6.12.12

Un respeto a la dama

Hoy me voy a poner sentimental y voy a dedicarle unos cariñitos a la Constitución. Al fin y al cabo, es nuestra gran mujer maltratada, a la que todo el mundo se siente con el derecho de golpear y de decirle lo mala que es. Yo soy un esteta como el que más y a mí tampoco me gusta, por supuesto. Tiene ya treinta y cuatro años, pero aparenta el doble. Nos hemos cansado de tenerla, nos aburre, solo le vemos fallos. Y sobre todo, como nuevos ricos de una pureza que nos arrogamos de repente, nos sentimos avergonzados de que naciera del apaño y no del heroísmo. Sin reconocer que ha sido justamente esto lo que ha posibilitado algo inédito en España: varios lustros razonables.

Aquí las que nos gustan son las mujeres guerreras e inútiles, como esa Pepa que sí celebramos sin tapujos, y que nos sirvió para soñar, pero no para vivir. El roce con la realidad es lo que nos desagrada; la negociación con lo que hay. En su Historia mínima de España (ed. Turner), Juan Pablo Fusi nos recuerda la complejidad de los problemas nacionales que no logramos resolver en varios siglos. La imperfección de la Constitución, su cualidad de apaño e incluso de chapuza, no es un capricho, sino un reflejo de esa complejidad. Es una Constitución sanchopancesca más que quijotesca. Pero habría que respetar un dato: el hecho históricamente contrastado de que, tras mucho darnos de cabezazos con lo segundo, solo nos ha funcionado lo primero. A los que en la actualidad reaparecen, pues, “cargados de razón”, deberían bajárseles los humos.

Por lo demás, hay algo que pasa inadvertido, entre tantas esplendideces: y es que, a lo largo de estos treinta y cuatro años, donde nos ha ido peor ha sido justo donde la Constitución se ha aplicado con tibieza, no se ha cumplido o se ha traicionado. Un respeto, pues, por esta dama: si ha envejecido más de la cuenta, es porque le hemos dado mala vida.

[Publicado en Zoom News]

4.12.12

Dueto de estadistas

Felipe González y Aznar compartieron en el pasado una ventaja, para la que se necesitaban mutuamente: y es la de que nunca pudieron sermonearnos los dos a la vez. Cuando uno estaba arriba, el otro estaba abajo, y viceversa; de manera que solo uno llevó en cada momento la voz cantante. Anteayer domingo, en cambio, se produjo esa inédita simultaneidad: un dueto con los dos arriba. El que lo definió bien fue Rubén Amón, en su justamente celebrado tuit: “Aznar es portada de El Mundo y Felipe González, de El País. Me han dado ganas de pagar los periódicos con pesetas”. De estos elementos, quizá el único que el españolito eche realmente de menos sea el monetario.

Los últimos tiempos han sido pródigos en elogios a González y a Aznar (al menos por parte de sus sectores), por comparación con quienes les sucedieron. La lección del domingo es que esos elogios dependen de que no se muestren demasiado. Como se les vaya la mano en la exhibición, vamos a terminar reconciliándonos con el presente. Es verdad: habida cuenta de lo que hay, tienen margen de sobra. Pero no nos olvidemos de una cosa: de lo que hay, tanto en sus respectivos partidos como en el país, les cabe a ellos su “cuota parte” (como diría González) de responsabilidad.

Una vez que ambos salieron del poder, nos hemos venido enterando de que fueron grandes estadistas. Cabe achacar a la mala suerte histórica de los españoles el no haberlo sabido cuando aún nos gobernaban. Bromas aparte, la verdad es que sí, cada uno en su estilo, daban la imagen de estadistas: se les veía pisar con presencia (en lo bueno y en lo malo) por el mundo, y de puertas para adentro parecían tener idea; algo que a estas alturas suena a milagro. Pero los efectos de un gran estadista supongo que son los que se ven a largo plazo, igual que los efectos de un buen educador. Si tenemos hoy el Estado hecho unos zorros, no será porque hayan pasado muchos “grandes estadistas” por él.

[Publicado en Zoom News]

29.11.12

Sin perdón



El vídeo en que militantes del PSOE piden perdón por los errores del zapaterismo incurre en el peor de los errores del zapaterismo: el recurso a lo sentimental. Viene a ser así, pues, una pescadilla que se muerde la cola. O el momento en que el zapaterismo (el espíritu del zapaterismo, ya sin Zapatero, pero con Chacón y Gómez en la sombra) consigue la autofelación.

