26.3.15

Buitres

Que la ideología es el gran sustitutivo de la religión se ve con nitidez en lo referido al antiguo negociado de esta última: el de los cadáveres calientes. Antes los curas revoloteaban (como buitres, sí) en torno al moribundo ateo por si le podían sacar una conversión de última hora. Con fe o buena fe, pero, en fin de cuentas, utilizando a un ser concreto en aras de algo abstracto. Para alimentarse con él, en tanto que con él reforzaba su propio bastión mental, su creencia.

Con nuestros sacerdotes de la ideología pasa lo mismo. La vida es instrumental para ellos; mejor dicho: es instrumental para ellos lo concreto. Me gustaba mucho la expresión que prefería utilizar Eugenio Trías en vez de "individuo" (noción esta que para él contenía ya un principio de abstracción, de uniformización hacia dentro): ser singular sensible en devenir. Una caracterización sinuosa, revoltosa, con la que es difícil hacer negocios; sobre todo negocios religiosos o ideológicos.

Para su utilización hay reducir al ser singular a moneda, a moneda de cambio. Eso hacen los sacerdotes (¡y los monaguillos!) de la ideología. Con los cadáveres aún calientes se precipitan a instrumentalizarlos para su fe, que puede ser buena en su conciencia, pero que de raíz es mala. Volvió a pasar anteayer con el accidente aéreo de Los Alpes. Desde el minuto uno había nacionalistas catalanes dirimiendo si los cadáveres eran "españoles" o "catalanes"; y nacionalistas españoles (esta vez con precisa utilización del término) "alegrándose" de que en el avión hubiese catalanes; y anticapitalistas rebañando para su anticapitalismo; y hasta charcuteras echando sobre los cadáveres los hígados de la hepatitis C (de los que, por supuesto, solo le importa su instrumentalización partidista).

Muy pronto los cadáveres quedaron sepultados por las mencionadas abyecciones; y también por los que nos peleábamos contra ellas. Un amigo mío decía que el ego es como el pene: cuanto más se toca, más crece. Hasta los esfuerzos por reducirlo (hablo del ego) lo que hacen es incrementarlo, por el simple manoseamiento. Con la ideología pasa igual: como uno se meta en su fango, aunque sea para combatirla, acaba propiamente enfangado. Esta columna, lo reconozco, es un coletazo de lo mismo que critica. Me resigno a ello.

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24.3.15

El voto sentimental

Parece que el gran misterio es de dónde salen los votos del PSOE en Andalucía. Yo lo sé. Mi padre votaba siempre al PSOE. Mi madre lo siguió votando el domingo, en las primeras elecciones sin mi padre. Enfermo, todavía fue a votar en las europeas. Al PSOE. Siempre al PSOE.

Yo nunca he votado al PSOE. Lo habría hecho en 1982, como todo el mundo, pero era menor de edad. Creo que lo habría hecho también en 2004 (equivocándome), pero me encontraba fuera de mi circunscripción y ni siquiera había solicitado el voto por correo (mi costumbre entonces era abstenerme). En homenaje a mi padre, me había propuesto votar por primera vez al PSOE este año: un voto aislado, sentimental; para que no se notase en el cómputo su ausencia. Pero lo decidí pensando que iba a ser en las municipales, que el PSOE tiene pocas posibilidades de ganar aquí en Málaga. (Y aunque las ganara: habría en mi voto un eco del gran alcalde del PSOE que fue Pedro Aparicio, que murió también el año pasado).

Pero se han interpuesto las elecciones a la Junta y ahí ya sí que no. Imposible el voto sentimental para un partido que, como recuerda mi amiga Berta González de Vega, cumplirá durante esta legislatura "un franquismo" en el poder. Berta, por cierto, que viene de familia de profesionales ilustrados (su padre es un gran cirujano), es de las que dice que no conoce a nadie que vote al PSOE. Por estas cosas veo que está bien puesto el "desclasado" con el que me autodenomino ahí arriba. Me medio salí de mi clase, pero sin entrar en la otra, con la que sin embargo me comunico. Esta situación es inestable, incómoda, ruinosa en último extremo; pero al menos mi perspectiva es variada. Para escribir sirve.

