29.6.20

Todos los conguitos

Los nacidos en los sesenta hemos recibido otro torpedo en nuestra línea de flotación: ¡los conguitos! ¡Ahora nos quieren quitar los conguitos! ¡Los acusan de racistas! Nuestro pequeño reino afortunado no solo se desmenuza por el tiempo, sino también porque sus piezas están condenadas.

Hace mucho que no los tomo, pero no hace falta: los tengo en el paladar sin ningún esfuerzo de memoria. La caniquita de chocolate dentro de la cual estaba el cacahuete; las opciones de echarse a la boca una o más caniquitas y, una vez en la boca, de dejar que el chocolate se disolviera o masticar para que se mezclase todo...

Nos parecía friendly que apareciesen negritos en el sobre. Nos gustaban mucho los negritos (los pocos que había en la vida española). Y no solo para comerlos. Ante todo (¡lujosa capacidad cognitiva!), sabíamos diferenciar el dulce de los seres humanos. Mejor dicho: jamás se nos ocurrió confundirlos. Sabíamos que no nos estábamos comiendo a ningún ser humano, ni siquiera su representación.

Los mismos que nos inflamos de comer conguitos vimos luego Raíces y durante semanas vivimos –como solo se vivían entonces las series– lo que había sido la esclavitud en Estados Unidos, con todas (¡todas!) sus implicaciones. Recuerdo también otra serie un poco anterior sobre la lucha abolicionista. Y nos emocionaba (y dolía) la historia de Martin Luther King... En ningún momento se interfirieron los conguitos con esto: eran unos dulces de kiosco. Solo unos dulces. Comer conguitos no nos impidió ser antirracistas.

La época pop nos daba espacio mental, la capacidad de no apegarnos a los contenidos; es decir, de jugar con los significantes. Esta apertura dentro de los cráneos era moderna, hacía que corriese el aire por la plasta nacionalcatólica de la que veníamos (y a la que estamos volviendo, solo que el lugar del catolicismo lo ocupan la corrección política y los dogmas de la izquierda reaccionaria).

La cumbre por este camino la alcanzó en los ochenta Glutamato Ye-Yé con su “Todos los negritos tienen hambre y frío / tiéndeles la mano, te lo agradecerán”. Todavía me río cuando la canturreo. La risa (¡y estas explicaciones son un tributo al espíritu de la pesadez que hoy se impone!) no era por los “negritos”, sino por los biempensantes que los querían debajo para poderlos compadecer y sentirse fenomenal.

Sus equivalentes son los que ahora se autoproclaman “antirracistas” y se ponen a ver seres humanos en unas bolitas de chocolate rellenas de cacahué.

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En El Español.

24.6.20

Estatua ecuestre de Simón

Yo no le tengo odio a Fernando Simón, le tengo incluso simpatía, pero es evidente que se ha equivocado. Maite Rico ha ordenado sus profecías y leerlas hoy –a la luz de los muertos– es escalofriante. “España no va a tener más allá de algún caso diagnosticado”, dijo el 31 de enero. Ha sido una especie de Nostradamus a la inversa: pronosticó normalidad y ha sucedido el Apocalipsis.

Esa es la cuestión: que hizo pronósticos. Pronósticos que no acertaron. Y el desacierto ha costado vidas y devastación. La mentalidad punitiva predominante –que aqueja a la derecha tanto como a la izquierda– lo acusa ahora de criminal. No es un criminal. Simplemente se equivocó. Con indudable incompetencia. Supongo que seducido por el poder (arropado por su maquinaria), ha tendido a actuar más como hombre del Gobierno que como hombre de la ciencia. En el mejor de los casos, es un funcionario fallido.

Un capitoste de la prensa (sin decir su nombre) lo ha llamado “bobo”. Tal vez ahí esté la clave. No creo que sea bobo, pero se le está empleando como bobo útil.

El movimiento hacia su exaltación –simétrico a aquel otro que lo acusa de criminal– prueba que el pobre Simón ya es solo un muñeco. Da igual quién sea, lo que haya hecho o dejado de hacer. Interesa como factor partidista. La incongruencia brutal entre sus resultados y la adoración que recibe indica que es solo una ficha en la guerra ideológica. Como en el viejo estructuralismo, solo importa su posición en el tablero.

El espectáculo es –otra vez en España– berlanguiano. Miles de muertos y han hecho camisetas con su cara y sus frases, le han dado el premio Castelar, van a inaugurar una plaza con su nombre. Solo falta que le hagan una estatua ecuestre. Sería la primera estatua de la era post-estatuas.

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En The Objective.

(2.7.20) Finalmente le han hecho la estatua ecuestre:


22.6.20

El luto del inquisidor

El padre de Pablo Iglesias pasó por el FRAP sin ser terrorista, como esos faquires que pasan por el fuego sin quemarse. O como Bill Clinton, que se fumó un porro sin tragarse el humo. En eso debe de fundamentarse la demanda que le ha puesto a Cayetana Álvarez de Toledo, y será interesante ver cómo la Justicia resuelve este asunto de memoria histórica reciente.

Ya sabemos que la hipocresía es un homenaje que el vicio le rinde a la virtud. Por eso yo me conformo con ese reconocimiento tácito de que el terrorismo es malo. O de que ser terrorista “no mola”, por emplear el lenguaje del hijo. A este, por cierto, sí parecía “molarle” que su padre hubiese sido “frapero”, como puso en un tuit (en el que además hacía un uso pop del piolet).

El rifirrafe sobre el FRAP, tan significativo, sepultó sin embargo un detalle aún más significativo de aquella sesión parlamentaria del 27 de mayo. Antes de que Álvarez de Toledo llamase a Iglesias “hijo de terrorista”, el hijo en cuestión había escenificado en qué consiste el luto para el Gobierno.

Era el día en que empezaba el luto oficial por los muertos por coronavirus en España y, en su primer cruce con el portavoz del PP, les soltó Iglesias a los diputados de este partido: “¿No se les cae la cara de vergüenza de reírse en un día de luto?”.

De lo que se reían era de la insinuación que acababa de hacer Iglesias –mussolinianas manos a la cintura– de que el portavoz del PP había llamado “a la insubordinación de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado”. (Se puede ver la secuencia completa en el vídeo.)

O sea, Iglesias primero provoca con una falsedad (las palabras de Teodoro García Egea fueron gruesas, pero no llamaban a insubordinación alguna) y luego les reprocha a los provocados su reacción. Montándose para ello en la novedad del día: el luto. Al que le intenta sacar beneficio partidista desde el primer momento.

Como un curilla, lo que le interesa a Iglesias de la ética es culpar desde ella: señalar a los malos, trazarles un cerco. No la utiliza para la ordenación de su conducta, sino para fiscalizar las conductas ajenas. Y solo de acuerdo con lo que a él personal o ideológicamente le conviene.

Su luto es el luto del inquisidor: una ocasión emocionalmente cargada desde la que ejercer su chantaje. Hay que sentir en cada momento lo que él ha decidido que hay que sentir. Y si no, te acusa. Otra trampa populista.

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En El Español.

15.6.20

Woody burbujeante

He leído yo también el libro de Woody y lo he disfrutado como nadie. Qué manera de reconciliarme con la vida, y con el mundo; gracias, como suele ocurrir, a un pesimista sin apaños. Decía Cioran que las religiones son “cruzadas contra el humor” (también lo son las ideologías). Y aquí tenemos a un espécimen rarísimo en nuestra época: un antipredicador con un humor maravilloso.

Con A propósito de nada (Alianza), Woody Allen ha inventado un género: la autobiografía burbujeante. No sé si lo sería ya la del cineasta Preston Sturges, que no he leído pero cuyo título –ideal para toda autobiografía– promete burbujas: De los acontecimientos que condujeron a mi muerte. Lo bueno es que se murió mientras la estaba escribiendo.

Golpes así tiene Woody en la suya, y no voy a privar a esta columna de dos de los geniales, aunque se hayan citado mucho: “Algunas personas ven el vaso medio vacío, otras lo ven medio lleno. Yo siempre veía el ataúd medio lleno”. Y: “No creo en un más allá y realmente no veo qué importancia pueda tener que la gente me recuerde como un cineasta o como un pedófilo o que no me recuerde en absoluto. Lo único que pido es que esparzan mis cenizas cerca de una farmacia”.

El libro de Woody es una película de Woody; o mejor: es todas las películas de Woody (que siempre han tenido mucho de literatura), con todos sus elementos en estado de esplendor. Yo lo compré porque era debido, pero solo esperaba pasar un tiempo entrañable en compañía del viejecillo, un grato momento crespuscular como cuando me meto en el cine a ver sus últimas películas. Y me he encontrado con un trallazo de libro, con un nervio juvenil, pujante, sin decadencia. Lo crepuscular es solo temático, pero es que eso lo cultivaba ya desde el principio.

A propósito de nada utiliza un procedimiento infalible (cuando se hace bien) de meter vida en la escritura: el coloquialismo. Es como si Woody estuviera sentado en una silla, o en un taburete de monologuista, hablándoles directamente a los lectores, en una larguísima parrafada que ocupa todo el libro. Las separaciones que hay cada muchas páginas son engañosas, porque todo va del tirón. Hay un ligero desaliño, que no sé si está cuidado pero que fomenta el efecto. Y que va con la estética de sus películas, en la que los aspectos técnicos no son los fundamentales.

De sus películas es casi de lo que menos habla, aunque dice cosas que están bien. De lo que más, de las mujeres, el sexo y el amor, de su familia judía, de su manera de ver la existencia, de sus miedos y neurosis, de Nueva York (de Manhattan), de la radio y de su descubrimiento del cine cuando era niño (al que dedica páginas deslumbrantes), del mundillo de los guionistas y los cómicos en el que se integró de muy joven...

