30.10.12

Aniversario sombrío

Si Sherlock Holmes (el bueno, no el de Garci) buscara el elemento común entre las dos cosas que peor van en España, que son la propia España y el PSOE, se encontraría al otro lado de la lupa a Zapatero, que manejó los dos volantes. Su herencia, aparte de la doble ruina, ha resultado ser la memoria histórica, aunque no la de la guerra civil sino precisamente la del zapaterismo: los españoles, pese a lo mal que lo está haciendo el PP, han optado por no olvidar lo mal que también lo hizo el PSOE.

Pero conviene no cargar las culpas en Zapatero. Tanto lo que ha venido después en el PSOE como lo que ha venido después en España, relativizan su figura. Al cabo, no era tanto un culpable como un síntoma del montón de cosas que ya iban mal y que eclosionaron en él. Fue, de algún modo, el antiparche: lo que andaba flojo se terminó de soltar; pero la razón última de que se soltara fue que andaba flojo. Andaba flojo el PSOE, que apoyó sin fisuras a alguien tan menesteroso y tan incapaz. Y andaba floja España, que apostó por la fantasía contra la realidad, como en los mejores momentos de su penoso pasado.

Ahora, en este aniversario sombrío de su victoria en 1982, el PSOE se encuentra con una tremenda papeleta: tiene un líder que no vale, y varios candidatos a sucederle que valen aún menos. Parece que se ha consumado el proceso de “selección adversa” del que hablaba Félix Bayón. El candidato que haría falta seguro que se lo cargaron hace años los trepas del partido, si es que llegó a afiliarse alguna vez. Uno mira al PSOE y le entra un noventayochismo más acusado que cuando mira a España. Y es un noventayochismo que tiene también que ver con España: porque, realmente, esto va a ir peor sin el PSOE.

[Publicado en Zoom News]

28.10.12

Quincallería sevillí

Han pasado ya unas semanas, pero el dinosaurio, como en el cuento de Monterroso, sigue ahí. Me refiero al estruendoso silencio de los personajes catalanes a los que Arcadi Espada (¡también catalán!) fue haciendo llegar, desde el 19 de septiembre, estas dos preguntas:

1. ¿Quiere usted que Cataluña siga formando parte del Estado de España?
2. ¿Defendería activa y públicamente su punto de vista si en algún momento Cataluña y el resto de España iniciaran un proceso de discusión de su vínculo constitucional?
Según el recuento que hizo el propio Espada el 13 de octubre, de los treinta y siete que las recibieron, solo contestaron dos. El resto, silencio y alrededores. Félix de Azúa, que ha huido de ese ambiente, lo he definido bien: “un terror pequeñito”. Es imposible no detectar, en las no respuestas y en los circunloquios, el miedo. El miedo, obviamente, al régimen. El que impera en Cataluña se ha decantado por la independencia. Por eso, quienes están a favor se pronuncian sin tapujos; y el resto trata de eludir la cuestión como buenamente puede: sabe que otra cosa le traería problemas o incomodidades. Quizá algún lector eche de menos una definición de régimen. Propongo esta para el contexto catalán: “dada una circunstancia histórica determinada, régimen es aquello que apoya La Vanguardia”.

De entre todas las no respuestas, me quedé prendado de la de Pere Gimferrer: una formidable voluta elusiva, en dos tiempos. En el primero, un despliegue erudito de estirpe barroca: casi una exudación nerviosa, para encubrir o aplazar. En el segundo, con barroquismo semejante, la no respuesta definitiva. Me acordé, por contraposición, de un insólito momento en que Gimferrer sí fue contundente en política: el de su ataque a Felipe González en Mascarada. Cito en la traducción de Justo Navarro:
Es bajo ser criado de uno
como ese Felipe González
No pongáis las zarpas aquí
Soy insumiso a este gobierno
Quincallería sevillí
Gobierno de ropavejeros
Lo llamativo es que Gimferrer se pasó catorce años sin decir nada –que trascendiera– contra los socialistas, y que en cuanto cayeron aparecieron esos versos. El PSOE perdió las elecciones en marzo de 1996, y Mascarada se publicó dos meses después; aunque fue escrito en otoño de 1995. Cuando se publicó en castellano, en 1998, el poema fue saludado precisamente por Arcadi Espada, y es en verdad un poema magnífico: valiente, sí, y también hermoso; osado en territorios más decisivos tal vez que la política. Este ha sido el signo de Gimferrer: atrevido en estética y en moral, pero en política cobardón. (Aunque hay que resaltar que sin caer en el servilismo.)

Es una actitud que, por otra parte, comprendo. En una atmósfera tan encanallada como la nuestra, no sé hasta qué punto tiene sentido permitir que la política le arruine a uno los días. En El agente provocador, escribe algo que podría adjudicarse a este pensamiento: “Si en el fondo, aparte de mi estricta felicidad personal, no me ha interesado nada de nada en la vida aparte de los libros”. Lo comprendo, pero no deja de incomodarme. Yo admiro la obra de Gimferrer, en poesía y en prosa; pero echo de menos en ella una pasión crítica hacia los asuntos públicos como hay en la de su maestro Octavio Paz. Hablo del Octavio Paz de su (larga) época dorada: el de los últimos años se volvió más prudente aún que Gimferrer.

Y echo de menos un poeta catalán que escribiera versos incendiarios y gloriosamente liberadores como podrían ser hoy estos, con solo cambiar un nombre y un adjetivo; contra el régimen:
És cosa baixa ser el criat
d’algú com Artur Mas
No acosteu les urpes ací
D’aquest govern sóc insubmís
Quincalleria barceloní
Govern de roba venturera.
[Publicado en Jot Down]

28.9.12

A Woody con Bernhard

De nuevo viernes y estoy sin tiempo. Sin tiempo para escribir, como el viernes pasado estuve sin tiempo para ir a la nueva película de Woody Allen. Pero fui. Y ahora voy a escribir, aunque rápido y poquito. Por mantener la costumbre.

Esta vez la fecha, aunque parecía de otoño (21 de septiembre), era en realidad de verano. Este año el otoño oficial ha empezado el 22, y el real unos días después. Ahora llueve en Málaga. Pero la Roma de Woody, la de A Roma con amor, era de verano; o mejor: una Roma primaveral. De primavera europea, que Woody Allen viene a mostrárnosla para que la veamos. Llevaba media hora de película, en plena delicia de película, cuando me pregunté: "¿es buena o mala la película?". Me había plantado en media hora sin habérmelo preguntado. Y claro, cuando me lo pregunté me dije: "es mala". Pero me dio y gual y la seguí viendo. Es una falta de educación aplicarle la lupa a un amigo. Yo voy a visitarlo por estar con él. Y salí de la visita feliz, como siempre con Woody.

