24.6.19

El sonajero

La noticia soy yo, para mí mismo, porque hacía mucho que no se me saltaban las lágrimas. Y esto lo tengo que contar, aunque sea insignificante comparado con la verdadera noticia. ¿Qué tiene la foto del anciano con el sonajero que le guardó su madre? Se lo guardó en un lugar seguro: la tumba sin nombre en que la metieron tras fusilarla en la guerra civil. Lo llevaba en el bolsillo izquierdo y ahí ha aparecido dócilmente, junto al hueso izquierdo de la cadera. Ha servido para identificarla. Ahora tengo miedo de hacer literatura, aunque solo puedo hacer literatura. Y un poco de filosofía. Sé que el periodismo es aquí más noble, más limpio. Pero esta mañana se me saltaron las lágrimas y tengo necesidad de escribir.

Es ese salto en el tiempo, y son los colorines del sonajero. Lo dice todo pero está mudo: “le falta la canica o bolita que, batiéndolo, producía el sonido característico de estos objetos”. El sonajero no suena, como le sonó a este anciano que lo sostiene hace ochenta y tres años, cuando tenía nueve meses. La contracción del tiempo. Me he acordado inconvenientemente del sarcasmo de Thomas Bernhard: una madre piensa que ha tenido un bebé y ha tenido un anciano que va meándose por las esquinas. Pero aquella madre hubiera sido feliz de ver a su bebé anciano con el sonajero. Feliz y triste, amargamente triste: por su vida perdida y por la orfandad de su bebé (y de sus otros tres hijos, de los que solo vive una hija de noventa y cuatro años).

La contracción del tiempo, sí. Miro la foto del anciano (me da cosa decir su nombre, como si me aprovechara de él) y pienso en todos sus años, uno por uno, en su orfandad y en su vida entera en esta España terrible. Y pienso, cómo no, en la tentación del aprovechamiento ideológico. En las elucubraciones históricas que aplastarían su caso, que le darían un sentido a costa de rebajar su sufrimiento. Hay que rescatar de las cunetas, de las fosas comunes y de las tumbas sin nombre a los asesinados por los fascistas; pero hay que callarles también la boca a los que están deseando sacar esos muertos para echárselos en la cara a sus rivales políticos de hoy, buscando guerra.

Las lágrimas, al final, se me saltaron por la vida, por los hilos de la vida, por la tragedia de la vida, puteada por la historia. Por ese sonajero y sus colorines ochenta y tres años enterrados en una tumba y un niño que se fue haciendo mayor hasta llegar a esa edad para tenerlo. Ese dolor y esa ternura; esa impotencia. Como cuando leíamos a César Vallejo (“Niños del mundo, / si cae España –digo, es un decir– / si cae [...] / ¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano! / qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!”), sabiendo que España cayó.

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En El Español.

17.6.19

Bisagra del PP (y Vox)

Da rabia lo de Ciudadanos porque este era el momento. Por primera vez desde su fundación puede alcanzar el objetivo para el que fue creado, gracias a la mayoría absoluta que sumaría con el PSOE en el Congreso si los dos partidos pactaran. Es un chiste que Ciudadanos haya llegado a este momento cuando su objetivo ya era otro: no ser un partido bisagra del constitucionalismo sino el primer partido de la derecha. Lo que hace que el chiste sea encima malo es que ese otro objetivo no lo va a alcanzar nunca. De manera que estamos asistiendo a un bucle absurdo, con una impotencia descomunal.

Lo triste es que, aunque al final Ciudadanos permita una nueva presidencia de Pedro Sánchez por medio de la abstención, como dicen que terminará haciendo, su debilidad será ya irreparable. Nada que ver con la fuerza que hubiese tenido de haber planteado un pacto desde el principio. Es cierto que este pacto no lo podía plantear sin ser incoherente con lo que Albert Rivera prometió en la campaña electoral, y con su discurso de los últimos meses. Pero es que esa promesa y ese discurso estaban ya equivocados. El error viene de atrás.

Su trazabilidad es reconocible desde la moción de censura de Sánchez, que dejó descolocado a Rivera. Hasta entonces Ciudadanos iba el primero en las encuestas. Sánchez le robó la cartera y parte del discurso. Para cuando se vio que Sánchez solo se había puesto la careta de centro, sin ser el centro, Rivera ya había dejado el centro libre. Para Sánchez. Inmediatamente después las culpas de Sánchez quedaron absueltas de cara al electorado por la emergencia de Vox. Sánchez solo lo pagó un poquito en Andalucía: y en su enemiga Susana Díaz, lo que también le vino fenomenal. Luego se recompuso. Por Vox, a Sánchez le han salido gratis sus tonteos con los independentistas.

Estoy de acuerdo con la reconvención de Francesc de Carreras a Rivera. Es cierto que en su carta hay una frase sintomática, como ha señalado el agudo Rafa Latorre: ese “por tu culpa arrojas al PSOE a pactar con Podemos y con los nacionalistas”. Pero es síntoma no tanto de que excuse las responsabilidades del PSOE como de darlo por imposible. Es devastador para el PSOE, en realidad. El sentido del pacto era justo ese: mejorar al PSOE (¡e incluso salvarlo de sí mismo!). Y mejorar al propio Ciudadanos, que sale muy empeorado de sus tonteos (y encima remilgados) con Vox.

Ciudadanos era un partido único: su envidiable condición de bisagra le permitía pactar con el PP y con el PSOE. Esa era su singularidad. Ahora, fracasado su intento de sorpasso al PP, solo puede pactar con el PP (calderillas municipales y autonómicas aparte). Se ha convertido en una mera bisagra del PP. Una puerta que solo da a un lado. Y que llega hasta el fondo oscuro (¡Vox!) de ese lado.

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En El Español.

12.6.19

El discurso libre

Una de las alegrías de esta primavera ha sido la concesión del premio Anagrama de Ensayo al filósofo Daniel Gamper por Las mejores palabras, que se acaba de publicar. A Gamper le debo la escritura de mi “Autobiografía brasileñista”, y consideré emblemático que participara con una entrevista a Rüdiger Safranski en un librito de este muy importante para mí: Sobre el tiempo (Katz/CCCB). Tiene otras entrevistas en la misma colección a Zygmunt Bauman, Judith Butler, John Gray o Martha C. Nussbaum, ha traducido a pensadores como Friedrich Nietzsche, Max Scheler o Jürgen Habermas, y ha publicado en Trotta La fe en la ciudad secular.

Las mejores palabras es un libro elegante, civilizado (civilizatorio) sobre el ejercicio de la libre expresión y sus implicaciones existenciales, morales y políticas. Es suave y al mismo tiempo contundente, como el autor anuncia en la primera página: “Entiendo este texto como una especie de cascanueces que debe combinar la fuerza con cierta delicada habilidad para lograr sacar el fruto sin herirlo”. Su manera sutil de proceder me ha recordado el aserto de Nietzsche: “Los grandes pensamientos avanzan con pasos de paloma”. Los veintitrés ensayitos que componen el libro van avanzando así en su abordaje del tema, sumando facetas que se van completando, y en ocasiones tensionando, en sus reflexiones sobre la búsqueda (y recepción) de “las mejores palabras”; reflexiones que incluyen las interferencias del contexto ruidoso y de “las peores palabras” que se les oponen.

Sobre esto último Gamper, apoyándose en John Stuart Mill, dice algo que me ha parecido lo más estimulante del libro, y que en cierto modo lo vertebra. Más que el concepto de “libertad de expresión”, que pone su acento en el sujeto que se expresa, prefiere el de “palabra libre” o “discurso libre”, que implica a los oyentes, o a la sociedad en su conjunto: “Lo que se protege, a fin de cuentas, no es el derecho a hablar sino el derecho a escuchar. Se protegen las palabras y sus consecuencias y no a los hablantes o sus opiniones. Se protege, en definitiva, el intercambio a lo largo del cual se acaban discerniendo las mejores palabras”. Lo cual implica, entre otras cosas, “que sea obligación de los oyentes exponerse a la manifestación de las ideas que más detestan”.

