6.1.15

Deseos humanos

El invento este español del día de Reyes tiene como único propósito acabar con los propósitos. Con los de año nuevo, naturalmente, que son los que uno se formula con mayor empuje. Como si fuera nuevo. El sabotaje de estos primeros días tontos hace que lleguemos al 6 de enero con el 2015 ya desperdiciado. Se acabó la Navidad y se acabó todo. Desde mañana, otro año viejo.

De niños no nos hacíamos propósitos: simplemente esperábamos los regalos. De adultos la cosa se complica. Georges Brassens dice en una de sus canciones más bonitas que la primera novia es "el último regalo de papa Noel". En efecto, con el amor (y el sexo) se abandona la infancia y los otros regalos pasan a un segundo plano: el que más deseamos es ese, con sus venenos. Me acuerdo del epitafio de un artista que hay en el cementerio inglés de Málaga: "El arte y las mujeres le hicieron la vida más hermosa, pero también más difícil".

En estos días de espera (desilusionada ya) de los Reyes Magos, me entregó un papelito un africano, que podría ser Baltasar vestido de calle. Era uno de esos anuncios de brujo, cuyas prestaciones se enumeraban. Lo cogí solo por cortesía (por hacerle ese regalo al hombre), e iba a tirarlo a la papelera unos pasos más allá cuando me di cuenta de que en que en él se resumían los deseos humanos esenciales. (Los deseos del humano adulto, claro está, porque el niño lo que quiere son sus juguetes). Así que me lo guardé. Lo tengo ahora delante.



"No hay problema sin solución", reza el encabezamiento. Y a continuación el maestro Amadou, "gran vidente especialista en todo tipo de problemas y dificultades", enumera esos problemas, en tres bloques: "Problemas matrimoniales - sentimentales"; "Suerte en los negocios, en el trabajo y exámenes..."; y "Protección de vida de familiares". El amor, el dinero y los seres queridos. El más pormenorizado es el primero. La parte del león de la felicidad, como quien dice. Para quien ya goza de ella, resulta conmovedor lo de "amarres": siempre está el miedo de que se pueda perder. Y si además de amor se tiene financiación (cosa que ofrece el segundo bloque), la cosa va que chuta. Al final se asegura que el "profesor" Amadou (ha pasado de maestro a profesor en once líneas) "arregla casos muy desesperados con rapidez y resultados positivos y garantizados".

Me imagino a esos desesperados acudiendo al brujo, y el alivio que sentirán solo por pensar, durante la consulta al menos, que lo suyo puede arreglarse. Pero hay que bregar con lo que no tiene arreglo. El psicoanalista André Green dice que la salud mental está en lo que él llama "posición depresiva": no prescindir de la conciencia de lo que va mal, pero sin paralizarse por ello. Tenerlo como un trasfondo de (ligera) melancolía permanente.

Me he acordado del mejor párrafo de las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, que no se engañaba sobre lo que no puede ser, aunque lo reincorporaba al encanto acre de la vida: "Cuando hayamos aliviado lo mejor posible las servidumbres inútiles y evitado las desgracias innecesarias, siempre tendremos, para mantener tensas las virtudes heroicas del hombre, la larga serie de males verdaderos, la muerte, la vejez, las enfermedades incurables, el amor no correspondido, la amistad rechazada o vendida, la mediocridad de una vida menos vasta que nuestros proyectos y más opaca que nuestros sueños: todas las desdichas causadas por la naturaleza divina de las cosas".

Hay, pues, en contra de lo que promete el maestro o profesor Amadou, problemas sin solución. Aunque se le podría dar la vuelta, de un modo más profundo, casi zen, como hizo Duchamp: "No hay solución, porque no hay problema". No se trataría de frivolidad, sino de seriedad despreocupada. Para que el adulto vuelva al niño, según Nietzsche: "Madurez del adulto: significa haber reencontrado la seriedad que teníamos de niños al jugar".

[Publicado en Jot Down]

5.1.15

Depresión regional

Lo de las uvas de Canal Sur es una frivolidad, naturalmente. Que todos los problemas fueran así. Pero constituye un síntoma tan nítido, y tan grande, que me ha producido una depresión: una depresión de carácter, digamos, regional. Andalucía es esto. Es más cosas, algunas buenas; pero también esto.

"Sarna con gusto no pica", dijo un amigo para referirse a los que habían optado por seguir las campanadas por Canal Sur. Y la verdad es que, ya puestos en esa situación, el que las uvas salieran logradas o fracasadas era lo de menos. Los vídeos que han circulado de familias pasmadas ante la tele ofrece una muestra sociológica de quiénes ven la cadena: esta, de algún modo, ha seleccionado a ese espectador pasivo que lo ha confiado todo a ella y no sabe cómo reaccionar. La acción del mando a distancia parecía descartada de antemano. Eran salas de estar de la estolidez.

