23.4.19

¡Que viva el régimen del 78!

Después de una tarde atroz de dudas sobre si abstenerme o votar el mal menor, ha llegado el debate y les adelanto el resultado: se me va a hacer muy cuesta arriba votar el mal menor. Albert Rivera y Pablo Casado son muy bisoños, no dan como gobernantes. Y para colmo lo tendrían que hacer con Vox. Mi malestar es supremo. Por otra parte, Pedro Sánchez, que sí da como gobernante (tal vez solo ahora, después de serlo), tiene unos tics de caradura realmente heladores.

A pocos minutos de que empezara el debate escribí en Twitter: "Pablo Iglesias sería un genio si apareciera sin coleta y disfrazado de vicepresidente". Ha aparecido con coleta y sin traje... pero asombrosamente vicepresidencial. Ha abandonado el tono de rapero y ha hablado en un tono tranquilo, paternalista, dando instrucciones a los demás y pidiendo moderación (¡él!). Como atrezzo llevaba esa Constitucioncita que ha paseado por los mítines, pero que en televisión da mal: como las pelotas de ping-pong en las retransmisiones de ping-pong. Lo entrañable es que ahora es un predicador que intenta convencer de las virtudes del régimen del 78 a toda una generación a la que él mismo alentó contra el régimen del 78. Los más ortodoxamente marxistas de sus seguidores pensarán que de la infraestructura chaletiana emana la superestructura constitucional...

Pero volvamos brevemente al principio. Si la primera impresión es la que cuenta, Iglesias parecía el sobrinito entre tres tíos: ellos con traje y altos y él en mangas de camisa y más bajo. Pero pronto se vio que solo quería a uno de ellos, el más alto: con el que tenía tanta confianza que se permitía tirarle de vez en cuando de las orejas.

Empezó Rivera y empezó mal: acelerado, poco consistente, nada presidenciable. Luego ha ido mejorando, pero no tanto como para ganar el debate. A la gravedad de las cosas que dice le falta un tono de gravedad. Le falta gravedad en general, sí: es volátil, ligero, poco firme, excesivamente aniñado. Este último ha sido siempre su problema, pero ahora está más aniñado que nunca. Seguramente por el cotilleo que todos conocemos por las revistas del corazón, se siente rejuvenecido. Craso error para su propósito. Su mejor frase la ha dicho cuando hablaba de reformismo y lamentaba los últimos gobiernos del PP y del PSOE: "Hemos perdido una década". Pero me temo que en esta década hemos perdido también a Rivera.

Cuando tomó la palabra Casado, sorprendió una ligera ronquera. Llegué a pensar que era deliberada, justamente por darle un tono más adulto a su también juvenil voz. Aunque luego ha ido entonándose, creo que también para mal. Cuando está cómodo suelta frases hechas que da igual que sean verdad o no (muchas son verdad), porque suenan a hechas, a precocinadas. Ha tratado de hacer memoria histórica de la crisis reciente sufrida por los españoles. Y ha hablado también (como hizo Rivera) del independentismo. Pero no sé, todo sonaba un poco ahuecado.

En cuanto a Sánchez, está de vuelta de todo. No lleva ni un año un año en Moncloa y ya tiene el síndrome. Se le ve la soberbia, el desprecio por el contrario, lo pagado de sí mismo que está, el cinismo. Está muy muy pasado con sus gestos, sus comentarios por lo bajini: "No se puede mentir más", "Qué decepción" (¡esto hasta cinco veces seguidas, con impostación de actor del método!). Puede ser temible y será temible. La única esperanza (¡poca, la verdad!) es que fuese temible con los malos. Pero los malos volverán a ser sus aliados seguramente. Al final, como era previsible, invocó a Vox. Aunque lo cierto es que no le ha hecho tanta falta como se pensaba. De hecho, casi ha usado más "la derecha" que "las derechas".

En resumen, ventaja de Sánchez e Iglesias sobre Rivera y Casado. No definitiva, aunque no parece que estos vayan a remontar. El verdadero interés de este debate está en que es solo el primero de dos consecutivos. ¿Qué pasará en el de mañana? ¿Tendrá efecto, como en el ciclismo, el "cansancio acumulado"? ¿Habrá alguna "pájara"? Me temo que todo sea bastante igual. Pero a ver.

* * *
En The Objective.

22.4.19

La aristócrata

Tiene Cayetana Álvarez de Toledo un envaramiento a veces sin humor, esa cierta pomposidad de quien pronuncia, sin ironía, las grandes palabras; propende a lo retahilesco, que emite desde su hieratismo delgado y rubio, con su dulce acento argentino y un efecto de altivez, exhibicionista de su inteligencia. Pero ante todo tiene razón y está siendo glorioso.

En el momento más bajo de nuestra política ha entrado en campaña una aristócrata, en el sentido etimológico. De la aristocracia española no ha habido nunca nada que esperar, porque a la grosería y la ignorancia ha unido el mal gusto; ha sido una aristocracia muy al nivel del populacho (ha sido, de hecho, nuestro genuino populacho: en el pueblo llano ha habido muchísimos más ejemplos de nobleza). En Cayetana Álvarez de Toledo la genealogía va al revés: es su excelencia personal la que le da brillo al título.

