29.2.24

El día intermitente

Al fetichista de las fechas le encanta este animalito, el 29 de febrero, que asoma solo cada cuatro años y los demás se esconde. Es una fecha exclusiva de los almanaques bisiestos, que por ella tienen su toque de distinción. En el irritante santoral paralelo supuestamente laico, el de las causas justas o merengosas, le ha tocado ser el Día de las Enfermedades Raras. Al menos se reconoce el valor de su rareza. Aunque en cuanto a enfermedades, la más rara que existe es la de vivir: una enfermedad crónica y a la vez mortal. Sirva el día de hoy, pues, como recordatorio de lo que es cada día (y cada hora y cada minuto y cada segundo).

En realidad, el 29 de febrero no está escondido los tres años que no toca. Esos años no existe: se está formando. Es un día aún incompleto: un día creciente, un día luna. Los años segregan un resto de horas que no se amoldan al calendario; cada año, en concreto, 5 horas, 48 minutos y 56 segundos. Terminados los 365 días anuales reglamentarios, esas 5 horas y pico, que se redondean en 6, se quedan en la órbita en espera de las de los tres años siguientes. En el segundo, pues, hay ya flotando un feto de 12 horas; y el tercero uno de 18, todavía en el líquido amniótico cósmico. Es en el cuarto cuando el pollo se ha convertido ya en un día completo de 24 horas y puede salir del cascarón: se le hace entonces un hueco en el calendario. (¡En la metáfora he dado un salto de lo vivíparo a lo ovíparo, pero me excusarán la licencia!)

Me gusta esta sensación del 29 de febrero de estar pisando restos de horas que se estuvieron acumulando fuera de nuestro alcance para presentársenos hoy. Si las horas se hubiesen ido agregando en su orden, las de las seis que van de la medianoche pasada a las 6 de la madrugada pertenecerían a 2021 (¡el anterior bisiesto fue 2020, el de la pandemia!); las de las 6 de la madrugada a las 12 del mediodía, a 2022; las de las 12 del mediodía a las 6 de la tarde, a 2023; y solo las últimas seis de esta jornada, de las 6 de la tarde a la medianoche de hoy, propiamente a 2024. El único tramo exclusivo.

Yo, que nací en 1966, he vivido con el presente quince años bisiestos. Veo que son significativos (por mi vida o por la historia). El primero, 1968 (el de mayo y lo demás). Después: 1972 (la primera fecha de que soy consciente), 1976 (dejé el barrio de mi infancia y murió Fofó), 1980 (empecé el instituto), 1984 (empecé la universidad), 1988 (incendio del Chiado), 1992 (aquel año de todo), 1996 (cumplí treinta), 2000 (el milenio, pese a los puntillosos de la aritmética), 2004 (el 11-M), 2008 (la crisis), 2012 (¡secreto!), 2016 (cumplí cincuenta) y el mencionado 2020 (la pandemia). Fueron años olímpicos además.

En cuanto a cumpleaños, según miro en Wikipedia, tal vez por la inferioridad estadística han nacido apenas personajes relevantes el 29 de febrero, incluido nuestro actual presidente. El mejor, el jocoso Gioacchino Rossini (en 1792), compositor de El barbero de Sevilla y otras óperas, que triunfó y se dedicó a vivir: no hizo ni el huevo los cuarenta últimos años de su vida. Está también William A. Wellman (1896), el director de Ha nacido una estrella y El enemigo público. Una de envidiable nombre, Tempest Storm (1928), estrella del burlesque y actriz. Y poco más. Incluido, insisto, el presidente Sánchez (1972). 

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25.2.24

Éxito de 'The Objective', la 'koldosfera' y el pato derrotista

[Montanoscopia] 

1. The Objective está de moda. No solo porque entre sus colaboradores están los dos mejores articulistas del país, y ya no en El País, Félix de Azúa y Fernando Savater (el primero dijo campanudamente que este periódico debería llamarse El País del siglo XXI; al segundo le ha dedicado David Mejía otra de sus estupendas Vidas cruzadas), sino además porque nuestro director, Álvaro Nieto, ha visto cómo las investigaciones suyas y de su equipo de periodistas sobre el caso Delorme-Koldo-Ábalos han marcado finalmente la agenda nacional, por las medidas de la Justicia y el eco político y mediático. Nieto ha escrito ahora un importante artículo sobre el caso. Hay que remitirse también a su libro Conexión Caracas-Moncloa (Ediciones B). Todos los medios hablan ya del asunto (los oficialistas con menos entusiasmo, hay que comprenderlos), que ha sacudido la actualidad española. Y más que la va a sacudir. 

