21.5.26
17.5.26
Optar por el crimen estético menor
[Montanoscopia]
1. No me he querido poner el vídeo de Juanma Moreno, el barón cantante, porque me temo lo peor. Lo peor incluye saber que, si me lo pongo, será definitivamente peor que todo lo que me haya imaginado. Siempre hay impedimentos para el votante fino, incluso en las convocatorias acuciantes. Las elecciones no están hechas para el votante fino. Las elecciones son también un espectáculo de masas que impone su rebaja estética. Aunque lo que hace Juanma Moreno en un vídeo es lo que hace María Jesús Montero en todos sus vídeos (y no vídeos). Más que optar por el mal menor, se opta por el crimen estético menor.
2. La fatalidad de las elecciones autonómicas es que no pueden dejar de incurrir en regionalismo; regionalismo que, en los casos exacerbados y enfermos, es nacionalismo. Hasta Vox tiene que modular en Andalucía su "prioridad nacional" como "prioridad andaluza". Su "prioridad nacional", en fin de cuentas, tenía algo de autonómico. El nacionalismo español, actualmente, no es más que la consideración de España como una autonomía: con la habitual matraca autonómica (regionalista, nacionalista) aplicada a España.
3. Se podría hacer una defensa de ese eufemismo, o desvío, que es decir "el Estado", o "el Estado español", en vez de "España". España sería en tal caso exactamente ese ámbito libre de autonomismos, de matraca autonómica. Una limpia instancia administrativa, neutral, universal: para todos de un modo higiénico. España es hoy la patria exacta de la ciudadanía, sin adherencias espurias. Salvo cuando se inflama, como en Vox o Ayuso, justamente en una dirección inferior, autonómica.
4. Me lo pasé pipa con el artículo antitaurino de Arias. Por un lado, por ver cómo superaba en su terreno al amacetado Vicent; por el otro, por las reacciones taurinas, tan divertidas retóricamente: esos tangos verbales bailados en un charco de sangre animal. Yo no soy antitaurino, pero en mi concepción de los toros (menos artística que existencial) no se puede soslayar la brutalidad que suponen. Lo más gracioso fue ver cómo los taurinos respondían adocenadamente en manada, con su palabrería recalentada de cabestros, mientras Arias permanecía solo en el centro de la plaza con sobriedad torera. En un salto supongo que desmesurado, me recordó al joven socialdemócrata de La emboscadura, que abatió en el portal a varios nazis que intentaban acceder a su domicilio. Escribe Jünger: "Aquel hombre continuaba siendo partícipe de la libertad sustancial, de la antigua libertad germánica que sus adversarios ensalzaban en teoría". También se podría remedar a Walter Benjamin ante esas insoportables tiradas culturalistas de los taurinos, en las que siempre termina apareciendo Jean Cocteau (¡Jean Cocteau!): "No hay documento de tauromaquia que no lo sea a la vez de barbarie".
5. En la querella entre el Orden y la Aventura que poetizó Apollinaire, ocupan un lugar admirable aquellos que profesan el orden exterior y la aventura interior. Un buen ejemplo es David Delfín, poeta de Málaga que se llama igual que aquel modisto que ya murió (y al que conocí, por cierto, diez años antes de su fama, cuando era camarero en el Corazón Negro, mítico bar de Madrid). Este mismo solapamiento nominal contribuye a la discreción del David Delfín poeta, que para la vida externa guarda amabilidad, cierta grisura, atención contenida hacia los otros, y que para la interna, cuando escribe, desata laberintos de explorador radical. Su nuevo libro, Oqueruela Tékne (Maclein y Parker) sitúa al lector en un territorio inestable que suscita proyecciones íntimas. En su indagación de lo que el poeta quiere decir (mejor dicho: dice), uno se adentra en esas otras posibilidades de mundo que lanza la poesía.
* * *
En The Objective.
