31.7.21

Dietario: Disfraz de crucerista

Cruceristas. Hay dos batallas, la de la elegancia y la de la personalidad, y la mía es la segunda. Suele ser también la del malagueño medio. Este verano he optado por asimilarme al ambiente más de lo habitual, en esta forma paradójica de personalidad multitudinaria, y estuve unos días con el uniforme completo: manga corta (preferentemente camisa), pantalón corto y sandalias. Parecía un crucerista, pero es que eso parece el malagueño medio. Cuando Málaga empezó a poblarse de cruceristas noté que me resultaban familiares y era por eso: vestían y se movían como los malagueños lo han hecho siempre. Los malagueños hemos sido toda la vida cruceristas de nuestra propia ciudad.

Muerte por sandalia. Las sandalias, sin embargo, se cayeron de mi vestuario, tras un incidente que pudo haber sido fatal. Cruzando a paso ligero una rotonda se me metió un chino entre la suela y la planta del pie que me obligó a pararme en seco. Se clavaba como un cilicio. Como no tengo espíritu de penitente y me resultaba imposible sacarlo, con los coches zumbando alrededor, tuve que terminar de cruzar a la pata coja. Mientras me reponía, ya a salvo, pensé en los pobres guerreros de la antigüedad. ¿Cuántos, por ejemplo, cayeron en las Termópilas porque se les metió una piedrecita en la sandalia?

Flujometría. Otra experiencia nueva: tienen que medirme el chorro de la orina. Flujometría se llama. Cerca de la puerta indicada del Hospital Civil deambulan varios pacientes. "Aquí, esperando el pipí", dice uno. Y otro: "Yo me he hecho ya un montón de estas, pero nunca acierto. Tenía que haber bebío agua un poquillo antes". Yo tampoco he acertado, así que doy una vuelta a paso lento por la planta, junto a la barandilla, mirando a la gente de los pasillos y el patio, el sol y el cielo. Siempre me ha gustado el Hospital Civil, por su luz, por su calma como de otra época; aunque con la inevitable melancolía por quienes se fueron aquí. Vuelvo a la puerta y todos los de antes tienen ganas al mismo tiempo. "Yo estoy que voy a reventar", dice el que no acertaba nunca. Van pasando hasta que me toca a mí. Dos horas después me llama por teléfono el urólogo, tras valorar el chorro. Me dice: "¡Sensacional!".

Hilos de brisa. Hay más días de terral que de costumbre: imposibles días de aire gomoso, masticable; de estar como en una pecera de calor seco. Por fortuna, son días aislados: les suceden otros de levante, con su frescor. Una novedad es que a veces se dan entreverados: en la plasta del terral de pronto cruzan hilos de brisa; como una bandada que abanica un pelín y se pierde.

El amigo catedrático. Mi amigo Manuel Arias Maldonado ha llegado a catedrático (de Ciencia Política). Caigo en que en la sala de la Facultad de Derecho en que tiene lugar la oposición están todos mis amigos que ya lo eran: Manuel Alberca y Antonio Diéguez entre el público, y Ángel Valencia como miembro del tribunal. En una mesa se acumulan las publicaciones del candidato, que casi podrían ahorrarle la exposición. Pero la hace, y convierte un acto formal en un ameno recorrido por su vida académica, eminentemente riguroso pero en el que no faltan ironías, toques literarios y hasta humanos (con el recuerdo a sus difuntos padres o a la "atribulada vida romántica" que lo llevó a Berkeley y Múnich). De las respuestas del tribunal (dos profesoras estaban online), destaco la de su mentor Valencia, con su swing oratorio ("maestro de catedráticos" le llamo yo ahora), y la de Fernando Vallespín. Este recordó con emoción al Arias alumno en sus años de profesor en Málaga. Y destacó el salto de la ciudad desde entonces. Arias es un ejemplo, dijo, de la combinación entre "nativismo y cosmopolitismo": un malagueño que es profesor en Málaga a la vez que mantiene una intensa actividad internacional.