Su choque con la mentalidad demagógica imperante me produce un regocijo no solo estético y político, sino también conceptual. Por la aparente paradoja de que sea la aristócrata la que defiende la ciudadanía común, es decir, la soberanía de cada uno de los ciudadanos, frente a los populistas y los nacionalistas, que con sus andanadas populacheras contra la ley democrática alientan, de facto, una arbitrariedad equivalente a la de los viejos aristócratas revenidos.

Cayetana Álvarez de Toledo está en el PP y defiende los valores de su partido, naturalmente. Pero por encima de ellos defiende la ciudadanía mencionada. No le acopla a esta contenidos espurios como hace Vox (y como hace de vez en cuando el líder de su propio partido, Pablo Casado), sino que sabe distinguir entre sus contenidos ideológicos particulares y la limpia noción de ciudadanía, abierta a todos.

El fenomenal espectáculo esta viniendo por su defensa de esto último, por eso lo disfrutamos y celebramos también los no votantes del PP. Lo deprimente –lo que da idea del embrutecimiento general– es que esa aseada defensa provoque tanto alboroto. Abundan los comentaristas que tachan a Cayetana Álvarez de Toledo de privilegiada, cuando lo relevante no es que lo sea –como lo es, en efecto–, sino que se haya implicado en la lucha por el privilegio esencial de todos los españoles: el de la ciudadanía de los libres e iguales.

Pero todo esto va tan alucinantemente a la contra y veo hacia ella tantos remilgos que me temo que Cayetana Álvarez de Toledo sea una ruina electoral.

En cuanto a los dos debates que se nos vienen encima con los candidatos: volvió la hora de los plebeyos. La de los políticos que rebajan a los votantes y con los que los votantes se sienten a gusto. Aunque hagan aspavientos de disgusto.

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En El Español.

17.4.19

Lisboa, París

Mientras leo Tus pasos en la escalera de Muñoz Molina, ambientada en una Lisboa extraña, ha empezado a arder Notre-Dame de París. Me entero cuando la termino y parece un contagio apocalíptico de la novela. Me acuerdo de ese París lisboeta que encuentro en mi colección de novelas de Simenon en portugués. Un Maigret con algo de Pessoa, aunque activo y felizmente casado. Uno de los aciertos de Tus pasos en la escalera es que no aparece Pessoa, ni casi nada de la Lisboa más transitada. Aparece el Campo de Ourique, los muelles y sobre todo el puente: no a lo lejos como en las postales, sino desde allí mismo. En mi último viaje estuve debajo, oyendo pasar los coches y los trenes y el zumbido del viento. Como un arpa enorme desde unos pasos más allá, como escribe Muñoz Molina. Su novela es un thriller psicológico, sí, con un aire perturbador y onírico a lo Schnitzler, que se resuelve en una crítica petrarquista.

La primera vez que estuve en Lisboa, solo, llevaba recortado un reportaje de Muñoz Molina sobre la ciudad, que leí por la noche en la pensión tras mi primer día de callejeo. Mis impresiones se reforzaron, se tamizaron. Los días siguientes fueron más perceptivos aún. Para los de mi edad Lisboa se hizo imprescindible, en los ochenta, por el Libro del desasosiego de Pessoa, El año de la muerte de Ricardo Reis de Saramago, El invierno en Lisboa de Muñoz Molina y el incendio del Chiado de 1988. Por este comprendimos la fragilidad de la ciudad que apenas habíamos empezado a amar. Una fragilidad que ya había comprendido todo Portugal, y todo el mundo, por el terremoto de 1755.

Mi París, como el de tantos, es el de Baudelaire, el de Breton, el de Truffaut y Rohmer, el de Martín Romaña y, especialmente, el de Jünger: el de sus diarios de la Segunda Guerra Mundial. En este último he vuelto a estar recientemente con una lectura desoladora: la del diario de Hélène Berr, una joven judía que terminó deportada y muerta en un campo de concentración. Ella era parisina y sus últimos años en París fueron los de Jünger. No se conocieron, pero tal vez se cruzaron. Al cabo, eran ciudades distintas. Para Jünger era el París que ocupaba el ejército alemán al que pertenecía. Para Berr era el París en el que debía llevar una estrella amarilla y en el que habían perdido la ciudadanía los judíos, que fueron siendo exterminados allí también. Jünger pertenecía al ejército alemán pero no era nazi. Aunque le avergonzaba el espectáculo de los judíos con la estrella amarilla, no se rebeló: por su idea de fidelidad, antigua, al ejército. Sí pensó en el suicidio. Tampoco lo hizo porque concluyó, como escribe en un célebre pasaje, que "desertemos adonde desertemos, con nosotros llevamos nuestro uniforme congénito; y ni siquiera en el suicidio logramos escapar de él".

He buscado ese pasaje de Radiaciones porque sabía que en él hablaba de Notre-Dame. Así empieza (29 de abril de 1941): "Hôtel de Ville y muelles del Sena; estudiado los puestos. Tristitia. Buscado salidas: las únicas que se ofrecían eran dudosas. Notre-Dame, sus demonios, más bestiales que los de Laon. Estas imágenes ideales contemplan fijamente con una mirada llena de saber los tejados de la gran urbe y al mismo tiempo ven reinos cuyo conocimiento ha desaparecido. El conocimiento, desde luego: ¿pero también la existencia?".

Ahora dejo de escribir para mirar en las noticias si han sobrevivido al incendio esos demonios.

* * *
En The Objective.