Sirva solo como avance de este libro que recomiendo y que incluye además consideraciones sobre la verdad y la mentira, la conversación, la comunidad, la autenticidad, la lengua del Tercer Reich, la represión, la censura, la educación, la política, la democracia, las instituciones, la lengua común, la libertad, el silencio, la risa, las redes sociales, el periodismo, el miedo, la tortura, el amor, la calidez de los mamíferos y hasta una defensa aristotélica del botellón.

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En The Objective.

10.6.19

Lotería

Tengo un amigo al que le tocó la lotería a los veinticinco años (ochocientos millones de pesetas de 1992) y le arruinó la vida. Mucho tiempo después quiso escribir un libro con consejos de lo que no había que hacer en esos casos. Le propuse el título perfecto: Cómo no ser rico. Pero no lo escribió. Su contraejemplo no me ha disuadido de querer ser rico yo también. Como decía otro amigo: "Ya sé que el dinero no da la felicidad, pero me gustaría comprobarlo personalmente". Así que de vez en cuando juego a la lotería.

El amigo exmillonario vive en otra ciudad y tengo ya poca relación con él. Cuando lo veía a menudo procuraba evitarlo el día en que se jugaba algo gordo. Si tener un amigo al que le había tocado la lotería reducía terriblemente mis probabilidades (ya exiguas de por sí), el haberlo visto el mismo día del sorteo las dejaba en nada. Pero hace años que juego con tranquilidad, porque ya apenas tengo contacto con él. Este viernes, en que había un superbote en los Euromillones, me mandó un maldito wasap por la mañana. Sentí que se me esfumaban los ciento treinta millones de euros. Una lástima, porque a estas alturas yo sí que sabría cómo ser rico.

Iba a jugar de todas formas, por si acaso. Salí de casa a mi hora habitual, pero en vez de tomar la acera izquierda, como hago siempre, tomé la derecha, que es en la que se encuentra el puesto de lotería. A medio camino oí un estrépito en la acera de enfrente: una maceta se había caído de una ventana y se había estrellado contra el suelo. Justo por donde yo tenía que estar pasando. Lo pensé unos segundos, acordándome del Flitcraft de Dashiell Hammett, y seguí. Llegué al puesto de lotería cuando lo acababan de cerrar. Lo maldije, pero al darme cuenta de que por haber ido a echar mi boleto quizá me había librado de morir, lo bendije.

Ese Flitcraft, del que se habla en El halcón maltés y del que se ocupó también Paul Auster en La noche del oráculo, decidió cambiar de vida después de que le pasara algo parecido. Aunque él no lo vio desde la otra acera, sino en sus narices: una viga desprendida le pasó rozando y la esquirla que hizo saltar de una baldosa le hizo un rasguño en la mejilla. En ese momento, escribe Hammett, "sintió como si hubiesen levantado la tapa de la vida, permitiéndole ver su mecanismo". No regresó a su hogar. Se fue de la ciudad, sin decirle nada a nadie.

Yo comprendí que la lotería que me había tocado era la de la vida diaria: la de más días de esa vida. Me sentí en la tarde primaveral, calurosa, luminosa, como en un premio.

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En El Español.

6.6.19

El columnista de batín

El columnismo es una manera fácil de ganarse un dinerillo. Antes ese dinero era mucho (un dinerazo), ahora es muy poco. Salvo para unos cuantos, que siguen cobrando bien. Clase alta sigue habiendo. Y clase baja. Lo que ha desaparecido es la clase media. O se gana mucho (unos pocos), o se gana poco (la mayoría). Lo que ya no existe es ganarse la vida aceptablemente solo escribiendo columnas. El único consuelo de quienes cobran –de quienes cobramos– poco es que hay una clase aún inferior a la nuestra: la de quienes no cobran nada. Pero esto nos sirve menos como alivio que como amenaza. Y como recuerdo: bastantes venimos de ahí. Y ahí volvemos cada vez que cierra un medio para el que trabajamos, que suele largarse con una estela de deudas. El último medio a cuyo cierre asistí me dejó debiendo casi tres mil euros: medio año de columnas (dos a la semana, entonces).

Esta miseria, por otra parte, no deja de ser una forma de justicia poética, porque escribir columnas está chupado. Estos tiempos interesantes en que las columnas se escriben solas serían una edad de oro del columnismo si nos las pagasen bien; es decir, si no nos las pagaran como si se escribiesen solas.

Aunque es fácil cuando ya se ha pillado el oficio. Al principio cuesta un poco: tanto escribir (pensar) en palabras contadas como que esas palabras estén dispuestas en el plazo marcado. El columnista cuenta palabras como el sonetista cuenta sílabas. Y las escribe bajo la espada de Damocles del plazo. Unas columnas curiosas son aquellas que el plazo nos quitó de las manos: uno no las había terminado propiamente, pero las tuvo que entregar. Sobre la corrección incesante dijo el poeta Paul Valéry que "las obras no se acaban, se abandonan". Y Jorge Luis Borges que "se publica para dejar de corregir". El caso de las columnas –como el del periodismo– es peculiar: la obra no se abandona, sino que se da, como muy tarde, cuando el plazo vence. En las ocasiones extremas, el autor (y quizá también el lector) puede percibir los rasguños que esa premura produce en algunos lugares de la columna: una frase no terminada de perfilar, una idea que hubiese podido ser mejor, alguna rugosidad que hubiese podido limarse con solo un minuto más. Esta agresión exterior en el estilo propio no deja de tener su encanto.

Y le concede un poco de aire al estilismo asfixiante. Ha sido muy celebrada la frase de Valle-Inclán: "La prensa avillana el estilo y empequeñece todo ideal estético". Yo mismo la llevaba en mi carnet de estudiante de Periodismo, por epatar. Hoy me parece bien solo a medias. La apruebo como defensa frente al periodismo, que tiende a avasallar y a inundarlo todo con su imperativo de la actualidad rabiosa. Pero el periodismo sirve a su vez de defensa frente al estilismo estéril, del que la realidad se ha disipado. Al final estoy (o quiero estar) a medio camino entre una cosa y otra. Estoy en el periodismo, pero con un pie fuera. Y estoy en el estilismo, pero con el otro pie en el periodismo. Lo cierto es que no soy periodista –la carrera no la terminé y nunca he trabajado en una redacción–, sino un lector de prensa que escribe en la prensa. Así es como me gusta definirme en este campo.

Yo soy, en fin de cuentas, un columnista de batín. Esta es últimamente una figura denostada. La estrella hoy es el reportero: el periodista que sale a la calle y se enfanga en las noticias. El periodista de redacción tampoco está mal visto, como obrero de la información. El malo de la película es el columnista que está en su casa escribiendo de lo que quiere y enfundado en un batín (o en un pijama o un chándal, o casi en pelotas si es verano). Yo soy el malo de la película. Leyendo periódicos y escribiendo en los periódicos desde mi cómodo gabinete, a veces con música brasileña de fondo o el clavecín de Bach. Y con internet –es decir, con el mundo entero– en la misma pantalla en la que escribo. El nombre completo de la figura (¡del figura!) es en verdad columnista de batín e internet. ¡Ese soy yo! Con babuchas en invierno y en verano con chanclas. La antiépica del oficio.

Un animal tan decadente y antievolutivo solo puede existir, naturalmente, en un contexto en que haya periodistas de verdad; o sea, tipos serios, que son los otros. El columnista es el lujo (acepto que se diga la excrecencia) de un periódico que no puede estar hecho por columnistas. La opinión depende de la información, y esta debe estar en manos de profesionales. La opinión sí se permite que esté en manos de amateurs. De hecho, casi es mejor que sea así. La opinión como lujo del periódico y zona fronteriza: allá donde el periódico empieza a dejar de serlo.

