29.3.22

Los titanes venideros

Los lectores de Ernst Jünger volvemos a él en los momentos de convulsiones históricas, porque en sus libros la historia aparece a la vez candente y distanciada. Es un efecto extraño. Por un lado, la historia está en su crudeza, en sus detalles y sufrimientos; por el otro, está como en una burbuja, alejada, contemplada con perspectiva. Resulta a un tiempo desgarrador y balsámico. El efecto es el de la lucidez.

Mi amiga Dolores González Pastor, que se estaba leyendo sus diarios de la segunda guerra mundial, Radiaciones (Tusquets), se incorporó espontáneamente a esta tendencia. Cuando Rusia invadió Ucrania, se dio cuenta de cómo la realidad reforzaba la lectura que se traía entre manos; o al revés, de cómo esa lectura le daba espesor a la realidad. A mí me pasó lo mismo. Leí Radiaciones en el verano de 1991. A continuación se produjo el golpe de Estado contra Gorbachov en la Unión Soviética. En pocos días fracasó, pero aquellos días los viví con la gravedad penetrante que me había aportado el libro.

Hoy Jünger habría cumplido 127 años. Murió a un mes de los 103. Cuando llegó a centenario, dijeron: "Ha superado la vejez y ha ingresado en la edad de los patriarcas". Él respondía: "Uno envejece bien solamente si se mantiene joven". Esto viene en una de mis lecturas de estas jornadas, Lo titanes venideros (Página Indómita), que recoge tres largas entrevistas que Antonio Gnoli y Franco Volpi le hicieron en 1995. Volpi publicó después un inesperado best seller filosófico, El nihilismo; y a los cincuenta y seis años murió en un accidente de bicicleta: el ciclismo era su otra pasión, junto con la filosofía. Jünger, por su parte, entre la primera entrevista y las siguientes estuvo en El Escorial: fue cuando lo nombraron doctor honoris causa por la Complutense.

Empecé Los titanes venideros en busca de este párrafo, que es la respuesta de Jünger a la pregunta de cómo se imaginaba el siglo XXI: "No tengo una idea demasiado feliz y positiva. Por decirlo con una imagen, quisiera citar a Hölderlin, que en 'Pan y vino' escribió que vendrá la edad de los titanes. En esta edad venidera el poeta deberá aletargarse. Los actos serán más importantes que la poesía que los canta y que el pensamiento que los refleja. Será una edad muy propicia para la técnica, pero desfavorable para el espíritu y para la cultura".

En otra ocasión dice, completando lo anterior: "Con el siglo XXI entraremos en una nueva era de los titanes que se caracterizará por la liberación de una inmensa cantidad de energía. Pienso ante todo en la energía atómica. [...] El planeta se verá sometido a una aceleración a la que la humanidad tendrá que adaptarse transformándose a sí misma. Lo viejo habrá de ceder su sitio a lo nuevo. He aquí por qué el Trabajador seguirá siendo la forma de hombre adecuada a la nueva realidad. [...] Sin embargo, yo estoy convencido de que la poesía no es un lastre inútil, sino que forma parte de la naturaleza del hombre". Y en otra: "Para mí lo importante sigue siendo el Individuo, el gran Solitario, capaz de resistir en las situaciones difíciles para el espíritu, como la que está llegando y que será una nueva edad del hierro".

He leído también El nudo gordiano (Tusquets), un ensayo oracular de 1953 que trata, según el propio Jünger, de "'este y oeste' como tema principal de la historia". Dicho de un brochazo, de la polaridad entre libertad y despotismo. Se lee con la guerra actual en la cabeza. Como en este pasaje: "Sus jefes [los de oriente] no se parecen a Alejandro Magno, que es el modelo de los príncipes y generales del oeste. Al igual que Gengis Kan, ellos ven su gloria y su fortaleza en 'no ser nunca clementes'". O en este: "Una persona singular que combata libremente y un jefe como Leónidas [¡o Zelenski!] que pueda contar con ella contrapesan masas enormes. Por su mera radiación el elemento espiritual representa ya en sí mismo un arma".

De Radiaciones es pertinente ahora leer las Anotaciones del Cáucaso, sobre el tiempo que Jünger pasó en el frente ruso. Allí, entre otras cosas (por ejemplo, buscar entre los generales alemanes a un Sila que derrocara a Hitler: no lo encontró), le interesó conocer la montaña en que sufrió condena el titán Prometeo. 

