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18.5.10

La vida se complica

Me dice una amiga que ha colgado en el corcho de su despacho este titular de prensa: “La vida se complica”. Fue al día siguiente del recorte a los funcionarios, en que pareció que al fin la cosa se ponía seria desde el Gobierno. Entre una cosa y otra, no sé si por saturación, he empezado a notar un sentimiento extraño: creo que me he enamorado de la crisis.

Desde el principio se ha estado repitiendo la matraca de que en chino “crisis” significa “oportunidad” (me asomo ahora y veo que la combinación tiene cinco millones y medios de googles). Ese ha sido el discurso de los voluntariosos del “medio llena”, en plan filosofía de salón –y con algo de vendedores. Ayer vi el cartel de una conferencia que se anuncia en mi ciudad: “¿Por qué los budistas son felices?”. Lo ilustra el careto de un esforzado hombre feliz, que no sé quién es pero al que le cuadraría un uniforme nazi. Mi enamoramiento de la crisis viene por lo contrario: por el principio de infelicidad que procura.

La vida se había simplificado en exceso. En España, y no digamos en Andalucía, las encuestas sobre la felicidad de la población dan unos porcentajes altísimos: de en torno al setenta por ciento. En el último Barómetro de la Felicidad (sic) sale que España es el segundo país más feliz de Europa, sólo superado por Rumanía (¡la tierra de Cioran!). Un dato espectacular: el 89% de los jóvenes españoles están contentos con sus vidas. En fin, ¿qué añadir? Uno conoce a los españoles y sabe en qué consiste su felicidad: cuál es su nivel. Si eso es felicidad, un poco de infelicidad no les sentaría mal del todo...

El caso es que la realidad asoma. Yo llevaba un tiempo con ganas de abandonar mi Conciencia de lunes y me parece que esta es la ocasión: porque se da un eco con la primera que escribí, “La batalla de la realidad”. Creo que se trata de una batalla perdida, y que cuando la realidad se imponga será para aniquilarnos definitivamente. De hecho, ya están produciéndose nuevas operaciones de encubrimiento (con la propaganda político-periodística, las ilusiones del fútbol –que tendrán su apoteosis en el Mundial–, el festival del guerracivilismo y el de los nacionalismos, etcétera). Pero no ha estado mal esta semana en que los españoles han tenido un atisbo siquiera de que, por citar por última vez al mentor de esta página, "la vida iba en serio".

[Publicado en Frontera D]

10.5.10

Termina mal

El pasado lunes Félix de Azúa escribió un tremendo artículo que tenía la virtud de decir la verdad, de resultar exacto. El tremendismo vuelve ser el modo adecuado de referirse a España. Era previsible una negrura así, puesto que el presidente Zapatero sostuvo su última campaña en un optimismo insensato; y ganó. No conviene olvidar esto: los españoles votaron optimismo. Contra los signos de la realidad, votaron la sonrisa. Y tacharon de cenizos a los demás: el pesimismo, como recuerda Azúa, se consideró antipatriota.

Ahora en Libertad Digital se ríen, con razón, de aquel vídeo promocional de la alegría. “Hay que defender la alegría frente a los cenizos, ¿no?”, sigue afirmando en él Víctor Manuel, con su indeleble tristura. No se trataba, claro está, de la alegría trágica de los griegos, que celebraba Nietzsche: una alegría alzada sobre la comprensión de este mundo brutal; sino más bien del zumo tibio de Disneyworld, endulzado con la mentira. Leí el artículo de Azúa justo después de la correspondencia de Jaime Gil de Biedma, de la que hablé la semana pasada. En ella hay varios pasajes que podrían traerse a propósito. Por ejemplo éste, que parece escrito contra la tendencia al lirismo de los artistas del vídeo, así como de su beneficiario:

Porque la prosa, además de un medio de arte, es un bien utilitario, un instrumento social de comunicación y de precisión racionalizadora, y no se puede jugar con ella impunemente a la poesía, durante años y años, sin enrarecer aún más la cultura del país.
Tras citar estas frases, que pertenecen al artículo de Gil de Biedma "Luis Cernuda y la expresión poética en prosa", señala el prologuista:
[Gil de Biedma] consideraba que la solidez y el civismo de una verdadera sociedad estriban, primordialmente, en la calidad de sus prosistas y que la inveterada superioridad, en España, de los poetas sobre ensayistas y novelistas no era más que un síntoma de decadencia.
Esa misma “alergia hacia los excesos líricos” fue la que le llevó a escribir el poema “Apología y petición” en un formato frío, como cuenta Gil de Biedma en una carta y nos explicó Eduardo Jordá en Frontera D: el de la artificiosa sextina. El distanciamiento que ésta aportaba ha actuado justamente como congelador, que nos ha traído fresco el contenido. De la poesía comprometida de su época, nada puede leerse hoy con la misma actualidad, da igual los versos que se escojan. A los artistas “de la ceja”, y los ufanos electores de entonces, parecían estar destinados los siguientes: “Y a menudo he pensado en otra historia / distinta y menos simple, en otra España / en donde sí que importa un mal gobierno". Yo mismo escribí hace tres años apoyándome en los más conocidos: “De todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España, / porque termina mal.” Me parece razonable la pregunta de en qué medida el catastrofismo colabora con la catástrofe, como advertía Elvira Lindo el miércoles. No tengo clara la respuesta: yo diría que depende. Sí estoy convencido, en cambio, de que el optimismo colabora más.

* * *
Anoche, por cierto, terminé de ver The Wire: una serie tan gloriosa como pesimista. Parece una ilustración de la filosofía schopenhaueriana. Por eso no deprime como Bambi, sino que tiene unos efectos revitalizadores, exaltantes: los que desata, para empezar, el ser tratados como adultos.

* * *
(12.5.10) Critica hoy Elvira Lindo a quienes "sacan a pasear los célebres versos de Gil de Biedma". Olvida algo: que se sacan ahora, pero que han estado muchos años sin sacarse. Es decir: que su uso no ha sido automático, sino que ha dependido de las circunstancias. Cuando los versos han vuelto a tener aplicación, se han sacado: no antes. Y sí: los hombres hacen la Historia. Sólo que nuestros "actores de la Historia" actuales tienen un nivel bajísimo y parecen no haber aprendido nada. Quizá por eso no pueda resucitarse ya el "espíritu de la Transición": porque somos peores.

[Publicado en Frontera D]

3.5.10

La verdad desagradable

Para reencontrarme con la lectura, con el placer de la lectura, recurro a Gil de Biedma. Como siempre. Me compro su correspondencia, compilada con el nombre espléndido de El argumento de la obra. Saco de la estantería Las personas del verbo, releo el autorretrato del poeta: "...Y preguntarme por qué no escribo inevitablemente desemboca en otra inquisición mucho más azorante: ¿por qué escribí? Al fin y al cabo, lo normal es leer". Me vienen los dos últimos versos del libro: "Las rosas de papel son, en verdad, / demasiado encendidas para el pecho". Y paso al principio, a la cita de Antonio Machado:

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
–así en la costa un barco– sin que el partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa.
Después, por la noche, en la cama con sus cartas. Insomnio, desazón. Empiezo por la última y voy remontando los meses, los años. Un enjevecimiento hacia atrás. Me reconozco en la petulancia juvenil y me exaspero; ahí ya no me enseña nada, ya lo hice. Aunque la disfruté en otro tiempo, cuando leí el Retrato del artista en 1956. El domingo lo paso picoteando en su libro de críticas, El pie de la letra, y releyendo sus poemas. Es el primer día fuerte de calor del año. La playa está llena de bañistas. Cerveza en el chiringuito. ¿Cuántas veces habré leído Las personas del verbo? Y siempre encontré novedades. Es la gloria de los buenos poetas breves: su único libro recibe el honor de toda una biblioteca. Por la tarde me adormilo. Salgo otra vez en la última hora de luz, con el libro de las cartas. Está muy bien la introducción de Andreu Jaume. Trata con seriedad al poeta, sin hacer mucho caso de su fama. Quizá haya que empezar a salvar a Gil de Biedma de su fama. Copio este pasaje estupendo:
La matización que había sufrido el personaje dramático de sus poemas en Moralidades, desde 'Barcelona ja no és bona' hasta la apoteosis de un poema tan largo, complejo y afinado como 'Pandémica y celeste', encuentra en Poemas póstumos su definitiva consumación. La destrucción del personaje de Gil de Biedma empieza en 'Contra Jaime Gil de Biedma' y culmina en 'Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma', una de las pocas muertes en vivo de la historia de la literatura. El desenlace muy probablemente le provocó un problema operativo: una vez muerta en escena la voz que había construido con el monólogo era muy difícil proseguir por ese camino de superposición de máscaras acústicas en que había venido consistiendo su poesía desde los años cincuenta. En una carta del 16 de abril de 1969, le escribió a Joan Ferraté: 'Es probable, casi seguro, que no vuelva a escribir poesía en cierto tiempo –y es posible, temo, que no vuelva a escribir–; creo pues que quod decet es prepararse para la otra vida'. Aunque su destreza literaria, su astucia verbal y en general su conocimiento poético nunca habían sido tan seguros, paradójicamente se encontró de pronto en un escenario vacío con su propio cadáver en brazos.
En esa expresión de su poema más famoso, "la verdad desagradable", se resume el espíritu de Jaime Gil de Biedma; su herida, su elegancia. La verdad es tomada por su efecto sensual: desagradable. El receptor filosófico es el cuerpo, el gusto. Hay una sutil tragedia ahí. Un tanto afectada, pero preciosa. Clásicamente bella.

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26.4.10

La educación del estoico

El lunes pasado, después de celebrar a San Expedito, me quedé pensando en que ahí está la trampa: en ese anhelo de un camino sin obstáculos. El deseo de facilidad es el preludio de la ineficacia. Recordé esta reflexión de Alain en su Spinoza:

El error de los errores consiste en querer ser libre al margen del obstáculo, lo cual hace que nos lamentemos de las dificultades que, por el contrario, nos fortalecen tan pronto como uno acepta extenderse sobre ellas y en cierto modo fiarse a ellas por completo.
Y me acordé también de la paloma kantiana que, según Juan de Mairena, “al sentir en las alas la resistencia que le opone el aire, sueña que podría volar mejor en el vacío”. Es decir: "ignora la ley de su propio vuelo". De igual modo, el devoto de San Expedito quizá sueñe con un almanaque blanco, en que todos los días sean el día cero. Es una pulsión claramente nihilista, como la que alienta al pessoano Barón de Teive en La educación del estoico. He leído recientemente el librito y no se me ha quitado esta frase magnífica:
Lo que me llevará al suicidio es un impulso como el que nos lleva a acostarnos pronto.
Acostarnos pronto y liquidar la jornada. Así Noodles en Érase una vez en América, cuando, a la pregunta de qué ha hecho todos los años que ha pasado fuera de Nueva York, resume su vacío con esta frase: "Acostarme pronto". Como Proust al principio de su Recherche: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano”. Yo he pasado muchos años con la cabeza fuera del tiempo. Sintiendo sólo las rugosidades, las asperezas –en un ámbito cortado, en el que no se puede hacer nada, o se hace dificultosamente. Como el bañista con medio cuerpo fuera, o con la cabeza fuera, al que le azotan las olas. Sólo si se sumerge fluye –hay que meterse en el mar del tiempo.

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19.4.10

El fetichista de las fechas

El fetichista de las fechas (¡que soy yo!) se ha encontrado esta mañana, al mirar desganadamente el calendario (el mío es un fetichismo —un fechitismo— hastiado ya, a estas alturas), con que se conmemora el día de San Expedito. "Oh, dejar mi camino expedito al fin", me he jurado, con la ceniza de mis energías. He metido al santo en Google, a ver, y he encontrado una historia fenomenal, que viene que ni pintada para el propósito. Lo mejor es lo del cuervo:

Al momento de su conversión, un cuervo se hizo presente simbolizando al Espíritu del Mal y le dijo Cras... Cras... Cras... (lo que en latín siginifica Mañana... Mañana... Mañana...) intentando persuadirlo en la misma hora de su conversión al Cristianismo a que lo dejara para después. San Expedito reaccionó enérgicamente aplastando al cuervo con su pie derecho mientras exclamaba Hodie... Hodie... Hodie... (que en latín significa Hoy... Hoy... Hoy...) no dejaré nada para mañana, a partir de hoy seré Cristiano.
El cuervo era, obviamente, por encima del espíritu del Mal, el espíritu de Alberto Cortez, con su insidioso "a partir de mañana". Toda reacción antiprocrastinadora es, básicamente, una reacción antialbertocorteziana. Y todo intento de ir por la buena senda (¡la senda del hoy, del aquí y ahora!) es un ejercicio de resistencia duodinámica, o también calcanhottística. La cosa está clara, pues: frente a la procrastinación albertocorteziana, hay que empeñarse en el duodinamismo calcanhottista. Sí, habría que hacerse un hombre ya: calcanhotta, duodinámicamente. Lo que pasa es que con este cachondeo no hay manera...

[Publicado en Frontera D]

11.4.10

Sorpresa

"Surpresa" es quizá mi canción preferida de Caetano Veloso, una de las que me he puesto toda una tarde en el repeat, paseando o en la playa, tanto en la versión del propio Caetano (del disco Cores nomes) como en la de Adriana Calcanhotto, que incluso me gusta más y que viene en el Songbook de João Donato. La música es de Donato, y de Caetano la escueta letra:

Que surpresa Beleza Luz acesa Certeza Que saudade Verdade Já chegou? Então Vem cá.
Al escucharla en esa filmación (por una vez un vídeo noble en YouTube, tras tantas aberraciones cursis con que suelen ilustrarse las canciones) me he acordado de otra sorpresa; tal vez la mayor que me llevé en Brasil. Como saben, el país me enamoró —aunque yo ya iba enamorado. Brasil me encantó, pero no me sorprendió en exceso: encontré, más o menos, lo que esperaba. Sólo hubo dos sorpresitas, y una sorpresa grande. La primera sorpresita fue reconocer a Lisboa en Río: los suelos con teselas, cierta distribución del arbolado, algunos aspectos del ambiente de la ciudad... La segunda fue el descubrimiento de las calles interiores de Copacabana e Ipanema, las que no dan a la playa y, por lo tanto, no aparecen en las postales. La vida de esas calles (también con algo de lisboeta), la belleza tranquila y llevadera de esas calles, sus cafés, sus comercios, sus fruterías... La sorpresa grande sucedió cuando abandonamos por primera vez Río. Íbamos a viajar a Belo Horizonte en autobús, en ônibus, y recuerdo que no esperaba nada, sino que pasaran las horas que teníamos por delante. Me acomodé en mi asiento, me puse el walkman, miré por la ventanilla la salida de la Rodoviária y el callejeo hasta dejar atrás la ciudad, y entonces me dispuse a relajarme: mis discos, mis libros, la conversación con Nádia. Y de pronto, a traición, la Naturaleza. No me lo esperaba, porque no suelo prestarle atención (no está entre mis intereses); ni siquiera había pensado antes en ella, en la naturaleza tropical. Pero allí apareció, hechizándome. ¡Sorpresa! [Publicado en Frontera D]

5.4.10

Los años petrolíferos

Una lectora atenta me pregunta por esta frase que coloqué en mi post de la semana pasada: “años que no eran aún petrolíferos”. La puse a modo de oráculo privado; y porque, aunque mi ideal es la transparencia, considero que a veces queda bien algún trazo de sombra. Pero se puede explicar. Aludía a estos últimos años míos, que han sido bastante hoscos. He vivido en la autotrituración íntima y en la ineficacia social. Consecuencia de cierto episodio en que mi alma se amplió, creció por desfondamiento: se venció su suelo y se abrió a un sótano oscuro, que yo he venido considerando de alquitrán pero que en realidad es de petróleo. Petróleo hecho, literalmente, de materia orgánica en descomposición, mi materia; un pozo turbio, pero utilizable como combustible. El sentimiento ahora es de alegría: creo que tengo para arder y calentarme (e iluminarme) por una buena temporada.

