creencias no son abstracciones; son históricas, como los demás asuntos humanos. Pero no siempre surgen como consecuencia obvia de un cierto Zeitgeist. Repito: hay que darse cuenta de que la gente no tiene ideas. Las elige (y cómo, o por qué, o cuándo las elige, son preguntas difíciles).
Concluyo con dos comentarios adicionales, uno doméstico y otro de actualidad. El doméstico se refiere al ámbito del arcadiespadismo, en el que me inserto (si bien díscolamente). El maestro Espada insiste en denominar faction a la escritura purgada de ficción; pero en este libro aparece el término justo con el significado que le dan los anglosajones, que es el contrario: mezcla de "los hechos con la ficción" (p. 120). Algo que reprueba Lukacs (cuya defensa de la literatura no incluye escapaditas a Arganzuela): "esta mezcolanza lleva a que muchas novelas resulten imprecisas, ilegítimas, sin criterio o manipuladoras". El comentario de actualidad se refiere a nuestro momento europeo. En el capítulo final busca qué nombre ponerle a la Era Moderna, etiqueta en realidad provisional, vacía. Propone en principio Era Burguesa (que me gusta), pero luego se inclina por Edad Europea: edad que habría empezado en torno a 1500 y que Lukacs da por concluida en 1950. Esto que estamos viviendo sería un estertor.

15.6.12

Culo de saco

Yo, que he sido (¡y soy!) antizapaterista acérrimo, me revuelvo ahora cuando Rajoy se escuda en la herencia de ZP. Una herencia nefasta, naturalmente: pero el marrón que nos estamos comiendo contiene ya sustanciosos elementos rajoyanos. Su precipitado de incompetencia y contumacia aroma ya el pastel.

Confieso que me he llevado una sorpresa. Era difícil ser un presidente tan malo como Zapatero, y Rajoy lo ha logrado. Pero lo más alucinante ha sido la velocidad: prueba de que no se ha tratado de un proceso, sino de un simple quedarse en bolas. En cuanto ha tomado los mandos, se ha visto que no sirve. Al menos en una situación tan complicada como la nuestra.

A menudo he pensado que Rajoy hubiera sido un presidente aceptable del país que era España antes de los atentados del 11-M. Hacer política ficción no es serio, pero el pacto con mi lector me permite jugar un poco. Rajoy hubiera sido un buen gestor, un hombre apaciguado en la presidencia, lugar muy satisfactorio para un registrador de la propiedad. Con él, la legislatura 2004-2008 hubiera sido aburrida y feliz. Feliz para la derecha, por supuesto; pero también para la izquierda. En especial para tantos escritores y columnistas, que se habrían mantenido contra el poder, ahorrándose el triste trago de la obediencia cortesana. Y para los actores, que habrían seguido rodando secuelas del Hay motivo, con lo que sube eso el caché, al tiempo que mantenían los bolsillos cosquilleantemente llenos. Zapatero, en fin, habría vuelto a perder las elecciones de 2008 y se habría retirado de la política, tras haber sido un agradable líder de la oposición, un contrapunto de color y lirismo a las grises cuentas de Rajoy. La crisis nos hubiera alcanzado, pero de un modo menos traumático. Y además en 2012 ya no hubiera repetido Rajoy y tendríamos otro presidente, del PP o del PSOE, que sin duda sería mejor.

Hasta aquí el cuento: los cántaros de la lechera saltaron por los aires con las bombas del 11-M. Llegó ZP y comenzó el proceso de descomposición en el que seguimos. Desde la perspectiva actual, ya sabemos que Rajoy formó parte de ese proceso. El zapaterismo fue una danza a dos, que consistía en tener el peor gobierno y la peor oposición posibles. La segunda legislatura de ZP nos la tragamos por la estricta inutilidad de Rajoy, que no supo ganar las elecciones más fáciles que ha habido en Europa (exceptuando las últimas, que venían regaladas). Y durante la sórdida legislatura que siguió, la de 2008-2011, Rajoy ha sido cómplice también del encanallamiento (y encallamiento) general. Su estrategia de dejar que el zapaterismo se pudriera solo fue profundamente antipatriótica. Y fue una negligencia: porque la podredumbre ya no hay quien la pare, y menos alguien que tiene una parte tan principal en ella.