Decía el filósofo Salvador Pániker que “todo entrevistado acaba reducido a los límites mentales de su entrevistador”. A la actualidad le pasa igual, con respecto al columnista. Mientras que el periódico es (o ha de ser) completo, el columnista es insuficiente. Yo, por ejemplo, solo escribo de lo que más o menos sé, o sobre lo que más o menos puedo aportar algo, o sobre lo que me produce alguna idea, alguna broma o alguna sensación: quedan libres de mi radio extensísimas estepas de la actualidad. La columna que mantengo ahora en El Español lleva como título genérico Zona de confort. En parte es por el contraste irónico con la turbulenta actualidad, esa carnicería nada confortable. Pero sobre todo es por la aceptación de mis límites, o la resignación ante ellos. La actualidad pasada por mí (¡por mis limitaciones!) es lo que hay en mis columnas. Al final, una inevitable papilla. Aunque intento darle un poco de vida, que sea una papilla con burbujas al menos, con vibraciones, con una cierta electricidad: una papilla animada.

Un insidioso aspecto de la actualidad es su propensión a repetirse. Quizá sea su estrategia suprema contra la crítica: al quinto desmán idéntico, el columnista tiende a no volver a mencionarlo, por no hacerse pesado (para empezar, ante sí mismo). Ese reparo no lo tengo yo: no solo no me importa repetirme, sino que me encanta repetirme. Por la compulsión a la repetición que diagnosticó Freud, y porque me gustan los artistas de la repetición como Thomas Bernhard o el brasileño Nelson Rodrigues. Me repito además en defensa propia: si me ocupo de la actualidad y esta se repite, ¿por qué no habría de repetirme yo? Me recuerda un poco a aquel aforismo memorable de Cioran: “Mi misión es matar el tiempo, la suya matarme a mí. Se está perfectamente a gusto entre asesinos”.

Aunque una cierta variedad hay, por restringida que sea la zona de confort de cada uno. Los mismos políticos y personajes de la actualidad en general –por parecidos que sean entre sí– son varios. Cuando llega el día de escritura de la columna, el columnista debe decidir de cuál ocuparse. En esta situación, con frecuencia los he visualizado como los patitos que dan vueltas en la caseta de tiro de la feria. Se tiende a un cierto equilibrio: a no dispararle dos semanas seguidas al mismo, sino ir diversificando los disparos. El columnista tiende a repartir el juego dentro de su limitado mundo. Salvo en casos excepcionales (últimamente no lo son tanto) de personajes insistentes que se presentan como dianas perpetuas. El columnismo es una forma de caricaturismo.

De igual manera que se dice que la obra de un editor es el catálogo de los libros que ha editado, se podría decir que el discurso del columnista es el que conforma el conjunto de sus columnas. Debido a la limitación del espacio, no se puede decir todo en todas. Pero en conjunto se equilibran entre sí, o van sumando facetas, o recovecos, o matices. Cada columna dispone una contundencia en determinada dirección. Si esa columna fuese la única del mundo, sería la locura. La ventaja de las columnas es que nunca son las únicas: están las demás de ese columnista, y las demás de todos los columnistas del mundo. Se podría decir del columnismo lo que del río Ganges: que por sus aguas corren todos los venenos y todos los antídotos. Por lo que uno puede bañarse sin problema en él.

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Publicado en Jot Down nº 26, especial Mensajes.
(28.9.2019) En Jot Down.

3.6.19

Un rey que no nos merecemos

Esta especie de segunda abdicación del rey Juan Carlos que supone su abandono de la vida pública, cinco años después de su abdicación real, me ha recordado el comienzo de la novela de Jabois, Malaherba (en Alfaguara): "La primera vez que papá murió todos pensamos que estaba fingiendo". Ahora los periódicos vuelven a llenarse de evocaciones de su figura, como si hubiera muerto de nuevo. Cuando ocurra de verdad no va a haber nada que escribir. Pero a don Juan Carlos le queda ese infrecuente privilegio: asistir en vida al balance de su vida, dos veces.

"Tenemos un rey que no nos merecemos" fue una de las frases más repetidas de la Transición. Yo la recordaba en boca de locutores, insistentemente (hasta yo la pronuncié, en mi adolescencia imitativa). Ahora veo que se le ocurrió a Umbral. Era una frase literata. Lo bueno es que albergaba ambigüedad, como lo sabe hacer la literatura. Al rey de los últimos años tampoco nos lo merecíamos, en el otro sentido. O probablemente sí, como nos merecemos todo lo que nos pasa...

Buscando sobre la frase me he encontrado una joyita de Savater, el artículo "Lotería primitiva" (El País, 17-X-1987). Dice sobre lo del no merecimiento: "precisamente ese es el problema, que a los reyes no se los merece uno nunca, ni a los buenos ni a los malos. Por eso algunos Estados optan por la fórmula republicana, para votar de arriba abajo los cargos de la nación y tener ni más ni menos que lo que se merecen". Luego habla de la lotería de la monarquía y hace otras consideraciones que tenían mucho mérito en 1987, por las cuales era nuestro ídolo Savater. Como lo sigue siendo hoy, en que apoya más decididamente a Felipe VI. Este encarna (cosas de la lotería) los valores del republicanismo como no aciertan a hacerlo nuestros ruidosos republicanos oficiales.

El balance histórico del reinado de Juan Carlos I será positivo, claro: el paso de una dictadura a una democracia, pese a los lastres. Pero hemos aprendido una lección relacionada con el oscurantismo. La ausencia absoluta de crítica (más aún, el halago continuo) de que gozó durante años hizo que se abandonara, que se corrompiera. Su famosa irresponsabilidad ante la ley, cuyo objeto era protegerlo, tenía la contrapartida tácita de que su conducta debía ser ejemplar. Sin embargo, no fue un modelo de lo que predica Gomá precisamente. Tal vez, si se hubiera ido aplicando la crítica de un modo razonable no se hubiera desbocado en el aquelarre final, en que los críticos parecían estar conjurando sus cortesanías pasadas.

Lo racional, en efecto, es la República. Aunque también por esas cosas de la lotería nos han tocado unos republicanos que hoy la hacen inviable. Podríamos formularlo así: tenemos unos republicanos que no nos merecemos. En el otro sentido.

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En El Español.

2.6.19

Jot Down 27

Ya está a la venta el trimestral núm. 27 de Jot Down, especial Dioses y endiosados. Yo colaboro con un artículo sobre (contra) el endiosado fútbol: "Balón de asfixia". Empieza así:
Están los balones de oxígeno y está el balón del fútbol, que es un balón de asfixia. Esta cualidad asfixiante no la perciben sus adoradores, en cuya alienación aceptan que el respirar sea algo secundario (¡lamentable servidumbre!); solo la sufrimos los que lo detestamos, minoría selecta y exquisita de la humanidad, la gran víctima de los siglos XX y XXI, la gran vilipendiada, la gran apestada, la receptora de todos los odios, la única aguafiestas en las fiestas del balón: unánimes si no fuera por ella.
La revista puede comprarse en librerías y en la web de Jot Down.

29.5.19

Evasión pessoana

Escribo esto mientras los ciclistas suben el Mortirolo en el Giro y sufro una pájara política. En el peor momento: cuando tengo que escribir una columna, que convendría que fuera política. Pero he terminado de colapsar, después del extenuante ciclo que el domingo concluyó. Me pilló en Madrid (voté, pero por correo) y el lunes, volviendo a Málaga en el Ave, leí un libro rápido: Crónicas de la vida que pasa, de Fernando Pessoa (Hermida Editores). Fue un principio de desintoxicación.

Políticamente estoy abstencionista: apático, cansado, con una soterrada desesperación (sin aspavientos ya). Me esfuerzo por ver la lucha política en plan entomológico, como Spinoza veía cómo se devoraban las arañas. De mi percepción se esfuman los componentes morales, incluso los ideológicos, y priman los teatrales. Todo es un teatrillo, despiadado pero enternecedor. No por ello caigo en el cinismo. Si fuera cínico me pondría a operar con esta nueva premisa, no a explicarla. Le pasó lo mismo a Maquiavelo, que por no ser maquiavélico fracasó.

