26.11.14

Donde Málaga se fuga



Mi problema con Málaga es que, para que me guste, necesito vivir en Madrid. Vivir en Madrid y venir, incluso venir mucho; pero vivir en Madrid. Mi descubrimiento de Málaga se produjo, de hecho, en Madrid. Me fui con diecinueve años a estudiar, un octubre, y al volver en diciembre percibí el contraste, y me gustó. El mar, la luz, la ligereza de la atmósfera; incluso la suavidad de la gente y de las calles, el ritmo más descansado. Esa indolencia que, cuando se viene de una ciudad nerviosa, se percibe como sabiduría, como hedonismo. Pero que cuando se vive aquí es una trampa, un pegamoscas.

Mi ideal es estar en Málaga con el nervio y la electricidad de Madrid. Estar aquí, como máximo, hasta un minuto antes de ser atrapado por la dejadez. No a todos los malagueños les pasa, pero a mí sí. Yo estoy en conflicto. Como ahora, en que las circunstancias (ya largas) me obligan a permanecer aquí, amojamado. En la imposibilidad de salir, mis lugares preferidos son, pues, aquellos en que la propia Málaga se fuga: los paseos marítimos, los miradores. Los sitios que se abren al sol, el azul y la brisa. También internet y los libros (las librerías). La Costa (Torremolinos, Carvajal, Benalmádena) con música brasileña en el coche o los auriculares. El cine. Las terrazas, sobre todo la de los Baños del Carmen. Los museos, sobre todo el CAC.

El CAC es en Málaga, curiosamente, mi vínculo con Madrid (además de la estación de tren y la de autobuses; en avión voy poco). El arquitecto del CAC, el del antiguo Mercado de Mayoristas, Gutiérrez Soto, proyectó también una vivienda de Madrid que para mí fue importante. Entrar en el CAC es entonces como volver a aquella vivienda, ya que de la misma cabeza nacieron los dos espacios. Un juego que practico consciente de que es un juego; sin que por ello deje de ser sentimental.

Otro de mis lugares de peregrinación, para fugarme mentalmente, es el hotel Barracuda, de La Carihuela, donde el escritor Thomas Bernhard pasó unas semanas a finales de 1988, antes de volver a Austria para morir. Algunas tardes voy a mirar el último mar que miró Bernhard, y él, que estuvo peleado con su ciudad, Salzburgo, hace que yo me reconcilie con la mía. Lo que me salva es contemplarla como alguien que viene de fuera: la piel de luz que ve el turista. Sin lo demás.

[Publicado en El Mundo, edición Málaga]

25.11.14

Un gurú de Podemos

Podemos no es hoy el mayor problema que tenemos en España, pero sí es la mayor de las falsas soluciones. Por lo primero, es casi un abuso hablar tanto de Podemos, dejando de hablar de aquellos cuya irresponsabilidad ha sido el factor decisivo de su crecimiento. Por lo segundo, es imprescindible seguir hablando de Podemos, para advertir, para desempeñar el desagradable papel (que no mola nada) de aguafiestas. Los aguafiestas de Francia, donde la mayor de las falsas soluciones es el Frente Nacional de Marine Le Pen, pueden beneficiarse de la fama de progresistas. Los de España, pese a que consideramos Podemos una suerte de lepenismo de otro color, tendremos que cargar una vez más con la fama opuesta. Y aquí estamos.

El supuesto limbo del que surge Podemos no es tal. Están limpios (porque no han tenido ocasión de ensuciarse) en la política española, pero no en la universidad española, que es probablemente el ámbito más putrefacto de la putrefacta realidad española. Berta González de Vega lo ha contado en El Mundo a propósito de Íñigo Errejón. Aquí se lee también sobre el conocido vínculo de los líderes de Podemos con movimientos latinoamericanos como el chavismo. Los que se presentan como la solución para España, los que se venden como "sin pasado", ya tienen en su pasado el haber contribuido a la ruina (económica y moral) de otros países. Mi amiga Ana Nuño, hispanovenezolana, está asistiendo a la eclosión de Podemos con temor estereoscópico.

En la memorable entrevista de Ana Pastor en La Sexta, Pablo Iglesias eludió pronunciarse sobre la corrupción en Venezuela (m. 37). Y en El País hemos leído sobre Ricardo Forster, uno de los intelectuales orgánicos del kirchnerismo, o sea, de la corrupción actual en Argentina. Este hombre es "una de las voces en Sudamérica a quienes los dirigentes [...] de Podemos escuchan con mayor atención". Los pecados del gurú no se traducen automáticamente en pecados de sus adeptos; pero su elección ya es muy mal síntoma, y si se le tiene de guía es de presumir que en el camino se caiga en los mismos errores.

