8.7.19

Cuando João Gilberto se encontró a sí mismo

La naturalidad de la bossa nova produce la sensación engañosa de que es eso, un fruto de la naturaleza. Un fruto del paraíso exactamente, por su condición dorada, luminosa y feliz (incluso cuando es triste). Recuerdo que esta percepción se rompió la noche de 1994 en que llegué a casa, puse Radio 3 y me enteré de que había muerto Antonio Carlos Jobim. Sentí por primera vez que el regalo de su música, que parecía inevitable, podría no haberse producido. Era una obra humana, sujeta al azar de la vida y de la muerte. Esta conciencia de su fragilidad le dio aún más valor a aquellas composiciones. Y exigía una primera reacción ante ellas: el agradecimiento.

Ahora ha muerto João Gilberto y es agradecimiento lo que tengo; una memoria larga de felicidad debida a él: tantos momentos de oro, sofisticados, finísimos. Se ha ido de esta vida un hombre que nos hacía príncipes. Tuve la suerte de verlo en directo dos veces, en Barcelona en 2000 y en Málaga en 2003. Las dos en julio, el mes en que ha muerto a los ochenta y ocho años. Cuando tenía veinticuatro, en 1955, se encontraba hundido, “sin dinero, sin trabajo, casi sin amigos” y con “el orgullo acribillado por todos los flancos”, como escribe Ruy Castro en Bossa Nova. La historia y las historias (Turner). Había llegado a Río de Janeiro desde su Bahía natal y no encontraba el éxito como cantante que anhelaba, ni se encontraba a sí mismo. Se largó entonces para buscarse.

Estuvo en Porto Alegre, de nuevo en Río y por fin en Diamantina, una pequeña ciudad de Minas Gerais donde vivía una hermana suya. Allí pasó encerrado ocho meses en 1956, tocando la guitarra sin parar día y noche, en su habitación, en el cuarto de baño, junto a la cuna del bebé de su hermana, obsesionado por algo que atisbaba y no lograba formular. Poco a poco fue dando con su estilo, o creándolo: su batida de guitarra, en que sintetizaba prodigiosamente el samba, y su cantar baixinho. Antes de volver a Río pasó un tiempo en casa de sus padres, en Juazeiro, donde siguió ensayando sin parar. Para disgusto del padre, que era aficionado al bel canto y que, como escribe Ruy Castro, “fue el primero el fulminar la futura bossa nova con nuna definición”. Le decía a su hijo: “Eso no es música. Eso es ñem-ñem-ñem”. Algo parecido a lo que diría un prohombre de la industria musical brasileña cuando lo escuchó por vez primera: “¿Por qué graban ahora a cantantes resfriados?”.

Esto da idea de lo raro que sonaba al principio lo que hoy parece natural: prueba de su arte. La historia que viene después es la del triunfo de João Gilberto: el hechizo que produjo en los músicos de su edad en Río cuando regresó (lo seguían como al flautista de Hamelin, para pillarle el toque de guitarra y la manera de cantar), y el deslumbramiento de los más jóvenes cuando oyeron en 1958 “Chega de saudade” (de Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes), la canción con la que nació propiamente la bossa nova. La expansión fue rápida, y en 1962 resultó ya imparable a nivel mundial con “A garota de Ipanema”, que grabó con Stan Getz y su mujer Astrud Gilberto.

Pero hay un momento indeciso que a mí me gusta especialmente. Está a punto de lanzarse el álbum Chega de saudade y, en palabras de Ruy Castro, “en los primeros días de 1959, nadie podría asegurar que algo tan moderno y sofisticado resultase algún día ‘altamente comercial’” (como había escrito Jobim en la contraportada del disco). Ni siquiera estaba seguro João Gilberto, que le decía a un amigo: “No hay nada que hacer. Ellos son muchos”. Ellos, los enemigos de la delicadeza que estaba a punto de ofrecerles. Esta vez la aceptarían, pero no siempre ocurre. Fue un milagro el éxito de tanta exquisitez.

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En El Español.



"Bossa nova: felicidad sin fin".

1.7.19

En busca del tiempo perdido

En la pasada Feria del Libro de Madrid hubo un inesperado aumento de ventas (un 14% más que el año anterior) y un librero exclamó: “¡Vuelve el libro!”. Como no se ha cansado de repetir Antonio Muñoz Molina, el libro es un artefacto tecnológico perfecto, de una extrema sofisticación. El electrónico tiene sus ventajas, y es una opción aceptable. Pero ya puede decirse que convivirá con el de papel. En todo caso, lo que vuelve es el libro en general: vuelve la lectura.

Vuelve la sensualidad de la lectura: su carácter placentero, sensorial, de recogimiento como en el zen. El libro se percibe de nuevo como una casa, como un refugio. Escribe Marcos Ordóñez en Una cierta edad (Anagrama): “Leer por la noche: que al final del día las líneas te recojan como en una red”. Pueden y deben zarandearte también, pero esos meneos interiores son en último extremo reconfortantes. Aunque expresen dolor, es su expresión lograda lo que reconforta. (Qué llevadera se nos ha hecho la desesperación gracias a Thomas Bernhard, a Emil Cioran, a Fernando Pessoa...)

