24.12.18

Pedagogías de la Transición

No se suele resaltar el esfuerzo pedagógico de la Transición, cómo se educó –profunda, machaconamente– en los valores de la democracia, tanto en la escuela pública como en la prensa, la televisión y la radio. Sobre todo en la radio. Yo me aficioné a escucharla con trece años, en 1979, gracias a una enfermedad que me tuvo en la cama un mes, que se me hizo cortísimo porque descubrí el programa de Luis del Olmo. A partir de entonces fui testigo de un montón de horas al día durante años, y puedo decir que no se dejaba pasar ni una: no hubo afirmación antidemocrática que no fuera reconvenida; no hubo falta de respeto que no fuera afeada; abundaban (¡sobreabundaban incluso!) las verbalizaciones en defensa de la tolerancia, de la pluralidad de opiniones, del antidogmatismo, de la libertad en general y de la libertad de expresión en particular. Aquello era, lo veo ahora, la Constitución en ejercicio. Predominaba un esmero por mantener limpio, despejado, el marco formal.

Seguía habiendo recalcitrantes, pero la corriente general iba contra ellos, y ellos mismos se fueron apaciguando. También por la insistencia pedagógica de los demás, con la que se topaban. Para mí fue significativo un episodio que he contado alguna vez. En un concierto de Joan Manuel Serrat al que asistí en Málaga en 1983 ó 1984, algunos lo abuchearon cuando cantó una canción en catalán, después de haber cantado muchas en castellano. No había nadie más querido que Serrat entonces. Lo sería incluso para quienes lo abuchearon, que al fin y al cabo habían ido a escucharle. Aun así, la inercia ceporra persistía; restos del franquismo sociológico. Durante años me abochornó este recuerdo, por vergüenza hacia mis paisanos. Hasta que no hace mucho, ya en plena crisis catalana, recordé algo que mi bochorno había sepultado: los abucheadores, una minoría, fueron abucheados por la mayoría; por mí también, naturalmente. Estábamos por que Serrat cantase en catalán y no permitíamos que fuera abucheado por ello. Y esto, y no lo otro, había sido lo significativo.

Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: ahora son otros los que abuchean a Serrat... por cantar en castellano. La inercia ceporra y los restos del franquismo sociológico están hoy donde están (aunque ahora también estén regresando por donde desaparecieron: acción-reacción). Y están ahí, sin duda, por las antipedagogías del nacionalismo, que empezaron a funcionar al mismo tiempo, y en la dirección contraria, que las pedagogías de la Transición.

En fin, solo me queda decirles una cosa: esta noche háganle caso al Rey. El discurso de la Corona (¡quintaesencia del columnismo constitucionalista!) siempre ha tenido razón. ¡Feliz Navidad!

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En El Español.

17.12.18

¿Qué fue de la izquierda progresista?

Un efecto inesperado que me ha producido la lectura de La deriva reaccionaria de la izquierda de Félix Ovejero (Página Indómita) ha sido la reconciliación con la izquierda progresista. Ha desaparecido del mapa y no recordaba cómo era; no recordaba el entusiasmo que producía –aunque fuera a veces desesperanzado–, con su racionalismo universalista y su afán de igualdad y liberación. Hacía mucho que nuestros autoproclamados izquierdistas eran (son) los nuevos curas, los nuevos inquisidores: exactamente, como dice Ovejero, unos reaccionarios.

Yo recomendaría este libro como lectura navideña (para que procurase un poco de calor) a los nostálgicos de la izquierda progresista, a los que se sientan de esta especie más amenazada que el lince. Y a los que quieran, sin nostalgia, con cabezonería, persistir en ella. Agustín García Calvo recomendaba abandonar sin más las palabras que hubiesen sido tomadas por “el enemigo”. Y sería plausible, ciertamente, abandonar la palabra “izquierda”, porque a estas alturas ya sabemos el significado que se le da y qué género de personajes se la arrogan. Pero a algunos no nos da la gana, sencillamente. Seguiremos aquí, como los últimos terrones del café molido. Lo nuestro sí que es resistencialismo y lo demás son tonterías. Aunque no carece de compensaciones morales: les aseguro que es un gustazo llamar “fachas” a quienes suelen llamar “fachas” y hacerlo desde la izquierda.