15.4.19

Mi modesta Gran Coalición

La precampaña electoral de las generales ha sido más fea que el Fary chupando limón, y la campaña promete superar el hito. Una campaña que es a su vez precampaña de las europeas y de las municipales, más de algunas autonómicas (pero estas en Andalucía nos las quitamos de encima ya). El campo está embarrado, como ha señalado la prensa socialdemócrata. Aunque a la prensa socialdemócrata se le olvida señalar la trazabilidad del embarramiento. Si se critica el tono bronco de "las derechas" pero se olvida que se debe a los impresentables apoyos (con equivalente tono bronco) de "las izquierdas", estamos donde se suele estar desdichadamente en España: en el sectarismo. El único negocio político rentable.

Yo estoy cansado y estoy pesimista, y realmente no tengo nadie a quien votar. Pero en vez de no votar o de escribir alguna gamberrada en las papeletas, que es lo que me pide el cuerpo (aunque para eso ya está Twitter), voy a comportarme como un pequeño estadista: un pequeño estadista inútil. Aprovechando las tres elecciones que tengo por delante, armaré con mis votos la Gran Coalición que nuestros irresponsables tres partidos constitucionalistas no han armado ni armarán. Así, votaré a Ciudadanos en las generales, al PP en las municipales y al PSOE en las europeas. Lo mío es ciertamente una ruina.

Votaré a Ciudadanos en las generales enfadadísimo con Albert Rivera y su estúpida política de alejamiento del centro, cuando es ahora cuando tendría que haberse asentado en él –aun a costa de votos– para no regalárselo a Pedro Sánchez, quien lo había abandonado antes para encontrárselo (¡gratis!) de repente. En el fondo sigo apostando, a falta de Gran Coalición, por el acuerdo postelectoral PSOE-Ciudadanos: una apuesta absurda a estas alturas.

En las municipales de Málaga tenemos la desgracia de que el candidato de Ciudadanos es un coletas: o sea, alguien al que me impide votar no solo mi ideología, sino también mi religión. Al PSOE ya lo voté en las anteriores elecciones, por motivos sentimentales. Ahora, no sin forzarme a mí mismo, votaré al PP. Votaré, concretamente, al veterano Francisco de la Torre, el alcalde con el que Málaga ha pegado el subidón. Un subidón que no siempre me gusta, pero que es un subidón.

Y en las europeas votaré a Josep Borrell, por las alegrías antinacionalistas que nos ha dado (grandes aunque incompletas), y para apoyar al PSOE no sanchista. De paso, me ahorro votar esa lista de Ciudadanos para Europa que se ha permitido prescindir de Teresa Giménez Barbat.

Como ven, ya tengo mi modesta Gran Coalición armada. Sin esperanza y casi sin convencimiento. Y sabiendo que el propósito principalísimo de la campaña en marcha y de la precampaña y la campaña que vienen será que yo me arrepienta y termine no votando a ninguno.

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En El Español.

9.4.19

Escandinavia



Esta tarde a las 20h. se inaugura en Sevilla la exposición Escandinavia, de Miguel Gómez Losada. Estará hasta el 21 de mayo. En la Galería Birimbao, C/ Alcázares, 5. Este es texto de la exposición:

Escandinavia sigue la poética de Detrás de la montaña (2007) y de Una historia rusa (2014), donde el norte es tratado como fantasía espiritual, y la pintura, la manera de darla para la vista; también de Desde aquí se ven los delfines (2018), para llegar a Romanza (2018), una ficción romántica que pudo verse en el CAC Málaga. Desde el sur, Escandinavia es pintura que teatraliza la lejanía, sería un punto extremo del mundo, donde se unen lo que se espera y lo que se recuerda. Escandinavia es pintura del otro lado hecha desde éste, entendida esta distancia como la prolongación amorosa de los días. Se trata de pintar "el tiempo grande", su presentimiento.

Escribía José Antonio Montano: «Entre los cuadros de su exposición Romanza, Gómez Losada trataba de describir su trabajo: "Yo no quiero ocuparme del tiempo chico, el tiempo de la información, el que se pierde todos los días, el que mañana no significa nada, sino del tiempo grande. Quiero que mis cuadros se puedan ver mañana, que no estén lastrados por ningún elemento caduco. Que sean esenciales, que contengan lejanía...". Me parece un modo ejemplar de ser un artista contemporáneo: estar en la punta del tiempo, pero elaborando un tiempo limpio, fijado en la obra. He visto evolucionar a Gómez Losada, desde que nos conocimos a principios de los noventa, y se me ocurre que ha tenido un crecimiento vegetal, orgánico: hay continuidad en su arte, en el que no detecto rupturas sino ganancias, en depuración, en vitalidad, en libertad, en riesgo, en soltura, en ahondamiento, en ligereza. La continuidad ha sido también física: en su esfuerzo y en su dedicación. Aunque suene a tópico (y eso que son escasísimos los casos), ha seguido su camino sin concesiones, de acuerdo con su llamada íntima; en comunicación con el mundo, pero sin dejarse manosear por el mundo. Siendo un perfecto conocedor del arte contemporáneo, el español y el de fuera, él era consciente plenamente de la osadía de lo que estaba haciendo. Una osadía no estrepitosa, sino sutil».

* * *

EL INFINITO

Siempre caro me fue este yermo collado
y este seto que priva a la mirada
de tanto espacio del último horizonte.
Mas sentado, contemplando, imagino
más allá de él espacios sin fin,
y sobrehumanos silencios, y una quietud hondísima.
Tanta que casi el corazón se espanta.
Y como oigo expirar el viento en la espesura
voy comparando ese infinito silencio
con esta voz: y pienso en lo eterno,
y en las estaciones muertas, y en la presente viva,
y en su música. Así que en esta
inmensidad se anega el pensamiento:
y naufragar en este mar me es dulce.