[Publicado en Frontera D]

28.3.10

El Cristo del Samba

Desde que dejé de ser creyente, algo que en mí se produjo sin trauma (la religión se me desprendió con naturalidad, con los años infantiles), me he emocionado cuatro veces con Cristo. La primera con un cuadro que solía ir a visitar al Museo del Prado durante mi época de estudiante: El descendimiento de la cruz, de Roger Van der Weyden. La segunda con el limpio poema que le dedicó Borges en Los conjurados: “Cristo en la cruz”. La tercera con el final de Ordet (La palabra), de Dreyer. Y la cuarta una tarde de Semana Santa en que tenía una cita que me obligaba a atravesar el centro, zona que procuro eludir en estas fechas desde hace mucho. Para protegerme acústicamente del estruendo de las procesiones, me puse los auriculares con música brasileña, sambas de Noel Rosa. Recuerdo la alegría primaveral y la levedad de aquellos años ligeros; años que no eran aún petrolíferos. Cuando entré en el fragor, los tambores y las cornetas, atenuados, se metieron por debajo de mi música. El efecto era agradable: se incorporaban a la batucada, apenas con un leve desajuste. Y más allá asomaba la imagen de un Cristo atado y de rojo, con esa oscilación que a mí siempre me ha recordado a la de los ciclistas cuando escalan un gran puerto, y que también es la de un baile, un baile agónico. La mezcla era feliz; y se me ocurrió bautizar al Cristo de aquel momento, sólo al de aquel momento, como "el Cristo del Samba".

[Publicado en Frontera D]

22.3.10

El hombre más odiado de Valladolid

“Por fin estoy en Facebook”, me escribió hace unos días, resignado, Eduardo Jordá. Sus amigos facebookeros llevábamos tiempo intentando convencerle de que se registrara, pero no había manera. Y aún seguía resistiéndose a la succión de este nuevo Maelstrom, cuando Facebook le ha caído encima. A una tal Pilar Bedate le molestó el artículo que Jordá publicó en el Diario de Mallorca a la muerte de Delibes, “Un mundo en extinción”, y creó un grupo de Facebook llamado “Todos contra el artículo de Eduardo Jordá sobre Miguel Delibes y Valladolid”. En el momento en que escribo estas líneas, el grupo cuenta con 4.759 miembros. Mi amigo Jordá, el bondadoso Jordá (¡el delibescamente compasivo Jordá!), es hoy el hombre más odiado de Valladolid.

El espectáculo es deprimente y regocijante al mismo tiempo. Deprimente, porque siempre lo es la exhibición de la chusma, el corro de rebuznos autoconvencidos y desatados. Regocijante, porque le da plenamente la razón a Jordá. Lo que se está diciendo en ese grupo convierte casi en elogio la leve desgana que manifestaba hacia Valladolid en su artículo. A juzgar por esos 4.759 vallisoletanos, Valladolid es peor: mucho peor. Una ciudad con 4.759 habitantes como esos no puede ser sino opresiva y sórdida. (Lo cual, dicho sea de paso, centuplica el mérito de Delibes: por haber logrado crear una obra grande y filantrópica enmedio de un material humano tan deleznable.)

¡Ah, Castilla! En este país de bobos en que se va convirtiendo España (todavía está fresca la que se montó con “los gallegos”), los castellanos parecían mantenerse limpios, aparte. Me ha gustado Castilla cuando la he visitado. Me he encontrado cómodo en sus ciudades, en sus pueblos; he apreciado sus campos. De los poemas de Antonio Machado, seguía recreándome en los paisajísticos y elogiosos. Los que criticaban Castilla, en cambio, no los entendía muy bien. Ese “desprecia cuanto ignora” parecía haber perdido su sentido. Pero de pronto rebrota el corazón cazurro y polvoriento de la Península, para que el mapa de nuestra estolidez quede también rellenado por el centro.

Antes he dicho chusma, pero no soy elitista. Hablo de chusma no porque considere que haya (ni deba haber) una minoría por encima, sino porque la masa se ha desplomado estrepitosamente. No puede decirse que exista demasiado nivel entre los, así llamados, profesionales de los medios; pero basta con que se abran los canales al público para que afluya algo peor aún: algo peor dicho, más soez, más sectario, peor hilado, más estomacal. Supongo que con ello tendrá que ver el desmantelamiento del bachillerato, que es lo que define el tono cultural medio. Y también, por supuesto, el asfixiante localismo que se va adueñando cada vez más de este país de todos los demonios.

* * *
PS. Un amigo de Valladolid escribe en su blog "De la vida provinciana".

[Publicado en Frontera D]

15.3.10

Los dueños de la expresión

La obscenidad de quienes hablan de libertad de expresión a la vez que defienden la dictadura cubana nunca se ha mostrado de un modo tan transparente como en el breve audio de Belén Gopegui que hay en YouTube. Me permito transcribir sus palabras:

Quienes defendemos a Cuba contra la agresión tenemos en nuestros países que atender a otra clase de agresión: el uso de la mentira de los grandes medios de comunicación. Cuando tanto se habla de libertad de expresión, algún día debiera empezar a decirse que la libertad real de expresión consiste como mínimo en poder replicar en el mismo medio y con el mismo espacio a cada mentira que haya sido publicada. Porque defendiendo a Cuba nos defendemos. Porque si abandonáramos la revolución cubana nos abandonaríamos a nosotros mismos.
¿Qué se puede decir ante eso? Es pura basura verbal. Puro excremento religioso. Es un párrafo tan pétreamente falso, que resulta inatacable. Esa defensa de la “libertad de expresión” (desde un país en que se encuentra conculcada) es una vía muerta, ante la cual no puede haber diálogo posible. Es un extravío de la razón y de la realidad: un lenguaje de locos ante el que no se puede hacer nada, salvo denunciarlo. O soltar una carcajada.

Con lo de Willy Toledo ha pasado estos días lo mismo. El individuo, desde su doble condición privilegiada de hijo de la alta burguesía madrileña y de actor de éxito, se permite llamar delincuente a la víctima de una dictadura, que además era albañil. Dan hasta ganas de rescatar al viejo Marx para determinar cuáles son las emanaciones ideológicas de las respectivas clases sociales: alta burguesía madrileña, castrismo; proletariado cubano, anticastrismo.

Contra la bellaquería de Willy Toledo se han escrito, por fortuna, bastantes artículos, el último de los cuales ha sido el de anteayer de Antonio Muñoz Molina: “La costumbre de la infamia”. Ahí está dicho todo, de un modo que suscribo plenamente. Queda mencionar el asunto colateral de la “libertad de expresión”: mejor dicho, de la parodia del término en boca de Willy Toledo y el grupo de actores que firmó un manifiesto en su defensa.

