11.8.12

El pelotazo comunista

El deporte de asaltar supermercados solo puede practicarse en el capitalismo: porque en el comunismo los supermercados suelen estar vacíos, o al término de una cola que desmovilizaría hasta a Lenin. Esta es la gran contradicción de nuestros dialécticos: dicen luchar contra la pobreza propugnando un sistema que ha llevado la pobreza (o la ha recrudecido) allí donde se ha implantado. Detalle que seguramente les dará igual. Como en tantos otros ámbitos de la vida española, en el de nuestros comunistas es la fantasía lo que se impone.

Fue Umbral quien, en sus columnas de la Transición, lanzó a Sánchez Gordillo, como lanzó a Pitita Ridruejo y a Ramoncín. Ese era el contexto del alcalde de Marinaleda: entre la atildada señora del cardado con visiones de la Virgen y el Rey del Pollo Frito. Nadie se lo ha tomado nunca en serio, y lo preocupante de ahora (la acción de los supermercados es en sí una anécdota) es que se le empieza a tomar en serio: en su propio partido y en un sector no desdeñable de la población. Ciertamente, no son los comunistas quienes han provocado esta crisis. Pero tomarlos a ellos por la solución es una insensatez, como digo, típicamente hispánica.

A mí me llama la atención la facilidad con que el español halla descanso. La ventaja de estar metido en el ping-pong de los hunos y los hotros es que no solo tienes enemigos, sino también un establo donde reposar. Yo, en cambio, no veo más que intemperie por todas partes. A mí son las dos Españas las que me hielan el corazón. Y las que, dicho francamente, me tienen hasta los huevos. Para mí lo que hay es una misma y estólida mentalidad, decantada hacia un lado o hacia el otro. Entre Montoro y Llamazares veo más semejanzas que diferencias. El primero, en efecto, hace más daño: pero solo porque (aquí y ahora) tiene más capacidad para hacerlo. Es una cuestión exclusiva de la cantidad de poder de que se dispone. Pero Llamazares en el lugar de Montoro no sería mejor, sino probablemente peor. No, no hay descanso ahí.

Yo lo que veo es lo que comparten Gordillo y su cuadrilla (y también quienes les apoyan) con los gañanes del pelotazo. Tratan de hacer un negocio ideológico rápido, puenteando la ley, quemando el presente sin pensar en el futuro y jugándosela a una política de hechos consumados. Se me ocurre que la Revolución misma comparte esa mentalidad del pelotazo, la del atracón fulminante y luego ya se verá. El trabajo lento y asentado, atento a la realidad y respetuoso de las formalidades democráticas, el denostado gradualismo, siempre ha sido visto por los románticos del pelotazo comunista con el desdén con que Jesús Gil miraba a sus funcionarios cumplidores.

Con esto tiene que ver también la profusión de banderas republicanas e independentistas (catalanas, gallegas, vascas y hasta andaluzas) que hay de un tiempo a esta parte en las manifestaciones. Están todas las banderas menos la única que representa, hoy, la democracia realmente existente: el incómodo principio de realidad. Al margen de la legitimidad de las reivindicaciones republicanas e independentistas (yo, por ejemplo, suscribo las primeras), lo significativo aquí es el uso que se hace de lo que no existe, de la fantasía. Cómo se elude la realidad y se confía todo a una ilusión: dándose por hecho que la mera implantación de una república o la independencia resolverá todos los problemas de un plumazo.

Esta mentalidad, repartida a diestra y siniestra entre nosotros, es la que nos ha conducido adonde estamos. Yo no creo en las fatalidades nacionales, así que supongo que podrá cambiarse. Pero resulta alarmante (¡y asfixiante!) su contumacia.

[Publicado en Jot Down]

8.8.12

Ventilador

Mi verano es, desde hace unos años, el ventilador, el vientecito del ventilador, el zumbidito del ventilador. El aire acondicionado no me gusta pero el ventilador lo adoro. Así que me paso las horas con el ventilador, en el escritorio con el ventilador, en la cama con el ventilador. Del escritorio a la cama, y de la cama al escritorio, voy con el ventilador como el enfermo con su suero. No se me ve por el pasillo jamás solo: siempre con el ventilador. Al acostarme dejo la desconexión programada y me duermo antes que el ventilador. Y por la mañana lo primero que hago es encender el ventilador. El día me llega en forma de vientecito y de zumbidito. Mi desayuno consiste antes que nada en el ventilador. Y cuando me doy un paseo, la brisa de la calle, el paseo marítimo y el descampado me recuerda a la del ventilador. Como si mi ventilador andara suelto. Como si mi ventilador fuera mi perrito que llevo a todos lados. Mi mascota de viento, el ventilador. Y a veces sentado, mientras el ordenador se enciende, en esos segundos de espera, me viene el aire de que estoy en otro sitio, de que el aquí se va con el viento, gracias al ventilador.

2.8.12

La llama olímpica

Me estoy acordando de Bayón, de Félix Bayón, en estas jornadas olímpicas. Son jornadas de reajuste emocional para el país. Se acabó esa doble curva, ascendente en el deporte y descendente en el resto, cuya simultaneidad resultaba tan irritante. Esa esquizofrenia de estar celebrando la Eurocopa mientras nos hundíamos. Ahora es cuando el ánimo se ajusta a la realidad, y eso es siempre bueno. Se ha terminado el ciclo que empezó con los Juegos de Barcelona. Entonces se pusieron a caer medallas, no se sabía de dónde, y recuerdo que un periodista soltó eufórico: “¡El himno nacional es la canción del verano!”. La de este verano, en cambio, es la ausencia de himno.

Pero aquellas euforias, que viví con ironía en su momento, las he celebrado yo retrospectivamente. Cuando supe que aquellos días fueron los del regreso a la vida de Bayón, del que me haría amigo muchos años después; cuando le quedaba, de hecho, solo uno. La melancolía es hoy inevitable. Pero entonces, cuando él lo vivió y cuando yo lo supe, no había lugar para ella. En uno de los textos más hermosos que he leído nunca, él mismo cuenta cómo le trasplantaron el corazón el día de la ceremonia inaugural de Barcelona ‘92, cuando el arquero lanzaba la llama olímpica. Les ruego que hagan una pausa en mi columna y que lo lean: se encuentra aquí.