Giacomo Leopardi (Italia, 1798-1837)
(Tr. Antonio Colinas)

* * *

Cansado, cansado,
duerme, duerme, pájaro de pastizal,
acuéstate sobre la tierra blanca.

Canción de cuna, Finlandia.

El catálogo aquí.

8.4.19

La Transición triste

Se sale con una tristeza insoportable de la lectura de A finales de enero. La historia de amor más trágica de la Transición, de Javier Padilla. Pero es una tristeza obligatoria, casi catártica, que nos dice mucho de la vida y de la historia, y del entrecruzamiento de las dos. El libro, que ha ganado el premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias 2019 de la editorial Tusquets, nos muestra el lado oscuro de nuestra historia reciente. El balance de la Transición fue feliz, pero también hubo tristeza; y parece que se la llevaron toda los protagonistas de este libro: Enrique Ruano, Javier Sauquillo y Dolores González Ruiz; sobre todo esta última, Lola, que sobrevivió al asesinato de sus dos amores, pero sin vida (“nos mataron. Yo también digo que nos mataron porque es que realmente nos mataron de alguna manera a todos”).

En la presentación en Madrid, el historiador José Álvarez Junco, presidente del jurado, resaltó el ejercicio provechoso que le había supuesto leer lo que un joven como Padilla (nacido en 1992) había escrito sobre un periodo que este no había vivido y él sí: a partir de aquí podía hacer una proyección sobre los periodos de los que él mismo se ha ocupado sin haberlos vivido. El libro es bueno al margen de la edad del autor; pero esta tiene su importancia ahora: es casi la primera mirada limpia, puramente documental, despojada de vivencias propias (aunque con el hilo aún de las vivencias de familiares, de conocidos y de testigos, y de los ecos que persisten en el país) de la historia de España de las décadas de 1960 y 1970, y algo también de la de 1980. A mí, que lo que viví de esos años fue solo como niño o adolescente, la reconstrucción de Padilla me ha parecido prodigiosa.

Es notable particularmente la reconstrucción, en el contexto de la sordidez de la dictadura de Franco, de las protestas de los grupos de la izquierda universitaria antifranquista, a uno de los cuales, el FLP, pertenecían Ruano, Sauquillo y Lola González (estos dos ingresarían luego en el PCE). El primero fue asesinado por la policía franquista a finales de enero de 1969 (su célebre defenestración, que quisieron hacer pasar por suicidio). El segundo murió en la matanza de los abogados de Atocha ejecutada por pistoleros ultraderechistas a finales de enero de 1977. La tercera, que sobrevivió con graves heridas a esta matanza, murió muchos años después, en 2015, también a finales de enero. Ella era la pareja de cada uno en el momento de su muerte. Y su vida se quedó colgada, rota, ahogada en la fatalidad.

Padilla trata con sumo respeto la tragedia, con una empatía sobria, noble, pudorosa, pero sin esconder nada: el estilo está dominado por el cuidado a los hechos y el propósito de la verdad. La narración va abriendo además vías de reflexión históricas, políticas y existenciales, a las que el autor siempre está atento. Quizá la clave del libro esté en su título: ese “a finales” junto al mes de los comienzos que es “enero”, dándole un tono crepuscular a la aurora. Así tuvieron que sentirlo sus protagonistas, sobre todo ella: apagándose cuando el país despertaba. Una obra necesaria y admirable.

* * *
En El Español.

3.4.19

Yoga con campanas

Joaquín García Weil ha plasmado su sabiduría y su erudición sobre el yoga en un libro impresionante: Dominio de las técnicas específicas de yoga. Su título humilde, de manual, no refleja el tesoro que hay dentro; aunque tiene un valor: prima el aspecto práctico del yoga, que en realidad es el fundamental. La sabiduría y la erudición del autor acompañan a las posturas, los ejercicios, las indicaciones.

Dice en el prólogo con sencillez: “El yoga es un excelente instrumento para sentirte mejor”. Lo que distingue al yoga de otras escuelas es que se funda en una práctica “que abarca lo físico y lo mental; que comprende el organismo y sus funciones fisiológicas, y la mente y sus funciones psicológicas. Y que establece sabiamente el nexo entre posición física, modos de respiración y estados de la mente”.

Fui a recoger el libro a su Yoga Sala de Málaga (calle Moreno Monroy, 5) y, al entrar en su despejado estudio junto a la catedral, recordé los tiempos en que yo asistía. Un elemento solemne, entrañable, eran las campanas de fuera repicando cada cuarto de hora. Era un yoga con campanas. Y con el rumor del centro de la ciudad en aquella burbuja tranquila, vigorosa por la mañana y lánguida al atardecer. Después de la sesión el bienestar era palpable: regresaba a casa pensando que García Weil era como un director de orquesta físicomental, que había hecho (o nos había hecho hacer) lo adecuado.

Empecé a asistir a sus clases en abril de 2005, cuando regresé a Málaga tras años en Madrid. Recuerdo bien aquella primavera, las sensaciones del cuerpo desanquilosándose. Y los meses del invierno posterior, en que el yoga se iba colando, sin yo saber cómo, por los resquicios oscuros, mejorándome casi a mi pesar. Me llamó la atención el ansia con que el organismo acoge las gotas benéficas, como una planta colapsada por la sed.