Un colega de Ovejero comentó que La deriva reaccionaria de la izquierda lo iban a comprar, por lo atractivo del título y la idea que expresa, lectores que luego no lo iban a poder leer, por su complejidad. Es verdad solo en parte, porque el libro también tiene páginas (bastantes páginas) para el lector más apresurado o menos especializado. Empezando por la larga introducción, que por sí sola justifica el libro, y en la que están concentradas con soltura, brillantez y vivacidad las ideas básicas. Luego vienen los capítulos hechos para el lector paciente y con ganas de profundizar y desmenuzar los conceptos: un espectáculo intelectual –el de tales profundización y desmenuzamiento por parte de Ovejero– fascinante. He ahí a un racionalista en acción.

Junto con el relato, convincente, de que la izquierda (la progresista) es la que ha impulsado la democratización desde la Revolución francesa, Ovejero analiza cómo hoy la izquierda (la reaccionaria) es cómplice de casi todo aquello contra lo que luchó: los particularismos, las identidades, el nacionalismo, el infantilismo, la religión, la superstición, el sentimentalismo. Naturalmente, nuestros izquierdistas reaccionarios llaman a Ovejero “facha”. Y esta es la prueba irrefutable de su progresismo.

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En El Español.

12.12.18

Acertar con el diagnóstico

Continúa deteriorándose la situación en Cataluña, en una farsa sin fondo que ahora fantasea con la sangre en un intento desesperado por que brote la épica. Esa fantasía no es tanto la del crimen como la del martirio, pero esconde un impulso desdichadamente tanático en cualquier caso. Por fortuna, no muchos parecen dispuestos a seguirlo; pero si lo siguieran el resultado tampoco sería la épica, sino una farsa incrementada, más absurda aún, hasta la náusea. La irrisión ya es inaudita, con ese Consell per la República que Puigdemont ha montado en Bélgica, en plan Palmar de Troya del catalanismo, o con el estrafalario Torra en la Generalitat, un Ubú president que ha dejado pequeño a Pujol y a Boadella convertido en el guionista de Bambi. Los que en su día compramos el mito de Cataluña como avanzadilla europeizante de España seguimos pasmados ante el socavón.

La parte buena son los libros que están saliendo, algunos espléndidos. Para desgracia de los independentistas (y bochorno de sus descendientes), todo está quedando bien documentado. La ignorancia no será una coartada. Los dos últimos que he leído (los cito con los subtítulos también, que dicen mucho) son Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña. Breviario de tópicos, recetas fallidas e ideas que no funcionan para resolver la crisis catalana, de Juan Claudio de Ramón (Deusto) y Habrá que jurar que todo esto ha ocurrido. El autosacrificio catalán, de Rafa Latorre (La Esfera de los Libros). Al leerlos juntos he visto que resultan complementarios: el de De Ramón centrado en las ideas, en las palabras, y el de Latorre en los hechos; sin que falten hechos en el primero ni ideas en el segundo. Y los dos logran lo que el primero exige: acertar con el diagnóstico.

“La necesidad de acertar con el diagnóstico” a que urge Juan Claudio de Ramón, para no insistir en el error en el intento de solucionar o paliar el problema, o al menos para no seguir agravándolo, la cumple con brillantez en su libro, como venía haciendo con sus artículos. Este Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña podría haberse titulado Ejercicios de tiro, todos en el blanco. Van pasando los tópicos (“Hace falta tender puentes”, “El origen del problema está en la sentencia del Estatut”, “No se puede judicializar la política”, “Es un problema político que requiere una solución política”...) y ¡pumba! El índice es un listado de las piezas cobradas. La conclusión general, que también subraya Francesc de Carreras en el prólogo, es que la causa principal de la crisis catalana es endógena: el nacionalismo catalán. (Los factores exógenos podrán haber influido más o menos, pero secundariamente). Y como el nacionalismo se alimenta del oscurantismo y la mentira, la respuesta ha de ser ilustrada, restablecer la verdad. De Ramón, con su admirable paciencia, de lo que trata es de persuadir. Al menos, a los que no son todavía cerrados creyentes.