2. Yo no tengo nada nuevo que decir sobre el caso. Solo el recordatorio de que los "buenos y malos" no están determinados por la ideología ni su adscripción partidista, como se nos ha estado insuflando hasta las heces en estos insoportables años de pestilente ideologización polarizante. Hay buenos y malos en todos sitios. La calaña no nace de la ideología, que no es lo esencial. Quizá sí lo sea, en sentido negativo, el exceso de ideologización: ese filtro embrutecedor que percibe el mundo desde unas premisas reductoras y habitualmente falsas. 

3. Para combatir la corrupción solo caben control y transparencia. Ambas cosas, que se habían reforzado un poquito en nuestras instituciones, se relajaron en los alocados días de la pandemia y por ahí se coló la corrupción. Hasta en aquel contexto lo hizo. El ser humano (como mínimo el hispánico) es así. 

4. Ya circula el término koldosfera. Rafa Latorre habló de la sanchosfera. El entrañable Idafe trajo lo de la fachosfera de Francia para prestarle un servicio a Sánchez, pero el mecanismo se ha puesto a operar antisanchistamente. No cabe duda de que resultaba operativo. 

5. Sigo con Idafe. La semana le toqué las pelotas al tocapelotas oficial del sanchismo y su respuesta fue de lo más sintomática. Primero, el ninguneísmo de estirpe franquista: "nadie le lee", "no es usted nadie". Esto dice el que solo ha alcanzado a ser "alguien" cuando se ha puesto al servicio (¡bufonesco!) del poder. Segundo, y esto es lo mejor: "no le voy a citar en la columna". Aquí deja entrever sus pretensiones. ¡Al final era eso! ¡Utiliza la "columna" de trampolincillo! Qué entrañable. Estaba claro que esto era sota, caballo y rey, pero no deja de ser divertida la confirmación. 

6. Incendio de Valencia. El fuego insoslayable. Tampoco tengo nada nuevo que decir. Solo que les dedico un pensamiento a las víctimas y afectados. Y otro pensamiento a todos los demás, a nuestra situación cotidiana: vivimos en antorchas potenciales, no solo de fuego. El milagro es que no prendan todos los días. 

7. Las chanzas sobre el pato muerto en Madrid. Precisamente vi hace poco El pato salvaje, de Henrik Ibsen. Es la obra que viene de interpretar el actor de Tala, de Thomas Bernhard. Se me ocurrió mirar si estaba en el archivo de TVE y sí: se emitió en 1969. Es un archivo prodigioso. El título viene de esto que se dice en la obra: "Cuando el pato salvaje es herido en las alas se zambulle en el agua lo más abajo que puede, se agarra con el pico a las algas y a todas las excrecencias que encuentra en el fango y no vuelve a la superficie". ¡Pobre pato derrotista! 

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22.2.24

Al PSOE solo le queda Sánchez

Los resultados de las elecciones son en fin de cuentas hitos emocionales. Inyectan en cada partido un estado de ánimo que suele durar hasta las siguientes elecciones. Dicho estado de ánimo va siendo modulado por los altibajos de los acontecimientos; aunque estos no son decisivos: lo decisivo es la lucha por el poder, su consecución, su pérdida. Curiosamente, el ejercicio mismo del poder es secundario con respecto a su logro. Por eso casi todo el esfuerzo se va en las campañas, que duran en la práctica las legislaturas enteras. El político es un sujeto que prioritariamente se dedica a luchar por el poder y, con lo que le queda de tiempo y energía, a hacer cosas. (Salvo excepciones, es casi mejor para la ciudadanía que se dedique solo a lo primero.)
 
Los efectos anímicos del 28-M duraron hasta el 23-J, y los de estos han durado hasta el 18-F. Tras el 28-M el PP estuvo gallito y el PSOE achantado. Tras el 23-J, el PSOE gallito y el PP achantado. Tras el 18-F el PP vuelve a estar gallito y el PSOE achantado. Esto durará hasta las siguientes elecciones: las vascas, las europeas... Nuestros partidos políticos son como personajes de Almodóvar: permanentemente al borde de un ataque de nervios. O de Tennessee Williams: a punto del estallido emocional sobre el tejado de zinc caliente. Son ciclotímicos de libro, en ciclos marcados por las citas con las urnas.
 
