28.1.19

El lastre de Podemos

El lastre de Podemos han sido esos regímenes que sus dirigentes apoyan; empezando, claro, por el de Venezuela: un país al que han contribuido activamente a hundir, y al que siguen empujando hacia abajo en estos momentos críticos. Esos regímenes han arrojado su sombra vieja sobre lo que ellos llamaban “nueva política”: una novedad quizá entre nosotros, pero con un fracaso contrastado en todos los sitios (y las épocas) en que se probó. El lastre de Podemos es que, no habiendo gobernado, se conocen de sobra los efectos que tendría su gobierno.

Íñigo Errejón, que es el listo, ha borrado ahora sus tuits de apoyo a la tiranía de Maduro. Hace nada hablaba de las tres comidas al día de los venezolanos. Debe de ser el listo por lo rápido que ha aprendido la lección. Es cierto que después de casi todo el mundo, y muchísimo después que los sufridos venezolanos. Pero en comparación con los que le rodean es el listo. También como listo es el primero de Podemos que, con respecto al “régimen del 78”, empieza a llegar poco a poco, con enormísimo esfuerzo intelectual y tras un tortuoso proceso interior, desgarrador sin duda, a unas conclusiones parecidas a las que el españolito medio llegó hace cuarenta años sin despeinarse.

Esos tuits maduristas, ha debido de pensar Errejón, eran un lastre para él. Como también lo eran Pablo Iglesias y (técnicamente) Podemos. Ramón Espinar es el último que se ha marchado. Antes lo hicieron muchos otros. La idea que va cundiendo es que Podemos es el gran lastre de Podemos. Cabría la esperanza de que, con la marcha de todos, Podemos se convirtiese en un partido puro: en el partido perfecto. Quizá entonces me animaba yo a votarlo. Pero hay dos que no se irán: Pablo Iglesias e Irene Montero. Tienen que pagarse un chalet y dependen de Podemos para pagarlo.

Me obsesiona Pablo Iglesias, la situación en que ha quedado. Oigo a Íñigo Errejón y a Carolina Bescansa hablar con ilusión del Podemos de antes, del Podemos del principio. De sus palabras se deduce que el que se lo ha cargado ha sido Iglesias. Empieza a transparentarse el pensamiento de que la única reactivación que tendría Podemos (aunque fuese sin su nombre) pasaría por depositar todos sus males en Iglesias –unos males que se deben a Iglesias solo en parte; en su mayor parte se deben al roce con la realidad– y eliminarlo. Entonces advendría la purificación. Sería un proceso sacrificial de libro (de libro de René Girard, concretamente, que tan bien ha estudiado entre nosotros el filósofo Juan Antonio Horrach).

Produce un cierto escalofrío constatar que Iglesias se ha ido cargando (él solito, podríamos decir) con los atributos del chivo expiatorio: su liderazgo unipersonal, los agraviados que ha dejado por el camino, su arrogancia de macho alfa (con sus parejas aupadas o defenestradas según su relación sentimental con ellas), el error de su mansión, incluso su repliegue por la baja de paternidad... Aislado ahora como un personaje de Shakespeare, casi está convocando al cuchillo.

Al cuchillo simbólico, no físico afortunadamente. Porque esta es otra que le deben los podemitas a su denostado “régimen del 78”: todo esto acabará sin muertos. No como en las épocas (y los sitios) que les gustan.

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En El Español.

24.1.19

Historia de la Bossa Nova

Ocho programas magníficos para la radio de Ruy Castro, autor de Bossa Nova. La historia y las historias (Turner):








23.1.19

Atapuerca

La palabra se despega del niño de dos años que se cayó en el pozo. El niño sigue allí –seguirá allí aunque saquen el cuerpo– pero la palabra se mueve en otro mundo, un mundo casi autónomo: de asociaciones, ecos, pensamientos, mitos. Un mundo frío para el niño, que no lo protege; pero nos puede servir para conjurar el miedo, para acompañar la pena, a los que estamos arriba, hasta que dejemos de estarlo.

De niños era una de nuestras pesadillas recurrentes: la caída en un abismo, la angustia durante el trayecto, siempre demasiado largo, y el alivio final en el colchón. Para el pequeño de Totalán la realidad fue su pesadilla. Es insoportable pensarlo porque vivió la pesadilla definitiva, sin el despertar aliviado. Abruma la perfección de su fatalidad: ese entrar en la tierra por un conducto estrecho como un útero. Desaparecer como vino. Hago literatura, ¿pero qué puedo hacer?