A quienes deseamos que el PSOE se recupere, ese vídeo nos sume en el abatimiento, porque no supone un principio de regeneración, como pretenden sus autores, sino un paso más en la degeneración. Tiene gracia que incluyan, sin venir muy a cuento, una mención contra la Iglesia, para ganarse al público anticlerical. Yo soy anticlerical y lo que me repugna del vídeo es su profundo clericalismo de base: el tufo religioso que desprende, empezando por la palabra “perdón”. Estas exhibiciones, por lo demás, solo funcionan en el mundo protestante: allí van cargadas de densidad moral y culpa verdadera; el que pide perdón lo hace avergonzado. Aquí no son más que oropel barroco: una puesta en escena contrarreformista cuya única finalidad es vestir la apariencia.

La prueba es que a la petición de perdón de estos militantes no sigue la contrición, ni sigue el silencio. Ya que tanto se equivocaron, podrían autocuestionarse un poco y replegarse para reflexionar. Dudar de sí mismos, callarse preventivamente. Pero no. Desde el primer momento se colocan en la posición que piensan haber ganado (que se han fabricado para sí mismos) e intentan sacar ventaja de ella. Quieren rentabilizarla al instante. Se trataba, en realidad, de trazar una línea: y ponerse a salvo. No asumir la culpa, en realidad: sino salirse de ella. Para dejar solo al PP y atacarlo ya desde fuera. Como si toda la culpa fuese del PP. He aquí la verdadera función del vídeo: en contra de lo que proclaman, es una maniobra de autoexculpación.

Viene al pelo citar a Borges, quien en su poema “Cristo en la cruz” escribe, reformulando una idea de Oscar Wilde, que el perdón “puede anular el pasado”. El vídeo pretende eso: anular el pasado, eludir las responsabilidades. Lo que debe hacer el PSOE no es pedir perdón: sino asumir sus responsabilidades, y corregirse. Pero en el vídeo hay más de un atisbo de irresponsabilidad. En algunos momentos parece incluso que por lo que piden perdón no es por los errores de Zapatero, sino por su rectificación de última hora. Hablan del error de los recortes, y no del error de la política que condujo a ellos (¡la añoran en el propio vídeo!). Y piden perdón por no haber “reconocido la crisis a tiempo”. No por haber tachado de antipatriotas y de cenizos a todos los que la señalaban. Ni por seguirla negando en realidad: puesto que piensan que las medidas restrictivas son un acto de voluntad y no una consecuencia de la crisis.

El efecto, en fin, es ramplonamente publicitario. La impresión es que quieren colocarnos de nuevo la mercancía, y no se cortan al emplear técnicas de vendedores baratos, como ese irrespetuoso tuteo. En lugar de tanto pedir perdón, podrían empezar por tratar a los ciudadanos de usted.

[Publicado en Zoom News]

28.11.12

Sapiencia y carraspeos

No hay que entregarse a los premios de manera automática. Debe haber un segundo de cuestión acerca de si nos los tomamos o no en serio. Solo desde este suelo relativista es pertinente enfadarse o alegrarse. Hoy toca alegrarse, y con un absolutismo que desmiente lo anterior. Si hay una eminencia en nuestras Letras, con mayúscula, es el profesor Rodríguez Adrados. Y la prueba es que, si no llega a plantarse en los noventa años, no habría recibido el Premio Nacional. Recuerdo que en mis años universitarios tenía un compañero que era alumno de Adrados en la Complutense. Un día le pregunté por él y me respondió (con su seseo canario): "Transpira sapiensia".

Una manera de celebrar la noticia, y de impregnarse del maestro, es escuchar las conferencias suyas que hay en la web de la Fundación Juan March. Todas son espléndidas, pero al que solo quiera asomarse le recomiendo especialmente dos: la de Tucídides y la de Eurípides (esta es la que lleva por título "Del eros trágico al eros feliz"). De los tres ciclos, mi favorito es el de 2003, con un Adrados ya pleno en carraspeos; carraspeos que se suman al swing (un swing delicioso, de erudito) con que siempre había hablado. Al principio chocan un poco; pero pronto uno se acostumbra a ellos, y más aún: se enamora. De entre las toses emerge Grecia, como de entre los cascotes de sus ruinas.

