25.2.19

Las habichuelas sexuales

Después de La democracia sentimental (Página Indómita) y Antropoceno (Taurus), el productivo Manuel Arias Maldonado publica (Fe)Male Gaze. El contrato sexual en el siglo XXI (Nuevos Cuadernos Anagrama), un libro claro y sensato que seguramente será contestado desde el oscurantismo y la insensatez. A su solidez epistémica (con un notable componente empírico) se le opondrá una de las religiones operativas de nuestro tiempo: ese feminismo fundado en la fe ideológica que arrolla a veces como un mamut (¡el mamut feminista!) cuanto se le pone delante. Pero (Fe)Male Gaze, por ser ilustrado, es un libro liberador: tanto para hombres como para mujeres. Por eso es también feminista.

Su tema, para decirlo con mis palabras (¡no siempre académicas!), es el imperativo que hombres y mujeres tenemos de buscarnos las habichuelas sexuales, y las tensiones y conflictos que de ello se derivan; de qué modo los hombres miran a las mujeres y las mujeres a los hombres, y las consecuencias de esas respectivas miradas (la male gaze y la female gaze). Para empezar, cada una supone una intervención en el otro sexo, y en la otra mirada. La relación es dialéctica: hecha de “acordes y desacuerdos”. Si de Ordesa de Manuel Vilas se ha dicho “esta historia te pertenece”, de (Fe)Male Gaze podría decirse “estas reflexiones te pertenecen”, ya que se ocupa de uno de los ejes de toda biografía. El libro es un disparadero de películas personales: con la lectura uno va evocando montones de historias, propias y ajenas.

El libro lo propicia porque, acompañando el elemento analítico del ensayo, el autor incluye multitud de referencias literarias, cinematográficas y de actualidad. Entre estas últimas, parte de los casos de Strauss-Kahn, Weinstein, el movimiento #MeeToo y el contramanifiesto de Catherine Deneuve y Catherine Millet, para ilustrar el momento actual de las relaciones entre hombres y mujeres. Pese a la brevedad del formato, incluye igualmente numerosas voces de estudiosos del tema –en especial de mujeres– que le dan un espléndido aire polifónico, como es habitual en los escritos de Arias Maldonado, de envidiable erudición.

Su recorrido –rápido pero completo– permite que nos hagamos cargo de la complejidad del tema, refractario a reduccionismos. Sin ignorar las dificultades ni garantizar que vayamos a acabar bien, el autor propone “una combinación virtuosa de autoconciencia e ironía; en los hombres tanto como en las mujeres”. El ideal estaría en “respetar a un tiempo la igualdad (moral, jurídica y política) y la diferencia (fenomenológica)”. Se trataría de excluir “toda coerción, pero también todo moralismo”. Quizá entonces, como escribe memorablemente al final, “podamos entendernos mejor sin dejar por ello de enredarnos”.

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En El Español.

20.2.19

Los límites del entrevistador

Conozco de cerca al presentador de televisión, ese espécimen en general lamentable, ya que hace años trabajé para uno. En las sobremesas alcohólicas que nos suministrábamos los guionistas para aguantar, un compañero hablaba siempre del libro que tenía pensado escribir: “El presentador de televisión. Capítulo uno: Sus límites”. No pasaba de ahí, y no hacía falta: porque en realidad ahí estaba ya todo.

Lo recordé al ponerme la entrevista de Risto Mejide a Arcadi Espada, uno de los errores de mi vida. Recordé también lo que decía Salvador Pániker: “Todo entrevistado acaba reducido a los límites mentales de su entrevistador”. El complejo y acerado Espada, pues, reducido a la mente simplona del vendedor de adocenamientos con ínfulas de originalidad Mejide. Este fue publicitario y en su día le encasqueté mi eslogan favorito de todos los tiempos: “El típico ser único”.

Espada sabe que no debe ir a la televisión, pero va. Por dinero, naturalmente. Un día confesó que cuando se ve en vídeo metido en una discusión se horroriza: “¡Me he convertido en Pilar Rahola!”. Quizá lo pensó ante los que le puso Mejide, pero lo disimuló. Mantuvo la compostura durante la reducción a la que fue sometido. Hasta que no pudo soportar la abyecta utilización que hizo Mejide de un padre y un hijo y se levantó y se fue. Aún tuvo la entereza moral de no moralizar, en aquel estudio que Mejide había puesto pingando con su diarrea moralizante.