Mientras que, gracias a su éxito el 18-F, en el PP parece haberse aplacado el impulso conspirador y los brutísticos puñales contra el César han vuelto a sus fundas, el desastre electoral gallego del PSOE ha sacado del desván el estado de ánimo derrotista que se esperaba el 23-J. Entonces hubo una inesperada tregua y han sido siete meses menos cinco días de alivio y obediencia al líder. Al líder lo siguen obedeciendo, pero se especula sobre malestares y discrepancias que no traspasan el ámbito conjetural. En cualquier caso, la existencia de estas especulaciones es el dato: tal vez no pase nada, pero esas especulaciones son lo que pasa.
 
Las noticias para el PSOE son muy malas y yo tengo la peor. Se habla de que con Sánchez abandonó su esencia, de que ha dejado de ser un partido de mayorías y ahora se limita a asociarse con populistas, comunistas, regionalistas, nacionalistas, proetarras, golpistas y delincuentes varios para mantenerse en el Gobierno; y que esto, como se ha visto en Galicia, lo llevará a la ruina. Se sueña vagamente con la posibilidad de la vuelta a un PSOE sin Sánchez, de nuevo sin Sánchez. Mi noticia peor es que eso no es posible porque ya entonces, cuando aún no estaba Sánchez ni se habían producido los destrozos de Sánchez, el PSOE no funcionaba.
 
Cuando llegó Sánchez, el PSOE se encontraba en un estado de atonía perdedora. Las primarias que se disputaron en 2017 entre Patxi López, Susana Díaz y Pedro Sánchez (de regreso este tras su salida forzada de 2016) eran en sí mismas un certificado de defunción del PSOE: ¡qué tres! Pero Sánchez le compró a Pablo Iglesias su estrategia de pactos, presentó la moción de censura y llegó a presidente. Un golpe con el que no contaba el PSOE y que le devolvió el poder al PSOE. Fue Sánchez el que lo sacó de la atonía perdedora, el que lo revitalizó. A partir de aquí, Sánchez extremó la sanchización del PSOE, desmantelando los dispositivos de crítica interna y sometiendo a los suyos a una fidelidad epiléptica. Pero no había otra. La noticia peor es que al PSOE solo le queda Sánchez. 
 
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18.2.24

Galleguidad, vulgaridad y algo de picar

[Montanoscopia] 

1. Las encuestas sobre las elecciones autonómicas de Galicia llevan hoy a la izquierda gallega y a la derecha gallega a un estado de suma galleguidad: no se sabe (¡ni ellas lo saben!) si suben o si bajan. Esta noche las urnas sentenciarán, antigallegamente. 

2. Feijóo tampoco sabe si sube o si baja, pero sí sabe que si baja puede hacerlo a sangrientos sótanos sacrificiales. Ahora que lo pienso, los partidos políticos son como los personajes de La sociedad de la nieve: si el avión se estrella, están dispuestos a comer carne humana. Sobre todo la del capitán. 

3. De la misma manera que un mono tecleando infinitamente acaba escribiendo el Quijote (¡o El manuscrito carmesí!), Sánchez y yo teníamos que terminar cruzándonos en nuestras órbitas en algún momento. De repente nos vemos codo con codo defendiendo lo mismo, como colegas de toda la vida: la canción "Zorra" (¡que solo podría mejorar si se llamase "Guarrona", mi palabra favorita de los últimos meses!) y la maravillosa vulgaridad de Inés Hernand, tras su fascinante chisporroteo chabacano de los Goya, que fue entretenidísimo, a diferencia de los Goya. Ahora Sánchez y yo estamos solos defendiéndolas a ambas, mientras el puritanismo y el buen gusto nos cercan y acribillan. Pero yo por una buena causa moriré junto a usted, presidente. ¡Y que Idafe nos traiga algo de picar mientras tanto! 

4. De "Zorra" ya he escrito, pero de Hernand aún no. Su performance en directo es lo más importante que ha pasado en la televisión española desde la borrachera de Arrabal en el programa de Dragó y, unos años antes, la entrevista de Paloma Chamorro a Genesis P-Orridge y la actuación de este con su grupo Psychic TV. Con Hernand, pues, regresó por un rato el espíritu de los ochenta, con su irreverente franqueza fisiológica de eructos y meadas, que en una mujer me quedan divinas (en un hombre tendrán también su público). Fue en ese contexto en el que Hernand piropeó a Sánchez llamándolo "icono", como a todo el mundo. Podría haberle llamado Erik Satie. Todos somos iconos, al fin y al cabo, y en este sentido Hernand fue una gran igualadora. Ignacio Jáuregui recordaba también los eructos y pedos de Gurruchaga con el desaparecido Senillosa, político que salió en otra ocasión duchándose en la tele con el culo al aire. De Senillosa, además de esto, recuerdo que por su boca oí por primera vez el nombre de Chateaubriand, cuyas Memorias de ultratumba son mi lectura cronogramada de 2024. ¡Todo encaja en este cambalache! 

