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24.10.07

El canon de Montano

Me he animado a rellenar yo también el cuestionario que el 4 de octubre le pasó Arcadi Espada a Martín de Riquer en el suplemento cultural de El Mundo para que estableciera (o esbozara) su canon literario. He decidido (por nada, sólo por aligerarme de compromisos) cancelar mi colaboración con Kiliedro, y ésta me parece una buena forma de despedida. Sólo he cambiado de orden las dos últimas preguntas, para concluir con la memorable frase de Cervantes.

1. Mejor libro de caballerías. Los únicos que he leído (exceptuando el Quijote) son los libros de caballerías de Fernando Savater: El juego de los caballos y A caballo entre milenios. Los he disfrutado muchísimo, a pesar de que no me gusta la hípica. Me parecen particularmente deliciosas las crónicas del Derby de Epsom.

2. Mejor poema de amor. Diré cinco: "La unión libre" de André Breton (que incluye el verso "Mi mujer de sexo de algas y de bombones antiguos"); "Pilares" de Octavio Paz (que incluye "Yo me pierdo en tus ojos/ y al perderme te miro/ en mis ojos perdida" y "con los ojos cerrados,/ con mi tacto y mi lengua,/ deletreo en tu cuerpo/ la escritura del mundo"); el soneto XII del Cancionero de Petrarca (el que empieza "Si del tormento áspero mi vida"); el "Poema leído en la boda de André Salmon" de Apollinaire (que incluye el adorable "el Amor hoy quiere que mi amigo André Salmon se case"); y "A una transeúnte" de Baudelaire ("Fugitiva belleza / cuya mirada me hizo, de un golpe, renacer").

3. Mejor poema épico. En la tradición escrita: las crónicas ciclísticas de Carlos Arribas en El País. En la tradición oral: las retransmisiones radiofónicas de Javier Ares. Un ejemplo de estas últimas: "¡Ataca Pantani! ¡El Elefantito! ¡El Divino Caaalvo!".

4. El mejor verso. Van diez: "cesó todo y dejéme" (San Juan de la Cruz); "entre las azucenas olvidado" (ídem); "Só mornos ao sol quente" [sólo tibios al sol caliente] (Ricardo Reis); "que el viento mueve, esparce y desordena" (Garcilaso de la Vega); "en nuestros labios, de chupar cansados" (Francisco de Aldana); "El mar, y nada más" (Luis Cernuda); "I have measured out my life with coffee spoons" [He medido mi vida con cucharillas de café] (T. S. Eliot); "en la mutilación de la metralla" (Ramón López Velarde); "Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos" (Pere Gimferrer); "No basta ser cruel. Eres el último" (Jorge Luis Borges).

5. La mejor traducción. Las que hizo Andrés Sánchez Pascual de Nietzsche y de Jünger, y las que hizo Miguel Sáenz de Thomas Bernhard. Ya dije alguna vez que me parecen obras maestras del español.

6. Mejor cuento infantil. Sin duda, Pinocho. Me impresionó especialmente una versión televisiva que emitieron a mediados de los setenta. Era muy descarnada, casi traumática, hecha con actores de carne y hueso (a Pinocho lo interpretaba un niño peloncete llamado Andrea: me inquietó que un niño tuviese nombre de niña). Hace poco reviví el cuento gracias a las reflexiones que le dedica Paul Auster en La invención de la soledad.

7. La mejor novela policíaca. Las de mis dos detectives favoritos: Sherlock Holmes y Hércules Poirot. Más otra de Agatha Christie sin Poirot: Diez negritos.

8. La mejor biografía. Don Ramón María del Valle-Inclán de Gómez de la Serna, Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía de Safranski, Gustave Flaubert de Herbert Lottman, Noel Rosa: uma biografia de João Máximo y Carlos Didier, y O anjo pornográfico: a vida de Nelson Rodrigues de Ruy Castro.

9. La mejor novela de aventuras. La línea de sombra de Joseph Conrad, que cuenta la aventura del paso de la primera juventud a la (primera) madurez. El eje es la lucha contra un enemigo insondable e insidioso: la calma chicha en alta mar. Y otra de Conrad: El espejo del mar (en la traducción de Javier Marías), que habla de la aventura del mar a pelo, sin novela.

10. Las mejores memorias. Las de Nietzsche: Ecce homo. Un libro injustamente calificado de ególatra, cuando es un puro chisporroteo humorístico. Nietzsche se nos muestra más entrañable que nunca, y su autoironía es total. Incluye además unas sublimes páginas sobre la inspiración y el símbolo, a propósito de Así habló Zaratustra. En esa línea juguetonamente petulante siempre he adorado "La confesión desdeñosa" de André Breton (incluida en Los pasos perdidos). Otras memorias excelentes, y cuya escritura constituye un ejemplo de castellano diáfano, son las de Luis Cernuda: Historial de un libro. Y, por supuesto, la pentalogía autobiográfica de Thomas Bernhard. ¡Y el Mira por dónde de Savater!

11. El mejor himno. El "Himno a la Luna" de Leopoldo Lugones (incluido en Lunario sentimental). Si hubiera que escoger el de algún país, el brasileño, que dice la palabra "retumbante": "Ouviram do Ipiranga às margens plácidas/ de um povo heróico o brado retumbante". Ivan Lins tiene una versión del himno. Aunque él mismo compuso un himno mucho mejor, la canción "Meu país": "Aqui é o meu país/ nos seios da minha amada". ("Seios" significa, patrióticamente, "senos").

12. La mejor crónica o reportaje. La Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, en cuyo prólogo hace la siguiente declaración: "y a esta causa, digo y afirmo que lo que en este libro se contiene es muy verdadero, que como testigo de vista me hallé en todas las batallas y reencuentros de guerra; y no son cuentos viejos, ni Historias de Romanos de más de setecientos años, porque a manera de decir, ayer pasó lo que verán en mi historia, y cómo y cuándo, y de qué manera". Destaco también el informe que escribió Vargas Llosa sobre la matanza de Uchuraccay, en los Andes (que leí en uno de los tomos de Contra viento y marea). Y la historia de la bossa nova escrita por Ruy Castro, Chega de saudade. História e histórias da Bossa Nova: un magnífico reportaje de cuatrocientas páginas.

13. La mejor obra sobre Barcelona. Sin duda, los poemas de Jaime Gil de Biedma. En especial "Barcelona ja no és bona", con sus irresistibles pasajes: "Oh mundo de mi infancia, cuya mitología/ se asocia -bien lo veo-/ con el capitalismo de empresa familiar!". Y si tuviese que decir la mejor sobre Málaga: El otro reino de la muerte, titulado en otra edición Málaga en llamas, de Gamel Woolsey (que era muchísimo mejor escritora que su marido Gerald Brenan).

14. El libro más útil. Apariencia desnuda de Octavio Paz y Duchamp. El amor y la muerte, incluso de Juan Antonio Ramírez: ambos son utilísimos para aproximarse a la comprensión de una de las cosas fundamentales de esta vida, como es el Gran Vidrio de Marcel Duchamp.

15. La mejor novela psicológica. Por el camino de Swann, de Marcel Proust, que es el único tomo que he leído (¡por ahora!) de En busca del tiempo perdido: por las evocaciones de su infancia, las reflexiones sobre la magdalenesca memoria y el estudio, más que sobre los celos, sobre el amor no correspondido; con aquella inolvidable conclusión: "¡Y pensar que he malgastado los mejores años de mi vida por una mujer que no era mi tipo!". Aunque mi mayor descubrimiento literario relacionado con la psicología no me lo dio una novela, sino el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa: en él encontré que podía escribirse sobre la intimidad de un modo que yo jamás había sospechado.

16. La mejor fantasía. Las de Borges, en Ficciones y El Aleph. Y los cuatro primeros libros (hasta Relatos de poder inclusive: ni uno más) de Carlos Castaneda.

17. El mejor drama. Escogeré dos guiones de cine, y sus películas: Breve encuentro de David Lean y El apartamento de Billy Wilder. Las dos están relacionadas: cuando Wilder vio Breve encuentro, se fijó en el personaje que le presta el apartamento a la pareja de amantes. ¿Qué hará él mientras tanto?, pensó. Y ese fue el origen de su futura película. En Breve encuentro, por cierto, hay una frase memorable, cuando el protagonista le dice a la protagonista, para animarla a que acepte su invitación: "Vamos, la mediana edad sólo se vive una vez". (El drama, o la tragedia, es la disyuntiva entre el Orden y la Aventura.)

18. El mejor libro científico. La evolución del deseo de David M. Buss, que es como una operación de cataratas románticas para el corazón. También experimenté un gran placer científico con el desenmarañamiento que hace Dámaso Alonso del Polifemo de Góngora. Añado un ensayito de ciencia psicoanalítica: "Duelo y melancolía" de Freud (incluido en El malestar en la cultura).

19. El mejor tratado político. La Historia de Roma de Indro Montanelli: ahí está todo, pasado, presente y porvenir. Y también Jünger: Radiaciones (sólo los tomos de la Segunda Guerra Mundial) y La emboscadura.

20. La mejor obra cómica. Leyendo me he sonreído muchas veces, pero apenas me han salido carcajadas. Éstas se han producido, por ejemplo, con Pantaleón y las visitadoras de Vargas Llosa, La vida exagerada de Martín Romaña de Bryce Echenique y casi todos los libros de Thomas Bernhard (en especial Tala, El imitador de voces y los pasajes contra Stifter y Heidegger de Maestros antiguos).

21. La mejor frase de Cervantes. Esta del admirable prólogo del Quijote, tan justamente repetida: "procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo, pintando, en todo lo que alcanzáredes y fuere posible, vuestra intención; dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos y escurecerlos". (Vale.)

[Publicado en Kiliedro]

19.9.07

La infancia recobrada

Uso el título que le recomendó Gil de Biedma a Savater en lugar de La infancia recuperada. El filósofo, sin embargo, mantuvo el suyo, que viene de una traducción de Georges Bataille ("la literatura es la infancia al fin recuperada", de La literatura y el mal), por motivos sentimentales. Los motivos sentimentales nos desvían a veces de la mejor opción literaria.

Yo no fui un niño lector. Luego, cuando me aficioné a la literatura en la adolescencia, lo eché de menos. Y lo eché aún más de menos, con sentimiento de culpa incluso, cuando leí La infancia recuperada. Ese libro, que es una celebración del placer, para mí fue fuente de sufrimiento. Exagero un poco con la palabra: dejémoslo en desazón. Desazón melancólica. Era un desasosiego provocado por un placer no vivido y ya imposible de vivir. Ese insidioso sentimiento de pérdida de lo que no se ha tenido. Traté de repararla, a destiempo, y un verano entré concienzudamente en los libros de Guillermo Brown. Tenía algo de quijotesco, de ridículamente quijotesco, mi empeño; sólo que al revés: del mismo modo que Alonso Quijano sale de sus lecturas antiguas al mundo moderno, yo salía del mundo moderno a unas lecturas antiguas... y en busca de una infancia más antigua aún que la mía (y que, además, no era la mía). Si Guillermo y sus amigos me hubieran cazado leyéndolos, se hubiesen tronchado igual que los venteros de don Quijote.

También leí, cómo no, La isla del tesoro. Me gustó, pero no a esos extremos celebrados en La infancia recuperada. Creo que es al final de Apología del sofista donde Savater describe a Jim Hawkins escuchando un eco de las carcajadas de John Silver alejándose con el tesoro. Cuando leí ese pasaje, sentí que el tesoro que se había llevado el pirata era el de la infancia lectora que no tuve. Pero el propio Savater me sacó de ese estado melancólico poco tiempo después. Fue en una conferencia, en que habló de las tribulaciones de su traductora al inglés por encontrar la cita que el filósofo había puesto al comienzo del capítulo sobre La isla del tesoro de La infancia recuperada: "Mis ojos se extasiaron ante el mar infinito". La traductora se había releído minuciosamente la novela de Stevenson y no había encontrado esa frase. Entonces Savater recordó que no era del libro, sino de una adaptación radiofónica, que fue como escuchó la historia de niño por primera vez. Y yo comprendí ahí, de sopetón, el ridículo de esos años míos de nostalgia adolescente por la infancia perdida. Ceporramente me había enroscado (sería el famoso bucle melancólico) en la palabra lectura, referida a libros exclusivamente: sin haber tenido en cuenta la cantidad de tebeos que yo leí. Ni las toneladas industriales de dibujos animados, películas y series de la televisión. Incluida una maravillosa adaptación de La isla del tesoro que habían emitido en varios capítulos los sábados por la mañana, cuando yo tenía ocho o nueve años.

