31.12.21

Lecturas 2021

1. Libro del desasosiego. Fernando Pessoa (tr. A. Sáez Delgado). 
2. Prosas reunidas. Wislawa Szymborska. 
3. La noche que llegué al Café Gijón. Francisco Umbral. 
4. Canción negra. Wislawa Szymborska (trs. A. Murcia y K. Moloniewicz). 
5. Salão de sinuca. Chico Anysio. 
6. Mensaje. Fernando Pessoa (eds. J. Barja y J. Inarejos). 
7. Dos puntos. Wislawa Szymborska (trs. G. Beltrán y A. Murcia). 
8. "El Sr. Finnegan va a Buenos Aires". Sanz Irles. 
9. Aquí. Wislawa Szymborska (trs. A. Murcia y G. Beltrán). 
10. Poesía no completa. Wislawa Szymborska (trs. G. Beltrán y A. Murcia). 
11. Trastos, recuerdos. Una biografía de Wislawa Szymborska. Anna Bikont y Joanna Szczesna. 
12. Desescombro. Jónatham F. Moriche. 
13. El penúltimo negroni. David Gistau. 
14. Miss Marte. Manuel Jabois. 
15. 2017. La crisis que cambió España. David Jiménez Torres. 
16. Ariles. Ernesto Hernández Busto. 
17. Los amores sucios. Juan José Téllez. 
18. Veinticinco de hace veinticinco. Víctor Colden. 
19. "Las cosas solo suceden a los que saben contarlas: Manuel Arroyo-Stephens". Pilar Álvarez Sierra.
20. "La edad madura". Henry James. 
21. Cerdos y niños. Ernesto Hernández Busto. 
22. Tipos de agua. El Camino de Santiago. Anne Carson. 
23. Los muertos. James Joyce (tr. N. Barrios). 
24. Exiliados. James Joyce. 
25. Mientras agonizo. William Faulkner. 
26. Cuatro cuartetos. T.S. Eliot (ed. J. E. Pacheco). 
27. Mexicana. Manuel Arroyo-Stephens. 
28. Notas para unas memorias que nunca escribiré. Juan Marsé. 
29. ¿Quiénes somos? 55 libros de la literatura española del siglo XX. Constantino Bértolo. 
30. Tomás Nevinson. Javier Marías. 
31. La Cruz del Sur. Poesía completa. Nicos Cavadías (tr. D. Hernández de la Fuente). 
32. Benito Cereno. Herman Melville (ed. R. Gª Maldonado). 
33. El cielo invisible. Luís Pousa. 
34. Diez mil cien. Juan Marqués. 
35. Quasi una fantasía. Andrés Trapiello. 
36. La espalda de la violinista. Teresa Gómez. 
37. El Gatopardo. Giuseppe Tomasi di Lampedusa. 
38. El olvido que seremos. Héctor Abad Faciolince. 
39. Poesía completa. C. P. Cavafis (tr. J. M. Macías). 
40. Por qué nos creemos los cuentos. Pablo Maurette. 
41. Noches sin dormir. Elvira Lindo. 
42. Asombro y desencanto. Jorge Bustos. 
43. Si yo de ti me olvidara, Jerusalén. Rafael García Maldonado. 
44. Autos relativos a la muerte de Raymond Roussel. Leonardo Sciascia. 
45. Caliente. Luna Miguel. 
46. Anna Ajmátova (Bajo el muro rojo y ciego). Eduardo Jordá. 
47. La mirada imposible. Agustín Fernández Mallo. 
48. Al vuelo de la página (Diario 1990-2000). Juan Malpartida. 
49. Estación de cercanías (Diario 2012-2014). Juan Malpartida. 
50. Hölderlin o el fuego divino de la poesía. Rüdiger Safranski. 
51. Poemas. Friedrich Hölderlin (ed. E. Gil Bera). 
52. Kafka (1). Los primeros años. Reiner Stach. 
53. Niños aparte. Julieta Valero. 
54. Diarios (2015-2016). Eduardo Laporte. 
55. Tiempo ordinario. Eduardo Laporte. 
56. Es muy raro todo esto. Pablo Martínez Zarracina. 
57. Contra la España vacía. Sergio del Molino. 
58. Un hombre de cincuenta años. Javier Gomá Lanzón. 
59. Filósofos de paseo. Ramón del Castillo. 
60. Simpatía. Rodrigo Blanco Calderón. 
61. Traducción: literatura y literalidad. Octavio Paz. 
62. Secesionismo y democracia. Félix Ovejero. 
63. La vida pequeña. El arte de la fuga. J. Á. González Sainz. 
64. La Fuente del Encanto. Poemas de una vida (1980-2021). Andrés Trapiello. 
65. Breviario provenzal. Vicente Valero. 
66. El libro de las semejanzas. Ana Martins Marques (tr. P. Abramo). 
67. Arias Montano y el Duque de Alba en los Países Bajos. Herta Schubart. 
68. Yoga. Emmanuel Carrère. 
69. Figura descendente. Louise Glück (tr. A. Catalán). 
70. El triunfo de Aquiles. Louise Glück (tr. A. Catalán). 
71. Duelo de alfiles. Vicente Valero. 
72. La muerte del espontáneo. Manuel Arroyo-Stephens. 
73. Fuego amigo. Los restos de la escritura. Juan Gracia Armendáriz. 
74. La primavera del saguaro. Ruth Llana. 
75. El testamento. Rainer Maria Rilke. 
76. El último apaga la luz. Obra selecta. Nicanor Parra. 
77. Relatos completos. Franz Kafka. 
78. Soldados en el jardín de la paz. Sergio del Molino. 
79. Nada importa. Jesús Terrés. 
80. ¿Dónde vamos a bailar esta noche? Javier Aznar. 
81. Laura o el camino de la filosofía. Francisco Lapuerta Amigo.
82. Ensayo sobre el Lugar Silencioso. Peter Handke. 
83. Gabo y Mercedes: una despedida. Rodrigo García. 
84. La mujer zurda. Peter Handke. 
85. Carta breve para un largo adiós. Peter Handke. 
86. "El lamento del cornudo". Sanz Irles. 
87. "La tardecita". Juan José Saer. 
88. Ensayo sobre el día logrado. Peter Handke. 
89. Desgracia impeorable. Peter Handke. 
90. La doctrina del Sainte-Victoire. Peter Handke. 
91. Diarios de viaje. Albert Camus. 
92. Crónica de plata (Poemas escogidos). Emily Dickinson (tr. M. Villar Raso). 
93. Dom Quixote visto pelos artistas brasileiros Portinari e Drummond. Cândido Portinari y Carlos Drummond de Andrade (tr. A. Maura). 
94. Abecedario democrático. Manuel Arias Maldonado. 
95. "'¡Por la puerta de atrás!' (Viñeta de familia)". Manuel Alberca. 
96. "¿Debe haber un conocimiento prohibido?". Antonio Diéguez. 
97. La muerte del hipster. Daniel Gascón. 
98. Mi ovni de la Perestroika. Daniel Utrilla. 
99. Kafka (2). Los años de las decisiones. Reiner Stach. 
100. "Constant y la libertad de los modernos". Manuel Toscano. 
101. "Los sabios también derraman lágrimas". Leon Wieseltier. 
102. Los besos. Manuel Vilas. 
103. El cielo de abajo. La escritura del cuerpo en trece poetas hispanoamericanas (ed. Mª Alcantarilla). 
104. Mecánica. Vicente Luis Mora. 
105. El matrimonio anarquista. Begoña Méndez y Nadal Suau. 
106. Vida secreta. Pascal Quignard. 
107. Donde muere la muerte. Francisco Brines. 
108. Memorias de California. Luis Racionero. 
109. What's in a name. Ana Luísa Amaral (tr. P. Abramo). 
110. Kafka (y3). Los años del conocimiento. Reiner Stach. 
111. El comisario Magrelli. Valerio Magrelli (tr. E. Hernández Busto). 
112. La verdad. Arcadi Espada. 
113. El sexo y el espanto. Pascal Quignard. 
114. Demasiado humano. Joaquín Campos. 
115. Ajuste de cuentas. Joaquín Campos. 
116. Notas para un libro futuro. Francisco Javier Torres. 
117. Cartas a su vecina. Marcel Proust. 
118. "Lean La Biblia del Oso". Andreu Jaume. 
119. Billy Summers. Stephen King. 
120. Diário da peste. O ano de 2020. Gonçalo M. Tavares. 
121. Livro da dança. Gonçalo M. Tavares. 
122. Palabra de árbol (Antología poética, 1976-2020). Francisco Javier Irazoki. 
123. Orquesta de desaparecidos. Francisco Javier Irazoki. 
124. Solo integral. Fernando Savater. 
125. Recuérdelo, recuerde bien todo. Radovan Ivsic. 
126. Vilnis. Bárbara Mingo. 
127. La parcela. Alejandro Simón Partal. 
128. Siempre quiero ser lo que no soy. Aloma Rodríguez. 
129. Un aire inglés. Ignacio Peyró. 
130. El burro flautista. Enrique García-Máiquez. 
131. Sobre nosotras. Sobre nada. Rosa Belmonte y Emilia Landaluce. 
132. Las últimas. Lucía Carballal. 
133. Cómo se llama. Rodrigo García. 
134. Short movies. Gonçalo M. Tavares. 
135. Variaciones Coetzee. Félix de Azúa, Basilio Baltasar, Andrés Ibáñez, Eduardo Lago, Alberto Manguel y Gonzalo Torné. 
136. Tres maestros: Bellow, Naipaul, Marías. Gonzalo Torné. 
137. Un Eliot para españoles. Jaime Siles. 
138. Desde dentro. Martin Amis. 
139. Solo quedamos nosotros. Jaime Rodríguez Z. 
140. "José Manuel Lara Hernández (1914-2003). El marqués de los libros". Carlos Mármol.* 
141. "Juan March Ordinas (1880-1962). El hombre sin límites". Carlos Mármol.* 
142. "Goebbels como escritor". Heinz Pol.** 
143. Decir el mal. Ana Carrasco-Conde. 
144. Baudelaire y el artista de la vida moderna. Félix de Azúa. 
145. Pobre Bélgica. Charles Baudelaire. 
146. El arte de leer las calles. Walter Benjamin y la mirada del flâneur. Fiona Songel. 
147. Mediaciones. Walter Benjamin. 
148. Infancia berlinesa hacia mil novecientos. Walter Benjamin.
149. Tantas palavras. Todas as letras & reportagem biográfica (por Humberto Werneck). Chico Buarque.
150. Diario de pintura. Miguel Gómez Losada.
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* Capítulo del libro Hombres de fortuna. Doce relatos sobre hacedores de empresas, Carlos Mármol y José Mª Rondón.
** Capítulo del libro La eternidad de un día. Clásicos del periodismo alemán (1823-1934).