5. Contra Hernand se alzaron las voces del "buen gusto", encarnadas, por ejemplo, en tertulianas de argumentario de partido y en adocenados figurones de la convencionalidad televisiva. Eso es el "buen gusto", al cabo. Por ello los petardos (¡de hombros desnudos!) de Hernand estuvieron muy bien tirados. 

6. El ministro Óscar Puente no se limita a ser un pedazo de carne orangutánica (¡no sabemos si comestible!), sino que encima piensa. Su idea de que la amnistía sirve para ahorrarle trabajo a la Justicia es brillante. Para seguir por ese camino, habría que despenalizar y/o amnistiar todos los delitos, y no solo aquellos que aúpan (y sobre los que se aúpa) el Gobierno. 

7. El problema de Carmen Calvo, nueva presidenta del Consejo de Estado, no es que, como se exige para el cargo, no sea una "jurista de reconocido prestigio". Es que "de reconocido prestigio" no es ni jurista ni ninguna otra cosa. 

8. Sánchez: "La única verdad de Feijóo es que todo en él es mentira". Los tiene cuadrados. Sánchez. (¡Idafe, dónde está lo de picar!) 

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15.2.24

Feijóo, niño dickensiano

Hay que comprender a Feijóo: mira por el escaparate de la pastelería cómo Sánchez se come todos los pasteles. Se los come porque puede comérselos; porque se lo permite y se lo permiten. Feijóo no tiene esa suerte, y la envidia. Con la carita pegada al cristal pone cara de niño pobre de Dickens. Se da pena, nos da pena.

La ola de suicidios políticos del PP sigue imparable. Se suicidó políticamente Casado (¿alguien se acuerda de Casado?) y Feijóo tuvo un primer suicidio como futuro presidente en las elecciones de julio. Como apuntó Ignacio Varela, Feijóo las tenía ganadas y él solito las perdió. A Casado lo comparé en su día (¡lo miro y hace solo dos años y dos meses!) con el Tiriti, aquel motociclista Carlos Cardús que se saboteó un campeonato que tenía ganado arrancando cables de su moto en la última carrera. Feijóo ha demostrado ser el Tiriti II. Y como sigue en competición, sigue saboteándose.

Hemos de resignarnos a que los políticos no sean nada, solo tecnócratas del poder. Esta es su esencia, su única función, su único valor (este último, tanto en la acepción de precio como la de principio). A partir de aquí, hay variaciones entre unos y otros, dependiendo (aparte del carácter singular de cada uno) de los límites que se pone y los límites que le ponen. De su, en resumidas cuentas, capacidad de maniobra; de su operatividad.

Feijóo llegó de Galicia a Madrid con el plan inmediato de ser presidente del Gobierno. De presidente (de la Xunta de Galicia) a presidente (del Gobierno de España), ese era su plan. Cuando el 23-J ganó las elecciones generales pero no le dieron los números, vio que Sánchez podía comerle el pastel, que fue lo que ocurrió. Feijóo, dickensianamente, veía en el escaparate de la pastelería los votos de Junts, de ERC, del PNV... todos esos pasteles a los que Sánchez tenía fácil acceso pero él no. Y no se resignaba. Lo intentó, pero los pasteles se mostraron refractarios. Su pecado fue intentarlo, pero un niño de Dickens no podía hacer otra cosa. ¡Era tanto el deseo!

Ahora el PSOE, que se comió todos los pasteles, le reprocha al PP que se le pasara por la cabeza probar alguno. La superioridad pastelera adopta también la escenificación de la superioridad moral. Forma igualmente parte de la lucha desigual, de ese tablero inclinado del que hablan Cayetana Álvarez de Toledo y Emilia Landaluce.

Pero es un error seguir hablando de los políticos: desde el 23-J creo que ya solo se debe hablar del electorado (o de aquellos, en todo caso, como subproductos de este). Es la censura moral de la prensa y los votantes afines a cada partido (o a su orientación ideológica) los únicos que pueden impedir que un político se coma determinados pasteles. La glotonería de todo político por el poder tira hacia los pasteles, y los cogerá y se los comerá si nadie le para severamente la mano.