Para mis padres, que venían del pueblo y se trasladaron a la ciudad cuando se casaron (trabajos agrícolas, sus labores, en la construcción, en la fábrica), el gran acontecimiento fue votar. Él nació en 1933, ella en 1940. Conocieron el hambre y la pobreza. La explotación. El abuso de los señoritos. Sufrieron también el poder y la impunidad de la dictadura. Después no les fue mal del todo, fueron a la par con el país: conocieron el desarrollismo de los sesenta, el médico "del seguro" y la enseñanza pública para sus hijos (yo soy el primer universitario de mi rama familiar), que ya no pasamos necesidades.

Por alguna razón, votar y votar al PSOE fue lo mismo para ellos desde el principio: lo hacían con la misma alegría, con el mismo alivio, con el mismo orgullo y supongo que con la misma venganza. No había tradición política en la familia: ningún antepasado del PSOE, ni del PCE. Si escogieron el PSOE fue porque se trataba de la izquierda moderada: una izquierda sin estropicio; y este anhelo indudable de estabilidad es el que, al cabo, se probó con la estabilidad de ellos en ese voto.

Hay, sin duda, herencia de la falta de cultura democrática. Como si la democracia hubiese ofrecido la posibilidad de apoyar a un partido y, una vez escogido el partido en cuestión, ya no moverse de ahí. Hiciesen lo que hiciesen sus gobernantes, y permaneciese en el poder los años que permaneciese. Se me ocurre que fue una especie de pacto matrimonial trasladado al terreno electoral. Tras la consumación de la primera vez que votaron al PSOE, se trataba de ser fiel, con un lejano temblor placentero de la noche de bodas.

Yo me he enfadado mucho con ellos, naturalmente. Me cabreaba que no supiesen ver que, hoy en día, son los socialistas andaluces los que ocupan en muchos terrenos el lugar de los señoritos. Y cómo han usado, y con qué falta de respeto han tratado, a los votantes incondicionales que son como mis padres. Pero en realidad basta mirar al PP andaluz para entenderlo casi todo. ¿Cómo iban a votar al PP andaluz? El que quiera saber por qué hay gente que vota al PSOE en Andalucía, que no mire al PSOE, sino al PP. Es mi consejo de desclasado.

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20.3.15

Presentación en Luces


Dossier de la editorial sobre la novela, con entrevista al autor: aquí.

19.3.15

Chistes desde el poder

Soy partidario del humor, naturalmente; por sus virtudes desengrasadoras y civilizatorias, y –más allá de los motivos edificantes– por el gusto que en sí mismo produce. Pero cuando es el poder el que se pone chistoso, me sobreviene un malestar que me convierte casi en un moralista. Como el fraile que oponía a la risa en El nombre de la rosa. Decía Cioran que todas las religiones son, en su esencia, "cruzadas contra el humor". Y algo de cruzado antihumorístico tengo cuando me cruzo con los chistecitos de quien manda...

A veces son chistes buenos, como los que decía de vicepresidente Alfonso Guerra. Pero incluso en ese caso la sonrisa me sale incómoda: a la gracia del chiste se le superpone la poca gracia de que haya sido dicho desde el poder. Nuestras dos últimas graciosas son mujeres: Susana Díaz, que estuvo muy dicharachera en el debate electoral del lunes, y Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta como Guerra (el cargo parece el club de la comedia), que ha hecho una escenificación comparando a los que no son del PP con los que se paran a mirar las obras. Una escenificación que yo calificaría de desafortunada; aunque, por no hacerle un feo a su presidente Rajoy, afecto al término, voy a llamarla patética.