Yo llevo unos años enfrascado en la lectura, en una galopada lectora entre rabiosa y feliz. Como si casi todo fuera un fraude menos eso. En los últimos días, sin saber muy bien por qué, he tomado una decisión que me llevará meses: releer la gran novela de Marcel Proust, En busca del tiempo perdido. Desde hoy mismo, 1 de julio de 2019. Ya leí los siete tomos en 2015, en la traducción de Pedro Salinas y Consuelo Berges (Alianza). Ahora lo haré en la de Carlos Manzano (Debolsillo). Quiero meterme otra vez en ese mundo y parar de algún modo el tiempo.

La seducción de la obra tiene que ver con el título: hay un anhelo de reparación por el tiempo perdido. En sus dos acepciones, como decía Gilles Deleuze: el perdido porque pasó y el derrochado (el malgastado). Relacionado con la segunda acepción está el malestar por el tiempo hecho calderilla que tenemos hoy; el tiempo triturado por las redes sociales, básicamente, con todos sus avisos, pitiditos, temblorcitos, ventanitas, pestañitas, estrellitas, corazoncitos, toquecitos... Esa lucha sin cuartel por la atención de que suele hablar Manuel Arias Maldonado, más sus correspondientes reclamaciones de respuesta (por supuesto, inmediatas). Frente a esa calderilla –lo dije en otro lugar–, está el oro del tiempo, como reza el epitafio de André Breton: “Busco el oro del tiempo”.

De manera que este verano lo pasaré con Proust, no lejos de mi ventilador, de la “fresca brisa” de mi ventilador, que moverá las páginas. Y quitado de las redes sociales todo lo que pueda. No así de los periódicos, que por algún sitio hay que mirar cómo se pierde el tiempo en España y en el mundo. Sobre todo en España, en la segunda acepción.

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En El Español.

26.6.19

Cs se mmmuere

“Mejor la destrucción, el fuego”, como terminaba Cernuda un poema. Sigue latiendo ese impulso. La tentación del cortocircuito. Hay un alivio de fondo en volver a la abstención (¡las manos limpias!), porque el no votar a Ciudadanos no se va a traducir en votar a los demás partidos, que me siguen pareciendo lamentables. Hay como un frenesí destructivo ahora, de colaborar en el hundimiento de lo que se está hundiendo; pero molesta ver a otros que empujan también y que son peores, mucho peores. Claman por una dignidad que nunca tuvieron; celebran ejemplaridades ajenas y ni se plantean las propias... Quienes elogian a Valls por haberse negado a Vox y por haberle cortado el paso a ERC, por ejemplo, bien podrían criticar a Sánchez por apoyarse en Bildu. Pero esperaremos sentados.

Le dije a una amiga: “Cerramos partidos como quienes cierran bares”. Todo esto ya lo vivimos con UPyD. Y no deja de tener su gracia que Martínez Gorriarán esté ahora en Twitter comentando la jugada y recomendando su libro sobre el hundimiento de UPyD, que se titula La democracia robada pero que viene a ser El asesinato de Rogelio Ackroyd de la política.

Lo cierto es que Cs se mmmuere, como el Goethe del relato de Bernhard, según el cual las últimas palabras del gran clásico alemán no fueron Mehr Licht! (¡más luz!), sino Mehr nicht! (¡más nada!). Lo que quería al morir no era más iluminación, sino que se acabara de una vez el asunto. Cs como partido seguirá, de todas formas. El que muere o mmmuere es el Cs que conocíamos: el Cs al que votábamos. Roldán lo formuló bien en su despedida: es Cs el que ha cambiado. Rivera ha decidido prescindir del votante específico de Cs (ese que de Cs se irá a la abstención, que es donde estaba antes) y quedarse con el que vota a Cs como podría votar al PP e incluso a Vox.

Escribió Nietzsche (¡hoy estoy citón!): “El lector de periódicos dice: con tal error ese partido se arruina. Mi política superior dice: un partido que comete tales errores está acabado –ya no posee su seguridad instintiva”. Todos los errores que viene cometiendo Ciudadanos tienen su origen en esa disipación. Dejó de ser aquel delicioso partido ondoyante (¡pero que sabía perfectamente adónde no se tenía que acercar con sus ondulaciones!) y se ha convertido en un plomo que no se mueve (¡no se mmmueve!), y encima en el lugar equivocado.

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En The Objective.