Después se lo tomaban, benditamente, con humor. Incluso en los despotriques escatológicos había humor. Eso está bien. Tiene un fondo sabio. Pero los que ya estábamos inritados no hemos podido dejar de apreciar cómo ese humor, o esa guasa, es también nuestra condena. Con menos tonterías nos iría mejor. Por supuesto, también la cadena se ha sumado a las risas, con un vídeo de "excusas simpáticas". En él hay otro elemento interesante: los desenfadados presentadores remiten al 28-F, en que habrá una gran sorpresa. El 28-F como escudo de protección: un invento precisamente diseñado para estas ocasiones.

Las críticas a Canal Sur nunca pueden ser del todo a Canal Sur: porque su identificación es máxima con buena parte del pueblo. Se trata de una cadena con muchos cómplices entre los andaluces, que rebotan en ella autosatisfechos como pelotas de frontón. No me atrevería yo a quitarla, y dejar a esos espectadores sin su espejo. Pero la cadena, en vez de refocilarse, quizá podría hacer por elevarse un poco. Y, sobre todo, se podría intentar romper ese círculo desde abajo: desde la educación. Vano empeño en vista de los resultados. Mantener al pueblo en el atraso siempre les ha rentado a los señoritos: a los de antes y a los de ahora.

[Publicado en Zoom News]

1.1.15

Estética del negro

Durante una época fui negro y fui feliz. Pensándolo ahora, me doy cuenta de que fui negro. O al menos estaba inmerso en el mundo, real y simbólico, de la negritud. Me aficioné a Brasil, país de negros. Iba a un bar de música negra, el Dr. Funk, en el que ligaba con negras. Me hice novio de una, con la que me fui a vivir. Consumía películas porno de negras, y me compraba todos los meses la revista Ébano (versión española de Black Tail), a veces con mi chica negra, ante el kiosco, de la mano. El kiosquero pensaría que lo mío era pasarse. Además, mis mitos eróticos eran las hermanas Williams.

Había un problema en sus partidos de tenis: y es que solían ser de una hermana Williams, Serena o Venus, contra otra que no era la otra hermana Williams, Venus o Serena, sino Arantxa o Conchita por lo general. Mi sueño era ver el partido de una hermana Williams contra la otra hermana Williams, para evitar el bajonazo (gatillacesco) de los contraplanos. A veces les tocaba jugar entre sí, pero nunca logré pillar aquellos partidos. Lo conseguí cuando era demasiado tarde: ya no estaba con mi novia negra sino con otra blanca (muy blanca).

Pero estábamos en mi época de negro. A lo anterior hay que sumar que trabajaba como negro. Hacía trabajos universitarios como negro, igual que El artista de los trabajos universitarios de David Leavitt, y mi retórica académica fluía sin cortapisas. Escribía también capítulos de teleseries como negro, y mi imaginación, mi gracia y mi habilidad para los diálogos fluían sin cortapisas. Y empezaba a participar en internet (en chats y foros, que es lo que había entonces) bajo nombres que no eran míos y por eso me daban libertad: mis palabras fluían sin cortapisas. Como si yo fuese el negro de seres imaginarios.

En inglés, ya sabemos, negro es ghostwriter: pero mi teoría es que el fantasma no es ahí el que escribe, sino el que no escribe. El fantasma es el que está sin estar mientras se produce la escritura.

El negro escribe para no firmar, y si escribiera para firmar se paralizaría. Solo puede escribir si no es autor. Es lo que a mí me pasa, o me ha venido pasando.

Me pasó desde el comienzo. Con dieciséis o diecisiete años decidí ser escritor. Mi primer día (hubo un primer día) me coloqué ante una hoja en blanco, iluminada por el flexo, y no supe qué escribir. Tenía el propósito de no anotar cualquier cosa, sino algo auténtico: que surgiera de mi interior; que pudiera corroborar y firmar. Recuerdo el vacío. Pero no tanto el de la página sino el de mí mismo. Me sentí hueco. No con el oscuro magma de una intimidad que pudiera clarificar mediante la escritura, sino blanco también, como la página.

Unos años después, Octavio Paz me lo hizo ver en un verso: “la mirada ciega de mirarse mirar”. El problema es la conciencia, la autoconciencia. El blanco paralizador.

No deja de ser una contraposición facilona, pero tiene su verdad. El blanco estéril, lo negro fecundo. Al fin y al cabo el que engendra es el semen negro: el que se queda en el útero sin luz. El que sale es blanco como una película desvelada. Despertada del sueño de la vida: derramada en la vigilia prosaica. (A lo que despierta el “alma dormida” de Jorge Manrique es a la muerte).

En el negro se da la potencia de crear, sin el embarazo del yo. Produce una escritura paradójicamente fecunda y desembarazada. Suele ser por encargo, y con limitaciones: pero el peso de la autoría lo lleva otro. El negro se limita a bailar. O a producir artesanalmente lo que para el autor sería una agonía. En realidad, en la escritura del negro no hay autor: hay solo producción y firma. El negro escribe el texto; el que lo ha contratado lo firma; y la turbulencia del yo queriéndose expresar queda dinamitada.