A Espada le pierden sus pedagogías un tanto abruptas; ese atenerse a las ideas hasta un punto en que parece haber perdido la compasión. Esto en televisión no funciona. Su toque histriónico y su contundencia, que son dos formas de cortesía –puesto que le brinda al espectador la oportunidad de que no se lo tome en serio, es decir, que lo deja libre–, son aprovechados por un patán como Mejide para ponerlo en la picota: abusando así del espectador al que Espada había respetado.

De Espada podría decirse aquello tan bonito que dijo Borges de Oscar Wilde: que nadie había reparado en que, más allá de sus ingeniosidades, su esteticismo y sus escándalos, está “el hecho comprobable y elemental de que Wilde, casi siempre, tiene razón”. Espada es hoy nuestro librepensador más pugnaz, el que se mete en más líos. No por el afán de llevar la contraria, como repetía el reductor Mejide (que sí vive de llevar la contraria, con una previsibilidad tan soporífera como estomagante), sino porque la verdad les viene grande a muchos. Empezando por el entrevistador.

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En The Objective.

18.2.19

La navaja de Ockham del separatismo

No me abandona el estupor ante los catalanes independentistas. Hago esfuerzos por entenderlos, según esa prédica de que hay que entender a “los otros”. Pero lo que me encuentro son dos cosas: que ellos no son los otros sino los mismos, los mismos que nosotros los españoles; y que nosotros los españoles no existimos para ellos, no nos tienen en consideración, nos desprecian. En este sentido sí habrían llegado a ser los otros: pero de un modo artificioso, mediante una tarea de segregación. Son separatistas porque se han separado: se han autoconstituido artificialmente en un “los otros” para nosotros; y un efecto de esa artificialidad es que no nos reconocen. Como son los mismos que nosotros, esto quiere decir que no se reconocen a sí mismos. Se han enajenado.

El problema catalán es un problemón porque consiste en una enajenación colectiva. La solución no es policial, ni judicial ni política, sino psicológica (estoy al borde de decir psiquiátrica, pero me contengo; aunque Ramón de España, que vive allí, ha hablado del “manicomio catalán”). No sé cuál sería el tratamiento. La policía, la justicia y la política solo podrían ayudar en la medida en que tuviesen efectos psicológicos. No parece fácil. Fomentando la enajenación están a destajo los centros de enseñanza y los medios de comunicación (Agustín García Calvo los llamaba “medios de formación de masas”, y aquí está clarísimo). La élite económica, la élite académica, la élite profesional, la élite cultural están en el independentismo de un modo desesperante. Es lo que se lleva, lo sexy, lo guay. Lo que va sin esfuerzo, aunque sea contra la realidad. Porque funciona como realidad paralela.

La enajenación colectiva es lo que me sale si aplico al tema catalán la navaja de Ockham, ese principio según el cual la explicación más simple suele ser la acertada. Acaso así podamos empezar a explicarnos el carácter inaudito de esta “rebelión contra una democracia liberal en una región donde la renta per cápita supera los 25.000 euros”, como escribió Daniel Gascón. O las efusiones sentimentales, los abrazos, los cánticos, las lágrimas, las quejas, las proclamas rebosantes de superioridad moral de unas personas cuyo principal empeño político es convertir en extranjeros a más de la mitad de sus conciudadanos catalanes (y al resto de los españoles).

Pero persiste el estupor. Ante el discurso de Oriol Junqueras en el juicio del procés. Ante las declaraciones de Quim Torra, Pere Aragonès o Elsa Artadi cuando los entrevista Alsina. Ante Carles Puigdemont y Artur Mas. El estupor incesante ante Gabriel Rufián, Pilar Rahola y Núria de Gispert. Ante los desfiles con antorchas, las manifestaciones, las performances por parte de la población adulta. Ante la asimilación de estos privilegiados con los que sufren de verdad en el mundo. El estupor ante las palabras de la escritora Jenn Díaz, de ERC, después de que su partido rechazara los presupuestos de Sánchez: “Nos demonizáis. Nos deshumanizáis. Nos menospreciáis. Calláis cuando nos reprimen. Nos ponéis al mismo nivel que la ultraderecha. Y ahora os sorprendéis de que no aprobemos unos presupuestos a cambio de nada. No es el mercado, amigos. Es la autodeterminación. Y no renunciaremos”.