24.6.19

El sonajero

La noticia soy yo, para mí mismo, porque hacía mucho que no se me saltaban las lágrimas. Y esto lo tengo que contar, aunque sea insignificante comparado con la verdadera noticia. ¿Qué tiene la foto del anciano con el sonajero que le guardó su madre? Se lo guardó en un lugar seguro: la tumba sin nombre en que la metieron tras fusilarla en la guerra civil. Lo llevaba en el bolsillo izquierdo y ahí ha aparecido dócilmente, junto al hueso izquierdo de la cadera. Ha servido para identificarla. Ahora tengo miedo de hacer literatura, aunque solo puedo hacer literatura. Y un poco de filosofía. Sé que el periodismo es aquí más noble, más limpio. Pero esta mañana se me saltaron las lágrimas y tengo necesidad de escribir.

Es ese salto en el tiempo, y son los colorines del sonajero. Lo dice todo pero está mudo: “le falta la canica o bolita que, batiéndolo, producía el sonido característico de estos objetos”. El sonajero no suena, como le sonó a este anciano que lo sostiene hace ochenta y tres años, cuando tenía nueve meses. La contracción del tiempo. Me he acordado inconvenientemente del sarcasmo de Thomas Bernhard: una madre piensa que ha tenido un bebé y ha tenido un anciano que va meándose por las esquinas. Pero aquella madre hubiera sido feliz de ver a su bebé anciano con el sonajero. Feliz y triste, amargamente triste: por su vida perdida y por la orfandad de su bebé (y de sus otros tres hijos, de los que solo vive una hija de noventa y cuatro años).

La contracción del tiempo, sí. Miro la foto del anciano (me da cosa decir su nombre, como si me aprovechara de él) y pienso en todos sus años, uno por uno, en su orfandad y en su vida entera en esta España terrible. Y pienso, cómo no, en la tentación del aprovechamiento ideológico. En las elucubraciones históricas que aplastarían su caso, que le darían un sentido a costa de rebajar su sufrimiento. Hay que rescatar de las cunetas, de las fosas comunes y de las tumbas sin nombre a los asesinados por los fascistas; pero hay que callarles también la boca a los que están deseando sacar esos muertos para echárselos en la cara a sus rivales políticos de hoy, buscando guerra.

Las lágrimas, al final, se me saltaron por la vida, por los hilos de la vida, por la tragedia de la vida, puteada por la historia. Por ese sonajero y sus colorines ochenta y tres años enterrados en una tumba y un niño que se fue haciendo mayor hasta llegar a esa edad para tenerlo. Ese dolor y esa ternura; esa impotencia. Como cuando leíamos a César Vallejo (“Niños del mundo, / si cae España –digo, es un decir– / si cae [...] / ¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano! / qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!”), sabiendo que España cayó.

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En El Español.

17.6.19

Bisagra del PP (y Vox)

Da rabia lo de Ciudadanos porque este era el momento. Por primera vez desde su fundación puede alcanzar el objetivo para el que fue creado, gracias a la mayoría absoluta que sumaría con el PSOE en el Congreso si los dos partidos pactaran. Es un chiste que Ciudadanos haya llegado a este momento cuando su objetivo ya era otro: no ser un partido bisagra del constitucionalismo sino el primer partido de la derecha. Lo que hace que el chiste sea encima malo es que ese otro objetivo no lo va a alcanzar nunca. De manera que estamos asistiendo a un bucle absurdo, con una impotencia descomunal.

Lo triste es que, aunque al final Ciudadanos permita una nueva presidencia de Pedro Sánchez por medio de la abstención, como dicen que terminará haciendo, su debilidad será ya irreparable. Nada que ver con la fuerza que hubiese tenido de haber planteado un pacto desde el principio. Es cierto que este pacto no lo podía plantear sin ser incoherente con lo que Albert Rivera prometió en la campaña electoral, y con su discurso de los últimos meses. Pero es que esa promesa y ese discurso estaban ya equivocados. El error viene de atrás.

Su trazabilidad es reconocible desde la moción de censura de Sánchez, que dejó descolocado a Rivera. Hasta entonces Ciudadanos iba el primero en las encuestas. Sánchez le robó la cartera y parte del discurso. Para cuando se vio que Sánchez solo se había puesto la careta de centro, sin ser el centro, Rivera ya había dejado el centro libre. Para Sánchez. Inmediatamente después las culpas de Sánchez quedaron absueltas de cara al electorado por la emergencia de Vox. Sánchez solo lo pagó un poquito en Andalucía: y en su enemiga Susana Díaz, lo que también le vino fenomenal. Luego se recompuso. Por Vox, a Sánchez le han salido gratis sus tonteos con los independentistas.

Estoy de acuerdo con la reconvención de Francesc de Carreras a Rivera. Es cierto que en su carta hay una frase sintomática, como ha señalado el agudo Rafa Latorre: ese “por tu culpa arrojas al PSOE a pactar con Podemos y con los nacionalistas”. Pero es síntoma no tanto de que excuse las responsabilidades del PSOE como de darlo por imposible. Es devastador para el PSOE, en realidad. El sentido del pacto era justo ese: mejorar al PSOE (¡e incluso salvarlo de sí mismo!). Y mejorar al propio Ciudadanos, que sale muy empeorado de sus tonteos (y encima remilgados) con Vox.

