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11.12.19

La espuma de las obras

He leído un libro divertidísimo y la mar de instructivo: Proust, Premio Goncourt, de Thierry Laget (Ediciones del Subsuelo). Se ocupa del Goncourt que le concedieron en 1919 a Marcel Proust por A la sombra de las muchachas en flor, segundo tomo de En busca del tiempo perdido (el primero, Por el camino de Swann, se había publicado en 1913, antes de la guerra, y ya estaba casi olvidado).

Lo instructivo es que el premio fue despreciado por la prensa, que prefería la novela del excombatiente Roland Dorgelès, Las cruces de madera. Se ensañó con Proust con una profusión mareante, que prueba que los periódicos de entonces eran tan infectos como las redes sociales de ahora. La novedad es que hoy todos participamos directamente en la infección.

Instructivos son también los entresijos del premio, la cantidad de vanidades de nombres olvidados y de detalles de gusanera. Ocurre lo mismo cada vez que se estudia un episodio de la historia: metes un palo en el hormiguero y se llena de hormigas. La realidad es abigarrada, infinita, y lo que va quedando es una decantación. Retornar a sus complejidades produce aturdimiento. Se nos termina olvidando que todo ha sido siempre un lío.

El propio Proust tuvo que trabajarse el premio, porque nada es gratis: resulta embarazoso leer sus cartas de adulación. Y luego, cuando lo obtiene, el cachondeo sobre él y su obra. Como nosotros mismos con cualquier libro que sale. Recuerdo que en una biografía de Baudelaire se citaban risitas de otros por Las flores del mal; lo ridiculizaban como hoy ridiculizaríamos a Suso de Toro. Con Proust no se ahorran chistes, agotan los juegos de palabras: "Proustitución", "proustatitis"... Parece Twitter por momentos.

Dan ganas de escapar, de consumirse en la inacción. Y sin embargo seguimos, porque sabemos algo más poderoso: todo lo anterior no es más que la espuma de las obras. Son las obras lo que cuenta: lo que se escapa. Al lector que lee A la sombra de las muchachas en flor no le interesa otro mundo. Como no le interesaba a Proust cuando escribió ese tomo, ni cuando continuó escribiendo los siguientes. El mundillo literario puede tener su gracia, pero es otra cosa. Lo mejor del autor está en sus libros.

Tal vez por lo que escribió Aristóteles en un memorable pasaje de su Ética a Nicómaco (1167b y ss.; traducción oral de Lledó): "Todos aman su propia obra más de lo que su obra les amaría a ellos, si llegara a ser animada. Quizá ocurre con los poetas que aman extraordinariamente sus propias obras y las quieren como a hijos. La causa es que el ser es para todos objeto de predilección, y somos por nuestra actividad; y la obra es en cierto modo su creador en acto; y el creador ama su propia obra más que a sí mismo porque ama el ser." Efectivamente: lo mejor del autor.

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En The Objective.

28.11.19

Mis paraísos artificiales

Me he enterado, con su muerte, de que el creador del pastelillo Pantera Rosa se llamaba desagradablemente Pujol; aunque este, a diferencia del otro y su estirpe, se contaba entre los benefactores. Su obra ha sido como las de la cultura popular: ha rodado anónima, dando alegría, proporcionando placer, otorgando sentido. Y ahora que desaparece físicamente el autor, aparece su nombre: Josep Pujol. Bendito seas.

Hace unos años volví a consumir los pastelillos de mi infancia y fui consciente, ya con el paladar experimentado, del prodigio. Sobre todo el de la Pantera Rosa: ¡qué artificialidad absoluta! ¡Pura invención humana! ¡Un sabor arrancado de la nada literalmente! Estaba entonces pujante la Generación Nocilla –unos literatos adscritos a esa pringue marrón, así fueron sus obras– y caí en que era la Pantera Rosa la que cumplía sus premisas mutantes o afterpops; pero no tuvieron el coraje de llamarse Generación Pantera Rosa. Un vanguardismo achicado.

Vanguardista era la chavalería del baby boom, atiborrada de gloriosa bollería industrial y que esgrimía piezas que prefiguraban El Bulli y que podrían estar en cualquier museo de arte contemporáneo: ¡además de la Pantera Rosa, el Bony, el Tigretón, el Megatón, el Bimbollo, el Bollycao, los Donuts, los Bucaneros, los Tronkitos, los Phoskitos (regalos y pastelitos)! Esos fueron mis paraísos artificiales, tan artificiales (¡sofisticadamente artificiales!) como paradisíacos. Aquellos arrobamientos en el recreo, de aislamiento y viaje interior con las dulzuras demoradas y al mismo tiempo fugaces, chutazos de azúcar ultraprocesada, éxtasis multicolor, navegaciones cerebrales que postulaban un alma, nuestra astronáutica alma infantil.

Decía Borges que todos los viajes son espaciales, y de igual manera todos los sabores son químicos. Pero qué maravillosa la química exenta, como acentuada, de aquellos festines pasteleros que dejaban un rastro de dedos manchados y envoltorios, los plastiquitos crujientes como capas de crisálida. Y junto con los pastelillos, las golosinas y demás manjares de kiosco: el chupachups Kojak, los chicles Kosmos y Bazooka, el Palote, el Drácula, el Lolipop, los Fresquitos, los poloflanes (¡esculturas de hielo, de paleta botticelliana!), y en la cúspide los Peta Zetas y los Gusanitos (¡imprescindible la aportación del glutamato!).

Somos así Prousts estrafalarios, que en vez de la elegante magdalena tenemos todo ese arsenal chillón, puede que poco presentable. Pero de ahí venimos y ahí llegamos cuando nos ponemos a recordar. La Pantera Rosa, que nunca estuvo en la vida hasta que nosotros aparecimos en ella, es nuestro emblema de la vida: un milagro extraterrestre.

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En The Objective.

13.11.19

Elogio del votante asesino

No deja de haber grandeza en los partidos nuevos, que nacieron de una insatisfacción, de una disconformidad con el sistema de partidos vigente, y que andan en la cuerda floja, haciendo equilibrios entre la existencia difícil y la inexistencia de la que proceden. A esos partidos sus votantes no les perdonan ni una. Si los votaron porque expresaban esa disconformidad y esa insatisfacción, es que eran votantes sensibles a ambas afecciones: afecciones que resurgirán frente a esos partidos a poco que los decepcionen.

Hay adolescencia en la postura, idealismo, esteticismo incluso. Sin duda, un insidioso afán de pureza que es incompatible con la suciedad de la política práctica. Yo, que estaría en este sector, reconozco perfectamente sus límites, sus fallos y hasta sus trampas. Reconozco también sus eventuales efectos negativos: no precisamente en la dirección de la pureza. Pero enfrente está el otro votante, el inamovible, el pancista, el satisfecho hasta la náusea con ‘su’ partido, al que votará haga lo que haga, por fatal que lo haga, porque votarlo no es una elección política sino un rasgo de identidad. La abominación hacia ese votante me mantiene en mi inestable lugar, pese a las dudas. (Dudas entre las cuales está, por supuesto, el reconocimiento de las ventajas de la estabilización, que les permite a los partidos tener un ‘suelo’.)

Puede que el más recomendable sea el famoso ‘swinger voter’ de los politólogos, que hace que la cosa se mueva: la oscilación al menos del bipartidismo, que sin el ‘swing’ de ese votante no tendría compás. En la franja de indecisos se cuece el avance; o el retroceso. En ellos se da el compromiso entre la crítica (o el no apego) y la acción, puesto que al final se deciden. Prestan su complemento ocasional a los votantes fijos, y la combinación es fecunda. Así se engendran gobiernos.

