26.10.08

Corrección

Ha llegado el momento de releer Corrección. La primera lectura la hice hace cinco años, en el otoño madrileño de mis últimas esperanzas. Recuerdo jardines despojados, y el ejemplar (prestado por Curro) con la rosa amarilla en la cubierta. Era el de la edición de Alianza Tres; el mío de ahora, comprado posteriormente, es el celeste de la de bolsillo. Y seguiré con O óbvio ululante del gran Nelson Rodrigues, que trajo Andújar de Brasil: una recopilación de artículos autobiográficos y divagatorios, de 1967 y 1968, que son una gozada.

El impulso para releer Corrección me vino anoche, cuando regresé a casa nada más terminarse la hora extra estatal y visité el blog de otro amigo, Paco Torres, donde cuenta cómo ha sucumbido al contagio bernhardiano. En su entrada cita además estas declaraciones de Thomas Bernhard sobre el suicidio:

Nada he admirado más durante toda mi vida que a los suicidas. Me aventajan en todo. Yo no valgo nada y me agarro a la vida, aunque sea tan horrible y mediocre, tan repulsiva y vil, tan mezquina y abyecta. En lugar de matarme, acepto toda clase de compromisos repugnantes, hago causa común con todos y cada uno, y me refugio en la falta de carácter como en una piel nauseabunda pero cálida, ¡en una supervivencia lastimosa! Me desprecio por seguir viviendo.

Eso es lo que hay que hacer, decir o escribir frases así... y no suicidarse gilipollescamente como David Foster Wallace. Sobre este autor están saliendo detalles patéticos, como esto que venía ayer en El País:

Su agente Bonnie Nadell recordó cómo todos se esforzaban en protegerle del mundo y de su reciente obsesión con Obama, cuyos discursos veía una y otra vez.

Al final David Foster Wallace va a resultar ser la primera víctima mortal de la obamitis. Es algo, repito, patético. Y de un candor asombroso. Un candor como sólo tiene, por cierto, el verdadero artista. (¡Qué tragedia ser un verdadero artista!)