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26.3.22

Dietario: Cielo naranja

Cielo naranja. De la lluvia que acabó con la sequía de los últimos meses me dijo una amiga que tiene un campito: "No llueve agua, llueve oro". Pero al día siguiente llovió barro. El cielo era naranja y recordé que para María Zambrano este es el color del sacrificio. Una semana después ha vuelto la atmósfera naranja, desde el cielo hasta el suelo. El barro se nos mete en los ojos y respiramos barro. Guerra, crisis, desabastecimiento: el naranja sacrificial. 

Escribidores. Málaga se llena de escritores. Unos vienen al festival Escribidores de La Térmica, auspiciado por Vargas Llosa, y otros al MaF que organiza Cristina Consuegra; algunos a los dos. Yo acompaño a mi amiga Pilar Álvarez, editora de Alfaguara, a la presentación en la Biblioteca Manuel Altolaguirre de la novela de Juan Tallón Obra maestra. La hace Olga Merino, que el día después presenta en el Museo Ruso, junto a Consuegra, Cinco inviernos, el libro en que cuenta sus años de corresponsal en Moscú. La invasión de Ucrania por parte de Rusia carga de gravedad la tarde. Merino expresa su desolación al comienzo, pero el acto resulta precioso; con pausas musicales del pianista Daniel Blacksmith. (En los días siguientes leo los libros dedicados de Tallón y Merino: estupendos.) 

Ovejero quería salir. Nuestro amigo Félix Ovejero, gran y valiente pensador, viene a dar una charla en La Malagueta, pero sobre todo viene a salir en este dietario. "¡Me tienes que sacar!", me dijo. Su acto empieza justo cuando termina el del Museo Ruso, así que cojo un taxi y me pongo en el iPhone la retransmisión en directo por YouTube. Sigo viéndolo mientras camino tras bajarme del taxi hacia el lateral de la plaza de toros, con el audio por los auriculares, hasta que, como en un cuento de Cortázar, atravieso la puerta que me mete dentro de la retransmisión. Después nos vamos todos a Los Delfines a cenar, cómo no, pulpo frito; que ya ha salido mucho en este dietario. 

La veleta de Proteo. Quedo con Pilar, que quiere visitar librerías malagueñas antes de volver a Madrid. En Rayuela recuerdan a Juan Manuel Cruz, que murió al poco de jubilarse. En Proteo, reabierta tras el incendio del año pasado, Jesús Otaola nos enseña el memorial del fuego, una vitrina con libros quemados, y nos explica cómo fue la restauración, mientras vamos subiendo por las plantas. Es apasionante el mimo con que lo hicieron, intentando recuperar lo recuperable: las escaleras de mármol, los suelos antiguos, las estanterías... Al llegar arriba, Otaola nos hace subir todavía más: por una estrecha escalera de madera accedemos a la azotea, donde hay una veleta con don Quijote y Sancho. "Este es el remate de la librería", dice el librero. 

Un antílope que saluda. Me he aficionado a mirar en el ordenador lo que ocurre en una charca de Kenia y en otra de Namibia. En cada una hay una cámara que lo retransmite en directo las 24 horas. Por la primera pasan elefantes, gacelas y algún hipopótamo; por la segunda cebras, ñús, hienas y antílopes; y por las dos aves, un perpetuo piar de aves. He hablado mucho en Twitter de esta afición. Por eso, cuando puse que había descubierto otra cámara que enfoca un tramo de Copacabana, en Río de Janeiro, mi amigo Jaime Llopis, que vive allí, me dijo que un día me haría gestos "como si fuera un antílope de tus otras webcams, pero saludando". Y así lo hace. Me avisa de que va a pasar, pasa y me saluda. Otra alegría que me llega de Brasil. 