El yo, que según Freud es “la residencia de la angustia” (o “el recinto del miedo”, si se prefiere la traducción argentina), es víctima de un gozoso tiranicidio. Y obtener su resultado benéfico es lo que busca, sin duda, el escritor que se disfraza con un seudónimo; y más aún el que se multiplica en heterónimos (como Fernando Pessoa) o en apócrifos (como Antonio Machado). André Breton y sus surrealistas tantearon la liberación mediante la escritura automática (que pretendía eclipsar al yo para que se manifestara el subconsciente) o los cadáveres exquisitos (en que no hay autor, sino jugador que aporta sintagmas sueltos que se ensamblarán con otros que desconoce).

A la metafísica que (con la ayuda de la gramática) instaura el yo, Nietzsche la llamaba “la metafísica del verdugo”. Se trataba de postular un sujeto para cargarlo de culpas y a continuación acusarlo y ejecutarlo. Era un pastel con veneno. En el terreno de la creación el resultado es el de la autoría estéril. Para Nietzsche, la premisa de la fecundidad artística es la embriaguez. En un sentido amplio, que incluye el “embriagaos de todo” de Baudelaire y la conexión clásica (y arcaica) con las musas. La inspiración. O la activación de las potencias vitales, arraigadas en lo oscuro.

El proceso saludable, según Nietzsche, sería el del despliegue de lo afirmativo, en primer lugar; y en segundo lugar el de la negación correctora. Es decir, primero la acción creadora del Sí ebrio, del instinto dionisiaco; y segundo, la intervención sobre ese magma del No, de la conciencia crítica y apolínea. Se trata de crear obras limitadas en las que habite lo ilimitado: formas con lo informe dentro. Algo así como vida en conserva. O baterías (artísticas) con electricidad acumulada.

La decadencia se da cuando es el No lo que se antepone. Cuando el exceso de autocontrol aniquila toda la fuerza de la obra, dejando un cadáver (no pocas veces prestigioso). Con esto está relacionado el taller de escritura que Augusto Monterroso concentró en su frase sobre los dos escritores que hay en todo escritor: “el escritor que escribe (que puede ser malo) y el escritor que corrige (que debe ser bueno)”. El escritor decadente, o nihilista, es el que corrige lo que ni siquiera ha escrito. El que antepone la crítica, ahogando la vitalidad.

Me acuerdo de un amigo escritor, cerebral, hipercrítico, que cuando le conté que durante una época de mi vida me ponían muy cachondo las negras, me soltó un discurso multicultural: “Claro, qué mayor estrategia de aproximación entre razas que el sexo, para quebrar la preponderancia de occidente y sabotear mediante los elementos corporales el imperialismo blanco, bla bla bla bla”. A lo que yo le respondí: “Pero tío, a mí solo me gustaban las negras”. Como le hubiera respondido un negro.

[Publicado en Jot Down en papel 8, especial Fundido a negro]

31.12.14

Mi columna favorita de 2014

"El Derby del destino manifiesto", Fernando Savater, El País, 22-VI-2014.

Entre mis columnas favoritas de cada año está siempre la del Derby de Epsom de Fernando Savater, en junio. Este 2014 ha sido la número cuarenta. Las primeras están recogidas en el libro El juego de los caballos, y la siguiente tanda en A caballo entre milenios. Luego han venido más. Me imagino que al final irán todas en un único volumen crujiente. Savater, además de contar la carrera, va ofreciendo pinceladas y reflexiones sobre las circunstancias del momento. A veces he soñado con ir al Derby de Epsom, no para ver a los caballos sino para ver a Savater viéndolos.

[Publicado en Highway]

30.12.14

Pedro Sánchez, colgado

Pedro Sánchez no va y no va. Es que se le ve: no va. Tiene algo que no funciona y ese algo es Pedro Sánchez. Cae bien, pero da lo mismo. Habla como un actor, no del todo bueno. O como un vendedor de enciclopedias que tampoco es bueno del todo. El problema es que la enciclopedia que tiene que vender es él mismo. Pero se vende mal. Y lo peor es que se ve eso: que se vende.

Podemos ha difundido por la atmósfera política una especie de gas que hace que la inconsistencia resalte más que nunca. A mí la verdad es que tampoco los de Podemos me parecen consistentes ("¡a Montano no se la cuelan!", como dice Andrea Mármol, no sin exageración), pero que los otros andan desvanecidísimos es algo incuestionable. Y me preocupa. Mi espíritu institucionalista me hace ver ahora los telediarios a la caza de consistencia –y credibilidad– en Rajoy, en Soraya, en Sánchez, en Díaz... Pero no hay manera: vuelvo con el zurrón vacío. El bipartidismo es hoy un animal cojo de las dos patas. Un bípedo inane.

Se palpa la desesperación y parece que ha llegado la hora de las contorsiones. A Sánchez lo hemos visto en el programa de Cuatro Planeta Calleja, en pleno Día de los Inocentes, escalando una roca vertical y descolgándose por un autogenerador de energía eólica de setenta metros de altura. Entre tanto, iba soltando sus pildoritas políticas, a ver si así entraban. Pero no. Es un problema de guión, de actuación y de todo. El haber ido a un programa así es ya una derrota. Es seguir el proceso de abaratamiento de la política.