Sintomática la maniobra: quejarse de falta de libertad de expresión... justo después de haberla ejercido. Más allá de la conocida estrategia de intentar ocupar la posición de la víctima, ¿qué se trasluce de ello? ¿De qué se quejaba Willy Toledo realmente? De haber sido criticado: es decir, de que otros hayan ejercido su libertad de expresión contra él. Para Willy Toledo y sus cómplices, la libertad de expresión es poder decir lo que quieran (cualquier burrada), pero sin que nadie les replique. Quieren tener la última palabra. Quieren ser los dueños de la expresión. Exactamente como los tiranos con los que simpatizan.

[Publicado en Frontera D]

8.3.10

El bigote de un hombre sin bigote

Durante un mes he llevado bigote y ha sido una experiencia interesante. He aprendido que el bigote de un hombre sin bigote se convierte en el elemento principal de ese hombre. Y cuando se lo afeita (es mi sospecha de ahora) puede que ese hombre se haya quedado en nada. El bigote era de pronto un instrumento de afirmación ontológica. Hay bigotes de hombres que se desvanecen, como los de Pessoa y Walter Benjamin; pero ahora que conozco la diferencia entre llevar y no llevar bigote, advierto lo que tenían de ancla esos bigotes. Sin ellos, Pessoa y Walter Benjamin estarían más borrados.

El bigote es un instrumento de identidad. Recuerdo lo que decía Francisco Umbral en Las ninfas: “Yo era la ausencia de mi bigote”. Había también una película de Manuel Summers, sobre la adolescencia impaciente, titulada Me hace falta un bigote. Contaba la historia de un chico enamorado de una chica que a su vez estaba enamorada del bigotudo Jorge Negrete; la brecha amorosa era fisiológica: a él aún no le había nacido el bigote. Un amor imposible, pues (¡también en lo fálico!). El bigote ofrece ejemplos de desesperada búsqueda de la identidad. Desesperada porque no repara en la paradoja de esa identidad por imitación. Se parece un poco al anuncio aquel de whisky J. B. que me tanta gracia me hacía: “J. B., el típico ser único”. Uno de ellos era justamente un J. B., Juan Benet, que se dejó un bigote que le puso cara de Faulkner. Otro caso pasmoso es el de Tabucchi y su bigote de Pessoa. Y un bigote con más adeptos todavía: el de Nietzsche. Hay toda una generación de filósofos nacidos en la década de 1940 que han cultivado el bigote nietzscheano: Eugenio Trías, Miguel Morey, Julio Quesada y hasta Sloterdijk. Lo curioso es que funciona: el lector es receptivo a esos bigotes que ya se admiraron en un ídolo. De los citados, el caso más llamativo es el de Tabucchi, que no pareciéndose en nada a Pessoa y siendo infinitamente inferior a Pessoa, se ha hecho con el público de Pessoa...

El bigote del hombre sin bigote tiene algo de mascota que se saca a pasear. Los amigos, los familiares, le hablan de su bigote; los sobrinos piden acariciar el bigote. Las novias (¡las amantes!) quieren probarlo. Algunas se ponen tiquismiquis con que si roza o araña; pero he observado que les gusta tener a alguien nuevo haciéndoles cositas. Nuevo sin coste, por decirlo así: como un amante que ya se tiene y que se ha multiplicado. Mi bigote ha coincidido con el carnaval, de modo que se ha sumado jocosamente al baile de máscaras. En lo que a mí mismo respecta, he redescubierto el cunnilingus como a mí me gusta: es decir, con pelo. La moda de la depilación me lo había hecho olvidar. Aunque hay algo triste en el sustitutivo. Ahora el romanticismo del pelo que sale de la garganta al día siguiente tiene, inevitablemente, algo de onanista.

Me dejé el bigote por pereza. Estaba afeitándome una barba de dos semanas cuando, de repente, me dio por plantarme en el bigote. Su existencia no ha sido fácil ni ha estado asegurada en ningún momento. En su mes de vida he estado a punto de asesinarlo dos veces, y las dos lo he salvado en el último instante, cuando ya lo tenía amortajado con la espuma y con la cuchilla encima. El problema es que ha crecido y ya no he sabido cómo apañármelas con él. Definitivamente, no sé cuidar un bigote. La biografía de estos bigotes ocasionales acaba siempre igual: con una furtiva simulación de Hitler. El hombre sin bigote que se afeita su bigote, no puede evitar la tentación de asomarse un poquito al Hitler que lleva dentro; es decir, fuera: como posibilidad (flotante) de su cara. Se recorta los extremos, como se mordisquea un donut en dirección al vacío (su agujero como abismo y Maelstrom; hacia el núcleo inhumano del hombre) y ahí aparece, familiar, Adolf. Somos nosotros, con un mínimo aditamento. Luego uno ataca también ese reducto y aquí no ha pasado nada.

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1.3.10

Tabarra andaluza

Supongo que es mi carácter y que si fuese brasileño detestaría Brasil. Pero el caso es que soy andaluz y detesto Andalucía (y amo Brasil, por cierto). Ahora está de moda que los nacionalistas acusen a los antinacionalistas de no amar su tierra, y de incluso odiarla (¡el famoso auto-odio!). Es mentira cochina, claro; como el 99% de lo que emiten los nacionalistas. Pero si a mí me lo dijeran, acertarían. Se me ha atravesado mi tierra: ¡qué le vamos a hacer!

No detesto ninguna idea etérea de Andalucía, ni ningún ser andaluz idealizado (esas monsergas me pueden caer hasta simpáticas, y además siempre salen patios, fuentecitas y tal): la Andalucía que detesto es la que hay. Esta Andalucía no abstracta sino concreta: la que es ya un resultado. El resultado –más allá (¡o más acá!) de su larga historia– de una política, una educación y una Radio Televisión Andaluza. Un resultado, principalmente, del PSOE andaluz; pero también el PP andaluz, y la Izquierda Unida andaluza, y el Partido Andalucista, y los gilismos varios: todos moviéndose de un modo muy profundo –para qué nos vamos a engañar– con las inercias mentales del franquismo. Repasar las jetas de los políticos andaluces puede ser lo más parecido a un paseo entre la estolidez y la muerte.

Dicho lo cual, añado que el pueblo está encantado: la comunión con sus políticos es absoluta. Cuando llega la Navidad y los parlamentarios andaluces se ponen a cantar villancicos, a mí se me revuelve el estómago. Pero a la gente le gusta. Lo mismo pasa con Canal Sur: es una cadena que se amolda sin roce al andaluz realmente existente. Yo manifiesto mi repulsión, pero tampoco quiero darme aires. Sé que soy yo el que sobra. Mi malestar es aislado y cenizo: no prolifera. La única esperanza (para que Andalucía empezara a dejar de desagradarme, en una o dos generaciones, a ) sería una buena enseñanza pública; pero la que existe es justo lo contrario: funciona, casi sin exageración, como una fábrica de espectadores de Canal Sur. El sistema se autoabastece.

El remate, como siempre, es la retórica. No basta con sufrir la tabarra andaluza de los hechos: también hay que tragarse los discursos. Este domingo, Día de Andalucía, ha caído un chaparrón extra. Aunque al final ha resultado instructivo. Estaba yo observando que todos nuestros políticos, sean del partido que sean, adoptan la manera de hablar de Antonio Burgos, prototipo del archicursi andaluz, cuando de pronto me he dado cuenta del sustrato antropológico. La devoción que hay por la Autonomía es igual que la que se tiene por las Vírgenes. Y entonces ha encajado todo. Nuestros políticos, que son unos capillitas y no hay nada que les guste más que salir en una procesión, han encontrado en Santa Autonomía a la Virgen que les faltaba. Lo demás: beatería e incienso (y algún eructo).

