30.8.21

El tiempo amarillo sobre su fotografía

El sábado fue el centenario de Fernando Fernán Gómez y se volvió a recordar el vídeo de “¡A la mierda!”. Como grito de guerra no está mal. Y hoy se podría atravesar España sin necesidad de no decirlo. Pero en el vídeo hay otra frase mejor que no es tan recordada y que resulta más higiénica aún: “¡No necesito su admiración!”. Fernán Gómez se zafaba así del chantaje de los pringosos. Que se vengaron olvidándola y recordando solo la primera.

Tuve una gran intimidad con Fernán Gómez durante el confinamiento del año pasado: me leí sus memorias, El tiempo amarillo, y en mi piso estuvieron ese hombre y su época. No había leído antes nada de él y lo que me llamó la atención fue su dicción por escrito, que se parecía a la oral. Porque él hablaba un poco como se escribe, con autoconciencia de lo que se dice y empeño por terminar las frases. Le quedaba natural, siendo algo artificioso: esa era su naturalidad. Una naturalidad seductora.

Luego vi La silla de Fernando, con aquella intensidad de las semanas del encierro. Saboreé como nunca la parrafada sobre cuando se abrió, por la derrota republicana, el cerco de Madrid y él se puso a andar sin más. “¡Andar, andar!”, se decía. Y llegó hasta Leganés. Yo también hubiera salido a caminar hasta Leganés desde Málaga sin dudarlo.

Contó David Trueba que rodaron La silla de Fernando para que no se perdiera el Fernán Gómez oral. La película es maravillosa y contiene historias insustituibles. Pero al Fernán Gómez oral lo conocíamos de sobra, hay mucho material grabado. El más espontáneo es el del programa Tertulia con, de finales de los setenta, en que yo aprendí la palabra tertulia y la costumbre de sentarse a hablar de un modo un poco raro pero entretenido.

Salía mucho también, ya en los noventa, en los programas aquellos de Hermida de debate con demasiados invitados. Siempre recuerdo el momento en que habían hablado todos menos él. Hermida tuvo que azuzarlo. “Es que me encuentro desconcertado. Quienes me han precedido han dicho cosas contradictorias entre sí, pero estoy de acuerdo con todas”.

Y están, por supuesto, sus películas, como actor y director: sobre todo La vida por delante, La vida alrededor, El mundo sigue, El extraño viaje y El viaje a ninguna parte. Y, entre las series de televisión, El pícaro, con cuyo aspecto yo lo conocí. Habló mucho de la vida de los actores, en el borde de la sociedad y con una moral más abierta. (Sobre ello recomiendo la conferencia que dio en 1985 en la Fundación March.)

Nació hace cien años, murió hace catorce y se va alejando. El título de sus memorias lo sacó, es sabido, de un poema de Miguel Hernández: “Algún día / se pondrá el tiempo amarillo / sobre mi fotografía”. 

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28.8.21

Dietario: Agosto en Torrequebrada

¡No me muevo de Torrequebrada! Llevo todo el mes de agosto en Torrequebrada, en mi apartamento prestado con vistas al mar. Cuando me invitan a ir a tal o cual sitio, respondo con mi grito de guerra: "¡No me muevo de Torrequebrada!". Aquí me he hecho fuerte, en esta burbuja. En realidad, mi radio de acción se extiende hasta Fuengirola por el oeste y hasta Torremolinos por el este. Pero de aquí no me muevo. Es una zona rara de Málaga. El paseo desde el Casino hasta Carvajal es por terreno escarpado: acantilados, calitas. Tiene un encanto único.

