16.10.08

Los caballos y los tanques

A Fernando Savater, que se ha dado como premio al Planeta

Ah los adultos: niños vencidos! Nunca he sido cantor de las maravillas de la infancia, ni he querido recuperar (¡recobrar!) infancia alguna; el peterpanismo me resulta cargante y no soporto a los "eternos adolescentes" (¡no me soporto!) ni las "conductas infantiles" en los adultos. ¡Pero cómo no ver a éstos como lo que son: niños derrotados!

El domingo, cuando el desfile. Pasaron el micrófono entre la multitud. Las estolideces de siempre: militarismo, antimilitarismo (un despistado que andaba por allí), pomposas palabras (¡patria, unidad, nación, democracia!), chistes políticos (¡el coñazo!) y todo lo demás. Hasta que una niña sin infatuación respondió a la pregunta de qué era lo que más le había gustado: "Los caballos y los tanques". ¡Claro que sí! ¡Los caballos y los tanques!

Me he acordado del concurso aquel que hubo el año pasado para elegir "la palabra más hermosa del español". Y ahí saltaron todos, encabezados por los escritores (sic) con la pesada retahíla: paz, amor, justicia, ¡solidaridad!... O también, los más sensibles: crepúsculo, melancolía (¡nunca falta melancolía!)... Hasta que llegó un niño y dijo "columpio". ¡Claro que sí! ¡Columpio! ¡Ésa es, sin duda! ¡Columpio! ¡El niño no sólo se remitía a un placer suyo concreto, sino que, de entre todos los placeres suyos concretos, había sabido escoger aquel que era nombrado por la mejor palabra! ¡La más hermosa! ¡Columpio! ¡Admirable!

¡Ah, no se andan por las ramas nuestros perversos polimorfos! ¡Al grano, al grano! ¡Pequeños nerones! ¡Tiberios con chupete!