Y al final, cómo no, del temita: su relación con Soon-Yi y las acusaciones de Mia Farrow de que abusó de la hija Dylan cuando era niña. A algunos esta parte les ha decepcionado. Yo iba prevenido para saltármela si hacía falta, pero no ha sucedido: me la he leído con sumo interés y no me ha parecido que el libro perdiese calidad. Su tono se vuelve más sombrío, pero sin exceso: junto a la maldad y la locura humanas (encarnadas en la desquiciante Mia Farrow), está el amor por Soon-Yi, que ilumina. Woody se defiende a fondo, naturalmente (con indudable credibilidad). Pero aun en esas circunstancias se percibe que es un gran hombre, un hombre magnánimo.

Así que terminé el libro con agradecimiento. Y es precioso que también como objeto sirva para agradecer y reconfortarse: porque su portada imita los títulos de crédito de sus películas, con esa tipografía blanca (aquí en relieve) sobre fondo negro, y tocarla es como tocarlas.

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En El Español.

(17.6.20) Me he acordado después de otra autobiografía burbujeante: la de Fernando Savater, Mira por dónde.

9.6.20

Uno de mis detestados

Se ha muerto Pau Donés, uno de mis detestados, y la pena es más grande que si hubiese sido uno de mis adorados. No porque me sintiese culpable, pues nunca le deseé ningún mal, sino porque yo quiero a mis detestados realmente: quiero que estén ahí, felices y a tope de salud, para que yo pueda ejercer sin sombra mi alegría detestadora.

Es una dialéctica rara, quizá poco comprensible, en estos tiempos de literalismos; unos tiempos antiirónicos (por debajo de la carcasa de risitas) en los que alienta la pulsión de aniquilar al contrario. Yo quiero que el contrario siga ahí, sobreviviendo a mis detestaciones y aun haciéndose fuerte con ellas, contra ellas. Él, al fin y al cabo, me hace el favor de poder definirme también en su contra. Lo que me gusta es esa electricidad, que haya nervio.

Por eso me dio mucha tristeza cuando me enteré de su cáncer. El mundo perdió para mí parte de su gracia, y estos cinco años sin chistecillos contra Pau Donés, con un cariño nuevo y melancólico por Pau Donés, han estado, paradójicamente, más alejados de la vida. Esta era mejor cuando Pau Donés daba rienda suelta a su buenrollismo y yo soltaba mis pullas.

Solo un pesimista cenizo, de esos que constituyen en sí mismos un sólido argumento contra la existencia, podría decir en estos casos: “¿Ves en qué acabó tu buenrollismo?”. Pero eso sería no haber entendido nada. La lucha contra la tiranía del buenrollismo no era, ciertamente, para instaurar la tiranía del malrollismo...

Pau Donés me prestó un servicio añadido: lo utilicé para meterme –por fastidiar a sus catecúmenos– con el escritor David Foster Wallace, al que llamé “el Jarabe de Palo estadounidense” por su parecido (bandana incluida) con el español. Ahora los dos están muertos. Se acabó la comedia, el dulce guiñol de los cachiporrazos, y se ha quedado el escenario vacío.

Tal vez no haya mayor homenaje a la vida que las canciones pegadizas: esos estribillos que se adhieren a los minutos con la vocación de persistir, y ahí pueden tirarse una tarde, semanas enteras; forzando una inmortalidad en forma de musiquilla. También yo he canturreado millones de veces, qué remedio, “por un beso de la Flaca daría lo que fuera” y “todo me parece bonito”. Y este triunfo de Pau Donés sobre su detestador me parece ahora bonito.

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En The Objective.

8.6.20

Recuperación de la primavera

Gracias a la fase 2, que estrenamos en Málaga el lunes pasado, pude bajar por fin al centro en pantalones. En la fase 1, para salir del cerco kilometral, era imprescindible la coartada del deporte. Así que me estuve disfrazando con el chándal, por no ser descortés con la policía (aunque mi aspecto fuese el de un Soprano). Confieso que no he sufrido demasiado con las restricciones. Más bien me las he ido tomando como un niño, disfrutando lo que tenían de novedoso. Y cuando lo novedoso ha sido volver a vestirme como siempre, la alegría ha encajado consigo misma.

Un reencuentro ha sido el de la ciudad a otras horas. No ya las primeras y las últimas del día, únicas autorizadas hasta entonces, sino las centrales. Salí de mi casa a las cinco y, aunque sabía que se trataba de una recuperación, me sorprendió encontrar la primavera crujiente, dorada, como un hojaldre recién salido del horno. Llevaba semanas cocinándose para nadie. Me di un paseo embelesado, con los minutos amontonándose con una parsimonia divina. Uno era un príncipe solo por pasear. Con la mascarilla, eso sí: como un cráneo de Yorick incrustado en la mandíbula para recordarnos que somos mortales.

Otra tarde tuve que ir a Correos y la primavera estaba allí sentadita. La empleada, una mujer de unos cuarenta años, llevaba un vestido de tirantes, formal pero con un escotazo que enseñaba casi la mitad de sus tetas redondas, enormes, limpísimas. Había algo precioso: era guapa, pero no hasta el punto de eclipsar las tetas, que eran sus soles. Me atendió con una eficiencia suprema, era la empleada perfecta. Y yo agradecí en silencio la generosidad de una mujer que se pone un escote así para pasarse todo su turno sentada ante clientes que van a asomarse inevitablemente como desde un balcón.

Le pregunté luego a mi amiga Sofía Rincón, que es una escotista maravillosa, si una mujer que se escota de ese modo busca miradas descaradas, que a mí nunca me salen, o más bien crear tensión, imantar el espacio, propiciar un juego de vistazos rápidos y nerviosismo en su interlocutor. Me respondió que lo segundo, claro. “Si la hubieras mirado descaradamente se habría sentido incómoda, porque te estarías saltando las reglas del juego”.

Mi tarde ya estaba arreglada, y yo creo que la semana entera, pero seguí hasta el paseo marítimo, donde me encontré con que habían reabierto el chiringuito Oasis, sin duda el mejor de la ciudad. Allí me tomé a principios de marzo mi última cerveza, y me senté para tomarme la primera de la desescalada. Había solo una pareja con un bebé, dos mesas a mi izquierda. Delante el mar, con olas tranquilas, convenientemente sonoras. A mi derecha, algo alejados en la arena, bañistas de postal. Soplaba una brisa fresca, absolutoria, que movía las sombrillas. Y cuando llegó mi caña y le di el primer sorbo, fue la perfección.

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En El Español.

7.6.20

Los últimos románticos

Esta semana ha llegado a las librerías Los últimos románticos, la nueva novela de Txani Rodríguez y la primera en Seix Barral. De las dos anteriores, Agosto (Lengua de Trapo) y Si quieres, puedes quedarte aquí (Tres Hermanas), escribí en su día y estaban muy bien; pero Los últimos románticos es la mejor hasta ahora, la más perfecta. Es una novela con unos pocos elementos dosificados y combinados con maestría, de manera que crean todo un mundo: al terminarla se tiene la sensación de que es un mundo completo, muy rico, señal de que esos pocos elementos son los que tenían que ser y que están muy bien organizados. Ocurre, pues, como con las buenas composiciones de música de cámara. Tiene algo también de película intimista. Pero la protagonista, que narra en primera persona, y está muy pendiente de sus sensaciones, de sus anhelos, de sus nostalgias, de sus preocupaciones (entre ellas, las de una posible enfermedad cuyo diagnóstico espera), no deja de estar atenta al mundo: a su casa y a sus vecinos, a la fábrica de papel en la que trabaja, a sus compañeros, al paisaje que la rodea, áspero y desangelado, a la época que se desmorona... La escritura, precisa, matizada, penetrante, va calando como lluvia fina, desde su estupenda frase inicial, algo más contundente: "Las cosas pasaron como pasan los trenes de mercancías: con un estruendo de velocidad anunciado desde lejos". La mezcla de cotidianeidad estrecha, vecindario indiferente u hostil y vida laboral conflictiva hizo que me preguntara en algún momento de mi lectura quiénes eran los "románticos" del título. Y me di cuenta en seguida de que el título era irónico, pero solo en parte: romántica, en el sentido profundo, es la protagonista con sus insatisfacciones y sus anhelos (ese amor telefónico que vive, relacionado con viajes y escapada), es el empleado de Renfe, es la vecina confinada por la enfermedad y su hijo o es el personaje que podría hacer suyo este verso de Luis Cernuda: "Mejor la destrucción, el fuego". Son románticos por desajustados con el mundo.

Pongo la reseña de El Cultural, creo que la primera que ha salido:



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Aunque no tiene que ver con la novela, cuando la autora me dijo el título definitivo de Los últimos románticos (tuvo otro al principio que también me gustaba: Mi fabuloso acto de desaparición), me acordé de la canción "O último romântico" de Caetano Veloso, con la que termino para desearle suerte en su singladura:

1.6.20

Comisión de No Destrucción

La Comisión de Reconstrucción debería transformarse urgentemente en la Comisión de No Destrucción, porque como siga reconstruyendo como lo viene haciendo no va a quedar nada. Nació como sustituta de aquellos nuevos Pactos de la Moncloa que propuso Pedro Sánchez al principio de la pandemia. Pero visto el espíritu destructivo que viene animando la reconstrucción, me temo que aquellos Pactos de la Moncloa habrían sido unas Dinamitaciones de la Moncloa.

Tal vez tenía razón Cioran al pensar que toda acción es demoniaca. Según el filósofo rumano, no hay manera de hacer el bien; como mucho se puede evitar hacer el mal, no haciendo nada. La inacción como ética es sin duda una medida drástica. Aunque simpatizo bastante con Cioran, yo no la propondría para todos los seres humanos. Pero sí para los políticos españoles.

Estos acudirían a la Comisión de No Destrucción a estarse quietos. Y, sobre todo, a callar. El tiempo que estuviesen quietecitos y calladitos redundaría en beneficio de la ciudadanía, que respiraría aliviada mientras no la estuviesen destruyendo. Está la pandemia, sí, y está el hundimiento económico. Pero mejor tener dos jinetes del Apocalipsis en vez de cuatro. Y digo cuatro porque la acción destructiva de nuestros políticos se duplica en la parte de la ciudadanía envenenada por ellos.