Condecoraciones. Tampoco me he puesto pantalón largo desde que estoy aquí. Cuando vuelva a ponérmelo, de vuelta en Málaga, me sentiré como cuando era niño y empezaba el curso. El otoño era sentir la tela en las piernas. Pero este verano me ha pasado otra cosa de antes: me caí. Iba con los crocs, cargaba la mochila y la silla de la playa, me iba fijando en Nádia, que caminaba por delante, era una pronunciada cuesta abajo de cemento, en fin. Solo me hice dos rozaduras en las rodillas. Mientras me curaba las miraba hechizado. Hacía décadas de las últimas. Se lo conté a Toscano y me habló también de las suyas. De niños siempre teníamos las rodillas así: la herida, la postilla, y con frecuencia una nueva herida. Se iban superponiendo las heridas y lo maravilloso es que jamás nos planteábamos dejar de salir corriendo a jugar. Las caídas eran contratiempos que no modificaban nuestra conducta. Por eso llevo estos días el rojo en mis rodillas como condecoraciones.

Subidón. En uno de mis primeros paseos de agosto, por La Carihuela, cacé el momento exacto en que una pareja volvía a la playa. Por el acento, parecían de Madrid. La playa estaba esplendorosa, con el azul mediterráneo y las sombrillas multicolores. Y el hombre, señalándolas (llevaba su propia sombrilla al hombro), exclamó: "Qué alegría me da... Es que me entra un subidón cuando estoy aquí".

Pelusas en el mar. Yo también he frecuentado la playa este año. Para mí el mar es sobre todo el paseo marítimo y los miradores. Los últimos veranos apenas me había tumbado una o dos veces en la arena. Pero este lo he hecho muchas. He vuelto a cogerle el gusto. Leer bajo la sombrilla o, con los ojos cerrados, oír las voces enredándose con las olas. Una quinceañera le dice a otra: "Ya sé que el 'para siempre' no existe, pero es que... me encanta. Es que es muy buen tío. Es que me llama y... Creo que voy a decirle algo". Pero las voces más contundentes son las malagueñas. Un treintañero habla por teléfono con un amigo. Por la conversación deduzco que otro amigo está esperando un hijo, pero no lo había contado hasta muy tarde porque perdió el anterior. El treintañero se entusiasma y dice: "Ahora trillizos del tirón p'a ponerse a la par de 'to' Dios". La arena está especialmente poblada porque hay medusas y casi nadie se baña. Una niña de cuatro años quiere hacerlo, pero la madre le dice: "No, que hay medusas". "¿Y por qué hay pelusas en el mar?", responde la niña.

Ruidos. No entiendo por qué se permiten las motos acuáticas. La diversión de ese individuo implica el fastidio de miles. Mi enemigo (porque todo sujeto que se monta en una moto acuática es mi enemigo) dando vueltas majaronas, estropeando el paisaje (lo contrario de los barquitos, que lo embellecen) y armando un ruido que asesina la calma de la playa. Tampoco entenderé el estropicio de los jardineros en las urbanizaciones, con sus máquinas cortacésped y sus soplahojas a motor. No hay contraste más brutal entre aquello que cuidan y el ruido que provocan. Una urbanización sin jardines sería más plácida, solo por la ausencia de jardineros.

Dry martini. Me tomé un dry martini con Losada en la terraza del Hotel Pez Espada que da al mar. Por la charla y las observaciones de Losada sobre la Costa del Sol (él es de Córdoba) no me fijé mucho en la bebida. Pero hoy he venido solo y la tarde es perfecta, pero algo falla: el dry martini. No le han puesto palillo con aceituna, ¡sino una pajita! Y veo algo flotando: ¡un cubito de hielo! Como soy un recién llegado al dry martini no me atrevo a protestar. No sé si esos elementos se contemplan también en el dry martini. Pero el mosqueo me impide ya disfrutarlo. La tarde es maravillosa, sopla una brisa fresca, pero yo soy ya el pardillo de los dry martinis.

La barba y la cara. Otra de las características de mi agosto: no me he afeitado. He ido ganando un aspecto agreste. Como no me muevo de Torrequebrada, esto no se sabe fuera de Torrequebrada. Pero lo descubren los amigos que vienen a Torrequebrada. Arias y Toscano, por ejemplo. "Te sienta bien la barba", me dicen. Lo agradezco. Pero luego me quedo pensando que el elogio del Montano barbudo puede verse también como una desvalorización del Montano sin barba. A lo mejor no me sienta bien mi cara. 