El pasado 1 de enero me acordé de un ciclo de la Fundación Juan March sobre el origen y la evolución del hombre, impartido por paleontólogos de los yacimientos de Atapuerca. Juan Luis Arsuaga habla en su conferencia "Postura erguida, locomoción bípeda y el dilema del parto" de las dificultades del parto en nuestra especie, debidas a nuestra evolución hasta convertirnos en seres bípedos. Es una conferencia apasionante, que narra ese primer recorrido por el "canal del parto" como una auténtica odisea, complicada para el bebé y dolorosa para la madre. Arsuaga utiliza un sintagma expresivo: "el conflicto pélvico-encefálico".

Pero aunque ahora he vuelto a recordar el ciclo, mi recuerdo del 1 de enero fue por otra de las conferencias: "La evolución del lenguaje", de Ignacio Martínez Mendizábal. Y se debió a la primera noticia de este 2019, insoportable también: la del niño de tres años que murió atragantado con una uva en Nochevieja. En los días siguiente se publicó el dato de que el atragantamiento es la tercera causa de muerte no natural en España: en 2017 murieron en nuestro país 2.336 personas atragantadas.

Martínez Mendizábal explica que el peligro de atragantamiento –casi inexistente en los monos– lo tiene el ser humano por su capacidad de hablar. La laringe baja hace que la faringe sea demasiado larga, por lo que el alimento puede desviarse por la tráquea en vez de ir por el esófago. "¿Cómo la selección natural –se pregunta Martínez Mendizábal–, que hace que sobrevivan los más aptos, ha podido seleccionar una anatomía que es perjudicial para el organismo?". La solución la dio Darwin: cuando un órgano ha perdido eficacia en el desempeño de una función es porque ha adquirido una función nueva que es más importante para la supervivencia del individuo. En este caso, la función nueva es el lenguaje. El niño de la uva y los miles de atragantados anuales son las bajas ocasionadas por este prodigio.

Mientras escribo siguen los trabajos para llegar al niño del pozo. Es imposible que esté vivo, pero hay que seguir; no ya por esperanza, sino por desesperación.

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En The Objective.

21.1.19

Arriba y abajo (y en medio)

Como homenaje póstumo a Podemos me gustaría rescatar aquella idea suya de que no hay izquierda y derecha, sino arriba y abajo. Esta semana se ha cumplido por fin y Podemos se ha venido abajo al tiempo que el PP se venía arriba. Vox también está subidito, como lo estaba Podemos cuando hablaba de los de abajo desde arriba, que es desde donde gusta hablar. Ahora que podría hablarles de tú a tú ya no van a hacerle caso, porque a los de abajo les gusta votar a los que suben.

Me he acordado del gran Juan Cueto, que nos acaba de dejar. Con su lucidez vitriólica de los ochenta, el hombre que se autodefinía como “feo, catódico y sentimental” (lo primero por coquetería, porque era guapo) dijo cuando Serrat sacó el disco El sur también existe que lo que faltaba ahora que nos habíamos librado del chantaje ideológico era que nos cayese encima el chantaje geográfico. Él, que tanto norte nos dio con su revista Los Cuadernos del Norte. Pero de mi recuerdo lo que destaca es aquel hablar del chantaje ideológico en pasado... ¡Aquella dulzura de vivir!

Yo veo lo que está pasando en Podemos como un gran canto al “régimen del 78”: si en lugar de en este “régimen” que desprecian viviesen en alguno de los que adoran, estarían matándose físicamente. Pero el capitalismo también impone su coacción: hoy todos nos preguntamos cómo van a pagar Pablo Iglesias e Irene Montero su chalet si se les hunde el modelo de negocio. Mi pesimismo antropológico me hace no descartar que entre las motivaciones de Íñigo Errejón para apuñalar a Iglesias y liquidar Podemos esté ver a su amiguito del alma en la indigencia. La entrañable foto de los dos juntos de chavales no debe llevarnos a engaño: jugaban a la política y por lo tanto eran dos maquiavelines. El fallo de timing de Iglesias es que en el momento clave tiene que andarse con biberones en vez de con navajas.