Esta gente lo está pasando fatal y todo es absurdísimo.

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En El Español.

11.2.19

Un desastre

Me temo que soy el último mohicano del patriotismo constitucional, esa adhesión fría al Estado de Derecho, leal a España pero netamente antinacionalista. Mi situación es insostenible y lo sé. Pero me sostengo, más solo que la una. Mi actitud es ruinosa en todos los sentidos. Al menos me divierto observando a mi alrededor el espectáculo de la prosperidad sectaria. Todos ahí con su modelo de negocio, haciendo como que hablan de las cosas cuando solo están en una lucha desesperada por la salvación personal. Como yo ahora, por otra parte. Tal vez es lo único que se puede hacer.

Estamos en una ratonera absurda, a la que no le veo salida. La manifestación de ayer fue un desastre, pero porque la situación es desastrosa: solo podía ser un desastre. Y si no hubiese habido manifestación, también habría sido un desastre. Todo viene de atrás, desastrosamente; y se encamina, de desastre en desastre, hacia el desastre final.

En realidad, no hay solución desde el momento en que los partidos constitucionalistas han sido incapaces de ponerse de acuerdo para afrontar la crisis catalana: el ataque más fuerte que ha sufrido la democracia española desde la muerte de Franco (lo del 23-F se quedó en un susto, para cuyo ridículo sí tuvo anticuerpos la sociedad). El gran culpable del desacuerdo (¡qué le vamos a hacer!) es el PSOE, con sus pruritos. Pero también este PP tan poco ejemplar. Juntos suman una sucesión deprimente de errores: el penúltimo, el ronroneo de Sánchez con los populistas y los nacionalistas, a los que les debe el poder; el último, la retórica abusiva de Casado, de una irresponsabilidad pasmosa. Ahora con Vox –con la contaminación de Vox– la solución está más lejos que nunca. Me refiero a la solución de verdad.

Sigo siendo nostálgico del pacto PSOE-Ciudadanos, que no pudo ser: un pacto que los habría mejorado a ambos, en vez de andar empeorándose por ahí con las malas compañías. Sobre todo el PSOE, empeoradísimo ya (¡patética su campaña contra los manifestantes, superior al patetismo de estos!). Pero pensar en ese pacto es un puro bucle melancólico, porque se ve lejísimos.

Mientras tanto, los días fluyen maravillosamente en este rincón privilegiado del mundo. Estuve hace un mes dándome un paseo por Barcelona y qué vida estupenda en las calles, junto al mar. También en Madrid y en Málaga. En Madrid sin mar, pero con igual maravilla. ¿Cuándo saltará a la calle el embrutecimiento de la política, si salta? No deja de asombrarme lo vivible que sigue siendo la vida. No deja de asombrarme la coexistencia de la guerra civil mental con el día a día civilizado. “Estamos en el fondo de un infierno, cada instante del cual es un milagro”. Así lo dijo Cioran.

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En El Español.

6.2.19

Freír el aire

De tarde en tarde me doy el caprichito de ir a Casa Aranda, fundada en 1932, el mejor sitio para comer churros en Málaga y en el mundo. Esa calle Herrería del Rey es además una de las pocas que quedan en la ciudad con su toque antiguo, con una estrechez y un abigarramiento que son una inmersión en otra época. En ciertas calles de Lisboa y Río de Janeiro me acordé de ella, y ahora en ella me acuerdo de Lisboa y Río de Janeiro. Si me abandono en una mesita, puedo percibir a mis paisanos como lisboetas o cariocas que hablasen en malagueño.

El sábado pasado entré a tomarme cuatro churros y un chocolate chico. Hacía demasiado frío y me metí en el rincón del fondo de la barra, donde es más palpable aún la sustancia del tiempo. Desde allí se puede observar la coordinación casi coreográfica de los camareros, en su pequeña franja: ofrecen un espectáculo de dinamismo estimulante, acompañado por la cháchara entre ellos y alguna zalamería a los clientes. A mi lado se colocó un anciano que andaría por los ochenta, vestido con una corrección sin alardes. Pidió un cortado. Enseguida se vio que tenía ganas de hablar, y que sabía hablar. Pero no lo hizo conmigo sino con un camarero joven, tatuado y amable que se acercó a nuestro rincón y que no supo muy bien cómo seguirle. Tras preguntarle por el churrero (“tenemos tres”, respondió el chico), dijo que los churros de ahora seguían siendo buenos pero que eran “más densos, más consistentes”. Antes eran más ligeros. “Decían”, dijo recitando la frase: “¡Aranda ha conseguido freír el aire!”. Los madrileños venían y se quedaban admirados de que se pudieran hacer así las porras, “porque nuestros churros son las porras de ellos...”.

