30.9.19

El gatillazo peronista

Podemos estuvo desactivado desde el principio: esto de intentar un peronismo español pero sin nacionalismo español era como pretender salir de un pozo tirándose a uno mismo de los pelos. La gasolina del peronismo argentino es el nacionalismo argentino; de hecho, el peronismo no es sino una variante del nacionalismo. Con el castrismo cubano y el chavismo venezolano pasa igual. El populismo griego estaba rebosante de banderas griegas. Daban cosa las visitas de Pablo Iglesias a Alexis Tsipras, porque Iglesias se presentaba en aquel mar ondulante sin atributos banderiles.

Al final, la República y Franco nos salvaron del populismo de izquierdas. La República por haber cambiado de bandera, dejando a la otra condenada. Franco por consumar la condena. La gran bendición española desde el fin de la dictadura ha sido la desactivación –que se mantiene– del nacionalismo español. Quitando el voxismo y sus alrededores (significativos ya, pero aún minoritarios), la reivindicación de la bandera española ha sido cívica hasta lo exquisito: paradójicamente, una reivindicación ante todo antinacionalista. Las banderas en los balcones de 2017 eran una reacción al golpismo catalanista. La manifestación de aquel 8 de octubre en Barcelona, en que convivían banderas españolas con senyeras y banderas europeas, fue un desbordamiento cordial y cálido del frío patriotismo constitucional.

El discurso ramplón y guerracivilista de Podemos no pudo disponer del combustible nacionalista para incendiar la sociedad. Su propósito de transversalidad, de expansión de los agravios, de movilización visceral de la masa, careció de lo que podía amalgamarlo: esa “nación” que, desde la francesa, ha sido el motor de las revoluciones. Solo nuestros nacionalismos periféricos, teóricamente libres de franquismo pero en la práctica los auténticos restos del franquismo, se envuelven en sus respectivas banderas sin complejos; y ellos sí se han trasladado a Podemos, dándole una imagen menos de diversidad cosmopolita que de cazurro guirigay folclórico.

Todo esto lo ha sabido Íñigo Errejón desde el comienzo, que por eso dicen que es el listo. Y algunos discursos que dio (recuerdo sobre todo uno en la plaza del Reina Sofía) ha sido lo más falangista que ha habido en España desde José Antonio Primo de Rivera. Pero ahora que ha fundado su propio partido se ha echado para atrás. En vez de Más España, le ha puesto Más País (para eso, mejor hubiese sido Más Estado, o Más Estao, o Más el Estao). El nombre en realidad está bien (Más País evoca fonéticamente a Más Madrid), pero la razón de fondo es la que es, porque no podía ser otra.

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En El Español.

23.9.19

El duelo de Savater

El que está fuera de la pena amorosa está condenado a no entenderla. Al propio Savater le pasaba antes. En una conferencia de hace unos años se reía del que sufre “porque lo ha dejado Maripili”. Yo estaba entre el público y sufría porque me había dejado “Maripili”. Vivía entonces ese cerco que vive ahora Savater y que tan bien explica en La peor parte (Ariel). La muerte de su mujer Sara Torres en 2015 lo ha confinado en un duelo que no quiere ni puede elaborar: un duelo perpetuo, un duelo enquistado, que el tiempo no atenúa. La impaciencia y la incomprensión de quienes rodean al que lo padece –en este mundo de baratijas de autoayuda– dejan al amante doliente en el aislamiento absoluto. Quizá sea el último romántico, el último maldito.

Hay que distinguir entre la pérdida por abandono y la pérdida por muerte. La primera es más amarga, más áspera, deja una historia rota, pero tiene el consuelo (hiriente también) de que la persona amada vive y probablemente es feliz (sin uno). La segunda es más limpia, mantiene la historia intacta, pero en cambio es inconsolable: deja un lingote de pena pura. Esta es la de Fernando Savater, que escribe: “Ese amor no quiere amortiguarse tras la pérdida irreversible de la persona amada, sino que se descubre más puro, más desafiante, más irrefutable al convertirse en guardián de la ausencia”.

Savater, que ha sido nuestro gran alegre, es ahora un hombre triste: “Vivir sin alegría ha sido una experiencia nueva para mí, una ruptura con mi yo anterior”. En La peor parte da cuenta con brillante precisión de esta novedad en su vida: desmenuza su estado, repite lo mucho que llora por su mujer, narra los terroríficos últimos nueve meses con ella, desde que le detectan el tumor cerebral hasta que muere. En este sentido, es un libro tristísimo. Es, sin duda, decididamente tristísimo.

