31.12.20

Lecturas 2020

Las lecturas van en el orden en que las hice (casi todas según las empecé; unas pocas según las retomé o terminé). Como siempre, un porcentaje (calculo que el 10%) fueron en diagonal. Las que he abandonado (algunas hay), naturalmente, no las pongo.

1. Borges. Adolfo Bioy Casares.
2. Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes (ed. A. Trapiello). 
3. Itabira (Antología). Carlos Drummond de Andrade (ed. P. del Barco). 
4. Las caídas de Alejandría. Luis Antonio de Villena. 
5. Contratextos. Sebastião Uchoa Leite (ed. A. Montejo). 
6. El corazón de la fiesta. Gonzalo Torné. 
7. Cuadernos (1957-1972). Emil Cioran. 
8. Cabeza de hombre. Armando Freitas Filho (tr. A. Montejo). 
9. Toma de tierra. Armando Freitas Filho (tr. A. Montejo). 
10. Correspondencia celeste. Nueva poesía brasileña (1960-2000) (ed. A. Montejo). 
11. Nostalgia del soberano. Manuel Arias Maldonado. 
12. Grandes galeones bajo la luz lunar. Luis Antonio de Villena. 
13. Una buena hora. Alejandro Simón Partal. 
14. República de Viento. Aurelio Asiain. 
15. No entres dócilmente en esa noche quieta. Ricardo Menéndez Salmón. 
16. Yas. Eduardo de los Santos. 
17. Octavio Paz: un camino de convergencias. Juan Malpartida. 
18. Días finales en Grecia (Cavafis, Gil de Biedma). Gustavo Durán. 
19. A infância de Portinari. Mário Filho. 
20. Cândido Portinari (1903-1962). Pinturas e desenhos. Pinakotheke. 
21. Gente que se fue. David Gistau. 
22. Diario de cabotaje. Una inmensa soledad. Rafael García Maldonado. 
23. Lo mucho que te amé. Eduardo Sacheri. 
24. Río que vuelve. Juan Malpartida. 
25. Reina. Elizabeth Duval.
26. “La caída de Roma”. W. H. Auden (trs. E. Iriarte / Víctor V. Úbeda). 
27. Una Odisea. Daniel Mendelsohn. 
28. La luz del sol. Álvaro Galmés Cerezo. 
29. Niveles de vida. Julian Barnes. 
30. Cancionero. Petrarca (ed. Á. Crespo). 
31. Descartes, por detrás. Paul Valéry. 
32. Portinari, amico mio. Cartas de Mário de Andrade a Candido Portinari (ed. A. Fabris). 
33. El tiempo amarillo. Fernando Fernán Gómez. 
34. Epigramas eróticos griegos. Antología palatina (libros V y XII) (eds. G. Galán y M. Á. Márquez).
35. Discurso del método. René Descartes. 
36. Cuatro cuartetos. T. S. Eliot (ed. E. Pujals). 
37. Días y noches. Andrés Trapiello. 
38. Montauk. Max Frisch. 
39. Memoria y vida. Henri Bergson (ed. G. Deleuze). 
40. Doble vida y otros escritos autobiográficos. Gottfried Benn. 
41. Serotonina. Michel Houellebecq. 
42. Excepción. Elizabeth Duval. 
43. Lo que fue presente (Diarios 1985-2006). Héctor Abad Faciolince. 
44. Los últimos románticos. Txani Rodríguez. 
45. A propósito de nada. Woody Allen. 
46. Um dia chegarei a Sagres. Nélida Piñon. 
47. La piel. Sergio del Molino. 
48. Let them call it jazz and other stories. Jean Rhys. 
49. Mar. Sophia de Mello Breyner Andresen. 
50. La gaya ciencia. Friedrich Nietzsche (ed. J. L. Vermal). 
51. Arcano 17. André Breton. 
52. Tratado de sortilegios. Óscar Hahn. 
53. Youth: A narrative. Joseph Conrad. 
54. Los espíritus de Fellini. José Luis de Vilallonga. 
55. El Estado mundial. Ernst Jünger. 
56. Amor intempestivo. Rafael Reig. 
57. La tierra baldía. T. S. Eliot (tr. Sanz Irles). 
58. The waste land. T. S. Eliot. 
59. La maravillosa vida breve de Óscar Wao. Junot Díaz. 
60. Agitación. Jorge Freire. 
61. Un hipster en la España vacía. Daniel Gascón. 
62. Ella pisó la Luna. Belén Gopegui. 
63. Spain. The centre of the world 1519-1682. Robert Goodwin. 
64. Poesías. Saint-John Perse (tr. E. Moreno Castillo). 
65. Cuaderno de Talamanca. Ibiza (31 de julio-25 de agosto de 1966). Emil Cioran. 
66. Así es como la pierdes. Junot Díaz. 
67. Aquí viven leones. Fernando Savater y Sara Torres. 
68. La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán. Manuel Alberca. 
69. Poeta en Pekín. Joaquín Campos. 
70. Poema a la duración. Peter Handke (tr. E. Barjau). 
71. Claves líricas. Ramón del Valle-Inclán. 
72. Diario del Renacimiento. Campos Reina. 
73. Todavía. Apuntes de diario (2011-2015). Sergio Suárez. 
74. Los tres días. Esperanza López Parada. 
75. Arquitectura y magia. Consideraciones sobre la idea de El Escorial. René Taylor. 
76. Asimetría. Adam Zagajewski (tr. X. Farré). 
77. El mal de Corcira. Lorenzo Silva. 
78. Plan de evasión. Adolfo Bioy Casares. 
79. Antología bilingüe. Emily Dickinson (tr. A. Rodríguez Monroy). 
80. Deshabitar. Lara Moreno. 
81. Lo viral. Jorge Carrión. 
82. La vida descalzo. Alan Pauls. 
83. Pisando ceniza. Manuel Arroyo-Stephens. 
84. El cohete y la estrella / La cabeza a pájaros. José Bergamín. 
85. Listas, guapas, limpias. Anna Pacheco. 
86. Experiencia y pobreza. Walter Benjamin en Ibiza. Vicente Valero. 
87. Historias y relatos. Walter Benjamin. 
88. Mi Ibiza privada. Antonio Escohotado. 
89. Un amor. Sara Mesa. 
90. Las sustituciones. Santiago Casero. 
91. Minucioso e infinito. Un viaje en torno a los rituales. Ignacio Jáuregui Real. 
92. Fervor de Buenos Aires. Jorge Luis Borges. 
93. Luna de enfrente. Jorge Luis Borges. 
94. Cuaderno San Martín. Jorge Luis Borges. 
95. Poética y poesía. Vicente Valero. 
96. El hacedor. Jorge Luis Borges. 
97. El otro, el mismo. Jorge Luis Borges. 
98. Para las seis cuerdas. Jorge Luis Borges. 
99. Elogio de la sombra. Jorge Luis Borges. 
100. El oro de los tigres. Jorge Luis Borges. 
101. La rosa profunda. Jorge Luis Borges. 
102. La moneda de hierro. Jorge Luis Borges. 
103. Historia de la noche. Jorge Luis Borges. 
104. La cifra. Jorge Luis Borges. 
105. Los conjurados. Jorge Luis Borges. 
106. Atlas. Jorge Luis Borges. 
107. Fuera, en la oscuridad. Eduardo Jordá. 
108. Jorge Luis Borges, la ironía metafísica. Fernando Savater. 
109. Viajeros contemporáneos. Ibiza, siglo XX. Vicente Valero. 
110. Diario de un acercamiento. Vicente Valero. 
111. Medio siglo con Borges. Mario Vargas Llosa. 
112. El final de la aventura. Antonio García Maldonado. 
113. Antes del Paraíso. Pedro Ugarte. 
114. Panza de burro. Andrea Abreu. 
115. Manifiesto arquitectónico paso a paso. Un ensayo sobre la arquitectura contemporánea a través de las iglesias. David García-Asenjo Llana. 
116. Las maravillas. Elena Medel. 
117. "Las ruinas circulares". Jorge Luis Borges. 
118. "El Sur". Jorge Luis Borges. 
119. "La busca de Averroes". Jorge Luis Borges. 
120. Textos cautivos. Jorge Luis Borges. 
121. José Carlos Llop: una conversación. Daniel Capó y Nadal Suau. 
122. Poética y poesía. José Carlos Llop. 
123. Diario de un escritor burgués. Francisco Umbral. 
124. Elegías romanas. Goethe (tr. J. Munárriz). 
125. "La supersticiosa ética del lector". Jorge Luis Borges. 
126. "La postulación de la realidad". Jorge Luis Borges. 
127. "El arte narrativo y la magia". Jorge Luis Borges. 
128. "Kafka y sus precursores". Jorge Luis Borges. 
129. "La noche de los dones". Jorge Luis Borges. 
130. "La muerte y la brújula". Jorge Luis Borges. 
131. "Hombre de la esquina rosada". Jorge Luis Borges. 
132. "La forma de la espada". Jorge Luis Borges. 
133. Tercer acto. Félix de Azúa. 
134. Madrid. Andrés Trapiello. 
135. Desde las ruinas del futuro. Manuel Arias Maldonado. 
136. Vita Nova. Louise Glück (tr. M. Peyrou). 
137. "El día de difuntos de 1836". Mariano José de Larra. 
138. "La Nochebuena de 1836". Mariano José de Larra. 
139. Inventario del paraíso. Víctor Colden. 
140. Seré feliz mañana. Xacobe Pato. 
141. Ya sentarás cabeza. Cuando fuimos periodistas (2006-2011). Ignacio Peyró. 
142. El don de la siesta. Miguel Ángel Hernández. 
143. San, el libro de los milagros. Manuel Astur. 
144. Leontiel. Novela retórica. Sanz Irles. 
145. Galdós. Una biografía. Yolanda Arencibia. 
146. Fortunata y Jacinta (I). Benito Pérez Galdós. 
147. La belleza del marido. Anne Carson (tr. A. Jaume). 
148. Paisaje con grano de arena. Wislawa Szymborska (trs. A. Mª Moix y J. W. Slawomirski).
149. Ararat. Louise Glück (tr. A. Gragera). 
150. Ganarse la vida. David Trueba. 
151. Averno. Louise Glück (trs. A. Gragera y R. Miguel Franco). 
152. Una vida de pueblo. Louise Glück (tr. A. Salas Hernández). 
153. "El comediante como letra C". Wallace Stevens (tr. J. L. Rey). 
154. "Miquiño mío". Cartas a Galdós. Emilia Pardo Bazán. 
155. Gracias, asesino. Bosco Esteruelas. 
156. Roma. Manuel Vilas. 
157. Fortunata y Jacinta (II). Benito Pérez Galdós. 
158. El gran número, Fin y principio, y otros poemas. Wislawa Szymborska (eds. M. Filipowicz-Rudek y J. C. Vidal). 
159. Las cosas como son y otras fantasías. Pau Luque. 
160. Días felices en Argüelles. Francisco Umbral. 
161. Feria. Ana Iris Simón. 
162. El vaso medio lleno. Enrique García-Máiquez. 
163. Gatuperios. Antonio Pau. 
164. El lugar del paraíso. Clément Rosset. 
165. Vías paralelas: Vargas Llosa y Savater. Un ensayo dialogado. José Lázaro. 
166. Maestras de vida. Biografías y bioficciones. Manuel Alberca. 
167. La potencia femenina. Por una nueva feminidad. Svenja Flasspöhler. 
168. El tiempo (¿pasa?). Étienne Klein. 
169. La revolución de las flâneuses. Anna Mª Iglesia. 
170. Clarice Lispector. Laura Freixas. 
171. Regreso al Edén (cómic). Paco Roca. 
172. "Cuaderno de bitácora". Jónatham F. Moriche. 
173. Persépolis (cómic). Marjane Satrapi. 
174. Los milenios. Miguel Romero Esteo. 
175. Una vocación de editor. Un acercamiento personal a la figura y la labor editorial de Claudio López Lamadrid. Ignacio Echevarría. 
176. Centroeuropa. Vicente Luis Mora.
177. El misterioso caso del asesinato del arte moderno. Javier Montes. 
178. La forastera. Olga Merino.
179. Antología poética. Wislawa Szymbroska (tr. Elzbieta Bortklewicz).
180. Pensamientos estériles. Luna Miguel.
181. El cuento de invierno. William Shakespeare (tr. L. Astrana Marín). 
182. Hasta aquí. Wislawa Szymborska (trs. A. Murcia y G. Beltrán).
183. El arte de la fuga. Vicente Valero.