[Publicado en Frontera D]

22.2.10

La erudición de Ferré

El pasado lunes asistí a la presentación en Málaga de Providence, la novela con la que Juan Francisco Ferré ha quedado finalista del premio Herralde. El acto tuvo lugar en la sede del organismo cuyo nombre es sublime sin interrupción: Instituto Municipal del Libro. Había anochecido ya y llovía, con lo que la sala, que estaba llena, tenía algo de refugio, de catacumba. A lo largo de la velada se habló mucho de Lovecraft y a la salida, en que seguía lloviendo, la ciudad tenía un aspecto gótico. La plaza de Uncibay, en obras, parecía un campo de trincheras de la Primera Guerra Mundial. Estuvo bien que el paisaje estuviese tan desmalagueñizado, porque Ferré –que es uno de esos amigos con los que mantengo una relación afectuosa pero polémica, y que me resultan fecundos a la contra– cuenta entre sus virtudes la de ser tan poco malagueño. La de haber sobrevolado olímpicamente el pegajoso mundillo local.

Ferré es grande, guste más o guste menos. Mi temperamento va por otro lado y por eso no puedo apreciar del todo los aspectos cualitativos de su grandeza; pero sí los cuantitativos. Entre estos está su portentosa erudición. Es grande en términos objetivos y además aparece como grande, porque Ferré no se mide al exhibirla. Ferré es un Nacho Vidal de la erudición, y gusta de mostrar su miembro. Queda poco elegante: pero el efecto es tan abrumador, que termina resultando jocoso, dionisíaco. Ferré nos invita permanentemente a la fiesta de sus archivos mentales, muy bien organizados, y en perpetuo incendio (se trata de una organización incendiada).

Conocí su erudición el mismo día que lo conocí a él, y casi en el mismo segundo. Fue en la primavera de 2005. Recuerdo que paseaba por la Feria del Libro de Málaga con mi camiseta de Duchamp: una camiseta del Museo de Filadelfia con el Gran Vidrio estampado en el pecho y en la espalda. (Caigo ahora en que mi torso embutido entre ambos estampados era simbólicamente transparente; lo que confirma mi idea de que el Gran Vidrio, como Las Meninas, es un artefacto “para desaparecer dentro”.) Me paré a saludar a mi amigo Paco Torres, y éste me presentó a Ferré, que estaba a su lado. Creo que aún no nos habíamos soltado la mano, cuando Ferré exclamó, mirando mi camiseta: “¡Hooombre, Diiishom!” Y me soltó, literalmente, una conferencia sobre el artista. Yo entonces lo sabía todo de Duchamp, porque me había pasado los últimos meses leyendo cosas sobre él (cosas que, en su mayor parte, ya se me han olvidado: mi memoria es también incendio, pero de los propios archivos), y puedo certificar que su erudición duchampiana era certera, científica.

Desde entonces he asistido, siempre que he quedado con Ferré, al despliegue apabullante de su erudición. El efecto es el de una apisonadora. Me ha pasado más de una vez que he aportado a la charla la florecilla de alguna pequeña lectura mía y me la ha aplastado con sus toneladas de volúmenes. Yo me lo paso pipa, pero desde la vergüenza de ser tan ignorante y no haber leído ni el uno por mil de los libros que se ha leído (¡y almacenado y procesado: ojo!) Ferré. La más apoteósica fue la tarde en que se me ocurrió mencionar que me había gustado mucho un soneto que acababa de descubrir de Nerval. Me miró alarmado: “¿Pero cómo? ¿No habías leído a Nerval?”. Le dije que, aparte de ese soneto, sólo sus novelas, Aurélia, Sylvie... “¡Pero de Nerval hay que leerse la poesía, Les Chimères!”, sentenció. Para recomponerme un poco declaré que de quien sí me había leído la poesía era de Laforgue. “¡Pero de Laforgue hay que leerse la prosa! ¿No te has leído la prosa de Laforgue, Les Moralités légendaires?”. La respuesta era no. De manera que aquella tarde yo había llegado tan contento de haberme leído un soneto de Nerval, y salí chafado por no haberme leído todos los demás poemas de Nerval, ni los libros en prosa de Laforgue, ni decenas de títulos más, algunos autores que ni me sonaban, que salieron a lo largo de la conversación...

Por eso me hizo gracia la otra noche cuando, en el transcurso del acto, salió a colación un crítico que, en su reseña de Providence, había tenido la ingenuidad de afearle a Ferré que no hubiera leído a Hawthorne. Se me figuró uno de esos incautos romanos que se aproximan a Obélix; esta vez a un Obélix-Ubú. En efecto, Ferré desplegó una buena serie de mamporros verbales: no sólo se había leído a Hawthorne, sino que se había leído todo Hawthorne, La casa de los siete tejados, La letra escarlata... otra cosa es que no lo hubiera querido utilizar.

En el tiempo que llevo tratando a Ferré, sólo ha habido un autor que yo haya citado y que él no conociera: James Salter. Fue el verano pasado, caminando por el paseo marítimo. Me extrañó su desconocimiento, porque Salter es un autor prestigioso y más o menos conocido (ahora precisamente acaban de salir en España sus memorias, Quemar los días; y aquí en Frontera D apareció un poema suyo traducido por Eduardo Jordá). Con cierta malicia pensé en las trampas de la erudición ("desconoce justo al más sutil: es que no falla"), sin duda por vengarme de tantas humillaciones. Por lo demás, no me extrañaría nada que desde aquella misma noche Ferré se hubiera puesto a leer a Salter y a estas alturas no sólo se tenga leído ya todo Salter (cosa que yo aún no he hecho), sino que sepa de Salter más de lo que yo jamás sabré.

En cuanto a Providence: es otro de los libros que él se ha leído y yo no. Pero lo haré. De la presentación del lunes salí ciertamente con ganas de hacerlo.

[Publicado en Frontera D]

* * *
(26.2.10) Es curioso, pero hace justo un año escribí, avant la lettre, por qué no soy un Ferré.

(4.11.12) Ferré ha ganado el premio Herralde 2012. ¡Me alegro!

16.2.10

Diez años on-line (y 3)

He descubierto que tengo un problema con los artículos seriados. Lo he descubierto sobre la marcha, que es como se descubren estas cosas. Llegaba el domingo y, a la obligación de escribir mi artículo, se unía la de hacerlo sobre el tema anunciado. He venido patinando desde entonces en mi conciencia de lunes, y hoy la escribo otra vez a toro pasado: en pleno martes. Pero esto tiene un enganche con el asunto que despediré hoy: esta la peculiaridad de las publicaciones on-line como Frontera D, que, aunque mantienen el ideal de la puntualidad (más que nada, por cortesía con el lector), no experimentan una catástrofe si alguno de sus articulistas se retrasa. La página electrónica, a diferencia de la de papel, se queda esperando al rezagado.

Ocurre además que mi artículo lo escribieron en parte dos admirados (¡y queridos!) articulistas, Elvira Lindo y Arcadi Espada, que trataron el domingo sobre las novedades aportadas por internet a, respectivamente, las cartas y el amor. Me queda hablar, pues, de la interacción a pelo; la multitudinaria.

El Cibercafé de Pombo es hoy un lugar desvencijado, y con su puerta de acceso escondida entre matorrales. Pero, si lo hubieran visitado ustedes cualquier noche (e incluso cualquier mañana, cualquier tarde) de 2001 ó 2002, se hubieran encontrado en un jacuzzi de chisporroteos. En el Taller Literario se colgaban textos y en La Tertulia se hablaba de ellos (no siempre halagadoramente) y de todas las demás cosas. Fue mi primera experiencia intensiva de chat. Recuerdo que, cuando se cumplió un año, mi memoria estaba rebosante. Era imposible que hubieran pasado tantas cosas en tan poco tiempo. La vida reducida a palabras (a palabras virtuales) semejaba la luz concentrada de una lupa. Luego llegaría a conocer también algunos de los cuerpos que había tras las palabras: pasé a las kddas y las citas. Hoy el Taller está vacío. La Tertulia sigue abierta, pero ya es como un bar en ruinas. A veces entro, miro un segundo y salgo sin decir nada: no es por nostalgia, sino porque me asombran sus escombros.