El PP está nervioso. Lo tenía todo perfecto para el chantaje: o PP o Podemos. Un chantaje impresentable pero razonable: desde luego, antes PP que Podemos. Pero ahora se ha interpuesto Ciudadanos y la estrategia se le ha hundido. La opción más razonable ya no es el PP. Y ha empezado a aflorar la risa floja. Que si Siudatans, como dijo Floriano; que si Naranjito, como dijo Hernando; que si Albert, como dijo Sanz; o que si mirones de obras, como dice ahora Soraya...

La legislatura empezó con la virulencia de Rajoy contra Rosa Díez en el debate de investidura y acaba con los chistes contra Ciudadanos. Este ha recogido el testigo de UPyD. Y enfrente, el Gobierno atacando en cada momento la opción que más le exigía entrar en razón y adecentarse. De risa.

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17.3.15

Énfasis andaluces

He pasado diez días en Madrid y no me he dado cuenta del privilegio hasta que no he regresado a Andalucía. Nada más entrar en Málaga, el sábado, vi los cartelones de los candidatos colgados de las farolas. Podrían parecer ahorcados, como aquellos ahorcados cuya presencia anunciaba la cercanía de una ciudad; pero estos estaban demasiado vivos. Parecían más bien pájaros, o saltimbanquis. O las flores de una primavera forzada: naciendo del metal. Mi impresión espontánea es que se ha optado más que nunca por la infantilización. Algo cómodo para unos candidatos con el nivel por los suelos. (Susana, Juanma: ¡vamos a jugar!).

En los días siguientes me he sometido al suplicio de las cadenas locales, o de las "desconexiones locales" de las cadenas nacionales: raciones de zurrapa mucho más abuntantes de las que pillaba en Madrid. Uno está acostumbrado a la inanidad de los mítines y no les pide nada, pero los fragmentos que he escuchado me han parecido particularmente ofensivos. ¿Tan poco respeto les tienen los políticos a los electores como para hablarles así? En esto no hacen excepción los, así llamados, "partidos nuevos". Por lo que se atisba, el futuro Parlamento de Andalucía será disperso y áspero, pero parace que ninguno va a desentonar en Canal Sur.

La televisión regional parece la norma: la que marca el canon estético al que todos se atienen. Para él no hay oposición. En ese canon tiene mucha importancia el habla. A mí me gusta el acento andaluz, el deje andaluz (aunque el mío en concreto no salga bien, como le corresponde a un descastado). El andaluz popular me gusta, y me gusta también el andaluz culto. Lo que no me gusta es esa manera de hablar andaluz de los andaluces profesionales: el de esos que delimitan su negocio hablando así, como para evitar que se les cuelen otros "de fuera". El "andaluz batúa", como lo llama mi amigo Fray Josepho, es una estricta demarcación de casta (a la que la candidata de Podemos se ha sumado, naturalmente).

Sus dos variables más cargantes son la folclórica y la humorística. La primera está encarnada por Susana Díaz, cuya manera de hablar está entre María del Monte y la Pantoja, aunque si que la cosa desemboque en canción (lo cual puede que sea de agradecer). La segunda variable es la de Moreno Bonilla, con su andaluz de humorista o graciosete, entre de Paco Gandía y Jesulín, que habla como preparando un chiste que no termina nunca de llegar (aunque con sus resultados electorales sí que nos reiremos). En ambos, y en todos los demás, predomina el énfasis. Como si no tuvieran otra virtud que la de ser andaluces.

En Madrid, por los días en que empezaba la campaña, hablé con un editor especializado en novelas: el género más leído. Me dijo que Andalucía está entre los sitios donde menos vende de toda España, y que cuando publica a un escritor andaluz sabe que no va a contar con un apoyo significativo de lectores de su región, lo que en la práctica es casi un lastre. En esas estamos, por detrás de la campaña, antes y después. Al fin y al cabo es a ese elector al que se dirigen los candidatos, con sus énfasis vacíos e infantilistas: al elector que no es lector. Como ellos mismos, por lo demás. Carne de Canal Sur.