El cargo de Forster, inventado por el gobierno de Cristina Kirchner y aceptado por él, es inquietante: Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional. Los lanatistas nos enteramos por la parodia que se hizo en Periodismo Para Todos, que presentaba a Forster (o Bolster) como comisario político esperpéntico.

En cuanto a la corrupción, que es uno de los asuntos por los que aquí se va a votar a Podemos, la respuesta de Forster no puede ser más tibia: la tibieza propia de la casta (de allá). Como muestra, una entrevista radiofónica del día de su nombramiento. El tono es sereno, civilizado; sus reflexiones tienen interés, y pueden ser compartidas en sus generalidades. Pero en ellas van los posicionamientos del sectario, su utilización estratégica (partidista) del razonar. Habla del "proyecto de transformación que inició Néstor" (m. 3:45); y justo después reprueba a uno de los posibles sucesores de Kirchner llamándolo, con fórmula untuosa, uno de "esos aliados que se van desplegando a lo largo del tiempo y que en algún momento se muestran como incompatibles, o que no aceptan que el proyecto o el liderazgo marque el rumbo". Y defiende, o consiente, a individuos que en España solo podrían competir con Gil y Gil: el entonces vicepresidente Amado Boudou (m. 4:36); el gobernador de Formosa, Gildo Insfrán (m. 6:00; véase sobre este personaje el reportaje de PPT, desde el m. 25:20); o Lázaro Báez, sobre cuyo dinero dijo Forster "qué carajo sé yo" cuando le preguntaron a propósito de la denuncia que hizo Jorge Lanata (ms. 7:40 y 8:57).

Forster, naturalmente, sí arremete contra Lanata. Critica que reduzca lo político a "lo cloacal" y a la "lógica de la corrupción", por el daño que supone "no solo para el kirchnerismo", sino para la democracia (ms. 9:09 y 11:10). O sea, la de Forster es la típica crítica desde el poder hacia el que lo denuncia; le preocupa no tanto la corrupción como el que esta se vea en el escaparate. Teme que poner énfasis en ella produzca un "vaciamiento" de la política, y que ese vacío vengan a ocuparlo quienes se presentan como "los grandes virtuosos de la patria" (m. 13:10). ¡Cielos, como entre nosotros sus pupilos!

[Publicado en Zoom News]

18.11.14

Cría cuervos

El líder político de moda, Pablo Iglesias, será otro Cuervo ingenuo. Eso en el mejor de los casos. En el peor, se embalsamará en su ideología y nos terminará de hundir, dejando pasmados a los angelitos del "no podemos estar peor". Por lo primero, cantar junto a Javier Krahe "Cuervo ingenuo" ha sido indudablemente arrimarse al toro. A Iglesias no se le puede negar la valentía. Ni el maquiavelismo: su motor está en enlazar con la izquierda presuntamente incorrupta; considerando que la gran corrupción de la izquierda, su gran traición, fue el referéndum de la OTAN de 1986, en que el PSOE en el gobierno pidió el . Krahe compuso la canción para afearle a Felipe González la conducta.

Recuerdo aquellos tiempos, que fueron los de mi primer año en Madrid. Me pillaron en el lugar preciso: el colegio mayor San Juan Evangelista, el Johnny, donde Krahe estrenó su canción. Yo simpatizaba vagamente con el no, aunque no pensaba votar. Me interesaba la política, pero de un modo más bien intelectual; en la práctica era abstencionista, a medias por pereza y a medias por esteticismo. Defendía el Estado de Derecho, pero sentía por los partidos un desprecio entre ácrata y aristocratizante. También, a mi manera, pretendía sentirme puro.

De aquella campaña pesada, agria, turbulenta, recuerdo una hora apacible. Yo me había aficionado a escuchar Radio El País por las tardes, y una de ellas debatieron Fernando Savater y Juan Benet. El primero defendía el no y el segundo el . Y yo me daba cuenta de que estaba de acuerdo con ambos: de que lo que cada uno decía era razonable, y que lo que a mí me gustaba era justo ese estilo, el razonamiento. Porque fue un diálogo tranquilo, sin bronca. Desde la amistad. En el que incluso se percibía que tanto el uno como el otro podrían haberse deslizado hacia la posición contraria.