Lo emocionante es que alberga también muchísima alegría. La alegría de la escritura savateriana, ágil, sin grasa, acogedora, punzante, ingeniosa, cordial, que de pronto está más en forma que nunca; y la alegría de la parte central del libro, la más amplia, que recrea la historia de amor y la convivencia con su mujer, a la que logra hacer vivir en esas páginas. Puede que Savater no tenga conciencia de cómo la alegría se le ha colado maravillosamente a pesar de los pesares, probando de nuevo que es “la fuerza mayor”, como la llamaba su amigo el filósofo francés Clément Rosset. Gracias a esto, La peor parte no es un libro de Savater bueno pero diferente de los anteriores, sino que es muy bueno (yo creo que el mejor, su obra maestra, junto a Mira por dónde) y comparte lo principal con los anteriores, con una intensidad que le hace ser su culminación.

Cuando terminé el libro me preguntaron sin en él había esperanza. Dije que para el autor solo hacia el pasado, por lo vivido. Pero que para el lector podía haberla también hacia el futuro: por vivir un amor así.

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En El Español.

19.9.19

El sanchismo universal

El único movimiento de esta minilegislatura, aparte de la barbita de Casado, ha sido la pirueta final de Rivera: un intento desesperado de ponerse también barbita. Pretendía acabar de un plumazo con su maldición lampiña, pero no ha hecho más que prolongarla. Un gran error fue el de Iglesias en julio, cuando rechazó la bicoca que le ofrecía Sánchez. Y otro gran error ha sido el de Rivera, al evidenciar en el último minuto que su empecinamiento desde el primer minuto había sido un error.

Pero hay que ser justos y reconocer que ambos errores, pese a su enormidad, vienen después del error primigenio: el enormísimo error de Sánchez, que consiste básicamente en ser Sánchez. Un ego desmedido, para empezar, que exigía tratamiento de mayoría absoluta (¡de unanimidad incluso!) a lo que no era más que una exigua mayoría. Un ego además condenado a sí mismo, por su incapacidad para conseguir apoyos (solo una anchoa, en total). Sánchez seduce a Sánchez y considera que solo por eso deberían sentirse seducidos los demás. Empezando por los votantes españoles, a los que les pide que en las nuevas elecciones hablen “más claro”: es decir, que tengan la transparencia del agua para que en ella se refleje la cara del narciso Sánchez.

El nacionalismo y el populismo contagiaron la política española con sus baraturas. Todo ha ido a peor desde tal contagio. El sanchismo surge de ese rebajamiento general del nivel, al que ha imprimido un estilo propio. Su característica principal es el presentismo absoluto: decir hoy lo que le conviene con un énfasis solo comparable al énfasis con que decía ayer lo contrario, que era lo que le convenía entonces. Algo que los políticos han practicado siempre, pero no con tanta asiduidad, tanta radicalidad ni tanto descaro. Iglesias, Rivera y Casado han terminado haciendo lo mismo, pero peor: son meros aprendices de Sánchez. Es la ventaja que tiene Sánchez sobre ellos: entre todos los Sánchez, es ‘el’ Sánchez.

Impera su ley: el “no es no”. Una tautología devastadora, concebida para minar. Sobre ese solar que fundó, Sánchez ha pretendido que los otros echaran sus síes. Inútilmente, como se ha visto: todos se enroscaron en sus “noes”. Solo Rivera pudo haber roto esa lógica nihilista, ofreciéndole al principio lo que le ha ofrecido al final (con más seriedad, con más amplitud, con más sustancia). Así Rivera hubiera roto, de paso, aquel “no” de la militancia de Ferraz que le afectaba: “¡Con Rivera no!”. Habría sido un logro tremendo, pero Rivera era ya demasiado sanchista como para hacer jugadas de largo aliento y beneficiosas para el país.

Conclusión: España necesita salir del sanchismo. Aunque sea con Sánchez.

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En The Objective.

18.9.19

Colecciones de septiembre

Vuelven a llenarse los kioscos con las colecciones de septiembre; aunque su presencia es menos avasalladora, porque hay menos kioscos. Grandes pensadores, clásicos griegos o contemporáneos, premios Nobel, músicos, matemáticos, científicos, astronomía, jardinería, ajedrez, costura, cocina, dibujo, lectura rápida, inglés, francés, alemán, meditación, memoria, los secretos de la mente, los secretos del mar, la maqueta del Titanic, esqueletos, minerales, dinosaurios, fósiles... Ahora de vez en cuando y antes a cada paso recordamos lo que nos falta, aquello que nos completaría. Pero la frustración es permanente, porque por cada colección que decidimos seguir dejamos de seguir todas las demás.