14.5.26
La muerte en Twitter
Soy ante todo un fetichista de las fechas, pero tampoco les hago ascos a los números sin más. No incurro en numerología, simplemente acojo el aire poético que me viene de los dígitos, a veces suscitado por sentimentalidades biográficas. Contra Vila-Matas, me gustan los números redondos. Y, pese a la advertencia de Borges, no me importa sucumbir a las reconocidas arbitrariedades del sistema decimal: acepto el castillo de pureza edificado sobre el hecho de que tenemos diez dedos (salvo Lula da Silva y el fundador de la estirpe Seisdedos, habitantes de una aritmética ajena.)
En Twitter siempre me ha gustado tener una cifra fija de seguidos, por ponerle puertas a mi campo: funciona como cifra de control. Durante años fue 666, que podía subir a 667 pero no más. Si me faltaba, añadía a alguien; si me sobraba, eliminaba: siempre hay fluctuaciones, con frecuencia ocasionadas por quienes cierran su cuenta cuando salen y la reabren al volver. Hace pocos meses decidí, sin una razón específica, bajar a 600. Tenía que cargarme peña. ¿A qué peña? Me puse a repasar a mis followed de uno en uno para quitar a los inactivos; a los que llevasen, establecí, un mínimo de quince meses sin tuitear.
Lo que iba a ser una tarea burocrática, de sobrio barrido, se convirtió en un empeño melancólico. Me fijé en muchos, en muchas, con quienes tuve en el pasado conversaciones fluidas y frecuentes. Ahora estaban congelados, congeladas, en un último tuit de 2021, 2019, 2016, 2015 o 2011. Como no tenía noticias por otros medios, me asaltó una pregunta insidiosa: ¿estarían muertos? En Twitter hay amigos, amigas, que solo conocemos de aquí, sin ningún nexo común en la vida de fuera, nadie que avise si les ha pasado algo. Desaparición puede ser igual a muerte. Y en cualquier caso es la muerte en Twitter. Gente que ya no está.
De otros sí nos enteramos de que han muerto, lo anuncian sus próximos (cuando no viene en la prensa, si tienen fama). Son muchos ya en todos estos años. He establecido un protocolo cuando ocurre. Los bloqueo un instante para que dejen de seguirme (en modo póstumo ya) y yo deje de seguirles también: así libero sus hilos, en lo que a mí respecta. Es mi manera cerrarles los ojos. A veces, pasado el tiempo, me asomo a ver cosas que dijeron cuando entonces. Hay casos tristísimos, de amigas que iban a entrar en una operación y ya no salieron. En otras ocasiones, la muerte llegó inadvertida. Hay tuits muy bellos como últimos tuits, los mejores son los que trazan un último gesto de cotidianeidad. En ellos perdurará siempre una potencia de vida como trilobite.
Al cabo, aquí hemos vivido y seguimos viviendo. En forma de palabras, de frases adosadas a un nombre real o ficticio (todo nombre real es igualmente ficticio). Es en verdad una vida intensificada. Y sobre todo es vida, aunque sin cuerpos. El éxito de Twitter frente a otras redes es que aquí siempre hay alguien. En mi Timeline tampoco se pone nunca el sol, porque cuando es de noche en España es de día en Brasil. Siempre tengo brasileños, brasileñas, a deshoras.
Pero vuelvo a los muertos. O a los que supieron irse a la vida de fuera. Con algunos hablé muchísimo y jamás los conocí en persona. Incluso nos cruzamos confidencias. Somos marcianos de nosotros mismos, posados en este planeta electrónico con palabras que nos transmiten, tras una danza de dedos. Pura magia cotidiana. Algún día los dedos no pulsarán las teclas y no aparecerán palabras bajo nuestro nombre real o ficticio.
* * *
En The Objective.
10.5.26
Apuesta pascaliana por Juanma
[Montanoscopia]
1. No pienso volver a desvelar jamás mi voto. Lo hice en las generales de 2019 y todavía me lo recuerdan. En realidad no fue un voto, sino una abstención: mi abstención de castigo a Rivera por la peperización de Ciudadanos. La consecuencia de mi abstención (bueno, y de la de un millón de votantes de Ciudadanos más) fue la desaparición del partido. Desde entonces mi amigo Arias, por ejemplo, dedica la mitad de sus artículos a exigirle responsabilidad al votante, y la otra mitad a meterse con el único votante que ha sido responsable en toda la historia electoral de España: ¡yo!