No me imagino a ningún elector que haya decidido votar a Sánchez tras verlo colgado. ¿Qué tiene que ver eso con las razones por las que se podría votar a Sánchez? Estas pantomimas son, más bien, razones para no votarlo... Aunque ni siquiera eso: son, como digo, síntomas de que todo está ya básicamente perdido. El PSOE es hoy menos que nunca un autogenerador de energía electoral.

[Publicado en Zoom News]

24.12.14

Bajas del 14

Y ahora, para quienes hemos perdido a un ser querido este año, llegan las Fiestas. Para nosotros y para los demás, pero en especial para nosotros. La ausencia adquirirá un espesor de presencia, y desfilarán las Navidades que vivimos con él (hablo de mi padre). Pero del todo triste no se podrá estar, porque delante tendremos a los niños (mis sobrinos). Ellos se llevan la estela del abuelo en su alegría. Y es el mejor homenaje.

No hay que exagerar los duelos. Esos lutos de antes. Es bueno que salte alguna lágrima entre luces, al desgaire de una risa. No en un ambiente oscuro. El propio ser que nos dejó va como desprendiéndose del traje del último año, el de la enfermedad, y regresando a otro anterior, más alegre. Busca quedarse en el recuerdo con una estampa feliz. Para alentar la vida.

He estado muy sensible a las bajas del 2014, que por momentos parecían caer como en la Europa de hace cien años. Todos llevarán en su tumba, o en su biografía, la misma cifra como cierre. Hermanados ellos por un número, y quienen los echan de menos por eso, por su falta. Claudio Abbado, Álex Angulo, Pedro Aparicio, Lauren Bacall, Di Stéfano, Gabica, García Márquez, Adelaida García Morales, Ignacio García-Valiño, James Garner, Juan Gelman, Félix Grande, Charlie Haden, Iyengar, P. D. James, Manu Leguineche, Virna Lisi, Paco de Lucía, Lorin Maazel, Rafael Martínez-Simancas, Ana María Matute, Paul Mazursky, Gerard Mortier, Mike Nichols, Leopoldo María Panero, Pertegaz, Alain Resnais, Jair Rodrigues, Mickey Rooney, Pete Seeger, Mark Strand, Adolfo Suárez, Shirley Temple, Jaume Vallcorba, Eli Wallach, Robin Williams y Johnny Winter, por citar solo a unos cuantos. (También, un gran empresario, un gran banquero, una duquesa y una reina).

Pongo aparte al poeta José Emilio Pacheco, porque quiero despedirme con su mujer (me resisto a llamarla su viuda): dejar sus palabras como regalo. Hace poco encontré esta entrevista que le hicieron en el velatorio y me impresionó. Hay que tomarla como ejemplo. Feliz Navidad.



[Publicado en Zoom News]

20.12.14

Thomas Bernhard se ha quedado solo

Me he convertido, a efectos de Jot Down, en un personaje de Thomas Bernhard. De mis cinco últimos artículos, tres son sobre Thomas Bernhard o tienen que ver con Thomas Bernhard. Y después viene un socavón (el último lo publiqué hace nueve meses, un embarazo: un embarazo de esterilidad) que es estrictamente bernhardiano. Al igual que el protagonista de Hormigón no hace más que preparativos y preparativos para escribir la obra definitiva sobre Mendelssohn Bartholdy, sin llegar a escribir nunca nada sobre Mendelssohn Bartholdy, yo no he hecho más que preparativos y preparativos para escribir artículos (¡definitivos también!) para Jot Down sobre diversos temas, sin llegar llegar a escribirlos nunca. Tengo libretas atiborradas de notas y la cabeza como un bombo. Pero pasaban los días, las semanas, ¡los meses! sin que me saliese nada. En realidad, he escrito columnas políticas para otro medio y he perdido horas y horas (¡y horas!) en Twitter. Pero para Jot Down, nada. De lo que yo más quería, que era escribir artículos para Jot Down, nada de nada.

Desde luego, lo que no iba a hacer más era escribir sobre Bernhard (¡eso lo tenía clarísimo!). No podía seguir siendo, para los lectores de Jot Down, "el pesado de Bernhard", o "ese que solo escribe sobre Bernhard". En junio estuve en una cena de editores en Madrid, y el editor de La Uña Rota, Carlos Rod, me dijo que cuando publicó Así en la tierra como en el infierno y otros dos libros de poemas de Bernhard en un tomo, estuvo esperando a ver qué escribía yo sobre el tomo, y le decepcionó que al final yo no escribiese nada. Tener a Bernhard ya como una chepa, ser ya "el de Thomas Bernhard", como Fernando Trueba es "el de Carlinhos Brown"; haber llegado a fernandotruebizarme hasta ese punto, y haber consentido por lo tanto que Bernhard se me carlinhosbrownice... Desde luego, iba a escribir sobre cualquier cosa menos sobre Bernhard. Así que aquí me tienen: escribiendo otra vez sobre Bernhard. (¡Y repitiendo las repeticiones como cualquier vulgar imitador de la voz de Bernhard, o de la traducción de Miguel Sáenz!).

