25.7.21

"Ha llegado el momento de escribir más y leer menos"

Por Rafa Latorre 
en El Mundo

Inspiración para leer reúne los mejores textos del columnista malagueño, desde la literatura clásica hasta los paraísos artificiales de los peta zetas. 

Era inexplicable que José Antonio Montano no tuviera un libro publicado, a menos que fuera para seguir sosteniendo con coquetería aquello de Borges: «Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído». Montano, lector voraz, escritor agudo y sensible, autobautizado como columnista de batín, de hedonismo desvergonzado, ha reunido en Inspiración para leer (Jot Down Books) algunos de sus artículos de crítica cultural. El resultado de este patchwork inteligente es un retrato vitalista y divertidísimo. 

Eres uno de los mejores lectores que conozco. 
Yo he sido un lector intermitente. A lo largo de mi vida he atravesado periodos de abulia lectora. En realidad la euforia comenzó cuando conseguí terminar En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, creo que fue en 2015. Últimamente ando pensando en un aforismo de Karl Kraus, que dice que «un escritor que se pasa el día leyendo es como un cocinero que se pasa el día comiendo». Creo que ha llegado el momento de que me dedique más a escribir que a leer. 

Una de tus grandes virtudes como crítico cultural es que tú no haces una lectura moralista. Estos salmos de que la cultura nos hace mejores. 
Una de mis devociones es Thomas Bernhard. Tiene fama de ser autor difícil e incluso aburrido, porque escribe largas parrafadas sin punto y aparte. Yo lo leo porque me lo paso pipa, igual que cuando leía Mortadelo y Filemón. Es el mismo placer, lo que pasa es que ya no me lo da Mortadelo y sí Bernhard, pero el fundamento es el mismo. Sin moralismos. 

Cuando estaba pensando en esta entrevista me dije: «bah, vamos a hablar de Moby Dick y ya está». 
Mira, Moby Dick es un ejemplo de libro que abandoné. Yo no estaba preparado entonces para Moby Dick y me cansó pero se me quedó grabado algo. El horror al blanco, al color blanco. Luego la leí más adelante y me apasionó. 

Es normal que abandonaras Moby Dick, de hecho uno de sus grandes atractivos es el tedio, un tedio necesario que te transporta al ambiente de a bordo del Pequod. 
Eso mismo pasaba con La educación sentimental de Flaubert, un título muy atractivo para un joven. Además habla de un chico de provincias que va a París para triunfar en la literatura. Era mi caso. Empecé a leerlo con ánimo romántico y luego me empecé aburrir. Cuando lo terminé comprendí que ese era el propósito de Flaubert, él quería hacer una epopeya de la mediocridad. Eso es muy bonito cuando ya eres un lector capaz de apreciar ese tipo de cosas. La calma chicha de Moby Dick o de La línea de sombra de Conrad. Cuando un autor consigue que percibas eso, está en un nivel superior. 

Con Francisco Umbral te vas peleando y reconciliando, no sé ahora cómo se encuentra ahora vuestra relación. 
Umbral fue una de mis primeras pasiones literarias, luego lo rechacé y estuve mucho tiempo sin leerlo. Una de las lecturas con las que comencé este año fue La noche que llegué al Café Gijón y me quedé encantado pero al mismo tiempo me satura y acabo harto. Lo que me gustaba cuando lo descubrí con 15 o 16 años era el doble juego. El Umbral que se conocía era el provocador, el antipático, el que vacilaba, el frívolo. Luego leías sus libros y allí había un hombre muy tierno, con una sensibilidad descarnada y una manera de contar la intimidad que no se veía en otros autores. El hecho de poder acceder a los dos te daba la sensación de que formabas parte de un club. 

Pronosticas que de la literatura española actual casi sólo sobrevivirán los diarios de Andrés Trapiello. 
En ese artículo digo que sólo van sobrevivir dos obras, además cuyos autores no se caen demasiado bien, que son los diarios de Trapiello y las novelas de Javier Marías. Aunque en la última de Marías creo que se empieza a ver la decadencia, así que Trapiello va ganando. Al principio pensaba que lo suyo con los diarios era excesivo pero hay un momento en que la cantidad pasó a formar parte de la calidad. La extensión y lo catedralicio le dan aún más valor. Además está sostenido por una escritura preciosa. 

Te duele que con Woody Allen no vaya a terminar la enfermedad o la muerte, que es inevitable, sino el puritanismo rampante. 
A sus últimas películas sus espectadores acudíamos con un ánimo crepuscular. Cada año íbamos a ver su película pensando que podía ser la última. Estábamos instalados en esta suave decadencia, aceptando de una manera vitalista este crepúsculo y de repente te vienen estos clérigos a darte el hachazo sin venir a cuento. Y una cosa que era un plácido adormecimiento hasta la desaparición, vienen estos aquí con sus cuchillos y lo convierten en... ¡bah! ¡Es irritante! 

Yo me atrevo a definirte como columnista: eres un socialdemócrata antinacionalista que finge creer que la izquierda tiene redención. Es importante lo de «finge». 
No, no lo finjo. A ver. Yo soy muy pesimista y creo que el PSOE se ha equivocado y es un gran culpable. Lo que pasa es que, elevándome sobre esto, pienso que sin el PSOE no se puede hacer nada. Yo lo que constato es la división del país y eso me fastidia y me tiene descolocado. 

Pero hay algo que está en toda tu obra periodística, que es la traición de la izquierda por su alianza con el nacionalismo. 
Otra constante es la destrucción del bachillerato y el antifranquismo como el último reducto de nostalgia del franquismo. Recuerdo la manifestación de Barcelona del 8 de octubre. Aquel fue un gran momento de banderas sin nacionalismo. Fue una gran ceremonia del famoso patriotismo constitucional. Una cosa limpísima. Eso se lo ha cargado Vox, lo que es la nacionalidad como contenido formal, Vox la ha llenado de contenidos espurios y de ademanes y de energumenismo que a mí no me gusta nada. 

No solo hablas de cine y lectura. A mí me gusta especialmente tu elogio de la Pantera Rosa, el bollo, y de los Peta Zeta como tus paraísos artificiales. 
Es que, ¿dónde está en la naturaleza la Pantera Rosa? ¿Dónde está ese sabor? La pura artificialidad. Decía Borges que todo viaje es un viaje espacial. Bueno, pues todo sabor es químico pero esa es una química acentuada. El color... Hace unos años, un amigo me trajo un Bony y una Pantera Rosa y me di cuenta al comerlos que esas son nuestras magdalenas proustianas. Nuestro disparadero proustiano son esas cosas de colorines y chillonas. Nada elegante, algo pop. 

¿Qué libro te gustaría haber escrito a ti? Elige uno. 
Radiaciones de Ernst Jünger. 

¿Cómo? Digo escribirlo tú, no el que más te gusta. 
Ah, bueno, claro... Radiaciones no, porque no me hubiera gustado ser oficial del ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial, ni invadir Francia y eso habría sido necesario... Igual el Libro del desasosiego y vivir lánguidamente en Lisboa como Pessoa sí. Pero elijo La vida exagerada de Martín Romaña de Bryce Echenique, que es como un Woody Allen peruano. 

¿Cuando te vas de Twitter? 
¡Ya me he ido! Llevo ocho días sin tuitear y no voy a volver a hacerlo. 

[Su último tuit antes de la engrevista es de hace 39 minutos. Una declaración de amor a Lilith Verstrynge.]

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Versión en papel, algo recortada y con el titular que me gusta:

21.7.21

Dandis en manga corta

En realidad, no soy tan mangacortista como antimangalarguista. Siempre me han motivado las pasiones en contra. Es por mi aversión a la manga larga, tal como la explicaré ahora, por lo que me he hecho apóstol de la manga corta. (Hablo de camisas y hablo del verano: con las demás prendas me da igual y con las demás estaciones también.)

Desde que el verano pasado me enteré de que las camisas de manga corta no son elegantes, es decir, de que lo que yo he llevado toda la vida (¡con pasmosa naturalidad!) no es elegante, no he parado de fijarme en lo que supuestamente sí es elegante: las camisas de manga larga. Con el regocijo de constatar lo horrorosas que son.

Hay una voz por lo visto (¡la kafkiana voz del padre!) que ha decretado la elegancia de la manga larga durante la canícula. Yo contemplo a los sufridos obedientes de esa voz como el que contempla una cuerda de presos.

El punto clave, el rompeolas de su contradicción, es la manga arremangada. Ese merengue churrigueresco de tela que les trepa por el brazo, ese orugamiento menesteroso y hortera exhibido con pose de mártires atolondrados. Mientras el mangalarguista se pavonea convencido de que está en la pomada a la moda, yo me mondo con las mondas de su manga. Una de mis aficiones veraniegas es sentarme a ver los mangalarguistas pasar, con ese fondo de fatiga del que hace el canelo y ni siquiera lo sospecha. ¡Cuánto desprecio sus aparatosos volantes en torno al codo, a modo de hulahops fijos!

Frente a estos aflamencados (¡todas sus camisas deberían llevar lunares!), qué en su sitio está la camisa de manga corta. Ajustada de tela, como si hubiese sido confeccionada con la mismísima navaja de Ockham, emite el mensaje ético-estético de la Bauhaus: ornamento es delito. Todo mangacortista es un príncipe de la sobriedad. O debería serlo, porque hay mangacortistas infiltrados que utilizan su cuota de tela para promocionar palmeritas y demás motivos aproximadamente hawaianos. No son estos los ideales.

El mangacortista ideal es el de camisa sosa de jubilado. Esa que opera el milagro de resultar socialmente invisible. De este modo bombardea (¡bombardeamos!) la moral vestimentaria imperante. Es una actitud que reivindico, porque en ella se aloja el dandismo de nuestro tiempo. Contra lo que se suele pensar, el dandismo no tiene que ver con la elegancia sino con la repulsión. Dandi es el que se viste para repeler. ¿Y qué manera más fina hay de repeler que la invisibilidad? Algo que además resulta refrescante.

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19.7.21

Todo al revés

No sé qué hago yo en la, así llamada, conversación pública española. En realidad, no puedo hablar, no puedo decir nada, porque me fallan los referentes. O tal vez yo les fallo a ellos.

O todo está al revés, o yo lo entiendo todo al revés. Yo creo que lo primero, pero podría ser lo segundo (conviene tener siempre una prevención psiquiátrica).

En mi percepción (¿loca, cuerda?) el autodenominado “gobierno de progreso” es el más reaccionario que ha habido en España desde el de Arias Navarro. Bajo la capa de su pomposo antifranquismo, se ha ejercitado en modos franquistas que no se veían desde Franco, al menos tan desaforadamente: de la propaganda (¡el Nodo!) al caudillismo, del moralismo inquisidor al manoseo de los tribunales, de la priorización ideológica al afán por dividir a los españoles (bajo la misma retórica, por cierto, de la unidad)...

Me he acostumbrado también (ocurrirá de nuevo con esta columna) a que cuando establezco comparaciones como la anterior me salten defensores de Franco, ofendiditos.