Teatro y fiestecita. En el castillo de Gibralfaro la actriz Patricia Jacas interpreta, acompañada por el guitarrista Walfrido Domínguez, el monólogo Si alguien me hubiera dicho, que le ha escrito Eduardo Mendoza. Noche ideal de luna llena que se prolonga en la fiesta que da Pilar Jáuregui en un ático del centro con farolillos de colores. Su hermano Ignacio habla de Venecia y Palermo, y Julia y Toscano de Nápoles. Ginés Górriz cuenta su experiencia de estudiante cubano en la antigua Unión Soviética, cuando se abría con Gorbachov; está esperanzado con las protestas actuales contra la dictadura cubana. Inés García-Albi nos explica en qué consiste la Factoría Cultural Martínez que lleva en Barcelona. Todos los que vienen de Cataluña dicen que aquí se respira, lejos del coñazo indepe. Se acercan otras amigas con botellines de cerveza. Yo estoy inesperadamente sociable, como si estas fiestecitas fueran lo mío. Tal vez me ayude el disfraz de crucerista: camisa de manga corta y pantalón corto, aunque ya no sandalias.

* * * 

26.7.21

Pecados olímpicos

El deporte me da igual y recibo sin emoción los nuevos Juegos Olímpicos. Pero pronto vuelven a conquistarme ellas, ¡las atletisas! Yo voy a lo que voy: la belleza femenina, en sus múltiples modalidades. Y ahora con un regusto especial, porque es pecado: pecado de la religión que rige, la ideológica.

Así que me siento ante la pantalla, con un ventilador a cada lado (¡he descubierto la ventilación en estéreo!), y acaricio con mis ojos la carne de píxel, que decía Fernández Mallo. Ya no está Vlašić, Blanka Vlašić, la guapa perfecta, con sus bailecitos de después de saltar sin rozar la barra, levantándose de la lona muy chulita, pero están las demás, cada una con su belleza singular, con su perfección exclusiva.

Doy gracias, como Borges, “por la diversidad de las criaturas que forman este singular universo”. En mi caso las criaturas femeninas, que hacen el mundo habitable, aunque no sin complicaciones. Siempre recuerdo el epitafio de un pintor extranjero en el Cementerio Inglés de Málaga: “Las mujeres y el arte le hicieron la vida más hermosa, y también más difícil”.

Ante la pantalla los riesgos parecen controlados, aunque a veces, como pasaba con Vlašić, lo sacuda a uno el síndrome de Stendhal. Hay una tristeza soterrada entonces, por estar desgajado de esa “beleza que não é só minha”, como se dice en A garota de Ipanema. Pero termina triunfando la afirmación del mundo: ese mundo que ha dado a Vlašić y nos ha dado ojos para mirarla.

Nunca falta quien intenta meter el palo en la rueda de mis exaltaciones. Esta vez la frasecita ha sido: “Cuidado, que en estos Juegos de Tokio algunas llevan picha”. Mi exaltación, sin embargo, me ha llevado a responder: “¡Mejor!”. Le rindo así homenaje al más seductor título porno de todos los tiempos (era una película trans): Bellezas con sorpresa.

Yo estoy por las mujeres, sean como sean. Me enamora la gama entera, de las delicadas gimnastas a las rotundas lanzadoras de martillo. ¡Y las aguerridas jabalinistas! ¡Y las gacelas de los 100 metros lisos! ¡Y las pertiguistas, las trampolinistas, las halterofílicas, las remadoras, las formidables voleiplayistas...!

Para cada una tengo mi amor y mi aguja de deseo solitario, con su alquimia de deleite. Las evoluciones de todas ellas en la pista, en la cancha, en el estadio, en el gimnasio, en el velódromo, en el lago o en la piscina componen una sinfonía corporal maravillosa. Es la escala de Platón hacia la Belleza, en innúmeros peldaños. Es la obra de arte total. Y como guinda ahora es pecado.

* * * 

25.7.21

"Ha llegado el momento de escribir más y leer menos"

Por Rafa Latorre 
en El Mundo

Inspiración para leer reúne los mejores textos del columnista malagueño, desde la literatura clásica hasta los paraísos artificiales de los peta zetas. 

