10.3.15

Pitanza electoral

No sé si este 2015 va a ser un año de mudanza, pero desde luego sí de pitanza. Y los andaluces estamos invitados a pinchar y cortar los primeros. Bueno, los segundos: los primeros han sido los propios partidos, que nos han dejado la mesa electoral llena de muñones, orejas, ojos, lenguas y hasta cabezas (sin mucho seso). El panorama electoral español es pura casquería. El andaluz también, aunque con una peculiaridad: la casquería nos viene embalsamada. Aquí, más que casquería hay charcutería. Una vez vi un rutilante cartel en un escaparate de comestibles: "Tenemos chóped puro". A eso es a lo máximo a lo que puede aspirar Andalucía, electoralmente hablando: a la pureza de su chóped.

Es en Madrid donde está la carne fresca, con los cadáveres (políticos) de Tomás Gómez e Ignacio González todavía chorreantes, y el de Tania Sánchez en plena transmigración. En vista de la escabechina que va a hacer el electorado con los partidos, estos han querido probar antes, a ver qué se siente. Nuestros partitocráticos no les permiten primicias a los votantes, ni siquiera la de acabar con ellos...

Hay algo preocupante: la falta de democracia interna. No hay costumbre de debate, y cuando surgen discrepancias se resuelven a navajazos. Las discrepancias, por lo demás, rara vez son de ideas, y ni siquiera ideológicas (es decir, de ideas en su versión raquítica). Responden al "quítate tú para ponerme yo". En este sentido, ciertamente, el navajazo era la única solución. El reverso de los personalismos son las cabezas cortadas de los personalistas que no han sabido imponer su persona.

Una tendencia que he empezado a observar es la del "voto por penilla". Sobre todo, por penilla al PSOE y a IU. Quizá por ello el instinto de estos partidos les ha llevado a poner como candidatos en Madrid a un filósofo y a un poeta, respectivamente: maestros en el arte de llorar que solo podrían ser batidos por un cantautor. Pero en Andalucía no tenemos ni eso. Mi sensación como votante es que solo tengo para meter en el sobre rodajas de mortadela. (He de decir, porque no voy a votarlo, que el menos mortadelesco de todos me parece Maíllo, el de IU).

El panorama mortecino regional hace que mucho voto se conciba con ambición nacional. Los meses y meses que llevamos de zarandeo político al fin se encuentran con unas urnas, y resulta que son las de los andaluces. Vamos a ser los primeros en hincarle el diente a lo que nos han dejado los partidos.

[Publicado en Zoom News]

5.3.15

Ejercicio de admiración

Manifestar admiración por Iñaki Uriarte es algo que no combina, por enfático, con el tono de sus Diarios: tan elegante es la distancia que ha sabido proponer en ellos. Pero uno, después de todo, no es Uriarte, sino un aprendiz de Uriarte, por lo que puede permitirse (aún) esta enfática inelegancia de proclamar su admiración; y de paso, empujar al lector a que lo lea. Me refiero, naturalmente, al lector que aún no conoce a Uriarte: pero el que lo conoce no está leyendo esta columna, sino sus Diarios, cuyo tercer tomo acaba de salir ahora (como los anteriores, en la editorial Pepitas de Calabaza).

Lo recomiendo desde una columna de actualidad porque de tarde en tarde hay que sacar la pierna de su bocado rabioso. Contra la rabiosa actualidad, en efecto, nada como estas páginas en que uno gana perspectiva y puede ganarse, por tanto, a sí mismo. En una de las entradas, un amigo le dice a Uriarte, tras haber estado charlando con él: "Qué paz, me voy como recién duchado". Y comenta Uriarte: "Si de alguna cosa pudiera preciarme en esta vida es de esos momentos en que he tenido y podido contagiar un poco de calma a mi alrededor. A diferencia de aquel que quería ser dinamita, a mí me parece bien cumplir la función de valium".

En los Diarios, con todo, asoma la actualidad. Abarcan el periodo de 2008 a 2010 y ahí están la crisis económica, Obama, el alto el fuego de ETA o el medio ambiente nacionalista (del que Uriarte anda desligado). Hay también algunos vistazos a la historia: Mayo del 68, la cárcel en el franquismo, los GAL (con una inquietante aparición de Amedo), o la emigración y el exilio vasco en Nueva York, de donde él procede. Como dice la escueta nota biográfica: "nació en Nueva York (1946), es de San Sebastián y vive en Bilbao". Pero sobre todo está la vida –en lo bueno, en lo malo y en lo regular–, filtrada por una percepción educada en Montaigne; y están las lecturas.

Quizá la clave de su arte ("el arte de Uriarte", como dice mi amigo Josepepe) esté en que es más un lector que un escritor. Esto no le supone escribir peor, porque de hecho escribe mejor, sino librarse de los vicios (y las brasas) de los escritores. Como dice en otra entrada: "Esos que escriben como si en la literatura se tratara de escribir y no de leer". El resultado es que estos Diarios son un regalo para el lector. Desde que empezaron a publicarse en 2010 (el lector Uriarte se convirtió en el autor Uriarte con sesenta y tres añitos), se hicieron con lectores agradecidos por pasárselo tan bien leyendo.