La destrucción de la Comisión de Reconstrucción, como ha escrito Laura Fàbregas en su crónica de la última sesión, la llevó a cabo Pablo Iglesias, vicepresidente segundo del Gobierno. O sea, la llevó a cabo el Gobierno. Este persiste en su lógica fundacional, la de la moción de censura: el frentismo. La alianza del PSOE con populistas y nacionalistas, sin importarle que estos sean independentistas o proetarras. Y enfrente, los malos: el PP, Ciudadanos y Vox, empaquetados como “extrema derecha” (apelativo que solo se modula cuando hace falta votos de Ciudadanos o el PP).

Este esquema comodísimo y nefasto es en el que se sostiene el presidente Sánchez, porque no ha sabido (ni quizá querido) sostenerse de otra manera. Que ni la situación tremenda que estamos viviendo lo haya sacado de ahí, confirma que es irrecuperable. La responsabilidad que puedan tener Ciudadanos, PP e incluso Vox queda definitivamente opacada por la destrucción que viene de Moncloa.

La costumbre era que una comisión no resolviese nada. La novedad es que se dedique a lo contrario de aquello para lo que se creó. O a lo mejor no. A lo mejor se creó para continuar el frentismo por otros medios.

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En El Español.

31.5.20

El último regalo de Papá Noel

Agatha Christie fue mi primer amor literario y, como dice Georges Brassens en "La première fille", el último que olvidaré. Dice otra cosa preciosa en la canción: que ese amor primero es "el último regalo de Papá Noel". El niño descubre el juguete con el que dejará de ser niño. Y ya solo querrá ese juguete, ese regalo. Brassens, por supuesto, se refiere al amor sexual; pero con los libros de Agatha Christie me pasó justo lo mismo. Me aficioné a los doce o trece años y ya solo les pedí eso a los Reyes (Papá Noel nunca apareció por casa). Desaparecieron los juguetes y llegó el juguete: los libros de Agatha Christie primero, los libros en general después. Ya solo libros, siempre libros.

Antes leía nada más que tebeos, muchos tebeos. En aquel periodo se me colaron dos libros "de letras", En las fronteras del Far West y La ciudad del rey leproso, ambos de Emilio Salgari, que son en sentido estricto los primeros que leí; pero, aunque me gustaron, no me impulsaron a buscar otros ni me hicieron preferirlos a los tebeos, que se mantuvieron como pasión predominante. Hasta que apareció Agatha Christie. Fue bonito el momento. En el bibliobús en el que me abastecía vi un libro de la autora, cuyo nombre me sonaba por mi padre, que era aficionado a las novelas policíacas. Lo saqué para él, junto a mi provisión habitual de Mortadelos, Astérix, Tintines, Blueberrys o lo que fuera. Se trataba de Cinco cerditos. Un día en que hacíamos tiempo hasta la hora de comer (recuerdo un mediodía luminoso, pulcro como los de aquella época), cogí el libro, que mi padre tenía en la mesa, y empezé a leerlo sin otro propósito que ver "cómo era", durante tres o cuatro páginas. Ahí me enganchó, leí mucho más de lo previsto y ya seguí en las jornadas siguientes hasta que lo terminé. A diferencia de con aquellos dos de Salgari, con este se produjo el clic.

Fue en el final de la novela (será el único que destripe), cuando se descubre que la persona que había asesinado al pintor era justo aquella que posaba para él como modelo. El comentario de Hércules Poirot (fue en esa novela, claro, donde descubrí al detective) de que el pintor estaba pintando a su asesino mientras este lo estaba asesinando (porque el asesinato era mediante un lento veneno), y que lo que mostraba el cuadro era eso, a un asesino en acción, fue lo que me impactó. Y el modo en que, en ese momento, la novela, que se me había hecho tediosa a ratos, quedaba imantada, tensada y llena de significado a partir del final. Este esquema, naturalmente, ya lo conocía por el cine y las series de televisión. Pero al experimentarlo por medio de la lectura, a mi ritmo, fue como si lo hubiera vivido por primera vez, o de un modo más pleno.

Quise más, con miedo de que no se volviese a repetir el milagro. Con esa preocupación empecé la segunda que encontré, El misterio del tren azul, y en seguida vi que me gustaba mucho más que la otra, desde el principio. Con las siguientes novelas fui comprobando que Cinco cerditos, de hecho, era de las más aburridas; o sea, que si aun así me había enganchado, tenía por delante mucha emoción. Aunque no tanta como con la más emocionante de todas, que fue la tercera que leí: Diez negritos. La conseguí un viernes por la tarde y la puse en mi mesita de noche. La empecé el sábado por la mañana en la cama y la estuve leyendo todo el día, hasta que la terminé. Era la primera vez que leía entero un libro en un día.

Le contagié la afición a mi hermana, y a los primos, amigos, compañeros de colegio y vecinos de mi edad. Durante dos o tres años leí solo novelas de Agatha Christie, de un modo excluyente: no me había aficionado a los libros "de letras", sino a los libros "de letras" de Agatha Christie. Los demás leían también a Los Cinco, Los Hollister o Los tres investigadores de Alfred Hitchcock; yo únicamente a Agatha Christie, con ese exclusivismo que luego he practicado con otros autores. De Agatha Christie pasé ya a los libros "de literatura", los primeros de los cuales fueron, por este orden, La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez y Memorias de un niño de derechas de Francisco Umbral. Cuando, al comienzo del primero, leí que el protagonista era "tan flaco que parecía siempre de perfil" entré en otra fase. Jamás en las novelas de Agatha Christie me había fijado en cómo decía las cosas. Solo me interesaba la trama, el enigma, el mundo que allí había; no el lenguaje. Una vez que me interesé por el lenguaje me desinteresé de las novelas de Agatha Christie; si bien es verdad que para entonces ya me las había leído todas.

Unos años después, con La infancia recuperada de Fernando Savater, comprendí cuánto de decadente hubo en aquel alejamiento. Pero para entonces ya era irreversible. Estaba condenado a esa cosa inferior, "la literatura", pues. Pero evoqué mis tiempos felices de leer solo por la historia, con algunas reflexiones a posteriori. Me daba pie el tipo de reflexiones que hacía el propio Savater en su libro. En el que habla, por cierto, a propósito de Agatha Christie, de "su incansable ingenio, la sutileza de unas tramas mucho menos obvias de lo que parece a primera vista, el encanto de unos personajes y ambientes rezagadamente victorianos, cuya pintura no carece nunca de suave ironía". Tiene gracia que el primer filósofo que tuve de ídolo, antes incluso que Savater, fuera sir Bertrand Russell. Como aún me hallaba bajo el influjo de Agatha Christie, me imaginaba retrospectivamente a ciertos aristócratas de sus novelas con su aspecto, como el lord Edgware de La muerte de lord Edgware. Y al mismo Russell me lo figuraba de personaje, pero menos como víctima que como asesino.

La lectura tenía un aliciente dinámico, por decirlo así: porque, por muy morosa que se presentase, estaba la espera del crimen. Era una lectura alerta, primero para ver quién iba a morir, luego para ver quién era el asesino. Una vez producido el crimen, la lectura pasaba a ser investigadora, recolectora de pistas. Como todos eran sospechosos y el asesino solía ser alguien insospechado, se producía una educación en el pesimismo hacia la condición humana. Había intereses, sentimientos oscuros, ventajas, venganzas, móviles. Y algo que se daba por hecho pero que, si se piensa, resulta perturbador: si todos eran sospechosos, todos eran asesinos en potencia. El lector, en sus elucubraciones, lograba ver al asesino, al posible asesino, que todos llevaban dentro. Los inocentes eran pensados también como asesinos. Eran lecturas gozosas y malévolas. Proyectaban el mal: un mal superior al que efectivamente existía en las páginas. Puesto que, salvo en la famosa novela en la que todos eran los criminales, se les atribuía la posibilidad de haber matado también a los que no lo habían hecho.

De las sesenta y seis novelas (más los libros de relatos) de Agatha Christie, mis favoritas eran las de Hércules Poirot, en segundo lugar las de los Beresford, Tommy y Tuppence, y por último las de Miss Marple, que me gustaban menos. Por los Beresford sentía una simpatía y una complicidad enormes; gozaba con sus novelas como con las peliculas de suspense. Y por Poirot una devoción admirativa. Adoraba su nombre, que fuese belga, que luciese mostacho, que tuviese cabeza de huevo y que remitiese continuamente a "las células grises". Hubiese querido ser su Hastings y seguirlo en todas las aventuras y peligros. Y lo seguía (a él y a Hastings) como lector. A diferencia de Sherlock Holmes, al que admiré también más tarde, aunque menos, que recibía los encargos en su apartamento de Baker Street, Poirot se los iba encontrando en sus viajes y reuniones sociales: como si su presencia suscitara el crimen. Un componente inquietante que se asumía con normalidad en las novelas. Como se asumía aquel mundo inglés que a alguien como yo solo podía resultarle exótico: exotismo que sostenía aquellas ficciones y les daba su encanto particular; con sus rododendros, sus tejos, sus vicarías, sus pantalones de tweed y todo aquello que acompañaba a los asesinatos. Una característica de dicho mundo inglés es que se mantenía tal cual (salvo en su paisaje de fondo) en las novelas ambientadas en otros destinos, como Egipto, Mesopotamia, Bagdad, Petra o Pollensa, en los que lo más exótico seguían siendo los ingleses.

A veces miro los libros de Agatha Christie de mi biblioteca y por unos segundos evoco la felicidad que me depararon. Aquellos volúmenes de la editorial Molino, cuyas portadas –como dice Juan José Montijano, autor de El universo de Agatha Christie– son "auténticos bodegones del crimen", parecen guardar los momentos en que los leí. Y me basta repasar los títulos para que me venga un aroma, sin contenido ya pero con el eco asociado de una sensación: Cianuro espumoso, Cita con la muerte, Asesinato en el Orient Express, La casa torcida, El asesinato de Rogelio Ackroyd, Un gato en el palomar, El hombre del traje color castaño, El misterio de la guía de ferrocarriles, Inocencia trágica...