Las arengas de los que estaban en campaña fueron otra cosa. Me acuerdo, por ejemplo, de un mitin del entonces presidente de la Junta de Andalucía, Rodríguez de la Borbolla, exigiendo el sí como un señorito a sus jornaleros. La presión de todo el aparato del poder socialista fue tremenda. En la televisión pública (la única que había) se censuró "Cuervo ingenuo".

Pero en la otra parte también se cargaban las tintas. Al final de aquel concierto del Johnny en que Krahe estrenó la canción lo vi claro. Meses después, pasado el referéndum, Krahe daría allí otro en solitario; pero al que me refiero fue uno colectivo previo, organizado para pedir el no (en uno de los dos, no recuerdo en cuál, apareció Sabina para acompañarle en "Cuervo ingenuo"). Fueron interviniendo distintos cantautores, que además de cantar hacían sus proclamas. Se creó un ambiente entre festivo y agresivo: festivo dentro de aquella cápsula; agresivo hacia el exterior. La autosatisfacción era indudable. Al término, caliente con el clímax, uno de los cantautores (no recuerdo quién, me viene que era andaluz) agarró el micrófono y dijo: "¡El que vote sí es un hijoputa!".

Con el tiempo, he admirado el valor de Felipe González. Su jugada fue sucia, la presión abusiva, y el cantinfleo verbal con el "OTAN, de entrada NO" irritante. Pero actuó como un estadista: jugándosela en favor de lo que parecía más razonable para el país (con el apoyo, por una vez, de una nómina de intelectuales que hoy se nos hace rara). Y no he podido sino despreciar, con el tiempo, la autocomplacencia moral de quienes defienden una pureza política que hubiese resultado perjudicial y de la que al parecer no están excluidos los tiranos como Fidel Castro o Hugo Chávez ni nuestros reaccionarios nacionalistas.

La realidad es compleja, y la política, como nos ha recordado Rafael Latorre, consiste en "asumir contradicciones y transacciones morales". Con los años veremos si, en esa actuación conjunta de la sala Galileo, Krahe estaba criando a otro Cuervo contra el que cantar en el futuro, o a un compañero de viaje para siempre: uno de esos fantoches de la pureza tan del gusto de los cantautores, y de la afición en general.

[Publicado en Zoom News]

11.11.14

La corrupción mayor

Estamos donde hemos estado siempre, más o menos: en la incapacidad para comprender lo que es el Estado. En buena parte por culpa de quienes gestionan el Estado: incapaces como nosotros, gusanos de la misma poza; que están donde no saben. Pero donde no hay Estado –como dijo alguien (¿Escohotado?)– lo que hay es mafia. El lobo de Hobbes, nuestro animal recurrente. (En Brasil, de las favelas dominadas por los narcotraficantes se dice que son "zonas a las que no ha llegado el Estado").

El amigo Caballero lo ha señalado a propósito de esta última moda en que han participado Jordi Savall y Colita: "Los autores que rechazan premios nacionales sólo demuestran no entender la diferencia entre Gobierno y Estado". Mentalmente, mira qué cosas, siguen en la época de los "cesantes" de Galdós, o en el franquismo. Como casi todos nosotros. (Y me vengo poniendo por cortesía, porque yo, naturalmente, no estoy ahí; como no lo está Caballero: nuestras amarguras nos cuesta –amarguras espolvoreadas de regocijo, tampoco lo vamos a negar).

Tener el olfato demasiado aguzado para estas cuestiones condena a un notable pesimismo, que hay que llevar con alegría para no hundirse. Se percibe la corrupción casi al nivel de un budista, de un padre de la Iglesia o de un Cioran: todos están podridos; también quienes van de supuestos limpios y salvadores.

Se ve nítidamente el hilo que une (con diferentes grados de gravedad) a Savall y Colita, los políticos que roban o enchufan, los electores que los votan sabiendo que son corruptos, los que malversan fondos públicos, los gobernantes que atacan a los tribunales que los condenan o no cumplen lo que estos dictan, los presidentes autonómicos que llevan acabo pseudoconsultas inconstitucionales y los presidentes del gobierno que hacen dejación de su deber; también quienes mandan cercar parlamentos y desprecian la única democracia larga que hemos tenido llamándola "el régimen del 78", que ha de ser revocado bolivarianamente.