A Feijóo se la han parado los suyos. A Alberto Garzón, por cierto, también: el chaparrón de críticas tras el anuncio de que iba a ingresar en el lobby transversal de Pepiño Blanco le ha hecho retractarse. Si Sánchez no tiene límites es porque su electorado no le pone límites, o porque él sabe ir ampliándolos pasito a pasito, como dice Daniel Gascón que se traspasan las líneas rojas.

Recaiga, pues, la censura moral (aunque inútilmente, claro) en el electorado del PSOE: ese sector de la población embarcado en una lucha guerracivilista sin concesiones por el poder, puro franquismo sociológico de adhesión al líder.

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11.2.24

'El País', los dos movimientos del sanchismo y Thomas Bernhard

[Montanoscopia]
  
1. El País fue nuestra Madeleine. En esta frase confluyen las dos tramas en que llevo enredado desde enero: Vértigo, por el ensayo de Manuel Arias Maldonado sobre la película de Alfred Hitchcock, y El País, por el despido de Fernando Savater y la despedida de Félix de Azúa. Sin ellos el periódico ya no existe; al menos, mi periódico. El que queda es un habitáculo bajo la histórica cabecera para los trumpistas del sanchismo. Estuvimos hablando de ello tras la presentación en Madrid de Ficción fatal, en la que se resaltó la tragedia del pobre Scottie, enamorado de Madeleine, la mujer inexistente que crearon para él. Arcadi Espada había argumentado en su podcast y en su columna de El Mundo que en realidad El País nunca fue lo que pensábamos que era. El periódico que amamos nunca existió. Entonces lo dije: El País fue nuestra Madeleine. 
 
2. (¡Otra entrada con el número dos!) El sanchismo ha fomentado dos movimientos simultáneos y en colisión, nefastos ambos a su manera: uno nefasto estéticamente, otro nefasto político-moralmente y ante todo intelectualmente. El primero, el energumenismo de los antisanchistas. El segundo, la obediencia ciega de los sanchistas. Los antisanchistas, fuera de nuestras casillas por las actuaciones de Sánchez, damos un espectáculo de obcecación que, aunque se corresponde con lo que está pasando, no queda bien y se desactiva a sí mismo. Los sanchistas, sin ninguna credibilidad porque se lo consienten todo al ya de sobra desacreditado Sánchez, se configuran como masa ciudadana perdida, acrítica, técnicamente franquista (de su Franco particular). Por los gobiernos de Sánchez sabemos algo que no sabíamos, o al menos no tan a fondo: haga lo que haga un presidente del PSOE, tendrá el apoyo incondicional por parte de los suyos. No hay conversación pública española. Solo hay una lucha de poder. Ante esto, no obstante, no debería incrementarse el energumenismo. Bastante es ya que se incremente la desesperación.  
 
3. De pronto parece que empieza a ganar en España el Estado de derecho. Su fortaleza es lo que se prueba cuando advienen al poder (por legítimos medios democráticos, eso nadie lo pone en duda, pese a la propaganda que emiten) sátrapas como Trump, Bolsonaro o Sánchez. Otra cosa es la sociedad traumatizada y tensionada que dejan detrás. Su planteamiento es técnicamente el de una guerra civil: el fomento de los dos bandos irreconciliables que luchan para imponerse el uno al otro. El Estado de derecho es lo que queda de la antigua reconciliación: lo que queda y lo que se proyecta si mantiene su fuerza. Que el Estado de derecho en su puro ejercicio formal parezca que toma partido solo es el síntoma de la embrutecida situación.  
 
4. Reordeno mi canon bernhardiano. A falta de Helada y Trastorno para haberme releído todas las novelas de Thomas Bernhard, pongo Tala, nada más terminarla, en la cumbre. Antes tenía Corrección, que sigue siendo la más radical y sin duda también una maestra, pero Tala es mejor: sublime, altísima en su nivel sin un solo decaimiento. Cerca estaría Maestros antiguos. Y luego, ya sí, Corrección. Junto a ellas, su otra obra maestra absoluta: la pentalogía autobiográfica (El origen, El sótano, El aliento, El frío, Un niño). Otras grandes novelas de las duras: las dos mencionadas al principio, Helada y Trastorno, más La Calera y Extinción. Otras grandes novelas de las ligeras: Hormigón, El sobrino de Wittgenstein (autobiográfica), El malogrado, , Los comebarato. Y los cuentos. Y las obras de teatro. No están mal los poemas. A la pregunta de por dónde empezar a leer a Bernhard: por Mis premios o por sus libros de conversaciones. 
 