Era inexplicable que José Antonio Montano no tuviera un libro publicado, a menos que fuera para seguir sosteniendo con coquetería aquello de Borges: «Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído». Montano, lector voraz, escritor agudo y sensible, autobautizado como columnista de batín, de hedonismo desvergonzado, ha reunido en Inspiración para leer (Jot Down Books) algunos de sus artículos de crítica cultural. El resultado de este patchwork inteligente es un retrato vitalista y divertidísimo. 

Eres uno de los mejores lectores que conozco. 
Yo he sido un lector intermitente. A lo largo de mi vida he atravesado periodos de abulia lectora. En realidad la euforia comenzó cuando conseguí terminar En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, creo que fue en 2015. Últimamente ando pensando en un aforismo de Karl Kraus, que dice que «un escritor que se pasa el día leyendo es como un cocinero que se pasa el día comiendo». Creo que ha llegado el momento de que me dedique más a escribir que a leer. 

Una de tus grandes virtudes como crítico cultural es que tú no haces una lectura moralista. Estos salmos de que la cultura nos hace mejores. 
Una de mis devociones es Thomas Bernhard. Tiene fama de ser autor difícil e incluso aburrido, porque escribe largas parrafadas sin punto y aparte. Yo lo leo porque me lo paso pipa, igual que cuando leía Mortadelo y Filemón. Es el mismo placer, lo que pasa es que ya no me lo da Mortadelo y sí Bernhard, pero el fundamento es el mismo. Sin moralismos. 

Cuando estaba pensando en esta entrevista me dije: «bah, vamos a hablar de Moby Dick y ya está». 
Mira, Moby Dick es un ejemplo de libro que abandoné. Yo no estaba preparado entonces para Moby Dick y me cansó pero se me quedó grabado algo. El horror al blanco, al color blanco. Luego la leí más adelante y me apasionó. 

Es normal que abandonaras Moby Dick, de hecho uno de sus grandes atractivos es el tedio, un tedio necesario que te transporta al ambiente de a bordo del Pequod. 
Eso mismo pasaba con La educación sentimental de Flaubert, un título muy atractivo para un joven. Además habla de un chico de provincias que va a París para triunfar en la literatura. Era mi caso. Empecé a leerlo con ánimo romántico y luego me empecé aburrir. Cuando lo terminé comprendí que ese era el propósito de Flaubert, él quería hacer una epopeya de la mediocridad. Eso es muy bonito cuando ya eres un lector capaz de apreciar ese tipo de cosas. La calma chicha de Moby Dick o de La línea de sombra de Conrad. Cuando un autor consigue que percibas eso, está en un nivel superior. 

Con Francisco Umbral te vas peleando y reconciliando, no sé ahora cómo se encuentra ahora vuestra relación. 
Umbral fue una de mis primeras pasiones literarias, luego lo rechacé y estuve mucho tiempo sin leerlo. Una de las lecturas con las que comencé este año fue La noche que llegué al Café Gijón y me quedé encantado pero al mismo tiempo me satura y acabo harto. Lo que me gustaba cuando lo descubrí con 15 o 16 años era el doble juego. El Umbral que se conocía era el provocador, el antipático, el que vacilaba, el frívolo. Luego leías sus libros y allí había un hombre muy tierno, con una sensibilidad descarnada y una manera de contar la intimidad que no se veía en otros autores. El hecho de poder acceder a los dos te daba la sensación de que formabas parte de un club. 

Pronosticas que de la literatura española actual casi sólo sobrevivirán los diarios de Andrés Trapiello. 
En ese artículo digo que sólo van sobrevivir dos obras, además cuyos autores no se caen demasiado bien, que son los diarios de Trapiello y las novelas de Javier Marías. Aunque en la última de Marías creo que se empieza a ver la decadencia, así que Trapiello va ganando. Al principio pensaba que lo suyo con los diarios era excesivo pero hay un momento en que la cantidad pasó a formar parte de la calidad. La extensión y lo catedralicio le dan aún más valor. Además está sostenido por una escritura preciosa. 