Pero es que ha ocurrido algo que me ha desconcertado: Bernhard se ha quedado solo. Tras los últimos abusos editoriales de Alianza con los libros de Bernhard, que Alianza se ha podido permitir porque Bernhard es una droga dura y queda poco género, al fin nos ha dado este año un libro sustancioso a un precio razonable: En busca de la verdad, un auténtico festín para los bernhardianos. Me esperaba que se hablase mucho de él, y una sucesión de estimulantes artículos en la línea del que escribió Antonio Lucas en El Mundo como abriendo boca. Pero yo no he visto más, al menos no en los grandes periódicos. De pronto, por esta sugestión del silencio, he olido el fracaso: el fracaso de Bernhard. Al final, hemos proliferado los bernharditos, abaratando (¡como aquí se ve!) sus recursos, y convirtiendo el exabrupto y el enfado en galletas de todos los días, y por lo tanto en merienda fácil. Al mismo tiempo, la sociedad (o sea, Twitter) ha desarrollado armas de neutralización: al que discute por juego le llama troll; al que se ejercita en el canon negativo le llama hater. El gran autor Bernhard, pontífice negro, se ha quedado sin un público con paciencia para él: se le ve como a una hormiga de tantas.

En busca de la verdad puede leerse, en cierto modo, como el último escaparate del escritor con pedestal. Yo lo he leído entregado, que para eso Bernhard es mi ídolo; pero al no ver a nadie a mi alrededor, he sentido que mi pasión era caduca. Por el sumidero se van los despotricantes, los grandes autores hoscos de los siglos XIX y XX; autores sustentados, sin orquesta, por sus propios solos de saxofón. Se les ponía a hablar por el gusto de oírles hablar. Soltaban su numerito y les aplaudíamos: eran nuestros consentidos. Hoy se pide otra cosa: un tono más suave, más empático, mayor laboriosidad en las deducciones y un poco de documentación. El autor es uno más de nosotros, que no puede perder los modales y que tiene que currarse nuestro interés a cada momento. Debe ser más un periodista (o un profesor) y menos un poeta.

Así que yo fui a comprarme En busca de la verdad el primer día y me lo leí del tirón, disfrutando como un enano con las gansadas de mi gigante; y ahora lo evoco con espíritu elegíaco. Su modernidad de la segunda mitad el siglo XX parece ya la de un empelucado dieciochesco. El libro recoge intervenciones públicas de Bernhard ordenadas cronológicamente, entre 1954 y 1989, en setenta y dos textos de distintos formatos, Discursos, cartas de lector, entrevistas, artículos, como reza el subtítulo con admirable profesionalidad. Lo mejor son las entrevistas (quince, exactamente), que vienen a completar los libros de entrevistas con Bernhard ya editados. Como lector, pocas veces me lo he pasado mejor que leyendo los libros de entrevistas o conversaciones con Borges, Billy Wilder y Bernhard.

Llaman la atención los primeros textos, que están bien pero son más o menos culturales al uso, y por los que podemos calibrar lo lejos que llegó desde esos orígenes. Se ocupan, sin embargo, de autores de su familia (desestructurada) espiritual, como Georg Trakl o Rimbaud (el de este último, una conferencia, ya se recogía en el tomo de La Uña Rota). En lo que va diciendo esos primeros años está la semilla de todo el Bernhard posterior. De Trakl dice en 1957: "Sabía despreciar y ser despreciado... sobre todo por los burgueses y burreros de su ciudad natal Salzburgo, que todavía hoy no han cambiado". Y de un pintor sobre cuya exposición hace una croniquilla en 1955: "Posee eso que se ha hecho tan raro: ¡personalidad!". "Una carta para jóvenes escritores" (1957) empieza: "Lo que necesitáis, jóvenes escritores, no es más que la vida misma, nada más que la belleza y la depravación de la tierra". Y termina: "Las subvenciones en chelines que aguardáis os aniquilarán".