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12.3.15

La generosidad de UPyD

El partido cuyo lema es "Lo que nos une" lleva meses obcecado en resaltar lo que lo separa: lo que lo separa de Ciudadanos, lo que lo separa de sus votantes y lo que lo separa, en consecuencia, de sí mismo. Ciudadanos es el partido al que más se parece. Y las diferencias que sí que se encuentran entre ambos, si se buscan, desaparecen considerablemente en lo que concierne a sus votantes. En efecto, lo que une a UPyD y Ciudadanos, por encima de lo que los separa, es lo que hacía a esos votantes dudar en cada elección si votaba a uno o a otro.

Un votante de UPyD se parece tanto a un votante de Ciudadanos que con frecuencia es el mismo votante: que va oscilando entre uno y otro partido en cada convocatoria electoral. Por el matiz de la separación no merecía la pena la desgarradura, que electoralmente hablando era un desagüe por el que se perdían votos. Este desperdicio se atenuaba cuando en la práctica parecía darse un reparto territorial: Ciudadanos (Ciutadans) en Cataluña y UPyD en el resto de España. Algo que no va a ocurrir en las reñidas elecciones que se avecinan.

Luchando por el mismo electorado, ambos partidos estaban condenados a perder. Y hablo en pasado porque UPyD ha tenido la generosidad de autosabotearse para no ser un estorbo. Todavía le restará votos a Ciudadanos, pero serán pocos y seguramente por última vez (o penúltima, como mucho).

Dos partidos para la misma franja de votantes son demasiados partidos. Que existieran los dos era un inconveniente. Consumada la inconveniencia, solo quedaba restañarla con el pacto. Abortado el pacto, no restaba otra solución que la desaparición o la inutilización (la reducción a la insignificancia) de uno de ellos. Parecía que iba a ser un proceso penoso y feo, pero UPyD ha tenido el detalle de abreviarlo (aunque no de embellecerlo), gracias a su cúpula. No está mal como último (o penúltimo) servicio del partido.

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10.3.15

Pitanza electoral

No sé si este 2015 va a ser un año de mudanza, pero desde luego sí de pitanza. Y los andaluces estamos invitados a pinchar y cortar los primeros. Bueno, los segundos: los primeros han sido los propios partidos, que nos han dejado la mesa electoral llena de muñones, orejas, ojos, lenguas y hasta cabezas (sin mucho seso). El panorama electoral español es pura casquería. El andaluz también, aunque con una peculiaridad: la casquería nos viene embalsamada. Aquí, más que casquería hay charcutería. Una vez vi un rutilante cartel en un escaparate de comestibles: "Tenemos chóped puro". A eso es a lo máximo a lo que puede aspirar Andalucía, electoralmente hablando: a la pureza de su chóped.

Es en Madrid donde está la carne fresca, con los cadáveres (políticos) de Tomás Gómez e Ignacio González todavía chorreantes, y el de Tania Sánchez en plena transmigración. En vista de la escabechina que va a hacer el electorado con los partidos, estos han querido probar antes, a ver qué se siente. Nuestros partitocráticos no les permiten primicias a los votantes, ni siquiera la de acabar con ellos...

Hay algo preocupante: la falta de democracia interna. No hay costumbre de debate, y cuando surgen discrepancias se resuelven a navajazos. Las discrepancias, por lo demás, rara vez son de ideas, y ni siquiera ideológicas (es decir, de ideas en su versión raquítica). Responden al "quítate tú para ponerme yo". En este sentido, ciertamente, el navajazo era la única solución. El reverso de los personalismos son las cabezas cortadas de los personalistas que no han sabido imponer su persona.

Una tendencia que he empezado a observar es la del "voto por penilla". Sobre todo, por penilla al PSOE y a IU. Quizá por ello el instinto de estos partidos les ha llevado a poner como candidatos en Madrid a un filósofo y a un poeta, respectivamente: maestros en el arte de llorar que solo podrían ser batidos por un cantautor. Pero en Andalucía no tenemos ni eso. Mi sensación como votante es que solo tengo para meter en el sobre rodajas de mortadela. (He de decir, porque no voy a votarlo, que el menos mortadelesco de todos me parece Maíllo, el de IU).