El gato de Uriarte se llama Borges. Y al otro Borges, que aparece con frecuencia en los Diarios (casi tanto como el gato y como Montaigne), le dedicó Cioran unas líneas en sus Ejercicios de admiración que yo le aplicaría a Uriarte: "podría convertirse en el símbolo de una humanidad sin dogmas ni sistemas, y si existe una utopía a la cual yo me adheriría con gusto, sería aquella en la que todo el mundo le imitara a él, a uno de los espíritus menos graves que han existido, al último delicado".

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24.2.15

La ética estratégica de Podemos

Siempre me acuerdo, por sus implicaciones éticas, de una escena de Traidor en el infierno, la película de Billy Wilder ambientada en un campo de prisioneros nazi para soldados estadounidenses. Entre estos hay un traidor que avisa a los carceleros de los intentos de fuga. Todos sospechan del personaje interpretado por William Holden, que se lo ha montado lo mejor que puede para vivir en el campo, dadas las circunstancias. Una noche sus compañeros lo envuelven en una manta y le dan una paliza. Holden, que no es el traidor, reflexiona: "Yo tampoco sabía su identidad, pero sin duda era el que me golpeaba más fuerte". Al final sabemos que era además el más moralista. La ética puede ser también el último refugio de los canallas.

En España nos hemos pasado meses soportando las prédicas de la plana mayor de Podemos: su denostación de lo que llaman "el régimen del 78", o sea, de nuestra democracia constitucional (que no es una cosa cualquiera: sino la uniquísima posibilidad de democracia prolongada de la que se ha podido beneficiar España en toda su historia), en aras de no se sabe qué (sus modelos políticos no son precisamente ni prometedores ni ejemplares; por no ser, no suelen ser ni democráticos); y sus inquisiciones supuestamente purificadoras sobre la conducta de los demás, con una retórica entre de hoguera y guillotina. Y ahora les llega el turno a ellos de estar en la picota y resulta que todo son excusas, autoexcusas, autoexculpación. Con la comprensión y hasta el aplauso de buena parte (no toda) de sus justicieras bases. En relación con la ética, los "círculos" de Podemos se han revelado como unos perfectos círculos viciosos.

Al final, ya sabemos lo que era la ética –o la apelación a la ética– para ellos: una simple estrategia. Un arma arrojadiza: un arma ideológica, sin más. No un sistema de valores más o menos objetivables, para orientarse en la tarea de vivir y hacerse ideas sobre uno mismo y los demás, sino una mera retórica para el enjuiciamiento del prójimo cuando esto resulta útil para unos determinados fines que no tienen nada que ver con la ética. El ejercicio que hacen de ella es estrictamente cínico. Con Podemos vuelve lo de "el fin justifica los medios": maquiavelismo perroflauta. Podemos: la casta con ínfulas.

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17.2.15

Ola de suicidios en la política española

Hay quien ha echado a faltar, en estos años de crisis, el espectáculo de magnates arruinados y de corruptos echándose por las ventanas, como parece que ocurrió tras el Crack del 29. El ser humano ha ido a menos y el antirromanticismo también ha llegado ahí. Por aquellos suicidios se atisba que en los plutócratas todavía quedaba un resto de código que, llegado el caso, les llevaba a comportarse como samuráis: sin honor, no merecía la pena vivir. Con el tiempo han aprendido que no hay que tomarse las cosas tan a pecho.

Pero esa pulsión de muerte se ha mantenido, por no contradecir al último Freud, que consideraba que las dos grandes fuerzas eran Eros y Tánatos; tan fuertes, que si se reprimían de un sitio salían por otro. De Eros nos ocuparemos otro día (¡ojalá llegue!), hoy toca solo el impulso tanático. Esos suicidios que no se han producido en los individuos (por fortuna, que en el columnismo tampoco nos tomamos ya las cosas tan a pecho), han empezado a producirse, y de qué modo, en los partidos políticos.

Se trata de suicidios colegiados, en que las cúpulas de los partidos ejercen de orquesta del Titanic que, en vez de con instrumentos musicales, tocase con picos y taladradoras, y cuya música fuera la del agujereamiento del casco. O cúpulas que, como una actriz histérica, no dejan de dar mandobles por la muñeca del partido con una cuchilla de afeitar, por ver si le encuentran la vena a las siglas. De otro modo no se entiende lo que están haciendo los dirigentes del PSOE, IU, CiU, UPyD, casi Podemos ya y el PP incluso, este de un modo más enrevesado.

El PSOE con su deriva de almodovariana vaca sin cencerro, cuyo último episodio ha sido la pelea Sánchez-Gómez (españolísima a nivel apellidos). IU con el saltimbanqueo de Sánchez (la Sánchez: por estas cosas hay que ponerlas a veces el artículo), y con esa rabia de no haberse convertido en Podemos antes de Podemos, que es lo que quería Alberto Garzón. De Mas, ya se sabe: un puro truco de prestidigitación, en que se envuelve en la bandera, luego se desenrolla la bandera y ya no está él. UPyD con Gorriarán dándolo todo en Twitter, a coz por tuit, últimamente contra Ciudadanos (este, por cierto, quizá no se esté suicidando ahora porque lo intentó hace unos años y no le salió); ya hasta circula un chiste cuyo protagonista absoluto podría ser Gorriarán:

–Oiga, que se le ha caído un partido.
–No, no, si lo he tirado yo.