De pronto, con incredulidad, volví a sentir mi infancia llena. Por aquel entonces era aún pronto para la nostalgia generacional, pero unos años más tarde ya empezaría a ser frecuente entrar en trance con los amigos recordando la mitología infantil común (de la que no tardarían en aparecer memorias alusivas, como Los niños de los Chiripitifláuticos de Ignacio Elguero). Por volver a Gil de Biedma, al final todo adulto puede repetir, recordando su niñez, estos versos suyos: "De mi pequeño reino afortunado / me queda esta costumbre de calor / y una imposible propensión al mito".

Me río al recordar la profusión de personajes, y de locuras, de la televisión de entonces. Y me asombro al comprobar que ocurría algo que hoy parece imposible: cómo, entre los dibujos animados, las marionetas, las pipis y los locomotoros, nos bebíamos con la misma delicia peliculones de John Ford, Howard Hawks o Raoul Walsh. Una amiga, que debió de ser una niña bastante aplicada, me confesó una vez que los sábados por la tarde, mientras emitían la película de Primera sesión, se encerraba en su cuarto a leer los Episodios nacionales de Galdós. A mí me hubiese encantado, desde luego, leer de niño los Episodios nacionales... pero no los cambio por aquellas tardes en que salíamos, tras el "The End", a prolongar la película en la calle, dando alaridos como pequeños arrapahoes. Aquellos fueron (volviendo a Savater) nuestros genuinos episodios pasionales.

Y, junto con la televisión, los tebeos. Recuerdo el primero que leí. Por casa había ya unos cuantos, que yo había repasado muchas veces pero fijándome sólo en los dibujos, sin leerlos: sencillamente, no se me había ocurrido. Uno de esos tebeos era un álbum de Mortadelo y Filemón: El otro "yo" del profesor Bacterio, título que mi hermana y yo llevábamos tiempo leyendo así: "El otro, yo, del profesor Bacterio". Una tarde, o una noche, me encontraba solo en el cuarto mientras el resto de la familia veía la tele en el salón. Me veo sentado en la cabecera de la cama, con el álbum de Mortadelo y Filemón en las manos y decidiendo, de un modo confuso, hacer con la primera viñeta eso que hacíamos en la escuela: leer. Me asombró notar que los personajes hablaban, como en los dibujos animados. Y me asombró aún más ver cómo la historia iba avanzando, de una viñeta a otra, de una página a otra... ¡como en una película! Era algo que nunca me hubiera imaginado. Me veo cerrando la última página con una sensación de incredulidad y de gozo. Me veo saliendo al salón y observando a mis padres y mi hermana en el sofá, extrañado de que sus gestos siguiesen siendo cotidianos. Algo había cambiado ya, sin que yo me diese mucha cuenta de ello. Había descubierto que existía otro mundo.

A partir de entonces leí y leí tebeos, de todo tipo y de toda extensión. Aunque, quizá a causa de aquel momento inaugural, siempre preferí las historias largas y, a ser posible, los álbumes con pasta dura: Mortadelo y Filemón, por supuesto, y Astérix, Tintín, Lucky Lucke o el Teniente Blueberry. También los Clásicos Bruguera (mucho Verne y Dickens y Walter Scott, aunque en tebeo); y biografías dibujadas de personajes célebres. Los primeros libros "sólo de letras" que leí fueron dos de Salgari: En las fronteras del Far West y La ciudad del rey leproso. Me gustaron, pero no tanto como para leer más: seguí prefiriendo los tebeos. Mi primera pasión libresca llegó con Agatha Christie. Estuve casi dos años leyéndola sólo a ella (me niego a contar las lecturas escolares, obligatorias). Hasta que, ya con dieciséis, cayeron en mis manos tres libros que me hicieron descubrir la literatura, en lo que a "placer del texto" se refiere (placer que podía suplir la ausencia de asesino y de investigación): Cien años de soledad de García Márquez, La guerra del fin del mundo de Vargas Llosa y Memorias de un niño de derechas de Francisco Umbral. Poco después llegaría también Savater. A él me encanta leerle sobre autores a los que no leeré nunca, o que nunca disfrutaré como él. Pero mi placer particular consiste en recrearlos sólo un momento, cuando él los cuenta. Con Borges me ocurre igual. Soy un lector con muchos defectos, pero que sabe disfrutar con las lecturas de otros: soy un buen lector de buenos lectores.

[Publicado en Kiliedro]

8.8.07

Sin esfuerzo

Este es un artículo perezoso. Hecho sin hacer –por picoteo. Es verano. Se anuncia un azote de calor del Sáhara y yo tengo puesto el ventilador. Escucho el último disco de Caetano Veloso, . He perdido el hilo, el de mi vida; pero aún se mantiene cerquita. Me bastaría con hacer un fácil esfuerzo con la mano. La tierra rebosa de felicidad. Por eso solemos caminar unos palmos por encima. Estamos en las etapas montañosas del Tour: por las laderas, centenares de ready-mades –ruedas de Duchamp (sin taburete) tomándose a sí mismas demasiado en serio.

Quería haber escrito sobre Octavio Paz. Sobre la pasión que tuve por él hace veinte años. Entonces solía encontrárseme con los pies en las piscinas –sentado en los bordes mientras leía sus poemas. Era una experiencia erótica. Creo que nunca ha habido un lector mejor de Semillas para un himno: "Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida, / bahía donde el mar de noche se aquieta, negro caballo de espuma, / cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro, / boca del horno donde se hacen las hostias, / sonrientes labios entreabiertos y atroces, / nupcias de la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible / (allí espera la carne su resurrección y el día de la vida perdurable)." Veo ahora que la sección donde está ese poema, "Cuerpo a la vista", se titula El girasol. En el que le dedicó a Luis Cernuda había todo un programa (ético y poético): "Con letra clara el poeta escribe / sus verdades obscuras / Sus palabras / no son un monumento público / ni la Guía del camino recto / Nacieron del silencio / se abren sobre tallos de silencio / las contemplamos en silencio". Octavio Paz decía cosas que no decía nadie. En "La palabra edificante" por ejemplo, también sobre Cernuda, que era "el poeta menos cristiano" de la literatura española. Cernuda, a su vez, le dedicó el poema "Limbo" a Octavio Paz, que termina con aquel verso insuperable: "Mejor la destrucción, el fuego". Ayer en el telediario salió que un tipo había robado un tanque no sé dónde y con él se había dedicado a destruir una fábrica. Hace años se produjo otro suceso en que se aliaron "la destrucción y el amor". Un hombre se subió a una excavadora y avanzó en línea recta hasta la casa en la que vivía su amada, arrasando todo lo que encontró a su paso (vallas, jardines, coches, otras casas). Recuerdo que Savater dijo a propósito que habría que hacer algo así al menos una vez en la vida.

Fue por Savater por quien me aficioné a Octavio Paz. Al principio a éste, antes de haberle prestado atención, lo veía como uno más de los "autores iberoamericanos" que nos soltaban sus monsergas retóricas en 300 millones. Eran todos como variaciones de Pepe Domingo Castaño, que los presentaba. Aquello era como un programa religioso en que siempre estaban predicando la tabarra de la Hispanidad. Engolamiento a lo Joaquín Soler Serrano que, es cierto, los superaba a todos. Un día me interesó algo que Octavio Paz dijo en la radio, sobre las diferencias entre la amistad y el amor; pero no fue suficiente. Hasta que no supe que era amigo de Savater (por una alusión de éste en Sobre vivir), no me decidí a leerlo. Sí, así es como funciono: necesito que el personal me llegue con avales. Empecé por Pasión crítica y la antología de Júcar (¡amarilla, que leí sobre el verde césped del campus de Letras, como prefigurando mi afición brasileñista!). Luego devoré todo lo demás, ensayos y poemas, en una chisporroteante hoguera de admiración. Eso es lo que hubiera querido contar aquí, explicando mis razones; pero de nuevo me canso. En cuanto me aplico para adoptar un tono riguroso, me invade la pereza. El calor centrifuga la profundidad. Aunque no hace calor en mi escritorio: el ventilador emite una incesante brisilla artificial. Caetano Veloso sigue en el equipo de música, aportando su tropicalismo. Yo podría ser un detective de Rubem Fonseca, o mejor el Espinosa de Garcia-Roza, instalado en un cuartucho de Río de Janeiro. Escribo tratando de aclarar el caso. El caso es que el mundo es un resorte criminal (confuso). Y también es que he estado leyendo el Afterpop de Eloy Fernández Porta y me siento "un bulto solemne, de repente antiguo".

Luis Cernuda le dedicó un poemita al cacharro: "Aún queda, brusca delicia, / La que abre tu caricia, / Oh ventilador cautivo". La diferencia con el aire acondicionado es que éste no acaricia. Refresca pero sin tocar: es más socialdemócrata. Muchos suicidios en Suecia se evitarían con ventiladores. Aunque allí no existe el ventilador, porque no hace falta. Puede que los suecos se vengan al Sur no en busca de nuestro sol sino de nuestros (acariciantes) ventiladores. En verdad, dos cosas quedan en el litoral mediterráneo, dos únicas cosas: la luz y la brisa. Todo lo demás es horror. Fealdad, ruido, abyección, corrupción, asesinato. Pero, entre los horripilantes montones de detritus, aún circula la brisa. Y se cuela la luz o cae (a veces aplastando, qué euforia, sin piedad). Hay un tercer elemento, pero hay que asomarse al horizonte: el azul del mar; el azul flotante, ya separado o abstraído del mar. Un azul con frecuencia rayado por el cretino de la moto acuática, pero en permanente proceso de autorrestitución. La nada es azul. Un día el azul nos tragará y seremos felices (o al menos puros). Podría modificarse el último verso del "Limbo" de Cernuda: "Mejor la destrucción, el azul". El azul del cielo. En lo de "ir al cielo" lo sustancial es "ir al azul". Al fin y al cabo, el azul del mar es un azul prestado del cielo. En cuanto al horrendo litoral: sólo la brisa nos absuelve. Y la brisa, la fresca brisa que suscita el ventilador es una absolución doméstica, pequeñita. (Me vale para echar la mañana.)

El aspecto adocenado de Octavio Paz, si se mira bien, era un logro. Llevar una vida literaria de premios, congresos, conferencias y presentaciones es una de las posibles vías purgativas para la iluminación. Él mismo contaba que, cuando le dieron el primer premio importante, dudó si aceptarlo o no. En un lado, pensaría, están los capitostes huecos de la literatura; en el otro, Baudelaire, Rimbaud y los demás rebeldes vivos. Fue a consultarle sus dudas a un santón (se encontraba en la India) y éste le dijo: "Sea humilde, acepte el premio". Hay un momento en que lo ridículo es el aspaviento. Salinger, por ejemplo, dándole el manotazo a la cámara y encerrado en su búnker de uralita. Nietzsche, una vez más, indicó el camino sabio (y socarrón): "Un oficio es algo bueno: lo interponemos entre nosotros y los demás y así tenemos un escondite tranquilo y artero y podemos hacer y decir lo que todo el mundo considera que tiene derecho a aguardar de nosotros. También puede utilizarse de ese modo una fama precoz: suponiendo que, detrás de ella, pueda nuestro yo, sin que se lo oiga, volver a jugar libremente consigo y a reírse de sí mismo". Suponiendo eso último, por supuesto. En el otro extremo: los malditos sin humor, que llevan su malditismo con docilidad de oficinistas (léase la biografía de Haro Ibars al respecto).