Ciudadanos era un partido único: su envidiable condición de bisagra le permitía pactar con el PP y con el PSOE. Esa era su singularidad. Ahora, fracasado su intento de sorpasso al PP, solo puede pactar con el PP (calderillas municipales y autonómicas aparte). Se ha convertido en una mera bisagra del PP. Una puerta que solo da a un lado. Y que llega hasta el fondo oscuro (¡Vox!) de ese lado.

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En El Español.

12.6.19

El discurso libre

Una de las alegrías de esta primavera ha sido la concesión del premio Anagrama de Ensayo al filósofo Daniel Gamper por Las mejores palabras, que se acaba de publicar. A Gamper le debo la escritura de mi “Autobiografía brasileñista”, y consideré emblemático que participara con una entrevista a Rüdiger Safranski en un librito de este muy importante para mí: Sobre el tiempo (Katz/CCCB). Tiene otras entrevistas en la misma colección a Zygmunt Bauman, Judith Butler, John Gray o Martha C. Nussbaum, ha traducido a pensadores como Friedrich Nietzsche, Max Scheler o Jürgen Habermas, y ha publicado en Trotta La fe en la ciudad secular.

Las mejores palabras es un libro elegante, civilizado (civilizatorio) sobre el ejercicio de la libre expresión y sus implicaciones existenciales, morales y políticas. Es suave y al mismo tiempo contundente, como el autor anuncia en la primera página: “Entiendo este texto como una especie de cascanueces que debe combinar la fuerza con cierta delicada habilidad para lograr sacar el fruto sin herirlo”. Su manera sutil de proceder me ha recordado el aserto de Nietzsche: “Los grandes pensamientos avanzan con pasos de paloma”. Los veintitrés ensayitos que componen el libro van avanzando así en su abordaje del tema, sumando facetas que se van completando, y en ocasiones tensionando, en sus reflexiones sobre la búsqueda (y recepción) de “las mejores palabras”; reflexiones que incluyen las interferencias del contexto ruidoso y de “las peores palabras” que se les oponen.

Sobre esto último Gamper, apoyándose en John Stuart Mill, dice algo que me ha parecido lo más estimulante del libro, y que en cierto modo lo vertebra. Más que el concepto de “libertad de expresión”, que pone su acento en el sujeto que se expresa, prefiere el de “palabra libre” o “discurso libre”, que implica a los oyentes, o a la sociedad en su conjunto: “Lo que se protege, a fin de cuentas, no es el derecho a hablar sino el derecho a escuchar. Se protegen las palabras y sus consecuencias y no a los hablantes o sus opiniones. Se protege, en definitiva, el intercambio a lo largo del cual se acaban discerniendo las mejores palabras”. Lo cual implica, entre otras cosas, “que sea obligación de los oyentes exponerse a la manifestación de las ideas que más detestan”.

Sirva solo como avance de este libro que recomiendo y que incluye además consideraciones sobre la verdad y la mentira, la conversación, la comunidad, la autenticidad, la lengua del Tercer Reich, la represión, la censura, la educación, la política, la democracia, las instituciones, la lengua común, la libertad, el silencio, la risa, las redes sociales, el periodismo, el miedo, la tortura, el amor, la calidez de los mamíferos y hasta una defensa aristotélica del botellón.

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En The Objective.

10.6.19

Lotería

Tengo un amigo al que le tocó la lotería a los veinticinco años (ochocientos millones de pesetas de 1992) y le arruinó la vida. Mucho tiempo después quiso escribir un libro con consejos de lo que no había que hacer en esos casos. Le propuse el título perfecto: Cómo no ser rico. Pero no lo escribió. Su contraejemplo no me ha disuadido de querer ser rico yo también. Como decía otro amigo: "Ya sé que el dinero no da la felicidad, pero me gustaría comprobarlo personalmente". Así que de vez en cuando juego a la lotería.

El amigo exmillonario vive en otra ciudad y tengo ya poca relación con él. Cuando lo veía a menudo procuraba evitarlo el día en que se jugaba algo gordo. Si tener un amigo al que le había tocado la lotería reducía terriblemente mis probabilidades (ya exiguas de por sí), el haberlo visto el mismo día del sorteo las dejaba en nada. Pero hace años que juego con tranquilidad, porque ya apenas tengo contacto con él. Este viernes, en que había un superbote en los Euromillones, me mandó un maldito wasap por la mañana. Sentí que se me esfumaban los ciento treinta millones de euros. Una lástima, porque a estas alturas yo sí que sabría cómo ser rico.

Iba a jugar de todas formas, por si acaso. Salí de casa a mi hora habitual, pero en vez de tomar la acera izquierda, como hago siempre, tomé la derecha, que es en la que se encuentra el puesto de lotería. A medio camino oí un estrépito en la acera de enfrente: una maceta se había caído de una ventana y se había estrellado contra el suelo. Justo por donde yo tenía que estar pasando. Lo pensé unos segundos, acordándome del Flitcraft de Dashiell Hammett, y seguí. Llegué al puesto de lotería cuando lo acababan de cerrar. Lo maldije, pero al darme cuenta de que por haber ido a echar mi boleto quizá me había librado de morir, lo bendije.