28.12.21

La derecha ha caído en la trampa perfecta

Al final la derogación de la reforma laboral, de la que ha vivido la izquierda durante nueve años, se ha quedado en nada, en unos ajustes que prácticamente no tocan la ley del PP. La trompetería ha dado lugar al parto de los montes, con el que sin embargo no han cesado las trompetas. Las trompetas (la propaganda, el Nodo) son la sustancia: los contenidos pueden cambiar mientras las trompetas siguen sonando. Es una abrumadora puesta en escena: tan abrumadora que esconde lo que esté sucediendo en el escenario.

El sanchismo es una maquinaria perfecta: perfecta y perversa; infalible. Es una maquinaria diseñada para darse a sí misma la razón, diga lo que diga y en todas las circunstancias. Y con la colaboración de sus supuestos desmentidores, que no son más que leña para que la maquinaria siga funcionando. Ahora el bronco cabreo de Pablo Casado se dirigirá a la ley laboral del PP, de la que se ha apropiado sin que le mueva el mechón blanco Pedro Sánchez. Esta silbará mientras se mira las uñas.

Si Casado fuera listo y quisiera dejar en evidencia a Sánchez, le diría: "Votaremos que sí a la ley laboral, porque sigue siendo nuestra ley". Pero Casado no es listo, sino todo lo contrario. Su estrategia no funciona contra Sánchez, a diferencia de la de Isabel Díaz Ayuso, que por lo que sea ha encontrado el modo de introducirse, sin resbalar, en la maquinaria. La respuesta de Casado, en vez de aprender de Ayuso, ha sido intentar liquidarla. Su cero en comunicación es absoluto.

Porque de comunicación se trata. El sanchismo no es más que un relato. Un relato refractario a las críticas. El PP no podrá hacer nada mientras no logre desmontar las toneladas de propaganda. Y el primer paso debería ser no integrarse en ella de un modo negativo. Es decir, dejar de parecerse al retrato paródico que el PSOE ha trazado de él. Casado ha logrado ser algo así como el sueño de Sánchez: si este hubiera participado en unas primarias del PP, habría votado a Casado. Es un regalo para el PSOE.

Y Vox es el refuerzo de este engranaje. Si el PP en algún momento corre el riesgo de acertar, ahí está Vox (su sombra, su amenaza; su competencia) para retornarlo al desacierto. La última ocurrencia del PP ha sido dinamitar a Ciudadanos, como ha ocurrido en Castilla y León, para que le quede solo Vox para pactar. Ha visto la jaula y ha ido a encerrarse en ella, como un ratoncito dócil.

La función de Vox se transparentó el otro día en el Parlamento. La diputada Macarena Olona hizo una intervención maleducada y faltona (pretenciosa, altisonante) contra la vicepresidenta y ministra Yolanda Díaz. Esta tuvo ocasión de exhibir sus buenas formas, incluyendo en su respuesta predicaciones sobre la concordia, el diálogo y la función del Parlamento...

El caso es que fue su Podemos (aunque ella vaya por el PCE) el que introdujo los modos matoniles en la política española de los últimos tiempos. Ellos fueron los primeros maleducados, faltones, pretenciosos y altisonantes. Ellos reintrodujeron el discurso del odio. Seguido por Sánchez, en su oposición no precisamente modélica a Mariano Rajoy, que culminó en aquella moción de censura en alianza con lo peor del Parlamento, incluidos los proetarras y los golpistas recientes del catalanismo.

La izquierda abrió la caja de Pandora en la que, de nuevo cándidamente, se ha metido la derecha. Esto ha sido después, pero como por un truco de ilusionismo ahora parece que está ella sola. La izquierda se lava las manos: y se las frota. 

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27.12.21

Silban las balas

Ahora sí que estamos en el Far West, como decía Iñaki Uriarte: silban las balas. Nunca había ido a una cena de Nochebuena con semejante sensación de fatalidad. Llegaban noticias continuas de conocidos contagiados. Era como si se hubiera estado pasando la metralleta. Salir bien librado era cosa como de contorsionista, capaz de colarse por los intersticios. Pero un contorsionista de chiripa, porque ni siquiera se sabe por dónde cruzan las balas.

Media familia estaba en confinamiento preventivo, en su casa. La otra media cenamos con el balcón abierto al frío de diciembre. Nos abrigamos bien, como en un pícnic polar. Yo me había puesto un forro y el gorro de lana que tenía de Madrid. "Pareces un lobo de mar", dijo mi hermana. Y me comía los gambones como si estuviese en cubierta. Una vez en faena, el peligro parecía atenuado. Pero aún queda la cena de Nochevieja. Y una catacumba y un cenáculo con amigos en terrazas, y un viajecillo a Sevilla para ver la nueva exposición de Gómez Losada.

Es interesante, porque la tendencia es a esconderse. Algo que hago, por otra parte, el resto del tiempo: quedarme leyendo, aislado. Lo interesante es la fuerza gravitatoria de los dos compromisos clave: las cenas de Nochebuena y Nochevieja. Es como ir a la batalla del Somme, sin ganas pero por mandato superior. En este caso, el mandato superior es el de la costumbre. Costumbre hecha sustancia, después de toda la vida. Se ha segregado una suerte de tejido inevitable. Silban las balas, pero hay que ir.

Y les habla un misántropo, un ermitaño. Poco familiar, de hecho. Pero en la vida misantrópica, qué importantes son las estructuras que nos acogen. Basta, en realidad, con que nos hayan concedido la condición de raro. Ganada a pulso, por otra parte. Pero ahí estaba yo, hoplita navideño: dirigiéndome al champán con las balas silbando.

Me acordé del alivio de hace seis meses, otra vana ilusión. La liberación de las mascarillas coincidió con mi primer viaje a Madrid en un año. Al bajar del Ave en Atocha me quité la mía, subí por Santa Isabel y atravesé el centro hasta la plaza de Oriente, donde estaba mi hotelito rococó. Era una mañana de finales de junio tan feliz, con sol, vida en las calles y el descanso de haberlo dejado todo atrás... Pero ha vuelto la plasta, el pegajoso virus.

Es una guerra de desgaste, como la de las trincheras. No hay que proyectar, sino resistir poco a poco. Sin dejar de anhelar días futuros como los de la última canción del último disco de Caetano Veloso (es mi felicitación navideña): "Y veo y pido / días de otros colores / alegrías / para mí / para mi amor / y mis amores".

 
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21.12.21

El catarro como refugio

Volví a casa destemplado, me tomé un consomé y me metí en la cama. Dio igual: tosía, estornudaba, me picaban los ojos y la garganta, respiraba con dificultad y había fiebre. Pasé la noche pensando que tenía covid, con la resignación sombría de haber pillado el bicho: sus largas peripecias hasta acabar en mí. Sobre el malestar corporal pendía esa otra amenaza, ominosa. El miedo era sobre todo a contagiar, a haber contagiado; me daba vergüenza ser un eslabón de la cadena. Pero por la mañana la prueba salió negativa y me pude instalar cómodamente en mi catarro (¡catarro, viejo amigo!).

Seguían los síntomas, el cuerpo lo tenía molido, me dolía la cabeza, pero ya era otra cosa. El repliegue en la enfermedad reconocible, enterrado en mantas, la vida aparcada por unos días. El primero fue malo, dormía y despertaba y no se terminaba nunca. Escuché la radio a ratos, música, podcasts, pero después de una eternidad miraba el reloj y era temprano siempre. A su modo, estaba siendo una jornada intensa. Por la noche pude leer al menos y la cosa cambió. El enterramiento en las mantas se combinó con el enterramiento en los libros. Un parapeto contra el mundo. Ya sí que podían pasar las horas todo lo lento que quisieran. Me seguía doliendo la cabeza, y tenía toses, mocos, estornudos, la respiración era arrastrada; pero los libros convertían mi lecho en un reducto de civilización. Así pasé el segundo y el tercer día, cada vez mejor pero en aislamiento creciente. Cuando me levanté el cuarto comprendí que habían sido días reparadores.

Estos son los diez libros que he tenido en mi refugio (unos ya los tenía en marcha, otros apenas los he empezado, otros los he leído enteros): el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa (Pre-Textos), el segundo volumen de la biografía Kafka de Reiner Stach (Acantilado), Recuérdelo, recuerde bien todo de Radovan Ivsic (Árdora), Vilnis de Bárbara Mingo (Caballo de Troya), La parcela de Alejandro Simón Partal (ídem), Siempre quiero ser lo que no soy de Aloma Rodríguez (Milenio), Un aire inglés de Ignacio Peyró (Fórcola), El burro flautista de Enrique García-Máiquez (La Veleta), Sobre nosotras. Sobre nada de Rosa Belmonte y Emilia Landaluce (La Esfera de los Libros), y Las últimas de Lucía Carballal (La Uña Rota).

El de Pessoa (la mejor edición del Libro, a mi juicio) y el Kafka de Stach se acomodaban a mis dolencias, que tenían su parte también en el tiempo hueco, en el desasimiento de la vida; Lisboa y Praga como escenarios adecuados para el catarro. El de Ivsic es una joyita inesperada: cuenta la relación del autor con André Breton y cómo lo acompañó los últimos días de su vida; un testigo que no nos constaba a los simpatizantes del surrealismo. El de Mingo brinda un viaje (solitario, contemplativo, perceptivo, reflexivo) a Lituania y el descubrimiento (a quienes no lo conocíamos) del músico y pintor Čiurlionis. El de Partal una historia de amor e iniciación entre Calais y Boulogne-sur-Mer. El de Rodríguez un conjunto de relatos perfectos, en el tono adecuado y con vida rohmeriana: el ideal de la ligereza. El de Peyró artículos de tema inglés, como oleadas nuevas de Pompa y circunstancia, con su erudición crujiente y en su prosa fluida, precisa y encantadora. El de García-Máiquez una selección alquímica de sus columnas: oro molido en el reloj de arena; de entre sus columnas, siempre buenas, las mejores de los últimos años. El de Belmonte y Landaluce es un libro gamberro y libre, profundo, divertidísimo: deslumbrante por el talento que contiene. El de Carballal es la reunión de sus cinco últimas obras de teatro, magníficas, emocionantes, hondas (en especial, La resistencia y Las bárbaras).

Pienso ahora que recomiendo cualquiera de estos libros como regalo de Navidad. Y pienso en mis tres días de catarro como en un balneario con las horas absorbidas por la lectura. Y pienso en que el empuje de ómicron se recrudece y dicen que todos lo acabaremos pillando.