El PP, mientras tanto, ha dedicado la semana a la trompetería autopromocional: primero con la presidencia de la Junta de Andalucía y luego con la Convención del finde. Entre una cosa y otra, se ha situado arriba y empieza a cundir la sensación de que pueda ir en serio. Aunque para los votantes seguirá el lastre de la corrupción, y pueden verse frenados por los mensajes contradictorios de Rajoy y Aznar (con esos malabarismos para que no se cruzaran). Los muy de derechas que no se lo terminen de creer seguirán con la idea de votar a Vox, incluso para decantar el PP que prefieren.

En cuanto a Ciudadanos, se ha quedado compuesto y sin Vargas Llosa. Ni arriba ni abajo: en medio. También en el centro de la vertical.

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En El Español.

14.1.19

Qué cambio

La palabra cambio ha vuelto a triunfar, después de aquel cartel –insuperado– de Felipe González en las elecciones generales de 1982, cuyo lema era Por el cambio. El del candidato del PP que va a ser presidente de la Junta de Andalucía ha sido Garantía de cambio. Quién nos iba a decir que muchos años después el cambio sería echar a los socialistas.

El cambio está bien: cambiar a un partido que llevaba treinta y seis años en el poder era una cuestión de ventilación democrática; lo venía siendo desde hacía mucho. Pero el que hasta ahora no haya podido ser no se ha debido solo al clientelismo y la potencia propagandística del PSOE andaluz: es que el PP andaluz no ha dado la talla. La cuestión es que ahora va a llegar al gobierno (con el apoyo de Ciudadanos y, ay, de Vox) habiéndola dado menos que nunca. El PP andaluz nunca ha tenido un candidato más flojo que Juan Manuel Moreno Bonilla, el hombre anteriormente conocido como Juanma.

Por eso me rechina todo el aparato emotivo asociado a la palabra "cambio", que el PP está propulsando con una retórica muy parecida a la de sus detestados socialistas. Estamos viendo (los que tenemos la desdicha de verlo) que el problema en Andalucía no era tanto el del partido en el poder como el de la clase política andaluza, de una mediocridad arrasadora (incluso por debajo de la media nacional, que tampoco es para tirar cohetes).

De manera que me parece bien el cambio en la Junta (aunque sea con el apoyo, ay, de Vox), pero no participo del entusiasmo con que lo envuelven. El González de 1982 si transmitía ese plus, con su mirada soñadora y el cielo claro de aquel cartel. El pobre Juanma, sin embargo, queda como sobrepasado por la palabra, y algo parecido le ocurre al que será su vicepresidente, Juan Marín, el hombre anteriormente conocido como Joe Rígoli.

Otra cosa es que el trabajo que se les viene encima sea ciertamente hercúleo. Desmontar un sistema de poder como el del PSOE en Andalucía va a ser complicado. Tampoco sé si de verdad va a ser desmontado o simplemente ocupado por los nuevos. Pero aunque fuese solo esto, ya resultaría saludable en sí mismo. Me carga, como digo, la retórica. Pero es que admite poca retórica el cambio tal como lo veo en Andalucía: un higiénico "cambiarle el agua a las aceitunas".

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En El Español.

9.1.19

Tres delicias

Algo que ciertamente no se nombra con la palabra azar, sino con la palabra amistad, hizo que en el último tramo de mis lecturas de 2018 hubiese tres auténticas delicias. Tres libros elegantes, vitales y fecundos, con su puntito de melancolía, que es la señal de la alegría que va en la corriente del tiempo: Comimos y bebimos. Notas de cocina y vida, de Ignacio Peyró; Hoguera y abanico. Versiones de Bashō, de Ernesto Hernández Busto; y Otra modernidad. Estudios sobre la obra de Ramón Gaya, de Miriam Moreno Aguirre (el primero editado por Libros del Asteroide y los otros dos por Pre-Textos).

Comimos y bebimos es ante todo leímos: un disfrute de prosa consagrada a hacer perdurables los placeres fugaces de la mesa, que buscan su modo de eternidad en la memoria y en la repetición (siempre variada). Ignacio Peyró habla de comida y de bebida, pero sobre todo de amistad, de amor, de literatura, de lugares de culto (restaurantes, bares, algún club inglés y hasta una gasolinera), de etapas de la vida asociadas a los sentidos; de un mundo que desaparece, pero también de las compensaciones del que surge. A cada paso de su prosa hay expresiones felices y toquecitos emotivos, de un sentimentalismo con humor. De los clientes masculinos del lujoso Wilton’s de Londres (“caro como casar a una hija”) dice que gustan de “puros de antes de Castro y muchachas de después de Gorbachov”, de cierto camembert que huele “como los pies de Dios”, que la paella “no debería funcionar, y sin embargo funciona”, que el del puro es “el placer pensativo”, o que un buen bar es aquel que nos ofrece “el alcohol y la penumbra”. Yo he tenido la suerte de disfrutar con Peyró y los otros amigos catacumbísticos de tres de los lugares de Madrid que cita –El Padre, Asturianos y Cuenllas– y fueron ocasiones memorables: como las que transmite este libro.