Ha ocurrido a propósito de las protestas en Cuba. Cuando, en mi estrategia pedagógica, comparo el castrismo con el franquismo (que es, al fin y al cabo, nuestra dictadura de referencia), no tardan en saltar franquistas protestones. En el fondo es una cuestión odorífica: se impone la tendencia a que la propia mierda huela bien.

Aunque en el caso de Cuba lo mollar es lo que ocurre con los de enfrente: no ya la resistencia a llamar dictadura a la dictadura cubana, sino la abierta defensa de la dictadura cubana porque la consideran una democracia de verdad y no como la española.

Es desesperante, pero aquí estamos: más que en la guerra cultural, en la guerra semántica. No hay acuerdo con los significados y esto significa la voladura del lenguaje. No hay conversación, sino frotaciones de palabras: un perpetuo uso sofístico de ellas, una lucha de poder que no deja ningún resquicio en paz.

Solo podemos manejarnos por equivalencias, por no volvernos locos (si realmente no lo estamos). Quienes dicen que en España no hay democracia pero en Cuba sí nos están diciendo, al cabo, a quienes entendemos que es al revés, qué entienden ellos por democracia. (Y por presos políticos. Y por exiliados.)

Pero esto solo puede servirnos a nosotros, no a ellos. Hay tribus semánticas enfrentadas entre sí. O sea, que hay emisiones verbales, pero no interlocutores. No sirve de nada tener razón. La desgracia está consumada. 

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12.7.21

Una nueva interpretación de Sánchez

Las interpretaciones usuales hablan de un Sánchez sádico y sin piedad que castiga a quienes más lo ayudaron: Calvo, Ábalos y Redondo en la última remodelación del Gobierno, que algunos han llamado carnicería.

Yo creo que no se alejan de la realidad. Aunque la realidad es múltiple, y –aunque parezca mentira– Sánchez también. Así, a Sánchez lo recorre una corriente subterránea, como a todo. Motivaciones ocultas que tal vez no sean perceptibles ni por el propio Sánchez, pero que operan.

La nueva interpretación que propongo, simultánea a la anterior, es la siguiente: Sánchez ha querido premiar a quienes más lo ayudaron. Y el mayor premio que Sánchez intuye, tal vez a espaldas de Sánchez, es liberar de Sánchez a sus más próximos; en especial a quienes más lo sufren, es decir, a sus ministros.

Para los que vemos desde fuera la tostada que es Sánchez, su engorroso narcisismo, su dificultosa relación con la verdad, su presencia de maniquí engolado, no podemos sino agradecer al Altísimo (no confundir con Sánchez) que nos haya librado de su compañía.

La célebre frase del pesimismo griego, que recordaba el joven Nietzsche, de que lo mejor era no haber nacido y lo segundo mejor, si se ha nacido, era morir cuanto antes, podría aplicarse al caso. Lo mejor es no haber sido ministro de Sánchez y lo segundo mejor, si se es ministro de Sánchez, es dejar de serlo cuanto antes.

Calvo, Ábalos, Redondo, y de paso Celaá, Campo, Laya, Duque y Uribes ya tienen su premio. Han alcanzado lo segundo mejor, tras el contratiempo inicial. Ya están libres de Sánchez. El universo volverá a ser un sitio no moldeado únicamente por el careto (aproximadamente de cartón, cuando no de piedra pómez) de Sánchez.

Y eso lo intuye ese Sánchez secreto, subterráneo, que he postulado al principio. Escogió sustituir a los más cercanos, junto a un grupito extra de camuflaje, para premiarlos con lo mejor que él les podía dar.

Algo tan bueno, por cierto, que ese Sánchez oculto le querría regalar también a Sánchez. También este sabe, ocultamente, que lo mejor es no haber sido Sánchez y lo segundo mejor, si se es Sánchez, es dejar de serlo cuanto antes.

Aunque aquí la cosa está más complicada, por el irreprimible deseo de Sánchez de persistir en su ser, siendo por encima de cualquier cosa Sánchez. Deseo que le impedirá hacer la remodelación perfecta de su Gobierno, que sería aquella en que fuese cesado Sánchez. 

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7.7.21

Doble de Ventoux

Este 7 de julio se desafía en el Tour un viejo proverbio provenzal: "Quien sube al Ventoux no está loco. Sí lo está quien repite". Los ciclistas repetirán en la misma tarde, porque se sube una vez detrás de otra. Nunca se había hecho.

En el perfil parecen dos tetas, pero son la misma teta, desplegada: con su pezón además, que es lo que semeja la torre de telecomunicaciones que la corona. Pero esta torre, y el monte entero, lo que emite son metáforas, símbolos. Sensualidad (sexo) y amor, pero también muerte y ética, mística, riesgo, conocimiento de uno mismo.

La carrera está liquidada, porque –salvo caída o pájara improbable– ya la ha ganado Pogacar, de manera que el Tour, liberado de la competición, queda para el placer contemplativo y la minihistoria de cada etapa. Todos son enanos a hombros de Pogacar, pero los enanos también tienen sus cuitas.

Con Indurain pasaba lo mismo, solo que como el campeón era el nuestro la pura contemplación se daba con dificultades: los minutos transcurrían en el escenario de la victoria. Con Pogacar esta es ajena, y así podemos recrearnos en lo importante.

He leído el Breviario provenzal de Vicente Valero (Periférica), que tiene el acierto de empezar por el Mont Ventoux. Su viaje prosigue por otros escenarios provenzales, tras el rastro de –además de Petrarca– Mallarmé (que también subió al Ventoux), René Char, Camus, Picasso, Francis Ponge, Rilke o Van Gogh. Y Cézanne, que pintó obsesivamente la otra gran montaña de la región, Sainte-Victoire.

Valero recuerda la subida inaugural de Petrarca al Ventoux, a pie con su hermano, en 1336, con la que nace “nuestra moderna conciencia estética del paisaje”. Conciencia que deriva en autoconfesión: “lo que la contemplación de la belleza del paisaje ha provocado en Petrarca ha sido el recogimiento, el recuerdo y una reflexión sobre el rumbo que ha tomado su vida”. La consulta al azar que hace en la cumbre de las Confesiones de san Agustín le convence de la necesidad, ante todo, del conocimiento de sí mismo.

La relación del Mont Ventoux con el amor, por la Provenza y por Petrarca, se combina con su relación con la muerte: subiendo el monte por la zona pelada de roca que parece nieve (nieve que quema en julio como en los poemas del amor cortés) murió el ciclista Tom Simpson en el Tour de 1967.

En “Mitologías del Mont Ventoux”, uno de los artículos que he recogido en Inspiración para leer (Jot Down Books), establezco una asociación icónica con el “ciclista ético” de Duchamp de su dibujo Tener el aprendiz al sol. Cuyo esfuerzo absorto sería complementario del descanso (¡soberano!) que propone el Ricardo Reis de Pessoa: “Siéntate al sol. Abdica / y sé rey de ti mismo”.

A todas estas emisiones estaré atento durante la etapa. Esta vez, además de la doble subida al Ventoux, hay el estímulo de la doble bajada, ya que no termina en alto. Así se completa el monte, pues quienes lo han subido lo bajan después. Petrarca cuenta que lo hizo “pensativo y silencioso”. 

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5.7.21

Las mascarillas de Esquilache

No detecto, como Arcadi Espada, un espíritu aborregado en la persistencia de las mascarillas pese al levantamiento de su obligatoriedad, sino más bien una queja (o al menos un escepticismo) contra el Gobierno. Los enmascarillados no se fían del presidente. Aunque yo sí me la he quitado y tampoco.

Me sorprendió la mañana del primer sábado sin mascarillas que el único que no la llevaba era yo. Así ha seguido siendo toda la semana: quienes vamos a cara descubierta somos minoría. Esta inercia del embozo la ha asociado Espada –y también Guillermo Garabito– con el motín de Esquilache. Un motín sin algaradas, solo de resistencia pasiva. Como en aquel refrán del Quijote: “Debajo de mi manto, al rey mato”.

Cada ciudadano que lleva la mascarilla por la calle le está diciendo a Sánchez que no le cree. Lo que eleva a ese ciudadano a una condición más presentable que la de los turiferarios del presidente: sanchistas no solo a cara destapada sino a calzón quitado (o en su caso bragas).

Sociológicamente hay miga además. En este año y pico experimental hemos asistido a la implantación de una costumbre que ahora se resiste a retirarse.

Saltársela tenía aliciente hasta hace dos sábados: podía sentirse el regusto de lo prohibido. Nos quitábamos la mascarilla por descampados y callejones desiertos, cuando no nos veía nadie. O unos segundos, solo unos segundos, en calles concurridas. Estaba barato ser un disidente. Pero ahora que nos deja el Gobierno ya no tiene gracia.

Hemos aprendido de paso las virtudes del anonimato. Un anonimato más mental que otra cosa (un anonimato de avestruz), porque a todos nos reconocían –y reconocíamos a todos– con la mascarilla puesta. Pero qué descanso era pensar que no, que se podía actuar impunemente, como bandidos de trivialidades.

Un descanso que formuló Borges así: “El alivio que tú y yo sentiremos en el instante que precede a la muerte, cuando la suerte nos desate de la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo”. Sí, la mascarilla nos ha desatado de la triste costumbre de ser alguien y le hemos encontrado placer.

Yo, sin embargo, voy ya desembozado. Soy el de la cara entre los sin cara. Deseando terminar con esta época ominosa –y contribuir a su terminación–, pese a la estética y la ética que le reconozco. Al final se me ha hecho largo todo esto, este pesado casticismo. Voy empujando con ánimo ilustrado (¡aunque en contra del Gobierno!). 

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28.6.21

Nuestros secesionistas no son demócratas

Aunque Félix Ovejero no lo formula exactamente así, una conclusión de su último libro, impecable, Secesionismo y democracia (Página Indómita), es que nuestros secesionistas no son demócratas.

Y digo los nuestros porque otros sí lo podrían ser: los que se acogieran a la cuarta de las cuatro teorías que inspecciona Ovejero. Pero los secesionistas españoles –sean catalanes o vascos– no pueden hacerlo sin mentir. Algo, mentir, que sí hacen con frecuencia.

Antes de enumerar esas cuatro teorías con que se defiende la secesión, diré que Secesionismo y democracia es un libro breve y certero, una fulminante lección magistral. Analiza y desmonta con potencia ilustrada, con distancia racional y conocimiento (impresiona la bibliografía que pone en juego en sus pocas páginas) las argumentaciones que los secesionistas de un Estado esgrimen para separarse de él.

Las teorías a que recurren son otros tantos capítulos –todos rápidos– de esta obra: 1) la teoría plebiscitario-libertaria, 2) la teoría adscriptiva, 3) la teoría de la minoría permanente y 4) la teoría de la reparación.

Según la 1, los secesionistas creen tener derecho a la secesión porque los individuos pueden asociarse como quieran. Según la 2, porque cada nación tiene derecho a un Estado propio. Según la 3, por el derecho de las minorías dentro de un Estado en el que nunca serán mayoría. Y según la 4, por falta de democracia o por injusticia indiscutible del Estado al que pertenecen.

Sintetizo abruptamente las refutaciones de Ovejero (¡para la faena buena está el libro!).