La corrupción mayor es este remitirse a todo tipo de "voluntades" (al término de todas las cuales está, como un tótem, El triunfo de la Voluntad hitleriano) por encima de la instancia racionalizadora y común, que es la ley, el Estado. La corrupción mayor es este impresentable y generalizado cachondeo.

[Publicado en Zoom News]

8.11.14

Dieciséis pintores actuales



Hace un mes le pedí a Miguel Gómez Losada que me hiciera una lista con los doce mejores pintores actuales, para ir mirando su obra por internet y estar pendiente. La comparto para quien le pudiera interesar. Copio su mail (del que salen en total catorce vivos y uno muerto), insertando los enlaces de Google Imágenes y añadiendo las fechas:

No te pongo a Alex Katz (1927) y Neo Rauch (1960) porque ya los conoces, ni tampoco pintores fallecidos como Sigmar Polke (1941-2010).
Luc Tuymans (1958)
Michaël Borremans (1963)
Peter Doig (1959)
Wilhem Sasnal (1972)
Mamma Andersson (1962)
Victor Man (1974)
Caroline Walker (1982)
Justin Mortimer (1970)
Hurvin Anderson (1965)
Eberhard Havekost (1967)
Jules de Balincourt (1972)
Gerhard Richter (1932).

4.11.14

La indignación de Bosé

La imagen de Javier Marías comiéndose un filete empanado. Me la indica Álvaro Quintana en el artículo de Pérez-Reverte, como esas puñaladas mortales (o a lo mejor solo es broma) que se dan entre sí los escritores amigos. Nuestro autor más prestigioso alimentándose de escalope. A mí también me gusta el escalope, pero mi prestigio es nulo. La estampa sobrevuela ya toda la prensa del domingo, como en A la sombra de las muchachas rojas, de Umbral, odiador de Marías pero que nunca dijo nada tan cruel contra él, sobrevolaba Madrid el coche de Carrero Blanco.

Es un paisaje de devastación que a mí, mientras Marías se come su filete, me deja extrañamente el ánimo calmado. Depende de la mañana, sin duda. Por la tarde quizá esté otra vez hasta las narices. Hay que irse administrando. No se puede ser indignado sin interrupción. Prolifera la discordia. Guerra entre El País y Libertad Digital. Guerra entre el exdirector y el director de El Mundo. Guerra (sin tanques) entre antinacionalistas y nacionalistas. Guerra contra la corrupción; o la guerra de la corrupción. Todos golpearon el árbol y Podemos recoge las nueces.

Bajo el filete empanado de Javier Marías, la empanada de las encuestas: votará masivamente a Podemos el mismo electorado que durante décadas ha seguido votando, sin castigo, a los corruptos; el mismo del prime time televisivo, que prima la basura. Hay españoles que lo saben todo de Pablo Iglesias y de Alberto Isla. El programa La Tuerka es el Gran Hermano ideológico: ideas encerradas en una pecera. La del PCE realmente existente. Contra Izquierda Unida, y contra el PCE.

Dije que Podemos huele a viejo, pero no por ello los demás huelen a nuevo. En los demás se ha hecho más visible que nunca su momificación. La ventaja de Podemos no es en términos de novedad, sino en términos de vitalidad. Rajoy, Soraya, Cospedal, Pedro Sánchez, Susana Díaz, Cayo Lara son, como escribió Ricardo Reis, "bultos solemnes, de repente antiguos". Y también "cadáveres aplazados". Tenían el sistema y lo tenían fácil. Pero arruinaron el negocio por avaricia. Mataron la gallina de los huevos de oro. Ahora el rey del corral es un espantapájaros.

Y entonces el filete empanado de Javier Marías sobrevuela la reaparición de Miguel Bosé, empanado en maquillaje. Entrevistas en El País y en El Mundo. Está indignado, ("cabreado, como cualquiera"): "De pronto te encuentras con una España que nunca imaginaste. En un año y medio se privatiza todo, y unos que se llaman patriotas desahucian a sus compatriotas. Es un crimen". En parte tiene razón, pero en parte tiene también la culpa (parte de la culpa): apoyó al presidente que negó la crisis, en contra de los que la afirmaban; al presidente que ha contribuido como casi ninguno a la ruina del país, económica e institucional. Equivocarse tiene excusa; hacer como que no ha pasado nada, e insistir, no. Bosé se pone ahora la indignación como antes se puso la ceja o se ponía la falda. Siempre lo mismo: la autoindulgencia, lo que vende. Y eso también es corrupción.