Ahora estamos peor. Con Zapatero quedaba una última esperanza: la de que pudiera haber alguien mejor que Zapatero. Rajoy, en cambio, es ya un cul-de-sac: un callejón sin salida. Aunque no sin bajada.

[Publicado en Jot Down]

12.6.12

La voz de Billy Wilder

Billy Wilder se puso de moda en España por Fernando Trueba, pero en mí no se puso de moda por eso (¡yo no le consiento a ningún Trueba que me ponga de moda nada!), sino por un artículo de Muñoz Molina del que me impresionó este comentario:

Nació, como proclamaba de sí mismo Rafael Alberti, con el cine: que se acuerde de los tiempos en que las películas eran atracciones de feria es como si Graham Greene hubiera podido acordarse en su vejez de la primera publicación del Quijote. El cine ha tenido una historia tan veloz, un proceso tan rápido de invención, clasicismo, amaneramiento y decadencia que un solo hombre ha podido ser testigo de su nacimiento, maestro de su plenitud y superviviente de sus mejores días. Billy Wilder vio dirigir películas a Erich von Stroheim y escribió guiones para Ernst Lubitch. No habría sido más alucinante que Francis Bacon hubiera trabajado como aprendiz en el taller de Velázquez.
El artículo, "La voz de Billy Wilder", era a propósito del libro de Hellmuth Karasek Nadie es perfecto, que acababa de aparecer y que me leí pronto, como todo lo que fue saliendo sobre Wilder aquellos años, que fue un montón. Hubo una época en que prácticamente solo me dedicaba a leer libros sobre Billy Wilder y a ver películas de Billy Wilder. Una época feliz, como se puede sospechar. Las anécdotas eran siempre las mismas, pero no cansaban. El colofón fue la grandiosa biografía de Ed Sikov. Ya no salió nada más, y el wilderismo se aplacó un poco. He seguido revisitando sus películas y citando frases suyas a mansalva; pero manteniendo un poco apartado al personaje. Ahora le he dejado volver, gracias a un estupendo reportaje-entrevista que hay en YouTube: Billy Wilder, un hombre perfecto al 60%. Con respecto a aquellas entrevistas en libro, hay aquí dos extras: el de los paisajes de su oficina, su casa y su chalet frente al mar ("vengo los fines de semana, sobre todo en verano, para recuperarme de lo mucho que he sufrido"), y el de la propia voz de Billy Wilder.

9.6.12

Extranjero

Para quienes no vivimos bajo el radio de acción directo de los nacionalistas, ese “foco achicharrante” del que hablaba Arcadi Espada, sus monsergas casi se han extinguido con la crisis. Ellos siguen, pero nosotros no les hacemos caso. Tenemos cosas más importantes en las que pensar; es decir, tenemos cosas importantes en las que pensar. Sin embargo, el otro día leí en Twitter (¡últimamente todo pasa en Twitter!) una ristra de catetadas nacionalistas que me volvieron a poner enfermo. Y me recordaron que los nacionalistas son lo más lamentable intelectual y estéticamente que tenemos en España. Una rémora que nos hace perder el tiempo en estupideces como las de este artículo.

Las catetadas se referían esta vez al Primavera Sound, el festival de música indie que tuvo lugar la semana pasada en Barcelona. Copio una muestra (omitiendo autores):

Senyors del #PrimaveraSound: a Catalunya les coses van així. I si no us agrada, calavera, pinta i la ratlla al mig.

què vols d’un festival que patrocina una cervessa amb nom espanyol i d’orígen filipí #primaverasound #SanMiguel

Com subvencionar música estrangera i ignorar la catalana, la nostra cultura.