Me gustó saber que Octavio Paz era amigo de Cioran: ese fue el aval definitivo, en los comienzos. Según contaba Savater, a Cioran le gustaba el soneto que termina "Y nada queda sino el goce impío / de la razón cayendo en la inefable / y helada intimidad de su vacío". Ahora, repasando la Breve historia del ensayo hispanoamericano de José Miguel Oviedo para ver si me animaba a escribir sesudamente sobre Octavio Paz, doy justo con un Cioran colombiano cuya existencia desconocía: Nicolás Gómez Dávila, que es con quien Oviedo concluye su libro. Este Gómez Dávila, nacido en 1914 como Paz y que no sé si aún vive (el Google lo abriré después), es autor de un único libro: Escolios a un texto implícito, que publicó muy tarde ya en su vida, en 1977. Dice Oviedo: "El título contiene una irónica alusión a ese largo silencio: el libro es el epílogo a una obra que no existe, que se omitió para dar vida sólo a unos fragmentos". Vienen unos cuantos y son, en verdad, cioranescos: "Nuestra última esperanza es la injusticia de Dios"; "Las verdades convergen hacia una sola verdad -pero las rutas han sido cortadas"; "La historia sepulta, sin resolverlos, los problemas que plantea". ¡Hay que conseguir ese libro! Y vaya con los colombianos: tenían a su Bernhard (Fernando Vallejo) y ahora resulta que también a su Cioran. Y el mundo dándole atención al mentecato de Macondo.

Me he pasado ya en unas líneas de la extensión habitual. Al final he despachado este artículo como yo quería, sin esfuerzo (creo que no he gastado ni una sola neurona). Caetano Veloso canta ahora "Homem" ("Hombre"), en que cuenta qué es todo aquello que no envidia de la mujer: ni la maternidad ni la lactancia ni la adiposidad ni la menstruación ni la sagacidad ni la intuición ni la fidelidad ni el disimulo. Sólo tiene envidia de dos cosas: "da longevidade e dos orgasmos múltiplos". "Eu sou homem", apostilla melancólicamente. Yo también.

[Publicado en Kiliedro]

26.6.07

Sociología de la caseta

Los libros me gustan en las librerías. A la Feria sólo voy, lo reconozco, para ver famosetes en sus casetas. Con la música me pasa igual: me gusta quietecita en sus grabaciones; si acudo a los conciertos es únicamente por sentir el fechitismo de los cantantes ao vivo (suelen ser de Brasil).

La acumulación de libros me marea. No soy de los que se concentran en el suyo, sino de los que no pueden dejar de pensar en todos los que no están leyendo mientras leen el suyo. Siempre he sido sensible a argumentos como los de Gabriel Zaid en Los demasiados libros, que es otro libro. La Feria del Libro la veo, en cierto modo, como una maldición. O como una erupción obscena en pleno parque. Estaban allí los tranquilos vegetales (limpiamente antibaudelerianos), y de pronto plantan las casetas con sus podridos frutos. Y algunas, las que yo busco, también con bicho. No recuerdo quién era el que lo decía (¿Manuel Vicent?), pero lo cierto es que la caseta con su escritor firmando es una caseta con bicho. Sólo ante ella me detengo.

No suelo decir nada. De hecho, jamás le he dicho nada a ningún escritor (salvo a Vargas Llosa, pero eso lo contaré otro día). Tan sólo me planto y observo. El escritor no tarda en darse cuenta. Y se pone nervioso: especialmente si está recibiendo los elogios (por lo general baratísimos) de algún fan. El caso que recuerdo con mayor regocijo fue el de Jiménez Losantos hace un lustro. Sus fans le soltaban enormidades que él recibía con cierto pudor, pero sin violentarse. Entonces advirtió que yo (un desconocido con cara de palo, para él) estaba siendo testigo. Vi cómo se avergonzaba.

A otros les falta ese pudor. A Antonio Gala, por ejemplo: siempre dispuesto a recibir su elogio y a lucirlo en la pechera de su jersey color pastel. Gala firma con el gesto del que pide pomada (que es lo que da en su prosa: quid pro quo). Al verlo tan encorvadillo, me acordé de un programa de Canal Sur en que presentó sus poemas hace unos meses. Antes de leer uno, avisó con voz quebrada: "Escúchenlo bien. Es conmovedorrr". Lo escuché bien, pero, naturalmente, la conmoción no se produjo: contraviniendo las premisas estéticas del siglo, el poetiso había puesto el carro por delante de los bueyes. (Gala es de los que siguen creyendo que una rosa puede conmover sólo porque es una rosa: en este sentido, no deja de tener su heroísmo trasnochado.) El día que lo vi estaba Carmen Posadas en el otro extremo de la caseta, y aquello parecía una competición para ver quién se había gastado más en cremitas para el cutis. Pero mientras que la cola de Gala era sólida, la de Posadas se reveló volátil. Terminó de firmarle su ejemplar a una chica, y todos los que iban detrás se retiraron: era una cola sólo de mirones.

En cualquier caso, uno percibe a Gala y a Posadas como escritores flojitos, pero no como impostores. Los impostores son otros: concretamente los hautores de libros de autoayuda. Estos son libros que, por cierto, pueden prestar ayuda efectiva: pero eso depende al 99% de los lectores (como les ocurriría con los libros que no son de autoayuda). El primer autoayudista con el que me crucé fue Bernabé Tierno, que lucía su cara descolorida y asténica debajo de un cartelón con la portada de su libro: Optimismo vital, ilustrada con una corbata de pajarita roja. La imaginación de uno (que en verdad ama la alegría) vuela hacia la jeta de un Chencho Arias antes que a la del tierno besugo que tiene delante y que en este momento le está diciendo a una clienta: "Léelo bien, que te va a cambiar la vida". (El tuteo optimistozapateril expandiéndose como fórmula comercial homologada.) Más allá estaba otro predicador tristón de la felicidad: Enrique Rojas, con su Adiós, depresión. Y, por fin, mi tahur favorito: Jorge Bucay, el Jabalí de la Pampa. Le lancé una mirada de odio, por ver si la notaba; pero creo que el tilín tilín de su caja registradora le nublaba la vista. La puntilla se la dio una fan, involuntariamente, en otra caseta. Escuché que le pidió al dependiente: "Un libro de Bucay. Y si no tiene, uno de sudokus". (¡Esa sí que sabe lo que es la autoayuda!)

Rozando el género, aunque salvándose en el fondo porque lo que hace es ayudarse descaradamente a sí mismo, estaba Sánchez Dragó. Presentaba su libro Derechazos. Pero al lado, vendiéndolo a la vez, tenía otro antiguo: El sendero de la mano izquierda. Un target amplio, a diestra y siniestra, del que sólo quedan fuera los paladares literarios exquisitos, que son (¡somos!) una ruinosa minoría.

Entre caseta con bicho y caseta con bicho, suenan de vez en cuando los altavoces, anunciando más bichos. Esta vez me conquistó un nombre: Isabelo Herreros, que no sé qué ha escrito. ¡Isabelo! ¡A ese ya se lo escribieron todo en la pila bautismal! También llegan, como bofetadas, títulos imposibles. La fabulación del plectro, juraría que oí. (Si Dios tuviese malicia, su autor sería el mismísimo Isabelo Herreros, a pesar de la asonancia, y no el otro con cuyo nombre no me quedé.)

Me impresionó ver a César Vidal, enorme (¡y lampiño!) como hipopótamo en camisa de verano. Un amigo mío le llama, con irresistible mal gusto, "la gorda macho de la Cope". Más allá estaba también Cristina López Schlichting, que supongo que será la hembra (se lo tengo que preguntar a mi amigo). Firmaba el libro Hablando de sexo con Cristina, y yo mismo estaría gustoso de hacerlo: a mí esa mujer me va. Vidal tenía un guardia de seguridad filtrando la cola, y una que pasó dijo: "Con guardia de seguridad. ¿Por qué será?". Delante de la de Schlichting escuché esto otro: "No se morirá, hija de puta". De modo que existe, pues, la famosa crispación: sólo que lanzada desde los palacetes del talante. Creo que esos dos venían de la caseta con la fila más larga: la de Joaquín Sabina. De éste había leído un par de días antes una de esas frases folklóricas y autocomplacientes con que nuestros acomodados rebeldes se descuelgan de vez en cuando: "Almudena Grandes y yo tenemos el mejor público de España". Está claro que muchos habían picado y, numerosos en la cola, querían sentirse los mejores (facturándole al factótum).

Igual que en los salones de la alta sociedad, se dan también coincidencias odiosas (para los protagonistas). Como en una caseta donde estaban León Arsenal y un tal Jorge Magano (¡le apunté el nombre!), ambos con camisa negra y con perilla. Tipos originales y se supone que con muchísima personalidad, pero repetidos como burbujitas de Freixenet. En otra caseta estaban Ian Gibson y Benjamín Prado, tal vez espiándose de reojo para que el otro no le quitase cacho de la Guerra Civil. En ocasiones la caseta hace al monje, como la de Torremozas, con unas mujeres de armas tomar (¡había una con gafas negras atusándose el pelucón!). O la caseta católica, o la caseta comunista, o la caseta alternativa, o la caseta rockera, o la caseta zen: todas con bichos uniformados hasta en los gestos. Mario Luna vendía su Sex Code disfrazado de galán metrosexual (igualito que si Melville se pusiese a vender Moby Dick disfrazado de ballena blanca). Y el librero de la caseta donde el congoleño Miampika firmaba sus Voces africanas llevaba puesta una camiseta de Coronel Tapioca (¡lo juro!). Por cierto, que la de la Editorial Mundo Negro tenía un cartel que parecía un reclamo facha: anunciaba la revista Aguiluchos.

Luis Alberto de Cuenca llevaba una camisa que le hacía parecer un componente secreto del Dúo Dinámico (habría tomate entonces: un dúo que en realidad es trío... ¡más dinamismo aún!). Mercedes Abad producía ternura por ser una feílla con sombrerito, muy coquetamente puesto. Lucía Etxebarría, como siempre, estaba como al borde del estallido físicoemocional. Rafael Reig exhibía con excesiva desenvoltura su cubata, obediente a su fama de campechano. Y Marta Rivera de la Cruz miraba el río de lectores que pasaban de largo, con los codos apoyados en el mostrador y la cara encajada en las manos: ella sí tenía tiempo de pensar en su próxima entrega. Recordé lo que había dicho unos días antes en el programa de Sánchez Dragó. Este había entrevistado al tal F. M., con su parafernalia de iniciales y luces que dejan en sombra la cara, y después la escritora dijo (ya con focos): "Yo le diría a F. M. que no hace falta que se esconda tanto, porque nadie se fija en los escritores".

Y así es (descontando casos enfermizos como el mío). En realidad, someterse a los focos y a las entrevistas y dejarse encerrar en una caseta son gestos de humildad. La Feria del Libro es, pues, una Tebaida, con sus cuevas llenas de santitos: penitentes todos, triunfadores y fracasados. Y con sus guapas libreras, como vírgenes (¡pecadoras!) en sus hornacinas.

[Publicado en Kiliedro]

19.5.07

Un poncho sin Ortega

Ya saben por qué dejé de leer a Francisco Umbral: porque en un desdichado momento escribió que Octavio Paz, a quien yo admiraba, era "un Ortega con poncho". Veinte años después me doy cuenta de que, si invertimos los términos de ese insulto, obtenemos una definición exacta del propio Umbral. En efecto: Umbral es un poncho sin Ortega. Es decir, un armazón (inflado) sin filósofo dentro.

Mi relación con Umbral, desde entonces, es la de no leerlo. En su tiempo me sedujo y me apasionó. Recuerdo bien el flechazo. Primero fue la atracción de un título: Memorias de un niño de derechas. En seguida, la dedicatoria, una de las primeras encarnaciones de la Literatura ante mis ojos: "A los desvencijados niños de la guerra, que comieron conmigo el pan negro de salvados y la tajada del miedo". Yo quería ser Umbral, naturalmente, y leí todo lo que había escrito hasta entonces. Su novedad de aquella temporada fue Las giganteas, que me encantó. Y en El País tenía diariamente su Spleen de Madrid. Me divertía escucharlo en las entrevistas: esa pose ególatra y cortante, mientras en sus libros aparecía como un hipersensible, un sentimental. En aquel tiempo leí el librito de Luis Antonio de Villena sobre los dandys, Corsarios de guante amarillo, y Umbral me parecía un buen modelo. En los artículos que yo escribía para la revista del instituto lo imitaba. Y mi amigo Nadales, conocedor de mi devoción, me regaló un foulard rosa el día que cumplí diecinueve años.