Volviendo a los votantes del principio, tras los que se me van los ojitos, aun sabiendo que están condenados a una cierta esterilidad, que se extendería en la medida en que se extendiesen, considero que también resultan benéficos, del modo en que el arte resulta benéfico: simbólicamente. No está mal que haya un núcleo de votantes que no transijan con los errores, para ‘recordarles’ a los otros que existe la ética de los principios, aunque la deseable sea la de la responsabilidad. Votantes maximalistas del “¡César o nada!”, o del “¡Faisán o hambre!”, que acaben en la nada y en el hambre: las de ellos y las del partido que al final liquidan. Así ha vuelto a ocurrir en las elecciones del domingo.

Lo que no se puede discutir es el buen gusto del votante asesino. Se ha cargado a Ciudadanos, antes se cargó a UPyD. Se carga a los mejores.

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En The Objective.

30.10.19

Lecturas perfectas

De vez en cuando, súbitamente, uno se reconcilia con la lectura. Este verbo es deliberado, porque aunque uno está todo el día leyendo y lo que más le gusta es leer, la ‘instalación’ en la lectura es monótona en general, agradablemente monótona: es la cotidianeidad que escogimos, pero como toda cotidianeidad está hecha de días grises. Leemos a veces a rastras, con cierta aspereza. Leemos a veces contra lo que leemos, detectando sus carencias, sin terminar de disfrutar. Por eso, cuando de pronto aparece la lectura perfecta entendemos por qué leíamos: lo recordamos. Yo he tenido la suerte de empalmar dos lecturas perfectas estos días: los Diarios completos de Iñaki Uriarte (Pepitas de Calabaza) y El idioma materno de Fabio Morábito (Sexto Piso).

De ambas podría decirse lo que le dije a Uriarte de sus diarios cuando salió el primero para explicarle su aceptación, que a él (coquetamente) le extrañaba: a quienes les guste la lectura no les puede no gustar. Con los dos libros reaparece el placer de leer, esa felicidad específica que solo se manifiesta con la lectura. Con los libros de Uriarte y Morábito entendemos quién es el “lector hedónico” de Borges: nosotros, cuando los leemos (a Borges también).

Con este tomo ‘Diarios’ que reúne los tres publicados anteriormente, más un epílogo de unas cincuenta páginas tan buenas como las otras, Uriarte consigue lo que deseó difusamente cuando vio La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro: tener un tomo diarístico así, no más. Pertenece a esa envidiable estirpe de autores cuyas obras completas caben en un solo volumen, el primero de los cuales es su admirado Montaigne. Mi lectura de estos Diarios ha empezado por las páginas nuevas del epílogo, y nada más leer las primeras frases tuve la sensación de entrar en un salón conocido, confortable, con la luz ideal, en la compañía adecuada. Las páginas de Uriarte transmiten esa serenidad que, según cuenta, algunas personas le dicen que su presencia produce. Y lo bueno es que esto sucede sin que Uriarte oculte nada: ni sus aprensiones, ni sus neurosis, ni sus momentos nulos. El secreto está en la escritura limpia, en la perspectiva, en una distancia que no es lejanía. O en cómo cada página es valiosa porque es el fruto de una destilación lenta. El misterio, que se escapa, es cómo consigue ser tan brillante sin pretender ni aparentar brillantez. Me recuerda a este aforismo de Nietzsche: “No todo lo que es oro reluce. El brillo suave es propio del metal más noble”.

Del ‘El idioma materno’ de Fabio Morábito supe por la entrevista que le hizo Manuel Sollo en su Biblioteca Pública de RNE en 2014, cuando el libro salió. Me interesó mucho entonces, pero solo ahora, cinco años después, he tenido el impulso de leerlo. Intuía que me iba a gustar, pero no tanto. El libro lo componen ochenta y cuatro textos de página y media que tienen la virtud asombrosa de que todos son muy buenos y un buen puñado de ellos excelentes. Hacía tiempo que no veía nada así. Como Uriarte, Morábito escribe sin afectación, con una escritura comprensible que acoge –porque los celebra– los aspectos incomprensibles de la vida. El eje de los textos es la vocación literaria, la relación entre las palabras y el mundo, los enigmas del lenguaje, las enseñanzas de la tradición literaria, la magia de la vida común. Su lengua materna es el italiano pero escribe en español (su familia se mudó a México cuando él tenía quince años), y este hecho determina su percepción extraordinaria, su fecunda extrañeza.

Los dos autores, por cierto, nacieron en ciudades incomparables: Morábito en Alejandría y Uriarte en Nueva York.

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En The Objective.

16.10.19

Irrupción caprichosa de la historia

El lunes no tenía ganas de día histórico, bastante era empezar la semana. Hasta a mí, que soy un enamorado de la repetición, me aburre la insistencia catalanista. Como cuando se prolonga demasiado una sesión de chistes, ha dejado de ser divertido. Ni cuando ganamos ni cuando perdemos me intereso ya. Aunque es mejor cuando ganamos: mejor para todos. Esa es la cuestión en este asunto irritante. Si perdiésemos, sería igualmente peor para todos. Para ellos también. (“Nosotros” somos los constitucionalistas, por supuesto: los defensores del Estado de derecho y sus pulcros principios. Fuera hay otra cosa, quizá más encendida pero no muy recomendable.)

Lo que me hastía ante todo es la sobreactuación, la pomposidad retórica, el exhibicionismo sentimental, las carretadas de razón: todo lo que estamos viendo tras la publicación de la sentencia del Tribunal Supremo; en un lado (sobre todo en un lado) pero también en el otro. Hay un enfangamiento insoportable ya, del que convendría empezar a salir. Quiénes son los responsables para mí está –por decirlo con un casticismo madrileño– clarinete: los nacionalistas. Pero sin ellos no hay manera de salir. ¿Cómo se arregla esto? Ni idea.

Los que hicieron los independentistas condenados fue muy grave, pero lo que menos me importa es que cumplan o no sus penas. Deberían hacerlo en los términos que diga la ley: pero por la ley, no por ellos, cuyo sufrimiento no se busca ni se busca la venganza (es mentira la representación martirológica que ellos hacen). Lo que está en juego es la ejemplaridad, que en este caso de onirismo nacionalista consiste básicamente en comprender lo que decía el poeta: “que la vida iba en serio”. Comprensión que no se ve en lontananza: ni en los presos, ni en los demás políticos nacionalistas, ni en buena parte de la élite cultural catalana, ni en los futbolistas, ni en los independentistas de a pie, ni en los jóvenes que ven la moda ahí. El problema está en una sociedad mal educada, envenenada durante años, autocomplaciente en sus delirios, dolida por agravios falsos, embarcada en una aberración... Sí, es diáfana la trazabilidad del embrollo.

Ha sido, en este caso, una irrupción caprichosa de la historia. Por decirlo otra vez con las inolvidables palabras de Daniel Gascón en ‘El golpe posmoderno’: “Era algo inédito: una rebelión contra una democracia liberal en una región donde la renta per cápita supera los 25.000 euros”. Embarrados en la pelea corta, corremos el riesgo de perder este estupor. Yo lo recuperé el lunes cuando, entre tantas imágenes que me cansaban y que trataba de eludir, reparé en una pareja de viejecillos orientales: temblaban agarrados a sus equipajes en un banco del aeropuerto del Prat, envueltos en humo, mientras a pocos metros se enfrentaban los mossos y los manifestantes. No entendían nada. Y yo tampoco.