Freír el aire, como se dice de Velázquez que logró pintar el aire. Ante mis churros deliciosos me figuré unos churros más deliciosos aún a los que no llegué, unos churros velazqueños. Y pensé que los hombres de su edad sostienen en el recuerdo una Málaga que ya no está y que sin ellos terminará de desmoronarse. Empieza a ocurrirme a mí, que a mis cincuenta y dos tengo en la cabeza una Málaga (y un Madrid) que los jóvenes no conocerán. “Magnífico el cortado. Felicite al artista”, se despidió el hombre, que en realidad hablaba como si hablase solo. “Gracias, amigo”, le dijo el camarero.

Pensé también que tendría que haberle dado conversación, como mi amigo el pintor Gómez Losada suele hacer con esos hombres. Pero no tenía tiempo ni ganas; mi curiosidad era viva, pero insuficiente para vencer la timidez o la inercia. En estos casos prefiero quedarme con mis pensamientos. El pensamiento, por ejemplo, de todas las historias –con sus detalles precisos, preciosos– que se alejaban.

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En The Objective.

4.2.19

Me quedo contigo

He encontrado al fin la manera de ver los Goya: no viéndolos. Es decir, no viéndolos en directo, sino picoteando después en los resúmenes, en los vídeos aislados, o en todo caso en el vídeo completo pero con el dedo encima del botón de fast forward, presto a apretar en cuanto se ponen pesados. En realidad, les aplico a los Goya mi política con casi todo lo audiovisual, cuyas emisiones rehúyo. La emisión es esa tiranía de la pantalla contra el espectador desprovisto de su arma de defensa fundamental: el botón de avance rápido.

Así que mi impresión de los Goya 2019 ha sido por primera vez bastante buena. He cambiado una interminable noche de sábado en que no pasaba nada (como cuando uno salía a ligar) por un rato de la mañana del domingo en que lo esencial me lo he liquidado en media horita.

De la gala destaco, pues, lo que destacan los resúmenes. El discurso más articulado (y emocionante) fue el del actor de Campeones Jesús Vidal. El gesto más bonito, más noble, el del ganador del Goya a la mejor dirección, Rodrigo Sorogoyen, diciendo que la mejor película era la de Isaki Lacuesta. Los presentadores Silvia Abril y Andreu Buenafuente no estuvieron mal, aunque tampoco vi que se salieran (sobre todo no se salieron de la equidistancia). Lo mejor fueron los chistes sobre la ubicuidad de Antonio de la Torre. Pero tenía un fallo el chiste de que el director de Campeones había decidido llamar a actores sin experiencia para que no se le colara Antonio de la Torre: porque se le coló Javier Gutiérrez, el otro ubicuo.

Pillé dos predicaciones feministas, sobreactuadas: la de la directora Arantxa Echevarría y la de la actriz Eva Llorach, que pidió a todas las mujeres presentes que se levantaran. Pero se levantaron muy pocas y lo gritó: “¡Sois muy pocas!”. (Las que no se levantaron no tenían por qué ser machistas: quizá simplemente no aceptaban que les impusieran el modo de exhibirlo). En un intento desesperado por demostrar que el cine español no es el espectáculo más atorrante invitaron al escenario a una tuna y a una batucada: la demostración fue un éxito. Uno de los productores premiados hizo algo inédito: les agradeció a los contribuyentes la parte de sus impuestos que van al cine. Como dijo Fray Josepho, por ahí se empieza. El homenaje a Chicho Ibáñez Serrador, merecidísimo, me recordó una de sus frases más atinadas: la Audiencia es un adolescente de catorce años. Me temo que el Electorado también.