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26.8.21

'Inspiración para leer' en el Mont Ventoux

Meterlín ha estado en el Mont Ventoux con mi libro y lo ha contado en su blog Camino de Santiago: "Petrarcas de pacotilla". 

 Más fotos en su Twitter

 Además, Inspiración para leer en Lisboa, por @edugmoy:

23.8.21

Afganistán y alpargatas

Por fin el presidente Sánchez logra simbolizar a su pueblo, aspiración fundamental de un líder de su calibre. El regreso de los talibanes en Afganistán le ha pillado en alpargatas, como a todos los españoles. Solo hubiera podido mejorarlo con unas ominosas chanclas. Ahí la identificación habría sido perfecta.

Rompo una lanza por las alpargatas de Sánchez, porque sus alpargatas son nuestras alpargatas. Unas alpargatas ante todo mentales. La irrupción de desastres en pleno mes de agosto ha de enfrentarse a nuestra inercia vacacional. Esa inercia que, junto a la inoperatividad, trata de introducir sus notas sentimentales (con aprovechamiento ideológico) de “lento Imperio al fin de la decadencia”, como escribió Villena citando a Verlaine.

No sabemos cuánto le queda a Occidente (el Occidente político, no el geográfico; aunque en esta pelota depende de la perspectiva), pero parece claro que enfila su extinción. Así, la ya icónica fotografía de Sánchez (que El País recortó por abajo, hurtando a sus lectores el 50% de la noticia) representa en realidad a todo Occidente. También Joe Biden está ahí, más crudamente encarnado en Sánchez que en sí mismo.

Por debajo (busquen la foto completa, señores lectores de El País, que luego tienen el gatillo fácil con el Defensor del Lector contra los Savateres y Azúas que les contradicen) están las alpargatas olorosas de ocio. Y a partir de los tobillos el traje, que desemboca en la parte superior de la mesa, donde Sánchez mira una pantalla como un adolescente su videojuego. Esta es la parte seria.

Sin duda, nos representa. Tampoco nosotros podemos hacer nada. Y estamos deseando cumplir con la desgracia (no quiere decir que no nos duela de verdad) para correr de vuelta a la piscina. En su paz azul, luego, recordaremos que somos unos privilegiados. Todo será un poco más irreal, pero también más reconfortante. (No olvidaremos dedicarle un pensamiento al terremoto de Haití.)

Pero después ha regresado Sánchez y ha dado en Torrejón de Ardoz un discurso triunfalista. ¡Triunfalista en plena derrota! Está muy subidito Luisgé...

Cuando el PP le exigió al presidente que volviera de sus vacaciones, se vio que el PP no había entendido el concepto: las vacaciones de Sánchez no eran tanto las vacaciones de Sánchez como nuestras vacaciones; nuestras vacaciones de Sánchez. Y ya se han terminado: nuestras vacaciones de Sánchez y del PP; nuestras vacaciones de la puerca política (en la que también nos rebozamos).

Al final, entre tanta impostura, lo inocente eran las alpargatas. 

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18.8.21

Lapuerta y el camino de la filosofía

Francisco Lapuerta Amigo, que pertenece a una aristocracia intelectual española en extinción, la del venerable cuerpo de catedráticos de instituto, de Filosofía en su caso, ha escrito un libro sorprendente: la obra de su vida. Es en parte novela y en parte ensayo autobiográfico; se le podría llamar también memorias filosóficas. Es, al cabo, un libro de filosofía en sentido profundo (y amplio): con la vida metida en el pensamiento y el pensamiento en la vida. Una lectura estupenda que me ha iluminado la primera mitad de agosto.