2. A estas alturas ya tengo decidido (¡en secreto!) mi voto (¿o mi abstención?) para las elecciones andaluzas del domingo que viene. Los candidatos son todos lamentables. Los miraba uno a uno en el debate electoral de TVE, que pillé empezado, y consideraba que no se podía ser más lamentable. Pero apareció el moderador Fortes y respiré: al menos ninguno de los candidatos era lo más lamentable.
3. La célebre apuesta de Pascal no me ha hecho creer en Dios, pero es brillante su planteamiento: la creencia en Dios es una apuesta segura, porque si Dios existe la recompensa al morir es infinita; y si no existe, el apostante habrá llevado en todo caso la vida mejor que, según Pascal, la creencia en Dios proporciona. La alternativa: el infierno o una vida peor. Me convierto por un momento en un Iván Redondo (es decir, en un botarate con ínfulas) para el PP y le brindo una apuesta pascaliana por Juanma: votar a Juanma es una apuesta segura, porque si consigue mayoría absoluta el alivio es infinito; y si no la consigue y tiene que pactar con Vox, el votante podrá llevar en todo caso una vida mejor que con María Jesús Montero. La alternativa: el infierno del PSOE y una vida peor.
4. Con El País no hay manera. Pensaba terminar la semana de su 50º aniversario con algo positivo y hablé el viernes en Onda Cero del glorioso suplemento Libros. Pero llega el sábado y me encuentro en el Babelia un elogio de Altares de "la valentía de decir no". ¡Cuando viene de decir "sí" en la conmemoración en que todos los del "no" estuvieron ausentes! Definitivamente, no se ven a sí mismos. No ven que ya no representan lo que proclaman, sino aproximadamente lo contrario.
5. La menesterosa alimaña Idafe pide en un tuit que los otros "se respeten un poquito". Al menos no pide algo inalcanzable: que lo respetemos un poquito a él.
6. El ridículo de Ayuso en México (sin duda asesorada por el prestigioso historiador Nacho Cano) al menos ha servido para que algunos columnistas del régimen dispongan de ese canapé en la bandeja de canapés de la actualidad para poder seguir poniéndose campanudos con asuntos menores mientras en el régimen está cayendo la que está cayendo (en la misma bandeja estaban el canapé del juicio de las mascarillas, el del desvío de dinero europeo y el del perverso sectarismo de la fiscal Peramato).
7. Sórdidas reapariciones. La de Fernando Simón, nuestra magdalena proustiana de la pandemia. Y la de Pau Marí-Klose, el Fernando Simón de la pobreza infantil.
8. Nuestro Ignacio Vidal-Folch (o sea, el Vidal-Folch bueno) ha publicado un punzante artículo contra las camisetas. Yo, como usuario de las mismas, me he sentido interpelado, si no agredido. Me veo obligado a sacar mi artillería en defensa propia, recordándole al lector aquello que destapó hace unos meses la prensa (o quizá la máquina del fango): que nuestro Ignacio Vidal-Folch escribe en chándal.
* * *
En The Objective.
8.5.26
El glorioso suplemento 'Libros' de 'El País'
[La Brújula (Opiniones ultramontanas), 1:44]
Buenas noches. Sobre los cincuenta años de El País en general me he expresado en otro sitio. Aquí quiero hacerlo sobre algo en particular de ese periódico: el suplemento Libros, que salía los domingos y se mantuvo desde 1979 hasta 1991, en que fue sustituido por el Babelia. El cambio resultó catastrófico, porque el Babelia, en fin de cuentas, no era más que un suplemento cultural. Es decir, una cosa inferior, como el ABC Cultural o El Cultural a secas. La célebre frase de Goebbels "cuando oigo la palabra cultura desenfundo el revólver" yo la aplico a los suplementos culturales; aunque lo que desenfundo es el matasuegras. Detesto tales suplementos, que se ocupan de libros, sí, pero también de música, de arte, de teatro ¡e incluso de ciencia! Todas estas materias las considero simples divertimentos, porque para mí la cultura son los libros y punto. En un suplemento se puede hablar de música, arte o lo que sea, ¡pero si hay libro! Los libros, ¡y solo los libros!, son lo serio. Por eso aquel suplemento Libros de El País, que hablaba solo de libros, era glorioso. ¡Ahí me eduqué, domingo tras domingo! Era el complemento ideal del buen bachillerato de entonces. Se dice pronto, pero en las páginas de Libros me enteré de la existencia de Pessoa, de Leopardi, de Cioran, hasta de Savater, cuando publicó La tarea del héroe e Invitación a la ética. De Pessoa recuerdo una página entera de los ochenta con pasajes del Libro del desasosiego, cuya imantación aún no he dejado de sentirla. Así que me olvido ahora de lo secundario, es decir, de todas las noticias que ha sacado El País en sus cincuenta años, y me quedo con la tipografía perfecta en que, en el glorioso suplemento Libros, un domingo descubrí a Pessoa.