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En The Objective.

2.10.19

Gomá contra la decadencia

Habla Javier Gomá en Dignidad (Galaxia Gutenberg) del debate medieval entre la miseria y la dignidad, figuras alegóricas cuyo escenario era el mundo. Yo siento que soy también escenario de ese debate, de esa guerra, casi dos mil años después. Mi tendencia ascendente y mi tendencia descendente se cruzan, o se tironean, haciendo de mí una especie de gallego ético-metafísico: no sé si subo o si bajo en la escala de la valoración vitalista. Quizá las dos cosas simultáneamente. Soy un asno de Buridán de la verticalidad, cuyo resultado es una parálisis que, solo por estar en el punto medio, tiene apariencia de aristotélica.

Me alimento de pesimistas y de nihilistas, de decadentes en suma; pero también de quienes luchan contra la decadencia, a quienes aprecio un montón. Así Gomá, cuyo discurso en favor de la ejemplaridad es performativo: la propia tarea de sostenerlo resulta ejemplar. Como todo filósofo lúcido, Gomá no es ajeno al lado malo de la realidad. Por eso vale el doble su empeño de resaltar el bueno, de apostar por él; apuesta casi pascaliana, puesto que en sí misma mejora la realidad, inclinándola hacia lo bueno. Los decadentes no han de despeñarse tan cómodamente por su ladera, mientras haya ascendentes que la imanten en sentido contrario.

A partir de su celebrada Tetralogía de la ejemplaridad, que era otro proyecto ascendente, Gomá ha venido interesándose cada vez más por el concepto de "dignidad", que está en consonancia y que ya había asomado a lo largo de su obra. Sin ir más lejos, en el prólogo de la Tetralogía escribía: "La ejemplaridad aquí expuesta admite ser contemplada como una meditación sobre la dignidad humana porque su entero propósito se resume en una larga y razonada invitación a una vida digna y bella". Al centrarse en él, Gomá descubre que es un "concepto vacante" en la filosofía, que lo ha utilizado en ocasiones pero sin haberse ocupado de definirlo.

Tras un breve recorrido histórico por los principales autores que han dicho algo de ella (Cicerón, Mirandola, nuestro Pérez de Oliva, Kant), Gomá llega a la conclusión de que "sólo el ser humano posee con pleno derecho, incondicionalmente, la cualidad de incanjeable, no sustituible, fin en sí mismo y nunca sólo medio". La dignidad vendría a ser esa "propiedad íntima al individuo" que resalta dicho carácter insustituible: el principio antiutilitario que impide su cosificación. En una brillante formulación, Gomá dice que la dignidad sería "lo que estorba": el núcleo que se resiste al funcionamiento a toda costa y que por lo tanto entorpece. El libro avanza afrontando aquello que menoscaba la dignidad: la muerte, contra la que se propone el arte de vivir. Se detiene en un análisis de la cultura, fundamental para el ejercicio de este arte y modo humano de trascendencia inmanente (memorables las páginas dedicadas al "estilo elevado", con muestras de la excelsa prosa de Fray Luis de León). Y concluye con una expansión de la dignidad individual a la dignidad colectiva, por medio de la defensa de una política de la concordia.

Un autor al que no me consta que aprecie Gomá pero que está en mi altar privado, André Breton, citaba en Signo ascendente este cuentecito zen: "Por bondad budista, Bashō modificó un día, con ingenio, un haiku cruel compuesto por su discípulo Kikakú. Este había dicho: 'Una libélula roja. Arrancadle las alas. Un pimiento'. Bashō lo sustituyó por: 'Un pimiento. Ponedle alas. Una libélula roja'." Encuentro aquí una síntesis de la propuesta antidecadentista de Javier Gomá.

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En The Objective.

19.9.19

El sanchismo universal

El único movimiento de esta minilegislatura, aparte de la barbita de Casado, ha sido la pirueta final de Rivera: un intento desesperado de ponerse también barbita. Pretendía acabar de un plumazo con su maldición lampiña, pero no ha hecho más que prolongarla. Un gran error fue el de Iglesias en julio, cuando rechazó la bicoca que le ofrecía Sánchez. Y otro gran error ha sido el de Rivera, al evidenciar en el último minuto que su empecinamiento desde el primer minuto había sido un error.

Pero hay que ser justos y reconocer que ambos errores, pese a su enormidad, vienen después del error primigenio: el enormísimo error de Sánchez, que consiste básicamente en ser Sánchez. Un ego desmedido, para empezar, que exigía tratamiento de mayoría absoluta (¡de unanimidad incluso!) a lo que no era más que una exigua mayoría. Un ego además condenado a sí mismo, por su incapacidad para conseguir apoyos (solo una anchoa, en total). Sánchez seduce a Sánchez y considera que solo por eso deberían sentirse seducidos los demás. Empezando por los votantes españoles, a los que les pide que en las nuevas elecciones hablen “más claro”: es decir, que tengan la transparencia del agua para que en ella se refleje la cara del narciso Sánchez.

El nacionalismo y el populismo contagiaron la política española con sus baraturas. Todo ha ido a peor desde tal contagio. El sanchismo surge de ese rebajamiento general del nivel, al que ha imprimido un estilo propio. Su característica principal es el presentismo absoluto: decir hoy lo que le conviene con un énfasis solo comparable al énfasis con que decía ayer lo contrario, que era lo que le convenía entonces. Algo que los políticos han practicado siempre, pero no con tanta asiduidad, tanta radicalidad ni tanto descaro. Iglesias, Rivera y Casado han terminado haciendo lo mismo, pero peor: son meros aprendices de Sánchez. Es la ventaja que tiene Sánchez sobre ellos: entre todos los Sánchez, es ‘el’ Sánchez.

Impera su ley: el “no es no”. Una tautología devastadora, concebida para minar. Sobre ese solar que fundó, Sánchez ha pretendido que los otros echaran sus síes. Inútilmente, como se ha visto: todos se enroscaron en sus “noes”. Solo Rivera pudo haber roto esa lógica nihilista, ofreciéndole al principio lo que le ha ofrecido al final (con más seriedad, con más amplitud, con más sustancia). Así Rivera hubiera roto, de paso, aquel “no” de la militancia de Ferraz que le afectaba: “¡Con Rivera no!”. Habría sido un logro tremendo, pero Rivera era ya demasiado sanchista como para hacer jugadas de largo aliento y beneficiosas para el país.

Conclusión: España necesita salir del sanchismo. Aunque sea con Sánchez.

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En The Objective.

18.9.19

Colecciones de septiembre

Vuelven a llenarse los kioscos con las colecciones de septiembre; aunque su presencia es menos avasalladora, porque hay menos kioscos. Grandes pensadores, clásicos griegos o contemporáneos, premios Nobel, músicos, matemáticos, científicos, astronomía, jardinería, ajedrez, costura, cocina, dibujo, lectura rápida, inglés, francés, alemán, meditación, memoria, los secretos de la mente, los secretos del mar, la maqueta del Titanic, esqueletos, minerales, dinosaurios, fósiles... Ahora de vez en cuando y antes a cada paso recordamos lo que nos falta, aquello que nos completaría. Pero la frustración es permanente, porque por cada colección que decidimos seguir dejamos de seguir todas las demás.