Ese Flitcraft, del que se habla en El halcón maltés y del que se ocupó también Paul Auster en La noche del oráculo, decidió cambiar de vida después de que le pasara algo parecido. Aunque él no lo vio desde la otra acera, sino en sus narices: una viga desprendida le pasó rozando y la esquirla que hizo saltar de una baldosa le hizo un rasguño en la mejilla. En ese momento, escribe Hammett, "sintió como si hubiesen levantado la tapa de la vida, permitiéndole ver su mecanismo". No regresó a su hogar. Se fue de la ciudad, sin decirle nada a nadie.

Yo comprendí que la lotería que me había tocado era la de la vida diaria: la de más días de esa vida. Me sentí en la tarde primaveral, calurosa, luminosa, como en un premio.

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En El Español.

6.6.19

El columnista de batín

El columnismo es una manera fácil de ganarse un dinerillo. Antes ese dinero era mucho (un dinerazo), ahora es muy poco. Salvo para unos cuantos, que siguen cobrando bien. Clase alta sigue habiendo. Y clase baja. Lo que ha desaparecido es la clase media. O se gana mucho (unos pocos), o se gana poco (la mayoría). Lo que ya no existe es ganarse la vida aceptablemente solo escribiendo columnas. El único consuelo de quienes cobran –de quienes cobramos– poco es que hay una clase aún inferior a la nuestra: la de quienes no cobran nada. Pero esto nos sirve menos como alivio que como amenaza. Y como recuerdo: bastantes venimos de ahí. Y ahí volvemos cada vez que cierra un medio para el que trabajamos, que suele largarse con una estela de deudas. El último medio a cuyo cierre asistí me dejó debiendo casi tres mil euros: medio año de columnas (dos a la semana, entonces).

Esta miseria, por otra parte, no deja de ser una forma de justicia poética, porque escribir columnas está chupado. Estos tiempos interesantes en que las columnas se escriben solas serían una edad de oro del columnismo si nos las pagasen bien; es decir, si no nos las pagaran como si se escribiesen solas.

Aunque es fácil cuando ya se ha pillado el oficio. Al principio cuesta un poco: tanto escribir (pensar) en palabras contadas como que esas palabras estén dispuestas en el plazo marcado. El columnista cuenta palabras como el sonetista cuenta sílabas. Y las escribe bajo la espada de Damocles del plazo. Unas columnas curiosas son aquellas que el plazo nos quitó de las manos: uno no las había terminado propiamente, pero las tuvo que entregar. Sobre la corrección incesante dijo el poeta Paul Valéry que "las obras no se acaban, se abandonan". Y Jorge Luis Borges que "se publica para dejar de corregir". El caso de las columnas –como el del periodismo– es peculiar: la obra no se abandona, sino que se da, como muy tarde, cuando el plazo vence. En las ocasiones extremas, el autor (y quizá también el lector) puede percibir los rasguños que esa premura produce en algunos lugares de la columna: una frase no terminada de perfilar, una idea que hubiese podido ser mejor, alguna rugosidad que hubiese podido limarse con solo un minuto más. Esta agresión exterior en el estilo propio no deja de tener su encanto.

Y le concede un poco de aire al estilismo asfixiante. Ha sido muy celebrada la frase de Valle-Inclán: "La prensa avillana el estilo y empequeñece todo ideal estético". Yo mismo la llevaba en mi carnet de estudiante de Periodismo, por epatar. Hoy me parece bien solo a medias. La apruebo como defensa frente al periodismo, que tiende a avasallar y a inundarlo todo con su imperativo de la actualidad rabiosa. Pero el periodismo sirve a su vez de defensa frente al estilismo estéril, del que la realidad se ha disipado. Al final estoy (o quiero estar) a medio camino entre una cosa y otra. Estoy en el periodismo, pero con un pie fuera. Y estoy en el estilismo, pero con el otro pie en el periodismo. Lo cierto es que no soy periodista –la carrera no la terminé y nunca he trabajado en una redacción–, sino un lector de prensa que escribe en la prensa. Así es como me gusta definirme en este campo.

Yo soy, en fin de cuentas, un columnista de batín. Esta es últimamente una figura denostada. La estrella hoy es el reportero: el periodista que sale a la calle y se enfanga en las noticias. El periodista de redacción tampoco está mal visto, como obrero de la información. El malo de la película es el columnista que está en su casa escribiendo de lo que quiere y enfundado en un batín (o en un pijama o un chándal, o casi en pelotas si es verano). Yo soy el malo de la película. Leyendo periódicos y escribiendo en los periódicos desde mi cómodo gabinete, a veces con música brasileña de fondo o el clavecín de Bach. Y con internet –es decir, con el mundo entero– en la misma pantalla en la que escribo. El nombre completo de la figura (¡del figura!) es en verdad columnista de batín e internet. ¡Ese soy yo! Con babuchas en invierno y en verano con chanclas. La antiépica del oficio.