Com cada any el més típic del #primaverasound és l’odi anticatalà dels pseudogrogrers postmoderns que l’organitzen amb subvencions catalanes

autoodi disfressat de modernor. tot un clàssic...
La explosión tuvo lugar –he sabido luego– después de que uno de los directores del festival, Gabi Ruiz, llamara retarded (retrasado) y retirara la acreditación al crítico Jordi Bianciotto, que había lamentado el poco énfasis catalanista del Primavera Sound. Represalias como las de retirar la acreditación al que critica son, por supuesto, absolutamente improcedentes; y, aunque el festival rectificó, ahí se queda la mancha. Pero más allá de esto, lo que me interesa es el tufo retrógrado, netamente franquista, de los citados tuits. Tufo que también exhalaba el artículo de Bianciotto en cuestión, algo más articulado y matizado, pero retrógrado también. Por este artículo he llegado a otro de Xavier Bru de Sala en el que se acuña la expresión, celebrada por Bianciotto, de “cosmopolitismo excluyente”.

¡Cosmopolitismo excluyente! ¡Qué maravilla! Teniendo en cuenta que el nacionalismo es, por usar otra expresión frecuentada por Espada, “un achique de espacios”, lo que teme Bru de Sala es que lo excluyan del corral y lo encierren en el ancho mundo. Los nacionalistas siempre se lo ponen fácil al columnista: con una transparencia abrumadora, lo que Bru de Sala reivindica frente al “cosmopolitismo excluyente” son nada menos que los trajes regionales. Se ve que en Cataluña una cosa es ser indie y otra independentista. Los primeros deben ir sabiendo qué tipo de festivales alternativos al Primavera Sound les tienen preparados los segundos. Algo así como esta especie de Sardana Sound que describe Bru de Sala: “en Amposta hacen una fiesta solo para ampostinos que consiste en pasear por la calle, al atardecer, ataviados a la antigua usanza y dar vueltas por una feria de productos artesanos y oficios que no se han perdido”. Anhelo que se complementa a la perfección con aquel bucolismo sin internet con que soñaba Otegui en La pelota vasca...

Ha dado la casualidad de que estos días he regresado a un viejo disco de Caetano Veloso, Estrangeiro. Y he vuelto a pensar en cómo la música brasileña me salvó la vida. Precisamente porque me convertía en extranjero: me sacaba del tostón ambiente y me llevaba a un sitio por el que corría el aire.

[Publicado en Jot Down]

1.6.12

Necesita 'cash'

La baronesa necesita cash y va a vender justo el cuadro al que yo le tenía puesto el ojo. En uno de mis proyectos (¡a ver cuándo lo escribo!) La esclusa ocupa un lugar importante. Por lo tanto (¡así lo sostengo!) se revalorizará. La baronesa (¡alguien debería avisárselo!) va a perder dinero (¡impepinablemente!) con esta subasta. Y el comprador va a hacer el negocio (¡artisticoeconómico!) del siglo. Mi interpretación del cuadro (¡cada loco con su tema!) es duchampiana: dos niveles (¡hidráulicos!), retención, portón, corriente, palanquita (¡la cosa manual!), etcétera. Guillermo Solana, director del Thyssen, indica en su conferencia sobre la obra que el centro es la mano que acciona la palanca. Y en una pirueta (¡que aplaudo!) sugiere que de esa palanca dependería el movimiento de todo el paisaje. En tal sentido (¡añado yo!) se tiende un puente con el famoso cuadro de Richard Dadd. Y esta obra (¡señores!) es la que vamos a perder.

* * *
(3.7) Más madera: "Tormenta en el Museo Thyssen...".

(4.7) 24,8 millones de euros: ¡Adjudicado!

(5.7) Sigue la movida.

(9.12.15) Subasta en Sotheby's.