Rafa Latorre hace una crónica vibrante de la escalada enloquecida del independentismo, con una capacidad precisa de observación de la que no se evapora la sorpresa. Habrá que jurar que todo esto ha ocurrido es un título que quiere preservar el carácter alucinante de la realidad que narra. Cuando en el futuro no se dé crédito, este libro será una prueba de que sucedió. La habilidad de Latorre por resaltar lo significativo alcanza al pasado, del que extrae perlas que hoy lo explican todo. Por ejemplo esta de 2010, que comenta con agudeza: "Montilla le había señalado al nacionalismo el enemigo y había enquistado la idea que provocaría la infección del procés. Hela aquí: 'No hay tribunal que pueda juzgar ni nuestros sentimientos ni nuestra voluntad. Somos una nación'. Es difícil encontrar en la historia de las ideas políticas una impugnación tan perfecta de la democracia expresada en menos palabras. Es un milagro conceptual". A continuación basta añadir esto de la solapa: "Así fue cómo una comunidad próspera de un país estable de la Unión Europea se embarcó en un proceso que la conducía a un destino incierto y peligroso".

Este miércoles en el Congreso hay un pleno sobre Cataluña. Me temo que no todos los políticos que intervengan acertarán con el diagnóstico, ni siquiera algunos de los que desearían hacerlo. Tendrían que haber leído estos dos libros.

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En The Objective.

10.12.18

Se acabó la dulzura de vivir

Con el éxito de Vox de acabó definitivamente la dulzura de vivir: el lujo del que hemos disfrutado los españoles desde la muerte de Franco hasta hace nada; hasta antes de Vox, pero que con Vox se confirma. La relajación patriótica de estar años y años sin bandera, con una irrelevancia casi absoluta de la bandera. Con dos excepciones españolas: el País Vasco y Cataluña, que no disfrutaron del lujo porque en cuanto murió Franco se les vino encima el franquismo alternativo de sus nacionalismos. Después de España, tuvieron hasta en la sopa a sus Españitas, como las llamaba inolvidablemente el ácrata Agustín García Calvo. Pero fuera de esas regiones atosigantes: ¡qué dulzura! De esa dulzura ya pasada tendremos que alimentarnos el resto de nuestra vida... Una vida que se presenta políticamente atosigante también.

Me acuerdo con frecuencia de una anotación mía de 1991, que documenta aquel descanso. Pertenece a mi diario Oficio pasajero, que aún no he querido publicar. Yo andaba estudiando unas oposiciones de Literatura y escribí esto: “Impregnación de abulia al seguir con el tema de la generación del 98. Qué mediocridad hay en nuestros abatimientos actuales: ya todo este marasmo, esta zozobra de la voluntad la vivieron nuestros bisabuelos. Es cierto que la época ha podado en nosotros el ‘tema de España’ (¡y menuda poda!), pero en las cuestiones morales seguimos con lo mismo –si se quiere, de un modo más chic (aunque esto ya también lo hacían por entonces los modernistas)”.

Aquello era vida: andar abatido y sumido en la “zozobra de la voluntad”, pero sin presión patriótica. Qué ligereza se percibe ahora. Y exactamente dulzura. El “tema de España” sonaba a chino: estaba resuelto. Ni un roce cotidiano. Ahora se percibe también lo que había de dejadez, y quizá irresponsabilidad, en ello: ¡pero que nos quiten lo no patrioteado! La conclusión es melancólica a tope: aquel lujo era insostenible. Por nuestra ausencia de bandera se colaron –y con cuánta pesadez, algunas chorreando sangre– las otras banderas. Parece que el ser humano, animalito, no puede estar sin bandera: si atenúa elegantemente la suya, lo aplastan con otras. Parece que hay que ser patriota de algún modo, en legítima defensa; me refiero a un patriotismo más caliente que el constitucional. Aunque a algunos nos pilla ya muy viejos.

Los nacionalistas vascos y catalanes, y nuestros populistas, querían un espejo y ya lo tienen: Vox. Pero deben seguir trabajando, hasta que Vox haya cometido, si las comete, algunas de las aberraciones ultraderechistas (¡o ultraizquierdistas!) que todos ellos han cometido ya. Hasta las heces.