Escribió Gonzalo Torné que hay dos tipos de personas, las que se rigen por el año y las que se rigen por el curso. Yo me rijo por los dos, inútilmente. Empiezo el año con pujanza, por el enero reglamentario; pero a la altura de septiembre ya lo tengo disipadísimo. Me doy entonces una nueva oportunidad con el curso: septiembre, o como mucho octubre. Para diciembre ya he vuelto a naufragar, pero ahí está otra vez enero. Soy un pollo dando vueltas en el asador, pero lo llevo con deportividad.

Lo bonito es considerar estas fechas aisladamente. ¡El comienzo del curso! ¡Todo por delante, en cuanto a la actividad, al saber! ¡Un tiempo largo hasta el inhábil verano! Los que no somos profesores (ni padres) mantenemos ese impulso, porque fueron muchos años de adiestramiento escolar. El ritmo está marcado en nuestra carne, en nuestra cabeza. El momento climático acompaña: el apagamiento del verano y a cambio no el invierno todavía, sino una transparencia con fresquito. Más que enero, ¡qué atmósfera auroral la de septiembre, la de octubre! Los días están como lavados, tienen una ligereza adusta. La vida se presenta seria, pero sin excesivo peso aún. Hay ganas de hacer cosas.

Y desde los kioscos las colecciones tratan de infiltrarse en nuestros planes. Componen una red para toda clase de peces, y todos en algún momento hemos picado. Yo me hice mi colección de filosofía, y la de música brasileña (con cedés), y la de inglés cómo no, y alguna de dibujo que dejé pronto... Y está también el truco de comprarse solo las promociones del primer día, dos libros por uno, tochos baratos, o las piedras con el estuche que nunca se rellenará. En el kiosco nos confesamos. Manifestamos no de qué carecemos (porque carecemos de todo), sino qué consideramos prioritario subsanar. Y es esa consideración lo que nos retrata. Es bonito delimitar nuestro fracaso.

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En The Objective.

16.9.19

El único Gobierno de derechas posible

El único Gobierno de derechas posible es el del PSOE. El del PSOE sin Podemos, claro. Pedro Sánchez quizá ha cometido el error de no rematar a Pablo Iglesias, al que ha dejado a punto de caramelo. La tarea solo podría culminarla el votante de derechas, votando en masa a Sánchez. Un PSOE con mayoría absoluta: ese es el único gobierno de derechas factible en este país.

Fue muy celebrado un tuit que puse: nuestras derechas son una mesa de tres patas que cojea. Con Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal no hay nada que hacer. El votante de derechas debería asumirlo con deportividad y votar a Sánchez, como único voto útil de derechas en este momento. Admito que tiene aspectos desagradables para el votante de derechas: subidas de impuestos, más gasto público, tonteo con los nacionalistas, expansión del irritante –os/–as en las declaraciones. Pero que no se ponga fino: nada (salvo tal vez lo último) que no haya hecho ya el PP con su voto. A cambio, tendría un Gobierno sólido (sólido y de derechas) como mal menor.

Le he preguntado a un amigo que votó a Podemos y que confiaba en el Gobierno Sánchez-Iglesias que a quién atribuye la culpa de la desunión. Me dice que la reparte entre ambos: el 100% para Sánchez y el 0% para Iglesias. Y que volverá a votar a Iglesias, naturalmente. Me ha parecido una interesante prospección sociológica, porque la mentalidad de mi amigo se me antoja representativa sobre este particular: el PSOE, sin Podemos, es otro partido de derechas (“la derecha civilizada”, como dijo alguien). Iglesias, al cabo, ha salido bien en cuanto a su izquierdismo inmaculado. No se ha ensuciado, como se hubiera ensuciado inevitablemente de haber entrado en el Gobierno, derechizándose. Esta era la manera más efectiva que tenía Sánchez de acabar con Iglesias, que en las nuevas elecciones podría resucitar.

Siempre me acuerdo de un episodio de la burguesía catalana (de cuando la burguesía catalana era lista; no hace mucho: quince años) que me contó una amiga convergente que tuve. La heredera de una riquísima familia se enamoró de un latinoamericano revolucionario y pobre que andaba por Barcelona. Hubo consejo familiar, sin ella, y se decidió darle un alto cargo al chico en la empresa familiar. Al cabo de un año, él se había convertido en uno de ellos –un burguesote sin el charme revolucionata– y la chica lo dejó. Le dieron entonces la patada al latinoamericano y asunto resuelto.