Pronto se asienta el Bernhard conocido y a partir de ahí se va por las páginas como por una pista de patinaje sobre hielo (las cuchillas de los patines son, naturalmente, las andanadas de Bernhard). Es muy divertido seguirlo en sus polémicas, en sus declaraciones, en sus apostillas y en sus travesuras: en estas parrafadas en que aparece Bernhard sin ficción disfrutamos al comprobar que Bernhard era también un personaje de Bernhard. Aunque con un secreto: a diferencia de ellos, él no era un inútil. Él sí trabajaba, escribía. Y tenía una voluntad o determinación por vivir que lo mantenía a flote. En parte gracias a la que él llamaba "el ser de mi vida", o "mi tía", Hedwig Stavianicek, treinta y siete años mayor, con la que estuvo desde que él tenía diecinueve años y ella cincuenta y seis. En la entrevista titulada "De catástrofe en catástrofe" (1987), que aquí ya había publicado la revista Quimera, habla por primera y última vez, de un modo emocionante, de algo parecido al amor. Y lo hace a la muerte de ella, en su ausencia:
Cuando murió esa persona desapareció otra vez todo. Entonces se queda uno solo. Al principio a uno le gustaría morirse también. [...] En cualquier lugar del mundo que estuviera, ella era mi punto central, del que lo extraía todo. Sabía siempre que esa persona estaba allí para mí por completo si las cosas eran difíciles. Solo tenía que pensar en ella, ni siquiera buscarla, y todo se arreglaba.
Reproduzco también cómo cuenta Bernhard el final de su tía, porque es una espléndida síntesis bernhardiana:
Lo más extraordinario que he vivido nunca ha sido tener la mano de ese ser en mi mano, sentir su pulso, y luego un latido más lento, otro lento latido y luego se acabó. Es algo tan inmenso. Se tiene en la mano todavía su mano, y entra el enfermero con la etiqueta numerada para el cadáver. La monja lo echa y le dice: 'Vuelva más tarde'. Entonces uno se enfrenta otra vez con la vida. Se levanta muy tranquilo, recoge las cosas, y entre tanto vuelve el enfermero y cuelga el número del dedo gordo del cadáver. Se limpia la mesilla y la monja dice: 'Tiene que llevarse también el yogur'. Fuera graznan arriba los cuervos... realmente como en una obra de teatro.
La teatralización, pues, para sobrevivir. Para sacarle chispas teatrales a este mundo que suele oscilar entre lo atroz y lo aburrido. Antes le ha dicho Bernhard a su entrevistadora: "Me ha preguntado qué imagen tengo de mí. A eso solo puedo decir: la de un bufón. Entonces la cosa funciona". Y En busca de la verdad, aunque esté pasando más inadvertido de lo esperado, vaya si funciona.

* * *
PD. Después de escribir este artículo he sabido que sí han aparecido reseñas en algunos medios importantes, como los suplementos culturales de El Mundo y La Vanguardia, y la revista Qué Leer. Se me han debido de escapar en parte porque son tardías, de finales de noviembre o principios de diciembre; y en parte porque mi percepción de la soledad de Bernhard se ha proyectado más de la cuenta. Me alegra que resista.

[Publicado en Jot Down]

16.12.14

Podemos y el sexo

Dicen que poner ahora "Podemos" en un titular online incrementa las visitas tanto como poner "sexo". Yo he preferido no arriesgarme y he puesto las dos. Se supone que han entrado ustedes en masa. A ver qué hago yo ahora con ustedes. Aunque al colocarles el cebo he picado yo también: me veo obligado a escribir algo que no se aleje del todo del titular; incluso que se corresponda con él, más o menos.

Podemos y el sexo. Para empezar, las dos acepciones del nombre del partido tienen una connotación sexual. El Podemos de podar: castrar. El Podemos de poder: la potencia viril. Como ven, hay para las chicas y para los chicos. ¡Paridad! También tiene una acepción sexual lo de casta: persona que practica la castidad; o sea, que no practica. Podar la casta sería, pues, propiciar el despipote. Quitar la nata asexuada que nos dirige y que "todo el monte sea orgasmo", como se llamaba un viejo programa irreverente de Radio 3. Las congregaciones de los podemistas, por su parte, con todos gritando "¡ahora podemos! ¡ahora podemos!", ¿qué parecen, sino el varón que se da ánimos a sí mismo después de un gatillazo? (Eso podría decir Sabina al comienzo de su segundo intento en Madrid, que en principio es esta noche).

Antes de la crisis, en 2007, los españoles se mostraban conformísimos con la economía de mercado. Lo recordaba Belén Barreiro en El País: "El apoyo al capitalismo era más alto en España que en Alemania o Francia". Era la época de las vacas gordas y los españoles se lo montaban bien con el sistema. Pero llegó la crisis y poco después, en 2012, España era "uno de los países más anticapitalistas, con un nivel de apoyo similar al de Rusia y solo por encima de Grecia, Jordania, Túnez, Japón y México". Barreiro hace unas reflexiones más finas, más documentadas y más profesionales. Mi deducción es abrupta: que "los españoles" no son unos anticapitalistas, sino unos capitalistas sin dinero. Al extender esta frustración al arrumbamiento del sistema, se comportan como el que quiere acabar con el sexo solo porque no se le empalma (¡metáfora masculinizante!).

Mi amigo el novelista Juan Francisco Ferré me contaba hace poco que un aspecto de la Transición que no se suele mencionar es su carácter libidinoso. En efecto, fue un periodo vibrante, con incitaciones. La instauración de la democracia traía pareja una oleada de vitalismo. Si se abusaba de la expresión "no hay que confundir la libertad con el libertinaje" es porque la libertad se excedía maravillosamente, tirando con frecuencia por lo sexual. También de un modo más amplio: había una erotización del ambiente. El país se volvió joven y tenía las pulsiones de un joven. Ahora ocurre todo lo contrario. El martillazo sostenido de la crisis económica, junto con los pichatristes que nos han venido gobernando en las últimas legislaturas, nos han dejado con la sexualidad de una caja de cartón. Predicar el Estado de Derecho, como hacemos algunos, no tiene morbo: es como defender, según la memorable expresión de Luis Cernuda, "el aguachirle conyugal".