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En El Español.

3.12.18

Elecciones generales: primer asalto

Aunque en estas elecciones andaluzas ha imperado como nunca el tipismo, con una campaña y unos debates a los que solo les ha faltado que los presentase Juan y Medio, el voto ha sido inevitablemente en clave nacional. La inanidad de los candidatos –como dijimos– no solo invitaba a ello, sino que casi lo exigía. Era el único aliciente: o votaba uno en clave nacional, o se quedaba en casa. Muchos andaluces han optado por lo segundo.

Hay una acusada politización, pero también un cansancio de la política. La situación de bloqueo, por otra parte, hace que esto sea una guerra de trincheras. Se duda de que el voto individual pueda servir para algo. A muchos también los habrá retenido la convicción de que estas autonómicas no son más que el primer asalto de las elecciones generales. Yo particularmente he ido a votar en clave nacional de un modo tan descarado, y hasta desvergonzado, que temía que no me dejaran echar la papeleta.

Había que poner la mirada de Despeñaperros para allá, porque de Despeñaperros para acá el votante estaba condenado a ser un damnificado. Para votar a Susana había que taparse la nariz, para votar a Juanma había que taparse el oído, para votar a Joe Rígoli había que taparse los ojos y para votar a Teresa había que taparse el entendimiento. Tampoco se escapaba el votante de Vox, que huyendo del podemismo de izquierdas cae en el podemismo de derechas: damnificado, pues, por asimilarse a lo que supuestamente odia. (Como el ser humano es un animal agónico, este votante era el más motivado).

Vox, que se pone de largo en Andalucía tras Vistalegre, es un gran triunfo de la izquierda reaccionaria, que al fin tiene su partido de extrema derecha español. Llevaba años luchando por él, inventándoselo en partidos que no eran de extrema derecha: invención que ahora queda desenmascarada por el énfasis con que señalan al partido de extrema derecha de verdad. Un énfasis delator.

La fuerte caída del PSOE en Andalucía es por Sánchez, por supuesto. Y también por su enemiga Susana: me temo que estos dos tienen la prodigiosa habilidad de restarle votos al PSOE simultáneamente. Ahora se rasgarán las vestiduras por Vox, cuando gobiernan en España con el apoyo de los únicos partidos peores que Vox, y que han atacado la Constitución de un modo en que Vox todavía no lo ha hecho.

Resultado pues: Sánchez sale grogui del primer asalto. Me parece que nos iremos al domingazo electoral del 26 de mayo. Y hasta entonces vamos a ver a Sánchez envolverse en la bandera de España como cuando sacó la gigante en Cataluña. Caerá amortajado en ella, que ya conocemos al personaje.

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En El Español.

28.11.18

Leonorismo

Queda descartado, con nuestros republicanos realmente existentes, pensar en una república ahora para España. Pero cuánto nos hubiéramos ahorrado con una república. Sandrine Morel dio una clave en La Térmica: a ojos extranjeros, el encanto de los independentistas catalanes está en que enarbolan la “república”, lo que los emparenta con los republicanos de la guerra civil; asimilando por contraposición a nuestra monarquía con el franquismo. Todo aquel asombro internacional con la transición democrática española parece haberse desprendido, como carne endeble, y queda el hueso anterior: la República y Franco. Y a España le toca ser Franco (¡Francoland!) si los independentistas son la República. ¿Cómo deshacer este endiablado engendro? Si hasta muchos españoles –muchos ‘cotarelos’– lo promocionan...

Cansa repetir otra vez que nuestra monarquía parlamentaria representa más los valores republicanos que los independentistas y los ‘cotarelos’, quienes en esencia están más próximos a Franco, en tanto que nacionalistas y antiliberales; o que el discurso del rey fue democráticamente impecable contra (¡sí!) los golpistas. Pero a este cansancio se le une el de la poca ejemplaridad del emérito, que nos recuerda que la monarquía, aunque sea parlamentaria, se la juega con cada heredero, con cada monarca y exmonarca... Entre una cosa y la otra, los republicanos que aceptamos sin problema la monarquía estamos bastante cansados. Bregando con unos y con otros, sin descanso.