El hecho de que su corazón nuevo fuera el de un ciclista me tocó especialmente, por mi afición al ciclismo y por mis proyecciones metafóricas del pedaleo y las escaladas. En la actualidad hay un involuntario homenaje a Bayón en el ciclismo, puesto que un ciclista se llama como el protagonista de su última novela: Luis León, que este año ha ganado una etapa del Tour (aunque en Londres ha tenido mala suerte). El soneto que Borges le dedica a Joyce termina con este ripio delicioso: “Dame, Señor, coraje y alegría / para escalar la cumbre de este día”. Bayón era grande y caminaba lento, como un hipopótamo, pero con su corazón de ciclista iba dando pedaladas por los minutos. Pedaladas no esforzadas sino alegres: el suyo era un ciclismo lúdico, como el de los niños que salen con sus bicicletas. Su cumbre era vivir.

El primer oro de Barcelona fue, curiosamente, el de otro ciclista: José Manuel Moreno, que ganó la prueba del kilómetro contrarreloj. Nunca le pregunté a Bayón por él; pero, si ya estaba consciente, me imagino que lo asociaría con su donante. De aquellas jornadas que pasó en el hospital solo una vez salió algo en nuestra conversación. Un día yo le mencioné que, de regreso en Málaga tras mis años en Madrid, había vuelto a escuchar el programa de Ramón Trecet en Radio 3, y que la música new age me agradaba, pero ya no por el futuro sino por el pasado, o por el futuro que había en el pasado (y allí se había mantenido). Bayón me contó entonces que la voz de Trecet era uno de los sonidos que relacionaba con su regreso a la vida, por sus retransmisiones televisivas de aquellos Juegos.

Después del trasplante Bayón se mudó a Marbella, con su familia. Pensaba llevar una vida tranquila, y la llevó en lo que pudo; pero allí se encontró el gilismo. También me he estado acordando de él por eso, porque esta semana ha terminado el juicio por el caso Malaya. Bayón se pasó años denunciando la corrupción, sin que le hicieran caso. Por fortuna, le dio tiempo a ver las detenciones. En la web de TV-3 puede verse la entrevista que le hicieron entonces, el 3 de abril de 2006 (Bayón moriría el 15). Vista hoy, ha ganado en amargura toda esa sucesión de impunidades, que nos ha conducido adonde estamos. Conviene no olvidar, sin embargo, que allí hubo además un hombre digno: sin él, el paisaje está incompleto. Él mantuvo aquí die Fackel, la antorcha: como en estos Juegos, una llama alumbrando las derrotas.

La llama olímpica. Tiene que ver con el ejemplo. Y también con los trasplantes: un cuerpo recibe un órgano que mantiene en él la vida, y así se mantiene en parte la del cuerpo que la perdió. A veces –como ha sucedido hoy– perecen quienes portan la antorcha. Pero la llama llega.

[Publicado en Jot Down]

1.8.12

Bernhard en el Emperador

Sumergido toda la tarde en la correspondencia de Bernhard, que es básicamente (¡Bernhard no nos engaña!) la correspondencia de un sentimental. El 14 de noviembre de 1967 le escribe a su editor Unseld:

En los últimos tiempos he dudado de si tenía un editor, porque me parecía que nadie se preocupaba de mí. Luego, sin embargo, pensaba en qué es verdaderamente un buen editor, hoy, qué aspecto tiene, y entonces, posiblemente, en contra de mi voluntad, he pensado en usted. Era usted a quien había que tomar en consideración, a nadie más.
Ya el 18 de mayo de aquel año le había escrito:
En mi caja fuerte, que no es imaginaria, guardo como lo más importante la confianza en mí de mi editor, un tesoro maravilloso y natural.
Pero la relación, por supuesto, es más compleja, y de sus vaivenes, para quienes aún no hayan leído las cartas, se habla adecuadamente en el artículo de hace justo un mes en El País, que es bueno salvo en el título: "Domar a la fiera Thomas Bernhard".

Yo aquí solo quiero señalar unos cuantos detalles que completan mi mapa bernhardiano. Por ejemplo, que Bernhard estimaba a Octavio Paz, según una anotación de Unseld de 1980 (p. 248), o que se encontró con Max Frisch en el aeropuerto de Málaga, camino de Torremolinos (p. 333). A Torremolinos llegó en diciembre de 1988 y había cortado con su editor tres semanas antes, por lo que no hay cartas desde aquí. Pero la relación con Unseld se reanudó al final. El editor lo visitó en Salzburgo el 28 de enero de 1989, y por su informe de la visita (pp. 332 y ss.) me entero de otra cosa que ignoraba: que Bernhard no estuvo hospitalizado una vez que se fue enfermo de España. Al contrario, estaba suelto e incluso juguetón. Hablando, entre otras cosas, de la muerte de Dalí, que había ocurrido cinco días antes. Bernhard moriría el 12 de febrero. Otra sorpresa ha sido saber que Bernhard tuvo relación con el hotel Emperador ("y trabajar, como antes en el Emperador"), que es uno de los puntos de mi mitología madrileña y que ahora entra a formar parte también de mi itinerario bernhardiano, como el Barracuda de Torremolinos. Otros dos hoteles que aparecen son el Plaza, que detesta, y el Ritz, que adora: "Probablemente sea el Ritz de Madrid realmente la cumbre de la hotelería actual" (los tres, en la carta del 19 de noviembre de 1984). La foto que he puesto arriba es de la piscina del hotel Emperador, y a lo lejos se ve el edificio del Plaza.