El panorama mortecino regional hace que mucho voto se conciba con ambición nacional. Los meses y meses que llevamos de zarandeo político al fin se encuentran con unas urnas, y resulta que son las de los andaluces. Vamos a ser los primeros en hincarle el diente a lo que nos han dejado los partidos.

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5.3.15

Ejercicio de admiración

Manifestar admiración por Iñaki Uriarte es algo que no combina, por enfático, con el tono de sus Diarios: tan elegante es la distancia que ha sabido proponer en ellos. Pero uno, después de todo, no es Uriarte, sino un aprendiz de Uriarte, por lo que puede permitirse (aún) esta enfática inelegancia de proclamar su admiración; y de paso, empujar al lector a que lo lea. Me refiero, naturalmente, al lector que aún no conoce a Uriarte: pero el que lo conoce no está leyendo esta columna, sino sus Diarios, cuyo tercer tomo acaba de salir ahora (como los anteriores, en la editorial Pepitas de Calabaza).

Lo recomiendo desde una columna de actualidad porque de tarde en tarde hay que sacar la pierna de su bocado rabioso. Contra la rabiosa actualidad, en efecto, nada como estas páginas en que uno gana perspectiva y puede ganarse, por tanto, a sí mismo. En una de las entradas, un amigo le dice a Uriarte, tras haber estado charlando con él: "Qué paz, me voy como recién duchado". Y comenta Uriarte: "Si de alguna cosa pudiera preciarme en esta vida es de esos momentos en que he tenido y podido contagiar un poco de calma a mi alrededor. A diferencia de aquel que quería ser dinamita, a mí me parece bien cumplir la función de valium".

En los Diarios, con todo, asoma la actualidad. Abarcan el periodo de 2008 a 2010 y ahí están la crisis económica, Obama, el alto el fuego de ETA o el medio ambiente nacionalista (del que Uriarte anda desligado). Hay también algunos vistazos a la historia: Mayo del 68, la cárcel en el franquismo, los GAL (con una inquietante aparición de Amedo), o la emigración y el exilio vasco en Nueva York, de donde él procede. Como dice la escueta nota biográfica: "nació en Nueva York (1946), es de San Sebastián y vive en Bilbao". Pero sobre todo está la vida –en lo bueno, en lo malo y en lo regular–, filtrada por una percepción educada en Montaigne; y están las lecturas.

Quizá la clave de su arte ("el arte de Uriarte", como dice mi amigo Josepepe) esté en que es más un lector que un escritor. Esto no le supone escribir peor, porque de hecho escribe mejor, sino librarse de los vicios (y las brasas) de los escritores. Como dice en otra entrada: "Esos que escriben como si en la literatura se tratara de escribir y no de leer". El resultado es que estos Diarios son un regalo para el lector. Desde que empezaron a publicarse en 2010 (el lector Uriarte se convirtió en el autor Uriarte con sesenta y tres añitos), se hicieron con lectores agradecidos por pasárselo tan bien leyendo.

El gato de Uriarte se llama Borges. Y al otro Borges, que aparece con frecuencia en los Diarios (casi tanto como el gato y como Montaigne), le dedicó Cioran unas líneas en sus Ejercicios de admiración que yo le aplicaría a Uriarte: "podría convertirse en el símbolo de una humanidad sin dogmas ni sistemas, y si existe una utopía a la cual yo me adheriría con gusto, sería aquella en la que todo el mundo le imitara a él, a uno de los espíritus menos graves que han existido, al último delicado".