Me hace gracia, por lo demás, esa sorna hacia las actuales películas de Woody. "¡Son de postal!", braman los pomposos. ¡Por supuesto! ¡De maravillosas postales! ¡Postales ligeras y atravesadas por la brisa! Es Woody el que está efectuando el verdadero rescate de Europa. Nos está mostrando esta maravilla que es, o que fue, Europa, ¡sus grandes capitales! ¿Y con qué le responden los europeos? ¡Con cinismo manhatteño!

Pero esta vez se me juntaron dos placeres en la misma semana, porque también compré y leí el último libro de Thomas Bernhard, Goethe se muere. Me lo llevé al cine, de hecho, porque aún no lo había terminado. Fui a Woody con Bernhard, pues. Y lo saqué y leí unas páginas mientras empezaba la película, por poner dos de mis devociones, simultáneamente, encima del mostrador. O por ponerme en el escaparate con ambas: maniquí cultureta.

El libro de Bernhard es una maravilla, pero la editorial nos ha faltado el respeto a los bernhardianos. El que de pronto el fenomenal "Goethe se mmmmuere" de la primera vez que se editó en España, en Acontecimientos y relatos (1997), en la misma Alianza, se haya visto podado de emes, y sin justificación, con una notita del traductor Miguel Sáenz en que nos toma por sopa (¡la gran desgracia del gran Sáenz –nuestra gran desgracia con el gran Sáenz– es que no solo es el traductor de Bernhard, sino que también es el de Grass, y eso tenía que salir por algún lado!). Pero aparte de eso el relato, primero del libro, es una genialidad. Luego hay dos, el segundo y el cuarto, "Montaigne" y "Ardían", que son menores pero que cumplen con el minimum bernhardiano ("Montaigne" tiene un aire al primer Bernhard, el de Amras; "Ardían" un aire al último, el de Extinción). Y por fin está el tercero, "Reencuentro", que es una obra maestra: uno de los mejores textos de todo Bernhard y gran compendio del autor; todito Bernhard está, probablemente, en "Reencuentro".

Bernhard y Woody, pues: ¡dos delicias! Bernhard delicia pujante, Woody delicia declinante. El uno obra maestra, el otro restos de maestría, pero ambos pura y absoluta delicia. Delicia ascendente la de Bernhard, delicia descendente la de Woody, pero ambas delicias en términos absolutos. La de Bernhard oscuridad que sube, la de Woody luminosidad que baja; oscuridad radiante la de Bernhard, luminosidad opaca la de Woody. Pero ambos, Bernhard y Woody, ¡absoluta delicia! Bernhard, el muerto que vive; Woody, el vivo que está muerto. Pero delicias absolutas ambos, el que desde la tumba baila y el que desde la sobretumba dormita. ¡Absoluta y pura delicia en ambos! ¡La absoluta y pura delicia!

4.9.12

Espejismos

Del precioso y demoledor artículo que Diego Manrique escribió sobre Bernardo Bonezzi, me golpeó en especial esta frase, quizá porque se nos puede aplicar a todos: “Adicto a las redes sociales, con sus miles de ‘amigos’, creía que ahí afuera había un considerable público esperándole. Un espejismo”. De pronto me vi, nos vimos, como Bonezzi: fracasados, gordos, solos, muertos. Detrás de los brillos de internet, nada. Los chisporroteos de un cadáver, ya desde antes de morir.

Escucho ahora “Groenlandia” y caigo en que empieza, como la vida de Bonezzi, terminando: “Todas las secuencias han llegado a su conclusión”. Ese verso tiende un puente, como el propio nombre del grupo, Zombies, hacia sus últimas palabras en internet: “I’m fading to black” (negro de Groenlandia). Y hacia las necrológicas de estos días, en las que se repite la expresión “niño prodigio”. Niño prodigio en las necrológicas, sin que apenas haya habido nada enmedio: solo unas cuantas bandas sonoras y la sintonía de una serie de Milikito. Su momento grande en los conciertos seguía siendo el de la música que compuso a los trece años. Como decía Cyril Connolly: “A quien los dioses quieren destruir le llaman prometedor”.

Pero el arte es necrológico, y ahora no puede oírse “Como en un espejo” sin una tristeza insoportable. Está presente el morbo, claro; pero hay algo más. La muerte aporta lingotes. La obra que no tenía potencia por sí sola, y que se encontraba perdida entre las demás, se distingue de repente. La muerte le ha concedido lo que hoy le suele faltar al arte: aura, sacralidad. Por un tiempo esa obra será un ataúd de oro para el artista, para la memoria del artista; aunque también se irá desgastando, hasta que desaparezca la ventaja. Habrá sido, de nuevo, un destello de espejismo. Lo que aporta la muerte caduca: en realidad depende de su proximidad a la vida.

Yo fui un adolescente que seguía la Movida desde la provincia, pero cuando llegué a Madrid no la encontré. Para mí siempre fue un espejismo. Era algo que estaba en La Edad de Oro, en Radio 3, en algunas revistas, en las canciones; también en las historias que se contaban, y en un libro posterior, Sólo se vive una vez: esplendor y ruina de la movida madrileña. Recuerdo que leí este libro de 1991 en 1996. Sus protagonistas ya estaban bastante hundidos, y yo no podía quitarme de la cabeza que aún habían pasado cinco años más. A partir de entonces ya todo han sido necrológicas; y decadencias que, luego, hemos ido rastreando por Google.

Pero confieso que aquel espejismo me animó la vida. Y, diga lo que se diga, fue bueno para el país. En aquellos años se acumularon, en plan cutre, torpezas vanguardistas retrasadas; pegamos un estirón de modernidad, sin mucha sustancia pero con lo que necesitábamos, que era respirar un poco. Era estimulante, por ejemplo, dar en el instituto a los dadaístas y que en la tele salieran tipos que se parecían a ellos. La vocación que hoy predomina es la de quedarse atornillado al pueblo o a la región, y el que tiene que emigrar lo hace a regañadientes. Qué lejos se ha quedado aquel chico de trece años que lo primero que quiso fue irse a Groenlandia. Aquello es ya Groenlandia.