28.12.20

Acuarela de Brasil

No me gustó la película Brazil de Terry Gilliam, pero mis amigos del colegio mayor me la hicieron ver dos veces en aquellos domingos vacíos de la Ciudad Universitaria. Me dejó, sin embargo, un poso que no me han dejado otras películas que sí me gustaron.

Era un distopía, inspirada en 1984 de George Orwell, que mostraba un mundo mecanizado, desalmado, cruel. De vez en cuando en la mente del protagonista se abría una figuración de vida verdadera –colorida, cálida– mientras sonaba “Aquarela do Brasil”. Aunque la versión de la película es un poco irónica, representaba ese anhelo de lo no vivido: una especie de sombra de color –situada en ningún sitio– de la existencia oscura.

En el centro de mi 2020 está también esa ausencia, encarnada precisamente en Brasil. En mayo tenía un viaje de una semana a Río de Janeiro, con motivo de unas jornadas en el Instituto Cervantes en las que también iban a participar, por España, Juan Manuel Bonet y Andrés Trapiello. A Jaime Llopis, valenciano que vive y trabaja allí, se le ocurrió que hablásemos del Quijote, del poeta Carlos Drummond de Andrade y del artista Cândido Portinari, a partir de unas pinturas de este sobre el libro de Cervantes que inspiraron a Drummond unos poemas.

Me hacía ilusión que Brasil apareciese en los diarios de Trapiello. Y me hacía más ilusión aún volver a Brasil veinte años después de mi primer viaje (y diecinueve después del último). Yo entonces vivía en Madrid y, a mi regreso, solía montarme en la recién inaugurada línea de metro a Barajas y deambular por el aeropuerto. Me dedicaba a escribir guiones y aquel itinerario me servía para pensar. Pero la razón primera, como les decía a mis amigos, era que Barajas es la zona de Madrid más cercana a Río de Janeiro.

Cuando empezó 2020 estaba ese sol de Brasil en el calendario. Junto a ese sol que no salió, hay un montón de cosas que no sucedieron. Sucedieron en su lugar otras, porque siempre sucede algo. Pero eso no impide que tengamos a este año por un sucedáneo, por un impostor. Muchas vidas se han perdido, y otras muchas han variado su trayectoria, quizá irreparablemente.

Me gusta pensar ahora que lo bueno que no sucedió sigue ahí, aunque no lo tengamos. Preservado en el cofre donde no lo desgasta el tiempo. Hay un 2020 irreal pero mejor, que entrevemos, sin poder tocarlo, cuando suena “Aquarela do Brasil”.

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26.12.20

Dietario: La Nochebuena perfecta

Zapatos rojos. Mañana lluviosa. Me apresuro al trabajo sin otro interés que llegar al metro. Me gustan los días desapacibles, pero esta vez tengo prisa. De pronto, una inesperada nota de color: el bolso y los zapatos rojos de una anciana. Va junto a otra, cada una con su paraguas. Caminan trabajosamente, pero la de los zapatos rojos tiene eso que reclaman los rockeros: actitud. Me acuerdo de la felicidad de Ratzinger cuando lo hicieron papa: cuando salió llevaba unos zapatitos rojos con una ilusión que borró su imagen de cardenal iracundo. Isabel Cabrera me cuenta que vio a otra anciana con zapatos rojos por el centro. Hablamos de lo admirable que es ese empeño discretamente llamativo, que expresa un afán por no rendirse, por ir dejando pinceladas en la cotidianidad gris.

Alcornoque. Mi madre (80 años) no puede ya con Trump, con su resistencia a reconocer que ha perdido: “Hay que ser alcornoque”, le dice al televisor. Una respuesta malagueña en toda regla. Hace años, cuando se pusieron de moda los culebrones venezolanos, le pregunté si le resultaba extraño aquel modo de hablar. Me respondió que no, que lo entendía sin problema... “¿pero por qué dicen lo botan en vez de lo espachan?”.

Hilo musical. Tarde nublada con viento y frío; a ratos, lluvia horizontal. No hay un alma en el Muelle Uno, salvo la mía. He quedado después y hago tiempo mirando las gaviotas, posadas multitudinariamente en el agua. Unas hojas de otoño, que han volado al mar desde el Parque, flotan a mis pies, componiendo una metáfora de la estación. Todo invita al recogimiento; del que me saca a patadas el hilo musical. Días después, cuando me meto bajo el alumbrado de calle Larios, no doy crédito a que suene el Aleluya a todo volumen. La música se interrumpe cada pocos minutos con instrucciones sanitarias. No creo que estas compensen los nervios que le destrozan a la población. El efecto, por lo demás, es siniestro. Málaga parece estos días un supermercado de la sordidez.

Villancico. En El Corte Inglés suena un villancico demoledor, con un verso que capto de repente: “El niño que está en la cuna en una cruz morirá”. A esta contracción de la existencia fue sensible T.S. Eliot, que en su poema sobre los Reyes Magos pone en boca de estos: “Este Nacimiento fue / dura y amarga angustia para nosotros, como Muerte”. Quevedo habló también de que están juntos “pañales y mortaja”. Pero sigue el villancico, con su letra camuflada bajo el tono alegre y rutinario de todo villancico, y los clientes seguimos con nuestras compras.

Stella Maris. El arquitecto David García-Asenjo ha escrito el estimulante Manifiesto arquitectónico paso a paso. Un ensayo sobre la arquitectura contemporánea a través de las iglesias. Parte de la observación de que muchas de las iglesias construidas en España desde la segunda mitad del siglo XX son obras de arquitectura contemporánea, y que ellas supusieron para buena parte de la población su primer contacto con este tipo de arquitectura. Es verdad, eran construcciones raras en cuya condición reparo ahora gracias a este libro. García-Asenjo analiza bastantes, casi todas de Madrid. No hay ninguna de Málaga, aunque el autor me dice que tenemos una excelente: la iglesia de Stella Maris, construida por García de Paredes en 1961. Confieso que no había entrado nunca, aunque sí me había fijado en su mole de ladrillo visto: una declaración de sobriedad. El otro día, pasando por la Alameda, la vi abierta y me asomé. Es preciosa: una calidez geométrica, acogedora, con la luz precisa. Un refugio en el corazón de la ciudad. Era media mañana y había unos cuantos fieles en los bancos. El toque pandémico: antes de la pila del agua bendita estaba el dispensador de hidrogel.

Enmascarillados. Tengo nuevos compañeros de trabajo y no conozco sus caras, porque la jornada la pasamos con la mascarilla. Lo sorprendente es que no hacen falta. Ellos y ellas tienen una expresividad propia, fundada en la voz, en los gestos, en la mirada. Después de dos semanas, uno se levanta la mascarilla para beber y le veo por primera vez la boca: es un elemento intruso, que desarbola la imagen que ya me hice de él.

La Nochebuena perfecta. Ahora que se pide distancia social hasta en Nochebuena, recuerdo al autor de teatro Miguel Romero Esteo, que fue profesor mío en la universidad. Su distancia social era absoluta y por ello dio con la Nochebuena perfecta. Me lo encontré la tarde de un 24 de diciembre por el paseo marítimo: era aficionado al sol de invierno, como yo. Fuimos a tomar una caña junto a los astilleros Nereo. Al despedirnos (él vivía por allí, solo) le pregunté si tenía algo pensado para esa noche. “Me ha invitado Enrique Baena, pero lo que voy a hacer es quedarme en mi casa, cenar un bocadillo de jamón york y buscar por la parabólica una película de metralletas”.

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23.12.20

Navidades raras

Lo más raro de estas Navidades es que estarán a la altura de nosotros los misántropos. Pero habrá sido por una confusión: los misántropos no queríamos esto. Nuestro juego era dialéctico, pugilístico. Nos metíamos con las Navidades, pero queríamos que las Navidades estuvieran ahí. Sabíamos, además, de la insignificancia de nuestra queja, y por eso a lo mejor acentuábamos nuestro teatro. Éramos como Jerjes dándole latigazos al mar tras la tempestad que destruyó sus naves. El mar, naturalmente, ni se inmutaba.

Y este año, de repente, se ha inmutado. Ocurrió ya con la Semana Santa y la Feria: como si se hubieran cumplido nuestros sueños cenizos. Pero ha sido un error. No era eso lo que queríamos, no era eso: lo que nos gustaba era pasear nuestra ofuscación entre las luces y los villancicos. Celebrábamos también la Navidad pero a nuestro modo, que era a la contra. Vertíamos nuestra amargura en el océano de miel, seguros de que no íbamos a amargarlo. Nuestra tiniebla se recortaba contra un fondo de luminosidad apabullante.

Aquello tenía gracia (para nosotros la tenía), pero esto no. Que la realidad se haya vuelto misantrópica, que haya sintonizado con nosotros, no nos hace ninguna gracia. Ya no hay contraste entre nuestra tristeza y la alegría ambiente; con lo que nos sostenía, a pesar de todo, la alegría ambiente. Hay un continuum muy pesado, en el que quizá por vez primera nos hemos dado cuenta de nuestra pesadez. Unas Navidades a nuestra medida es lo peor que nos podía pasar. ¿Dónde vamos ahora a refugiarnos? Aunque tendíamos a reconcentrarnos, agradecíamos que hubiese al menos posibilidad de distracción...

Escribo mientras en la tele preparan el bombo de la lotería de Navidad. Las bolas son como las gotículas que transmiten el virus, si bien la posibilidad de que nos toquen es menor. Hasta el dinero parece poco, puesto que el mundo falla. Ya empiezan los niños de San Ildefonso con su cantinela. Pensé que iban a llevar mascarillitas. El espectáculo más melancólico de estos meses ha sido el de las mascarillas de los niños. Aunque tienen la elegancia de llevarlas como en un juego.

Lo peor de este 2020 es que no acabará con las uvas. Es un año largo: se prolongará más allá del almanaque, no sabemos cuántos meses (¿2021 entero?). Lo fundamental ahora, como en las maratones, como en las grandes vueltas ciclistas, es la resistencia. Ejercicios espirituales en la oscuridad.