Escribió Gonzalo Torné que hay dos tipos de personas, las que se rigen por el año y las que se rigen por el curso. Yo me rijo por los dos, inútilmente. Empiezo el año con pujanza, por el enero reglamentario; pero a la altura de septiembre ya lo tengo disipadísimo. Me doy entonces una nueva oportunidad con el curso: septiembre, o como mucho octubre. Para diciembre ya he vuelto a naufragar, pero ahí está otra vez enero. Soy un pollo dando vueltas en el asador, pero lo llevo con deportividad.

Lo bonito es considerar estas fechas aisladamente. ¡El comienzo del curso! ¡Todo por delante, en cuanto a la actividad, al saber! ¡Un tiempo largo hasta el inhábil verano! Los que no somos profesores (ni padres) mantenemos ese impulso, porque fueron muchos años de adiestramiento escolar. El ritmo está marcado en nuestra carne, en nuestra cabeza. El momento climático acompaña: el apagamiento del verano y a cambio no el invierno todavía, sino una transparencia con fresquito. Más que enero, ¡qué atmósfera auroral la de septiembre, la de octubre! Los días están como lavados, tienen una ligereza adusta. La vida se presenta seria, pero sin excesivo peso aún. Hay ganas de hacer cosas.

Y desde los kioscos las colecciones tratan de infiltrarse en nuestros planes. Componen una red para toda clase de peces, y todos en algún momento hemos picado. Yo me hice mi colección de filosofía, y la de música brasileña (con cedés), y la de inglés cómo no, y alguna de dibujo que dejé pronto... Y está también el truco de comprarse solo las promociones del primer día, dos libros por uno, tochos baratos, o las piedras con el estuche que nunca se rellenará. En el kiosco nos confesamos. Manifestamos no de qué carecemos (porque carecemos de todo), sino qué consideramos prioritario subsanar. Y es esa consideración lo que nos retrata. Es bonito delimitar nuestro fracaso.

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En The Objective.

4.9.19

Drama en gente

Decía Fernando Pessoa que su obra constituía un “drama en gente”. Es decir, no un drama dividido en actos, como en el teatro habitual, sino un drama dividido en las personas (las pessoas) en que Pessoa se dividió. Para una visión acertada del conjunto había que tenerlas en cuenta a todas: Pessoa no sería esta o la otra, sino el campo (¡el escenario!) de sus conjunciones y confrontaciones, de sus tensiones y discrepancias. En realidad, esto ocurre con todo escritor que no ahogue sus voces (ese “contengo multitudes” de que hablaba Walt Whitman, maestro de Pessoa). Lo ejemplar de Pessoa es cómo lo extremó, por medio de su didáctico invento de los heterónimos: a cada faceta de sí mismo, le puso un nombre. Fernando Pessoa era Fernando Pessoas.

Siempre me han sorprendido (y admirado en ocasiones; o pasmado) las personas que logran reducirse a una sola voz. Las mejores tienen potencia, puesto que aquello que encarnan lo encarnan del todo: funcionan como un personaje a tope. Esto no deja de ser una cortesía para con los demás, puesto que nos fomentan el espectáculo a sus expensas. Pero el mecanismo autorreductor es un misterio para mí. ¿Es un ascetismo, una obcecación, una incapacidad? En cualquier caso, incluso estas personas, si no a la multitud de voces interiores, se ven obligadas a asistir a la multitud de voces exteriores. Si no a estar atentas a ellas, al menos a que les consten: saben –tienen que saber– que existen más voces que la suya.

Y este es el ejercicio que propongo para la rentrée política: atenderla como un “drama en gente”. No atenerse al encajonamiento sectario o partidista –que es lo más premiado, en España al menos (mientras una de las dos Españas le hiela al sectario el corazón, la otra le está dando carlorcito)–, sino contemplar el conjunto: la pluralidad de voces, el juego entre las voces; cómo se oponen, se complementan, se afirman y refutan todas a la vez, ensuciándolo todo pero dejando limpia la noción de pluralidad, que es la más valiosa.

Santiago Gerchunoff, en su excelente ensayito Ironía On (Anagrama), analiza, entre otras cosas, la capacidad de la ironía para escindir al sujeto y, por lo tanto, hacer presentes en él varias voces (al menos dos). En la prolongación de este impulso en “la conversación pública de masas”, Gerchunoff invita a apreciar “la riqueza de su vulgaridad expansiva, la profunda complejidad de sus dinámicas que fascinan y hacen discutir sin fin”.

Allá quienes opten por encerrarse en una voz o en un discurso, como nuestros entrañables líderes políticos y sus seguidores (más papistas que el papa con frecuencia). Quedarán dentro del espectáculo, que solo se ve bien desde fuera.

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En The Objective.

21.8.19

La barba

Pablo Casado ha dado el gran golpe de efecto de este verano, con su barba o barbita. Con ella les ha robado el protagonismo a la falta de Gobierno, al Open Arms, a los incendios de Canarias, a la listeriosis e incluso a la lampiña Díaz Ayuso, en cuya toma de posesión la lució. No asistió la semana pasada a su sesión de investidura como presidenta de la Comunidad de Madrid y se dijo que estaba de vacaciones, pero no: estaba cultivando su barba. De haberla enseñado entonces hubiera sido catastrófico, como cuando Milikito apareció con barba de tres días para dar imagen de malote.

Y Casado no quiere parecer malote (ni siquiera malote buenote como Milikito), sino aportar gravitas, como ha señalado Jorge Bustos. Albert Rivera debió de intuir por dónde iban los tiros cuando a comienzos del verano salió en el Hola, junto a Malú, con una incipiente perilla. Pero no le terminaba de funcionar y la abortó. La de Casado, que funciona algo mejor, puede que se quede en barba de borrajas (ya veremos si llega a la rentrée), aunque como mínimo seguro que la ha lanzado a modo de barba sonda. A mí me parece que la dirección que marca es la correcta: a falta de ideas nuevas, nuestros políticos tienen pilosidades nuevas que explorar. Aunque el vanguardismo absoluto en este sector ya está ocupado por la ensaimada de Iñaki Anasagasti, el Ferran Adrià de su propia cabellera.

En los tres partidos de la derecha había un inasumible desequilibrio facial: por un lado estaban los afeitaditos Casado y Rivera, iguales como burbujas de Freixenet, y por el otro los barbados Abascal y Espinosa de los Monteros, inclinando la balanza pilosa en favor de Vox. Abascal con una barba entre tercio de Flandes y Abderramán III, y Espinosa de los Monteros con ese barbón babilónico sobre el que Losantos ha soltado chanzas inolvidables. Ahora Casado ha tratado de ocupar con sus pelitos la inmensa estepa que había en medio. Dejando de paso a Rivera en la estacada lampiña: un destino de baby face que deberá compartir con Errejón.

El asunto con Casado es que, más que gravitas, lo que ha logrado de momento ha sido, por un lado, resucitar el rajoyismo en su cara (¡después de tanto esfuerzo por liquidarlo!), y por el otro, como ha clamado Twitter, ser un doble de Alberto Garzón. Problema recíproco en este caso, porque ahora Garzoncito es también un doble del líder del PP. ¡El crepúsculo de las ideologías! ¡Y justo después de que Gillette haya aprendido que, en este campo, los experimentos hay que hacerlos con gaseosa!

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En The Objective.