Sánchez podría haber hecho lo mismo con Iglesias convirtiéndolo, no sé, en un Javier de Paz. Pero no se atrevió. La pelota está ahora en el electorado de derechas, que se encuentra ante su gran momento estalinista: si vota masivamente a Sánchez, le da el pioletazo a Iglesias. Y asunto resuelto.

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En El Español.

9.9.19

Metafísica del esquí

“¿Tú ves? Una melenita como esa sí”, decía un familiar que ya se ha muerto también mientras cantaba en la tele Camilo Sesto. Sería a finales de los setenta y de aquel mundo, que era el nuestro, ya no existe nada. Solo está en nuestra cabeza, como dice el idealismo filosófico que está incluso el presente. Estaban las melenas rockeras, desordenadas, amenazantes, rupturistas, y estaba la melenita de Camilo Sesto, peinada y compatible con el traje. Una manera de ser moderno y formal. Luego se convertiría en el fantasma de la ópera, en nuestro Michael Jackson, en el punki más inquietante que hemos tenido. Y ahora de nuevo la nobleza de la muerte, esa otra formalidad: la estrafalaria imagen de los últimos años es absuelta y queda la pureza de un ser que se ha ido, su hueco blanco.

Me venía acordando estos días de los pocos recuerdos que tengo de Blanca Fernández Ochoa, pero eran recuerdos trepidantes: un par de bajadas en esquí, a las que asistimos con el corazón en un puño, caídas, frustraciones y una medalla de bronce que sabía a oro por cómo se celebró. Matías Prats Jr. ha contado en el tanatorio algo precioso. Cuando ella vio la tristeza que había por su caída en Calgary, en la que perdió el oro, le quitó importancia para que los demás se sintieran mejor. Es lo mismo que hizo Miguel Indurain tras su hundimiento en Hautacam. Los dos comprendieron que los derrotados grandes son los únicos que tienen la llave del consuelo, y esto es más admirable que cualquier victoria.

Las muertes nos dan ganas de vivir, porque en realidad nos recuerdan la vida, nos despiertan (“recuerde el alma dormida”, decía Jorge Manrique): hacen que volvamos a ver este mundo como un escenario transitorio, una auténtica aventura aunque permanezcamos quietos. “Envejecer, morir”, como escribió Jaime Gil de Biedma, son “las dimensiones del teatro” y “el único argumento de la obra”. Hablo de las muertes más o menos ajenas, que nos dan pena pero no un excesivo dolor. Luego están las de los seres queridos, que dejan la vida sin encanto, porque eran la vida. Este otoño van a coincidir dos ejemplos: las “memorias de amor” de Fernando Savater, La peor parte (Ariel), y Señora de rojo sobre fondo gris de Miguel Delibes en el teatro, con José Sacristán (Bellas Artes). Dos resucitaciones (imposibles) de la amada por las palabras.

Con la muerte de Blanca Fernández Ochoa en la sierra de Madrid me vino este soneto (en alejandrinos y sin rima) que escribió el poeta malagueño José Moreno Villa cuando estaba ya cansado y se imaginaba la muerte (el último blanco) como una bajada. Es como una metafísica del esquí. Imagino a Blanca así, y en otra ladera a Camilo, y a todos los muertos elegantes, por la cara lunar de la tierra mientras los demás seguimos todavía en la solar:
Por el silencio voy, por su inmensa ladera,
en un fino deslice veloz y sin cesura.
Si fuese así la muerte... Un patinar en hielo,
entre tierra y celaje, amodorrado y laxo.

Casi pisando voy mi dudoso albedrío.
Los puntos cardinales no me sirven de nada.
Y el tiempo es sólo un vago concepto del espacio
entre las lentas combas del adoptado ritmo.

¿Tengo mi voluntad de la rienda? ¡Quimera!
¿No me será posible dejar algo, un acorde,
un versículo puro en que converjan todos?

Voy en la sorda nube que desdeña el ruido.
No puedo más; dejadme en esta magnitud,
en esta desnutrida esencia del silencio.
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En El Español.

4.9.19

Drama en gente

Decía Fernando Pessoa que su obra constituía un “drama en gente”. Es decir, no un drama dividido en actos, como en el teatro habitual, sino un drama dividido en las personas (las pessoas) en que Pessoa se dividió. Para una visión acertada del conjunto había que tenerlas en cuenta a todas: Pessoa no sería esta o la otra, sino el campo (¡el escenario!) de sus conjunciones y confrontaciones, de sus tensiones y discrepancias. En realidad, esto ocurre con todo escritor que no ahogue sus voces (ese “contengo multitudes” de que hablaba Walt Whitman, maestro de Pessoa). Lo ejemplar de Pessoa es cómo lo extremó, por medio de su didáctico invento de los heterónimos: a cada faceta de sí mismo, le puso un nombre. Fernando Pessoa era Fernando Pessoas.