[Publicado en Jot Down]

24.8.12

Odio africano

He tenido muchas trifulcas en internet, pero aún no me había asaltado la masa. Es una sensación interesante. Pero no voy de víctima, sino de disfrutón, porque me lo he pasado teta. ¡Al fin ocurre algo, aunque sea en mi contra! No es que yo admita las críticas, es que las celebro. Mis artículos son faltones, porque (¡aunque mi ideal sería la matización infinita: un perpetuo sfumato de la afirmación hasta que se quedase en nada!) me pierde el gusto por las strong opinions a lo Nabokov o el arte de la exageración a lo Thomas Bernhard. No pretendo decir con ello que me alcancen los brillos de estos dos maestros, sino apenas que me refocilo en sus tics. Mis artículos, digo, son faltones, de manera que se merecen críticas igualmente faltonas. Lo que quiero hoy, pues, no es tacharlas, sino hacer una reflexión al paso.

Es sobre ese automatismo inquietante de denostar a UPyD, o de señalar como esbirro de ese partido a todo aquel que se salga del ping-pong sectario o cuyo discurso recuerde, más o menos, a lo que UPyD propone. Aquí opera un delicioso mecanismo de proyección: como el personal suele estar atornillado a lo que vota, y mantiene su adhesión inquebrantable haga lo que haga el votado, da por hecho que el resto de los votantes funcionan así. No concibe que el voto pueda no formar parte de la identidad del que vota, o sea algo relativo y cogido con alfileres; algo que uno pueda (llegado el caso) abandonar. Mi relación con UPyD es esta: es un partido al que voto por el momento, pero al que no pertenezco ni con el que me identifico, y al que calculo que algún día dejaré de votar (para volver al voto en blanco, que es mi salsa).

Estoy al tanto de las sombras de UPyD, porque tengo amigos que conocen sus interioridades, y hay cosas en sus manifestaciones públicas que no me gustan: el personalismo, ciertas purgas internas, ciertos dejes populistas o la tendencia a decir justo lo que puede recabarle determinados votos. Pero estos defectos los comparten los demás partidos; son justo eso: defectos de partido. Son defectos que deploro, y por eso no pertenezco a ningún partido. Lo que llama la atención es, entonces, ese plus de odio que hay hacia UPyD. En las críticas que me hicieron (en Jot Down, en Facebook y en Twitter) parecía que bastaba decir “UPyD” para que fuera un insulto. Pero si los defectos de UPyD los comparten los demás, me temo que lo que irrita son sus virtudes: el principio de racionalización que propugna, que pisa tantos oscurantismos.

Al fin y al cabo, estamos en España. Y este era el centro de mi crítica en el artículo anterior: no nuestros comunistas, sino la mentalidad española; o nuestros comunistas en tanto representantes también de la mentalidad española. Algo que, a modo de bonus track, se ejemplificó con creces en los comentarios.

Uno de los grandes problemas de nuestra izquierda es que sigue demasiado a Franco en lo que este entendía por “España”. En teoría es para oponerse a ello: pero, como da por bueno ese punto de partida, no hace más que recorrer el mismo callejón. Acarreando, como no podía ser menos, los peores vicios españoles (presentes en Franco pero anteriores a Franco): desde el impulso inquisitorial a la obsesión por la pureza de sangre, pasando por el gregarismo, la picaresca y la beatería; esa agitación de monjitas escandalizadas en cuanto se blasfema. También, naturalmente, el odio africano.

He dudado si emplear esta expresión, porque me desagradaban sus connotaciones despectivas hacia nuestros vecinos del sur. Hasta que me he dado cuenta de que, cuando decimos “odio africano”, entendemos perfectamente que hablamos de españoles. Algo normal, teniendo en cuenta que, en efecto, “África” empieza en los Pirineos. Y acaba en el Peñón.

[Publicado en Jot Down]

11.8.12

El pelotazo comunista

El deporte de asaltar supermercados solo puede practicarse en el capitalismo: porque en el comunismo los supermercados suelen estar vacíos, o al término de una cola que desmovilizaría hasta a Lenin. Esta es la gran contradicción de nuestros dialécticos: dicen luchar contra la pobreza propugnando un sistema que ha llevado la pobreza (o la ha recrudecido) allí donde se ha implantado. Detalle que seguramente les dará igual. Como en tantos otros ámbitos de la vida española, en el de nuestros comunistas es la fantasía lo que se impone.

Fue Umbral quien, en sus columnas de la Transición, lanzó a Sánchez Gordillo, como lanzó a Pitita Ridruejo y a Ramoncín. Ese era el contexto del alcalde de Marinaleda: entre la atildada señora del cardado con visiones de la Virgen y el Rey del Pollo Frito. Nadie se lo ha tomado nunca en serio, y lo preocupante de ahora (la acción de los supermercados es en sí una anécdota) es que se le empieza a tomar en serio: en su propio partido y en un sector no desdeñable de la población. Ciertamente, no son los comunistas quienes han provocado esta crisis. Pero tomarlos a ellos por la solución es una insensatez, como digo, típicamente hispánica.

A mí me llama la atención la facilidad con que el español halla descanso. La ventaja de estar metido en el ping-pong de los hunos y los hotros es que no solo tienes enemigos, sino también un establo donde reposar. Yo, en cambio, no veo más que intemperie por todas partes. A mí son las dos Españas las que me hielan el corazón. Y las que, dicho francamente, me tienen hasta los huevos. Para mí lo que hay es una misma y estólida mentalidad, decantada hacia un lado o hacia el otro. Entre Montoro y Llamazares veo más semejanzas que diferencias. El primero, en efecto, hace más daño: pero solo porque (aquí y ahora) tiene más capacidad para hacerlo. Es una cuestión exclusiva de la cantidad de poder de que se dispone. Pero Llamazares en el lugar de Montoro no sería mejor, sino probablemente peor. No, no hay descanso ahí.

Yo lo que veo es lo que comparten Gordillo y su cuadrilla (y también quienes les apoyan) con los gañanes del pelotazo. Tratan de hacer un negocio ideológico rápido, puenteando la ley, quemando el presente sin pensar en el futuro y jugándosela a una política de hechos consumados. Se me ocurre que la Revolución misma comparte esa mentalidad del pelotazo, la del atracón fulminante y luego ya se verá. El trabajo lento y asentado, atento a la realidad y respetuoso de las formalidades democráticas, el denostado gradualismo, siempre ha sido visto por los románticos del pelotazo comunista con el desdén con que Jesús Gil miraba a sus funcionarios cumplidores.

