22.11.12

La bandera cleptómana

El patriotismo ya no es el último refugio de los canallas: ahora es el primero. De él nacen, a él se remiten. No es que delincan y luego se refugien en el patriotismo; es que parten del patriotismo para delinquir. Y casi no podía ser de otra forma, puesto que practican el patriotismo de forma delictiva. El patriotismo (o mejor, el nacionalismo) es su “modelo de negocio”.

He buscado la frase original de Samuel Johnson: “The patriotism is the last refuge of a scoundrel”. Esta última palabra puede traducirse por canalla, pero también por sinvergüenza, por bribón o por patán. En su traducción de la Vida de Samuel Johnson (ed. Acantilado), Martínez-Lage se decanta por sinvergüenza. Pero aún es mejor el comentario de Boswell al apotegma de su maestro: “Ahora bien, conviene reparar en que no quiso referirse a un amor generoso y real por nuestro país, sino al fingido patriotismo del que tantos, en todas las épocas y países, han hecho capote que encubre su propio interés”. La conversación tuvo lugar en 1775, pero el lector le habrá puesto una cara española (¡catalana!) de 2012.

La acusación concreta de estos días contra Artur Mas es algo sobre lo que deberá pronunciarse la justicia; y si se tratase de un infundio, el culpable deberá ser castigado, por supuesto. Pero más que el delito penal, quiero señalar el delito político. Ese automatismo –de Mas ahora y de Pujol en su día– de envolverse en la bandera para “encubrir su propio interés”; el recurso inmediato de la patria como autoexculpación. Porque en ese abuso se cifra el gran mal de nuestros nacionalismos: la consideración de la patria como una entidad abstracta superior, como un ente puro que no puede ser enjuiciado y que le garantiza la impunidad al que se pegue a él o hable en su nombre.

De algún modo, esa bandera en que se envuelven los nacionalistas es una bandera cleptómana: lo que le piden es que hurte el debate racional y la acción de la justicia. Es una bandera concebida para desplumarnos a todos.

[Publicado en Zoom News]

20.11.12

Ni puede prometer ni promete

La noticia de que hoy se cumple el primer aniversario del triunfo electoral del PP ha caído como un mazazo: pensábamos que eran muchos más. Este año se nos ha hecho interminable, y lo que es peor: nos ha ido hundiendo en la amargura. Yo creo que en la última fase del zapaterismo, hasta los zapateristas pensaban que con Rajoy la cosa iba a mejorar. No hemos tenido esa suerte. Por el contrario, nos ha caído encima la desgracia de perder lo único que teníamos: la ilusión de que había alternativa. La crisis ahora nos la estamos comiendo a pelo. Y no nos la comemos con patatas porque no hay patatas.

En su día critiqué la decisión de Zapatero de escoger el 20 de noviembre como fecha electoral. Me parecía una jugada sucia: la culminación de su política de echarle al PP las culpas del franquismo (como si el franquismo no fuera a estas alturas transversal, con mucho antepasado del PSOE en él). Hoy recurro a esa fecha, porque el columnista echa mano de lo que tiene y siempre tiene una fecha. Tras el 20-N de 1975, mejoró el país: murió el dictador, se quitó de en medio el cadáver y llegó un presidente que decía “puedo prometer y prometo”. Tras el 20-N de 2011, en cambio, se mantuvo el cadáver encima de la mesa, pudriéndose cada vez más, y llegó un presidente que ni puede prometer ni promete.

El famoso latiguillo de Suárez, o más bien la ausencia de uno equivalente en Rajoy, resume más de lo que parece la situación. Tenemos un Gobierno simultáneamente huidizo y cafre. Huidizo a la hora de liderar, de dar explicaciones, de ofrecer una orientación; y cafre a la hora de pegar los tajos. El resultado es que, en vez de estar todos colaborando para ver si salimos de esta, cada cual está corriendo despavorido por donde puede. A la hora de sacrificarse, que es lo que ciertamente toca, no hay nada menos motivador que la arbitrariedad, la dispersión y la falta de razones.