Aguanté hasta La belleza convulsa, que es una de sus obras que prefiero. Pero recuerdo que ya entonces tuve que dejar pasar que ese libro saliese a la vez que aquel otro infecto, de infecto título: Pío XII, la escolta mora y un general sin un ojo. En las entrevistas Umbral se ponía ciniquillo. Declaraba que la editorial le dejaba publicar aquella otra, presumiblemente deficitaria, a cambio de ésta, que parecía rentable (había sido finalista del Planeta, además). Pero yo, como fan de Umbral, no le reía ya esos apaños.

El caso es que la actitud cínica tiene su fin en el aficionado. Un día se extingue. Y la actitud esteticista también. Y la egotista. El cinismo, el esteticismo y el egotismo, llevados con garbo, suelen ser seductores. Captan adeptos. El seducido se lee todo lo publicado hasta esa época por el autor en cuestión. Y lo disfruta. Si el autor está muerto, la seducción se mantiene íntegra, sin ocasión para desmentidos. El problema es cuando el autor vive. El propio Umbral dijo que una desgracia frecuente es que "la vida suele ser más larga que la biografía". A Umbral le pasó eso. Al menos en lo que respecta a la biografía que acuñó mi afición. Simplemente, un día Umbral se murió para mí: pero siguió publicando. A veces pienso que Umbral es nuestro mejor escritor muerto.

Otro autor al que sigo desde la misma época es Savater. Y esta afición, en cambio, se ha mantenido. A Savater lo leo hoy con el mismo interés que en 1982, y con más incluso. La clave está en que es un autor con ideas. El autor con ideas que vive en nuestra misma época es eso que el propio Savater usaba para definir a Octavio Paz precisamente: "un contemporáneo esencial". Sus ideas le abren al mundo, quizá porque son el fruto de esa apertura al mundo. El mundo, naturalmente, es histórico, es cambiante. Por eso lo que nos va diciendo el autor con ideas no se agota. No depende enteramente de la seducción de un estilo (fundamentado en la hipertrofia de un ego). El cincuenta por ciento puede darlo su estilo, sí; pero el otro cincuenta por ciento lo da la realidad. Podría decirse que en el autor con ideas, el estilo es un reflector que ilumina la realidad. En el autor únicamente retórico, en cambio, el estilo no es más que el foco de su escaparate.

En autores como Umbral la realidad hace ya mucho tiempo que se ha esfumado, si es que ha estado en ellos alguna vez. Esa puede que sea la cuestión: esos autores son dispensadores de irrealidades, aposentadas enteramente en su capacidad seductora. Cuando la seducción muere, mueren también el autor y sus irrealidades. Recuerdo lo que escribió una vez Arcadi Espada sobre Josep Pla: "Construyó una lengua con la que finalmente era posible decir la verdad." Umbral, en cambio, ha construido una lengua en la que es imposible decir la verdad. Con la lengua de Umbral se pueden hacer muy buenas frases y muy buenas metáforas. Salen páginas espléndidas... pero sin una sola idea ni una sola verdad. La lengua de Umbral es una lengua construida estrictamente para marear la perdiz. O lo que es lo mismo: para el lucimiento retórico. Es una máquina de emitir papel moneda verbal inflacionario, sin oro de lo real que lo respalde. Llegados a este punto, no está de más citar a Gil de Biedma: "Además de un medio de arte, la prosa es un bien utilitario, un instrumento social de comunicación y de precisión racionalizadora, y no se puede jugar con ella impunemente en la poesía, durante años y años, sin enrarecer aún más la cultura del país –una cultura sometida a graves tensiones, lastrada por el peso de una casi invencible e inveterada insensatez– y sin que la vida intelectual y moral de sus clases ilustradas se deteriore".

El poncho de la retórica, pues, no basta. Es necesario que dentro haya un filósofo. Aunque sea Ortega.

[Publicado en Kiliedro]

19.4.07

El arte es un bebé

Al ir a escribir sobre arte siento la presión de los miles de libros de estética que no he leído. Reconozco que, en el fondo, estoy condenado a la frivolidad. Pero también me acuerdo de la relación física que tenía André Breton con las obras: su criterio estaba fundado en el airecillo que le corría por las sienes, o en la ausencia de ese airecillo. Desde hace años deambulo por los museos y las exposiciones con el gesto de un amante hastiado, difícil de erotizar. Suelo percibir sólo retórica y muerte (hojarasca y parálisis), y admito que el cincuenta por ciento como mínimo puede corresponderme a mí: a mi incapacidad para descifrar un lenguaje, o de atisbar vida. Por eso quizá no está mal que hable cuando me he emocionado. Lo que no sé de arte forma también parte de mi emoción.

Ha ocurrido con la exposición de Ron Mueck en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga. Las fotos de prensa ya resultaban llamativas. También los titulares que hablaban de "un bebé de cinco metros". Mi amigo Hervás estuvo en la ciudad los días de la inauguración y una mañana fuimos a verla. Antes de entrar en la sala, nos paramos a desayunar en la cafetería del propio CAC. Era Domingo de Ramos. Había mucha gente entrando y saliendo. Un póster del enorme bebé presidía los desayunos. Ahí leí por vez primera que se trataba de una niña: "A girl". Lo que en las fotos yo había interpretado (sin fijarme mucho) como pene era el cordón umbilical. Hervás dijo de pronto que no quería entrar, que le iba a dar grima. Yo tampoco entré entonces. Me quedé sintiendo la obra desde fuera. Había algo en el ambiente: un magnetismo, una perturbación. Recordé las palabras que le dijo Picasso a Jünger, según consigna éste en su diario: "Mis cuadros causarían el mismo efecto si, una vez acabados, los envolviese y sellase, sin mostrarlos. Se trata de manifestaciones de índole directa". También pensé que yo nunca he sentido nada en los alrededores del Museo Picasso; ni apenas dentro.

Al bebé lo vi unos días más tarde. Concretamente el Viernes Santo (esta vez en compañía de Sonia, que sí entró). El hecho de que estuviésemos en Semana Santa añadió simbolismo, sin duda. La noche anterior di en el zapping con los momentos finales de La Pasión de Cristo de Mel Gibson. Yo desprecio profundamente a Mel Gibson. El plano cenital de Braveheart sigue siendo el momento más bochornoso de la historia del cine. La agonía en la cruz también era efectista, hecha de brillos baratos. Pero hubo algo que me impresionó: aquel Cristo herido y barbudo, gruñendo en arameo, tenía algo de hombre de neandertal. De repente se había colado un zarpazo de rotundidad antropológica. Y esa rotundidad la advertí también en el bebé. Era una niña, pero también podía ser el Cristo del "Viaje de los Magos" de Eliot, acerca del cual el narrador se pregunta: "¿se nos llevó tan lejos a buscar / Nacimiento o Muerte?". En el Niño ya está el Crucificado. Lo que nace, muere; pero lo que muere es porque ha nacido. Ante el bebé de cinco metros uno se da cuenta de que lo decisivo es nacer.

Uno se encuentra en la sala con algo arrojado, como el ser-ahí (el hombre) de Heidegger. Es enorme pero está tendido, desvalido: queda por debajo de nosotros. En realidad queda a nuestra misma altura, porque no tiene pedestal (sólo un delgado soporte que hace más bien de suelo). El pasmo con que lo miramos proviene de que lo reconocemos como uno de los nuestros. Somos nosotros mismos, despojados de todo, hasta de la vida vivida, de la experiencia. En ese ser, nacido hace unos minutos, sólo hay presente frágil y futuro incierto. Nos recreamos en su situación con una suerte de narcisismo existencial. Advertimos la herida, pero también la fuerza. Más que en Heidegger y su "ser para la muerte", el bebé nos hace pensar en la filosofía de la natividad de Hannah Arendt: "El milagro, que interrumpe siempre de nuevo la marcha del mundo y el curso de las cosas humanas, salvando de la perdición..., es en definitiva el hecho de la natalidad, el haber nacido... El milagro consiste en que en general los hombres nacen y a la vez nace el nuevo comienzo que, gracias al nacimiento, ellos pueden realizar por la acción". En este sentido, el que el bebé sea una hembra le añade potencia a la obra (la redondea conceptualmente): es un bebé del que podrá nacer otro bebé.

Entre el público predomina la sorpresa: la sorpresa ante lo que todos conocemos, ante lo que todos hemos visto y hemos sido. Se admira el realismo (el hiperrealismo) del artefacto: con qué prodigio están reproducidos los detalles (la postura, la expresión, la humedad de la piel, los restos de sangre, los pelos, las uñas...). Pero perturba el tamaño. Algunos esgrimen críticas: ese rosa es como de muñeco, de Nancy o Barriguitas; parece un ninot de las fallas; ¿qué mérito artístico tiene eso?; da bastante asco. Otros establecen asociaciones: tiene cara de boxeador machacado; su cabeza parece olmeca; podría ser la mujer del Etant Donnés de Duchamp, tendida igual; esa es la cara de los viejos de Brueghel; es una extraña mezcla de estatua clásica y expresionista. Los niños lo miran como mirarían a una cría de King-Kong. Pero lo más destacable es que todos lo entienden. Es un arte inmediatamente comprensible, tanto para los que lo aceptan como para los que lo rechazan. En unos produce un deleite superficial (por el parecido, por el mérito artesano), en otros inquietud metafísica, en otros alegría y ganas de vivir, en otros repulsión. No sé por qué, me viene la expresión arte popular, y pienso en un arte sin retórica entorpecedora, un arte transparente, que permite ver lo que hay más allá del artificio: la claridad, la oscuridad; la vida.

Esta obra me ha reafirmado en algo de lo que cada vez estoy más convencido: de que el arte tiene que ver menos con la belleza (y con la bondad) que con la verdad. Aunque lo cierto es que podría rescatarse la tríada platónica bondad-belleza-verdad si el criterio de determinación de las dos primeras lo depositásemos en la última. Es decir: es la verdad lo que otorga belleza y bondad. Sería una suerte de platonismo terrible fundamentado, nietzscheanamente, en la inocencia del devenir. El bebé de Mueck (que somos nosotros y es el arte) nos ilumina en este camino. Y también Bernhard, mi matraca, en las frases con que termina El sótano: "Nos hemos vuelto capaces de resistir, y no se nos puede derribar ya, no nos aferramos ya a la vida, pero tampoco la vendemos demasiado barata, quise decir, pero no lo dije. A veces levantamos la cabeza y creemos que tenemos que decir la verdad o la aparente verdad, y la volvemos a bajar. Eso es todo".

[Publicado en Kiliedro]

18.3.07

El ángel pornográfico

Hay un escritor brasileño que es otro artista de la repetición, como Thomas Bernhard: Nelson Rodrigues (1912-1980). Que yo sepa, no está traducido en España. Andújar, que se ha entusiasmado con él, me ha traído de Brasil su biografía O anjo pornográfico, escrita por Ruy Castro, dos antologías con más de cien historias de A vida como ela é... y un estuche con la adaptación televisiva que de esta última realizó Daniel Filho para la cadena Globo, que incluye en los extras una deliciosa entrevista a Nelson Rodrigues hecha por Otto Lara Resende. Uno se sumerge en todo este material y sale con un nuevo ídolo literario.