Colores veleños. El primer día del cielo naranja fuimos, por la tarde, a visitar la exposición de Evaristo Guerra en el Archivo Municipal. Ahí estaban esos naranjas, y otros muchos colores (los Colores veleños de su título), en los cuadros: ya no como signos sacrificiales sino celebratorios. Felicidad instantánea en la sala. Fuera seguía lloviendo y dentro un paraíso cálido. Nadales, Toscano, Arias y yo vimos muchos de esos cuadros en su estudio de Torre del Mar, cuando fuimos a visitarlo hace dos veranos. Antes el pintor nos había enseñado sus murales en la ermita de Vélez-Málaga. Entre las muchas cosas que nos contó, con su sensibilidad y su gracejo, recuerdo la de la pared que se propuso pintar como si no hubiera pared: es decir, pintando el paisaje que había al otro lado. Solo que el suyo es un paisaje transfigurado por el arte: en su esencia, en su esplendor; el paisaje visto con una mirada que no decae. También nos habló de su relación con María Zambrano, y de cómo, cuando murió, él se quedó solo velando a su paisana. Uno de los cuadros de la exposición es precisamente un homenaje a ella. A la salida estuvimos tomando una caña con el pintor, su hija y su nieta (Lola y Lola; la segunda, listísima, estudia nanotecnología en Hannover). Nos dedicó el catálogo, dibujándonos un árbol a cada uno. Seguía lloviendo, pero ya solo agua; o sea, de nuevo oro. 

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22.3.22

El hongo nuclear

¿Qué esperanza podemos tener cuando un sujeto tan irrisorio y despiadado como Putin tiene en su mano la destrucción del mundo? Yo también me dejo ilusionar con una salida, es casi inevitable proyectar una puerta abierta. Pero seamos serios: las posibilidades son pocas. (Y aun así sigo haciendo mi vida normal: el instinto de supervivencia se resiste.)

Supongo que era cuestión de tiempo. Que los gobernantes (esos seres tarados por definición; particularmente en las autocracias) dispusieran del arsenal nuclear garantizaba el uso, tarde o temprano, de ese arsenal. Y si no ocurre con el Putin de ahora, ocurrirá con otro Putin inminente, no necesariamente ruso. El optimismo de Fukuyama sobre el fin de la historia entre países cargados de armas atómicas, eludiendo esta tensión, era de una blandura risible. Salvo que el fin de la historia fuese en el lote del fin de todo lo demás. (Un Fukuyama sarcástico es el que se podría salvar, ya para nadie.)

Por lo demás, vemos ahora que en 1989, con la subida del telón de acero, no terminó nada. Quedaba una esquirla soviética, Putin. Como en Alien, el monstruo de la URSS seguía a bordo, alojado en la última pieza de aquel régimen. Tiene su gracia trágica. En solo diez o quince años más ya estaría muerto, y de la URSS apenas restaría memoria secundaria: con otros sátrapas, remedos mafiosos de los zares, pero ya no soviéticos. Pero el último agraviado, un necio nacionalista como todos los nacionalistas, dispone del botón compensatorio. Su vida no vale nada y por eso tampoco vale la de ningún ser humano. No aceptará que siga existiendo un mundo en el que él sería el hazmerreír.

En las décadas de la disuasión nuclear, las de la guerra fría (que sepultaba el máximo calor imaginable), pensábamos a menudo en el polvorín sobre el que vivíamos. Me recuerdo de niño y adolescente dedicándole minutos al tema, con una preocupación fantasmagórica que no dejaba de ser preocupación. La ansiedad se conjuraba en películas, como la famosa El día después. Proliferaban historias con paisajes postapocalípticos. Persistía un miedo de fondo y Eugenio Trías escribió que el hongo más alucinógeno era el nuclear.

La teoría de la disuasión era a la que nos agarrábamos para calmarnos. No había otra. Pero yo, mientras me agarraba también a ella, no dejaba de pensar en la posibilidad de un psicópata. Un psicópata cuya probabilidad fuera creciendo con el transcurso de los años; es decir, conforme fuera creciendo el muestreo, por la mera sucesión de gobernantes desde el momento de Hiroshima. Porque lo cierto es que la historia es milenaria, mientras que las bombas atómicas llevan solo unas décadas. Demasiado poco para tranquilizarse.

El caso es que la Unión Soviética cayó, se dio por concluida la guerra fría y no se pensó más en la guerra nuclear. Los países, sin embargo, seguían con sus arsenales. Solo Ucrania le entregó el suyo a Rusia, sin sospechar que se haría cargo de él el último dictador soviético. Pero esto se ha visto más tarde. Entonces, durante treinta años, se impuso una especie de triunfo transparente de la disuasión. Las piezas nucleares se disponían como en un tablero de ajedrez, dándose por supuesto que había unas reglas, y que los jugadores sabían lo que se traían entre manos.