Confieso que recibí Laura o el camino de la filosofía (Caligrama) no sin contrariedad. Me disponía a salir de vacaciones con mi plan de lecturas armado y este tomo de casi novecientas páginas, que naturalmente me tenía que leer, por mi vieja amistad con el autor, me lo desarmaba por completo. Me bastó empezarlo para comprender que iba a ser la lectura perfecta. De hecho, me hice un cronograma para irlo leyendo a lo largo de todo el mes y me lo he zampado en quince días, llevado por la pasión.

Con una escritura clara, matizada, con frecuentes aciertos expresivos y un pulso que no decae, el libro está dividido en tres extensas partes (articulada cada una en capítulos y subcapítulos no demasiado largos: una de las claves de su fácil lectura), que se corresponden con las tres etapas de la formación del narrador-protagonista. Copio de la contracubierta, que las sintetiza bien: “La primera (‘Mundo de la vida’) tiene que ver con la ética y la política; la segunda (‘Liberación’), con la religión y la metafísica; la tercera (‘El naturalista’), con la biología y el problema de la autoconciencia”. Cada una está bajo el influjo de un autor; respectivamente, los filósofos Jürgen Habermas y Arthur Schopenhauer y el biólogo Edward O. Wilson.

Lapuerta se entrega a estas etapas agotándolas en lo que puede, transmitiéndonos en las páginas que les dedica sus intereses, sus descubrimientos, sus problemas y sus dudas. Este “camino de la filosofía” va inserto en su peripecia vital, que abarca su trayectoria laboral como profesor de instituto, asuntos académicos relacionados con la elaboración de su tesis (impagables retratos de Adela Cantina o, sobre todo, Javier Sigüenza, trasunto de Muguerza), traslados, viajes, amigos (los filósofos y los “normales”) y en especial Laura, su pareja y luego esposa y madre de sus hijas.

Laura es imprescindible porque se presenta, ya desde el título, como complementaria u opuesta al “camino de la filosofía”. Aparte de la relación amorosa, intensa y con variaciones a lo largo de los años, Laura es el contrapunto pragmático al filósofo con “pájaros en la cabeza” (literalmente al final): esto permite unas veces esbozos de diálogos al modo platónico y otras escenas algo cómicas como las de don Quijote y Sancho Panza. Uno de los aspectos hermosos (y nobles) del libro es que incluye aquello que, en principio, desmentiría o incluso ridiculizaría un poco al autor. A veces se presenta a sí mismo como una especie de Woody Allen de la filosofía. Pero como la intención no es abiertamente humorística, sino sinceramente filosófica, lo que produce ante todo es un efecto de sabiduría: una sabiduría flexible como la vida. El libro es completo por eso.

Lo mejor es que lo mucho que tiene Laura o el camino de la filosofía de ensayo (en la línea de Montaigne) va aderezado con brillantísimos pasajes novelescos: la excentricidad (o singularidad) de sus amigos filósofos Juan Ignacio Revuelta y Jacobo Méndez (personajes inspirados en Juan Antonio Rivera y Jorge Mínguez), y las conversaciones con ellos, las estancias en Tenerife y Barcelona, los largos viajes aventureros a Nepal y Sri Lanka... Cuando se decide a estudiar las religiones orientales para su tesis sobre Schopenhauer y busca dónde aprender sánscrito en Barcelona, encuentra al anciano erudito Amat Ortega, propietario de peluquerías: es en estas, tras el cierre, donde recibe sus lecciones.

Otra muestra de cómo la filosofía confluye con la literatura se da en la última parte. Cuando Lapuerta se embarca en sus estudios paleoantropológicos y biológicos, convencido de que “la idea más importante de la historia” es “la selección natural de Darwin”, tras profundizar en los homínidos y los primates, descubre a los loros (a los “psitácidos”: loros, papagayos, cotorras, cacatúas y periquitos), por los que se apasiona, hasta el punto de que su obsesión por tener en casa dos loros grises africanos pone en peligro su matrimonio. Por la inteligencia de estos animales, intuye que puede investigar en ellos los orígenes de la moral y la conciencia. Su camino le lleva a algo inédito: “vincular a los papagayos con la filosofía”.