7.5.26
Los réprobos de 'El País'
Me gusta estar donde estoy: en The Objective, con los réprobos de El País. De Savater y Azúa a Cebrián, pasando por Caño, Calvo, Prados, Pardo, Rico, nuestro director Nieto y algunos otros. Yo nunca estuve en El País, pero, como recuerdo con demasiada frecuencia, es el único periódico con el que he tenido una relación sentimental. Me desgarra que hoy esté roto, y que el peor pedazo sea el que se ha quedado dentro. En The Objective, por otra parte, me hago la ilusión de que estoy en un islote de exiliados, los mejores del país: pura historia de España.
En la celebración por los 50 años (que ha tenido la triste coda de la muerte de la exdirectora Gallego-Díaz; DEP) se han echado en falta a esos réprobos; algunos, como Cebrián y Savater, importantísimos desde la fundación del periódico. Pero lo cierto es que no podían estar. La mermelada ambiental se habría estropeado. Es un dato devastador: El País es un periódico herido que no podía ni mostrar sus cicatrices. La "memoria histórica" que tanto exhibe la elude aquí, como en otras cosas comprometidas. Me hizo gracia, por pasar a un asunto menor, que Jabois y Lindo se inventaran una fantasía sobre cómo se conocieron, quizá para no decir que los presentó un chico malo de The Objective. La genealogía ha de ser de sangre limpia, aunque ese chico sea socialdemócrata (el único, de hecho, que queda: su antisanchismo es justo por esa causa).
El País que yo amé fue el de "El País, con la Constitución". Aunque mis ejemplares inaugurales los hojeé ya a finales de los setenta, cuando algunos domingos los traía a casa un primo mayor (el primer universitario de la familia), lo empecé a leer y comprar justo después del golpe de Tejero. Aquel constitucionalismo heroico era lo que impregnaba mi lectura de la actualidad, que es la historia del presente mientras se está haciendo. Todavía cuando el golpe del independentismo catalán El País supo estar con la Constitución. Hoy en día lo hace solo nominalmente. Su trayectoria se ha quebrado por el seguidismo del turbio Sánchez, cuyas maniobras judiciales y demás filibusterismos no ha dejado de apoyar.
El principal problema con El País se deriva de la que es su principal virtud: esa tipografía y esa disposición límpida de las páginas que invitan a la racionalidad. Espada nos hizo ser conscientes de esto años después. Esa sobria parrilla diseñada para transmitir la verdad impone una alta exigencia, una altísima responsabilidad: justamente decir la verdad. Cuando se ha usado para otra cosa, incluso a veces para lo contrario, la irresponsabilidad es suprema: porque la mentira emitida va con el traje que mejor la camufla.
Por El País hemos aprendido desoladoramente que el Trump perfecto, aquel que no recibirá las justas críticas que recibe Trump, sino permisividad, cuando no elogios, ha de presentarse como antitrumpista. Y trufar su discurso no de bravuconadas fascistoides, sino de nobles ideales... mientras se actúa en sentido contrario. El que socava el Estado de derecho invocando el Estado de derecho, el que dice enfrentrarse a los bulos cuando es el primer emisor de bulos, el que aboga por combatir la polarización cuando es el máximo polarizador, el que habla de la verdad cuando su carrera política está construida sobre la mentira, es un Trump más nocivo para la democracia que Trump. Entre otras cosas, porque puede contar con el apoyo de un periódico como El País.