Fui un discípulo deficiente, con periodos de faltas, y hace mucho que no voy. Pero en las temporadas en que lograba asistir, corroboraba lo que afirma Jünger en este párrafo de La emboscadura, que no se refiere específicamente al yoga pero se le podría aplicar en parte: “El sufrimiento de esos hombres les hace vislumbrar un estado superior. Hay métodos para fortalecerlos en esa dirección y resulta irrelevante que al principio sean ejercitados de manera mecánica. Se asemejan a esos ejercicios destinados a devolver la vida a los ahogados, que también son ejecutados mecánicamente al principio. La respiración y los latidos del corazón llegan después”.

(Existe ahora la amenaza gubernamental de que el yoga sea incluido en la lista de las pseudoterapias. Se han presentado en contra estas alegaciones. García Weil le ha respondido al ministro astronauta con este artículo y con este vídeo.)

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En The Objective.

1.4.19

Contra el chapapote identitario

“¡Qué valientes son!”, dijo uno del público a la salida. Podría haber dicho también (lo digo yo ahora): “¡Qué alegres, qué ligeros!”. La representación de Señor Ruiseñor de Els Joglars en el Teatro Cervantes de Málaga fue un éxito el sábado. Aplaudimos de pie después de haber estado partiéndonos de risa sentados. Partiéndonos a la vez de tristeza, porque la risa es de lo que nos duele. Solo que, dada la realidad dolorosa, la risa alivia, oxigena, revitaliza. Qué papelón el del nacionalismo catalán: ocupa el puesto exacto de aquello de lo que dice huir. Todavía no se da cuenta de todo lo que ha arruinado.

“Esto solo lo podían hacer unos catalanes”, dijo otro del público. No es completamente cierto, pero la verdad que hay en la frase es que la crítica más valiosa es la de lo propio: la que abre brechas en la losa que aplasta la comunidad de la que se forma parte. Una comunidad, la catalana en este caso, que se resiste a la crítica, a la autocrítica. Es una aberración que las obras de Els Joglars casi no se representen en Cataluña. Señor Ruiseñor se ha representado únicamente en Canovellas y apenas tiene previsto que lo haga en dos sitios más: Hospitalet y Tarragona. En Barcelona nada: la gran capital provinciana y enferma.

Recordaba Ramon Fontserè, actual director de la compañía, la amenaza de bomba que sufrieron en Málaga en 1984 cuando trajeron Teledeum, una sátira de la Iglesia. Por aquellos años los ultracatólicos boicotearon también la película de Jean-Luc Godard Dios te salve, María. En mi primera visita a Madrid, además de las tribus de la Movida estaba aquel grupo de arrodillados en la puerta del Alphaville. Pero lo significativo entonces es que tanto estos como los de la amenaza de bomba eran recalcitrantes en remisión. El público no los tenía en cuenta; es más, se complacía en desobedecerles. Hoy los recalcitrantes están en expansión y en muchos sitios tienen la sartén por el mango. Así en Cataluña, donde predomina la obediencia.

Lo bueno para el teatro libre es que recupera su función: ese regocijo liberador frente a dogmatismos opresores. El suave Santiago Rusiñol encarna en esta obra la vitalidad cosmopolita, tolerante, múltiple, amante de la claridad y el color contra el chapapote identitario. Señor Ruiseñor, como se dice en el programa, “es una reivindicación del arte como patria universal, a partir de Rusiñol, contra las patrias identitarias”. Josep Pla (otro de los inolvidables personajes de Fontserè) lo llamó “destructor de fanáticos”. Los catalanes del futuro deberán acogerse a ellos –y a Els Joglars– para poder pensar que no todo fue oscuro y servil en este tiempo peñazo.

* * *
En El Español.

31.3.19

Bomba de relojería

El futuro es la muerte. Como escribe Jünger: “A un hombre podrán fallarle todas las citas que tenga previstas a lo largo de su vida –menos una: la cita con la muerte”. Y Machado: “Al borde del sendero un día nos sentamos. / Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita / son las desesperantes posturas que tomamos / para aguardar... Mas Ella no faltará a la cita”. Y Heidegger: “El hombre, desde que nace, ya está maduro para morir”. La muerte es el horizonte desde el primer momento. El horizonte, que es un allí por definición, nos puede invadir el aquí ahora mismo. Tarde o temprano, nos lo invadirá.

Es algo abrumador, si uno se para a pensarlo. Por eso habitualmente uno no se para a pensarlo. Sigue su marcha sin pensar: pero es una marcha hacia la muerte. Una marcha que consiste en envejecer. De joven se le resta importancia. Como en el poema de Gil de Biedma, en aquella edad “envejecer, morir, eran tan sólo / las dimensiones del teatro”. Hasta que con el tiempo –exactamente con el tiempo– “la verdad desagradable asoma” y se comprende que “envejecer, morir, / es el único argumento de la obra”.

Lo cual no deja de tener su parte de aventura. Como anota Iñaki Uriarte en su diario tras visitar a un amigo en el hospital: “Esto empieza a ser de verdad escalofriante. Nadie debería lamentarse por llevar una vida gris y sin grandes emociones. Que espere un poco. A partir de cierta edad todos llegamos al Far West. Silban las balas”. Solo que la última, naturalmente, da en el blanco. En la película, el héroe muere. Y el antihéroe. Mueren todos.