"Sabio es el que se contenta con el espectáculo del mundo", escribió Ricardo Reis, el heterónimo más pasivo de Pessoa. Está en consonancia con lo de André Breton: "La historia cae fuera, como la nieve". El mundo y la historia tienen la capacidad de triturar al individuo, pero este no ha de darles la victoria de antemano. Se puede arrogar el gesto dandy de despreciarlos, hasta que le llegue el golpe. La peste de nuestro tiempo es el exceso de politización: cómo la política se ha metido en sitios en los que nunca debería haber entrado. Urge un repliegue helenístico o alejandrino: lo que les corresponde a los periodos de descomposición. (Tener en cuenta la política y observarla; pero sin caer en las emociones políticas).

Las Crónicas de la vida que pasa son unas cuantas columnas que Pessoa escribió en 1915, jugueteando. Hasta que lo echó el periódico que se las publicaba, por juguetear. Jugueteaba con paradojas, como el propio Pessoa reconoció: "Soy un pobre recortador de paradojas". Tomaba asuntos de la actualidad y les daba la vuelta, con estilo pessoano. Por ejemplo, defiende a un coronel ruso traidor a su patria en la Primera Guerra Mundial, que fue condenado a muerte. "Un traidor es simplemente un individualista", escribe Pessoa, "una criatura que, por dinero u otro interés personal, compromete los intereses de la patria". Pero los condenados tendrían que haber sido los estadistas que llevaron al país a la guerra, porque "estos comprometen a toda la patria, de una sola vez". La guerra, por cierto, la define de este modo espléndido: "es una sustitución, en la moral y en la acción, del criterio inhibidor por el criterio expansivo".

Como son pocas crónicas las que lleva el librito, no voy a desvelarlas todas, para preservar la delicia (la introducción es buena pero las desvela todas, por eso aconsejo leerla al final). Sí hay que mencionar la primera porque habla del oficio de opinar, jugueteando a tope: "La continua transformación de todo se da también en nuestro cuerpo, y se da en nuestro cerebro consecuentemente. [...] Ser coherente es una enfermedad, un atavismo tal vez". Y manifiesta falta de educación: "Es una falta de cortesía con los demás ser siempre el mismo a la vista de éstos; es machacarlos, afligirlos con nuestra falta de variedad". Y luego: "Una criatura de nervios modernos, de inteligencia sin cortinas, de sensibilidad despierta, tiene la obligación cerebral de cambiar de opinión y desde luego varias veces en el mismo día". Llegados a este punto, casi podría yo escribir lo contrario de lo que acabo de escribir en la presente columna (incluso la columna política que he rehuido).

Mientras me deslizaba por ella los ciclistas han terminado de subir el Mortirolo. Ciccone y Hirt han pasado primero. Ahora bajan también, porque allí no estaba la meta.

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En The Objective.

27.5.19

¡Qué descanso!

Que el cielo exista aunque mi lugar sea el infierno, dijo Borges. Los españoles nos hemos ganado un cielo sin elecciones por una buena temporada (salvo algunas autonómicas pendientes) aunque para muchos los resultados de las últimas sean un infierno. Al final el haberlas acumulado, que tan penoso ha sido, va a tener al menos esta compensación.

Qué descanso, pero ahora les toca trabajar a los ganadores. Y a los perdedores.

El ganador en todos los frentes Sánchez tiene un tiempo despejado para demostrar que es un gobernante además de un tecnócrata del poder. En estrictos términos de poder, lo que ha hecho desde la moción de censura (inclusive) ha sido una proeza. Hasta la arriesgada operación de colocar las elecciones generales antes de las municipales, las autonómicas y las europeas le ha salido bien. Ahora viene lo difícil. Todavía no sabemos si está preparado para ello. Ni siquiera si está dispuesto. Lo veremos.

Su éxito ha contado con la inestimable colaboración de los partidos rivales, que no han acertado, cada uno en su lugar del espectro ideológico.

El PP sigue mal, pero resiste como segunda fuerza; tanto en las elecciones europeas como en las autonómicas y en las municipales, con gobiernos (si se dan los pactos) en comunidades y ayuntamientos. Los más importantes: los de Madrid. Lo que Casado obtiene con ello es una nueva oportunidad, esta vez menos apretada.

Ciudadanos se queda lejos de su objetivo de desbancar al PP como principal partido de la derecha. La estrategia de Rivera, pues, se ha demostrado fallida. Se diría que ha perdido para nada aquello que lo distinguía (y que le hacía ser propiamente de centro): la capacidad de pactar (también) con el PSOE. ¿La recuperará en el periodo de pactos que se avecina?

El chaparrón de Vox, por su parte, se queda en llovizna. Aunque sus votos sirvan para que la derecha gobierne en la Comunidad y en el Ayuntamiento de Madrid, su función global ha sido mermar electoralmente a la derecha (fruto de una culpa, cierto, que le corresponde al PP). Del mismo modo que Podemos fue lo mejor que le pasó a Rajoy, Vox es lo mejor que le ha pasado a Sánchez. Bueno, lo segundo: lo mejor que le ha pasado a Sánchez es ser Sánchez.

El resultado de Unidas Podemos, insuficiente y a la baja, deja a Iglesias en la posición de conserje de Sánchez: con poca capacidad para decidir y a expensas de lo que Sánchez decida. El morbo ya no es si Iglesias será ministro, sino si alcanzará a ser subsecretario.

En cuanto a Cataluña: sigue su decadencia, también en Barcelona. La metáfora del fracaso de Valls ha sido perfecta: este era el alcalde ideal de la Barcelona que ya no existe. Ha llegado cuando el nacionalismo había hundido el Titanic.

Ahora queda disfrutar de lo votado. O sufrirlo. Lo que no sufriremos por cuatro años serán otras elecciones.

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En El Español.

20.5.19

Desastre electoral

Mi vida electoral es un desastre: nunca he tenido a quién votar. Habría votado al González de 1982, pero me faltaban dos años para poder hacerlo. Cuando cumplí los dieciocho el PSOE ya no me convencía. Soy de ese tipo remilgado que se ha pasado la vida esperando al PSOE, pero el PSOE no ha comparecido. Se habla mucho de los huérfanos electorales, pero no hay mayores huérfanos electorales aquí que los de la socialdemocracia. Naturalmente, un partido que se ha cargado el bachillerato (se me olvidó mencionar este grave baldón cuando escribí sobre Rubalcaba) y que ha tonteado con los nacionalistas no es socialdemócrata.

Me hizo gracia la cosa aristocratizante del CDS y fantaseé con votarlo. "Con el Duque de Suárez", les decía a mis amigos, dandísticamente. Pero la broma se quedó en eso: no me llevó a las urnas. Me mantuve en la abstención hasta que apareció Anguita y voté a Izquierda Unida un par de veces. Solo yo sé con qué falta de convicción y con qué falta de comunismo. Mi sueño, en realidad, era un partido reformista, que aseara la estructura democrática, el entramado institucional. Hasta me interesó aquello de Foro que no sé si llegó a fundar Punset (¡Punset!).

Mi práctica del abstencionismo no era incoherente con mi idea de fondo: la de que no hay nada más progresista que un Estado de Derecho que funcione, y que, comparado con eso, el gobierno de tal o cual partido es un dato menor. Este dato menor se convierte en mayor, por supuesto, cuando el partido que gobierna socava el Estado de Derecho. El PSOE y el PP venían haciéndolo casi en igual medida, por lo que no tenía mucho sentido votar a uno u otro; y lo cierto es que los demás eran peores. Sí me parecía que estaba bien la alternancia, aunque no contribuí a ella con mi voto. Hasta hoy ningún voto mío ha servido para formar gobierno en la nación.