Lo curioso es que hace seis años, en una librería de Río de Janeiro, tuve un ejemplar de El ángel pornográfico en mis manos. Lo hojeé y me interesó... y sólo me disuadió de comprarlo el recuerdo de mi maleta, ya cargada de libros y discos en la habitación de hotel a esas alturas del viaje. Al recibirlo ahora de Andújar, sin yo habérselo pedido, y sin que hubiésemos hablado nunca de él, he vuelto a pensar que algunas lecturas, precisamente las decisivas, están regidas por una gozosa fatalidad. Y ésta me ha llegado en el momento justo: hace seis años quizá era demasiado pronto. Es ahora cuando me interesa la literatura obsesiva, repetitiva, neurótica... aunque no toda, sino sólo la que no resulta pesada, la que es ligera. Ligereza en la repetición: he ahí la clave de este arte, en el que Nelson Rodrigues es maestro. El propio autor lo exhibió en un momento de autoconciencia: "Soy un columnista que se repite con un límpido impudor. No tengo el menor escrúpulo en usar doscientas, trescientas veces la misma metáfora". No sólo en los recursos estilísticos y en sus latiguillos, que se vuelven familiares y entrañables; también en sus temas se repetía. O, mejor dicho, en su tema, único y absorbente en toda su obra: el adulterio, la infidelidad. Alguien dijo con acierto que Nelson Rodrigues era una "flor de obsesión".

Para hacernos una idea de lo que supuso su figura, nada mejor que estas palabras del prólogo de Ruy Castro: "Durante muchos años, Nelson Rodrigues cargó con la fama de 'pervertido'. En sus años finales, con la de 'reaccionario'. Nadie fue más perseguido: la derecha, la izquierda, la censura, los críticos, los católicos (de todas las modalidades) y, muchas veces, los patios de butacas: todos, en algún momento, vieron en él al ángel del mal, un cáncer que debía ser extirpado de la sociedad brasileña. Y lo cierto es que casi lo consiguieron. Pero, a la vez que unos querían 'matarlo a palos, como a una rata preñada', había otros muchos a los que les parecía imposible poder admirar lo suficiente a Nelson Rodrigues. Ni sus peores enemigos le negaron el talento, y no eran pocos los que le consideraban un genio." Una de sus frases favoritas fue "toda unanimidad es boba", y se ajustó a ella desde el principio hasta el fin: irritando a su paso.

Su carrera comenzó a los trece años, cuando se puso a trabajar en la sección de sucesos del periódico que dirigía su padre. O quizá antes: cuando a los ocho escandalizó a la maestra con una redacción escolar que contenía su primera historia de adulterio (con muerte final de la infiel, a cuchilladas). A lo largo de su vida escribió miles de artículos periodísticos, diecisiete obras de teatro (es el creador del teatro brasileño moderno), nueve novelas (seis de ellas, folletines firmados con el pseudónimo de Suzana Flag), guiones de cine y televisión, varios libros de memorias (al último de los cuales le puso un título desafiante: El reaccionario) y las más de mil quinientas columnas-relatos de A vida como ela é... (que podría traducirse por Así es la vida, o quizá Como la vida misma). Su procedimiento era exacerbar el melodrama hasta unos extremos de delirante tremendismo, pero sin un propósito kitsch, sino catártico. Un crítico se entretuvo en enumerar los crímenes cometidos por los personajes de una de sus piezas: "homicidios con agravantes, inducción a la lascivia, tres infanticidios, adulterio, corrupción de menores, lesiones corporales graves, estupro y secuestro"... para concluir que el autor había pretendido "concentrar en tres actos todos los delitos previstos en el Código Penal". Carla Guimarães hace otra relación parecida: "sus obras, plagadas de padres que se acuestan con sus hijas, hermanos que se matan o se amputan el pene, medeas que ahogan sus bebés, hijos enamorados de sus madres, hermanas enamoradas de un mismo hombre, infidelidad, prostitución, violaciones, homosexualidad, marginalidad y muertes, muchas muertes, sean asesinatos, suicidios o accidentes...".

El propio Nelson Rodrigues calificaba su teatro de desagradable, y añadía que escribía "obras pestilentes, fétidas, capaces, por sí solas, de desatar el tifus y la malaria en el auditorio". Tuvo frecuentes problemas, primero con la censura conservadora y después con la intelectualidad de izquierdas, que tachó su obra (a lo Lukács) de desesperómetro desactivador. Pero el autor respondía a las críticas (a veces, gritándole al auditorio desde el mismo escenario): "¿Morbidez? ¿Sensacionalismo? No. Y lo explico: la ficción, para ser purificadora, necesita ser atroz. El personaje es vil, para que no lo seamos. Él ejecuta la miseria inconfesable de cada uno de nosotros. Desde el momento en que Ana Karenina, o la Bovary, es infiel, muchas esposas de la vida real dejarán de serlo. En Crimen y castigo, Raskolnikov mata a una vieja y, en el mismo instante, el odio social que fermenta en nosotros queda disminuido y aplacado. Él mató por todos. Y, en el teatro, que es más plástico, más directo, y de un impacto más puro, ese fenómeno de transferencia resulta más efectivo. Para salvar al auditorio, es necesario llenar el escenario de asesinos, de adúlteros, de locos y, en suma, de un aluvión de monstruos. Son nuestros propios monstruos, de los cuales nos liberamos provisionalmente... para volverlos a reproducir después." Lo que late por debajo de este despliegue de horrores, como señala Ruy Castro, es una honda nostalgia de la pureza. El pornógrafo es, en el fondo, un ángel. Sus frases, a veces, son deliciosamente cínicas: "El dinero lo compra todo, hasta el amor verdadero". Otras, de una profunda gravedad sentimental: "El amor es eterno; y si se acaba, es que no era amor".

En la entrevista con Otto Lara Resende (que, por cierto, está colgada en YouTube), el Nelson Rodrigues de 1977 se califica ya a sí mismo de momia, no sin satisfacción. Hace balance del siglo XX y dice que ha sido el siglo en que se ha impuesto "el cretino fundamental": ese mediocre que durante toda la Historia ha ido con la cabeza gacha, avergonzado, y que en el siglo XX se ha adueñado del escenario para exhibirse sin pudor. En esas estamos todavía en el XXI. Pero en ocasiones, volviendo la vista atrás, uno encuentra a hombres como Nelson Rodrigues.

19.2.07

La venganza de los aduladores

Con motivo de la reciente ceremonia de los Premios Goya (que este año no ha estado tan mal, después de todo, con el gamberro de Corbacho), me he vuelto a acordar de la mítica frase de José Luis Cuerda: "El cine español naufraga en océanos de autocomplacencia provocados por la cocaína". Pocas veces he leído un diagnóstico tan certero. Hasta el punto de que si la revista Fotogramas se dedicara sólo al cine español, debería llamarse Fotogramos. Sí, sé que es un mal chiste: es mi particular homenaje al cine español, tan abundante en ellos. Pero en el resto del artículo no hablaré más de cocaína, sino de autocomplacencia: me da igual su causa.

Es curioso, pero de ningún otro arte se indica, hoy en España, la nacionalidad como reclamo (al menos, fuera de los delirantes ámbitos de las, así llamadas, "nacionalidades históricas"). Nunca se dice "ve a ver esa exposición, es una exposicion de pintura española", ni "escucha ese disco, es un disco de música española", ni "lee esa novela, es una novela de literatura española". Los pintores, los músicos y los novelistas triunfan o fracasan por sí solos: no se subraya si son españoles o no. Se tiene en cuenta, por supuesto: pero no se destaca especialmente. Y, sobre todo, no se establece una relación directa entre la nacionalidad y la calidad. No se considera que ser pintor, músico o novelista español sea particularmente bueno; pero, quizá por eso mismo, tampoco se considera que sea particularmente malo. Con el cine ocurre justo al revés. Se dan, simultáneamente, los dos movimientos: la propaganda acerca de su gran calidad por parte de quienes lo hacen (y de la mayoría de los críticos), y la aversión escarmentada que han ido desarrollando los espectadores. Estos, como se han sentido estafados tantas veces, no han tenido más remedio que segregar (en defensa propia) el prejuicio de que la nacionalidad española de una película supone un hándicap: prejuicio que suele verse reforzado por la realidad.

La autocomplacencia es el gran cáncer. Lo es para todo artista, pero resulta más visible (y devastador) en el cineasta. Supongo que tiene que ver con el hecho de que el cine necesita toda una industria para su ejecución. Eso hace, por un lado, que muchos cineastas de talento, que quizá estarían mejor blindados contra la autocomplacencia, no han sabido ganarse los favores de la industria y se han quedado sin la ejecución de su arte. Y, por otro, que los que lo han conseguido tienden a una megalomanía no sólo artística, sino también industrial. Un escritor podrá ser megalomaníaco (y lo es con frecuencia), pero al fin y al cabo no es más que un tipo que se sienta a rellenar páginas. Un director, en cambio, es alguien al mando de un despliegue wagneriano de medios, por intimista que sea su película. La tragedia del cine español es que los que han pasado la criba de la industria suelen ser ineficaces también como industriales. Lo cual no deja de resultar un misterio económico: ¿por qué cunde tanto la autocomplacencia si ésta es también perjudicial para la industria? En la tele, por ejemplo, no ocurre: por eso hoy en día hay más profesionalidad en las teleseries españolas que en las películas españolas. Las teleseries españolas, por cierto, también se han ido abriendo paso por sí solas: sin una machacona campaña resaltando su nacionalidad.

No sé, ciertamente, qué podría hacerse "en favor del cine español". Pero sí sé cuál es uno de los requisitos para que mejore: acabar con la mentira. No se puede elogiar una mierda como Alatriste sólo por lo mucho que "la industria" ha invertido en ella, ni por lo bien que caiga Díaz Yanes. El peor negocio es estafar con el producto, haya costado lo que haya costado, y caiga el director lo bien que caiga. ¿Cuántos espectadores volverán a estar mucho tiempo sin ver "cine español" por haber picado con Alatriste? A un director puede salirle mal una película y no pasa nada. Díaz Yanes ya lo hizo bien una vez y quizá vuelva a hacerlo bien en el futuro. Lo que no se puede es promocionarlo en su fracaso. Lo suicida, para el arte y para la industria, es toda la propaganda que conduce al espectador hasta la sala de cine sin que haya habido una sola voz que le advierta de que lo que va a ver es un bodrio. Esa soledad en la sala ante un bodrio del cine español, mientras en la prensa todo son elogios, es una de las sensaciones más desagradables que puede experimentar un amante del cine.

Yo lo he experimentado muchas veces (no escarmiento), pero quizá la más dolorosa fue con Perdita Durango. Creo que nunca he ido con más ganas a ver una película, ni con más confianza de que iba a pasármelo bien, sin reservas. La anterior de Álex de la Iglesia, El día de la bestia, me había encantado (aquello sí que era un prodigio de película "de cine español", una bocanada de aire fresco, impecable) y estaba convencido de que Perdita Durango iba a ser mejor aún. Nada en la prensa (ni en los anuncios) hacía pensar que no fuese a ser así. Por eso la decepción resultó tan espectacular. Quizá no haya dolor más agrio que el provocado por el desmoronamiento de un placer que dábamos por seguro. Pero lo peor en estos casos es que, ya fuera del cine, uno sigue asistiendo a la promoción pública de la película y a los elogios hacia el director, con las consiguientes exhibiciones de autocomplacencia del mismo: espectáculo que ya es percibido como farsa.

Las demás películas de Álex de la Iglesia también me han ido pareciendo mediocres (Muertos de risa, La comunidad, Crimen ferpecto -de 800 balas me libré), unas mejores que otras, y algunas incluso con buenas ideas y buenos momentos, pero ninguna redonda como El día de la bestia. ¿El talento había abandonado de pronto al director? En cierta ocasión asistí a una escena que lo explicaba todo. Yo me encontraba en un Kentucky Fried Chicken (no sólo soy un gourmet de escándalos, también lo soy de franquicias), cuando entró Álex de la Iglesia comandando su séquito. Empleo esta palabra con propiedad: eran diez o doce acompañantes en actitud de inferioridad jerárquica, a medio camino entre sirvientes y bufones. Juntaron varias mesas y el director se sentó con pompa en un extremo, ocupando mucho espacio, mientras los demás se apelotonaban en los laterales. Componían una estampa medieval. Durante la comida, De la Iglesia se dedicaba a deglutir sus trozos de pollo, sumido en un silencio autista y mirando únicamente su bandeja. Los del séquito no cesaban de decir chistes e ingeniosidades, aparentemente los unos para los otros, pero mirando de reojo al director. Este, cada cierto tiempo, celebraba escuetamente alguno. Entonces su emisor se henchía de satisfacción, al tiempo que los demás se encendían de envidia. Aquel subyugante espectáculo me hizo comprender qué había pasado con el cine de Álex de la Iglesia, y con todo el cine español en general. La adulación, el elogio acrítico, endiosa al artista, lo eleva, pero a la vez lo envuelve en una campana hermética que termina matando su arte y arruinándole el talento. Es la venganza de los aduladores.