Pero hoy he querido echarme, al menos mentalmente. Y pienso en una república ya para España. Una república que fuese no el régimen sectario que pretenden algunos, sino una democracia para todos: como la monarquía que tenemos. Sería bonito, después de todo, dejarlo aquí: con Leonor a las puertas. Una reina rubia incumplida, perfecta ya para siempre; con un reinado sin errores, porque nunca ocurrió. Surgiría entonces, seguramente, un anhelo de felicidad no vivida, de felicidad posible, siempre futura; una posibilidad infinita, jamás manchada por las contingencias de su realización. Tendríamos un leonorismo como los portugueses tienen su sebastianismo.

Sería, sí, la jugada perfecta. Ojalá viniese esa república ya. Por ella misma –por su política concreta, por su prosaísmo civil, racionalista– y por la emanación luminosa del leonorismo, que sería una especie de manto que la protegiera. Las ventajas serían incalculables, tanto en el orden de la realidad como en el de la fantasía, y cada cual tendría donde acogerse (los más esteticistas, jugando a súbditos de la reina imposible). Pero por encimísima de todo, gozaríamos del bendito silencio: el fin (¡por fin!) de la turra de nuestros “republicanos”.

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En The Objective.

26.11.18

Paradojas andaluzas

El hecho de ser un descastado me protege un poco de la política andaluza. Pero solo un poco: también me afecta, como a todo andaluz. Simplemente intento que no me abrase, o que lo haga por la espalda. A las elecciones les temo como a un nublao, porque me quedo sin excusa. No tengo más remedio que ponerme. El lunes pasado me vi por profesionalidad el debate de Canal Sur y mi conclusión fue que la profesionalidad no está pagada. De ahí el mérito impagable de amigos periodistas como Carlos Mármol, Berta González de Vega, Agustín Rivera, Teodoro León Gross, Rafael Porras, Ignacio Martínez o el siempre añorado Félix Bayón, que sacaba oro del erial.

El nivel fue bajísimo, en consonancia con los, así llamados, cuatro líderes: Susana (en los carteles pone eso), Juanma (como gusta de ser llamado), Teresa (¡no voy a discriminarla dando el apellido!) y Joe Rígoli (a este lo llamo directamente por el caricato al que me recuerda). Creí detectar una acentuación del acento andaluz en todos ellos, supongo que para conectar con el electorado no descastado; aunque el resultado los hizo aptos para series nacionales con personaje autonómico. Fue una paradoja que los ataques más duros se escenificasen entre los dos líderes por un lado y las dos lideresas por el otro, cuando sabemos que los pactos poselectorales serán esta vez entre personas del mismo sexo. Ante todo llamaba la atención el tono mortecino de los cuatro, lo poco que creían en sí mismos. En este sentido, fueron honrados.

El resumen de esta campaña es que no hay nada enfrente de Susana, que también es nada. Los partidos no se han tomado en serio a sus electores, y esto es aún más grave en el PP, Ciudadanos y Podemos que en el PSOE, porque en teoría eran los que debían proponer la alternativa. A los casi cuarenta años de gobierno socialista no se les puede oponer la nada, por más que los socialistas sean en estos momentos la nada también. (La presumible entrada de Vox en el parlamento andaluz prolongará la tendencia: los electores que lo voten buscando algo caerán en otra nada, solo que enfática).

Hay una paradoja más, montada sobre otra paradoja: los líderes nacionales de los autonómicos Susana, Juanma y Teresa querrían su fracaso autonómico para quitárselos de encima (al de Joe Rígoli le da igual, como da igual Joe Rígoli); pero al mismo tiempo necesitan su éxito para afianzarse a nivel nacional. Pero la mayor paradoja es que la inanidad de los cuatro candidatos hace inevitable que estas elecciones autonómicas se voten (¡absolutamente!) en clave nacional.

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En El Español.