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8.2.24

Teoría de la zorra

Por fin me he puesto "Zorra": ¡es una gran canción festivalera! Un poco de aire fresco para Eurovisión, ese horrendo espacio hortero-folclórico en el que se manifiesta la peor Europa posible: la que yo llamo "la Europa de las autonomías". Todos los países tomados por sus tics autóctonos, bailando y canturreando sus jotas o sevillanas particulares. O peor: ¡sus aurreskus! Solo falta un etarra de cada país recibiendo el homenaje mientras devora pintxos pagados por el caserío. Frente a ellos, España manda a una emisaria hedonista, moderna, ¡savateriana!
 
Ya mencioné el canto a las "guarras y cachondas" de Fernando Savater en Carne gobernada. Allí cita esto memorable de Fernando Villalón: "Me gustan las mujeres que se quitan las medias a patadas". "Cachonda" se suele decir elogiosamente, con complicidad, jamás como insulto. "Eres una cachonda" no es ni puede ser un insulto, aunque lo pretendiera el que lo dice. "Eres una guarra" o "eres una zorra" sí pueden serlo y lo son habitualmente. Aunque no lo son necesariamente. En la frase de Savater no lo es. En la canción de Nebulossa tampoco. Son palabras redimidas ahí, por la intención del emisor o la emisora. Palabras desafiantes.
 
Ya lo hicieron en los ochenta las inevitables Vulpes con "Me gusta ser una zorra". Arremetieron entonces contra la canción las derechas nacionalistas y la derecha nacional, encabezadas por el Abc de Ansón, que montó una campaña de aúpa. Ver ahora a las feministas que claman contra "Zorra" alineadas con el Abc de Ansón es uno de los escasísimos premios que tiene cumplir años. Poder establecer estos puentes: ver exactamente de dónde manan la moralidad, la religión, la represión.
 
Esta provocación está muy vista, desde las frases de Mae West a la canción "Bitch" de los Rolling Stones, que recordaba nuestra Ruby Tuesday, o varias de Almodóvar & McNamara. Pero las ampollitas que ha levantado "Zorra" prueba que sigue estando operativa. El empaquetado de Nebulossa es inteligente, puesto que le rinde al espíritu de la época el "empoderando" y la coreografía de zorras masculinas (tacones, cueros y culos). Lo que hace es adueñarse de la imprecación y habitarla sin victimismo, sin culpa; con valentía y placer. Tal vez aquí haya una clave, por cierto. La zorra, además de obtener placer, lo da. A los hombres. Este es el problema para algunas antizorras.
 
Otra cosa, naturalmente, es que los hombres no estén a la altura de la mujer que se declara zorra. Lo escribió Jaime Gil de Biedma en los años sesenta en su poema "A una dama muy joven, separada". A esta, que ha abandonado su matrimonio, le dice el poeta: "Hoy vestida de corsario / en los bares se te ve / con seis amantes por banda / –Isabel, niña Isabel–, // sobre un taburete erguida, / radiante, despeinada / por un viento solo tuyo, / presidiendo la farra". Después: "De quién, al fin de una noche, / no te habrás enamorado / por quererte enamorar! / Y todos me lo han contado". Termina con estas dos estrofas crudas: "Que la sinceridad / con que te has entregado / no la comprenden ellos, / niña Isabel. Ten cuidado. // Porque estamos en España. / Porque son uno y lo mismo / los memos de tus amantes, / el bestia de tu marido". Contra estos, lo que proclamaba Agustín García Calvo (incluso, me resigno a ello, en la voz y con la musiquilla nada eurovisivas de Amancio Prada): "Libre te quiero, / como arroyo que brinca / de peña en peña. / Pero no mía".
 
Las cosas estaban así hasta que Pedro Sánchez ha incorporado a las zorras como entes gubernamentales. Para el presidente es o "Zorra" o el "Cara al sol". Menudo corte de rollo. 
 