Siempre me han sorprendido (y admirado en ocasiones; o pasmado) las personas que logran reducirse a una sola voz. Las mejores tienen potencia, puesto que aquello que encarnan lo encarnan del todo: funcionan como un personaje a tope. Esto no deja de ser una cortesía para con los demás, puesto que nos fomentan el espectáculo a sus expensas. Pero el mecanismo autorreductor es un misterio para mí. ¿Es un ascetismo, una obcecación, una incapacidad? En cualquier caso, incluso estas personas, si no a la multitud de voces interiores, se ven obligadas a asistir a la multitud de voces exteriores. Si no a estar atentas a ellas, al menos a que les consten: saben –tienen que saber– que existen más voces que la suya.

Y este es el ejercicio que propongo para la rentrée política: atenderla como un “drama en gente”. No atenerse al encajonamiento sectario o partidista –que es lo más premiado, en España al menos (mientras una de las dos Españas le hiela al sectario el corazón, la otra le está dando carlorcito)–, sino contemplar el conjunto: la pluralidad de voces, el juego entre las voces; cómo se oponen, se complementan, se afirman y refutan todas a la vez, ensuciándolo todo pero dejando limpia la noción de pluralidad, que es la más valiosa.

Santiago Gerchunoff, en su excelente ensayito Ironía On (Anagrama), analiza, entre otras cosas, la capacidad de la ironía para escindir al sujeto y, por lo tanto, hacer presentes en él varias voces (al menos dos). En la prolongación de este impulso en “la conversación pública de masas”, Gerchunoff invita a apreciar “la riqueza de su vulgaridad expansiva, la profunda complejidad de sus dinámicas que fascinan y hacen discutir sin fin”.

Allá quienes opten por encerrarse en una voz o en un discurso, como nuestros entrañables líderes políticos y sus seguidores (más papistas que el papa con frecuencia). Quedarán dentro del espectáculo, que solo se ve bien desde fuera.

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En The Objective.

2.9.19

'Rentrée'

No vi en directo la sesión extraordinaria del Pleno del Congreso el pasado jueves por la tarde. Era todavía agosto y, cuando terminó la etapa de la Vuelta, salí a pasear por la costa. Me he pasado el mes comprobando diariamente desde el balcón que el mar seguía en su sitio y por lo tanto la promesa de la felicidad: esa felicidad azul, flotante, con el sol tendido encima. Y diariamente he bajado a arrimarme, dos o tres veces cada jornada. Éric Rohmer decía que prefería sacar a los personajes de sus películas en vacaciones, para mostrarlos como eran (o serían) libres de las servidumbres del trabajo. En La virgen de agosto, del rohmeriano Jonás Trueba, la protagonista dice que, justo por eso, en agosto no deberíamos abandonarnos, sino esmerarnos más que nunca en ser nosotros mismos. Es el mes del descanso, pero también el mes sin excusas.

Pero ya estamos en septiembre. Para subrayar mi propósito de profesionalidad en la rentrée, y forzarme al otoño, me he puesto el vídeo completo del Congreso. Ahora bien, lo que yo consideraba que iba a ser penitencial, ha resultado una diversión de primer orden. Me ha parecido espectacular: durísimo, tensísimo, entretenidísimo; parlamentarismo del bueno. Estaban representadas ya todas las voces de la sociedad española (bueno, menos la de los estetas como yo, que nos empecinamos en el sueño de la finura; pero somos pocos, una ruina electoral: los partidos hacen bien en no perder ni un segundo con nosotros), en una batalla campal –o guerra civil con varios frentes– encauzada por la cualidad simbólica del enfrentamiento. La lectura optimista es que la sociedad española está vivísima, es un guirigay vibrante. El pesimismo adviene con la conciencia del resultado estéril; o sea, de la falta de resultado. Al final, las tensiones del Parlamento se parecen a las que hay en el taxi y en el bar, o en Twitter.

Había una tremenda energía acumulada y muchas ganas de hablar. Por eso, aunque se habló del Open Arms, que era el tema fijado, se habló de muchas más cosas; en parte abusivamente. Fue una concentración en unas horas de meses de debate político, con una pujanza que hace lamentar en el fondo que este Parlamento sea provisional. Aunque el que salga de las elecciones casi impepinables de noviembre será muy parecido. Me reconcilié, sí, de repente, con nuestros políticos. Quizá porque los líderes no hablaron y hablaron las lideresas. En cualquier caso, sigo empeñado personalmente en la abstención. El espectáculo se vuelve así más puro, más desprendido. La energía que no gastaré en pensar a quién votar, la dedicaré a la observación.