27.11.12

Muertos civiles

Ahora que se ha desinflado el Moisés catalanista y han remitido las aguas que intentaba separar tan chapuceramente, quiero dedicarles un momento a los muertos de estos días: esos personajes ajenos a la política a los que no hemos tenido tiempo de prestarles atención, y que yacen en las playas hoy mansas de la actualidad. Según mi recuento: Miliki, José Luis Borau, Tony Leblanc, J.R., Juan Carlos Calderón, Pablo Pérez-Mínguez, y para el lector de mi tierra también Viberti, mítico futbolista del Málaga.

Eran muertos civiles, y de repente esta cualidad me parece de lo más saludable. En contraste con el lodazal de la campaña política por la que acabamos de pasar, protagonizada en su asfixiante mayoría por sujetos bajunos, estos personajes se han muerto dejando solo una estela de payasadas, números de circo, películas, actuaciones, maldades de guión, canciones, goles y fotografías. Formaron parte del entramado de la vida, de nuestras vidas; vivieron de su trabajo y se han ido sin molestar.

Una de las desgracias de estos últimos años, en España, es el peso que ha adquirido la política; no en tanto interés por los asuntos públicos, sino como elemento sectarizante y acaparador. Nos olvidamos de que la Transición también se hizo con frivolidad, con ligereza, con tolerancia. La gran contribución política de un Almodóvar, por ejemplo, pese a lo que él se crea, no son sus adocenados posicionamientos actuales, tan de cantautor, sino la gracia con que en su juventud abrió brechas para que respiráramos. Con aquel espíritu tiene que ver, precisamente, lo que más me ha llegado estos días. Unas palabras del fotógrafo Pérez-Mínguez, recordadas a su muerte, tan ingenuas y a la vez tan limpias: “Mi padre sacaba la máquina cuando había celebraciones. Eso hacía de aquellos momentos algo especial. Entonces, pensé, si siempre tengo una cámara, siempre será maravilloso. ¡Y fue verdad!”. Lo fue.

[Publicado en Zoom News]

26.11.12

Érase una vez España

La Historia mínima de España, de Juan Pablo Fusi, que acaba de publicar Turner, no habría podido llegar en mejor momento. La crisis y la descomposición institucional en que andamos han tenido un efecto curioso: el de hacernos regresar a nuestro propio país. Durante los años de la europeización y la prosperidad parecía que nos habíamos despegado de él. A España, en efecto, no la reconocía ni la madre que la parió. Teníamos la sensación de vivir en un presente exento, libres de las fatalidades del pasado. La historia nacional parecía una historia extranjera. Se trataba, naturalmente, de una ilusión. En cuanto el globo se ha pinchado, hemos caído en el sitio que teníamos bajo los pies. Ahora volvemos a reconocernos en nuestros antepasados: la historia de España vuelve a hablar de nosotros mismos.

En esta de Fusi el reconocimiento viene potenciado por la velocidad. En dos o tres tardes –son menos de trescientas páginas– uno puede viajar desde el Homo antecessor de Atapuerca hasta Mariano Rajoy (no es broma: el libro termina con la llegada de este al poder en 2011). La concentración hace que se perciba el hilo, que no se pierda. En los últimos tiempos he leído otras dos historias rápidas, la Historia de Roma y la Historia de los griegos, ambas de Indro Montanelli. Hay un placer específico asociado al género, y es el de contemplar digamos que biográficamente una civilización: su nacimiento, su desarrollo y su muerte. Como si fuese un individuo compuesto de multitudes y milenios. El resultado es melancólico, pero en esa melancolía hay un germen de liberación, porque lo que suele imperar con semejante perspectiva no es la necesidad sino la contingencia. Son síntesis hechas no tanto del despliegue de una idea, como de la acumulación de vicisitudes. Estas, cierto, terminan conformando una suerte de personalidad (prefiero no usar la opresiva palabra identidad); aunque tan azarosa y sujeta al cambio, que hasta termina por desaparecer.