De adulto solo he vuelto a leer Sangre en la piscina, porque me la elogió mucho la editora Pilar Álvarez. Fue hace diez años y terminaré con lo que escribí entonces, porque contiene una sorpresa: aunque yo no las leyese como "literatura", las novelas de Agatha Christie eran también "literatura". Simplemente, yo no lo sabía, porque no me interesaba eso aún: pero si me conquistó fue por sus efectos.

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Toda la verdad

Me he quedado sorprendido con Sangre en la piscina. Debí de leerla antes de los quince años, como todas las de Agatha Christie, pero no la recordaba y ahí estaba ya todo. Hay una comprensión compleja de la vida en la novela, con una transparencia que el adolescente no la ve: porque el cuerpo de esa vida para el adolescente aún no existe. Lo único que recuerdo es que se me hizo larga, que me aburrió. Y es comprensible, porque la intriga es lo de menos y Poirot sale poquísimo. Es una obra extraña. He ido a buscarla en la bibliografía de Agatha Christie y pertenece a un año central, 1946. ¿Quiso liberarse del género la autora? ¿O las demás novelas son también así y no lo vi entonces? Me quedaré con la duda, porque no voy a releer más, por el momento. Mi intención era fijarme en los aspectos que rodeaban al crimen; dejar en un segundo plano la intriga y observar los ambientes, los diálogos, los personajes. He tenido suerte, porque la intriga en esta novela parece una mera excusa para darle un poco de sombra al cuadro general: y, de este modo, completarlo. Ahí están el amor, el arte, el dominio, la obediencia, el privilegio, el trabajo, los celos, el sexo, la adoración, la decisión, la fuerza, la culpa, la mentira, el conocimiento, la generosidad. Muestra una vida aguda, que duele. Me ha recordado por momentos a Patricia Highsmith y a Graham Greene. Y también a Lubitsch, a la ligereza del gran cine. Cuánto me alegra ahora que los primeros libros que leí fueran los de Agatha Christie: aunque de toda la verdad que contenían no me rozó nada; la tuve que aprender luego, como sus personajes. (El famoso libro de la vida, en el que están los demás libros.)

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Publicado en Jot Down núm. 30, especial Sine qua non.

27.5.20

El Nodo de Sánchez

El presidente Sánchez es como aquel juez parisino del siglo XIX de que hablaba Baudelaire. Durante el día era un feroz perseguidor del can-can. Por la noche lo practicaba en los cabarets disfrazado de bailarina. Sánchez se desveló por sacar a Franco del Valle de los Caídos. Siete meses después, es lo más parecido a Franco que ha habido en España desde Franco. Entendemos, por fin, qué le incomodaba realmente a Sánchez de Franco: que no fuera Sánchez.

A los sanchistas les suele suceder lo mismo. Se ven como antifranquistas, y probablemente lo sean. Pero la adhesión cotidiana a su líder, al que le dan trato de generalísimo, revela un esquema calcado de aquello que dicen detestar. En el mundo académico resulta particularmente encantador: con los académicos sanchistas allegando papers (o negando su existencia) en la exacta medida en que los precisa el caudillo.

Hay una diferencia esencial, con todo, entre Franco y Sánchez. Este, a diferencia del dictador, ha llegado al poder en una democracia, en un Estado de derecho. Aunque me temo que Sánchez, a juzgar por su comportamiento, ve esta ventaja como una enojosa limitación...

Al final, en la España de Sánchez ocurre lo mismo que en el Estados Unidos de Trump y en el Brasil de Bolsonaro: todo se cifra en lo que el Estado de derecho logre contener al autócrata salido de las urnas. Tal vez por eso los citados autócratas se dedican a erosionar todo lo que pueden el Estado de derecho. Lo último entre nosotros ha sido el cese del jefe de la Guardia Civil por no revelarle al Gobierno el secreto de una instrucción judicial. El poder corrompe y el poder sanchista corrompe sanchistamente.

Cuando nuestro país está en su peor situación en décadas, con una intolerable cantidad de muertos por coronavirus (cuyo número dejo de poner desde hoy, por hartazgo de las prestidigitaciones oficiales, que acaban de retirar dos mil), más de dos meses en debilitante estado de alarma, médicos y enfermeros extenuados por la pandemia y un desastre económico a cuyo abismo apenas nos estamos asomando, el Gobierno decidió colocar en la portada de todos los periódicos del lunes un bulo institucional: “Salimos más fuertes”. Dos mentiras en tres palabras. El Nodo de Sánchez.

Como no soy político, puedo decir que no tengo ni idea de cómo salir de esto. Creo que la capitalización de Vox de las protestas las inutiliza. Y no hay nada que hacer mientras Sánchez sea el más votado. Pues muchos seguirán votando a Sánchez. Hasta que se muera en la cama, quizá.

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En The Objective.

25.5.20

Mis libros y unos altramuces

No hay nada que hacer. Nos hundimos con una estupidez a la que no doy crédito. Estupidez ideológica (o partidista), estupidez histórica. Ya lo he dicho otras veces: no hay aprendizaje histórico, solo hay escarmiento. La Transición no se hizo por una súbita iluminación de los españoles, sino porque estos habían sufrido en sus carnes la guerra civil y la dictadura. Cuando, en dos generaciones, aquello se ha olvidado: ¡vuelta a las andadas!

Es desesperante. Todos nuestros esfuerzos actuales deberían estar encaminados a intentar paliar, en la medida de lo posible, lo que se avecina. Con 28.752 muertos por coronavirus en España (oficialmente) mientras escribo estas líneas y una ruina aterradora que ya empezamos a padecer, lo que impera es un guerracivilismo asfixiante, que nos hunde más. No tiene perdón lo que se está haciendo; lo que se está dejando de hacer.

Estamos ahora en la campana del confinamiento, con una extraña sensación de protección (salvo los que han enfermado, los que han caído, los que ya están sintiendo la penuria y sus familiares). Sensación que invita a la irrealidad. Pero en cuanto esa campana se levante esto va a estallar. El embrutecimiento ya ha empezado.

La peste ideológica (partidista) se está adueñando del ambiente. Irradiada, en primerísimo lugar, por este Gobierno incompetente, cortoplacista y sectario, cuyas llamadas a la “unidad” no solo son falsas, sino que son una trampa para fomentar lo contrario: no buscan unir, sino señalar a los “malos” que no se unen (a lo que el Gobierno dicta).

Al cabo, este espíritu frentista es el fundacional del tándem PSOE-Podemos. En cuyo auxilio ha acudido Vox, interpretando el numerito frentista en la otra parte, con sus mamarrachescas manifestaciones. Por su lado, el PP no sirve de nada, también con su cortoplacismo irresponsable, sin encontrar el tono; Ciudadanos hace lo que puede, que es casi nada; y los nacionalistas ponen el plato para las tajadas a cambio de salud pública o no. Y todo esto, repito, mientras nos hundimos; mientras estamos hundiéndonos con la única duda de a qué profundidad.

En resumen, estoy harto de este país. A mí particularmente me da un poco igual. Necesito poco. Con mis libros y unos altramuces puedo tirar hasta que me muera. Y con los espectáculos gratis del mar y el sol, y la brisita. Ya he vivido lo que tenía que vivir. Es suficiente. Lo que me queda es leer, y escribir. No tengo hijos. Nadie depende de mí.

Pero están mis sobrinos (y el hijo de alguna amiga). Vinieron de visita por fin con la fase 1. Ahí estaban, con sus mascarillitas, correctos, tranquilos, con un exceso de formalidad enternecedora, mientras en la tele, sin voz, hablaba Sánchez. Ellos no lo miraban, pero yo, captando el conjunto, tuve una epifanía histórica sobre los patanes que arruinan vidas. ¿En dónde vamos a ocultarnos para expiar nuestra vergüenza?

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En El Español.

18.5.20

Psicología del 'apretao'

El 8 de noviembre de 2014 leímos en Málaga el manifiesto de Libres e Iguales, en contra del referéndum ilegal que Artur Mas había convocado al día siguiente en Cataluña y a favor de la ciudadanía común de todos los españoles. No era un acto partidista y la consigna era clara: no se podía sacar banderas de ningún partido.

Pero cuando el periodista Teodoro León Gross inició la lectura, los siete u ocho que había de Vox, de entre los poco más de cien asistentes, desplegaron su bandera de Vox. En cuanto acabamos, me fui hacia ellos para soltarles cuatro frescas. Se pusieron entre victimistas y chulos, diciendo que si no tenían derecho o qué.

En unos minutos, estaba ahí cifrado el populismo entero. De izquierda o de derecha, me da igual: es igual de repulsivo. Primero, el carácter abusón, apropiacionista, traicionero, atufante. Después, la respuesta pasivo-agresiva, en modulaciones pringosas.

Estropearon un acto que, por otra parte, tampoco sirvió para mucho. Vox no era entonces un partido relevante electoralmente, pero ya eran los mismos pájaros. En pocos años, el panorama político español iba a ser –por ellos y por Podemos (y por los nacionalistas, que ya estaban; y por los papelones de los dos partidos grandes, muy empequeñecidos)– más invivible que la película de Hitchcock.

Ahora, en plena pandemia, Vox se ha cargado toda oposición posible al nefasto Gobierno Sánchez-Iglesias. En una semana en que hemos llegado en España a los 27.650 muertos por coronavirus (oficialmente), la noticia son las protestas berlanguianas en la calle Núñez de Balboa y afines.

Ni siquiera es necesario que esté Vox mayoritariamente en ellas: les ha dado su estética y basta. Un balón de oxígeno para el PSOE y Podemos, como les viene dando desde que empezó a subir electoralmente (alentado por el PSOE y Podemos).

Pero en Vox están muy ufanos. Y acusando a los demás de cobardes, equidistantes, vendidos, etcétera: lo de siempre con los apretaos. Hay apretaos en todos los partidos, pero hay partidos particularmente proclives al apretamiento: así Podemos, así ERC, así Junts per Cat, así las Cup, así el PNV, así Bildu, así Vox.