Lo importante para el cine español es que he salido de mi visionado supersónico con ganas de ver unas cuantas películas de las premiadas y nominadas, sobre todo Entre dos aguas, El reino, La enfermedad del domingo (¡gran título!) y Carmen y Lola. Porque a mí, contra lo que pudiera parecer, hace falta muy poco para convencerme para que vea cine español. Casi lo único que pido es que no me echen.

Y Rosalía.



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En El Español.

28.1.19

El lastre de Podemos

El lastre de Podemos han sido esos regímenes que sus dirigentes apoyan; empezando, claro, por el de Venezuela: un país al que han contribuido activamente a hundir, y al que siguen empujando hacia abajo en estos momentos críticos. Esos regímenes han arrojado su sombra vieja sobre lo que ellos llamaban “nueva política”: una novedad quizá entre nosotros, pero con un fracaso contrastado en todos los sitios (y las épocas) en que se probó. El lastre de Podemos es que, no habiendo gobernado, se conocen de sobra los efectos que tendría su gobierno.

Íñigo Errejón, que es el listo, ha borrado ahora sus tuits de apoyo a la tiranía de Maduro. Hace nada hablaba de las tres comidas al día de los venezolanos. Debe de ser el listo por lo rápido que ha aprendido la lección. Es cierto que después de casi todo el mundo, y muchísimo después que los sufridos venezolanos. Pero en comparación con los que le rodean es el listo. También como listo es el primero de Podemos que, con respecto al “régimen del 78”, empieza a llegar poco a poco, con enormísimo esfuerzo intelectual y tras un tortuoso proceso interior, desgarrador sin duda, a unas conclusiones parecidas a las que el españolito medio llegó hace cuarenta años sin despeinarse.

Esos tuits maduristas, ha debido de pensar Errejón, eran un lastre para él. Como también lo eran Pablo Iglesias y (técnicamente) Podemos. Ramón Espinar es el último que se ha marchado. Antes lo hicieron muchos otros. La idea que va cundiendo es que Podemos es el gran lastre de Podemos. Cabría la esperanza de que, con la marcha de todos, Podemos se convirtiese en un partido puro: en el partido perfecto. Quizá entonces me animaba yo a votarlo. Pero hay dos que no se irán: Pablo Iglesias e Irene Montero. Tienen que pagarse un chalet y dependen de Podemos para pagarlo.

Me obsesiona Pablo Iglesias, la situación en que ha quedado. Oigo a Íñigo Errejón y a Carolina Bescansa hablar con ilusión del Podemos de antes, del Podemos del principio. De sus palabras se deduce que el que se lo ha cargado ha sido Iglesias. Empieza a transparentarse el pensamiento de que la única reactivación que tendría Podemos (aunque fuese sin su nombre) pasaría por depositar todos sus males en Iglesias –unos males que se deben a Iglesias solo en parte; en su mayor parte se deben al roce con la realidad– y eliminarlo. Entonces advendría la purificación. Sería un proceso sacrificial de libro (de libro de René Girard, concretamente, que tan bien ha estudiado entre nosotros el filósofo Juan Antonio Horrach).

Produce un cierto escalofrío constatar que Iglesias se ha ido cargando (él solito, podríamos decir) con los atributos del chivo expiatorio: su liderazgo unipersonal, los agraviados que ha dejado por el camino, su arrogancia de macho alfa (con sus parejas aupadas o defenestradas según su relación sentimental con ellas), el error de su mansión, incluso su repliegue por la baja de paternidad... Aislado ahora como un personaje de Shakespeare, casi está convocando al cuchillo.

Al cuchillo simbólico, no físico afortunadamente. Porque esta es otra que le deben los podemitas a su denostado “régimen del 78”: todo esto acabará sin muertos. No como en las épocas (y los sitios) que les gustan.

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En El Español.

24.1.19

Historia de la Bossa Nova

Ocho programas magníficos para la radio de Ruy Castro, autor de Bossa Nova. La historia y las historias (Turner):








23.1.19

Atapuerca

La palabra se despega del niño de dos años que se cayó en el pozo. El niño sigue allí –seguirá allí aunque saquen el cuerpo– pero la palabra se mueve en otro mundo, un mundo casi autónomo: de asociaciones, ecos, pensamientos, mitos. Un mundo frío para el niño, que no lo protege; pero nos puede servir para conjurar el miedo, para acompañar la pena, a los que estamos arriba, hasta que dejemos de estarlo.