La diferencia de España, con respecto a las antiguas Grecia y Roma, es que por el momento no ha desaparecido. Su historia, por tanto, sigue en curso; y los que la leemos estamos todavía inmersos en ella, recibiéndola, padeciéndola y haciéndola. Si mantenemos la metáfora biográfica, es como si contempláramos, desde la edad presente, nuestras edades anteriores. La historia nos ofrece, pues, comprensión de nosotros mismos, y quizá posibilidad de rectificación; mas también cansancio acumulado, el peso de los acontecimientos. A propósito de las historias citadas de Montanelli, debo señalar que la Historia mínima de España se distingue porque Fusi es historiador, mientras que aquel es fundamentalmente periodista. Fusi no se regodea en las anécdotas, ni funda su estilo en la chispa, sino que sostiene un tono sobrio, de estudioso, cuya belleza reside en la contención. Su prosa es clara, explicativa, pero trazada con una elegancia que dignifica lo que cuenta. Hay también hermosura en el intento de objetividad; en el esfuerzo por ser ecuánime y ponderado.

La historia que nos ofrece Fusi es ilustrada, antidogmática, posibilista, respirable. No parte de una idea nacional preconcebida, ni esencialista, sino que va dando cuenta de lo que aparece en nuestro territorio, hasta que se conforma esto que llamamos España. La apertura conceptual en cuanto al nacimiento, se mantiene en lo concerniente al desarrollo: la relación de lo que va ocurriendo no escamotea el hecho que pudiera haber ocurrido de forma distinta. En realidad es como un cuento; no por lo que tiene de ficción, sino por lo que tiene de narración que avanza de un modo no predeterminado. Viene a ser un “érase una vez España”, elaborado con materiales de la realidad. El final del breve prólogo, en que Fusi esboza sus principios (como el de la aspiración “a analizar críticamente el pasado, a sustituir mitos, leyendas, relatos fraudulentos e interpretaciones deshonestas por conocimiento sustantivo, verdadero y útil”), dice así: “La historiografía de mi generación, nacida en torno a 1945, no tiene ya, probablemente, la elocuencia de los ‘grandes relatos’ que en su día compusieron la historia de España; pero tampoco su inverosimilitud”.

La obra está dividida en seis bloques: la formación de Hispania, la España medieval, la España imperial, el siglo XVIII y el fin del Antiguo Régimen, el periodo de 1808 a 1939 (“la debilidad del estado nacional”), y el de la dictadura a nuestra actual democracia. No voy a resumir el libro, con lo resumido que ya viene; pero sí quisiera señalar un par de aspectos que tienen que ver con la situación de hoy. En el discurso de Fusi, la transición iniciada en 1975 aparece como una fase en que España logra resolver, o atenuar, sus problemas históricos fundamentales; con un esfuerzo que es índice de la dificultad. Esa época, sin embargo, ya se ha terminado: ahora estamos en la “postransición” (que inicialmente leí, por cierto, en un lapsus, como “postración”). Habría comenzado con los atentados del 11 de marzo de 2004 y la victoria electoral de Zapatero. La presidencia de este supuso “la ruptura de consensos básicos vigentes, tácita o explícitamente, desde la transición. El PSOE parecía identificar ahora democracia con izquierda y nacionalismos; la idea parecía ser que, treinta años después de la muerte de Franco, las circunstancias españolas no eran ya las circunstancias de la transición”. Con este texto Zapatero debuta en los libros de historia, y no es un debut glorioso: “Pero el nuevo socialismo español, el socialismo de Zapatero, era un vago sentimentalismo progresista, asociado más a valores morales comunitarios que a grandes reformas económicas y sociales”. Dimos, pues, ese mal paso, y la economía ha hecho el resto. Ya nos encontramos otra vez en nuestra historia.

[Publicado en Jot Down]

23.11.12

Cuestionario Proust (2012)

Hace seis años que no respondo al Cuestionario Proust. ¡No sé cómo he podido dejar pasar tanto tiempo! Mi ánimo ahora es el de tomarme las preguntas con menos guasa que en 2006; pero no lo puedo garantizar.

Los principales rasgos de mi carácter
Entre la alegría y la melancolía; la lucidez y la ignorancia; la inocencia y la ironía. Y la desorganización.

La cualidad que prefiero en un hombre
Que sepa separarse un poco de su personaje.

La cualidad que prefiero en una mujer
Que toque el violín y tenga licencia de armas.