La psicología del apretao es muy simple: la rige una suerte de magia simpática (o antipática). Como yo detesto a Sánchez, se dice el apretao de Vox, mi detestación tumbará a Sánchez. Cuando lo que ocurre en la práctica es que lo sostiene. Pero eso el apretao no lo ve: por eso es un apretao.

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En El Español.

13.5.20

Encerrado con un solo juguete

Los paseos que ya podemos darnos, con disfraz deportivo (tiene gracia que el mismo chándal que fue nuestro uniforme de preso sea el que nos permite escapar), ha suavizado tanto el confinamiento que ya no lo parece. Pero queda el recuerdo de la fase dura, estas semanas de asfixia en que cada cual abría como podía sus boquetes.

El mío ha sido solo uno: la lectura. Un boquete y un juguete, el juguete infinito. He visto telediarios, he escuchado a Alsina y he estado (demasiado) en Twitter, pero la lectura ha sido mi mundo paralelo, en un momento en que no había mundo. O sea, la lectura ha sido mi único mundo.

Ni siquiera he hecho consumo audiovisual. Tenía ganas solo de leer, nada de series ni películas, como para acentuar (despóticamente) mi preferencia por los libros. Hasta que uno, las memorias de Fernando Fernán Gómez, El tiempo amarillo (Capitán Swing), me llevó a ver los programas sobre Fernán Gómez que hay en YouTube y tres películas (buenísimas) de las que dirigió: La vida por delante (1958), La vida alrededor (1959) y El mundo sigue (1963).

Y revisité, naturalmente, La silla de Fernando. Escogí el libro, de hecho, por una parrafada que recordaba de este delicioso documental que le hicieron David Trueba y Luis Alegre. Cuando cayó el cerco de Madrid en la guerra, Fernán Gómez lo único que quería era salir y andar. “¡Andar, andar!”, decía. Y así llegó a Leganés. Con una sensación de “inauguración del mundo”.

He tenido suerte con mis lecturas de confinamiento. Tampoco he sido tonto escogiéndolas. Menciono algunas más que también recomiendo (varias las tengo en marcha):

El Quijote en la edición “en castellano actual” de Andrés Trapiello (Destino y Austral), que se lee con una gozosa fluidez semántica, en una prosa de neto sabor cervantino.

De Trapiello he leído también la novela Días y noches (Espasa), tristísima: sobre el desmoronamiento del ejército republicano al final de la guerra civil, el cruce de la frontera a Francia por los Pirineos, el campo de concentración de Saint Cyprien y el exilio a México en el Sinaia.

Los Cuadernos (1957-1972) de Emil Cioran (Tusquets), donde está el Cioran de siempre en su esplendor (oscuro); con un añadido beneficioso: detalles cotidianos, biográficos, que aparecen por aquí y por allá, punteando el pensamiento... y las agonías.

El Borges de Adolfo Bioy Casares (Destino), en que este recoge sus conversaciones con Jorge Luis Borges a lo largo de cuarenta años. ¡Un festín de inteligencia, de conocimiento literario, de anécdotas, de ironías y de maldades! Y también, por cierto, de comentarios útiles para la escritura y para la vida.

Lo mucho que te amé de Eduardo Sacheri (Alfaguara), una historia ambientada en el Buenos Aires de finales de la década de 1950 (y años siguientes) que se lee como una película: una película hecha de frases con valor literario. Cuatro hermanas con sus novios (y el peronismo y el cine), y una historia de amor reprimido. Recrea muy bien un cierto ambiente de cotidianeidad mediocre, con sus vacíos, que me ha recordado al de otra novela que se reivindica ahora: Stoner de John Williams (Baile del Sol).

A infância de Portinari de Mário Filho (Bloch), una recreación prodigiosa de la infancia del pintor brasileño Cândido Portinari en Brodowski, una pequeña población del estado de São Paulo. El libro, editado en Río de Janeiro en 1966, es una obra maestra que me ha dejado admirado, asombrado: cada página brilla. Pero mi sorpresa ha crecido al saber que este libro no existe en la literatura brasileña: no se ha vuelto a editar en portugués, ni se ha traducido a ningún idioma. Tal vez se deba a que su autor era muy célebre en otra faceta, como cronista deportivo: el estadio de Maracanã lleva su nombre. Confío en que algún día lo recuperen.

Una Odisea de Daniel Mendelsohn (Seix Barral) es un ensayo narrativo, con erudición y emociones. El autor, profesor de filología clásica, da un seminario sobre la Odisea de Homero, al que su padre le pide asistir. El libro combina, pues, la relación del autor con su padre y las reflexiones sobre la Odisea, con aspectos en los que no se suele caer. El resultado es notable.

Niveles de vida de Julian Barnes (Anagrama) es ya uno de los grandes libros de duelo por la muerte de la amada, comparable a Una pena en observación de C. S. Lewis (Anagrama también). Lo leí después de que lo citara Fernando Savater, autor de otro buen libro reciente de este género desolado: La peor parte (Ariel). Con su finura habitual y una penetración conmovedora, Barnes habla del amor, la seducción, los globos aerostáticos y el hundimiento del mundo por la pérdida de la persona que lo sostenía.

El 6 de abril, día del encuentro con Laura, empecé el Cancionero de Petrarca, en la traducción rimada de Ángel Crespo (Alianza): también sobre la pérdida de la amada –en vida y en muerte.

El Diario de cabotaje de Rafael García Maldonado (Anantes), al que ya le dediqué una columna: “Un diario logrado”. Su poso ha ido creciendo con el tiempo. En los días más duros de la pandemia, el autor, que es farmacéutico, estaba desbordado en su farmacia... al tiempo que su libro recién salido no podía venderse por el cierre de las librerías. Se merece una reparación.

Reina de Elizabeth Duval (Caballo de Troya) es una novela autobiográfica excepcional, tal vez la que más rabia me ha dado que haya visto interrumpida su difusión por la cuarentena. Pero es tan brillante e iba tan lanzada, con tanta soltura, que tal vez este revés le siente bien, porque le añade un toque trágico. El libro seguirá ahí para quienes vayan pudiendo accediendo a él, algo a lo que yo animo. Cuando lo leí, me dije: “vuelve la vieja libertad”. No la libertad formal, sino la libertad que se ejercita: incurriendo en el libertinaje, por supuesto. El agudo Pablo Muñoz destacaba un rasgo: el “pudor”. Y esta es una de sus cualidades más seductoras. Pero, como es también un libro promiscuo, podríamos decir que se trata de una “promiscuidad pudorosa”: lo que lo hace definitivamente irresistible. La autora cuenta, en forma de diario, con profundidad y ligereza, las andanzas de su personaje (un personaje conscientemente constituido, “novelesco”) por París en sus años universitarios, que siguen siendo estos (Duval nació en el 2000). Hay vida, sexo, relaciones, identidad, máscaras, filosofía, política, poder, estética, literatura y reflexión sobre la literatura. La autora, que se considera “activista trans”, tiene la inteligencia de no dejarse atrapar por ningún “colectivo”. Es un espíritu (¡y un cuerpo!) libre y su discurso es singular.

Por último, La luz del sol de Álvaro Galmés Cerezo (Pre-Textos), el libro más hermoso que hay ahora en las librerías cerradas: háganse también con él cuando las abran. Es un ensayo, bellamente escrito, que recorre las doce horas del día; no las horas mecánicas del reloj, sino las que la luz del sol configura. Con referencias pictóricas, arquitectónicas, musicales y literarias, enraizadas en su experiencia de contemplador del sol, el autor compone un viaje por el día que es un tratado sobre la atención a la luz, y una invitación a sus placeres. Qué intenso ha sido leerlo en el encierro, sin sol. Aunque el sol estaba en sus páginas.

(Tampoco hoy me olvido de los muertos por coronavirus en España: 26.920 –oficialmente– al terminar este artículo.)

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En The Objective.

11.5.20

Histerismo anti-Cs

Para mí no tuvo especial relevancia que Inés Arrimadas votara a favor de la nueva prórroga del estado de alarma que solicitó Pedro Sánchez. Hizo lo correcto y punto (allá los que votaran lo incorrecto). Lo relevante ha sido la relevancia que se le ha dado.

Hay ya (oficialmente) 26.621 muertos por coronavirus en España cuando escribo estas líneas. Pero el miedo de algunos es que vuelva Ciudadanos. Habría que tranquilizarlos, porque Ciudadanos no va a volver. Perdió su ocasión, y no creo que la recupere.

El histerismo desatado en contra nos hace ver una vez más la fuerza de que llegó a disponer Albert Rivera. Lo potente que fue lo que tuvo: cincuenta y siete diputados para combatir a los histéricos; para forzar a Sánchez a tomar el camino verdaderamente progresista o desenmascararlo. Tenía nitroglicerina y la tiró a la basura (sin que ni siquiera explosionase la basura; solo implosionó su partido).

Ahora Arrimadas hace lo que puede con sus diez escaños. Y está bien que, al menos testimonialmente, haga lo correcto. Lo correcto esta vez era votar la prórroga, porque no había otra opción sensata, y no callar las críticas al Gobierno: por su lamentable gestión de la crisis sanitaria y por su politiqueo cortoplacista. Lo correcto era hacer las dos cosas, en su aparente (solo aparente) contradicción.

Este juego más o menos complejo y decididamente antisectario es lo que nunca se le ha perdonado a Cs. Para llevarlo a cabo en España hace falta muchísima energía y no poco talento. Así dijo Manuel Alcántara de Manuel Chaves Nogales: “Hace falta tener talento para que te quieran fusilar los dos bandos”. Cuando Rivera incurrió a su vez en el sectarismo (sin alcanzar nunca, por cierto, el de sus rivales) solo quiso descansar.