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4.2.24

Gomá, Ana Belén, Sánchez y la fachosfera

[Montanoscopia] 

1. Vino Javier Gomá a Málaga a presentar, en conversación con Manuel Arias Maldonado, Universal concreto (Taurus). Intenté escribir sobre el libro cuando se publicó hace unos meses, pero me intimidaba su perfección. No se me ocurrían frases que no parecieran churretes en el cristal. En la sala se percibía la admiración (devoción en muchos casos) que Gomá despierta. Eran seres singulares: mujeres interesantes, abogados, profesores, algún poeta, algún artista, filósofos. Le prestaron su atención, como dice Gomá, y este les dedicó atenciones. Fue una sesión memorable. De un aspecto sí puedo escribir, desde fuera. Pregunté sobre ello. Hay algo borgiano, de personaje de Borges, en el Gomá de Universal concreto. El autor dice que no es una síntesis de su tetralogía de la ejemplaridad, sino un libro único: el libro que hubiera escrito desde el principio si hubiera podido, si hubiera sabido escribirlo. Los de la tetralogía, y los otros de su órbita que también ha venido escribiendo estos años, constituyen así una biblioteca sustitutoria, de tanteo. Estos libros no estaban preparando Universal concreto, sino que estaban preparando, junto con la experiencia de la vida, al autor capaz de escribirlo. 

2. La presentación de Universal concreto tuvo lugar en el auditorio del Museo Picasso. En un momento dado se repitió lo de que este artista es el gran genio malagueño. Para mí es una afirmación falsa y tuve el impulso de hacer, con el micrófono que se nos brindaba al público, no mi pregunta, sino esta declaración: "¡El gran genio malagueño, el único al que reconozco, es Chiquito de la Calzada!". Pero en el ultimísimo momento opté por no alterar la velada que tan ejemplarmente transcurría. 

3. En el avance de la entrevista de Jordi Évole a Ana Belén que esta noche se emite en La Sexta, el presentador le dice a la cantante que en los mítines de Vox suena por los altavoces su canción España camisa blanca de mi esperanza. Ana Belén, al borde del soponcio, sentencia: "No han entendido la canción". ¿Cómo que no? Es una canción perfectamente ultraderechista, como todas las del género cantautoril. Las dos cepas musicales reaccionarias han sido siempre en España la canción de autor y la tuna. Cantautores y tunos, se perciban a sí mismos como se perciban (los cantautores, ya sabemos, como progresistas a tope), son nuestros fascistas musicales realmente existentes. En los mítines de Vox deberían poner también Clavelitos. (¡Armas fascistas guitarras y bandurrias!) 

4. Ana Belén no es propiamente cantautora, vale. El cantautor es Víctor Manuel, su marido. Pero con este forma una suerte de consorcio matrimonial-cantautoril. ¡Ellos son el verdadero Consorcio! Técnicamente Ana Belén es, pues, una cantautora. Y por lo tanto es un objetivo de mis denuestos anticantautoriles. "Toda la pobre inocencia de la gente", decía en otra canción. Tal vez el verso más pringosamente fascista (y no era de Víctor Manuel: ¡se te adelantaron, chato!) de toda la canción de autor. 

5. El dispensador de chistes para uso del poder Idafe ha llegado a la cumbre. Después de que el ministro Puente se sirviese de lo de "fachosfera", lo ha hecho también el presidente Sánchez en una entrevista de La Vanguardia. "Toda esa fachosfera", dice Sánchez, "lo que hace es polarizar, insultar". Hablar de "fachosfera", en cambio, no es polarizar ni insultar. Ni hablar de "derrocar" al Gobierno, como si fuera un ente absolutista al que no se pudiera criticar (¡o no votar!) legítimamente, sin incurrir en delito. Los periodistas de La Vanguardia (lo señaló Alsina) le hicieron el favor a Sánchez de cambiar derrocar por derrotar. ¡Buenos chicos al servicio de Sánchez estos periodistas! 

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2.2.24

También Azúa

[La Brújula (Opiniones ultramontanas), 3:52:11

Buenas noches. Tampoco está ya Félix de Azúa en 'El País'. A este no lo han echado, sino que se ha ido voluntariamente por complicidad con su amigo Fernando Savater. Aunque hacía un tiempo que lo tenían confinado en Cultura, para que no se metiera en política. Con la desaparición de Savater y Azúa se extingue no solo mi último vínculo con 'El País', sino también con toda la prensa de papel. Ahora nada más la leo en digital (y a Savater y Azúa los seguiré leyendo en 'The Objective'), pero me pasó algo curioso en los años de transición. Entonces, después de leer a estos dos articulistas por internet, aún sentía necesidad de ir a comprar el periódico los días en que ellos (y únicamente ellos) publicaban. Azúa era el más puro. Tallaba sus columnas como poemas; pero no poemas blandos, sino duros: al modo de los pequeños poemas en prosa de Baudelaire. Dureza de diamante, con destellos crudos y a la vez bellísimos, que abrían el abismo encantado de la realidad: alucinaciones lúcidas también a lo Hölderlin. Jamás había alcanzado la prensa tal nivelazo. Su inteligencia estaba regada de humor, con frecuencia sarcástico. Su gusto por la gamberrada, de estirpe vanguardista, la mantiene ahora que le pirra disfrazarse de carcamal, con la misma sonrisilla. Su último petardo ha sido hablar del "terror feminista" que impera en la redacción de 'El País'. Caballeroso siempre, les ha permitido a las redactoras desahogarse contra él. Me encanta una foto que han puesto algunas en Twitter, perfectas, soberanas, habitando con plenitud y con gracia el mundo que hombres como Azúa ayudaron –naturalmente con ellas– a construir. Mi diversión es ver hoy a Azúa en estéreo, con su pasado y su presente juntos: obra de arte total en la época del acabamiento del arte.