De niños era una de nuestras pesadillas recurrentes: la caída en un abismo, la angustia durante el trayecto, siempre demasiado largo, y el alivio final en el colchón. Para el pequeño de Totalán la realidad fue su pesadilla. Es insoportable pensarlo porque vivió la pesadilla definitiva, sin el despertar aliviado. Abruma la perfección de su fatalidad: ese entrar en la tierra por un conducto estrecho como un útero. Desaparecer como vino. Hago literatura, ¿pero qué puedo hacer?

El pasado 1 de enero me acordé de un ciclo de la Fundación Juan March sobre el origen y la evolución del hombre, impartido por paleontólogos de los yacimientos de Atapuerca. Juan Luis Arsuaga habla en su conferencia "Postura erguida, locomoción bípeda y el dilema del parto" de las dificultades del parto en nuestra especie, debidas a nuestra evolución hasta convertirnos en seres bípedos. Es una conferencia apasionante, que narra ese primer recorrido por el "canal del parto" como una auténtica odisea, complicada para el bebé y dolorosa para la madre. Arsuaga utiliza un sintagma expresivo: "el conflicto pélvico-encefálico".

Pero aunque ahora he vuelto a recordar el ciclo, mi recuerdo del 1 de enero fue por otra de las conferencias: "La evolución del lenguaje", de Ignacio Martínez Mendizábal. Y se debió a la primera noticia de este 2019, insoportable también: la del niño de tres años que murió atragantado con una uva en Nochevieja. En los días siguiente se publicó el dato de que el atragantamiento es la tercera causa de muerte no natural en España: en 2017 murieron en nuestro país 2.336 personas atragantadas.

Martínez Mendizábal explica que el peligro de atragantamiento –casi inexistente en los monos– lo tiene el ser humano por su capacidad de hablar. La laringe baja hace que la faringe sea demasiado larga, por lo que el alimento puede desviarse por la tráquea en vez de ir por el esófago. "¿Cómo la selección natural –se pregunta Martínez Mendizábal–, que hace que sobrevivan los más aptos, ha podido seleccionar una anatomía que es perjudicial para el organismo?". La solución la dio Darwin: cuando un órgano ha perdido eficacia en el desempeño de una función es porque ha adquirido una función nueva que es más importante para la supervivencia del individuo. En este caso, la función nueva es el lenguaje. El niño de la uva y los miles de atragantados anuales son las bajas ocasionadas por este prodigio.

Mientras escribo siguen los trabajos para llegar al niño del pozo. Es imposible que esté vivo, pero hay que seguir; no ya por esperanza, sino por desesperación.

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En The Objective.

21.1.19

Arriba y abajo (y en medio)

Como homenaje póstumo a Podemos me gustaría rescatar aquella idea suya de que no hay izquierda y derecha, sino arriba y abajo. Esta semana se ha cumplido por fin y Podemos se ha venido abajo al tiempo que el PP se venía arriba. Vox también está subidito, como lo estaba Podemos cuando hablaba de los de abajo desde arriba, que es desde donde gusta hablar. Ahora que podría hablarles de tú a tú ya no van a hacerle caso, porque a los de abajo les gusta votar a los que suben.

Me he acordado del gran Juan Cueto, que nos acaba de dejar. Con su lucidez vitriólica de los ochenta, el hombre que se autodefinía como “feo, catódico y sentimental” (lo primero por coquetería, porque era guapo) dijo cuando Serrat sacó el disco El sur también existe que lo que faltaba ahora que nos habíamos librado del chantaje ideológico era que nos cayese encima el chantaje geográfico. Él, que tanto norte nos dio con su revista Los Cuadernos del Norte. Pero de mi recuerdo lo que destaca es aquel hablar del chantaje ideológico en pasado... ¡Aquella dulzura de vivir!

Yo veo lo que está pasando en Podemos como un gran canto al “régimen del 78”: si en lugar de en este “régimen” que desprecian viviesen en alguno de los que adoran, estarían matándose físicamente. Pero el capitalismo también impone su coacción: hoy todos nos preguntamos cómo van a pagar Pablo Iglesias e Irene Montero su chalet si se les hunde el modelo de negocio. Mi pesimismo antropológico me hace no descartar que entre las motivaciones de Íñigo Errejón para apuñalar a Iglesias y liquidar Podemos esté ver a su amiguito del alma en la indigencia. La entrañable foto de los dos juntos de chavales no debe llevarnos a engaño: jugaban a la política y por lo tanto eran dos maquiavelines. El fallo de timing de Iglesias es que en el momento clave tiene que andarse con biberones en vez de con navajas.