De la 1, porque un Estado es "un territorio político común, indivisible, donde todo es de todos sin que nadie sea dueño de parte alguna". A esa indivisibilidad están ligadas la democracia y el imperio de la ley.

De la 2, porque de la definición de "nación" (que ya es problemática en sí) no se deduce que esta tenga derecho a un Estado propio. Dice Ovejero de quienes lo afirman: "por ahí asoma la bolita del trilero: se estira hacia lo normativo la definición de nación".

De la 3, porque son muchas las minorías que se podrían identificar, incluso otras minorías dentro de una minoría; además de la abusiva consideración de "permanente" a algo cambiante. Lo que alienta es la pretensión de "desvincularse de las leyes de todos".

De la 4, porque simplemente no se dan las circunstancias en España: un país democrático en el que no se producen injusticias probadas y sistemáticas contra nadie. Y, como dice Ovejero, "la secesión, sin injusticia, supondría una violación de elementales compromisos con la igualdad de los ciudadanos". Por esto, además de en la mentira, nuestros secesionistas se ejercitan en el chantaje.

"He de decir", declara Ovejero a propósito de sus principios, "que los míos se instalan en la tradición de la izquierda, del socialismo"; aunque en lo que a este asunto respecta, "los pueden compartir también las mejores variantes del liberalismo".

Ovejero recuerda la proclama entera de los revolucionarios franceses, de la que se olvida la primera mitad: Unité, Indivisibilité de la République; Liberté, Égalité, Fraternité. Pero nuestra izquierda reaccionaria no está en eso, sino exactamente en lo contrario.

Termino con otra cita de Secesionismo y democracia: "Si la democracia y la igualdad nos importan, no hay secesión justificada; si hay secesión, se acaba con la buena democracia y se socava la igualdad". 

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26.6.21

Dietario: Verano cero

Segunda dosis. Para la segunda dosis de la vacuna no hay que esperar como para la primera. Doy el carnet, me indican una cabina y antes de alcanzarla está la enfermera en la puerta con la jeringuilla en la mano. Rapidez industrial, se ve que adquirida con la experiencia. He quedado con Diego Ríos Padrón, con el que coincidí la otra vez aunque no nos vimos. Hablamos en los minutos de precaución de después, con un ojo en nuestro organismo por si notamos efectos. Al final nos tiramos una hora charlando. Le pregunto sobre su reto de este año de ilustrar cada día un poema. El resultado es admirable. Se puede seguir en Twitter e Instagram (@LaMalagaModerna). 

Mefistófeles esquina Hamlet. Cojo el autobús para ir del Palacio de Ferias a Teatinos y me fijo en el nombre de la calle: Max Estrella. Aquí hubo uno que hizo mi bachillerato, me digo. Luego nos internamos por la calle Mefistófeles y en una parada veo que estamos en Mefistófeles esquina Hamlet. Sea quien sea, se la coló al Ayuntamiento. Pero la locura es en los alrededores del Palacio de Justicia, que miro ya a pie: plaza Kipling, avenida Borges, calles Kafka, Pirandello, Mallarmé, ¡Frank Capra! ¡Mesonero Romanos! Tengo que sentarme en un banquito para reponerme del mareo. 

La de Hitler. No he ido este año al festival de cine, pero me he acordado del que viví junto a mi amigo Fernando Merinero, que vino a presentar su documental Las huellas de Dylan. Como todos los del mundillo se presentaban diciendo con qué película venían, yo, para no quedarme callado, tomé la costumbre de presentarme, muy serio: "Hola, soy el director de Ellos robaron la picha de Hitler". Me aprovechaba de que su verdadero director, Pedro Temboury, era poco conocido. Me gustaba observar la reacción de mis interlocutores, que se esforzaban por aparentar normalidad

Churros anarquistas. Detecto un brote anarquista en Casa Aranda. Mientras me tomo mis churros (acordándome de aquella frase espléndida que se decía cuando la fundaron: "¡Aranda ha conseguido freír el aire!"), me fijo en el cartel que han puesto, informativo pero también un poco contestatario: “Prohibido fumar en la terraza debido a las restricciones impuestas por las autoridades”. 

El regate del gorrión. Han vuelto los gorriones, mis pájaros favoritos. Estuvieron escondidos un tiempo, se habló incluso de que se extinguían. Pero otra vez que están aquí, y me parece que más alegres. El otro día, uno que volaba bajo se me coló entre las piernas y dio una vuelta, como en un regate. Parecía una escena de Walt Disney. 

Entrevistas. Me hacen entrevistas por el libro que acabo de publicar, Inspiración para leer (Jot Down Books). Una ha sido para el diario Sur, otra para Canal Sur, otra para El Mundo... Como no tengo costumbre, puedo percibir el efecto con cierta pureza. Y el efecto es que uno se cree que tiene algo que decir, solo porque le han preguntado. 

El infierno al lado. Me ha sucedido la peor desgracia que a un hombre le puede suceder: se han puesto a hacer obras en el piso de al lado. No una cosita rápida, un chapú, sino una reforma integral. Han dejado las paredes peladas y han levantado la solería entera; hasta los marcos de las ventanas han quitado. Llevan semanas de martillazos, taladradoras, radiales, polvo y hasta voces de los albañiles (siempre hay uno torpecillo y otro que se lo explica todo, a él y al bloque). Me han puesto el infierno al lado y no hay manera de vivir. Pero se vive. Esa es la lección siempre: que se vive. Hasta me he echado mis siestecitas ya con los porrazos. 

El momento del ventilador. Por fin enciendo el ventilador. Cada año retraso todo lo que puedo el momento, porque es irreversible: ya no lo apagaré hasta entrado noviembre. Ahora, con la subida de luz, me dicen que tendré que hipotecarme. Pues me hipotecaré, porque no concibo un verano sin ese vientecillo permanente en la cara. Un grato efecto secundario es el zumbido. En un principio parece molesto, pero uno se acostumbra en seguida, por su líquida uniformidad, y no tarda en reconocer sus ventajas: es un ruido que se traga todos los demás ruidos. Incluso atenúa bastante los martillazos de las obras. Pero hay otro efecto, que me hace gracia: cuando sopla la brisa por la calle (y en este junio casi todos los días han sido de brisa) pienso que es un ventilador invisible el que la genera. 

Verano cero. El día en que se publica este dietario (como siempre, el último sábado del mes) es el del fin de las mascarillas por la calle. En mi caso, se cumplen además las dos semanas tras la segunda dosis, en que se supone que estoy inmunizado. Sensación de que empieza otra época; pero una época rara, como en suspenso. Me acuerdo de estos versos de T.S. Eliot: "¿Dónde está el verano, el inconcebible / verano cero?". 

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23.6.21

Gurruchaguear

No sé qué voy a hacer ahora con el final de las mascarillas, Montano, me dice un amigo. Me he acostumbrado a gurruchaguear. ¿Qué es eso?, le pregunto. Y su respuesta ocupa este artículo (¡yo me despido aquí!). 

Pues nada, aprovechar la servidumbre de la mascarilla para la libertad, es decir, para el libertinaje, naturalmente: las guarradas, ¡el gurruchagueo! ¿Te acuerdas de Gurruchaga, el de la Orquesta Mondragón? ¿Te acuerdas de lo que hacía con la boca, retorciendo los labios, sacando la lengua, lamiendo obscenamente al aire? Era sucio el tío, un pervertido. Solo el histrionismo refrenaba lo cerdo que era, o parecía. Un psicópata. Un depravado. Supongo que empecé a imitarlo por rebeldía. Las primeras veces que nos dejaron salir tras el confinamiento. Yo no tengo perros, ni hijos, así que solo pude pasear cuando se autorizó la excusa deportiva. Me ponía mi chándal y salía. Por supuesto, no hacía deporte. ¡Odio el deporte! ¡Considero degradante el deporte! Pero había que llevar chándal para contentar a la poli. Qué paradoja: si no querías que te molestara la poli, tenías que llevar chándal como un Soprano. Solo si parecías un mafioso, la poli te dejaba en paz. Yo iba humilladísimo por la calle, con mi lamentable chándal, preguntándome en qué había quedado mi rebeldía, con lo que yo he sido. Si aparecía un poli, trotaba un poco. Era una vergüenza. Algo tenía que hacer. Algo rebelde tenía que hacer. ¡Algo punki! Entonces apareció una tía trotando de verdad, viniendo hacia mí. Cómo estaba. Su boing boing era digno de Sabrina. ¿Te acuerdas de aquello? ¿La captación auditiva de la vista? Ella decía boys boys, pero nosotros oíamos boing boing... ¡Nadie oyó boys boys! Total, que le hice como cuando Sabrina al televisor. Eran los tiempos de Gurruchaga y me salió desde mi absoluta frustración sexual. La misma, ¿para qué nos vamos a engañar?, de ahora. Es el triste destino de los alfeñiques. Así que me puse a gurruchaguear tras la mascarilla y la tía, lógicamente, ni se enteró. Me sentí bien, Montano, tengo que decirte que me sentí de putísima madre. Y me puse a hacerlo con las demás. Con todas, tío. ¡Con todas! Y así todos los días. En este año y pico de mascarillas no debe de quedar ni una en Málaga a la que yo no le haya gurruchagueado. ¡Soy el Casanova, el don Juan, el Espartaco Santoni del gurruchagueo! Sé que es patético, pero me ha dado vidilla. Esa ha sido, de hecho, mi única vidilla. Lo único que me hacía sentir que yo no era un puto tornillo del sistema. El problema es que lo he automatizado, ya me sale solo, tía con la que me cruzo, gurruchagueo que le hago, y no sé qué va a pasar a partir del 26, cuando haya que quitarse la mascarilla. Bueno, el 26 si puedo aún no me la quito, remolonearé todo lo que pueda... Pero en algún momento habrá que quitársela, y le voy a gurruchaguear fijo a la primera con la que me cruce. Me va a salir automático y va a ser un cante, Montano. Me zurrará, yo que soy un mierdecilla. Me linchará la masa. Voy a salir hasta en el telediario... 

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21.6.21

Sánchez y los límites de su ficción

“¿Qué tenemos que hacer para caerle bien?”, le preguntamos a nuestro amigo cuando nos llevaba a cenar con su padre. Este manejaba pasta y algo podía caer, cosa que a los veinte años (eran los ochenta) nos iba fenomenal. “Dorarle la píldora”, dijo sin dudarlo. Yo, que temía pasarme, quise saber hasta qué límite. La respuesta de nuestro amigo fue categórica: “No hay límite”.

Lo he recordado pensando en el presidente Pedro Sánchez, cuyo consejero Iván Redondo debe de tenerlo más calado que mi amigo a su padre cuando dijo que se tiraría por un barranco tras él. Aquello debió de gustarle a Sánchez, y si pilló la referencia a El ala oeste de la Casa Blanca más: que su consejero le diese tratamiento de presidente de los Estados Unidos, aunque fuera inventado, le parecería lo mínimo.