Lo que más aprecio de mis amigos
Me basta con que no sean fatigados crónicos ni zangolotinos.

Mi principal defecto
Soy un desastrito.

Mi ocupación favorita
Pasear escuchando conferencias de la Fundación Juan March.

Mi sueño de felicidad
Mi mujer de sexo de algas y de bombones antiguos.

Lo que para mí sería la mayor desgracia
Volver al pasado.

Quién me gustaría ser
El que soy, cuando alunice.

Dónde me gustaría vivir
En el hogar de la Recherche.

Mi color preferido
El de la piel con espuma.

La flor que más me gusta
La que se esconde tras un libro.

Mi ave favorita
El clítoris.

Mis autores preferidos
Nietzsche, Borges, Bernhard, Spinoza, Pessoa, Montaigne.

Mis poetas favoritos
Petrarca, Breton, Emily Dickinson, Octavio Paz, Eliot, Cernuda.

Mis héroes de ficción
Ulises, Leopold Bloom, Ricardo Reis.

Mis heroínas de ficción
Moby Dick, Molly Bloom y las francesitas de Rohmer.

Mis compositores preferidos
Mozart, Schubert, Jobim.

Mis artistas favoritos
Duchamp, Billy Wilder, João Gilberto.

Mis héroes en la vida real
Los que no siguen a la multitud para hacer el mal.

Mis heroínas históricas
Las bolcheviques enamoradas.

Los nombres que más me gustan
Los de origen netamente romano.

Lo que más odio
La miseria, en todos los sentidos.

Los personajes históricos que menos me gustan
Los recogenueces y los moisés.

La campaña militar que más admiro
La de Indurain en el Tour de 1992.

La reforma que más aprecio
Diré la que más desprecio: la Logse.

El don de la naturaleza que me gustaría tener
El de fulminar con un rayo.

Cómo me gustaría morir
Con la suavidad con que se pone el sol (ayudado por el whisky).

El estado actual de mi espíritu
Con burbujas.

Las faltas que puedo soportar
Las que no proceden de la traición.

Mi lema
"Ave atque Vale".

22.11.12

La bandera cleptómana

El patriotismo ya no es el último refugio de los canallas: ahora es el primero. De él nacen, a él se remiten. No es que delincan y luego se refugien en el patriotismo; es que parten del patriotismo para delinquir. Y casi no podía ser de otra forma, puesto que practican el patriotismo de forma delictiva. El patriotismo (o mejor, el nacionalismo) es su “modelo de negocio”.

He buscado la frase original de Samuel Johnson: “The patriotism is the last refuge of a scoundrel”. Esta última palabra puede traducirse por canalla, pero también por sinvergüenza, por bribón o por patán. En su traducción de la Vida de Samuel Johnson (ed. Acantilado), Martínez-Lage se decanta por sinvergüenza. Pero aún es mejor el comentario de Boswell al apotegma de su maestro: “Ahora bien, conviene reparar en que no quiso referirse a un amor generoso y real por nuestro país, sino al fingido patriotismo del que tantos, en todas las épocas y países, han hecho capote que encubre su propio interés”. La conversación tuvo lugar en 1775, pero el lector le habrá puesto una cara española (¡catalana!) de 2012.

La acusación concreta de estos días contra Artur Mas es algo sobre lo que deberá pronunciarse la justicia; y si se tratase de un infundio, el culpable deberá ser castigado, por supuesto. Pero más que el delito penal, quiero señalar el delito político. Ese automatismo –de Mas ahora y de Pujol en su día– de envolverse en la bandera para “encubrir su propio interés”; el recurso inmediato de la patria como autoexculpación. Porque en ese abuso se cifra el gran mal de nuestros nacionalismos: la consideración de la patria como una entidad abstracta superior, como un ente puro que no puede ser enjuiciado y que le garantiza la impunidad al que se pegue a él o hable en su nombre.

De algún modo, esa bandera en que se envuelven los nacionalistas es una bandera cleptómana: lo que le piden es que hurte el debate racional y la acción de la justicia. Es una bandera concebida para desplumarnos a todos.