El PP, mientras tanto, ha dedicado la semana a la trompetería autopromocional: primero con la presidencia de la Junta de Andalucía y luego con la Convención del finde. Entre una cosa y otra, se ha situado arriba y empieza a cundir la sensación de que pueda ir en serio. Aunque para los votantes seguirá el lastre de la corrupción, y pueden verse frenados por los mensajes contradictorios de Rajoy y Aznar (con esos malabarismos para que no se cruzaran). Los muy de derechas que no se lo terminen de creer seguirán con la idea de votar a Vox, incluso para decantar el PP que prefieren.

En cuanto a Ciudadanos, se ha quedado compuesto y sin Vargas Llosa. Ni arriba ni abajo: en medio. También en el centro de la vertical.

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En El Español.

14.1.19

Qué cambio

La palabra cambio ha vuelto a triunfar, después de aquel cartel –insuperado– de Felipe González en las elecciones generales de 1982, cuyo lema era Por el cambio. El del candidato del PP que va a ser presidente de la Junta de Andalucía ha sido Garantía de cambio. Quién nos iba a decir que muchos años después el cambio sería echar a los socialistas.

El cambio está bien: cambiar a un partido que llevaba treinta y seis años en el poder era una cuestión de ventilación democrática; lo venía siendo desde hacía mucho. Pero el que hasta ahora no haya podido ser no se ha debido solo al clientelismo y la potencia propagandística del PSOE andaluz: es que el PP andaluz no ha dado la talla. La cuestión es que ahora va a llegar al gobierno (con el apoyo de Ciudadanos y, ay, de Vox) habiéndola dado menos que nunca. El PP andaluz nunca ha tenido un candidato más flojo que Juan Manuel Moreno Bonilla, el hombre anteriormente conocido como Juanma.

Por eso me rechina todo el aparato emotivo asociado a la palabra "cambio", que el PP está propulsando con una retórica muy parecida a la de sus detestados socialistas. Estamos viendo (los que tenemos la desdicha de verlo) que el problema en Andalucía no era tanto el del partido en el poder como el de la clase política andaluza, de una mediocridad arrasadora (incluso por debajo de la media nacional, que tampoco es para tirar cohetes).

De manera que me parece bien el cambio en la Junta (aunque sea con el apoyo, ay, de Vox), pero no participo del entusiasmo con que lo envuelven. El González de 1982 si transmitía ese plus, con su mirada soñadora y el cielo claro de aquel cartel. El pobre Juanma, sin embargo, queda como sobrepasado por la palabra, y algo parecido le ocurre al que será su vicepresidente, Juan Marín, el hombre anteriormente conocido como Joe Rígoli.

Otra cosa es que el trabajo que se les viene encima sea ciertamente hercúleo. Desmontar un sistema de poder como el del PSOE en Andalucía va a ser complicado. Tampoco sé si de verdad va a ser desmontado o simplemente ocupado por los nuevos. Pero aunque fuese solo esto, ya resultaría saludable en sí mismo. Me carga, como digo, la retórica. Pero es que admite poca retórica el cambio tal como lo veo en Andalucía: un higiénico "cambiarle el agua a las aceitunas".

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En El Español.

9.1.19

Tres delicias

Algo que ciertamente no se nombra con la palabra azar, sino con la palabra amistad, hizo que en el último tramo de mis lecturas de 2018 hubiese tres auténticas delicias. Tres libros elegantes, vitales y fecundos, con su puntito de melancolía, que es la señal de la alegría que va en la corriente del tiempo: Comimos y bebimos. Notas de cocina y vida, de Ignacio Peyró; Hoguera y abanico. Versiones de Bashō, de Ernesto Hernández Busto; y Otra modernidad. Estudios sobre la obra de Ramón Gaya, de Miriam Moreno Aguirre (el primero editado por Libros del Asteroide y los otros dos por Pre-Textos).