Quisiera despedir con una andanada (¡correctísima!) contra Andalucía, que Bernhard compara con su detestada Carintia austriaca, región de las poetisas Ingeborg Bachmann y Christine Lavant. En un artículo sobre esta última escribe (p. 314):
Un desafortunado efecto andaluz, la Andalucía destructora del alma y embotadora, con su naturaleza aniquiladora de seres humanos, ha producido en la literatura española el mismo efecto que la igualmente destructora del alma, embotadora y aniquiladora de seres humanos Carintia en la literatura alemana.
* * *
(2.8) Añado dos fragmentitos más, estimulantes en lo que se refiere al trabajo de escribir. El primero es de la carta del 14 de diciembre de 1965; el segundo, de la del 16 de marzo de 1968:
Trabajo intensamente para terminar mi novela. Posiblemente no interrumpiré ese trabajo para darme el placer de algún deporte navideño, y en ese sentido resultará afortunada mi renuncia al esquí, una de mis pasiones más antiguas. Me salto con gusto las festividades, que siempre me han resultado enojosas. Cada vez caigo menos en la tentación de esquivar, interrumpir mi trabajo por una diversión mayor, porque veo ahora, con la terrible claridad del egoísta nato, que mi trabajo es mi único placer, mi única alegría, mi mayor lujuria.

Soy un hombre totalmente feliz, en realidad taciturno pero decidido, las irritaciones solo me duran horas, después salgo de casa, leo alguna frase interesante, contemplo como filósofo el retrato de algún mártir alemán o de algún otro país europeo y vuelvo a lo mío.
Una última cosa: según cuenta un testigo, que lo vio durante un viaje a Irán ("a Persépolis") en 1977, la profesión que figuraba en el pasaporte de Bernhard era la de "agricultor" (p. 234).

28.7.12

Ceremonia inaugural



Mientras pasaba los tuits que fui soltando anoche durante la ceremonia inaugural de los Juegos, he sentido a ratos el malestar del juerguista que ve por la mañana las fotos que se sacó la noche anterior. Quizá más adelante borre esta entrada; pero por ahora la dejo, para que mis fans que no estuvieron se sumen (aunque a destiempo y sobrios) a la juerga. Lo pasamos bien.

* * *
Menudo coñazo de ceremonia, por God!

Ocas, chimeneas, sindicalistas... esto es un descenso al Maelstrom.

¡Ni los chinos se atrevieron a ser tan comunistas!

Consolémonos pensando que podría haber sido peor: podría haberse ocupado Ken Loach.

Deberían hacer una gran síntesis ahora: sacar a Sid Vicious sodomizando a Mrs. Minniver.

Qué gustazo ese plano del palco y que entre las *autoridades* no haya ninguna jeta hispánica.

Oh, no! El momento de los niños! Temámonos lo peorrrrr!

Observen que el look general de todo esto es un plagio descaradísimo de Lars von Trier.

Camitas de hospitales, niños, etc. Bien, Dany Boyle: ya sabemos que eres un tío cojonudo, majísimo y tal. Ahora: ¡diviértenos, por tu madre!

¡Setenta Mary Poppins! ¡Me muero!

Me da la impresión que el bueno de Boyle se ha *saltado* la brutal explotación colonial del Imperio Británico, ¿no?

¿En qué momento Mike Oldfield se convirtió en Pepe Domingo Castaño?

Coño, Wiggins! Esto está mucho mejor que Mary Poppins!

¿Amy Winehouse? ¿Así quieren luchar contra el dopping?

He encontrado el audio perfecto, que no es Escario ni Ponseti: RNE.

Tampoco se ha hecho alusión alguna al sustento del país: la disciplina inglesa.

Beckham es lo más parecido que han encontrado en Inglaterra al paralímpico Rebollo.

Me apuesto un cojón a que Boyle no va a ahorrarnos la monserga que faltaba: la del calentamiento global.

Esta ceremonia es el epitafio de la cultura inglesa. La cultura que dio a Shakespeare y hoy se desvanece en una baba de buenos sentimientos.

Tal como va la cosa, lo más divertido de la gala va a ser el uniforme de los atletas españoles.

Grecia, Afganistan, Albania... Los últimos serán los primeros.

Coño, a los atletas griegos los han vestido directamente de enterradores.

Los argentinos han *incorporado* a su uniforme nacional unos barrilitos de petróleo.

Eso de los atletas con la camarita es patético: es como cuando en una película se ve por encima la jirafa.

Esa sonrisilla de los negros: saben que, aunque no consigan medallas, van a conseguir chochitos.

Las de Bután parecen fumanchunas.

¡Brasil!

Esos trajes regionales del Tercer Mundo: cepos del oscurantismo y la represión.

La abanderada de Burundi me la ha puesto morcillona.

¿Con Tailandia desfilarán los ladyboys?

¡Las Islas Caimán! Menos mal que en el palco no está Urdangarin: se hubiera levantado a saludar!

Los chinos llevan cámaras como si fueran japoneses.

¡Colombia! ¡El único país que da mujeres capaces de *competir* con las brasileñas!

La delegación croata! Poca cosa, sin Vlasic!

En Australia también faltaba mi Jenneke.

¿Se han fijado en la delegación cubana? Van todos disfrazados del último Fidel Castro.

El gran ausente de esta ceremonia ha sido el smog. El smog debería haber *descendido* sobre la ceremonia para echarle una mano a Danny Boyle

Ver a Estonia desfilando bajo los *sones* de los Bee Gees roza lo...

A la delegación finlandesa solo le falta ir desfilando al paso de la oca.

Oh, la abanderada de Hong-Kong! Me reafirma en mi reciente pasión por las chinitas!

Los de la delegación india llevan tocados a lo Carmen Miranda.

Usain Bolt! Nunca lo había visto marchar tan lento!

Qué gustazo ver a los atletas de Jamaica rapados: libres de las estólidas rastas oscurantistas de Marley.

Pobres japoneses. Con el *despegue* de China, se han convertido en los extremeños de Oriente.

Corea! Esos son los únicos que tienen derecho a decir que comen perritos calientes!

Todos esos planos de capitostes de los *distintos países* me hace pensar que esta noche no se encuentra una puta cara en Londres ni a tiros.

¿Habéis visto a la abanderada luxembuguesa? ¡Me acabo de enamorar!

Uno de Malí creo que iba con el Corán y todo bajo el brazo. ¿Para qué cortarse?