No ha habido históricamente mejor consejero que el siervo que le decía al general victorioso: “Recuerda que eres mortal”. Redondo, en cambio, no deja de recordarle a Sánchez lo inmortal que es, con lo que se juntan el hambre con las ganas de comer en este.

Pensaba en Sánchez porque he llegado a la conclusión de que está haciendo un experimento, seguramente aconsejado por Redondo. Está probando los límites de su ficción, es decir, si esta tiene algún límite. Hasta ahora la conclusión es que no.

Cada vez lo explicita más. Pasada la época de las mentiras o contradicciones, en que Sánchez decía un día lo contrario del anterior, que cabe atribuir, bien es verdad, a que la vida es un permanente fluir, como declaró Heráclito (“nadie se baña dos veces en el mismo Sánchez”), ahora Sánchez explora, como un autor metaliterario, el propio artefacto narrativo.

Daniel Gascón ha sabido detectar la influencia de Javier Marías en su relato sobre el encuentro con Joe Biden: esa amplificación narrativa del tiempo, en la que a 29 segundos se les puede dedicar 29 páginas. Para ello hace falta, no cabe duda, una cierta capacidad de fabulación. Pero esta ya la demostró Sánchez cuando dedicó una parrafada a todo lo que había aprendido en aquel comité científico del que meses después se supo que no existía.

Este lunes llega otro hito: su teatralización de los indultos, para la que ha escogido un teatro. En un prodigioso juego de espejos, se quitará la máscara encima de un escenario para revelarnos que es un actor. ¿Cabrá entonces seguir considerándolo un farsante, si opta por decirnos su verdad fundamental? 

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14.6.21

Paradojas manifiestas en Colón

La convocatoria de la manifestación de Colón me parecía un error, pero el error ha sido mío. Por otro lado, quienes se oponían eran el horror: el horror gubernamental. Y así, entre el error y el horror estamos. En un ambiente ya necesariamente desagradable, pero con gradaciones. Es peor el horror.

Las manifestaciones no me gustan. He ido a poquísimas en mi vida. A las de provincias no les veo sentido, así que en Málaga no me he manifestado jamás. En Barcelona sí, pero fue el 8-O y allí estaba el propósito soterrado de que la capital catalana no siguiera despeñándose por el provincianismo.

Y dos veces en Madrid, una contra ETA después de un atentado y otra contra la guerra del Golfo. Aquí me incomodaban un tanto los manifestantes (esos Bottos sobreactuados, la proliferación de castristas), pero concluí que había que estar y estuve: haciendo chistecillos, pero también haciendo bulto.

Fue entonces (el mejor chistecillo, por cierto, no fue mío, sino del amigo que me acompañaba, señalando a aquellos Bottos y castristas que se dirigían a la mani: “¡Hoy sí que habrá entradas para Los lunes al sol”!) cuando recordé un viejo artículo de Fernando Savater: “Paradojas manifiestas”.

Allí Savater –convocante ahora de la manifestación de Colón– reflexionaba sobre las compañías no siempre gratas que nos encontramos en las manifestaciones. Aquella era contra Pinochet y partía también de Colón. En el artículo va dando cuenta de lo que le rechina durante la marcha, con comentarios al paso, y concluye: “Había que venir, después de todo. Pese a las paradojas que se manifestaban junto a nosotros, pero sin olvidarlas”.

El problema ahora es Vox, para los delicados entre los que me cuento. Su auge se ha cargado –como escribí la semana pasada– el patriotismo constitucional, sin duda por impotencia de este. Pero la fuerza que rasca es espuria, de instintos chungos. Estamos en un terreno ya necesariamente embrutecido.

Hay otra fuerza posible, sin embargo: la que surge de la pura revuelta contra las infamias del Gobierno. Este es, en realidad, el que justifica la manifestación en principio dudosa. Es el Gobierno, incluso, el que legitima a Vox y le resta gravedad a su compañía.

Luego, ya en Colón (lo he visto por la tele), Rosa Díez ha hablado de “la buena gente”, desdichadísima expresión; e Isabel Díaz Ayuso ha metido improcedentemente al Rey en cuanto a la firma que deberá ponerles a los indultos. Pero el discurso de Andrés Trapiello –violentado él mismo en su subida de tono, emocionante ofrenda cívica– le ha dado sentido a la jornada: era justo eso, lo que él ha dicho.

Savater empezaba aquel viejo artículo hablando con sorna de los pareados de las manifestaciones. Ciertamente, son poco estéticos (¡jamás los corearemos los finos!). Pero en Colón se ha visto uno que no estaba mal: “Yo, votante del PSOE, / al pueblo pido perdón / y al Gobierno dimisión”. 

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9.6.21

Música de ascensor

Hoy toca felicidad. La editorial Turner ha reeditado, con nueva portada, Bossa Nova de Ruy Castro, que traduje en 2008. Estaba agotadísimo y quiero aprovechar para recomendarlo. Es un libro eminentemente feliz. Uno de los más felices que he leído. Mi propósito como traductor fue ser vehículo de mi propia felicidad lectora.

Esta tuvo lugar en Río de Janeiro, donde compré el original en portugués: Chega de saudade. A história e as histórias da bossa nova (Companhia das Letras). Mi enamoramiento de Río, que ya estaba bastante avanzado, se aceleró hasta su culminación. Ayudaron los mapitas del desplegable interior –que conserva la edición española– con las calles y la ubicación de los locales míticos de Copacabana e Ipanema.

Bossa Nova empieza con unos muchachos brasileños que en 1949 rinden culto al inalcanzable Frank Sinatra y culmina en 1967 cuando Sinatra graba su álbum con Antonio Carlos Jobim. En medio, las composiciones de este con Vinicius de Moraes, las historias de los demás personajes (de los que solo quedan vivos unos cuantos: João Donato, Roberto Menescal, Sérgio Mendes, Carlos Lyra, Marcos Valle, Eumir Deodato, Astrud Gilberto...) y, sobre todo, la historia del personaje principal, el gran catalizador de la bossa nova (y de toda la música brasileña): João Gilberto.

Lo raro que sonaba este al principio, aunque hoy nos suene natural (esta fue su conquista), queda reflejado en dos anécdotas rápidas. La primera vez que escuchó "Chega de saudade" (1958), un magnate de la industria discográfica brasileña dijo: "¿Por qué graban ahora a cantantes resfriados?". Antes el mismo padre de João Gilberto, aficionado al bel canto, había fulminado a su hijo cuando este ensayaba en la casa familiar de Juazeiro: "Eso no es música. Eso es ñem-ñem-ñem".

Hoy a esa música se la llama despectivamente música de ascensor y, además de en los ascensores, suena en los centros comerciales y con milagrosa frecuencia sigue haciéndolo en la radio. Se integra perfectamente en la atmósfera, pero mejorándola: como una suerte de variante aromática del silencio. Tiene razón Caetano Veloso cuando, en una canción que repasa hitos de la música brasileña, concluye: "Melhor do que isso só mesmo o silêncio / melhor do que o silêncio só João".

Pero a mí me gusta, lo he dicho alguna vez, esa denominación de "música de ascensor": porque es música para ascender. Yo combino esos ascensos o elevaciones con la horizontalidad de mis paseos. Horizontalidad que suele estar acentuada por la horizontalidad del mar, por cuya orilla es por donde ando preferentemente. Sea a pie por los paseos marítimos o en coche por las carreteras de la costa, la música brasileña es mi banda sonora: la que mejor se acopla al azul, a la amplitud y a la brisa; a la belleza, a una cierta nostalgia y a la ligereza. La música que detesto es la que interrumpe o dinamita estos dones: la pomposa, la pretenciosa, la simplona, la fea o la cursi sin compensación.

En Bossa Nova se asiste a la génesis y el desarrollo del milagro sofisticado y sencillo de esa música, con sus creadores (además de los citados, Dolores Duran, Maysa, Nara Leão, Elis Regina, Johnny Alf, Luiz Bonfá, Oscar Castro Neves, Milton Banana, Bossa Três...). Para ir animándoles, he hecho una lista de reproducción con treinta grabaciones que sintetizan, aproximadamente, la trayectoria que describe el libro.

Me despediré con una confidencia. La frase que se le atribuye en la contracubierta al autor en realidad es mía. En su momento se traspapeló, pero da igual, porque lo importante es la frase, que sigo suscribiendo (y espero que Ruy Castro también): "La bossa nova es lo más parecido que hay a una 'sintonía de la felicidad', y su historia es también la historia de una felicidad". 

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7.6.21

Demasiado tarde para el patriotismo constitucional

Vuelve la expresión “patriotismo constitucional”. Ya no la usamos ni los que seguimos en ese rollo, melancólicamente, como soldados sudistas derrotados, deambulando por un país sin esperanza.

Ese, el del patriotismo constitucional, es justo “el país que nunca fue”, como rezaba el subtítulo de La España vacía (Turner). Que nunca fue o que lo fue solo un poquito, de milagro. Es en el nuevo libro de Sergio del Molino, Contra la España vacía (Alfaguara), donde reencuentro el patriotismo constitucional. El autor lo trae con un ánimo que me parece viejo. Pero el viejo soy yo (y además estoy gordo: más que Kate Winslet).

Todo lo que dice Del Molino es correcto. El libro es más rico, más complejo: se ocupa también de otros asuntos. Por ejemplo, el de la repoblación y el de la vuelta al pueblo, que él puso de moda con La España vacía, en direcciones con las que es crítico. Pero el eje es la disgregación de España, su (orteguiana) falta de vertebración, la incomunicación creciente, la volatilización de esos mitos y ficciones que sostienen una comunidad.

Del Molino vuelve a explicar las verdades que a algunos ya nos cansan, tras tantas refriegas; pero en las que hay que insistir: el logro político que supuso la Transición, que convirtió a España en una democracia; la falsedad de los agravios nacionalistas, su empecinamiento fanático; el cacao de nuestra izquierda con Franco y la República, su repulsión por los símbolos nacionales...

Entre todos los argumentos en favor de España hay uno transparente, tan transparente que no se ve: su ventaja es que ya existe, no hay que crearla. El fregado de la “construcción nacional” ya pasó. Los españoles de hoy tenemos la fortuna de habérnoslo ahorrado. “Lo que me importa”, dice Del Molino, “es el país, no cómo ha llegado a serlo”. Solo hay una pregunta real: “¿aceptamos que la historia no se puede corregir y que los cuarenta y siete millones de españoles viven en un aquí y un ahora y que solo ese aquí y ese ahora es el objeto de discusión?”.

Pero, aunque Del Molino le pone calor, el patriotismo constitucional es frío. Y se ha probado que impotente, cuando en el lomo se le suben tigres. La auténtica épica española es la elegancia con la que ha aguantado cuatro décadas frente a los impresentables nacionalismos catalán y vasco sin segregar (dijeran lo que dijeran) un nacionalismo español. 

Pero ya lo ha segregado también, con Vox. El patriotismo constitucional ha sido derrotado. Era lo fino y lo difícil: un lujo exquisito. Ya no hay nada que hacer. 

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31.5.21

Lo grave no son los indultos

Lo grave no son los indultos, sino la retórica con que se justifican. Como la razón real no se puede decir (que son para que se mantenga en el poder Sánchez), se pasa a decir otras razones. Que, ya puestos, también son para que se mantenga en el poder Sánchez.