Pero olvidar que entre los seres humanos surgen con demasiada frecuencia tipos indeseables, susceptibles de estar al mando de las naciones, sí que era una alucinación.

Con ella tenemos que vivir, con todo. De momento, armándonos hasta los dientes. Y pensando (fantaseando) que no, que no sucederá. ¿Qué otra cosa podemos hacer? 

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15.3.22

La incompetencia de la América católica

La pregunta de cuándo se jodió el Perú es la pregunta de cuándo se jodió América Latina y cuándo nos jodimos todos, porque a España la ha alcanzado también su destino latinoamericano ("el íntimo cuchillo en la garganta"). Los hilos de este abigarrado despropósito se exponen con precisión en el monumental Delirio americano del colombiano Carlos Granés (Taurus), que Manuel Arias Maldonado llamó en su presentación de Málaga "un clásico instantáneo". En efecto: es uno de esos libros ambiciosos que deslumbran por lo que prometen y admiran por cómo lo cumple. En cuanto se ha publicado, se ha convertido en una referencia imprescindible.

Trata de la historia cultural y política de América Latina durante el siglo largo (121 años) que va de la muerte de José Martí (1895) a la de Fidel Castro (2016): principio y fin en Cuba, como lugar de irradiación; irradiación que sigue. Con la liberación de la última colonia española en 1898, irrumpe una nueva sombra sobre Latinoamérica: la de Estados Unidos. En el ensayo fundacional del uruguayo José Enrique Rodó, Ariel (1900), se plantea la disyuntiva entre la América anglosajona y la latina, cuya identidad debe buscarla esta última por oposición a la primera. Una desgracia fatal es que en el lote anglosajón, junto con la funcionalidad, el pragmatismo, el individualismo o el materialismo del dólar, va la democracia.

Granés explica cómo esta búsqueda de la identidad latinoamericana, que en principio era general, se desgaja enseguida en los particularismos nacionales. Al cabo, es el nacionalismo de cada país el gran motor identitario, que combinado con el militarismo y el populismo, más un indigenismo de carácter mayormente victimista, conduce al prolongado desastre de la historia latinoamericana: una historia dominada por la inestabilidad, las crisis, los traumas, las dictaduras y las democracias fraudulentas, injustas, desiguales y débiles. El autor pormenoriza todos los elementos, con un virtuoso relato analítico en el que va combinando la simultaneidad de los distintos movimientos y países con la linealidad conjunta del avance histórico; una maestría narrativa, en elegante prosa ensayística, que la profesora Dunia Gras ha comparado con las grandes novelas del boom.

En este complejo panorama se podrían destacar cuatro hitos: la revolución mexicana; el militarismo de corte fascista promovido por Lugones; el populismo de Perón (fórmula triunfante a la postre, con contagios fuera de América Latina, incluido en España); y la violencia revolucionaria alentada por la victoria castrista. Todo se termina mezclando y hay bandazos a derecha e izquierda, a veces entre los mismos protagonistas, pero algo permanece: el desprecio por la democracia liberal, la tendencia al autoritarismo. Este es el principal delirio.

La historia política de que se ocupa Delirio americano deprime pero no aburre. Y además incluye otra historia todavía más seductora que la anterior: la cultural, con que Granés la trenza, en un brillante despliegue que va del modernismo al actual gótico latinoamericano, pasando (es lo más irresistible del libro) por el rico mundo de las vanguardias, con sus excéntricos personajes. La conclusión, estricta creatividad aparte, no es demasiado honrosa para el gremio de los intelectuales, los escritores y los artistas: no ha habido dictadura, matanza, represión o ruina sin su aval, y en múltiples casos sin su incitación y colaboración directa. También las padecieron, naturalmente. Pero son contados los casos de lucidez ilustrada, de inquebrantable defensa de la libertad. El último Huidobro, por ejemplo; los poetas mexicanos de Los Contemporáneos (equivalentes más o menos a nuestra Generación del 27); artistas como Rufino Tamayo y José Luis Cuevas; Octavio Paz y Vargas Llosa; o los admirables surrealistas peruanos César Moro y Emilio Adolfo Westphalen (¡qué emocionante ver siempre en su sitio a los discípulos de André Breton!).