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En El Español.

26.8.19

Dificultades del antisanchismo

Tiene razón David Mejía cuando escribe, en The Objective, que “de Ciudadanos ya no se puede decir que sea un partido primordialmente antinacionalista ni regenerador: Ciudadanos es, ante todo, antisanchista”. Obsesión que le conduce, a mi juicio, a un callejón sin salida. Porque, al ser el sanchismo algo vacío, sin contenido político, el antisanchismo está condenado a serlo también.

Pedro Sánchez no es socialista, es maquiavélico: el poder es lo que le interesa, lo único que le interesa. Está dispuesto a hacerlo todo por conseguirlo, por mantenerlo, por incrementarlo. Con una falta de escrúpulos en cierto modo admirable. Es un cínico, un antisentimental. En este sentido, es lo contrario de Zapatero. Con respecto a este, lleno de contenido político, el antizapaterismo sí estaba lleno también de contenido político.

Sánchez era, en realidad, el hombre que necesitábamos: el hombre que necesitaba el constitucionalismo en este momento imposible. Ya lo ha demostrado por su cuenta, sin ayuda de nadie, al liquidar a Podemos: su deglución de Pablo Iglesias, lenta, implacable, efectiva, ha sido digna de una mantis religiosa. Sánchez podría haber deglutido también a los nacionalistas. Pero Albert Rivera, en su obcecación, no ha querido: no le ha prestado su apoyo. Cuando el programa histórico de Ciudadanos tenía la ocasión de cumplirse casi al 100%, resulta que Rivera tenía otro programa.

La famosa frase de Roosevelt sobre el dictador Somoza (“tal vez sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”) podría habérsele aplicado a Sánchez. Pero Rivera ha impedido que sea “nuestro”. A ver de quién es ahora.

No se me escapa (¡porque nada se me escapa!) que lo anterior implica dar por imposible a Sánchez; ni se plantea la hipótesis de su conciencia. Pero así está la cosa. Esa es la cruda realidad. La realidad con la que tendrían que hacer política los que supuestamente sí tienen conciencia. Esos que, de momento, lo único que hacen es luchar a su vez por su podercillo. Con un maquiavelismo no menos maquiavélico que el de Sánchez, pero sí más torpe.

La situación es desastrosa. Y lo va a seguir siendo. La desmembración del constitucionalismo es una catástrofe sin paliativos. Tampoco se me escapa que la empezó Sánchez, con sus infames alianzas en la moción de censura. Pero que los otros (PP y Cs) hayan decidido seguir por ese camino en vez de corregirlo, confirma que no hay solución. Cuando lleguen al poder, si llegan, va a ser para nada. Para nada de lo importante.

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En El Español.

21.8.19

La barba

Pablo Casado ha dado el gran golpe de efecto de este verano, con su barba o barbita. Con ella les ha robado el protagonismo a la falta de Gobierno, al Open Arms, a los incendios de Canarias, a la listeriosis e incluso a la lampiña Díaz Ayuso, en cuya toma de posesión la lució. No asistió la semana pasada a su sesión de investidura como presidenta de la Comunidad de Madrid y se dijo que estaba de vacaciones, pero no: estaba cultivando su barba. De haberla enseñado entonces hubiera sido catastrófico, como cuando Milikito apareció con barba de tres días para dar imagen de malote.

Y Casado no quiere parecer malote (ni siquiera malote buenote como Milikito), sino aportar gravitas, como ha señalado Jorge Bustos. Albert Rivera debió de intuir por dónde iban los tiros cuando a comienzos del verano salió en el Hola, junto a Malú, con una incipiente perilla. Pero no le terminaba de funcionar y la abortó. La de Casado, que funciona algo mejor, puede que se quede en barba de borrajas (ya veremos si llega a la rentrée), aunque como mínimo seguro que la ha lanzado a modo de barba sonda. A mí me parece que la dirección que marca es la correcta: a falta de ideas nuevas, nuestros políticos tienen pilosidades nuevas que explorar. Aunque el vanguardismo absoluto en este sector ya está ocupado por la ensaimada de Iñaki Anasagasti, el Ferran Adrià de su propia cabellera.