En los anteriores presidentes podía apreciarse cómo la llegada al puesto les investía de poder. El caso más llamativo fue Aznar, que solo estuvo investido del mismo durante su estricto periodo presidencial, ni antes ni después. Con Rajoy no ha sucedido así. La broma de Zapatero ha resultado macabra: desde hace un año nos gobierna un cadáver.

[Publicado en Zoom News]

19.11.12

El nacimiento de una pasión

Le han dado a Fernando Savater el premio Octavio Paz, y esta conjunción que aparece en la prensa se dio también en mi vida. Es curioso cómo suceden las cosas. A Savater llegué solo, con quince o dieciséis años. A Paz llegué por Savater, con veinte. Paz no resultaba atractivo para un joven nietzscheano como yo. Su imagen era la del escritor oficial hispanoamericano, enchaquetado y con una retórica que no desentonaba en el programa de televisión 300 millones. Eso bastaba para hacérmelo invisible, y mudo. Solo recuerdo haberle prestado atención una vez, en una entrevista radiofónica en que distinguía entre el amor y la amistad: la manera nada moralista en que hablaba del amor me sorprendió. Otra sorpresa fue que Martínez Sarrión lo citara en el prólogo a su traducción de Las flores del mal, de Baudelaire. Fueron atisbos favorables, pero no suficientes.

El clic, como digo, se produjo por Savater. Es una tontería, pero la cuento porque con tonterías así comienzan las grandes pasiones. Tuvo lugar con sol, una mañana de lectura feliz en un césped de la Complutense. Yo aún no era brasileñista, pero mi recuerdo cromático se corresponde con la bandera de Brasil: el amarillo del sol, el verde del césped y los árboles, el azul claro del cielo de marzo. (Faltaban el orden y el progreso, pero en Brasil también). El libro que me proporcionaba felicidad es uno de los menos conocidos de Savater, pero que para mí está, desde aquella mañana, entre los mejores: Sobre vivir. Se publicó en 1983, en Ariel, y recogía artículos de la época de la Transición, creo recordar –no lo tengo a mano– que desde 1978 hasta 1981. Este último fue el año en que yo había empezado a leer periódicos, por lo que todo lo anterior constituía una masa oscura. Penetrar en ella resultaba excitante, aunque las emociones que suscitaba eran múltiples y entre ellas estaba la melancolía. Aquel formato del “libro de artículos”, que descubrí entonces, se veía afectado por la colisión entre la rapidez que latía en los textos y el reposo a que invitaba el libro. Era un juego con el tiempo. Suponía una primera sedimentación de lo aún reciente.

En uno de los artículos, Savater explicaba las razones por las que había asistido a una recepción del Rey. Se las explicaba a otro republicano que le había afeado la conducta. Con estas pedagogías se hizo la Transición, y recuerdo que en 1987 emocionaba todavía el esfuerzo. Una de las razones era, por cierto, la inconveniencia de dejar al Rey exclusivamente en manos de los monárquicos. Se me ocurre a propósito que con la República deberíamos hacer igual: no dejarla exclusivamente en manos de los “republicanos”; refiriéndome con ello (de ahí las comillas) a quienes hoy vociferan a su favor, que constituyen para mí el único argumento real contra la República. Si no fuera por ellos (es decir, por quienes la conciben como un régimen sectario y no como un marco institucional en el que quepan todos), yo la querría ya.

Octavio Paz aparecía mencionado al principio de aquel artículo. Antes de ponerse a desgranar las razones políticas, Savater confesaba una razón personal: la de que, si no hubiera ido a aquella recepción, no habría podido ver a su amigo Paz en su paso por España. Esa sencilla referencia la tomé como un aval hacia el autor mexicano: es frívolo, pero así funciono. Al final de aquella misma mañana saqué dos libros suyos de la biblioteca de Letras: la antología de la editorial Júcar y el volumen de entrevistas Pasión crítica, en Seix Barral. El incendio fue inmediato. Leí después Vuelta, y a continuación el tomo de los Poemas (1935-1975); y en prosa Los hijos del limo, El arco y la lira, La búsqueda del comienzo (sobre el surrealismo), Conjunciones y disyunciones, Las peras del olmo, Corriente alterna o Cuadrivio. En este se incluía el valiente ensayo sobre Luis Cernuda, "La palabra edificante", que rimaba con su poema “Luis Cernuda”, cuyo final es un buen resumen de lo que me estimulaba: “Con letra clara el poeta escribe / sus verdades obscuras / Sus palabras / no son un monumento público / ni la Guía del camino recto / Nacieron del silencio / se abren sobre tallos de silencio / las contemplamos en silencio / Verdad y error / una sola verdad / Realidad y deseo / una sola substancia / resuelta en manantial de transparencias”.