El Pombo fue, en escala pequeña, lo que luego sería el Nickjournal de Arcadi Espada; con su prolongación alejandrina en el actual Nickjournal. Mi experiencia me ha hecho ver que las webs cumplen el ciclo de las civilizaciones: periodo arcaico, periodo clásico y periodo alejandrino (de decadencia larga, cansada, hastiada, ociosa y dulce). Siempre aprecié aquel dictamen precisamente de Espada sobre Houellebecq: “confunde sus crepúsculos personales con crepúsculos colectivos”. Quizá el mencionado ciclo se corresponda más bien con la curva personal de la atención, el interés, la sorpresa. Pero también con su traducción colectiva: el periodo clásico sería la fase en la que hay una porción significativa de participantes subiendo.

Eso sucedió con el blog de Arcadi Espada en el milagroso año de 2005. El 2004 fue un prólogo, y el 2006 una continuación. ¡Pero ah, aquel 2005 en que el esplendor cuajó! Qué sensación de estar en el centro, donde se cocían los asuntos (retóricamente al menos). Si ha existido alguna vez un intelectual colectivo ha sido aquel. Lo era todo: el ágora, el patio de vecinas, el altar de los homenajes, el desolladero, la universidad, la tribuna poética, el más sofisticado y completo de los quioscos. Recuerdo las jornadas epilépticas metido en aquel berenjenal. Creo que mi cerebro nunca ha estado más desatado.

Pero todo se agota, y aquello también. No se puede ser eléctrico sin interrupción. Después ha venido el Facebook, que también ha sido divertido, pero en un plan más familiar: sólo con cómplices. No ha estado mal; pero anoche precisamente desactivé mi cuenta. Quizá lo hice para terminar con algo sólido este artículo retrasado. Tras diez años, necesito iniciar una etapa (no sé de cuánto tiempo) sin interacción: volver a la áspera soledad de la pantalla muda; restringir el burbujeo, tapar las goteras.

[Publicado en Frontera D]

8.2.10

Diez años on-line (2)

Como decíamos, no ayer, sino anteayer, tras los merodeos referidos metí internet en casa: me convertí en internauta en toda su desatada intensidad. Han pasado diez años y, como escribió Baudelaire, “albergo más recuerdos que si tuviera siglos”.

Hay una masa de voces en mi cabeza; un abigarrado hormiguero de frases, chispazos y también deambulaciones tediosas a golpe de clic. Han pasado muchísimas cosas, y casi todas virtuales. Las que han pasado fuera han tenido bastante que ver con las que pasaban dentro. Y además: después de pasar fuera, tenían su comentario dentro. La vida se ha desdoblado y da la impresión de que su espejo, como la sustancia de Spinoza, tiene infinitos atributos.

En las facilidades prácticas que internet ha aportado apenas voy a pararme, porque sería como hablar de la atmósfera que respiramos todos. La ayuda ingente de la información. Necesitar saber algo y tener la respuesta en seguida. Por ejemplo, cuando me encontraba traduciendo el libro Bossa Nova y apareció la palabra “Philco”. Muchos sabrán lo que es, pero yo no la había visto nunca. Gracias a Google lo supe, y así con todo. A nuestra generación de tránsito, o pionera, se nos ha puesto en el brete de tener que emitir frases de admiración como aquellas de las que se reía Flaubert en su Diccionario de tópicos, sobre la velocidad de los trenes y demás avances del progreso de hace dos siglos...

La chicha está en los chats, en los blogs, en los foros: en la interacción. También en los mails, que han supuesto una aténtica recuperación de la misiva, y de la notita. Hoy son más contemporáneos los billetitos que se mandan los personajes de Proust de lo que lo eran hace veinte años. El centro de gravedad de internet está en las relaciones humanas: en el aluvión de relaciones humanas. No es un medio frío, sino caliente. Quemante a veces. Si va camino de derrotar a la televisión (ya la tiene grogui, como mínimo) es, entre otras razones, por la temperatura.

Mi historia interactiva tiene estos hitos: Starmedia (2000), el Cibercafé de Pombo (2000-2004), el blog de Arcadi Espada (2004-2006), el Nickjournal (desde 2007) y ahora Facebook. Enmedio hubo además mucho Messenger, largas sesiones de Messenger: pero el Facebook acabó con el último rescoldo del Messenger (que fue muy grato, por lo demás; con mi amiga Francis). Sobre Starmedia escribí un texto en mi blog, “Caliche 17”, que cuenta mi primer acercamiento a un chat, así como el personaje que empecé a forjar a partir de entonces, impremeditadamente. Este personaje, que en Starmedia oscilaba entre los nicks Maestro Zen, Micropene y Superpollón, pasó a consolidarse en el Cibercafé de Pombo como Sr. Lobo (y más tarde Sheriff Lobo), que era ya casi el mismo que el Atleta Sexual que transitó por el blog de Arcadi Espada. Este ha sido, definitivamente, mi último nick: aparte de lo que se haya podido contagiar el Montano que me queda; de lo anickado que me haya vuelto yo también...

Pero me he plantado en el final de la página con casi todo aún por contar. El próximo lunes, pues, seguiré: espero que ya sin eclipse y con puntualidad. (¡No quiero convertirme en el Curro Romero del articulismo español!)

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[Sigue: Diez años on-line (y 3)]

18.1.10

Conferencias caminadas

Hay webs que son un lujo, y una de ellas es la de la Fundación Juan March. Contiene los audios de 2092 conferencias, hasta hoy: la primera es del 31 de enero de 1975 y la última del martes pasado. Llevo meses poniéndomelas en mi iPod shuffle, en un extraño estado de felicidad. En mi época de estudiante yo era muy aficionado a las conferencias. Me gustaba el ritual: buscar la convocatoria en el periódico, acudir al sitio, camuflarme entre el público, escuchar al conferenciante, regresar al colegio mayor rumiando el acto... Llegué a Madrid, desde mi provincia, en octubre de 1985, y fui una especie de Paco Martínez Soria de las conferencias. Me identificaba con el célebre dicho: “En Madrid, a las siete de la tarde, o das una conferencia o te la dan”. Yo iba a que me la dieran, con mucho gusto. Luego dejé de hacerlo: resultó ser un pecado (o un vicio) de juventud. La alegría de ahora consiste en haber vuelto a ellas y, además, hacerlo caminando.

La técnica ha permitido ese encuentro que parecía imposible: el de la sala de conferencias y la calle. Algunas empiezan con el conferenciante, entre cortés y vanidoso, agradeciendo al público su asistencia “con la tarde tan buena que está haciendo en Madrid”. Yo entrecierro los ojos tratando de imaginar qué tarde haría, por ejemplo, tal o cual día de mayo de 1982. Pero a la vez disfruto de mi tarde soleada de hoy, porque a ese conferenciante lo estoy escuchando mientras camino por el paseo marítimo. Es una tontería, pero me regocija esta reflexión. Escuchar conferencias de este modo me parece un placer deliciosamente sofisticado.

Me acuerdo de Nietzsche, que era un gran andarín y escribió que sólo se fiaba de los “pensamientos caminados”. Yo camino pensando a cuenta de otros; a veces absorto en lo que voy oyendo, otras negociando entre la conferencia y el flujo de la ciudad. Un efecto interesante es que luego se recuerda tal o cual momento del discurso y va asociado al punto del paseo en que sonó. Quizá a algo así se refería el escurridizo concepto que describió Chatwin en Songlines, que se tradujo como Los trazos de la canción. Si yo no conociera la ciudad, podría identificar sus lugares así: según los trazos de la conferencia.