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20.12.21

Ping-pong de besugos

La radio de la mañana suelo escucharla por la tarde, en el cómodo podcast. Soy de los que lo ponen, a veces, al doble de velocidad, por lo que la adrenalina multiplicada irrumpe en mi languidez de jornada vencida. Hay una mezcla, entonces, de alteración y amortiguación: la actualidad llega rabiosa pero como a distancia. La tertulia que elijo es la de Carlos Alsina en Onda Cero, que es la peor de la radio española con exclusión de todas las demás.

Los miércoles son particularmente horrorosos. A eso de las nueve (hora del podcast) conectan con el Congreso de los Diputados para ofrecer el arranque de la sesión de control al Gobierno. Suele empezar Pablo Casado, atropelladamente; lo paso a velocidad normal y el ritmo sigue siendo atropellado. Cada miércoles está peor que el anterior y el último estuvo peor que nunca, dudo que lo supere el siguiente. Fue el miércoles del "coño". Casado no se encuentra bien, está electrificado: como si hubiera somatizado las convulsiones del PP, o se le manifestara corporalmente el canelo que ha hecho por haber arruinado el impulso del 4-M.

Como todos los miércoles, sin embargo, sé que me hundiré aún más en la depresión porque luego viene algo más horroroso todavía: la respuesta de Pedro Sánchez. Con su voz ahuecada y su pose de estadista de pega, hablará desde una altura de miras falsa, que ni tiene ni se ha merecido (sino todo lo contrario). Aprovecha el batiburrillo faltón del otro para construirse un castillo de pureza en que anidar. Siendo también faltón a su manera, naturalmente; con ese desprecio por el otro que no es sino el envés del aprecio sin límites (también electrificado) que se tiene a sí mismo.

A continuación una tertuliana progubernamental critica el desprecio por las formas. Se refiere a las de Casado: las de Sánchez se acomodan a sus exigencias. Lo siente igual Sánchez. Este ha predicado desde su atalaya el respeto por las Cortes Generales, en cuyo cumplimiento formal se autoinstala. Aunque habrá que decir que su desprecio por el fondo tiene como mínimo una traducción formal. Porque lo cierto es que no responde a las preguntas que se le hacen, que es de lo que formalmente se trataba.

El control se queda en cero. No hay diálogo ni parlamentarismo con el presidente. Así que, de un lado, preguntas atropelladas y ataques. Y del otro no respuestas, sino predicaciones y más ataques. Es un ping-pong de besugos. 

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15.12.21

Manuel Toscano y Sanz Irles sobre 'Inspiración para leer'

Se han publicado los textos extraordinarios de Manuel Toscano y Sanz Irles en la presentación de Inspiración para leer en la librería Luces.

Manuel Toscano: "El arte de la ligereza: Montano o la ironía", en Letras Libres

Sanz Irles: "Mami, qué será lo que tiene el texto", en Mercurio.

14.12.21

La última decepción de Savater

Escribí hace tiempo que Fernando Savater nos había educado a fuerza de decepciones. No decepciones paralizantes sino activadoras: ha hecho con frecuencia algo distinto de lo que se esperaba de él, abriéndose así a su libertad y dándonos la ocasión de desestabilizarnos, para que nos abriéramos a la nuestra. Sencillamente, no se ha dejado atrapar. Los que somos savaterianos nos hemos encontrado más de una vez con que el Savater de nuestras devociones ya no estaba ahí. Aunque nuestra devoción principal ha sido a ese impulso, con sus efectos pedagógicos.

La última decepción de Savater se ha presentado con su nuevo libro, Solo integral (Ariel). En su prólogo y en las entrevistas promocionales ha contado que tiene novia, con lo que ha fastidiado a quienes lo imaginaban ya enquistado en su duelo para siempre. La imagen de viudo perpetuo de los últimos años se ha desbaratado por sorpresa. Al final, como recordaba mi amigo Manuel Toscano, se confirma que "carácter es destino". Y el carácter de Savater ha sido históricamente alegre. Se ha revelado un "Houdini del infortunio", en feliz expresión de otro amigo, Manuel Arias Maldonado. Al final de su autobiografía Mira por dónde, Savater apuntaba esto: "Empiezo a darme cuenta de que quizá acabaré triste, como cualquier imbécil". Parecía un pronóstico de estos años, pero ahora lo ha desmentido. Los versos que cita de Dylan Thomas son maravillosos: "No entres dócil en esa dulce noche. / Debe arder la vejez y delirar al fin del día. / ¡Rabia, rabia contra la agonía de la luz!". Ha vuelto Savater, tras sus modulaciones en la melancolía, en las que también ha estado estupendo.

Su grandeza está sintetizada para mí en un vídeo, donde alienta eso que lo ha salvado (hasta la condenación final, claro: de él y de todos). Estaba hundido por la muerte de su mujer cuando lo llama una pequeña editorial para que presente en una librería la obra de un viejo filósofo, León Chestov. Y Savater acude e imparte una lección formidable. Esta generosidad se da también en los artículos de Solo integral, escritos en el periodo oscuro pero pujantes, comprometidos en el sentido noble: son artículos ilustrados sin adocenamiento; es decir, sin que se le escapen los nuevos oscurantismos prestigiosos. No hay inercia en él, como la hay en tantos abuelos rockeros de la ideología (¡esta vez no daré nombres!), sino crítica actualizada. Sigue siendo, al cabo, lo mismo que fue cuando empezó: un enfant terrible, setentón pero con la terribilità en forma, puesto que sigue irritando a los curas del momento.

Yo, que me aficioné a los libros de artículos con los de Savater (mis favoritos: Sobre vivir, A decir verdad, Instrucciones para olvidar el Quijote y Perdonadme, ortodoxos), encuentro en este una variedad que nunca había practicado: el artículo corto, la columna. En el más largo, la llamada "tribuna", había alcanzado la perfección (en los títulos citados abundan los ejemplos); en los de aquí hay un poco más de aspereza, a veces resultan un tanto abruptos, pero de cuando en cuando llegan también a la maestría. Su sucesión les beneficia, así como los añadidos a cada uno, exclusivos para el libro.

De su repaso se desprende una suerte de tema general: el estupor ante el progresismo de moda, que es falso ("la izquierda reaccionaria", según Félix Ovejero), y el rescate de ciertos valores conservadores que hoy huelen a azufre. Y siempre con el Savater de los tigres, el circo, la feria, los tebeos, las ballenas y los monstruos, con ráfagas filosóficas y líricas. En esto no decepciona: Solo integral es un concentrado de Savater. 

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13.12.21

Los enemigos de la lengua catalana

Los nacionalistas han arruinado la acción de los poetas. Es cierto que muchos poetas son nacionalistas (tienen una relación casi fundacional con el nacionalismo), pero, si son buenos, en sus obras hay algo que trasciende: algo superior, y más profundo, que el necio conglomerado ideológico-sentimental que suele caracterizar a los nacionalistas. En lo que se refiere a la lengua, en el poema se cumple. Solo en ráfagas logradas de conversación espontánea una lengua alcanza también su perfección, la culminación de su encanto.

Permítaseme, pues, que distinga metódicamente entre poetas y nacionalistas. Los primeros operan por seducción, los segundos por imposición. En los primeros brilla la vida y en los segundos la muerte. Los primeros vivifican, los segundos mortifican. En lo que se refiere a la lengua, nuevamente, los primeros la revalorizan, los segundos la abaratan. Los primeros la hacen simpática, los segundos antipática.

Pertenezco a una generación española de fuera de Cataluña seducida por la poesía catalana. Y no fuimos la primera, teníamos dos o tres por detrás. Nosotros, los que nos aficionamos a leer a principios de los ochenta, tuvimos maestros que ya habían tenido maestros que nos la contagiaron. Había una tradición que la concebía como un respiradero. Por su oposición o resistencia a la dictadura de Franco, pero también como la indicación de otros caminos posibles para la poesía en español: la siempre fructífera vía emparentada con la concisión, el análisis de las emociones y las percepciones, la atención a la forma, una estética relacionada con el pragmatismo... Había un aroma general, pese a las variedades; como ocurre cuando uno piensa, por ejemplo, en la poesía anglosajona.

El caso es que se dio en mí esa conjunción de gusto y de intuición de que adentrarse por ese camino resultaría provechoso. Leí muchos libros de poesía catalana en ediciones bilingües y entre mis propósitos estaba aprender catalán. Solo no lo hice porque se me cruzó el portugués y, para cuando podría haberlo intentado de nuevo, ya, francamente, no me apetecía. Los nacionalistas habían destruido la seducción.

Alguna vez he citado uno de mis libros favoritos de la poesía catalana: Poemes civils de Joan Brossa (1961), que leí en la edición bilingüe de Visor. Todos los versos están en catalán, salvo unos cuantos en castellano: los que reproducen advertencias represivas de la dictadura. Un Brossa actual que fuese honesto tendría que constatar que las advertencias represivas se hacen hoy en Cataluña en catalán. Contra un niño de cinco años. 

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7.12.21

Casado, mocito viejo

Pensando en Pablo Casado me acuerdo a veces de Carlos Cardús, el Tiriti. Algunos lo recordarán. Fue un motociclista que estuvo a punto de ganar el campeonato de 250cc en los noventa. En la última carrera le bastaba quedar en un puesto confortable, pero le pudieron los nervios. En plena competición, metió la moto en boxes para pasmo de todos y se bajó. Luego se supo que él mismo había arrancado unos cables para que la moto no funcionara. Un autosabotaje épico. Que me recuerda, les digo, al que está llevando a cabo Casado, con la asesoría infalible del mecánico del equipo: Teodoro García Egea. Juntos están haciendo historia.

Hay nombres que parecen marcar un destino. Así el Rufián de Gabriel Rufián o el Fallarás de Cristina Fallarás. El de Casado, en cambio, se va revelando como un apunte irónico. Felizmente casado en su vida privada, sí, pero eterno soltero en la política. Lo está intentando todo para no llegar al altar, sito en el palacio de la Moncloa. No sé si en el resto de España se conoce la expresión que se usaba en el pueblo malagueño de mis padres, Almogía, para designar a los solterones y solteronas: mocito viejo, mocita vieja. De niño me llamaban más la atención los primeros. "Ese se ha quedado mocito viejo", se decía señalando al hombre ya metido en años que estaba solo e iba de aquí para allá con una disponibilidad un poco triste, como desubicado. La expresión era en el fondo cariñosa y tenía un toque compasivo: junto a una cierta guasa, denotaba pena. Y yo me quedaba mirando al hombre señalado, que sonreía pero había en él algo que no iba bien.