Podemos, por su parte, parece instalado ya en su techo electoral, como lamparón del sistema, tras haberse comprobado lo casta que es también (Errejón, Monedero, Alegre) y lo que se enfada en las tertulias (Iglesias). En vez de ofrecer una respuesta diferencial a sus problemas, ha optado por enrocarse, como un partido político español suicida cualquiera.

Lo del PP, como decía, es algo más enrevesado. El presidente Rajoy se ha decantado por ese pseudosuicidio, o suicidio provisional, que es la hibernación. Es nuestro Walt Disney, que no está muerto sino congelado. A cambio, para calmar a las fieras, sí se ha encargado de suicidar (casi personalmente) algunos trozos del partido: los de Cataluña y Andalucía, por ejemplo, que están a la moda de lo que se lleva ahora en la política nacional, como hemos visto.

El problema de esta política, para Rajoy, es que está un pelín caliente: es una política en fase de calentamiento, que puede ir derritiéndole el bloque de hielo hasta verse convertido en un charco. Aunque tal como van las cosas, ese charco (sumamente del gusto de Arriola, por lo demás, tan calladito) también ganaría las elecciones.

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10.2.15

Lo más guapo

No puede ser que no me despida de Joe Rígoli. ¡No puede ser! Murió hace dos semanas, pero la actualidad no deja sitio para las cosas importantes. Era mi feo favorito, por encima del feo de los Calatrava, cuya fealdad hizo que fuese conocido como "el guapo" su hermano, que era feo también. De niño aprendimos así una primera cuestión comparativa. Pero la fealdad de los hermanos Calatrava era áspera, fatua, daba angustia verlos (al menos me la daba a mí) en sus números interminables. La de Rígoli, en cambio, era acogedora: una fealdad cálida y como imantada. No me cansaba de mirarlo. En su cara siempre estaban pasando cosas.

El caso es que no recuerdo nada que hiciera, solo gestos. Y la famosa frase de Felipito Takatún (nombre con el que aprendimos percusión): "Yo sigo, güeeee". ¡No se puede olvidar, como se olvida habitualmente, ese güeeee! En él concentraba toda su artillería facial y alcanzaba la mueca perfecta: era su do de cara. Pero el que yo no recuerde nada que él hiciera, ni una película, ni una canción, ni siquiera un sketch, pero me acuerde de él quiere decir que fue una presencia, una compañía. La tele nunca ha estado fría para un niño. A Joe Rígoli se le podría aplicar la variación que hizo Juan Cueto de lo del marqués de Bradomín: era feo, catódico y sentimental.

En 2009, en Facebook, empezamos a acordarnos de él unos cuantos, nos fuimos animando y terminamos montando una especie de club de fans de Joe Rígoli. Reconozco que lo hacíamos con algo de cachondeíto, pero también con un cariño latente. Al fin y al cabo, no se nos hubiera ocurrido montar un club de fans de los hermanos Calatrava. Hacíamos chistes, exagerábamos en nuestra exaltación, pero por debajo notábamos su mirada de ojos saltones y su expresión imposible de tierna, con flequillo. Nos vio un argentino de nuestros muros, que dijo tener un amigo común con Rígoli, por lo que la noticia le terminó llegando. Nos contaron que se alegró, y que nos daba las gracias. Según las necrológicas, en aquel 2009 ingresó en la Casa del Teatro de Buenos Aires, una residencia para actores pobres.

Las noticias han venido feísimas estas dos semanas, como suelen venirlo dos semanas que se escojan al azar en nuestro mundo; aunque ahora hay un repunte, porque están en la tele a todas horas los yihadistas (feos tras sus caras tapadas) y los horrorosos de Gran Hermano Vip. El recuerdo de Joe Rígoli ha ido quedándose casi como lo más guapo. Por una simple cuestión comparativa.

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3.2.15

Entre todas las banderas

Amor, amor solo he tenido por una bandera: la de Brasil. Aunque no le negaré nada al que me diga que lo llamo amor cuando quiero decir sexo. Solo que sexo en amplísimo sentido, en mi caso: la erotización total por un país, por una cultura. Con humor también desde el principio: ese Ordem e progresso irónico. Ningún país pone en su bandera un chiste. Brasil empieza por colocarse la bandera como disfraz de carnaval...

Frente a la bandera de Brasil (cuyo nido además lo tengo a seis mil kilómetros, y eso ayuda), todas me son entre indiferentes y antipáticas. La española también. Aunque con esta se ha producido un efecto interesante que me la ha ido limpiando de antipatía, por decirlo así: tras el empacho franquista, ha sido muy fácil convivir con ella. Una vez que voló el aguilucho, la relajación patriótica en la que hemos vivido los españoles (exceptuando a los nacionalistas de "las Españitas", que decía García Calvo) ha sido un lujo histórico impagable. Quizá un día se termine, por reacción. Pero de momento se mantiene.

Esa suavidad no se le ha perdonado, y a su tolerancia, a esa especie de estar sin estar suyo, compatible también con la ironía, se le ha respondido con el desprecio o la exclusión. Tendrá que ver con la rareza española, que al fin y al cabo es la nacionalidad a la que da oficialmente sus colores. A propósito, hace un par de semanas asistí a una mesa redonda en la que corresponsales extranjeros hablaban de su experiencia en nuestro país. Junto con defectos a los que no eran ciegos, resaltaron una virtud, más encomiable aún durante esta crisis: España no es un país xenófobo. Luego pensé que, en realidad, la única xenofobia visible en España es la que hay contra los españoles...