Me sacó de la abstención Ciudadanos, y pronto UPyD. Hubo incluso unos años en que había que optar por uno u otro. Yo optaba por UPyD. Ni a Rivera ni a Díez los veía (ni quería) como gobernantes, sino como actores que empujaran en una determinada dirección. UPyD se suicidó y quedó solo Ciudadanos. Ahora este se ha convertido en otra cosa: una cosa legítima y que no merece los escraches ni el acoso (ese odio sintomatiquísimo de que siempre ha sido objeto Ciudadanos), pero que ya no es la mía. Vuelvo, pues, a la abstención. Aquello que me propuse de "mi modesta Gran Coalición" queda sin efecto. Aún votaré a Ciudadanos en las europeas, porque va Savater en la lista. Pero en las municipales ya me abstendré, y así seguiré hasta nuevo aviso.

El desastre electoral soy yo, supongo.

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En El Español.

15.5.19

Otro regalo de Jabois

Mañana llega a las librerías una novela de Manuel Jabois, Malaherba (Alfaguara), y los que ya la hemos leído somos conscientes de nuestro privilegio. Es ni más ni menos que otro regalo de este periodista y escritor rebosante de dones. Se ha citado mucho la frase de Stevenson, pero si no se cita una vez más para Jabois, ¿para quién se va a citar? "El encanto es la virtud sin la cual todas las demás son inútiles". Estamos cansados de ver a autores que nos arrojan piedras, empeñados en el esfuerzo inútil de escribir sin encanto. Jabois escribe con gracia y ligereza, con un encanto irresistible pero cortés, porque no intimida (salvo que uno se sienta menoscabado por su talento). Y en el entramado de su prosa va la vida, con el placer y el dolor, con el amor, la rabia, el desconcierto y el ansia de conocer.

Esto se aprecia con un alto grado de pureza en Malaherba, porque sus protagonistas son niños. Uno de ellos cuenta la historia en primera persona, desde después. La realidad es entre cotidiana y salvaje, y el narrador va tanteando en sus elementos como un presocrático: afrontándolos a pelo, sin el filtro de la experiencia, con una mezcla de sorpresa y miedo, ordenándolos a su manera y dejando mucha parte en la sombra. El niño, que se ha encontrado con el mundo de golpe, se va encontrando también de golpe con las zonas del mundo que le faltaban: las que empiezan a asomarse a la edad adulta, en una suerte de adolescencia precoz, por medio de la muerte, la violencia, el amor, el sexo...

Estas cosas abstractas de que hablo para no destriparle al lector la historia no aparecen así en Malaherba, sino, como en toda buena novela, con una concreción admirable. Aparece un mundo preciso en sus páginas, vivo, tangible, situado geográfica y temporalmente: la Pontevedra de finales de la década de 1980, el colegio Campolongo. La mitología infantil se nutre de referencias específicas de su momento, que transmiten su emoción incluso a quienes no las vivieron justamente por la potencia de su mitologización. Aquí están, por ejemplo, los clicks, Double Dragon II, Magic Johnson o Franco Battiato, cuyo Mr. Tamburino es el nombre con el que se hace llamar el niño protagonista.

Malaherba tiene algo de Salinger, de Delibes, de El señor de las moscas (aunque con ternura), de Vida de este chico y de la película La noche del cazador (asociación a la que invita la portada). Aunque como sé que El gran Gatsby es la novela que más admira Jabois, también he encontrado mucho de ella: como un Scott Fitzgerald que se ocupara de la infancia. Hay muchas frases memorables en Malaherba, algo habitual en Jabois. La editorial ha resaltado acertadamente una: "Bien sabe Dios que es más peligrosa la pena que el odio, porque el odio puede destruir lo que odias, pero la pena lo destruye todo".

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En The Objective.

13.5.19

Primera imagen de Rubalcaba

Para cuando Rubalcaba ha muerto yo ya le tenía cariño, como todo el mundo. Y siempre se lo tuve en el fondo, aunque con frecuencia se me interponía el juicio moral. Me perturbaba su carácter de fontanero del poder, en contacto con fuerzas subterráneas. Había admiración ahí también, con estupor. El cariño lo suscitaban, naturalmente, su manera de hablar, su tono de voz, su sonrisa, su figura; ese aire de actor español feo y ameno, buen conversador, seductor en fin.

Dos imágenes contradictorias, o quizá complementarias. Una es la de su golpe de mano tras los atentados de Atocha de 2004, cuando dijo lo de "los españoles se merecen un gobierno que no les mienta"; frase maquiavélica y electoralmente eficacísima que, al ser pronunciada en la jornada de reflexión, suponía un grave quebranto institucional. Había que tener cuajo para decirla en aquel momento, y Rubalcaba lo tuvo: frialdad y altura de miras... pero para el objetivo bajuno del poder. La otra imagen es la de su discurso cuando se debatió en el Congreso el plan Ibarretxe, en 2005: un discurso perfecto, elevadísimo, de una pulcritud democrática e institucional admirable. La conclusión es que conocía cabalmente la teoría; algo fundamental, aunque luego no se sea estricto en la práctica.

Pero mi primera imagen de Rubalcaba es otra. Me había acordado hace poco, cuando leí en el libro de Javier Padilla A finales de enero (Tusquets) que Rubalcaba decidió implicarse en la política cuando la policía franquista mató a Enrique Ruano en 1969. Tiene gracia, pensé. Para recrear en mi cabeza las asambleas y manifestaciones estudiantiles de la década de 1960 que describe Padilla, me apoyaba en mis recuerdos de finales de 1986 y principios de 1987. Yo me asomé a alguna asamblea en mi Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense, y fui en aquella manifestación que se hizo famosa por el Cojo Manteca. La realidad era distinta, ya no estábamos en una dictadura sino en una democracia; pero el esquema invitaba a recrear lo que había vivido la generación anterior. Y entonces apareció el malo, el equivalente al poder franquista en tal esquema: el burócrata (así aparecía) Alfredo Pérez Rubalcaba, secretario de estado de Educación. Logró persuadir a los estudiantes: su primera fontanería fue con ellos.

El duelo de estos días, las inesperadas colas y las muestras de dolor, han sido quizá algo teatrales, pero no hipócritas. Todo el mundo sabe la verdad esencial: que la vida –y no digamos la vida política– es una representación. Se venera el instante sagrado en que cae la máscara.

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En El Español.

6.5.19

PSOE y PP: resurrección y muerte

Los dos peores presidentes de la democracia, Zapatero y Rajoy, dejaron sus partidos en un estado más lamentable aún que el país. Esto demuestra que no tenían nada personal contra el país, sino que el empeorar las cosas formaba parte de su carácter (y carácter es destino).

Milagrosamente, el PSOE ha resucitado, gracias a la audacia de un Sánchez que ha sacado agua de donde no la había. Ahora, tras las elecciones del 28-A, estamos en un momento curioso: esperando que se confirme que Sánchez es peor que Zapatero y Rajoy juntos, o bien que lo desmienta y se revele como un presidente aceptable. Contra esto último van los meses que lleva en el poder. Pero han sido unos meses propagandísticos, cuyo único objetivo era conservar el poder, o alcanzarlo de verdad. ¿Qué hará ahora en que empieza realmente su presidencia? Yo no espero nada de él, pero sí de su ambición: al fin y al cabo, para gobernar un país el primer requisito es que haya país.

El que lo tiene mal es el PP, cuya situación parece irreversible: desangrándose por Vox y por Ciudadanos, y con Casado dando los inequívocos manotazos del que se ahoga. En mi opinión de antivoxista, pasó una cosa buena en las elecciones (junto con otras malas, como el éxito del independentismo y el proetarrismo): que el voto a Vox no haya servido para formar gobierno. En las elecciones del 26-M veremos si sus votantes persisten o se desgajan. Por lo que veo en Twitter, son votantes muy convencidos. Y con graves cuentas pendientes con el PP. Insisten en lo inútil que fue la mayoría absoluta de Rajoy en 2011, o en el patetismo del famoso bolso de Soraya en su escaño el día de la moción de censura. Ni olvidan ni perdonan. Ya veremos hasta cuándo. Por su parte, los votantes más finos del PP se han ido a Ciudadanos, como partido de una derecha más moderna y sin corrupción. El PP es, hoy, un partido del que todos se van y al que nadie llega.