Con esto tiene que ver también la profusión de banderas republicanas e independentistas (catalanas, gallegas, vascas y hasta andaluzas) que hay de un tiempo a esta parte en las manifestaciones. Están todas las banderas menos la única que representa, hoy, la democracia realmente existente: el incómodo principio de realidad. Al margen de la legitimidad de las reivindicaciones republicanas e independentistas (yo, por ejemplo, suscribo las primeras), lo significativo aquí es el uso que se hace de lo que no existe, de la fantasía. Cómo se elude la realidad y se confía todo a una ilusión: dándose por hecho que la mera implantación de una república o la independencia resolverá todos los problemas de un plumazo.

Esta mentalidad, repartida a diestra y siniestra entre nosotros, es la que nos ha conducido adonde estamos. Yo no creo en las fatalidades nacionales, así que supongo que podrá cambiarse. Pero resulta alarmante (¡y asfixiante!) su contumacia.

[Publicado en Jot Down]

8.8.12

Ventilador

Mi verano es, desde hace unos años, el ventilador, el vientecito del ventilador, el zumbidito del ventilador. El aire acondicionado no me gusta pero el ventilador lo adoro. Así que me paso las horas con el ventilador, en el escritorio con el ventilador, en la cama con el ventilador. Del escritorio a la cama, y de la cama al escritorio, voy con el ventilador como el enfermo con su suero. No se me ve por el pasillo jamás solo: siempre con el ventilador. Al acostarme dejo la desconexión programada y me duermo antes que el ventilador. Y por la mañana lo primero que hago es encender el ventilador. El día me llega en forma de vientecito y de zumbidito. Mi desayuno consiste antes que nada en el ventilador. Y cuando me doy un paseo, la brisa de la calle, el paseo marítimo y el descampado me recuerda a la del ventilador. Como si mi ventilador andara suelto. Como si mi ventilador fuera mi perrito que llevo a todos lados. Mi mascota de viento, el ventilador. Y a veces sentado, mientras el ordenador se enciende, en esos segundos de espera, me viene el aire de que estoy en otro sitio, de que el aquí se va con el viento, gracias al ventilador.

2.8.12

La llama olímpica

Me estoy acordando de Bayón, de Félix Bayón, en estas jornadas olímpicas. Son jornadas de reajuste emocional para el país. Se acabó esa doble curva, ascendente en el deporte y descendente en el resto, cuya simultaneidad resultaba tan irritante. Esa esquizofrenia de estar celebrando la Eurocopa mientras nos hundíamos. Ahora es cuando el ánimo se ajusta a la realidad, y eso es siempre bueno. Se ha terminado el ciclo que empezó con los Juegos de Barcelona. Entonces se pusieron a caer medallas, no se sabía de dónde, y recuerdo que un periodista soltó eufórico: “¡El himno nacional es la canción del verano!”. La de este verano, en cambio, es la ausencia de himno.

Pero aquellas euforias, que viví con ironía en su momento, las he celebrado yo retrospectivamente. Cuando supe que aquellos días fueron los del regreso a la vida de Bayón, del que me haría amigo muchos años después; cuando le quedaba, de hecho, solo uno. La melancolía es hoy inevitable. Pero entonces, cuando él lo vivió y cuando yo lo supe, no había lugar para ella. En uno de los textos más hermosos que he leído nunca, él mismo cuenta cómo le trasplantaron el corazón el día de la ceremonia inaugural de Barcelona ‘92, cuando el arquero lanzaba la llama olímpica. Les ruego que hagan una pausa en mi columna y que lo lean: se encuentra aquí.

El hecho de que su corazón nuevo fuera el de un ciclista me tocó especialmente, por mi afición al ciclismo y por mis proyecciones metafóricas del pedaleo y las escaladas. En la actualidad hay un involuntario homenaje a Bayón en el ciclismo, puesto que un ciclista se llama como el protagonista de su última novela: Luis León, que este año ha ganado una etapa del Tour (aunque en Londres ha tenido mala suerte). El soneto que Borges le dedica a Joyce termina con este ripio delicioso: “Dame, Señor, coraje y alegría / para escalar la cumbre de este día”. Bayón era grande y caminaba lento, como un hipopótamo, pero con su corazón de ciclista iba dando pedaladas por los minutos. Pedaladas no esforzadas sino alegres: el suyo era un ciclismo lúdico, como el de los niños que salen con sus bicicletas. Su cumbre era vivir.

El primer oro de Barcelona fue, curiosamente, el de otro ciclista: José Manuel Moreno, que ganó la prueba del kilómetro contrarreloj. Nunca le pregunté a Bayón por él; pero, si ya estaba consciente, me imagino que lo asociaría con su donante. De aquellas jornadas que pasó en el hospital solo una vez salió algo en nuestra conversación. Un día yo le mencioné que, de regreso en Málaga tras mis años en Madrid, había vuelto a escuchar el programa de Ramón Trecet en Radio 3, y que la música new age me agradaba, pero ya no por el futuro sino por el pasado, o por el futuro que había en el pasado (y allí se había mantenido). Bayón me contó entonces que la voz de Trecet era uno de los sonidos que relacionaba con su regreso a la vida, por sus retransmisiones televisivas de aquellos Juegos.

Después del trasplante Bayón se mudó a Marbella, con su familia. Pensaba llevar una vida tranquila, y la llevó en lo que pudo; pero allí se encontró el gilismo. También me he estado acordando de él por eso, porque esta semana ha terminado el juicio por el caso Malaya. Bayón se pasó años denunciando la corrupción, sin que le hicieran caso. Por fortuna, le dio tiempo a ver las detenciones. En la web de TV-3 puede verse la entrevista que le hicieron entonces, el 3 de abril de 2006 (Bayón moriría el 15). Vista hoy, ha ganado en amargura toda esa sucesión de impunidades, que nos ha conducido adonde estamos. Conviene no olvidar, sin embargo, que allí hubo además un hombre digno: sin él, el paisaje está incompleto. Él mantuvo aquí die Fackel, la antorcha: como en estos Juegos, una llama alumbrando las derrotas.