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21.12.20

Después de muertos

No he visto la serie El Cid, pero me he hecho una idea por la crítica de este periódico y las chuflas de los de La Cultureta y Sergio del Molino: un producto lamentable en el que se han gastado mucha pasta. Operación toscamente capitalista que los actores Carlos Bardem y Jaime Lorente han querido contrarrestar con sus predicaciones ideológicas. Así, además de ganar dinero, ganan la salvación.

Da mucha pereza Bardem (–¿Qué Bardem? –Cualquier Bardem), abonado a ese combo. Lo que dijo en La Brújula, lo repitió Lorente en el HuffPost: “Que se preparen las derechas cuando vean El Cid”. (Nótese que en el cuerpo de la entrevista dice “la derecha y la ultraderecha”, pero en el titular lo han ajustado para que quede más del gusto del Gobierno.)

Imagino que durante el rodaje se repetían constantemente que no estaban haciendo una serie fascista. Al fin y al cabo, el Cid es el gran héroe patrio; el de la patria pomposa y belicosa del nacionalismo español. Hasta el punto de que el mayor representante del regeneracionismo del siglo XIX, Joaquín Costa, lo incluyó (a la contra) en su célebre proclama: “Escuela, despensa y siete llaves al sepulcro del Cid”.

Un lema, por cierto, que produce un pelín de melancolía en los tiempos actuales. Lo de escuela por la ley Celaá, lo de despensa por la ruina que viene y lo del sepulcro del Cid porque este Gobierno ha abierto sepulcros equivalentes. Y no me refiero al de Franco, sino al de sus derivas populistas y autoritarias, que son reaccionarias aunque se digan de izquierdas (refrenadas, eso sí, por la Constitución –que una mitad del Gobierno ataca y la otra no defiende).

De niño me gustaba del Cid lo de ganar batallas después de muerto. Con los comunistas pasa un poco lo contrario: siguen perdiendo batallas después de muertos. Si fuera solo por la estética del perdedor, resultarían simpáticos (al menos en países como España, no en los que fueron arrasados por el comunismo).

Mi problema con la “nueva izquierda” de Podemos (a la que se arrastra también el PSOE) es que la veo muy vieja. Son políticos póstumos, por muy vivos que se muestren. Han aprendido estrategia, pero ni una lección de la historia. Ni una. Están listos para repetir los mismos errores. Y serán errores póstumos, aunque arruinarán y dolerán igual.

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14.12.20

La ultimísima esperanza

¿Se acuerdan de aquella atracción de feria, el látigo? Los cochecitos orbitando en torno a un núcleo y de vez en cuando ¡zas!, un tirón violento y seco; una especie de caos repentino que crujía a los ocupantes, pasado el cual estos comprobaban que seguían orbitando en torno al núcleo. Así los sanchistas.

El líder, como los antiguos sátrapas, va adoptando decisiones caprichosas. Su séquito de intelectuales (columnistas, tertulianos, académicos más o menos prestigiosos) son crujidos con los latigazos, pero ahí siguen: orbitando en torno.

Y emitiendo sin parar justificaciones. En apenas un año, la trayectoria de todos ellos es el dibujo de un sismógrafo en un terremoto. En realidad, ni siquiera justifican (es decir, razonan) los volantazos: simplemente se adhieren inquebrantablemente a cada nueva dirección nerviosa.

Algo delata, sin embargo, a los más finos (digamos a los Vallespines): las previsiones racionalizadoras (aproximadamente prescriptivas) que hacen cada cierto tiempo y que nunca se cumplen. Lo cual no los cohíbe. En ningún caso han vuelto a esas previsiones, ni han criticado al líder por no seguirlas: solo las han dado por no hechas. Para seguir en el látigo.

La nueva previsión racionalizadora dice que Sánchez dejará en la estacada a sus socios extremistas tras la aprobación de los Presupuestos. En ese “regreso al centro” que postulan exhiben involuntariamente su culpabilidad por lo que han venido apoyando antes de ese “regreso”. Una culpabilidad por otro lado poquita: si ese “regreso al centro” no se produce, tampoco dirán nada. Seguirán en el látigo.

El problema del PSOE es que ha ido demasiado lejos. El PSOE ya no es el PSOE: es el PSOE-Podemos. Y Sánchez ya no es Sánchez: es Sanchiglesias. Casi pienso ya, tristemente, que al PSOE le pasa como a cierta novela que le dieron a juzgar a Borges y de la que Borges dijo que solo podría ser mejorada mediante su destrucción.

Cabe una ultimísima esperanza, con todo. Que Sánchez, en efecto, deje en la estacada a sus socios extremistas tras la aprobación de los Presupuestos. Pero no ya por motivos racionalizadores, que para Sánchez no cuentan, sino estrictamente caracterológicos.

Lo único en lo que se ha mantenido sin mudanza Sánchez ha sido en su pulsión por mentir, por traicionar, por hacer lo contrario de lo que ha prometido. Si así lo ha hecho con todos, ¿por qué iba a dejar de hacerlo con Iglesias, Rufián y Otegi?

Dependemos ya solo de que también con ellos quiera matar el gusanillo.

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10.12.20

Jot Down 33

Ya está disponible el Jot Down núm. 33, especial Argentina. Yo colaboro con el artículo "Borges y la vida", que empieza así:
Como Borges habla de libros, y prácticamente solo de libros, se dice que es un autor libresco, cuando tal vez sea el autor menos libresco de la historia de la literatura. Por dos razones principales: porque vive los libros, y por tanto al escribir de libros está siendo radicalmente vitalista; y porque nadie como él ha desenmascarado el artificio de los libros, el modo en que la literatura se interpone entre el lector y la percepción de la vida (despejando así esta percepción).

 Además, la experiencia misma de leer a Borges es vital, revitalizadora. Lo libresco remite a la letra muerta, polvorienta. Nada más alejado de Borges, que vive la letra y le da vida. Como dijo de él Savater, ningún autor tiene menos líneas inertes. La escritura de Borges es una escritura vibrante, siempre pasan cosas en ella. Sus libros son lo contrario de mortecinos.

9.12.20

Después del suicidio de UPyD

Muere UPyD, seis años después del suicidio de UPyD. Con aquel suicidio de 2014 desapareció el último consenso que ha habido en España, que fue el odio a UPyD. Ese odio se trasladó a Ciudadanos, pero no fue tan unánime. Ningún partido ha sido más odiado que UPyD. Ningún partido ha sido mejor.

Me tocó estar en una mesa electoral en las municipales de 2011. En nada estaban de acuerdo los interventores del PP y del PSOE, salvo en el desprecio a UPyD. No paraban de lanzarse pullitas sobre todos los asuntos, no había entendimiento posible. Salvo cuando salía UPyD y se reían. Ni siquiera decían UPyD. Lo llamaban UPA Dance.

Aquellas elecciones fueron justo una semana después del 15-M. El del PSOE, un maricomplejines presanchista, estaba fascinado y compungido: “¿qué hemos hecho mal?”. Luego se dijo que del 15-M surgieron “los nuevos partidos”. Ningún politólogo tuvo el rigor de señalar que UPyD ya estaba desde 2007 (y Ciudadanos desde 2005): constatando un malestar que a todos –incluidos los futuros chicos 15-M– se les había escapado.

El problema de UPyD es que fue un verdadero partido de izquierdas o centro-izquierda: un partido progresista frente a la izquierda (y la derecha) reaccionaria. Unión, Progreso y Democracia: estaba muy bien puesto el nombre. Jamás tuvo las ventajas mediáticas de las que siempre gozó Podemos y de las que luego gozaría Vox (y en un momento dado, ya también Ciudadanos). Su progresismo ilustrado era el verdadero peligro.

No se le perdonó su vocación de bisagra virtuosa: era un partido que, realmente, hubiera sacado lo mejor del PSOE y del PP. Lo mejor quiere decir lo mejor para el bien común, para los ciudadanos (sí: para “la gente”). A partir de los consensos elementales de la España constitucional: única senda del progresismo real, práctico.

Hoy el PSOE y el PP están tensados hacia sus extremos viciosos por Podemos y por Vox. El centro ha volado. También la izquierda progresista. Y casi la derecha moderada. Quizá era demasiado sofisticada para los españoles la operación que proponía UPyD. Lo pagarán, naturalmente. Nada sale gratis.

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30.11.20

La movida madrileña

Lo que no le perdonan a Madrid es que haya prosperado por ir (¡bernhardianamente!) en la dirección opuesta a ellos. Madrid los refuta porque ha hecho lo contrario de lo que han hecho ellos, y en consecuencia no solo es una ciudad próspera sino la única vivible de España. La única libre del atufamiento de ellos.

Si no existiera Madrid (y a ello van) no habría punto de comparación para sus desmanes. La plasta que han impuesto en sus sitios podría pasar por necesaria e inevitable. Madrid les prueba que no: que no es solo innecesaria y evitable, sino que sin su plasta se vive en la gloria. Es decir, que vivir sin su plasta es exactamente la felicidad.

Madrid es tal vez lo último que queda en España que es de todos. Ella sola encarna el ideal del entendimiento, del pluralismo, de la convivencia, de la libertad. Es decir, ella sola desmiente a los nacionalistas, a los pringosos, a los pesados, ¡a los paletos!

Dice Trapiello en su estupendo Madrid: “Alguien quería saber el nombre que les dan algunos aborígenes a los que han ido a trabajar a Cataluña o al País Vasco desde otras regiones españolas: charnegos, maquetos... ¿Y en Madrid a los que aquí nos hemos aclimatado? Madrileños, desde el primer día”.

¿Y el paleto entonces? Su uso en realidad es pedagógico. Se le dice en plan cachondeístico al que se mantiene encerrado en sus inercias locales, para que espabile. Su propósito no es intimidatorio sino liberador, ¡kantiano! El madrileño está en ti, solo tienes que rascar un poquito. (Por eso muchos, en efecto, hemos sido madrileños desde la primerísima hora.)

Tiene gracia que los que han arruinado Cataluña estén ahora que trinan con Madrid. Azúa, que hoy es madrileño, escribió su “Barcelona es el Titanic” en 1982. Ya lo vio todo entonces. Por aquellos años yo hacía el bachillerato en Málaga. Aún el profesor de Filosofía nos habló de la vida de la Barcelona en la que estudió, la de los setenta. Me pareció una ciudad apetecible. Pero cuando salí del instituto yo ya solo quería irme a Madrid.

Fue en la movida madrileña cuando se derrotó de verdad a Franco: en la movida madrileña y solo en la movida madrileña. Nunca ha pintado Franco menos en España desde 1936 que en los ochenta. Luego ha vuelto a pintar, asfixiantemente, por el auge de esa modalidad del franquismo que es el antifranquismo.

El franquismo antifranquista: así el independentismo, así el podemismo, así el sanchismo. Inflan el fantasma de Franco como escudo para tener las conductas más franquistas que ha habido en España –nacionalismo aparte– desde la muerte de Franco.

Esperando están (¡franquistamente!) la caída de Madrid. Que se pare la movida.