Se hace imprescindible un comentario sobre la trepidante mente de los sanchistas. Esos que hace año y medio estaban en contra de los indultos a los políticos independentistas condenados, como Sánchez, y ahora están a favor, como Sánchez.

Y, como Sánchez, sin explicar el cambio: solo siguiendo a Sánchez y tirándose por los barrancos con Sánchez. Muchos son intelectuales, académicos, politólogos, pero no consideran necesarias las explicaciones. Ningún presidente ha desnudado tanto la consigna de Follow the Leader. Los sanchistas lo siguen, en efecto, en pelota picada.

Ahora se ha vuelto a lo grande a la Premisa identificada por David Jiménez Torres en su libro 2017. La crisis que cambió España, que sustentó la Transición y que con el golpe independentista de 2017 refutó. Tal Premisa sostenía que los nacionalistas nunca rebasarían cierto límite institucional, que a pesar de sus proclamas se mantendrían en último término dentro de la ley.

El recorrido de Jiménez Torres en su libro es deprimente porque desmenuza el error, todos los errores. Su conclusión es diáfana y pesimista. Pero la realidad, ya fuera de su libro, ha dado un paso más, que es el que estamos viviendo. Manuel Arias Maldonado lo ha definido bien: hay quien “sigue razonando como si el procés no hubiera tenido lugar”. Se trata ahora, a conveniencia del Gobierno, de desaprender la lección más importante que hemos aprendido en cuarenta años.

Aparte de las indigentes argumentaciones de Sánchez (perdón por el pleonasmo) sobre la “revancha” y la “venganza” en que supuestamente se funda el cumplimiento de las condenas, está su afirmación de que el golpe se lo dieron los independentistas al Gobierno del PP y no al Estado. Afirmación que inmediatamente se han puesto a repetir los sanchistas barranqueros.

Esto es lo grave: que al final, como siempre en el sanchismo, se trata de dividir a la sociedad española entre buenos y malos. De no tener ninguna noción institucional solvente, sino solo soez cortoplacismo ventajista. Los indultos en realidad dan igual (todo lo que tiene que ver con los presos para mí no es más que una cuestión folclórica). Es esto lo que no da igual.

Por no hablar de su llamamiento a la “concordia”: que es concordia con los suyos y discordia, cruda discordia, con los demás (también dentro de Cataluña). La clave del sanchismo, en esto heredero del zapaterismo: una retórica de la concordia diseñada para la discordia. 

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29.5.21

Dietario: El día de Lea

Juego con Lea. Desde que mi amiga Julia me contó la historia de Lea quiero escribir sobre ella, para hacer un juego. Lea es su perra, una pastor belga malinois, que vive en la casa familiar del Monte Sancha. Tiene, según Julia, un escrupuloso sentido del deber, concentrado en su única obligación de la jornada: recoger el Sur enrollado que el repartidor deja en la puerta y subirlo a la casa por las escaleras. Hasta que no la cumple no está tranquila. Los tres días del año en que no hay periódico, Lea se desespera. Solo se calma cuando le ponen uno antiguo para que lo suba. Hecho lo cual se dedica a ser una perra libre, traviesa y sin obligaciones hasta la mañana siguiente. Ahora pienso en Lea subiendo el Sur de este sábado, como todas las mañanas. Sin saber que esta vez ella va dentro. 

Playas a tope. El malagueño ha perdido una de sus características esenciales, que era regirse por el calendario y no por la temperatura en lo que se refiere a la playa. Antes nadie se bañaba antes de junio, por más calor que hiciese. Y a partir de junio muchos se bañaban aunque helase. Los foráneos, grandes admiradores de nuestro sol, nos han enseñado que hay que tener un contacto más directo con la realidad. Por eso en mayo las playas están a tope.

Arde Proteo. Qué conmoción el incendio de la librería Proteo. Como muchos malagueños, estuve recordando mientras veía las llamas: como si se le echase memoria al fuego para reconstruir lo que se estaba quemando. Descubrí Proteo (y su vecina Prometeo) con dieciséis por mi amigo Nadales, que tenía la misma edad que yo pero más mundo. La última visita fue con otro amigo, el profesor Alberca. Aunque la mayoría de las veces he estado solo, horas mirando las estanterías. Recuerdo de pronto que allí, en la planta de arriba, conocí en los ochenta al escritor que yo quería ser: el peruano Alfredo Bryce Echenique. Me firmó Un mundo para Julius. Tiempo después arranqué la hoja para regalársela a mi amiga Marga, que estaba locamente enamorada de él desde que leyó La vida exagerada de Martín Romaña, la novela que me pasé años recomendando. El incendio de libros es una aberración porque lo normal es que ardamos los lectores.

Palacio de Ferias. Hacía años que quería visitar el Palacio de Ferias y Congresos, ese simpático imitador del Guggenheim que se ve desde la autovía. Nunca pensé que terminaría haciéndolo para vacunarme en una pandemia que ni me imaginaba. Podría parecer que el edificio, como un ogro, estaba esperando la ocasión. Me quedé fascinado, una vez dentro, con la inmensidad de la nave. Los de mi edad, que éramos muchísimos, no alcanzábamos a llenarla. Me dediqué a hacer fotos, que luego puse en Instagram. Lo bueno es que Diego Ríos Padrón, a quien no vi allí, hacía también las suyas: yo salgo en una, de espaldas entre los sentados durante la espera.

Derivas del pensar. Para no perderme en el acceso al Palacio de Ferias, había decidido ir en taxi. En un momento dado, el taxista se excusó porque se le había pasado la salida correcta de la autovía. “Va uno pensando en lo que no tiene que pensar”, dijo como avergonzado, más para él que para mí. Paró el taxímetro y para volver se metió por el polígono, no lejos del Scándalo. ¿Era ahí adonde lo llevaba la deriva de su pensamiento? Cuando llegamos por fin al destino, se negó a aceptar propina. Estaba verdaderamente avergonzado.

Cuerpos inadecuados. Antonio Diéguez, catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Málaga, ha publicado un libro importante: Cuerpos inadecuados. El desafío transhumanista a la filosofía. En él ahonda en las reflexiones de un libro anterior, que es ya ineludible para los interesados en este novedoso tema: Transhumanismo. La búsqueda tecnológica del mejoramiento humano. El comienzo del nuevo es impactante: "Una forma simple y directa de caracterizar el transhumanismo es entenderlo como la convicción de que el ser humano está en un soporte inadecuado (su cuerpo biológico, tal como nos ha sido legado por la evolución por selección natural) y que la tecnología puede por fin remediar esa deficiencia". Diéguez analiza críticamente esta convicción, aunque dándole la razón al transhumanismo en algunos puntos. Su escritura se caracteriza por la claridad: cortesía de filósofo.

Vuelta al Aula. Ha vuelto el Aula de Pensamiento Político de Manuel Arias Maldonado, que celebra ahora sus sesiones en el Centro Cultural La Malagueta y no en La Térmica, como en los últimos años. El miércoles 26 de mayo vino el profesor y articulista Jorge del Palacio a hablar de “la batalla cultural” y después, contándolo a él, nos fuimos a cenar diez amigos (¡pueden llamarnos amigotes!) en una terraza frente a la plaza de toros. Había la alegría de siempre y esta fue la novedad: se parecía a la vida de antes de la pandemia. 

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28.5.21

Reedición de 'Bossa Nova'

La editorial Turner ha reeditado, con nueva portada, el libro Bossa Nova de Ruy Castro, que traduje en 2008. ¡Absolutamente recomendable!

26.5.21

Corte generacional

La vacunación por edades es una fábrica de melancolía. No solo inoculan protección frente al virus, sino también desprotección frente al tiempo. Verse en un corte generacional una mañana, entre hombres y mujeres que son nuestro espejo, baja las defensas del ánimo.

A mí me tocó además el día de mi cumpleaños, por lo que iba especialmente susceptible. ¿Desde cuándo no me juntaba con los nacidos en 1966 y solo con ellos? Desde las oleadas escolares y universitarias, estas algo diluidas. En la escuela y en el instituto, quitando a los repetidores, éramos de ese corte exacto. En la nave donde nos metieron, una inmensa sala de espera con cientos de sillas, me acordaba de aquellas cabecitas que durante años se agitaban delante de mí, como la mía para los que tuviese detrás, y me entristecía ver a esos calvorotas en que se han convertido.

Me eran reconocibles, sin embargo. Pensé que con cualquiera de ellos podría hablar, evocar cosas: sucesos históricos y deportivos, programas de televisión, productos de la bollería industrial. Si gritase “¡Phoskitos!”, responderían a coro “¡regalos y pastelitos!”. Por no hablar del “¿Cómo están ustedes?”... Más que niños de derechas como Umbral, fuimos niños pop. Con una insidiosa presencia de Thánatos entre los colorines: se nos murieron Fofó, Félix Rodríguez de la Fuente, Nino Bravo, Cecilia, Franco, Chanquete... (Es verdad que por el penúltimo la pena fue menor, y encima nos dieron días sin colegio, pero no dejaba de ser otro personaje de la tele que desaparecía.)

Los que se conservaban mejor eran los triunfadores de la mañana. Había una mujer en concreto que definitivamente sí. Pero el resto tenía el arma del humor. No me quitaba de la cabeza que eran, éramos, niños disfrazados de adultos, jugando a ser nuestros padres. Las mascarillas ayudaban. Nos habíamos juntado, tantísimos años después, en esa especie de carnaval, de baile de máscaras donde no nos tapábamos los ojos sino las bocas, como bandidos.

Llegó al fin mi turno. Me la pusieron. Esperé los quince minutos protocolarios en que el juego era observarse por si uno se notaba algo, y finalmente me levanté y me fui. Camino de la salida vi a un lado otra nave: era igual que la de la vacunación, pero vacía. Una especie de enorme almacén sin nada. Pensé que era la misma pero muchos años después, cuando mi generación había sido barrida. No faltaba belleza. 

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24.5.21

Largoplacismo cortoplacista

Todo estaba pensado como trampa una vez más. La elección de un año tan lejano para el plan España 2050, aunque resultase exótico, tenía la función de recalcar ese largoplacismo que siempre se echa de menos en la política española. Los defensores programáticos del Gobierno solo tenían que desenfundar ante las críticas: “¡Para una vez que se piensa en el largo plazo!”. El problema (he ahí la trampa) es que se trata de una operación estrictamente cortoplacista. Una operación cortoplacista que se sirve del largoplacismo.

Al estratega de Pedro Sánchez, Iván Redondo, le gusta jugar en el límite. Es un prestidigitador descarado cuyo ideal es la carta robada de Poe: que todos busquen, sin encontrarlo, lo que él mismo les ha puesto delante. En este caso se trataba de encubrir el cortoplacismo con lo que más aparentemente se le opone: el largoplacismo. Es también como el cuadro de Magritte Esto no es una pipa. Redondo le ha puesto al plan la leyenda Esto no es cortoplacista. Cuando obviamente lo es.