Pasé meses en estado de imantación, con una receptividad como pocas veces he tenido. Me deslumbraba la simultaneidad, o la veloz alternancia, de las grandes ideas y las observaciones concretas; la combinación de la crítica acerada y la afirmación sensual: un pensar que no solo no descuidaba los sentidos, sino que combatía en su favor. La luminosidad en todas las direcciones: sobre el oscurantismo (religioso e ideológico), para desmoronarlo; y sobre el cuerpo, para despejarlo. Un No que liberaba espacio para el Sí: justo lo que un joven nietzscheano necesitaba. La heterodoxia de ambas vertientes en nuestro ámbito hispánico, no hacía sino acrecentar mi pasión.

Ahora, al leer la noticia del premio Octavio Paz a Savater, me permito el juego egótico de contemplar la carta que el primero le envió al segundo y que inició la amistad entre ambos, amistad que sería mencionada (recepción del Rey mediante) en aquel artículo de Sobre vivir, como la siembra involuntaria de un futuro lector apasionado. O el momento en que un autor, con unas pocas líneas, termina conquistando a un lector para todas sus líneas.

[Publicado en Jot Down]

* * *
(28.12.12) Otra pasión (con Savater): la del hipódromo.

16.11.12

La velocidad adecuada

Retroprogreso es lo que me ha pasado a mí con el tren: desde que llegó el Ave a Málaga, he tenido que volver al autobús. Yo era feliz con el tren anterior, el Talgo 200. El viaje a Madrid duraba poco más de cuatro horas y daba para todo: para leer, para ver la película, para tomarse un café en el bar, para divagar con los paisajes. Todo en la medida justa: incluso el precio, perfecto en relación con el servicio. El Ave redujo a la mitad el tiempo, pero disparó la tarifa (parece que esta fue la primera en montarse en la nueva máquina). La consecuencia es que, con la alta velocidad, mis viajes son más lentos y penosos: duran dos horas más, en un asiento más incómodo, con traqueteo y curvas y sin la posibilidad de leer, porque me mareo.

Pero tampoco el Ave, que he probado un par de veces, es lo mismo: demasiado rápido, demasiado hortera. Lo ideal era el Talgo 200. Cuatro horas es una duración que no satura. Pero, al mismo tiempo, le dejaba aire al tránsito mental. Había sensación de viaje. Incluso brotaba alguna que otra ráfaga de aburrimiento. Daba tiempo para aburrirse y, por lo tanto, para pensar; para las sedimentaciones. Uno llegaba a la otra ciudad como quien llega a otro sitio.

Era como una odisea en píldora. Una píldora con la dosis exacta. Al final te cansabas un poquito, pero ya estabas llegando. Durante unos años viví entre las dos ciudades y el Talgo 200 me otorgaba la transición justa. El efecto es que mis dos vidas alcanzaron a ser distintas, complementarias. Ahora en mi recuerdo es como si hubiera vivido el doble. O el triple: porque mi vida en el Talgo 200 tiene sus perfiles propios. Una vida de lectura y de música, con el paisaje pasando. Una habitación con vistas que se mueven.

Aunque también aparecían los monstruos en aquel viaje. Eran los tipos, con pintas de tratantes de ganado, que iban haciendo sus negocios por el móvil. Si te tocaba uno cerca, se acabaron los placeres. Pertenecían a la estirpe que ha dominado el país en los últimos lustros: ese conglomerado de constructores y políticos que ha sido el que ha liquidado los eficientes Talgos 200 para imponer los pretenciosos Aves; es decir, el que nos ha devuelto a muchos al autobús. Mirado con perspectiva, tenía algo de invasión bárbara: allí estaban, dentro del civilizado recinto, pero horadándolo. Mientras el tren proseguía su apacible marcha, ellos ya habían empezado a sacarnos de él.