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24.2.15

La ética estratégica de Podemos

Siempre me acuerdo, por sus implicaciones éticas, de una escena de Traidor en el infierno, la película de Billy Wilder ambientada en un campo de prisioneros nazi para soldados estadounidenses. Entre estos hay un traidor que avisa a los carceleros de los intentos de fuga. Todos sospechan del personaje interpretado por William Holden, que se lo ha montado lo mejor que puede para vivir en el campo, dadas las circunstancias. Una noche sus compañeros lo envuelven en una manta y le dan una paliza. Holden, que no es el traidor, reflexiona: "Yo tampoco sabía su identidad, pero sin duda era el que me golpeaba más fuerte". Al final sabemos que era además el más moralista. La ética puede ser también el último refugio de los canallas.

En España nos hemos pasado meses soportando las prédicas de la plana mayor de Podemos: su denostación de lo que llaman "el régimen del 78", o sea, de nuestra democracia constitucional (que no es una cosa cualquiera: sino la uniquísima posibilidad de democracia prolongada de la que se ha podido beneficiar España en toda su historia), en aras de no se sabe qué (sus modelos políticos no son precisamente ni prometedores ni ejemplares; por no ser, no suelen ser ni democráticos); y sus inquisiciones supuestamente purificadoras sobre la conducta de los demás, con una retórica entre de hoguera y guillotina. Y ahora les llega el turno a ellos de estar en la picota y resulta que todo son excusas, autoexcusas, autoexculpación. Con la comprensión y hasta el aplauso de buena parte (no toda) de sus justicieras bases. En relación con la ética, los "círculos" de Podemos se han revelado como unos perfectos círculos viciosos.

Al final, ya sabemos lo que era la ética –o la apelación a la ética– para ellos: una simple estrategia. Un arma arrojadiza: un arma ideológica, sin más. No un sistema de valores más o menos objetivables, para orientarse en la tarea de vivir y hacerse ideas sobre uno mismo y los demás, sino una mera retórica para el enjuiciamiento del prójimo cuando esto resulta útil para unos determinados fines que no tienen nada que ver con la ética. El ejercicio que hacen de ella es estrictamente cínico. Con Podemos vuelve lo de "el fin justifica los medios": maquiavelismo perroflauta. Podemos: la casta con ínfulas.

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17.2.15

Ola de suicidios en la política española

Hay quien ha echado a faltar, en estos años de crisis, el espectáculo de magnates arruinados y de corruptos echándose por las ventanas, como parece que ocurrió tras el Crack del 29. El ser humano ha ido a menos y el antirromanticismo también ha llegado ahí. Por aquellos suicidios se atisba que en los plutócratas todavía quedaba un resto de código que, llegado el caso, les llevaba a comportarse como samuráis: sin honor, no merecía la pena vivir. Con el tiempo han aprendido que no hay que tomarse las cosas tan a pecho.

Pero esa pulsión de muerte se ha mantenido, por no contradecir al último Freud, que consideraba que las dos grandes fuerzas eran Eros y Tánatos; tan fuertes, que si se reprimían de un sitio salían por otro. De Eros nos ocuparemos otro día (¡ojalá llegue!), hoy toca solo el impulso tanático. Esos suicidios que no se han producido en los individuos (por fortuna, que en el columnismo tampoco nos tomamos ya las cosas tan a pecho), han empezado a producirse, y de qué modo, en los partidos políticos.

Se trata de suicidios colegiados, en que las cúpulas de los partidos ejercen de orquesta del Titanic que, en vez de con instrumentos musicales, tocase con picos y taladradoras, y cuya música fuera la del agujereamiento del casco. O cúpulas que, como una actriz histérica, no dejan de dar mandobles por la muñeca del partido con una cuchilla de afeitar, por ver si le encuentran la vena a las siglas. De otro modo no se entiende lo que están haciendo los dirigentes del PSOE, IU, CiU, UPyD, casi Podemos ya y el PP incluso, este de un modo más enrevesado.