Un animal tan decadente y antievolutivo solo puede existir, naturalmente, en un contexto en que haya periodistas de verdad; o sea, tipos serios, que son los otros. El columnista es el lujo (acepto que se diga la excrecencia) de un periódico que no puede estar hecho por columnistas. La opinión depende de la información, y esta debe estar en manos de profesionales. La opinión sí se permite que esté en manos de amateurs. De hecho, casi es mejor que sea así. La opinión como lujo del periódico y zona fronteriza: allá donde el periódico empieza a dejar de serlo.

Decía el filósofo Salvador Pániker que “todo entrevistado acaba reducido a los límites mentales de su entrevistador”. A la actualidad le pasa igual, con respecto al columnista. Mientras que el periódico es (o ha de ser) completo, el columnista es insuficiente. Yo, por ejemplo, solo escribo de lo que más o menos sé, o sobre lo que más o menos puedo aportar algo, o sobre lo que me produce alguna idea, alguna broma o alguna sensación: quedan libres de mi radio extensísimas estepas de la actualidad. La columna que mantengo ahora en El Español lleva como título genérico Zona de confort. En parte es por el contraste irónico con la turbulenta actualidad, esa carnicería nada confortable. Pero sobre todo es por la aceptación de mis límites, o la resignación ante ellos. La actualidad pasada por mí (¡por mis limitaciones!) es lo que hay en mis columnas. Al final, una inevitable papilla. Aunque intento darle un poco de vida, que sea una papilla con burbujas al menos, con vibraciones, con una cierta electricidad: una papilla animada.

Un insidioso aspecto de la actualidad es su propensión a repetirse. Quizá sea su estrategia suprema contra la crítica: al quinto desmán idéntico, el columnista tiende a no volver a mencionarlo, por no hacerse pesado (para empezar, ante sí mismo). Ese reparo no lo tengo yo: no solo no me importa repetirme, sino que me encanta repetirme. Por la compulsión a la repetición que diagnosticó Freud, y porque me gustan los artistas de la repetición como Thomas Bernhard o el brasileño Nelson Rodrigues. Me repito además en defensa propia: si me ocupo de la actualidad y esta se repite, ¿por qué no habría de repetirme yo? Me recuerda un poco a aquel aforismo memorable de Cioran: “Mi misión es matar el tiempo, la suya matarme a mí. Se está perfectamente a gusto entre asesinos”.

Aunque una cierta variedad hay, por restringida que sea la zona de confort de cada uno. Los mismos políticos y personajes de la actualidad en general –por parecidos que sean entre sí– son varios. Cuando llega el día de escritura de la columna, el columnista debe decidir de cuál ocuparse. En esta situación, con frecuencia los he visualizado como los patitos que dan vueltas en la caseta de tiro de la feria. Se tiende a un cierto equilibrio: a no dispararle dos semanas seguidas al mismo, sino ir diversificando los disparos. El columnista tiende a repartir el juego dentro de su limitado mundo. Salvo en casos excepcionales (últimamente no lo son tanto) de personajes insistentes que se presentan como dianas perpetuas. El columnismo es una forma de caricaturismo.

De igual manera que se dice que la obra de un editor es el catálogo de los libros que ha editado, se podría decir que el discurso del columnista es el que conforma el conjunto de sus columnas. Debido a la limitación del espacio, no se puede decir todo en todas. Pero en conjunto se equilibran entre sí, o van sumando facetas, o recovecos, o matices. Cada columna dispone una contundencia en determinada dirección. Si esa columna fuese la única del mundo, sería la locura. La ventaja de las columnas es que nunca son las únicas: están las demás de ese columnista, y las demás de todos los columnistas del mundo. Se podría decir del columnismo lo que del río Ganges: que por sus aguas corren todos los venenos y todos los antídotos. Por lo que uno puede bañarse sin problema en él.

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Publicado en Jot Down nº 26, especial Mensajes.
(28.9.2019) En Jot Down.

3.6.19

Un rey que no nos merecemos

Esta especie de segunda abdicación del rey Juan Carlos que supone su abandono de la vida pública, cinco años después de su abdicación real, me ha recordado el comienzo de la novela de Jabois, Malaherba (en Alfaguara): "La primera vez que papá murió todos pensamos que estaba fingiendo". Ahora los periódicos vuelven a llenarse de evocaciones de su figura, como si hubiera muerto de nuevo. Cuando ocurra de verdad no va a haber nada que escribir. Pero a don Juan Carlos le queda ese infrecuente privilegio: asistir en vida al balance de su vida, dos veces.

