En la celebración por los 50 años (que ha tenido la triste coda de la muerte de la exdirectora Gallego-Díaz; DEP) se han echado en falta a esos réprobos; algunos, como Cebrián y Savater, importantísimos desde la fundación del periódico. Pero lo cierto es que no podían estar. La mermelada ambiental se habría estropeado. Es un dato devastador: El País es un periódico herido que no podía ni mostrar sus cicatrices. La "memoria histórica" que tanto exhibe la elude aquí, como en otras cosas comprometidas. Me hizo gracia, por pasar a un asunto menor, que Jabois y Lindo se inventaran una fantasía sobre cómo se conocieron, quizá para no decir que los presentó un chico malo de The Objective. La genealogía ha de ser de sangre limpia, aunque ese chico sea socialdemócrata (el único, de hecho, que queda: su antisanchismo es justo por esa causa).
El País que yo amé fue el de "El País, con la Constitución". Aunque mis ejemplares inaugurales los hojeé ya a finales de los setenta, cuando algunos domingos los traía a casa un primo mayor (el primer universitario de la familia), lo empecé a leer y comprar justo después del golpe de Tejero. Aquel constitucionalismo heroico era lo que impregnaba mi lectura de la actualidad, que es la historia del presente mientras se está haciendo. Todavía cuando el golpe del independentismo catalán El País supo estar con la Constitución. Hoy en día lo hace solo nominalmente. Su trayectoria se ha quebrado por el seguidismo del turbio Sánchez, cuyas maniobras judiciales y demás filibusterismos no ha dejado de apoyar.
El principal problema con El País se deriva de la que es su principal virtud: esa tipografía y esa disposición límpida de las páginas que invitan a la racionalidad. Espada nos hizo ser conscientes de esto años después. Esa sobria parrilla diseñada para transmitir la verdad impone una alta exigencia, una altísima responsabilidad: justamente decir la verdad. Cuando se ha usado para otra cosa, incluso a veces para lo contrario, la irresponsabilidad es suprema: porque la mentira emitida va con el traje que mejor la camufla.
Por El País hemos aprendido desoladoramente que el Trump perfecto, aquel que no recibirá las justas críticas que recibe Trump, sino permisividad, cuando no elogios, ha de presentarse como antitrumpista. Y trufar su discurso no de bravuconadas fascistoides, sino de nobles ideales... mientras se actúa en sentido contrario. El que socava el Estado de derecho invocando el Estado de derecho, el que dice enfrentrarse a los bulos cuando es el primer emisor de bulos, el que aboga por combatir la polarización cuando es el máximo polarizador, el que habla de la verdad cuando su carrera política está construida sobre la mentira, es un Trump más nocivo para la democracia que Trump. Entre otras cosas, porque puede contar con el apoyo de un periódico como El País.
La situación es particularmente grave por esto. Es el Washington Post sosteniendo a Nixon. Los que se opusieron son los réprobos de El País.
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En The Objective.