No puedo concluir sin resaltar la importancia que tiene en el libro Brasil, país que es una de mis pasiones y que, pese a la singularidad de su portugués, sigue la corriente latinoamericana común. Se habla desde Oswald de Andrade y Tarsila do Amaral a Caetano Veloso y su Tropicália, pasando por el presidente Getúlio Vargas, su ministro Capanema o la construcción de Brasilia. Precisamente en una canción de Veloso, Podres poderes [Podridos poderes], hay una exacta síntesis premonitoria de Delirio americano: "Será que nunca faremos senão confirmar / a incompetência da América católica / que sempre precisará de ridículos tiranos?". Solo esfuerzos críticos como el de Carlos Granés podrán, quizá, quebrar ese nunca, ese siempre

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8.3.22

La resistencia ucraniana

Los franceses tuvieron que inventarse la resistencia contra los nazis en la Francia ocupada porque no se resistieron a ellos cuando llegaron, para que no la ocupasen. En La caída de París, de Herbert Lottman, se cuenta un detalle significativo. Los nazis han invadido la ciudad y hay inquietud entre los parisinos, sobre todo entre los tenderos. Esta inquietud se disipa cuando el primer soldado alemán entra en una panadería y paga su baguette. Los alemanes pasaron tres años en París relativamente a gusto; entre ellos mi admirado Ernst Jünger (al que volveré pronto).

La resistencia ucraniana contra los rusos sí se ha manifestado en directo. Es de una hermosura desoladora: un empeño inútil, un sacrificio a cambio de una escenificación. En el escenario, los militares de Putin son ya unos seres irredimibles. Rusia entera es un país en la basura, excluido, arruinado por su sátrapa. Ucrania caerá, pero Rusia ya ha caído. Los rusos que también resisten lo saben. A ellos (a ellas: la anciana superviviente de Leningrado; la joven rubia del abrigo elegante, elegancia que no pierde en el revolcón de la policía) tendrán que volverse sus compatriotas cuando quieran encontrar un poco de dignidad en este tiempo de miseria.

Ha vuelto la historia y con ella el sentido de los ejércitos. Hemos recordado lo que ha sido el ser humano siempre. Eugenio Trías nos definía como "especie erótica y guerrera". El amor (o el erotismo) y la guerra. Ahora toca la guerra. No hay estadios de civilización asentados. Todo puede saltar en cualquier momento. Jünger, que conoció bien la guerra (participó en las dos mundiales), escribió en La emboscadura, a propósito del socialdemócrata berlinés que abatió a unos cuantos nazis en el pasillo de su apartamento durante un registro: "Los periodos prolongados de calma favorecen ciertas ilusiones ópticas. Una de ellas es la suposición de que la inviolabilidad del domicilio se funda en la Constitución, se encuentra asegurada por ella. En realidad la inviolabilidad del domicilio se basa en el padre de familia que aparece en la puerta de la casa acompañado de sus hijos y empuñando un hacha".

Tal vez no nos gustaría que fuese así, pero es así. Hay que protegerse, porque estamos a expensas de que aparezca un Putin. Es de un realismo desagradable, pero imprescindible, reconocer que el derecho sin la fuerza es impotente. El ventriloquismo de nuestros podemitas, que reclaman la "vía diplomática" cuando los tanques rusos ya están aplastando a los ciudadanos de Ucrania, expresa el sarcasmo de las inercias ideológicas. Las cegueras que estas procuran se tornan aberrantes con los momentos decisivos. (Vale igual para el lepenismo francés: incómodos, pero lógicos, compañeros de viaje.)

La realidad ahora es la guerra, una guerra debida a un cabrón. Nadie ha alentado a los ucranianos a que resistan; tal vez habría sido más fácil para todos (fácil y humillante) que no lo hicieran. Pero han optado por hacerlo. Con o sin armas, lucharán; así que es mejor que tengan armas. Defienden la vida que vivimos, la vida democrática, frente al tirano invasor. Contra la tentación de la decadencia, han decidido dejarse la vida en el intento de preservar lo que tenían. Como los antiguos griegos. Mircea Cărtărescu ha comparado Ucrania con el paso de las Termópilas. Putin es Jerjes: un Jerjes con bombas nucleares. La historia es una repetición en espiral destructiva.