19.11.18

Rosalía destruye vuestro mundo

Me he subido al carro del rosaliísmo con un desparpajo que no es normal. Ya se había subido antes que yo toda España, y todo el mundo, pero las masas no me estorban. Estoy hechizado con el fenómeno de Rosalía y en ese fenómeno están las masas. Otra cosa es que yo ahora, con la euforia, me ponga el primero. Hay, sí, euforia: y celebración, admiración, asombro. ¡Todo está siendo más bello que la Victoria de Samotracia!

Para esta columna la alegría debe ser en parte política. Cuando un número indecente de sus conciudadanos catalanes se estaban dedicando a lo más bajo, que es el nacionalismo, ella se dedicaba a lo más alto, que es el arte. Los testimonios hablan de su esfuerzo de años, de su entrega; de su trabajo a partir de su talento. Estaba consagrada a su obra, y esta obra –dicen los entendidos– es una genialidad. Yo, que no entiendo, estoy convencido. Me he dejado convencer también con desparpajo.

Es que el asunto da un morbo tremendo. La Cataluña que los nacionalistas pretenden aplastar de pronto florece en una artista apabullante. Una artista que canta en español y que utiliza elementos típicamente españoles (un tipismo que hoy es una provocación): el flamenco, los toros, los nazarenos... Naturalmente, propulsándolos mucho más allá de su cepo identitario, mezclándolos con influencias internacionales y trayéndolo todo a la punta del tiempo. Por este lado también han protestado los otros puristas: los del casticismo flamenco, gitano, andaluz o español.

Puestos a decir estupendidades, diré una que como andaluz puedo permitirme: hay más respeto por Andalucía en un “quiyo” de Rosalía que en la programación completa de Canal Sur en todos los años de su achicharrante historia. (Y que en toda la campaña electoral autonómica que nos espera, con unos primeros días ya difíciles de batir).

Pero la diversión está, como casi siempre últimamente, en el independentismo. No sabe cómo digerir a Rosalía. Uno le afea que no dijera nada de los presos al recoger sus dos Grammys y dice que lo suyo no es “cultura catalana”. Otro, el mismísimo preso Junqueras, la felicita y enlaza una columna en el que se dice que lo suyo sí es “cultura catalana”. La columna es de la escritora y diputada de ERC Jenn Díaz, que –atrapada en las trampas de la fe– defiende aquello contra lo que milita. Un tal Gat Negre no tarda en llamarla al orden: “Català és tot aquell que lluita per la independència de Catalunya, parli com parli”. Pero la pieza más estrambótica es el artículo que considera un triunfo que Rosalía eludiera pronunciarse explícitamente sobre el procés. Como si no les hicieran la vida imposible a los que osan, si es en la mala dirección...

Ella no quiere entrar en polémica y hace bien. No debe enfangarse (para eso ya estamos los columnistas, que nos la apropiamos). Pero lo que Rosalía representa va contra lo que va y no contra lo otro. Su manera de ser catalana, plural, diversa, bilingüe, sin comunión patriótica, compatible con ser española, destruye el mundo nacionalista. Me he acordado por esto del Luis Cernuda de Los placeres prohibidos: “Abajo, estatuas anónimas, / Sombras de sombras, miseria, preceptos de niebla; / Una chispa de aquellos placeres / Brilla en la hora vengativa. / Su fulgor puede destruir vuestro mundo”. También por el puro esplendor de Rosalía.

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En El Español.

18.11.18

Activa mente

Hace cinco años, en junio de 2013, publiqué en Jot Down el artículo "Una oda de Ricardo Reis". (También aquí). En él daba cuenta del descubrimiento que hice de la corrección en un poema de ese heterónimo pessoano: donde siempre se había publicado "altiva mente" resulta que debía ser "activa mente".



Ahora he visto publicada por primera vez la corrección. En el libro Yo soy una antología. 136 autores ficticios (Pre-Textos):



Aparece aquí:



Y aquí una nota sobre las correcciones en las odas de Ricardo Reis:



(19.11.18) Veo que la edición original del libro en portugués, Eu sou uma antologia. 136 autores fictícios (Tinta da China) se publicó en noviembre de 2013. (Y la edición de bolsillo en mayo de 2016).