En Hoguera y abanico, Ernesto Hernández Busto no solo ofrece una abundante muestra de poemas del maestro del haiku Matsuo Bashō (en versiones que son también poemas en español), sino además un extenso prólogo con la biografía y la poética del autor japonés, que sirve como un tratado de poesía (y vida). Cada haiku va en español y en japonés, y con un comentario que constituye en sí mismo una lectura deliciosa. Para Bashō, “el secreto de la poesía radica en pisar la senda intermedia entre la realidad y la vacuidad del mundo”. Es indudable la relación de este poeta con el zen, pero la interpretación de Hernández Busto tiene la virtud de –sin negarlo– resaltar el empeño esencial de Bashō, que no es el religioso sino el poético: sus iluminaciones son las de la poesía. Esta, para Bashō, ha de ser inútil: “Mi arte es como hoguera en verano y abanico en invierno”. Así se mantendrá lejos “del ansia de poder, de la búsqueda de la fama y de las cosas que corrompen el alma”. Citaré solo un haiku, adecuado para estas fechas: “¡Ya es Año Nuevo! / Recuerdo solitarias / tardes de otoño”. En su comentario Hernández Busto habla del recogimiento del poeta en medio de la celebración, pero no para “enfrentar su soledad a la vanidad”, sino para “dar forma a un sentimiento ambivalente: esa porción de tristeza que es necesaria para que la vida cobre sentido”.

Otra modernidad es un extenso estudio, riguroso y apasionante, sobre la obra del pintor Ramón Gaya, con un cuadernillo final de casi sesenta ilustraciones que forma un museo portátil como el que Gaya se hizo en su exilio de México con reproducciones de cuadros que admiraba: aquí los que admiramos son sus propios cuadros. Miriam Moreno Aguirre repasa los hitos biográficos del artista, rastrea sus fuentes filosófico-estéticas (Krause, Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset, Unamuno, Nietzsche, Bergson), recorre su obra pictórica y analiza su visión del arte (y, nuevamente, de la vida). Además de pintor, Gaya fue un escritor notable que, en libros como El sentimiento de la pintura, Velázquez, pájaro solitario, Naturalidad del arte (y artificialidad de la crítica) o su Diario de un pintor, dejó sus ideas sobre la pintura, de una originalidad y una radicalidad que no tienen que ver con las pirotecnias vanguardistas, sino con esa “otra modernidad” del título; “una modernidad natural –escribe la autora– que no tiene rostro escandaloso, ni consta de aparato teórico”, porque, según Gaya, “viene a ser algo así como un tímido y atrevido frescor que, de pronto, se aviene a dar unos pasos: nada más, eso es todo”. Para Gaya, la clave del arte no es hacer, sino ser. Distingue entre la obra de creación y lo que él llama el “arte artístico”: el separado de la vida. Su denostación de este arte, y su dedicación al otro, lo asumió como un destino, sabiendo que con ello quedaba condenado a la falta de reconocimiento. Fue un nietzscheano verdadero, por intempestivo. De ahí la belleza de un libro como este, que contribuye a su restitución.

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En The Objective.

7.1.19

Vox, marcando paquete

Vox ha venido a compensar el panorama político español, tensándolo hacia el otro extremo. Hasta su irrupción estaba desequilibrado: con la tensión solo hacia uno. Este reequilibrio basado en dos extremismos no es apacible, pero al menos es más limpio geométricamente. Y no deja de contener cierta justicia: Vox es la respuesta a los que se pensaban que los consensos de la Transición los iban a romper solo por un lado.