Les invito a que exploren el inagotable archivo: un auténtico cofre del tesoro. De las muchas que he escuchado este año, recomiendo especialmente las de Rodríguez Adrados sobre Grecia, las de García Gual, las de Lledó, las de Martínez-Lage sobre Johnson y Boswell, las de Philip Silver sobre Cernuda, las de Canavaggio sobre Cervantes, las de Francisco Rico sobre historia de la literatura española, las de Savater, las de Muñoz Molina, las de Javier Marías, las de Vargas Llosa, las de Eduardo Mendoza, las de Chirbes, las de Llop, las de Gómez Pin, las de Trapiello, las de Argullol, las del ciclo sobre Hannah Arendt, las de “Querellas literarias”, las de “Españoles eminentes”, la de Azúa sobre el dandy...

De entre todas ellas, hay una que me emociona de un modo particular, porque fue la única a la que asistí. Ahora, al ver la lista, no entiendo por qué no fui a más aquellos años. Frecuenté las del ICI, las de la Biblioteca Nacional, las de las de las facultades (sobre todo la de Letras), las de los colegios mayores... y de vez en cuando me desplazaba a sitios nuevos, buscando cada dirección. Por lo que fuera, a la Fundación Juan March sólo acudí una tarde de diciembre de 1986. Hablaba Torrente Ballester sobre “Jardiel y el humor del absurdo”. Me la pongo y en el silencio que arropa a su voz estoy yo, con veinte años.

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11.1.10

Embarazoso huésped

Tenía que ir a ver El cónsul de Sodoma, no sólo porque Jaime Gil de Biedma es uno de mis poetas más queridos y admirados, ni porque la biografía de Miguel Dalmau me pareció excelente (la semana pasada la elegí entre “los treinta libros de mi década”), ni porque, en verdad, me picaba el morbo; sino también porque, al fin y al cabo, esta página está bajo su advocación. En la película me he encontrado luego con que se dice la frase: “Soy un poeta de domingo con conciencia de lunes”. Y se dice además la que sacó Jabois del poema "Contra Jaime Gil de Biedma": “Si no fueses tan puta”. Así que El cónsul de Sodoma es en parte una promo de Frontera D.

La película no está tan mal como me esperaba; pero es que me esperaba algo terrorífico. Antes de ir al cine, tenía anotado otro título para este comentario: “La inteligencia interpretada por la estomagancia”. Sí, confieso que le tengo manía a Jordi Mollà; pero su trabajo aquí es digno: un poquito afectado quizá, con un pelín de pluma y con asomos de emotividades más propias de un Antonio Gala; pero, por usar una frase que se cita en la película, “se detiene a tiempo”, y resulta al cabo aceptable. Sí hay un pequeño desajuste. En la biografía de Dalmau se asegura que el poeta poseía una notable herramienta; la de Mollà, en cambio, en el plano de su desnudo integral, no le responde al método Stanislavski.

El problema de El cónsul de Sodoma es que, para el público interesado, resulta imposible de ver. Y el otro no creo que vaya a verla. Me temo, por tanto, que la película no tendrá ningún espectador limpio: ningún espectador que no conozca ya el “argumento de la obra”. Yo no sé exactamente lo que he visto, ni en qué medida exacta ha contribuido mi conocimiento a lo que sucedía en la pantalla. Ha sido un visionado por superposición (en comparación constante). Me he entretenido, e incluso me he emocionado en los momentos en que se recitaban sus poemas; pero sospecho que la película no se sostiene por sí sola.

Algo cargante es que los escritores son demasiado escritores. Gil de Biedma, Barral y Marsé me han dado la impresión de ser como los hombres-libro de Farenheit 451, hablando con frases sacadas de sus obras. Queda forzado, aunque las de Gil de Biedma brillan siempre, porque son brillantes en sí. Lo que chirría es cuando se usan versos en la conversación. La interpretación de Barral está muy bien; un tanto papanatas, pero como era papanatas Barral (también con encanto). Marsé, en cambio, falla: demasiado artificioso y como inocentón. Es la segunda vez que el productor Andrés Vicente Gómez se la juega a Marsé: la primera fue cuando le quitó el proyecto de El embrujo de Shangai a Erice para dárselo a Trueba. Quizá Marsé está que trina más por esto que por cómo han tratado a su amigo. En cuanto a Bimba, no está bien pero reconozco que tampoco está mal (como se ve, esta película ha supuesto un paréntesis en mis detestaciones).

A Gil de Biedma, por supuesto, no le hubiera gustado nada El cónsul de Sodoma: a él, que escribió lo de “la humillación imperdonable / de la excesiva intimidad”. No sé si habría llegado a pensar que Mollà es un “memo vestido con sus trajes”; pero sin duda sí un “embarazoso huésped”. Lo que no entiendo es el movimiento de escándalo de lo que queda de la gauche divine en lo concerniente al sexo: parece como si se arrepintieran de lo único realmente bueno que hicieron, que fue follar. (Lo otro, lo que no fue follar, ha terminado teniendo a Montilla como su producto más acabado.) Lo importante, en cualquier caso, es que la película no mata a Gil de Biedma; lo enturbia en parte, por la cariturización y la sentimentalización: pero se sale con ganas de volverlo a leer, si es que en algún momento habíamos dejado de hacerlo.

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4.1.10

Defensa del propósito

A estas alturas, no formulamos nuestros propósitos sin acompañarlos de una gracieta autoirónica. Los hemos visto naufragar cada año y no nos fiamos de nosotros mismos. Pero lo cierto es que el propósito es útil. Lo llevemos o no a cabo, funciona al menos como detector de carencias. En el listado anual figuran siempre los de hacer dieta, practicar deporte y aprender inglés. Nos reímos, pero la verdad es que comemos demasiado, estamos hechos una piltrafa y nuestro inglés es una birria.

En año nuevo, junto con los propósitos, se formulan las predicciones. Ambos muestran el eje de nuestra relación con el tiempo, con el mundo (hecho de masa y tiempo). Con la predicción tratamos de atisbar la ola que se nos viene encima. Con el propósito, nos ponemos una tabla de surf para intentar sortearla. En el fondo se trata de la división de Maquiavelo entre la virtud (el desempeño propio) y la fortuna (que es ajena). El fracaso de la voluntad es el pasmo ante la ola. Los años van acumulándose hasta constituir un tsunami que nos traga del todo.

Otra metáfora es la del boxeador grogui. Cada 31 de diciembre es un puñetazo en la mandíbula. El 1 de enero adviene un atisbo de conciencia: “debería hacer algo”. Ejecutamos algún amago para salir de la situación; pero entonces nos llega un puñetazo en la otra mandíbula: es, de nuevo, el 31 de diciembre. Del boxeo está sacada precisamente la expresión “tirar la toalla”. El DRAE da dos definiciones, que son la misma. La directa: “Dicho del cuidador de un púgil: Lanzarla a la vista del árbitro del combate para, dada la inferioridad de su pupilo, dar por terminada la pelea”. Y la metafórica: “Darse por vencido, desistir de un empeño”. La formulación del propósito, aunque nos exponga a las carcajadas (sobre todo a las amargas y sarcásticas de nosotros mismos), tiene también ese significado, para que lo sepan los demás y para hacérnoslo saber a nosotros mismos: no, aún no tiramos la toalla.