"Tenemos un rey que no nos merecemos" fue una de las frases más repetidas de la Transición. Yo la recordaba en boca de locutores, insistentemente (hasta yo la pronuncié, en mi adolescencia imitativa). Ahora veo que se le ocurrió a Umbral. Era una frase literata. Lo bueno es que albergaba ambigüedad, como lo sabe hacer la literatura. Al rey de los últimos años tampoco nos lo merecíamos, en el otro sentido. O probablemente sí, como nos merecemos todo lo que nos pasa...

Buscando sobre la frase me he encontrado una joyita de Savater, el artículo "Lotería primitiva" (El País, 17-X-1987). Dice sobre lo del no merecimiento: "precisamente ese es el problema, que a los reyes no se los merece uno nunca, ni a los buenos ni a los malos. Por eso algunos Estados optan por la fórmula republicana, para votar de arriba abajo los cargos de la nación y tener ni más ni menos que lo que se merecen". Luego habla de la lotería de la monarquía y hace otras consideraciones que tenían mucho mérito en 1987, por las cuales era nuestro ídolo Savater. Como lo sigue siendo hoy, en que apoya más decididamente a Felipe VI. Este encarna (cosas de la lotería) los valores del republicanismo como no aciertan a hacerlo nuestros ruidosos republicanos oficiales.

El balance histórico del reinado de Juan Carlos I será positivo, claro: el paso de una dictadura a una democracia, pese a los lastres. Pero hemos aprendido una lección relacionada con el oscurantismo. La ausencia absoluta de crítica (más aún, el halago continuo) de que gozó durante años hizo que se abandonara, que se corrompiera. Su famosa irresponsabilidad ante la ley, cuyo objeto era protegerlo, tenía la contrapartida tácita de que su conducta debía ser ejemplar. Sin embargo, no fue un modelo de lo que predica Gomá precisamente. Tal vez, si se hubiera ido aplicando la crítica de un modo razonable no se hubiera desbocado en el aquelarre final, en que los críticos parecían estar conjurando sus cortesanías pasadas.

Lo racional, en efecto, es la República. Aunque también por esas cosas de la lotería nos han tocado unos republicanos que hoy la hacen inviable. Podríamos formularlo así: tenemos unos republicanos que no nos merecemos. En el otro sentido.

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En El Español.

2.6.19

Jot Down 27

Ya está a la venta el trimestral núm. 27 de Jot Down, especial Dioses y endiosados. Yo colaboro con un artículo sobre (contra) el endiosado fútbol: "Balón de asfixia". Empieza así:
Están los balones de oxígeno y está el balón del fútbol, que es un balón de asfixia. Esta cualidad asfixiante no la perciben sus adoradores, en cuya alienación aceptan que el respirar sea algo secundario (¡lamentable servidumbre!); solo la sufrimos los que lo detestamos, minoría selecta y exquisita de la humanidad, la gran víctima de los siglos XX y XXI, la gran vilipendiada, la gran apestada, la receptora de todos los odios, la única aguafiestas en las fiestas del balón: unánimes si no fuera por ella.
La revista puede comprarse en librerías y en la web de Jot Down.

29.5.19

Evasión pessoana

Escribo esto mientras los ciclistas suben el Mortirolo en el Giro y sufro una pájara política. En el peor momento: cuando tengo que escribir una columna, que convendría que fuera política. Pero he terminado de colapsar, después del extenuante ciclo que el domingo concluyó. Me pilló en Madrid (voté, pero por correo) y el lunes, volviendo a Málaga en el Ave, leí un libro rápido: Crónicas de la vida que pasa, de Fernando Pessoa (Hermida Editores). Fue un principio de desintoxicación.

Políticamente estoy abstencionista: apático, cansado, con una soterrada desesperación (sin aspavientos ya). Me esfuerzo por ver la lucha política en plan entomológico, como Spinoza veía cómo se devoraban las arañas. De mi percepción se esfuman los componentes morales, incluso los ideológicos, y priman los teatrales. Todo es un teatrillo, despiadado pero enternecedor. No por ello caigo en el cinismo. Si fuera cínico me pondría a operar con esta nueva premisa, no a explicarla. Le pasó lo mismo a Maquiavelo, que por no ser maquiavélico fracasó.

"Sabio es el que se contenta con el espectáculo del mundo", escribió Ricardo Reis, el heterónimo más pasivo de Pessoa. Está en consonancia con lo de André Breton: "La historia cae fuera, como la nieve". El mundo y la historia tienen la capacidad de triturar al individuo, pero este no ha de darles la victoria de antemano. Se puede arrogar el gesto dandy de despreciarlos, hasta que le llegue el golpe. La peste de nuestro tiempo es el exceso de politización: cómo la política se ha metido en sitios en los que nunca debería haber entrado. Urge un repliegue helenístico o alejandrino: lo que les corresponde a los periodos de descomposición. (Tener en cuenta la política y observarla; pero sin caer en las emociones políticas).