Nuestra rareza se vio también el sábado en la manifestación de Podemos, de la que habría mucho que hablar pero yo solo voy a hablar de las banderas. Llamaba la atención cuántas había y que ninguna fuera la española. Su ausencia era un macroaguilucho. Hubo un momento prometedor en el 15-M y fue cuando prohibieron las banderas. Ahora se ha abierto la jaula y el aluvión parece la parada de los monstruos. La proporción de antidemocráticas, o de dudosamente democráticas, era abrumadora. Hermann Tertsch habló de "las banderas de la revancha sacadas del inmenso basurero de los fracasos sangrientos de la historia".

Muchas eran banderas de países que no existen en España: la Cataluña independiente, la Galicia independiente, la Andalucía independiente, o nuestra pobre República, que ya no existe tampoco. Pablo Iglesias habló de sueños y ahí los llevaban en los trapos: cada cual con el suyo, como en la escena de los sueños de Bienvenido, Mister Marshall. Todos esos países beneficiándose de no haber existido nunca o de haber muerto, condiciones propicias para no tener que enfrentarse a los problemas reales ni que pagar las facturas. Privilegio que no puede ahorrarse el país que sí existe, el de la bandera española, que por eso no mola nada.

Pero al final, en Sol, sí estaba allí: no entre los manifestantes, sino colgada en el balcón institucional. Aristocrática, au desus de la mêlée, para todos, sin caprichitos. La bandera objetiva, la sin monserga, la no histérica, la no cursi, la no excluyente: la del conjunto completo de los españoles, ellos también.

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27.1.15

El populismo perfecto

La libertad va con la responsabilidad. El sujeto libre es el sujeto responsable: el que se hace cargo de lo que ha hecho, y también de lo que le ha pasado. Porque el sujeto responsable no es omnipotente: le pasan también cosas que no ha decidido. Ya que estamos con los griegos, en la tragedia se escenificaba precisamente esa herida; y la parte contraria sí era omnipotente: el destino.

Los grandes trágicos eran artistas para adultos: les enseñaban que hay problemas irresolubles. Instalaban a los espectadores en esa tensión, que solía acabar mal. La tragedia del escenario era la tragedia de la libertad de cada uno. Hasta que con Eurípides, según señalaba Nietzsche, llegó el pasteleo: los problemas empezaron a tener solución. Esta solución no procedía de la lógica interna de la trama (que era, como digo, irresoluble), sino de fuera: aparecía un dios que lo arreglaba todo. El famoso deus ex machina (el dios desde la máquina, de la tramoya), que ahora vienen a representar Alexis Tsipras en Grecia y Pablo Iglesias en España.

Zyriza y Podemos son, pues, partidos antitrágicos. Es decir, partidos que postulan (y venden) un final feliz. Al fin y al cabo, la historia que postula su profeta Carlos Marx tiene un final made in Hollywood. Al igual que Hollywood, Tsipras e Iglesias son especialistas en halagar al público. Su halago consiste, básicamente, en eximirle de toda responsabilidad. El pueblo no ha tenido ninguna responsabilidad en el estado de su país: toda la responsabilidad es de sus políticos, y en los últimos años también de Alemania y de la troika.

He aquí el populismo perfecto. Escenificado especialmente en el caso español con esa acuñación de "la casta", que funciona como una aspiradora moral: a ella va a parar la responsabilidad de todos los males, dejando al pueblo limpio, sin una pelusilla. Y el pueblo, como buen espectador de Hollywood que es, lo ha comprado: basta con sustituciones en el poder y con actos de decisión para que la realidad (moldeable como en Hollywood) no ofrezca ya problema.

Pero la realidad suele ser más pedregosa y resistente, no tan fácil de moldear, ni moldeable por completo. Y la historia, a diferencia del cine y del teatro, no se para. No hay un telón ni un The End, sino que la trama sigue. El momento de la (falsa) solución terminará desembocando en el nuevo problema, o en el problema antiguo agravado. Y al pueblo no se le ahorrará verlo ni sufrirlo en sus carnes; y si lo ha hecho excesivamente mal, tampoco se les ahorrará a sus hijos.

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20.1.15

Floriano, cortometrajista

Para ilustrar lo abajo que estaba un guionista en Hollywood, Billy Wilder contaba esto que oyó una vez sobre un rodaje: "Fíjate si estaba salida la script, que se acostó hasta con el guionista". Pero los que hemos estado en el guionismo de cine y televisión, aun en su modalidad más bajuna, como es la del cine malo y la televisión mala, siempre hemos tenido a alguien más abajo aún: los cortometrajistas. Eran prácticamente nuestro único balón de oxígeno: aquellos a los que podíamos despreciar con la convicción de que eran peores. Luego algunos triunfaban, pasaban a hacer largos y demostraban ser mejores. Pero esta, como se decía en Irma la Dulce, es otra historia.