Del desfile olímpico se deduce una sórdida ley: cuanto más colorido en el vestir, más tendencia a la lapidación.

Por no ser, España ni siquiera va a ser la más hortera en el desfile.

El abanderado de Mongolia es Juan Palomo: él se lo guisa y él se lo come.

Los de Montenegro van disfrazados de la Sildavia de Tintín.

Lo estoy siguiendo por la web y llevo un decalage de 1 minuto o así. Veo ahora a las marroquíes: ¡inesperadamente guapas!

Ha salido una abanderada Milf, ¿la han visto? No he logrado ver el país. Una rubia de beige, y Milf que te cagas.


Las holandesas: qué pereza! El tedio de la satisfacción sexual!

La delegación de Nicaragua! ¿Cuántos serán hijos bastardos de Ortega?

Por ahí he visto a unos cuantos tonton macoutes!

En realidad esto del desfile olímpico es una superparodia antinacionalista: todos esos pringaos con sus banderitas...

Hay tres cosas que, bajo el rollete Walt Disney, se percibe claramente de entre los *desfilantes*: el hambre, el oscurantismo y la opresión.

Las portuguesas, se habrán fijado, son muy guapas. El mito del bigote se desvaneció hace tiempo.

¡La delegación rusa! Detrás deberían pasar los del curling limpiando el polonio de la pista!

¡Hay más países que botellines!

A mí las que me gustan son esas negritas que, en vez de colorines, van con corbatita y chaquetita: esa sobriedad melancólica e ilustrada.

¡Senegal! Observen que, entre las distintas filas, hay una distancia mínima de 30 centímetros.

Senegal sería una potencia olímpica si se permitiera el salto con pértiga no artificial.

España! Creo que no se veía a un catalán agitando con tanta alegría la bandera española desde que Franco entró en Barcelona.

¡Oh, la de Surinam! ¡Qué guapísima!

Coño, el abanderado sueco parece un torturado personaje de Bergman. ¡Vigilen que no se suicide en la Villa Olímpica!

El desfine sirio: cuánta tristeza! Nunca había visto tanta melancolía al desfilar!

Nunca entendí por qué Tanzania se llama Tanzania y no Tarzania.

Hay una gordita de Trinidad y Tobago a la que voy a buscar con frenesí en el lanzamiento de martillo.

Ley férrea: no es que los países pequeños lleven tontos trajes regionales; es que, por llevar tontos trajes regionales, son países pequeños.

Guau! La delegación estadounidense apesta a sexo! Llegó el Primer Mundo, amigos!

A estas alturas, si Londres quiere ser recordada solo le queda una oportunidad: la de que no prenda el pebetero, o se queme alguien, o así.

Esto de los siete mil millones de papelitos es más sórdido que lo de las setenta Mary Poppings.

Esta ceremonia ha sido tan aburrida porque, en vez de la reina, tendría que haber estado Reina.

Si Paul McCartney fuera grande, saldría acompañado de Los Manolos.

Artic Monkeys! Los vampiros deberían sacarles un poco de sangre: se iban a llevar un patatús!

Eso de que salga ahora Paul McCartney es como si en España hubiera salido Pedro Osinaga.

Palomas: ratas con alas.

Las únicas palomas *simpáticas* fueron las que se achicharraron en el pebetero de Seúl.

Para Beckham encender el pebetero va a estar chupao: es un hombre acostumbrado a encender a la fría Victoria, muchísimo más difícil.

España debería haber aprovechado esta noche para tomar Gibraltar. Hoy, hubiera sido más fácil que Peregil.

Coe se siente esta noche "orgulloso de ser británico". Que se pase un viernes noche por Torremolinos y que lo repita si se atreve...

Si yo fuera un atleta olímpico, en estos momentos me estaría rozando la cebolleta (subrepticiamente) con Leryn Franco.

Estólido Boyle! He echado en falta a Falstaff, Sherlock Holmes y Guillermo Brown!

El pebetero debería ser el Big Ben, mismamente.

Mi única ilusión ya es que en el pebetero ardan las setenta Mary Poppins.

Deberían proyectar a Lady Di en holograma.

Bah, la ceremonia tendrían que habérsela dejado a Malcolm McLaren.

A lo mejor Boyle ha reclutado a un bonzo de la Commonwealth para que prenda el pebetero.

El pebetero sí ha estado bonito... pero me sabe a poco que no echen ahí a las setenta Mary Poppins.

¿En qué momento Paul McCartney se convirtió en Camilo Sesto?

Este es el certificado de muerte de Inglaterra. Todo redundante, blando y caduco ya. ¡Lo único *nuevo* son los Artic Monkeys, esos tunos!

Yo creo que los terroristas islámicos, si no *actuaron* con las Mary Poppins, ya no *deberían* actuar.

Esta noche Elton John ha pagado su *posicionamiento* con Lady Di.

Me apuesto un cojón a que esta noche Ringo ha aprovechado para tirarse a la mujer de McCartney, controlando el directo televisivo.

El puto Boyle es un machista que te cagas: ha *equiparado* a las sufragistas con las ocas y las chimeneas.

¿Se han fijado en el paso de la antorcha olímpica bajo el túnel? ¡Ahí han colado un homenaje solapado a Lady Di!

McCartney tiene mucho también de Ramón de la Calva. Yo creo que si un día sale en el Dúo Dinámico junto a Arcusa, ni lo notan

Eso de que haya aparecido la Sanidad Pública *al nivel* de Mary Poppins no sé si era el homenaje *adecuado* a la Sanidad Pública...

Al final este Boyle ha sido más cruel que Loach: no lloviendo piedras, sino lloviendo Mary Poppins.

23.7.12

Maestros del rococó

Menos mal que ayer no desayuné huevos revueltos: de lo contrario, se me hubieran revuelto aún más en el estómago. Fue ver en El País las fotos de “Un grito #porlacultura” para que me invadiera un estrepitoso malestar. Yo siento una repulsión creciente por Rajoy. En este señor, todo lo que no sea reconocer que no sirve y largarse, me parece ya una irresponsabilidad. Abomino de los tajos que, en efecto, ha dado “en la cultura”. ¿Por qué entonces mi repugnancia a esa “treintena de creadores”? A explicarlo (¡a explicármelo!) voy a dedicar el resto de esta columna.