[Publicado en Zoom News]

20.11.12

Ni puede prometer ni promete

La noticia de que hoy se cumple el primer aniversario del triunfo electoral del PP ha caído como un mazazo: pensábamos que eran muchos más. Este año se nos ha hecho interminable, y lo que es peor: nos ha ido hundiendo en la amargura. Yo creo que en la última fase del zapaterismo, hasta los zapateristas pensaban que con Rajoy la cosa iba a mejorar. No hemos tenido esa suerte. Por el contrario, nos ha caído encima la desgracia de perder lo único que teníamos: la ilusión de que había alternativa. La crisis ahora nos la estamos comiendo a pelo. Y no nos la comemos con patatas porque no hay patatas.

En su día critiqué la decisión de Zapatero de escoger el 20 de noviembre como fecha electoral. Me parecía una jugada sucia: la culminación de su política de echarle al PP las culpas del franquismo (como si el franquismo no fuera a estas alturas transversal, con mucho antepasado del PSOE en él). Hoy recurro a esa fecha, porque el columnista echa mano de lo que tiene y siempre tiene una fecha. Tras el 20-N de 1975, mejoró el país: murió el dictador, se quitó de en medio el cadáver y llegó un presidente que decía “puedo prometer y prometo”. Tras el 20-N de 2011, en cambio, se mantuvo el cadáver encima de la mesa, pudriéndose cada vez más, y llegó un presidente que ni puede prometer ni promete.

El famoso latiguillo de Suárez, o más bien la ausencia de uno equivalente en Rajoy, resume más de lo que parece la situación. Tenemos un Gobierno simultáneamente huidizo y cafre. Huidizo a la hora de liderar, de dar explicaciones, de ofrecer una orientación; y cafre a la hora de pegar los tajos. El resultado es que, en vez de estar todos colaborando para ver si salimos de esta, cada cual está corriendo despavorido por donde puede. A la hora de sacrificarse, que es lo que ciertamente toca, no hay nada menos motivador que la arbitrariedad, la dispersión y la falta de razones.

En los anteriores presidentes podía apreciarse cómo la llegada al puesto les investía de poder. El caso más llamativo fue Aznar, que solo estuvo investido del mismo durante su estricto periodo presidencial, ni antes ni después. Con Rajoy no ha sucedido así. La broma de Zapatero ha resultado macabra: desde hace un año nos gobierna un cadáver.

[Publicado en Zoom News]

19.11.12

El nacimiento de una pasión

Le han dado a Fernando Savater el premio Octavio Paz, y esta conjunción que aparece en la prensa se dio también en mi vida. Es curioso cómo suceden las cosas. A Savater llegué solo, con quince o dieciséis años. A Paz llegué por Savater, con veinte. Paz no resultaba atractivo para un joven nietzscheano como yo. Su imagen era la del escritor oficial hispanoamericano, enchaquetado y con una retórica que no desentonaba en el programa de televisión 300 millones. Eso bastaba para hacérmelo invisible, y mudo. Solo recuerdo haberle prestado atención una vez, en una entrevista radiofónica en que distinguía entre el amor y la amistad: la manera nada moralista en que hablaba del amor me sorprendió. Otra sorpresa fue que Martínez Sarrión lo citara en el prólogo a su traducción de Las flores del mal, de Baudelaire. Fueron atisbos favorables, pero no suficientes.

El clic, como digo, se produjo por Savater. Es una tontería, pero la cuento porque con tonterías así comienzan las grandes pasiones. Tuvo lugar con sol, una mañana de lectura feliz en un césped de la Complutense. Yo aún no era brasileñista, pero mi recuerdo cromático se corresponde con la bandera de Brasil: el amarillo del sol, el verde del césped y los árboles, el azul claro del cielo de marzo. (Faltaban el orden y el progreso, pero en Brasil también). El libro que me proporcionaba felicidad es uno de los menos conocidos de Savater, pero que para mí está, desde aquella mañana, entre los mejores: Sobre vivir. Se publicó en 1983, en Ariel, y recogía artículos de la época de la Transición, creo recordar –no lo tengo a mano– que desde 1978 hasta 1981. Este último fue el año en que yo había empezado a leer periódicos, por lo que todo lo anterior constituía una masa oscura. Penetrar en ella resultaba excitante, aunque las emociones que suscitaba eran múltiples y entre ellas estaba la melancolía. Aquel formato del “libro de artículos”, que descubrí entonces, se veía afectado por la colisión entre la rapidez que latía en los textos y el reposo a que invitaba el libro. Era un juego con el tiempo. Suponía una primera sedimentación de lo aún reciente.