Los cortometrajistas son muy pesados, los pobres (no les queda otra), pero lo que me agobiaba de ellos era el abismo que mediaba entre su talento y su ilusión. Era una ilusión descomunal y una falta de talento igualmente descomunal (esto último, en el 95% de los casos; como también pasa, por otra parte, en los escritores y hasta en los columnistas). Ahora a Carlos Floriano le han encomendado una misión con presupuesto, la de la campaña del PP en las autonómicas y municipales de mayo, y lo primero que ha hecho ha sido rodar unos cortos. De pronto me he dado cuenta de que siempre había tenido un algo de cortometrajista: de esos que se han hecho su curso en Nueva York, aunque con look aseado.

Los cinéfilos con estas cosas lo que nos hacemos es una jam session, y eso he hecho yo con la producción completa, hasta esta hora, de Floriano: siete cortometrajes que configuran un mundo, el Macondo personal de Floriano. Los simples títulos ya nos dejan un aroma: Aún queda mucho por hacer, Cercanía, Un paso más, Aciertos y desaciertos, Voluntad de mejora, Detrás de los datos. Suena a algo entre Ingmar Bergman y Leni Riefensthal; el voluntarismo de esta, eso sí, endulzado con un tono (¡socialdemócrata!) de autoayuda.

Esto último explica por qué este universo fílmico resultaría hospitalario para Zapatero. Nos lo imaginamos perfectamente llegando a esa estancia inundada de luz, sin suciedad, humo ni vicios, que quizá se ha utilizado luego para hacer un anuncio de Danone, cogiendo una manzana y sentándose entre Rajoy, Cospedal, Arenas, Pons y el propio Floriano, que, como Woody Allen, sale en sus películas. También él, cómo no, dice mordisqueando la manzana, tiene ideas para mejorar el país. Y los demás lo escuchan porque ese es el estilo de la película, el de escuchar y ser guays. El de ser todos, en realidad, Zapatero. De hecho, es a Zapatero al que interpreta Floriano cuando dice lo de que "a lo mejor nos ha faltado piel y sensibilidad".

El resultado es un maravilloso ciclo sobre la impostura del poder. Quizá Torres-Dulce esté de acuerdo si algún día vuelve la tertulia de Garci y lo ponen. Malos actores interpretando un papel que no se creen, e interpretándolo mal, en una cápsula que no tiene nada que ver con lo que hay ahí fuera: la realidad, la vida. Floriano logra traducir admirablemente a lenguaje cinematográfico el carácter mediocre y hueco del político español, encarnado en este caso en los de la cúpula del PP, a los que quizá no les vendrían mal unas clases de Cristina Rota (aún a riesgo de salir todos luego con la pegatina del "No a la guerra").

En cuanto al presidente Rajoy, enlaza con esa tradición actoral española de intérpretes carraspeantes y titubeantes, incapaces de emitir un golpe de voz firme. Este tono tiene su gracia cuando se trata de presentar a un personaje atribulado, tipo Pepe Sacristán en Cara de acelga; pero exhibirse así estando al timón del barco resulta raro. En el cine todo se puede arreglar, sea repitiendo las secuencias o después en montaje, y si Floriano no lo ha arreglado es porque es eso lo que quería transmitir. Dice Josep Pla en El cuaderno gris que para sus padres debió de ser duro ver que tenían un hijo "en forma de nebulosa". Floriano nos cuenta que los españoles tenemos un presidente exactamente así.

Tampoco se ha arreglado en montaje el error más importante de todos, el que desbarata a Rajoy y consagra a Floriano como cineasta malvadísimo: el uso de Rajoy de "deber de" en vez de "deber". Si eso estaba en el guión, es para Goya. Dice Rajoy: "Lo que te da equilibrio y lo que te da fuerza es hacer aquello que crees que debes de hacer". Me recuerda a lo que unos amigos me dijeron un domingo, eufóricos de su sábado: "Anoche estuvimos a punto de empezar a ligar". La emisión de Rajoy, ya de por sí desequilibrada y débil, y por lo tanto con una forma que refuta el contenido, se rompe del todo al final con ese "de" de plastilina. En El País sí se lo han arreglado en montaje, y en el titular lo han puesto bien: "lo que crees que debes hacer".

No es para menos. Es algo sabido de sobra (menos por Rajoy y los que son como él), pero Manuel Seco lo explica con dos palabras en su Diccionario de dudas (Espasa, 2001): deber + infinitivo significa obligación; deber de + infinitivo significa suposición. Así que el sentido del deber de don Mariano es, de momento, dicho por él mismo y no corregido por Floriano, lo segundo.

[Publicado en Zoom News]

13.1.15

La sátira y las tetas

Y cuando París se manifestaba por la libertad, contra el fanatismo, murió Anita Ekberg, las tetas de La dolce vita. Rubia y vikinga en la Fontana di Trevi. También ella ha sido Europa. Ella, ellas: sus tetas no eran solo cuestión de volumen, sino también de sustancia; tenían densidad metafísica, quilates ontológicos. Los fanáticos del Islam esconden a sus mujeres y Occidente las muestra, contoneándose bajo el agua, como Venus con escote. Alianza de Civilizaciones sería que hubiera una fuente con su Anita musulmana en La Meca, y no que una occidental tenga que taparse en Roma porque un cura (o un imán) se lo mande. Civilización solo hay una: abierta a todo el mundo. El Islam cabe en ella si se adapta. Lo que no podemos hacer, por las barbas incaricaturizables del profeta, es adaptarnos nosotros.