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28.11.20

Dietario: Postal incompleta

Marco Polo. Pido unos días libres y me voy a Torrequebrada. El atardecer lo paso en el malecón que hay junto al casino. Está lleno de pescadores y yo estoy entre ellos, aunque sin caña. Ni ellos ni yo hacemos nada, pero a ellos de vez en cuando les pican peces. Es una afición contemplativa, con tironcitos. Cuando oscurece vuelvo al apartamento. Al segundo día decretan el cepo municipal y tengo que regresar a Málaga. “El vulgo municipal y espeso”, que decía Rubén Darío. Somos ahora ese vulgo. No es que en Málaga se esté mal, pero tenía ganas de salir en el puente. El cepo, sin embargo, no se ha levantado. Mis aspiraciones son modestas: ser al menos un Marco Polo de la provincia. 

Boxeo. En Torrequebrada me da tiempo a asistir a una escena maravillosa. En un parquecito un padre está enseñando a boxear a su hija. La niña no debe de tener más de siete años; los guantes son del tamaño de su cabeza. Sigue las instrucciones con mucha gracia, pero también con aplicación: se lo toma en serio. Dice el padre: “Izquierda, derecha, guardia… Izquierda, derecha, pego, esquivo, ¡bam bam bam!”. Ella se mueve dando saltitos y pegando cuando hay que pegar. Pienso que esa niña será una gran mujer. Más adelante me cruzo con una pareja. La chica está discutiendo con el novio, que mira al suelo. Se le nota tocado por los reproches. Son un poco tramposos, pero efectivos. ¡Bam bam bam! 

El adjetivador. Termino el Borges de Bioy Casares, que empecé el 1 de enero y que he venido leyendo a sorbos. En él, Bioy transcribe cientos de conversaciones privadas que tuvo con su amigo Borges a lo largo de cuarenta años. La lectura es una gozada (un festival de inteligencia, erudición y maldades), pero se trata de un libro monstruoso. El argumento es horrible: resulta que tu mejor amigo era un magnetofón. Hay una cosa notable al final. Entre los talentos de Borges estaba el de poner adjetivos. Pues bien, cuando se acercaba su muerte (“ha llegado, está aquí”), le preguntaron por ella. El adjetivador alcanzó a decir que era “algo externo, rígido y frío”. 

Solo en el Oasis. El chiringuito Oasis es ahora mi favorito para mirar el mar mientras me tomo una cerveza o un whisky. A lo lejos, por donde se pone el sol, están las grúas que parecen jirafas. Disfruto de la sensualidad, pero últimamente me he dado cuenta de que, como mi amor vive en Madrid, mi relación con Málaga es peculiar: es de sensaciones más que de emociones; o de emociones que no solo penetran hasta un determinado estrato. Falta la trama erótica, la pasión. Hay una cierta distancia, cuyo efecto es agradable pero incompleto. Para mí Málaga es una postal incompleta. 

Cien por cien. En la cola de los euromillones, por el bote: todos queremos comprobar por nosotros mismos que el dinero no da la felicidad. Delante de mí hay dos treintañeros que lo están pasando mal con la pandemia, el segundo parece que peor. “Yo tenía mi vida, tú tenías tu vida, y te ha cambiado la vida cien por cien”, dice el primero. Y el otro: “¿Cien por cien ná má?”. 

Niños magaleños. Los niños malagueños éramos en realidad niños magaleños. La ciudad en la que vivíamos se llamaba Mágala. Hasta que un día aprendíamos a decir Málaga, y eso significaba que nuestra primera infancia había sido dejada atrás. Lo he recordado leyendo Inventario del paraíso, de Víctor Colden, madrileño con familia malagueña que pasaba los veranos aquí. El libro recrea las experiencias y sensaciones de cualquier niño malagueño de los años setenta: unos recuerdos frescos, que el autor ha sabido atrapar justo porque venía de fuera y los percibía con nitidez. Ahora nos los devuelve. Toda novela sobre la infancia tiene el reto de recrear el tiempo mítico, el tiempo que parece no pasar. Colden lo logra con el recurso no lineal de hacer un inventario, como anuncia el título. Va mostrando el paraíso por facetas (lugares, animales, olores, frases, juegos, historias...), en cada una de las cuales está el paraíso entero. 

El primer primo. Primera baja en la familia por coronavirus: un primo hermano. El primero que se muere, tras la extinción de los tíos. Una tristeza con extrañeza: los números de pronto son una persona, un vacío concreto. Un dolor. La mujer, llorando, le decía al ataúd, por el cristal: “Has tenido muy mala suerte”. Otro primo decía: “Hace diez meses no nos podíamos imaginar que íbamos a estar aquí por esto”. Las mascarillas y el gel que nos echábamos en las manos al entrar y salir de la iglesia cobraban una gravedad inesperada; resultaban autorreferenciales, incómodos. Voy a pocas celebraciones familiares: eludo las bodas, bautizos y comuniones que puedo. Pero son ocasiones alegres y mi ausencia no importa. A los entierros sí siento que tengo que ir, para despedir y acompañar. Así que comparezco cuando aquel paraíso va perdiendo piezas. 

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25.11.20

La apuesta de Pascal

Lo de Ciudadanos con Arrimadas son las maniobras desesperadas de un partido póstumo. Está siendo bonito, pero ya da igual. No por ello está dejando de tener una pequeña utilidad: retratar a Sánchez y a su PSOE. Pero también da igual. 

Lo que está haciendo Arrimadas con un partido póstumo y sin fuerza es lo que tendría que haber hecho Rivera cuando el partido estaba vivo y alcanzó su máxima fuerza. Ahora no hay nada que hacer y todo da igual. El PSOE pacta los Presupuestos con Bildu y con ERC, con las mofas de Echenique a Ciudadanos, y Arrimadas sigue pegada como una lapa. Está haciendo lo correcto, lo único relevante que puede hacer con su partido póstumo. Se equivocará si no se despega al final, en el ultimísimo momento: el de la votación definitiva. Pero hasta entonces hace bien en seguir pegada a Sánchez. Es la calavera (guapísima) que le recuerda no solo que es mortal, sino también que es un impresentable. 

He pensado en la célebre apuesta de Pascal, que podría aplicarse al caso. Arrimadas –que será fulminada en las próximas elecciones por un electorado que seguirá corriendo hacia su ruina– está postulando un país que no existe: el país del consenso, naturalmente; el país que tendría que estar gobernado en este momento por una Gran Coalición para bregar con lo que está viviendo y lo que se le viene encima. Por una Gran Coalición o por un PSOE que pactara los grandes asuntos con el PP: acordándolos con él, no tratando de imponerlos como ha hecho hasta ahora. 

Al final Ciudadanos se irá por el sumidero electoral en compañía de ese país habitable por el que apostó. Esta apuesta es pascaliana porque ese país es lo único que merece la pena, y si no existe daría lo mismo ya estar vivo o muerto: la simple ventaja de apostar por él compensaría la probabilidad de que no existiera. En el caso de Pascal, en su apuesta por Dios, por la grandeza de la ganancia; en el caso de Arrimadas, por la miseria de la pérdida. Y perderá. 

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23.11.20

Andamios para las infamias

Qué grima los énfasis de pronto en memoria del asesinado Lluch. Hace pocos días, los enfáticos dedicaban sus énfasis a blanquear a sus asesinos y asociados para habilitar su apoyo a Sánchez. Se comprende que con sus nuevos énfasis lo que pretenden es blanquearse a sí mismos: blanquear su blanqueamiento. El grimoso teatrillo humano en sus enredos entre el servilismo al poder y la autosalvación... 

Sus argumentos, por otro lado (si tenemos la cortesía de considerarlos argumentos y no emisiones retóricas para justificar un fin), no dejaban de ser razonables. Si Bildu es un partido parlamentario legal, ¿por qué no pactar con él? ETA no mata, los Presupuestos son imprescindibles, etcétera, etcétera. Búsquese a cualquier psocialista, aunque sea al menguado Simancas: aunque refutables y más o menos baratos, no eran exactamente tonterías sus argumentos. 

El problema es otro, y este sí muy grave: los andamios con los que se construyen. Como no se ha cansado de repetir el vicepresidente Iglesias, sin que lo desmienta el presidente, los proetarras están integrados en el gran bloque “progresista” que se opone al bloque “fascista” constituido por el PP, Vox y Ciudadanos. Este bloque es el mal que hay que combatir y aniquilar políticamente (esto último ahora: los proetarras –y la tradición ideológica de Iglesias– saben de aniquilaciones no solo políticas). 

La coalición de gobierno –al igual que la moción de censura en que tiene su origen– se funda en ese cargar las tintas contra el PP, Vox y Ciudadanos. Son los malos con los que no se puede negociar ni pactar: los herederos de ese fantasmal franquismo del que nace la verborrea de la izquierda gubernamental (la estricta “izquierda reaccionaria” de la que habló Ovejero). 

De la maldad y la culpa de los otros depende la bondad y la impunidad de ellos. Por eso hay que cebar imaginariamente esa maldad. Solo si el PP, Vox y Ciudadanos son esos ogros franquistas podrá justificarse un pacto tan deleznable como el pacto con Bildu. Y justo eso es lo más deleznable del pacto: que lo justifiquen tales infamias. 

Curioso que en inglés scaffold signifique a la vez andamio y cadalso. Ese andamiaje tiene la intención de ejecutar políticamente a media España: callarla, desarticularla, inutilizarla. Sobre el bien superior del pluralismo y la alternancia en el poder, en un poder con contrapesos, PSOE-Podemos quiere perpetuarse con los menores contrapesos posibles: como Franco, como el PRI. (Un PRI con acarreados pero sin tapados: están a la vista.) 

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16.11.20

Los ventrílocuos del virus

“Nunca el tema de un libro interfirió tanto en su presentación”, dijo Manuel Toscano en la presentación en Málaga de Desde las ruinas del futuro, de Manuel Arias Maldonado (Taurus). El libro va sobre la pandemia y la pandemia, en efecto, obligó a que la presentación fuera a las cuatro y media de la tarde, en la ya habitual sala con la mitad del aforo y los asientos muy separados. 

Pero vino gente. La hora tal vez no fuera tan inhóspita. A mí particularmente me gustaba: me recordaba a las clases universitarias de después de comer, o a las ponencias con que se retoman los congresillos. Hubo que terminar antes de las seis, porque a partir de esa hora en Andalucía no se permiten las actividades no esenciales. Prolongamos el debate un poco fuera, porque hablar de la pandemia sí que tiene algo de esencial. Pero ya iba cerrando todo, con el oscurecimiento. 

Por mi parte, he terminado la lectura de Desde las ruinas del futuro y me atrevo a recomendarlo como la mejor introducción que hay ya a la obra del teórico político y columnista Manuel Arias Maldonado. La pandemia actúa como focalizador temático de los asuntos que el autor había tratado en sus últimos libros, La democracia sentimental (Página Indómita), Antropoceno (Taurus) y Nostalgia del soberano (Catarata): vuelve a ellos a propósito de lo que estamos viviendo estos meses, modulándolos, aplicándolos al caso práctico y añadiendo reflexiones específicas sobre el acontecimiento. 

Como es habitual en los libros de Arias Maldonado, la lectura de este nos pone al día en la literatura especializada sobre el tema, con un rigor exhaustivo que en ningún momento deja de ser claro, accesible. Con paciencia pedagógica, el autor repasa, sopesa y critica cuando es necesario lo que han dicho los otros autores que se han ocupado de la pandemia. Son ya muchos, por cierto. Los suficientes como para haber segregado una película enturbiadora. La tarea de Arias Maldonado tiene algo –como dijera Schopenhauer de Kant– de operación de cataratas. Tal es la tarea ilustrada. 