La llama olímpica. Tiene que ver con el ejemplo. Y también con los trasplantes: un cuerpo recibe un órgano que mantiene en él la vida, y así se mantiene en parte la del cuerpo que la perdió. A veces –como ha sucedido hoy– perecen quienes portan la antorcha. Pero la llama llega.

[Publicado en Jot Down]

1.8.12

Bernhard en el Emperador

Sumergido toda la tarde en la correspondencia de Bernhard, que es básicamente (¡Bernhard no nos engaña!) la correspondencia de un sentimental. El 14 de noviembre de 1967 le escribe a su editor Unseld:

En los últimos tiempos he dudado de si tenía un editor, porque me parecía que nadie se preocupaba de mí. Luego, sin embargo, pensaba en qué es verdaderamente un buen editor, hoy, qué aspecto tiene, y entonces, posiblemente, en contra de mi voluntad, he pensado en usted. Era usted a quien había que tomar en consideración, a nadie más.
Ya el 18 de mayo de aquel año le había escrito:
En mi caja fuerte, que no es imaginaria, guardo como lo más importante la confianza en mí de mi editor, un tesoro maravilloso y natural.
Pero la relación, por supuesto, es más compleja, y de sus vaivenes, para quienes aún no hayan leído las cartas, se habla adecuadamente en el artículo de hace justo un mes en El País, que es bueno salvo en el título: "Domar a la fiera Thomas Bernhard".

Yo aquí solo quiero señalar unos cuantos detalles que completan mi mapa bernhardiano. Por ejemplo, que Bernhard estimaba a Octavio Paz, según una anotación de Unseld de 1980 (p. 248), o que se encontró con Max Frisch en el aeropuerto de Málaga, camino de Torremolinos (p. 333). A Torremolinos llegó en diciembre de 1988 y había cortado con su editor tres semanas antes, por lo que no hay cartas desde aquí. Pero la relación con Unseld se reanudó al final. El editor lo visitó en Salzburgo el 28 de enero de 1989, y por su informe de la visita (pp. 332 y ss.) me entero de otra cosa que ignoraba: que Bernhard no estuvo hospitalizado una vez que se fue enfermo de España. Al contrario, estaba suelto e incluso juguetón. Hablando, entre otras cosas, de la muerte de Dalí, que había ocurrido cinco días antes. Bernhard moriría el 12 de febrero. Otra sorpresa ha sido saber que Bernhard tuvo relación con el hotel Emperador ("y trabajar, como antes en el Emperador"), que es uno de los puntos de mi mitología madrileña y que ahora entra a formar parte también de mi itinerario bernhardiano, como el Barracuda de Torremolinos. Otros dos hoteles que aparecen son el Plaza, que detesta, y el Ritz, que adora: "Probablemente sea el Ritz de Madrid realmente la cumbre de la hotelería actual" (los tres, en la carta del 19 de noviembre de 1984). La foto que he puesto arriba es de la piscina del hotel Emperador, y a lo lejos se ve el edificio del Plaza.

Quisiera despedir con una andanada (¡correctísima!) contra Andalucía, que Bernhard compara con su detestada Carintia austriaca, región de las poetisas Ingeborg Bachmann y Christine Lavant. En un artículo sobre esta última escribe (p. 314):
Un desafortunado efecto andaluz, la Andalucía destructora del alma y embotadora, con su naturaleza aniquiladora de seres humanos, ha producido en la literatura española el mismo efecto que la igualmente destructora del alma, embotadora y aniquiladora de seres humanos Carintia en la literatura alemana.
* * *
(2.8) Añado dos fragmentitos más, estimulantes en lo que se refiere al trabajo de escribir. El primero es de la carta del 14 de diciembre de 1965; el segundo, de la del 16 de marzo de 1968:
Trabajo intensamente para terminar mi novela. Posiblemente no interrumpiré ese trabajo para darme el placer de algún deporte navideño, y en ese sentido resultará afortunada mi renuncia al esquí, una de mis pasiones más antiguas. Me salto con gusto las festividades, que siempre me han resultado enojosas. Cada vez caigo menos en la tentación de esquivar, interrumpir mi trabajo por una diversión mayor, porque veo ahora, con la terrible claridad del egoísta nato, que mi trabajo es mi único placer, mi única alegría, mi mayor lujuria.

Soy un hombre totalmente feliz, en realidad taciturno pero decidido, las irritaciones solo me duran horas, después salgo de casa, leo alguna frase interesante, contemplo como filósofo el retrato de algún mártir alemán o de algún otro país europeo y vuelvo a lo mío.
Una última cosa: según cuenta un testigo, que lo vio durante un viaje a Irán ("a Persépolis") en 1977, la profesión que figuraba en el pasaporte de Bernhard era la de "agricultor" (p. 234).

28.7.12

Ceremonia inaugural



Mientras pasaba los tuits que fui soltando anoche durante la ceremonia inaugural de los Juegos, he sentido a ratos el malestar del juerguista que ve por la mañana las fotos que se sacó la noche anterior. Quizá más adelante borre esta entrada; pero por ahora la dejo, para que mis fans que no estuvieron se sumen (aunque a destiempo y sobrios) a la juerga. Lo pasamos bien.

* * *
Menudo coñazo de ceremonia, por God!

Ocas, chimeneas, sindicalistas... esto es un descenso al Maelstrom.

¡Ni los chinos se atrevieron a ser tan comunistas!

Consolémonos pensando que podría haber sido peor: podría haberse ocupado Ken Loach.

Deberían hacer una gran síntesis ahora: sacar a Sid Vicious sodomizando a Mrs. Minniver.

Qué gustazo ese plano del palco y que entre las *autoridades* no haya ninguna jeta hispánica.

Oh, no! El momento de los niños! Temámonos lo peorrrrr!

Observen que el look general de todo esto es un plagio descaradísimo de Lars von Trier.

Camitas de hospitales, niños, etc. Bien, Dany Boyle: ya sabemos que eres un tío cojonudo, majísimo y tal. Ahora: ¡diviértenos, por tu madre!

¡Setenta Mary Poppins! ¡Me muero!

Me da la impresión que el bueno de Boyle se ha *saltado* la brutal explotación colonial del Imperio Británico, ¿no?

¿En qué momento Mike Oldfield se convirtió en Pepe Domingo Castaño?

Coño, Wiggins! Esto está mucho mejor que Mary Poppins!

¿Amy Winehouse? ¿Así quieren luchar contra el dopping?