Para empezar, no me los creo. No me creo su indignación obediente: esa indignación que parece visceral pero está fríamente regida por el semáforo ideológico (si está en rojo, ¡stop!; si está en azul, ¡adelante!). Se arrogan una credibilidad que no tienen, y una autoridad moral de la que carecen. No porque se las haya quitado nadie: sino porque ellos mismos las han perdido, si es que en algún momento las llegaron a tener. ¿Cuándo han sido críticos de verdad? ¿Cuándo se han mojado? ¿Cuándo se la han jugado? Me refiero, obviamente, a ser críticos, mojarse y jugársela de verdad: no a los alineamientos partidistas (¡tan calentitos!) ni a las generalidades “contra el sistema” (¡tan baratas!).

Luego está la jerarquía del daño. Las subidas del PP son gravísimas, y ciertamente parecen una manifestación de la cerrilidad tradicional de nuestra derecha. Esta nueva fase de lo de siempre la inauguró Rodrigo Rato, cuando, como bien señaló Muñoz Molina, lo primero que hizo al llegar a Bankia fue cerrar Revista de Libros. Visto lo visto, es un gesto de una miserabilidad que solo merece desprecio. El ivazo a los productos culturales van en la misma línea. Ahora bien: esta no es la principal tragedia que le ha ocurrido a la cultura española en los últimos treinta años. La principal tragedia ha sido la aniquilación del bachillerato: mérito que le corresponde al PSOE. ¿Y alguna vez nuestros “creadores” han alzado la voz contra ello? Lo sangrante es que, de entre los cartelitos que aparecen en la fotogalería, los que se ponen más dignos (es decir, los que van más allá de la alusión económica) quedan un poco exagerados como protesta contra el ivazo; en cambio, si nos imaginamos que van contra la Logse, sí que encajarían a la perfección.

Por lo tanto, se trata de una queja más bien cortesana, como todas a las que nos tienen acostumbrados. Una queja que tiene menos que ver con el desgarramiento que con el adorno, es decir, con la composición de la propia imagen (esas poses revolucionarias según el método Stalisnavski); y también con el ventajismo (esa impunidad con que algunos apoyaron a ZP y ahora se lamentan, sin autocrítica, de la ruina a la que con tal apoyo contribuyeron: como la banca de los casinos, siempre ganan). Me sorprende el autoblindaje moral de individuos que, en tanto artistas, deberían estar dándose de cuchilladas contra todo, comenzando por sí mismos, y en cambio habitan en un algodonal. No se preguntan cómo hemos llegado a esto, ni qué culpa pueden haber tenido, ni qué complejo es todo y qué rabiosamente difícil y complicado: para ellos la cultura es un espacio de merengue, que no tiene por qué sufrir los descalabros de la Historia. Han trazado una división entre buenos y malos, y ellos están entre los buenos, y por eso se les debe todo.

Pero el tributo lo pagan con sus obras: la falta de radicalidad verdadera, la falta de agonía y de autocuestionamiento, es la que les da ese irresistible toque de mediocridad y blandura a (casi) todo lo que hacen. Entre ellos no todos son malos: los hay buenos, e incluso los hay que me gustan. Pero podrían ser mejores; porque se quedan, en última instancia, en maestros del rococó. Buena parte de lo que podrían ser se pierde en el rococó.

[Publicado en Jot Down]

30.6.12

El libro y la película

Lo primero que leí del Libro del desasosiego no fue en libro sino en periódico. Yo tenía diecisiete años y supuso una revelación. Fue en el suplemento literario de El País, que publicó una selección con motivo de la salida de la obra en España. Aquella edición de Seix Barral, con traducción de Ángel Crespo, sería pronto la mía. Hoy tengo otras dos en portugués, una comprada en Lisboa y otra en Río de Janeiro, y sé que Acantilado sacó una traducción nueva en español. La propia Seix Barral ha reeditado el libro con una portada diferente. Pero la que yo leo sigue siendo la de 1984, con Pessoa en su mesita, prototipo del escritor envidiable.

Aunque la revelación, como digo, fue en el periódico. Descubrí aquel día el nombre de Fernando Pessoa y descubrí que se podía escribir así. Yo no lo sabía. Para el adolescente es vital encontrarse con lo que se puede hacer; no me refiero a “lo que está permitido”, sino a “lo que es posible”. Aquello que es posible hacer pero nunca se había imaginado. Yo no sabía que se podía escribir con esa intimidad, con esa transparencia y con esas dudas. Yo no sabía que se podían expresar tan abiertamente las tribulaciones. Ni contar que no se es nadie, y que se está al margen, y que la vida pasa como un río ajeno. Que se podía ser tan original reduciéndose al máximo. Que era posible despojarse de toda retórica positiva. Que se podía escribir sobre el vacío de un modo tan suave y elegante, con tan poca tragedia.

Luego he encontrado a lectores que se sintieron abrumados con el Libro del desasosiego, y que lo rehúyen porque les deprime. A mí me salvó la vida. Para el adolescente es un alivio saber que no hace falta estar completo, ni conocer mundo. Que el mundo que uno ocupa –y constituye– es bastante. Que cuando la voluntad decae, aparece otro territorio que merece exploración: el de la falta de voluntad. Sin agonías. Baudelaire se había puesto histérico con el spleen, pero Pessoa lo habita. O mejor dicho: su semiheterónimo Bernardo Soares, a quien atribuye las páginas del Libro del desasosiego (en Pessoa sí hay histerismo, pero está en Álvaro de Campos). Bernardo Soares es ayudante de contable, que en portugués se dice ajudante de guarda-livros; por lo que el Livro do Desassossego sería aquel en el que lleva la contabilidad (fragmentaria) de sus pensamientos y sus sensaciones.