[Publicado en Jot Down, especial en papel 1]

15.11.12

Huelga a la carta

Mi primera huelga general, la de 1988, me pilló con veintidós años (¡edad gloriosa!) y yo no sabía muy bien en qué se iba a traducir aquello. Se le daba mucho bombo, pero, como a lo largo de la Transición se le había dado mucho bombo a tantas cosas, no lograba discernir en qué iba a cifrarse su especificidad. Lo supe al segundo: cuando a las cero horas de aquel 14-D la emisión de TVE se cortó. Al que no lo haya vivido, le resultará difícil imaginar qué significaba aquello. La tele lo era todo. Atravesar un día sin tele era como atravesar el desierto del Gobi sin cantimplora. Nada más nacer, pues, aquella huelga había triunfado.

Hoy el equivalente sería que se cortara internet: solo entonces el resultado resultaría rotundo. Ni siquiera el corte de la tele (de las teles ya) implicaría gran cosa. Internet es el medio que hace transitable la realidad, el que le da persistencia. En este instante parece que hay una huelga ahí fuera; suenan a ratos, por ejemplo, sirenas y helicópteros. Pero aquí en la pantalla, mientras escribo, se mantiene el flujo. Aquí la huelga no ha penetrado. Al contrario: todo el mundo trabaja. Los que apoyan la huelga también.

Yo aún no he salido a la calle y no sé lo que está pasando. Pregunto por mails que envío a Madrid, Sevilla, Córdoba y Málaga. Una amiga me dice que trabaja, que de ocho que son en la oficina han hecho huelga tres. Otra pasó la madrugada con los piquetes y ha salido con el brazo morado. Otra, que es profesora, se ha quedado en casa. Una pareja ha ido a trabajar y otra no. Miro la prensa digital. En el diario de Escolar la huelga es un éxito. En el de Losantos, un fracaso estrepitoso. Titulares respectivos en este instante (15.05h): “Los sindicatos cifran en el 80% el seguimiento del 14N”; “Toxo y Méndez cosechan el mayor fracaso en la historia de las huelgas”. La realidad es tan ancha, que cada cual encuentra en ella lo que busca.

Los periodistas de los distintos medios están de servicios máximos, porque se lo tienen que currar: han de cocinar para sus menús el tipo de huelga –fracasada o exitosa– que demandan sus comensales. El 15-N cada lector desayunará su particular huelga a la carta. Y al que se le ocurra picotear en varias, acabará con el estómago revuelto.

[Publicado en Zoom News]

13.11.12

No les cabe la menor duda

Hay razones para hacer huelga. Pero caben dudas al respecto, la principal de las cuales es si resulta conveniente hacerla. El ciudadano con el que me identificaré mañana será el ciudadano atribulado. El que, haga lo que haga, no sepa muy bien si está en lo cierto y pase un día melancólico. Con este ciudadano, obviamente, no se va a ningún sitio.
A otros, en cambio, les pasa como al del chiste: son tan pequeños (de pensamiento al menos), que no les cabe la menor duda. Viven en un mundo de buenos y malos. O mejor dicho: en un mundo en el que ellos son los buenos y los otros los malos. Es un mundo de apariencia doliente, pero reconfortante en lo íntimo. Estar siempre entre los buenos da mucha paz. Así los protagonistas del vídeo pomposamente titulado “La Cultura con el 14-N”.



Los veo desfilar y se me ocurren reproches para la mayoría, y no solo estéticos. Hablan de la Derecha y de lo que está “intentando arrebatarnos”, de que le “quita a los pobres para dárselo a los ricos”, de que lo que quiere es (¿y no va a querer, si es el Mal?), “reprimirnos, represaliarnos y engañarnos”. Domina la autocomplacencia acrítica. Uno que ha contribuido a nuestro empobrecimiento se queja de nuestro empobrecimiento. Otro que no ha secundado estos días la huelga de su propia empresa llama ahora a la general; como llama otro que ha despilfarrado el dinero público que tuvo a su cargo. Otro de indisimuladas simpatías por la dictadura cubana (de estos hay varios, y varias) habla de “golpe de estado del capitalismo”. En fin. Algún día, el que desee animar a una huelga general en España deberá empezar por esconder a esta gente... porque, tras ver el vídeo, de lo que entran ganas es de ponerse el 14-N a trabajar en un escaparate, para que todo el mundo lo sepa.