[Publicado en Zoom News]

30.10.14

Historia mínima de un siglo corto

He tenido la suerte (¡el privilegio!) de traducir un libro para la colección Historias mínimas de la editorial Turner, que ya tiene varias obras maestras en su aún breve catálogo: la Historia mínima de España, de Juan Pablo Fusi; la Historia mínima del País Vasco, de Jon Juaristi; y la Historia mínima de la literatura española, de José-Carlos Mainer. Son como meterse en un cofre de tiempo comprimido: mucho tiempo en poco espacio. Los autores logran atinadas síntesis, y a la vez consiguen abrirse algo de sitio para ensayar. En el libro en cuestión, la Historia mínima del siglo XX, de John Lukacs, estas cualidades se dan acentuadas.

John Lukacs, estadounidense de origen húngaro (nació en Budapest en 1924), sin parentesto –que yo sepa– con el filósofo marxista Georg Lukács (al que una hermana de nuestra Magdalena Álvarez citó en un congreso de filosofía como "George Lucas"), comparte con Hobsbawm la idea de que el siglo XX fue un siglo corto, que empezó en 1914 y terminó en 1989. Incluso se plantea si no fue más corto aún y terminó realmente en 1945. Para Lukacs los dos acontecimientos definitorios del siglo XX son las dos guerras mundiales, y la guerra fría (de 1945 a 1989) no sería más que un epílogo.

Su mirada de larga perspectiva percibe que nos encontramos en el final de la edad moderna. Una de las cualidades de esta edad es precisamente la conciencia histórica. El título de su admirado Huizinga, El otoño de la Edad Media, no hubiera sido entendido por los medievales; en cambio los modernos sí tenemos conciencia de este "otoño de la Edad Moderna". Para Lukacs, la Edad Moderna es sinónimo de Edad Europea. Y una de las características del corto siglo XX es que las dos guerras mundiales, cuyo escenario principal fue Europa, se resolvieron con la intervención de Estados Unidos: demostración de que el siglo marcaba, en la práctica, el final de la Edad Europea. La edad que vendrá después de este siglo de transición, ni Lukacs ni nadie puede saberlo aún.

El libro da para mucho en sus 267 páginas, y no puedo ocuparme aquí de sus originales consideraciones sobre la Unión Soviética, China o el llamado "Tercer Mundo", por ejemplo. Pero sí debo señalar que durante las semanas que pasé traduciéndolo y revisándolo, la actualidad española ofrecía sus propias ilustraciones preocupantes; por medio, naturalmente, del nacionalismo. Anteayer dijo Arcadi Espada en Málaga, en un acto organizado por el Círculo Mercantil en el que intervinieron también Cayetana Álvarez de Toledo y Teodoro León Gross (se trataba de explicar en qué consiste la plataforma Libres e Iguales): "La Unión Europea se ha construido sobre ochenta millones de cadáveres, la mayoría de los cuales, por no decir todos, se han debido al nacionalismo".

Lukacs establece una interesante distinción entre el patriotismo y el nacionalismo, a partir de la sintomática frase de Adolf Hitler con que titula el capítulo que le está dedicado: "Yo era nacionalista, pero no patriota". Escribe Lukacs: "El nacionalismo podía ser (como de hecho era habitualmente) agresivo y, al menos en potencia, revolucionario; el patriotismo, en cambio, era defensivo, anticuado y tradicionalista". Y termino con la frase definitiva, con nuestros nacionalistas catalanes y vascos en la cabeza (¡qué le vamos a hacer!), como podrían estar los franquistas: "Cuando el nacionalismo sustituyó a las versiones antiguas del patriotismo (todo patriota tiene algo de nacionalista, pero pocos nacionalistas son verdaderos patriotas), se buscó enemigos entre los conciudadanos".

[Publicado en Zoom News]

28.10.14

Desayuno continental de corrupción

Esta semana Zoom News cumple dos años, y también esta sección mía de A ver qué pasa. Decía Borges que el periodismo se funda en la superstición de que cada día pasa algo nuevo. Y el columnista a veces se pone a mirar qué ha pasado, para escribir sobre ello, y no encuentra nada. Lo peor es que tiene que escribir de todas formas. El gran Iñaki Uriarte, que escribe solo cuando quiere, y poco, nos ve con piedad a los que estamos en este brete de escribir sobre lo que nos echen, y más cuando no nos echan nada. (Por cierto, que sí hay una noticia uriartista: en primavera saldrá el tercer y último tomo de sus Diarios, en Pepitas de Calabaza, como los anteriores).