En una anotación de sus Diarios, cuenta Iñaki Uriarte que cuando leyó por primera vez el Libro del desasosiego llamó “entre las lágrimas y el entusiasmo” a El Correo para decir que “la publicación de ese libro era noticia de primera página”. Yo lo he estado hojeando ahora otra vez y encuentro que todo lo que dice sigue siendo actual. Probablemente no haya leído nunca nada tan actual en una página de periódico como los fragmentos, escritos medio siglo antes, que leí aquel día: como si el “no-ser” que se cuenta en ellos poseyera la fórmula para seguir no-siendo, sin oxidarse.

Había que escoger también una película y me he decantado por una lánguida y hermosa: La vida privada de Sherlock Holmes, de Billy Wilder. Se estrenó en 1970 y fue un fracaso. La película que hay es una sombra de la que soñó Wilder. Para Holmes quería a Peter O’Toole y para Watson a Peter Sellers, y se debió conformar con Robert Stephens y Colin Blakely. Tuvo además que eliminar una hora y veinte, por exigencia de la distribuidora. Según recoge Ed Sikov en su biografía de Billy Wilder, este había concebido la película “en cuatro partes, como una sinfonía: una para el drama, otra para la comedia, una para la farsa y la otra para el romance”; y solo pudo dejar dos. En el fondo Wilder tenía el propósito de autorretratarse, por medio de un “estudio serio” del detective misógino y exacerbadamente cerebral. Quiso hacer su película más propia, pero terminó renegando del resultado.

El caso es que, vista hoy, La vida privada de Sherlock Holmes es una maravilla. Todos los contratiempos han terminado reforzando el tono requerido, que era precisamente el del fracaso. El Holmes de Stephens no se puede comparar al de Jeremy Brett (que es inalcanzable), ni a los de Basil Rathbone o Peter Cushing. Pero es un Holmes perfecto para esta película: con algo menos de brillo y de carácter, autoirónico, vulnerable. Un Holmes en el que se ceba con especial encono el aburrimiento que hay entre caso y caso, en el que el recurso a la cocaína está más justificado y que está ya expuesto a caer en el amor. Como no podía ser menos en una película de Wilder, hay chistes magníficos y una trama estudiada (que se sostiene pese a los cortes); pero el enamoramiento de Holmes, el proceso de su relación con el personaje interpretado por Genevieve Page, es lo que deja poso. Conmueve por la compostura, por la distancia: es una pasión que va por dentro; la pasión del cerebro que se enamora, y entonces pierde.

El arte de Wilder alcanza su mayor finura en cómo convierte a los dos en un matrimonio de mentira que en lo profundo es de verdad. Para la misión en Escocia, Holmes propone que ambos se hagan pasar por unos “señores Ashdown”, y Watson por su valet de chambre. Y con esa ficción queda cifrada la situación auténtica. La pareja tendrá hasta su noche de bodas, en dos literas superpuestas que habrían hecho las delicias de Duchamp: su disposición recuerda a la del Gran Vidrio, solo que en este el elemento femenino está arriba y el masculino abajo. Al término de la película hay una última punzada. Tiempo después, Holmes recibe en Baker Street la noticia de que ella ha sido fusilada en Japón porque la han descubierto en sus tareas de espionaje. Se había hecho pasar por la señora Ashdown. Holmes le pide a Watson que le diga dónde ha escondido la droga. Watson, que ya ha leído de reojo la carta, se lo indica. Holmes la coge y se encierra en su habitación. Pocos finales hay tan melancólicos (¡y bellos!) en la historia del cine.

Esta decisión azarosa de juntar el Libro del desasosiego con La vida privada de Sherlock Holmes me impulsa a jugar con puentes. Bernardo Soares sería el Holmes que se aburre entre caso y caso, pero establecido en ese aburrimiento: sin memoria de casos pasados ni esperanzas de casos futuros. Y también menos torturado, porque en ese impasse que es su vida entera encuentra un motivo de distracción (después de todo, un caso): la del examen del cadáver que es él mismo, deambulando por Lisboa. Por su parte, Holmes, incurriendo en uno de esos anacronismos que tanto divertían a Borges, podría reconocerse en Soares: “La Decadencia es la pérdida total de la inconsciencia; porque la inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiese pensar, se pararía”.

[Publicado en Jot Down]

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Todos los artículos de la serie están enlazados aquí.

24.6.12

Las tripas de Frankenstein

La no celebración del debate sobre el estado de la nación posee la diafanidad de las tautologías: ese, exactamente ese es el estado de la nación. El miedo de Rajoy le ha llevado esta vez a expresarse del modo más osado: arrojándonos la verdad, sin tapujos; como no hubieran podido hacerlo mil debates. Él quizá imagina que gana tiempo, escondiéndose; pero ese esconderse es otra emanación del entramado que nos ha conducido a esto, que tiene entre sus componentes principales la falta de control sobre el poder y la dejación institucional. De manera que lo que hace Rajoy es seguir ahondando en las causas del desastre.

También resulta indicativo el que, con la que está cayendo (¡a mí sí me gusta la expresión!), sigan saltando titulares más grandes que los económicos. El jueves había tres: el de la mencionada no celebración del debate, el de la dimisión de Dívar y el de la legalización del partido proetarra por parte del Tribunal Constitucional. La loncha de una sola jornada, cortada al tuntún, que nos hace ver lo podrido que tenemos el jamón entero. Si la hubiéramos cortado otro día, habríamos tenido al Rey en Botsuana, Urdangarin, el Bigotes, Camps, Correa, YPF, MAFO, los ERE de la Junta de Andalucía, el agujero de la cajas, el agujero de las comunidades autónomas, el Parlamento vacío o el Parlamento con pancartas, el aeropuerto sin aviones, los pitidos al himno, el revival de Gibraltar y hasta el juicio a Krahe... Y siempre, sin descanso, la prima en su carrusel, y el déficit y el paro y la pobreza creciendo. Llevamos una racha que abrir el periódico es hacer que nos salte el monstruo de Alien o el de La cosa.