[Publicado en Kiliedro]

* * *
(25.1.11) Esta entrada había quedado conceptualmente redonda; pero, por fortuna, la realidad se mueve: se resiste (se opone) a toda fijación. Es de justicia transcribir aquí un pasaje del artículo que publica hoy Álex de la Iglesia en El País:

Soy un tipo con el genio fácil y dado a la respuesta rápida y poco meditada. Esta gente me dio una lección. Es cómodo hablar con los que te siguen la corriente: te reafirmas en tus ideas, te sientes parte de un grupo, protegido, frente al resto de locos que se equivocan. Por vez primera, aprendí que dialogar con personas que te llevan la contraria es mucho más interesante. Puede resultar incómodo al principio, sobre todo si eres soberbio, como yo. Pero cuando aprendes a encajar, la cosa fluye, y las ideas entran.

16.1.07

El año de Radio 3

No se me ocurre mejor justificación del Estado que la existencia de Radio 3. Podría aducirse también la Sanidad, y la verdad es que yo me enternezco cada vez que visito un hospital público y veo a los enfermos allí acumulados bajo el cuidado estatal; cutre y deficiente con frecuencia, pero también cálido. Veo las sabanitas o esas bandejitas de plástico con el soso menú y me emociono. Siempre trato de visualizar ese gasto a la hora de pagar mis impuestos. Porque si lo que visualizo son los coches oficiales o los dispendios de autopromoción política, me deprimo. Con la Educación tengo un problema. Soy partidario (¡republicanamente!) de la Instrucción Pública. Pero el rebanamiento cerebral que ha provocado la Logse me hace pensar que podríamos suprimir esa partida presupuestaria. A cambio, naturalmente, habría que incrementar la de la Policía: el vaciamiento de las aulas causaría hoy mayores desórdenes callejeros que el vaciamiento de las cárceles. No es justo que los inermes profesores deban seguir ocupándose de esas hordas de delincuentes que son nuestros alumnos: auténticos lobos hobbesianos nacidos de pedagogos con el cerebro rebosante de mermelada Rousseau. Esos que aún no han aprendido que el buen salvaje no nace: se hace. Si se le deja hacer, se convierte en caníbal.

Pero volvamos a Radio 3. Conforme más lo pienso, más milagrosa me parece su existencia. ¿Cómo es posible que exista, en España, y pagada por el Estado, una maravilla así? ¿Cómo se ha colado una maravilla así? Cada mañana la sintonizo con el temor de que voy a encontrar un chisporroteo de nieve. Pero no: el milagro se renueva. Me siento como esos antiguos que temían que cualquier día dejase de salir el sol. Radio 3 lleva ya un montón de años, ¿pero cuántos más durará? Si algo me ha enseñado la vida es que hay que disfrutar del momento, porque cualquier rinconcito agradable, cualquier retícula por la que circule un poco de aire fresco, acaba siendo cerrada inevitablemente. En esto, como en tantas otras cosas, soy muy de Cioran, quien decía: "La vida es un infierno, cada instante del cual es un milagro". Y, por ahora, el milagro diario de Radio 3 se sucede.

Yo la escuché mucho en los ochenta, pero desde entonces no había vuelto a enchufarme a ella con la fruición con que lo he hecho en este recién acabado 2006. Me he pasado el año haciendo vida de gabinete, en que mis únicos esparcimientos (aparte de los eróticos) han sido los paseos por la playa y la música. La música también en la playa, por los cascos, rivalizando con el mar; y, por supuesto, en mi gabinete, a manera de mar sonoro. Creo recordar que Trías, en una de esas clasificaciones de las Artes que hace en sus libros, colocaba a la Arquitectura y a la Música como las dos artes esenciales, creadoras de habitabilidad. La Arquitectura, de habitabilidad del espacio; la Música, de habitabilidad del tiempo. Cuando uno pone música en la habitación, se le abre un desván de materia sutil. Aparece una ola invisible: literalmente, un mar de sensaciones (esta expresión le encantará a Antonio Gala, mas no por ello voy a reprimírmela). Los que estamos en este esforzado y áspero oficio de la escritura, no cesamos de envidiar a los músicos: nuestro público ha de hacer una pausa en la vida para atendernos; el de los músicos puede atenderlos en el curso de la propia vida -caminando, mientras conducen o follan, cuando se adormilan... incluso cuando leen. Sin literatura la vida sería posible. Sin música no. Y, si lo fuera, resultaría nefasta: un error, como señalaba Nietzsche.

Lo que uno descubre escuchando Radio 3 es la riquísima variedad de belleza y de talento que burbujea por el mundo. Hay miles (¡millones!) de personas haciendo las cosas bien. Toda esta riqueza apenas llega a las masas, que por esto son pobres. La maquinaria de los grandes medios de difusión emite sin cesar un grumo estólido que es el que configura la atmósfera estética que nos cubre (¡pegajosamente!). En realidad, esta atmósfera estética es ya un cielo sin capa de ozono, perpetuamente achicharrante. El paisaje general está perdido: sólo caben refugios. En este sentido, Radio 3 es un inagotable surtidor de sombrillas. Lo llamativo es que todos esos músicos actuales están metidos hasta las cachas en nuestro tiempo: su sensibilidad está conformada por la pluralidad de incitaciones que ofrece el mundo capitalista. Son sus mejores intérpretes, los que mejor saben gozarlo y surfearlo (y también sufrirlo de un modo fértil). Y a la vez ese mundo capitalista les cierra el Mercado, quiere ahogarlos y exterminarlos... pero al final, sorprendentemente, es el Estado el que nos permite enterarnos de la existencia de esos músicos y disfrutar de sus obras. Es una paradoja sólo aparente: el Mercado es también totalitario. El enemigo no es, pues, el Mercado en concreto ni el Estado en concreto, sino la perversa inercia que ambos tienen de configurar masas incapacitadas para una percepción estética singular. Por muy optimistas que nos pongamos, no podemos dejar de considerar que Radio 3 es una estricta excepción que nada contracorriente.

Pero las cosas también están estupendamente así -siempre y cuando uno haya caído del lado de los happy few. No se trata de elitismo, ni mucho menos: basta echarles un vistazo a nuestras, así llamadas, élites para comprobar en qué grado de embrutecimiento sensitivo y mental viven. Se trata más bien de una invitación a la aristocracia puesta al alcance de todos -de todos los que quieran merecerla. Hablo, como siempre, de aristocracia espiritual. La del oyente de clase media-baja, o de clase baja, que puede poner la radio y recibir la música de Paul Mounsey, por ejemplo, mientras los más afamados banqueros del país bailan estólidas sevillanas. Tiene su morbo, de hecho, que el paisaje sonoro sean las sevillanas y que uno pueda abrirse una catacumba en que suene Paul Mounsey. Es una variedad estética de la emboscadura de Jünger. Por eso poner Radio 3 me produce siempre regocijo.

[Publicado en Kiliedro]

15.12.06

Ideas empezadas

Lo primero que llama la atención en las columnas de Arcadi Espada es que comienzan in medias res. In medias res intelectual: con las ideas empezadas. No las vemos surgir ni arrancar pesadamente, sino que vienen ya en marcha, lanzadas a una enorme velocidad: como meteoritos que enseguida se estrellan en nuestro cerebro. Y lo hacen repetidas veces, en un juguetón chisporroteo: creo que Arcadi Espada es, hoy por hoy, el único periodista español capaz de producir orgasmos múltiples (también intelectuales, claro está).

Es conocida la frase de Ortega de que "la claridad es la cortesía del filósofo". Ahora esa cortesía se ha vuelto un lujo, porque lo es la sintaxis: para el filósofo, para el periodista, para el escritor y para cualquiera que trabaje con palabras. Es más necesaria que nunca, pero no basta. Se impone una cortesía mayor: lo que podríamos denominar el gasto neuronal. El índice de ideas que el escritor tiene a bien ofrecernos por página. Por ceñirnos al periodismo, resultaría interesante hacer la prueba de recolectar un montón de columnas del día y tratar de averiguar cuántas ideas contienen. Nos llamaría la atención la poca cortesía de nuestros columnistas, al punto de que ya nos daríamos con un canto en los dientes si encontrásemos una sola idea por columna. Y en estos casos, aún debemos resignarnos a seguir el cansino ritual: la presentación de la idea, su justificación a propósito de algún asunto de actualidad, sus esbozos de formulación, su estiramiento, sus coletazos y secuelas e incluso su defunción (por lo general, dentro de la misma columna). Al periodismo español le pasa lo que a las teleseries españolas (pongamos las de Milikito): su mecánica consiste en un estiramiento inane con el único objeto de rellenar un espacio, que normalmente sale muerto y sin electricidad. Uno puede dormitar durante la emisión o ausentarse para hacer sus necesidades (incluidas las amorosas), que nunca perderá el hilo. El hilo sigue siempre allí, parmenídeo, rocoso, indestructible durante la hora entera; sólo animado, si acaso, por la interrupción oxigenadora de los anuncios. Tomemos, en cambio, un capítulo de Los Simpson: traten de llevar la cuenta de las ideas que surgen a cada segundo y perderán (esta vez sí) el hilo famoso. Pues bien: Arcadi Espada, sin llegar a esos niveles epilépticos de intensidad, está más cerca de Los Simpson que de Milikito. La diferencia resalta de un modo casi ofensivo: es el que tiene dos ojos en el país de los tuertos (en el que también, ay, abundan los ciegos).

Las columnas de Arcadi Espada, así como las anotaciones de su blog, son un vibrante río de Heráclito. O mejor dicho: son el puente por el que nos asomamos al río de su pensamiento. Como dije al principio, se trata de un pensamiento que ya viene activado, y que atraviesa la página sin que le veamos nacer y morir: como un torrente. La metáfora acuática no deja de tener su pertinencia, incluso física: el propio Arcadi Espada contaba en el prólogo de sus Diarios 2004 que la meditación acerca de lo que va a escribir se produce "bajo la ducha". Nietzsche, al que sólo le parecían saludables los "pensamientos caminados" (y que detectaba nihilismo en las muchas horas que Flaubert pasaba sentado en su escritorio), tendría algo que decir al respecto. Por los resultados, podemos suponer que esa ducha asea y dinamiza la mirada de Arcadi Espada sobre la actualidad. Después, no sabemos si aún en albornoz (habría que ser Pilar Urbano para saberlo), se impone la "escritura rápida".

La originalidad de su punto de vista es un hecho: nadie dice lo que él dice, ni señala los matices que él señala. Salvo excepciones, los columnistas no dicen nada. Cuando dicen algo, suele ser un tópico (partidista). Y cuando no es un tópico, es porque ofrecen nueva munición contra el enemigo (igualmente partidista). Estos últimos son los más brillantes: pero siguen dejando mucho que desear. Un columnista como Arcadi Espada es todo un acontecimiento en el periódico. Un acontecimiento intelectual, pero también climatológico: despeja la atmósfera y refresca el ambiente. Baste echarle un vistazo a sus tres últimas columnas de El Mundo (en el momento en que escribo): nos encontramos con una razonada crítica a la mirada que María San Gil le dedicó al terrorista Txapote en un juicio (cuando todos la celebraban), una reflexión sobre la comida rápida a propósito de las intenciones gubernamentales contra una hamburguesa (bueno, hay que reconocer que aquí es más original el Gobierno) y una defensa atea de la Navidad.