31.5.12

Vaya mañanita

Del Apocalipsis solo sabemos una cosa: que nos pillará tuiteando. Sin duda hay quienes no tienen Twitter, pero a esos el Apocalipsis les ha llegado ya: estarán en el Infierno, o quizá en el Paraíso; aunque sin Twitter no puede haber Paraíso en absoluto.

Qué bien lo pasamos. Del tostón de la vida nos salva el Twitter. Ahora no entendemos cómo pudimos vivir sin él, tragarlo todo sin él. Los debates electorales, los Goya, Eurovisión, incluso las emocionantes finales deportivas: si, como ya sabemos, solo son digeribles con Twitter, ¿cómo no nos indigestábamos antes? Quizá teníamos entonces (hace nada, dos años) un dispositivo darwinista que nos permitía sobrevivir sin Twitter. Pero ese dispositivo se la volatilizado ya, y como nos quiten Twitter ya no aguantamos nada: ni una final del Mundial, nada.

Ni siquiera el Apocalipsis. Me imagino lo de ayer sin Twitter. Todos acojonados en nuestro rincón, cambiando de canal, atentos a los transistores. En manos de los profesionales de la información, inevitablemente barriendo para casa, es decir, para la catástrofe: a río revuelto, ganancia de informadores. ¡Y sin bromas! Pero ayer los informadores no eran mucho más que los cantantes de Eurovisión. Iban soltándonos las noticias, como quien suelta Vitorinos, y nosotros, en Twitter, las toreábamos que daba gusto. Lo que pudo haber sido una miríada de dramas individuales, lo convertimos en un gran festín colectivo.

Esto se hunde, no lo voy a negar. Pero los cascotes tendrán que acostumbrarse a convivir con nuestras risas. La orquesta del Titánic somos nosotros mismos: descojonándonos mientras nos hundimos, la sinfonía del jajaja. Podrían habernos enlatado las risas para mil años de teleseries. De pronto saltó un titular maravilloso: “La prima de riesgo llena de nervios los pasillos del Congreso”. Y nos imaginábamos a la dichosa prima con un arnés, persiguiendo a nuestras utilísimas señorías (¡queriendo dar placer por dolor, y luego dicen que la prima es mala!).

Las sensaciones son eléctricas (¡electrónicas!). Con los dedos pegados al teclado mientras nos bombardean los alemanes. Los tiburones nos muerden por todas partes, pero nosotros no apartamos la vista de la pantalla. No es exactamente evasión, puesto que estamos al tanto de lo que pasa; compulsivamente al tanto incluso. Se trata más bien de procesarlo a toda leche. Por un sofisticadísimo proceso alquímico, las desgracias se transmutan (tras pasar por nuestros alambiques neuronales) en gracietas. Lo que va a venir será sin duda tremendo, pero nos lo tomaremos a guasa. Con el agua en la barbilla, aún soltaremos un último chistecito. Siempre que el cacharro no se haya mojado y podamos tuitear.

[Publicado en Jot Down]

26.5.12

Cualquier cosa


Qualquer coisa
(Caetano Veloso)

Esse papo já tá qualquer coisa
Ya estamos diciendo cualquier cosa
Você já tá pra lá de Marraqueche
tú ya estás más allá de Marrakech
Mexe qualquer coisa dentro, doida
metes dentro y agitas cualquier cosa, loca
Já qualquer coisa doida, dentro, mexe
ya cualquier cosa loca, dentro, y la agitas
Não se avexe não, baião de dois
No te cortes, no, baião de dos
Deixe de manha, deixe de manha
déjate de mañas, déjate de mañas
Pois, sem essa aranha, sem essa aranha, sem essa aranha
pues, sin esa araña, sin esa araña, sin esa araña
Nem a sanha arranha o carro
ni la saña araña el carro
Nem o sarro arranha a Espanha
ni el sarro araña a España
Meça tamanha, meça tamanha
tamaña medida, tamaña medida
Esse papo seu já tá de manhã
hablando ya te ha dado la mañana
Berro pelo aterro, pelo desterro
Berreo por el suelo, por el destierro
Berro por seu berro, pelo seu erro
berreo por tu berrido, por tu error
Quero que você ganhe, que você me apanhe
quiero que conquistes, que me tomes
Sou o seu bezerro gritando mamãe
soy tu becerro gritando mamá
Esse papo meu tá qualquer coisa e você tá pra lá de Teerã
Digo cualquier cosa y tú estás más allá de Teherán.