El quid de la cuestión es que, a partir de un determinado momento de normalidad democrática, las ilusiones y las pasiones hay que ponerlas en otro sitio, no en la política. Lo que puede ofrecer esta es limitado. Pero la tendencia arcaica persiste: hay un ansia por que se reerotice la política. Y al final los españoles se han enganchado a Podemos, que sube en las encuestas como una erección.

[Publicado en Zoom News]

9.12.14

El elefante cuatribarrado

Algunos tenemos que ir tomándonos con deportividad nuestro gran error político: el haber hecho nuestra una idea demasiado pulcra del Estado de Derecho. Ya somos un estorbo. Estamos condenados a dar la nota, a molestar, a no estar conformes con nada. Nuestro discurso era modestito: defendíamos sin más complicaciones la legalidad democrática. Pero eso basta para que en esta España imposible pasemos por subversivos. Nuestra defensa del sistema nos ha convertido en piedrecitas que entorpecen el funcionamiento del sistema.

El único beneficio es de carácter intelectual: comprendemos de primera mano por qué la Historia de España ha sido el desastre que ha sido. Al parecer no hay más cera que la que arde, y con estos mimbres etcétera etcétera. ¿Pesimismo? Constatación de lo que tenemos delante de las narices. En teoría todo está abierto. Pero la práctica viene siendo de una cerrazón asfixiante. Incluso un artículo tan animoso como el que destacados miembros de Libres e Iguales han publicado en El País, intentando deshacer la condena, es necesario aquí porque se siente que impera esa condena.

La foto del rey don Felipe VI junto a Artur Mas me dejó mal cuerpo el Día de la Constitución, que fue cuando apareció en El Mundo. Para mí Mas es una especie de Tejero catalanista, en tanto enemigo y agresor –como el golpista– de nuestro Estado democrático; es cierto que no quiere imponernos una dictadura, pero el que cuente con más apoyo para su delirio anticonstitucional lo convierte en un Tejero más grave. Desde esta visión, que el Jefe del Estado aparezca junto a él de un modo tan campechano (¡mal momento para recuperar ese gen!) me parece, como a Arcadi Espada, obsceno. Mucho más que la foto de don Juan Carlos con el elefante de Botsuana, que fue algo no ejemplar pero, en fin de cuentas, extrapolítico. Mi opinión tiene hilo directo con mi estómago. Y la foto me lo ha revuelto. Como si hubiese visto a don Felipe con otro elefante: el elefante cuatribarrado, más parecido al Elefante Blanco del 23-F que al de Botsuana.

Subiendo del estómago a la cabeza, entiendo los beneficios de la cordialidad. Y ahora que estoy con Escohotado, percibo lo de que de civilizatorio tiene el comercio, incluso en esas instancias. Pero es triste. Y deprimente. Los apaños que se hicieron para llegar a la Constitución fueron liberadores, puesto que se dirigían a la libertad y la racionalidad. Los apaños que puedan hacerse con el nacionalismo son siempre en la dirección opuesta. La melancolía que al final queda es que el sustrato de España es esa pulsión por el apaño en sí; o, si no sale, por la ruptura. Y que cuando el apaño ha conseguido algo beneficioso tampoco vale, porque lo que sigue vigente es la pulsión.

[Publicado en Zoom News]

6.12.14

Woody de pronto

Ayer me enteré demasiado tarde de que estrenaban la película de Woody Allen. No me daba tiempo de llegar a la primera sesión. Pensé ir la semana que viene ya, un día de diario, que es más furtivo; pero al final fui a la de las 18:50h. El furtivo era yo, entre una animación de viernes. Deliciosa la película, aunque todavía no sé qué ha dicho la crítica. Ando desorganizado. La pausa del cine, llevadera. El resto normal. He mantenido la costumbre de dejarlo anotado aquí, con poco chiste.

* * *
(26.9.15) Al repasar esta entrada veo que el año pasado ni siquiera puse el título de la película: Magia a la luz de la luna. Ayer fui a ver la de 2015, Irrational Man, en la primera sesión del viernes de estreno.

5.12.14

Luz corriente

He leído un libro recomendable, que me envió su autor, Francisco Baena: Luz corriente (Pre-Textos). Se presenta como novela, pero es un híbrido de los dos elementos que hoy vivifican el género: el ensayismo y la autobiografía (en este caso, también familiar). O sea, que es una novela de nuestro tiempo. Tiene cuatro capítulos, coherentes entre sí pero de funcionamiento autónomo. El primero es una reflexión, apoyada en distintas obras literarias, sobre el tema de la muerte del padre. En el segundo el protagonista, Martín, evoca la del suyo. El tercero y el cuarto relatan algunos episodios de la vida del abuelo y de la del padre, respectivamente: se trata de un seguimiento de la llama genealógica. Con sus correspondientes contextos históricos: la Guerra Civil y parte de la posguerra en un pueblo de Almería, Dalías; y el antifranquismo de grupos cristianos a finales de la dictadura en Madrid. El libro no es largo (tiene 237 páginas), por lo que la narración se funda sabiamente en la elipsis y en la selección de lo que se cuenta; encarnado en una escritura sobria, elegante y precisa. No me resisto a reproducir el hermoso texto de la solapa, que da el tono (la luz) para la lectura:

2.12.14

Escohotado en la March (contra Marx)

Ya estamos en diciembre y desde que empezó el curso, en octubre, he querido dedicarle una columna a la Fundación Juan March, nuestra universidad abierta, libre y sin exámenes (ni títulos). Desde 2009 vengo escuchando las conferencias de su formidable archivo online, y me hubiese sacado ya varios doctorados mentales si mi memoria fuese más sólida. Esta resistencia mía a la erudición, sin embargo, tiene la ventaja de que puedo disfrutar varias veces la misma conferencia como si fuese la primera vez. Durante esa hora, al menos, sí estoy sabiendo bastante del tema que toque. Soy un poco como aquel personaje de Borges que se estaba leyendo la Enciclopedia Británica en orden alfabético y una tarde lo sabía todo de los druidas, de los drusos y de Dryden. Pero solo esa tarde.

Hace poco oí por la calle una conversación. Un hombre le decía a otro: "Te lo tienes que tomar con filosofía". No parecían hombres con estudios y me quedé pensando qué se entendía por "filosofía" en esa frase hecha. El equivalente sería perspectiva, distancia: "Te lo tienes que tomar con distancia". La Fundación Juan March, dirigida por Javier Gomá desde 2003, le aporta distancia (y elegancia) a nuestra vida peleona. Viene a ser algo así como la antitelevisión basura. Esta vida peleona, con su arrastre, es la que me ha impedido pararme un momento a hablar de la Fundación. Lo hago ahora, aprovechando que estuvo el jueves Antonio Escohotado, del que ya celebramos aquí el espectáculo de su libertad. Respondió a las preguntas del periodista Alfonso Armada, que cuando salió el segundo tomo de Los enemigos del comercio le hizo en Abc una entrevista espléndida de título no menos espléndido: "La utopía, además de una memez, es una inmoralidad". (La distancia y la elegancia que aporta también Escohotado no están reñidas con el boxeo).

La hora se pasa en un suspiro y con una sensación sostenida de gustazo. La gran defensa que hace Escohotado es la de la complejidad, y junto a ella la de la inteligencia, que es móvil, maleable, fluida y cambia al que la ejercita. Frente a ambas, contra ambas, está el simplismo, el esquematismo, que pretende reducir la realidad a recetas. Escohotado ve en el simplismo uno de los orígenes del marxismo (y del anarquismo), tanto por su incapacidad para concebir lo complejo como por sus divisiones maniqueas en términos de "bueno y malo", etc. Otro de los orígenes del marxismo es la rabia, el resentimiento: "el odio a la plenitud del otro". También el odio a la realidad física, que tiene "un pormenor infinito". Se despacha a gusto, maravillosamente, contra Marx y Engels, a los que llama, siguiendo a Bakunin, "un par de señoritos provincianos que lo que quieren es mandar". Marx, según Escohotado, tenía un ansia de matar mucho más intensa que Lenin y Stalin. Y recuerda algo que seguimos sin tener tan presente como debiéramos: que "la epopeya del comunismo" ha sido aún más criminal que la del nazismo.

La entrevista es jugosa, aunque yo esté ofreciendo frases secas: hay que escucharla. De entre los distintos temas de los que habla (con los mencionados, la plusvalía, la utopía, Podemos, "la casta", Caín, la muerte, Ortega, el dinero, Jesucristo, internet, Victor Hugo y Dickens, la universidad, las drogas...), quiero terminar con el de la vocación, que tiene algo de vigorosa autoayuda y así terminamos arriba. Según Escohotado, "la vocación es lo único que nos salva de la falta de paradero y de la avidez de novedades, es decir, de la banalidad". La vocación debe buscarla uno en sí mismo, y consiste en la elección de algo que ya está en uno pero "nada más que en germen, y tienes que cuidarlo, multiplicarlo, pulirlo y hacerte maestro. Porque lo único útil para el vecino es un maestro, un maestro en lo que fuere". ¿Y cómo se alcanza la maestría? "Con esfuerzo, con mérito, con amor propio".

Yo, por mi parte, voy a ver si retengo esta enseñanza todo el mes, para que me sirva de propósito de año nuevo. Aunque incluso en este crepúsculo del año escuchar a Escohotado tiene algo de auroral. Como los buenos pensadores, nos deja el terreno despejado.

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PD. No puedo dejar de recomendar el primer acto de la Fundación Juan March en este curso, que nos trajo la distancia sanísima de los historiadores: el diálogo entre Santos Juliá y José Álvarez Junco. De ambos hay ciclos que también recomiendo: La formación de la identidad española, de Álvarez Junco; y Los orígenes intelectuales de la democracia en España, de Santos Juliá. Con ambos obtrendremos un poco de erudición sobre lo que somos: conviene saborearlo antes de que se nos olvide.

[Publicado en Zoom News]