Pero no hay descanso. En la no huelga tampoco. El ciudadano que ha decidido apartarse de los anteriores, se reencuentra de pronto con las razones para hacerla, muy elocuentemente especificadas por (¡sorpresa!) la vicepresidenta del Gobierno:



Y en este ping-pong nos consumimos. Dudando como el asno de Buridán, mientras el suelo se hunde y menguan los montoncitos de paja.

[Publicado en Zoom News]

12.11.12

Especial series

Ya ha salido el segundo número de Jot Down en papel: un especial dedicado a las series de televisión. La consigna era escribir sobre las que quisiéramos, pero con un enfoque particular. El resultado son 320 páginas con una pinta excelente. Yo he escrito una reflexión general sobre las grandes series que vi entre los diez y los dieciocho años, titulada "En paralelo a la vida". La revista puede comprarse online o en esta selección de librerías.

10.11.12

Un atardecer en Ibiza

La primavera de 2004 la pasé en Ibiza, no por fiesta sino por trabajo; aunque también hubo su fiesta. Pasaron muchas cosas, y en realidad no pasó ninguna (o solo una, esencial). Algún día escribiré sobre aquellos meses, que ya se van quedando lejos. Ayer volvió una tarde. Cuatro amigos, Guardado, Téllez, Bassave y yo, tomamos un jeep y fuimos a ver la puesta de sol frente al islote de Es Vedrá, a veinte kilómetros desde el hotel. Mi recuerdo es de charla y risas, del aire en la cara, del cielo encima, limpio, mientras nos desplazábamos. Había una carreterita para bajar a la playa, que era adonde pensábamos ir, pero decidimos quedarnos arriba, en una explanada de tierra y matojos que terminaba en un acantilado. Aún quedaba un rato para que el sol se pusiera, y seguimos charlando y riendo. Pero, cuando llegó el momento, me quise retirar. Encendí un purito y me fui cerca del borde. Asistí al atardecer yo solo, con mi emoción privada. Recuerdo, sí, melancolía; una suspensión triste. Aunque en cuanto el sol se puso, me volví hacia mis amigos y aplaudimos todos, histriónicamente. Desde nuestra llegada a Ibiza habíamos hecho muchas bromas sobre los aplausos que le prodigaban al atardecer los pijipis del Café del Mar, en San Antonio. Y nos pusimos a imitarlos. Cursis con guasa, y también con felicidad.

Que existía esa foto lo supe más tarde. Me la hizo Guardado sin que yo me diera cuenta. Es la única foto mía que hay de Ibiza. Solo la había visto una vez, en 2007. Y anoche Guardado me la envió.

8.11.12

Divorcio popular

Según lo previsto, el Tribunal Constitucional se acopló sin contratiempos a los titulares que anunciaban su sí al matrimonio gay. Siguieron unas cuantas celebraciones arcoíris, unas cuantas protestas monocromáticas... y se acabó. Pocas horas después ya nadie se acordaba del tema, ni se va a acordar más. Era un problema falso. Pero es desde aquí, desde esta sensación anodina que queda ahora, desde donde quiero hacer una reflexión, antes de que se termine de olvidar del todo. Porque es un buen ejemplo del tipo de cosas que nos han conducido a la situación actual.

Produce melancolía recordar la cantidad de tiempo y de esfuerzo que se derrochó con este asunto. En un principio, se le pudo achacar a Zapatero su imposición del término “matrimonio”, cuando el PP de Rajoy estaba dispuesto a aceptar casi todo de la ley salvo el uso de esa palabra. Yo entonces pensaba que no merecía la pena la confrontación por ella, y que lo que estaba haciendo Zapatero era tenderle una trampa al PP para que sacara a relucir sus elementos más reaccionarios. Lo que pasó fue que el PP picó y, en efecto, sacó a relucir sus elementos más reaccionarios. Fue una irresponsabilidad. Para entonces ya se sabía que Zapatero era un presidente sin luces. El PP debió haber puesto entre paréntesis sus atavismos ultracatólicos en aras de una mayoría electoral que incluyese a progresistas conscientes de la situación. Hizo todo lo contrario: echar a patadas a quienes hubieran estado dispuestos a prestarles el voto.