Hoy (por ayer, como se decía antes) me he levantado en esa situación de no saber de qué escribir. Pero ha sido abrir internet y encontrarme con que la actualidad me tenía en la bandeja un auténtico desayuno continental: redada anticorrupción con cincuenta detenidos. Entre ellos dos figuras importantes del PP: el presidente de la Diputación de León (poco a poco se va despejando aquello que tanto intrigaba al padre de Joaquín Sabina en su lecho de muerte: "¿para qué sirven las diputaciones?") y Francisco Granados, ex número dos de Esperanza Aguirre en la Comunidad de Madrid y tertuliano. Esto de que la policía haya empezado a entrar en las tertulias sí me ha parecido esperanzador.

Lo novedoso esta vez ha sido la abundancia de golpe, porque el producto ya lo conocemos de sobra, hasta el extremo de que nos tiene saturados. Yo me he pasado estos dos últimos años viendo el estupendo programa de Jorge Lanata en la televisión argentina, Periodismo Para Todos, y repitiendo aquí, con humor amargo: "Me refugio de los problemas de España en los de Argentina". Pero cada vez se parecen más ambos países. Ahora, de hecho, la diferencia más notable que veo es en favor de Argentina: en España no tenemos un Jorge Lanata. (En cuanto a la ilusión con los incorruptibles de Podemos: me limito a señalar que uno de sus modelos es justamente esa Argentina corrupta...).

Al final queda la denuncia, y el convencimiento de que el mal es la currupción y no denunciarla. Que si existe debe ser castigada. Y que ocultarla, como dice Savater, es de entre todas las opciones la más desmoralizadora. Para rearmarnos moralmente, aunque nos coma la moral, debemos concluir que no hemos vivido por encima de nuestras posibilidades: por encima de nuestras posibilidades les hemos estado pagando la vidorra a un montonazo de vivos. Algo colectivamente grandioso, después de todo: como levantar pirámides.

[Publicado en Zoom News]

23.10.14

El mundo como voluntad y representación

Al pequeño Nicolás –"el Zelig del PP", como me escribe una amiga– le ha faltado cinismo y le ha sobrado impaciencia. Con menos ingenuidad hubiese llegado más lejos; porque ingenuidad es, al fin y al cabo, jugárselo todo al teatro, sin ningún postizo legal, como los otros. Le sería de aplicación lo que se dijo de Gabriel Ferrater: "Le hubiese ido mejor en la vida con los mismos defectos pero con menos virtudes". Hay una honradez de fondo en el impostor que se excede.

Son pertinentes, y saludables, reflexiones como la de Enrique García-Máiquez en el Diario de Cádiz, que observa con media sonrisa, no exenta de preocupación, las risotadas de la sociedad. Pero a mí la cabeza se me ha ido por la síntesis schopenhaueriana de "voluntad y representación" que encarna el individuo. Ambos términos, voluntad y representación, entendidos no en su contexto filosófico sino con su significado literal: la voluntad del que quiere algo y cómo se disfraza y actúa (¡representa!) para conseguirlo. Algo que me subyuga en mi sillón de columnista de batín.

Yo conocí a un pequeño Nicolás, Julio Romero, que tenía su familla en ciertos ámbitos del Madrid de la década de 1990 y parte de la de 2000. Se había propuesto hacerse rico antes de los veinte años, y se suicidó antes de los cuarenta. Esto último, según especulaba un amigo, porque era el último reto que le quedaba. Los anteriores los había alcanzado: aunque de ese modo imperfecto del farsante; menos seguro pero con más vida (hasta la muerte).

Los aspectos legales (o ilegales) me abrumaban: como aquel maletín con los sellos e impresos de todo tipo de instituciones y empresas, públicas y privadas, que mostraba con desparpajo a los amigos. Pero admiraba en él cómo captaba las posibilidades del mundo: las posibilidades reales, más allá de las coacciones de la mentalidad común. La gran lección es que el mundo da más de sí de lo que parece, incluso dentro de la ley. Nos cercenamos la acción por culpa de una limitación previa: la de la percepción. Y Julio Romero, que tenía algo de alucinado, poseía una percepción amplia.