El problema está en salvar esa brecha entre el propósito y la acción. Entre las confesiones de propósitos con los amigos, que es uno de los hobbies de estas jornadas, me he quedado pensando en el de Hervás: “ser verdaderamente egoísta”. Quizá sea ésa la almendra de todo propósito: ser egoísta y serlo verdaderamente; es decir, actuar según lo que de verdad nos conviene. Me he acordado de lo que decía Fernando Savater en su Ética como amor propio:

Podría definirse el ideal del amor propio como el trato que el yo quiere para sí mismo. [...] Como todo ideal, es algo que reclamamos y algo que nos reclama, no simplemente algo que asumimos tal como se nos da. En cuanto que es algo que reclamamos, nunca puede ser identificado con nuestro yo actual, tal como sucede en la perversión maníaca; en cuanto que nos reclama, debe concedernos la posibilidad de avanzar hacia él y no la simple aniquilación de lo que ya somos, como sucede en el padecimiento melancólico. El ideal del amor propio es el trato que yo quiero para mí mismo, como se ha dicho, no el culto que yo me rindo a mí mismo ni la inmolación a la omnipotencia de lo real que me ha derrocado de mi trono infantil.
Ahí me parece que está la clave: en acercar la voluntad a la realidad, y alejarla del delirio maníaco-depresivo. La pregunta, claro, es cómo. Para cumplir el propósito no se requiere sólo decisión: también inteligencia; inteligencia práctica.

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28.12.09

El Rey, el Papa y Mario Conde

Yo trabajaba de guionista en Antena 3 TV cuando la cadena pertenecía a Mario Conde. La consigna era que en nuestros sketches (nombre cosmopolita que les dábamos a nuestros sainetes y astracanadas) podíamos meternos con todo el mundo, “salvo con el Rey, el Papa y Mario Conde”. Bien mirado, era una selección impecable: el máximo representante estatal, el máximo representante religioso y el dueño de la empresa. En el transcurso de aquella temporada, un 28 de diciembre como hoy, cayó Conde, y a vuelta de vacaciones preguntamos si ya podíamos meternos también con él. No recuerdo la respuesta, pero sí que tuvimos piedad: no terminamos haciendo leña del dueño caído.

Han pasado dieciséis años y los tres han tenido su peripecia. Mario Conde ha experimentado la cárcel y ha salido de ella transformado en una mezcla de Paulo Coelho y el Lute. El anterior Papa murió y su hábito (aunque más cortito, y con zapatos rojos) lo ocupa otra persona. Por su parte, el Rey se ha ido desvaneciendo en su trono y han empezado a crecerle los enanos republicanos (el guionista chusco que sigo llevando dentro me empuja a precisar que nuestro primer antimonárquico de facto, Jiménez Losantos, es la excepción que no crece; a él, por cierto, Mario Conde lo echó de su radio, igual que ahora los representantes españoles del Papa).

Puede apreciarse que, a partir de la llegada de Zapatero al poder y de la muerte de Juan Pablo II, ha decrecido la presencia mediática del Rey y el (nuevo) Papa. Benedicto XVI, sin duda, es menos mediático que su predecesor; y menos mediático también que él mismo en su versión Ratzinger. La gran sorpresa de este papado (el gran milagro, podríamos decir) ha sido ver la sonrisilla bondadosa que el Guardián de la Fe ocultaba. En tal sentido, le ha pasado lo mismo que a Pepiño Blanco, que ahora es un hombre feliz como ministro de Fomento. En cuanto al Rey, le ha sucedido que el actual presidente del Gobierno tiende a ocupar su espacio mediático, exhibiéndose con el lirismo del viento y con ese atributo que la Constitución le reservaba al monarca: la irresponsabilidad.

Esta Navidad, sin embargo, el Rey y el Papa han sido noticia: el Rey, porque por primera vez se ha emitido su discurso por la televisión autonómica vasca; y el Papa, porque una perturbada lo tiró al suelo en la Misa del Gallo. Por su parte, Mario Conde vende como rosquillas sus Memorias de un preso, que se habrá regalado en abundancia. Mario Conde era un hombre serio y se ha convertido en un hombre más serio (puede apreciarse en la espléndida entrevista que le hizo mi compañero Jabois). Vale para simbolizar lo que ha pasado en estos años: de la tríada, se ha abierto la veda humorística con el Rey y el Papa; pero con los Mario Conde de turno, es decir, los dueños, se bromea menos que nunca.

Sobre lo primero, no conviene engañarse. Me parece higiénico que hayan proliferado los chistes sobre el Rey y el Papa (incluso cuando los hace el cargante Wyoming); pero sus respectivas vacantes han sido ocupadas por otros tabúes: la estatal, por el pesado imperio de la corrección política; y la religiosa, por el Islam (o el miedo al Islam). Algo de ambos se ha incorporado también a los dueños. Lo que en principio es mera propiedad, mero negocio, se ha ungido de ideología; de modo que el sectarismo que padecemos es una escenificación ideológica del reparto del pastel.

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21.12.09

¡Autor, autor!

No sé cómo se las ha apañado la SGAE para tener una imagen tan nefasta. Su tarea es cobrar, y los cobradores siempre resultan antipáticos; pero quizá resulten particularmente antipáticos si tienen la cara de Ramoncín. La SGAE, para su desgracia, ha terminado siendo identificada con Ramoncín y su troupe de autores sin talento y con dinero. El público ignora que por detrás hay otros muchos con talento y sin dinero, a los que la SGAE les salva la vida. Yo estoy (¡excusadme!) entre estos últimos. La SGAE es como mi madre, y cuando me acerco a su sede de pastel por la calle Fernando VI, se me caen los lagrimones. Qué calorcito desprende ese edificio espantoso. Uno entra allí como un mendigo y sale como un príncipe. Un príncipe provisional, naturalmente: hasta que la dura existencia del artista lo deje otra vez en calzoncillos.

Los artistas, pues, tienen (¡tenemos!) razón: hay que pagar. Yo me aprovecho de la piratería, como todo el mundo. Es lo más cómodo, es lo más barato. Pero sé que ése es el beso de la muerte. Todo el despliegue de Roma o Deadwood, por ejemplo, no me ha costado ni un céntimo. Horas y horas de felicidad absolutamente gratis. La consecuencia es que en el futuro no habrá más Romas ni Deadwoods. Ambas, de hecho, con ser dos de las series más entretenidas de los últimos tiempos, se dejaron de rodar porque no resultaban rentables. Quien piratee, que al menos lo sepa.

En cuanto a las modalidades del cobro, reconozco que me extravío en los procedimientos. No sé qué es lo justo, no sé qué se debe hacer. Ignoro cómo ha de ser la ley. Por su parte, la tendencia propiciada por la tecnología parece irreversible. Lo que sí observo, al margen de las argumentaciones, es que en las cabecitas de nuestros conciudadanos existe el sustrato de que el autor carece de relevancia. No ya de relevancia social, que es otro asunto, sino de relevancia como artífice mismo de su obra. Se piensa que las obras surgen solas; no se tiene conciencia del trabajo. Esto pudo apreciarse claramente el pasado verano con las manifestaciones de los catetos de Fuenteovejuna, convencidos de que era Lope de Vega quien se lo debía todo a ellos...

Resulta instructiva, a propósito, la anécdota de Santiago Rusiñol que contaba Vallejo-Nágera en Locos egregios. El pintor y un amigo sacaban cada día unas sillas al campo y se sentaban a ver el atardecer. En cuanto el sol se ponía, ellos se levantaban a aplaudir enfervorizados, gritando: “¡Autor, autor!”. El crepúsculo es un ejemplo estupendo de espectáculo por el que no hay que pagar, pues la obra del Altísimo es gratis. El problema es que a los seres humanos no suele bastarles el entretenimiento a pelo con la Naturaleza, sino que necesitan algo más elaborado. Para lo cual ya se requiere a un artista: alguien que, a diferencia del Altísimo, tiene la enojosa costumbre de comer.

[Publicado en Frontera D]