La nefasta segunda legislatura de Zapatero, cuyas consecuencias seguimos pagando, fue debida en buena parte a la patética ineficacia del PP. No ha habido elecciones en España más fáciles de ganar que las generales de marzo de 2008; pero los populares se empeñaron en perderlas y las perdieron. (Las de 2011 las ganaron porque no eran ni siquiera fáciles: venían regaladas.) Como he dicho alguna vez, el zapaterismo consistió no solo en el peor gobierno de nuestra historia reciente: sino también en la peor oposición. Fue una danza (macabra) a dos. Y que ahora sigue con uno solo.

La única apreciación nueva es que, visto lo visto, no es seguro que el PP hubiese arreglado algo de haber ganado las elecciones de 2008. Quizá su empecinamiento en cuestiones menores como la del matrimonio gay (que condujo a su divorcio del electorado) fue una estratagema inconsciente para no verse en el brete de ganar y no saber qué hacer. Como le está pasando ahora.

[Publicado en Zoom News]

6.11.12

Matrimonios gais

El Tribunal Constitucional es ya como el Premio Planeta: sus resultados los anuncia la prensa antes de que se produzcan. Escribo esto el lunes, pero la prensa ya dice que el martes el Tribunal dirá que acepta el término “matrimonio” para las uniones entre personas del mismo sexo. Esta vez el adelanto no se debe a una filtración, ya que la votación aún no se ha producido. Lo que se producido ha sido el recuento por anticipado de los votos. Para esto no se requiere razonamiento jurídico alguno, sino simplemente conocer la adscripción ideológica de los magistrados. Los futurólogos de nuestra justicia necesitan saber de política, no de derecho.

Aparte de esta cuestión melancólica, el sí del Tribunal será (es) una noticia alegre. Ha habido veinte mil bodas homosexuales desde julio de 2005, y por lo tanto se han pronunciado cuarenta mil “sí, quiero”. Todos esos síes, sin embargo, dependían de este Sí mayor. Su escenificación daría para una superproducción de Bollywood. La cifra también nos indica lo catastrófico que hubiera sido un no. La ley ha mejorado la vida (lo que pueda “mejorar la vida” dentro del matrimonio) de cuarenta mil personas, sin haber perjudicado la de los demás. Y ha incrementado, objetivamente, el número de familias. Quizá sea esta bondad tan limpia la que irrite a nuestros católicos recalcitrantes.

Una de las batallas ganadas en la calle ha sido justamente la del término: la expresión “matrimonio gay” se dice con naturalidad, funciona. Y en estos asuntos del lenguaje el pueblo es el que manda. La que ha venido a estropearlo todo ha sido la Academia, que recomienda que en plural se escriba “gais”. Siguiéndola, El País pone en su página futuróloga del lunes unas horrendas “bodas gais” y “uniones gais”. ¡Menudo bajón! Quitar la y griega es aguar la fiesta, como cuando se escribe “dandi”, que es como un dandy vestido de diario. Deberíamos elevar otro recurso al Tribunal Constitucional para que se acepten los “matrimonios gays”.

[Publicado en Zoom News]

4.11.12

El gato de Horacio

Bajando por los bulevares de Madrid, hacia Princesa, una de mis tardes ofuscadas de 2004 ó 2005, vi a una vieja en un balcón. Caminaba de un lado a otro por el corto espacio, con las manos a la espalda, como un pensador en batín. Entonces me di cuenta de que era un pensador en batín: García Calvo. Andaba con sus elucubraciones entre el cielo gris y el tráfico, un poco como en la canasta en que Aristófanes pintaba a Sócrates. Fue la última vez que lo vi en vivo.