Redondo y Sánchez son máquinas de fabricar cortoplacismo. Y si le echan largoplacismo a la máquina, es para convertirlo en cortoplacismo también.

La política de Sánchez se ha caracterizado por la cortedad de miras. Desde su “no es no” fundacional hasta su actual Gobierno junto a Podemos apoyado por los independentistas y los proetarras, pasando por su moción de censura con los mismos. Su gestión de la pandemia ha sido su perfecta plasmación: terrorífica ineficacia combinada con un aparato propagandístico nivel Nodo, del que este plan España 2050 es su último y más aparatoso ejemplo.

El único objetivo de Redondo es mantener a Sánchez en el poder, que es para lo que fue contratado. Y el Sánchez desahuciado electoralmente que encontró es en lo esencial el mismo de ahora: un Sánchez incapaz de gobernar solo, porque los votos no le dan, y necesita el apoyo de los comunistas, los independentistas y los proetarras. Es decir, de todos aquellos cuyo propósito es que la España de 2050 no exista o sea aún más negra que la de 2021.

De manera que lo primero que tendría que hacer Sánchez por la España de 2050 es combatir a sus socios de Gobierno. Empezando por Sánchez, que es su principal socio de Gobierno.

Mi prospectiva quizá sea un poco ceporra (mi instrumental es la mirada a ojo), pero auguro que estaremos tanto mejor en 2050 cuanto antes Sánchez deje de estar en el poder. 

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19.5.21

Inspiración para leer

Inspiración para leer, José Antonio Montano, Jot Down Books (2021).
 
Se puede comprar:
 
Prólogo 

La editora de Jot Down, mi querida Mar de Marchis, me llamó en octubre de 2013 para preguntarme si tenía algún libro en el cajón. La revista, con la que yo colaboraba desde el principio, iba a inaugurar Jot Down Books y quería publicarme uno. Pero yo no tenía ninguno.

Traté de tomármelo con deportividad, pero lo cierto es que me dio vergüenza. Yo había decidido ser escritor a los dieciséis años. Treinta y uno después me llamaba una editora y yo no tenía nada. No he parado de escribir, pero solo fragmentos, textos sueltos, artículos. Llevo también un diario, Oficio pasajero, pero no iba a empezar publicando mi diario. Pensé entonces escribir un libro en que contara todo esto. No lo he escrito tampoco.

En octubre de 2020, justo siete años después, Mar me llamó de nuevo. Me dijo que quería publicarme un libro ya, pero que, como sabía que no se lo iba a escribir («que ya nos conocemos»), preparase uno con mis artículos.

Este es el resultado. He escogido los menos sujetos a la actualidad, los literarios, culturales y vitales; los que hablan de mis pasiones y mis tensiones; los que pueden funcionar como ensayitos. Además de artículos, hay textos que escribí para mi blog El aprendiz al sol. Ahora pienso que aquí está todo: todo lo que soy, y todo (casi todo) lo que amo y parte de lo que detesto.

Un libro como este se puede leer picoteando al azar. Aunque yo propongo un orden: por eso he numerado los textos. No es cronológico, sino más o menos temático y emocional, por intuición artística. La idea es que se refuercen unos a otros en lo posible y admitan una lectura consecutiva. Que tengan un sentido. Que exhiban también sus cortes y sus reincidencias. Los he repasado todos.

Salvo uno de 1995, fueron escritos entre 2003 y 2020. El año y la procedencia vienen al final del libro. El que la ordenación, como digo, no sea cronológica, pero los textos conserven sus alusiones temporales (que irían, pues, desordenadas), quizá agudice la percepción de la rozadura del tiempo. Esto querría formar parte del efecto estético de Inspiración para leer.

Doy las gracias a quienes acogieron los artículos en su día, y en ocasiones estimularon (o forzaron) su escritura. A Mar de Marchis en especial, naturalmente; y a Ángel L. Fernández. También a Rubén Díaz Caviedes por su trabajo en la edición. A Chema Cobo por permitir que su cuadro Out of the blue II (Capitalismo popular) ilustre la portada. Y a Pilar Álvarez, por leer el manuscrito y por todo lo demás.

¿Este libro es el fin de algo o el comienzo de algo? No lo sé.

Málaga, marzo de 2021

17.5.21

Por qué Sánchez no podía hacerlo bien en la pandemia

La grotesca cuenta atrás de Pedro Sánchez con los días que faltan para la inmunidad de rebaño (permítanme que siga usando esta palabra, ya que el presidente nos pastorea) es la expresión del fracaso de su política. Pese a que él la presenta como un triunfo. Tal viene siendo su política.

También lo es la frase que ahora repite como un autómata (así como sus ministros, que tienen el mismo guionista): “El estado de alarma es el pasado, hay que mirar al futuro”. Ese futuro en que las vacunas, no él, habrán hecho su trabajo.

Me gustaría ser Antonio Muñoz Molina y descansar en su algodonoso exilio interior. Ese en el que, como ha escrito en El País, la oposición “pone tan descaradamente por encima del bien común en un tiempo de crisis la determinación metódica de hundir cuanto antes al Gobierno saboteando las tareas ya tan difíciles que tiene por delante, tareas literales de vida o muerte, de supervivencia o ruina”.

Por desgracia, en mi exilio interior –que no es algodonoso, sino con pinchos– tengo abierto los dos ojos y no solo uno como Muñoz Molina: por eso, además de lo que él ve (que no se me escapa), yo veo la infame conducta de este Gobierno justo en un tiempo de crisis, pese a las tareas ya tan difíciles que tiene por delante, tareas literales de vida o muerte, de supervivencia o ruina.

A la irresponsable lucha cortoplacista del PP por alcanzar el poder en estas circunstancias, hay que añadirle la irresponsable lucha cortoplacista del PSOE por mantenerse en el poder en estas circunstancias. Y por esto nos comen los demonios a los cuatro que estamos en el exilio interior de verdad. A los cuatro (quizá exagero el número) que vemos todos los ingredientes de este asqueroso pastel.

Naturalmente, la responsabilidad mayor es del PSOE, puesto que él forma el Gobierno, con Podemos y con el apoyo de los nacionalistas golpistas y los proetarras (¡qué doloroso se me hace ver a Muñoz Molina apoyando eso; mi exilio interior no se lo deseo a nadie!).

A Sánchez le correspondía liderar la respuesta de Estado. En lugar de eso, se ha dedicado a dividir y actuar en beneficio propio desde el comienzo. Es Sánchez el que ha marcado el tono. Y a ese tono, cierto, se ha sumado el PP. Cuando Pedro Sánchez le dijo el otro día a Pablo Casado que se le había puesto cara de Albert Rivera, se equivocaba: en realidad, se le ha puesto cara de Pedro Sánchez.

Pero todo estaba sentenciado desde la moción de censura, como repite Manuel Arias Maldonado; por aliarse con quienes se alió por conseguir el poder. Incluso desde antes. Desde aquel “no es no” fundacional de Sánchez, por el que fue incapaz de tener una conducta de Estado cuando el Estado lo reclamaba.

La trayectoria política de Sánchez se ha fundado en eso: en la división. Jamás ha actuado para todos. Y su desgracia (nuestra desgracia) es que se ha encontrado con una pandemia que le exigía ser el presidente de todos o todo sería un desastre. Y como lo primero iba frontalmente contra lo que él ha sido, ha hecho y ha representado, todo es un desastre. 

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12.5.21

Lobo con piel de chivo expiatorio

Fue tan repugnante la despedida de Pablo Iglesias en la noche electoral de Madrid, que no pudo haber mejor colofón para su trayectoria. Estéticamente era lo que correspondía: su biografía política quedaba así perfecta.

Ahora vendrá un desfleque en programas basura y una gira interminable por países pardillos con las mitificaciones (y mixtificaciones) de su experiencia en el poder. En esa gira yo propondría que lo acompañara Ismael Serrano, para que (como Toquinho con Vinicius) hiciera sonar su guitarra, e incluso sus trémolos gargantiles, mientras Iglesias glorifica a Iglesias. “Cuéntanoslo otra vez, Pablo”, podría ser el inicio de cada show (en el que Serrano no volvería a hablar).

Pero Iglesias no es el único que glorifica a Iglesias. Del ministro Castells para abajo, hemos asistido a un desfile sonrojante de panegiristas. Insisten (empezó el mismo Iglesias) en que Iglesias ha hecho historia. Yo lo único histórico que le veo es la celeridad con que adquirió el chalet. Algo que, por otra parte, tiene tradición en España: abundó en los tiempos del pelotazo. Iglesias vendría a ser un epígono de aquello. Su novedad es la mercancía con la que especuló: ideologías de saldo.

Es precioso, por otra parte, que se haya quedado a solo diez días del décimo aniversario del 15-M: el movimiento no tanto del que surgió como del que se apropió. Triste apropiación, aunque sumamente pedagógica. Les ha dado un sentido sórdido a sus dos lemas principales. El No nos representan ha resultado verdad: no, no los representaban, porque ellos serían peores. En cuanto al Democracia real ya: visto lo visto, cuánto mejor entonces la “irreal”...

Lo más pringoso de su despedida, con todo, fue el victimismo. El hombre que llegó a la política española explotando el odio, hurgando en el resentimiento, apelando al guerracivilismo, excitando pulsiones dañinas, alentando escraches, alertas y cercos y amenazando con tictacs, de repente se quejaba de ser un chivo expiatorio. Naturalmente, de "la ultraderecha": ni siquiera en ese momento quejica dejaba de acusar.

Porque esa es la clave: su retórica del verdugo. En sus discursos violentos directamente; y sibilinamente en esos otros discursos suyos de vocecita suavona, de serenidad impostada desde la que no dejaba de emitir ítems acusatorios también. Iglesias solo ha sido capaz de instalarse en una supuesta posición de bondad para que de ese modo resultase más efectivo su señalamiento de los malos. Y así fue hasta su ultimísimo minuto. 

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10.5.21

El fracaso del PSOE

El fracaso del PSOE en las elecciones madrileñas ha sido más bello que la Victoria de Samotracia. Por la sorpresa que se han llevado: no tienen ni idea de en lo que se han convertido. (Bello y desolador, naturalmente: es un desastre nacional.)

El que aún confiaran en que iban a recibir votos de exvotantes de Ciudadanos produce una ternura infinita. ¿Los votantes más dignos (¡dignos hasta la abstención, hasta la aniquilación del partido al que votaban!) votando al partido más indigno? ¿Pero no se han dado cuenta de que son ya invotables?

“Madrid es de derechas”, repiten ahora. No digo yo que no lo sea. Pero lo que es, ante todo, es contrario a esa izquierda que forma gobierno con la ultraizquierda, apoyándose en el independentismo catalán (¡justo después de un golpe de Estado!) y el proetarrismo vasco. Algunos han podido concluir que votar al PP era menos reaccionario que eso...

Se le ve tanto las costuras al ventajismo del presidente Sánchez. Ese engolamiento al pedirle al PP que no pacte con Vox, cuando él es el gran legitimador de los pactos con Vox: precisamente por haber pactado con lo que ha pactado. La trituración electoralista de todo y la promoción de lo peor: eso es Sánchez.