14.11.18

Viva el señor don Cristóbal

La retirada en Los Ángeles de la estatua de Cristóbal Colón me ha producido un desagrado no patriótico, ciertamente, sino filosófico, existencial. Una náusea. Ha sido otra manifestación de nihilismo, de individuos que no aprecian su existencia. Los ufanos derribaestatuas no estarían ahí sin Colón. Derribaban una de sus condiciones de posibilidad, quedándose colgados en un limbo obsceno, como fantasmas. No solo avanza el nihilismo: también la necedad. Revestida de puritanismo, como viene siendo costumbre.

Una pesadez, una tristeza, lo está aplastando todo. La vida asusta. Y por lo tanto asusta la historia. Las salvajadas que nos han conducido hasta aquí. No soportamos la carga de materia y sangre que arrastramos, la carga puramente carnal, descarnada. Quisiéramos ser ángeles, y rebañamos aquello de donde venimos, arrasándolo. Nosotros somos los genocidas: los genocidas de quienes nos precedieron.

Frente a esta mentalidad torturada, tan peñaza, qué alivio reencontrarse con la alegría de una canción como “Las tres carabelas” de Augusto Algueró, que los tropicalistas convirtieron en pepsicola, o colacola: la chispa misma de la vida. Me despedí de Brasil, pero ya vuelvo (¡la pasión tira!). Pónganse las “Três caravelas” de Caetano Veloso y Gilberto Gil, con los arreglos jocosos del maestro Duprat, y seguimos.



El “navegante atrevido” que “salió de Palos un día” fue “hacia la tierra cubana”. Y dice luego la canción, deliciosa, guasonamente: “Mira tú qué cosas pasan / que algunos años después / en esta tierra cubana / yo encontré a mi querer”. Acontecimiento ante el que no puede sino exclamar: “Viva el señor don Cristóbal, / que viva la patria mía, / vivan las tres carabelas: / la Pinta, la Niña y la Santa María”.

La felicidad personal, el amor (¡el amor fati!), como aceptación (no necesariamente justificación) de la historia; de la propia biografía y de la historia en su totalidad: no cabe mayor muestra de antinihilismo. La afirmación de la vida, como quería Nietzsche, sin rechazar lo desagradable, lo doloroso, lo oscuro. La afirmación de la vida es tan inequívoca, tan incondicional, que lo acoge. No se anda con los melindres de los moralistas.

El tropicalismo era, al fin y al cabo, una deglución: un ejercicio de antropofagia cultural, en la tradición brasileña (la étnica y la vanguardista), que se apropiaba de todo con ánimo dionisíaco. En el añadido en portugués de la canción (además de “viva Cristóvão Colombo / que para nossa alegria / veio com três caravelas...”) dicen: “Muita coisa sucedeu / daquele tempo pra cá: / o Brasil aconteceu. / É o maior que que há?!”. No hay nada más grande, en efecto, que haber llegado a existir. Y para esto era imprescindible todo lo anterior.

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En The Objective.

12.11.18

La frustración del magnicida

En España todo magnicida posible e imposible está condenado a la frustración. Por grandes que sean sus ambiciones el resultado, aunque consiga llevar a cabo lo que pretendía, será inevitablemente pequeño: no un magnicidio sino, inevitablemente, un pequeñicidio. En algunos casos, incluso, un irrisoricidio.

Hemos de aceptarlo con deportividad: a la política española (e incluyo naturalmente –hasta extremos hilarantes– la catalana) el magnicidio le viene grande. No da la talla para una palabra tan estupenda. Al propio Franco, con cuyo magnicidio se soñó tantas veces, le hubiera sobrado por todos lados. Aún me río al recordar el uniformito de Franco que vi en un museo militar: parecía un traje de primera comunión. Hace unos años una amiga mía muy joven, militante del antifranquismo juvenil, se quedó consternada al ver por primera vez un vídeo del dictador y oír su vocecilla. No es que exculpara entonces su dictadura, sino que se sintió empequeñecida por haberle dedicado tanto ardor a un tío tan pequeño. Esperaba encontrarse un ogro y se encontró con la ridiculez del mal.