7.8.19

Dos cielos

“Ventaja de las ciudades con mar: tienen dos cielos”. Escribí este aforismo hace algunos años y todavía me viene a la cabeza cuando contemplo el mar, espejo del cielo. Esa doble amplitud acompasada que acoge la mirada perdida.

Ahora estoy en un apartamento prestado (me prestan apartamentos como a Rilke le prestaban palacios) desde el que se ve el mar por la ventana. Tengo tarea este verano, una penosa tarea; pero si alzo la vista veo el mar. Y me demoro en los dos tonos del azul –el de abajo ondulante– y en un velerito blanco que a veces cruza. A mi lado está el fiel ventilador, remedo de la brisa. Y escribo en bañador, sin camiseta y descalzo. Hay una felicidad recóndita, una punzada de alegría al fondo, la punta de un anhelo. Un flexo estudiantil, también azul (azul oscuro), y esta sensación de paréntesis.

Paso muchas horas sentado, esforzándome, pero me concedo tres pausas, a veces cuatro (aparte de las de las comidas, el aseo y el sueño): un paseo por la mañana hacia levante, otro por la tarde hacia poniente, una siestecita lectora (con vencimiento de unos minutos) y a veces una cerveza al mediodía en el mejor chiringuito de la Costa del Sol, con la playa alborotada abajo.

En el paseo de la mañana voy hacia el sol fresco. Es temprano y las playas están vacías. Hay una poética del día de verano que ya da luz pero al que la gente aún no responde. Solo caminantes como yo, esporádicos, con un empeño deportivo pero en realidad estetas. Y unos pocos pescadores con sus cañas repartidos por el malecón. En la loma está la torre quebrada, adjetivo que me lleva (cuando lo formulo) al “corazón quebrado” de Salinger. Pero esa hora no suele ser la de la melancolía.

Al comienzo del paseo de la tarde subo un rato al mirador metafísico, que es como llamo a unos banquitos puestos ante un barandal de tablones con un panorama extraordinario. Hay como más cuerpo de mar desde ahí, y como más cielo; y esa extensión queda contrarrestada –o sujetada– por el golpeteo del agua en las rocas.

Luego sigo hacia el sol que declina, un sol cumplido, denso y a la vez ligero, por una senda con tramos de acantilados y espigas brillantes, por encima de playas con bañistas que se demoran y otros que empiezan a recoger; hay un rumor de últimos chapoteos y risas, lentitudes de cansancio pleno. Me detengo justo cuando el camino va a iniciar el descenso, cuando a lo lejos están a punto de encenderse las luces artificiales que acompañarán a la del faro. Antes de volverme, miro aún desde lo alto el mar ya aposentándose en la noche.

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En The Objective.

24.7.19

El Tour como acuario

Me sorprendió cuando un amigo me preguntó que cómo iba el Tour y yo no lo sabía. Me sorprendió porque yo estaba siguiéndolo y habían pasado ya varias etapas. ¿Qué veía yo entonces cuando las miraba? Me di cuenta de que hace ya mucho que tengo el Tour delante como un acuario. Me siento junto al ventilador, me pongo un café solo con hielo o un whisky con mucho hielo, y me quedo embobado contemplando a los peces por el llano o la montaña. Pero los ciclistas son peces éticos, o ético-estéticos, y el espectáculo que ofrecen en su acuario es edificante. Representan un drama: el drama del esfuerzo al límite. Una lección que aprendo para después.

Al principio mi pasión por el ciclismo era más exhaustiva; es decir, absolutamente exhaustiva. En los noventa (¡los tiempos de Indurain!) sí me lo sabía todo y estaba al tanto de todo. Seguía tres publicaciones especializadas: las revistas mensuales Ciclismo a fondo y Bicisport y el semanario Meta 2 Mil. Me conocía al completo el pelotón ciclista internacional y me sabía todas las competiciones y clasificaciones. Cuando se veía a los ciclistas en lontananza era capaz de identificar a bastantes, por su manera de pedalear, por tal gesto del hombro, por la gorrilla... Perseguía por los pocos canales de la época las retransmisiones de las vueltas pequeñas y las clásicas. Me recuerdo metiéndome en la sección de televisores de El Corte Inglés para ver la Flecha Valona. Llegué a rechazar un trabajillo porque me coincidía con la Vuelta. Y a otro me llevé un televisor portátil para ver el Giro. Durante las grandes vueltas desaparecía: atento a las conexiones horarias de la radio, la retransmisión en directo, el especial de la tarde y los minutos que les dedicaban en los programas deportivos nocturnos... Y qué belleza la de los meses de invierno: una pasión no dormida sino a la espera, en que seguían saliendo las publicaciones especializadas. Puro deseo contando las semanas y los días.

Esta intensidad se terminó, pero no la pasión: ahora serena e incluso distraída. He ido perdiendo interés por la competición, aunque no por la estampa de los ciclistas en la carrera: ese avanzar pedaleando con paisajes de fondo. Me emocionan los aspectos competitivos, naturalmente, pero no por lo que tienen de deporte sino por lo que tienen de representación: plástica, teatral. Por eso permito el doping. Para mí un ciclista no es un deportista sino un artista, y por eso puede meterse lo que quiera para ejecutar su arte. Importa el momento, el trayecto estricto de la carrera, que es la obra. Solo cuando esta termina (siempre en su esplendor) llegan los burócratas de la meadita.

Ya en la última semana del Tour, por impregnación, sé quién va ganando, quién va perdiendo, cómo puede quedar el pódium... Pero la pantalla conserva su condición de pecera: de escenario acuático de un tipo sofisticado de placer.

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En The Objective.

10.7.19

Correr un encierro, conducir un autobús

Me levanto temprano, como un profesional. Me dispongo a leer la prensa como un profesional para escribir mi profesional columna política: algo que no haría si no fuese por profesionalidad y que últimamente rehúyo siempre que puedo con una falta de profesionalidad pasmosa. Esta vez también...

Porque en una ventana del periódico online han conectado con los sanfermines. Son justo las ocho y va a empezar un encierro. Decido pinchar. Hacía años que no los veía en directo, por no exponerme a una cornada tempranera que me desarbolase el día. Pero total, llevamos una racha en que la simple lectura de la prensa ya lo hace. Al menos una cornada es algo digno.

Salen los toros, corren los mozos. Me fijo en que los más valientes se rozan con el animal, le tocan el cuerno. Me acuerdo de lo que dice Dragó: el contacto con lo genesíaco, el contacto con lo telúrico... Y ese sería mi problema si corriese los sanfermines: no pensaría en esas cosas potentes, sino en Dragó. Me estaría jugando la vida con Dragó en la cabeza.

De pronto me viene cómo los veía yo de niño, cómo los veíamos los niños: el puro jolgorio de correr, con los toros detrás como en el pilla-pilla. El tumulto, las caídas, los trompazos, igual que en los tebeos y las películas de Bud Spencer. Un maravilloso juego amoral, nada educativo. Ese sí en contacto íntimo con la vida, y sin Dragó (aunque conmigo ahora).

Tiene que ver con el niño al que le preguntaron por televisión qué le había gustado más de un desfile de las Fuerzas Armadas. Los adultos habían respondido con abstracciones: “la nación”, “España”... Pero el niño lo tenía claro: “¡los caballos y los tanques!”. (Parecía un pequeño Savater.) También una niña dio la respuesta exacta en uno de esos días de la Lengua en que había que escoger la mejor palabra del español. Los tristes adultos se abarataban en “paz”, “amor”, “libertad” “solidaridad”... Hasta que llegó la niña: “¡columpio!”.