A Casado le está pasando igual. Se le va acartonando la expresión. Los años sanchistas son muy largos y en solo tres ha envejecido un huevo. La barbita que se dejó para diferenciarse del lampiño Albert Rivera y de paso ganar gravitas parece postiza últimamente: una barba de figurante, no para gobernar sino para hacer bulto en la comitiva. No, la barba no le funciona. Ni le funciona la cara. Ni le funciona el discurso. Egea lo sabe. No podrá lanzar a Casado tan lejos como lanza sus consabidos huesos de aceituna. Casado es un hueso de aceituna fallido. Egea, y seguramente ya también Casado, sabe que se van por el desagüe. Han sido el iceberg de su propio Titanic. Los partidos son más grandes que las personas. Pero las personas tienen frío. A Egea y Casado no les vale de nada un PP sin ellos. Por eso se empecinan. Quieren eliminar rivales. Quieren eliminar a la rival: Isabel Díaz Ayuso. Que sí funciona. Que es la verdadera pesadilla lampiña de Casado. Al lado de Ayuso, Casado es la mujer barbuda.

Y los votantes, claro, lo perciben. Casado se autorrefuta con su desesperación de hombre pequeño. ¿Qué credibilidad puede tener al afirmar que Pedro Sánchez es lo peor (como efectivamente lo es), cuando no ha sido capaz de actuar en consecuencia? Si la amenaza de una nueva legislatura con Sánchez de presidente es tan grave, ¿por qué se ha dedicado a debilitar al PP en vez de a fortalecerlo? ¿Por qué no ha puesto la maquinaria a funcionar con toda su potencia, aprovechando todos sus recursos?

Para las próximas elecciones generales solo estaba la posibilidad de Casado como alternativa a Sánchez. Únicamente tenía que poner su moto a tope para llegar a Moncloa. En cambio, se ha dedicado a arrancar los cables. Es otro Tiriti y por eso Casado, refutando también su apellido, se quedará mocito viejo.

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6.12.21

¡Oh no, el Día de la Constitución!

Las columnas van ligadas a los días. Por eso, cuando el día es señalado, al columnista se le resuelve la no siempre fácil elección del tema. Esta vez mi lunes cae en el Día de la Constitución. Les confieso que lo he visto con fastidio. En otros tiempos me alegraba escribir de ella. Hoy no: el malhumor se impone.

Mi constitucionalismo es fundacional. Empecé a leer periódicos, con catorce años, por mi estupor ante el golpe del 23-F. Mi toma de conciencia política tuvo lugar entonces y fue por la democracia formal, que de repente se había revelado frágil. Aquella intentona terminó reforzando la Constitución, porque estimuló que su defensa fuese activa por parte de casi todos los partidos políticos. Y porque los golpistas, al fin y al cabo, carecían de apoyo social suficiente y eran marginales.

Esto fue después del golpe de 1981. Después del de 2017, en cambio, uno de los dos grandes partidos pactó con los nuevos golpistas, que por su parte tenían un apoyo social relevante. Ese pacto lo llevó al poder y gobierna desde entonces con quienes no quieren la Constitución, haciendo cada vez más inverosímil el relato de que él sí la quiere.

El consenso se ha roto. Esto es grave, porque es el consenso en el que se fundaba nuestra paz civil: la libertad y la prosperidad. Era un consenso sobre las formalidades democráticas, sobre el marco. En la pugna por el poder y por los intereses, siempre ha habido trampas, abusos, tergiversaciones. Pero sin que se rebasaran ciertos límites. Había, de algún modo, con todas sus irregularidades y grietas, un suelo común.

Ese suelo ya no está. Se mantiene sobre el papel, pero porque es muy difícil quitarlo del papel. Lo que se intenta ahora es cambiarlo todo sin mover una coma. Es curioso, pero en pocos días han coincidido Andreu Jaume y José Ignacio Torreblanca en esta idea: el primero refiriéndose a la acción del PSOE y sus socios; el segundo refiriéndose a Vox. No le falta razón a Torreblanca, aunque la perspectiva tangible que tenemos es la que apunta Jaume: salvo que esta misma amenaza lance la otra.

Así que las ceremonias en honor de la Constitución que se verán hoy me hastían. Son ya como un teatro resquebrajado. La defiendo, sí: ¿pero para qué, para quién? La lección será triste y será a posteriori: cuando se vea que no había nada mejor; que hemos ido a peor tan estúpidamente.

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30.11.21

Momento Odón

Todos (y no digamos todas) tenemos pecados. Así que nunca sobran los ejercicios de penitencia. Yo me impongo uno: transcribir lo que dijo Odón Elorza el otro día en el ya tristemente célebre vídeo parlamentario. Tristemente para algunos. Para otros es un vídeo alegremente célebre: un hito en la lucha antifascista. Lo captó en seguida su PSOE, que se puso en pie para aplaudir, para aplaudirse. El PSOE nunca terminará de saciar su hambre de antifranquismo, alimentada durante los largos años de la dictadura, en que guardó ayuno.

Aquí va lo de Odón (me tapo la nariz): "Ya está bien. Dejen de utilizar a las víctimas del terrorismo, que son de todos, para atacar al Gobierno de izquierdas. Dejen de utilizar a las víctimas del terrorismo para denigrar, atacar un presupuesto. No sean tan miserables. Dejen ya en paz el terrorismo de ETA. ETA desapareció. ETA no está aquí. Aquí no hay terroristas. Ya está bien. Aquí lo que hay, aquí lo que hay es franquistas. Y lo que hay es unas derechas de vocación golpista. Unas derechas de vocación golpista. Como en Brasil, o como con... sucedió con Trump." (No he puesto signos de exclamación, pero el discurso fue enfático en casi todas sus frases.)

Antes del "ya está bien", que supone una inflexión, ha hablado de su cercanía a compañeros que fueron asesinados por ETA, a algunos de los cuales asistió en sus últimos minutos. Es la parte emocionante, el desolador recordatorio de lo que se padeció en el País Vasco (en toda España). El problema es que automáticamente Odón empaqueta esa emotividad para un uso soez: arrojársela a la oposición. A la oposición, ojo: no a los partidarios y herederos de los asesinatos que acaba de evocar. A ellos los está defendiendo: son con los que ha pactado su partido, que aplaude en pie la obscena maniobra.

La emotividad va de la mano de la obscenidad: es su alimento. Odón habla compungido, con torsiones faciales a lo Greta Thunberg: esa especie de exhibicionismo de su dolor acusatorio. Pero la teatralización no le funciona (y su acusación naufraga) por un error de casting: eso no puede hacerlo alguien cuyo aspecto es una mezcla de Barbapapá y personaje de El milagro de P. Tinto, con el que encima flota el riesgo de que vaya a arrancarse a cantar "La bien pagá" de un momento a otro. Sé que está feo el ataque ad hominem, pero el feísmo me sale cuando me cabreo. Y al fin y al cabo él estaba poniéndoles pomada a los que se pirraban por el ataque ad baculum (o ad pistolam, o ad dinamitam). Incluso contra los amigos a los que lloró.

Hay una quiebra sintomática en su discurso: ese soltar la árida palabra "presupuesto" con una carga emocional que no se aviene con su campo semántico. La emoción le viene del embadurnamiento con su dolor ante los crímenes que acaba de recordar. Algo asqueroso, por su cruda instrumentalización partidista. Pero lo que delata a Odón –en la misma línea– es la acusación final, guinda de su pastel: los de la oposición son "franquistas", constituyen "unas derechas de vocación golpista". La gravedad de las acusaciones (son abiertamente insultos) es lo que le delata: hay que inventarse algo muy grave para justificar la gravedad de lo que ha hecho su PSOE, con el voto y la defensa histriónicamente desgañitada de Odón.

En esta dinámica abyecta y repulsiva estamos. En el momento Odón del otro día se concentra el fango de la peor política que está habiendo en España desde el franquismo, y bajo su capa además. 

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29.11.21

Almudena para antialmudenistas

La paradoja de la muerte es que resulta apaciguadora, pero la vida era la pelea: así que este impulso apaciguador hacia quien políticamente detestábamos corre el riesgo de estar del lado de allá. Yo, desde luego, porque hablo de Almudena Grandes, la preferiría pujante y sana, y dándome motivo para mis detestaciones. Con la vibración de la vida, en la concordia y en la discordia. Morirse es como hacer trampa, es como romper el juego. El que se queda ha perdido, porque tiene conciencia de lo absurdo que fue todo. Solo que ese absurdo era la vida.

Esta vida, por lo demás, es muy larga y está llena de minutos. Y uno no es un personaje rígido. Hay tiempo para todo, también para acercarse a los detestados, y mirarlos mejor, y pensar que tal vez no estén tan mal, y hasta arrepentirse de las detestaciones. También: hay miradas reconocedoras desde la detestación que no ignora al otro; y que, naturalmente, no desea que desaparezca, sino que siga ahí. Pero hay algo más. De pronto, en una tarde un poco oscura en Ibiza, compré Castillos de cartón y me resolvió un fin de semana. ¿Cuánto vale eso? Me acuerdo de unos versos de Jaime Gil de Biedma: "si alguna de esas noches / que las carga el diablo / uno piensa en la historia / de estos últimos años, // si piensa en esta vida / que nos hace pedazos / de madera podrida, / perdida en un naufragio...". Era algo parecido y su libro fue mi flotador.

Otra vez me descubrí esperando sus intervenciones semanales sobre lecturas, junto a Juan Cruz, en el programa de Gemma Nierga en la Ser: un placer culpable, fundado en la pasión común. Y me metí en una fiesta estupenda que dio en su casa gracias a la descripción de Andrés Trapiello en un tomo de su diario: con una distancia que no impedía que se colaran la vida y el calor, y el amor por la literatura.

Termino con su nombre, Almudena: desconocido para un malagueño de mi generación. No había Almudenas, aunque luego aparecieron y he tenido amigas Almudena. Pero mi primera Almudena fue Pepe Bódalo. Así se llamaba su personaje en Misericordia de Galdós ("el ciego Almudena"), que emitió Estudio 1. Almudena Grandes era galdosiana, algo que ha estado mal visto entre ciertas élites culturales españolas. Solo que los mejores (Cernuda, Buñuel) han sido en España galdosianos. En esto fue admirable, por su empuje contagioso. Y del modo más pleno: escribiendo sus novelas con lectores.

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27.11.21

Dietario: Poda de palmeras

Duro en la vida. Soy de los que interpretan las voces de la calle como avisos o consejos, o a veces como veredictos sobre mi persona. En una ocasión, al cruzar sin mirar, me gritó un conductor: "¡Que estás atontao!". Y efectivamente lo estaba. Llevaba meses atontao y aquel conductor me sacó de mi atontamiento... hasta la siguiente recaída. El otro día recibí un mensaje equívoco. Detrás de mí un hombre le dijo a otro: "Hay que ser más duro en la vida". Y pensé que sí, caray: ¡tengo que ser más duro en la vida! El problema es que el hombre lo dijo con una entonación blanda y una voz parecida a la del actor Manuel Alexandre, con trémolo incluido. Algo así como "duuuro en la vida". No sé a qué atenerme.