Es muy trabajoso soportar tanto odio. El odio a Cs es probablemente el hecho más relevante, más sintomático, de la política española. Es un odio que, como dije en otro momento, no tiene que ver con sus defectos, sino con sus virtudes. Además de su antisectarismo, está su antinacionalismo fundacional. Denunciar el carácter reaccionario del nacionalismo y propugnar una España de ciudadanos libres e iguales ofende, en su progresismo, a los que se dicen progresistas pero se apoyan en la reacción (¡un saludo, Carmen Calvo!).

Siempre estuvo claro que la moción de censura contra Mariano Rajoy era en realidad contra Ciudadanos, que iba por entonces primero en las encuestas. Los nacionalistas y los populistas nunca ocultaron este propósito, ni tampoco la parte podrida del PSOE (que me temo ya que alcanza a casi todo el partido).

Ahora los de ERC y los del PNV se han echado a temblar y han amenazado con sus vetos (¡ellos, los del meloso “diálogo”!) por un simple gesto de Arrimadas. Imagínense si tuviera cincuenta y siete escaños.

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En El Español.

4.5.20

Plan B

Interesante asunto el de la oposición, como han señalado Josu de Miguel y Manuel Arias Maldonado. Si Ciudadanos y el PP son los que le votan las prórrogas del estado de alarma al Gobierno, mientras que sus supuestos aliados no, ¿quiénes son la oposición, estos o aquellos?

El presidente Sánchez y los medios afines siguen hablando de aquellos, con la cuota de demonización correspondiente (mantienen el juego de equipararlos a Vox). Mientras que estos (los independentistas; sin Podemos esta vez, pero porque está en el Gobierno) no son oposición, sino solo unos primos malotes.

Con 25.264 muertos por coronavirus (oficialmente) cuando escribo estas líneas, el panorama político en España sigue siendo descorazonador. Hay una pequeñez generalizada; empezando por la de Sánchez, que ha dilapidado él solito todo el poder de que se invistió al inicio de la pandemia.

Su nueva frase, la de que “no hay plan B para el estado de alarma”, con la que exige que le voten una prórroga más, es jugosísima... por la conclusión desoladora que arroja. Cabe sospechar, como ha tuiteado Rubén Amón, que ni siquiera hay plan A. Pero dando por cierta la lógica del presidente, ¿se da él mismo cuenta de lo que significa?

Queda al descubierto el doble eje sobre el que ha montado su política. Están por un lado sus apoyos para el poder, sus apoyos para formar Gobierno. Y por el otro los apoyos para el Estado, los apoyos que reclama por el bien común. Que sean diferentes unos y otros solo indica el camino aberrante en el que se ha metido; en el que nos ha metido a todos.

Si no hay un plan B y, para evitar caer en ese vacío, el Gobierno solo puede contar con el apoyo de Ciudadanos y el PP, entonces es que hay dos oposiciones: la oposición al Gobierno (a la que Sánchez le pide el apoyo por razones de Estado), y la oposición al Estado (que es la aliada de Sánchez para el Gobierno).

Esta segunda oposición nunca se ha escondido. Baste recordar lo que dijo la diputada Montse Bassa, de ERC, en la sesión de investidura: “Me importa un comino la gobernabilidad de España”. O lo que les dijo a los miembros del Gobierno su colega Gabriel Rufián el otro día: “¿Cuánto les importa la legislatura?”. Para luego esgrimir otra vez el fantasma de “la alternativa”, que para él es solo “Torquemada Abascal y sus colegas”. (Y Pablo Iglesias y los suyos están también aquí, aunque en modulación gubernamental ahora.)

El problema es que Sánchez fundó su carrera política en el “no es no”, cuando tampoco había plan B. Y luego llegó al Gobierno apoyándose en los de la oposición al Estado. Esos que están deseando que el Estado se hunda, sin que los haya frenado la pandemia: al contrario, considerando esta, nauseabundamente, una oportunidad.

Por eso Ciudadanos y el PP, oposición al Gobierno pero no al Estado, deben apoyar otra vez el plan A. Aunque no exista.

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En El Español.

29.4.20

El bulo elíptico

Hay un sintagma de moda: “los bulos de la ultraderecha”. Se repite tan machaconamente que termina teniendo un efecto pavloviano (esa será la pretensión, sin duda): las pocas veces que uno oye “bulos” a solas, completa mentalmente “de la ultraderecha”.

Así asoma el propósito ideológico. No se trata de combatir los “bulos” en aras de la verdad. Se trata de combatir los “bulos de la ultraderecha”. No tanto por ser “bulos”, entonces, como por ser “de la ultraderecha”. La ultraizquierda, y la izquierda, quedan libres del engranaje: no lanzan bulos. Este es el otro efecto pavloviano.

La protección que les brinda lo anterior hace que la izquierda y la ultraizquierda lancen bulos como el que más, solo que con una impunidad notable. Y con una operatividad, por tanto, más efectiva. Estamos en una pura guerra partidista: se lucha, como ha escrito Daniel Gascón, por el monopolio de la intoxicación.

La ultraderecha y la derecha lanzan bulos, naturalmente. Pero la ultraizquierda y la izquierda también. La lucha contra los bulos ha de ser transversal, porque si no ella misma es un bulo.

Hay un tipo de bulo particular que no está consignado como tal y en el que se ejercitan los que insisten hoy en lo de “los bulos de la ultraderecha”. Es lo que propongo llamar “bulo elíptico”, porque consiste en una elipsis mentirosa. Por ejemplo: “Ha sido condenada por parar un desahucio”. O: “Están en la cárcel por poner urnas”.

En la serie de hechos que se presentan en la frase se omite uno: el fundamental. Con lo cual la serie es falsa. Lo que se presenta como una verdad es una mentira. El emisor de bulos elípticos es un corruptor, porque corrompe la realidad en beneficio de la ideología. Practican el maquiavelismo de “el fin justifica los medios” mediante la amputación de lo de en medio.

El bulo elíptico es un montaje de la realidad por medio de las frases. Procede como el Nodo al ofrecer una realidad falsa, propagandística. Es el Nodo de las frases. Así que aquí tenemos a los supuestos antifranquistas Pablo Iglesias, Irene Montero, Gabriel Rufián o Pilar Rahola ejerciendo una vez más su franquismo. Noticieros (es decir, fabricantes de noticias) del régimen.

(No me olvido de lo importante: esto lo escribo cuando llevamos –oficialmente– 23.822 muertos por coronavirus.)

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En The Objective.

27.4.20

El partido que el PSOE eligió no ser

He recordado estos días una frase que me dijo una amiga hace años: “Cuando una mujer duda entre dos hombres, en realidad está dudando entre las dos mujeres que sería según eligiera a uno o a otro”. A los partidos políticos les pasa igual cuando piensan en sus alianzas electorales. Así, cuando el PSOE decidió apoyarse en Podemos y en los independentistas para formar Gobierno eligió no ser el partido que pudiera proponer, ni sacar adelante, un gran acuerdo de Estado.

Lograrlo sería lo ideal, desde luego. En España Hay ya 23.190 muertos por coronavirus (oficialmente) cuando escribo estas líneas. Se espera una crisis económica devastadora. Si el PSOE y el PP no alcanzan un acuerdo en estas circunstancias, por el bien de todos, no lo alcanzarán nunca. El problema es que el PP, azuzado por Vox, está poco dispuesto. Y el PSOE, con Podemos en el Gobierno y con sus guiños (que siguen) a los independentistas, está incapacitado para ello.

Tener a Podemos en el Gobierno significa, entre otras cosas, tener caceroladas contra el Rey orquestadas desde el Gobierno. Y tener acusaciones falsas contra el poder judicial lanzadas desde el Gobierno. Desde la parte podemita del Gobierno, sí: pero de las que el presidente Sánchez (que ni siquiera las ha criticado, pese a su extrema gravedad) es el responsable máximo. Aquella cacerolada, por cierto, abrió paso a las que han tenido lugar luego contra el Gobierno. Para mí improcedentes e impresentables: pero legitimadas por el Gobierno.

El verdadero problema del hipotético pacto (que, insisto, desearía que se produjera) es que supondría en buena medida una refutación del Gobierno. Este Gobierno no nació para ese pacto, sino para todo lo contrario. Y si Sánchez no ha hecho nada efectivo en su favor (más allá de los vagos pronunciamientos), es porque un pacto así, aun con lo apremiante que resulta, va contra su carrera política: desde su “no es no” fundacional, que marcó su destino (y su condena).

Pero Sánchez es solo el segundo culpable. El primero es la militancia del PSOE: la que lo rescató, y la encarnada en el inolvidable grupito de Ferraz de las dos últimas noches electorales. Como un coro griego que empujara a la tragedia, la primera noche gritó “¡Con Rivera no!” y la segunda “¡Con Iglesias sí!”. Y Sánchez obedeció en los dos casos. Estaba ya todo ahí.

Si la realidad lo desmintiera (lo digo una vez más: es lo que deseo), sería un milagro.

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En El Español.

20.4.20

Rituales de misantropía

Hace ya varias columnas que consigno el número de muertos por coronavirus. Necesito hacerlo. No por rutina sino por todo lo contrario: para no perder perspectiva. Así pues, son ya 20.453 muertos (oficialmente) cuando escribo estas líneas.

Sobre ese fondo (que en 20.453 casos no es fondo, porque lo es todo) hacemos nuestra vida confinada. Y la vida de las breves salidas para la compra. Se va segregando una nueva cotidianeidad, con tus tics, con sus tropismos, que ojalá que sean también breves, porque son muy tristes. Como estos detalles serán lo primero que se vaya por el desagüe, quiero anotar algunos, para que consten.

Yo, que era el príncipe de la cortesía en mi bloque, el que se quedaba sosteniendo la puerta del portal hasta que llegara el renqueante ancianito, soy ahora el que sale sin mirar atrás, el que apresura el paso si alguien viene. Me he convertido en el energúmeno del bloque. Pero no llamo la atención, porque a todos les ha pasado igual: todos son el energúmeno del bloque. (Salvo el renqueante ancianito, al que ya nadie le sostiene la puerta.)