He encontrado el audio perfecto, que no es Escario ni Ponseti: RNE.

Tampoco se ha hecho alusión alguna al sustento del país: la disciplina inglesa.

Beckham es lo más parecido que han encontrado en Inglaterra al paralímpico Rebollo.

Me apuesto un cojón a que Boyle no va a ahorrarnos la monserga que faltaba: la del calentamiento global.

Esta ceremonia es el epitafio de la cultura inglesa. La cultura que dio a Shakespeare y hoy se desvanece en una baba de buenos sentimientos.

Tal como va la cosa, lo más divertido de la gala va a ser el uniforme de los atletas españoles.

Grecia, Afganistan, Albania... Los últimos serán los primeros.

Coño, a los atletas griegos los han vestido directamente de enterradores.

Los argentinos han *incorporado* a su uniforme nacional unos barrilitos de petróleo.

Eso de los atletas con la camarita es patético: es como cuando en una película se ve por encima la jirafa.

Esa sonrisilla de los negros: saben que, aunque no consigan medallas, van a conseguir chochitos.

Las de Bután parecen fumanchunas.

¡Brasil!

Esos trajes regionales del Tercer Mundo: cepos del oscurantismo y la represión.

La abanderada de Burundi me la ha puesto morcillona.

¿Con Tailandia desfilarán los ladyboys?

¡Las Islas Caimán! Menos mal que en el palco no está Urdangarin: se hubiera levantado a saludar!

Los chinos llevan cámaras como si fueran japoneses.

¡Colombia! ¡El único país que da mujeres capaces de *competir* con las brasileñas!

La delegación croata! Poca cosa, sin Vlasic!

En Australia también faltaba mi Jenneke.

¿Se han fijado en la delegación cubana? Van todos disfrazados del último Fidel Castro.

El gran ausente de esta ceremonia ha sido el smog. El smog debería haber *descendido* sobre la ceremonia para echarle una mano a Danny Boyle

Ver a Estonia desfilando bajo los *sones* de los Bee Gees roza lo...

A la delegación finlandesa solo le falta ir desfilando al paso de la oca.

Oh, la abanderada de Hong-Kong! Me reafirma en mi reciente pasión por las chinitas!

Los de la delegación india llevan tocados a lo Carmen Miranda.

Usain Bolt! Nunca lo había visto marchar tan lento!

Qué gustazo ver a los atletas de Jamaica rapados: libres de las estólidas rastas oscurantistas de Marley.

Pobres japoneses. Con el *despegue* de China, se han convertido en los extremeños de Oriente.

Corea! Esos son los únicos que tienen derecho a decir que comen perritos calientes!

Todos esos planos de capitostes de los *distintos países* me hace pensar que esta noche no se encuentra una puta cara en Londres ni a tiros.

¿Habéis visto a la abanderada luxembuguesa? ¡Me acabo de enamorar!

Uno de Malí creo que iba con el Corán y todo bajo el brazo. ¿Para qué cortarse?

Del desfile olímpico se deduce una sórdida ley: cuanto más colorido en el vestir, más tendencia a la lapidación.

Por no ser, España ni siquiera va a ser la más hortera en el desfile.

El abanderado de Mongolia es Juan Palomo: él se lo guisa y él se lo come.

Los de Montenegro van disfrazados de la Sildavia de Tintín.

Lo estoy siguiendo por la web y llevo un decalage de 1 minuto o así. Veo ahora a las marroquíes: ¡inesperadamente guapas!

Ha salido una abanderada Milf, ¿la han visto? No he logrado ver el país. Una rubia de beige, y Milf que te cagas.


Las holandesas: qué pereza! El tedio de la satisfacción sexual!

La delegación de Nicaragua! ¿Cuántos serán hijos bastardos de Ortega?

Por ahí he visto a unos cuantos tonton macoutes!

En realidad esto del desfile olímpico es una superparodia antinacionalista: todos esos pringaos con sus banderitas...

Hay tres cosas que, bajo el rollete Walt Disney, se percibe claramente de entre los *desfilantes*: el hambre, el oscurantismo y la opresión.

Las portuguesas, se habrán fijado, son muy guapas. El mito del bigote se desvaneció hace tiempo.

¡La delegación rusa! Detrás deberían pasar los del curling limpiando el polonio de la pista!

¡Hay más países que botellines!

A mí las que me gustan son esas negritas que, en vez de colorines, van con corbatita y chaquetita: esa sobriedad melancólica e ilustrada.

¡Senegal! Observen que, entre las distintas filas, hay una distancia mínima de 30 centímetros.

Senegal sería una potencia olímpica si se permitiera el salto con pértiga no artificial.

España! Creo que no se veía a un catalán agitando con tanta alegría la bandera española desde que Franco entró en Barcelona.

¡Oh, la de Surinam! ¡Qué guapísima!

Coño, el abanderado sueco parece un torturado personaje de Bergman. ¡Vigilen que no se suicide en la Villa Olímpica!

El desfine sirio: cuánta tristeza! Nunca había visto tanta melancolía al desfilar!

Nunca entendí por qué Tanzania se llama Tanzania y no Tarzania.

Hay una gordita de Trinidad y Tobago a la que voy a buscar con frenesí en el lanzamiento de martillo.

Ley férrea: no es que los países pequeños lleven tontos trajes regionales; es que, por llevar tontos trajes regionales, son países pequeños.

Guau! La delegación estadounidense apesta a sexo! Llegó el Primer Mundo, amigos!

A estas alturas, si Londres quiere ser recordada solo le queda una oportunidad: la de que no prenda el pebetero, o se queme alguien, o así.

Esto de los siete mil millones de papelitos es más sórdido que lo de las setenta Mary Poppings.

Esta ceremonia ha sido tan aburrida porque, en vez de la reina, tendría que haber estado Reina.

Si Paul McCartney fuera grande, saldría acompañado de Los Manolos.

Artic Monkeys! Los vampiros deberían sacarles un poco de sangre: se iban a llevar un patatús!

Eso de que salga ahora Paul McCartney es como si en España hubiera salido Pedro Osinaga.

Palomas: ratas con alas.

Las únicas palomas *simpáticas* fueron las que se achicharraron en el pebetero de Seúl.

Para Beckham encender el pebetero va a estar chupao: es un hombre acostumbrado a encender a la fría Victoria, muchísimo más difícil.

España debería haber aprovechado esta noche para tomar Gibraltar. Hoy, hubiera sido más fácil que Peregil.