El hobby del jubilado. Se sentó a mi lado en el autobús de Torremolinos un señor que me reconoció. Se presentó y estuvimos hablando la media hora del trayecto. Acababa de jubilarse como profesor de instituto y estaba decidido a aprender inglés. Para él era muy importante, ahora que tenía tiempo por fin. Su interés parecía genuino. Le animé en el empeño. Luego hablamos de otras cosas; bueno, él era el que hablaba sobre todo. No me había dicho de qué había sido profesor y se lo pregunté cuando se disponía a bajar. De algún modo, me esperaba la respuesta: "Inglés".

Un pájaro. Paso unos días en el apartamento de Torrequebrada. A la hora de la siesta el sol inunda el sofá de la terraza, donde me tumbo apenas con el bañador en pleno noviembre. De pronto un aleteo nervioso: se ha colado un pájaro. Al intentar salir, se pega un porrazo con el cristal y cae al suelo. Me levanto y lo miro con lástima. Está conmocionado, no sé si muriéndose. Lo subo al alféizar para que se pueda ir si la conmoción es pasajera. Pero no lo parece: respira con dificultad, con el pico muy abierto. Debe de haberse roto algo, quizá tenga un derrame cerebral. Me da mucha pena. Se va apagando hasta que, al cabo de media hora, parece muerto. Lo toco e, inesperadamente, se pone en pie de un saltito, con la agilidad que parecía perdida, y se echa a volar. Pongo la foto en Instagram y mi amigo Francisco Lapuerta, que sabe de ornitología, me dice que era un ruiseñor.

Vuelta al Rastro. Rafael García Maldonado me ha aficionado al Rastro de Fuengirola. Vamos a buscar libros, y cuando voy yo solo también. A las diez ya está todo el pescado vendido, así que hay que ir más temprano. Hace un mes madrugué y comprendí lo que pasaba: una pareja de libreros de viejo de Málaga capital se pasan a primerísima hora y arramblan con lo valioso. Pero lo mejor es la escalada en los demás puestos. Escribí aquí la que me parecía la mejor frase de vendedor de la historia: "Mirando es más caro". Pues el otro día oí una mejor. El vendedor le soltó a un posible comprador indeciso: "¡Te presto dinero!". Más adelante gritaba una vendedora: "El kilo de manzana a un euro". Y otra a pocos pasos: "Dos kilos de manzana un euro ya". Ese ya delator. La mejor frase del día, sin embargo, fue: "¡Llévate un kilazo de nueces!". ¡Un kilazo de nueces, qué perfección fonética! En el Rastro las frases son como los cantos de los ríos: con la repetición se van puliendo, hasta quedar lisas.

Bajar la persiana. Manuel Arias Maldonado llama a un amigo común "el Houdini del infortunio", por el célebre mago y escapista. Nuestro amigo ha logrado escapar de desastres amorosos embarcándose exitosamente en nuevas historias, de manera que la melancolía le roza poco. La otra mañana, sin embargo, mientras nos tomábamos un café en el Granier del muelle, vi que preparaba su retirada. "Montano", me anunció, "llega un momento en la vida en que hay que bajar la persiana de los sentimientos". Lo dijo en un tono crepuscular pero sin tristeza, como saboreando por anticipado su escapada total.

Paco Torres. Francisco Javier Torres, mi amigo Paco Torres, acaba de publicar sus poesías completas en emocionante edición del Centro Cultural Generación del 27. Las ha titulado Notas para un libro futuro, y lo emocionante es que se trata de un libro presente, el que tengo en las manos, con todas sus huellas poéticas del pasado. Verlas juntas produce un efecto precioso: Paco Torres es de esos poetas delicados, no muy abundantes, cuya obra completa ocupa doscientas y pico páginas. Su elegancia en la vida, fundada en la generosidad, está aquí también. Cito el poema más breve del libro, de dos únicos versos esenciales: "Rinde este mar su sombra / ante la luz del litoral completo".

Poda de palmeras. En el paseo marítimo podan las palmeras. Rituales de otoño, pensando en el verano.

Presentación. Presentamos en Luces Inspiración para leer. Emoción al oír lo que dicen Manuel Toscano y Sanz Irles de mi libro (y de mí). En estos casos hay algo que vence al pudor de quien recibe pasivamente los elogios: el orgullo de tener estos amigos. 

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26.11.21

Vídeo de la presentación de 'Inspiración para leer'

¡Qué emoción ayer en la presentación de Inspiración para leer en Luces! Muchísimas gracias a la librería y a los asistentes, los presentes y los virtuales. Y sobre todo a Sanz Irles y Manuel Toscano, por todo lo que dijeron: ¡qué lujazo y qué orgullo! 

Aquí está el vídeo del acto:

 

23.11.21

Franco, piedra angular

Es asfixiante el clima de la política española, que no es exactamente el del país: las calles aún son respirables. El problema es la capacidad de la política para infiltrarse en las calles y estropearlas. Ahora se va infiltrando por Twitter, que se parece más a la política española que a las calles. El pasado 20 de noviembre Franco fue el protagonista un año más, en la política española y en Twitter. Es asfixiante.

Las calles son responsables por no haberles dado la patada a los políticos que han recuperado a Franco. Lo han resucitado, literalmente. El dictador Franco murió en la cama, pero los españoles lo remataron: pasando de él. En los años ochenta había desaparecido de la vida pública. No se había olvidado: se debatía sobre él, se estudiaba lo que había hecho, se sabía muy bien lo que había sido. Es falso que se callara. Pero no dominaba la vida. La vida se lo había cargado. España se lo había sacudido. Bailamos sobre su cadáver.

La democracia era la refutación de Franco. Había herederos de Franco, pero estaban sometidos a las leyes democráticas. Había inercias franquistas en la sociedad. Pero los españoles pudieron votar a partidos nostálgicos de Franco y no lo hicieron: tales partidos tuvieron al principio una representación irrisoria en el parlamento y muy pronto ninguna representación. El franquismo había sido superado. Por supuesto, la dictadura y la guerra civil permanecían en la memoria colectiva, pero era un trauma que remitía al pasado; con restos en el presente, pero sin proyección hacia el futuro.

El momento en que volvió Franco fue sintomático: como amenaza electoral. Enarbolado por el PSOE cuando se disponía a perder el poder en 1996, tras haberlo mantenido desde 1982. Me refiero al tristemente célebre –e irresponsable– vídeo del dóberman, en que se identificaba la llegada del PP al Gobierno con la vuelta del franquismo. Ahí se resquebrajó algo que Zapatero en 2004 terminó de romper. Se liquidaron los consensos de la Transición. Liquidación que Sánchez y sus socios han exacerbado.

Franco está presente todos los días porque es la piedra angular de su política. La palanca que permite excluir a la oposición y la coartada para todas las inoperancias y errores. El frentismo que impera en la política española es muy cómodo para Sánchez. La crítica no se explica por los fallos propios, sino por el franquismo ajeno. El crítico de Sánchez es franquista por definición. Por eso hay que mantener a Franco operativo. Le procura a Sánchez una impunidad parecida a la de Franco.

Más sórdido es el uso que hacen los golpistas catalanes y los proetarras vascos, que comparten argumentación principal con Unidas Podemos (es decir, con parte del Gobierno de Sánchez): para ellos no hubo democracia de verdad en España tras la muerte de Franco y la Constitución de 1978, sino una prolongación maquillada del franquismo. Esto les permite justificar los crímenes de ETA y la intentona golpista del independentismo catalán: una justificación delatora, porque ellos saben que sería menos presentable que se lo hubieran hecho a una democracia. Pero el caso es que se lo hicieron a una democracia.

La pregunta es si los españoles vamos a consentir esta estafa inoculada, esta regresión. Vienen tiempos duros y será suicida la fijación enferma con el pasado a la que nos arrojan estos políticos por puro interés propio. Mientras se mantenga semejante alucinación, los problemas reales se descuidarán y se agravarán. Lo pagaremos con una vida peor. Hay que volver a enterrar a Franco. Hay que quitárselo a estos maquiavelos de guardarropía y echarle el cerrojo de una vez.

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22.11.21

Antonio Escohotado, librepensador

Me llega la noticia de la muerte de Antonio Escohotado mientras leo la entrevista a Félix de Azúa en El Español. Es decir, mientras suelto risotadas con lo que Azúa le dice a Lorena G. Maldonado, estupenda interlocutora. Me acuerdo de las deliciosas gansadas de Thomas Bernhard en sus conversaciones con Krista Fleischmann. Hay una euforia de la libertad, de la libertad verbal, juguetona, antipomposa, efervescente, que destaca como hacía décadas que no, hoy que vuelven a imperar los sacristanes.

Escohotado era más serio, quizá más concienzudo, aunque no menos juguetón. Gustaba de las travesuras y practicaba el noble arte de epatar. Su racionalismo era completo, porque estaba animado por la ebriedad: en primer lugar por la más pujante, que es la del entusiasmo. Creí entender que su admiración por Hegel (y por Aristóteles) era fruto de su fascinada curiosidad por lo real, por la compleja dialéctica de lo real. En algún momento dijo algo interesante: que el materialista era Hegel, precisamente por ello, y que el idealista era Marx, un simplificador ideológico. Le interesaba, al cabo, aquello que decía Borges: "la diversidad de las criaturas / que forman este singular universo". Su cotidiana experiencia con las drogas no reducía, sino que acrecentaba esa riqueza.

Su Historia de las drogas es deslumbrante porque constituye un ejercicio puro de librepensamiento. Consulto este término en el diccionario de la Academia: "Doctrina que reclama para la razón individual independencia absoluta de todo criterio sobrenatural". Correcto, si incluímos en lo "sobrenatural" el entramado político-represivo, el sociológico y el de las simples inercias mentales que impiden una relación recta con la realidad. Asistir a cómo Escohotado se abría paso en esa jungla con su erudición, su razón y su coraje nos cambió la cabeza. Hizo la misma operación años después en su aún más monumenal Los enemigos del comercio, una pormenorizada crítica al comunismo a lo largo de la historia.

Pero el libro suyo que prefiero es Sesenta semanas en el trópico, tal vez porque su escritura (se trata de un diario) es la que más se acerca al Escohotado oral, que era definitivamente mi favorito. Cuántas noches de insomnio me he levantado para ponerme un vídeo suyo y volver reconfortado a la cama. Qué logro ahora que, con su muerte, la pena sea dulce. No hay sensación de frustración, sino de culminación, de cumplimiento. Ha honrado la vida y nos ha invitado a que la honremos. Estamos bien, aunque de repente nos falta alguien ejemplar.