Te duele que con Woody Allen no vaya a terminar la enfermedad o la muerte, que es inevitable, sino el puritanismo rampante. 
A sus últimas películas sus espectadores acudíamos con un ánimo crepuscular. Cada año íbamos a ver su película pensando que podía ser la última. Estábamos instalados en esta suave decadencia, aceptando de una manera vitalista este crepúsculo y de repente te vienen estos clérigos a darte el hachazo sin venir a cuento. Y una cosa que era un plácido adormecimiento hasta la desaparición, vienen estos aquí con sus cuchillos y lo convierten en... ¡bah! ¡Es irritante! 

Yo me atrevo a definirte como columnista: eres un socialdemócrata antinacionalista que finge creer que la izquierda tiene redención. Es importante lo de «finge». 
No, no lo finjo. A ver. Yo soy muy pesimista y creo que el PSOE se ha equivocado y es un gran culpable. Lo que pasa es que, elevándome sobre esto, pienso que sin el PSOE no se puede hacer nada. Yo lo que constato es la división del país y eso me fastidia y me tiene descolocado. 

Pero hay algo que está en toda tu obra periodística, que es la traición de la izquierda por su alianza con el nacionalismo. 
Otra constante es la destrucción del bachillerato y el antifranquismo como el último reducto de nostalgia del franquismo. Recuerdo la manifestación de Barcelona del 8 de octubre. Aquel fue un gran momento de banderas sin nacionalismo. Fue una gran ceremonia del famoso patriotismo constitucional. Una cosa limpísima. Eso se lo ha cargado Vox, lo que es la nacionalidad como contenido formal, Vox la ha llenado de contenidos espurios y de ademanes y de energumenismo que a mí no me gusta nada. 

No solo hablas de cine y lectura. A mí me gusta especialmente tu elogio de la Pantera Rosa, el bollo, y de los Peta Zeta como tus paraísos artificiales. 
Es que, ¿dónde está en la naturaleza la Pantera Rosa? ¿Dónde está ese sabor? La pura artificialidad. Decía Borges que todo viaje es un viaje espacial. Bueno, pues todo sabor es químico pero esa es una química acentuada. El color... Hace unos años, un amigo me trajo un Bony y una Pantera Rosa y me di cuenta al comerlos que esas son nuestras magdalenas proustianas. Nuestro disparadero proustiano son esas cosas de colorines y chillonas. Nada elegante, algo pop. 

¿Qué libro te gustaría haber escrito a ti? Elige uno. 
Radiaciones de Ernst Jünger. 

¿Cómo? Digo escribirlo tú, no el que más te gusta. 
Ah, bueno, claro... Radiaciones no, porque no me hubiera gustado ser oficial del ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial, ni invadir Francia y eso habría sido necesario... Igual el Libro del desasosiego y vivir lánguidamente en Lisboa como Pessoa sí. Pero elijo La vida exagerada de Martín Romaña de Bryce Echenique, que es como un Woody Allen peruano. 

¿Cuando te vas de Twitter? 
¡Ya me he ido! Llevo ocho días sin tuitear y no voy a volver a hacerlo. 

[Su último tuit antes de la engrevista es de hace 39 minutos. Una declaración de amor a Lilith Verstrynge.]

* * * 
Versión en papel, algo recortada y con el titular que me gusta:

21.7.21

Dandis en manga corta

En realidad, no soy tan mangacortista como antimangalarguista. Siempre me han motivado las pasiones en contra. Es por mi aversión a la manga larga, tal como la explicaré ahora, por lo que me he hecho apóstol de la manga corta. (Hablo de camisas y hablo del verano: con las demás prendas me da igual y con las demás estaciones también.)

Desde que el verano pasado me enteré de que las camisas de manga corta no son elegantes, es decir, de que lo que yo he llevado toda la vida (¡con pasmosa naturalidad!) no es elegante, no he parado de fijarme en lo que supuestamente sí es elegante: las camisas de manga larga. Con el regocijo de constatar lo horrorosas que son.

Hay una voz por lo visto (¡la kafkiana voz del padre!) que ha decretado la elegancia de la manga larga durante la canícula. Yo contemplo a los sufridos obedientes de esa voz como el que contempla una cuerda de presos.