En las danzas de la muerte medievales no había nadie que no bailara. La gran igualación, el gran principio democrático, es la muerte. Ella acaba con los pobres, pero también con los ricos. Con los infelices y con los felices. Con los sometidos y con el tirano. Antes de la guillotina, ya les había cortado la cabeza a todos los reyes. Y a todos sus súbditos. Solo no moría Dios. Hasta que Nietzsche certificó también su muerte.

El nihilismo fue para Nietzsche una tarea, pero ante todo fue esa certificación: la de que la construcción de Dios, con su dimensión trasmundana, era un efecto de la desvalorización del mundo; y no solo un efecto, sino a la vez un instrumento para desvalorizarlo. Dado que el mundo es mortal, hay que refugiarse en una instancia inmortal: distinta del mundo y contra el mundo. El dolor y la muerte hacen que el mundo no valga. La solución del cristianismo, y la más pura del budismo, desembocan en la filosofía de Schopenhauer. La propuesta negativa de su maestro le sirvió a Nietzsche para desembarazarse de adherencias pseudoafirmativas: en esto consistió su nihilismo activo. Pero su propuesta fue la contraria: eminentemente afirmativa. Se trataba de afirmar –de reafirmar– el mundo pese al dolor y la muerte. La afirmación de Nietzsche es tan radical que afirma el mundo en su plenitud, con el dolor y la muerte incluidos.

Aceptar la vida supone aceptar una tensión. Como señaló Freud, pugnan Eros y Tánatos. El instinto de muerte está presente en el seno de la propia vida. Vendría a ser una impaciencia ante la muerte inexorable. Ya que toda vida se encamina a su fin, y esta certidumbre resulta eléctrica, el suicida sería el que provoca un cortocircuito. El que no soporta la tensión y se anticipa al aquietamiento de la muerte. Escribe Thomas Bernhard en Corrección: “La tranquilidad no es la vida, así Roithamer, la tranquilidad y la tranquilidad perfecta es la muerte, así Pascal, así Roithamer”. En esta novela la vida es un error que la muerte corrige. Esta es la postura nihilista. Como la de estos versos que un cementerio inspiró al schopenhaueriano Borges: “Equivocamos esa paz con la muerte / y creemos anhelar nuestro fin / y anhelamos el sueño y la indiferencia”.

Esa tranquilidad y esa indiferencia están emparentadas con una noción más o menos acomodaticia de la felicidad. La que Nietzsche rechazó con esta proclama sorprendente: “El hombre superior no quiere la felicidad: ¡quiere obras!”.

Eugenio Trías retoma ese hilo nietzscheano en Filosofía del futuro, libro en el que expone su “principio de variación”, mediante el cual propondrá cambiar el “ser para la muerte” de Heidegger por el “ser para la recreación”. No es este el sitio para explicarlo: queden aquí como expresiones oraculares. Solo apunto que Trías se propone filosofar una vez eliminada la “hipótesis teológica”, tras lo que quedaría una “filosofía pura” cuyo campo sería “el tiempo y el devenir, la creación y la recreación, la muerte, pensada en plural, como condición de recreación”. Y trae a propósito estas frases del Zaratustra: “¡Sí, muchas amargas muertes tiene que haber en nuestra vida, creadores! De ese modo sois defensores y justificadores de todo lo perecedero”.

Trías relaciona ese nietzscheano querer “obras” con la teoría del “eros productivo” de Platón, que da “una respuesta inmanente, en este mundo, al problema de la inmortalidad”. Escribe Platón en El banquete: “La naturaleza mortal busca en lo posible existir siempre y ser inmortal. Y solo puede conseguirlo con la procreación, porque siempre deja un nuevo ser en el lugar del viejo”. En palabras de Trías:
Cada ser singular, en virtud de ese impulso o anhelo a engendrar, sea físicamente, en hijos u obras, sea anímicamente, en hazañas, virtudes o saberes, sea cívicamente, a través de acciones bélicas o políticas, tiene la capacidad de autodesbordarse y de construir, desde sí, un ser otro, diferenciado de sí mismo, hijo, obra o hazaña cívica, saber comunicado a otros mediante pedagogía o mayéutica, de forma que su mismidad se torna extática, se tensa y proyecta hacia el futuro, diferenciándose en lo que deja como legado erótico y poiético, asegurando así el entrelazamiento generacional y cívico entre antecedentes, padres, ancestros y descendientes o herederos. La deuda que se contrae al nacer queda saldada en razón de la poíesis, generación, producción, o parte de un ser otro.
La clave está en ese tensarse y proyectarse hacia el futuro. Es decir, en no anular el futuro, como ocurre en la manifestación contemporánea más transparente del nihilismo: el famoso No future del punk. Así se comprende otra frase del Zaratustra de Nietzsche, que resulta enigmática si no se la percibe como un misil contra el nihilismo: “Si creyeseis más en la vida, os lanzaríais menos al instante”.

La represión del futuro es, en este sentido, signo de decadencia y esterilidad. La cuestión está en no reprimirlo a pesar de que sabemos que el futuro es la muerte y la vida, por tanto, una bomba de relojería. El reto es no quedarse hipnotizado por el tictac.

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Publicado en el trimestral de Jot Down nº 25, especial Futuro Imperfecto.