El espectáculo ha sido en cierto modo patético. Esos autores –Žižek, Agamben, Preciado o Innerarity (pido disculpas a los otros por mezclarlos con este)– han hecho hablar al virus, pero lo que se oía era su voz: eran auténticos ventrílocuos del virus, que han aprovechado la pandemia para asentar sus prejuicios y sus retóricas, y decir lo que de todos modos ya decían e iban a seguir diciendo. Arias Maldonado es más higiénico: reconoce que el virus a lo mejor no tiene nada que decirnos; que somos nosotros los que decimos. Trata de estudiar el fenómeno sin extralimitarse. 

Para Arias Maldonado, el coronavirus no cuestiona la modernidad, puesto que su surgimiento se ha debido justamente a un déficit de modernidad. Tampoco cree que sea un producto del Antropoceno, ya que los virus y las bacterias ya estaban en el Holoceno. La pandemia que ha provocado es un fenómeno, eso sí, relacionado con la globalización. A partir de aquí, el autor repasa los debates científicos, sociales y políticos que se han suscitado con esta situación excepcional: desde la pertinencia, justamente, de los estados de excepción, a los límites del conocimiento y de la acción humana, las respuestas emocionales de la población o las posibilidades de un gobierno mundial. 

Las “ruinas del futuro” del título aluden al desmoronamiento de la idea de futuro, a la falta de confianza en el mismo. Pero la respuesta de Arias Maldonado no es catastrofista. Propone recuperar la consideración de la humanidad como especie biológica, en atención a las condiciones mínimas (unificadoras) que le permiten sobrevivir; lo que alentaría sus capacidades como sujeto político para asegurarlas. 

E invita a un “pesimismo ilustrado”: una prolongación del ejercicio de la razón, pero ya sin los abusos optimistas del pasado, que, en realidad, la hicieron descarrilar con frecuencia. 

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9.11.20

Nuestro Trump triunfante

Nos estábamos organizando para ponerle una demanda al director, cuando recibimos un mail colectivo: era el director, que se ofrecía a apoyarnos si nos decidíamos a poner una demanda. Naturalmente, no contra el director sino contra otro; pongamos que el inversor.
 
Aquello no prosperó (ni en realidad lo merecía), pero yo me llevé un premio: aprendí el truco del ventajismo topológico. Basta que digas situarte en un lado para que parezca que no estás en el de enfrente. En la inmensa mayoría de los casos cuela. 

Ejemplo de ahora: si el Gobierno crea un comité “contra la desinformación”, está ejecutando una operación topológica por medio de la cual se sitúa en el lado de la información. Son los otros los que desinforman. (Los otros y no el Gobierno de Sánchez y Dame los Telediarios Iglesias.) 

Ocurre igual con nuestros autoproclamados antifascistas, que son notablemente fascistas; con nuestros autoproclamados republicanos, que laminan todo republicanismo político; con nuestros antiespañoles, que son unos españolazos; con nuestros antifranquistas, que han recuperado el toque de queda, el pecado y el Nodo; o con muchos de nuestros antitrumpistas, que son nuestros genuinos trumpistas.

(Como nada se nos ahorra, tenemos además a los antisanchistas de Vox, que son un sustento indispensable de Sánchez; y a nuestros autoproclamados trumpistas –suelen ser los mismos–, que le aplauden a Trump las ínfulas totalitarias que denuncian en Sánchez.) 

Pero sí, en la distopía española gozamos del trumpismo triunfante. Tenemos un Trump que cuenta con el apoyo del New York Times (léase El País) y con el de esos escritores que en Estados Unidos critican a Trump, como escribe Lindo, pero aquí defienden a nuestro Trump, incluida Lindo. 

Copio de Lindo: “Trump es un hombre psicológicamente negado para trabajar por un bien colectivo. No puede gobernar pensando un prójimo porque, sencillamente, no lo ve. Solo está dotado para ejercer un poder absoluto, rodeado de una corte de pelotas que asuman sin rechistar sus insensateces”. Lo clava. Lo que pasa es que también clava a Sánchez (y a su corte). 

Trump y Sánchez son cortoplacistas del poder; serían tiranos si no los frenaran los contrapesos de los países democráticos cuyo poder han conseguido (por eso, en la medida de sus posibilidades, han socavado tales contrapesos). La diferencia es que Trump va de lo que va. Mientras que Sánchez va de lo contrario. 

En su primer discurso, el presidente electo Biden ha hecho una prometedora llamada a la unidad de los estadounidenses y ha dicho que “es el momento de cerrar las heridas”. Sánchez lo ha felicitado, y lo cierto es que también él suele hacer esas llamadas. El problema es que, mientras las hace, no deja de desunir y abrir o reabrir heridas. 

Mi alegría por la derrota de Trump es inmensa. Pero parcial: aún no ha sido derrotado (sino todo lo contrario) en España. 

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2.11.20

El día de difuntos de 2020

Tétricas jornadas, pese al sol que hace en Málaga al menos. El otoño lo vemos solo en las etapas de la Vuelta, que rueda por el norte por carreteras con hojas caídas. Aquí en las playas persisten los últimos bañistas. Los demás caminamos en manga corta por el paseo marítimo, sudando, o nos tomamos un whisky en el chiringuito Oasis. Hay una sensualidad decadente, como de fin de época. Y cuando el fogonazo nos da en la cara tiene un algo de existencialista: el sinsentido nos convierte a rachas en el extranjero de Camus. Pero no llevamos revólver. 

Larra sí llevaba pistola, y la descargó en su sien tres meses después de su artículo más pesimista: “El día de difuntos de 1836”. Lo publicó en ‘El Español’, el periódico que se llamaba igual que este en el que escribo. Lo he releído ahora y en él está una de sus conocidísimas frases: “Aquí yace media España; murió de la otra media”. Un pronóstico con cien años exactos de antelación. No está nada mal. Podemos sumar ochenta y cuatro y estamos en este 2020: en un viejo país ineficiente, algo así como España entre dos confinamientos... 

En el artículo, Larra se revuelve en su sillón, cubierto por “una nube de melancolía”, cuando oye una campana que “parecía vibrar más lúgubre que ningún año”. Decide entonces salir. Ve a las gentes que se dirigen al cementerio. Su reacción es sarcástica: “Vamos claros, dije yo para mí, ¿dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro? Un vértigo espantoso se apoderó de mí, y comencé a ver claro. El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio”. Los vivos eran para él los muertos en aquella España amodorrada. Podría valer también para esta. 

¿Cómo podemos digerir los más de sesenta mil muertos que hay ya con la pandemia? ¿Cómo podemos digerir la ineficacia, el indecente politiqueo? El Gobierno ha marcado el tono, y el tono es el cortoplacismo por el poder cortoplacista de Sánchez. Los demás no han hecho más que replicar ese tono; para beneficio de Sánchez. Ahora el peor Gobierno de nuestra democracia ha obtenido seis meses de impunidad parlamentaria. No hay ninguna posibilidad de que esto salga bien. 

Me acuerdo estos días del funeral de Estado por las víctimas del covid. Fue en julio y han seguido miles de muertos más, ya sin funeral de Estado: salvo que se considere prorrogado, como los presupuestos. Pomposidad vacía, ahuecada como la voz de Sánchez. El representante perfecto de este Gobierno es el doctor Simón, con sus indecorosas calaveradas. Es eso: una calavera de Halloween. Sonriente. 

A Larra nos lo explicó en la Complutense la profesora Palomo, con la emoción que les ponía a sus clases. Hizo hincapié en aquel artículo y otro antológico de poco después, “La Nochebuena de 1836”. 

El día en que se cumplían ciento cincuenta años del suicidio de Larra yo busqué su portal. Era una tarde gris del febrero madrileño. Localicé la calle Santa Clara, por Ópera, y la empecé a subir. Al poco empecé a oír una máquina de escribir, que resonaba en la calle vacía. Procedía del balcón de Larra. Mientras lo miraba me quise figurar que era él el que tecleaba, anacrónicamente. Y que el mensaje era que había que escribir. Pero se dio el pistoletazo. 

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31.10.20

Dietario: Hacer cosas

Mal, con el mar. Me encontraba en el mirador metafísico, un balconcito de la senda litoral, a la altura de Torrequebrada, con unas vistas limpias al horizonte azul y al perfil de Fuengirola, hacia poniente, cuando sonó el teléfono. Era el escritor Eduardo Jordá, mallorquín que vive en Sevilla. Hacía mucho que no hablábamos y me preguntó: “¿Cómo estás? Bueno, mal ¿y qué más?”. Nos reímos, pero entonces se me ocurrió la respuesta exacta: “Mal, con el mar”. En efecto, la vida que llevamos los malagueños, por desgraciada que sea, tiene siempre ese colchón, ese descanso, esa alegría. Algo bueno, muy bueno, que hay que restárselo a lo malo.
 
Otra Málaga. Solo conocía el paraje de la desembocadura del Guadalhorce de verlo desde la carretera. La fotógrafa Marta O Nilsson me había dicho que era una reserva secreta de Málaga, a la que ella solía ir, pero hasta que no me he acercado a ver la pasarela nueva no he sabido lo que era aquello. Es un territorio fascinante, lleno de caminos entre las cañas y descampados junto al río. Lo que pasa es que ahora está lleno de gente, por el reclamo de la pasarela (yo soy una de esas personas), y antes no había nadie. La sensación es de estar en otra Málaga, también cuando uno pasea, como estoy haciendo últimamente, por los alrededores del Palacio de los Deportes y hacia Sacaba Beach. Aquí hay un encanto decadente, ligeramente desolado; justo de acabamiento de la ciudad.
 
Autocanibalismo. A veces voy al Quitapenas de Torremolinos a comer pulpo frito. El pulpo siempre me ha gustado, pero desde que han descubierto que es un animal inteligente y melancólico, siento que es una oportunidad que se me brinda de ensayar el autocanibalismo. Ahora sé que sabe bien.
 
‘Striptease’ facial. La última vez que estuve en el Quitapenas apareció, subiendo la Cuesta del Tajo, una chica que me sonrió con la mirada y me saludó. Como no la reconocí por la mascarilla, se tiró de ella hacia abajo, como destapando una sorpresa. Me pareció un gesto sensual, como cuando Gilda se quitaba el guante. Era una conocida a la que he tratado poco, pero el episodio le dio a su cara una luminosidad que nunca habría tenido de no haber estado oculta. Lo gracioso es que viví lo mismo desde el otro lado pocos días después. Vi en una terraza a mi amiga Isabel Cabrera, productora de televisión, y me acerqué a saludarla. No me reconoció, así que me bajé la mascarilla con la ilusión de que me reconociera, pero siguió sin reconocerme. Me miraba muy seria y cuando me dijo en inglés que era danesa comprendí que Isa tenía una doble en Málaga de esa nacionalidad. Se lo conté luego y le dije: “Me extrañaba tu frialdad. Nunca te había visto sin sonreír”.
 