El punto clave, el rompeolas de su contradicción, es la manga arremangada. Ese merengue churrigueresco de tela que les trepa por el brazo, ese orugamiento menesteroso y hortera exhibido con pose de mártires atolondrados. Mientras el mangalarguista se pavonea convencido de que está en la pomada a la moda, yo me mondo con las mondas de su manga. Una de mis aficiones veraniegas es sentarme a ver los mangalarguistas pasar, con ese fondo de fatiga del que hace el canelo y ni siquiera lo sospecha. ¡Cuánto desprecio sus aparatosos volantes en torno al codo, a modo de hulahops fijos!

Frente a estos aflamencados (¡todas sus camisas deberían llevar lunares!), qué en su sitio está la camisa de manga corta. Ajustada de tela, como si hubiese sido confeccionada con la mismísima navaja de Ockham, emite el mensaje ético-estético de la Bauhaus: ornamento es delito. Todo mangacortista es un príncipe de la sobriedad. O debería serlo, porque hay mangacortistas infiltrados que utilizan su cuota de tela para promocionar palmeritas y demás motivos aproximadamente hawaianos. No son estos los ideales.

El mangacortista ideal es el de camisa sosa de jubilado. Esa que opera el milagro de resultar socialmente invisible. De este modo bombardea (¡bombardeamos!) la moral vestimentaria imperante. Es una actitud que reivindico, porque en ella se aloja el dandismo de nuestro tiempo. Contra lo que se suele pensar, el dandismo no tiene que ver con la elegancia sino con la repulsión. Dandi es el que se viste para repeler. ¿Y qué manera más fina hay de repeler que la invisibilidad? Algo que además resulta refrescante.

* * * 

19.7.21

Todo al revés

No sé qué hago yo en la, así llamada, conversación pública española. En realidad, no puedo hablar, no puedo decir nada, porque me fallan los referentes. O tal vez yo les fallo a ellos.

O todo está al revés, o yo lo entiendo todo al revés. Yo creo que lo primero, pero podría ser lo segundo (conviene tener siempre una prevención psiquiátrica).

En mi percepción (¿loca, cuerda?) el autodenominado “gobierno de progreso” es el más reaccionario que ha habido en España desde el de Arias Navarro. Bajo la capa de su pomposo antifranquismo, se ha ejercitado en modos franquistas que no se veían desde Franco, al menos tan desaforadamente: de la propaganda (¡el Nodo!) al caudillismo, del moralismo inquisidor al manoseo de los tribunales, de la priorización ideológica al afán por dividir a los españoles (bajo la misma retórica, por cierto, de la unidad)...

Me he acostumbrado también (ocurrirá de nuevo con esta columna) a que cuando establezco comparaciones como la anterior me salten defensores de Franco, ofendiditos.

Ha ocurrido a propósito de las protestas en Cuba. Cuando, en mi estrategia pedagógica, comparo el castrismo con el franquismo (que es, al fin y al cabo, nuestra dictadura de referencia), no tardan en saltar franquistas protestones. En el fondo es una cuestión odorífica: se impone la tendencia a que la propia mierda huela bien.

Aunque en el caso de Cuba lo mollar es lo que ocurre con los de enfrente: no ya la resistencia a llamar dictadura a la dictadura cubana, sino la abierta defensa de la dictadura cubana porque la consideran una democracia de verdad y no como la española.

Es desesperante, pero aquí estamos: más que en la guerra cultural, en la guerra semántica. No hay acuerdo con los significados y esto significa la voladura del lenguaje. No hay conversación, sino frotaciones de palabras: un perpetuo uso sofístico de ellas, una lucha de poder que no deja ningún resquicio en paz.

Solo podemos manejarnos por equivalencias, por no volvernos locos (si realmente no lo estamos). Quienes dicen que en España no hay democracia pero en Cuba sí nos están diciendo, al cabo, a quienes entendemos que es al revés, qué entienden ellos por democracia. (Y por presos políticos. Y por exiliados.)

Pero esto solo puede servirnos a nosotros, no a ellos. Hay tribus semánticas enfrentadas entre sí. O sea, que hay emisiones verbales, pero no interlocutores. No sirve de nada tener razón. La desgracia está consumada. 