Al término del libro, melancólico pero también vigoroso (“desposeído, pero dueño de mi vida libre y desnortada”, escribe el autor), el lector se da cuenta de que en el recorrido se han tratado los temas filosóficos fundamentales. Ha sido la lectura perfecta porque está todo en ella: esos temas y también la vida admirable. Particularmente admirable la vida del amigo Lapuerta Amigo. 

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16.8.21

Su única victoria

Vuelve la Vuelta, que promete ser más entretenida que el Tour, asesinado por Pogačar, por su superioridad desmotivadora (para los demás). Aunque sobre la Vuelta también pende la superioridad de Roglič. Estos eslovenos, con su c con cucuruchito...

Pero yo no quiero ocuparme hoy de los grandes triunfadores sino de los pequeños, de los que ganaron solo una vez y recibieron el fogonazo del flash un solo día. Aquellos que llevaron la vida en la sombra con la excepción de ese día único.

Durante el último Tour me acordé del mejor ejemplo. Dijeron el nombre de un viejo equipo, el Mavisa, el Puertas Mavisa, y recibí un magdalenazo proustiano: ¡aquel ciclista que ganó en una larguísima escapada en los noventa! La palabra Mavisa me lo evocó, pero veo ahora que ni siquiera estaba en ese equipo sino en el Wigarma, también borrado por el tiempo.

Fue el 2 de mayo de 1991, etapa Sevilla-Jaén. Un desconocido ganó tras rodar ciento ochenta y cuatro kilómetros en solitario y, aunque el pelotón se lo consintió a partir de un determinado momento, los comentaristas radiofónicos magnificaron su gesta.

El ciclista salió a la luz con toda la trompetería ambiente de entonces. Era Jesús Cruz Martín, un palentino de veintisiete años. Lo apodaban El Pantera, pero los guasones, en referencia a un gran rodador de la época, Vanderaerden, le decían Panteraerden.

Él, sin embargo, estaba ajeno tanto a las guasas como a las pomposidades. Mantuvo la sobriedad, con un discurso articulado y serio: sí, transmitía seriedad ante todo, emitía sus frases con una elocuencia sin aspavientos. Estaba feliz, pero era consciente de que no iba a durar. Y duró, en efecto, solo aquel día.

Pero qué bien estuvo aquel día, su día. Aunque últimamente se me había olvidado, lo tuve presente muchos años. Encuentro esto que escribí hace trece: “Yo me fijé en él por lo bien que estuvo luego con los periodistas: hizo declaraciones justas y modestas, sobre la etapa y su vida. Se mostraba contento, pero no eufórico. Era noble. Sabía dónde estaba y habló desde ahí: sobrio pero no parco, diciendo lo que tenía que decir, con un seco orgullo, sin alardes. Él sabía que los focos iban a alumbrarle solo aquella jornada: pero estuvo impecable en ella, y después no se quejó”.

Su ejemplo tenía algo de imperativo kantiano: compórtate de modo que si un día te enfocan las cámaras y lo hacen ese único día, aparezca en ellas dignidad.

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14.8.21

Montano, el "mal lector" que comparte su inspiración para leer

Por Marina Estévez Torreblanca 

Madrid, 14 ago (EFE).- El columnista y escritor José Antonio Montano dice que es un "mal lector" porque hasta con los libros que sabe que le gustarán necesita "inspiración para leer". Y este mismo es el título de su primera obra, donde abre ventanas para asomarse a autores como Savater, Octavio Paz, Javier Marías o Nietzsche.

Son cien artículos literarios, filosóficos y culturales, publicados en medios o en blogs, que el periodista malagueño, en realidad un lector excelente y voraz, ha pulido y ordenado hasta convertirlos en capítulos de "Inspiración para leer", editado por JDB. "Mi idea es que aunque el lector pueda picotear sin ningún orden haya una coherencia si quiere leerlo de un tirón", explica en una entrevista con Efe.