Hacer cosas. No había asistido a ningún evento desde que empezó la pandemia y me impresionó ver la amplia sala con solo tres filas de asientos, muy separadas entre sí. Era desolador, pero a la vez no estaba exento de belleza. Denotaba, al cabo, el empeño de “hacer cosas”, como dijo Arias Maldonado en la presentación. Estábamos en La Térmica y contrastaba la sobriedad algo monacal con el calor de estos cinco años de su Aula de Pensamiento Político, en la que tanto hemos aprendido y tan bien nos lo hemos pasado. Al término, Arias, Ferré, Toscano y yo cenamos con el ponente, el filósofo Ramón del Castillo. Fue una cena exprés, porque a las diez y media los camareros nos avisaron de que ellos tenían que estar en su casa a las once, como todos. Volviendo a mi casa me di cuenta de que los minutos previos al toque de queda son extremadamente peligrosos: los patinetistas van aún más locos que de costumbre para recogerse también.
 
Metafísica. Hace cuatro años me iba a poner por fin con mi libro (que tiene que ser triste, como todos los libros), cuando entré inesperadamente en una fase feliz. Por supuesto, no escribí nada. Se lo conté a Arias y me citó esto de Macedonio Fernández: “Varias veces emprendí el estudio de la metafísica, pero me interrumpió siempre la felicidad”. La otra noche le anuncié a Arias: “He vuelto al estudio de la metafísica”.
 
Nuestro Montaigne. Leo en Jot Down una entrevista a Iñaki Uriarte, cuyo ídolo es Montaigne y que es nuestro Montaigne. Se lee con el mismo placer que sus Diarios, porque responde a las preguntas con la misma voz, algo que no siempre logran los escritores (aunque Uriarte presume de no ser escritor, y ese tal vez sea su secreto). Le escribo para felicitarlo y de camino le pregunto por cómo está pasando la pandemia. Le digo que en mi confinamiento hice en realidad mi vida de siempre, salvo los paseos y las escapadas a Madrid (que no son poca cosa; también me perdí un viaje a Río de Janeiro). Me contesta: “Por aquí, lo mismo que tú, sin grandes cambios de vida. Aunque eso de que no puedas hacer cosas que de todas formas no ibas a hacer agobia un poco”.
 
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26.10.20

Salimos espaguetizados

“Muerte por espaguetización”, así se titula el vídeo que recrea el paso fatal de una estrella por un agujero negro. Confieso que lo pinché no por razones astronómicas sino puramente lingüísticas: no me fascinan los espectáculos del cielo, tediosos por acumulación; me fascina la irrupción de esa palabra única, que estoy dispuesto a usar para todo a partir de ahora.

Pero con la palabra en la cabeza, quéformidable el vídeo también. La estrella se va aproximando al agujero negro, hasta que este la pasa por la trituradora, la hace puré o fosfatina: ¡laespaguetiza! La estrella sale hecha tirillas suponemos que comestibles. Donde hubo una estrella quedan espaguetis.

La metáfora me fue servida en directo, pues la palabra apareció cuando hablaba Sánchez. Yo trataba de distraer mi malestar trasteando por Twitter. Entonces leí “espaguetización” y supe que era eso lo que nos pasaba. Lo que nos está pasando, porque aún no nos hemos terminado de espaguetizar.

El agujero negro (¿hace falta decirlo?) es Sánchez. El hombre que dijo “hemos derrotado al virus” y que ahora, menos de cuatro meses después, decreta otro estado de alarma y vuelve a hablar de “moral de victoria” para derrotar al supuestamente derrotado.

Moral de victoria pide el desmoralizador, el espaguetizador. El hombre que se ha movido únicamente por su interés personal, que no ha sabido liderar un país, que ha eludido su responsabilidad cada vez que ha podido, que solo ha hecho movimientos enérgicos para demonizar a los que se le oponían y mantenerse en el poder; un poder con el que luego no sabe qué hacer, salvo maniobrar para mantenerlo.

No salimos más fuertes, como repetía la propaganda oficial tras el primer confinamiento: salimos espaguetizados.

En el artículo de El Mundo se describe lo que nos está pasando a los españoles con gran poesía (obsérvese que hay que irse ya a las páginas de ciencia para ver lo que nos pasa): “Imaginemos por ejemplo a un desafortunado astronauta que se acerca a un agujero negro aproximando los pies más que la cabeza. La fuerza gravitatoria es mucho más intensa en sus pies que en la parte superior del cuerpo. Se producen unas descomunales fuerzas de marea que deformarán el cuerpo en sentido vertical, estirándolo y alargándolo como si fuese un espagueti”.

Obviamente, ningún astronauta –a diferencia de los españoles– lo ha experimentado, pero “hay estrellas que pueden circular por el entorno de uno de estos monstruos supermasivos y ser sometidas al violento efecto de la espaguetización”. Por desgracia, este no sería el fin de las desgracias, porque “una parte del material de la estrella desgarrada no es devorada inmediatamente, sino que queda atrapada en un disco rotante alrededor del agujero negro”.

Será algo así como el peronismo. Aunque le podemos ir llamando ya sanchismo.

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25.10.20

Tres preguntas sobre Umbral

Julio Valdeón ha tenido la gentileza de contar con mi opinión –entre otras– en su reportaje de La Razon “Umbral, un dandy que hoy estaría prohibido”. Pongo aquí aparte las tres preguntas que me mandó y mis respuestas:

Una de las constantes en la literatura umbraliana es el sexo, entendido como acto de suprema libertad. ¿Ha caducado esa visión suya? ¿Puede/debe reivindicarse? 
No sé si como “acto de suprema libertad”. Creo que hacía lo que podía, como todos y como todas. Lo que llamaba la atención en la época era la franqueza, y las elaboraciones literarias alrededor del asunto. Hace poco he leído su Diario de un escritor burgués, escrito en 1977, y maravilla su desinhibición sobre el sexo. La desinhibición de un hombre educado en el catolicismo y, por lo tanto, con una represión de fondo que trataba de solventar: indagando en su libertad pero también con los tics de la época, que hoy llaman la atención. Su visión era masculina, y desde ella escribía, porque era la suya (expresando también sus vulnerabilidades). Algo que hoy no se entiende, ni quizá se acepta. Es como si se exigieran resultados morales (o moralistas) de inmediato, sin el pedregoso y titubeante camino de perfección. 

¿Qué lectura cree que haría hoy de su escritura la nueva izquierda, o izquierda woke, o izquierda reaccionaria? ¿Lo cancelaría? 
Umbral sería hoy duro de roer para esa pseudoizquierda. Sencillamente porque era un hombre que escribía lo que le daba la gana. La relación entre la libertad del decir y la censura moral que se produce hoy con esa pseudoizquierda es igual a la que se producía antes con los biempensantes. Con una diferencia: antes irritar a los biempensantes te proporcionaba simultáneamente un montón de cómplices. El provocador, así,contaba con la irritación de unos (aquellos a los que quería irritar) y la complicidad de otros (que eran para los que escribía). Hoy, sin embargo, el provocador no cuenta con cómplices. Está más solo que la una. Porque aquellos que antes eran sus cómplices hoy son los nuevos biempensantes. La consecuencia es que ya no es divertido. 

A veces creo que a Umbral, como escritor, sólo conocemos o valoramos los que lo hemos leído en sus diarios, en sus mejores libros de memorias, etc. Y que ahí late, junto a la prosa descarnada y deslumbrante, una ternura que desconocen los habituales de sus columnas, no digamos los que sólo recuerdan el programa con la siniestra Mila. ¿Está usted de acuerdo o quizá exagero, por el lado bueno, por mi cariño hacia Umbral? 
Acaba de dar usted la clave de mi fascinación por Umbral a mis dieciséis años. Yo lo conocía por sus columnas y por sus entrevistas en radio y televisión. Me hacía gracia, como Cela con sus gamberraditas, pero poco más. Entonces, a mis dieciséis años, leí por primera vez un libro suyo: Memorias de un niño de derechas. Ahí descubrí ese otro tono lírico e intimista, con esa ternura de la que usted habla, ya desde la dedicatoria, que me sé de memoria: “A los desvencijados niños de la guerra, que comieron conmigo el pan negro de salvados y la tajada del miedo”. A partir de entonces fue maravilloso asistir a sus boutades sabiendo que eran un teatrillo para el público, pero que había otro Umbral, el intimista y tierno, para los iniciados. Ese doble juego fue lo que me fascinó.

19.10.20

Sánchez, guapo electoral

He estado leyendo a Borges últimamente (alguna tarea elevada hay que tener en estos tiempos bajísimos) y me he encontrado con una expresión estupenda: “guapo electoral”. No sé si sigue vigente en Argentina, o en Buenos Aires, pero en oídos españoles la expresión es maravillosa, y sin significado.

En Borges, y en los diálogos de Borges con Bioy Casares, sale mucho “guapo” como sinónimo de malevo, matón, cuchillero. Pero a veces se dice de un cuchillero que se convirtió en “guapo electoral”. Lo he buscado y resulta que guapo electoral es el matón que se convierte en el guardaespaldas de un candidato. Y en efecto, en España no tiene significado lo de guapo electoral. Salvo que (¡por iluminación!) se vea que nuestro guapo electoral es Sánchez.

Sánchez malevo, matón, cuchillero, guardaespaldas de sí mismo. Un guapo electoral con toda la jeta. Un cuchillero que protege a un candidato: así Sánchez, que protege al candidato Sánchez hasta que llega a presidente del Gobierno, una posición privilegiada para seguir practicando el cuchillerismo.

En El hombre que fue Jueves de Chesterton, tan querido por Borges, el jefe de los anarquistas que subvertían el orden era el jefe de la policía cuya misión era preservarlo. Las dos personas se superponían, en tareas opuestas. Así Sánchez.

No es que Sánchez quiera subvertir el orden. Ni tampoco es que quiera preservarlo, la verdad. Lo que quiere Sánchez es un orden que se acomode a Sánchez. Un orden o un desorden; lo mismo le da, con tal de que sea sanchista.

El narcisismo autoritario con el que podemos caracterizar ya, de manera irreversible, a Sánchez sería igual de temible pero tal vez no tan fastidioso si gozase de un poquito de estabilidad. Pero Sánchez es una brújula loca que dice y se desdice buscando el solo beneficio de Sánchez. Nadie se baña dos veces en el mismo Sánchez, empezando por Sánchez. El suyo es una suerte de adanismo al minuto cuya fórmula sería: “Donde dije digo digo Diego y siempre quise decir Sánchez”.

Contaba Borges que el “guapo” de no sé qué pueblo argentino se llamaba Soto, y que a ese pueblo llegó un circo cuyo domador de leones se llamaba también Soto. Este cobró fama de inmediato por sus heroísmos circenses. Pero cada vez que el guapo, matón o cuchillero se lo encontraba en algún sitio, decía: “Acá sobra un Soto”. Y el domador tenía que largarse.

Acá, en España, pasa un poco lo mismo: sobramos todos los que no somos Sánchez; o siquiera sanchistas, como mal menor a ojos de Sánchez. 

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14.10.20

Encarnación de la época

Me ha interesado mucho El final de la aventura de Antonio García Maldonado (La Caja Books), porque en este su primer libro el autor muestra, por extenso, algo que suele asomar en sus artículos (en especial en los de The Objective): la preocupación apasionada por los problemas de la época, que se funde con las preocupaciones personales. De modo que se produce una suerte de encarnación de nuestro tiempo: este respira en el autor, se manifiesta en sus peripecias a manera de parábolas –narrativamente–, y dota de tensión y dramatismo sus reflexiones. Reflexiones que, por ello, no son solo intelectuales, sino también existenciales.