* * *
La de arriba es una traducción imposible, y se mantendrá en marcha. La canción "Qualquer coisa" es del disco Qualquer coisa (1975) de Caetano Veloso. Ayer encontré una nueva grabación (la que pongo al final) y me quedé enganchado. Aunque no me entero de lo que dice la letra; ni siquiera después de mi (esbozo de) traducción. Sospecho que está llena de alusiones sexuales en gíria (en jerga), pero no lo sé. Voy a pedir ayuda a mis amigos brasileñistas Josepepe y JollyRoger, y, con lo que me vayan diciendo, iré modificando la traducción. Mientras tanto, disfruten de la música (incluida, naturalmente, la esplendorosa música verbal).

(29.5.12) Ya introduje en la traducción algunas correcciones que me sugirió Josepepe. JollyRoger, por su parte, me cuenta: "Esa letra tiene intríngulis, claro, aunque no tanto como parece. Hay mucha aliteración sin más, tampoco es que oculte mucho significado real. La clave está al inicio: esse papo já tá qualquer coisa. Ya estamos hablando tonterías, hablando sin ton ni son. Estar pra lá de Marrakesh es una expresión muy años setenta, originalmente de la jerga grifota: se te ha ido la cabeza a la otra punta del mundo; se ta ha ido la olla, vamos. Al final cambia Marrakesh por Teherán por juego de palabras. No sé si conoces la expresión tirar sarro de alguém; significa burlarse, criticar, despellejar incluso. Tá tirando sarro na minha cara, né?  No sé qué podía ocurrir en aquella época, mediados los 70, para que Caetano dijese literalmente que ni las críticas afectan a España. Aunque ya te digo que el móvil principal para mí es aliterativo y rítmico. Mexe cualquer coisa dentro doida, para mí se refiere a la conversa, que já está cualquer coisa, y puedes meter lo que sea y agitarlo que da igual".

(26.7.15) Ernesto Hernández Busto me indica que "quero que me apanhe" significa "quiero que me tomes" (con connotación erótica). También se habla –me indica Busto– de otros aspectos eróticos (muy duchampianos; también son duchampianas las asociaciones verbales de la canción) aquí.

25.5.12

Un tuit por Madrid

Madrid es hoy la única ciudad de España a la que se puede insultar sin que pase nada. Por eso Madrid es hoy nuestra única ciudad respirable.

23.5.12

Un gin-tonic azul

Me parece que este chico (¡servidor!) está demasiado aislado. Hace mucho que no salgo, o salgo solo por las tardes, en paseos más bien introspectivos. Así, no me había enterado de la moda del gin-tonic. He llegado a él por mi cuenta, un poco al azar, y me lo he encontrado lleno de gente. Aunque de gente que se está marchando: porque resulta que la moda ya se acaba y viene el vodka. (En el gin-tonic, pues, proseguirá mi aislamiento...)

Yo siempre he sido del whisky. ¡El medicinal JB en los crepúsculos de invierno! Esa lengua de miel líquida por las noches, de miel algo áspera, que abre el pulmón. El balsámico y farmacéutico whisky, ligeramente anestesiante: liquidador del entorno, porque lo vuelve líquido. Con el whisky la tarde se deslíe (¡se deslía!) como si fuese un caramelo. O el whisky sensual de después de los besos y las horadaciones, como una prolongación del abrazo. “Tu piel es un bourbon”, canta Djavan: pero es más un whisky.