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16.11.21

Desde fuera

"En martes, ni te cases ni te embarques", dice el refrán. Yo me embarco desde este martes en la escritura semanal para The Objective, que inicia nueva etapa. No hay nada como empezar negando un refrán en forma de advertencia. Me acuerdo del poemita de José María Álvarez:
Descanso sin bajarme del caballo 
El calor destroza cuanto se ve 
Ante mí la Frontera 
Una voz me dice no cruces nunca esa Frontera 
Fumo un cigarro 
Sacudo mi uniforme de 35 campañas 
Indiferente como un caballero 
Que lo ha perdido todo y no espera ganar nada 
Cruzo el río. 
Siempre espero, por lo demás, la prensa del martes: por el artículo de Félix de Azúa (en El País) y el de Arcadi Espada (en El Mundo), dos maestros (¡si hubiese buen discípulo!). Azúa escribirá también para The Objective los sábados, y esta cercanía me produce una emoción extra. Para el lector de periódicos los días están tintados por sus articulistas favoritos que publican ese día. Con la turbamulta de internet se ha descuadernado un poco la semana, pero ese estímulo se mantiene. Mi ambición sería aportar mi toquecito particular al martes.

Cuando me preguntan por mis colaboraciones en la prensa, digo la verdad: yo no soy periodista. Hice algunos cursos de Periodismo, pero abandoné la carrera y nunca he trabajado de periodista. No he dado una noticia jamás, salvo las concernientes a mí mismo (modestas noticias). Sí he sido y soy lector de periódicos. Cuando me preguntan, pues, me defino así: soy un lector de prensa que escribe en prensa.

Mi perspectiva es la del lector. No tengo acceso a fuentes ni trato con políticos (uno de los lujos de mi vida). Aunque voy con frecuencia a Madrid, vivo en Málaga, donde la página azul del mar ofrece todos los días una alternativa informativa confortable. Para la información no mediterránea dependo de los periodistas, naturalmente: como todos los lectores de periódicos. Sin ellos, sin su trabajo, la opinión no tendría sentido. Muchos columnistas son periodistas y saben lo que se cuece. No es mi caso: yo solo sé lo que saben los lectores. Mis observaciones, mis reflexiones, mis chistecillos tienen ese suelo (y ese techo).

Lo que quisiera es acompañar, generalmente con un cierto estupor. Estupor creciente en estos tiempos. Desde fuera se tiende a pensar que los de dentro son conscientes de lo que hacen. Hablo en este caso de los de dentro del poder. Cuando se nos permite mirar, sin embargo, vemos que tienen escasa idea. Los comités de expertos inexistentes con los que se justificaban decisiones durante el estado de alarma, o el cráneo privilegiado del exasesor del presidente, gran estratega de la política gubernamental y del reparto de los fondos europeos, son ejemplos de ahora. En efecto, no hay nadie al volante. O peor que nadie: hay monos con pistolas (y el volante suelto).

Pero la vida marcha, lo que también produce estupor. No nos despeñamos, a pesar de todo. Al menos, hasta que nos hayamos despeñado. Como decía Cioran: "Estamos en el fondo de un infierno, cada instante del cual es un milagro". Podemos empujar un poquito hacia lo que nos parece la civilización, aunque sin excesivas esperanzas. Cuidar el Estado de derecho, señalar sus adulteraciones; abogar por un pragmatismo no demasiado contaminado ni de teología ni de ideología.

Y una aspiración que procuro mantener como articulista: atender a la actualidad, pero sin entregarse al despotismo que impone. Es urgente atenuar su rabia. Hay que mantener un pie fuera del río que se lo lleva todo. Sabiendo que ni ese pie se librará, porque nada permanece. 

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15.11.21

La semana de Ayuso

Asisto al espectáculo de Isabel Díaz Ayuso con la pureza que me da mi abstencionismo. Un abstencionismo de espíritu pero aún no de papeleta: me imagino que todavía votaré a Ciudadanos hasta su extinción, que está al caer. Aunque hay un elemento que quizá prolongue su agonía y puede que hasta propicie su resurrección: la incompetencia del PP de Pablo Casado y Teodoro García Egea, en riesgo de implosión por su campaña interna contra Ayuso.

Así es la política española: un despiporre. Y por eso yo soy abstencionista, lo que no se contradice con mi posible voto a Ciudadanos, partido fantasma. (Esto último a su vez explica que no se haya prestado al mercadeo de los miembros del Tribunal Constitucional, en el que también está ya Podemos: ventajas ético-estéticas de la condición de difunto, al menos en España.)

O sea, que para mí el espectáculo de Ayuso es eso: puro espectáculo, sin tentaciones electorales. Me tiene loquito pero no la votaría. Yo no voto al PP ni aunque sea un PP disidente, un PP contra el que se revuelve el PP o la cúpula del PP. Ni siquiera votaré al PP como única alternativa factible al nefasto PSOE. Yo ya estoy fuera, sencillamente. Me limito a sufrir la historia (y a disfrutar de sus milagrosas ventajas, no escasas pero todas de chiripa: el desarrollo y el bienestar en el que aún vivimos, por inercia).

Ayuso. Su semana. Una semana triunfal pero corta, como el siglo XX de Hobsbawm. Empezó el martes y culminó el sábado. El martes con su entrevista en El Hormiguero. El sábado con su sombra (¡luminosa!) sobre el encuentro Otras políticas de las cinco mujeres autodenominadas de izquierdas, con Yolanda Díaz como capitana. “Somos todas las que estamos, pero no están todas las que son”, dijo Mónica Oltra. “Y yo qué sé”, añadió, “Ayuso no nos apetecía tampoco que viniera”. Risas sororas en la concurrencia y triunfo de Ayuso. Representada, por cierto, en la camiseta de Oltra, que llevaba a Pippi Calzaslargas, cuyo espíritu está más en Ayuso que en cualquiera de las cinco.

En El Hormiguero Ayuso fue un encanto: empática, traviesilla, mala a lo Mae West con Sánchez (o sea, mejor). Puse un tuit que luego borré pero que rescató Cristian Campos: “Ayuso funciona. Eso es todo: funciona. Del mismo modo que Casado no funciona. ¿Pero estaría preparada para ser presidenta del Gobierno? ¡Ni de coña! Eso si, un poquito más que Sánchez desde luego. Y sin sus socios”. Otra clave es que es agradable verla y escucharla, mientras que con el resto de políticos y políticas resulta cada vez más desagradable. 

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10.11.21

Arcadi Espada: la antología perfecta

Notable libro La verdad, de Arcadi Espada (Península). Es al mismo tiempo una culminación y una excelente presentación; y no es la mejor presentación solo porque para este propósito son insustituibles sus Diarios. Pero quien no haya leído aún a Espada puede empezar por este libro, en el que pisará también su cumbre.

Los lectores antiguos y fieles –como es mi caso– tendrán en La verdad ni más ni menos que la antología perfecta del autor. Es significativo que este acierto venga propiciado por el punto de partida: una selección de artículos cuyo asunto es la verdad (la fáctica, que es la que concierne al periodismo). Hace años tuve que escribir un ensayito sobre el tema de la muerte en Edgar Allan Poe y me encontré con que ella era el centro de todas sus obras maestras. Como si la muerte fuese su musa. En este sentido, la musa de Espada (escritor tan racionalista como inspirado) es la verdad: con ella ha escrito sus mejores artículos, que son los que recoge La verdad. El arco va de Bauluz a Cercas, del fotógrafo tramposo al novelista que juega con los "relatos reales", y entre uno y otro están sus demás hits.

El simple convencimiento de que la verdad existe supone una provocación en nuestro enturbiado mundo intelectual. El autor lleva toda la vida en el empeño de desenmascarar ficciones fraudulentas, medias verdades (o sea, mentiras), construcciones falsas, trucos. El combate es su ambiente, como se constata en la lectura acumulativa de estos textos que fuimos leyendo a lo largo de los años. Cada uno está escrito con intensidad, por lo que su concentración resulta particularmente poderosa. Es casi un espectáculo de feria: van pasando los patitos y Espada les suelta un mandoble (enérgico pero con precisión de bisturí). El efecto es el de una lucha incansable, que no desfallece. Una lucha complicada, como da a entender esta cita recurrente de Montaigne: "Si como la verdad, la mentira solo tuviera una cara, lo tendríamos mejor, pues tomaríamos por cierto lo opuesto a lo que dijera el mentiroso: pero la otra cara de la verdad tiene cien mil formas y un campo indefinido".

La verdad, por su parte, como dice otra frase recurrente (puede que apócrifa) de Josep Carner, "es una aunque esté rota en mil pedazos". Así también La verdad, libro hecho con pedazos (artículos, pero también textos del blog, citas, prólogos, alguna entrevista) cuyo propósito es unitario: defender, mostrar la verdad, o apartar lo que la estorba.

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8.11.21

Jon Viar: fiel al traidor

Qué bueno es el documental Traidores, de Jon Viar. Han escrito ya sobre él importantes artículos Juan Claudio de Ramón, Daniel Gascón o, en este periódico, David Mejía. Aprovechando que se ha prorrogado su disponibilidad en la web de RTVE hasta el 20 de noviembre, me animo a escribir yo también. Nadie debería perdérselo.

Es una gran obra contra ETA y su caldo de cultivo nacionalista, esencialmente antidemocrático. Subrayo lo primero: es una gran obra. Viar consigue hacer una película personal sobre un asunto colectivo, poniéndose a sí mismo como receptor de ese asunto. La historia pasa, amenaza, trastorna, deriva en crímenes, oprime y envilece a una sociedad: y un niño se obsesiona con ella y la combina con otra obsesión, su pasión, el cine.

En el documental que hace de adulto, el que estamos viendo, inserta secuencias que rodó de adolescente sobre atentados, secuestros, extorsiones y voladuras de cochecitos de juguete con petardos. Sus terroristas son, además de terroristas, mafiosos: clarividencias del cine, de aplicación a ETA. El director Viar aparece en las entrevistas reales, preguntando, escuchando, y narra en off con una voz parecida a la del doblador de Woody Allen pero con un acentillo vasco. Hay también un toque Nanni Moretti. Esto, unido al aspecto de Viar, mezcla de Franco Battiato (¡Nappiato!) y John Turturro, fomenta la transmisión de su estupor indagatorio. Se muestra como un personaje neurótico, algo desvalido, que quiere saber: y su carácter nervioso, frágil pero tozudo, en último extremo inconquistable, resulta al cabo un signo de salud en un entorno enfermo.

Detrás está el padre, Iñaki Viar, que fue etarra de la primera hornada y después lúcido analista de la iniquidad del terrorismo y la perversión de la sociedad que lo fomenta o consiente, al igual que otros como Mikel Azurmendi, Teo Uriarte o Jon Juaristi. Su crítica no solo del terrorismo sino también del nacionalismo, su procedencia, les hicieron pasar por traidores: a ETA y al pueblo vasco. Iñaki Viar, que hoy es psicoanalista lacaniano, analiza la inercia de asumir acríticamente la palabra de los padres; aquel hilo de la mentira nacionalista del que escribió Juaristi. Por el contrario, el sujeto debe "poder aspirar a ser dominado por sus propias palabras, a construir él las palabras que dirijan su vida".