Relata cómo se demoró años hasta conseguir entregarse a autores que sabía que iba a disfrutar mucho, como Bernhard, Jünger, Proust o Montaigne, de los que fue acumulando libros sin avanzar más allá de unas páginas hasta que "la conexión entre la literatura y la vida" -señala- le empujó a devorarlos casi febrilmente.

Agatha Christie fue su "primer amor literario" o "preliterario", pues la leyó "con la misma alegría que los tebeos" y "aún sin los pruritos de la profundidad y el estilo". Con ella se produjo "el clic" que le empujó a ser la única novelista a quien acudió voluntariamente entre los 13 y los 16 años.

Un autor al que nunca ha dejado de acudir fielmente es Fernando Savater. Cuenta que empezó a admirarle de manera muy temprana, igual que a Francisco Umbral, aunque la evolución ha sido distinta.

"De inmediato fueron mis dos ídolos. Pero Umbral se me fue desmoronando, porque lo basaba todo en el estilo y a veces me he tenido que tomar vacaciones de él", asegura. En cambio, en Savater "un 50 % era su escritura y otro 50 % su relación con el mundo y siempre me ha interesado lo que ha dicho", explica.

Otro caso de admiración sin cesar es el que le producen Octavio Paz o las reflexiones de Borges. "Mi relación es más fluida cuando son escritores y otra cosa, escritor y filósofo, o escritor y poeta. Cuando es pura literatura, aunque yo también estoy ahí, me satura un poco", confiesa.

Y por eso añade a su nómina de destacados a las poetas Emily Dickinson y Wislawa Szymborska o al Nietzsche "vitalista" que "alarga el camino de la Ilustración pero corregido por la vida" frente a la visión oscura del filósofo alemán del "superhombre".

Montano analiza asimismo a autores como Paul Auster, al que califica como novelista "menor", aunque disfrute de un éxito "acrítico" en España sin reflejo en su propio país, EE.UU.

Admite que consigue que uno se reencuentre con el placer de la lectura desde la primera línea, atrapado en sus laberínticas tramas. Pero llega un momento en que "no sabe qué hacer con lo que ha montado" y la novela "desemboca en una vía muerta", señala.

"Ese no saber qué hacer con todo lo que ha creado es un fracaso para el público, pero es un triunfo literario, porque se mete en la vida, en la que no hay propósitos ni conclusiones claras", reflexiona finalmente.

Salvando las distancias, cree que la última novela de Javier Marías, "Tomas Nevinson", estaba "muy inflada" y en un momento dado perdía interés. Lo que no obsta para que le considere el mejor escritor español vivo, el contemporáneo que perdurará, junto a Trapiello.

"Es un escritor manierista y el lector le tiene que consentir la manera. Cuando escribió 'Los enamoramientos', Iñaki Uriarte me dijo que le había parecido al borde del ridículo. Y es que Marías se pone al borde del ridículo pero sin caer, juega en ese límite", dice sobre determinados elementos del estilo del narrador.

Montano ha dejado fuera de su libro sus artículos políticos, una preocupación a veces polémica que le ha hecho conocido en Twitter. "Estoy enfadado, porque vivimos en una especie de guerracivilismo absurdo y eso me irrita bastante", remarca.

Aunque participa en las peleas en la red social -muchas veces por aburrimiento y en busca de "diversión de mala calidad"- cada vez está más convencido de que "el ambiente está muy embrutecido y hay que elevarse", que es lo que ha pretendido con este libro, asegura, "salir un poco del fango". 

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9.8.21

Sánchez-Biles: 'win-win'

El Zeitgeist (el Espíritu del Tiempo, o de la Época) ni siquiera está en la comprensión hacia una gimnasta que hace crack mental o emocional en plenos Juegos Olímpicos como Simone Biles, sino en la utilización de esa "comprensión" para aporrear al prójimo; de preferencia, al rival político. Aplaudir simultáneamente la vulnerabilidad derrotista de Simone Biles y la implacabilidad triunfadora de Pedro Sánchez: ahí está el Zeitgeist.