La variada y matizada singularidad de su discurso tiene como referente inmediato la variada y matizada singularidad de la realidad. Una tarea como la suya tiene dos momentos: la captación de lo real y su encauzamiento intelectual mediante el lenguaje; lo que a su vez requiere dos higienes previas: una higiene de la mirada y una higiene de la expresión. Entre las dedicaciones de Arcadi Espada se encuentran por ello la reflexión sobre lo que impide la visión correcta de la realidad y la reflexión sobre las taras de la expresión que falsean el lenguaje. Resulta llamativo cómo ha rescatado para el periodismo, con desparpajo, esos elementos que la filosofía y la literatura habían manoseado hasta dejarlos inservibles. Y ha tenido además la astucia, para que su empeño sea moderno, de buscar la alianza con la ciencia y las nuevas tecnologías (fundamentalmente internet). De este modo algunos, leyendo a Arcadi Espada, nos hemos reencontrado inesperadamente con esas dos viejas conocidas que dábamos por muertas: la realidad y la capacidad del lenguaje para decir la verdad.

Y de paso se han vuelto más acuciantes nuestras duchas: porque estamos deseando salir de ellas para ver qué nuevas ideas nos ha puesto hoy por delante Arcadi Espada.

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17.11.06

El éxito de Paul Auster

William Hurt en 'Smoke'
No he leído aún Brooklyn Follies y no sé si esa será la novela redonda que los austerianos esperamos de Auster. La última ha sido La noche del oráculo, y hay un momento en que parece que el autor va a lograrlo al fin. Pero otra vez naufraga. En esta ocasión aguanta un poco más, hasta los dos tercios en vez de hasta la mitad como nos tiene acostumbrados; pero de nuevo se le acaba desmoronando el edificio. El de esta novela es particularmente complejo. De hecho, ya es un prodigio haberlo conseguido armar y habernos mantenido durante tanto tiempo el interés; el salto desde ahí quizá ya sólo estaba al alcance de un genio. Y Paul Auster no es un genio.

Tampoco creo que sea, en realidad, un gran novelista, sino más bien un novelista menor: pero en el sentido no derogatorio en que se dice de un poeta que es un poeta menor (el famoso minor poet de los ingleses). Pertenece a ese género de artistas que no alcanzan el gran arte, pero sí atisbos, y que, en cualquier caso, muchas veces los preferimos a los otros; porque poseen esa cualidad que, a decir de Stevenson, resulta imprescindible para que las demás no se apaguen: el encanto. Uno entra en los libros de Auster y desde el primer renglón se reencuentra con el placer de la lectura. Auster consigue despertar la ingenuidad en lectores que ya han leído muchas novelas y que están, incluso, cansados de novelas. Esto, unido a que él mismo cae bien como persona y a que ha conseguido encarnar una imagen amable del escritor contemporáneo, hace que se le conceda un valor que siempre está unos grados por encima del que se merece. Auster es un buen escritor, pero no tan bueno como todos (yo inclusive) hemos decidido que es.

No empecé a pensar en este asunto hasta que leí un artículo de Elvira Lindo en que relataba la extrañeza de unos amigos neoyorquinos ante el éxito de Paul Auster en España, cuando en Estados Unidos no pasaba de ser un autor de tantos. Como si se hubiera pinchado una burbuja, sólo entonces me atreví a reconocerme a mí mismo que las novelas de Paul Auster habían terminado aburriéndome todas. Sin yo percibirlo, me había dejado llevar también por la ola de la estimación incondicional hacia Paul Auster. Es una de esas extrañas unanimidades que se forman en el mundo de la cultura. Los lectores necesitan a un determinado autor y, si no existe, se lo inventan: escogen a uno que vaya en la dirección anhelada y completan sus carencias con proyecciones propias. En el caso de Paul Auster, me parece que se ha buscado a un autor que escriba novelas modernas que se lean como antiguas; un autor que escriba novelas para adultos que puedan leerse con pasión adolescente. En España, además, hemos sucumbido al cosmopolitismo de su mundo norteamericano, y a la mitología particular de Brooklyn: quizá por respirar un poco de aire exterior en medio de nuestras estólidas "realidades nacionales".

El lector español habitual no repara en que Auster sólo cumple a medias esa promesa: únicamente en el tramo en que logra mantener en pie sus narraciones. Luego éstas se hunden, o se precipitan, o se deshilachan, o se pierden en vías muertas... Pero, paradójicamente, puede que en este fracaso esté la prueba de su éxito artístico; o, al menos, de su honestidad como escritor.

En el que es, sin duda, su mejor libro, el único que me parece redondo y sin tacha, La invención de la soledad (y que, significativamente, no es una novela), Auster traza un mapa minucioso de sus obsesiones: la memoria, la casualidad, la paternidad, la identidad, la ficción de la realidad y la realidad de la ficción, la habitación como lugar de aislamiento y de regeneración, la habitación como lugar de la soledad del escritor... Las asociaciones que va estableciendo al hilo de esto último son de alto voltaje: la habitación del escritor – la frase de Pascal referente a que la infelicidad del hombre se basa en que es incapaz de quedarse quieto en su habitación – la habitación donde Ana Frank esperó la muerte – la habitación donde Hölderlin vivió sus cuarenta últimos años de locura – la habitación donde Emily Dickinson escribió toda su obra – la habitación de Van Gogh – la habitación en la que están solas las mujeres de Vermeer – Robinson Crusoe en su isla – Jonás en el vientre de la ballena – Pinocho y Gepetto en el vientre del tiburón – Pinocho salvando a su padre – Eneas salvando a su padre – Mallarmé velando a su hijo muerto – el hijo de Auster aislado en una cámara de oxígeno para salvar la vida – Scherezade salvando su vida mediante la narración de historias... La invención de la soledad es el libro en el que Auster encuentra (o forja) su voz. Todas sus novelas posteriores se desprenden del semillero que es ese libro. Y la paradoja apuntada en el párrafo anterior consiste en esto: para ser fiel a su libro fundacional, Auster no ha podido escribir sino novelas fracasadas.

El propio autor lo indica: "En un trabajo de ficción, se da por sentado que hay una mente consciente detrás de las palabras de una página; pero ante los acontecimientos del así llamado mundo real, nadie supone nada. La historia inventada está formada por entero de significados, mientras que la historia de los hechos reales carece de cualquier significación más allá de sí misma". En sus novelas, Auster reproduce como escritor lo que suelen hacer sus personajes: perseguir una obsesión, internarse por caminos que pronto se revelan como laberintos que conducen a la soledad... Los personajes de Auster suelen perderse o toparse con un muro más allá del cual no hay nada. Y al escritor Auster le pasa lo mismo: llega un momento en que sus novelas pierden fuelle y sustancia, y la narración se acartona. El lector crítico lo lamenta y echa de menos la perfección. Pero ¿y si ese fracaso narrativo fuese el efecto estético que a esas novelas les corresponde? Algo así como la decepción que le produce al lector que se interna con ánimo romántico en La educación sentimental de Flaubert. O aquel pensamiento tan sutil de Duchamp acerca del tedio que producían los happenings: "Es una forma de ennui, de hastío, y cuanto más te aburras más happening es. Aburrimiento no es la palabra adecuada, pero en un happening las cosas pasan, sin más, como pasarían en cualquier otra parte. Es una forma agradable de indiferencia".

El caso es que el éxito acrítico que Paul Auster tiene en España le hurta su auténtico valor artístico: el que anida en esa segunda mitad fracasada de cada novela (o en el último tercio, en La noche del oráculo), en ese aburrimiento y desasosiego que desprende y que termina convirtiendo al lector que lo percibe en un personaje de Paul Auster.

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9.10.06

Mi historia con Marisa Monte

Marisa Monte en Madrid, 13-IX-2006


Este septiembre he faltado por primera vez a mi cita con Marisa Monte, en su gira española, desde 1994. Quizá he entrado en la fase en que la presencia es algo secundario y lo principal se vuelca hacia dentro, hacia lo que se abre o se descuelga por la imaginación. El universo ya está entero en uno mismo: sólo hay que sacar filones. Ponerse la escafandra y hundirse en las aguas calientes.

A Marisa Monte la empecé a escuchar hace exactamente doce otoños. Su nombre me sonaba del programa de Carlos Galilea en Radio 3, Cuando los elefantes sueñan con la música, pero no me había fijado especialmente en ella. El día inaugural fue el 21 de septiembre de 1994, y empezó con una pista falsa. Leí un artículo de Antonio Muñoz Molina sobre el disco que acababa de sacar Eric Clapton, From the cradle, y sentí la necesidad urgente de ir a comprarlo. Era ya mediodía. Todo estaba cerrado menos la tienda de discos de El Corte Inglés, en la época en que aún era un lugar suntuoso y no un despojo como ahora. El de Clapton no estaba, pero yo había salido a comprar un disco (esas ansiedades del consumismo cultural) y fui a elegir otro a la sección de Música Brasileña. Bueno, en realidad esa sección no existía, sino la de Música Latinoamericana en general, que ha sido una fuente constante de irritaciones en mi vida. Pocas cosas detesto más que ir en busca de Caetano Veloso, Chico Buarque, Antonio Carlos Jobim o Adriana Calcanhotto y que me salgan al paso Quilapayún, Lucho Gatica o los Calchakis; y todavía escapa uno con suerte si se ha librado del adocenado Víctor Jara, cuyo "Te recuerdo, Amanda" es probablemente el mayor canto a la alienación del obrero que se ha escrito nunca (menos mal que ahora han hecho una versión los Astrud y han liberado el lirismo que había por debajo de ese ladrillo kitsch). En fin: vi el primer disco de Marisa Monte, titulado sólo con su nombre, y lo compré. Llegué a casa. Lo puse. No sé decir qué sentí, porque en realidad no sé decir qué sentía antes de haberlo escuchado. En mi memoria, "1994" y "otoño" son ya ese disco. Hay un eco de tiempo en él: no es que Marisa Monte esté en 1994, sino que 1994 está en Marisa Monte; aquel año y mi vida como subproductos de esa música. "Bem que se quis", "Chocolate" y, por encima de todas, "Preciso me encontrar"... Fue, sí, enamoramiento. La música era inseparable de la mujer. También esa cosa encantadoramente patética de los fans, que yo sólo he sentido con Marisa Monte.

En las semanas siguientes conseguí también Mais y Cor de rosa e carvão, que era su novedad de aquella temporada. Al poco me enteré de que iba a venir a España a presentarlo, en noviembre. Aquel otoño estuvo imantado por aquel acontecimiento. Encargué a Hervás, en Madrid, que comprara las entradas con mucha anticipación (¡toda anticipación era poca!), y el día del concierto partí de Málaga con Weil, en su viejo Ford. El viaje fue una tópica odisea, pero no por tópica dejamos de arriesgar auténticamente nuestras vidas. Ocurrió que se nos echó encima el tiempo, que se desató una tormenta por La Mancha y que tuvimos que avanzar a toda velocidad por una cortina de niebla y lluvia que apenas nos dejaba entrever un palmo por delante. Fue una genuina peregrinación: nos impulsaba la idea de que muchos kilómetros detrás de la atmósfera opaca había una mujer tropical.

Llegamos a tiempo, pero el espectáculo se retrasó. En el mismo escenario del Teatro Monumental habían estado grabando un concierto de la Orquesta de RTVE y tardaron mucho en montar el equipo de Marisa Monte y su grupo. Lo hicieron mal, además, porque el sonido resultó ser horrible. Musicalmente fue imposible sacarle placer al acontecimiento. Pero quedaba la mujer, que era además lo nuevo: la música ya la teníamos en los discos. Recuerdo que salió vestida con un traje negro que recordaba a Rita Hayworth en Gilda, con los hombros desnudos, de piel blanquísima, y unos guantes largos que llegaban hasta más arriba del codo y que se quitó luego (pero, ay, sin numerito de strip-tease). Sus ademanes eran todavía rígidos, solemnes, más de diva de ópera que de estrella del pop. Yo saqué mis prismáticos y me puse a observarla. Descubrí lunares. Gestos íntimos de los ojos y los labios. Minúsculas tensiones del cuello y los brazos. Como decía Luis Antonio de Villena en uno de sus poemas: "Hechizo de presencia viva". Sentía también el trastorno de encomendarme a esa Virgen que se inventó Pessoa, según le leí a José María Alvarez: "Nuestra Señora de las Cosas Imposibles Que Anhelamos En Vano". A pesar de ello, mi memoria de aquella velada se ha quedado como suspendida en irrealidad. Se había anunciado que el concierto iban a emitirlo unas semanas después por televisión, y eso hizo que mi atención se quedase liberada de la pulsión de fijar. Fue como un aplazamiento mental: dejé para ese momento posterior el momento presente. Pero sucedió que el concierto nunca llegó a emitirse, sin duda por la mala calidad del sonido. Así que ahora debo tratar de resucitar en mi memoria los momentos que viví aplazándolos.