Enric González, aquí mismo, vinculó nuestra “ruina moral” con los apaños de la Transición. Estoy de acuerdo. Aunque a mí tales apaños, en principio, me parecieron bien. Visto lo visto (y conocido el percal), me imagino lo que hubiera pasado si triunfan los de “la ruptura” y se me hiela la sangre. Se hizo, pues, lo más sensato: montar un Frankenstein con todos los pedazos posibles, coserlo y echarlo a andar. El problema ha sido que, una vez que se vio que en efecto andaba, se detuvieron en seco las tareas quirúrgicas. No se siguió trabajando para que nuestro Estado fuese presentable, sino que ya cada cual se puso a mangonear en su sector, con un frenesí franquista del que no se libra aquí nadie. Esto ha sido como el edredoning de Gran Hermano: una fina sábana de legalidad y debajo las orgías.

Lo llamativo es cómo todas las costuras han empezado a abrirse simultáneamente: como si el monstruo hubiera sido construido según el principio de la obsolescencia programada. Los apaños, de pronto, no han aguantado más y ahora tenemos al Frankenstein de la Transición con las tripas fuera. Lo inquietante es que no se ven cirujanos por ninguna parte, ni siquiera científicos locos; sino solo carniceros, y charcuteros.

[Publicado en Jot Down]

22.6.12

La coagulación del papel

Ya tengo el especial en papel de Jot Down, que se puede comprar por aquí o en estas librerías. De lo (poco) leído hasta ahora los textos que más me gustan son los de Iñaki Uriarte y Fernando Savater; pero hay muchos que tienen buena pinta. El mío, "La velocidad adecuada", es modestito. Se me echó el tiempo encima y mandé in extremis algo digno pero a lo que no le hubiera venido mal un repaso. La sorpresa ha sido encontrármelo coagulado en el papel, en ese estadio que para mí no hubiera sido el definitivo. El efecto es curioso. Me gusta incluso. En internet siempre pulo detalles de lo que publico. Pero aquí, paradójicamente, el texto aparece cazado en un momento dinámico. Corregiría algunas cosas, pero ya no se puede. Y descubro que está bien que sea así.

20.6.12

Filosofía histórica

He leído ahora un librito que publicó Turner el año pasado y que es una delicia: El futuro de la Historia, de John Lukacs. Pese a su origen húngaro y a su apellido, creo que no es familia del ceñudo filósofo marxista György Lukács, el que se inventó aquello del "Gran Hotel del Abismo" para meter a Schopenhauer (y meterse con él). John Lukacs nació en 1924, emigró a Estados Unidos en 1946 y es, a todos los efectos, un historiador estadounidense; solo que con la mirada excéntrica (y fecunda) del que llegó de fuera. Turner le había traducido ya otros libros, propiamente de historia; este es de la segunda rama que cultiva: la filosofía histórica, que él opone a la tradicional filosofía de la historia. Tal oposición, por cierto, determina el género: la filosofía de la historia pide el tratado sesudo, articulado con idéntico determinismo al de la historia que propugna; mientras que la filosofía histórica de Lukacs invita al ensayo divagatorio del estilo de Montaigne, abierto al tiempo y la digresión. Digresión que, por lo demás, es siempre enjuta: señalizaciones, apuntes, aperturas de posibilidades y no brazos churriguerescos.

El tema, propiamente, es la historia, la profesión de la historia. El historiador, a sus ochenta y seis años, hace recuento de su oficio y trata de vislumbrar lo que le aguarda. Al paso, va emitiendo ideas (que se abren). Lo encantador es que son ideas por las que no lucha, ni sobre las que trata de convencer (como haría un tratadista), sino que las va dejando (en los dos sentidos de dejar). Pero el lector que las recoja se encontrará con un buen manojo, más osado de lo que por el tono amable parece: la historia como hermana de la literatura (que no de la ficción); las ideas como superestructura de la vida económica (marcando a su vez las distancias con el idealismo); la historia como curso impredecible (que no marcha mecánica ni pendularmente); o la importancia para todo (empezando por el pensamiento) del cuándo. Los historiadores que privilegia son Tocqueville, Burckhardt y Huizinga, y Tucídides y Gibbon. Y suelta algunos mandobles: al historiador E. H. Carr y al novelista Philip Roth, y también a esos colegas suyos contemporáneos que se dedican a escribir estudios como "Pelos con volumen: una historia del consumo en la Francia del siglo XVIII a través de las pelucas" (sic: es un título de 2006).

Para que se aprecie su estilo, copio un pasaje (páginas 94-95; magníficamente traducido por María Sierra):

El valor de cada cosa, tanto material como intelectual o espiritual, es el que nosotros le demos. Esto siempre ha sido así, hasta cierto punto al menos, pero no tanto como hoy. (A esto es a lo que he osado llamar una intrusión mental en la estructura de los hechos; podemos llegar incluso al punto de calificarlo de espiritualización [y abstracción] de la materia). Por supuesto, esto choca de frente contra la creencia de que ahora vivimos en un mundo abrumadoramente materialista, de personas abrumadoramente materialistas. Sin embargo, lo que piensan esas personas –sea como individuos o como masa– constituye la esencia fundamental de lo que sucede en este mundo: los productos y las instituciones no son sino sus consecuencias, sus superestructuras. Y lo que piensan y creen las personas –y lo que pensaron y creyeron– es un tema (sí: un tema) que, por muchas pruebas documentales que se nos brinden, resulta difícil de investigar. (Además, puede que sea mejor que, para analizar este tema, nos dejemos guiar por la literatura y no por la ciencia).
.....No estoy haciendo con esto una declaración de idealismo categórico. Las ideas y las creencias no son abstracciones; son históricas, como los demás asuntos humanos. Pero no siempre surgen como consecuencia obvia de un cierto Zeitgeist. Repito: hay que darse cuenta de que la gente no tiene ideas. Las elige (y cómo, o por qué, o cuándo las elige, son preguntas difíciles).
Concluyo con dos comentarios adicionales, uno doméstico y otro de actualidad. El doméstico se refiere al ámbito del arcadiespadismo, en el que me inserto (si bien díscolamente). El maestro Espada insiste en denominar faction a la escritura purgada de ficción; pero en este libro aparece el término justo con el significado que le dan los anglosajones, que es el contrario: mezcla de "los hechos con la ficción" (p. 120). Algo que reprueba Lukacs (cuya defensa de la literatura no incluye escapaditas a Arganzuela): "esta mezcolanza lleva a que muchas novelas resulten imprecisas, ilegítimas, sin criterio o manipuladoras". El comentario de actualidad se refiere a nuestro momento europeo. En el capítulo final busca qué nombre ponerle a la Era Moderna, etiqueta en realidad provisional, vacía. Propone en principio Era Burguesa (que me gusta), pero luego se inclina por Edad Europea: edad que habría empezado en torno a 1500 y que Lukacs da por concluida en 1950. Esto que estamos viviendo sería un estertor.