25.3.19

Las edades de Almodóvar

Pensando en Dolor y gloria, después de haberla visto el día de su estreno, se me ha ocurrido que Pedro Almodóvar podría hacer una buena película sobre Luis Cernuda. No comparten muchas cosas, pero sí lo esencial (aparte de la homosexualidad, que es importante): el empeño en un camino propio, ridiculizado con frecuencia a su alrededor, que han seguido con valentía y con creciente hondura. Almodóvar parece haber sido fiel a aquella frase que le daba impulso a Cernuda tras sus reveses: “Aquello que te censuren, cultívalo, porque eso eres tú”. Como Almodóvar ha hecho justo eso, sus detractores no han encontrado motivos para dejar de serlo; pero sus admiradores hemos ido apreciando cada vez más su valor.

Dolor y gloria es una joyita de madurez: de madurez ya muy adentrada, al borde de la senectud. Es preciosa la mirada desde esta edad a la edad joven, la del alocado Madrid de los ochenta, y más atrás aún a la de la infancia. El arco de las edades se completa con el futuro, que encarna la ancianidad de la madre y su muerte. Queda un homenaje a la vida muy emocionante, aunque expresado con sobriedad: es una película sobria, contenida; incluso –como ha dicho alguien– severa. Pero también dulce. La película destila una extraña dulzura, debida quizá a la mirada desnuda, filosófica. Hay dolor, pero sobre todo reconciliación.

El presente del director (interpretado a la perfección por Antonio Banderas, con el que en ocasiones me he metido) es el de la esterilidad, causada por la depresión, la soledad y las dolencias. Podría resumirse en este verso de Jaime Gil de Biedma: “De la vida me acuerdo, pero dónde está”. Pero en Dolor y gloria la vida reaparece: en el reestreno de su primera película y el reencuentro con el actor, en el amante que vuelve, en los recuerdos de la niñez, en el dibujo que le hizo el albañil al que enseñó a leer y con el que tuvo su “primer deseo”. Como si el pasado acudiera no para acusar sino para rescatar. Aunque también hay culpa: la evocación de la madre que le dice que no ha sido un buen hijo. Pero hasta en esto hay aceptación y el director retoma su vida, es decir, el cine.

Están los artistas que mueren o se acaban jóvenes, en su fulgor. Y están los que van afrontando las edades con su arte, dejándonos el trazado de una vida entera. Casi es un milagro que Almodóvar, que brilló tantísimo, no se lo gastase todo entonces. Así hoy puede ofrecernos una luz más serena (bellísimamente absolutoria) de aquella luz.

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El Español.

20.3.19

Sánchez Zunz

Sánchez da miedo. Es un personaje vacío y sin escrúpulos: un tecnócrata del poder. Paradójicamente, porque la realidad es paradójica, una de las soluciones aceptables de las próximas elecciones generales sería su victoria por mayoría absoluta. Algo muy poco probable, casi imposible: como las demás soluciones aceptables. Lo que se da por hecho es que Sánchez ganará pero solo podrá gobernar si suma con lo peor del congreso: los que ya le apoyaron en la moción de censura que echó a Rajoy.

Lo de Sánchez es espectacular. Se ha labrado una épica impresionante él solito, contra todos. Y ello sin talento, sin inteligencia, sin altura: solo con narcisismo y ambición. Ahora con las listas electorales ha eliminado a todos los que ha querido, que eran casi todos. Sin piedad. Es un samurái maquiavélico.

Casi está llamando a que lo aniquilen los suyos. El problema para los suyos es que ya lo aniquilaron. Y resurgió de su aniquilación. Sánchez es inatacable porque ya fue atacado, ya fue destruido. Da miedo porque lo peor que le podían hacer –matarlo– ya se lo hicieron y no sirvió de nada. Sánchez es inmortal. O mejor: un zombi. Da mucho miedo.

Su asesinato en el Comité Central –es decir, en la Ejecutiva del PSOE– en el otoño de 2016 tuvo una brutalidad inaudita. Era algo mitológico, ancestral, como de Apocalypse Now, o El corazón de las tinieblas. Sánchez es Kurtz (“el Horror, el Horror”) sacrificado y resucitado. El viernes pasado me acordé del soneto de Borges dedicado a César y ese era Sánchez aquel día: “Aquí, lo que dejaron los puñales. / Aquí esa pobre cosa, un hombre muerto / que se llamaba César. Le han abierto / cráteres en la carne los metales”. Lo asombroso es que aún no era César pero le dieron tratamiento de César.

Esto me lleva a otro texto de Borges, el cuento "Emma Zunz". Recordarán que la protagonista hace un montaje falso para llevar a cabo una venganza verdadera. Cumplida esta, concluye Borges: “La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; solo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios”.

En la ejecución que tuvo lugar en Ferraz aquel día de 2016 todo era cierto menos las circunstancias, menos la fecha. La saña de sus compañeros y compañeras se explica porque no se estaban cargando al Sánchez de entonces, sino al Sánchez de hoy. Este Sánchez al que se cargaron demasiado pronto y ya no se pueden cargar.

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En The Objective.

19.3.19

Entrevista en El Catalán

Entrevista a José Antonio Montano: “Lo más parecido hoy al franquismo es el nacionalismo catalán”

Por Óscar Benítez, 18.3.19

Tras trabajar en el mundo editorial y televisivo, José Antonio Montano (1966) ejerce actualmente como columnista en cabeceras como El Español, Jot Down o The Objective. Cultivado e irreverente, el articulista malagueño desgrana en esta charla su visión sobre el conflicto catalán, del que lamenta tanto el “delirio” de los nacionalistas como el desunión de los constitucionalistas.