Ese tironeo irresponsable lo inició Zapatero. De hecho, el primer libro de historia en el que apareció, la Historia mínima de España de Juan Pablo Fusi (2012), decía de su presidencia que supuso “la ruptura de consensos básicos vigentes, tácita o explícitamente, desde la Transición”. Y añadía: “El PSOE parecía identificar ahora democracia con izquierda y nacionalismos; la idea parecía ser que, treinta años después de la muerte de Franco, las circunstancias españolas ya no eran las circunstancias de la Transición”. Pues ahí lo tienen.

Por otra parte, en esto estuvieron siempre los nacionalistas. Y los podemitas, desde que surgieron. Tras el éxito de Vox en las elecciones andaluzas, algunos afines a Podemos se lamentaban de que había alcanzado representación política lo que hasta entonces eran conversaciones de bar. Faltaba responderles que hasta que no lo han sacado del bar no han parado. Como ya apunté, no se dan cuenta de que su énfasis de ahora los desenmascara: si según ellos PP y Ciudadanos ya eran “fachas”, ¿a qué esta alarma novedosa con Vox? Tratan de salvar los muebles (y de autojustificarse) mediante la asimilación de estos partidos con Vox. Pero no cuela. Como no cuelan los ataques súbitos de antifascismo en quienes llevan años consintiendo con nuestro fascismo realmente existente. (O lo que más se le parece, en todo caso: más incluso que Vox, que aún no ha sacado ninguna antorcha).

Los nacionalistas llevan cuarenta años jugando con la ventaja de no estar luchando contra sus opuestos, sino contra los que ya les habían concedido mucho. Luchaban contra el fruto del diálogo, que fue el Estado de las autonomías; y por eso, por mucho que tengan la palabra “diálogo” en la boca, sus exigencias van contra él. Ahora con Vox tienen a sus verdaderos oponentes: los que quieren centralismo y (ahora sí) nacionalismo español.

Está uno tentado de soltar una humorada equivalente a la de aquel ateo que defendía la religión católica frente a las demás porque al menos era la verdadera. En esta asfixiante guerra de nacionalismos, la ventaja del español para los que nos consideramos antinacionalistas es que al menos es el verdadero. Pero, claro, el nacionalismo es lo que tiene: no la aséptica ciudadanía, sino una enojosa adscripción a contenidos espurios. En el pack (¡en el paquete!) de Vox van demasiadas cosas adosadas a “España”: la familia tradicional, la caza, los toros, la xenofobia, el montar a caballo como señoritos, la rigidez antiondulante y un cierto poner los cojones encima de la mesa.

Este es el gran momento de la visualización del centro, pero me parece a mí que el centro es el que tiene todas las de perder: el reequilibrio no se traducirá en tranquilidad, sino en bronca. Volvemos a un bipartidismo, pero en bruto.

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En El Español.

6.1.19

Mitologías del Mont Ventoux

1. El ciclista ético

Lo primero fue el imperativo ético: el dibujo de Marcel Duchamp Avoir l’apprenti dans le soleil [Tener el aprendiz al sol], que yo descubrí en el libro La vida como azar de José Jiménez. El enigmático título de Duchamp aparece al pie de ese dibujo de 1914 que, como escribe su autor, “representa a un ciclista ético subiendo una cuesta reducida a una línea”. El fondo del ciclista y de su cuesta lo atraviesan pentagramas: el dibujo está hecho en papel pautado, en papel musical. Las pedaladas del ciclista compondrían, pues, arte. Su ascenso ético tendría un resultado estético. Bajo un sol que no se ve –el sol del título– pero que alumbra y calienta la imagen. El ciclista, por lo demás, solo está concentrado en su tarea, unido a su bicicleta.

Acogí ese dibujo como emblema personal, debido a mi pasión por Duchamp (que me venía de Octavio Paz y Eugenio Trías) y a mi pasión por el ciclismo; también por mi Montano, “perteneciente o relativo al monte”. De mi diario Oficio pasajero copio dos anotaciones:
(20-VII-1993) Cronoescalada desde el Puente de Hierro hasta Almogía [...]. Nunca me había sentido tan fuerte en la bicicleta: 22 minutos y 43 segundos pedaleando a tope; sensación de plenitud. El ciclista ético es un generador de energía que se alimenta de su propio derroche; la cuesta es algo que crea él: una invención anticipada de la rueda de su bicicleta.