El PSOE con su deriva de almodovariana vaca sin cencerro, cuyo último episodio ha sido la pelea Sánchez-Gómez (españolísima a nivel apellidos). IU con el saltimbanqueo de Sánchez (la Sánchez: por estas cosas hay que ponerlas a veces el artículo), y con esa rabia de no haberse convertido en Podemos antes de Podemos, que es lo que quería Alberto Garzón. De Mas, ya se sabe: un puro truco de prestidigitación, en que se envuelve en la bandera, luego se desenrolla la bandera y ya no está él. UPyD con Gorriarán dándolo todo en Twitter, a coz por tuit, últimamente contra Ciudadanos (este, por cierto, quizá no se esté suicidando ahora porque lo intentó hace unos años y no le salió); ya hasta circula un chiste cuyo protagonista absoluto podría ser Gorriarán:

–Oiga, que se le ha caído un partido.
–No, no, si lo he tirado yo.

Podemos, por su parte, parece instalado ya en su techo electoral, como lamparón del sistema, tras haberse comprobado lo casta que es también (Errejón, Monedero, Alegre) y lo que se enfada en las tertulias (Iglesias). En vez de ofrecer una respuesta diferencial a sus problemas, ha optado por enrocarse, como un partido político español suicida cualquiera.

Lo del PP, como decía, es algo más enrevesado. El presidente Rajoy se ha decantado por ese pseudosuicidio, o suicidio provisional, que es la hibernación. Es nuestro Walt Disney, que no está muerto sino congelado. A cambio, para calmar a las fieras, sí se ha encargado de suicidar (casi personalmente) algunos trozos del partido: los de Cataluña y Andalucía, por ejemplo, que están a la moda de lo que se lleva ahora en la política nacional, como hemos visto.

El problema de esta política, para Rajoy, es que está un pelín caliente: es una política en fase de calentamiento, que puede ir derritiéndole el bloque de hielo hasta verse convertido en un charco. Aunque tal como van las cosas, ese charco (sumamente del gusto de Arriola, por lo demás, tan calladito) también ganaría las elecciones.

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10.2.15

Lo más guapo

No puede ser que no me despida de Joe Rígoli. ¡No puede ser! Murió hace dos semanas, pero la actualidad no deja sitio para las cosas importantes. Era mi feo favorito, por encima del feo de los Calatrava, cuya fealdad hizo que fuese conocido como "el guapo" su hermano, que era feo también. De niño aprendimos así una primera cuestión comparativa. Pero la fealdad de los hermanos Calatrava era áspera, fatua, daba angustia verlos (al menos me la daba a mí) en sus números interminables. La de Rígoli, en cambio, era acogedora: una fealdad cálida y como imantada. No me cansaba de mirarlo. En su cara siempre estaban pasando cosas.

El caso es que no recuerdo nada que hiciera, solo gestos. Y la famosa frase de Felipito Takatún (nombre con el que aprendimos percusión): "Yo sigo, güeeee". ¡No se puede olvidar, como se olvida habitualmente, ese güeeee! En él concentraba toda su artillería facial y alcanzaba la mueca perfecta: era su do de cara. Pero el que yo no recuerde nada que él hiciera, ni una película, ni una canción, ni siquiera un sketch, pero me acuerde de él quiere decir que fue una presencia, una compañía. La tele nunca ha estado fría para un niño. A Joe Rígoli se le podría aplicar la variación que hizo Juan Cueto de lo del marqués de Bradomín: era feo, catódico y sentimental.

En 2009, en Facebook, empezamos a acordarnos de él unos cuantos, nos fuimos animando y terminamos montando una especie de club de fans de Joe Rígoli. Reconozco que lo hacíamos con algo de cachondeíto, pero también con un cariño latente. Al fin y al cabo, no se nos hubiera ocurrido montar un club de fans de los hermanos Calatrava. Hacíamos chistes, exagerábamos en nuestra exaltación, pero por debajo notábamos su mirada de ojos saltones y su expresión imposible de tierna, con flequillo. Nos vio un argentino de nuestros muros, que dijo tener un amigo común con Rígoli, por lo que la noticia le terminó llegando. Nos contaron que se alegró, y que nos daba las gracias. Según las necrológicas, en aquel 2009 ingresó en la Casa del Teatro de Buenos Aires, una residencia para actores pobres.