Su instinto espoleado por la insatisfacción ha dado con una formulación brillante: el asunto de nuestro tiempo es la falta de aventura. Hallazgo que redondea con la consideración de la aventura como un impulso colectivo, o que junto con su carácter individual tiene efectos colectivos. Esto le permite ocuparse de las cuestiones de la época con vivacidad: como si le fuera la vida en ello; la vida que vale. Me he acordado de la canción de Caetano Veloso “O último romântico”, que dice en un verso: “Tolice é viver a vida assim sem aventura” (tolice es tontería, estupidez). La inquietud de Antonio García Maldonado tiene ese indudable origen romántico: lo bueno es que sería un romanticismo que está al día, perfectamente informado de la problemática contemporánea.

Además de repasar algunas aventuras históricas, como las grandes aventuras de la navegación y los descubrimientos, El final de la aventura constata el parón de nuestros días, en que las aventuras reales –las de la vanguardia tecnológica y científica, por ejemplo– están reservadas a unos pocos: la abrumadora acumulación de conocimientos exige una especialización extrema también en este campo. No obstante, el autor se resiste a ser pesimista (algo que indica en el libro y resalta en la espléndida entrevista que le han hecho en El Asombrario) y apunta a dos aventuras colectivas que le aguardan a la humanidad: la lucha contra el cambio climático y las exploraciones espaciales que están por venir (“la colonización espacial como la aventura de nuestros hijos”, escribe).

Con una excelente escritura ensayística, Antonio García Maldonado tantea estos acuciantes asuntos, se pregunta y esboza propuestas, apoyándose en fuentes especializadas y, lo que es muy grato para el lector, en novelas, series y películas: la más recurrente de todas, Master and Commander. Por la implicación del autor, El final de la aventura termina siendo una “biografía involuntaria”, algo que él mismo reconoce en la coda, de tono más confesional. Aquí se encuentra mi párrafo favorito del libro, que me permito citar entero para concluir, porque lo resume a la perfección:
A veces reconozco que estoy pasando un mal momento a través de gestos intuitivos en los que reparo cuando ya están en marcha. Cuando voy a una librería y me encamino sin pensarlo a la sección de libros de ciencia, sé que estoy buscando respuestas que no existen, o que no están ahí, que el gesto obedece más a la necesidad que a la curiosidad que siempre he tenido por la astronomía, la física o la medicina. De la misma forma que me pasa cuando imagino y miro con envidia la vida de la vanguardia científico-técnica que sí tiene acceso a las aventuras de nuestro tiempo. O cuando me pongo alguna película de aventuras, como la que ha servido de guía discreto en este libro. Lo que desde fuera puede parecer un pasatiempo banal y una sana costumbre para evadirse, para mí suele significar lo contrario. Somatizo rápido, y suele empeorarme, además del ánimo, el asma y las contracturas. ‘La mente sufre y el cuerpo pide ayuda’, como le recordaba el cardenal Lamberto a un sufrido –y diabético– Michael Corleone en El Padrino III.
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12.10.20

El Jardín de Epicteto

A los ‘happy few’ (los pocos felices, que somos muy pocos y cada vez menos felices) solo nos cabe el repliegue helenístico o alejandrino. Lo he escrito más de una vez en los últimos años, porque están siendo años de descomposición y el repliegue es lo que se corresponde. Después del interés por la vida pública de Platón y Aristóteles en la Grecia clásica, vino la desbandada hacia la privacidad de los escépticos, los cínicos, los epicúreos, los estoicos... Una figura contemporánea equivalente sería el emboscado de Jünger.

Lo que está pasando en España es desolador. Yo estoy asustado con lo que estamos viviendo y aún más con lo que viene. Jorge San Miguel, en un artículo reciente sobre “la nueva normalidad” que está montando el Gobierno, aconseja “desinvertir emocionalmente en el país y, desde luego, en el 78”. En efecto, solo es fuente de frustración mantener el vínculo con algo que se deshace sin remedio. “Desinvertir emocionalmente y cultivar un jardín; el que lo tenga y mientras se pueda salir a la calle”, concluye San Miguel.

El jardín remite al de Epicuro: un recinto de placeres, o al menos de serenidad placentera, de ausencia de dolor y perturbaciones. Aunque me temo que los placeres van a ser un lujo. Habrá que disfrutarlos cuando se presenten, cuanto se pueda. Pero preventivamente yo invitaría a la reclusión en el Jardín de Epicteto. De los estoicos grecolatinos –Zenón, Crisipo, Séneca, Marco Aurelio...–, Epicteto fue el que con más ahínco predicó la imperturbabilidad. Los ‘happy few’ tendremos que ejercitarnos en ella para no terminar amargados.

“¿Cómo se desinvierte emocionalmente en tu país?”, preguntó Kehre, un compatriota que vive en Alemania. No es fácil. Ni siquiera creo que sea posible. Pero hay que distanciarse un poco para no ser devorado, para no formar parte del fango. Tal vez por medio de la comedia. Lo más difícil es encontrar el tono. Uno que lo ha encontrado ha sido Ramón de España, con sus divertidísimas piezas (en vídeo y por escrito) sobre el “manicomio catalán”. Un manicomio que ya ocupa toda la península (y sus islas).

No sé muy bien si el derrotismo fomenta la derrota, pero sí que el triunfalismo no fomenta el triunfo (y que luchar ahora no sirve para nada). Si estamos en una posición perdida, como creo, la cuestión es si entregamos también los momentos que preceden al definitivo. Porque esos aún podrían ser nuestros: hasta la patada en la puerta.

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5.10.20

Woody con mascarilla

Me metí en el cine con rabias varias, el viernes del estreno, según el modesto ritual que articula mi vida, que el día que no haya Woody (falta poco) se desarticulará por completo. Woody Allen es como un reloj de arena al que le quedan pocos granos. Cualquiera puede ser el último. Tal vez el de Rifkin’s Festival fue el último. Aunque esta es su película cuarenta y nueve y dice que quiere llegar a la cincuenta.

Desde hace ya un montón de años Woody es mi termómetro, también sentimental. Unas veces voy solo, otras acompañado. Cuando voy solo me gusta ir furtivamente por la tarde, a la primera sesión. Pero el viernes no pude hasta la de las diez y media. Al menos iba embozado en mi mascarilla.

Se me sentó detrás un grupito de cinéfilos veinteañeros que parecían salidos de los noventa: de cuando ellos estaban naciendo. Los tiempos en que Woody hacía Poderosa Afrodita. Eran enternecedores, pero cuando se pusieron a hablar de Persiguiendo a Amy me levanté y me fui varias filas más adelante, aprovechando que la sala estaba casi toda vacía.

Entonces empezó la película y volvieron las sensaciones de siempre. Por supuesto que es floja, pero qué vulgaridad juzgarla. La recepción de Woody es acumulativa: solo con la musiquilla, la iluminación, las tribulaciones y parrafadas de los personajes uno está sintiendo todas sus películas a la vez. Hay una resonancia maravillosa. Se me instala una entrañable melancolía, muy parecida a la felicidad.

La gracia española de Rifkin’s Festival está en San Sebastián, naturalmente. Woody la ha convertido en un postalón más mediterráneo que cantábrico. Es como un Central Park gigante. O mejor, como un gran parque de atracciones del que ha tenido la cortesía de no sacar el túnel del terror (tal vez por eso protestó Bildu en el rodaje: se sintió excluido). Es la San Sebastián paradisíaca del libro de Fernando Savater, quien durante muchos años solo pudo pasearse por ella con escolta.

En cuanto a los actores, me encantó Wallace Shawn, me puso tontorrón Gina Gershon, encontré que Elena Anaya ganaba mucho en el doblaje y recordé que Sergi López no solo es el peor actor del mundo sino también el más desagradable (pero tranquilos: sale muy poco).

Antes de que empezara la película salieron muchas instrucciones higiénicas en la pantalla. Por ejemplo, “no olvides volver a ponerte la mascarilla cuando termines tus palomitas”. Y el orden en que había que salir luego, empezando por las primeras filas. Como yo estaba en ellas, pude camuflar mi huida con la prevención.

Detrás sonaba la musiquilla de los créditos, ya una banda sonora para mí.

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En El Español.

30.9.20

La linterna de Eduardo Jordá

Qué encanto han tenido siempre para mí los libros de artículos. El primero, Sobre vivir de Fernando Savater, lo leí en una primavera madrileña cuando yo era estudiante y me impregnó de las sensaciones que ya se repetirían (con mayor o menor intensidad) con todos los demás: el agradable trastorno provocado por la conjunción del tiempo volandero de los periódicos y el más estable de los libros, una cierta nostalgia por el pasado reciente y ya inasible, la delicia de la sedimentación de la estrepitosa actualidad en estampas que sin embargo conservan algo de aquel estrépito...

Borges dijo que "todo poema, con el tiempo, es una elegía". Y todo artículo también. Aunque los peores desaparecen implacablemente. Y los mejores conservan algo de vidilla: son elegías con vidilla.

Ahora he leído uno de artículos muy buenos y con mucha vidilla de Eduardo Jordá, Fuera, en la oscuridad (ed. Newcastle), que se fueron publicando entre 2004 y 2019. El orden en el libro no es cronológico, sino que el autor los ha dispuesto de manera que formen un año simbólico (de Año Nuevo a Navidad) hecho con artículos de diversos años. Esto propicia que se acentúen simultáneamente el carácter temporal y el cíclico, que remeda la eternidad. Jordá es también un excelente poeta y en sus artículos –además de numerosas menciones a la poesía– late una aspiración a lo que permanece.

El título está tomado del poema "Out in the Dark" de Edward Thomas, al que Jordá dedica el último artículo y que traduce entero al final del volumen. En la presentación cuenta que, poco antes de morir en la batalla de Arras (1917), "Thomas vivía con su mujer –la gran Helen– y sus tres hijos en una casita ruinosa de Epping Forest. La estufa de parafina no funcionaba, hacía mucho frío, llovía y llovía sin parar, y el día de Nochebuena, su hija pequeña le dijo que tenía miedo de entrar en la sala de su casa porque estaba a oscuras. Thomas cogió a su hija de la mano, la llevó hasta la sala y le hizo ver que no tenía ningún motivo para sentir miedo". Después escribió el poema, que termina así:
Qué débil y pequeña es esta luz,
y todo el universo a nuestra vista,
y el amor y los gozos,
frente al poder,
si no puedes amarla, de la noche. 
Inspirándose en él, Jordá hace la siguiente declaración (que vale como poética para sus artículos y para su escritura en general): "Para mí, escribir –cuando uno es un verdadero escritor y no un simple diletante o un pomposo literato– es mirar lo que ocurre ahí fuera en el mismo momento en que ahí fuera reina una oscuridad tan densa que parece que no vaya a disiparse jamás. Escribir es el deseo desesperado de arrojar un poco de luz que nos ayude a encontrar acomodo en este mundo".

Los artículos de Fuera, en la oscuridad son, en este sentido, linternas que nos alumbran: proponen un cobijo en la realidad sin eludir que está rodeado de sombras. La atención a lo frágil, a los atisbos prometedores en este mundo hosco, es una de las capacidades de Jordá. Por eso esta selección de artículos (de la que han sido excluidos los de la cruda actualidad política, que el autor también trata en los periódicos con una exquisitez no exenta de valentía) es serena, emocionante y reconfortante.