La lucha no es contra el Islam, sino contra el Oscurantismo. El Islam es hoy uno de sus focos: en su seno están los peores borricos del momento. Pero la lucha es también contra los oscurantismos occidentales. Más débiles pero no tanto, y con el riesgo permanente de que se fortalezcan. La Historia es un sinvivir. La opción lepenista, por ejemplo, sería rendirse a una suerte de islamismo rubio: Marine Le Pen, la anti-Ekberg sargento. Una Europa vaciada de sí misma, metida por miedo en una tumba antioccidental. (Empleo "Occidente", como puede observarse, de manera alegórica).

Pero hay que ser contundentes: el uso que empieza a hacerse de "islamófobo" es el mismo que aquí se ha venido haciendo de "facha". Una manera de conjurar la crítica (una crítica real, bien argumentada y con razón las más de las veces) por medio de la excomunión (¡religiosa!) del que la emite. Hay, ciertamente, islamófobos; como hay fachas. Pero no suelen ser aquellos que son acusados de tales. De hecho, cuando aparece un islamófobo o un facha de verdad, los denunciamos los mismos: los que no pasamos por la túrmix ideológica la realidad, para luego rechazar o comernos la papilla según su color.

En Occidente se ha alcanzado una alto grado de sofisticación, no apta para todas las cabezas: ni siquiera las occidentales. "Con la claridad aumenta el frío", decía Thomas Bernhard; y el primer impulso es ir a buscarse una estufita. En el universo simbólico no hay nada sagrado. Esa es la sofisticación. Todo es discutible, de todo nos podemos burlar y hacer sátira. El universo simbólico es convención y podemos jugar intelectual y artísticamente con él. Como nos venga en gana. Sin que nos toquen un pelo. Lo respetable es el hombre, cada hombre, no su universo simbólico. El que se apoya en este para agredir o matar es un bárbaro.

La incomodidad ante esta sofisticación está en nosotros mismos, como digo. Cuesta defender tajantemente que cada cual puede decir lo que quiera, atacar con su inteligencia y con su humor lo que quiera. Que es un derecho en sí mismo, y que las consideraciones de carácter estético o moral son legítimas pero vienen después. Cuesta defender tajantemente ese derecho, sin que se cuelen esas consideraciones. El "sí, pero es muy zafio" no vale. El derecho a ser zafio está incluido, como el derecho a la blasfemia. Esto es lo único que hay que respetar.

Los asesinados de Charlie Hebdo estaban dando la batalla en vanguardia por ese derecho, pues la sátira contra los intolerantes constituye la vanguardia. Y los lápices que tanto han dibujado sus colegas estos días (haciéndole un pobre homenaje al oficio, hay que decirlo también) son una empalizada. Protectora pero abierta: en ella caben todos los que escojan la civilización.

[Publicado en Zoom News]

6.1.15

Deseos humanos

El invento este español del día de Reyes tiene como único propósito acabar con los propósitos. Con los de año nuevo, naturalmente, que son los que uno se formula con mayor empuje. Como si fuera nuevo. El sabotaje de estos primeros días tontos hace que lleguemos al 6 de enero con el 2015 ya desperdiciado. Se acabó la Navidad y se acabó todo. Desde mañana, otro año viejo.

De niños no nos hacíamos propósitos: simplemente esperábamos los regalos. De adultos la cosa se complica. Georges Brassens dice en una de sus canciones más bonitas que la primera novia es "el último regalo de papa Noel". En efecto, con el amor (y el sexo) se abandona la infancia y los otros regalos pasan a un segundo plano: el que más deseamos es ese, con sus venenos. Me acuerdo del epitafio de un artista que hay en el cementerio inglés de Málaga: "El arte y las mujeres le hicieron la vida más hermosa, pero también más difícil".

En estos días de espera (desilusionada ya) de los Reyes Magos, me entregó un papelito un africano, que podría ser Baltasar vestido de calle. Era uno de esos anuncios de brujo, cuyas prestaciones se enumeraban. Lo cogí solo por cortesía (por hacerle ese regalo al hombre), e iba a tirarlo a la papelera unos pasos más allá cuando me di cuenta de que en que en él se resumían los deseos humanos esenciales. (Los deseos del humano adulto, claro está, porque el niño lo que quiere son sus juguetes). Así que me lo guardé. Lo tengo ahora delante.



"No hay problema sin solución", reza el encabezamiento. Y a continuación el maestro Amadou, "gran vidente especialista en todo tipo de problemas y dificultades", enumera esos problemas, en tres bloques: "Problemas matrimoniales - sentimentales"; "Suerte en los negocios, en el trabajo y exámenes..."; y "Protección de vida de familiares". El amor, el dinero y los seres queridos. El más pormenorizado es el primero. La parte del león de la felicidad, como quien dice. Para quien ya goza de ella, resulta conmovedor lo de "amarres": siempre está el miedo de que se pueda perder. Y si además de amor se tiene financiación (cosa que ofrece el segundo bloque), la cosa va que chuta. Al final se asegura que el "profesor" Amadou (ha pasado de maestro a profesor en once líneas) "arregla casos muy desesperados con rapidez y resultados positivos y garantizados".