(19-VIII-1996) Día de ayuno. Por la mañana, subiendo en bicicleta al Mirador, me he zafado en cierto instante de los pensamientos y he hundido la cabeza para contemplar mis propias pedaladas, como el ciclista ético de Duchamp; un cosquilleo vivificador me ha recorrido entonces el espinazo. Desde arriba, luego, la visión rutilante y neblinosa de la bahía.
Aquellos eran los tiempos de Indurain. Y por eso sé que entonces no asociaba todavía el ciclista de Duchamp al Mont Ventoux. En el Tour de 1994, Indurain estuvo a punto de caerse en un descenso: derrapó y tuvo que sacar un pie en plena curva. Los aficionados recordamos la imagen, el momento de mayor peligro en la carrera triunfante de Indurain. Pero ahora he visto que la bajada era la del Mont Ventoux; el que no hubiese retenido el dato indica que aún no sabía que ese es el monte del ciclista ético. El primero en la subida de aquella jornada fue, por cierto, Eros Poli. Significativamente: Eros y Tánatos (la sombra de la caída que no se produjo). El amor y la muerte, incluso.


2. Tom Simpson

La muerte que sí se produjo en el Mont Ventoux no fue en una bajada sino en una subida: la de Tom Simpson, en el Tour de 1967. En esa ocasión el primero en pasar por el monte fue Julio Jiménez (otra vez ese apellido). La muerte de Simpson es uno de los acontecimientos señalados de la historia del Tour de Francia. Dejó el Mont Ventoux marcado: contribuyó a su mitificación con un sacrificio humano. Y lo peculiar, insisto, está en que fue una muerte en pleno ascenso. En Cumbres de leyenda, Carlos Arribas y Sergi López-Egea lo cuentan así:
Por el Chalet Reynard [la zona sin vegetación] Simpson ya pasó descolgado y con la mirada perdida. De hecho, solo había resistido once kilómetros, de los veintidós de ascensión, en el pelotón de las estrellas. [...] Nadie en el pelotón, entre los ciclistas que lo iban superando, se percató de la gravedad de la situación de Simpson. Sin embargo, la muchedumbre, agolpada, como siempre, en la ladera del Ventoux, ya observó algo extraño en aquel corredor vestido de blanco que iba dando tumbos y que movía la bicicleta de una forma rara y singular, de un lado a otro de la carretera. [...] A tres kilómetros de la cumbre, allí donde [hoy] se erige el monumento dedicado a su memoria, se apeó de la bicicleta. No podía dar ni una pedalada más. Aún tuvo fuerza para desatarse los calapiés. Para tratar de apoyarse sobre el cuadro de la bicicleta. Las manos sobre el sillín y el manillar... Buscaba recuperar unas fuerzas imposibles. [...] Simpson, con aire fatigado, trató de subir de nuevo a la bicicleta. Pero vaciló y se derrumbó sobre la carretera. Volvió a intentarlo. Otra vez al suelo. A la tercera ocasión ya no se levantó más.
Intentaron reanimarlo con el boca a boca, primero un espectador, después el médico oficial del Tour. Pero Simpson no reaccionaba y avisaron al helicóptero para que se lo llevara al hospital de Aviñón, donde ingresó cadáver. Según la autopsia, la muerte de Simpson se debió a una parada cardiaca provocada por anfetaminas y coñac, más el calor y el esfuerzo. En Plomo en los bolsillos, Ander Izagirre recoge unas declaraciones que hizo muchos años después Colin Lewis, el neoprofesional que compartía habitación con Simpson en aquel Tour y que fue quien le proporcionó el coñac. Cuando se dirigían al Ventoux los gregarios habían asaltado un bar, como era costumbre en la época:
"Las cocacolas eran los botines más preciados y yo vi una botella encima del frigorífico, así que me subí a una silla y la cogí. Luego me guardé otras tres botellas en los bolsillos traseros del maillot y me metí una más por la nuca, sin saber qué eran. Salí corriendo". Después tocaba perseguir al pelotón, cazarlo y buscar al jefe de filas. "Busqué a Tom en el grupo y le pasé la cocacola", cuenta Lewis. "Se la bebió entera, casi de trago, y luego me preguntó: '¿Qué más tienes?'. Metí la mano en el bolsillo y agarré una botella cualquiera: era coñac Rémy Martin. Tom la vio, dudó un instante y al final me dijo: 'Qué demonios, dámela. Ando un poco flojo, a ver si me pongo a tono'. Bebió un trago y luego arrojó la botella por los aires a un campo de girasoles".
Al comienzo del Tour, Simpson le había dicho a Lewis que aquella sería la etapa clave: "Cuando coronemos el Ventoux, sabremos quién será el ganador en París". Lewis lo recordaría en el hotel al lado de la cama de Simpson vacía. Simpson se comportó como un artista, como un artista maldito: el ciclismo considerado como una de las bellas artes. El último detalle de su muerte es que, cuando estaba ya tumbado en la gravilla, siguió dando pedaladas al aire: "haciendo girar unos pedales invisibles". Con ellas salió del Ventoux, o lo completó.