15.6.12

Culo de saco

Yo, que he sido (¡y soy!) antizapaterista acérrimo, me revuelvo ahora cuando Rajoy se escuda en la herencia de ZP. Una herencia nefasta, naturalmente: pero el marrón que nos estamos comiendo contiene ya sustanciosos elementos rajoyanos. Su precipitado de incompetencia y contumacia aroma ya el pastel.

Confieso que me he llevado una sorpresa. Era difícil ser un presidente tan malo como Zapatero, y Rajoy lo ha logrado. Pero lo más alucinante ha sido la velocidad: prueba de que no se ha tratado de un proceso, sino de un simple quedarse en bolas. En cuanto ha tomado los mandos, se ha visto que no sirve. Al menos en una situación tan complicada como la nuestra.

A menudo he pensado que Rajoy hubiera sido un presidente aceptable del país que era España antes de los atentados del 11-M. Hacer política ficción no es serio, pero el pacto con mi lector me permite jugar un poco. Rajoy hubiera sido un buen gestor, un hombre apaciguado en la presidencia, lugar muy satisfactorio para un registrador de la propiedad. Con él, la legislatura 2004-2008 hubiera sido aburrida y feliz. Feliz para la derecha, por supuesto; pero también para la izquierda. En especial para tantos escritores y columnistas, que se habrían mantenido contra el poder, ahorrándose el triste trago de la obediencia cortesana. Y para los actores, que habrían seguido rodando secuelas del Hay motivo, con lo que sube eso el caché, al tiempo que mantenían los bolsillos cosquilleantemente llenos. Zapatero, en fin, habría vuelto a perder las elecciones de 2008 y se habría retirado de la política, tras haber sido un agradable líder de la oposición, un contrapunto de color y lirismo a las grises cuentas de Rajoy. La crisis nos hubiera alcanzado, pero de un modo menos traumático. Y además en 2012 ya no hubiera repetido Rajoy y tendríamos otro presidente, del PP o del PSOE, que sin duda sería mejor.

Hasta aquí el cuento: los cántaros de la lechera saltaron por los aires con las bombas del 11-M. Llegó ZP y comenzó el proceso de descomposición en el que seguimos. Desde la perspectiva actual, ya sabemos que Rajoy formó parte de ese proceso. El zapaterismo fue una danza a dos, que consistía en tener el peor gobierno y la peor oposición posibles. La segunda legislatura de ZP nos la tragamos por la estricta inutilidad de Rajoy, que no supo ganar las elecciones más fáciles que ha habido en Europa (exceptuando las últimas, que venían regaladas). Y durante la sórdida legislatura que siguió, la de 2008-2011, Rajoy ha sido cómplice también del encanallamiento (y encallamiento) general. Su estrategia de dejar que el zapaterismo se pudriera solo fue profundamente antipatriótica. Y fue una negligencia: porque la podredumbre ya no hay quien la pare, y menos alguien que tiene una parte tan principal en ella.

Ahora estamos peor. Con Zapatero quedaba una última esperanza: la de que pudiera haber alguien mejor que Zapatero. Rajoy, en cambio, es ya un cul-de-sac: un callejón sin salida. Aunque no sin bajada.

[Publicado en Jot Down]

12.6.12

La voz de Billy Wilder

Billy Wilder se puso de moda en España por Fernando Trueba, pero en mí no se puso de moda por eso (¡yo no le consiento a ningún Trueba que me ponga de moda nada!), sino por un artículo de Muñoz Molina del que me impresionó este comentario:

Nació, como proclamaba de sí mismo Rafael Alberti, con el cine: que se acuerde de los tiempos en que las películas eran atracciones de feria es como si Graham Greene hubiera podido acordarse en su vejez de la primera publicación del Quijote. El cine ha tenido una historia tan veloz, un proceso tan rápido de invención, clasicismo, amaneramiento y decadencia que un solo hombre ha podido ser testigo de su nacimiento, maestro de su plenitud y superviviente de sus mejores días. Billy Wilder vio dirigir películas a Erich von Stroheim y escribió guiones para Ernst Lubitch. No habría sido más alucinante que Francis Bacon hubiera trabajado como aprendiz en el taller de Velázquez.
El artículo, "La voz de Billy Wilder", era a propósito del libro de Hellmuth Karasek Nadie es perfecto, que acababa de aparecer y que me leí pronto, como todo lo que fue saliendo sobre Wilder aquellos años, que fue un montón. Hubo una época en que prácticamente solo me dedicaba a leer libros sobre Billy Wilder y a ver películas de Billy Wilder. Una época feliz, como se puede sospechar. Las anécdotas eran siempre las mismas, pero no cansaban. El colofón fue la grandiosa biografía de Ed Sikov. Ya no salió nada más, y el wilderismo se aplacó un poco. He seguido revisitando sus películas y citando frases suyas a mansalva; pero manteniendo un poco apartado al personaje. Ahora le he dejado volver, gracias a un estupendo reportaje-entrevista que hay en YouTube: Billy Wilder, un hombre perfecto al 60%. Con respecto a aquellas entrevistas en libro, hay aquí dos extras: el de los paisajes de su oficina, su casa y su chalet frente al mar ("vengo los fines de semana, sobre todo en verano, para recuperarme de lo mucho que he sufrido"), y el de la propia voz de Billy Wilder.