Comimos y bebimos es ante todo leímos: un disfrute de prosa consagrada a hacer perdurables los placeres fugaces de la mesa, que buscan su modo de eternidad en la memoria y en la repetición (siempre variada). Ignacio Peyró habla de comida y de bebida, pero sobre todo de amistad, de amor, de literatura, de lugares de culto (restaurantes, bares, algún club inglés y hasta una gasolinera), de etapas de la vida asociadas a los sentidos; de un mundo que desaparece, pero también de las compensaciones del que surge. A cada paso de su prosa hay expresiones felices y toquecitos emotivos, de un sentimentalismo con humor. De los clientes masculinos del lujoso Wilton’s de Londres (“caro como casar a una hija”) dice que gustan de “puros de antes de Castro y muchachas de después de Gorbachov”, de cierto camembert que huele “como los pies de Dios”, que la paella “no debería funcionar, y sin embargo funciona”, que el del puro es “el placer pensativo”, o que un buen bar es aquel que nos ofrece “el alcohol y la penumbra”. Yo he tenido la suerte de disfrutar con Peyró y los otros amigos catacumbísticos de tres de los lugares de Madrid que cita –El Padre, Asturianos y Cuenllas– y fueron ocasiones memorables: como las que transmite este libro.

En Hoguera y abanico, Ernesto Hernández Busto no solo ofrece una abundante muestra de poemas del maestro del haiku Matsuo Bashō (en versiones que son también poemas en español), sino además un extenso prólogo con la biografía y la poética del autor japonés, que sirve como un tratado de poesía (y vida). Cada haiku va en español y en japonés, y con un comentario que constituye en sí mismo una lectura deliciosa. Para Bashō, “el secreto de la poesía radica en pisar la senda intermedia entre la realidad y la vacuidad del mundo”. Es indudable la relación de este poeta con el zen, pero la interpretación de Hernández Busto tiene la virtud de –sin negarlo– resaltar el empeño esencial de Bashō, que no es el religioso sino el poético: sus iluminaciones son las de la poesía. Esta, para Bashō, ha de ser inútil: “Mi arte es como hoguera en verano y abanico en invierno”. Así se mantendrá lejos “del ansia de poder, de la búsqueda de la fama y de las cosas que corrompen el alma”. Citaré solo un haiku, adecuado para estas fechas: “¡Ya es Año Nuevo! / Recuerdo solitarias / tardes de otoño”. En su comentario Hernández Busto habla del recogimiento del poeta en medio de la celebración, pero no para “enfrentar su soledad a la vanidad”, sino para “dar forma a un sentimiento ambivalente: esa porción de tristeza que es necesaria para que la vida cobre sentido”.

Otra modernidad es un extenso estudio, riguroso y apasionante, sobre la obra del pintor Ramón Gaya, con un cuadernillo final de casi sesenta ilustraciones que forma un museo portátil como el que Gaya se hizo en su exilio de México con reproducciones de cuadros que admiraba: aquí los que admiramos son sus propios cuadros. Miriam Moreno Aguirre repasa los hitos biográficos del artista, rastrea sus fuentes filosófico-estéticas (Krause, Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset, Unamuno, Nietzsche, Bergson), recorre su obra pictórica y analiza su visión del arte (y, nuevamente, de la vida). Además de pintor, Gaya fue un escritor notable que, en libros como El sentimiento de la pintura, Velázquez, pájaro solitario, Naturalidad del arte (y artificialidad de la crítica) o su Diario de un pintor, dejó sus ideas sobre la pintura, de una originalidad y una radicalidad que no tienen que ver con las pirotecnias vanguardistas, sino con esa “otra modernidad” del título; “una modernidad natural –escribe la autora– que no tiene rostro escandaloso, ni consta de aparato teórico”, porque, según Gaya, “viene a ser algo así como un tímido y atrevido frescor que, de pronto, se aviene a dar unos pasos: nada más, eso es todo”. Para Gaya, la clave del arte no es hacer, sino ser. Distingue entre la obra de creación y lo que él llama el “arte artístico”: el separado de la vida. Su denostación de este arte, y su dedicación al otro, lo asumió como un destino, sabiendo que con ello quedaba condenado a la falta de reconocimiento. Fue un nietzscheano verdadero, por intempestivo. De ahí la belleza de un libro como este, que contribuye a su restitución.

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En The Objective.