En aquellos años solía cruzarme con él por Argüelles. A veces llevaba una bolsa del Corte Inglés en la mano, no del asa sino agarrada, que a mí me dio por fantasear que estaba llena de billetes. Nunca hablé con él, y él nunca supo de mí, pero fui discípulo suyo intermitente e irónico (un mal discípulo). La primera vez que oí su nombre fue en el bachillerato. Sí, antes de la Logse podía pasar que se hablase de García Calvo en una clase. Luego le tomé simpatía por las menciones de Fernando Savater (en cuyo discurso hacía pareja con Cioran). Hasta que me planté en Madrid como estudiante, a mediados de los ochenta, y un día aparecieron por la ciudad universitaria unos pasquines con esta misteriosa formulación: “Que nada está escrito. Encuentro con Agustín García Calvo”. Seguían los datos del sitio (un aula de la Complutense, en Letras) y la hora. Allí me presenté. Recuerdo la mañana como una sesión de peluquería mental, de la que salí rapado de las pesantes melenas de la Historia y el Destino. Aquello de que “nada está escrito” me produjo el mismo efecto liberador que la famosa frase de Spinoza que yo conocí por la Invitación a la ética de Savater: “Nadie sabe lo que puede un cuerpo”.

En el último tramo de aquella década me encontraba de regreso en Málaga, pero fue desde aquí desde donde asistí asiduamente a sus charlas madrileñas: en la hora semanal que tuvo durante meses en Radio 3, junto a Xavier Bermúdez. Recuerdo, por ejemplo, el programa de un 6 de diciembre, en que comenzaba proclamando: “¡No a la Constitución!”. Hacía una pausa, que creaba una inquietud paragolpista, hasta que añadía: “¡A la Constitución del Ser!”. Eran refutaciones ontológicas para abrir espacio. Ataques políticos a la metafísica. Allí iba soltando sus ítems, como granadas de mano: la voz que viene de abajo, los medios de formación de masas, el ferrocarril, el Tiempo, el Dinero, el Estado-Capital, el individuo como una reproducción a pequeña escala del Estado-Capital, el pueblo, la gente, las asambleas... Había muchos nacionalistas de izquierdas (ese oxímoron) que llamaban clamando comprensión; García Calvo los despachaba tachando a sus Catalunyas y sus Euskadis de “Españitas”. Predicaba la astucia (estratégica) de no empecinarse en las palabras: cuando el Enemigo las tomaba, dejárselas y huir a un espacio innominado. El Enemigo se quedaba así con las cáscaras del “amor” o la “libertad”, como ciudadelas sin habitantes... mientras estos estaban ya en otro sitio, hasta la siguiente huida.

De todas formas, yo asociaba la negación de García Calvo con las grandes afirmaciones del surrealismo. En el Sermón de ser y no ser, que es el texto suyo que prefiero (junto con Razón común, su traducción de Heraclito, para él sin tilde) escribe: “¿Quién la inventó la blanca / palabra que las borra todas las palabras?; / ¿qué ángel, qué lucero claro de la mañana / a decir nos enseñaba ‘No’?”. Pero Lucifer, en el Arcano 17 de André Breton, estaba formado por tres luces: las del Amor, la Libertad y la Poesía. Más que abandonar las grandes palabras, mi instinto me alentaba a quedarme en ellas; aunque combinando la exaltación con la ironía.

Me gustaba el discurso de García Calvo, pero en el fondo detectaba en él un anhelo puritano y grave; no dejaba de ser un cepo retórico, con sus engranajes muy bien ensartados y, en último extremo, carente de humor. En noviembre de 1987 ocurrió un episodio en la Semana de Autor del entonces ICI, dedicada a Alfredo Bryce Echenique, que muestra esta falta de humor. Una sesión estaba dedicada a mayo del 68, muy presente en La vida exagerada de Martín Romaña. García Calvo se presentó no para hablar, por supuesto, de autor alguno ni de novela alguna, ni siquiera del acontecimiento histórico etiquetado como “mayo del 68”, sino de lo que alentaba por debajo, sin nombre, y todavía alienta, etc., etc. Bryce Echenique respondió con anécdotas frívolas y una revelación: uno de los personajes de La vida exagerada de Martín Romaña está inspirado en García Calvo. Quienes hayan leído la novela lo reconocerán: se trata del líder de los muchachitos del hotel sin baños, el caricaturesco Mocasines. A García Calvo no le hizo ninguna gracia y la jornada prosiguió ya torcida. (He hablado de memoria y puede que haya alterado algún detalle; al que esté interesado en el episodio, le remito a la transcripción.)