Por la calle voy como un astronauta. Con el chándal (mi traje astral) cerrado hasta la barbilla, la mascarilla, las gafas (empañadas) y los guantes. El distanciamiento social empieza por uno mismo: uno se convierte en ese extraño que camina con lentitud, para estar más tiempo fuera. Cuando está nublado es menos doloroso, aunque no menos bello, que cuando hace sol. Los cuatro rincones de todos los días son el paraíso. Un paraíso expulsado.

Cuando viene un transeúnte, demasiadas veces con su perro, la maniobra de separación se inicia desde treinta metros como mínimo. Solo hay que esperar a ver quién de los dos abandona la acera y pasa por la calzada vacía en el momento de cruzarnos. Y si no es posible esta opción, se llegan a producir desvíos, vueltas atrás, detención en un punto alejado hasta que pase el otro. Hay una evidente incomodidad por su presencia. Molesta que esté ahí cuando nosotros estamos.

Pienso en el agente secreto de Joseph Conrad, que llevaba una bomba en el bolsillo mientras paseaba entre la multitud. Ahora no hay multitud, pero nos comportamos hacia el otro como si llevara una bomba. La bomba vírica. Todos somos agentes secretos para todos. Todos podemos llevar el virus y por eso nos rehuimos. (Alguno camina despreocupadamente, por cierto, y a ese lo miramos mal.)

Pero en este territorio ganado por Tánatos (que se da más apretadamente, con mayor tensión, en las colas y en los pasillos del supermercado, donde se produce una oscilación entre la rigidez y la hostilidad), empieza a atisbarse a Eros: agazapado aún, dispuesto a saltar. He captado ya miradas lujuriosas de mujeres por encima de sus mascarillas. Y me he sorprendido a mí lanzándolas. El cuerpo pide venganza, pide guerra.

Tras el presente movimiento (atroz) de separación, vendrá otro de aproximación. Y acercarse y tocarse sabrá a poco y se querrá más, se querrá copular. Yo no sé si después de la pandemia habrá un “nuevo paradigma”, como predica el asténico Castells. Sí sé que habrá, para empezar, algo no nuevo sino muy antiguo: una explosión sexual.

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En El Español.

15.4.20

La república de los muertos

18.056 muertos por coronavirus (oficialmente) cuando escribo estas líneas. Previsión del FMI de que nuestro PIB caerá un 8% y el paro subirá al 20,8%. Y la tendencia número uno en Twitter es “República”. España es un país delirante.

Todos los 14 de abril de los últimos años ha venido siendo así. Que lo sea también en mitad de esta epidemia catastrófica confirma el carácter quimérico y alejado de la realidad que ha tenido siempre. Hoy además es delictivo. Y encima con el Gobierno (la parte podemita, de la que el máximo responsable es Pedro Sánchez) participando descosidamente, con los mensajes de Pablo Iglesias, Irene Montero, Alberto Garzón...

La república no es para ellos, lo hemos dicho mil veces, un marco plural en el que quepan todos (como sí lo es nuestra monarquía parlamentaria), sino un régimen sectario solo para unos (contra los otros). Los republicanos pluralistas vemos en estos tipos el principalísimo obstáculo para que algún día haya en España una república civilizada. Que en lo fundamental, por cierto, se parecería bastante a esta monarquía: por eso no tenemos prisa.

Los delirios de Iglesias y los suyos, aparte de delictivos hoy, son indicativos de la deriva irreal de la política española de los últimos tiempos. Pongamos que desde Zapatero, inclusive (¡vaya si inclusive!). Con atisbos anteriores: aquellas abominaciones hacia Aznar que, como dijo Savater, eran una especie de culto al líder a la inversa. Se postulaba, en contra, un país que no existía: porque era Jauja.

Recuerdo una manifestación que hubo hace no muchos años contra los peajes en las autopistas. Los manifestantes llevaban la bandera republicana: como si en una hipotética república no hubiera que pagar peajes. De igual modo, en las recientes manifestaciones de los jubilados solo se esgrimía, junto con las banderas partidistas y regionales, la republicana. Aunque las pensiones se las pedían al país representado por la bandera constitucional. O sea, al país real (tontos no eran).

Cuando nos ha asaltado la pandemia, estábamos en otras cosas. Todas ideológicas o tácticas, sin conexión con la realidad. Al margen del papelón del 8-M (en que se confundía la asistencia a una manifestación con una causa; porque lo que importaba en verdad era lo primero), nada hay más significativo que lo ocurrido con el ministro Illa.

Lo pusieron en el ministerio de Sanidad, sin tener conocimiento ni competencia en la materia, solo porque había que poner a “un catalán” y él era catalán. Con el coronavirus ya expandiéndose por otros países, el ministro, en vez de estar preparándose para la posible llegada a España, en vez de estar haciendo acopio de material sanitario como recomendaba la OMS, en lo que estaba era en la mesa de negociación con los independentistas.

Y así todo. Pero no hasta ahora. Porque, como vemos, siguen.

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En The Objective.

13.4.20

Segundo 11-M

Nuestra política se las ha arreglado para ser de nuevo sórdida en unas circunstancias terribles. 16.972 muertos por coronavirus hay oficialmente cuando escribo estas líneas, muchísimo sufrimiento concreto en personas concretas, un país entero confinado y unas previsiones socioeconómicas devastadoras. Pero nuestros políticos actúan como si no lo supieran.

Y digo como si porque sí que lo saben: las recurrencias de su discurso lo prueban. Solo que no obran en consecuencia. Su prioridad es conservar el poder o intentar alcanzarlo. En lo que les sobra de esta preocupación, tal vez atiendan un poco a la realidad. Pero, de nuevo aquí, con un obstáculo: su incompetencia. Y lastrados siempre por el partidismo. Y por la cortedad de miras. Por las inercias, en fin, que les llevaron a ser políticos.

En el maremágnum ha salido a flote, casi milagrosamente, la propuesta correcta: unos nuevos Pactos de la Moncloa. Da igual que se llamen así o de otro modo: se trataría de unos grandes acuerdos de Estado, unos grandes consensos, para afrontar lo que tenemos y lo que se nos viene. Tan desesperada es la situación que se ha formulado justo lo que hay que hacer.

El problema es que esta propuesta va en contra de toda la biografía política del presidente Sánchez. Por esto, y porque realmente ni se la ha empezado a trabajar aún, sino más bien al contrario, cabe la sospecha de que sea una nueva trampa de Sánchez para desunir. Desunir mediante la invocación de la unión, y cuando necesita la unión: Sánchez puro. Aun así, hay que intentarlo. Todos tienen que intentarlo. Por todos. No hay otra salida.

Mi pesimismo viene ahora: creo que es perfectamente posible que sigamos sin salida. O sea, que nos estrellemos. El deterioro de nuestra política es atroz. Solo veo embrutecimiento.

No puedo evitar acordarme del 11-M, en que los políticos de todos los partidos hicieron exactamente lo peor que podían hacer. Con el país en carne viva, actuaron como miserables, pensando solo en lo mismo: conservar el poder o intentar alcanzarlo. Y luego, cuando Zapatero alcanzó la presidencia, en vez de procurar una legislatura que restañara las heridas, lo que hizo fue abrirlas más. Con el inevitable concurso de la oposición. Y con aquellas mismas heridas abriéndose y pudriéndose cada vez más hemos llegado hasta hoy.

Late estos días un tipo de guerracivilismo particularmente pringoso: aquel que consiste no en matar al otro, sino en acusarlo de criminal. Lo mismo que sucedió en el 11-M. Algo se ha avanzado en civilización cuando uno no está dispuesto a ejercer el crimen. Pero el instinto tanático se mantiene si sí ve como posible criminal al otro.

Esta dialéctica amigo-enemigo, con la lucha a muerte latente, es la que habría que romper. Nos urge romperla. El problema es que no tenemos el mejor Parlamento (ni el mejor Gobierno) para conseguirlo.

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En El Español.

6.4.20

Chistorritas

He vuelto a acordarme de lo que anota Iñaki Uriarte en su diario después de una visita al hospital: “Nadie debería lamentarse por llevar una vida gris y sin grandes emociones. Que espere un poco. A partir de cierta edad todos llegamos al Far West. Silban las balas”. Ahora estamos todos en el mismísimo O.K. Corral. Las balas silban como nunca.

Una ha alcanzado al dueño de un restaurante de Málaga, El Botijo, donde mis amigos y yo hemos sido felices en los últimos años. Se llamaba Gabriel Domínguez y ha muerto a los sesenta y ocho por coronavirus.

La noticia nos llegó uno de estos días de confinamiento en que, como todos los días de confinamiento, los amigos soñábamos con vernos allí: aquel era el escenario del reencuentro ideal. Ahora, si volvemos, habrá una baja.

Es curioso cómo nacen los mitos cotidianos: esa espontaneidad que va configurando un ámbito perfecto, hasta que cuaja y nos damos cuenta. Tratamos entonces de que no se desmorone, hacer lo que hacíamos para que siga. Se pierde a partir de ahí un poco de frescura, pero compensa: hemos llegado a un lugar confortable, propicio para la felicidad.

Empezamos a ir porque quedaba enfrente de La Térmica, donde mi amigo Manuel Arias Maldonado inició hace cinco años su hoy prestigiosa Aula de Pensamiento Político. Después de la conferencia, cruzábamos para cenar en El Botijo con el invitado de la jornada.

Uno de los primeros, Félix Ovejero, fue el que nos constituyó. Lo estábamos pasando tan bien hablando, que dijo: “Pero qué grupo más bueno tenéis aquí. ¿Qué hacéis, os reunís periódicamente?”. Y lo cierto es que no. Nos veíamos poco (en realidad, aunque vivíamos en la misma ciudad, casi todos nos habíamos conocido por internet). Pero pasamos a frecuentarnos a partir de entonces. Ovejero (su mirada exterior) nos dio la orteguiana “conciencia de grupo”.