La situación es particularmente grave por esto. Es el Washington Post sosteniendo a Nixon. Los que se opusieron son los réprobos de El País.
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En The Objective.
3.5.26
El sanchismo mea sentado
[Montanoscopia]
1. En La Cultureta tratan de encumbrar a Ángel Antonio Herrera como poeta, a propósito de su antología personal Oler a loco. Pero cometen un error de pardillos: leen algunos de sus versos.
2. Paco Marhuenda inaugura su primera exposición de pintura, Centro, generosamente cubierta por medios afines. Veo, por las fotos, algunos cuadros. Preferiría no haberlos visto.
3. Los tertulianos naufragan por la parte estética, indigente en casi todos (mis amigos, gente cultivada, son una excepción). En el libro Tertulianos, de Antonio Villarreal, venía un caso sintomático, no poco descacharrante. Antonio Herrero le encargó a un pintor un cuadro sobre su tertulia radiofónica. La selección de los doce que aparecen con Herrero fue un vodevil en sí mismo, de gente que entra y que sale, como bien narra Villarreal. Una vez acabado, Herrero se encuentra con que el tercio superior del cuadro está vacío. Dado que hay tantos personajes, el pintor ha querido "darle aire". Pero Herrero no comprende: "¡Lo voy a cortar!". Esto por un lado. Por el otro, Ramón Tamames, propietario actual del cuadro, dice que solo se lo cederá al Reina Sofía si lo coloca junto al de la tertulia del Pombo de José Gutiérrez Solana. Entre ambos extremos de patanismo estético están los tertulianos, si no en los dos a la vez.
4. Babelia publica la lista de "los 25 libros más esperados de mayo". No está De todo tiene, el nuevo tomo del diario de Andrés Trapiello: el único libro realmente esperado.
5. Aquelarre por el 50º aniversario del diario El País, que se cumple mañana. Tiene algo de rito funerario, porque se trata de la celebración de un periódico que ya no existe: a los buenos los han echado todos. Un genio les queda, sin embargo: el que ha decidido que el evento sea en el Matadero. De Fernando Savater ni mu, naturalmente. En esta semana solo he visto una mencioncilla de Juan Cruz, pasando rápido. De Félix de Azúa igual: solo figura en un artículo de Jordi Gracia como autor de Historia de un idiota contada por él mismo. ¡Y entre aquellos a los que criticó el Defensor del Lector Carlos Yárnoz! Al menos han entrevistado al fundador y primer director, Juan Luis Cebrián. Esto ha impedido que El País haya alcanzado la cota del argentino Página 12, en cuyo 25º aniversario no fue invitado ni mencionado Jorge Lanata. Este se vengó después rompiendo y tirando el primer cartel del periódico en su programa de televisión.
6. En su debut en La Sexta, Aimar Bretos planteó, en formato reducido, un dilema como los de La cena de los idiotés de la Ser, para mí el Consultorio de Elena Francis del sanchismo: "¿Mear sentado o de pie?". Llevó a una experta (¡que nunca falten!) que aconsejó mear sentado. A Elvira Lindo se le escapó que en casa todos lo hacían así. De manera que en el sanchismo va a misa la postura. (Sobre la de cagar no se han pronunciado aún.)
7. En la impresionante entrevista que le hizo Rafa Latorre a Ketty Garat en La Brújula, para hablar de su libro Todos los hombres de Sánchez, lo más demoledor fue la conducta de muchos de sus, así llamados, compañeros de la prensa. Estos se han dedicado esta semana a denunciar el acoso de Vito Quiles a Begoña Gómez, la mujer del presidente. De las nocivas mamarrachadas de Quiles no hay más que añadir. Pero tiene bemoles que las críticas se centren en que no es un verdadero periodista, cuando por Ketty acabamos de corroborar cómo son verdaderamente justo esos que dicen serlo.
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En The Objective.
1.5.26
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