Pero el que con nuestros políticos solo cupiese el pequeñicidio no quiere decir que se lo merezcan: ningún ser humano merece ser asesinado, por pequeño que sea. Esta precisión hubiese sido innecesaria hace no tanto. En estos tiempos embrutecidos, sin embargo, hay que pagar el peaje, melancólicamente. Se presupone que el chistoso está deseando que se cumplan sus chistes, incluso los negros.

Curiosamente, los que más escandalera han armado con el magnicidio fracasado del presidente Sánchez (fracasado en un grado anterior a su intento) son los que hace una semana mostraban simpatía no ya por Otegi, sino por el Carnicero de Mondragón y el muy hospitalario pueblo proetarra de Alsasua. La sobreactuación histérica ante un asesino falso acaso pretende perfumar el pestazo de los achuchones con asesinos verdaderos. Y demuestra que para algunos el límite no lo marca la ética, ni los derechos humanos, sino solo la ideología.

En cuanto al magnicida en cuestión: era más pequeño aún que el pequeñicidio que le hubiese salido. De francotirador tenía su franquismo, no la puntería. Dice que se envalentonó para ver si ligaba con una de Vox, que fue la que lo denunció a los Mossos. (Hasta para meterla falló el tiro). Sus proclamas, por lo demás, eran de una estupidez considerable. Exactamente igual que las de los terroristas a los que había que escuchar y tomarse en serio. Solo que estos llevaron su estupidez hasta el crimen.

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En El Español.

5.11.18

Nadie se baña dos veces en el mismo Sánchez

La multiplicación de los Sánchez que efectuó el viernes la vicepresidenta Calvo no fue un milagro, ni siquiera un truco de magia, sino una constatación filosófica. Vuelve la filosofía y vuelve fuerte. Recuerdo que a mi profesor de bachillerato le preguntamos que por qué se hablaba del “primer Wittgenstein” y el “segundo Wittgenstein”. Nos respondió que había filósofos tan inteligentes que eran capaces de concebir dos filosofías distintas a lo largo de su vida. El talento de Sánchez le permite concebir dos filosofías, y las que haga falta, sin echar mano de la inteligencia (o al menos sin que la inteligencia resulte imprescindible).

Entre el Sánchez de mayo y el Sánchez de noviembre hay, según Calvo, un socavón ontológico insalvable. Lo que el ser llamado Sánchez dijo en mayo no lo dijo el ser llamado Sánchez de noviembre. Y no lo dijo “nunca”, según la vicepresidenta. El llamarse Sánchez no otorga continuidad.

Lo curioso es que no se puede generalizar el principio. Por ejemplo, llamarse Franco sí la otorga: una continuidad rígida, que trasciende a la muerte. Incluso llamarse Aznar. Y Rajoy. La revolución filosófica de la vicepresidenta Calvo consiste en nada menos que una ontología dualista de carácter ideológico. El Ser es dos seres: el de derechas, único, igual a sí mismo de manera pétrea, permanentemente culpable e irredimible; y el de izquierdas, múltiple y saltarín, fluido como el agua e inocente como los pajarillos.

En la filosofía presocrática estaban Parménides, el del Ser fijo, y Heráclito, el del Ser mudable. En la filosofía de Calvo están los dos juntos, aunque no revueltos: Parménides rige para los de derechas, y Heráclito para los de izquierdas. Aznar está quieto, y por mucho que corra el tiempo jamás dejará de bañarse en Aznar; para él no hay río, sino estanque. Sánchez, en cambio, fluye incesantemente: por eso no se baña dos veces en el mismo Sánchez. Su vida es un disfrutar del Sánchez de cada instante, sin rendir cuentas de los Sánchez anteriores. A quienes le critican, siempre podrá decirles: “¿No le gusta este Sánchez? ¡Tengo más!”. Se beneficia de un verdadero chollo metafísico: su ser es una carnavalada autoexculpatoria por definición.

En nuestra política los Hernando intentaron un juego parecido, pero para hacerlo necesitaron ser dos; y al final no les salió bien. El prodigio de Sánchez es que hay dos Sánchez, y muchos más, en un solo Sánchez. Estamos rodeados. Si le exigimos “váyase, señor Sánchez” y se va, siempre quedará otro Sánchez.

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En El Español.