En uno de los artículos, Savater explicaba las razones por las que había asistido a una recepción del Rey. Se las explicaba a otro republicano que le había afeado la conducta. Con estas pedagogías se hizo la Transición, y recuerdo que en 1987 emocionaba todavía el esfuerzo. Una de las razones era, por cierto, la inconveniencia de dejar al Rey exclusivamente en manos de los monárquicos. Se me ocurre a propósito que con la República deberíamos hacer igual: no dejarla exclusivamente en manos de los “republicanos”; refiriéndome con ello (de ahí las comillas) a quienes hoy vociferan a su favor, que constituyen para mí el único argumento real contra la República. Si no fuera por ellos (es decir, por quienes la conciben como un régimen sectario y no como un marco institucional en el que quepan todos), yo la querría ya.

Octavio Paz aparecía mencionado al principio de aquel artículo. Antes de ponerse a desgranar las razones políticas, Savater confesaba una razón personal: la de que, si no hubiera ido a aquella recepción, no habría podido ver a su amigo Paz en su paso por España. Esa sencilla referencia la tomé como un aval hacia el autor mexicano: es frívolo, pero así funciono. Al final de aquella misma mañana saqué dos libros suyos de la biblioteca de Letras: la antología de la editorial Júcar y el volumen de entrevistas Pasión crítica, en Seix Barral. El incendio fue inmediato. Leí después Vuelta, y a continuación el tomo de los Poemas (1935-1975); y en prosa Los hijos del limo, El arco y la lira, La búsqueda del comienzo (sobre el surrealismo), Conjunciones y disyunciones, Las peras del olmo, Corriente alterna o Cuadrivio. En este se incluía el valiente ensayo sobre Luis Cernuda, "La palabra edificante", que rimaba con su poema “Luis Cernuda”, cuyo final es un buen resumen de lo que me estimulaba: “Con letra clara el poeta escribe / sus verdades obscuras / Sus palabras / no son un monumento público / ni la Guía del camino recto / Nacieron del silencio / se abren sobre tallos de silencio / las contemplamos en silencio / Verdad y error / una sola verdad / Realidad y deseo / una sola substancia / resuelta en manantial de transparencias”.

Pasé meses en estado de imantación, con una receptividad como pocas veces he tenido. Me deslumbraba la simultaneidad, o la veloz alternancia, de las grandes ideas y las observaciones concretas; la combinación de la crítica acerada y la afirmación sensual: un pensar que no solo no descuidaba los sentidos, sino que combatía en su favor. La luminosidad en todas las direcciones: sobre el oscurantismo (religioso e ideológico), para desmoronarlo; y sobre el cuerpo, para despejarlo. Un No que liberaba espacio para el Sí: justo lo que un joven nietzscheano necesitaba. La heterodoxia de ambas vertientes en nuestro ámbito hispánico, no hacía sino acrecentar mi pasión.

Ahora, al leer la noticia del premio Octavio Paz a Savater, me permito el juego egótico de contemplar la carta que el primero le envió al segundo y que inició la amistad entre ambos, amistad que sería mencionada (recepción del Rey mediante) en aquel artículo de Sobre vivir, como la siembra involuntaria de un futuro lector apasionado. O el momento en que un autor, con unas pocas líneas, termina conquistando a un lector para todas sus líneas.

[Publicado en Jot Down]

* * *
(28.12.12) Otra pasión (con Savater): la del hipódromo.

16.11.12

La velocidad adecuada

Retroprogreso es lo que me ha pasado a mí con el tren: desde que llegó el Ave a Málaga, he tenido que volver al autobús. Yo era feliz con el tren anterior, el Talgo 200. El viaje a Madrid duraba poco más de cuatro horas y daba para todo: para leer, para ver la película, para tomarse un café en el bar, para divagar con los paisajes. Todo en la medida justa: incluso el precio, perfecto en relación con el servicio. El Ave redujo a la mitad el tiempo, pero disparó la tarifa (parece que esta fue la primera en montarse en la nueva máquina). La consecuencia es que, con la alta velocidad, mis viajes son más lentos y penosos: duran dos horas más, en un asiento más incómodo, con traqueteo y curvas y sin la posibilidad de leer, porque me mareo.