Pondré un ejemplo y terminaré con otro. Una noche estaba él viendo con unos amigos el festival de Eurovisión. Era el momento de las votaciones y el logotipo de TVE, la mosca, tapaba los puntos que llevaba Bélgica. Los amigos se pusieron a teatralizar su indignación, entre risas. Julio Romero les dijo: "¿Queréis que quiten la mosca? Lo puedo conseguir". Y sin más llamó a TVE, se presentó como secretario de la embajada belga en Madrid, logró que le pusieran con un responsable, le echó una bronca por la discriminación que para la colonia belga en España suponía el que no se pudiese ver cuántos puntos llevaba su representante en Eurovisión, y le colgó furioso. Unos minutos después, ante el estupor de los amigos de Julio Romero, el logotipo desapareció de la pantalla.

El otro ejemplo, aún más representativo, también tiene que ver con TVE. Me lo contó el realizador Fernando Navarrete, hijo del mítico realizador Fernando Navarrete. Cuando era niño acompañaba a veces a su padre a Televisión Española. Un día vio a otro niño de su edad deambulando por los pasillos, solo. Se acercaron por si se había perdido, pero no: era Julio Romero. Tenía nueve años, estaba en su casa viendo la tele y de pronto se le ocurrió conocerla por dentro. Cogió dinero, se metió en un taxi, llegó al edificio de Prado del Rey y entró. Así de sencillo.

Con menos de diez años, pues, traspasó la pantalla: vio la representación por dentro. Y se sumó a ella, desde sus trucos. Para un artista o un filósofo el juego podría ser inagotable, pero para un hombre de acción no. Al final, como he dicho, solo le quedó una cosa que hacer: matarse. Dirigir su voluntad hacia el fin de la representación. Le ganó también la impaciencia por traspasar la última pantalla. O por quitarse el último disfraz.

[Publicado en Zoom News]

21.10.14

Podemos huele a viejo

Cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer (así la crisis, según Gramsci), puede colarse como lo más nuevo aquello que, en realidad, es más viejo que lo viejo. Así Podemos. Crisis, sí, es oportunidad: sobre todo para los vendedores de cuentos de hadas. Cuando la generación mejor preparada de la historia se prepare de verdad aunque sea medianamente (quizá llegue el día) aprenderá qué viejo es lo que ve como nuevo. Aunque para entonces el cuento de hadas, si se ha cumplido, se habrá transformado en cuento de terror; de ruina y de terror.

Da melancolía comprobar que la Historia es un almacén de errores de los que no se aprende. Solo cuando están calientes en la piel, como tras la guerra y el franquismo, la gente se comporta con la sensatez de un perro apaleado. La Transición, cada vez estoy más convencido, fue una simple consecuencia fisiológica del sufrimiento. La memoria carnal del dolor tiró de los delirios hacia abajo, para que no volvieran a liarla. Y asombrosamente salió bien. La novedad absoluta, en nuestra historia, han sido estos casi cuarenta años seguidos de democracia. Ese consenso de 1978 que los de Podemos, tan viejos, consideran la peste.

Las cosas van mal, pero no estoy dispuesto a aceptar el chantaje de que, para acabar con lo malo, tengamos que entregarnos a lo peor. La rabia contra el PP y el PSOE –por inútiles, por impresentables, por ser los auténticos culpables (¡irresponsables!) del desprestigio del sistema; y de su derrumbe, si se produce– ha de quedarse cortocircuitada en la idea fija de que el único camino es el Estado de derecho, democrático y occidental. Y si se hunde nos hundiremos con sus cascotes. Sin haber soñado ni un segundo en caudillismos de carácter latinoamericano como el que pretende encarnar Pablo Iglesias, el supuesto anticasta nacido de la más abyecta y repulsiva de nuestras castas: la universitaria. Y que propugna "asaltar el cielo" como los profetas del año de la pera.

(La aceleración se debe a que he combinado este finde la Asamblea de Podemos con la lectura del nuevo libro de Thomas Bernhard, En busca de la verdad. En él se recoge el discurso de la obra de teatro Con la claridad aumenta el frío, contra los cuentos de hadas. Aunque no solo el frío: aumentan también los calentones).

[Publicado en Zoom News]

16.10.14

El proceso mortadelista

En mis tiempos de guionista, cuando nos abandonábamos y un guión caía en lo fácil, con acciones gruesas y chistes baratos, nos advertíamos en el equipo: "¡Cuidado, que se nos va al Mortadelo!". A Artur Mas la historia que está trazando, o emborronando, se le ha ido definitivamente al Mortadelo. Aquello parece ya uno de los gloriosos álbumes de Ibáñez, de la serie Magos del Humor: El sulfato atómico, La máquina del cambiazo, El cochecito leré o El crecepelo infalible (este un guiño al ensaimado capilar Anasagasti, nacionalista hermano).