3. Petrarca

En algún momento asocié el ciclista ético de Duchamp a Tom Simpson. Y consideré, por tanto, que la cuesta del dibujo era la del Mont Ventoux. Mi emblema se concretaba; aunque adquiría un sentido excesivamente fúnebre, que no terminaba de agradarme. Fue entonces cuando descubrí, en la librería del Reina Sofía de Madrid, un libro con la carta de Francesco Petrarca sobre su subida al Mont Ventoux. Aunque la subida no tenía que ver con Laura, Petrarca era inevitablemente el poeta del amor a Laura; del amor único. Ahora el ciclista ético estaba completo, en su Mont Ventoux: ciclista del amor y de la muerte.

El amor único parecía ser evocado, curiosamente, por este proverbio provenzal: “Quien sube al Ventoux no está loco. Sí lo está quien repite”. Amor único también en el sentido de “una y no más”.

Cuando Petrarca iniciaba la subida al Mont Ventoux el 26 de abril de 1336 –fecha de la carta en que lo cuenta, supuestamente tras el descenso; aunque en realidad la escribió años más tarde–, un viejo pastor le advirtió que no lo hiciera. Él mismo se había puesto a ascenderlo cincuenta años antes y lo único que consiguió fueron magulladuras. Según el gran Jacob Burckhardt en La cultura del Renacimiento en Italia, “en el ambiente en que [Petrarca] vivía, el escalar montañas sin tener un propósito concreto era algo inaudito”. Si Petrarca lo hizo, fue porque, viviendo en Aviñón, con la vista omnipresente del monte, “una necesidad indefinida por contemplar un amplio panorama fue creciendo cada vez más en su interior”.

Se hizo acompañar por su hermano Gherardo y dos criados. Partieron de Malaucène, naturalmente a pie. Esa está considerada hoy la ruta más difícil para los ciclistas. La de la etapa de Simpson, que tampoco era fácil, fue la de Bédoin. Escribe Ángel Crespo en su prólogo al Cancionero:
El tiempo era bueno, y Gherardo emprendió la escalada con decisión; Francesco, en cambio, dio rodeos, descendió algunos pasos, en busca de mejor camino, cuando se sintió fatigado y, ante las llamadas de su hermano, le dijo que, en lugar de seguir, como él, el camino más recto, buscaría uno que fuese más practicable por la otra vertiente, aunque ello le llevase más tiempo. No era, reconoce el poeta, sino un pretexto para justificar su pereza. La consecuencia fue que, tras desgarrarse las ropas y lacerarse las carnes, cansado y arrepentido de su falta de decisión, hizo un supremo esfuerzo y, una vez en lo más alto del monte, pudo contemplar un maravilloso panorama.
El mismo Petrarca lo dice así en su carta, tras haberse puesto “a vagar dando rodeos por las partes bajas en busca de una senda más larga pero más llana” (tomo la traducción de Plácido de Prada en José J. de Olañeta, Editor, Subida al Monte Ventoso):
Quería con ello posponer el esfuerzo de la subida, pero no cambia sus leyes la naturaleza por las mañas humanas, ni se puede lograr que algo material llegue a lo alto descendiendo.
Lo que Petrarca está trazando es una alegoría, ciertamente diáfana:
Igual que tantas veces te ha ocurrido hoy en la subida de este monte, te ocurre a ti como a tantos en el camino a la vida bienaventurada. [...] Evidentemente nada más que la senda llana que discurre por entre bajos placeres terrenos y que a primera vista parece más fácil y cómoda; pero tras muchos extravíos, cansado y agobiado por la fatiga que innecesariamente has diferido, te verás obligado o a subir a la cima de la vida bienaventurada, o a echarte cobardemente en el bajo valle de tus pecados, y si allí te encuentran (horrible augurio) las tinieblas de la muerte, deberás pasar entre incesantes tormentos una perpetua noche.
Una vez en la cima más alta, sigue Petrarca, en una estampa que recuerda al famoso cuadro de Caspar David Friedrich El caminante sobre el mar de nubes, con cinco siglos de antelación:
Primero, impresionado y conmovido por la inusitada ligereza del aire y por la grandeza del panorama que me rodeaba, he quedado como estupefacto. He mirado a mi alrededor: teníamos las nubes por debajo de los pies, y entonces me ha parecido menos increíble lo que se cuenta del Atos y el Olimpo, al ver con mis propios ojos las mismas cosas en un monte de menor fama. He vuelto la vista a las regiones por las que más se inclina mi corazón, Italia; y he aquí que los Alpes, gélidos y cubiertos de nieve [...] me han parecido muy cercanos, pese a encontrarse tan distantes.
Tras contemplar el paisaje (desde el que, como me escribió mi amigo Bil, que estuvo allí, “se ve media Francia”), Petrarca abrió al azar las Confesiones de San Agustín y le salió por este párrafo:
Se van los hombres a contemplar las cumbres de las montañas, las grandes mareas del mar y el ancho curso de los ríos, la inmensidad del océano y las órbitas de los planetas; y de sí mismos no se preocupan.
Petrarca se quedó atónito. Cerró el libro, le pidió a su hermano que no le molestase e hizo el descenso “pensativo y silencioso”.