El otro día subí al autobús y me senté en el primer asiento, muy cerca del conductor. Observándolo, empecé a angustiarme con su trabajo. Su jornada consistía en dar vueltas y vueltas al mismo circuito de la ciudad, como Sísifo. Entonces vi que, en una curva, el tipo se recreaba en el volante, yo diría que con felicidad. Recordé que de niño soñábamos con ese trabajo. Y jugábamos a él, colocando sillas en fila. Conducir autobuses: ¿cuándo dejamos de quererlo?

El gran juego de la vida: ¿cuándo dejamos de jugarlo?

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En The Objective.

26.6.19

Cs se mmmuere

“Mejor la destrucción, el fuego”, como terminaba Cernuda un poema. Sigue latiendo ese impulso. La tentación del cortocircuito. Hay un alivio de fondo en volver a la abstención (¡las manos limpias!), porque el no votar a Ciudadanos no se va a traducir en votar a los demás partidos, que me siguen pareciendo lamentables. Hay como un frenesí destructivo ahora, de colaborar en el hundimiento de lo que se está hundiendo; pero molesta ver a otros que empujan también y que son peores, mucho peores. Claman por una dignidad que nunca tuvieron; celebran ejemplaridades ajenas y ni se plantean las propias... Quienes elogian a Valls por haberse negado a Vox y por haberle cortado el paso a ERC, por ejemplo, bien podrían criticar a Sánchez por apoyarse en Bildu. Pero esperaremos sentados.

Le dije a una amiga: “Cerramos partidos como quienes cierran bares”. Todo esto ya lo vivimos con UPyD. Y no deja de tener su gracia que Martínez Gorriarán esté ahora en Twitter comentando la jugada y recomendando su libro sobre el hundimiento de UPyD, que se titula La democracia robada pero que viene a ser El asesinato de Rogelio Ackroyd de la política.

Lo cierto es que Cs se mmmuere, como el Goethe del relato de Bernhard, según el cual las últimas palabras del gran clásico alemán no fueron Mehr Licht! (¡más luz!), sino Mehr nicht! (¡más nada!). Lo que quería al morir no era más iluminación, sino que se acabara de una vez el asunto. Cs como partido seguirá, de todas formas. El que muere o mmmuere es el Cs que conocíamos: el Cs al que votábamos. Roldán lo formuló bien en su despedida: es Cs el que ha cambiado. Rivera ha decidido prescindir del votante específico de Cs (ese que de Cs se irá a la abstención, que es donde estaba antes) y quedarse con el que vota a Cs como podría votar al PP e incluso a Vox.

Escribió Nietzsche (¡hoy estoy citón!): “El lector de periódicos dice: con tal error ese partido se arruina. Mi política superior dice: un partido que comete tales errores está acabado –ya no posee su seguridad instintiva”. Todos los errores que viene cometiendo Ciudadanos tienen su origen en esa disipación. Dejó de ser aquel delicioso partido ondoyante (¡pero que sabía perfectamente adónde no se tenía que acercar con sus ondulaciones!) y se ha convertido en un plomo que no se mueve (¡no se mmmueve!), y encima en el lugar equivocado.

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En The Objective.

12.6.19

El discurso libre

Una de las alegrías de esta primavera ha sido la concesión del premio Anagrama de Ensayo al filósofo Daniel Gamper por Las mejores palabras, que se acaba de publicar. A Gamper le debo la escritura de mi “Autobiografía brasileñista”, y consideré emblemático que participara con una entrevista a Rüdiger Safranski en un librito de este muy importante para mí: Sobre el tiempo (Katz/CCCB). Tiene otras entrevistas en la misma colección a Zygmunt Bauman, Judith Butler, John Gray o Martha C. Nussbaum, ha traducido a pensadores como Friedrich Nietzsche, Max Scheler o Jürgen Habermas, y ha publicado en Trotta La fe en la ciudad secular.

Las mejores palabras es un libro elegante, civilizado (civilizatorio) sobre el ejercicio de la libre expresión y sus implicaciones existenciales, morales y políticas. Es suave y al mismo tiempo contundente, como el autor anuncia en la primera página: “Entiendo este texto como una especie de cascanueces que debe combinar la fuerza con cierta delicada habilidad para lograr sacar el fruto sin herirlo”. Su manera sutil de proceder me ha recordado el aserto de Nietzsche: “Los grandes pensamientos avanzan con pasos de paloma”. Los veintitrés ensayitos que componen el libro van avanzando así en su abordaje del tema, sumando facetas que se van completando, y en ocasiones tensionando, en sus reflexiones sobre la búsqueda (y recepción) de “las mejores palabras”; reflexiones que incluyen las interferencias del contexto ruidoso y de “las peores palabras” que se les oponen.

Sobre esto último Gamper, apoyándose en John Stuart Mill, dice algo que me ha parecido lo más estimulante del libro, y que en cierto modo lo vertebra. Más que el concepto de “libertad de expresión”, que pone su acento en el sujeto que se expresa, prefiere el de “palabra libre” o “discurso libre”, que implica a los oyentes, o a la sociedad en su conjunto: “Lo que se protege, a fin de cuentas, no es el derecho a hablar sino el derecho a escuchar. Se protegen las palabras y sus consecuencias y no a los hablantes o sus opiniones. Se protege, en definitiva, el intercambio a lo largo del cual se acaban discerniendo las mejores palabras”. Lo cual implica, entre otras cosas, “que sea obligación de los oyentes exponerse a la manifestación de las ideas que más detestan”.

Sirva solo como avance de este libro que recomiendo y que incluye además consideraciones sobre la verdad y la mentira, la conversación, la comunidad, la autenticidad, la lengua del Tercer Reich, la represión, la censura, la educación, la política, la democracia, las instituciones, la lengua común, la libertad, el silencio, la risa, las redes sociales, el periodismo, el miedo, la tortura, el amor, la calidez de los mamíferos y hasta una defensa aristotélica del botellón.

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En The Objective.

29.5.19

Evasión pessoana

Escribo esto mientras los ciclistas suben el Mortirolo en el Giro y sufro una pájara política. En el peor momento: cuando tengo que escribir una columna, que convendría que fuera política. Pero he terminado de colapsar, después del extenuante ciclo que el domingo concluyó. Me pilló en Madrid (voté, pero por correo) y el lunes, volviendo a Málaga en el Ave, leí un libro rápido: Crónicas de la vida que pasa, de Fernando Pessoa (Hermida Editores). Fue un principio de desintoxicación.

Políticamente estoy abstencionista: apático, cansado, con una soterrada desesperación (sin aspavientos ya). Me esfuerzo por ver la lucha política en plan entomológico, como Spinoza veía cómo se devoraban las arañas. De mi percepción se esfuman los componentes morales, incluso los ideológicos, y priman los teatrales. Todo es un teatrillo, despiadado pero enternecedor. No por ello caigo en el cinismo. Si fuera cínico me pondría a operar con esta nueva premisa, no a explicarla. Le pasó lo mismo a Maquiavelo, que por no ser maquiavélico fracasó.

"Sabio es el que se contenta con el espectáculo del mundo", escribió Ricardo Reis, el heterónimo más pasivo de Pessoa. Está en consonancia con lo de André Breton: "La historia cae fuera, como la nieve". El mundo y la historia tienen la capacidad de triturar al individuo, pero este no ha de darles la victoria de antemano. Se puede arrogar el gesto dandy de despreciarlos, hasta que le llegue el golpe. La peste de nuestro tiempo es el exceso de politización: cómo la política se ha metido en sitios en los que nunca debería haber entrado. Urge un repliegue helenístico o alejandrino: lo que les corresponde a los periodos de descomposición. (Tener en cuenta la política y observarla; pero sin caer en las emociones políticas).