1.2.24

Savater en estilo tardío

Después de que echasen a Fernando Savater de El País (ese periódico que de pronto hace aspavientos contra Puigdemont por su jugarreta a Sánchez: perro come perro) he leído Carne gobernada (Ariel), hermosamente crepuscular. Algunos paladares estropeados por el periodismo lo han minusvalorado, pero es un libro espléndido. La clave para su lectura es la de su escritura. Savater la asimila al estilo tardío que describió Edward Said; "una de cuyas características”, anota Savater, “es soportar mal los organigramas, presentarse con cierto desgarbo argumental y oponerse no solo a los gustos de la época sino a la propia obra anterior del autor". Y añade: "Cuando era más puntilloso (y presumido) por culpa de la juventud, me habría sonrojado el desaliño de estas páginas, pero ahora hasta gracia me hace". Un desaliño muy cuidado: baste observar ahí mismo la suave habilidad con que atenúa la asonancia entre páginas y gracia. Su estilo es tardío, pero se mantiene excelente. Recuerda a Montaigne (¡su sprezzatura!), o al John Lukacs de Últimas voluntades.

De amor, deseo y política trata Carne gobernada. De lo contingente ("en elogio del tiempo convertido en suspiro"). De los temblores del cuerpo y las propulsiones de la imaginación. De los vicios que refuerzan, como el alcohol. De la edad debilitadora. Del sexo como "ancla de misericordia". De los baños en el mar. Hay un pujante canto al amor romántico y una gloriosa apología de las guarras. El recuerdo vivo de Pelo Cohete y los revolcones con K. Hay anécdotas y reflexiones. Razones y exabruptos. El pasado y el presente. San Sebastián, México, Italia. Literatura, cine y sueños. El tono es el de una cierta languidez con nervio, como una variación grata del Savater joven y el maduro. A los lectores que lo hemos apreciado siempre nos gusta esta prolongación recopilatoria, con paso distinto. Escribe de su ruptura con la izquierda, pero sigue defendiendo una socialdemocracia liberal. Sin los oscurantismos vigentes de los izquierdistas oficiales. El efecto podría pasar hoy por reaccionario: los catecúmenos lo azuzan en esa dirección. Pero avanza por las páginas con una encantadora libertad, entre despreocupada y destemplada, a ratos insolente o faltona, con esa "segunda inocencia, / que da en no creer en nada" de que habló Antonio Machado. Es por lo demás un libro entrañablemente sentimental.

Los duros y certeros párrafos dedicados a El País, que parecen escritos para promover su expulsión, se leen ya como un epitafio. Epitafio más del periódico que de Savater. Aunque el espíritu de la época va con el periódico. Un signo es que uno de los colaboradores con los que se mete, Sergio del Molino (que se prestó a escribir un artículo contra él por encargo del entonces jefe de opinión, el maniobrero Jordi Gracia), ganó a los dos días el premio Alfaguara de novela, dejando a Savater como colgado del denuesto infructuoso. En otros tiempos era Savater el que ganaba los premios. Recuerdo que Salvador Pániker contaba en sus memorias que, cuando perdió el nacional de ensayo de 1982 con Aproximación al origen porque se lo dieron a Savater por La tarea del héroe, su competidor le parecía "insultantemente joven". Aquello ya se terminó, con la sabia colaboración del protagonista: era el precio de seguir vivo, disgustando cuando había que hacerlo. Entre los miembros del jurado del Alfaguara estaban este año los capitostes de la cultura Juan José Millás, Rosa Montero y Manuel Rivas, que nunca han meado fuera del tiesto sino siempre dentro, con soporífera previsibilidad. El libro de Del Molino será bueno. El anterior, Un tal González, era muy bueno. El mundo sigue su implacable marcha, antisavateriano.

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