4. Signo ascendente

Ya tenía armada mi hipótesis (artística) de que el monte del ciclista ético era el Mont Ventoux, cuando advino una gloriosa confirmación: gráfica, como debe ser. Los carteles indicadores de la carretera de subida muestran la silueta de un ciclista ascendiendo por la línea que representa el monte, igual que en el dibujo de Duchamp. Sobre la imagen pone: “Le Mont Ventoux, 1909 m”. Y por debajo: “Géant de Provence”. Gigante de Provenza, como se conoce en el lugar a este monte que aparece aislado sobre una enorme región llana; la lavanda que la cubre parece una alfombra que conduce a sus faldas.

Geológicamente el Mont Ventoux pertenece a los Alpes, aunque esté solitario. En una crónica ciclística, Carlos Arribas lo llamó “incongruencia geológica en medio de la Provenza”. Es el mirador del lugar en que nació el amor cortés. Su cumbre está frecuentemente azotada por el viento (de ahí su nombre, Ventoso), motivo por el que se suspendió la mitad del ascenso en el desdichado Tour de 2016, aquel en que se vio a Chris Froome subir sin bicicleta, en involuntario homenaje a Petrarca. Originalmente el monte estaba cubierto de árboles, pero empezaron a talarse en el siglo XII para abastecer a los astilleros de Tolón (simbólicas esas maderas del Ventoux que se harían a la mar) hasta llegarse en el siglo XIX a la desforestación completa de los kilómetros superiores. La cima es de piedra calcárea, pelada, que es la que le da su inquietante aspecto lunar y la que parece nieve desde lejos, incluso en verano.

El primer ciclista que lo subió en un Tour, en 1951, fue Lucien Lazarides: otro nombre significativo. De Lázaro, el resucitado. Siempre la vida. Y también la muerte. Se dice que el cadáver del empresario Publio Cordón, secuestrado por el Grapo en 1995, está enterrado en el Mont Ventoux. Cuando se sube en el Tour, los periódicos suelen reservarle al monte denominaciones especiales: “la mística del último obstáculo”, “la montaña del miedo”. Un día en que se subía el Vesubio en el Giro de Italia, un comentarista dijo ante la vista del volcán: “Su perfil siempre me ha recordado al del Mont Ventoux”. Más tarde: “El ciclismo, cuando es bello, es de una belleza dolorosa”. Y Tim Krabbé en El ciclista: “El ciclismo de competición es justamente generar dolor”. Por su parte, Julio Torri: “El ciclista es un aprendiz de suicida”. Y otro mexicano, Juan José Arreola: “Se me rompió el corazón en la trepada al Monte Ventoux y pedaleo más allá de la meta ilusoria”. Como Tom Simpson.

Pero sobre todo es la vida: el esfuerzo es el de la vida. La apuesta por la verticalidad sobre la horizontalidad: el signo ascendente. La elevación sobre la tentación de abandonarse (de “dejarse caer”, como se dice). El imperativo del ciclista ético es el del esfuerzo y la concentración.



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Publicado en el trimestral de Jot Down nº 24, especial Francia.