La cosa es ya tan patética que no puede decirse nada serio sin resultar patético también. Me he acordado del referéndum que un diputado de IU por Málaga, Antonio Romero, montó en su pueblo hace años. Invitaba a se votase (con efecto "no vinculante", eso sí) entre Neoliberalismo y Humanidad. Ganó Humanidad por abrumadora mayoría. Es cierto que no dejaron votar a los animales (ni a los marcianos), pero no hay que ponerse tiquismiquis. Lo mejor fue la sugerencia de Teodoro León Gross desde su columna en el diario Sur: que se hiciera otro en que los electores pudiesen escoger entre Humanidad y un apartamento en Roquetas.

El proceso secesionista siempre ha sido en verdad mortadelista. Ha sido meterse en un follón de tebeo. Y todo para vivir peor que hasta ahora, o con mucha suerte igual. Aparte de Ibáñez, está el elemento Disney, que le ha venido dando un acabado friendly a elementos inequívocamente reaccionarios (como en el propio Disney, por otra parte). La propia elección de la fecha, el 9 de noviembre, aniversario de la Noche de los Cristales Rotos, revela la insensatez con que nuestros nacionalistas están jugando con fuego: hacen sonar sus matasuegras en las heridas apenas remendadas de Europa.

Al final, de la declaración del presidente de la TIA, quiero decir de la Generalitat, se deduce que de lo que se trata ahora el 9-N es de matar el gusanillo. Hacer una escenificación, como cuando los trabucaires. Trajes de época, urnas de cartón, papeletas de guasa y votaciones sin censo ni ley, ni tampoco recuento: como jugar al Monopoli en el patio de Monipodi (por emplear otra agudeza de León Gross). Cataluña será ese día, por obra de quienes dicen amarla, el gran parque temático del simulacro. Un sitio donde podrá verse en directo lo que era la historia de España antes de la Constitución de 1978: una astracanada que, cuando no movía a llanto, movía a risa. Mortadelo y Arturón.

[Publicado en Zoom News]

14.10.14

Nuestra élite paleta

El momento tierno de la semana ha sido cuando algún escritor y alguna editora se han puesto a rastrear los gastos de las tarjetas black en busca de libros. No encontraron nada, aunque les dio cierto ánimo ver que había compras en la Fnac ¡y a lo mejor! Yo por mi parte pensaba que quizá los libros los adquirían con el mismo cash que se sacaban para putas y (¡u!) otros gastos vergonzantes. Aunque mirando mejor he encontrado que el de CCOO sí gastaba en librerías; concretamente en la librería Benedetti, que visitaría ya puestos y como quien va a confesarse. (¡Al menos un rasguillo diferencial de la izquierda, qué diablos!).

Conviene no olvidar que una de las primeras medidas que, al llegar a Caja Madrid, tomó Rodrigo Rato (ese individuo que, como escribe Manuel Alcántara, "por poco nos gobierna") fue la de quitarle la subvención a la prestigiosa Revista de Libros. Eso revelaba ya una mentalidad hortera y cutre, propia del que luego se gasta pastizales en lujos baratos. Lo llamativo de los gastos de nuestra élite es que no se diferencian en nada de los que hubiera tenido cualquiera del populacho de haber dispuesto de las mismas cantidades. Nuestra élite, de hecho, no es mas que eso: populacho con pasta. Los becerros a los que les ha tocado el Gordo socioeconómico, eructando entre descorches de champán (con la etiqueta del precio).

Más allá de las cuestiones legales, e incluso de las morales, son las estéticas las que trazan aquí la radiografía. Las tarjetas black son la caja negra de nuestra clase dirigente. Aunque no son opacas, sino de una transparencia angelical: no nos dicen nada que no saltase a la vista. España se ha caracterizado por la asfixiante mediocridad de sus élites, compuestas por unos individuos que no son más que paletos con poder y por lo tanto patanes. Algo que es fruto (o emanación) naturalmente del sistema, o del país, o de la sociedad, o de lo que sea: puesto que solo unos cazurros capaces de gastarse el dinero de un modo tan adocenado son los que pueden rebañarlo aquí. Los finos de verdad, los que hubieran podido hacer gastos grandiosos (¡un Luis Antonio de Villena!), están tiesos.

[Publicado en Zoom News]