La crisis del bipartidismo se ha resuelto, pues, de manera descompensada. Vox ha dinamitado el espejismo de que la derecha vaya a llegar al poder nacional, mientras dure Vox (pese a Andalucía y a lo que se rasque en las municipales y autonómicas). El PSOE vuelve a ser nuestro PRI durante una buena temporada. Ahora todo depende de Sánchez. Solo un gobierno catastrófico propiciaría que lo sustituyera la derecha catastrofista. (Ni lo uno ni lo otro, por lo demás, está descartado).

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En El Español.

30.4.19

Por delicadeza

Ha habido una cosa bellísima, puramente española, quijotesca: España estaba dispuesta a suicidarse huyendo de Vox para demostrar que no es un país fascista, sabiendo que en su huida podía caer en manos de los únicos que son más fascistas que Vox. Podría decir lo de Rimbaud: "Por delicadeza, perdí la vida".

Es un país tonto y adorable. Un país noble. Diga lo que se diga, persiste la culpa del franquismo. La culpa de la guerra civil y la culpa de la dictadura: también las víctimas se sienten culpables, por esas tortuosidades de la psicología. Hay una culpa colectiva que se empezó a pagar en la Transición. Aunque fuese injusto en el fondo (hoy se ve con mayor claridad esa injusticia), la bandera española debía ser purgada. Franco, qué le vamos a hacer, la dejó pingando. Era un trapo comprometido. Una de las subtramas de la Transición ha sido la recuperación de la bandera. Y cuando ya la teníamos casi recuperada han llegado los de Vox a devolverla a la casilla de salida. De nuevo, una bandera con connotaciones espurias.

Ha sido bello y absurdo el movimiento de España de huir de lo que no era. Le ha perdonado a Sánchez sus tonteos con el independentismo y su desactivación del bloque constitucionalista (en lo que también hay que contar las torpezas y altisonancias de Casado y Rivera) solo para dejar claro que no, que la ultraderecha no. Durante toda la Transición ha podido votar a la ultraderecha si quería, y nunca ha querido. Solo muy al principio salía Blas Piñar. Aguantó los crímenes del terrorismo etarra y ahora las impresentables agresiones de los nacionalistas catalanes. Y cuando, con Vox, ha asomado una respuesta de la calaña de estos nacionalistas, la mayoría de los españoles ha huido de ahí.

Esta mentalidad, naturalmente, ha abonado ese nacionalismo que la destruye. Contra el fascismo de los Puigdemont, Torra, Rufián y Otegi no parece tener los antídotos que tiene contra el de los Abascal y Ortega Smith. Políticamente es suicida, pero estéticamente (incluso moralmente) es de una belleza conmovedora. Con su punto cruel, como todo lo bello. Qué delicado ese movimiento hacia Sánchez. Qué educadamente ha dejado en evidencia a los Rufián y Otegi, que en la noche electoral la seguían insultando.

Como pegote anticlimático he de decir que habría seguido siendo así aunque hubiesen ganado Casado y Rivera (la propaganda de Sánchez era falsa, y no digamos la de Iglesias). Pero lo estético ha sido el subrayado en la dirección contraria: esa quijotesca coquetería.

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En The Objective.

29.4.19

Justicia poética

Los que pensamos que sería bueno para el país un pacto entre Ciudadanos y el PSOE nos quedamos chafadísimos anoche. Casi se podría añadir: como era previsible. El aliento lo daban al principio los resultados: el PSOE con 123 escaños y Ciudadanos con 57 son los dos únicos partidos que suman mayoría absoluta en el Congreso (excluyendo, naturalmente al PP con sus 66). Pero en seguida se deshizo la posibilidad: con la militancia del PSOE gritándole a Pedro Sánchez que "con Rivera no", y con Albert Rivera arremetiendo contra el PSOE (como en una prolongación de su segundo debate televisivo) y dando por hecho que el nuevo gobierno sería de Sánchez "con Podemos y los independentistas".

Me consta que todavía en estas elecciones ha habido votantes que han votado en Ciudadanos al partido de centro que ya no quiere ser: por inercia lo seguían viendo como la bisagra que promoviese un bipartidismo bueno. Pero Ciudadanos se concibe ahora como un partido de poder, el partido de la derecha; con el pequeño inconveniente de que le queda muchísimo para el poder, si es que llega algún día. Por el momento, su estrategia sí ha sido buena para atraer votos. Mi impresión, sin embargo, es que pese al resultado estupendo Rivera sigue extraviado. Perdió su sitio tras la moción de censura, y por ahí anda.

En el otro lado, como decía, está esa militancia socialista que gritaba contra Rivera. Este es ahora el malo por haberle puesto el "cordón sanitario" al PSOE. Pero en realidad el odio del PSOE a Rivera –y su "cordón sanitario" de facto– era anterior. La discordia, sea como sea, parece insalvable. Yo aún confío en que mi adorado Ibex 35 empuje un poco, pero lo veo difícil.

El batacazo del PP le deja las cosas imposibles a Pablo Casado. Su perspectiva en la legislatura que entra es la de una altisonancia no avalada por los números. Aunque para altisonancia la de Vox, cuyos berridos de ayer se siguen oyendo, primero con Javier Ortega Smith y después con Santiago Abascal: demostrando que lo suyo es el podemismo de derechas. Mientras tanto, Pablo Iglesias, quizá el máximo responsable del embrutecimiento retórico del país, seguía jugando a la moderación: apareció con el mismo jersey y el mismo tono tranquilito del debate, que tanta renta le han dado. Podemos ha perdido casi la mitad de sus escaños, pero acaricia el poder con el PSOE. El partido que empezó yendo a por todas, ha terminado siendo la bisagra de un bipartidismo malo.

Mención aparte merecen los también triunfadores ERC y Bildu (y en menor medida, aunque también en la onda, el PNV): el odio, la rabia, el desprecio, el absoluto egoísmo y la discordia que expresaban los discursos de Gabriel Rufián y Arnaldo Otegi sí que daban miedo, o deberían darlo. Pero España solo está vacunada contra uno de nuestros fascismos.

Le queda ahora a Pedro Sánchez encargarse de la situación. No deja de haber justicia poética en el hecho de que a él vaya a caerle la patata del tema catalán, y todas las demás patatas: la recesión que al parecer se avecina, el incremento del paro, todo lo que le concierne a un gobierno en firme. Era un poco irritante lo que estaba haciendo con solo 84 diputados. Ahora con 123 ya sí podrá decirse que el pueblo español lo ha querido. A mí particularmente eso me deja más conforme. Si vamos a peor, será la democracia. Y si vamos a mejor también.

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En The Objective.

28.4.19

Rivera extraviado

A Ciudadanos le han salido bien las elecciones, porque casi ha doblado sus resultados de 2016 (de 32 a 57 escaños). Sin embargo, hay una cierta insatisfacción con respecto a las expectativas que había justo antes de la moción de censura, en que Ciudadanos –y no hace ni un año de ello– iba el primero en las encuestas. Un éxito incompleto, pues. Y atribulado por problemas de pareja. Le ha fallado el PP, cuyos horrorosos resultados impiden el pacto de gobierno al que Ciudadanos aspiraba. En cambio, los buenos resultados del PSOE le invitan a emparejarse con el que no quería... Aunque de esta presión le salva de momento las pocas ganas que también tiene el PSOE.

Han empezado pisándose en la noche electoral, porque Pedro Sánchez se ha puesto a hablar en la sede del PSOE casi en el mismo momento en que lo ha hecho Albert Rivera en la sede de Ciudadanos. En la tele escucho a Sánchez mientras veo también a Rivera sin voz. Las imágenes no transmiten tanta alegría como la que se ve en Ferraz. Aquí los militantes le gritan a Sánchez, cuando este ha dicho que iba a hablar con todos: "¡Con Rivera no, con Rivera no!". Luego se ponen victimistas con lo del "cordón sanitario".