En los tres partidos de la derecha había un inasumible desequilibrio facial: por un lado estaban los afeitaditos Casado y Rivera, iguales como burbujas de Freixenet, y por el otro los barbados Abascal y Espinosa de los Monteros, inclinando la balanza pilosa en favor de Vox. Abascal con una barba entre tercio de Flandes y Abderramán III, y Espinosa de los Monteros con ese barbón babilónico sobre el que Losantos ha soltado chanzas inolvidables. Ahora Casado ha tratado de ocupar con sus pelitos la inmensa estepa que había en medio. Dejando de paso a Rivera en la estacada lampiña: un destino de baby face que deberá compartir con Errejón.

El asunto con Casado es que, más que gravitas, lo que ha logrado de momento ha sido, por un lado, resucitar el rajoyismo en su cara (¡después de tanto esfuerzo por liquidarlo!), y por el otro, como ha clamado Twitter, ser un doble de Alberto Garzón. Problema recíproco en este caso, porque ahora Garzoncito es también un doble del líder del PP. ¡El crepúsculo de las ideologías! ¡Y justo después de que Gillette haya aprendido que, en este campo, los experimentos hay que hacerlos con gaseosa!

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En The Objective.

19.8.19

Madre tatuada con niño de teta

Ya tengo mi imagen del verano. La he visto esta mañana caminando por la costa: una mujer tatuada, alta, fuerte y oriental dándole la teta a su niño. Lo hacía mientras caminaba también, con una parsimonia envidiable; el niño, en su bamboleo, iba seguro, feliz, alimentado. Era bellísima. Y era en aquel momento una especie de madre de todos, una madre sexual. No la he mirado mucho tiempo porque la acompañaba su pareja, un hombre inevitablemente inferior, por la comparación. El más afortunado de los hombres.

El tatuaje le otorgaba distinción. Ocupaba el hombro y todo el brazo con que sujetaba a su hijo. Era como una orla de la teta, su límite oscuro pero vibrante. El niño, entre el tatuaje y la teta, me recordó a aquellos bebés que retrató Alberto García Alix en la Movida, de padres rockeros. ¿Qué habrá sido de ellos? ¿Qué será del de esta mañana? Al menos ha empezado en una cuna pujante. Un bonito reto para su vida será estar a esa altura; vivir con ese estilo, con esa belleza.

Se ven tantos tatuajes que muchos son horribles. Pero a veces se ven unos preciosos. Y a veces se ven mujeres tatuadas con sus hijos, en brazos, en el carrito o de la mano. Hay algo en la combinación que me seduce, quizá un triunfo de la libertad. Pienso que Umbral no habría perdido la ocasión de escribir hoy un libro titulado Las madres tatuadas. Se habla de las ancianas futuras con sus tatuajes, se fantasea con su arrepentimiento. Pero no se habla de los niños que, cuando sean adultos, buscarán pieles con esa manera pictórica de resultar maternales.

La madre de esta mañana, que era una diosa del amamantamiento, plantada en la tierra con una solidez incontestable, aunque sin pesadez, ligera, me ha recordado a las mujeres que daban de mamar con una naturalidad absoluta cuando yo era niño. Me desconcierta la reivindicación actual de dar el pecho en público, cuando entonces (¡y era aún el franquismo!) estaba normalizado. ¿Qué extravío se ha producido en medio?

Los niños nos poníamos morados mirando a aquellas mujeres, con una fascinación que no debía de ser todavía erótica del todo, aunque ese componente existía sin duda. Era un espectáculo formidable, y muy frecuente. Aquellas tetas gordas, nutritivas, con los pezones muy oscuros, hacían de nosotros más unos Fellinis que unos Landas (unos Landitas seríamos poco después, con los primeros top-less). Me doy cuenta, sin embargo, de que su aceptación social era debida a que se imponía, absorbiendo a las otras, la semántica de la maternidad. Y es esa semántica la que cuesta volver a imponer ahora. Como se ve en este artículo.

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En El Español.

18.8.19

Balón de asfixia

Están los balones de oxígeno y está el balón del fútbol, que es un balón de asfixia. Esta cualidad asfixiante no la perciben sus adoradores, en cuya alienación aceptan que el respirar sea algo secundario (¡lamentable servidumbre!); solo la sufrimos los que lo detestamos, minoría selecta y exquisita de la humanidad, la gran víctima de los siglos XX y XXI, la gran vilipendiada, la gran apestada, la receptora de todos los odios, la única aguafiestas en las fiestas del balón: unánimes si no fuera por ella. Cada vez somos menos y cuando desaparezcamos el balón de fútbol se habrá confundido al fin con la Tierra, que es la aspiración totalitaria con la que nació. Chaplin lo vio muy bien en la famosa escena de la pelota de El gran dictador; y lo vio perfectamente Shakespeare, que en El rey Lear (acto I, escena 4) sorprendió con un insulto tremendo y precursor: "¡Vil futbolista!".