Me imagino a esos desesperados acudiendo al brujo, y el alivio que sentirán solo por pensar, durante la consulta al menos, que lo suyo puede arreglarse. Pero hay que bregar con lo que no tiene arreglo. El psicoanalista André Green dice que la salud mental está en lo que él llama "posición depresiva": no prescindir de la conciencia de lo que va mal, pero sin paralizarse por ello. Tenerlo como un trasfondo de (ligera) melancolía permanente.

Me he acordado del mejor párrafo de las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, que no se engañaba sobre lo que no puede ser, aunque lo reincorporaba al encanto acre de la vida: "Cuando hayamos aliviado lo mejor posible las servidumbres inútiles y evitado las desgracias innecesarias, siempre tendremos, para mantener tensas las virtudes heroicas del hombre, la larga serie de males verdaderos, la muerte, la vejez, las enfermedades incurables, el amor no correspondido, la amistad rechazada o vendida, la mediocridad de una vida menos vasta que nuestros proyectos y más opaca que nuestros sueños: todas las desdichas causadas por la naturaleza divina de las cosas".

Hay, pues, en contra de lo que promete el maestro o profesor Amadou, problemas sin solución. Aunque se le podría dar la vuelta, de un modo más profundo, casi zen, como hizo Duchamp: "No hay solución, porque no hay problema". No se trataría de frivolidad, sino de seriedad despreocupada. Para que el adulto vuelva al niño, según Nietzsche: "Madurez del adulto: significa haber reencontrado la seriedad que teníamos de niños al jugar".

[Publicado en Jot Down]

5.1.15

Depresión regional

Lo de las uvas de Canal Sur es una frivolidad, naturalmente. Que todos los problemas fueran así. Pero constituye un síntoma tan nítido, y tan grande, que me ha producido una depresión: una depresión de carácter, digamos, regional. Andalucía es esto. Es más cosas, algunas buenas; pero también esto.

"Sarna con gusto no pica", dijo un amigo para referirse a los que habían optado por seguir las campanadas por Canal Sur. Y la verdad es que, ya puestos en esa situación, el que las uvas salieran logradas o fracasadas era lo de menos. Los vídeos que han circulado de familias pasmadas ante la tele ofrece una muestra sociológica de quiénes ven la cadena: esta, de algún modo, ha seleccionado a ese espectador pasivo que lo ha confiado todo a ella y no sabe cómo reaccionar. La acción del mando a distancia parecía descartada de antemano. Eran salas de estar de la estolidez.

Después se lo tomaban, benditamente, con humor. Incluso en los despotriques escatológicos había humor. Eso está bien. Tiene un fondo sabio. Pero los que ya estábamos inritados no hemos podido dejar de apreciar cómo ese humor, o esa guasa, es también nuestra condena. Con menos tonterías nos iría mejor. Por supuesto, también la cadena se ha sumado a las risas, con un vídeo de "excusas simpáticas". En él hay otro elemento interesante: los desenfadados presentadores remiten al 28-F, en que habrá una gran sorpresa. El 28-F como escudo de protección: un invento precisamente diseñado para estas ocasiones.

Las críticas a Canal Sur nunca pueden ser del todo a Canal Sur: porque su identificación es máxima con buena parte del pueblo. Se trata de una cadena con muchos cómplices entre los andaluces, que rebotan en ella autosatisfechos como pelotas de frontón. No me atrevería yo a quitarla, y dejar a esos espectadores sin su espejo. Pero la cadena, en vez de refocilarse, quizá podría hacer por elevarse un poco. Y, sobre todo, se podría intentar romper ese círculo desde abajo: desde la educación. Vano empeño en vista de los resultados. Mantener al pueblo en el atraso siempre les ha rentado a los señoritos: a los de antes y a los de ahora.

[Publicado en Zoom News]

1.1.15

Estética del negro

Durante una época fui negro y fui feliz. Pensándolo ahora, me doy cuenta de que fui negro. O al menos estaba inmerso en el mundo, real y simbólico, de la negritud. Me aficioné a Brasil, país de negros. Iba a un bar de música negra, el Dr. Funk, en el que ligaba con negras. Me hice novio de una, con la que me fui a vivir. Consumía películas porno de negras, y me compraba todos los meses la revista Ébano (versión española de Black Tail), a veces con mi chica negra, ante el kiosco, de la mano. El kiosquero pensaría que lo mío era pasarse. Además, mis mitos eróticos eran las hermanas Williams.

Había un problema en sus partidos de tenis: y es que solían ser de una hermana Williams, Serena o Venus, contra otra que no era la otra hermana Williams, Venus o Serena, sino Arantxa o Conchita por lo general. Mi sueño era ver el partido de una hermana Williams contra la otra hermana Williams, para evitar el bajonazo (gatillacesco) de los contraplanos. A veces les tocaba jugar entre sí, pero nunca logré pillar aquellos partidos. Lo conseguí cuando era demasiado tarde: ya no estaba con mi novia negra sino con otra blanca (muy blanca).