Coe se siente esta noche "orgulloso de ser británico". Que se pase un viernes noche por Torremolinos y que lo repita si se atreve...

Si yo fuera un atleta olímpico, en estos momentos me estaría rozando la cebolleta (subrepticiamente) con Leryn Franco.

Estólido Boyle! He echado en falta a Falstaff, Sherlock Holmes y Guillermo Brown!

El pebetero debería ser el Big Ben, mismamente.

Mi única ilusión ya es que en el pebetero ardan las setenta Mary Poppins.

Deberían proyectar a Lady Di en holograma.

Bah, la ceremonia tendrían que habérsela dejado a Malcolm McLaren.

A lo mejor Boyle ha reclutado a un bonzo de la Commonwealth para que prenda el pebetero.

El pebetero sí ha estado bonito... pero me sabe a poco que no echen ahí a las setenta Mary Poppins.

¿En qué momento Paul McCartney se convirtió en Camilo Sesto?

Este es el certificado de muerte de Inglaterra. Todo redundante, blando y caduco ya. ¡Lo único *nuevo* son los Artic Monkeys, esos tunos!

Yo creo que los terroristas islámicos, si no *actuaron* con las Mary Poppins, ya no *deberían* actuar.

Esta noche Elton John ha pagado su *posicionamiento* con Lady Di.

Me apuesto un cojón a que esta noche Ringo ha aprovechado para tirarse a la mujer de McCartney, controlando el directo televisivo.

El puto Boyle es un machista que te cagas: ha *equiparado* a las sufragistas con las ocas y las chimeneas.

¿Se han fijado en el paso de la antorcha olímpica bajo el túnel? ¡Ahí han colado un homenaje solapado a Lady Di!

McCartney tiene mucho también de Ramón de la Calva. Yo creo que si un día sale en el Dúo Dinámico junto a Arcusa, ni lo notan

Eso de que haya aparecido la Sanidad Pública *al nivel* de Mary Poppins no sé si era el homenaje *adecuado* a la Sanidad Pública...

Al final este Boyle ha sido más cruel que Loach: no lloviendo piedras, sino lloviendo Mary Poppins.

23.7.12

Maestros del rococó

Menos mal que ayer no desayuné huevos revueltos: de lo contrario, se me hubieran revuelto aún más en el estómago. Fue ver en El País las fotos de “Un grito #porlacultura” para que me invadiera un estrepitoso malestar. Yo siento una repulsión creciente por Rajoy. En este señor, todo lo que no sea reconocer que no sirve y largarse, me parece ya una irresponsabilidad. Abomino de los tajos que, en efecto, ha dado “en la cultura”. ¿Por qué entonces mi repugnancia a esa “treintena de creadores”? A explicarlo (¡a explicármelo!) voy a dedicar el resto de esta columna.

Para empezar, no me los creo. No me creo su indignación obediente: esa indignación que parece visceral pero está fríamente regida por el semáforo ideológico (si está en rojo, ¡stop!; si está en azul, ¡adelante!). Se arrogan una credibilidad que no tienen, y una autoridad moral de la que carecen. No porque se las haya quitado nadie: sino porque ellos mismos las han perdido, si es que en algún momento las llegaron a tener. ¿Cuándo han sido críticos de verdad? ¿Cuándo se han mojado? ¿Cuándo se la han jugado? Me refiero, obviamente, a ser críticos, mojarse y jugársela de verdad: no a los alineamientos partidistas (¡tan calentitos!) ni a las generalidades “contra el sistema” (¡tan baratas!).

Luego está la jerarquía del daño. Las subidas del PP son gravísimas, y ciertamente parecen una manifestación de la cerrilidad tradicional de nuestra derecha. Esta nueva fase de lo de siempre la inauguró Rodrigo Rato, cuando, como bien señaló Muñoz Molina, lo primero que hizo al llegar a Bankia fue cerrar Revista de Libros. Visto lo visto, es un gesto de una miserabilidad que solo merece desprecio. El ivazo a los productos culturales van en la misma línea. Ahora bien: esta no es la principal tragedia que le ha ocurrido a la cultura española en los últimos treinta años. La principal tragedia ha sido la aniquilación del bachillerato: mérito que le corresponde al PSOE. ¿Y alguna vez nuestros “creadores” han alzado la voz contra ello? Lo sangrante es que, de entre los cartelitos que aparecen en la fotogalería, los que se ponen más dignos (es decir, los que van más allá de la alusión económica) quedan un poco exagerados como protesta contra el ivazo; en cambio, si nos imaginamos que van contra la Logse, sí que encajarían a la perfección.

Por lo tanto, se trata de una queja más bien cortesana, como todas a las que nos tienen acostumbrados. Una queja que tiene menos que ver con el desgarramiento que con el adorno, es decir, con la composición de la propia imagen (esas poses revolucionarias según el método Stalisnavski); y también con el ventajismo (esa impunidad con que algunos apoyaron a ZP y ahora se lamentan, sin autocrítica, de la ruina a la que con tal apoyo contribuyeron: como la banca de los casinos, siempre ganan). Me sorprende el autoblindaje moral de individuos que, en tanto artistas, deberían estar dándose de cuchilladas contra todo, comenzando por sí mismos, y en cambio habitan en un algodonal. No se preguntan cómo hemos llegado a esto, ni qué culpa pueden haber tenido, ni qué complejo es todo y qué rabiosamente difícil y complicado: para ellos la cultura es un espacio de merengue, que no tiene por qué sufrir los descalabros de la Historia. Han trazado una división entre buenos y malos, y ellos están entre los buenos, y por eso se les debe todo.

Pero el tributo lo pagan con sus obras: la falta de radicalidad verdadera, la falta de agonía y de autocuestionamiento, es la que les da ese irresistible toque de mediocridad y blandura a (casi) todo lo que hacen. Entre ellos no todos son malos: los hay buenos, e incluso los hay que me gustan. Pero podrían ser mejores; porque se quedan, en última instancia, en maestros del rococó. Buena parte de lo que podrían ser se pierde en el rococó.