Yo me eduqué con este aforismo de Cioran: "Mirad la jeta de quien ha triunfado, de quien se ha esforzado, no importa en qué campo. No descubriréis en ella la menor huella de piedad. Tiene madera de enemigo". La estética de la derrota, con su inocencia, con su pureza, quizá equívocas; con su invitación a la pereza también.

Paradójicamente, me proporcionó otra perspectiva el traductor de ese aforismo de Cioran, Fernando Savater: en La tarea del héroe hablaba de las virtudes, y el encanto, de la acción exitosa. El héroe como encarnación del potencial triunfante del ser humano. Un ejemplo, un horizonte, de adónde podemos llegar: nuestras posibilidades no siempre se cumplen en nosotros, pero en el héroe sí. Verlo en él nos alienta.

Los Juegos Olímpicos son uno de los ámbitos donde esa fuerza se exhibe. Menoscabarla contribuye al debilitamiento general. La gimnasta que falla, o que da un paso al lado, debe ser acogida y comprendida: reintegrada cálidamente en el común. Pero sin jugar a que la competición era otra, porque la competición era la que es. Quien no quiera competir, que se venga a mi sofá, que le hago sitio entre mis ventiladores en estéreo. Pero no empequeñezcamos los triunfos que la propia gimnasta alcanzó.

Lo más gracioso, como digo, es que la exaltación de la no competitividad la ejercen ahora los más competitivos del mercado. Se conoce que da puntos en la carrera. Al cabo, se trata de una exaltación punitiva: contra los otros.

No es de extrañar que el ídolo sea un hombre como el presidente del Gobierno, que se dio una medalla de oro a sí mismo. Bueno, él dijo “España” (“España tiene la medalla de oro en vacunación”), pero como descartó a la “oposición destructiva”, de la resta queda él: él con su medalla de oro.

Estar a muerte con Sánchez, el cantor de la “resistencia” a toda costa, el killer sin autocrítica, y al mismo tiempo con Biles por su vulnerabilidad y sus pasos al lado: eso es un win-win y lo demás son tonterías. 

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4.8.21

El lío del alioli

Tengo un problema con el alioli. Y el mundo tiene un problema con mi problema con el alioli. Mi hermana me lo dijo muy seria en la última comida familiar: "Tienes que resolver lo del alioli". Y Alberca lo soltó la otra noche cuando cenábamos con Arias y Bosco: "A Montano solo le he visto enfadarse con lo del alioli". Bosco me conoce poco y aún lo desconocía, pero Arias me conoce lo suficiente como para conocer lo del alioli.

Le tengo fobia, simplemente. También a la mayonesa. De hecho, siempre que diga aquí alioli entiéndase también mayonesa. Y todos los pegotes cremosos que te ponen en los platos sin que los pidas. Aquí está la clave de mi alteración: que te los ponen sin que los pidas. Pides un plato, en el que no se especifica que lleva alioli, y te lo traen con alioli. Pides una cosa sin haber pedido alioli y te la traen embadurnada de alioli, o con el pegote de alioli al lado pringando una parte de la cosa, que pronto, en los platos compartidos, con el pinchoteo desordenado, se habrá extendido por toda la cosa, que quedará como un Pollock de alioli.

Después de toda una vida sufriendo el alioli no precisamente en silencio (he montado muchos pollos por esos Pollocks), no pido absolutamente nada sin advertirle al camarero que lo que pido no debe llevar alioli, ni mayonesa ni ningún tipo de salsa ni pegote cremoso. Retengo al hombre lo que sea necesario hasta que me jure que no llevará nada de eso. Mis amigos están acostumbrados a mis retahílas, como de policía de serie americana, y no hay comida que no empiece sin sus guasas al respecto. Me resigno a ellas, porque esas guasas no son nada comparadas con la broma pesada del alioli.