El hijo Viar ha construido sus propias palabras en una manera emocionante de ser fiel al traidor, su padre (al que a veces saca con máscara), que ha culminado en este documental. 

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5.11.21

Carlos Mármol sobre 'Inspiración para leer'

Carlos Mármol ha escrito sobre Inspiración para leer el artículo "José Antonio Montano, formas de leer" en Letra Global

 














 

1.11.21

Díaz es la Ayuso de Sánchez

Escribí hace unas semanas que Pablo Casado no va, mientras que Isabel Díaz Ayuso sí: como un tiro. Casado no funciona y Ayuso sí funciona. Eso es todo. Pues en la izquierda ocurre igual: Pedro Sánchez no funciona y Yolanda Díaz sí. Díaz es la Ayuso de Sánchez, que no puede descansar, como no puede descansar Casado. La precariedad de estos dos líderes resalta porque en sus respectivos sectores ideológicos hay dos mujeres que lo hacen mejor que ellos y son más que ellos. Tienen más consistencia (al menos teatral) que ellos.

Sánchez cuenta con una ventaja que no tiene Casado: Díaz no está en su partido. Aunque esta ventaja puede ser desventaja: los votantes de izquierda podrán manifestar su preferencia por Sánchez o Díaz, puesto que ambos concurrirán a las mismas elecciones. Los de derecha, en cambio, solo tendrán una opción, o Casado o Ayuso, ya que su disputa es interna y los votantes no tendrán que elegir entre ellos. Aunque aparte, naturalmente, está Vox. En estas equivalencias que estoy haciendo, Díaz con respecto a Sánchez vendría a ser, de hecho, una Ayuso que estuviera en Vox.

Con Sánchez ocurre algo alarmante para un presidente del Gobierno: carece de gravitas, y aún de auctoritas. En él no se ha producido esa especie de transmutación que experimentan quienes alcanzan el poder. Además de la investidura formal, el presidente suele beneficiarse de una investidura casi metafísica, o alquímica; un plus que lo inviste de gravedad, de autoridad. Con Sánchez no se ha producido. Supongo que se debe a su esencia vacía (a su carácter de maniquí hueco), a la desvalorización de su palabra, a su consecuente falta de credibilidad, a su soez sectarismo.

Estos defectos no los tiene Díaz, que sí se ha visto investida por ese extra de poder tras ser nombrada ministra y, más aún, vicepresidenta. Ella posee las virtudes (empezando por una cierta gravitas y una cierta auctoritas) de las que carece Sánchez. Tiene gracia, porque la alegre militancia de Ferraz que gritó "¡Con Iglesias sí!" no imaginó que el endeble Pablo Iglesias sería sustituido por la potente Yolanda Díaz: una amenaza real para el PSOE, puesto que ella sí que podría ser la lideresa de la izquierda, incluyendo al PSOE.

El PSOE ha caído en su propia trampa. Un socialdemócrata era, al cabo, aquel izquierdista que no era comunista y que no solo no tenía complejos ante los comunistas, sino que los criticaba y se oponía a ellos con buenas razones. Un socialdemócrata era, en suma, hablando de nuestro triste país, aquel izquierdista que no temía ser acusado de facha.

Desde el momento en que el PSOE se puso a acusar de facha a todos sus críticos, y asumió la retórica de los comunistas y pactó con ellos, se metió en un terreno en el que otros lo superarán: los comunistas. Para eso, Díaz funciona muchísimo mejor que Sánchez. 

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30.10.21

Dietario: Turistas de octubre

Nueva fase. Decido iniciar una nueva fase en mi vida: lentitud, elegancia –me digo–; no descomponer, como si fuese un torero de la vida cotidiana, la figura. Tengo que coger tres autobuses y el mundo me apoya. Camino tranquilamente a la primera parada y al poco de llegar aparece el autobús. Subo sin despeinarme. Con el segundo autobús ocurre lo mismo. Se trata de no acelerar, de no correr. Y el mundo se acompasa conmigo. ¡Dominar!, esa es la cuestión. Me dirijo con calma a la tercera parada convencido de que esto está hecho. El truco es marcar tú el ritmo en vez de que te lo marquen a ti. Entonces veo que el autobús llega cuando a mí me faltan todavía cien metros. Me doy una infame carrerita. Fin de mi nueva fase.

Turistas de octubre. Los turistas de octubre suelen tener una cierta distinción que este año no tienen: son turistas normales, atrasados. Los veo por Málaga, Benalmádena-Costa y Torremolinos. Hacen de octubre otro agosto, pero está bien. Llevamos dos años raros y la normalidad empuja, solo que en los meses que no le corresponde.

Madrid. Tengo unos días libres y me voy a Madrid. También yo soy un turista de octubre. Encuentro una oferta del hotel Emperador, en la Gran Vía, y pido en la casilla de sugerencias un piso alto, con vistas al exterior y tranquilo. Me dan uno más bien bajo, con vistas a un patio interior y con el permanente ruido de taladradoras de una obra cercana. Pero da igual, porque estoy casi siempre fuera. Solo le tomo afición a sentarme en el hall junto a los ventanales. Me doy cuenta de que estoy en un escaparate, pero nadie mira el escaparate. Soy yo el que mira la Gran Vía, con la gente pasando ante mí como en un escaparate.

Embozado. Hacía tiempo que quería visitar la facultad de Ciencias de la Información de la Complutense. Fui alumno en Periodismo de 1985 a 1987 y no entraba desde entonces. Hasta por una construcción de hormigón como esa, en principio poco acogedora, se puede albergar sentimientos. Todo sigue igual, pero voy prevenido y logro no dar el espectáculo. Solo en dos momentos me vence la emoción. Cuando me encuentro con algo que había borrado de la memoria: los asientos de cemento que hay a lo largo de los ventanales. Y cuando, a punto de salir, me doy cuenta de que he hecho la visita embozado en la mascarilla, como si me diera vergüenza enseñar allí una cara distinta a la de mis veinte años.

Maleza. Aprovechando que estoy en la Ciudad Universitaria, subo hasta mi antiguo colegio mayor, el San Juan Evangelista, el Johnny. Sabía que llevaba tiempo abandonado, pero no esperaba encontrármelo comido por la maleza. Emerge como un templo maya de entre los yerbajos. Desde mi ventana del primer curso veía la Escuela Diplomática y, a cierta distancia, la casa amarilla de Vicente Aleixandre, que había muerto el año anterior. El segundo curso mis vistas eran al otro lado: hacia la Casa de Campo y el palacio de la Moncloa. En las madrugadas de insomnio, generalmente lectoras, me fijaba en una lucecita que yo imaginaba que era la de Felipe González, en vela como yo. Ahora ya es una ruina: acción del tiempo.

Filosofía y vida. Me manda Miriam Moreno una invitación para asistir por internet a su conferencia "Tiempo, sentido y relato". Ella fue productora de televisión y es filósofa. Y es la célebre M. de los diarios de Andrés Trapiello. Me conecto y está en un saloncito coqueto de su casa, preparándose. Antes de comenzar se levanta a por un vaso de agua. Entonces aparece Trapiello. Mueve un poco el sofá para asistir a la conferencia en la mejor posición: tumbado. Pregunta si se le ve y le dicen que sí, pero que cuando se siente Miriam lo tapará. Cuando ella vuelve, resulta que no lo tapa del todo. Se le ve, en la esquina inferior izquierda de la pantalla, media cara y las manos, que de vez en cuando se mueven. Durante la conferencia, que es espléndida, hay un atisbo de vida (en este caso, de vida doméstica) como en los diálogos de Platón. 

Brasil en Málaga. De nuevo paseo por Málaga, o me siento ante el mar, con un disco brasileño en los auriculares. Esta vez es el último de Caetano Veloso, Meu coco. La acostumbrada belleza, cuya emoción deshace la costumbre. Me embeleso en algo parecido a la felicidad, y solo vuelvo en mí para recordar que debo dar las gracias. 

Magna procesión. Como malagueño no semanasantero (una especie exótica) veía acercarse la magna procesión de este sábado como si fuese un meteorito. Pero he sido rescatado en el último instante: me convocan para que vaya a firmar mi Inspiración para leer en la Feria del Libro de Sevilla. (Ir a Sevilla a librarse de procesiones es aún más exótico.) Ya relajado, deseo que todo transcurra bien. Un signo favorable, aunque parezca lo contrario, es la amenaza de lluvia, que también llevaba dos años con ganas de Semana Santa. 

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29.10.21

Avisos sobre 'Inspiración para leer'

Avisos sobre Inspiración para leer

*Domingo 31 de octubre en la Feria del Libro de Sevilla:
12h: Firma en la caseta de Jot Down (núm. 35).
13h: Participación en la mesa redonda Manual para encontrar lecturas, junto a Ángel L. Fernández (Jot Down) y Maite Aragón (Mercurio). Modera: María Iglesias.

*Jueves 25 de noviembre, 19h: Presentación única en la librería Luces de Málaga, con Luis Sanz Irles y Manuel Toscano.

27.10.21

La verdadera venganza de Iván Redondo: una hipótesis

Aseguran los analistas que Iván Redondo está resentido con quien fue su jefe hasta hace nada, el presidente Pedro Sánchez. No habría superado su fulminante destitución como director del gabinete de la presidencia. En sus entrevistas desde entonces (la de Jordi Évole, la de Susanna Griso, la de Carlos Alsina) ha lanzado sutiles ataques a Sánchez y a su entorno, ha exhibido silencios pasivo-agresivos, ha insinuado su disposición a trabajar para la mayor rival de Sánchez en la izquierda, la vicepresidenta y ministra Yolanda Díaz.

El problema de Redondo es que todas las miradas se han dirigido a él más que a su mensaje. Redondo es el mensaje. Sus palabras han quedado opacadas por él mismo, por su manera de hablar, por sus ademanes, por su estilo, por su ropa y su peinado (y lo que subyace a este). Incluso por lo que llevaba en los bolsillos (piezas de ajedrez; tal vez también de parchís y dominó, tal vez naipes, tal vez dados). He detectado una satisfacción generalizada al comprobar que Redondo, dicen, es ridículo, un botarate. Lo temían y ahora se ríen de él. Se sienten superiores, simplemente porque al otro lo ven inferior. Lo consideran un nuevo Pequeño Nicolás.