* * * 

12.7.21

Una nueva interpretación de Sánchez

Las interpretaciones usuales hablan de un Sánchez sádico y sin piedad que castiga a quienes más lo ayudaron: Calvo, Ábalos y Redondo en la última remodelación del Gobierno, que algunos han llamado carnicería.

Yo creo que no se alejan de la realidad. Aunque la realidad es múltiple, y –aunque parezca mentira– Sánchez también. Así, a Sánchez lo recorre una corriente subterránea, como a todo. Motivaciones ocultas que tal vez no sean perceptibles ni por el propio Sánchez, pero que operan.

La nueva interpretación que propongo, simultánea a la anterior, es la siguiente: Sánchez ha querido premiar a quienes más lo ayudaron. Y el mayor premio que Sánchez intuye, tal vez a espaldas de Sánchez, es liberar de Sánchez a sus más próximos; en especial a quienes más lo sufren, es decir, a sus ministros.

Para los que vemos desde fuera la tostada que es Sánchez, su engorroso narcisismo, su dificultosa relación con la verdad, su presencia de maniquí engolado, no podemos sino agradecer al Altísimo (no confundir con Sánchez) que nos haya librado de su compañía.

La célebre frase del pesimismo griego, que recordaba el joven Nietzsche, de que lo mejor era no haber nacido y lo segundo mejor, si se ha nacido, era morir cuanto antes, podría aplicarse al caso. Lo mejor es no haber sido ministro de Sánchez y lo segundo mejor, si se es ministro de Sánchez, es dejar de serlo cuanto antes.

Calvo, Ábalos, Redondo, y de paso Celaá, Campo, Laya, Duque y Uribes ya tienen su premio. Han alcanzado lo segundo mejor, tras el contratiempo inicial. Ya están libres de Sánchez. El universo volverá a ser un sitio no moldeado únicamente por el careto (aproximadamente de cartón, cuando no de piedra pómez) de Sánchez.

Y eso lo intuye ese Sánchez secreto, subterráneo, que he postulado al principio. Escogió sustituir a los más cercanos, junto a un grupito extra de camuflaje, para premiarlos con lo mejor que él les podía dar.

Algo tan bueno, por cierto, que ese Sánchez oculto le querría regalar también a Sánchez. También este sabe, ocultamente, que lo mejor es no haber sido Sánchez y lo segundo mejor, si se es Sánchez, es dejar de serlo cuanto antes.

Aunque aquí la cosa está más complicada, por el irreprimible deseo de Sánchez de persistir en su ser, siendo por encima de cualquier cosa Sánchez. Deseo que le impedirá hacer la remodelación perfecta de su Gobierno, que sería aquella en que fuese cesado Sánchez. 

* * * 

7.7.21

Doble de Ventoux

Este 7 de julio se desafía en el Tour un viejo proverbio provenzal: "Quien sube al Ventoux no está loco. Sí lo está quien repite". Los ciclistas repetirán en la misma tarde, porque se sube una vez detrás de otra. Nunca se había hecho.

En el perfil parecen dos tetas, pero son la misma teta, desplegada: con su pezón además, que es lo que semeja la torre de telecomunicaciones que la corona. Pero esta torre, y el monte entero, lo que emite son metáforas, símbolos. Sensualidad (sexo) y amor, pero también muerte y ética, mística, riesgo, conocimiento de uno mismo.

La carrera está liquidada, porque –salvo caída o pájara improbable– ya la ha ganado Pogacar, de manera que el Tour, liberado de la competición, queda para el placer contemplativo y la minihistoria de cada etapa. Todos son enanos a hombros de Pogacar, pero los enanos también tienen sus cuitas.

Con Indurain pasaba lo mismo, solo que como el campeón era el nuestro la pura contemplación se daba con dificultades: los minutos transcurrían en el escenario de la victoria. Con Pogacar esta es ajena, y así podemos recrearnos en lo importante.

He leído el Breviario provenzal de Vicente Valero (Periférica), que tiene el acierto de empezar por el Mont Ventoux. Su viaje prosigue por otros escenarios provenzales, tras el rastro de –además de Petrarca– Mallarmé (que también subió al Ventoux), René Char, Camus, Picasso, Francis Ponge, Rilke o Van Gogh. Y Cézanne, que pintó obsesivamente la otra gran montaña de la región, Sainte-Victoire.