Pero el pasado otoño pedí un gin-tonic y me pareció adecuado. Deja más en pie la tarde que el whisky, quizá porque no permite que olvidemos su amargura: el whisky endulza más, el gin-tonic deja más posibilidad para la filosofía. Es una protección que opera sin sensualidad, manteniendo los contornos. La acomodación se produce por fortalecimiento del observador, no por ablandamiento de lo observado. El whisky nos da una manta cálida; el gin-tonic una armadura, aunque de cristal.

El sábado, por primera vez, me lo tomé azul. Había estado toda la mañana trabajando y por la tarde me di una vuelta por la costa. Estaba todo muy vacío, hacía viento y mucha luz. Me encontraba bajísimo de ánimo cuando entré en el chiringuito. La razón de mi ánimo puede expresarse sencillamente: era el día de mi cumpleaños. Nunca lo he celebrado y siempre me ha dado igual, pero desde hace unos cuantos acuso el golpe. Se acumula una autoconciencia que me atonta (tontamente).

El chiringuito tenía velas marinas a modo de cortinajes, y como hacía viento crujían con esplendor. Me senté ante un hueco por el que se veía el mar y me pedí un gin-tonic. Me lo trajeron con una tónica azul. Al verla me mejoró el ánimo, y al vaciarla en el vaso me invadió, decididamente, la alegría. Una alegría extraña e imparable. De pronto la solución estaba allí delante: hay que beber cosas azules, naturalmente. Sea lo que sea, pero azul. En Brasil dicen tudo azul cuando todo va bien. Y también dicen tudo jóia, todo joya: como la joya de mi gin-tonic azul. Autoayudísticamente puedo afirmar que “las cosas buenas de la vida” estaban resumidas en aquel gin-tonic, y que esto es una maravilla porque tales momentos son posibles: una bebida azul por la tarde, con sus burbujitas azules frente al mar azul, y con su limoncito (¡amarillo!), y con el viento en las velas.

Después, sí, al proclamarlo, me he enterado de la moda del gin-tonic, y que se acaba. Y te sale el snob que te cuenta los horrores de la tónica azul, y que el limón no va así y que es mejor otra ginebra. Llego tan contento y resulta que soy un parvenu, o un epígono. Y es verdad. El lunes regresé al chiringuito y comprobé que el sabor, en efecto, tiene algo que no cuadra. Pero mi sensibilidad es primitiva: a mí lo que me alegra es el azul.

[Publicado en Jot Down]

3.5.12

Contra los almidonados

Ahora estoy en fase cervantina: terminé de leer (¡de releer!) el Quijote y me he puesto con las Novelas ejemplares. ¿Qué decir sin caer en el ridículo, sin repetir lo ya dicho mil veces? Lo dejaré en una exclamación: ¡qué gustazo! Y en que emociona la parte de tragedia griega en la biografía: un país triturando a un hombre para exprimirle su zumo, que resulta ser dulce. Cervantes tiene orgullo y tiene tics, pero sobre todo tiene (¡y aquí repito!) amor a la libertad. Pienso también en los días madrileños en que el Quijote estaba a medio escribir: los papeles en la mesa o en el cajón, y los ruidos por la calle, ruidos de principios del siglo XVII. Hay que dinamizar los pensamientos. Todo estuvo por hacer entonces. Todo sigue estando por hacer. (Aunque da igual que no se haga.)