Se equivocan, es mi hipótesis. Porque mi hipótesis es que Redondo es un fuera de serie, un genio. Y ha ideado (aquí culmina mi hipótesis) la mayor venganza posible contra Sánchez, que no consiste ni mucho menos en las palabras, silencios e insinuaciones que ha emitido. No, lo suyo es una verdadera venganza. Una venganza devastadora, que deja a Sánchez al pie de los caballos.

Es muy fácil pensar (algo que siempre gusta en España; me refiero a lo fácil, no al pensar) que a un experto de la comunicación como Redondo se le iba a escapar lo que comunicaba en esas entrevistas. Sabía, por supuesto, lo que comunicaba: y eso era exactamente lo que quería comunicar. Quería comunicar (por utilizar los insultos de sus detractores) ridiculez, botaratismo. Él mismo, en sí mismo, le ha dado cuerpo y voz a su venganza. El Redondo de esas entrevistas es una estricta construcción vengativa. Es un maestro de la comunicación en ejercicio el Redondo de ellas. Que comenzó, por cierto, un poco antes: en la célebre comparecencia en que dijo que se tiraría por un barranco por su presidente. No fue, por lo tanto, su despido físico lo que desató su resentimiento, sino el ninguneo al que fue sometido durante los últimos meses en el cargo.

Fue entonces cuando decidió, como quien dice, salir a la palestra. No como él mismo, es decir, como el genio de la comunicación que es, sino como su parodia: ese ridículo botarate (¡vuelvo a los insultos que circulan pero no comparto!) que dejan en tan mal lugar al que lo nombró. Porque esta es su verdadera (¡y letal!) venganza: dejar en evidencia al presidente que lo nombró y mantuvo tanto tiempo, siendo así como ha visto el público que es (pero no es).

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25.10.21

El repulsivo Otegi

No consigo que se me pase la repulsión por Arnaldo Otegi. Tampoco lo he intentado. Un aliento ético (y sí, político) la mantiene viva. Fueron muchos años de ver su jeta en los telediarios justificando los crímenes recién cometidos. Embadurnaba los cadáveres calientes en una abyecta mermelada ideológica, emitía frías frases estratégicas de vuelo gallináceo, como de estadista con boina, y aprovechaba para deslizar amenazas. Amenazas verosímiles, dado el contexto. Entonces no había Twitter ni había nada para expulsar la rabia. Solo quedaba darse cabezazos contra el televisor. Se almacenó tanto desprecio por los tipejos como Otegi que no se me van a agotar las reservas hasta que me muera.

Ni olvido ni perdón, en efecto. Porque se sustentaban en una mentira que se sabía que lo era: en la historia los engaños son acumulativos; están menos justificados los que van después. Tenía razón Jon Juaristi en su archicitado poemita: "Nuestros padres mintieron, eso es todo". Y un verso antes decía, con ETA en el trasfondo, lo de haber muerto y matado "tan estúpidamente". Mentira y estupidez. Era una locura. Y Otegi como representante de esa mentira y esa estupidez. Fue un acierto de casting. Ahora es lo mismo, pero sin la gravedad sangrienta que le otorgaban los asesinos: a su favor. Lo desquiciante es el blanqueo. También (¡ay!) por el PSOE.

Otegi sigue siendo repulsivo, aun sin ETA, aun sin crímenes; aun con su tibia declaración sobre las víctimas. Su discurso es repulsivo. Está en contra de la democracia, de la pluralidad. No admite el Estado de derecho. Por eso combate el "régimen del 78", que es una democracia plural y un Estado de derecho. Trabaja, sigue trabajando, por la división, por la separación: la separación entre los vascos buenos y malos (que no son verdaderos vascos), la separación de los vascos del resto de los españoles, y la separación entre los propios españoles de acuerdo con la ideología. (Una derivada, esta última, de su rechazo al pluralismo.) "Mientras nosotros construimos puentes, las derechas cavan trincheras", ha dicho en la entrevista que le ha hecho su compañero de viaje en esto de cargarse la democracia española Pablo Iglesias. ‘Trincheras’ llama a la defensa de la democracia en la que caben todos; ‘puentes’ a las pasarelas con matones en la entrada y cocodrilos abajo.

Las preguntas del exvicepresidente segundo del Gobierno tienen delito (como tiene delito su frotación con Otegi; incluso, cosas de ser Iglesias, su frotación consigo mismo). Por ejemplo, la que empieza: "El PP y la ultraderecha, como era de esperar, han respondido a la declaración con agresividad". Se pone fino con no sé qué ‘agresividad’ mientras abraza al que se apoyaba en los crímenes. Y así todo. 
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18.10.21

Carmen Mola, nave nodriza

Sales hubo que pedir cuando a Carmen Mola le salieron tres pichas. Donde había una mujer, aunque desconocida (¡invisibilizada!), aparecieron tres hombres con unas caras de señoros que no podían con ellas. La glamurosa nave nodriza abrió sus compuertas y salieron –genuinos hombres de la tarta– tres anticlimáticos cobradores del frac a llevarse el millón de euros. ¡Un atraco a la mujer fantasma desde dentro de ella misma!

El punto culminante en la impostura fue, sin embargo, cuando una periodista cultural escribió este tuit: “Hasta hoy el premio Planeta lo habían recibido 16 mujeres y 53 hombres. Hoy podrían haber sido 17 y 53. Pero resulta que de una tacada son 16 y 56. #UnPlanetadehombres”. La aplicada contabilidad en medio de la carnavalada: tal es el sino del periodismo cultural que presume de ser político ante todo; o sea, secundariamente cultural. Y sin rastro de humor.

De inmediato vino la inspección a fondo de esa falsa mujer: cómo se había colado en revistas femeninas, cómo había opinado de la novela negra escrita por mujeres, cómo recomendaba libros de sus componentes y cómo la editora había declarado que su autora era madre de tres hijos (¡el trío calavera!). Iban de soponcio en soponcio y yo, por no hacer mudanza en mi costumbre, me mondaba de risa.

Mis nostalgias no son las que se llevan ahora, de pasados idílicos, sino de los tiempos en que lo prestigioso era la fluidez de las identidades. Dicho de otro modo: de cuando se sospechaba que la identidad era una cárcel que había que derribar, o al menos limarle los barrotes. Nuestro Eugenio Trías, por ejemplo, escribió en 1970 Filosofía y carnaval, donde el carnaval era lo liberador (no sin heridas: cuatro años después siguió indagando en el asunto en Drama e identidad).

Por eso me ha hecho gracia el juego retrospectivo de Carmen Mola, aquel tímido jugueteo en el que apuesto a que había más literatura que en sus libros. Lo paradójico de Twitter es que es un escenario puramente carnavalesco... en el que se practica desaforadamente la fiscalización de las identidades. No se para de jugar, a la vez que no se perdona el juego. Ese es el juego: pesadísimo.

En cuanto a los nuevos tres tenores de la escritura comercial, me temo que han matado a la gallina de los huevos de oro, por sacar al escaparate sus huevos de carnecilla. “Con tres pares de cojones”, dijeron en otro tuit. Y este sí. 

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13.10.21

Un tropezón en el pastel de Almodóvar

Ya solo voy al cine para ver la de Woody Allen y la de Pedro Almodóvar. Es una actividad claramente crepuscular, como de despedida de las salas. Que se lo merecen: son humillantes las instrucciones que te sueltan antes de la película sobre el uso de las papeleras, las mascarillas y los móviles. Una reducción adolescente del espectador, que algunos espectadores sentimos como patadas en el culo.

Mi humor no era el mejor, como se puede ver, cuando empezó Madres paralelas. Y salí peor aún: proclamé en Twitter que la película era muy mala, que estaba ya entre las otras insalvables de Almodóvar, que son Kika, La mala educación y Los amantes pasajeros. Pero, curiosamente, con los días fue mejorando en mi cabeza. Me dejó, de forma inesperada, un poso acogedor. Como si se me hubiera desplegado dentro algo de lo que vi. Así que, preventivamente, rescato Madres paralelas de las irrecuperables. Tendría que verla otra vez, pero será dentro de unos años. Me pasó algo parecido con Los abrazos rotos, y en la revisitación me gustó.

Sé lo que me sacó de Madres paralelas, lo que me irritó: el simplismo ideológico. No el posicionamiento político del director, que comparto en parte, sino la manera ramplona, sin elaboración artística, con que lo manifiesta. Ahora sé, o intuyo, que bajo ese entramado corre otra cosa prometedora, más parecida al cine. Pero el entramado es delictivo. Me quedaré ya en este para algunos comentarios.

Somos malos lectores de nosotros mismos. Almodóvar no entiende (aunque en Dolor y gloria parecía entenderlo) que su tarea política la llevó a cabo con éxito en la Transición: cuando les dio contenido a las libertades formales que se proclamaron entonces. Almodóvar fue uno de los que propulsaron a España lejísimos del franquismo, más lejos de lo que está ahora. Él mismo ha contribuido últimamente a su retorno. El punto de inflexión fue la frase final, que francamente no venía a cuento, de Carne trémula. De pronto aparece una culpa rara, como un arrepentimiento de la frivolidad: con lo civilizadora que fue para un país tan pesado como España la frivolidad.

En Madres paralelas Almodóvar parece de pronto un cantautor: hace acopio de temas de la “agenda progresista” y monta un pastel propagandístico, casi una ponencia del PSOE o Podemos. Hay una frase contra Rajoy y otra contra los “apolíticos”, se habla de la ley de memoria histórica, de los muertos de las cunetas, de los falangistas de la guerra civil, de una violación grupal que evoca a la de la Manada... Aparece además una transexual y surge una relación lésbica, entre mujeres bisexuales. Para que la agenda esté completa, se representa a Lorca. Y como guinda del pastel, hay una cita final de Eduardo Galeano.

Está todo tan atado ideológicamente, hay un control tan ortodoxo de los ítems, que sorprende el punto que se escapa: un genuino tropezón. El arte suele estar en el sitio en que se descuida el artista, en aquello que elude su hipervigilancia. El tropezón al que me refiero no llega a arte, porque también está aquejado de un cierto populismo. Solo que, y aquí está la gracia, del otro: el voxista, concretamente. Resulta que el violador principal de la aludida Manada es un inmigrante latinoamericano: en la foto aparece con su tez tostada, su bigotín y su sonrisilla...

Lo bonito de este detalle chusco es que implica, después de todo, el triunfo del arte, o de la técnica al menos, sobre la ideología. Almodóvar simplemente necesitaba, por exigencias del guión, un bebé “un poco étnico” (como dice Rossy de Palma) para que el padre blanco pensase que no era suyo. Y el director manchego desbarata el férreo armazón psocialista-podemita de la película mediante la introducción de ese elemento voxista solo porque le venía bien argumentalmente. ¡Este es nuestro Pedro! ¡El que seguirá haciendo buenas películas! 

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