Escucho al fin a Rivera, ligeramente enlatado. Aparece empequeñecido bajo el cartelón electoral, que lo representa a él solo. Abajo, en carne y hueso, está con muchos, demasiados tal vez. Destacan Inés Arrimadas y Begoña Villacís. Pero solo habla Rivera. Poco sólido, poco grave, algo volátil. Desdichadamente es el Rivera del segundo debate de televisión: acelerado, verborreico. Empieza atacando al PSOE ("nosotros no vamos a rodear el Congreso") y a esgrimir la ideología liberal. Da por hecho que el gobierno va a ser del PSOE con Podemos y los independentistas. Una grave irresponsabilidad, en mi opinión, cuando las cuentas del pacto PSOE-Cs sumarían la mayoría absoluta. Va a tener que ser el Ibex 35 el que les dé un empujón a Rivera y Sánchez, para que se quieran.

Pero Rivera está en otra cosa: en hacer oposición y en prometer que en un futuro gobernará España. Algo de lo que está lejísimos aún, por mera cuestión numérica. Absurdamente esto no le refrena y suelta unas proclamas triunfalistas que lo acercan a lo que viene siendo el político al uso de toda la vida. Los militantes, que aplauden y agitan banderas, lo aclaman: "¡Presidente, presidente!". Este Ciudadanos ya no es para los que pensábamos que debía ser un partido bisagra que promoviese un bipartidismo bueno. Ahora se concibe como un partido de poder, con el pequeño inconveniente de que le queda muchísimo para el poder, si es que llega algún día. Por el momento, su estrategia sí ha sido buena para atraer votos. Aunque, por lo que yo sé, hay votantes de Ciudadanos que aún lo votan más por la inercia de su antiguo centrismo que por su nueva inclinación a la derecha.

Mi conclusión, pese al resultado estupendo, es que Rivera sigue extraviado. Perdió su sitio tras la moción de censura, y por ahí sigue.

24.4.19

El debate final

Antes de que empezara el debate final (segundo y último) me he acordado de esos japoneses que en las corridas de toros se van después del tercero, antes de que los toreros repitan: porque total, ya los han visto. Ayer, total, ya vimos a los cuatro candidatos debatiendo. ¿Para qué otra vez? Pero ha resultado que esta ha sido más entretenida. No ha llegado a cuajar ninguna faena memorable, pero ha habido chispacitos. El formato de Atresmedia era más dinamizador. Lástima que Tele 5 no esté en el grupo, porque el epílogo ideal sería que los candidatos se tirasen con Isabel Pantoja del helicóptero de Supervivientes (una posibilidad que me inspiró un tuit de Maite Rico).

Mi balance intuitivo, sumando los dos debates, sería este: el único que gana votos es Pablo Iglesias; el único que los pierde es Pedro Sánchez; y Pablo Casado y Albert Rivera se quedan como estaban. Estos dos no han conseguido su propósito de noquear a Sánchez, aunque –sobre todo en este segundo debate– lo han tenido tambaleándose varias veces. Pero no han logrado rematar la faena, sobre todo por Rivera: demasiado nervioso y verborreico, con golpecitos histéricos en vez de buenos golpes (aunque algunos ha dado de estos, y entonces sí le ha salido bien). Pero el que más daño le ha hecho a Sánchez ha sido Iglesias: le ha dado el beso de la muerte, un beso vampírico con el que le ha chupado votos.

La gran estrella del debate ha sido el jersey negro de Iglesias, que le ha funcionado muy bien. Por algún motivo, el jersey transmite confortabilidad, confianza hogareña (y si es en Galapagar no digamos). Iglesias ha entrado divinamente en el sistema y el sistema lo quiere. Debería ir a más debates y a menos mítines. Creo que este Iglesias, más tranquilo, más moderado, con el puntito justo de reivindicación, hubiese ganado las anteriores elecciones. Pero claro, le faltaba aún el componente fundamental: ser padre y tener una hipoteca. Aquí se le ha terminado de forjar el carácter. Y en esos meses pasados en la minería del pañal. Lo desconcertante es cómo ha tirado su minuto de oro: el tío ha ido fenomenal durante todo el debate en plan Iglesias nuevo y en el momento decisivo va y saca al Iglesias viejo... Ha sido el único momento del debate en que le ha ido bien a Sánchez: pero se terminaba justo ahí y este se ha quedado sin usufructuarlo.

Casado y Rivera empezaron bastante bien, golpeándole duro a Sánchez, no como ayer sino como adultos, sin aniñamiento. Y Sánchez, a diferencia de ayer, lo acusaba. Durante los primeros minutos parecía que la velada iba a ser una masacre. Pero empezaron a disiparse –sobre todo Rivera, como digo– y la cosa no cuajó. Sánchez se recompuso y tuvo ráfagas presidenciales. Pero él mismo las abortaba pronto: con sus tics, sus resoplidos, su acartonada gestualidad, sus menesterosas dotes de actor. Pero lo peor es cuando se le contraría de verdad y se enfada: entonces le brota sin poder dominarlo el déspota que lleva dentro. Los guapos están muy mal acostumbrados. Con todo, mi impresión es la de ayer: es el único que da como presidente. Casado y Rivera no dan. Aunque tal vez les baste serlo para que den.

En fin, que el perdedor ha sido Sánchez, pero no mucho. Casado y Rivera han estado ahí, manteniéndose (ayer mejor Rivera, hoy mejor Casado). Y ha ganado Iglesias, aunque tampoco mucho, y sin que le vaya a servir para nada.

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En The Objective.

23.4.19

¡Que viva el régimen del 78!

Después de una tarde atroz de dudas sobre si abstenerme o votar el mal menor, ha llegado el debate y les adelanto el resultado: se me va a hacer muy cuesta arriba votar el mal menor. Albert Rivera y Pablo Casado son muy bisoños, no dan como gobernantes. Y para colmo lo tendrían que hacer con Vox. Mi malestar es supremo. Por otra parte, Pedro Sánchez, que sí da como gobernante (tal vez solo ahora, después de serlo), tiene unos tics de caradura realmente heladores.

A pocos minutos de que empezara el debate escribí en Twitter: "Pablo Iglesias sería un genio si apareciera sin coleta y disfrazado de vicepresidente". Ha aparecido con coleta y sin traje... pero asombrosamente vicepresidencial. Ha abandonado el tono de rapero y ha hablado en un tono tranquilo, paternalista, dando instrucciones a los demás y pidiendo moderación (¡él!). Como atrezzo llevaba esa Constitucioncita que ha paseado por los mítines, pero que en televisión da mal: como las pelotas de ping-pong en las retransmisiones de ping-pong. Lo entrañable es que ahora es un predicador que intenta convencer de las virtudes del régimen del 78 a toda una generación a la que él mismo alentó contra el régimen del 78. Los más ortodoxamente marxistas de sus seguidores pensarán que de la infraestructura chaletiana emana la superestructura constitucional...

Pero volvamos brevemente al principio. Si la primera impresión es la que cuenta, Iglesias parecía el sobrinito entre tres tíos: ellos con traje y altos y él en mangas de camisa y más bajo. Pero pronto se vio que solo quería a uno de ellos, el más alto: con el que tenía tanta confianza que se permitía tirarle de vez en cuando de las orejas.

Empezó Rivera y empezó mal: acelerado, poco consistente, nada presidenciable. Luego ha ido mejorando, pero no tanto como para ganar el debate. A la gravedad de las cosas que dice le falta un tono de gravedad. Le falta gravedad en general, sí: es volátil, ligero, poco firme, excesivamente aniñado. Este último ha sido siempre su problema, pero ahora está más aniñado que nunca. Seguramente por el cotilleo que todos conocemos por las revistas del corazón, se siente rejuvenecido. Craso error para su propósito. Su mejor frase la ha dicho cuando hablaba de reformismo y lamentaba los últimos gobiernos del PP y del PSOE: "Hemos perdido una década". Pero me temo que en esta década hemos perdido también a Rivera.