En España la ridiculez del fútbol estuvo clara al principio, cuando se le llamó balompié. Pero no tardó en imponerse la voz inglesa, que oculta la ridiculez y da misterio con esas dos sílabas que en español no significan nada: fút-bol. En toda mística hay una fonética enigmática. Al principio hubo cierta resistencia a la actividad futbolística. Cuando yo era niño, en la década de los setenta, todavía los viejos se reían de esos hombres en calzoncillos corriendo detrás de la pelotita. El principio del fin fue el fichaje millonario de Cruyff por el Barcelona, en 1973, que invistió al fútbol con el valor indiscutible del dinero. Al cabo de unos años, ya nadie se reía de aquellos hombres en calzoncillos. Es más, en los ochenta los intelectuales empezaron a salir del armario de esa afición que hasta entonces habían llevado en secreto y lo invistieron también de valor cultural. Los noventa fueron los años definitivos de la consagración, con los intelectuales dedicándose a tope a teorizar sobre el fútbol y erigiendo a Valdano como el intelectual mayor.

Como buen intelectual, o intelectualeta, yo me dejé arrastrar, naturalmente. En uno de mis alardes de falta de personalidad, me rendí a ese deporte que no me gustaba y le eché un montón de horas. Fui un hincha que cantaba goles con el histerismo necesario y me dejaba galvanizar por los berridos de los locutores. Aunque un síntoma de mi desprecio de fondo por el fútbol es que yo realmente no era aficionado de ningún equipo, sino que me definía a la contra: como antimadridista. Sin duda porque entonces vivía en Madrid y le sacaba gusto a llevar la contraria. Las grandes derrotas del Madrid fueron mi alegría de aquella época. Pero no dejaba de ser una pasión triste, y me fui quitando. Sí intentaba convencerme de que me gustaban los partidos de la selección. Y ahí sí que me alegraba cuando ganaba. Pero poco a poco se fue imponiendo la evidencia de que el fútbol me aburre un montón. No soporto un partido entero, pues ahí (y no con las películas de Rohmer) sí que me parece estar asistiendo a cómo crece el césped. Las victorias españolas de la Eurocopa y el Mundial me pillaron ya muy desapegados. Me alegré un poquito, eso es indudable. Pero no mucho más que con los éxitos en el bádminton.

Lo insufrible es el contraste entre mi pacífico desinterés y el achicharramiento ambiente. Para colmo, las nuevas generaciones de futboleros nos llaman haters a los antifutboleros, y nos sueltan unas monsergas en las que descubren el Mediterráneo de "los valores del fútbol"... como si no se hubieran soltado ya en los ochenta y en los noventa, y como si muchos no viniéramos rebotados precisamente de ahí. Los neofutboleros llegan a explicarnos, con cándido adanismo, aquello que nos sabemos de sobra y que está incluido en nuestro desprecio.

El primer delincuente del futbolitismo fue el sobrevalorado Camus, con aquella frase de que "todo cuanto sé sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol", que les ha permitido creerse campeones de la ética a los presumidos, caprichosos y despiadados futbolistas. Lo que le faltaba a su bestial egoísmo era la coartada de un premio Nobel. En Latinoamérica fueron apóstoles del futbolitismo tipos tan sospechosos como Galeano y Benedetti, y en España el ínclito Vázquez Montalbán. Este, que no percibía lo netamente religioso que era su marxismo, dijo que el fútbol (o el Barça) era el último reducto religioso de su vida. El daño que han causado entre todos (hay muchos más) es incalculable. El fútbol ya era una atosigante moda popular (¡una moda sin esa elegancia última que tienen las modas, que es la de pasar!), con una expansión temible. La literatura era el refugio tradicional de los antifutboleros, con ese emblema enternecedor del niño que se queda leyendo en el recreo mientras sus compañeros se arrean patadas con la excusa de la pelota. Pero esos intelectuales y escritores partidarios del fútbol hicieron que la literatura también se llenase de tan odioso deporte. Con lo que, técnicamente, no queda ninguna salida.

Ya no se puede hacer una vida sin fútbol, del mismo modo que en la Edad Media no se podía hacer una vida sin Dios. Y es que los atributos del viejo Dios son hoy los del fútbol: omnipotencia, omnisciencia, omnipresencia... El fútbol es el nuevo Dios, repartido en los millones de balones de asfixia que pueblan la Tierra y la trabajan para convertirla en el Balón.

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Publicado en Jot Down nº 27, especial Dioses y endiosados.