Al final del prólogo de las Novelas ejemplares Cervantes pide "paciencia para llevar bien el mal que han de decir de mí más de cuatro sotiles y almidonados". Sigue habiendo almidonados y muchos se dicen cervantinos. En los días en que yo terminaba el Quijote vino a recoger el Cervantes el nieto de Nicanor Parra, mientras el premiado se mantenía ajeno a todo almidonamiento. Aunque este puede ser en ocasiones, todo hay que decirlo, un buen disfraz en el que emboscarse. A tal propósito recuerdo un aforismo de Nietzsche que, visto ahora, es plenamente cervantino:

Un oficio es algo bueno: lo interponemos entre nosotros y los demás y así tenemos un escondite tranquilo y artero y podemos hacer y decir lo que todo el mundo considera que tiene derecho a aguardar de nosotros. También puede utilizarse de ese modo una fama precoz: presuponiendo que, detrás de ella, pueda nuestro yo, sin que se lo oiga, volver a jugar libremente consigo y a reírse de sí mismo.
"Jugar libremente consigo y reírse de sí mismo" sería lo cervantino (¡y montaigneano!) ahí. Pero divago. También estoy volviendo a escuchar las cuatro admirables conferencias sobre Cervantes de Francisco Márquez Villanueva. Ya hablé de él (y de ellas) en su día; pero han cambiado el formato de los enlaces en la Fundación y se han volado. Vuelvo a enlazarlas aquí, de una en una:
1. Cervantes, libertador literario.
2. La cultura del Cervantes pensador.
3. El mundo moral de las novelas ejemplares.
4. El testamento literario de Cervantes.
Hoy en el desayuno (y saboreando con él la mañana, "que depara la ilusión de un principio") me tocaba el final de la segunda. Y tiene su encanto. Gracias a los podcasts puede uno contraprogramar las tertulias radiofónicas, y meterse en sosegadas reflexiones como las de esa conferencia que digo –a partir del minuto 38:30 (aprox.)– sobre los beneficios (¡biológicos!) del entretenimiento.

25.4.12

El cogote cinéfilo

Los seguidores de Qué grande es el cine coincidíamos en dos cosas: en despreciar a Garci y en admirar a Miguel Marías. En medio estaban los demás tertulianos, más o menos despreciables (¡Lamet, Giménez-Rico, Tébar!), más o menos admirables (¡Cobos, Torres-Dulce, Oti!); pero los que marcaban los extremos eran ellos. A Garci, con todo, le agradecíamos aquel programa, que le redimía en parte de ser Garci y de dirigir las películas de Garci. Películas que, por fortuna, estaban excluidas de Qué grande es el cine. Aquí ponían solo peliculones. Y después la tertulia cinéfila. Cómo destacaba en ella Miguel Marías. Siempre con su tono serio y ligeramente vacilón, su discurso asido de la pipa apagada. Admirábamos a Miguel Marías y nos acostumbramos a ver las películas sintiéndonos Miguel Marías. Adoptábamos su pose y su voz, nos comprábamos pipas, nos dejábamos bigotín, nos sometíamos a bestiales dietas para quedarnos en los huesos y nos fumigábamos el pelo por ver si se nos caía. Con esto se comprenderá mi conmoción cuando, en un viaje a Madrid, me encontré con Miguel Marías en la Filmoteca.

Era una película japonesa. Concretamente del cine mudo japonés de los años treinta. Nada más entrar y verlo en el ambigú quise salir (dominguínicamente) para contárselo a mis amigos. Pero me contuve. Miguel Marías era aún más delgado que en la tele: resulta que esta engorda incluso a Miguel Marías. Era un palillo con mijitas de carne por aquí y por allá; apenas una percha con ojos para ver cine. Lo seguí por el patio de butacas y me senté justo detrás. Nunca me había sentido tan excitado en una sala que no fuera X. Se apagaron las luces. Empezó la película. No recuerdo nada (ni una imagen, nada); solo que, francamente, me estaba aburriendo. Me distraje observando el cogote de Miguel Marías. Era un cogote escueto, tenso, que también atendía a la película, solo que en la dirección equivocada. Pensé en el drama de los cogotes de los cinéfilos, orientados siempre hacia donde no está la pantalla. Empezaba a invadirme la melancolía, cuando advertí en él un ligero temblor y supe que era el reflejo de una emoción cinéfila. La película, pues, era una maravilla. Mientras yo me aburría, Miguel Marías estaba en comunión con aquello que unos japoneses habían rodado, sin voz, en la década de 1930. A partir de ese momento seguí la película con un ojo, mientras con el otro vigilaba el cogote de Miguel Marías. Este me indicaba, con su temblorcillo, dónde me debía emocionar: y me emocionaba de veras. Era un cogote infalible: un sismógrafo de la calidad cinematográfica, o una varilla de zahorí capaz de reconocer los acuíferos sepultados del talento. Japón, país de terremotos, había enviado su mariposa en una dirección opuesta a la del famoso efecto, y terminaba su viaje agitando las patitas en aquel cogote.