Las Crónicas de la vida que pasa son unas cuantas columnas que Pessoa escribió en 1915, jugueteando. Hasta que lo echó el periódico que se las publicaba, por juguetear. Jugueteaba con paradojas, como el propio Pessoa reconoció: "Soy un pobre recortador de paradojas". Tomaba asuntos de la actualidad y les daba la vuelta, con estilo pessoano. Por ejemplo, defiende a un coronel ruso traidor a su patria en la Primera Guerra Mundial, que fue condenado a muerte. "Un traidor es simplemente un individualista", escribe Pessoa, "una criatura que, por dinero u otro interés personal, compromete los intereses de la patria". Pero los condenados tendrían que haber sido los estadistas que llevaron al país a la guerra, porque "estos comprometen a toda la patria, de una sola vez". La guerra, por cierto, la define de este modo espléndido: "es una sustitución, en la moral y en la acción, del criterio inhibidor por el criterio expansivo".

Como son pocas crónicas las que lleva el librito, no voy a desvelarlas todas, para preservar la delicia (la introducción es buena pero las desvela todas, por eso aconsejo leerla al final). Sí hay que mencionar la primera porque habla del oficio de opinar, jugueteando a tope: "La continua transformación de todo se da también en nuestro cuerpo, y se da en nuestro cerebro consecuentemente. [...] Ser coherente es una enfermedad, un atavismo tal vez". Y manifiesta falta de educación: "Es una falta de cortesía con los demás ser siempre el mismo a la vista de éstos; es machacarlos, afligirlos con nuestra falta de variedad". Y luego: "Una criatura de nervios modernos, de inteligencia sin cortinas, de sensibilidad despierta, tiene la obligación cerebral de cambiar de opinión y desde luego varias veces en el mismo día". Llegados a este punto, casi podría yo escribir lo contrario de lo que acabo de escribir en la presente columna (incluso la columna política que he rehuido).

Mientras me deslizaba por ella los ciclistas han terminado de subir el Mortirolo. Ciccone y Hirt han pasado primero. Ahora bajan también, porque allí no estaba la meta.

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En The Objective.

15.5.19

Otro regalo de Jabois

Mañana llega a las librerías una novela de Manuel Jabois, Malaherba (Alfaguara), y los que ya la hemos leído somos conscientes de nuestro privilegio. Es ni más ni menos que otro regalo de este periodista y escritor rebosante de dones. Se ha citado mucho la frase de Stevenson, pero si no se cita una vez más para Jabois, ¿para quién se va a citar? "El encanto es la virtud sin la cual todas las demás son inútiles". Estamos cansados de ver a autores que nos arrojan piedras, empeñados en el esfuerzo inútil de escribir sin encanto. Jabois escribe con gracia y ligereza, con un encanto irresistible pero cortés, porque no intimida (salvo que uno se sienta menoscabado por su talento). Y en el entramado de su prosa va la vida, con el placer y el dolor, con el amor, la rabia, el desconcierto y el ansia de conocer.

Esto se aprecia con un alto grado de pureza en Malaherba, porque sus protagonistas son niños. Uno de ellos cuenta la historia en primera persona, desde después. La realidad es entre cotidiana y salvaje, y el narrador va tanteando en sus elementos como un presocrático: afrontándolos a pelo, sin el filtro de la experiencia, con una mezcla de sorpresa y miedo, ordenándolos a su manera y dejando mucha parte en la sombra. El niño, que se ha encontrado con el mundo de golpe, se va encontrando también de golpe con las zonas del mundo que le faltaban: las que empiezan a asomarse a la edad adulta, en una suerte de adolescencia precoz, por medio de la muerte, la violencia, el amor, el sexo...

Estas cosas abstractas de que hablo para no destriparle al lector la historia no aparecen así en Malaherba, sino, como en toda buena novela, con una concreción admirable. Aparece un mundo preciso en sus páginas, vivo, tangible, situado geográfica y temporalmente: la Pontevedra de finales de la década de 1980, el colegio Campolongo. La mitología infantil se nutre de referencias específicas de su momento, que transmiten su emoción incluso a quienes no las vivieron justamente por la potencia de su mitologización. Aquí están, por ejemplo, los clicks, Double Dragon II, Magic Johnson o Franco Battiato, cuyo Mr. Tamburino es el nombre con el que se hace llamar el niño protagonista.

Malaherba tiene algo de Salinger, de Delibes, de El señor de las moscas (aunque con ternura), de Vida de este chico y de la película La noche del cazador (asociación a la que invita la portada). Aunque como sé que El gran Gatsby es la novela que más admira Jabois, también he encontrado mucho de ella: como un Scott Fitzgerald que se ocupara de la infancia. Hay muchas frases memorables en Malaherba, algo habitual en Jabois. La editorial ha resaltado acertadamente una: "Bien sabe Dios que es más peligrosa la pena que el odio, porque el odio puede destruir lo que odias, pero la pena lo destruye todo".

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En The Objective.

30.4.19

Por delicadeza

Ha habido una cosa bellísima, puramente española, quijotesca: España estaba dispuesta a suicidarse huyendo de Vox para demostrar que no es un país fascista, sabiendo que en su huida podía caer en manos de los únicos que son más fascistas que Vox. Podría decir lo de Rimbaud: "Por delicadeza, perdí la vida".

Es un país tonto y adorable. Un país noble. Diga lo que se diga, persiste la culpa del franquismo. La culpa de la guerra civil y la culpa de la dictadura: también las víctimas se sienten culpables, por esas tortuosidades de la psicología. Hay una culpa colectiva que se empezó a pagar en la Transición. Aunque fuese injusto en el fondo (hoy se ve con mayor claridad esa injusticia), la bandera española debía ser purgada. Franco, qué le vamos a hacer, la dejó pingando. Era un trapo comprometido. Una de las subtramas de la Transición ha sido la recuperación de la bandera. Y cuando ya la teníamos casi recuperada han llegado los de Vox a devolverla a la casilla de salida. De nuevo, una bandera con connotaciones espurias.

Ha sido bello y absurdo el movimiento de España de huir de lo que no era. Le ha perdonado a Sánchez sus tonteos con el independentismo y su desactivación del bloque constitucionalista (en lo que también hay que contar las torpezas y altisonancias de Casado y Rivera) solo para dejar claro que no, que la ultraderecha no. Durante toda la Transición ha podido votar a la ultraderecha si quería, y nunca ha querido. Solo muy al principio salía Blas Piñar. Aguantó los crímenes del terrorismo etarra y ahora las impresentables agresiones de los nacionalistas catalanes. Y cuando, con Vox, ha asomado una respuesta de la calaña de estos nacionalistas, la mayoría de los españoles ha huido de ahí.

Esta mentalidad, naturalmente, ha abonado ese nacionalismo que la destruye. Contra el fascismo de los Puigdemont, Torra, Rufián y Otegi no parece tener los antídotos que tiene contra el de los Abascal y Ortega Smith. Políticamente es suicida, pero estéticamente (incluso moralmente) es de una belleza conmovedora. Con su punto cruel, como todo lo bello. Qué delicado ese movimiento hacia Sánchez. Qué educadamente ha dejado en evidencia a los Rufián y Otegi, que en la noche electoral la seguían insultando.