La resistencia ucraniana tiene un doble efecto (además de la estricta defensa de Ucrania, improbable): subraya la bellaquería de Putin, que ya es un condenado mundial, y revaloriza democracias como la nuestra. No imaginábamos que guardaran tanta fuerza para luchar así. 

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1.3.22

¡Abominable Clío!

Después de varios días de guerra, como espectadores esta vez implicados, hemos encontrado una rutina intensa pero atolondrada, repartida entre el atracón informativo y el desahogo en las redes sociales. Pero hay que volver al estupor inicial, ya casi enterrado: el de los primeros minutos de la invasión. Entonces se veía claro el abismo y se sentía con contundencia el vértigo: era la reacción que se correspondía con la realidad. Cuando esta es nueva y nos abofetea sin costumbre, sin la amortiguación de la costumbre. Esa irrupción innecesaria.

Cada uno está con sus problemas y de pronto adviene un problemón colectivo. La obscenidad es máxima cuando se debe a la decisión irrisoria de un tipejo: el puto Putin, alterando el mundo. Un pobre hombre que se dedica a lo que se dedica, el poder sin alegría. Un galápago de la geopolítica. Como si no tuviéramos cosas más importantes que atender. Ahora todo es ocuparse de lo que destroza, reparar sus destrozos, destrozarlo a él. Tareas subalternas que nos roban la vida. Un cretino usurpador de nuestro tiempo.

Pero la historia es eso, lo que quiebra nuestra cotidianidad; no la de un individuo, algo que puede ocurrir en cualquier momento, sino la de todos a la vez. Nos habíamos olvidado de ella; mejor dicho, nos habíamos habituado a vivir sin sus interrupciones. En España tuvimos recientemente el aviso del independentismo catalán, con su golpe a la democracia. Y el mundo ha sufrido la extenuante pandemia de estos dos años. Pero una invasión a la antigua, por parte de una potencia nuclear, es otra cosa. Con ella se vuelve al pasado, se reviven pesadillas. (Se vuelve al pasado: la historia, lineal, incurre en errores ya cometidos; hay una pereza anticipada, que no aminora el sufrimiento.)

"¡Abominable Clío!", sentenciaba Cioran, particularmente desesperado por las atrocidades de la historia en los países del este europeo. Clío es la musa de la historia. El aforismo del rumano, que viene en su libro Desgarradura, consiste solo en esa frase. Pero en una entrevista dice al respecto: "Durante muchos años desprecié todo lo relacionado con la historia. Y por experiencia sé que lo mejor es no prestarle mucha atención, no detenerse en ella, pues representa la mayor prueba de cinismo imaginable. Todos los sueños, filosofías, sistemas o ideologías se estrellan contra lo grotesco del desarrollo histórico: las cosas ocurren sin piedad, de un modo irreparable, triunfa lo falso, lo arbitrario, lo fatal. Es imposible meditar sobre la historia sin sentir hacia ella una especie de horror. Mi horror se ha convertido en teología, hasta el punto de creer que no se puede concebir la historia humana sin el pecado original".

Una característica de la historia es su carácter acumulativo, de ahí el espejismo de que se va avanzando, se va aprendiendo. Pero las lecciones las aprenden una o dos generaciones; tres como máximo. Luego se olvidan y se vuelve a las andadas, como si solo resultase pedagógico el dolor personal, intransferible. Ahora Rusia invade Ucrania y hay guerra. Lo hemos visto mil veces: los soldados, las explosiones, los heridos, los muertos, los prisioneros, las filas de los que escapan. Es una coreografía antigua en perpetuo riesgo de estetización desde fuera, aunque esta vez estemos amenazados. De nuevo: hay que situarse en el abismo, en el vértigo, en el desgarro de los que lo viven. En el lugar en que la historia se hace carne (carne doliente) como si nunca antes hubiera ocurrido.

Esto ha sido lo normal en términos históricos, precisamente. Agradezcamos el privilegio de haber vivido unos lustros libres de Clío, pero ese privilegio ha caducado. 

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