No estoy orgulloso de mis pollos, naturalmente. De hecho, mis retahílas (en verdad neuróticas y ridículas) son para evitarlos. Pero ocurre que cuando más a gusto estoy en una reunión, relajado, con la guardia baja, y se me olvida formularlas, mi plato aparece (¡indefectiblemente!) con el alioliesco pegote. Y ahí estallo. Me desplomo desde el increíble buen rollo a un mal rollo abominable. Desplome condimentado con improperios y maldiciones de todo tipo, que suelen terminar con la petición a gritos de la bomba atómica a Ahmadineyad. (Solo nos ha librado de la aniquilación el que Ahmadineyad lleve años fuera de la presidencia iraní.)

Lo que me colapsa es justo eso: la batalla por que no te traigan por defecto lo que no pides. Son los aficionados al alioli, la mayonesa y demás pegotes cremosos los que deberían pedir su aditamento, y no que nos crucifiquen con él (¡por defecto!) a los que pedimos un plato en que no venía enunciado. Está tan mal hecho esto, es un error tan gigantesco del mundo, que me saca de quicio.

Es un problema sin solución. Me obliga a estar pendiente y no olvidarme de que lo tengo que especificar. Y así lo hago la mayoría de las veces. Pero siempre hay un momento en que me abandono un poco, y entonces me clavan la puñalada de alioli por la espalda.

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2.8.21

Agosto entero

Nada más soltar el equipaje en el apartamento –sitio en alto al que llamo “mi torre de Montaigne frente al mar” (aunque no es mía, sino prestada)–, bajo para dar una vuelta antes de comer. Y entonces, con la brisa y el flamear de los toldos, las flores, las palmeras, la espuma de las olas y su bramido, los lejanos bañistas, siento una plenitud de tiempo intacto. Agosto está entero y es todo promesa.

Me siento en el mirador metafísico –una barandilla de tablas al horizonte azul– y me demoro en la sensación. Tal vez sea este el mejor momento de las vacaciones, porque contiene todos los momentos. Ninguno, al cabo, poseerá esta pureza previa a su realización. Es el instante de la expectativa absoluta. Me asomo al mes como me asomo al mar.

Me levanto y veo muy en lo hondo, entre las rocas, a una mujer en topless. Toma el sol, ajena al mundo, componiendo una postal. Está sola como están solas las diosas. Me acuerdo de unos versos de Ricardo Reis: “Los dioses son dioses / porque no se piensan”. El oleaje golpea su roca, pero no la alcanza; todo lo más le llegarán pulverizaciones marinas.

La miro solo unos segundos, por una especie de veneración, de respeto. Pero me sigo acordando de ella. Y de la oda de Reis, de epicureísmo estoico: “Suave es vivir solo. / Grande y noble es siempre / vivir simplemente. / Deja el dolor en los altares / como exvoto a los dioses”. O a las diosas. (Del poema se hizo una canción.)

De regreso en la torre, almuerzo con el mar de fondo. Y me echo la siesta, la primera siesta, en la terraza: adormilamiento y lectura. Me he traído pocos libros, porque quiero escribir más que leer, de acuerdo con la frase de Karl Kraus que me ha dado por repetir últimamente: “Un escritor que se pasa el día leyendo es como un cocinero que se pasa el día comiendo”. Pero lo que segrega esta proscripción es, ya saben, un placer pecaminoso.

Propósitos de agosto nuevo, podría decirse. Todo parece posible otra vez. Acción en el oro del tiempo. Días completos, muchos días, a mi disposición. Parece mentira que uno vaya a ser el último. Está tan lejano ese día. Tendrá también su encanto, un encanto crepuscular, el melancólico encanto del fin de las vacaciones. Pero ahora parece inconcebible.

Hoy saboreo la sensación de todo agosto por delante.

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