Pero estábamos en mi época de negro. A lo anterior hay que sumar que trabajaba como negro. Hacía trabajos universitarios como negro, igual que El artista de los trabajos universitarios de David Leavitt, y mi retórica académica fluía sin cortapisas. Escribía también capítulos de teleseries como negro, y mi imaginación, mi gracia y mi habilidad para los diálogos fluían sin cortapisas. Y empezaba a participar en internet (en chats y foros, que es lo que había entonces) bajo nombres que no eran míos y por eso me daban libertad: mis palabras fluían sin cortapisas. Como si yo fuese el negro de seres imaginarios.

En inglés, ya sabemos, negro es ghostwriter: pero mi teoría es que el fantasma no es ahí el que escribe, sino el que no escribe. El fantasma es el que está sin estar mientras se produce la escritura.

El negro escribe para no firmar, y si escribiera para firmar se paralizaría. Solo puede escribir si no es autor. Es lo que a mí me pasa, o me ha venido pasando.

Me pasó desde el comienzo. Con dieciséis o diecisiete años decidí ser escritor. Mi primer día (hubo un primer día) me coloqué ante una hoja en blanco, iluminada por el flexo, y no supe qué escribir. Tenía el propósito de no anotar cualquier cosa, sino algo auténtico: que surgiera de mi interior; que pudiera corroborar y firmar. Recuerdo el vacío. Pero no tanto el de la página sino el de mí mismo. Me sentí hueco. No con el oscuro magma de una intimidad que pudiera clarificar mediante la escritura, sino blanco también, como la página.

Unos años después, Octavio Paz me lo hizo ver en un verso: “la mirada ciega de mirarse mirar”. El problema es la conciencia, la autoconciencia. El blanco paralizador.

No deja de ser una contraposición facilona, pero tiene su verdad. El blanco estéril, lo negro fecundo. Al fin y al cabo el que engendra es el semen negro: el que se queda en el útero sin luz. El que sale es blanco como una película desvelada. Despertada del sueño de la vida: derramada en la vigilia prosaica. (A lo que despierta el “alma dormida” de Jorge Manrique es a la muerte).

En el negro se da la potencia de crear, sin el embarazo del yo. Produce una escritura paradójicamente fecunda y desembarazada. Suele ser por encargo, y con limitaciones: pero el peso de la autoría lo lleva otro. El negro se limita a bailar. O a producir artesanalmente lo que para el autor sería una agonía. En realidad, en la escritura del negro no hay autor: hay solo producción y firma. El negro escribe el texto; el que lo ha contratado lo firma; y la turbulencia del yo queriéndose expresar queda dinamitada.

El yo, que según Freud es “la residencia de la angustia” (o “el recinto del miedo”, si se prefiere la traducción argentina), es víctima de un gozoso tiranicidio. Y obtener su resultado benéfico es lo que busca, sin duda, el escritor que se disfraza con un seudónimo; y más aún el que se multiplica en heterónimos (como Fernando Pessoa) o en apócrifos (como Antonio Machado). André Breton y sus surrealistas tantearon la liberación mediante la escritura automática (que pretendía eclipsar al yo para que se manifestara el subconsciente) o los cadáveres exquisitos (en que no hay autor, sino jugador que aporta sintagmas sueltos que se ensamblarán con otros que desconoce).

A la metafísica que (con la ayuda de la gramática) instaura el yo, Nietzsche la llamaba “la metafísica del verdugo”. Se trataba de postular un sujeto para cargarlo de culpas y a continuación acusarlo y ejecutarlo. Era un pastel con veneno. En el terreno de la creación el resultado es el de la autoría estéril. Para Nietzsche, la premisa de la fecundidad artística es la embriaguez. En un sentido amplio, que incluye el “embriagaos de todo” de Baudelaire y la conexión clásica (y arcaica) con las musas. La inspiración. O la activación de las potencias vitales, arraigadas en lo oscuro.

El proceso saludable, según Nietzsche, sería el del despliegue de lo afirmativo, en primer lugar; y en segundo lugar el de la negación correctora. Es decir, primero la acción creadora del Sí ebrio, del instinto dionisiaco; y segundo, la intervención sobre ese magma del No, de la conciencia crítica y apolínea. Se trata de crear obras limitadas en las que habite lo ilimitado: formas con lo informe dentro. Algo así como vida en conserva. O baterías (artísticas) con electricidad acumulada.

La decadencia se da cuando es el No lo que se antepone. Cuando el exceso de autocontrol aniquila toda la fuerza de la obra, dejando un cadáver (no pocas veces prestigioso). Con esto está relacionado el taller de escritura que Augusto Monterroso concentró en su frase sobre los dos escritores que hay en todo escritor: “el escritor que escribe (que puede ser malo) y el escritor que corrige (que debe ser bueno)”. El escritor decadente, o nihilista, es el que corrige lo que ni siquiera ha escrito. El que antepone la crítica, ahogando la vitalidad.

Me acuerdo de un amigo escritor, cerebral, hipercrítico, que cuando le conté que durante una época de mi vida me ponían muy cachondo las negras, me soltó un discurso multicultural: “Claro, qué mayor estrategia de aproximación entre razas que el sexo, para quebrar la preponderancia de occidente y sabotear mediante los elementos corporales el imperialismo blanco, bla bla bla bla”. A lo que yo le respondí: “Pero tío, a mí solo me gustaban las negras”. Como le hubiera respondido un negro.

[Publicado en Jot Down en papel 8, especial Fundido a negro]