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28.9.20

Naufragio

España se ha metido en una ratonera tontísima. El que sea tontísima nos inclinaría a pensar que con un poco de inteligencia se podría salir de ella. Y así sería, en efecto. En contra de esa esperanza está nuestra historia: caracterizada precisamente por la falta de ese poco de inteligencia. 

La Transición nos había malacostumbrado. Ese poco de inteligencia se produjo. Por ese poco hemos vivido casi cuarenta años de libertad, prosperidad y aceptable paz civil. Con un marco, el de la Constitución de 1978, que permitía que se afrontase cualquier tipo de problema político real. 

Lo malo ha venido cuando han empezado a introducirse (a reintroducirse) todo tipo de problemas políticos irreales. El primero, la falacia de que la Constitución de 1978 es el obstáculo para la resolución de los problemas políticos reales. Es como si no se soportase que algo hubiese salido medianamente bien en nuestra desastrosa historia. 

La aspiración tan antipragmática de cargarse la Constitución me recuerda a aquellos hitos suicidas del “más vale honra sin barcos que barcos sin honra” y similares. Es, ciertamente, una aspiración muy española. 

Y qué vergüenza para los que nos sentimos herederos del ideal de la II República (no tanto de su desdichada plasmación) ver que “república” ocupa el lugar de “honra” ahí. Porque en la famosa frase lo de “honra”, además de suicida y absurdo, era fraudulento. Lo que fue promesa de ilustración es hoy moneda de oscurantismo. 

Soy muy pesimista. La deriva ya era preocupante cuando llegó la pandemia. La conciencia de su gravedad, con el primer estado de alarma, fue un punto de inflexión. Se pudo haber rectificado entonces, ante la realidad atroz (resumida en dos palabras: ruina y muerte) que se nos venía encima. Ha ocurrido todo lo contrario. Es terrorífico. 

Como ha dicho Ignacio Varela, el desastre se ha debido a un “fallo multiorgánico” de nuestra sociedad: de todas las instancias políticas, y también de la población. Pero el máximo responsable es el Gobierno Sánchez-Iglesias. Quizá porque es la expresión tangible de ese fallo multiorgánico: en él ha desaguado casi todo lo que en España falla, casi todo lo que está equivocado. 

Ahora desde el propio Gobierno se está en lo de la “honra”, en aquel sentido fraudulento y pomposo, en vez de en los barcos. Se está en fomentar la división, en burlar la Constitución y atacar al Rey mientras nos hundimos. Naturalmente, por el poder. Será un milagro que nos salvemos de este naufragio. 

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21.9.20

Mangacortismo

Sí, ya sé que el país se hunde, que el virus no se va, que lo que viene es terrorífico, que lo de este gobierno no tiene nombre, que menudo el PP con la Kitchen y con Ayuso, que qué asco Otegi y qué horror Torra... pero en el último día oficial del verano tengo que abordar lo que me ha venido atormentando aún más que lo anterior: ¡el mangacortismo!

Ha sido mi obsesión de estos meses. No porque esté en contra, sino porque estoy a favor. Me obsesionan los que están en contra. 

Lo natural, lo normal para los hombres en la estación calurosa es la camiseta –incluso la de tirantes–, el torso desnudo (si estamos en la tropical Málaga), el polito o niqui (si estamos en una novela de Javier Marías) y –aquí venía yo– la camisa de manga corta. Pero, por alguna razón, esta está proscrita. Alguien dijo que no y muchos se lo creen. 

Es un fascinante espectáculo de servidumbre voluntaria. Yo puedo contemplarlo con una cierta ingenuidad, porque no me enteré hasta hace pocos veranos de la proscripción. Siempre he llevado mis camisas de manga corta, no necesariamente hawaianas, con la conciencia de ser lo que soy: alguien pintón, un artista. Y resulta que no, que voy vestido de abuelete. 

Se lo pillé a un Maldonado –uno de los muchos que pululan por la Costa– en una conversación. Dijo algo despectivo contra las camisas de manga corta (no contra mí, que ese día llevaba camiseta) y entonces vi de golpe a todos los esforzados mangalarguistas que han poblado los veranos de mi vida, incluido ese Maldonado (he de aclarar que no se trata de Arias Maldonado, que comparte mangacortismo conmigo). 

El espectáculo, como digo, es fascinante. Cuarenta grados a la sombra y el mangalarguista no se pone una camisa de manga corta ni a tiros. Se mantiene empapado de sudor en la de manga larga, que además no se puede remangar más allá del codo (es otro de los palos de esa cruz). Lo que me fascina es eso: cómo ha interiorizado una norma que nadie sabe de dónde ha surgido y hace de ella religión (rama ascética). 

Mientras yo me miraba y remiraba para comprobar si mi camisa de manga corta me hacía parecer un abuelete (¡y concluyendo rabiosamente que no, que mi aspecto era el de un artista y además fresquito!), no dejaba de observar los sufrimientos de los portadores de camisa de manga larga, empapados en sudor y con aparatosos arremangamientos nunca más allá del codo, en torno al cual se formaban unas peloteras de tela espantosas... 

Lo divertido es que empieza a imponerse otra moda que entra un poco en colisión: la del pantalancortismo. Este verano he visto a un centauro que llevaba pantalón corto y camisa de manga larga. En todos los ámbitos se cabalgan contradicciones.

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16.9.20

Con su espectacular monotonía

Ante la noticia de que han hallado “posibles indicios de vida en Venus”, John Müller tuiteó algo sensacional: “Acabamos con ese planeta hace trillones de años y tuvimos que venir a este”. Le respondí: “Pensar que ya no estamos en Venus es demasiado optimista, amigo Müller”. Sí, es muy optimista pensar que ya no estamos en el descuartizamiento y la calcinación. 

Luego me acordé de “El embarco para Citerea” de Guillermo Carnero. Citerea es la isla de Venus y el poema adquiere ahora un aire futurista: “Hoy que la triste nave estar al partir, / con su espectacular monotonía...”. (Este segundo verso me parece el mejor adjetivado de la poesía universal.) 

El poeta explica que ha tomado el título del cuadro de Watteau en que personajes frívolos suben al barco que va al amor, ignorantes de lo que les espera. Pero el pintor los mira desde una cierta distancia: él no está entre ellos, se le pasó la ilusión. Carnero lo expresa así: “quiero quedarme en la ribera, [...] / oír lejanos en la oscuridad / los remos, los fanales, y estar solo”.

El indicio de la vida en Venus lo da un gas fétido, la fosfina, que existe también en la Tierra. “Se asocia –según los investigadores– a microbios que viven en entornos donde no hay oxígeno, incluido el fondo de algunos lagos, las aguas fecales y el intestino de animales, incluidos los humanos”. 

No está mal. Me recuerda a lo de Yeats: “el amor ha erigido su mansión / en el lugar del excremento”. Y al poema terrible que Baudelaire también le dedicó a Citerea. El navegante avista esa “triste y negra isla” y, ya de cerca, distingue en su costa a un ahorcado picoteado por pajarracos: “Fosas eran los ojos y del saqueado vientre / los gruesos intestinos colgaban por los muslos...” (tr. Sarrión). 

Al final de “Un viaje a Citerea”, el navegante (¡Baudelaire!) se descubre a sí mismo: “–¡Oh Venus!, en tu isla no encontré frente a mí / sino una horca simbólica donde pendía mi imagen... / –¡Ah, Señor! ¡Otorgadme el coraje y la fuerza / de aceptar sin disgusto mi corazón, mi cuerpo!”. 

Jaime Gil de Biedma, que también escribió su “Desembarco en Citerea”, cita ese penúltimo verso en otro, “De senectute”: “Amanece otro día en que no estaré invitado / ni a un momento feliz. Ni a un arrepentimiento / que, por no ser antiguo, / –ah, Seigneur, donnez-moi la force et le courage!– / invite de verdad a arrepentirme / con algún resto de sinceridad”. 

Concluye con un verso memorable, en el que me permito insertar un corchete para la ocasión: “De la vida [en Venus] me acuerdo, pero dónde está”. Algunos seguimos allí, descuartizados y calcinados: su espectacular monotonía.

14.9.20

Dos viejos debates

Qué experiencia para los de mi generación volver a ver antiguos programas de la tele. Aquellos que vimos sin ninguna duda, puesto que los vimos todos. Nuestra vida iba por dos cauces, el de la vida y el de la tele: que no se mermaban entre sí, puesto que los dos iban a tope y en los dos estábamos. Teníamos todo el tiempo para los dos. 

Entonces había que verlos cuando los emitían, y por lo general solo los emitían una vez. Por eso los volvemos a ver ahora con la certeza de que la experiencia anterior estuvo en un momento concreto de nuestra vida. Es como meterse en nuestros ojos de tal día concreto. Y, por extensión, del momento histórico, el que corría alrededor de la pantalla. 

En YouTube se pueden ver muchas cosas (¡a veces me pongo Colombo!), pero no hay nada como el formidable almacén de RTVE A la Carta. Los más ilustrativos son los programas de conversación. Por ejemplo, el de la tertulia que tuvo en 1981 Fernando Fernán-Gómez: está entera la época en aquellas charlas. Si los jóvenes se asoman, se harán una idea. 

Este verano me he puesto dos debates que recordaba bien, aunque con las filtraciones de la memoria. Revivirlos ha sido bastante espectacular. 

El primero es el dedicado a El compromiso de los intelectuales en 1987, moderado por Victoria Prego y con la participación de (¡agárrense!) Octavio Paz, Jorge Semprún, Mario Vargas Llosa, Manuel Vázquez Montalbán, Juan Goytisolo y Fernando Savater. Todos hombres, sí, pero los tiempos eran falócratas. Lo cual tenía también sus cosas buenas. Los falos se conjugaban con los cerebros, que estaban engrasados. Hoy, sencillamente, no podríamos ver un programa así: no por los falos, sino por los cerebros. (Hasta Vázquez Montalbán está aceptable.) 

El segundo es la discusión que tuvieron en el Querido Pirulí de Fernando García Tola, en 1988, Savater y Javier Sádaba (a partir del 22:42). La revisitación aquí me produjo un sobresalto: ¡Sádaba es un proto-Zapatero! La misma carita edulcorada, la misma retórica curil, la misma estrategia pasivo-agresiva, estrictamente inquisitorial. El burreo al que lo somete Savater es épico: la inteligencia afilada y sin grasa (¡rápida, chispeante!) de Savater frente a la paquidérmica maquinaria neuronal de Sádaba, que echa la caña a su cerebro a ver si se le engancha alguna ideílla, siempre mala... 

Sádaba no era proetarra, pero era de los que alimentaban la sopa boba del etarrismo. Habla de “la paz” de manera untuosa. Mientras que ETA había asesinado diez días antes y volvería a asesinar nueve días después. Y aún es lo suficientemente miserable como para soltarle a Savater (además de que se le entiende “como se entiende a la policía”, 44:45) que si tiene problemas en Zorroaga “tú sabrás por qué” (49:25). 

De modo que a mi edad he vuelto a exaltarme ante la pantalla como a mis veintiún años, con la irritación añadida de que el sabadismo es lo que impera hoy. Por lo demás, los viejos dinosaurios falócratas fueron abatidos, junto con sus cerebros. Quedan Vargas Llosa y Savater, a los que llaman “fachas”. 

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