Como pegote anticlimático he de decir que habría seguido siendo así aunque hubiesen ganado Casado y Rivera (la propaganda de Sánchez era falsa, y no digamos la de Iglesias). Pero lo estético ha sido el subrayado en la dirección contraria: esa quijotesca coquetería.

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En The Objective.

29.4.19

Justicia poética

Los que pensamos que sería bueno para el país un pacto entre Ciudadanos y el PSOE nos quedamos chafadísimos anoche. Casi se podría añadir: como era previsible. El aliento lo daban al principio los resultados: el PSOE con 123 escaños y Ciudadanos con 57 son los dos únicos partidos que suman mayoría absoluta en el Congreso (excluyendo, naturalmente al PP con sus 66). Pero en seguida se deshizo la posibilidad: con la militancia del PSOE gritándole a Pedro Sánchez que "con Rivera no", y con Albert Rivera arremetiendo contra el PSOE (como en una prolongación de su segundo debate televisivo) y dando por hecho que el nuevo gobierno sería de Sánchez "con Podemos y los independentistas".

Me consta que todavía en estas elecciones ha habido votantes que han votado en Ciudadanos al partido de centro que ya no quiere ser: por inercia lo seguían viendo como la bisagra que promoviese un bipartidismo bueno. Pero Ciudadanos se concibe ahora como un partido de poder, el partido de la derecha; con el pequeño inconveniente de que le queda muchísimo para el poder, si es que llega algún día. Por el momento, su estrategia sí ha sido buena para atraer votos. Mi impresión, sin embargo, es que pese al resultado estupendo Rivera sigue extraviado. Perdió su sitio tras la moción de censura, y por ahí anda.

En el otro lado, como decía, está esa militancia socialista que gritaba contra Rivera. Este es ahora el malo por haberle puesto el "cordón sanitario" al PSOE. Pero en realidad el odio del PSOE a Rivera –y su "cordón sanitario" de facto– era anterior. La discordia, sea como sea, parece insalvable. Yo aún confío en que mi adorado Ibex 35 empuje un poco, pero lo veo difícil.

El batacazo del PP le deja las cosas imposibles a Pablo Casado. Su perspectiva en la legislatura que entra es la de una altisonancia no avalada por los números. Aunque para altisonancia la de Vox, cuyos berridos de ayer se siguen oyendo, primero con Javier Ortega Smith y después con Santiago Abascal: demostrando que lo suyo es el podemismo de derechas. Mientras tanto, Pablo Iglesias, quizá el máximo responsable del embrutecimiento retórico del país, seguía jugando a la moderación: apareció con el mismo jersey y el mismo tono tranquilito del debate, que tanta renta le han dado. Podemos ha perdido casi la mitad de sus escaños, pero acaricia el poder con el PSOE. El partido que empezó yendo a por todas, ha terminado siendo la bisagra de un bipartidismo malo.

Mención aparte merecen los también triunfadores ERC y Bildu (y en menor medida, aunque también en la onda, el PNV): el odio, la rabia, el desprecio, el absoluto egoísmo y la discordia que expresaban los discursos de Gabriel Rufián y Arnaldo Otegi sí que daban miedo, o deberían darlo. Pero España solo está vacunada contra uno de nuestros fascismos.

Le queda ahora a Pedro Sánchez encargarse de la situación. No deja de haber justicia poética en el hecho de que a él vaya a caerle la patata del tema catalán, y todas las demás patatas: la recesión que al parecer se avecina, el incremento del paro, todo lo que le concierne a un gobierno en firme. Era un poco irritante lo que estaba haciendo con solo 84 diputados. Ahora con 123 ya sí podrá decirse que el pueblo español lo ha querido. A mí particularmente eso me deja más conforme. Si vamos a peor, será la democracia. Y si vamos a mejor también.

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En The Objective.

24.4.19

El debate final

Antes de que empezara el debate final (segundo y último) me he acordado de esos japoneses que en las corridas de toros se van después del tercero, antes de que los toreros repitan: porque total, ya los han visto. Ayer, total, ya vimos a los cuatro candidatos debatiendo. ¿Para qué otra vez? Pero ha resultado que esta ha sido más entretenida. No ha llegado a cuajar ninguna faena memorable, pero ha habido chispacitos. El formato de Atresmedia era más dinamizador. Lástima que Tele 5 no esté en el grupo, porque el epílogo ideal sería que los candidatos se tirasen con Isabel Pantoja del helicóptero de Supervivientes (una posibilidad que me inspiró un tuit de Maite Rico).

Mi balance intuitivo, sumando los dos debates, sería este: el único que gana votos es Pablo Iglesias; el único que los pierde es Pedro Sánchez; y Pablo Casado y Albert Rivera se quedan como estaban. Estos dos no han conseguido su propósito de noquear a Sánchez, aunque –sobre todo en este segundo debate– lo han tenido tambaleándose varias veces. Pero no han logrado rematar la faena, sobre todo por Rivera: demasiado nervioso y verborreico, con golpecitos histéricos en vez de buenos golpes (aunque algunos ha dado de estos, y entonces sí le ha salido bien). Pero el que más daño le ha hecho a Sánchez ha sido Iglesias: le ha dado el beso de la muerte, un beso vampírico con el que le ha chupado votos.

La gran estrella del debate ha sido el jersey negro de Iglesias, que le ha funcionado muy bien. Por algún motivo, el jersey transmite confortabilidad, confianza hogareña (y si es en Galapagar no digamos). Iglesias ha entrado divinamente en el sistema y el sistema lo quiere. Debería ir a más debates y a menos mítines. Creo que este Iglesias, más tranquilo, más moderado, con el puntito justo de reivindicación, hubiese ganado las anteriores elecciones. Pero claro, le faltaba aún el componente fundamental: ser padre y tener una hipoteca. Aquí se le ha terminado de forjar el carácter. Y en esos meses pasados en la minería del pañal. Lo desconcertante es cómo ha tirado su minuto de oro: el tío ha ido fenomenal durante todo el debate en plan Iglesias nuevo y en el momento decisivo va y saca al Iglesias viejo... Ha sido el único momento del debate en que le ha ido bien a Sánchez: pero se terminaba justo ahí y este se ha quedado sin usufructuarlo.

Casado y Rivera empezaron bastante bien, golpeándole duro a Sánchez, no como ayer sino como adultos, sin aniñamiento. Y Sánchez, a diferencia de ayer, lo acusaba. Durante los primeros minutos parecía que la velada iba a ser una masacre. Pero empezaron a disiparse –sobre todo Rivera, como digo– y la cosa no cuajó. Sánchez se recompuso y tuvo ráfagas presidenciales. Pero él mismo las abortaba pronto: con sus tics, sus resoplidos, su acartonada gestualidad, sus menesterosas dotes de actor. Pero lo peor es cuando se le contraría de verdad y se enfada: entonces le brota sin poder dominarlo el déspota que lleva dentro. Los guapos están muy mal acostumbrados. Con todo, mi impresión es la de ayer: es el único que da como presidente. Casado y Rivera no dan. Aunque tal vez les baste serlo para que den.

En fin, que el perdedor ha sido Sánchez, pero no mucho. Casado y Rivera han estado ahí, manteniéndose (ayer mejor Rivera, hoy mejor Casado). Y ha ganado Iglesias, aunque tampoco mucho, y sin que le vaya a servir para nada.

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En The Objective.