Ha afirmado que el problema catalán es una “enajenación colectiva”.

Es una expresión fuerte, pero no encuentro otra más económica. Y lo digo con incomodidad, con tristeza, con desolación incluso. El último episodio ha sido esa comparación que ha hecho Elsa Artadi con Ana Frank. Es un espectáculo muy feo, degradante también para los que lo contemplamos. Los nacionalistas catalanes nos han puesto (a los demás catalanes y al resto de los españoles) en una situación muy violenta: en la de tener toda la razón. Algo inaudito en este tiempo en el que la duda no es solo un imperativo, sino también una coquetería. Esta situación también puede volvernos locos (como empieza a verse en el voxismo), pero de momento somos la única esperanza de los independentistas: que haya alguien (¡nosotros los constitucionalistas!) que pueda ponerle freno a su delirio. Somos la última carta que les queda para su salud mental.

También se ha mostrado escéptico con respecto a la eficacia del “diálogo” con los secesionistas.

Yo no soy escéptico con el diálogo ni con su eficacia: al contrario, soy un firme partidario del diálogo y de su eficacia. El diálogo es la única solución. Pero siempre que sea diálogo. Y lo que proponen o exigen los secesionistas no lo es. Como ha dicho Savater, nuestra ley (nuestra ley democrática) es ya el fruto del diálogo (del diálogo parlamentario). No respetar la ley es, por lo tanto, no respetar el diálogo. Esto para empezar.

El nacionalismo suele quejarse de que la singularidad catalana no ha sido suficientemente reconocida. ¿Le parece cierto?

No sé lo que es “la singularidad catalana” ni demás abstracciones metafísicas. Las singularidades catalanas concretas –culturales, lingüísticas, folclóricas– están reconocidas de sobra, y además forman parte de lo que defendemos los constitucionalistas. Mi generación (la nacida en la década de 1960) se educó en ese reconocimiento, y la generación anterior (como ha escrito Muñoz Molina) aún más. El respeto a la lengua catalana, por ejemplo, formaba parte del conjunto de las libertades que defendíamos y celebrábamos. Por eso nuestra sensación de estafa es monumental.

Autores como Mikel Arteta han denunciado el avance de las políticas nacionalistas en comunidades como Valencia. ¿Es una situación preocupante?

No lo sé. Me imagino que los políticos han visto que ahí hay negocio y van a por ello. El localismo siempre cumple una función para aquellos que están en la lucha por el poder: limitan la competencia. Y las exigencias también.

Recientemente, TV3 emitió un controvertido reportaje en el que vinculaba machismo con constitucionalismo. A su juicio, ¿qué parte de responsabilidad le corresponde al canal autonómico de lo ocurrido en Cataluña?

Altísima. Como arma propagandística y manipuladora, TV3 ha dado con una fórmula letal: Goebbels más disseny. Es el fascismo friendly de los presumidos.

La Constitución catalana planeaba prohibir los partidos que reclamasen volver a formar parte de España. Sin embargo, cierta izquierda sigue sin advertir el carácter autoritario de parte del independentismo. ¿A qué lo atribuye?

A la obediencia a Franco. Esa pseudoizquierda le ha comprado a Franco la idea que este tenía de España. Traicionando, por cierto, a la izquierda de la República, que luchaba por “España” contra Franco (“la guerra de España”, como la llamaban en el extranjero, era esa la lucha; “si cae España”, decía César Vallejo). Las consecuencias de esta traición son aberrantes: esa pseudoizquierda no solo obedece a Franco en su idea de España, sino que simpatiza con lo más parecido al franquismo que tenemos, que es el nacionalismo catalán.

Frente a las propuestas de Ciudadanos y PP para que el castellano vuelva a ser vehicular en la educación catalana, la ministra de Educación, Isabel Celaá, ha asegurado que esta lengua ya es vehicular en las escuelas. ¿Qué opina de la postura del PSOE en el conflicto lingüístico?

Lamentable. Es una de las muchas cuestiones en que nuestros supuestos socialdemócratas se comportan de un modo absolutamente antisocialdemócrata: en contra de la igualdad, perjudicando a los más pobres.

Los comunes han presentado como cabeza de lista a las elecciones del 28 de abril Jaume Asens, un firme partidario de la secesión. ¿Le sorprende la decisión?

No. Ya sabemos lo que son los comunes. Este Asens es el que salió el otro día en un vídeo con Pablo Iglesias diciendo que Albert Rivera era como el nazi Adolf Eichmann. Son respulsivas (¡y empalagosas!) estas proyecciones en los otros de lo que uno es. Se trata de un tipo curioso de narcisismo: soy tan guay que lo asqueroso que soy no me puedo permitir contemplarlo en mí mismo, así que lo contemplo en el de enfrente; y no como si fuera mío, sino como si fuera del de enfrente.

Por su parte, Manuel Valls ha remitido una carta a Sánchez, Casado y Rivera en la que les pide un acuerdo constitucionalista que excluya a separatistas y populismos de izquierda y derecha. ¿Lo suscribe?

Por supuesto. Y el que eso no parezca posible es el resumen exacto de nuestra desastrosa situación.

¿Y cómo valora la candidatura de Valls?

Con simpatía de afrancesado.

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En El Catalán.