En este tiempo, ¡cuántas cenas gratísimas! Con los amigos habituales y con los invitados. Entre los que recuerdo, además de a Ovejero, a José Luis Pardo, Pablo de Lora, Daniel Gamper, Olivia Muñoz-Rojas, Myriam Redondo, Víctor Lapuente, José Ignacio Torreblanca, Máriam Martínez-Bascuñán, Javier Moscoso, José Luis Villacañas, Manuel Cruz, Ignacio Peyró, Juan Claudio de Ramón, Daniel Gascón, Ricardo Dudda, Ramón González Férriz, Josu de Miguel, Carlos Granés, Santiago Gerchunoff, Paloma de la Nuez, Ana Carrasco-Conde o Javier Gomá. Y con los camareros cálidos y eficaces que hoy se dolerán de la pérdida.

En el menú que la frecuentación había venido decantando, el punto estelar era el de las chistorritas. Yo les hacía muchas fiestas cuando llegaban, y mis amigos, por complacerme, por no dejarme solo en mi histrionismo juguetón, se las hacían también. Era un momento jocoso que concentraba la alegría de aquellas veladas. Que volverán, porque tienen que volver.

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En El Español.

1.4.20

Los renos de Auden

También yo estoy fascinado, como tantos, por la incursión de animales salvajes en las ciudades en estos días de confinamiento mundial. No son invasiones aún, sino eso: incursiones. La avanzadilla de los que van viendo que no hay hombres interponiéndose y se cuelan hasta donde antes solo había hombres o animales domésticos. Sabíamos que si un día los hombres desaparecieran ocurriría, pero no que ocurriría tan pronto. La primera noche de cuarentena en Málaga ya se vio un jabalí por el paseo marítimo.

La impresión es que están al acecho. Después de milenios, no se han resignado, no se han conformado. Solo han sido vencidos. Como en el poema de Claudio Rodríguez, están en derrota, no en doma. La empalizada humana era un asunto diario. Cuando se ha plegado, no han tardado en pasar. El espectáculo es de una belleza inquietante, porque nos excluye.

Así sería el mundo sin nosotros, como han escrito Manuel Arias Maldonado y Elvira Lindo, y ya formuló el científico Alan Weisman. En el libro de Arias Maldonado Antropoceno, que se publicó en 2018 y cada día cobra más actualidad, se hablaba del renacimiento de la naturaleza en la zona acotada de Chernóbil: la mera ausencia del ser humano, aun con accidente nuclear, era beneficiosa para la vida salvaje.

En Málaga, además del jabalí, ha sido avistado un pato verde volando ante un balcón. He ido tomando nota de otros avistamientos: pavos reales en calles de Madrid, corzos bajo el acueducto de Segovia, un cervatillo correteando por una playa vizcaína, coyotes en San Francisco, zorros en Bruselas, un puma en Santiago de Chile, una civeta malabar (que se creía extinta) en la ciudad de Meppayur, también en la India miles de tortugas poniendo sus huevos en las playas de Odisha, un delfín en el puerto de Sóller, peces y cisnes en los canales de Venecia, dos patos paseando por la entrada de la Comédie Française de París, otro jabalí con sus jabatos transitando por una acera italiana... Solo faltan pangolines, los transmisores del coronavirus.

Escribe W. H. Auden al final de su poema “La caída de Roma”, que ha recordado Timothy Cranmer: “Sin las dotes de la riqueza o la compasión, / pajarillos de patas color escarlata, / empollando sus huevos moteados, / observan cada ciudad infectada de gripe. // En otro lugar del todo distinto, enormes / rebaños de renos atraviesan / millas y millas de musgo dorado, / silenciosamente y muy deprisa” (tr. Eduardo Iriarte).

Volveremos y ellos se irán (se irán expulsados). Pero ya sabemos que están ahí, esperando la ocasión. Si un día nos vamos para siempre, ellos volverán para siempre.

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En The Objective.

(5.4.20) Me manda como lujoso regalo mi amigo Víctor V. Úbeda, gran traductor, esta excelente versión rimada del poema de Auden:
La caída de Roma
(a Cyril Connolly)

Rompe el mar en la escollera.
La lluvia azota en el campo
un viejo tren olvidado.
Se hacina el hampa en las cuevas.

Las galas se disparatan.
Las fuerzas del Fisco buscan
defraudadores en fuga
por provinciales cloacas.

Duermen los ritos privados
a las sagradas rameras.
Los literatos se entregan
a un amigo imaginario.

Catón, parco y cerebral,
loa antiguas disciplinas;
en cambio, la infantería
se alza por soldada y pan.

Tibio está el lecho de César.
En un formulario rosa
un gris funcionario anota
ESTE CURRO ES UNA MIERDA.

Sin lujos ni condolencia,
patirrojos pajaritos
contemplan desde sus nidos
las urbes de gripe infectas.

Entretanto, en otros pagos,
vastos rebaños de renos
cruzan en raudo silencio
millas de musgo dorado.


Acuarela: Errabundo (5.4.20)

30.3.20

El crepúsculo de los ideólogos

Un tic odioso del presidente Sánchez en sus comparecencias durante el estado de alarma es ese de que “el virus no entiende de ideologías”. Odioso y sintomático: porque revela que Sánchez cree que repitiéndolo gana credibilidad; es decir, revela que Sánchez sabe que carece de credibilidad por su insistente utilización de la ideología para dividir a los españoles.

No en vano, ha llegado a esta crisis terrible con la mitad de los ciudadanos a los que gobierna empaquetados como “fachas”. La oposición nunca fue para él una oposición razonable: siempre fue “la derecha”, “la ultraderecha”, “el trifachito”. Hasta el mismísimo 8 de marzo, de consecuencias tétricas, utilizó la ideología para excluir a los críticos.

Ahora intenta adoptar el papel de estadista que llama a la unidad, que es lo que tiene que hacer. Pero, aun así, en su partido se le desflecan con gruesas críticas a las comunidades gobernadas por el PP: en una representación de lo que sería el PSOE en la oposición en la presente crisis. Exactamente lo que fue Sánchez en la del ébola, que resultó insignificante comparada con la actual.

Y si Sánchez y el PSOE viven en esta contradicción, que al fin y al cabo los refrena un poco, qué decir de sus socios de Podemos. Estos están desatados de un modo imposible: por un lado, mantienen un discurso gubernamental casi de palafreneros; por el otro, desean incendiar las calles desde lo más cerca que la gente está de ella, que es desde sus balcones.

La cacerolada contra el Rey, con su lema de “CoronaCiao”, cuando ya iban dos mil muertos por el coronavirus, indica que siguen a lo suyo. Están comidos por la ideología y no queda nada en ellos que no sea ideología.

Un ejemplo deprimente es el de Irene Montero, que nunca aprende nada. En la reaparición tras su contagio (y antes de recaer) seguía con su bla bla bla: que si “la derecha” o “la derecha ultra”, que si el machismo, que si el feminismo... Y peor fue antes: cuando de la desgracia de sus mellizos prematuros salió hablando –contra el PP, Ciudadanos y Vox– de “los trillizos reaccionarios”. La vida la somete a una prueba durísima y lo único que saca es munición barata.

Esta gente no vale un duro y va a ser barrida de nuestra vida política. Asistimos al crepúsculo de los ideólogos, aunque ellos no lo sepan aún. Llevamos miles de muertos en España (6.528 cuando escribo estas líneas): la realidad ha desarmado la farfolla retórica con la que siguen. No es que el virus no entienda de ideologías, es que los de la ideología no han entendido el virus: la nueva situación que los expulsa.

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En El Español.

23.3.20

Exilio interior

Me sorprendió la extrañeza de que en las calles y terrazas de los libros hubiese todavía gente. Como si la vida cotidiana permaneciese en ellos, mientras nosotros somos personajes raros de los que buscábamos en la literatura. La sensación de que la irrealidad está en nosotros.

Muchas veces he pensado en la nostalgia de los exiliados de la República, sobre todo mi querido Luis Cernuda: aquella imposibilidad de volver a su tierra (“la patria se siente como un dolor”, decía Arturo Barea desde Londres); la sensación irreparable de frustración, de amputación, de mundo perdido.

Cernuda escribió (en un poema que, en realidad, es casi más sobre el tiempo que sobre el exilio): “Tierra nativa, más mía cuanto más lejana”. Ahora tenemos durante todo el día la experiencia que Goethe atribuía al anochecer: “Lo cercano se aleja”. Estamos en nuestras casas cerca geográficamente de una vida que, sin embargo, nos resulta inalcanzable.

Volveremos pronto a ella, por eso no podemos compararnos a los exiliados de verdad, muchos de los cuales (como el propio Cernuda) no regresaron. Pero algo de exilio interior hay.

Aunque el paseo marítimo sigue a un rato de mi casa, no puedo asomarme a él, como hacía con frecuencia. Ni puedo cenar con amigos. Ni puedo ir a Madrid, como tenía pensado esta semana (no veré ya nunca el concierto que iba a dar Gal Costa el martes). Las ciudades son escenarios vacíos de la vida que no está.

Y aun así, los del confinamiento somos los privilegiados. Fuera están los que tienen que trabajar arriesgándose, por todos; en especial los trabajadores de los hospitales. Y los que sufren la enfermedad, y los que han muerto, y sus familiares y amigos. Esta situación paradójica de que solo podemos ayudar quitándonos de en medio. Y tratando de llevarlo lo mejor posible.

Fuera está también la pelea política, el obsceno contraste entre la entrega de los que están a pie de obra y los que luchan por el poder, tratando de aprovechar las circunstancias. Esas mezquindades que también empujan al exilio interior, incluso cuando no hay epidemias.

Los populistas y los nacionalistas tan zafios como siempre, aplicando en todo momento su causa abstracta a la realidad, aunque esta esté en carne viva. Bochornosamente ven una “ventana de oportunidad” en el desastre.

Y el presidente Sánchez intentando recuperar a la desesperada su pose de estadista. No sé si sabiendo lo que sabemos todos (me atrevería a decir que los suyos inclusive): que tendría que haber llegado a esta crisis con el respeto ya ganado y no echado a perder.

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En El Español.