Cuando tomó la palabra Casado, sorprendió una ligera ronquera. Llegué a pensar que era deliberada, justamente por darle un tono más adulto a su también juvenil voz. Aunque luego ha ido entonándose, creo que también para mal. Cuando está cómodo suelta frases hechas que da igual que sean verdad o no (muchas son verdad), porque suenan a hechas, a precocinadas. Ha tratado de hacer memoria histórica de la crisis reciente sufrida por los españoles. Y ha hablado también (como hizo Rivera) del independentismo. Pero no sé, todo sonaba un poco ahuecado.

En cuanto a Sánchez, está de vuelta de todo. No lleva ni un año un año en Moncloa y ya tiene el síndrome. Se le ve la soberbia, el desprecio por el contrario, lo pagado de sí mismo que está, el cinismo. Está muy muy pasado con sus gestos, sus comentarios por lo bajini: "No se puede mentir más", "Qué decepción" (¡esto hasta cinco veces seguidas, con impostación de actor del método!). Puede ser temible y será temible. La única esperanza (¡poca, la verdad!) es que fuese temible con los malos. Pero los malos volverán a ser sus aliados seguramente. Al final, como era previsible, invocó a Vox. Aunque lo cierto es que no le ha hecho tanta falta como se pensaba. De hecho, casi ha usado más "la derecha" que "las derechas".

En resumen, ventaja de Sánchez e Iglesias sobre Rivera y Casado. No definitiva, aunque no parece que estos vayan a remontar. El verdadero interés de este debate está en que es solo el primero de dos consecutivos. ¿Qué pasará en el de mañana? ¿Tendrá efecto, como en el ciclismo, el "cansancio acumulado"? ¿Habrá alguna "pájara"? Me temo que todo sea bastante igual. Pero a ver.

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En The Objective.

22.4.19

La aristócrata

Tiene Cayetana Álvarez de Toledo un envaramiento a veces sin humor, esa cierta pomposidad de quien pronuncia, sin ironía, las grandes palabras; propende a lo retahilesco, que emite desde su hieratismo delgado y rubio, con su dulce acento argentino y un efecto de altivez, exhibicionista de su inteligencia. Pero ante todo tiene razón y está siendo glorioso.

En el momento más bajo de nuestra política ha entrado en campaña una aristócrata, en el sentido etimológico. De la aristocracia española no ha habido nunca nada que esperar, porque a la grosería y la ignorancia ha unido el mal gusto; ha sido una aristocracia muy al nivel del populacho (ha sido, de hecho, nuestro genuino populacho: en el pueblo llano ha habido muchísimos más ejemplos de nobleza). En Cayetana Álvarez de Toledo la genealogía va al revés: es su excelencia personal la que le da brillo al título.

Su choque con la mentalidad demagógica imperante me produce un regocijo no solo estético y político, sino también conceptual. Por la aparente paradoja de que sea la aristócrata la que defiende la ciudadanía común, es decir, la soberanía de cada uno de los ciudadanos, frente a los populistas y los nacionalistas, que con sus andanadas populacheras contra la ley democrática alientan, de facto, una arbitrariedad equivalente a la de los viejos aristócratas revenidos.

Cayetana Álvarez de Toledo está en el PP y defiende los valores de su partido, naturalmente. Pero por encima de ellos defiende la ciudadanía mencionada. No le acopla a esta contenidos espurios como hace Vox (y como hace de vez en cuando el líder de su propio partido, Pablo Casado), sino que sabe distinguir entre sus contenidos ideológicos particulares y la limpia noción de ciudadanía, abierta a todos.

El fenomenal espectáculo esta viniendo por su defensa de esto último, por eso lo disfrutamos y celebramos también los no votantes del PP. Lo deprimente –lo que da idea del embrutecimiento general– es que esa aseada defensa provoque tanto alboroto. Abundan los comentaristas que tachan a Cayetana Álvarez de Toledo de privilegiada, cuando lo relevante no es que lo sea –como lo es, en efecto–, sino que se haya implicado en la lucha por el privilegio esencial de todos los españoles: el de la ciudadanía de los libres e iguales.

Pero todo esto va tan alucinantemente a la contra y veo hacia ella tantos remilgos que me temo que Cayetana Álvarez de Toledo sea una ruina electoral.

En cuanto a los dos debates que se nos vienen encima con los candidatos: volvió la hora de los plebeyos. La de los políticos que rebajan a los votantes y con los que los votantes se sienten a gusto. Aunque hagan aspavientos de disgusto.

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En El Español.

17.4.19

Lisboa, París

Mientras leo Tus pasos en la escalera de Muñoz Molina, ambientada en una Lisboa extraña, ha empezado a arder Notre-Dame de París. Me entero cuando la termino y parece un contagio apocalíptico de la novela. Me acuerdo de ese París lisboeta que encuentro en mi colección de novelas de Simenon en portugués. Un Maigret con algo de Pessoa, aunque activo y felizmente casado. Uno de los aciertos de Tus pasos en la escalera es que no aparece Pessoa, ni casi nada de la Lisboa más transitada. Aparece el Campo de Ourique, los muelles y sobre todo el puente: no a lo lejos como en las postales, sino desde allí mismo. En mi último viaje estuve debajo, oyendo pasar los coches y los trenes y el zumbido del viento. Como un arpa enorme desde unos pasos más allá, como escribe Muñoz Molina. Su novela es un thriller psicológico, sí, con un aire perturbador y onírico a lo Schnitzler, que se resuelve en una crítica petrarquista.

La primera vez que estuve en Lisboa, solo, llevaba recortado un reportaje de Muñoz Molina sobre la ciudad, que leí por la noche en la pensión tras mi primer día de callejeo. Mis impresiones se reforzaron, se tamizaron. Los días siguientes fueron más perceptivos aún. Para los de mi edad Lisboa se hizo imprescindible, en los ochenta, por el Libro del desasosiego de Pessoa, El año de la muerte de Ricardo Reis de Saramago, El invierno en Lisboa de Muñoz Molina y el incendio del Chiado de 1988. Por este comprendimos la fragilidad de la ciudad que apenas habíamos empezado a amar. Una fragilidad que ya había comprendido todo Portugal, y todo el mundo, por el terremoto de 1755.

Mi París, como el de tantos, es el de Baudelaire, el de Breton, el de Truffaut y Rohmer, el de Martín Romaña y, especialmente, el de Jünger: el de sus diarios de la Segunda Guerra Mundial. En este último he vuelto a estar recientemente con una lectura desoladora: la del diario de Hélène Berr, una joven judía que terminó deportada y muerta en un campo de concentración. Ella era parisina y sus últimos años en París fueron los de Jünger. No se conocieron, pero tal vez se cruzaron. Al cabo, eran ciudades distintas. Para Jünger era el París que ocupaba el ejército alemán al que pertenecía. Para Berr era el París en el que debía llevar una estrella amarilla y en el que habían perdido la ciudadanía los judíos, que fueron siendo exterminados allí también. Jünger pertenecía al ejército alemán pero no era nazi. Aunque le avergonzaba el espectáculo de los judíos con la estrella amarilla, no se rebeló: por su idea de fidelidad, antigua, al ejército. Sí pensó en el suicidio. Tampoco lo hizo porque concluyó, como escribe en un célebre pasaje, que "desertemos adonde desertemos, con nosotros llevamos nuestro uniforme congénito; y ni siquiera en el suicidio logramos escapar de él".

He buscado ese pasaje de Radiaciones porque sabía que en él hablaba de Notre-Dame. Así empieza (29 de abril de 1941): "Hôtel de Ville y muelles del Sena; estudiado los puestos. Tristitia. Buscado salidas: las únicas que se ofrecían eran dudosas. Notre-Dame, sus demonios, más bestiales que los de Laon. Estas imágenes ideales contemplan fijamente con una mirada llena de saber los tejados de la gran urbe y al mismo tiempo ven reinos cuyo conocimiento ha desaparecido. El conocimiento, desde luego: ¿pero también la existencia?".

Ahora dejo de escribir para mirar en las noticias si han sobrevivido al incendio esos demonios.

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En The Objective.