Valero recuerda la subida inaugural de Petrarca al Ventoux, a pie con su hermano, en 1336, con la que nace “nuestra moderna conciencia estética del paisaje”. Conciencia que deriva en autoconfesión: “lo que la contemplación de la belleza del paisaje ha provocado en Petrarca ha sido el recogimiento, el recuerdo y una reflexión sobre el rumbo que ha tomado su vida”. La consulta al azar que hace en la cumbre de las Confesiones de san Agustín le convence de la necesidad, ante todo, del conocimiento de sí mismo.

La relación del Mont Ventoux con el amor, por la Provenza y por Petrarca, se combina con su relación con la muerte: subiendo el monte por la zona pelada de roca que parece nieve (nieve que quema en julio como en los poemas del amor cortés) murió el ciclista Tom Simpson en el Tour de 1967.

En “Mitologías del Mont Ventoux”, uno de los artículos que he recogido en Inspiración para leer (Jot Down Books), establezco una asociación icónica con el “ciclista ético” de Duchamp de su dibujo Tener el aprendiz al sol. Cuyo esfuerzo absorto sería complementario del descanso (¡soberano!) que propone el Ricardo Reis de Pessoa: “Siéntate al sol. Abdica / y sé rey de ti mismo”.

A todas estas emisiones estaré atento durante la etapa. Esta vez, además de la doble subida al Ventoux, hay el estímulo de la doble bajada, ya que no termina en alto. Así se completa el monte, pues quienes lo han subido lo bajan después. Petrarca cuenta que lo hizo “pensativo y silencioso”. 

* * * 

5.7.21

Las mascarillas de Esquilache

No detecto, como Arcadi Espada, un espíritu aborregado en la persistencia de las mascarillas pese al levantamiento de su obligatoriedad, sino más bien una queja (o al menos un escepticismo) contra el Gobierno. Los enmascarillados no se fían del presidente. Aunque yo sí me la he quitado y tampoco.

Me sorprendió la mañana del primer sábado sin mascarillas que el único que no la llevaba era yo. Así ha seguido siendo toda la semana: quienes vamos a cara descubierta somos minoría. Esta inercia del embozo la ha asociado Espada –y también Guillermo Garabito– con el motín de Esquilache. Un motín sin algaradas, solo de resistencia pasiva. Como en aquel refrán del Quijote: “Debajo de mi manto, al rey mato”.

Cada ciudadano que lleva la mascarilla por la calle le está diciendo a Sánchez que no le cree. Lo que eleva a ese ciudadano a una condición más presentable que la de los turiferarios del presidente: sanchistas no solo a cara destapada sino a calzón quitado (o en su caso bragas).

Sociológicamente hay miga además. En este año y pico experimental hemos asistido a la implantación de una costumbre que ahora se resiste a retirarse.

Saltársela tenía aliciente hasta hace dos sábados: podía sentirse el regusto de lo prohibido. Nos quitábamos la mascarilla por descampados y callejones desiertos, cuando no nos veía nadie. O unos segundos, solo unos segundos, en calles concurridas. Estaba barato ser un disidente. Pero ahora que nos deja el Gobierno ya no tiene gracia.

Hemos aprendido de paso las virtudes del anonimato. Un anonimato más mental que otra cosa (un anonimato de avestruz), porque a todos nos reconocían –y reconocíamos a todos– con la mascarilla puesta. Pero qué descanso era pensar que no, que se podía actuar impunemente, como bandidos de trivialidades.

Un descanso que formuló Borges así: “El alivio que tú y yo sentiremos en el instante que precede a la muerte, cuando la suerte nos desate de la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo”. Sí, la mascarilla nos ha desatado de la triste costumbre de ser alguien y le hemos encontrado placer.

Yo, sin embargo, voy ya desembozado. Soy el de la cara entre los sin cara. Deseando terminar con esta época ominosa –y contribuir a su terminación–, pese a la estética y la ética que le reconozco. Al final se me ha hecho largo todo esto, este pesado casticismo. Voy empujando con ánimo ilustrado (¡aunque en contra del Gobierno!). 

* * *