Al cabo, siempre fui más de Savater que de García Calvo. Y me ha parecido más valiente la evolución de Savater que esa suerte de presente perpetuo, sin evolución, de su maestro. A este le faltó atravesar, para mi gusto, “la línea de sombra”: esa frontera conradiana que separa la juventud de la madurez (y que también supo atravesar espléndidamente, por cierto, mi otro filósofo español admirado: Eugenio Trías). Reconozco el heroísmo (casi diría la santidad) que hay en su persistencia, y reconozco que de ese modo su figura constituye un núcleo de potencia en que lo que dijo queda reforzado al máximo; pero a la vez me produce un cierto bochorno, como cuando aparece en televisión la “abuela rockera”. Hay algo que me desazona en el juvenilismo; sin por ello dejar de encontrarle mérito a la actitud.

Para los savaterianos hay un momento emocionantísimo, a la vez melancólico y feliz, que es el de la ruptura. Tuvo ocasión en 1989, y resulta simbólico que fuese a propósito de Sócrates. El origen estuvo en la reseña que hizo Savater del libro de I. F. Stone El juicio de Sócrates (“La absolución de Atenas”, parte 1 y parte 2). García Calvo respondió con un “¡Viva Sócrates!”, en que, junto a la crítica del libro, se metía con su exdiscípulo con esta frase burlona: “[...] y hasta Savater, que en años lejanos anduvo leyendo conmigo restos de presocráticos (y sócrates no es otra cosa que el último de los presocráticos), estimando contundentes los argumentos del señor Stone y declarando la delicia de iconoclastia que con este libro le ha cosquilleado”. Savater respondió con el memorable “¿Sócrates o Don Cicuta?”, que fue el momento exacto en que él sí cruzó la línea de sombra. El asunto era exactamente el del ingreso en la madurez. García Calvo había escrito también: “¿Qué puede pensar uno de estos hombres? Lo más piadoso que se le ocurre pensar a uno es que están viejos o se están haciendo viejos, o adultos, por lo menos”. El plural incluye a Gabriel Jackson, que contestó por su parte. En su respuesta, Savater (“hoy viejo, canoso y asentado”), le recuerda que le dice a Sócrates el joven Clitofonte: “Pero yo no vacilo en afirmar, Sócrates, que tú eres excelente para quien no ha sido aún exhortado, mas para el que ya lo ha sido casi eres un obstáculo que le impide alcanzar la meta de la virtud y llegar a ser de este modo feliz”. La crueldad de llamar luego Don Cicuta a su maestro casi era necesaria para matar al padre, para romper de verdad; además de que se trataba de una broma socrática irresistible (y quizá un guiño zumbón de Savater a otro maestro, degustador de juegos de palabras: Cabrera Infante).

También yo me alejé de García Calvo. Aunque en los últimos tiempos estaba volviendo a tenerle en cuenta, debido a mi amistad online con Al59, discípulo suyo en activo (casi podríamos decir discípulo practicante), de los que iban los miércoles al Ateneo. Por él, su muerte ha sido también más cercana. Yo quisiera terminar mi desordenada evocación con mi recuerdo más cálido del maestro. Tuvo lugar en Málaga, en una sesión del Congreso de Jóvenes Filósofos (de nuevo la juventud: y él era en verdad el único joven) que se celebró aquí a principios de los noventa. El tema de aquel año fue precisamente la muerte. De la intervención de García Calvo no recuerdo nada, salvo que habló de un gato y recitó un poema de Horacio, traducido por él mismo. Con el tiempo ya no sé si el gato estaba en el poema o simplemente se refirió a él en su charla. Solo sé que era por la mañana, que entraba aire suave con luz por el ventanal, que los versos de Horacio, en el canturreo de García Calvo, nos trajeron dicha, y que el gato, dentro o fuera del poema, estaba en paz, tranquilo, olvidado de sí al sol, sin Dios ni amo, libre del Tiempo.

[Publicado en Jot Down]

2.11.12

Academia de la absenta

La escritura, en realidad, tiene un único secreto (que es el mismo que el de la lectura): transportarse.