Después he ido a tres más, siempre en años pares y en otoño: Granada 1996, Málaga 1998, Madrid 2000; y me he ido comprando los cinco discos siguientes: Barulhinho bom, Memórias, crônicas e declarações de amor, Tribalistas (con Carlinhos Brown y Arnaldo Antunes) y los dos de esta temporada, Universo ao meu redor e Infinito particular. Los conciertos de Granada y Málaga, en teatros, sonaron perfectamente. Marisa Monte ya había cobrado aplomo y a la vez soltura. Su apoteosis pop fue en el de Madrid en octubre del 2000, en que apareció tocada con un pelucón a lo María Antonieta, que se quitaba luego de un manotazo que era como saltar del siglo XVIII al XXI, en plan mujer moderna. Por desgracia, el concierto fue en La Riviera y sonó mal, como ocurre siempre en esa máquina atroz de triturar música. Aparte de la pésima acústica, a La Riviera le pasa como al Calle 54: los dueños quieren que todos sepan lo mucho que facturan, por eso les encargan a los camareros que hagan todo el ruido posible con las botellas, los vasos y la caja registradora.

Pero la emoción estuvo esta vez antes y después del concierto. Yo me había sacado, como siempre, la entrada con mucha antelación. Pero cuando faltaban pocos días, perdí la cartera con ella dentro. Corrí como loco a la Fnac a comprar una nueva, con miedo de que ya no quedasen. Por fortuna, el amor hacia Marisa Monte no es universal y conseguí otra. Recuerdo que luego, en la denuncia de Comisaría, me recreé escribiendo el nombre de Marisa Monte en la relación de lo perdido, como un toque de color en aquel informe gris. El caso es que encontré mi cartera el día después del concierto. No se me había perdido en la calle, sino en un rincón de mi casa. Y allí estaba la entrada, ya por siempre sin usar. La miré conmovido por su pequeña tragedia. Una entrada es un trozo de papel que lleva escrito un nombre, y ese nombre es su destino. Si lleva el nombre de "Marisa Monte", significa que ese trozo de papel se acercará un día físicamente a Marisa Monte (un día que también lleva escrito). Aquella entrada mía se lo perdió; se quedó entera y sin destino. Y pienso ahora si mi ausencia del concierto de Marisa Monte este 2006 no habrá sido por serle fiel a aquella entrada.

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6.9.06

Tres 'Apostrophes'

Hay amenidades que nunca se agradecen tanto como en las aplastantes tardes de agosto. Recuerdo por ejemplo, hace años, aquel ciclo televisivo de Sherlock Holmes con el gran Basil Rathbone, de cuya capacidad refrigeradora se beneficiaba directamente el cerebro. Era como ir a la playa sin moverse del sillón. Ahora he disfrutado de una diversión equivalente, aunque quizá más prestigiosa (o puede que sólo más pedante): los Apostrophes de Bernard Pivot, de los que han caído en mis manos los vídeos de Vladimir Nabokov, Albert Cohen y Georges Simenon. Ha sido una gozada. En tres tardes consecutivas, he tenido en casa a esos invitados ilustres, además de al propio Pivot (que se hace entrañable) y a algún que otro especialista con unas pintas intelectuales que ya no se ven. La primera impresión es que todos ellos eran más agrestes y menos domesticados que nosotros. Algo similar sentí al ver Buenas noches, y buena suerte: hoy no toleraríamos tanta nicotina, pero quizá sí a un McCarthy. En las últimas décadas Occidente se ha dedicado a ducharse: y por el sumidero se ha ido no sólo suciedad, sino también sustancia. El puritanismo se nos ha pegado con el jabón.

Los tres autores vivían en Suiza (Nabokov en Montreux, Cohen en Ginebra y Simenon en Lausana) y ninguno escribía en la misma postura: Nabokov lo hacía de pie y a mano en un atril, “con un lápiz de afilada punta”, Cohen dictándole a su mujer y Simenon mecanografiando en furiosas sentadas de las que salía empapado en sudor. Tampoco reciben a Pivot con el mismo atuendo: Nabokov lo hace con chaqueta y corbata convencionales, Simenon en camisa blanca con fino lazo vaquero y Cohen en bata y camiseta (sic). Es común a los tres el cosmopolitismo, lo pausada y musicalmente que hablan el francés y su interés por hablar de asuntos incestuosos: Nabokov de los hermanos amantes de Ada o el ardor, Cohen de cuánto amaba a su madre y Simenon de cuánto era amado por su hija. Los tres tenían en esos últimos años a una devota mujer detrás y, los que se pronuncian al respecto (Simenon y Cohen), despotrican contra sus experiencias de amor pasión y alaban la serenidad de ese amor definitivo. Nacidos a finales del siglo XIX o a principios del XX, eran ya hombres de otra época; pero se les veneraba. Existía todavía el culto a la literatura; y ésta, a su vez, se sentía importante. Hoy, cualquiera que hablara en ese tono sería tachado de impostor: y seguramente lo sería. Tras la entrevista, a Nabokov le quedaban dos años de vida, a Cohen cuatro y a Simenon ocho.

La de Nabokov es la única entrevista que se emite en directo desde el estudio (las otras dos están grabadas en las casas de los escritores). El autor de Lolita aparece tras una aparatosa barricada de libros y pronto descubrimos que lee sus respuestas. Lo hace disimulando teatralmente, de un modo muy retórico y redicho, con ironía, sin duda deseoso de que el espectador le descubra el truco, pero al mismo tiempo manteniéndose en la convención del disimulo, con cara juguetona. La situación es francamente divertida. El juego alcanza un momento de máximo refinamiento cuando Nabokov se refiere a su absoluta incapacidad para hablar en público y cómo, cuando tenía que dar clases, se lo llevaba todo escrito en notas que colocaba sobre el pupitre “en una posición no muy evidente para los alumnos”... y lo cuenta como algo pasado, sin confesar que es lo está haciendo igualmente en ese preciso instante. La transparencia como guiño socarrón. También hay muchas risas con el té. He leído luego que lo que contiene la tetera de la que le sirve Pivot es whisky. Por eso Nabokov se recogija siempre que le rellenan el vaso, soltando alguna que otra gansada: “¡Este té es un poco fuerte!”, o “¡Ahora me parece café!”. Habla de los espejos, de la magia, de las mariposas, de su experiencia de exiliado, de lo caro que resultaría resucitar su infancia (“para recuperar el sabor del chocolate suizo de 1910 habría que construir otras fábricas como aquellas”), y sobre todo de literatura y de palabras. De entre todas sus intervenciones, me quedo con esta: “No aprecio al escritor que no ve las maravillas de este siglo, las pequeñas cosas, la ropa masculina informal, el cuarto de baño que substituye al lavabo inmundo. Las grandes cosas como la sublime libertad de pensamiento en nuestro doble occidente. ¡Y la luna! Recuerdo con qué escalofrío delicioso, envidia y angustia, miraba yo en la televisión los primeros pasos flotantes del hombre sobre el talco de nuestro satélite y cómo despreciaba a quienes decían que no valía la pena gastar tantos dólares para pisar el polvo de un mundo muerto. Detesto pues a los divulgadores comprometidos, a los escritores sin misterio, a los infelices que se alimentan con los elixires del charlatán vienés. Aquellos que aprecio saben que sólo el verbo es el valor real de la obra maestra. Principio tan antiguo como verdadero...” Chapeau!

Cohen, de piel muy blanca y ojos sensibles, humedecidos, habla con ese trasfondo de tristeza inevitable en un judío del siglo XX. Y con su humor. Recuerda algo que ya le había leído en esa obrita intensa, triste y divertida que es El libro de mi madre: que ella pensaba que las Tablas de la Ley eran obra de Moisés, pero que éste había decidido contar lo de la revelación divina porque, conociendo a su pueblo, sabía que lo tomarían en serio sólo si se daba importancia. Cuenta también dos episodios de su propia niñez en Marsella a principios de siglo (escritos en Oh vosotros, hermanos humanos), que revelan cómo el nazismo no fue más que la concentración de algo que ya existía por toda Europa y desde hacía mucho tiempo. El de la monja angelical que una vez, mientras le acariciaba la cabeza con cariño, suspiró: “¡Qué pena!”, pensando sin duda en su origen. Y el del charlatán callejero al que se había detenido a escuchar con fascinación y que, para su asombro, lo expulsó al grito de “cerdo judío”. Apostilla Cohen: “Fue un progrom pequeñito, pero luego los mejorarían mucho”. También relaciona con la temática judía el donjuanismo de su gran personaje Solal: “Lo que hace es entrar en el reino no antisemita de las mujeres. Cuando una mujer está enamorada, se vuelve filosemita”. Pero su visión de la pasión es amarga. Se habla mucho de ello. Pivot cita un par de pasajes sublimes de Bella del Señor, en el que se suceden las efusiones líricas y prosaísmos del tipo “el beso no es más que la soldadura de dos esófagos”. Y el propio autor refiere esta idea desprestigiadora: “Si el día que Ana Karenina conoció a Vronski, éste se hubiese roto los dos dientes delanteros, ¿se habría enamorado de él? No. De manera que el grandioso amor de Ana Karenina pesa dos miligramos. Eso es todo”. Al final de la entrevista, Pivot le pregunta por qué va vestido con bata y camiseta. A lo que responde Cohen: “Es el uniforme nacional de mi casa”.

El encuentro con Simenon es con motivo de la publicación de sus Memorias íntimas, que escribió a raíz del suicidio de su hija. Se refiere a este asunto de un modo crudo, conmovedor. No oculta los escabrosos detalles del amor edípico que su hija sentía por él. Por ejemplo, cuando él quiso regalarle un anillo y ella pidió uno igual al de la alianza matrimonial de su padre. Al interrogarle Pivot por la brutal sinceridad de sus declaraciones, Simenon dice que le gusta la verdad cruda, sin maquillaje: “Prefiero que me critiquen o incluso que me odien por lo que de verdad soy, a que me quieran o me admiren por lo que no soy”. Sus ideas sobre el arte de escribir resultan muy saludables. Para él es una tarea artesanal, no intelectual sino física, instintiva: “El arte en el fondo no es sino una necesidad. El arte verdadero, el del creador, es una necesidad. Yo nunca he escrito con intenciones morales, ni filosóficas, ni estéticas, sino para salir de mí mismo.” Distingue entre sus novelas policíacas y las que no son policíacas, que llama “novelas duras”, o “novelas novelas”. Habla de su curiosidad por conocerlo todo, por “conocer al hombre”: “Buscaba al hombre, y lo encontré en la mujer”. Los momentos más picantes (y deliciosos) son, naturalmente, los referidos a su relación con las mujeres: las cuatro con las que vivió y las diez mil con las que se acostó. Y lo cuenta, aunque parezca imposible, con sobriedad. Sencillamente, él siempre ha tenido la necesidad de follar tres veces al día. Habla con ternura de sus esposas y también de la criada que fue su amante, y de las putas. Se ríe un poco luego de la Academia y también del Premio Nobel: “No quiero medallas. No soy un animal de feria”. Y entonces le vienen a uno a la cabeza algunos de nuestros animales de feria contemporáneos (principalmente portugueses), ostentosos con sus medallas y enseñoreándose por un mundo ya muy distinto del de Nabokov, Cohen y Simenon.

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