Pretende que se prescinda del carácter acumulativo de su trayectoria, como si esta no hubiese sido un continuo despeñamiento y un internarse más y más por regiones oscurísimas. Una sucesión de mentiras y desmentidos, de promesas traicionadas al minuto, de autoprohibiciones saltadas con desparpajo.

El gran error de Inés Arrimadas ha sido no haberlo tenido presente: el Sánchez que le tocó a ella ya no era el Sánchez que le tocó a su predecesor en Ciudadanos. Era un Sánchez impracticable ya, con el que no había nada que hacer.

Hay una paradoja preciosa (más bella que la Victoria de Samotracia también): solo Albert Rivera pudo haber salvado al PSOE. El pacto con él habría devuelto al PSOE al centroizquierda, habría vuelto a ser el partido socialdemócrata que necesita España.

Pero no, estuvo el coro siniestro de la militancia con aquellos gritos (“¡Con Rivera no! ¡Con Iglesias sí!”) que conducían al suicidio político, al hundimiento. Faltó un líder que los encauzara. Pero, claro: el líder era uno de ellos. De hecho, su producto más acabado.

Al PSOE únicamente le queda seguir pactando con la ultraizquierda, apoyándose en los independentistas catalanes y en los proetarras vascos... hasta que ya no queden votantes del PSOE.

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3.5.21

Lunes de reflexión

Un primer ganador de las elecciones madrileñas del martes soy yo, columnista de domingo. El columnista de domingo lleva una vida plácida (pese a su conciencia de lunes), solo interrumpida cuando se trata de un domingo electoral. En los últimos años, con demasiada frecuencia.

Son atroces los domingos electorales para el columnista de domingo. Pasa todo el día en vilo, sin poder escribir nada. Y luego, ya entrada la noche, debe escribir rápido, algunas veces con los resultados meneándose aún, por lo que incurre fácilmente en el fallo o el ridículo.

Así que estoy de fiesta con la idea de Isabel Díaz Ayuso de haber puesto estas elecciones a la Asamblea de Madrid un martes. Escribió Jaime Gil de Biedma: “Quizá, quizá tienen razón los días laborables”. Y sin quizá. Yo en mi plácido domingo inesperado escribiendo para el lunes de reflexión.

Hay algo proustiano para los de mi edad, y es que las primeras elecciones de la Transición, cuando éramos niños, se celebraban en mitad de la semana. Eran gloriosos días sin colegio, con la televisión emitiendo dibujos animados y cine cómico durante horas. La democracia, así, nos entró la mar de bien.

Una primera reflexión es que el miércoles nos vamos a quedar descansando. Aunque el descanso estará enturbiado por un serio temor: el de cómo serán las próximas elecciones generales. Estas de Madrid han sido un ensayo y el pronóstico es terrorífico: habrá más embrutecimiento y más simplificación.

Básicamente, estamos enroscados en debates falsos. Tan falsos que ni siquiera son debates: son solo peleas. Muy cómodas para quienes las practican, puesto que no exigen conocimiento ni preparación. En la política española, del presidente del Gobierno para abajo, abundan los políticos sin conocimiento ni preparación.

A esa frase que he escrito antes, “estamos enroscados en debates falsos”, hay que añadirle: mientras el país se hunde. Por eso no hay perdón. (Por otro lado, están relacionadas ambas cosas: por estar enroscados en debates falsos, el país se hunde.)

Estoy, en fin, en una situación incomodísima, porque si he luchado por algo (con mis escasas fuerzas y con mi indolencia consustancial, adornada de un cierto esteticismo) ha sido por evitar que nos encontremos aquí. Me impregna una sensación de fatalidad y fracaso.

Soy pesimista en todos los frentes, pero –como hay que mojarse– pienso que lo urgente es castigar a esta izquierda, la culpable principal. Y lo digo desde la izquierda, aunque no me crea nadie. Probablemente ni yo mismo. 

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28.4.21

La ilusión de la vida

¿Por qué los lectores del diario de Andrés Trapiello esperamos cada nuevo tomo como si no hubiéramos leído tantos ya? Por la ilusión de la vida. En sus páginas ha ido elaborándose una vida que es también nuestra, y en cada tomo la retomamos y la vivimos, y si nos falta ese tomo es vida nuestra que se pierde. Tenemos ilusión por esa vida que es a su vez ilusión (en palabras).

Durante mucho tiempo, el ritmo fue de un tomo al año, lo que le hizo ponerlo a Félix Ovejero junto a la película de Woody Allen como garantías anuales por si todo lo demás se torcía. Últimamente se tuercen ellas también, una o las dos, y hemos tenido años sin película de Woody ni diario de Trapiello.

Las ganas, sin embargo, no se pierden, sino que se acumulan. Así disfrutamos el doble (o el triple) cuando de pronto está Woody en cartel o llega un nuevo tomo del Salón de pasos perdidos, nombre genérico del diario de Trapiello (diario y "novela en marcha"). Este abril ha llegado el número veintitrés: Quasi una fantasia, correspondiente al año 2009.

La novedad es que ya no lo edita Pre-Textos, como venía haciendo desde el primer tomo, que salió en 1990 (correspondiente a 1987), sino Ediciones del Arrabal. Como dice el autor en el prólogo: “Pre-Textos es, ha sido y será para mí el centro del mundo editorial, y si ahora nos vamos al arrabal es... por fantasía y espíritu errabundo”.

Es una empresa familiar, ciertamente quijotesca, que, además de editar, vende y distribuye el libro. Dentro de un mes llegará a las librerías, pero mientras tanto se puede adquirir por la web de la editorial. A mí tuvieron la cortesía de enviármelo y he dedicado la última semana a leerlo. Una semana que he pasado en ese suplemento de vida que me venía faltando.

Los viejos lectores del diario de Trapiello no necesitan explicaciones: solo la confirmación de que es un tomo espléndido, como todos los demás. Hay un ligero progreso en cuanto a soltura, a libertad, a travesura incluso, siempre de orden cervantino (no ausentes, por lo demás, de los tomos anteriores). Pero en los sustancial es el mismo libro, como los aficionados queremos.

En cuanto a los nuevos lectores, o los que querrían serlo, siempre están con la duda de por qué tomo empezar. No hay respuesta más sencilla: por cualquiera. Nunca falla empezar por el nuevo, y luego ir leyendo los demás, no necesariamente en orden, ni necesariamente todos. Al gusto, y dejándose llevar por el gusto. La vida que hay en esos libros se va recomponiendo sola. Está en cada página y la acumulación la refuerza: y da igual el orden en que se vaya acumulando.

En Quasi una fantasia se casa el hijo mayor y se muere el gato, el autor viaja promocionando su novela Los confines, prepara una nueva edición de Las armas y las letras y presenta el tomo del diario que publicó entonces, Troppo vero. Hay tres viajes a Francia, mucho Las Viñas y mucho Rastro, menos Madrid que otras veces, historias de la guerra civil, Ian Gibson buscando los huesos de Lorca, Cosmopoética, el Hay Festival, la Feria del Libro, León, Santander, Valencia, Málaga... Mucho humor, situaciones cómicas, figuronismos de escritores o críticos (¡ese PR., personaje que comparte con el volatinero, quien es a su vez uno de sus personajes!), o despedidas emocionantes, como la del antequerano JAMR.

A Trapiello le cuentan historias, o las observa, y las cuenta. Por eso los suyos son los diarios en que hay más gente. Son, en verdad, una novela: no solo la novela de un hombre sino también la de muchos hombres, y mujeres, y animales, y libros, y fantasmas. Para justificar la ficción que hay en ellos, recurre al Goethe de Poesía y verdad: “La vida real pierde a veces de tal modo su brillo, que es preciso animarla con el colorido de la ficción”. Se trata de una literatura en favor de la vida.

Y todo lo sostiene la escritura, naturalmente. En cada página hay hallazgos, proyecciones imaginativas (poéticas) en los detalles. Yo anoto solo cuatro de Quasi una fantasia, para terminar (y abrirles boca):

Sobre una plaza nevada, por la que no ha pasado nadie: “la nieve se ensució con gran celeridad, pero no sé cómo, como si ella misma se pisara los bajos de su vestido de gala” (p. 33).

Sobre una pareja que desayuna en una mesa de hotel: “Se reían de buena gana por algo. Estaban solos. Sentí curiosidad por saber de qué se reían. Siempre que ve uno reírse a alguien, dan ganas de acercarse y extender la mano, como un mendigo, para que le den lo que les sobre” (p. 245). Al ver las camisas planchadas que ha dejado la asistenta que acaba de despedirse para siempre, por enfermedad: “Me va a parecer, el día que las desabotone para ponérmelas, que despliego el pabellón de un barco rumbo a una travesía incierta” (p. 305).

Sobre el sol de una mañana muy fría: “aquel solecito de la esquina parecía conservar el frío entre algodones, sin destruirlo” (p. 508).

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26.4.21

El envilecido voto a la derecha

Los ufanos voxistas se piensan que están dando la batalla cuando no están haciendo más que corroborar la derrota. Son los monigotes soñados por Pablo Iglesias, que vienen a poblar el escenario proyectado por Pablo Iglesias. Sin esos monigotes, el escenario proyectado por Pablo Iglesias estaría muy menoscabado. Pero ellos han venido a completarlo, rindiéndole un grandísimo servicio a Pablo Iglesias.

Me hace mucha gracia el contraste entre lo apretaos y envaraos que van los voxistas y su realidad de mayordomos de aquello que dicen detestar. Son unos curiosos leñadores que no talan árboles sino que los riegan... ¡con sus hachas! En este sentido, rinden un gran servicio ecológico. Solo que a un bosque abominable.

Lo peor de Vox son sus exudaciones infectas, su vileza a chorros, que contamina a todo votante de la derecha, incluido el del PP: desde el momento en que se sabe que el PP pactará con Vox. Vox ha envilecido el voto a la derecha. No hay votante al PP inocente. Ni siquiera Fernando Savater, que ha sido el último en llegar.

Lo que pasa es que peores son los otros. Esa es la endiablada porquería en la que estamos: que peores son los otros. Y los otros son los que se ponen dignos, con esos “veintiséis años infernales”, que han vivido a cuerpo de rey, y su ventrilocuismo “antifascista”, cuando se han aliado (y revolcado y refocilado) con los ultranacionalistas golpistas, con los proetarras y la ultraizquierda populista, con la que además han formado gobierno.

Daniel Gascón se reía en una de sus geniales viñetas de uno de esos atildados, al que le hacía decir: “Es intolerable que crucéis las líneas rojas que nosotros dejamos atrás”. Ha sido tristísimo (¡desolador!) ver a Antonio Muñoz Molina embarcado con esos impostores de las líneas rojas.

Porque esta es la trazabilidad de la ultraderecha y no otra. Sabemos quiénes la han traído, de dónde la han sacado. Sabemos cómo antes ya acusaban de ultraderechistas a quienes no lo eran, y cómo ahora están que se corren al ver que hay ultraderechistas de verdad (lo que no les exime de seguir llamando ultraderechistas a quienes no lo son).