[Publicado en Jot Down]

30.6.12

El libro y la película

Lo primero que leí del Libro del desasosiego no fue en libro sino en periódico. Yo tenía diecisiete años y supuso una revelación. Fue en el suplemento literario de El País, que publicó una selección con motivo de la salida de la obra en España. Aquella edición de Seix Barral, con traducción de Ángel Crespo, sería pronto la mía. Hoy tengo otras dos en portugués, una comprada en Lisboa y otra en Río de Janeiro, y sé que Acantilado sacó una traducción nueva en español. La propia Seix Barral ha reeditado el libro con una portada diferente. Pero la que yo leo sigue siendo la de 1984, con Pessoa en su mesita, prototipo del escritor envidiable.

Aunque la revelación, como digo, fue en el periódico. Descubrí aquel día el nombre de Fernando Pessoa y descubrí que se podía escribir así. Yo no lo sabía. Para el adolescente es vital encontrarse con lo que se puede hacer; no me refiero a “lo que está permitido”, sino a “lo que es posible”. Aquello que es posible hacer pero nunca se había imaginado. Yo no sabía que se podía escribir con esa intimidad, con esa transparencia y con esas dudas. Yo no sabía que se podían expresar tan abiertamente las tribulaciones. Ni contar que no se es nadie, y que se está al margen, y que la vida pasa como un río ajeno. Que se podía ser tan original reduciéndose al máximo. Que era posible despojarse de toda retórica positiva. Que se podía escribir sobre el vacío de un modo tan suave y elegante, con tan poca tragedia.

Luego he encontrado a lectores que se sintieron abrumados con el Libro del desasosiego, y que lo rehúyen porque les deprime. A mí me salvó la vida. Para el adolescente es un alivio saber que no hace falta estar completo, ni conocer mundo. Que el mundo que uno ocupa –y constituye– es bastante. Que cuando la voluntad decae, aparece otro territorio que merece exploración: el de la falta de voluntad. Sin agonías. Baudelaire se había puesto histérico con el spleen, pero Pessoa lo habita. O mejor dicho: su semiheterónimo Bernardo Soares, a quien atribuye las páginas del Libro del desasosiego (en Pessoa sí hay histerismo, pero está en Álvaro de Campos). Bernardo Soares es ayudante de contable, que en portugués se dice ajudante de guarda-livros; por lo que el Livro do Desassossego sería aquel en el que lleva la contabilidad (fragmentaria) de sus pensamientos y sus sensaciones.

En una anotación de sus Diarios, cuenta Iñaki Uriarte que cuando leyó por primera vez el Libro del desasosiego llamó “entre las lágrimas y el entusiasmo” a El Correo para decir que “la publicación de ese libro era noticia de primera página”. Yo lo he estado hojeando ahora otra vez y encuentro que todo lo que dice sigue siendo actual. Probablemente no haya leído nunca nada tan actual en una página de periódico como los fragmentos, escritos medio siglo antes, que leí aquel día: como si el “no-ser” que se cuenta en ellos poseyera la fórmula para seguir no-siendo, sin oxidarse.

Había que escoger también una película y me he decantado por una lánguida y hermosa: La vida privada de Sherlock Holmes, de Billy Wilder. Se estrenó en 1970 y fue un fracaso. La película que hay es una sombra de la que soñó Wilder. Para Holmes quería a Peter O’Toole y para Watson a Peter Sellers, y se debió conformar con Robert Stephens y Colin Blakely. Tuvo además que eliminar una hora y veinte, por exigencia de la distribuidora. Según recoge Ed Sikov en su biografía de Billy Wilder, este había concebido la película “en cuatro partes, como una sinfonía: una para el drama, otra para la comedia, una para la farsa y la otra para el romance”; y solo pudo dejar dos. En el fondo Wilder tenía el propósito de autorretratarse, por medio de un “estudio serio” del detective misógino y exacerbadamente cerebral. Quiso hacer su película más propia, pero terminó renegando del resultado.

El caso es que, vista hoy, La vida privada de Sherlock Holmes es una maravilla. Todos los contratiempos han terminado reforzando el tono requerido, que era precisamente el del fracaso. El Holmes de Stephens no se puede comparar al de Jeremy Brett (que es inalcanzable), ni a los de Basil Rathbone o Peter Cushing. Pero es un Holmes perfecto para esta película: con algo menos de brillo y de carácter, autoirónico, vulnerable. Un Holmes en el que se ceba con especial encono el aburrimiento que hay entre caso y caso, en el que el recurso a la cocaína está más justificado y que está ya expuesto a caer en el amor. Como no podía ser menos en una película de Wilder, hay chistes magníficos y una trama estudiada (que se sostiene pese a los cortes); pero el enamoramiento de Holmes, el proceso de su relación con el personaje interpretado por Genevieve Page, es lo que deja poso. Conmueve por la compostura, por la distancia: es una pasión que va por dentro; la pasión del cerebro que se enamora, y entonces pierde.

El arte de Wilder alcanza su mayor finura en cómo convierte a los dos en un matrimonio de mentira que en lo profundo es de verdad. Para la misión en Escocia, Holmes propone que ambos se hagan pasar por unos “señores Ashdown”, y Watson por su valet de chambre. Y con esa ficción queda cifrada la situación auténtica. La pareja tendrá hasta su noche de bodas, en dos literas superpuestas que habrían hecho las delicias de Duchamp: su disposición recuerda a la del Gran Vidrio, solo que en este el elemento femenino está arriba y el masculino abajo. Al término de la película hay una última punzada. Tiempo después, Holmes recibe en Baker Street la noticia de que ella ha sido fusilada en Japón porque la han descubierto en sus tareas de espionaje. Se había hecho pasar por la señora Ashdown. Holmes le pide a Watson que le diga dónde ha escondido la droga. Watson, que ya ha leído de reojo la carta, se lo indica. Holmes la coge y se encierra en su habitación. Pocos finales hay tan melancólicos (¡y bellos!) en la historia del cine.

Esta decisión azarosa de juntar el Libro del desasosiego con La vida privada de Sherlock Holmes me impulsa a jugar con puentes. Bernardo Soares sería el Holmes que se aburre entre caso y caso, pero establecido en ese aburrimiento: sin memoria de casos pasados ni esperanzas de casos futuros. Y también menos torturado, porque en ese impasse que es su vida entera encuentra un motivo de distracción (después de todo, un caso): la del examen del cadáver que es él mismo, deambulando por Lisboa. Por su parte, Holmes, incurriendo en uno de esos anacronismos que tanto divertían a Borges, podría reconocerse en Soares: “La Decadencia es la pérdida total de la inconsciencia; porque la inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiese pensar, se pararía”.

[Publicado en Jot Down]

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