Salí felicísimo, aunque lamentando que en Qué grande es el cine no hubiera una cámara enfocando permanentemente el cogote de Miguel Marías. El cogote de Miguel Marías, con sus temblores ex cathedra, habría sido así otro de los tertulianos. Habría sido, de hecho, el más elocuente de los tertulianos; solo por detrás, como es lógico, de Miguel Marías.

[Publicado en Jot Down]

15.4.12

La bicicleta patafísica



Leí ayer en El País, en el artículo de Manuel Rodríguez Rivero, que ha salido una "brevísima antología" de escritos de Alfred Jarry "en torno al velocípedo":
Ubú en bicicleta. Escribe Rodríguez Rivero:

Quién me iba a decir que entre ellos encontraría el hilarante cuentecillo La Pasión considerada como una carretera de montaña (¡publicado en 1903!) en el que se describe el trayecto, a bordo de una bicicleta, que habría seguido Jesús desde el palacio de Pilato hasta el Gólgota. Incluyendo sus tres aparatosas caídas y el momento en que la reportera Verónica, con su cámara Kodak, le toma una instantánea que daría la vuelta al mundo. Todavía reverbera en las paredes de mi casa el eco poco santo de mis carcajadas.
Ese "cuentecillo", según contaba Juan Antonio Ramírez en su Duchamp. El amor y la muerte, incluso, está "seguramente" en el origen del dibujo del que tomé el nombre de este sitio. Escribía Ramírez (venía hablando del ready-made de la rueda de bicicleta):
No olvidemos que la bicicleta y el pedaleo han estado tradicionalmente vinculados a la condición masculina. En el catálogo Armes et cycles de Saint-Etienne figuraban grabados con exhibiciones de la resistencia de las bicicletas que parecen parodias de algunas ilustraciones sadianas, y no sería raro que pudiera verse un eco burlesco de todo ello en la famosa foto (con escalera y bicicleta) de los dadaístas parisinos en 1921. Está además el dibujo de Duchamp Avoir l'apprenti dans le soleil, incluido en la Caja de 1914, y que es seguramente una evocación de las Spéculations de Jarry: "De la Pasión, considerada como una carrera cuesta arriba".
La "famosa foto" de los dadaístas parisinos en 1921 es la que he puesto arriba, junto a la del mismísimo Alfred Jarry en bicicleta (a la izquierda). En el libro de Ramírez, la foto va con este pie:
Los dadaístas parisinos se divierten con una escalera-pedestal y una bicicleta. De izquierda a derecha: Hilsun, Péret, Charchoune, Soupault (en lo alto), Rigaud (colgado) y Breton, en una foto de 1921.
¡Ah, esa preciosa complicidad, a distancia, de Breton con Jarry! Uno de los textos más memorables de Los pasos perdidos es justo el que le dedica, y cuyo comienzo siempre me emociona:
Alfred Jarry se veía convertido en el futuro en un señor gordo y grave al que, ya alcalde de una pequeña ciudad, los bomberos le regalarían jarrones de Sèvres. Yo soy de uno esos jóvenes que supuestamente debían abominarle. Si vengo, después –y antes– que otros más autorizados, a rendir homenaje a su memoria, es porque los aspectos bajo los que he conseguido representármelo –yo que no le conocí– me parecen los únicos indelebles...
Las melancólicas vanguardias: van cumpliendo el siglo ya.