Solo se puede elegir ya entre lo malo y lo peor. Y en lo malo está PP-Vox y en lo peor está PSOE-Podemos. Lo que pasa es que a algunos no nos sale de los huevos ceder al chantaje. Y por eso, si votáramos en Madrid, nos iríamos a la abstención, o al pobre Bal. Y a la mierda también, claro. Pero a esta nos iremos todos.

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24.4.21

Dietario: Completando el juego

Buda en Semana Santa. Paso la Semana Santa en Torrequebrada. Vida social cero, salvo una comida con amigos que vienen a ver cómo me las gasto de ermitaño. El resto del tiempo me dedico a leer, a pasear por la costa y a tomar cañas en el Yucas mirando el mar. Una tarde decido coger el autobús hasta la estupa tibetana de Benalmádena pueblo. Es un sitio asombroso, con el encanto de las atracciones del Tívoli World, pero en serio. El budismo es una religión relajada. Subo la escalinata y me asomo a ver al Buda, sin entrar. Tampoco hago fotos del interior: me limito a sentir su paz, un poco de juguete, por unos segundos. Luego me asomo al formidable mirador y decido bajar caminando por la carretera. Tardo una hora en llegar a la playa. Ha sido una especie de peregrinación a la inversa: introspectiva y fácil. Como las bajadas en bicicleta, pero a pie.

Luz de Agosto. A la comida de Torrequebrada, Rafael García Maldonado nos trajo ejemplares de Benito Cereno, de Herman Melville, que ha traducido y publicado en la editorial que ha montado con Mariló Rubio: Luz de Agosto. Quieren sacar libros exquisitos y con este primero lo han logrado. García Maldonado es farmacéutico (en Coín) y escritor. Le gusta combinar su vocación literaria (estos días sale su libro de cuentos Si yo de ti me olvidara, Jerusalén) con una profesión que le da independencia y conocimiento de la naturaleza humana. Era el único de nosotros que se había vacunado ya y hubo discretas maniobras por sentarse a su lado.

Turismo de librerías. Siempre visito tres librerías de la costa, que, además de heroicas, son realmente buenas: Pérgamo (Torremolinos), Lorca (Arroyo de la Miel) y Teseo (Fuengirola). Así al turismo de playa (que para mí es más de paseos marítimos) le sumo el turismo de librerías. Nunca se hablará lo bastante de cómo ennoblecen una población las librerías. Torremolinos, Arroyo de la Miel y Fuengirola son mejores gracias a Pérgamo, Lorca y Teseo.

Completando el juego. Lo he visto ya varias veces: niños y niñas que posan con mucha fiesta para sus padres y luego corren a ver cómo han quedado en la foto. La alegría de los dos momentos indica que se trata del mismo juego. Con el segundo lo completan.

Corazón y cerebro. Asisto a un cursillo de prevención del envejecimiento cognitivo (¡más vale prevenir que curar!). La profesora dice que debemos quedarnos con esta idea: "Todo lo que es bueno para el corazón, es bueno para el cerebro". La memorizo al tiempo que me digo: no todo, no todo...

Clavos. Un amigo está contentísimo porque ha tenido un ligue que le ha hecho olvidar un amor que le dolía. Y además el ligue no le ha durado, por lo que se siente más aliviado aún. Hace este resumen: "Ha sido un clavo que saca otro clavo... y además se saca a sí mismo".

En el reino de las penumbras. Voy a Churriana a ver la exposición de Chema Cobo en la Casa Gerald Brenan, In the twilight kingdom. En el reino de las penumbras. Es un verso de Los hombres huecos de T.S. Eliot. Antes de entrar, me asomo al mirador que da al aeropuerto. Habitualmente no paran de despegar y aterrizar aviones, pero la pandemia ha frenado el tráfico. En veinte minutos solo veo uno, que corre por la pista y se alza en el cielo gris. Luego, visitando la exposición, me fijo en el cuadro de Cobo que muestra los escuadrones que bombardeaban Málaga durante la Guerra Civil y el humo negro que sube. En primer plano, delante del humo, también ascendente, está un jarrón con flores. La vista era desde la casa de Brenan, según contaba Gamel Woolsey en El otro reino de la muerte, o Málaga en llamas. La exposición de Cobo, brillante, se adentra en “el laberinto español”, con borricos y fantoches a cachiporrazos, que conjuga con la elevación mística, tortuosa, de san Juan de la Cruz, que era también del interés de Brenan. Como siempre ocurre con la obra de Cobo, las estancias en que se muestra son un espacio imantado de imágenes e ideas. Crudamente lúcidas, pero con escapes líricos: luces, caminos que se pierden, promesas. En el última pared están los delicados retratos caleidoscópicos de Brenan y Woolsey. Esta, la mejor para mí, bellísima como nunca.

Usos de un mismo bigote. Hablo con Arias y Toscano del debate electoral de Telemadrid. Nos apena el profesor Gabilondo, por las contorsiones a que le obliga la política y por los ataques bajos que recibe. Dice Arias: "Se habría librado de estas sevicias de haberse limitado a pelear por los sexenios". Toscano recuerda que en su día compitió por la cátedra con el malagueño Julio Quesada. Creo que la ganó este, pero se fue enseguida a México detrás de una mexicana. Les digo que Quesada pertenece a la clase más entrañable de nietzscheanos: la de los que se dejan el bigote de Nietzsche. Concluye Toscano: "Eso facilitaría el aterrizaje en México". 

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21.4.21

La línea de sombra

One goes on. And the time, too, goes on —till one perceives ahead a shadow-line warning one that the region of early youth, too, must be left behind.
[Uno avanza. Y el tiempo avanza también: hasta que uno descubre ante sí una línea de sombra que le advierte de que la región de la primera juventud también debe ser dejada atrás.]

(Joseph Conrad, The shadow-line)

 

19.4.21

La República por la radio

Me quedé impresionado la semana pasada con la serie documental sonora que ha dirigido Carlos Alsina para su programa Más de Uno de Onda Cero: 1931, sobre la proclamación de la II República y lo que llevó a ella. Está disponible en diez podcasts.

Les recomiendo la escucha a quienes se la perdieron, porque logra el efecto de que vivamos la historia de ese modo acuciante y complejo, nervioso, aturdidor, en que se vive desde el presente: cuando prima la incertidumbre sobre la fatalidad. La historia se hace y ahí se ve (se oye) cómo se hace.

Me he acordado de otra serie sonora, muy larga, que seguí de adolescente en Radio Nacional, sobre la historia de España en el siglo XIX. No recuerdo su título, pero sí que recitaban en los créditos estos versos del poema “En la plaza” de Vicente Aleixandre”: “no te busques en el espejo, / en un extinto diálogo en que no te oyes. / Baja, baja despacio y búscate entre los otros. / Allí están todos, y tú entre ellos”.

Hacía pocos años de la intentona golpista de Tejero y era agobiante asistir al desfile de nuestros espadones decimonónicos, con sus asonadas y sus quebrantos. Todo era un lío sin solución. Predominaba, sin embargo, el ánimo de que nuestro país ya no era aquel desastre, de que había encontrado el camino.

Ese ánimo ha desaparecido. La sensación es la contraria ahora: nos hemos vuelto a extraviar. Por eso el 1931 de Alsina se escucha con una particular pesadumbre. Algunos simpatizamos con la II República, con su proyecto, con sus ilusiones, sin podernos quitar de la cabeza su dificultosa realidad, ni cómo acabó. Es una simpatía trágica.

Otros, en cambio, la celebran acríticamente, como una quimera, como herramienta guerracivilista trasladada a la actualidad. Son, curiosamente, los herederos de los que minaron la República desde dentro, contribuyendo a su derrumbe. Tanto como los fascistas, o más.

Entonces, como hoy, estuvieron contra el Estado democrático realmente existente. Entonces para cambiarlo por la Revolución; hoy (qué paradoja) por aquella República.

Aunque se ha señalado la truculencia de aquellas elecciones municipales del 12 de abril de 1931, en los podcasts de Alsina se percibe que con la República estaba lo mejor del país: en la izquierda, pero también en la derecha. Hubo una ocasión real de que España fuese un país democrático y moderno.

Pero no pudo ser. Pronto la realidad se empezó a cargar los sueños. Qué rabia la de los que estamos en la simpatía trágica por nuestra República. También (¡casi más rabiosos aún!) contra nuestros actuales necios (¡es que nos queman la sangre!) del “republicanismo”. 

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14.4.21

Bienvenido, Bosé

El Bosé destruido, gutural, de la entrevista de Évole era lo contrario de aquel Bosé fulgurante de las entrevistas de los setenta, ochenta y aun noventa. No puede percibirse ya que aportó una nueva elocuencia, desenvuelta, osada, transparente, que nunca se había visto en España. Era una elocuencia con su punto tramposo, demasiado elocuente quizá, pero tan brillante que seducía. Si alguna vez ha habido algo parecido a una “nueva masculinidad” fue aquello. Yo creo que empujó bastante en el cambio de mentalidad de este país.

Luego la Movida se tragó sus logros en cierta manera, y también la elocuencia que llegó enseguida de Almodóvar, que además estaba suscrita por una obra y una rebeldía más evidente; pero Bosé se mantuvo como aquel Tadzio que atraía a hombres y a mujeres, el hombre envidiable que se lo podía follar todo.

Yo solo lo vi una vez en persona, en la inauguración de aquel inolvidable bar que tuvo su hermana Paola en la calle Colmenares de Madrid, el Corazón Negro. Y tuve un amigo que a los veinte años lo imitaba con sus faldas. Aquello del hombre que se ponía faldas era muy fuerte, entonces. Aunque tal vez lo fuese más ahora. Hacía falta, sí, echarle “cojones”, como le dijo Bosé a Évole que decía su padre, por afianzar su estirpe.

En los sótanos de las clases bajas y media-bajas resultaba muy raro un faisán así, tan líquido, tan elevado. Pero lo más raro era su articulación, cómo hacía en directo el relato de su vida, de su cotidianidad, de sus emociones, de sus ambiciones y vulnerabilidades, con un amaneramiento sin duda “mariquita” (como se decía en esos sótanos), pero tan fluido, tan seguro de sí mismo, tan sin consideración hacia el juicio ajeno, que conquistaba. Y turbaba: porque estaba lejísimos de nosotros. No porque quisiéramos ser como él, sino porque exhibía una articulación de la que nosotros carecíamos incluso para lo que queríamos ser. (El problema de fondo es que esto tal vez tampoco lo sabíamos.)

Como ejemplo de aquel Bosé, valga el diálogo que tuvo con su madre en un programa de 1981. Al final, Carmen Maura lo despide con un “gracias, Miguel, por tu belleza y tu juventud”. Y él asiente, como si fuesen dones perdurables.

En el cuento de Onetti “Bienvenido, Bob” se recrea la complacencia resentida de un viejo hacia el joven que lo humilló con su juventud, cuando pasados los años este reaparece viejo también y destruido. En general, solo hay que esperar a que el tiempo haga su trabajo. Ahora el tiempo nos ha traido a Bosé, que ya es como nosotros. No sé si a él le quedará el consuelo de que nosotros nunca fuimos como él, cuando brillaba. 

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