Pero tampoco el Ave, que he probado un par de veces, es lo mismo: demasiado rápido, demasiado hortera. Lo ideal era el Talgo 200. Cuatro horas es una duración que no satura. Pero, al mismo tiempo, le dejaba aire al tránsito mental. Había sensación de viaje. Incluso brotaba alguna que otra ráfaga de aburrimiento. Daba tiempo para aburrirse y, por lo tanto, para pensar; para las sedimentaciones. Uno llegaba a la otra ciudad como quien llega a otro sitio.

Era como una odisea en píldora. Una píldora con la dosis exacta. Al final te cansabas un poquito, pero ya estabas llegando. Durante unos años viví entre las dos ciudades y el Talgo 200 me otorgaba la transición justa. El efecto es que mis dos vidas alcanzaron a ser distintas, complementarias. Ahora en mi recuerdo es como si hubiera vivido el doble. O el triple: porque mi vida en el Talgo 200 tiene sus perfiles propios. Una vida de lectura y de música, con el paisaje pasando. Una habitación con vistas que se mueven.

Aunque también aparecían los monstruos en aquel viaje. Eran los tipos, con pintas de tratantes de ganado, que iban haciendo sus negocios por el móvil. Si te tocaba uno cerca, se acabaron los placeres. Pertenecían a la estirpe que ha dominado el país en los últimos lustros: ese conglomerado de constructores y políticos que ha sido el que ha liquidado los eficientes Talgos 200 para imponer los pretenciosos Aves; es decir, el que nos ha devuelto a muchos al autobús. Mirado con perspectiva, tenía algo de invasión bárbara: allí estaban, dentro del civilizado recinto, pero horadándolo. Mientras el tren proseguía su apacible marcha, ellos ya habían empezado a sacarnos de él.

[Publicado en Jot Down, especial en papel 1]

15.11.12

Huelga a la carta

Mi primera huelga general, la de 1988, me pilló con veintidós años (¡edad gloriosa!) y yo no sabía muy bien en qué se iba a traducir aquello. Se le daba mucho bombo, pero, como a lo largo de la Transición se le había dado mucho bombo a tantas cosas, no lograba discernir en qué iba a cifrarse su especificidad. Lo supe al segundo: cuando a las cero horas de aquel 14-D la emisión de TVE se cortó. Al que no lo haya vivido, le resultará difícil imaginar qué significaba aquello. La tele lo era todo. Atravesar un día sin tele era como atravesar el desierto del Gobi sin cantimplora. Nada más nacer, pues, aquella huelga había triunfado.

Hoy el equivalente sería que se cortara internet: solo entonces el resultado resultaría rotundo. Ni siquiera el corte de la tele (de las teles ya) implicaría gran cosa. Internet es el medio que hace transitable la realidad, el que le da persistencia. En este instante parece que hay una huelga ahí fuera; suenan a ratos, por ejemplo, sirenas y helicópteros. Pero aquí en la pantalla, mientras escribo, se mantiene el flujo. Aquí la huelga no ha penetrado. Al contrario: todo el mundo trabaja. Los que apoyan la huelga también.

Yo aún no he salido a la calle y no sé lo que está pasando. Pregunto por mails que envío a Madrid, Sevilla, Córdoba y Málaga. Una amiga me dice que trabaja, que de ocho que son en la oficina han hecho huelga tres. Otra pasó la madrugada con los piquetes y ha salido con el brazo morado. Otra, que es profesora, se ha quedado en casa. Una pareja ha ido a trabajar y otra no. Miro la prensa digital. En el diario de Escolar la huelga es un éxito. En el de Losantos, un fracaso estrepitoso. Titulares respectivos en este instante (15.05h): “Los sindicatos cifran en el 80% el seguimiento del 14N”; “Toxo y Méndez cosechan el mayor fracaso en la historia de las huelgas”. La realidad es tan ancha, que cada cual encuentra en ella lo que busca.

Los periodistas de los distintos medios están de servicios máximos, porque se lo tienen que currar: han de cocinar para sus menús el tipo de huelga –fracasada o exitosa– que demandan sus comensales. El 15-N cada lector desayunará su particular huelga a la carta. Y al que se le ocurra picotear en varias, acabará con el estómago revuelto.

[Publicado en Zoom News]