Las Crónicas de la vida que pasa son unas cuantas columnas que Pessoa escribió en 1915, jugueteando. Hasta que lo echó el periódico que se las publicaba, por juguetear. Jugueteaba con paradojas, como el propio Pessoa reconoció: "Soy un pobre recortador de paradojas". Tomaba asuntos de la actualidad y les daba la vuelta, con estilo pessoano. Por ejemplo, defiende a un coronel ruso traidor a su patria en la Primera Guerra Mundial, que fue condenado a muerte. "Un traidor es simplemente un individualista", escribe Pessoa, "una criatura que, por dinero u otro interés personal, compromete los intereses de la patria". Pero los condenados tendrían que haber sido los estadistas que llevaron al país a la guerra, porque "estos comprometen a toda la patria, de una sola vez". La guerra, por cierto, la define de este modo espléndido: "es una sustitución, en la moral y en la acción, del criterio inhibidor por el criterio expansivo".

Como son pocas crónicas las que lleva el librito, no voy a desvelarlas todas, para preservar la delicia (la introducción es buena pero las desvela todas, por eso aconsejo leerla al final). Sí hay que mencionar la primera porque habla del oficio de opinar, jugueteando a tope: "La continua transformación de todo se da también en nuestro cuerpo, y se da en nuestro cerebro consecuentemente. [...] Ser coherente es una enfermedad, un atavismo tal vez". Y manifiesta falta de educación: "Es una falta de cortesía con los demás ser siempre el mismo a la vista de éstos; es machacarlos, afligirlos con nuestra falta de variedad". Y luego: "Una criatura de nervios modernos, de inteligencia sin cortinas, de sensibilidad despierta, tiene la obligación cerebral de cambiar de opinión y desde luego varias veces en el mismo día". Llegados a este punto, casi podría yo escribir lo contrario de lo que acabo de escribir en la presente columna (incluso la columna política que he rehuido).

Mientras me deslizaba por ella los ciclistas han terminado de subir el Mortirolo. Ciccone y Hirt han pasado primero. Ahora bajan también, porque allí no estaba la meta.

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En The Objective.

27.5.19

¡Qué descanso!

Que el cielo exista aunque mi lugar sea el infierno, dijo Borges. Los españoles nos hemos ganado un cielo sin elecciones por una buena temporada (salvo algunas autonómicas pendientes) aunque para muchos los resultados de las últimas sean un infierno. Al final el haberlas acumulado, que tan penoso ha sido, va a tener al menos esta compensación.

Qué descanso, pero ahora les toca trabajar a los ganadores. Y a los perdedores.

El ganador en todos los frentes Sánchez tiene un tiempo despejado para demostrar que es un gobernante además de un tecnócrata del poder. En estrictos términos de poder, lo que ha hecho desde la moción de censura (inclusive) ha sido una proeza. Hasta la arriesgada operación de colocar las elecciones generales antes de las municipales, las autonómicas y las europeas le ha salido bien. Ahora viene lo difícil. Todavía no sabemos si está preparado para ello. Ni siquiera si está dispuesto. Lo veremos.

Su éxito ha contado con la inestimable colaboración de los partidos rivales, que no han acertado, cada uno en su lugar del espectro ideológico.

El PP sigue mal, pero resiste como segunda fuerza; tanto en las elecciones europeas como en las autonómicas y en las municipales, con gobiernos (si se dan los pactos) en comunidades y ayuntamientos. Los más importantes: los de Madrid. Lo que Casado obtiene con ello es una nueva oportunidad, esta vez menos apretada.

Ciudadanos se queda lejos de su objetivo de desbancar al PP como principal partido de la derecha. La estrategia de Rivera, pues, se ha demostrado fallida. Se diría que ha perdido para nada aquello que lo distinguía (y que le hacía ser propiamente de centro): la capacidad de pactar (también) con el PSOE. ¿La recuperará en el periodo de pactos que se avecina?

El chaparrón de Vox, por su parte, se queda en llovizna. Aunque sus votos sirvan para que la derecha gobierne en la Comunidad y en el Ayuntamiento de Madrid, su función global ha sido mermar electoralmente a la derecha (fruto de una culpa, cierto, que le corresponde al PP). Del mismo modo que Podemos fue lo mejor que le pasó a Rajoy, Vox es lo mejor que le ha pasado a Sánchez. Bueno, lo segundo: lo mejor que le ha pasado a Sánchez es ser Sánchez.

El resultado de Unidas Podemos, insuficiente y a la baja, deja a Iglesias en la posición de conserje de Sánchez: con poca capacidad para decidir y a expensas de lo que Sánchez decida. El morbo ya no es si Iglesias será ministro, sino si alcanzará a ser subsecretario.

En cuanto a Cataluña: sigue su decadencia, también en Barcelona. La metáfora del fracaso de Valls ha sido perfecta: este era el alcalde ideal de la Barcelona que ya no existe. Ha llegado cuando el nacionalismo había hundido el Titanic.

Ahora queda disfrutar de lo votado. O sufrirlo. Lo que no sufriremos por cuatro años serán otras elecciones.

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En El Español.