Las noticias han venido feísimas estas dos semanas, como suelen venirlo dos semanas que se escojan al azar en nuestro mundo; aunque ahora hay un repunte, porque están en la tele a todas horas los yihadistas (feos tras sus caras tapadas) y los horrorosos de Gran Hermano Vip. El recuerdo de Joe Rígoli ha ido quedándose casi como lo más guapo. Por una simple cuestión comparativa.

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3.2.15

Entre todas las banderas

Amor, amor solo he tenido por una bandera: la de Brasil. Aunque no le negaré nada al que me diga que lo llamo amor cuando quiero decir sexo. Solo que sexo en amplísimo sentido, en mi caso: la erotización total por un país, por una cultura. Con humor también desde el principio: ese Ordem e progresso irónico. Ningún país pone en su bandera un chiste. Brasil empieza por colocarse la bandera como disfraz de carnaval...

Frente a la bandera de Brasil (cuyo nido además lo tengo a seis mil kilómetros, y eso ayuda), todas me son entre indiferentes y antipáticas. La española también. Aunque con esta se ha producido un efecto interesante que me la ha ido limpiando de antipatía, por decirlo así: tras el empacho franquista, ha sido muy fácil convivir con ella. Una vez que voló el aguilucho, la relajación patriótica en la que hemos vivido los españoles (exceptuando a los nacionalistas de "las Españitas", que decía García Calvo) ha sido un lujo histórico impagable. Quizá un día se termine, por reacción. Pero de momento se mantiene.

Esa suavidad no se le ha perdonado, y a su tolerancia, a esa especie de estar sin estar suyo, compatible también con la ironía, se le ha respondido con el desprecio o la exclusión. Tendrá que ver con la rareza española, que al fin y al cabo es la nacionalidad a la que da oficialmente sus colores. A propósito, hace un par de semanas asistí a una mesa redonda en la que corresponsales extranjeros hablaban de su experiencia en nuestro país. Junto con defectos a los que no eran ciegos, resaltaron una virtud, más encomiable aún durante esta crisis: España no es un país xenófobo. Luego pensé que, en realidad, la única xenofobia visible en España es la que hay contra los españoles...

Nuestra rareza se vio también el sábado en la manifestación de Podemos, de la que habría mucho que hablar pero yo solo voy a hablar de las banderas. Llamaba la atención cuántas había y que ninguna fuera la española. Su ausencia era un macroaguilucho. Hubo un momento prometedor en el 15-M y fue cuando prohibieron las banderas. Ahora se ha abierto la jaula y el aluvión parece la parada de los monstruos. La proporción de antidemocráticas, o de dudosamente democráticas, era abrumadora. Hermann Tertsch habló de "las banderas de la revancha sacadas del inmenso basurero de los fracasos sangrientos de la historia".

Muchas eran banderas de países que no existen en España: la Cataluña independiente, la Galicia independiente, la Andalucía independiente, o nuestra pobre República, que ya no existe tampoco. Pablo Iglesias habló de sueños y ahí los llevaban en los trapos: cada cual con el suyo, como en la escena de los sueños de Bienvenido, Mister Marshall. Todos esos países beneficiándose de no haber existido nunca o de haber muerto, condiciones propicias para no tener que enfrentarse a los problemas reales ni que pagar las facturas. Privilegio que no puede ahorrarse el país que sí existe, el de la bandera española, que por eso no mola nada.

Pero al final, en Sol, sí estaba allí: no entre los manifestantes, sino colgada en el balcón institucional. Aristocrática, au desus de la mêlée, para todos, sin caprichitos. La bandera objetiva, la sin monserga, la no histérica, la no cursi, la no excluyente: la del conjunto completo de los españoles, ellos también.

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